AGNOSTICISMO DE LOS CUIDADOS Asíntota de las enfermeras

A menudo pensamos que la enfermería trata sobre dar medicinas, revisar rayos X o saber  si hace falta llamar al médico, y olvidamos que nuestra verdadera labor es cuidar y esforzarnos en marcar la diferencia”

Erin Pettengill[1]

 

Estamos en un permanente debate, o en una constante duda, que de todo hay, sobre lo que son, representan, aportan o generan los cuidados,a quienes los prestan y a quienes los reciben. Una disquisición cuyos límites no se sabe muy bien si están en el ámbito científico, filosófico, teórico, práctico, profesional o doméstico,a pesar de lo cual, nadie quiere prescindir de ellos, pero pocos, muy pocos, tienen un concepto claro y preciso sobre los mismos y, lo que es peor, son incapaces de transmitirlo a otras/os profesionales y aún menos a la sociedad en su justa dimensión y valor.

Nadie discute, o al menos no debería hacerlo, que los cuidados son patrimonio de la humanidad, es decir, no son patrimonio exclusivo de nadie. Porque el cuidado es inherente a la condición humana y, me atrevería a decir, que de cualquier ser vivo, por cuanto los mismos son la base de la pervivencia y del bienestar como seres frágiles que somos[2]. Sin embargo, no todos los cuidados son ni se prestan de idéntica manera, ni tan siquiera suponen una respuesta homogénea en cuanto a los efectos que de los mismos se obtienen. Precisamente en esto es en lo que se diferencian los cuidados, de manera genérica, de los cuidados profesionales enfermeros. La aportación que la ciencia enfermera traslada a los cuidados en base a conocimientos, evidencias o teorías, es lo que los hace sustancialmente diferentes, específicos e imprescindibles además de complementarios, que no excluyentes, con otros cuidados o con otras respuestas ante situaciones de salud-enfermedad. El problema viene determinado cuando esos cuidados, teórica y científicamente fundamentados, se ubican en un paradigma en el que no tan solo no encajan, sino que además entran en permanente contradicción, conflicto e incluso exclusión, con los planteamientos teórico-científicos del paradigma en el que de manera artificial, interesada o inducida se ubican, migrandodesde el paradigma enfermero en el que nacen y tienen sentido.Dejándolo vacío y, por tanto, sin capacidad de responder a lo que delos mismosse espera, como respuesta diferenciada en el paradigma receptor que no benefactor en donde recalan.

Es el problema de tener que justificar, sustentar, convencer, determinar, potenciar, incluso definir, lo que son y suponen los cuidados en un paradigma que parte de planteamientos, principios, objetivos, evidencias… diametralmente diferentes, aunque no siempre opuestos, con los del paradigma abandonado.

Un abandono que, como decía, viene determinado por diferentes factores. Algunos exógenos, como el interés de otros en hacer una utilización manipulada y artificial de los cuidados enfermeros como parte de la respuesta que se da desde el paradigma médico, lo que provoca que se diluyan, desdibujen, desvaloricen y pierdan sentido. Pero también los hay endógenos, en tanto en cuanto la migración descrita lo es por interés, o casi mejor dicho por desinterés, de quienes tienen que dar sentido a los planteamientos teórico-científicos de los cuidados, al renunciar a cualquier esfuerzo por fundamentar su actuación específica cuidadora y abrazar como propios los impuestos por quienes si son “dueños” de dicho paradigma, sin darse cuenta o asumiendo que, haciéndolo, renuncian a cualquier actuación autónoma y diferenciada para pasar a ser un apéndice secundario y subsidiario que en una correlación directa alimente y contribuya al desarrollo, visibilización y puesta en valor del paradigma médico de igual manera que de manera inversa lo hace minusvalorando, invisibilizando y minimizando la aportación de los cuidados que quedan ocultos ante la fascinaciónque provoca la técnica y la tecnología, o con un valor residual incapaz de ser identificado y por tanto valorado. Mientras tanto en el casi desértico paradigma enfermero se sigue clamando en el desierto con planteamientos teóricos que tratan de convencer de la bondad de los cuidados, sin que, lamentablemente, sean capaces de atraer la atención de las enfermeras que, no lo olvidemos, somos quienes debemos, finalmente, llevarlos a la práctica y dotarlos de valor y significación.

Estamos, por tanto, ante un panorama en el que por una parte se sigue insistiendo en querer ser “dueñas” de los cuidados, más como un mantra muy interiorizado, pero poco consciente y consistente, pero al mismo tiempo abandonando la manera en que esa propiedad se sustente en una percepción real, no tan solo de necesidad profesional, sino de identidad irrenunciable e inseparable de lo que es y significa el ser y sentirse enfermera. Y aquí, es donde radica el problema, en esa falta de fe en nosotras mismas y en lo que los cuidados nos aportan como esencia de dicha fe, no como dogma sino como base de nuestra ciencia, sujeta por tanto a cualquier tipo de duda, contraste o refutación, pero sin que ello signifique la renuncia que nos convierta en agnósticas de los cuidados que, sin negar su existencia los consideremos innecesarios o inaccesibles para entender la Enfermería. Más allá de la fe, nos situamos en una situación que en términos matemáticos podemos denominar asíntota[3], es decir, como aquello que se desea, los cuidados, y a los que nos acercamos de manera constante las enfermeras, pero que nunca parece llegar a cumplirse.

Como muestra de lo que digo, recientemente una Gerente de Enfermería de uno de los 17 sistemas de salud autonómicos, ante la demanda de una mayor visibilización, valoración e institucionalización de los cuidados, que se le trasladó, respondió diciendo que no entendía lo que se quería o pretendía y solicitó se le pusiese un ejemplo. A pesar de la evidente sorpresa, consternación e indignación por su respuesta y por venir de quien venía, una enfermera y además gestora, se le trasladó el ejemplo solicitado ante lo que su contra-respuesta fue la de indicar que las enfermeras hacían más cosas que prestar cuidados, como, refirió, gestión, docencia, investigación… como si lo que se gestionase, sobre lo que se impartiese docencia o se investigase, no tuviese que ser sobre cuidados. Porque de no ser así, desde luego, las enfermeras tenemos un gravísimo problema y lo que es, si cabe, más grave la población a la que se le priva de los mismos. Pero ahondando más en el desconcierto de la respuesta dada por la responsable enfermera, argumentó que muchas otras profesiones tienen incorporados los cuidados en sus competencias y como ejemplo citó las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) que según ella son cuidados médicos, cuando se sabe que precisamente en dichas unidades existe una intensa, continua y continuada prestación de cuidados enfermeros, sin menoscabo a que también puedan prestarse cuidados médicos, pero en ningún, caso como trata de justificar, que los cuidados en la UCI sean médicos y eso les otorgue la categoría de cuidadores.

En fin, lo que comentaba en mi reflexión inicial, ni se sabe ni se cree, ni se quiere saber ni creer, que aún es peor, lo que son y significan los cuidados profesionales enfermeros y si quien debe gestionarlos, en su toma de posesión, como ella misma se enorgullecía de haber hecho, renunció explícitamente a ellos para pasar a denominarse de Gestora de Cuidados a Gestora de Enfermería, debería hacernos pensar lo mucho que esto supone de negativo para el desarrollo y visibilización de los cuidados enfermeros. Porque nadie, además, puede ser Gestora de Enfermería sino en todo caso Gestora enfermera, dado que Enfermería es ciencia, profesión o disciplina y nadie individualmente puede ni debe intentar arrogarse la gestión, dirección, planificación o coordinación de la Enfermería, renunciando a hacerlo de los cuidados enfermeros que es lo que razonable y científicamente debería asumir. De tal manera que se acepta como válido utilizar a nuestra ciencia, profesión o disciplina, Enfermería, como pantalla tras la que ocultar nuestra identidad y el valor de lo que, al menos teóricamente, somos competentes para ofrecer como bien intrínseco, es decir, los cuidados profesionales enfermeros, tal como recogen absolutamente todas las teorías de Enfermería.

No se trata, lamentablemente, de una anécdota ni de un caso aislado. Es algo habitual, reiterado y que acaba dejando huella, al naturalizarse la orfandad de los cuidados que, irremediablemente, tienden a ser adoptados por otras/os profesionales y, por tanto separados definitivamente de quienes deberían sus verdaderos responsables, las enfermeras, al dejarse fagocitar por el asistencialismo tecnológico y medicalizado al que migran en una hipotética búsqueda de poder y visibilidad que finalmente se demuestra no tan solo falso sino altamente nocivo y destructor de la identidad específica enfermera.

Pero más allá de la pérdida de identidad enfermera, las consecuencias de esta deriva se centran en las personas, las familias y la comunidad a las que se atiende, al usurparles la posibilidad de recibir los cuidados enfermeros y con ello a que se pierda de manera automática la puesta en valor de los mismos al no identificarlos o quedar diluidos en las técnicas a las que abrazan de manera tan firme como inconsciente.

Es cierto, como vengo repitiendo en diferentes reflexiones, que los medios de comunicación tampoco contribuyen a que los cuidados sean identificados más allá del ámbito doméstico o de la amabilidad que se pide a las enfermeras como máximo indicador de calidad de su aportación. Pero no es menos cierto que cada vez tenemos que reflexionar sobre si esta proyección no es producto, en gran medida, de la ambigüedad que nosotras mismas tenemos con relación a dichos cuidados.

Todo lo cual configura un panorama en el que ni se sabe lo que son los cuidados, ni se institucionalizan como producto y valor propio de la aportación enfermera en las organizaciones de la salud, ni se identifican como imprescindibles con lo que supone no ser reclamados e incluso exigidos por la población que difícilmente, además, los relaciona con las enfermeras y cada vez más los asocia a las TCAE u otras/os profesionales.

En unas organizaciones en las que el paciente está por encima de la persona y la enfermedad por encima de la salud, la curación se convierte en la meta indiscutible e imprescindible de todo el sistema sanitario, que no de salud, de tal manera que los objetivos de la agenda política y por derivación de la agenda médico-sanitaria, incluso su visión sobre lo que debe suceder, impiden atender las relaciones, desarrollar el liderazgo de los demás, escuchar lo que necesitan las personas, acompañarles en sus momentos de crisis, duda, angustia o temor para ayudarles a afrontarlos, movilizar sus recursos personales, familiares, sociales y comunitarios… anteponiendo el objetivo exclusivo y excluyente de la curación a la prestación de cuidados, porque lo único que importa es la obtención acrítica de los resultados, es decir, lo que autores como Kenneth Goodpaster[1] definen como teleopatía o el error ético de la “enfermedad meta”.

Desde este modelo curativo-asistencialista, las enfermeras abandonamos, en gran medida, los cuidados que nos identifican y definen como enfermeras porque la meta de la curación y la asistencia nos atrapa en vez de ser nosotras quienes marquemos la meta o el objetivo de los cuidados enfermeros. Fijando la atención en la enfermedad perdemos la visión de una atención integral, integrada e integradora. Pero además dicha fijación en la enfermedad y la curación, con el consiguiente abandono de la acción cuidadora nos lleva a negarla, argumentando para ello lo que consideramos “buenas razones” cuando realmente son simples excusas que tratan de justificar nuestra actitud. Todo lo cual, finalmente,conduce a una posición de desarraigo de los cuidados, al separar por costumbre el sentimiento del conocimiento,cuyo resultado es una asistencia alejada de la integralidad y una clara instrumentalización, que no institucionalización como sería deseable, de los cuidados, al despojarlos de sus valores humanísticos y convertir a las enfermeras en profesionales tecnológicos que es lo que, por otra parte, demanda el sistema sanitario que tan solo persiguesoluciones técnicas a los problemas que aquejan a las personas, las familias y la comunidad en lugar de respuestas que se sitúen a nivel de la dignidad humana y favorezcan su participación activa en la toma de decisiones. Lo triste y lamentable es que, contando con enfermeras capaces y competentes para ello, ni el sistema lo propicie y promocione, ni las enfermeras se posicionen y lo realicen.Como dijera Potter Stewart[2]“La ética es saber la diferencia entre lo que tienes derecho de hacer y lo que es correcto hacer”, por lo que tendríamos que reflexionar sobre si nuestra respuesta profesional como enfermeras es ética o simplemente obedece al modelo que adoptamos como propio sin tratar de cambiarlo.

La infancia, la adolescencia, la cronicidad, la violencia de género, la salud mental, la vejez…son identificadas, valoradas, asumidas y asistidas exclusivamente como enfermedades que pueden y deben ser curadas y no cuidadas, lo que nos lleva a medicalizar procesos vitales o fisiológicos, a cronificar la cronicidad, a patologizar la violencia de género, a estigmatizar la salud mental, a despreciar la vejez o a intentar su reversión haciendo creer en una vida eternamente joven y con ello despreciar el capital humano que podría aportar desde dicha vejez que no discapacidad… lo que conduce a una población enferma, en contextos enfermos y con respuestas que se centran en la demanda insatisfecha, la dependencia y la falta de autoestima. Lo peor, siendo grave ya no es que se esté haciendo. Lo verdaderamente grave es que las enfermeras lo estemos consintiendo sin oponer absolutamente ninguna resistencia en base a propuestas de cambio razonadas, razonables y racionales que se expongan y expliquen en foros profesionales, políticos, ciudadanos y mediáticos que, cuanto menos, susciten la reflexión y el pensamiento crítico capaz de identificar que otro modelo, como el de los cuidados, es posible, deseable y exigible. Sino lo hacemos las enfermeras, ¿quién esperamos que lo haga?

[1] Profesor emérito de la Universidad de St. Thomas, Minnesota, Departamento de Filosofía.

[2] Magistrado de la Corte Suprema de los Estados Unidos

[1]Enfermera misionera durante 10 años en Honduras y Guinea Ecuatorial, África, trabajando en desarrollo comunitario, exámenes de salud y educación.

[2]Un estudiante preguntó a la antropóloga estadounidense Margaret Meadcuál consideraba ella que fue el primer signo de civilización en la Humanidad. El alumno y sus compañeros esperaban que Mead hablara del anzuelo, la olla de barroo la piedra de moler. Pero no. Ella dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.

Mead explicó queen el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. Pues no puedes procurarse comida o agua ni huir del peligro, así que eres presa fácil de las bestias que rondan por ahí. Y ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí sólo. De modo que un fémur quebrado y que se curó evidencia que alguien se quedócon quien se lo rompió, y que le vendóe inmovilizó la fractura. Es decir, que lo cuidó” (https://www.lavanguardia.com/cultura/20201014/484039920907/el-reto-primer-signo-civilizacion-humanidad.html)

 

[3]«Línea recta que se aproxima muy cercanamente a una curva, pero nunca la toca conforme la curva avanza hacia el infinito en una dirección».

¿QUÉ NOS PASA A LAS ENFERMERAS? o ¿QUÉ PASA CON LAS ENFERMERAS?

“¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!”

Santa Catalina de Siena[1]

 

Esta de hoy es una reflexión íntima y a la vez pública y compartida sobre la incertidumbre que me genera la actitud de las enfermeras ante los múltiples acontecimientos que se están sucediendo y que nos afectan de manera directa o indirecta, aunque en gran medida muy directa, a las enfermeras.

Una actitud de absoluta pasividad y me atrevería a decir que de preocupante conformismo. Parece como si nada fuese con nosotras o contra nosotras. Como si nada pasase a la vista de cómo nos comportamos, actuamos o nos ausentamos de lo que pasa. Como si solo fuesen otros quienes tuviesen la responsabilidad de arreglar lo que pasa. Como si solo estuviesen las cosas mal para otros. Como si nosotras no tuviésemos nada que hacer, aportar, decir o pensar. Como si todo se fuese a solucionar antes que después sin que hagamos o digamos nada. Como si el deterioro de la sanidad y el de la salud de la comunidad nada tuviese que ver con nuestra actitud. Como si nuestra imagen no se viese resentida. Como si la valoración de nuestra aportación no se resintiese. Como si todo fuese normal. Como si el silencio y la pasividad fuesen el mejor discurso y la mejor acción de la que somos capaces. Como si el victimismo o la complacencia, cuando decidimos decir algo, fuese la mejor o única respuesta que podemos ofrecer. Como si la pérdida de derechos propios y de la población no se viese influida por cómo nos estamos comportando. Cabe pues preguntarse ¿Qué nos pasa a las enfermeras? o ¿Qué pasa con las enfermeras?

