¿CUMBRE O CONTUBERNIO?

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¿CUMBRE O CONTUBERNIO?

 

En pasados días se convocó una cumbre entre Sanidad-CCAA para analizar y poner solución a la ‘falta de médicos’.

No es un error, no, se reúnen los responsables de la Sanidad nacional y autonómica para valorar, no la falta de personal sanitario, no. La falta de médicos que parece ser es la única que preocupa y ocupa.

Es decir, en un país, como España, que está tres puntos por encima de la media de países de la OCDE en número de médicos por 1000 habitantes se está estudiando de urgencia la “falta de médicos.

En un país, como España, en el que la Conferencia de Decanos de las Facultades de Medicina y los Colegios profesionales de Médicos con su Consejo General al frente, impiden que se abran nuevas Facultades para formar a más médicos.

En un país, como España, que mantiene un sistema nacional de salud absolutamente medicalizado y sanitarista y en el que la enfermedad y el hospital son el foco casi exclusivo del mismo, desplazando a la salud y a la Atención Primaria que identifican como aspectos casi residuales que se mantienen más por imagen que por interés.

En un país, como España, en el que el envejecimiento, la cronicidad, la soledad, la discapacidad, la vulnerabilidad… que se van a ver agravados por los efectos colaterales de la COVID 19, y que generan un contexto de cuidados al que no se da la respuesta adecuada al centrarse fundamentalmente en los procesos agudos, olvidando la promoción de la salud, la participación comunitaria o la educación para la salud.

En un país, como España, que ocupa el número 28 de 36 países en el número de enfermeras por cada 1000 habitantes, con una diferencia de más de 3 puntos con la media de países de la OCDE y a más de 12 de Noruega que ocupa el primer lugar.

En este país, España, se convoca una cumbre para debatir sobre la falta de médicos.

Y en dicha cumbre se acuerdan tres ejes sobre los que trabajar: “Habilitar los aprobados MIR sin plazas; también a los médicos extracomunitarios, agilizando el proceso; y, ante necesidades justificadas y facilitar también la movilidad interniveles.

En este sentido también llaman la atención los ejes consensuados a los que se llega, parece ser, sin excesivo problema.

Digo que llama la atención porque, que se habiliten, como si de un indulto graciable se tratase, a quienes han aprobado la prueba de MIR sin que hayan obtenido plaza, cuando en Enfermería, por ejemplo, aún estamos, desde 2005, pendientes de que se resuelva una prueba extraordinaria que de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, a cerca de 40.000 enfermeras que lo han solicitado, o que las Residencias de personas adultas mayores sigan siendo el principal foco de contagio y muerte de la pandemia sin que se contraten a enfermeras especialistas de Geriatría, o que la salud mental siga estando bajo mínimos sin que se contraten especialistas de salud mental, o que en la mayoría de los territorios autonómicos sus respectivos servicios de salud aún no hayan creado plazas específicas de especialistas, o que no se hayan, ni tan siquiera establecido los criterios de acceso a las mismas… todo ello, en un contexto, como decía de cuidados, parece que no tenga mayor importancia y que no haga falta ninguna cumbe, ni tan siquiera reunión para abordarlo y darle solución como se da a los médicos.

Resulta paradójico, por no utilizar otra palabra, que se esté planteando la habilitación de médicos extranjeros o agilizando las gestiones para lograr la homologación de títulos, cuando se ha negado tal opción a enfermeras extranjeras residentes en España y con la homologación en proceso de resolución (hay que tener en cuenta que por término medio el proceso se demora un mínimo de 2 años), tal como solicitaron al ofrecerse incluso sin cobrar para colaborar en los peores momentos. Pero se ve que la única carencia es la de médicos.

Finalmente, el trasvase de médicos interniveles ya será la gota que colme el vaso del deterioro de la Atención Primaria. En este caso el hecho de que las enfermeras lo pudieran hacer, a pesar de los catastróficos efectos que dicha decisión ha tenido en los Equipos de Atención Primaria, puede haber sido el referente para aplicarlo con los médicos también. Así, a lo mejor, ya se acaba por demoler definitivamente la Atención Primaria, con trasvases de clínicos que aplicarán su paradigma sanitarista y asistencialista y reducirán a anécdota cualquier posibilidad de paradigma salutogénico.

Así pues, no salgo de mi asombro, o mejor dicho, de mi indignación, porque la capacidad de asombro ya hace tiempo que lograron colmarla, los decisores políticos apoyados de manera muy significativa por los medios de comunicación, en cuanto a las medidas que de tiempo en tiempo deciden adoptar siempre en beneficio de un colectivo que no de un Sistema, aunque este sea el de Salud en el que además de médicos, hay otros profesionales que cumplen con idéntica o mayor motivación y dedicación, si cabe, que los médicos, sin que nunca se repare en analizar, reflexionar, debatir y planificar sobre las necesidades de redimensión de las plantillas para adecuarlas a las necesidades reales de la población y no a las percibidas por un determinado colectivo que, haciendo uso del poder que han adquirido y que se les ha permitido, logran modelar la sanidad a su imagen y semejanza aunque ello no comporte mejoras en la salud de las personas, las familias y la propia comunidad.

Pero está visto que cualquier excusa es buena y esta, la de la pandemia, no podía dejarse escapar para dar respuesta a dichas demandas corporativas.

Mientras tanto las recomendaciones de los organismos internacionales en sentido diametralmente contrario a las decisiones que se están adoptando en España, siguen sin considerarse, ni tan siquiera contemplarse.

Y todo ello en el año Nursing Now.

Dedicarse a una parte, por importante que se perciba, olvidando el todo es algo que en sanidad y en salud va en contra, no ya, tan solo de la ciencia sino del propio sentido común, aunque lamentablemente sea el menos común de los sentidos.

Y aún pretenden que creamos que les importamos… Humilladas, olvidadas, ignoradas, invisibilizadas, sí, tontas no. No se equivoquen.

Llamar a esto cumbre es una broma de mal gusto. Mejor llámenlo como lo que es, un contubernio.

REFORMAS, RESTAURACIONES Y DEMOLICIONES

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            Desde que allá por el mes de marzo se disparasen todas las alarmas en nuestro país por la llegada del, nada deseado y nunca invitado, del virus COVID 19, han pasado muchas cosas.

            Tras un confinamiento, desde el que observamos, como espectadores cautivos, como dañaba la salud individual de muchas personas, pero también la salud comunitaria, pasamos a un desconfinamiento gradual que no supimos gestionar adecuadamente al minusvalorar el efecto devastador de nuestro indeseado visitante. Los rebrotes, como indicadores implacables de nuestras actitudes e irresponsabilidades individuales y colectivas, provocan nuevas situaciones de alarma que hacen que un nuevo confinamiento aparezca como posibilidad nada improbable a pesar de las resistencias que su mero planteamiento suscita entre amplios sectores sociales, económicos, laborales…Y si el visitante, por si solo, ya hemos comprobado la capacidad devastadora que tiene, su inseparable compañera, que desde el inicio le acompaña, la incertidumbre, no ha hecho sino aumentar, extender o facilitar, el desconcierto, la alarma o el miedo, tanto entre la población general como entre quienes han tenido que tomar decisiones, desde sus puestos de responsabilidad.

