PROSOPOPEYA ENFERMERA

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Con todo lo que está pasando en torno a la enfermería y las enfermeras, en muchas ocasiones sentimos curiosidad por saber qué es lo que pensarían o dirían enfermeras ilustres ya tristemente desaparecidas.

No es que cualquier tiempo pasado fuese mejor, o que la solución a nuestros males, problemas, demandas o reivindicaciones pudiesen resolverse por parte de quienes nos precedieron. Pero nos asalta la curiosidad de saber qué es lo que ellas hubiesen planteado, pensado o incluso realizado ante lo que sucede y en muchas ocasiones, nos paraliza.

Se trata de una prosopopeya inocente a la vez que imposible, pero a la que no nos resistimos.

Nightingale, Henderson, Zendal, Colière, Wald, Orem, Milá, Galindo… son tan solo algunas de esas enfermeras a las que recurrimos en nuestro imaginario. Y nos gustaría hacerlo, posiblemente, porque conocemos sus discursos, planteamientos y, en muchas ocasiones, luchas por avanzar en un escenario, cuanto menos, tan incierto como el que actualmente ocupamos. Sin duda con factores y personajes diferentes, pero con muy parecidos planteamientos a los que ellas, como enfermeras, tuvieron que enfrentarse. Precisamente por eso es por lo que nos gustaría oír sus reflexiones. Y no es que actualmente no existan enfermeras referentes que puedan tener respuestas de sumo interés, es tan solo un deseo por intentar contrastar lo vivido con lo que vivimos, lo sufrido con lo que sufrimos, lo anhelado con lo que anhelamos. No es, por lo tanto, un deseo tan extraño. Son muchísimas las muestras literarias, cinematográficas, históricas… que han jugado con esta posibilidad de prosopopeya. Pero, claro está, todas ellas lo han sido desde la imaginación, la retórica o la interpretación de las ideas, pensamientos, análisis y reflexiones puestas en sus bocas en un intento por recrear nuevas realidades ante hechos o acontecimientos similares, aunque situados temporalmente en diferentes épocas. Los resultados por lo tanto o bien han tendido a querer modificar los acontecimientos de manera muy clara, o a plasmar realidades que se acomodasen a los deseos de quienes les hacían recuperar el habla y, lo que es más importante, el pensamiento.

Dicho todo lo cual parece claro que el deseo no pasará de ser una ensoñación.

Sin embargo, no nos resistimos a pensar qué plantearía y cómo se posicionaría Florence Nightingale ante las consecuencias de los actuales conflictos bélicos, tan diferentes a los vividos por ella en Crimea, pero no menos graves y de consecuencias devastadoras. La no utilización de armamento de guerra convencional no significa que las heridas provocadas por las decisiones políticas, no tengan efectos sobre un mayor número de población, que éstas no sean mucho más graves para su salud o que las secuelas que provocan no tengan mayor impacto y perdurabilidad en el tiempo. ¿Sería capaz de convencer a los actuales dirigentes causantes de estos conflictos de la necesidad de incorporar medidas correctoras o de mejora de la salud de las personas afectadas? ¿Qué argumentos y razonamientos utilizaría?

¿Mantendría Virginia Hendersosn sus necesidades básicas tal conforme las conocemos o incorporaría nuevas necesidades y la forma de aplicar su modelo?

¿Cómo se comportaría Isabel Zendal ante la nueva realidad de cooperación internacional tan mediatizada, politizada y poco efectiva en ocasiones? O ante el creciente negacionismo hacia las vacunas.

¿Seguiría Mª Françoise Colière en una sociedad que tiende a etiquetar, clasificar, sistematizar… resistiéndose a definir lo que es el cuidado, al considerar que una definición reviste un carácter estático, rígido y formal que la hace dogmática rápidamente? ¿Continuaría manteniendo su reflexión sobre lo que caracteriza al cuidado y en lo que basa su identidad al entender el cuidar como un acto de vida cuyo objeto, según ella, debe ser, primero y por encima de todo, permitir que la vida continúe y se desarrolle y de ese modo luchar contra la muerte: del individuo, del grupo y de la especie, situando los cuidados enfermeros en el contexto del proceso de vida y de muerte al que el hombre y los grupos humanos se enfrentan todos los días en el desarrollo de su existencia, en una sociedad multicultural, individualista, competitiva y egoísta como la actual?