Nos ha costado mucho trabajo, mucho sacrificio, muchos sinsabores, muchos ataques, muchas descalificaciones… lograr una imagen, una valoración, una visibilidad, como enfermeras responsables de prestar cuidados profesionales de calidad y calidez que contribuyan a la salud de la población dando respuesta a sus necesidades y contribuyendo al autocuidado para lograr su autonomía, como integrantes de una ciencia con conocimientos propios y definidos que a través de la investigación conseguimos generar evidencias científicas que permiten argumentar y justificar nuestra aportación singular y autónoma, integrándonos en la comunidad científica en igualdad de condiciones a cualquier otra disciplina. Todo gracias a muchas enfermeras que decidieron dedicarse en cuerpo y alma a ello. Que se prepararon y formaron de manera excelente para afrontar las dificultades y las barreras que permanentemente se ponían para impedir el avance de nuestra disciplina/profesión. Que no cejaron en su empeño a pesar de las embestidas y los intentos constantes por hacerles desistir de su objetivo. Que creyeron y convencieron para lograr lo que era un derecho largamente prohibido y negado a las enfermeras. Que se mantuvieron firmes ante la falta de voluntad política. Que no desfallecieron ante los aparentes fracasos, que no eran tales, sino el resultado de las estratagemas de quienes se oponían sistemática e injustificadamente a nuestro avance. Que respondieron a las falsedades con argumentos. Que vencieron con la palabra y con la razón. Que nunca desfallecieron. Que no buscaron la gloria personal. Que nada obtuvieron, más allá de la satisfacción por el logro alcanzado.

Alcanzado todo ello se entró en una fase de meseta. Como si ya estuviésemos muy cansadas de luchar desde las trincheras de manera permanente. Como si el desgaste de tener que demostrar permanentemente lo que a otros no se les exige nos hiciese tener que descansar para recobrar fuerzas. Como si lo logrado ya no requiriese de mayor atención, esfuerzo, vigilancia, aportación… y todo fuese a fluir de manera automática y positiva. Como si quienes estuvieron oponiéndose sistemáticamente a que lográsemos lo que era nuestro derecho fuesen a cejar en su intento de acoso y derribo. Como si la ciencia, la disciplina y la profesión tuviesen inercia y pudiesen avanzar gracias a ella sin necesidad de aportar ningún otro tipo de energía que las impulsase. Como si lo alcanzado no precisase del compromiso y responsabilidad de todas el mantenerlo, defenderlo y mejorarlo.

Mientras la inercia de un impulso tan importante logró mantener en movimiento, aunque no siempre la velocidad y el avance deseados, todo parecía que funcionaba, que se seguía avanzando. Pero el movimiento, como el tiempo, son relativos y lo que puede parecer rápido o lento, temporal y espacialmente, está sujeto a muchas variables que no siempre controlamos y mucho menos percibimos con la objetividad que se requiere. Nos acomodamos a una supuesta velocidad denominada de crucero y a un aparente desarrollo, que están más cercanos a la parálisis de uno y otro de lo que aparentemente nos parece. Cuando nos venimos a dar cuenta nos encontramos sin capacidad de avance. No tan solo porque no hemos tenido la precaución de suministrar la energía precisa para que el motor de nuestro desarrollo permaneciese activo, sino porque, además, nos adelantan por la derecha y por la izquierda y no somos conscientes de que estamos situadas en una pendiente y que, por efecto de la gravedad, a la que no oponemos resistencia alguna, tendemos a ir en retroceso y, por tanto, a desandar lo andado.

Una pendiente que representa la situación sanitaria, política, gestora, organizativa, administrativa, universitaria, de investigación, en la que estamos inmersas, que nos ubica en un escenario de absoluta incertidumbre y peligro, no ya para nuestro desarrollo sino para nuestra propia subsistencia. Un contexto similar a una selva en el que fieras de otras especies, que confiadamente creíamos habían perdido su capacidad o interés de agresividad y ataque, se revuelven y nos acosan, y de nuestra propia especie que se tornan agresivas ante la idea de tener que adaptarse a una realidad que les saque de su zona de confort, lo que les sitúa como enemigas tan peligrosas o más que las especies ajenas al querer defender su comodidad incluso aliándose con estas en su intento por preservar su inacción. Es como en la célebre historia del Rey León, donde las hienas actúan como aliadas de Mufasa para lograr y mantener su reinado, aunque sea a costa de la mentira y la autarquía. Una pendiente en la que aún estamos y que supone el camino que nos queda por recorrer alimentando el motor del conocimiento, la ciencia, las evidencias, pero también del compromiso y la implicación.

Es como si la pandemia nos hubiese extraído el último aliento para seguir luchando. Como si nos hubiese dejado sin fuerzas. Como si nos hubiésemos creído lo de que éramos héroes y heroínas y nos hubiesen atacado con Kriptonita, como a Superman, para quitarnos nuestros supuestos “superpoderes” para dejarnos indefensas y sin capacidad de reacción alguna. Como si nuestra imagen profesional, no nos gustase, no nos sintiésemos a gusto con ella y limitásemos la ingesta de estímulos, conocimientos, evidencias y compromisos, sumiéndonos en una progresiva y profunda anorexia disciplinar/profesional que, por otra parte, negamos como forma irracional de mantener nuestra actitud Tratando de lograr una imagen que, aunque distorsionada y nociva, nos haga aparente e ilusoriamente, sentirnos mejor, cuando en la realidad supone un riesgo de muerte cierta. Como si tuviésemos miedo a avanzar y asumir nuestras competencias y con ellas la responsabilidad que emana de las mismas para dar respuesta a lo que se espera y desea de nosotras como enfermeras. Como si refugiándonos en nuestra propia inconsistencia nos sintiésemos protegidas, cuando lo único que logramos es ser cada vez más débiles y, por tanto, menos visibles y necesarias.

La Atención Primaria que navega a la deriva con serios riesgos de acabar encallando y en la que las enfermeras comunitarias, especialistas o no, son utilizadas y se dejan utilizar cada vez más como aliviadero de la inducida presión asistencial médica. La Asistencia Hospitalaria en su narcisismo permanente que les hace presentarse como nave insignia del Sistema Nacional de Salud (SNS) y que nadie ni nada será capaz de acabar con ella. Sin darse cuenta que, como le sucediera al Titánic, siempre hay algún iceberg que puede hacer que se hunda con todas sus aparentes riquezas y oropeles, pero también con todas sus miserias y pobreza, que como en el Titánic compartían el mismo espacio, aunque con accesos bien diferenciados y acotados. La atención a las personas adultas mayores que se convierte en una asistencia residual centrada mayoritariamente en las necesidades básicas que les despersonaliza e inhabilita, despreciando el importantísimo y valioso capital humano que representan para la sociedad, o la salud mental que se focaliza exclusivamente en la atención de psicólogos y psiquiatras, despreciando la valiosa aportación de las enfermeras especialistas. La participación comunitaria cada vez más ideologizada y alejada de ser una realidad posible y necesaria. La promoción de la salud que como eterno objetivo acaba por convertirse en una permanente utopía que tan solo comparten algunos/as nostálgicos. La salud como bien supremo y derecho universal que acaba siendo siempre la ausencia de la enfermedad identificada como el verdadero y casi exclusivo estandarte del Sistema y de quienes la utilizan para lograr su prestigio, su imagen y su poder, lo que supone tener que renunciar a una atención integral, integrada, integradora, participativa, universal, accesible, equitativa, intersectorial y transdisciplinar que, además, alimenta la voracidad médica empresarial de quienes negocian con la salud o mejor dicho con la enfermedad de quienes, eso sí, se lo pueden permitir, abocando al SNS a un Sistema, cada vez más cercano, de Beneficencia y Caridad para los pobres.

Son tan solo algunos de los hechos, situaciones, planteamientos, acciones u omisiones, por los que está atravesando actualmente nuestro SNS y con él, quienes, aparentemente, lo sostienen, mantienen y hacen avanzar. Pero la forma en que se identifican, valoran, afrontan y se responde es absolutamente diferente en base al colectivo profesional al que se pertenezca o con el que se sienten más identificados sin pertenecer al mismo. Todo ello, al margen de los efectos que esté provocando en la salud de la comunidad, al estar centrados los intereses en sus necesidades laborales y no en las de salud de la población. De tal manera que entre quienes hacen omisión por huelga y quienes la hacen por inacción el resultado acaba siendo el progresivo deterioro del Sistema, de lo que representa y lo que aporta.

No es mi pretensión que las enfermeras se sumen a la realización de una huelga, aunque es un derecho que pudiendo ejercer hace más de 40 años que no lo hacen y que cuando lo hicieron fue el punto de inflexión para lograr las mejoras a las que hacía mención al inicio de mi reflexión. Pero sí que es mi deseo que las enfermeras demuestren y muestren interés, preocupación, indignación, respuesta… a tanto despropósito, caos, desorganización, clasismo y autoritarismo disciplinar/profesional, además de ineficacia e ineficiencia. Es mi deseo que manifiesten, posicionen y defiendan sus competencias sin renunciar a las mismas o supeditándolas a las de un autoritarismo que tan solo obedece a un poder ejercido desde el lobby del que emana y que quiere controlar en exclusiva y para su propio beneficio al SNS que es patrimonio de toda la ciudadanía. Deseo que tengan pensamiento crítico y reflexionen para contribuir a cambiar lo que no puede permanecer estático, a parar su retroceso o seguir funcionando con el único impulso de quien lo quiere dirigir para su exclusivo beneficio. Deseo que crean en sí mismas y en lo que, desde su autonomía profesional y disciplinar, son capaces de hacer y aportar y que dicha apuesta de mejora repercuta en la valoración y visibilidad que de ellas tenga la sociedad y no a la inversa como han hecho siempre otros. Deseo que se trabaje desde la humildad pero combinándola con el orgullo de ser y sentirse enfermeras; que se haga desde la convicción sin renunciar a la necesidad de crecimiento y mejora profesional que redunde en la calidad de los cuidados profesionales que se prestan; que se haga desde la autoridad de la ciencia enfermera, sin olvidar la humanidad que requieren los cuidados; que se haga desde la fortaleza de la acción complementándola con la necesaria generosidad del trabajo en equipo real, compartido y de respeto realizado desde el compromiso y la implicación con la salud de la población alejándonos de protagonismos e imposiciones, facilitando la participación y la toma de decisiones compartidas; que se haga desde el respeto y la valoración del liderazgo enfermero y de quienes lo asumen y ejercen y no desde el descrédito o la falta de aprecio hacia ellas/os, que supone el mayor desprecio que puede hacerse; que se haga exigiendo la representatividad de quienes nos representan, pero asumiendo la necesaria implicación en su seguimiento y control; que se realice desde la empatía y la simpatía sin renunciar al rigor. Porque “La culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento” (San Bernardo de Claraval)[2], de que todo esto suceda.

Todo ello requiere de un cambio evidente de postura, de visión, de análisis, de valoración, de compromiso de acción, de necesaria recuperación y posicionamiento en nuestro verdadero paradigma, el enfermero, sin contaminaciones, injerencias, imposiciones o mimetismos que nos alejen de nuestra esencia de ser y sentirnos enfermeras. Precisa de una formación enfermera y en valores enfermeros que se distancien de las exigencias de un sistema de salud en el que prevalece la técnica y la medicalización sobre el cuidado y el humanismo. Demanda de una gestión enfermera responsable que responda a la necesidad de cuidados por encima de las necesidades impuestas por un colectivo o quien lo representa. Supone alejarse de posicionamientos de confort para situarse en situaciones de respuesta y defensa de las necesidades y derechos de las personas, las familias y la comunidad. Consiste en la autoexigencia que nos faculte a poder ser exigentes. Reside en la importancia de creer en lo que somos y en saber qué es lo que queremos para huir de la ortodoxia profesional/disciplinar impuesta. Porque como expresara George Orwell[3] “La ortodoxia equivale a no pensar, a no tener la necesidad de pensar. La ortodoxia es la inconsciencia” y la inconsistencia es debilidad, la nadería, la indiferencia.

No es cuestión de cambios radicales, ni de revoluciones, ni de involuciones es, tan solo y sobre todo, cuestión de voluntad para volver a ser lo que realmente somos para poder exigir ser conocidas, reconocidas y valoradas, como enfermeras. Tan fácil y al mismo tiempo tan complicado. Pero, o asumimos esta necesidad o caeremos en el ostracismo, el olvido y la insignificancia a la que nos conduce la sumisión y la subsidiariedad producto de la inacción y el conformismo. Es cuestión de hacer una reflexión profunda sobre la situación de las enfermeras en todos y cada uno de los ámbitos en los que participamos y aportamos, sean estos sanitarios o no, en todos. Hablando, desde la sinceridad y el respeto y con absoluta libertad, sobre cómo nos sentimos y qué es lo que esperamos o necesitamos para recuperar la esencia enfermera que nos haga ser demandadas y respetadas. No esperando a que sean otros quienes hablen y, por tanto, decidan por nosotras. Sentando las bases de cuál es nuestro firme posicionamiento científico-profesional y qué estamos en condiciones y con voluntad de aportar, desde el mismo, a la salud de la población, con independencia del ámbito, contexto o ambiente en el que se haga. Asegurándonos que sea conocida y reconocida como aportación específica enfermera y que la sociedad sea capaz, en base a ello, de identificar que, tan solo las enfermeras, estamos en disposición de ofrecer. Identificando las necesidades de docencia enfermera que garanticen la formación de enfermeras para la comunidad y no para las organizaciones sanitarias o de quienes las controlan. Planificando la gestión requerida para prestar unos cuidados de calidad y calidez. Identificando las aportaciones que cada organización o institución de representación enfermera debe realizar en beneficio de todas las enfermeras, con criterios de calidad y controles de transparencia y eficiencia. Impulsando investigación enfermera que sea capaz de generar evidencias que avalen el rigor de los cuidados que prestamos. Es decir, reduciendo al máximo las posibilidades de que se manipule o diluya nuestra aportación específica enfermera como lamentablemente sucede ahora. Garantizando el respeto y el apoyo de nuestras/os referentes profesionales, sin descartar la crítica constructiva cuando sea necesaria o el debate que contraste posicionamientos diferentes para poder construir, desde la diferencia, en una búsqueda constante del consenso. Exigiendo, sin ambages ni escusas, a todas y en todas partes, el cumplimiento de nuestro código deontológico

No depende de nadie más que de nosotras, no nos engañemos ni nos dejemos engañar. Es nuestra decisión. Otra cosa es que la queramos asumir.

Rompamos el escandaloso silencio que, como dijera Haruki Murakami[4], resulta “tan profundo que casi hace daño en los oídos” y que “es como el viento: atiza los grandes malentendidos y no extingue más que los pequeños” (Elsa Triolet)[5]. Porque finalmente “lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”[6]. (Martin Luther King)

[1]Religiosa italiana (1347-1380).

[2] Monje cisterciense francés y titular de la abadía de Claraval.

[3] Novelista, periodista, ensayista y crítico británico nacido en la India (1903-1950)

[4] Escritor y traductor japonés. (1949-?)

[5] Novelista francesa (1896-1970).

[6] Ministro y activista bautista estadounidense que se convirtió en el vocero y líder más visible del movimiento de derechos civiles desde 1955 hasta su asesinato en 1968 (1929-1968).

LOS TRES PODERES Y LA ATENCIÓN PRIMARIA Tres poderes distintos y un solo interés verdadero.

A la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) y al grupo 40+ por

su compromiso y coherencia y por ser referentes de mi actitud enfermera.

No hay más alianzas que las que trazan los intereses ni nunca las habrá“

Antonio Cánovas del Castillo[1]

 

Soy consciente de que puede resultar reiterativo, pero la situación actual de la Atención Primaria (AP) no me permite mirar hacia otro lado cuando, además, en su nombre se están llevando a cabo acciones y declaraciones que, desde mi punto de vista, para nada tienen intención de mejorar la respuesta que desde tan importante ámbito del Sistema Nacional de Salud es preciso dar con otro planteamiento del que actualmente se da en base a un modelo caduco pero que sirve de excusa para el logro de intereses particulares y corporativos por una parte y como justificación para la privatización por otra. Se trata, por tanto, de intereses cruzados pero que se potencian e impiden avanzar el necesario cambio del actual modelo de AP.