            Es cierto que desde el principio de esta situación dije que no quisiera estar en la piel de quienes han tenido que decidir ante una situación tan compleja, desconocida como incierta. Pero una cosa es que yo no quiera estar en su piel y otra bien diferente es que quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones se escuden e incluso escondan tras esa permanente incertidumbre para retrasar o evitar tomarlas. Posiblemente porque hacerlo conlleve un alto porcentaje de error dada la presencia de la incertidumbre. Pero la opción de la inacción o la ambigüedad, es claramente inadmisible. Por difícil, duro y arriesgado que sea tomar decisiones en momentos tan críticos como los que está provocando esta pandemia, quienes tienen la obligación de hacerlo, por responsabilidad y por ser inherente a su puesto, deben asumirlo. Porque nadie les ha obligado estar donde están, ni ser lo que son o representan. Lo están por voluntad propia y, por tanto, deben ser coherentes y consecuentes a lo que en su momento asumieron al ser nombrados o al acceder a los puestos que ocupan. La dimisión es una opción a su indecisión o falta de determinación. Porque, lo que está claro es que las decisiones les corresponden y las consecuencias de las mismas también, aunque asumirlas sea complejo. Al fin y al cabo, tomar decisiones fáciles todos sabemos. La verdadera capacidad y valía se demuestra ante situaciones como la pandemia. Que nadie se engañe y que nadie quiera engañar.

            Pero la pandemia, además de las consecuencias dolorosas que está teniendo para la salud de las personas y de la sociedad en su conjunto, está dejando al descubierto una serie de carencias, defectos o desperfectos que hasta la fecha habían pasado desapercibidos o se habían ocultado con retoques menores para mantener las apariencias, pero que ahora, favorecen, de manera significativa, a agravar la situación generada por la pandemia.

            Así pues y como si de un edificio se tratase, por lujoso y señorial que sea, el paso del tiempo provoca el deterioro o incluso la inhabilitación de algunas de sus instalaciones o dependencias. Más aún si a pesar del tiempo transcurrido no se han llevado a cabo ni el mantenimiento, ni las reformas necesarias que permitiesen conservar en perfecto estado el edificio y adecuarlo a nuevas necesidades.

            Ese edificio metafórico es el Sistema Nacional de Salud que se construyó con una estructura sólida, resistente y perdurable en el tiempo como es la Ley General de Salud. Sin embargo, cuando hubo que tabicar la distribución de espacios, hacer instalaciones eléctricas, de fontanería, carpintería, pintura, enlucido… los materiales utilizados y las diferencias de criterio a la hora de emplear unos u otros materiales o la elección de los mejores profesionales para la ejecución de todo ello, los resultados finales y su habitabilidad, acceso, aislamiento… unido a la falta de un mantenimiento exhaustivo que no tan solo permita las reparaciones de aquello que se deteriora, sino llevar a cabo reformas puntuales que adecuen el espacio a las nuevas necesidades que se van presentando, han conducido a que la aparente excelencia del edificio empiece a cuestionarse como consecuencia de todo ello. Lo que provoca la insatisfacción, tanto de quienes son encargados de dar sentido al edificio y sus dependencias, como de quienes son visitantes habituales o esporádicos del mismo.

            El paso del tiempo y la gestión de quienes son responsables de mantener el Edificio y los servicios que presta, a lo largo del mismo, debilitaron seriamente su esplendor, lo que sirvió para que en un espacio, hasta entonces exclusivo, empezasen a aparecer, de manera progresiva, nuevos edificios con mejor apariencia y supuestos mejores servicios que acapararon el interés de quienes se podían permitir el lujo de utilizarlos y contribuyeron a un deterioro mayor del “viejo” Edificio, expuesto a la falta de inversiones y, por tanto, de reformas.

            Ante esta situación hay quienes postulaban por una restauración del edificio que le devolviese, al menos, el aparente esplendor de sus inicios, pero manteniendo una estructura caduca que difícilmente podría dar respuestas eficaces. Restauración, por otra parte, que se planteaba, en muchos casos, con la participación de quienes habían ido creciendo a la sombra de su prestigio, beneficiándose de sus males, contribuyendo a su cada vez más decrépita imagen y servicio. Otros, directamente planteaban la demolición absoluta y con ella la construcción de un nuevo y flamante edificio, cuya utilización y gestión fuese absolutamente diferente a la que hasta ahora tiene el actual, con lo que ello significaría.

            Pero nadie se atrevía a plantear una reforma integral, que no tan solo cambiase radicalmente la imagen del Edificio, sino que sirviese para poder ofrecer unos servicios de calidad a toda la población con independencia de su clase o condición.

            Una vez más la indecisión, la ambigüedad y las presiones de diferentes intereses de poder, han paralizado lo que es una necesidad a todas luces inaplazable que tan solo los discursos complacientes, interesados y demagógicos mantienen en pie la excelencia de un SNS que como un viejo y maltratado edificio requiere de intervenciones urgentes, que sufren constantes e inexplicables aplazamientos, poniendo en riesgo la salud de la población y cuestionando a los profesionales que son los únicos que han logrado mantener cierta sensación de la cacareada excelencia.

            La pandemia, como si de un ciclón de categoría 5 se tratase, se ha encargado de dejar al descubierto las graves carencias de ese edificio que es el SNS, aunque gracias a la estructura inicial se mantiene en pie

            Ante esta situación se alzaron voces críticas con el modelo asistencialista, paternalista, fragmentado, medicalizado, centrado en la enfermedad… con el que se construyó el viejo edificio y que se ha mostrado claramente ineficaz. Se planteó, por primera vez, la necesidad de una reforma integral que ya tuvo sus primeros indicios, antes de la pandemia incluso, con la redacción del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que, sin embargo, la pandemia no tan solo paralizó su desarrollo, sino que situó como subsidiaria e infrautilizada ante el Hospitalcentrismo desde el que se decidió afrontar una pandemia que se encargó de poner en evidencia tan nefasta decisión.

            Las consecuencias de la pandemia no dejaron alternativa a quienes hasta entonces se habían resistido de manera sistemática a una reforma tan necesaria como urgente. De tal manera que se constituyeron comisiones de reconstrucción e incluso comisiones ministeriales que plantearan de manera rigurosa, a través de expertos, la reforma integral necesaria.

            Pero está claro que la pandemia exige protagonismo absoluto e impide cualquier otra acción que no sea focalizar la atención exclusiva hacia ella. De tal manera que los resultados de las citadas comisiones o bien han quedado en declaraciones de intenciones plasmadas en documentos con papel timbrado o bien ni tan siquiera eso, al quedar tras el consumo de tiempo, esfuerzo y conocimiento de expertos, en un limbo del silencio administrativo a la espera, se ve, de un mejor momento para que vea la luz y pueda iniciarse la ansiada reforma. Pero, nuevamente, la indecisión, la ambigüedad y el miedo político a tomar decisiones tan valientes como imprescindibles, hacen que la decrepitud del SNS siga evolucionando.

            Decrepitud que a muchos nos duele y nos indigna, pero que, a otros muchos, que además son quienes tienen el poder y el dinero o el dinero que da el poder, les satisface al vislumbrar un futuro sanitario de grandes beneficios económicos, aunque la salud finalmente sea tan solo para quien la pueda pagar.

            Déjense de luchas interesadas y oportunistas a expensas de la salud de todos y dedíquense a hacer lo que deben que no es otra cosa que tomar las mejores decisiones, aunque se equivoquen.

            La pandemia no puede ni debe ser, por más tiempo, excusa para paralizar la puesta en marcha de las reformas necesarias. No hacerlo es una clara y manifiesta incompetencia institucional, política y humana.

ENFERMERAS. VERDADES DE PEROGRULO Y EVIDENCIAS CIENTÍFICAS. Algo huele mal.