¿Qué discurso desarrollaría Lilian Wald para mejorar la atención domiciliaria en un modelo asistencialista, biologicista, medicalizado y tecnológico, en el que la atención integral, integrada e integradora es residual y en el que la intervención familiar es una anécdota?

¿Lograría Orem ayudar al individuo a llevar a cabo y mantener por sí mismo acciones de autocuidado para conservar la salud y la vida, recuperarse de la enfermedad y/o afrontar las consecuencias de dicha enfermedad sin necesidad de llamarle paciente experto?

¿Milá conseguiría que las Sociedades Científicas y los Colegios Profesionales identificasen sus campos de acción autónomos y aunasen sus esfuerzos compartidos para lograr el desarrollo y crecimiento de la enfermería en su conjunto y no los de sus dirigentes?

Antonio Galindo, ¿alcanzaría un consenso docente e investigador enfermero que se acercase al ámbito de la atención superando las brechas entre ellos, logrando objetivos comunes y beneficiando con ello a la profesión, la disciplina y a la comunidad a la que deben prestar sus cuidados?

Interrogantes todas ellas que, lamentablemente, nunca podrán responder y que posiblemente tampoco fuera aconsejable que ellas las respondiesen. Ya lograron sus retos, anhelos, objetivos, metas, fines… que sin duda contribuyeron al avance enfermero, pero que nos gustaría pudiesen replicar en nuestro contexto y tiempo. Sin embargo, considero que siempre será mejor dejarles descansar, que generar la epopeya de las hazañas legendarias de estas/os referentes heroicos, que forman parte de nuestra historia como profesión y disciplina. Atendamos pues a la ética en vez de a la épica.

Pero no tan solo intentamos utilizar la prosopopeya y la epopeya de hacer hablar a los ausentes, sino que utilizamos la que atribuye cualidades o acciones propias de seres humanos a objetos o figuras sean concretos o abstractos , como suele hacerse con gran frecuencia al atribuir a la Enfermería, profesión o disciplina, acciones, actividades o hechos que corresponden a las enfermeras que, como seres humanos, y en el caso que nos ocupa profesionales de la citada Enfermería, son quienes están en capacidad real de pensarlos, plantearlos, realizarlos y planificarlos desde el habla, el pensamiento crítico y el razonamiento y no pretendiendo que la Enfermería hable, actúe o reaccione como una enfermera. Con esta figura del pensamiento lo que se logra no es otra cosa que desvirtuar la figura de las enfermeras, sin que con ello se logre el efecto de enriquecer a la Enfermería, dado que como profesión y disciplina tan solo podrá alimentarse, crecer y desarrollarse desde el conocimiento que las enfermeras le aporten. La Enfermería no es una fábula ni un cuento que permita la utilización de esta retórica literaria. Seguir haciendo uso de esa prosopopeya tan solo obedece a un intento inexplicable pero tozudamente permanente de invisibilizarnos como enfermeras. Sin el sentimiento de orgullo de lo que somos, enfermeras, difícilmente podremos generar una imagen coherente, desestereotipada, iconoclasta y trasnochada como la que en más ocasiones de las deseadas permanece, cuando no, se incrementa.

Por último, aún existe una forma más de prosopopeya a la que no escapamos o en la que quedamos muchas veces atrapadas. La gravedad y solemnidad afectada en el lenguaje o en la forma de actuar cuando queremos manifestarnos como aquello que ni somos, ni deberíamos pretender ser.

Son muchos los ejemplos a los que podemos recurrir, pero voy a referir uno que seguro que todos reconoceremos y que lamentablemente se ha interiorizado y generalizado como parte de una imagen tan artificial como imitadora. Me estoy refiriendo a la utilización del fonendoscopio como “bufanda” en el atuendo sanitario, que ni nos representa ni es necesario para lograr una imagen identitaria y autónoma. No deja de ser curioso que hayamos tenido que pelear durante décadas, si es que aún no seguimos haciéndolo, para apartar la iconografía de la cofia y ahora la sustituyamos por la del “fonen” a imagen y semejanza de los médicos, mientras seguimos, en muchas ocasiones, sin tan siquiera presentarnos como lo que somos, enfermeras, ocultándonos en el silencio y en la proyección de una imagen copiada que lo único que hace es invisibilizarnos. No necesitamos artificios, iconos ni ningún otro indicativo que no sea el de nuestro orgullo de ser lo que somos y que nos permite prestar cuidados enfermeros de calidad. La sociedad es lo que valora y lo que reconoce. Todo lo demás es pretender aparentar lo que ni somos ni deberíamos querer ser. La autenticidad de ser enfermera no la otorga un fonendoscopio, sino que lo hace el sentirse orgullosa como tal.