Son varias las entradas que en torno a la AP he realizado. En algunas de ellas trasladaba mi esperanza y optimismo en relación a un cambio de modelo que permitiese dar respuesta eficaz y eficiente a las actuales necesidades de salud de las personas, las familias y la comunidad, al tiempo que recuperase la ilusión de las/os profesionales perdida desde hace tanto tiempo y que, no cabe duda, es resultado directo del deterioro alcanzado desde que se instaurara la AP en España, lo que provoca una falta de compromiso, implicación y apatía por parte de quienes trabajan en ella, generando un círculo vicioso en el que la máxima perjudicada es la sociedad en su conjunto.

Volver a relatar la evolución de la AP y su progresivo deterioro es inútil. Lamer las heridas de manera permanente no va a curarlas y tan solo provoca un dolor cada vez mayor y una infección progresiva en todos los tejidos con el riesgo que ello comporta.

Pero el punto en el que nos encontramos considero que si merece una reflexión que impida la distorsión de los acontecimientos y su utilización interesada por parte de quienes están participando del mismo, bien por acción o por omisión.

Creo que nadie, salvo quienes tengan un interés específico en lo contrario, puede negar la situación de crisis por la que está atravesando, no ya tan solo la AP, sino el SNS de nuestro país.

Tras la pandemia muchos entendimos que había llegado el momento del verdadero cambio. De un cambio que acabase con la inacción, el asistencialismo, el hospitalcentrismo, el paternalismo, el patriarcado profesional, la medicalización… entre otros muchos vicios adquiridos en los últimos años que fueron eliminando sistemáticamente los logros alcanzados por quienes creímos, en su momento, que otra forma de atender la salud de la comunidad era posible, transformando en realidad lo que muchos se empeñaban en plantear como utopía o ensoñación y que cuando fueron conscientes de la misma se propusieron acabar con ella como de hecho está sucediendo.

Se ha tratado pues de una progresiva lucha entre quienes construimos y quienes tan solo se han esforzado en destruir desde un falso y engañoso planteamiento que siempre han disfrazado de reconstrucción, como ha sucedido de manera muy patente y con una escenificación vergonzosa tras la pandemia, durante la cual, además, se asestaron los últimos estoques de muerte a la AP.

A partir de aquí las palabras vacías de contenido, las promesas hechas con la convicción de su incumplimiento, la falta de voluntad política, la absoluta ignorancia sobre aquello sobre lo que se decide, el traslado de anuncios efectistas pero sin efecto, la negación ante la cruda realidad de la descomposición de un modelo, la ausencia de escucha y la falta de diálogo, la maquinación de una maquinaria electoral y electoralista que conduce a tomar decisiones que den respuesta a los lobbies de presión corporativos, la invisibilidad a la que se somete a las sociedades científicas, la ineficacia de las/os representantes profesionales, el oportunismo de quienes aprovechan la agonía del modelo para sentar las bases de su apuesta reaccionaria y retrógrada que dé respuesta a sus intereses profesionales y corporativistas, la utilización indecente que se hace de la población para arrimar el ascua a su sardina, la pasividad de quienes consideran que mejor quede todo como está, la negación a un desarrollo profesional, la sumisión y la subsidiariedad como la mejor manera de generar su zona de confort, la acción sindical alejada de la realidad y de la unidad, la manipulación de la información, la ausencia de rigor informativo, la ignorancia sobre lo que se habla y transmite… conforman un escenario de caos y confusión en el que resulta muy complejo ver resquicios de oportunidad de cambio real.

El poder político, el sindical-profesional y el mediático. Los tres poderes que en lugar de generar el necesario equilibrio que conduzca a una apuesta rigurosa por el cambio, se enzarzan en una estéril y cruenta batalla por lograr cada uno de ellos su parcela de poder desde la que influir para lograr sus objetivos, que no los objetivos de todos y anular así el poder ciudadano. Estéril, porque se trata de fuerzas contrapuestas y excluyentes que impiden alcanzar cualquier punto de acuerdo y de coherencia. Cruenta porque dejan múltiples cadáveres por el camino en forma de pérdidas de derechos como la equidad, la solidaridad, la igualdad, la participación, la accesibilidad… y en particular la salud comunitaria.

Las/os políticas/os están a lo que están, a defender su parcela ideológica y las propuestas que, en base a las mismas, pretenden desarrollar. A luchar contra quienes consideran sus enemigos políticos, aunque en la batalla se produzcan efectos colaterales que afectan a la ciudadanía. A dar respuesta a los intereses partidistas, aunque los mismos se alejen de las necesidades de la sociedad. A negar la mayor cuando se plantean propuestas de cambio que no coincidan con sus ideas o que se aproximen a las de sus rivales.

Quienes manejan y pervierten la política, se convierten en un permanente obstáculo para el avance de cualquier posible solución. La mejor muestra la tenemos en la Comunidad de Madrid, donde el planteamiento neoliberal de sus actuales dirigentes quiere imponer y ampliar la privatización ya iniciada con anteriores gobiernos, utilizando para ello el actual conflicto con los médicos de AP. Conflicto que, su presidenta, se empeña en trasladar como un conflicto político, en un intento maquiavélico y totalmente planificado por distraer la atención del foco real del mismo y situarlo en un plano de confrontación con quien identifica como el único y exclusivo responsable de cualquier cosa que pase y en la que ella no esté de acuerdo, es decir el Gobierno de la Nación y su presidente. Cuando el conflicto político lo genera ella y su gobierno con su actitud intransigente que sabe juega a su favor para lograr imponer sus decisiones privatizadoras y situar a los médicos como enemigos del sistema. Privatización que ha aumentado en el último año en España un 7% y en los últimos 10 años más de un 50%, siendo el número de personas aseguradas actualmente cercano los 13 millones de personas y por autonomías en la Comunidad de Madrid son más del 38% de la población la que tiene seguro privado. Los números son suficientemente reveladores de lo que está suponiendo la acción, o más bien inacción, con relación al SNS que, por otra parte, cada vez genera más insatisfacción entre la población, a lo contrario de lo que sucedía hasta hace bien poco tiempo.

Pero esta muestra de política oportunista y partidista se da también con otros barones y líderes políticos de diferentes ideologías, aunque es cierto, con intereses diferentes, pero no por ello con resultados menos nocivos para el logro del necesario cambio de modelo.

Sin embargo, todos coinciden en el mantra estandarizado según el cual a todos ellos les interesa el bien común de la población y la mejora del SNS, aunque los hechos demuestren de manera tozuda y sistemática que en ninguno de los casos es cierto, pero destacando que los matices aportados por unas/os u otras/os son importantes sin duda en el resultado final.

En un SNS en el que coexisten 17 Sistemas Autonómicos de Salud, las decisiones están constantemente mediatizadas por los intereses políticos y territoriales haciendo muy difícil, por no decir imposible, cualquier tipo de acuerdo que beneficie al conjunto de la sociedad lo que acaba provocando claras inequidades en función no ya del código postal de residencia sino del contexto territorial en que se sitúe. No es lo mismo, por tanto, el acceso a la salud para una persona que viva en Madrid que otra que lo haga en València, ni lo es en Madrid para quien viva en el barrio Salamanca o lo haga en el de Chueca. Mientras tanto el Ministerio de Sanidad se convierte en un mero ente de representación política sin capacidad de decisión y de dudosa capacidad de coordinación en la mayoría de los aspectos relacionados con la salud y su prestación.

Sé que lo que voy a decir no es popular ni posiblemente políticamente correcto, pero considero que en Sanidad y en Salud debieran existir criterios uniformes a nivel nacional que no estuviesen sujetos al capricho o el interés político de un determinado poder autonómico. En un tema tan sensible, como lo es igualmente la educación, no se debería permitir que se utilizasen como armas arrojadizas o como monedas de cambio para el logro de sus planteamientos ideológicos o de interés partidista. Para muestra el botón de Castilla y León con el protocolo “pro vida” y en contra del derecho a decidir de las mujeres, en un claro y temible ejemplo de utilización interesada y adoctrinadora de la salud. Cada vez es más evidente la necesidad de llegar a un consenso en este sentido que, se ha demostrado, es imposible a través del diálogo parlamentario o político de partidos. Todo ello teniendo en cuenta que soy un claro defensor del modelo autonómico o federal, pero sin olvidar que hay temas que trascienden al interés político o territorial y se sitúan en el centro mismo del interés individual y colectivo de todas/os, lo que obliga a establecer unas reglas de juego que impida hacer trampas continuamente para alzarse con la victoria.

Por su parte los profesionales, y en particular los médicos, han aprovechado las circunstancias para reclamar mejoras laborales y salariales parapetándose en el deterioro de la AP y tratando de trasladar su interés por la mejora del modelo, cuando el modelo del que se parte ha sido, en gran medida, producto de su propio modelo profesional que ha desplazado al que se generó al inicio de la AP. Un modelo que sufre las carencias, el recelo y en muchas ocasiones el rechazo de quienes son artífices y máximos defensores del modelo que impregna y deteriora la AP, desde los hospitales que actúan como verdaderos devoradores de recursos y poder. Pero para nada es una lucha política, porque su interés trasciende a la política y a quien la gestiona.

Su permanente discurso de queja sobre el aumento progresivo de la demanda obedece fundamentalmente al asistencialismo por ellos impuesto que junto al paternalismo y la ausencia de participación logran generar una dependencia casi exclusiva de la población hacia el sistema y muy en particular hacia ellos. Han sido los máximos responsables a lo largo de las últimas décadas de la falta de cultura de salud poblacional al usurpar los saberes populares que permitían resolver en el ámbito familiar, muchos de los problemas por los que ahora se les demanda asistencia. Paradójico que se denominen médicos de familia cuando ni creen en la misma como núcleo de salud ni tan siquiera están organizados, en su modelo de cupos, para atender a todos los miembros de una misma familia. Paradojas del modelo que ellos mismos han creado a su imagen y semejanza. Por eso se les oye decir que lo que quieren es un modelo que satisfaga sus necesidades profesionales. Lo que supone anteponer sus intereses, que nadie discute que sean legítimos, a los de la población a la que teóricamente deben atender. Obvian que la falta de médicos obedece a una falta de interés por la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria que, más allá de las condiciones laborales, tiene su razón de ser en que es una especialidad demasiado “alejada” del modelo medicalizado de su paradigma profesional, quedando cada vez más plazas vacantes por ocupar en los exámenes de MIR, además de ser las últimas plazas elegidas[2].

El repetido y repetitivo argumento de la falta de tiempo para atender adecuadamente a la población es tan solo una forma más de atraer a sus intereses particulares la atención y lástima de la población a la que seducen, hipnotizan y secuestran con sus mensajes, cuando son consecuencia de su propia forma de actuar. Algo que les lleva a trasladar la exigencia para que la administración establezca el número máximo de visitas diarias a 35 personas/día, como si la regulación de la demanda no fuese una responsabilidad de su competencia clínica, aumentando aún más su ensayado victimismo con objeto de captar seguidores para su causa.

La fuga de médicos al extranjero no es tan solo de los de familia, y obedece a una cuestión de oferta y demanda de mercado y no tanto de modelo que, repito, es el que ellos mismos han generado, sin que esto quiera decir que realmente no se estén produciendo abusos con contratos precarios. No se pueden confundir churras con merinas tratando de vender la lana que a ellos más interese.

Y si hablamos de los pediatras de AP pues es más de lo mismo. Tratar de patologizar lo que es un proceso de salud del ciclo vital como el desarrollo prenatal, el pre-escolar y escolar, la pubertad o el adolescente, o para atender procesos leves en su gran mayoría, es algo que tan solo encaja en el modelo medicalizado y que no tiene parangón en los países de nuestro entorno. Estamos pagando la decisión que en los inicios de la AP se adoptó de incorporar pediatras en AP. Pediatras, por otra parte, que no quieren las plazas de AP y que son ocupadas en una gran cantidad por médicos de familia. Los pediatras, como médicos especialistas de pediatría, tienen razón de ser en el ámbito hospitalario y en todo caso como consultores para AP, pero no en AP, lo mismo que no tiene encaje la existencia de geriatras o de cualquier otra especialidad médica que desvirtúe y contamine el sentido de la AP. Además de suponer una nueva y constatable prueba del fraccionamiento que se hace de la familia y su atención integral en razón de la edad de sus miembros, desvirtuando aún más la atención de los médicos de familia. Tratar de convencer de su imprescindibilidad en AP es tanto como pretender que comulgauemos con ruedas de molino.

Todo lo cual es aprovechado por algunos sindicatos médicos, sin apoyo de los sindicatos de clase, para lograr notoriedad y protagonismo en un escenario en el que no siempre han aportado soluciones de mejora real, más allá de los aspectos laborales y/o salariales, para el modelo que ahora atacan con tanta pasión como con falta de convicción y que tratan se extienda como una mancha de aceite por otros territorios autonómicos con idénticos e interesados intereses. Pero si a estas presiones tan fuertes como faltas de contenido y sentido se responde por parte de los responsables políticos como, por ejemplo, ha hecho la Consejera de Navarra ofreciendo a los médicos de AP la contratación de 44 enfermeras para reducir su sobrecarga de trabajo, pues apaga y vámonos. Es la muestra evidente de la falta de criterio científico y de gestión eficaz y eficiente, adoptando una decisión que contraviene el sentido común y los más elementales criterios de gestión y, lo que es más importante, triste y penoso, la falta de respeto hacia las enfermeras a las que no tan solo se subestima y desvaloriza, sino que utilizan como remedio inadecuado e interesado a sus indudables déficits, tratando de contentar al poder que les presiona. Y lo peor es que esta es una dinámica ampliamente extendida y asumida por los responsables políticos de todas las tendencias y colores.

Esta actitud del colectivo médico, sin embargo, es cuestionada por la recientemente elegida mejor médica de familia de España, Mª Luisa López Díaz-Ufano, quien tras su elección declaró que no sabía si era el mejor momento para hacer huelga y que los problemas de AP no vienen por Ayuso[3], lo que, cuanto menos, no deja de ser paradójico y contradictorio con lo que se está planteando.

Las enfermeras por su parte están adoptando un papel que va desde la más absoluta de las indiferencias a una mimetización, sin que aparentemente nada de lo que está pasando vaya con ellas o les afecte, o bien con una falta de valoración sobre sus competencias y la respuesta que desde las mismas pueden y deben aportar, o una absoluta sumisión y subsidiariedad al supeditar cualquier acción profesional a la existencia, tutela y autoridad de un médico sin la que, declaran, no poder actuar y que es lo que trasciende a la sociedad, ocultando con ello la eficaz respuesta que se da por parte de muchas enfermeras de manera responsable y autónoma, en un modelo que dificulta e impide en muchas ocasiones respuestas de cuidados enfermeros de calidad al estar supeditados al modelo médico autocrático en el que resulta muy complicado visibilizar la aportación específica enfermera. Pero me asombra comprobar que ante todo esto no se alce la voz enfermera, cuanto menos para dar su opinión, conocer su posicionamiento, identificar su sentimiento ante una situación que tanto les afecta y en la que tanto pueden y deben aportar, ya que, finalmente, quien calla otorga y así es muy difícil que la sociedad nos valore y reconozca.

            Las/os representantes profesionales de unos y otros, médicos y enfermeras, a verlas venir sin que exista un posicionamiento claro sobre el problema y tratando de nadar y salvar la ropa, aunque con un claro componente de enfrentamiento entre ellos por cuestiones que escapan al verdadero problema que plantea el actual modelo de AP que repercute, sin duda, en el desarrollo profesional que a ellos les compete pero del que huyen como alma que lleva el diablo. Entre medias se entretienen poniendo demandas por cuestiones que podrían mejorar la atención a la población pero que interpretan como interesadas injerencias competenciales que podrían y deberían resolverse desde el diálogo. Un despropósito.

            Por último los medios de comunicación se convierten en los transmisores de una información plagada de noticias sesgadas, ausentes de argumentos, sensacionalistas, distorsionadas y alejadas de una realidad que dista mucho de ser la que ellos trasladan a la sociedad, confundiéndola permanentemente. Transforman una huelga de médicos en una huelga de AP, con lo que convierten un conflicto corporativo en un problema que afecta a muchas/os otras/os profesionales y a la ciudadanía y que trasciende al ámbito laboral que es lo que la ha generado, sin plantearse nada más y buscando únicamente la noticia fácil y sensacionalista que aúpe sus índices de audiencia.