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Pedro Grullo o Perogrullo, “que a la mano cerrada la llamaba puño”, es un personaje paremiológico o de la literatura tradicional cuyo origen histórico es de difícil determinación. Su idiosincrasia es la de un personaje cómico, producto de la imaginación popular, pero existen hipótesis e investigaciones en las que se afirma que habría existido un Pedro Grullo real. En cualquier caso, en el habla corriente se identifica al personaje como el primer, o el más famoso, decidor de perogrulladas -tautologías retóricas-, esto es, verdades redundantes o pleonásticas del tipo “ha amanecido porque es de día”.

            Así pues, sobre lo que hoy voy a reflexionar, es de Perogrullo. Pero parece ser que debe recordarse de vez en cuando para que algunos sectores, políticos o gestores, más allá de verbalizarlo como mantra oportunista y efectista, lo incorporen como elemento fundamental en su toma de decisiones.

            Con motivo de la Pandemia se está insistiendo constantemente en la necesidad de tomar decisiones única y exclusivamente basadas en evidencias científicas contrastadas y expuestas por expertos u organismos de reconocido prestigio internacional. Nada que objetar a tan loable perogrullada científica, permítaseme la expresión.

Por ejemplo, nadie, razonable, niega la oportunidad de invertir en investigación para obtener una vacuna que la ciencia determina que es el único método eficaz para acabar con la pandemia. Otra perogrullada científica.

            Nadie, salvo los negacionistas reaccionarios y sin capacidad de reflexión y pensamiento crítico, cuestionan la necesidad de adoptar medidas de protección contra el contagio, como la distancia social o el uso de la mascarilla. Nueva tautología o afirmación obvia.

            Sin embargo, no entiendo por qué en el caso de la pandemia tiene significación, sentido, coherencia y justificación tales planteamientos y, sin embargo, no se utiliza igual razonamiento para tomar decisiones en determinadas situaciones que, por otra parte, inciden de manera directa y significativa en la solución de lo que previamente se ha planteado científicamente con relación a la pandemia.

            Aunque en la primera ola de la pandemia los profesionales sanitarios en su conjunto, fueron ensalzados, vitoreados y aplaudidos por su encomiable actitud y sus valiosas aportaciones en el afrontamiento de la pandemia, la aparente recuperación de una falsa y tramposa normalidad nos condujo a la segunda ola en la que han aparecido graves carencias tanto de recursos materiales, infraestructuras como de personal, que están provocando respuestas muy deficientes a las necesidades y demandas de la ciudadanía, tanto de las derivadas directamente de la pandemia como de las que ya existían y han sido invisibilizadas por esta.

            Entre las deficiencias que, de manera más significativa, clara y evidente, quedan al descubierto aparece la de la falta de profesionales de salud, de manera muy evidente en Atención Primaria.

            Pues bien, esta evidencia no tan solo no se utiliza con la rotundidad esgrimida en otros discursos, sino que incluso se oculta o en su defecto se manipula, deforma o interpreta interesadamente.

            De tal manera que lo que parece ser una deficiencia de profesionales de diferentes disciplinas, acaba convirtiéndose exclusivamente en la falta de médicos. Y esta información se torna en un discurso machacón, permanente y reiterado tanto por parte de gestores y políticos, como de los medios de comunicación que se hacen eco del mismo de manera mimética difundiéndolo como una verdad absoluta y exclusiva.

            Pero la ciencia y las evidencias que la misma genera, por mucho que se pretendan utilizar de manera interesada, acaban por descubrir a los manipuladores y emergen como razones poderosas que desmontan los discursos que tratan de convertir en perogrulladas, lo que realmente son falsos postulados derivados de un modelo caduco en el que el medicocentrismo institucional y social, se convierte en un peligroso virus que trata de impedir el crecimiento de cualquier otra paradigma desde el que entender, afrontar y resolver problemas de salud, y no tan solo desde la enfermedad y la curación.

            Así pues, la realidad se transforma y deforma y lo que las evidencias trasladan a través de datos científicamente contrastados por revistas de alto impacto científico y por organizaciones nada sospechosas, se convierten en informaciones tendenciosas aireadas a bombo y platillo por los medios de comunicación, en las que tan solo se identifican como carencias las que hacen referencia a los médicos. De tal manera que la sociedad identifica e interioriza como único problema el déficit de dichos profesionales, ahondando en el medicocentrismo que padece tanto el Sistema Nacional de Salud como la propia sociedad que lo admite como cierto.

            Dicho lo cual, en ningún momento, quiero trasladar que no exista una falta de médicos o una necesaria mejora de las condiciones laborales y profesionales de los mismos. Pero, lo que, sí que manifiesto, justifico y defiendo es que la carencia de enfermeras y la mejora en sus condiciones de trabajo y desarrollo científico-profesional, es muy superior a la de los médicos.

            Y para que nadie pueda decir que lo que pretendo utilizar como una verdad de Perogrullo no pasa de ser una injustificada reivindicación victimista, aporto los datos que sobre ratios de enfermeras tenemos en España comparadas con las de otros muchos países y que nos sitúan en un nivel en el que resulta verdaderamente increíble que las enfermeras españolas podamos estar dando una calidad de atención y de cuidados como el que están prestando a pesar del menosprecio al que son sometidas, tanto por parte de gestores como de políticos y medios de comunicación (Figura 1).

Figura 1

             A estos datos, hay que unir las permanentes llamadas realizadas desde la OMS[1] instando a los países a que, no tan solo contraten más enfermeras, sino a que sitúen a las mismas en los puestos de responsabilidad de todas las instituciones. Así como estudios internacionales que demuestran que el número de enfermeras tituladas y bien preparadas tiene una relación directa con la morbi-mortalidad[2].

            Pues bien, ni los datos, ni las indicaciones, igualmente justificadas con evidencias, realizadas por organismos como la OMS, ni los estudios que aportan evidencias científicas rigurosas y contrastadas, surten efecto alguno en unos decisores e informadores tan mediatizados, alejados de la realidad y esclavos de determinados poderes, por todos conocidos, aunque no reconocidos, que mantienen organizaciones obsoletas, modelos caducos ineficientes e ineficaces, parcelas de poder inmovilistas e inmovilizadoras, actitudes patriarcales y paternalistas, reduccionismo profesional asistencialista, fragmentado y centrado exclusivamente en la enfermedad… mientras las necesidades de cuidados, en contextos claramente de cuidados, quedan invisibilizados, fagocitados o ignorados y los medios de comunicación, contagiados por el medicocentrismo, que contribuye, no tan solo a mantener sino a ser caja de resonancia de unos intereses corporativistas, tan casposos y alejados de la realidad, como perjudiciales para las personas, las familias y la comunidad.

            La falta de enfermeras y su justo reconocimiento no entra en colisión ni es incompatible con las demandas legítimas que puedan tener otros colectivos profesionales. Lo que no es legítimo, ni justo, ni equitativo, ni razonable, ni coherente, ni tan siquiera de sentido común, es pensar que todo pasa por mejorar las condiciones de los médicos y que lo demás es secundario o incluso innecesario. Y esa es la verdad que quieren convertir como de Perogrullo y con la que están engañando día si y día también desde tribunas políticas, despachos de gestión y espacios de medios de comunicación en una alianza perfecta que es lo que ciertamente es una verdad de Perogrullo.

            Mientras tanto el deterioro es palmario y la capacidad de planificación, gestión y resolución inexistentes. Pero, eso sí, todo depende de que haya más médicos y de que salgan mucho en los medios, no vaya a ser que a alguien se le olvide o identifique que las carencias son otras.