Las enfermeras tenemos suficientes argumentos, referentes, experiencias, conocimientos… para que nuestra imagen, posición o prestigio tenga que supeditarse a referencias pasadas que anulan las referencias presentes, que ocultemos nuestra identidad como enfermeras tras nuestra profesión o que utilicemos artificios que no se corresponden con nuestra imagen ni nuestra identidad.

Resulta imprescindible que incorporemos el orgullo de pertenencia y que en base al mismo reforcemos nuestra identidad enfermera real. Sin sucedáneos ni metáforas que tan solo nos conducen a una posición de debilidad que ni merecemos ni nos corresponde.

CINISMO POLÍTICO Y NURSING NOW

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Cuando hoy en día calificamos a una persona como cínica no estamos siendo precisamente halagadores. El propio diccionario de la Real Academia define el cinismo como la “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables” o, en su segunda acepción, como una “impudencia u obscenidad descarada”.

Sin embargo, el cinismo, tal como lo entendemos e interpretamos hoy en día, no tiene nada que ver con lo que proponía Antístenes (444 a.C – 365 a.C) en la corriente filosófica.

Para Antístenes la única manera de alcanzar la felicidad pasaba por abordar de forma rigurosa un drástico cambio de actitud. Los cínicos lograron ganar mucho tiempo libre, lo que les permitió vivir la buena vida. Para seguir el camino de los cínicos, es necesario abandonar las convenciones sociales y vivir de acuerdo con la naturaleza. Antístenes era claro al respecto. No se debe vestir ropa de moda –él llevaba únicamente una capa y un báculo, que se convirtieron en el uniforme de la escuela–, no se debe acudir a fiestas ostentosas e, incluso, se debe renunciar a tener una vivienda fija.

A través de este sencillo camino hacia la felicidad, los cínicos lograron ganar mucho tiempo libre, lo que les permitió vivir la buena vida o, tal como lo entendía Antístenes, ver las cosas dignas de ver y oír las cosas que vale la pena escuchar”. Esta ética la llevaban los cínicos hasta su muerte.

Un filósofo olvidado

Las ideas filosóficas de Antístenes, que dieron pie al cinismo, se hicieron conocidas a través de Diógenes, un discípulo suyo que, según creen numerosos estudiosos, ni siquiera conoció a su maestro, y cargó al movimiento de todas las connotaciones negativas que arrastra.

Antístenes llevó sus ideas a la práctica, se mezcló con las clases populares y se dedicó a predicar con el ejemplo. Platón y Antístenes compartían numerosas creencias con el resto de filósofos, como el rechazo de la riqueza y el lujo, necesario para abrazar la búsqueda de sabiduría y virtud. Pero lo que condenó a Antístenes al sumidero de la historia fueron sus métodos, que le alejaron del resto de filósofos. Mientras Platón fundaba su AcademIa, donde impartió sus enseñanzas filosóficas, Antístenes llevó sus ideas a la práctica: se mezcló con las clases populares, de las que extrajo a sus discípulos, y se dedicó a predicar con el ejemplo, abogando por tomar el camino más corto hacia la felicidad y la virtud. Paradójicamente, el fundador de los cínicos fue el único que no se comportó como tal.

Con anterioridad Zenón de Citio en el 301 a. C. creó el estoicismo, doctrina filosófica basada en el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la valentía y la razón del carácter personal. Su objetivo era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes materiales.

Dicho todo lo cual pareciera como si la clase política hubiese querido incorporarse a las corrientes de Zenón de Citio y Antístenes pero tan solo en la parte de alcanzar la felicidad, sin renunciar a nada de lo que planteaban para lograrlo. Lo que posiblemente condujese a que el cinismo pasase a ser identificado como hoy se le conoce y desterrasen todo acercamiento al estoicismo.

Ahora que nos encontramos en pleno proceso de pactos para constituir gobiernos, central, autonómicos, municipales e incluso europeo, el cinismo se incorpora de manera clara, descarada, impúdica, desvergonzada y libre en los discursos de quienes se afanan en querer hacernos creer que todo cuanto dicen o hacen es por el bien de la ciudadanía y de sus derechos.