            La permanente y cansina confusión entre sanidad y salud, centro de salud y ambulatorio, educación sanitaria y de salud, atención y asistencia, la simple y triste invisibilidad que hacen de los cuidados profesionales… junto a la identificación casi exclusiva de los médicos como únicos protagonistas de una sanidad que ni conocen ni parece tengan interés en conocer. Hablar de médicos y sanitarios es un claro ejemplo de ignorancia y distorsión informativa. ¿En base a qué argumentos consideran que los médicos no son sanitarios? O ¿por qué sanitarios en lugar de profesionales de la salud? Interrogantes que son incapaces de responder, negándose a aceptar su reiterada falta de criterio, información y rigor a la hora de hablar de un tema de tanta importancia social como la salud a pesar de los vanos intentos que algunos hacemos para que rectifiquen.

            Como resultado de todo ello, la ciudadanía, se apunta al sol que, tan solo en teoría, más calienta o a la voz que más se escucha y que además es la que le da órdenes médicas que se les ha enseñado a que cumplan religiosamente. Cuando se producen reacciones contrapuestas al pensamiento único que se ha hecho prevalecer como indiscutible, son identificados como maleducados o violentos. No se puede hablar en ningún caso de mala educación o de falta de respeto por el simple y legítimo derecho a no coincidir con una decisión profesional que afecta, no lo olvidemos, a la libertad individual y colectiva de las personas, las familias y la comunidad. Dejando claro que no trato de justificar absolutamente ningún comportamiento que suponga la falta de respeto a través de agresiones verbales o físicas que, por otra parte, requiere de un análisis en profundidad de todas las partes implicadas ya que no se puede hacer creer que la culpa de dicho aumento de agresiones sea exclusivamente de la ciudadanía y los profesionales y la propia organización no tengan nada que ver.

            En este juego de intereses, poder, egos, posición, ideologías… todos quieren tener la razón y nadie quiere dar su brazo a torcer. Todos desde sus atalayas, desde sus reductos, sin compartir, analizar, reflexionar y asumir errores. La salud no entiende de ideologías, intereses o poder, entiende de bienestar, equidad, libertad, derechos, democracia… que se ven afectados en ese juego perverso.

            Mientras no asumamos, quienes estamos implicadas/os en mayor o en menor medida, directa o indirectamente, que tan solo desde el reconocimiento del deterioro de la AP y de la responsabilidad que todas/os tenemos en relación a la misma, asumiendo errores y facilitando la puesta en marcha de medidas correctoras de consenso, esta situación lejos de arreglarse empeorará, se cronificará y conducirá a la muerte de la AP para dejar paso a un modelo residual que será aprovechado para hacer negocio por parte de las empresas sanitarias como los fondos buitre hacen con la vivienda social.

            Si seguimos inmersos en esa lucha permanente entre políticos, profesionales, ciudadanía, con la inestimable ayuda de unos medios de comunicación que confunden y alarman, no resolveremos nada. No se trata de adecuar el modelo a los profesionales sino de que las/os profesionales, todas/os, se adapten al modelo que mejor responda a las necesidades de la población. No es una cuestión de médicos, enfermeras, pediatras, políticos o periodistas. Este es el error, el gran error. Es una cuestión de salud y de cuidados que debe ser abordado con coherencia, rigor, generosidad, respeto y sentido común por todas/os olvidando los intereses partidistas, corporativistas, ideológicos o de cualquier otro tipo que se alejen de las necesidades de las personas, las familias y la comunidad.

            Me consta que la reflexión es larga y extensa, pero es que la situación es densa y farragosa y limitarla supone dejar en el tintero y en la sombra hechos importantes y actitudes y actuaciones lamentables.

            Seguimos en un suma y sigue que aumenta la inflación del descontento de manera acelerada y preocupante y con pocos visos de que se resuelva a corto plazo, lo que conlleva a un empobrecimiento en salud comunitaria evidente. Con elecciones a la vuelta de la esquina que nos aportarán nuevas y sorprendentes presiones y decisiones, no por inesperadas sino por inadecuadas, interesadas y oportunistas, aunque las mismas no sirvan para nada más que contribuir a la destrucción de la AP y claro está a sus intereses corporativos, de partido o de audiencia. Como la reciente destitución de una excelente gestora en Cataluña, enfermera ella, para ser sustituida por un médico cuya mayor contribución ha sido la de ocupar cargos colegiales[4], sin que para ello exista argumento alguno que no sea el de dar cumplida respuesta a presiones de un poder a otro en puertas de unas elecciones. Blanco y en botella.

Tres poderes distintos y un solo interés verdadero.

[1]Político, académico e historiador español (1828-1897)

[2] https://www.lavanguardia.com/vida/20220525/8291112/medico-familia-seduce-mir-dejan-plazas-vacantes.html

[3]https://www.elespanol.com/ciencia/salud/20230106/familia-espana-problemas-atencion-primaria-no-ayuso/731177191_0.html

[4] https://www.redaccionmedica.com/autonomias/cataluna/marc-soler-director-general-de-profesionales-de-la-salut-en-cataluna-3023?utm_source=redaccionmedica&utm_medium=email-2023-01-12&utm_campaign=boletin

EL ARTE DE ENGAÑAR Antinomia, entropía y paradoja de la representación enfermera

                                                    A Carmen Ferrer Arnedo por dar visibilidad, forma y coherencia a un intento de cambio tan necesario y no por todas/os deseado.

 

                                                 “Hay menos injusticia en que te roben en un bosque que en un lugar de asilo. Es más infame que te desvalijen quienes deben protegerte.”

Michel Eyquem de Montaigne [1]

 

Pasadas ya las fiestas de navidad, nuevo año y reyes, retomo mis reflexiones semanales en este nuevo año de 2023, que lo es por cuanto supone iniciar el calendario, pero que falta por saber si realmente nos aportará novedades reseñables o seguiremos con más de lo mismo en cuanto a inequidades, cambio climático, pobreza, violencia de género, guerra, autoritarismos y por lo tanto ausencia de cambios, es decir, un nuevo año pero el mismo daño.

Con los deseos de cambio al inicio de cada año pasa como con la voluntad de hacer dieta o ir al gimnasio tras los excesos gastronómicos, que quedan en eso, en deseos o propósitos que se desvanecen con tal rapidez que no es posible modificación alguna. Forma parte del ritual como comer turrón, beber cava o comprar lotería.

Antes de que algún/a psicólogo/a saque un nuevo síndrome de ansiedad como a los que nos tienen acostumbrados (postvacacional, post rebajas, post covid… ) en un nuevo y claro intento por patologizar cualquier esfera de la vida diaria, quiero adelantarme para reflexionar sobre lo que está afectando a las enfermeras con relación a sus representantes, que no es consecuencia de ningún desajuste físico o mental producto de la presión, el acoso o el estrés, sino tan solo resultado de la incapacidad y la acción delictiva de unos/as y la pasividad profesional de otras/os.

No es mi intención ser agorero o pesimista, por naturaleza no lo soy, pero la actualidad, los hechos, los actos, los actores y actrices que intervienen y las/os directoras/es así como guionistas que marcan la acción a desarrollar, no invitan a plantear un escenario más amable y menos propicio al desencanto. También es cierto que quienes participamos como espectadores de tan lamentables obras muchas veces no actuamos con la decisión que sería necesaria o cuanto menos deseada para tratar de cambiar o al menos exigir que se cambie, en lugar de aceptar, desde la resignación y el conformismo, lo que acontece como algo inevitable.

Me centraré tan solo en un aspecto que considero nos afecta más directamente a las enfermeras sin que ello quiera decir, en ningún caso, que el resto de acontecimientos no deban ser tenidos en cuenta o que no afecten a la salud de las personas, las familias y la comunidad y, por tanto, sean responsabilidad directa de nuestra actuación como enfermeras.

He comentado en repetidas ocasiones la importancia que para las enfermeras y para la enfermería en general tiene la identificación, valoración y reconocimiento de sus referentes profesionales, científicos, gestores, académicos, docentes o investigadores y la poca consideración que, por lo general, se tiene de las/os mismas/os por parte del conjunto de enfermeras.

Pero, más allá de estas/os referentes que lo son o deben serlo en base a sus aportaciones de liderazgo en cualquier ámbito, tenemos aquellas/os referentes que lo son de manera formal, estatutaria, legal o normativa por ser representantes de la profesión, la ciencia o la disciplina en academias, colegios, organizaciones o instituciones que como entes jurídicos regulados son los encargados de tomar decisiones que nos afectan a todas/os y que, además, están sufragados con fondos que aportamos a través de las cuotas que se establecen para su funcionamiento y desarrollo.

El año que ha concluido nos ha aportado una noticia que no por sospechada, sabida y esperada deja de ser menos demoledora. Quien durante más de 30 años ha sido el Máximo representante de las enfermeras españolas tanto a nivel nacional como internacional ha sido imputado, aunque ahora se denomine como investigado en un nuevo y patético quiebro eufemístico, por “apropiación indebida continuada” en una “conducta criminal global”, según se recoge, entre otros hechos, en el auto del juez instructor del caso en la Audiencia de Madrid[2].

Nos encontramos pues ante un dilema o contradicción entre aquello que planteo como fundamental, como es el que valoremos a nuestros representantes que por derivación debieran ser nuestros referentes, y lo que sucede ante un hecho como el que se plantea con la actitud maliciosa y delictiva de quien actúa como tal y, no lo olvidemos, de aquellos que le acompañaron y callaron durante sus 30 años de continuado saqueo como miembros de su junta de gobierno. Estamos pues ante un caso de antinomia que parece la causante de crear un conflicto o contradicción entre dos ideas o actitudes en las enfermeras españolas. Por una parte la de identificar y respetar a nuestros representantes y, por otra, posicionarse en contra de las acciones y/o decisiones que toman y les afectan. Decidiendo, en la mayoría de las ocasiones, aceptar como natural lo que parece que puede convertirse en una sentencia judicial condenatoria y que hace mucho tiempo debiera haber sido una sentencia profesional que apartara a quien los indicios apuntan que actuaba no como representante profesional sino como profesional del delito representándose a sí mismo y a sus más íntimos o leales allegados con el objetivo exclusivo de un beneficio propio alejado del interés de aquello o a aquellas/os a quienes supuestamente representaba.

Utilizando una ley física podríamos decir que su gestión consistió en una constante entropía[3] profesional entendida esta como la magnitud enfermera que mide la parte de energía no utilizable para obtener un beneficio colectivo, quedando expresado, según se desprende de los indicios recogidos por el juez, como el cociente entre el beneficio colectivo aportado por el Máximo representante y la riqueza absoluta que el mismo posee. De todo lo cual se puede deducir que las enfermeras españolas hemos estado durante más de 30 años siendo objeto de una pérdida continuada de beneficio profesional colectivo en paralelo al enriquecimiento de nuestro representante.

Por otra parte nos encontramos ante la paradoja de Russell que demuestra que la teoría original de conjuntos formulada por Cantor[4] y Frege[5] es contradictoria y que se explica de manera más cercana y entendible a través de la conocida como paradoja del barbero. Según la citada paradoja un emir se dio cuenta de que faltaban barberos en su emirato, y ordenó que los barberos tan solo afeitaran a aquellas personas que no pudieran afeitarse a sí mismos, al tiempo que obligaba a que todo el mundo estuviera correctamente afeitado para que quedase clara su autoridad. El hábil barbero As-Samet, residente de un apartado poblado del emirato  fue llamado un día  para que afeitara al emir y este le contó sus angustias:

—En mi pueblo soy el único barbero. No puedo afeitar al barbero de mi pueblo, porque soy yo, y si lo hiciese quedaría claro que puedo afeitarme por mí mismo, por lo tanto ¡no debo afeitarme! pues desobedecería vuestra orden. Pero, si por el contrario no me afeito, entonces algún barbero debería afeitarme, ¡pero como yo soy el único barbero de allí!, no puedo hacerlo y también así desobedecería a vos mi señor, oh emir de los creyentes, ¡que Allah os tenga en su gloria!

Y esta puede ser la justificación utilizada por el emir, Máximo representante de las enfermeras españolas en su emirato particular. Como enfermero debiera ser quien velara, trabajara y se implicara en el beneficio de todas las enfermeras, pero interpretó que hacerlo sería contradecir la teoría de conjuntos según la cual él formaría parte del citado colectivo al que representaba. Y por ello decidió beneficiarse a él exclusivamente y a quienes estando fuera del conjunto de enfermeras formasen parte de su propio conjunto familiar o íntimo. Una forma como otra cualquiera de justificar matemáticamente el sistemático engaño realizado. O lo que es lo mismo, cómo distraer la atención de lo trascendente para que parezca que da respuesta a lo importante, cuando realmente no lo hace, convirtiendo el engaño en un arte.

Pero en todo este conglomerado de teorías termodinámicas, paradojas y contradicciones se incorpora una nueva variable que hace aún más complejo si cabe entender lo que ha sucedido, sigue sucediendo y a dónde nos ha conducido.

Porque más allá de quien actuó con total impunidad alterando el uso del capital que se le encomendaba para que lo utilizase con eficacia y eficiencia, durante los 30 años en los que urdió su plan, estuvo acompañado por una serie de personas que, formando parte de su equipo, no tan solo le acompañaron sino que le jalearon, obedecieron, protegieron y defendieron de manera totalmente fiel y constante, sin que en ningún momento denunciasen, informasen o se apartasen de tan graves hechos hasta que se retiró como Máximo representante, asumiendo el papel de tontos útiles. Tan solo entonces y una vez liberados de la aparente autocracia[6] por él impuesta, quienes fueron fieles compañeras/os de viaje y valedoras/os de su gestión, decidieron denunciar a quien hasta entonces había sido su líder, guía y referente indiscutible, argumentando que lo hacían para defender el interés colectivo de las enfermeras al enterarse, de repente, de las acciones de quien fue su jefe, santo y seña. Recuerda esta forma de actuar a la que mantuvo la entonces ministra de sanidad Ana Mato cuando negó saber cómo había llegado al garaje de su vivienda un  coche Jaguar aparcado en el mismo, argumentando que pertenecería a su marido y que ella nada sabía al respecto a pesar de la convivencia y parece que también connivencia que, al menos en aquel entonces, existía entre ambos como matrimonio que compartían la misma residencia en la que apareció el citado vehículo de alta gama. Como suele suceder, se enteró por los medios de comunicación.

Lo cual incorpora una nueva y lamentable afronta hacia las enfermeras. Porque ya no solo se trata de que se nos haya estado manipulando sistemáticamente, que se nos haya negado una eficaz y eficiente representación profesional que defendiera nuestros intereses, que se actuara con actitudes mafiosas e intimidatorias hacia toda aquella persona que osara contradecir lo que mandase el Máximo representante profesional, es que además de esto y más, que ahora ya no tan solo es una sospecha conocida por todas/os sino que es un claro indicio delictivo, se nos trata de imbéciles al pretender hacernos creer que durante más de 30 años nadie de quienes acompañaron al Máximo representante, no tan solo no sabían nada sino que ni tan siquiera sospechaban nada a pesar de las voces que constantemente apuntaban a ello y que se acallaban comprando voluntades o atacando a quienes no se dejaban comprar. Denuncian ahora, en un intento desesperado por defenderse a ellos mismos, lo que han escondido, callado, maquillado, compartido… como cómplices necesarios e indiscutibles del delito que ahora tratan de imputar siguiendo la regla futbolística de que no hay mejor ataque que una buena defensa. Lo que pasa es que, en esta ocasión, la defensa es más un intento desesperado por evitar ser identificados como parte del saqueo que una forma lícita de demostrar su inocencia que ya ha quedado sobradamente demostrado resulta imposible hacer creer. Porque finalmente, tanto peca el que roba en la huerta, como el que queda a la puerta.

Mientras todo esto sucedía y sucede, posiblemente como efecto de la anestesia en la que hemos quedado  atrapadas, las enfermeras vemos con absoluta indiferencia, salpicada de cierta indignación que la disimule, los efectos de tanto ataque a la dignidad profesional colectiva. Probablemente también como una forma de esquivar la responsabilidad de falta de implicación y compromiso para tratar de cambiar la situación que se contemplaba como inevitable cuando no natural, tal como sucede con la corrupción política que hace que se perpetúen las conductas y se elimine el asombro y la indignación hacia las mismas. Todo ello mientras el silencio más absoluto es la única respuesta a múltiples problemas profesionales de visibilidad, respeto, competencias, desarrollo… que son sistemáticamente ignorados por quienes debieran liderar la defensa de su solución como máximos representantes oficiales del conjunto de las enfermeras.