Al fin y al cabo, todo parece valer para hacer pasar, como verdad de Perogrullo, lo que no deja de ser un caprichoso interés corporativo y mediático. El fin justifica los medios y a los medios.

[1] https://www.who.int/publications-detail/nursing-report-2020

[2] (http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2813%2962631-8/abstract

CUANDO LAS ENFERMERAS DEJEN DE SER UNA ANÉCDOTA

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https://www.ivoox.com/cuando-enfermeras-dejen-ser-anecdota-audios-mp3_rf_56838456_1.html

Con la que está cayendo y parece como si nada pudiese cambiarse.

Ya sabemos que la pandemia, y concretamente el virus que la provoca, es desconocido y no muestra un comportamiento que permita identificar claramente cómo se manifiesta y, en consecuencia, cómo actuar contra él. Sabemos que la incertidumbre se incorpora como un elemento desestabilizador y una permanente amenaza en la toma de decisiones. Sabemos que las medidas de distanciamiento social y las mascarillas son las indicadas para, cuanto menos, contener la pandemia. Todo esto ya lo sabemos. Pero también sabemos que para hacer frente a este problema de salud global hacen falta más profesionales sanitarios. Y, sobre todo, hacen falta muchas más enfermeras dadas las ratios de enfermera por habitante que actualmente tenemos y que nos sitúan a la cola de los países de la OCDE.

Está bien que se soliciten esfuerzos, compromiso, sensibilización, responsabilidad, constancia, paciencia… por parte de todos para hacer un frente común a la situación que estamos viviendo desde hace más de seis meses. Está bien que se aplauda a los profesionales de la salud por su entrega y sacrificio. Está bien que se soliciten sacrificios compartidos. Todo esto está bien. Pero resulta absolutamente insuficiente.

Pero no es tan solo que resulte totalmente insuficiente, porque eso también lo sabemos, es que requiere de respuestas urgentes si lo que realmente se quiere es obtener resultados que vayan más allá de hacer más rastreos.

A nadie se le escapa los efectos que sobre la economía tiene esta pandemia. Pero si alguien pensaba que los mismos iban a solucionarse exclusivamente con ayudas, vinieran de donde vinieran, al empleo, la productividad, la sostenibilidad empresarial… la realidad ya ha dejado claro que no va a ser suficiente, no la cantidad de las ayudas, sino las ayudas en sí mismas. Porque mientras no se actúe de manera decidida en lo que realmente puede hacer frente a este problema de salud, es decir, aumentando el número de profesionales y reforzando las estrategias de intervención, fundamentalmente desde Atención Primaria, nada será suficiente.

Mientras se siga pensando que la solución pasa por hacer más rastreos, más hospitales de campaña, más intervenciones sanitaristas… y se siga negando la importancia de intervenciones comunitarias en las que participe de manera activa la ciudadanía para reforzar la sensibilidad a las medidas de contención, la reducción de la ansiedad y la incertidumbre que son fieles aliadas del alarmismo, la acción coordinada contra la vulnerabilidad, el seguimiento de las personas contagiadas y sus familiares, de manera coordinada con los servicios de salud, la pandemia seguirá generando olas que pueden llegar a convertirse en sunamis que nos arrastren y nos devasten.

Si además se sigue pensando que con el número de profesionales con los que actualmente cuentan los servicios de salud puede hacerse algo más que maquillar una situación de deterioro social como el que tenemos, lo que realmente se está pensando es que la población es tonta.

Lo verdaderamente urgente es contratar a más profesionales y sobre todo a más enfermeras que puedan liderar, como saben hacer, las intervenciones en la comunidad, que puedan coordinar los recursos comunitarios, que puedan articular la prestación de cuidados, que puedan controlar y gestionar las necesidades de salud en base a una priorización razonable y científicamente valorada, que puedan articular medidas de acción comunitaria para mejorar la información que se necesita y no la que actualmente se está dando de manera totalmente arbitraria, desordenada y muchas veces contradictoria, que puedan planificar respuestas de cuidados en un contexto de cuidados, que puedan favorecer la necesaria continuidad de cuidados entre los diferentes ámbitos de atención, que puedan dar continuidad a acciones imprescindibles como la atención a niños, adolescentes, mujeres, trabajadores, personas adultas mayores, cuidadoras familiares, personas con cronicidad, discapacidad, soledad, pobreza o en estado terminal… que han pasado a ser secundarios cuando no olvidados ante la falta de personal.

La OMS y muchos otros organismos internacionales vienen alertando de la falta de enfermeras. Carencia que, en nuestro país, que se dice del primer mundo y potencia económica de primer nivel, es vergonzosa, ocupando el puesto 28 de 36 países en número de enfermeras por habitante. Sin embargo tan solo se sigue insistiendo en la carencia de médicos para alimentar un modelo medicalizado que ha mostrado claras carencias en esta pandemia.

Mientras los discursos, tanto de políticos, gestores como de los medios de comunicación, sigan trasladando que el problema es tan solo médico y que lo que realmente hacen falta son médicos y punto. Mientras se siga con la irracional, injustificada, acientífica y torpe idea de que las decisiones en salud tan solo pueden ser adoptadas por profesionales de una única disciplina, la pandemia seguirá su carrera imparable como se está demostrando.

Dicen que la realidad siempre supera a la ficción. Y que una imagen vale más que mil palabras. Sin embargo parece que ni la realidad ni las imágenes que día a día nos deja dicha realidad, sean suficientes para que, quienes tienen la obligación de tomar las mejores decisiones, sigan generando ocurrencias, escenificando reuniones pacificadoras que no deberían ser necesarias, adoptando medidas sin rigor científico, haciendo de la incoherencia una constante, culpabilizando a grupos vulnerables de las causas de aquello que no son capaces de resolver, incorporando el victimismo lastimero y pusilánime como única respuesta y clara muestra de su incapacidad y mediocridad, haciendo de la inmovilidad y la ambigüedad sus principales compañeras en la toma de decisiones, en definitiva haciendo gala de su desprecio a la inteligencia y al sentido común de una población que está viendo con desesperación, no exenta de indignación, como se derrumba su normalidad y la que le prometieron como nueva y alimentando el negacionismo de ciertos sectores reaccionarios.

Por una vez y, en este caso, sirviendo de precedente, contraten más enfermeras, no sigan cerrando centros de salud para construir hospitales de campaña, confíen en la población y su aportación, en lugar de mandarles obedecer tan solo, no sigan utilizando al ejército para tapar las carencias existentes… y, sobre todo, dedíquense a trabajar con y para la ciudadanía y no utilizándola para su beneficio.

Cuando hablar de enfermeras deje de ser para ustedes una anécdota, un esfuerzo y un reclamo oportunista y las incorporen como profesionales indispensables en sus pensamientos, planteamientos y decisiones, se darán cuenta que, entonces, empiezan a funcionar mejor las cosas. Hacerlo no duele, no genera efectos secundarios y además se obtienen beneficios en salud a un coste mucho menor de lo que están ustedes acostumbrados a gastar con el dinero de todos.

Pero háganlo pronto porque ni somos heroínas ni magas. Tan solo, o, sobre todo, somos profesionales de los cuidados que requieren las personas, las familias y la comunidad, además de la vacuna cuando llegue.