Y, claro está, en esos discursos estamos incorporadas las enfermeras. Lo estamos para construir su dialéctica falsa, falaz, espuria y demagógica con adulaciones hacia nuestra importancia en el sistema sanitario como pilar fundamental del mismo, como líderes indiscutibles del cuidado, como referentes de la eficacia y la eficiencia… que tan solo obedece a intereses partidistas y partidarios para lograr el codiciado voto de las enfermeras.

Su felicidad, por tanto, pasa irremediablemente por mentir sin ningún tipo de escrúpulos sobre lo que para ellas/os son y suponen las enfermeras. Somos tan solo meros elementos circunstanciales, piezas de su tablero de juego, comparsa de su particular festival, destinadas a ser utilizadas para lograr su fin, aunque no sean justificables los medios. Nada es casual, todo es causal y, por tanto, no existen excusas que puedan, en ningún caso, atenuar, eximir o exonerar el mal que hacen.

Como decía estamos ante un panorama ciertamente incierto en el que los equilibrios son difíciles y los planteamientos tan débiles como poco creíbles.

Curiosamente, o no, todo ello se produce cuando la OMS y la ONU han establecido que el año 2020 sea el año de las enfermeras a través del movimiento Nursing Now.

Ya tuve oportunidad de reflexionar sobre lo que el citado movimiento suponía para las enfermeras en cuanto a oportunidad de visibilización, desarrollo y reconocimiento profesional y social. Pero ahora quiero apuntar lo que supone dicho movimiento como elemento de posicionamiento político.

Si las/os políticas/os que van a conformar los gobiernos de Europa, el Estado, autonomías, ayuntamientos y diputaciones van a utilizar cínicamente el movimiento Nursing Now como elemento de marketing, propaganda o publicidad, estaremos ante una nueva, aunque no por ello desconocida, manipulación política con el único objetivo de lograr sus fines.

De una vez por todas, las/os políticas/os deben ser conscientes de la importancia que tenemos las enfermeras en la sociedad actual. De cuál es nuestra aportación, más allá de ser el colectivo más numeroso del sistema sanitario. De cómo influimos en la salud de las personas, las familias y la comunidad. De la importancia que nuestros cuidados tienen. De la singularidad de nuestra disciplina/profesión. En definitiva, de poner en valor lo que somos. Y queremos que se haga abandonando el paternalismo de los discursos, la hipocresía de los planteamientos, las alabanzas falsas de sus análisis, los criterios restrictivos de sus normas, las presiones mediáticas que limitan o anulan sus decisiones. Y todo ello desde la convicción y no desde el oportunismo puntual, efectista o chantajista. Con la valentía que requiera tomar determinadas decisiones, aunque ello suponga tener que abandonar su zona de confort político. Con la determinación de la razón que sustituya el inmovilismo, el conformismo y la mediocridad. Con la inclusión sin límites en todos aquellos ámbitos en los que sistemáticamente hemos sido excluidas. En la toma de decisiones real y no como asesoras, en el mejor de los casos, o simples figurantes, como habitualmente sucede.

Nursing Now no pasará de ser una anécdota, más o menos colorista, festiva, pseudoparticipativa, si las/os políticas/os no se deciden por desarrollar políticas de salud en las que estemos las enfermeras, en todas las políticas. Si no se identifica la necesidad real de cambio. Si no se trabaja por un discurso que tan solo trata de regalar los oídos por otro que reconozca las necesarias aportaciones específicas de todos los agentes implicados. Si no se abandona el cinismo del discurso y de la actitud políticos, aunque ello signifique abandonar también la comodidad de un sillón, la apariencia de un cargo o el respeto que resulta de estos y no por habérselo ganado con sus comportamientos, actitudes y decisiones coherentes y éticas.

Volver a recuperar los planteamientos de Antístenes para ser cínicos y los de Zenón de Citio para ser estoicos, es posible a través de Nursing Now. Posiblemente incorporarlo de manera generalizada será luego mucho más fácil y suponga que la Real Academia de la Lengua tenga que modificar la actual definición.

Señoras/es políticas/os, las enfermeras les damos la oportunidad de ser cínicos y estoicos como en la antigua Grecia a través de Nursing Now. Sean valientes e inténtenlo al menos. Posiblemente se den cuenta que ni duele, ni tiene efectos indeseables, más bien al contrario, puede ser una actitud muy saludable, tanto para ustedes como para la sociedad a la que dicen representar y no siempre hacen.