El exacerbado individualismo de nuestra sociedad también contribuye de manera significativa al devenir de este tipo de actuaciones, lo que limita en gran medida a que las acciones de algunas enfermeras por tratar de cambiar las cosas queden finalmente en lo que Juan José Millás denomina grumos de solidaridad, que no son capaces de disolverse en el conjunto para impregnarlo de la misma, tendiendo a ignorarlos, cuando no apartarlos o eliminarlos. Esto explica, en gran medida, que la participación colectiva para producir el cambio sea exigua o anecdótica como ha sucedido, por ejemplo, en la reciente elección de Junta de Gobierno del Colegio de Enfermería de Córdoba o la del Colegio de Madrid, con unas tasas de participación que no llegaron en ningún caso al 20% del censo electoral. Y aunque el cambio se produjo en la primera de las elecciones, el apoyo obtenido es tan débil que, en sí mismo, ya es una clara muestra del escaso interés del conjunto de las enfermeras por propiciar el cambio de unas organizaciones tan necesarias como devaluadas.

Por su parte, las/os responsables políticas/os tan solo identifican su representatividad como una obligación de convocatoria forzada marcada por la ley, pero sin que su opinión, cuando raramente la tienen y la exponen de manera razonada, sea tenida en cuenta ni tan siquiera como opción. Simplemente se obvia. Es lo que podemos denominar como representación oficial inútil. Todo lo cual acaba traduciéndose en una imagen cada vez más deteriorada de las enfermeras aunque se trate de maquillar con apelativos de heroicidad que tan solo sirven para callar bocas y dilatar sine die decisiones trascendentales. La tormenta perfecta para el desastre total.

Sin embargo también es cierto que encontramos algunos hechos esperanzadores como los que se produjeron en las recientes elecciones al Consejo General de Enfermería de España en las que, a pesar de ganar la candidatura continuista y sospechosamente delictiva, lo hizo con una diferencia con la candidatura opositora que hacía más de 30 años que no se producía, todo ello a pesar de hacerlo con indudable diferencia de fuerzas, recursos y estratagemas. Aunque, lamentablemente, ganó el oscurantismo, lo hizo viendo la luz que existe al final del tenebroso túnel en el que nos introdujeron hace más de 30 años, lo que sin duda les pone nerviosos y alerta ante la posibilidad de perder el poder, que no el respeto que hace tanto decidieron no merecía la pena que se les tuviese. Al fin y al cabo el poder absoluto les ha resultado muy rentable. Casi tanto como lo ruinoso que profesionalmente nos ha supuesto al conjunto de las enfermeras.

Ya sabemos la lentitud de la justicia y la manera en que la misma se ajusta a los recursos disponibles de las partes para que actúe en función de los mismos, pero son tantos y tan graves los hechos que resultaría muy sospechoso que finalmente no hubiese una sentencia clara de acusación que, al menos, situase como referente delictivo a quienes han figurado serlo del conjunto de enfermeras españolas.

Pero no podemos ni debemos esperar a que haya sentencia. Nosotras tenemos la obligación ética de actuar, en paralelo que no en sustitución de la justicia, aislando a los infractores y a quienes se han dedicado a anteponer sus intereses personales a los profesionales. Tenemos que acudir mayoritariamente a votar las candidaturas que propician el cambio desde la transparencia, el rigor, el compromiso y la implicación por la dignidad de las enfermeras en todos aquellos colegios, organizaciones o instituciones en los que aún siguen existiendo sucursales de apoyo a los sospechosos, convirtiéndoles en cómplices de sus tropelías, no se sabe bien aunque se intuya, en base a qué tipo de favores. Tan solo haciéndolo estaremos en disposición de exigir los resultados que se desean y esperan. La democracia, la equidad, la libertad, el respeto… también se defienden desde las instituciones profesionales. No implicarse en su vigilancia para que se garanticen es tanto como renunciar a los mismos con lo que ello significa.

El tiempo de los malos está finalizando. Pero debemos contribuir colectivamente para que ese tiempo sea lo más corto posible y que quienes asuman el reto del cambio lo hagan con el compromiso de la transparencia y de la rendición de cuentas, para que los intereses de todas las enfermeras no tan solo se respeten, sino que se defiendan.

No caigamos en el consuelo que nos dicta Lorenzo Silva[7] cuando dice que “como sabemos que no hay forma de acabar con el mal, nos consolamos desactivando a sus elementos más lerdos. Quizás no es mucho, ni es lo mejor. Pero algo es algo”, porque hacerlo nos convertiría a nosotras/os mismas/os en lerdas/os, y no lo somos.

[1]Filósofoescritorhumanista y moralista francés del Renacimiento (1533-1592).

[2] https://www.elmundo.es/espana/2023/01/01/63a994a9e4d4d842128b457b.html

[3]  Magnitud termodinámica que mide la parte de energía no utilizable para realizar trabajo y que se expresa como el cociente entre el calor cedido por un cuerpo y su temperatura absoluta.

[4] Matemático nacido en Rusia, aunque nacionalizado alemán, y de ascendencia austríaca y judía. Fue inventor con Dedekind de la teoría de conjuntos

[5] Matemático, lógico y filósofo alemán. Se le considera el padre de la lógica matemática y de la filosofía analítica.

[6] Régimen político en el que una sola persona gobierna sin someterse a ningún tipo de limitación y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad.

[7] Escritor español conocido por sus novelas policíacas (1966).

SUMA Y SIGUE De la mentira a la resiliencia

“El coraje es resistencia al miedo, control del miedo, no ausencia de miedo.”

Mark Twain [1].

 

 

Una vez más llegamos al final del calendario y con ello nos disponemos a despedir al año que acaba para dar paso al que comienza. Siempre con la esperanza, y el deseo de que lo venidero supere a lo postrero.

Un año, el que acaba, que ha significado el regreso a lo que queremos y tenemos necesidad de interpretar como normalidad tras la pandemia que nos sigue, acompañando, aunque sea de manera menos manifiesta y peligrosa pero no por ello menos amenazante. Normalidad que, sin embargo, no ha significado hacer realidad los cambios esperados y anunciados tras la pandemia a pesar de los compromisos adquiridos, las promesas realizadas, los objetivos planteados y las voluntades anunciadas. La retirada de las mascarillas ha supuesto volver dejar al descubierto la verdadera cara de una realidad que, a pesar de sus imperfecciones, ineficacias e ineficiencias, se ha preferido mantener antes que acometer los cambios identificados en múltiples foros, mesas o comisiones,denominadas de reconstrucción, desarrolladas al efecto. Parece que lo importante hayan sido las intenciones y que tras las mismas ya no haya nada más que continuar con el suma y sigue de los problemas que aquejan al Sistema de Salud que quedó en evidencia con la irrupción de la pandemia y las consecuencias que la misma nos ha legado.

Lejos de rectificar, se ha ratificado el mismo modelo caduco que ni supo ni pudo responder con la eficacia que del mismo se esperaba a pesar del esfuerzo, implicación y sacrificio de la gran mayoría de sus profesionales, que han visto, una vez más, frustradas sus esperanzas de desarrollar su actividad en un nuevo o renovado modelo en el que y desde el que poder atender a la salud de la población que igualmente se siente defraudada al comprobar como la normalidad no tan solo no ha posibilitado recuperar todos los males que ya padecía el sistema sino que ha incorporado nuevas anomalías que provocan una cada vez mayor insatisfacción con la atención recibida.

Nuevamente, por lo tanto, la clase política se ha dedicado a escenificar un guion de ficción que ni tan siquiera ha sido capaz de generar ilusión, al quedar manifiestamente clara su intencionalidad de distraer la atención generando una falsa trama de voluntad política que, como tan habitualmente nos tienen acostumbrados, vuelven a dejar en un deseo o intención, lo que debiera traducirse en decisiones que propiciasen el necesario cambio. De igual forma que vanrecitando, como si del rezo de un rosario se tratase, las excusas que han impedido su concreción, aunque ya todas/os sabemos que su rezo es un rezo tan falso como ausente de fe y, por tanto, incapaz de cambiar aquello que ni quieren, ni saben, ni les dejan quienes, a pesar de sus aparentes buenas intenciones, siguen presionando para que nada cambie a no ser que sea en su propio beneficio personal y profesional y aunque para ello, utilizando argumentos tan falsos como hipócritas, escenifiquen un panorama de victimismo y buenas intenciones que no tienen la menor intencionalidad de cambiar como es el modelo que ellos mismos se encargaron de crear, mantener y proteger, como el mejor espacio para sus intereses, a pesar de que les resulte incómodo, al tenerlo que compartir con otros profesionales y con la propia comunidad a la que se esfuerzan en convencer que todo lo hacen por ella, pero sin contar con ella, a no ser que sea para que les aplaudan y les sigan venerando. Al menos la pandemia y su posterior retirada nos están permitiendo identificar estas desnudeces, tanto del sistema como de quienes quieren aprovecharse del mismo. Pero parece ser que no les genera ningún tipo de rubor ni de pudor.

El año que acaba, igualmente ha conseguido poner de manifiesto con la inestimable ayuda de las/os políticas/os la gran mentira que escenificaron durante toda la pandemia con sus fingidos aplausos, sus aparentes apoyos y sus supuestas intenciones hacia las enfermeras con mensajes de heroicidad cuando nos siguen considerando villanas.

Aumentaron, eso sí, la cantidad de palabras vacías de intención e interés, la paupérrima calidad de sus promesas y deseos, la nula voluntad de trabajar por tan siquiera acercarlas a la realidad, construyendo discursos tan grandilocuentes, engañosos, interesados, oportunistas y falsos como mezquinos y agresivos en sus intenciones reales por dar respuesta a las necesidades de cuidados de una población que ha quedado expuesta en un contexto tan poco saludable como peligroso, tal como quedó de manifiesto en los ya nombrados foros de reconstrucción que lo único que han sido capaces de aportar ha sido desilusión y frustración. Para identificar que estábamos mal y que nos hemos quedado peor aún, no hacía falta ese circo mediático, era tan solo cuestión de observación y análisis. Lo que se esperaba es que los mismos supusieran el punto de inflexión hacia el deseado y esperado cambio y no la escenificación de un nuevo engaño colectivo para el que, además, utilizaron a quienes sí están convencidas/os de su necesidad. No tan solo son mentirosas/os sino que además son cobardes y ladinos, al actuar con astucia para conseguir lo que se proponen, es decir, engañar.

Los silencios más escandalosos, irrespetuosos y miserables ante las peticiones de información sobre aspectos tan importantes como dolorosos sobre la realización de una prueba extraordinaria de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, la incumplida promesa de la inmediatapuesta en marcha de una Estrategia de Cuidados, la intención de imponer nuevas titulaciones que merman la calidad de la atención a las personas adultas mayores, el mantenimiento de normas predemocráticas que impiden o dificultan seriamente el desarrollo profesional enfermero, la connivencia con lobbies profesionales que paralizan la atención en cuidados, el inmovilismo manifiesto a la hora de tomar decisiones que al menos desbloqueen la posibilidad de avanzar en lugar de permanecer en una vía muerta para beneficio de los de siempre… se han mezclado con declaraciones tan desafortunadas como repetitivas y poco casuales.

Ni tan siquiera la puesta en escena antes de su marcha a otro escenario político de la ministra de sanidad, anunciando a bombo y platillo una comisión de representantes de las Comunidades Autónoma para iniciar la andadura, tras un año de su anuncio, de la Estrategia de Cuidados, sin que hasta la fecha nadie sepa en qué consiste, qué objetivos tiene, cómo se piensa implementar, quién lo va a liderar… puede ser identificado como una decisión que suponga algo más que un brindis al sol como lo fueron, en su momento, las numerosas y prolongadas comisiones de reconstrucción. Tan solo es un intento desesperado para no quedar, una vez más, en entredicho y evidencia al no cumplir con lo prometido. Pero a estas alturas ya nadie debería caer en la trampa de sus estrategias, esas que sí sabe manejar a la perfección para hacer mutis por el foro y parecer que además está haciendo y diciendo algo interesante. El tiempo, y quien venga detrás, determinarán si hemos sido víctima de un nuevo y fragante engaño o si realmente sirve para algo más que hacerse una foto de descargo antes de dejar el cargo para ir a las islas afortunadas.

Por su parte los ministros de Universidades, coincidieron en idéntica y vergonzosa manera de gestión de una prueba de acceso a la especialidad que llevaba más de diez años de espera. No tan solo se sumaron al silencio bochornoso y lacerante de su compañera de gobierno, sino que además lo acompañaron de decisiones que convirtieron la prueba en una carrera de obstáculos con trampas incluidas. Tras más de un año desde la celebración de la primera prueba se sigue sin que las enfermeras puedan tener acceso a su título de especialistas. Mientras tanto faltan enfermeras especialistas para contratar en una nueva y patética muestra de ineficacia, ineptitud y mediocridad que tratan de ocultar manteniendo un silencio que tan solo amplifica su condición.

La Alegría del Ministerio de Educación es otra muestra de desconocimiento, torpeza, ligereza y falta de criterio a la hora de plantear unas titulaciones de formación profesional que van en contra del más elemental sentido, el sentido común y de la más imprescindible necesidad humana ante la vulnerabilidad, los cuidados. Con idéntico criterio de respuesta que sus compañeros de gabinete la utilización del silencio se ha impuesto durante todo el año como única respuesta a lo que ha sido un clamor que va mucho más allá del interés de las enfermeras al atentar contra la dignidad humana. Tan solo las empresas de residencias de personas adultas mayores mostraron su satisfacción a la descabellada propuesta ministerial. Sobran las palabras.

Otras carteras ministeriales, en mayor o menor medida, han contribuido también a agravar la situación, mientras la oposición se ha dedicado exclusivamente a insultar, descalificar, obstruir y destruir, sin aportar ni una solo alternativa a la solución de estos y otros muchos problemas que afectan indudablemente a la salud de las personas, familias y comunidad.

No ha sido un buen año y, aunque los deseos al final del mismo no pueden ser otros que los de esperar que todo mejore, la realidad no nos permite ser todo lo optimistas que deseamos. Siempre hay que tratar de ver el vaso medio lleno antes que medio vacío, pero para ello, al menos tiene que haber algo que ocupe el espacio vacío del vaso, para poder hacerlo.

Siempre nos queda la resiliencia como elemento de superación ante tanta adversidad y mediocridad. Lograr el éxito partiendo de la calamidad no es fácil, pero tenemos que aferrarnos a que sea posible. Tal como dijera Friedrich Nietzsche[1]“aquel que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.

Para ello las enfermeras también tenemos que salir de nuestro particular y lamentable silencio y alzar la voz con propuestas serias, razonables y razonadas que nos permitan avanzar hacia el cambio que debemos empeñarnos en alcanzar. Tenemos las capacidades, las aptitudes y las competencias para hacerlo. Falta que incorporemos la voluntad, la actitud y el conocimiento para lograrlo.

Abandonemos de una vez por todas el conformismo y la inacción y pongámonos en marcha mostrando y demostrando nuestra apuesta por una atención de calidad y calidez a través de los cuidados y su necesario liderazgo.

Hagamos de la comunidad nuestro principal aliado, haciéndoles partícipes, a través de su empoderamiento, de la toma de decisiones que permitan doblegar la intransigencia al cambio. No unamos nuestro cómplicesilencio al silencio destructor de quienes no tienen ni voluntad política ni intención personal por cambiar lo que siguen tratando de vender como un sistema de excelencia que tan solo lo será si se permite que el mismo se adapte al dinamismo social y no siga acomodado en el interés profesional y económico de unos cuantos o en el esfuerzo destructor de otros para lograr mejores escenarios de negocio.

Deseo retomar el nuevo año el en Blog con propuestas llenas de ilusión y trabajo, sin renunciar a la reflexión crítica, que no destructiva, serena, que no estática, incisiva, que no cortante, constructiva, que no destructora, respetuosa, que no descalificadora, razonada, que no irracional, comprensiva, que no compasiva, pragmática, que no interesada, vehemente, que no incoherente, como forma de identificar, compartir y debatir sobre todo aquello que, como enfermeras comunitarias, nos afecta y nos compromete, Apostando por una abogacía de la salud que incorpore la competencia social y política que nos permita analizar y valorar las múltiples situaciones que se presentan en nuestros ámbitos de actuación teniendo en cuenta los determinantes sociales y alejándonos de los factores de riesgo. Renunciando a permanecer impasibles o tratando de mirar hacia otro lado cuando lo que vemos no nos gusta.