INSATISFACCIÓN

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Cuando ya llevamos más de 6 meses de evolución de la pandemia, y más allá de los vaivenes en cuanto a las decisiones que desde las diferentes administraciones se han ido adoptando, con mayor o menor acierto, lo que es indudable es que hemos llegado a un punto en el que nadie está satisfecho con nada ni con nadie.

Dicha insatisfacción, es cierto, que puede tener una importante carga de subjetividad, pero no es menos cierto que también está cargada de razones objetivas y muchas veces ocultas en la amalgama de datos cruzados, réplicas y contrarréplicas, acusaciones y defensas, victimismos, descalificaciones… que finalmente impiden analizar y reflexionar con la serenidad, el respeto y el pensamiento crítico necesarios para dar respuestas que vayan más allá de soluciones pensadas para mantener las apariencias y tratar de justificar las ocurrencias que se van adoptado sobre la marcha y sin la necesaria planificación, lo que provoca clarísimas contradicciones, omisiones imperdonables y repeticiones innecesarias, que tan solo conducen a generar mayor confusión, incertidumbre, alarma y finalmente insatisfacción.

Insatisfacción, por otra parte, que provoca una peligrosa pérdida de credibilidad en ambos sentidos. Por una parte, de la población hacia las/os responsables, tanto políticas/os como expertas/os, al no percibir ni unidad de criterio ni en la dirección en la que actuar. Por otra parte, de estos últimos hacia la población por no considerarla suficientemente responsable y diligente con el cumplimiento de las medidas de seguridad impuestas. De tal manera que como dice nuestro sabio refranero el uno por el otro la casa sin barrer y entre todas la mataron y ella sola se murió.

Y en medio de todo este fuego cruzado, se encuentran las/os profesionales de la salud a los que, al inicio de la pandemia, se les otorgaron unos poderes de heroicidad que ni habían pedido ni querían ostentar. Poderes que no eran tales y que lamentablemente, desde su falso papel de héroes y heroínas, ocultaron las gravísimas deficiencias con las que tuvieron que hacer frente a un monstruo tan desconocido como poderoso, que provocaba, además de enfermedad y muerte, una creciente y justificada insatisfacción que se sumaba a las anteriormente descritas.

La que vino en denominarse primera ola que se trasladó a la ciudadanía como superada con el famoso pico de la curva y su progresivo descenso que, teóricamente al menos, iba a dibujar una V de recuperación y retorno a una nueva normalidad, se quedó en una vana esperanza, una ilusión, un sueño que se desvanecieron para alimentar una insatisfacción creciente.

La segunda ola se alzaba cada vez a mayor altura y alcanzaba una fuerza que no se tenían previstas y que como a un principiante de surf se tragó sin remisión con el consiguiente desconcierto y un orgullo herido ante el evidente fracaso. Los rebrotes vinieron acompañados de cambios en el patrón de contagio, discusiones sobre las pruebas a realizar para identificar los contagios y sus contactos, la idoneidad de los rastreos y el dilema sobre quién debía hacerlos, el papel de la AP a la que ahora se quería otorgar la categoría de importancia que se le negó al inicio de la pandemia, las restricciones sin consenso, las medidas de protección variables, el equilibrio entre protección de la salud y/o protección de la economía y los sectores productivos, el inicio de las clases… todo lo cual contribuye a aumentar la insatisfacción y hacerla cada vez menos factible de controlar y revertir.

Mientras tanto en los servicios de salud, cuyas/os profesionales habían logrado desprenderse de sus capas de héroes y heroínas y recuperar una humanización que les hacía aún más vulnerables si cabe, las carencias siguen marcando y determinando la respuesta que pueden dar y que difícilmente puede equilibrarse tan solo con el tesón, la fuerza, la motivación y una cada vez más débil y deteriorada ilusión, a lo que hay que añadir el cansancio tanto físico como mental que acumulan. Elementos cuya influencia negativa se ve incrementada significativamente por el incumplimiento generalizado de las promesas de incremento de personal fundamentalmente.

Así pues las cosas, la situación que ya era de por sí preocupante, si no crítica, se torna inestable y en permanente alerta ante nuevos y despiadados fuegos cruzados en el campo de batalla de una guerra, que nunca fue, y en la  que sin embargo han convertido esta pandemia, aumentando cada vez más la insatisfacción de una población que hace tiempo que dejó de aplaudir para buscar blancos propicios, incluso en los otrora héroes, sobre los que proyectarla, bien con mensajes más o menos acertados y descalificadores, bien con incumplimientos puntuales o bien con un cada vez más creciente, aunque incomprensible, negacionismo ante una situación que nos está superando a todas/os. Población a la que se tildó de ejemplar mientras estuvo confinada y que ahora se acusa de ser el mal de todos los males sin que se haya contado con ella absolutamente para nada más que obedecer. Cuando hubiese podido jugar un papel fundamental en intervenciones comunitarias que minimizasen ansiedad e incertidumbre, facilitasen la incorporación de conductas saludables, generasen redes de apoyo comunitario, canalizasen la información… Pero, sin embargo, se optó por la vía de la pasividad, la obediencia y el paternalismo sanitarista y asistencialista que lo único que ha hecho es incrementar la insatisfacción, al tiempo que sirve de excusa perfecta para que sea blanco de todas las críticas. Vendía mucho más un Hospital COVID que una intervención comunitaria, aunque tanto el coste económico como en salud sean mucho mayores en la intervención comunitaria. Pero, ante el hospital se pueden hacer la foto y cortar cintas y ante una intervención comunitaria no. Y además la notoriedad, en el caso de la intervención comunitaria, sería para la población en detrimento de las/os políticos, algo que ni se contempla ni se permite.

Y entre medio, los medios, los de comunicación. Haciéndose eco de la insatisfacción general, sin darse cuenta u obviando que ellos también son parte del juego que la genera con sus espacios mediáticos y no siempre objetivos ni mucho menos científicos, aunque lo quieran aparentar.

Pero entre toda esta insatisfacción cabe destacar la que tenemos las enfermeras. Se nos ha utilizado de una manera descarada durante toda la pandemia, con discursos de halago artificial y engañoso mientras hacia falta que diésemos lo mejor de nosotras, pero sin que los mismos tuviesen un posterior reflejo en reconocimiento, visibilidad y respuestas a las múltiples y graves carencias con las que trabajamos y que nos sitúan a la cola de los países de la OCDE en número de enfermeras por habitante.

Hemos tenido que estar reclamando presencia y voz en los foros en los que se analizaba, debatía y decidía sobre aspectos fundamentales relacionados con la pandemia en la hemos y estamos dejando nuestra salud e incluso nuestra vida.

En cuanto a los medios de comunicación, merecen capítulo aparte. La permanente invisibilidad a la que nos someten obviando nuestra existencia o incluyéndonos como personal médico, la utilización que de nosotras hacen para terminar hablando de médicos, medicina y enfermedad, la hiriente ignorancia sobre lo que somos y aportamos, la subsidiaridad con la que se nos trata, la manipulación a la que a veces somos sometidas cuando deciden preguntarnos algo y finalmente trasladan lo que les interesa sin tan siquiera consultarnos sobre lo que publican o emiten, las solicitudes extemporáneas, urgentes y precipitadas con las que nos requieren para luego dejarnos en espera diciendo que no hay espacio para nuestra participación, la negación absoluta a responder a cualquier solicitud de visibilización sobre temas relevantes que se les traslada y que ignoran sistemáticamente… a pesar de enviarles repetidas cartas de aclaración, rectificación o, queja, que nunca reciben respuesta y muchísimo menos enmienda a su triste, penosa y nefasta información. Son tan solo algunas de las flagrantes actuaciones a las que nos someten y que nos indignan y causan insatisfacción.