Pasen de su cinismo actual al cinismo nacido en la antigua Grecia. Cuna, por otra parte, de la democracia. Alguna relación debe tener.

Dejen de ver a las enfermeras como un problema que hay que asumir y empiecen a identificarnos, cuanto menos, como parte de la solución. No desdeñen de nuevo la oportunidad que se les presenta.

ENFERMERAS Y PENSAMIENTO CRÍTICO.

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Zygmunt Bauman en 2002 decía que “la verdad que libera a los hombres suele ser la verdad que los hombres prefieren no escuchar”, acercándose al mito de la caverna de Platón, en la que hace una alegoría sobre la situación en que se encuentra el ser humano respecto del conocimiento.En ella, Platón explica su teoría de cómo podemos captar la existencia de los dos mundos: el mundo sensible (conocido a través de los sentidos) y el mundo inteligible (sólo alcanzable mediante el uso exclusivo de la razón).

Lamentablemente nos encontramos en un momento en el que, como dice el filósofo alemán Markus Gabriel, “se extiende la idea errónea de que no podemos conocer la realidad” y por tanto que no que resulta muy difícil saber cómo son las cosas realmente. Estamos pues ante la paradoja de que, teniendo como tenemos más conocimientos que nunca, existe la sensación de que nunca hemos sabido menos, posiblemente como le sucediera a Sócrates con su célebre frase de “solo sé que no sé nada”. Pero la gran diferencia entre lo que planteaba Sócrates y la sensación generalizada que se instala en nuestra sociedad es que ahora, teniendo todas las herramientas y la información para razonar más y mejor de lo que entonces podía tener Sócrates, nosotros no lo hacemos, no razonamos y en muchas ocasiones ni tan siquiera pensamos al entender que ya otros lo hacen por nosotros y lo ponen a nuestro alcance en internet, redes sociales… como información líquida, tal como planteó el filósofo norteamericano Zygmunt Bauman, para hacernos creer que no sabemos lo que sabemos, en un claro intento de manipulación permanente.

Ante este panorama filósofos como el propio Markus Gabriel o el esloveno Slavoj Zizek, plantean que la gente debe recuperar el control que la gente está drogada, dormida y hay que despertarla.

Ante estos planteamientos filosóficos que pueden parecer tan alejados de la enfermería y de las enfermeras, cabe reflexionar sobre en qué punto nos encontramos como disciplina, profesión y profesionales, y si realmente participamos de ese letargo del que debemos despertar si queremos recuperar o generar un control que parece hemos perdido o que nunca hemos tenido.

No pretendo constituirme en un mistagogo que trate de iniciar a las enfermeras en creencias místicas desde el conocimiento de los sagrados misterios de la ciencia enfermera. La Enfermería, como ciencia, como disciplina y como profesión, ni es un misterio ni yo soy iniciador de nada ni de nadie. Pero sí que, cuanto menos me considero un pensador, un inconformista, un observador, que tal como planteaba Edmund Husserl en su fenomenología, era imprescindible cierta distancia para lograr cierta desimplicación sin la cual no es posible la actitud teórica y por tanto el pensamiento crítico. Es decir, la observación, que es tan valiosa y significativa para las enfermeras.

Y desde esa distancia, pero sin perder nunca el contacto con la realidad, sí que identifico una cierta y preocupante relajación, cuando no letargo, de las enfermeras. Sé que, con mis palabras, posiblemente, cause polémica e incluso cierto rechazo, pero también soy consciente, como dice el filósofo alemán Peter Sloterdijk, de que es un error presuponer que la gente, y en este caso las enfermeras, te querrán por tus opiniones. Asumo el riesgo porque antes prefiero la libertad de pensar y expresar lo que pienso a mantener un falso respeto alimentado por la falta de opinión o la alienación ideológica, ambas producto de ese letargo al que hago referencia.

No es que considere que las enfermeras estemos más o menos aletargadas que el resto de la sociedad. Considero, simplemente, que nos hemos contagiado de ese estado y que el mismo nos está impidiendo generar un pensamiento crítico a través del cual podamos cuestionar, plantear y construir nuevas y necesarias realidades.

Sin pensamiento crítico, por lo tanto, estamos abocados a no tener decisión propia, a ser una profesión de vigilantes de lo programado y no de informáticos que programan. Una profesión en la que el dogma, la opinión hegemónica y la verdad absoluta son las que se imponen y naturalizan. Como dice el filósofo estadounidense Noam Chomsky “el aprendizaje verdadero tiene que ver con el descubrimiento de la verdad y no con la imposición de una verdad oficial, porque esta última opción nunca conduce al pensamiento crítico e independiente”.