Nadie nos ha obligado a ser enfermeras. Pero siendo enfermeras estamos obligadas a actuar como tales desde la implicación y el compromiso que tenemos con las personas, las familias y la comunidad que precisan de nuestros cuidados profesionales de alta costura[2] alejados de un metaverso[3] engañoso y mentiroso como la actitud de muchas/os políticas y decisoras/es, que tratan de vendernos una realidad virtual en la que nos creamos cómodos, cuando realmente nos están situando en una gran farsa de la que debemos escapar para ponerla en evidencia.

Nada, ni nadie va a lograr que se reduzca ni un ápice mi absoluta confianza en la capacidad de las enfermeras como líderes de un cambio que permita situar a los cuidados en el lugar que no tan solo merecen, sino que requieren para dar cumplida respuesta a las necesidades de salud que plantean las personas, las familias y la comunidad.

Que los Reyes Magos, en quienes siempre debemos seguir creyendo para no abandonar esa ilusión infantil desde la que continuar creyendo que todo es posible, nos permitan seguir avanzando en la construcción de una realidad cuidadora.

Felices Fiestas, y Próspero Año Nuevo.

Nos reencontramos muy pronto.

[1]Filósofo, poeta, músico y filólogo alemán cuya obra ha ejercido una profunda influencia en el pensamiento mundial contemporáneo y en la cultura occidental(15 de octubre de 1844-Weimar, 25 de agosto de 1900).

[2]http://efyc.jrmartinezriera.com/2022/12/08/pret-a-porter-y-alta-costura-de-cuidados-mucho-mas-alla-de-la-moda/

[3] http://efyc.jrmartinezriera.com/2022/12/15/del-metaverso-al-metacuidado-realidad-virtual-aumentada-o-cuidadora/

DEL METAVERSO AL METACUIDADO Realidad virtual, aumentada o Cuidadora

                 “El mundo virtual es pobre en alteridad y resistencia. En los espacios virtuales, el yo prácticamente se puede mover sin el «principio de realidad, que sería un principio del otro y de resistencia”.

Byung-Chul Han [1].

 

Últimamente se está hablando mucho del metaverso y de sus implicaciones en muy diferentes ámbitos sociales de los que no escapa la salud.

El metaverso es un universo post-realidad, un entorno multiusuario perpetuo y persistente que fusiona la realidad física con la virtualidad digital. Se basa en la convergencia de tecnologías, como la realidad virtual (RV) y la realidad aumentada (RA), que permiten interacciones multisensoriales con entornos virtuales, objetos digitales y personas. Por tanto, el metaverso es una red interconectada de entornos inmersivos y sociales en plataformas multiusuario persistentes.

Pero más allá de cualquier otra consideración lo que me gustaría destacar es que se trata de un entorno virtual, es decir, inexistente desde el punto de vista físico.

Por lo tanto, los metaversos son entornos donde las personas interactúan e intercambian experiencias virtuales, es decir inexistentes, mediante uso de avatares[2], a través de un soporte lógico en un ciberespacio, el cual actúa como una metáfora del mundo real, pero sin tener necesariamente sus limitaciones. Lo que se traduce en crearse una realidad paralela en la que abstraerse de la real con el fin de crear sensaciones de bienestar o satisfacción que no son posibles o son inalcanzables en la realidad física que se sustituye por la virtual o ficticia.

Por tanto, la realidad virtual (RV) es la generación de un espacio, situaciones y recursos con apariencia real pero que son simulados mediante tecnología informática, es decir, irreales, creando en la persona la sensación de estar inmerso en él.

Esta realidad virtual que tenemos bastante asimilada e interiorizada en el ámbito de los videojuegos se ha ampliado con la aparición de los metaversos a sectores como la teleeducación, la telesalud y especialmente en el campo de la economía digital, con la aparición, por ejemplo, de criptomonedas, pero también con la irrupción de las criptosectas que no tan solo crean un entorno virtual sino que generan una serie de necesidades y demandas en las/os usuarias/os a través de ofertas igualmente virtuales que inducen a realizar inversiones importantes para lograr un hipotético, e irreal, beneficio sobre todo en el ámbito de la salud[3].

Ante este perturbador escenario en el que la realidad se mezcla con la ficción o la virtualidad, me planteo ciertas cuestiones relacionadas con las enfermeras y los cuidados.

Durante mucho tiempo se ha dicho que la tecnología sería capaz de sustituir muchas de las actividades, acciones o intervenciones que realizamos las personas, para ser asumidas por esta a través de máquinas o artilugios tecnológicos complejos. Sin embargo, siempre se añadía que ciertas acciones, como los cuidados profesionales de las enfermeras, no podrían ser nunca sustituidos por máquinas.

Pero la realidad siempre supera a la ficción y lo que parecía algo absolutamente imposible cada vez adquiere más visos de poder convertirse en una realidad que puede ir más allá de la que vivimos físicamente para situarse en un plano de realidad virtual o aumentada que satisfaga aquello que deseamos y no podemos lograr de manera real. De tal manera que resultará difícil saber en qué plano de realidad nos encontramos en cada momento, al existir varias realidades interactuando al mismo tiempo.

Ante esta, de momento, hipotética posibilidad, me surgen muchas dudas sobre nuestro futuro, pero me preocupan mucho más las que me surgen sobre nuestro presente y cómo pueden influir en la generación de un metaverso de cuidados en el que nuestra presencia como enfermeras quede circunscrito únicamente a un avatar.

Las dudas, que son muchas y no daría para reflexionar sobre todas ellas, las centro en cómo estamos actuando en la prestación de cuidados. ¿Estamos prestando unos cuidados de calidad y calidez que estemos identificando como importantes y que lo sean también por parte de quienes los reciben? ¿Se asimilan esos cuidados de manera absolutamente inequívoca con las enfermeras? ¿Se consideran los cuidados profesionales enfermeros un valor irrenunciable por parte de la sociedad? Me duele reconocerlo, pero lo dudo.

Lo dudo, no por falta de convicción en cuanto a lo que son y significan los cuidados profesionales enfermeros, sino por cómo son valorados y reconocidos por la gran mayoría de las enfermeras y por cómo son proyectados los mismos a quienes se los prestamos, lo que deriva en una desvalorización progresiva y con ella una clara invisibilidad de lo que son y significan más allá del buen trato o la simpatía que finalmente es lo que solicita la ciudadanía de las enfermeras cuando se les pregunta sobre que esperan o desean de las enfermeras. No seré yo quien diga que hay que renunciar a la simpatía o el buen trato, pero me parece que limitar nuestra identidad a cuestiones de urbanidad que deberían ser deseadas en todas/os cuantas/os tienen un trato directo con las personas, me parece que es un signo evidente de que no trasciende nuestra aportación profesional singular. ¿Por qué no se espera o desea de los médicos, psicólogos, fontaneros, carteros, pediatras, carniceros… que sean simpáticos? ¿Es la simpatía una virtud inherente y exclusiva de las enfermeras? Entiendo que se pueda desear por la proximidad que tenemos con la población en momentos en los que, además, puede ser de ayuda. Pero considero que lo realmente necesario y que debiera identificarnos, es la empatía, que, si se acompaña de simpatía pues mucho mejor, pero que desde luego ni es ni significa lo mismo, ni tan siquiera, por supuesto aporta lo mismo. Pero mientras la simpatía es un sentimiento, generalmente instintivo, de afecto o inclinación hacia una persona que acompaña a alguien en su forma de ser y actuar haciéndola atractiva y agradable a los demás, mientras que la empatía es la capacidad para percibir las emociones y los sentimientos de los demás, basada en el reconocimiento del otro como similar, es decir, como persona con mente propia y capaz de tomar sus propias decisiones. Por lo tanto mientras la primera, la simpatía, corresponde a un estado de ánimo o disposición emocional hacia alguien, la segunda, la empatía, se trata de una capacidad, herramienta, competencia… que debe ser adquirida, entendida, mejorada y aplicada correctamente para que tenga en el efecto terapéutico que de la misma se espera como parte de la escucha activa, la relación de ayuda y la resolución de problemas, algo que evidentemente la simpatía no puede lograr por sí misma aunque su adición a la empatía pueda contribuir a mejorarla. En cualquier caso la empatía sin simpatía puede formar parte de una buena prestación de cuidados pero nunca lo podrá ser la simpatía sin empatía.

Esto que tan solo es una muestra de lo que considero debemos identificar como parte sustancial de nuestra prestación de cuidados, entre otras muchas capacidades de observación, intervención, ayuda, respeto, consenso… que requieren de conocimientos, habilidades y capacidad en la construcción del mejor cuidado profesional es lo que percibo que no es identificado como valor intrínseco de las enfermeras. No porque no se pueda percibir al entenderlo como acciones que no se sustentan en una acción física reconocible, como sucede con una cuidadora.

Ante esta triste, pero concreta y palpable realidad, que hay que decir que no es generalizable, pero sí lamentablemente general por habitual, cabe pensar si la realidad virtual y aumentada que ya forma parte de nuestra vida cotidiana, no será capaz ya de reproducir una prestación cuidadora simpática y agradable, aunque esté exenta de la necesaria y deseada empatía y que pueda ser el inicio de una sustitución progresiva de la presencia real de enfermeras cuidadoras.

Digo de enfermeras cuidadoras, porque a lo mejor lo que se pretende es reconvertir a las enfermeras en otro tipo de profesional que ahora mismo no soy capaz de identificar o me resisto, por doloroso, a hacerlo, al haber encontrado en los avatares que se creen a la simpática cuidadora que ofrece el espacio cibernético.

Se puede pensar que todo lo apuntado no es más que una elucubración, una ficción o incluso una idea descabellada que para nada se ajusta a la realidad y que, por tanto, se piense que eso es algo que nunca va a poder suceder. Pero lamentablemente, como ya he comentado, la realidad supera a la ficción. Las distopías anunciadas a través de obras como 1984 de George Orwell[4], Un mundo feliz de Aldous Huxley[5], Fahrenheit 451, de Ray Bradbury[6], Yo Robot de Isaac Asimov[7], El proceso, de Franz Kafka[8], El cuento de la criada, de Margaret Atwood[9], El año del diluvio de Margaret Atwood[10]… entre otras muchas, son un claro ejemplo de aquello que inicialmente se identificaba como una narrativa fantástica, imaginativa y, en muchos casos, considerada como delirante por imposible, pero que el tiempo ha venido a demostrar que todo es posible y no solo eso, sino que se hace realidad llegando, incluso, a superar lo planteado.

Así pues, sería deseable que las enfermeras reescribiéramos nuestra propia realidad sino queremos que otros lo hagan por nosotras, con el riesgo que supone el hacer una construcción de la realidad enfermera que por irreal que pueda ser o parecer sea, finalmente la realidad que nos toque asumir.

La realidad virtual y aumentada, puede disminuir nuestra identificación profesional para adaptarla a lo que son los deseos expresados por las/os consumidoras/es que, como ya he dicho, parece que se concretan en la simpatía, por lo que dicha adaptación no tan solo no resulta difícil de llevar a cabo, sino que posiblemente la mejore en gran medida con relación a la que actualmente somos capaces de trasladar en nuestra interacción con las personas, las familias y la comunidad.

Seguir pensando que los cuidados profesionales son algo que no requiere de mayor profundidad, conocimiento, evidencia científica, preocupación y atención es la mejor manera de contribuir a su banalización y simplificación y con ello a su absoluta pérdida de relación con las enfermeras por entender que los mismos pueden ser asumidos no ya por parte de otras profesiones que de hecho lo reclaman e intentan, sino por parte de una realidad que nos eliminará como profesionales reales, para convertirnos en un cumulo de algoritmos que trasladen las respuestas esperadas por quienes decidan ser cuidadas/os por un avatar.

Que nadie caiga en el error de autocomplacencia como respuesta a un falso sentimiento de satisfacción ante lo que somos o como actuamos. Hacerlo es contribuir a una decadencia intelectual y científica que transforma la realidad enfermera en una posible realidad virtual que responda, aunque sea de manera artificial y aumentada, a lo que nosotras no estamos haciendo.

Reivindiquemos de manera firme y rigurosa nuestro espacio cuidador a través de un liderazgo centrado en la abogacía por la salud, que nos permita influir y capacitar positivamente a las personas en la forma de ser y actuar para lograr alcanzar una manera de vivir autónoma, solidaria y feliz, a la vez que participativa para construir espacios saludables en los que convivir, alejándonos de una salud persecutoria y acercándonos a una salud menos académica pero posiblemente más real y deseada individual y colectivamente.

Pongamos constantes dificultades a la posibilidad de generar realidades virtuales que sustituyan, alteren o adulteren la esencia de los cuidados profesionales. Para ello es preciso no tan solo que nos lo creamos, sino que actuemos con la determinación de querer ser identificados como enfermeras cuidadoras irreemplazables y singulares.

No me atrevo a negar cualquier posibilidad de cambio de la actual realidad por otra situada en el ámbito de la tecnología sustitutoria y sustitutiva, pero me niego, eso sí, a dejar de creer en lo que somos y tenemos posibilidad real de aportar las enfermeras a través de nuestros cuidados profesionales. Porque “aquello que se considera ceguera del destino es en realidad miopía propia” (William Faulkner)[11].

Pido, quiero y, permítanme, exijo que trabajemos por recuperar lo que nunca debimos perder, nuestra identidad cuidadora como seña indiscutible de nuestra realidad. Tan solo desde esa realidad lograremos, al menos, retrasar lo que parece ser una posibilidad cada vez menos ficticia y cada vez más posible y aterradora.

Pongámonos en el lugar de las personas, las familias y la comunidad, y tratemos de responder a sus expectativas, sentimientos, emociones, miedos, dudas, resistencias, normas, creencias… ante el afrontamiento que precisan realizar ante cualquier problema de salud o situación vital en las que los cuidados resultan imprescindibles para obtener no tan solo respuestas sino para que las mismas sean la respuesta que se identifica como efecto de la atención cuidadora dada por las enfermeras.

Porque esto es, sin duda, lo que limitará, dificultará o eliminará cualquier intento de virtualidad de la acción cuidadora enfermera, la identidad de la misma ligada de manera inseparable a las enfermeras y, por lo tanto, incapaz de ser reproducida de manera virtual, por mucho que se intente aumentar una realidad que no lo puede ser sin la presencia cuidadora de las enfermeras.

No se trata de impedir el avance de la tecnología, se trata de establecer los límites que impidan alterar la realidad de cuidados que ha estado ligada a la convivencia humana desde que existe y se conoce como tal. Si nada ha podido alterarla hasta ahora, aunque si mejorarla, no parece razonable que se permita hacerlo en nombre de la ciencia tecnológica que necesariamente debe complementarse con la ciencia enfermera, en lugar de sustituirla o reemplazarla. Pero esto básicamente nos corresponde hacerlo a las enfermeras, ya que tal como dijo David Viscott[12] “aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad” y evitar que sea sustituida por un metacuidado.

[1] Filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín (Seúl, 1959).

[2] En Internet y otras tecnologías de comunicación modernas, se denomina avatar a una representación gráfica que se asocia a un usuario en particular para su identificación en un videojuego, foro de internet, etc. El avatar puede ser una fotografía, icono, gif (animado), figura o dibujo artístico y puede tomar forma tridimensional, como en juegos o mundos virtuales, o bidimensional, como icono en los foros de internet y otras comunidades en línea.

[3] https://www.eldiario.es/catalunya/estafada-criptosecta-captan-enfermos-cancer-les-sablean-miles-euros_1_9755266.html

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/1984_(novela)

[5] https://es.wikipedia.org/wiki/Un_mundo_feliz

[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Fahrenheit_451

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Yo,_robot

[8] https://es.wikipedia.org/wiki/El_proceso

[9] https://es.wikipedia.org/wiki/El_cuento_de_la_criada

[10] https://es.wikipedia.org/wiki/El_a%C3%B1o_del_diluvio_(novela)

[11] Escritor estadounidense, reconocido mundialmente por sus novelas experimentales y galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1949 (New Albany, 25 de septiembre de 1897-Byhalia, 6 de julio de 1962)

[12] Psiquiatra, autor, hombre de negocios y personalidad de los medios estadounidense. Se graduó de Dartmouth (1959), Tufts Medical School y enseñó en el Hospital Universitario de Boston (24 de mayo de 1938-10 de octubre de 1996).