No queremos ser más que nadie. No pretendemos protagonismos que no merezcamos. No solicitamos tratos de favor. No reclamamos un reconocimiento que no nos corresponda. No exigimos nada que no sea de nuestra competencia. No hacemos uso del victimismo.

Tan solo queremos ser lo que somos. Pretendemos que se reconozca nuestra aportación específica de cuidados profesionales. Solicitamos tan solo que se nos identifique como parte de los profesionales de la salud con especificidad y autonomía. Reclamamos ser reconocidas por aquello que realmente hacemos y aportamos a la salud de las personas, las familias y la comunidad. Exigimos que aquello que es de nuestra competencia y responsabilidad sea valorado. Mostramos nuestra insatisfacción, nuestro malestar y nuestro rechazo alejados de cualquier victimismo ante lo que es una constante manipulación de la realidad. No ya nuestra realidad, que también, sino de la realidad de lo que es un Sistema de Salud y de lo que es, representa y hace un profesional u otro, como parte de una acción conjunta imprescindible para hacer posible que una situación, tan compleja como la Pandemia COVID 19, no quede tan solo en un titular efectista, una alarma innecesaria, un cuestionamiento injustificado o una mirada exclusiva hacia un estamento, una disciplina o una única manera de abordarla, asistencialista, sanitarista, medicalizada, paternalista y hospitalcentrista. Flaco favor hacen a la salud de la comunidad a la que dicen querer informar, de esta manera tan particular y equivocada.

LA MODA

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FARMACIAS COMUNITARIAS SI, PERO NO A CUALQUIER PRECIO.

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           A todas/os las/os farmacéuticas/os que hacen de su profesión un servicio a la comunidad

Llueve sobre mojado. Así quisiera empezar mi reflexión semanal. Porque efectivamente cuando el imaginario suelo de la sanidad está mojado, si no se seca convenientemente o, cuanto menos, no se adoptan medidas por si vuelve a llover, se corre el riesgo de producir efectos indeseables que pueden ir, desde ensuciar otras superficies secas, a resbalar, con los resultados que dicho resbalón puede ocasionar a quien lo padece. Es decir, las precauciones necesarias para que la lluvia, buena en sí misma, no se convierta en un problema.

            Pero, es que, además, ya se sabe que de aquellos polvos vinieron estos lodos. Si importante resulta secar las superficies mojadas, también lo es barrer el polvo de las mismas para evitar embarrados innecesarios en caso de precipitaciones, sobre todo si estas son imprevistas y cuantiosas como suele suceder.

            En cualquiera de ambas situaciones es importante que las administraciones implicadas en la limpieza, mantenimiento, coordinación y regulación de las instalaciones y servicios que utiliza todo el mundo, no hagan dejación de sus funciones y sean diligentes en el mantenimiento y respeto de los mismos para evitar situaciones indeseables que, además, finalmente, pueden repercutir de manera directa en la población que las utiliza.

            Pues bien, estos símiles refraneros permiten identificar algunas de las consecuencias que la desmesurada avaricia de algunas farmacias tienen con relación a los servicios que prestan y a los que quieren incorporar como nuevas ofertas mercantilistas en sus negocios.

            Vienen de lejos las pretensiones de absorción de competencias gestionadas más como opas hostiles que como estrategias consensuadas de un mejor servicio a la comunidad.

            Con el fin de maquillar, aparentar, simular… una disposición cuasi altruista y benefactora de los servicios que, no tan solo pretenden, sino que absorben de manera unilateral y, además, con pretendidos y falaces argumentos de razón, se presentan ante la sociedad y ante las administraciones como Farmacias Comunitarias.

            Es cierto, no lo voy a negar, que son un recurso comunitario importante y muy necesario. No es menos cierto que son un servicio público trascendental. Pero esta realidad no puede ni debe confundirse con la estrategia de confusión que desarrollan, según la cual, se presentan como lo que no son. Porque estar en la comunidad lo que les otorga es la condición de recurso comunitario que puede y debe articularse con el resto de recursos comunitarios, muy especialmente con los de salud, para el desarrollo consensuado de estrategias que, finalmente, beneficien y den respuesta a las necesidades de las poblaciones donde se ubican. Pero es que, además, lo hacen con criterios, todo hay que decirlo, totalmente restrictivos y proteccionistas hacia sus intereses. Es decir, por una parte, quieren resaltar y poner en valor su condición de servicio público para justificar sus pretensiones expansionistas, mientras que, por otra, se cogen a un clavo ardiendo para defender la exclusividad de apertura y mantenimiento, incluso con privilegios de transmisión hereditaria, e impedir la libre competencia para que quien quiera pueda abrir oficinas nuevas.

            Y es que ser un servicio público, no significa, en ningún caso, que sean recursos públicos en exclusividad. También los taxis son un servicio público y sin embargo tienen que convivir con la presencia de otras empresas que ofertan idénticos o similares servicios, aunque hayan tratado de impedirlo en una sociedad que, nos guste o no hace tiempo que abandonó los monopolios en un mercado de libre competencia. Lo que no es muy ético es que para unos aspectos se pretenda ser liberal y para otros proteccionista y exclusivo.

            Los servicios que prestan, en cuanto a la dispensación y control de medicamentos, son esenciales y deben estar necesariamente coordinados con los servicios que se dan desde los centros de salud, los hospitales o cualquier otro recurso comunitario. Dicho lo cual, no debe confundirse con la pretensión de autodenominarse Farmacias Comunitarias porque no lo son, como tampoco los son los Geriátricos, los Centros de Día, los Centros de Jubilados, ni tan siquiera las escuelas, que, aun siendo públicas, son un recurso comunitario, pero no son ni se denominan Comunitarios.

             La utilización de tal denominación tan solo o básicamente tiene intereses oportunistas de tipo empresarial y mercantil. Porque los servicios que están queriendo prestar a toda costa desde sus empresas no se ofertan de manera gratuita sino a un coste que debe asumir la ciudadanía directa o indirectamente a través de financiación pública y que, prestado en otros servicios como un Centro de Salud, son gratuitos.

Por otra parte, por mucho que quieran trasladar que cuidan, no lo hacen. Porque, es cierto, que los champús, cremas, lociones… que venden en sus empresas cuidan del cabello, de la piel, de las uñas…como últimamente se encargan de recordarnos machaconamente las cuñas publicitarias, pero lo hacen desde una perspectiva única y exclusivamente de marketing dado que ahora se ha puesto de moda el cuidado. Pero cuidar, trasciende a esta singular e interesada imagen cuidadora publicitaria. Cuidar profesionalmente lo hacen quienes han adquirido y tienen las competencias para hacerlo profesional y científicamente. Otra cosa bien diferente es que sus servicios puedan contribuir a mejorar los cuidados profesionales, por lo tanto, en este caso el orden de los factores altera sustancialmente el producto final, la salud.

            La COVID 19, ha supuesto un punto de inflexión en la oferta de los diferentes servicios públicos y privados de cara a hacer frente a la pandemia. Pero aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid no es suficiente justificación como para estar reclamando también el realizar pruebas serológicas, PCR, e incluso en el colmo del “altruismo” como servicio público el ofertar su venta libre de dichos test, claro está, en sus oficinas. Además, de querer vacunar de la gripe con las vacunas que venderían y que posiblemente sea la puerta de entrada a futuras y similares acciones con otras vacunas. Un nuevo ejemplo de su capacidad fagocitaria ante todo aquello que identifican, puede suponer ingresos mayores a su cuenta de resultados. Por supuesto que nada que objetar a sus lícitos intereses empresariales, pero no a costa de las competencias de otros profesionales o de la usurpación de actividades públicas para convertirlas en privadas y rentistas.