El pensamiento crítico, por lo tanto, debe conformar la base del desarrollo científico-profesional enfermero. Lo contrario es equipararnos a una máquina. Tan solo si tenemos la capacidad de decidir por nosotras mismas nos diferenciaremos de una máquina o de una marioneta.

Durante mucho tiempo, las enfermeras, hemos tenido un papel impuesto de sumisión que impidió nuestro desarrollo e incluso nuestro pensamiento, no ya como profesionales sino tan siquiera como personas. Gracias a muchas enfermeras que se revelaron y empezaron a pensar y actuar críticamente la Enfermería logró evolucionar y alcanzar los máximos niveles académicos y un considerable progreso en los profesionales a través del conocimiento, el análisis, la reflexión y el debate. Siendo complejo lo logrado el mantenerlo, nutrirlo y desarrollarlo es, sin duda, mucho más complicado porque estamos en permanente observación por parte de la comunidad científica, de otras profesiones y de nuestra voraz e implacable posición enfermera. Si no somos capaces de desprendernos de prejuicios, falsos sentimientos de inferioridad, ridículo y persecución, envidias, recelos y enfrentamientos, para situarnos en un plano de fortaleza crítica, razonada y científica, el declive estará asegurado. No podemos caer en el error de que sabemos que no sabemos nada. Sabemos mucho y necesitamos saber mucho más. Pero lo necesitamos hacer de manera autónoma, libre y decidida.

Para ello actuemos, según queramos actuar y no como otros quieren que actuemos. Actuemos según nuestros principios, según nuestra forma de actuar como enfermeras. Pensemos según lo que queremos pensar y no como otros quieren que pensemos. Porque como decía el psicoanalista francés Jaques Lacan, “actuar es arrancarle a la angustia su certeza”. Pero en este sentido tener una certeza desconociendo sus razones, puede resultar angustiante, por lo que sería legítimo plantearse, por qué conformarnos con una certeza y no plantearse encontrar la verdad. Nuestra verdad y no la de otros, por mucho que su verdad haya sido o continúe siendo válida para ellos.

Caer en el error de pensar que lo que sabemos o pensamos no puede conducir a un cambio por entender que el sistema puede no estar preparado para dicho cambio, es permanecer en el ámbito del letargo y de la parálisis. Puede ser que el sistema, en estos momentos no esté preparado para el cambio, pero las enfermeras si lo estamos, porque el cambio es nuestro, nos pertenece y desde él lograremos preparar al sistema para que lo asuma.

Si no trabajamos por nuestros sueños, nuestras ideas, nuestros planteamientos, nuestro paradigma… nos seguirán contratando para que trabajemos por otros que nos son ajenos, que nos fagocitan e invisibilizan. Si no trabajamos por nuestro cambio, alguien vendrá y nos hará trabajar por el suyo o nos convencerá de que lo mimeticemos y repliquemos.

El cambio nace a partir de la puerta del pensamiento crítico y muere cuando uno decide cerrarla. Cada mañana de cada día de cada semana de cada mes de cada año pensemos siempre en pensar, adaptar y cambiar como una verdadera apuesta desde los cuidados que logre alcanzar la salud para todos.

Despertemos y mantengamos la vigilia del pensamiento crítico que nos permita ser, actuar y crecer como enfermeras autónomas, responsables y rigurosas. Siendo conscientes de lo que sabemos y de qué manera emplearlo, aplicarlo y evaluarlo.

Podemos y debemos conocer la realidad que nos es cercana al contrario de lo alejada e inalcanzable que nos pueda parecer. La verdad del conocimiento, apartada del dogmatismo o de planteamientos rígidos e inmutables. La verdad del respeto. La verdad de las competencias compartidas. La verdad de la ética del cuidado. La verdad, en definitiva, que nos haga sentirnos valiosas como enfermeras y personas, más allá de la verdad que nos arrebata el control, y nos sume en el mundo sensible de los sentidos, encadenadas a una realidad impuesta y ficticia, que no nos deja disfrutar del mundo inteligible, a través del uso de la razón y del pensamiento crítico.

No tengamos miedo a salir de la caverna y deslumbrarnos con la luz de la verdad. Salgamos y construyamos, sin miedos ni ataduras, la realidad enfermera que queremos y que necesita la sociedad.