DOCE AÑOS NO SON NADA

En el último número de la Revista Iberoamericana de Enfermería Comunitaria (RIdEC), publico una carta con motivo de mi relevo como presidente de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que comparto.

 

PRÊT À PORTER Y ALTA COSTURA DE CUIDADOS Mucho más allá de la moda

                        El estilo surge cuando sabemos quiénes somos, y quiénes queremos ser en el mundo. No viene de querer ser otra persona, o querer ser más delgado, más bajo, más alto, más bonito.

Nina García[1]

 

Estamos en un permanente debate, cuando no duda, sobre qué es lo que hacemos las enfermeras y qué valor real tiene.

Nos cuestionamos el valor de los cuidados como aportación específica y valiosa de nuestra actividad y la enmascaramos, maquillamos e incluso ocultamos tras la aparente magnitud de las técnicas en un proceso de fascinación que provoca una dimensión que va mucho más allá de lo que dichas técnicas realmente aportan en la mayoría de las ocasiones. Generando, por tanto, un efecto contrario y contradictorio, es decir, la desvalorización e invisibilización de los cuidados que acompañan a dichas técnicas, aunque lamentablemente no siempre es así, al realizar muchas veces las técnicas con cuidado pero sin cuidados.

Se trata casi de un proceso de transformación similar al que generan las drags queen[2] en sus escenificaciones para aparecer como lo que realmente no son, aunque todas/os sepamos lo que ocultan tras sus vestuarios y maquillajes.

Hay quienes no atreviéndose o no compartiendo plenamente dicho transformismo profesional se dedican a disimularlo en un difícil equilibrio entre lo que son y no se sienten y lo que quisieran ser, pero se niegan a aceptar y tratar de conseguir. En este juego de identidades, las actitudes que se adoptan acaban por desdibujar las aptitudes enfermeras, rediseñándolas en un burdo boceto que se quiere aproximar a la imagen deseada pero que proyecta una realidad que no le corresponde y por la que nunca serán valoradas.

En este escenario de interpretaciones más o menos creíbles, pero en cualquier caso ficticias, los cuidados se cuestionan y se ignoran, aunque verbalmente se pueda seguir proyectando un mensaje cuidador que realmente tan solo es una parte más del guion de la comedia que interpreta. Un guion en el que los cuidados no son incorporados como parte de la trama que se escenifica o lo son de manera muy secundaria y, casi siempre, de forma muy sutil o imperceptible con relación a todo aquello que compone la puesta en escena de los procesos asistenciales en los que las enfermeras actúan con papeles secundarios, cuando no como extras de las escenificaciones corales, siendo los cuidados meros acompañamientos de la tecnología empleada en dicha interpretación.

Nos situamos pues, en una difícil tesitura para que los cuidados profesionales enfermeros puedan ser visibilizados y valorados, si quienes deben ser responsables de prestarlos desde las competencias que adquieren para ello no deciden, de manera firme y comprometida, asumirlos como su seña de identidad y de referencia científico profesional. Además, esto no se traslada en la universidad con convicción y evidencias a las nuevas generaciones de enfermeras provocando, como sucede con el cambio climático, un implacable y destructor avance de la desertificación disciplinar enfermera que propicia la colonización de conocimientos y reducen la existencia, creencia e idoneidad de los cuidados como parte de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje enfermero, en un movimiento lento pero progresivo que aproxima la disciplina enfermera a paradigmas ajenos. El resultado final no puede ser más negativo, aunque se pueda aparentar lo contrario. Las demandas de enfermeras técnicas realizadas por el Sistema Sanitario, que es visto casi como el único cliente al que proveer enfermeras, acaba por contribuir a perpetuar ese escenario en el que los cuidados enfermeros son tan solo una anécdota o una etiqueta, mientras otros aprovechan la situación para hacerlos suyos, más como una estrategia para debilitar a las enfermeras que para fortalecer los cuidados que, realmente, ni les interesan ni saben cuál es su importancia real más allá del marketing en el que quieren incorporarlos para tratar de remediar su debilitada y denostada imagen.

Pero, ¿por qué pasa esto? ¿qué hemos hecho mal y qué estamos haciendo aún peor? ¿realmente los cuidados profesionales son una farsa, un intento de aportar valor a algo que nunca lo ha tenido? ¿son los cuidados una apropiación profesional enfermera de los cuidados domésticos y familiares?

Son interrogantes duras en cuanto a lo que supone reflexionar sobre ello. Pero son interrogantes necesarios si queremos que los cuidados y las enfermeras no acabemos siendo un vestigio histórico de la atención a la salud, a las personas, a las familias y a la comunidad de manera autónoma. Porque nada prevalece por inercia, al detenerse el impulso que generó su movimiento y avance. Sino somos capaces de alimentar con conocimientos y evidencias el valor científico profesional de los cuidados y asimilarlos a quienes deben ser sus protagonistas, las enfermeras, tampoco lograremos que siga el necesario avance.

Responder a dichas interrogantes, por otra parte, requiere de un análisis, una reflexión y un debate que nos resistimos a hacer y para el que no dispongo ni del tiempo, ni espacio ni tan siquiera del conocimiento, necesarios para acometer tan importante como necesaria labor.

Sin embargo, sí que voy a atreverme a hacer una aproximación en forma de parábola sobre cuál considero que es uno de los problemas que tenemos las enfermeras para dar valor real a aquello que, teóricamente, mejor sabemos, o deberíamos saber hacer, prestar cuidados.

Casi sin darnos cuenta hemos ido cayendo, a pesar de las apariencias, en una estandarización, en una protocolización, en una sistematización que nos limita. Además, nos atrae cada vez más el paradigma de la enfermedad y de la técnica cayendo en el eufemismo de la estandarización de los cuidados, en un nuevo y destructor paso hacia las respuestas biomédicas, que tan bien obedecen, desde su positivismo radical, a dicha estandarización y que tanto nos alejan del paradigma enfermero centrado en las respuestas humanas a los problemas de salud que no de la enfermedad.

Poniendo un ejemplo. Desde el paradigma médico, para dar respuesta farmacológica a la patología se cuenta con el Vademécum que recoge todos los principios activos clasificados y asociados a las patologías para las que están indicados, así como se recogen los efectos secundarios, las interacciones, la sensibilidad, dosificaciones… que permiten aproximar la decisión del tratamiento desde una estandarización de los procesos y sus tratamientos. Sin duda, su manejo requiere de conocimientos, aptitudes y habilidades importantes, no lo cuestiono, pero no es menos cierto que representa una herramienta de gran valor y apoyo. Desde este planteamiento, pues, una diabetes va a poder ser tratada farmacológicamente de igual manera para cualquier persona que la padezca en base a los criterios que marca la farmacopea y el diagnóstico médico que es capaz de sistematizar los síntomas, síndromes y signos que la acompañan. Las posibles variaciones en dicho tratamiento estarán determinadas por factores externos igualmente estandarizados.

Para esa misma diabetes, desde el paradigma enfermero, no se cuenta con un supuesto o hipotético Vademécum de cuidados. Y no se cuenta con él porque cada persona con diabetes requeriría de un tomo individualizado en el que se recogiesen los sentimientos, las emociones, las expectativas, el entorno, la familia, el trabajo… de cada una de esas personas a la hora de valorar en qué situación se encuentra para afrontar su problema de salud relacionado con la diabetes y cómo interactúa en su ámbito familiar, social y comunitario. Se requiere una valoración, por tanto, individualizada con perspectiva social y comunitaria en la que se informe y forme de manera capacitadora a la persona para que logre la autogestión de su problema de salud, la autodeterminación para decidir cómo afrontarlo, la autonomía para hacerlo huyendo de la dependencia profesional y sanitaria y reconociendo los recursos, personales, familiares, sociales y comunitarios disponibles para elegir aquellos que en cada caso sean más eficaces y articulándolos para potenciar las respuestas en salud, por lo tanto, siendo capaz de asumir su propio autocuidado sin perder la referencia de su enfermera. Asimismo, las variaciones en los factores que rodean a la persona y su entorno estarán permanentemente condicionando las respuestas humanas a su problema de salud, por lo que se tendrán que estar identificando y adecuando a la dinámica de la realidad de cada momento. Se trata de una intervención individualizada e intransferible que no es posible estandarizar por mucho que queramos acercarnos a un modelo que nos es ajeno y desde el que no vamos a poder dar respuestas enfermeras eficaces mediante la prestación de cuidados que previamente habrán tenido que ser consensuados con la persona, haciéndole partícipe en todo el proceso de atención integral, integrado e integrador, desde la escucha activa, la relación de ayuda, el método de resolución de problemas y respetando en todo momento las decisiones que tome. Todo ello sin que suponga, en ningún caso, descuidar el conocimiento de la enfermedad que se incorpora como parte del problema de salud, la diabetes, en cuanto a la fisiología, etiología, sintomatología… pero sin que ello signifique abandonar nuestra capacidad y competencia cuidadoras.

Ante esta realidad, que lo es por mucho que no queramos verla, se impone una reflexión rigurosa, serena pero urgente, de nuestra respuesta enfermera ante las necesidades y demandas de cuidados de las personas, las familias y la comunidad. Porque son reales y requieren de respuestas cuidadoras.

Argumentar que no se actúa así porque no hay tiempo o porque no nos dejan es una falacia y una excusa que tan solo contribuyen a situarnos en la indiferencia profesional y científica. Sino somos capaces de actuar con responsabilidad, lo que supone asumir riesgos, no podemos ni debemos exigir una autonomía que no nos corresponde y que, por tanto, nadie será capaz de identificar y valorar para demandar nuestra aportación específica de cuidados.

Llegados a este punto debemos pensar que la respuesta enfermera a los requerimientos de la población no puede realizarse desde una estandarización similar al prêt à porter de la moda, estableciendo patrones y tallajes que se adapten a cualquier persona lo que conduce a la universalización de la moda, pero también a su uniformidad. Por el contrario, nuestra respuesta no puede ni debería ser otra que la de la alta costura que de manera absolutamente personalizada realiza un patrón exclusivo con el que confeccionar un plan de cuidados adaptado y adaptable a cada persona en función a sus necesidades, características, expectativas, sentimientos, conductas, normas… como si se tratase de un vestido o traje realizado a la medida de cada persona y en el que su opinión permite llevar a cabo cambios específicos que se adapten, no tan solo a sus gustos, sino también a las circunstancias particulares de cada cual, de tal manera que pueda lucirlo con comodidad y aportándole bienestar y satisfacción, sin necesidad de tener que ceñirse a los caprichos o a las inevitables imperfecciones de la moda estandarizada del prêt à porter. No es, finalmente, una cuestión de clase, de precio o de accesibilidad, sino de preparación específica enfermera que permita, habilite y genere competencia para llevar a cabo una prestación exclusiva y no excluyente de cuidados profesionales.

No se trata de comparar la asistencia médica frente a la atención enfermera. Se trata de valorar una y otra en su justa medida y necesidad. No tan solo no son excluyentes, sino que son necesariamente complementarias desde una perspectiva que trasciende a los marcos competenciales para situarse en el objetivo común de dar la mejor respuesta posible a las personas, las familias y la comunidad.

Realizar planteamientos de rivalidad, confrontación, lucha de poder, capacitación, competencia entre profesionales de una u otra disciplina tan solo obedece a planteamientos corporativistas que se alejan del verdadero objeto de lo que debe ser la prestación de calidad de cada profesional desde el paradigma disciplinar que a cada cual le corresponde sin que existan recelos y que los mismos conduzcan a la tentación de fagocitar nada ni a nadie.

Las ciencias, áreas de conocimiento, evidencias científicas, paradigmas… que identifican, definen y sustentan a las diferentes disciplinas son compatibles entre si desde su especificidad y singularidad pero también desde su exclusividad que para nada les hace perder la necesidad y la oportunidad de compartir, que no invadir, de aportar, que no soportar, de sugerir, que no imponer, de construir, que no derruir, de responder, que no silenciar, de reforzar, que no debilitar, de respetar, que no despreciar, en definitiva, de valorar el trabajo de cada una de las partes en beneficio de las personas, las familias y la comunidad.

Las/os profesionales de cada una de las disciplinas, por su parte, deben tener una clara visión de lo que son y se espera de ellas/os desde el paradigma que les corresponde para que las respuestas sean adecuadas y ajustadas a sus postulados, planteamientos y conocimientos y logren así ser referentes de su aportación sin ambigüedades ni falsos planteamientos que traten de aparentar lo que no son, generando duplicidades innecesarias, olvidos imperdonables o contradicciones evitables.

La salud, finalmente, es demasiado importante para ejercer sobre ella una acción de protagonismo y de propiedad exclusiva y excluyente. La salud es de todos y para todos y nadie debe tener ni sentirse con el privilegio de ser propietario de la misma.

No es una cuestión de moda, ni de modas, pero sí de compromiso con lo que debe ser una “confección de alta costura de cuidados” que nos aleje de la conformidad y la uniformidad estandarizada de una cadena de montaje de “cuidados prêt à porter” para salir del paso, con cuidados que encorsetan y nos encorsetan y que tan poco aportan y tanto nos desdibujan como enfermeras.

Convenzámonos de nuestra valía profesional y disciplinar y no nos dejemos convencer de que nuestros cuidados no tienen valor. Si nosotras no se lo damos difícilmente estaremos en disposición de que quienes los reciben los valoren y los referencien como algo indispensable y que tan solo las enfermeras podemos ofrecer.

Cuidados, como ropa, hay muchos. Pero la prestación profesional, individualizada y personalizada solo la podemos ofrecer quienes tenemos las competencias, los conocimientos y la habilidad y aptitud para hacerlo. Otra cosa, es que tengamos también la disposición, la voluntad y la actitud de asumirlo, o prefiramos, como sucede con la ropa de mercadillo, ofrecerlos como saldos con el único objetivo de salir del paso para dedicarnos a otras cosas que no nos corresponden.

Finalmente, como decía Orson Welles[3] “el estilo es saber quién eres, lo que quieres decir y no importarte nada”, o ¿nos preocupa e importa ser enfermeras y ser reconocidas como tales?

Pensemos, al menos pensemos, sobre ello, porque no hacerlo es tanto como renunciar a ser y sentirnos enfermeras.

[1] Editora en jefe de Marie Claire USA y jurado estelar en el reality show, Project Runway. (Barranquilla-Colombia, 1968)

[2] Describe a una persona que se caracteriza y actúa a la usanza de un personaje de rasgos exagerados, con una intención primordialmente histriónica

[3] Actor, director, guionista, productor y locutor de radio estadounidense (Kenosha, Wisconsin, 6 de mayo de 1915-Los Ángeles, California, 10 de octubre de 1985).

DE QATAR Y SANIDAD Goles y cuidados

“Al poder le ocurre como al nogal, no deja crecer nada bajo su sombra.”

Antonio Gala[1].

 

Todas las miradas se dirigen a un mismo punto estos días. El Campeonato del Mundo de Fútbol de Qatar acapara la atención y la emoción de millones de personas de todo el planeta.

Las protestas en sus muy diversas formas de manifestación, las declaraciones, los posicionamientos, las actitudes… permitidas, más como forma de desmarcarse de culpabilidad que como convicción de quienes participan directamente en el evento “deportivo” o de quienes lo hacen como espectadores del mismo, no limitan ni un ápice la atención que en ese acontecimiento y en ese país se deposita desde que se inició con la escenificación de una libertad y un respeto que tan solo se quedó en el guion impostado e interpretado sobre el césped y que daría paso posterior al juego de un deporte que es capaz de hacer olvidar o, cuanto menos ocultar, las miserias de un régimen totalitario que vulnera sistemáticamente los derechos humanos. Pero en el fútbol parece valer todo. Al fin y al cabo, la pela es la pela como dicta el tópico catalán.