            Desde este planteamiento tan simplista como interesado no sería de extrañar que próximamente reclamen la venta exclusiva de fruta por ser fuente de vitaminas, que lo hagan igualmente con aire puro envasado por ser elemento esencial de salud, que asuman la prerrogativa de venta de juguetes por ser claves en el desarrollo de las/os niñas/os que contribuyen a su salud o que quieran la preferencia en el suministro de prendas deportivas por entender que son esenciales en la actividad física como hábito saludable, o hacer ecografías para acercar el servicio a la población al igual que ya hacen con el peso, la talla o la toma de TA a un módico precio en las que, ni tan siquiera interviene el/la farmacéutico/a o los/as auxiliares de farmacia en otros tiempos mancebos, al realizarlo una máquina que a modo de tragaperras se incorpora en el mobiliario habitual de las Farmacias. Al fin y al cabo, si venden cosmética, productos de higiene corporal, pañales, sonajeros… ¿por qué no han de poderlo hacer con todo lo demás?

            Así pues, el otrora boticario que hacía fórmulas magistrales y vendía medicamentos desde una cercanía con la población a la que atendía y con la que se sentía identificada, se ha convertido en un empresario que trata de incorporar cada vez más servicios y ofertar más productos con el fin de acaparar mayor cuota de mercado. Transformación para la cual utilizan el gancho publicitario de Comunitario como utiliza en Corte Inglés el que sea primavera antes que en ningún otro sitio; que no se conduce realmente si no se hace en un BMW o que el lugar más feliz de la Tierra sea Disneyland. Finalmente, lo que importa es captar clientes, aunque para ello se genere una competencia artificial y desleal con servicios públicos y sus profesionales, tratando de desmerecer su oferta, trasladando que ellos lo harán mejor, aunque sea previo pago de algo que hasta entonces era gratuito.

            Dicho todo lo cual, quien quiera entender que esta reflexión es un ataque sin fundamento y realizado tan solo desde una irracional manía hacia las/os profesionales farmacéuticas/os, estará tratando de ocultar la verdad. Mediante el discurso centrado en una permanente manía persecutoria contra lo que consideran derechos que se les conculcan o desde un victimismo artificial según el cual no se les deja ayudar a la comunidad que es lo que pretenden.

            Nada más lejos de dichas suposiciones. Considero que tanto las farmacias como quienes las regentan son fundamentales y garantizan un adecuado y necesario equilibrio en aspectos importantísimos para la salud de las personas. Pero dicha garantía debe circunscribirse a su ámbito competencial y, en todo caso, a aquellos aspectos que previamente analizados, reflexionados, debatidos y consensuados con el resto de agentes de salud que intervienen en cualquier proceso de salud-enfermedad puedan ser incorporados como prestaciones que deben ser ofertadas como servicios públicos y gratuitos y evaluados en su conjunto con el resto de las prestaciones que desde cualquier servicio de salud se oferte en el ámbito del Sistema Nacional de Salud en el que se enmarcan y que es universal, accesible y gratuito. Desde ese planteamiento las Farmacias pueden considerarse como Farmacias Comunitarias. Pero a lo mejor o a lo peor, desde dicho planteamiento no les resulta interesante ni, sobre todo, rentable a sus intereses como empresa privada. Tentar, por otra parte, con cantos de sirena a determinadas sociedades científicas de la salud con colaboraciones puntuales que se concretan en folletos publicitarios con apariencia de informes de salud sobre determinados ámbitos, cuando lo único que buscan es captar clientes desde la falsa apariencia de unidad de acción no es ético y mucho menos estético.

            Por todo lo dicho, las Farmacias deberán elegir entre querer ser un verdadero recurso comunitario que articula sus valiosas ofertas profesionales propias con las del resto de profesionales de la salud y la concurrencia de las administraciones para regular toda la oferta que se traslade a la comunidad o seguir con una tendencia hacia oficinas de farmacia con desaforado ánimo de lucro y tendencia al franquiciado mercantilista en el que desde hace un tiempo se incorporaron algunas con guerra de horarios incluida.

            Lo que no se puede pretender es que se den por buenas las maniobras que, unilateralmente o con socios puntuales de interés, se llevan a cabo al margen de quienes sufren el expolio de competencias sin tan siquiera invitarles a que expresen su opinión al respecto y mientras las administraciones, o bien hacen la vista gorda, o se incorporan como socios interesados ante las presiones ejercidas por ellos o por las poderosas empresas con las que se relacionan, o por ambas.

            Así pues, evitemos resbalones innecesarios y avenidas de lodo prevenibles. Todo será mucho más fácil, menos peligroso y más beneficioso para la comunidad, si realmente es para quien todos queremos centrar nuestros esfuerzos.

¿Farmacias Comunitarias? SI, pero cuando realmente su interés se centre en la comunidad y no en sus cajas registradoras.

COVID19 Y MEDIOCRIDAD

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REALIDAD VIRTUAL O REALIDAD MORTAL

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Cuando hace tan solo unos meses se nos hablaba de manera reiterada de la nueva normalidad y la importancia que el confinamiento tenía para que lográsemos alcanzarla lo antes posible, no podíamos imaginar que dicha realidad ni va a ser nueva ni íbamos a alcanzarla tan pronto como pensábamos y deseábamos.

No va a ser nueva porque mucho antes de poder “estrenarla” ya es vieja, caduca, peligrosa e incierta, tal como la imaginábamos o, cuanto menos, la soñábamos. La pandemia ya se ha encargado de estropearnos, no tan solo el verano, sino el futuro inmediato que nadie sabe cuándo podremos alcanzarlo ni en qué condiciones lo haremos. Porque además del empeño que el, permítaseme, puñetero coronavirus pone en su labor de contagio y enfermedad, nosotros nos hemos encargado de convertirnos en sus más fieles, leales y eficaces aliados para que no tan solo no desaparezca sino para que permanezca durante mucho más tiempo del que somos capaces de prever, con las actitudes irracionales e insolidarias de una parte de la ciudadanía.

Esta y no otra es la realidad en la que nos encontramos y con la que, al menos de momento, debemos convivir. Y digo debemos convivir porque no puede ni debe hacernos sus esclavos. Una cosa es que tengamos que mantener, respetar y cumplir las medidas de seguridad que permitan protegernos de contagiar o ser contagiados y, otra bien diferente, que haga que nuestras vidas se conviertan en un proceso virtual permanente, excluyente, dependiente, silente… al que nos está abocando irremediablemente como si de una narración distópica se tratase.

Lo peor de todo es que hay quienes ven en este asunto una oportunidad de futuro y de confort, cuando realmente se trata de una despersonalización y un aislamiento que, desde mi punto de vista, va mucho más allá de lo que pueden y deben identificarse como medidas de protección y seguridad.

El teletrabajo parece que se ha convertido en la solución mágica contra el virus. Trabajo en casa, trabajo en un despacho aislado, trabajo por teléfono, por dispositivo móvil, por ordenador… que eliminan los besos, los abrazos, las miradas, los silencios incluso, al sustituirlos por despersonalizadas, distantes y mecánicas conversaciones virtuales en las que un micrófono y, todo lo más, una cámara, sirven de canales de comunicación que favorecen o, cuanto menos provocan, la pérdida de matices y, detalles fundamentales en la comunicación. Los bustos parlantes con fondos que forman parte de nuestra intimidad generan mosaicos en nuestras pantallas que se combinan con las interferencias de sonidos metálicos y entrecortados que se suman a las dificultades de comunicación.

Hasta los más mínimos detalles de comportamiento de la actividad diaria son modificados o anulados. Vestirse de una determinada manera, arreglarse, peinarse, incluso asearse… quedan relegados a un segundo plano al no ser “necesarios” para la convivencia, para la relación interpersonal. Con que lo que se vea sea aparente es suficiente. Las conversaciones, por mantener la denominación, son mecánicas, neutras, artificiales. Como si estuviesen enlatadas o guardadas al vacío. Y siempre contando con que la conexión sea buena, las interferencias escasas, la plataforma no sea jaqueada…

Consensos alcanzados por correo electrónico; mensajes vagos o excesivamente prolijos, pero con importantes problemas de interpretación que generan malos entendidos o confusiones; dificultades de retroalimentación, comunicados imprecisos… se agolpan en esta modalidad de trabajo para el que, por mucho que se quiera, no estábamos preparados aún. Hemos dado un salto en el tiempo de  más de 5 años sin red, que ha hecho que la realidad virtual se convierta en una realidad mortal para una sociedad que en la normalidad que hemos dejado atrás ya era excesivamente individualista, competitiva, insolidaria…

Pero, como suele suceder con todos los aspectos de nuestras vidas, ni todo es igual para todos, ni todos respondemos igual, ante todo, ni todo sirve para todo.

En el ámbito de la salud esta realidad virtual está suponiendo un verdadero cambio en la comunicación, una evolución según algunos. Comunicación que resulta tan relevante como necesaria en la relación de las/os profesionales con las personas a las que atendemos. Pero, incluso en este sentido hay diferencias. Porque la técnica, la curación, incluso el diagnóstico y el tratamiento médico, parecen adaptarse con cierta naturalidad e incluso con satisfacción a esta virtualidad impersonal, distante, preventiva que ha marcado o hemos querido marcar como consecuencia de la pandemia y que, en ocasiones, da la impresión, que se haya convertido en la oportunidad que tanto se estaba esperando para poderla implementar. Resulta paradójico, cuando no surrealista, que se acuda al centro de salud y que te digan que tienes que llamar por teléfono para hablar con el médico, que está a pocos metros de la sala donde te encuentras, para contarle qué te ha pasado y que te diagnostique e indique tratamiento sin haberte visto ni tan siquiera virtualmente.

Pero esta virtualidad cuando se trata de afrontar problemas de salud que, fundamentalmente, lo que precisan son cuidados no funciona. La fibra óptica, la wifi, el rúter… lo que se quiera que alimenta y sostiene la virtualidad no son capaces de procesar con la calidad que requieren dicho afrontamiento. La comunicación directa, la escucha activa, la empatía, la retroalimentación, el gesto, los silencios, los sentimientos, las emociones… son eliminados por el “antivirus” de la virtualidad y transforma el afrontamiento en una respuesta estandarizada y sin la humanidad necesaria como componente indispensable de los cuidados profesionales enfermeros, rompiendo el equilibrio entre ciencia, técnica y humanidad.

La pandemia no tan solo nos ha aportado incertidumbre, miedo, sufrimiento, enfermedad, dolor… sino también, aislamiento, desconfianza, distancia física y emocional, insensibilidad, desigualdad, vulnerabilidad… que la realidad virtual no tan solo no es capaz de solucionar, sino que incluso contribuye a exacerbarlas.

No quiero, ni es mi intención, hacer un alegato en contra de las medidas de seguridad exigibles ni de la virtualidad como realidad que puede y debe contribuir a mantenerlas. Pero entre el negacionismo, que parte de la sociedad está abrazando como rechazable y peligrosa manera de liberación y la anulación sistemática de cualquier contacto, no ya físico, pero si emocional, existe un espacio en el que poder actuar permitiendo la comunicación humana y no tan solo mecánica.

Todo ello, además, en un contexto de cuidados como el que está generando la nueva realidad y al que las enfermeras no podemos responder tan solo desde esa virtualidad mortal para la prestación de nuestros cuidados profesionales.

Extrememos nuestra seguridad personal, facilitemos espacios de relación seguros, mantengamos y exijamos las medidas preventivas y hagamos que se incorporen como hábitos o conductas saludables, adecuemos la relación interpersonal a las citadas medidas… pero no anulemos sistemáticamente el contacto necesario para que nuestros cuidados profesionales permitan mantener o restablecer la salud de las personas, las familias y la comunidad. No dejemos que el COVID19 nos contagie de insensibilidad, de miedo irracional, de insolidaridad, de inequidad… Para ello no hay mejor vacuna que ser y sentirse enfermera. No se trata de ser temerarias, sino simplemente de adaptarnos a la situación como siempre hemos hecho. La virtualidad no puede ni podrá nunca sustituir nuestra aportación singular, nuestro bien intrínseco, los cuidados profesionales enfermeros.

La sociedad necesita y va a necesitar cada vez más de esos cuidados cercanos, y no por ello exentos de seguridad, humanos, científicos y técnicos que tan solo las enfermeras podemos aportar a una sociedad en la que, una parte muy importante de ella, y que posiblemente sea la que más cuidados precisa, no está familiarizada con la tecnología o ni tan siquiera tiene acceso a ella. No podemos ni debemos defraudar a quienes nos los reclaman. Si no lo hacemos nosotras como enfermeras posiblemente vengan otros y lo hagan. Y a partir de ese momento habremos perdido el control sobre lo que nos identifica y dignifica.

Utilicemos la realidad virtual como herramienta de apoyo y refuerzo, pero no nos dejemos deslumbrar por su aparente capacidad de sustituir lo que tan solo nosotras como enfermeras estamos en disposición de prestar.

Los cuidados no funcionan en base a un sistema binario que solo tiene dos opciones: on/off, verdad/mentira, bueno/malo… sin término medio, ni entienden de bits o de chips, ni pueden ser procesados a través de bases de datos por complejas que estas sean.

Es por ello que hacen falta más enfermeras. Porque la virtualidad no nos puede sustituir y porque vamos a ser determinantes en la construcción de una realidad que no puede basarse exclusivamente en la virtualidad impersonal y mecánica por muy avanzada que esta sea.

Se podrán hacer intervenciones quirúrgicas a miles de kilómetros de distancia, se podrán resolver las múltiples variables que plantea una patología para que se dé un diagnóstico o se aplique un tratamiento. Pero no se va a poder resolver a través de la virtualidad la singularidad de los cuidados profesionales enfermeros que precisará la persona intervenida o la diagnosticada virtualmente. No se podrá sustituir nunca la comunicación interpersonal que requiere el afrontamiento a un problema de salud. No se podrá eliminar la necesaria participación de las personas en sus procesos a través de una combinación de mensajes virtuales.

La virtualidad puede ser un activo de salud. Pero lo que nunca podrá ser es el único activo para la salud de las personas, las familias y la comunidad.

En nuestras manos y en nuestra voluntad está que sepamos combinar realidad virtual con realidad analógica para construir esa nueva realidad de la que tanto se habla. A la larga, esta situación puede devenir en la asunción de una idea equivocada: creer que porque el mundo sea virtual la realidad también lo es y que, por lo tanto, los cuidados enfermeros, lo sean de igual manera.

ENTRE EL RISK Y LA ESCENA

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