Nadie puede decir que no se supiese cómo se las gastan en tan exclusivo país. Lo mismo que a nadie se le escapa como manejan el dinero en ese mismo lugar. Se eligió obviar lo que se hace, en favor de conseguir un beneficio económico que trasciende en mucho al deportivo por mucho fair play que se quiera vender y por mucho que se quiera engañar con que el negocio disfrazado de espectáculo contribuirá a que se respeten los derechos humanos de su población, sobre todo de aquella que no es masculina y heterosexual. Todo un alarde de machismo y de testosterona futbolística que, no nos equivoquemos, ha contado y cuenta con el beneplácito de todos los gobiernos cuyos equipos participan en el campeonato a través de su silencio o de su débil y velada protesta. A partir de ahí, todo lo demás, son declaraciones de intenciones, eufemismos, hipérboles y anacronismos dialécticos que tratan de enmascarar o maquillar una realidad que se impone a cualquier intento que en este sentido se haga. Por lo tanto, nadie queda exento de culpa en este circo mediático que sitúa a un país totalitario y criminal como ejemplo ante el resto del mundo. No todo debería valer en el fútbol y en el negocio que el mismo representa y que pierde todos sus valores al prestarse a este triste espectáculo de tolerancia y enmascaramiento de una dictadura.

Puede parecer que lo dicho hasta ahora no tenga relación alguna con la enfermería o las enfermeras. Sin embargo, voy a tratar de establecer una analogía que no pretendo situarla al mismo nivel de lo expuesto, pero que considero guarda cierto paralelismo que, al menos desde mi punto de vista, ni es despreciable ni es menor.

Me voy a centrar exclusivamente, aunque hay otras muchas actitudes y conductas a los que poder hacer referencia, en los comportamientos de injerencia, abuso, invasión y falta de respeto profesional y científico que determinados colectivos vienen llevando a cabo desde el poder disciplinar que se otorgan a sí mismos y del económico y mediático que han logrado alcanzar como consecuencia del poder ejercido y que ha sido respaldado y reforzado en gran medida política, gerencial y socialmente hasta alcanzar grados de inmunidad absoluta ante cualquier deseo que planteen de seguir aumentando su ego, su poder y su exclusividad en torno a la sanidad y lo que la misma supone para sus intereses de negocio, en muchas ocasiones.

Para lograrlo no tienen reparo alguno en someter, despreciar, minusvalorar, ignorar, atacar… a otras disciplinas que consideran siempre menores y tan solo contemplan como subsidiarias a su actividad exclusiva y excluyente. Mientras se sometan a sus intereses y puedan limitar, controlar y recortar sus competencias por considerarlas peligrosas a sus intereses corporativistas, pueden subsistir, aunque la convivencia sea de sometimiento y obediencia hacia quienes, según sus parámetros, son inferiores y por tanto no pueden avanzar para situarse a un mismo nivel que el de quienes ejercen la dictadura disciplinar.

Sin embargo, el conocimiento y las evidencias científicas, que consideran exclusivas de sus disciplinas, ponen de manifiesto que no tan solo las consideradas disciplinas inferiores no lo son, sino que además sus aportaciones aportan un gran valor a la salud de las personas, las familias y la comunidad, desde un paradigma propio que se sustenta en teorías y conocimientos propios de su ciencia y disciplina, lo que significa que no requieren de la tutela y aprobación de quienes las consideran una rama, en el mejor de los casos, de su autocracia disciplinar.

Ante esta realidad que niegan, como hacen los negacionistas del cambio climático, de la violencia de género o de las vacunas, y una vez perdido el control que ejercían sobre ellas, deciden cambiar de estrategia y plantear una invasión de competencias específicas y de identidad sobre las, a su vista y criterio, insurgentes profesionales que siguen contemplando como inferiores y como subsidiarias de su actividad. Aunque lo que pretenden conquistar por la fuerza de su poder ni les interese realmente, ni sepan cómo afrontarlo y manejarlo, ni tengan intención de incorporarlo en su actividad profesional. Se trata tan solo de debilitar a quienes han osado creerse con autoridad para decidir sin su consentimiento y a no obedecer sus dictados dogmáticos.

Los cuidados durante mucho tiempo han estado relegados al ámbito doméstico y a la mujer exclusivamente. Las enfermeras, sobre todo con su incorporación a la universidad, lograron dignificar y dotar de contenido científico a los cuidados profesionales que prestan y que suponen su principal seña de identidad, lo que supuso un cambio sustancial en cuanto al valor que los mismos tienen para la salud de las personas, las familias y la comunidad y la referencia que de los mismos tiene tanto la comunidad científica como la sociedad en general, aunque sea por conceptos diferentes como es lógico.

Dicha valoración, que ha sido progresiva acaba por constituir los cuidados profesionales enfermeros como un bien intrínseco, es decir, aquello que las enfermeras y solamente las enfermeras son competentes y están capacitadas para hacer y ofrecer, de tal manera que el cuidado profesional queda claramente diferenciado del cuidado no profesional sin que ello signifique, en ningún caso, que existan cuidados de mayor o menor valor. Simplemente son cuidados que tienen una dimensión diferente pero que ostentan una gran importancia e impacto en la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Pero precisamente esta valoración de los cuidados profesionales enfermeros por parte, fundamentalmente, de la sociedad es lo que dispara, en primer lugar, el interés general de todo aquello que tenga que ver con los cuidados o por decirlo de otra forma, todo parece tener relación con los cuidados. De tal manera que podemos identificar claramente como actualmente toda cuida. El champú, el detergente, los yogures, las cremas de belleza, hasta los anuncios… todo aporta cuidados.

De tal manera que, como suele ser costumbre también en nuestra sociedad, se establece un efecto pendular por el que se pasa de una situación extrema, la desvalorización general de los cuidados, a la contraria que supone la valoración máxima de los cuidados por parte de todo y de todos. Aunque, también es cierto, que en este recorrido se elimina la necesaria reflexión sobre lo que son, significan y aportan los cuidados en función de que estos sean profesionales o no.

Ante esta situación de crédito y valor superior que adquieren los cuidados en general, pero muy en particular los cuidados profesionales enfermeros y de manera muy especial tras la pandemia, por razones obvias derivadas de los procesos de soledad, aislamiento, sufrimiento y muerte ocasionados por la COVID, estos han sido no tan solo valorizados sino, lo que es más importante, significados e identificados con las enfermeras.

Ante esta situación a la que se suma la progresiva pérdida como referentes exclusivos de la salud, bueno de la enfermedad, que lograron establecer e interiorizar en la población, los médicos y los farmacéuticos identifican los cuidados como un claro objetivo a incorporar a su imagen. Otra cosa bien diferente es que lo hagan a su actividad diaria como clínicos o empresarios.

Hay que destacar que los cuidados no son, en ningún caso, patrimonio exclusivo de nadie, al ser patrimonio universal de la humanidad en tanto en cuanto todas/os estamos en disposición de cuidar y ser cuidados. Otra cosa bien diferente es lo que sucede con los cuidados profesionales. Los cuidados enfermeros lo son de las enfermeras y no pueden ni deben ser de nadie más que de las enfermeras que, además, siempre han sido identificadas como prestadoras de cuidados, incluso antes de que los cuidados tuviesen el respaldo científico con el que cuentan en la actualidad.

Ninguna organización sanitaria puede entenderse sin la presencia de los cuidados profesionales enfermeros que cabe recordar eran la base de gestión y organización de los hospitales antes de que los médicos los colonizasen como centros de su desarrollo científico profesional y cambiasen su organización a la existente en la actualidad en base a sus especialidades por órganos, aparatos o sistemas o las patologías que la alteración de estos provocan en las personas en sustitución de la división que existía por complejidad de cuidados. Por tanto, los cuidados, más allá de su importantísimo y necesario soporte y respaldo científico siempre han estado presentes y han sido fundamentales en la atención. Otra cuestión bien diferente es la visibilización y valoración que de los mismos se ha querido y permitido hacer por parte, tanto de los médicos que los han considerado como algo absolutamente residual y sin valor desde su perspectiva asistencialista curativa, como de los gestores, mayoritariamente médicos, de las organizaciones que nunca han contemplado su institucionalización en un modelo sanitario igualmente curativo y asistencialista.

A pesar de todo, los cuidados han prevalecido y con el soporte científico han logrado emerger y valorizarse como respuesta imprescindible de atencióon integral, integrada e integradora, a las necesidades de las personas tanto en la salud como en la enfermedad en cualquier momento de su ciclo vital.

Así podemos identificar, entre otros ejemplos, el permanente mensaje de cuidados trasladado desde las denominadas Farmacias Comunitarias que incorporan como reclamo publicitario para captar clientes y aumentar sus beneficios comerciales como empresa privada que son, por mucho que insistan en ser un Servicio Público, cuando realmente lo que hacen es prestar un Servicio Público en base al concierto establecido con los servicios de salud como empresa privada que son, que es bien diferente, al igual que sucede con los Taxis, por ejemplo.

Por su parte los médicos no han querido tampoco desaprovechar la oportunidad y recientemente el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (ICOMEM), ha constituido el Comité Científico de Cuidados para instaurar la cultura del cuidado en la sanidad madrileña[2].

Con independencia del interés, más o menos real o interesado y oportunista, de la medida lo que no deja de llamar la atención y provocar cuanto menos perplejidad es que el máximo órgano de representación médica se otorgue sin rubor alguno la capacidad, competencia y autoridad para instaurar la cultura del cuidado en la sanidad madrileña. Ellos que nunca han sido capaces de valorar ni poner en valor el cuidado que, desde siempre, han prestado las enfermeras a quienes hay que recordar han marcado estrechamente, incluso con demandas judiciales, por entender que se vulneraban o invadían sus competencias, de repente se conviertan en adalides del cuidado y defensores de su instauración en la cultura sanitaria.

Una Comisión que según sus propias palabras “hemos conformado un equipo amplio de aproximadamente quince profesionales, en su mayoría médicos, pero también tienen cabida otros profesionales que pueden aportar muchísimo, como psicólogos, enfermeras y profesionales de más disciplinas que se incorporarán en el futuro”. De todo lo cual cabe pensar sino habrá que darles las gracias, no tan solo por tal iniciativa, sino por la benevolencia en dar cabida a otros profesionales, como las enfermeras, que se dignan en reconocer podemos aportar muchísimo a su, por otra parte, magno conocimiento sobre cuidados que dan por sentado poseer tal como se desprende de tan maniqueas como sorprendentes declaraciones.

Ante estos hechos de clara, manifiesta, rotunda, descarada e incluso mezquina decisión sobre un aspecto de tanta relevancia, significado y referencia para las enfermeras, no podemos ni debemos permanecer impasibles. Menos aun cuando desde el Ministerio de Sanidad, por fin, se ha puesto en marcha la Estrategia de los Cuidados tan largamente esperada. Hacerlo es concederles el beneficio de la duda sobre su actuación y debe quedar claro que la misma no corresponde ni les corresponde desarrollarla, haciéndolo además con toda la parafernalia protocolaria y mediática que son capaces de movilizar para dejar constancia de su poder.

Pero mientras esto sucede quienes, entiendo, deberían dar respuesta inmediata, contundente y rigurosa, el Consejo General de Enfermería (CGE), se mantiene en el más absoluto de los silencios. Lo que, por otra parte, no es de extrañar que ocupados como están en dirimir las cuitas, venganzas, amenazas… derivadas de una gestión no tan solo nefasta sino sospechosa de ser delictiva, en los Tribunales, no les quede tiempo para ocuparse de lo que realmente debieran hacer.

El actual presidente del CGE hubiera actuado con coherencia y elegancia dando paso a otra persona dados los hechos a los que tenía que hacer frente y que le imputan directamente a él, de tal forma que su mente, su interés, su tiempo y su dedicación no se centren en defenderse, lo cual es legítimo siempre que lo haga a título personal, en lugar de defender a las enfermeras a las que teóricamente representa. Su imagen y la de las enfermeras hubieran salido beneficiadas.

Ante este panorama de indefensión en que nos dejan quienes nos representan, deberemos plantearnos qué hacer las enfermeras dada la gravedad de lo que está sucediendo a todos los niveles en el panorama social, político y sanitario de este país y que tanto impacto tiene en la imagen, valoración y competencia de las enfermeras.

Caer en la desidia, el conformismo o la indiferencia es tanto como aliarse con los planteamientos, las intenciones y los hechos que están planteando.

Como pasa con el mundial de fútbol que se está desarrollando en Qatar, en el que no todos son responsables ni tan siquiera comparten, tan desacertada decisión que tan solo obedece intereses económicos despreciando la defensa de los derechos humanos, en el tema que nos ocupa tampoco todos los farmacéuticos y médicos son partícipes ni comparten las decisiones apuntadas. Pero en ambos casos los máximos representantes del fútbol y de los farmacéuticos y médicos toman decisiones que se alejan del interés común por mejorar la salud de las personas, las familias y la comunidad para centrarse exclusivamente en los intereses económicos, corporativistas y de poder, aunque ello suponga la vulneración de derechos profesionales o la generación de conflictos.

Asistir como espectadores impasibles en ambos casos es preocupante. Hacerlo de manera entusiasta como si nada pasara amparándose en la pasión por un deporte o un equipo o de manera pasiva e irreflexiva como si nada fuese con o contra nosotras, es no ya preocupante sino alarmante.

Mirar hacia otro lado como si nada pasase no es la solución. Mirar de frente y abordar las situaciones no garantiza nada, pero al menos nos permite ser coherentes y partícipes de una posible y deseada, por complicada y compleja que pueda parecer, solución. El poder de quienes se sienten con derecho a hacer cualquier cosa con tal de garantizar su poder debe ser contestado y contrarrestado con la fuerza de la razón, de la sensatez y del respeto que ellos no tienen y niegan.

Ni los goles ni los cuidados deberían ser objeto de negocio ni de manipulación. No todo vale para ganar.

[1] Poeta, dramaturgo, novelista, guionista y articulista español (Brazatortas -Ciudad Real- 2 de octubre de 1930)​

[2] https://www.icomem.es/comunicacion/noticias/3982/El-ICOMEM-constituye-el-Comite-Cientifico-de-Cuidados-para-instaurar-la-cultura-del-cuidado-en-la-sanidad-madrilena?s=08

SERENDIPIA: PRUEBA EXTRAORDINARIA DE ACCESO A LA ESPECIALIDAD Y DÍA INTERNACIONAL DE ENFERMERÍA COMUNITARIA (DIEC)

“La casualidad es un desenlace, pero no una explicación”

Jacinto Benavente[1].

 

A quince días de cumplirse un año desde que se celebrara, el 11 de diciembre de 2021, la primera prueba extraordinaria de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, tras más de diez años de demora, hoy día 26 de noviembre de 2022 ha sido el día elegido por los Ministerios de Sanidad y Universidades para celebrar la segunda prueba prevista en el Real Decreto de especialidades de enfermería de 2005.

Casi un año en el que las/os responsables ministeriales, no han tenido la voluntad política para resolver la situación de quienes aprobaron dicha prueba, tras la caótica organización de la misma, fraude incluido, y el lamentable contenido del mismo que llevó a que no la superara más del 60% de las enfermeras que lo realizaron. Todo un logro que sumar a la patética gestión que a lo largo de estos más de 10 años han llevado a cabo los diferentes equipos ministeriales en una aparente carrera por ver quién cometía más despropósitos.

Pero con ser lamentable lo dicho, lo que resulta ya patético y mezquino es el silencio que han establecido como única y escandalosa respuesta a cualquier petición de información que les ha sido trasladada por parte de sociedades científicas como la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que tanto ha hecho por la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria y que nadie debe olvidar nunca, hoy es una realidad gracias a su trabajo, esfuerzo e implicación por lograrlo. El silencio, por tanto, tan solo refleja la mediocridad de los responsables políticos y su falta de respeto hacia las enfermeras comunitarias, cuando es una obligación institucional que han vulnerado de manera sistemática hasta convertirla en una norma de comportamiento.

Suelo decir siempre que las casualidades no existen y que todo tiene una clara causalidad que hay que identificar.

Sin embargo, y sin que sirva de precedente, considero que en el caso que hoy me ocupa, la casualidad o serendipia ha sido la razón de una decisión que de otra manera debiera ser aplaudida. Pero tratándose de quienes la han adoptado y en vista de los precedentes resulta meridianamente improbable, por no decir imposible, que tal decisión haya sido tomada por ninguna otra razón que no sea su propio interés.

Esto que comento viene a cuenta de que la fecha elegida para la realización de esta segunda prueba, 26 de noviembre, coincide con la fecha de constitución de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) según se recoge en su acta constitucional. Pero es que además, la fecha coincide con la celebración del Día Internacional de Enfermería Comunitaria (DIEC) que fue elegida e instaurada antes de que se conociese la convocatoria realzada por el Ministerio de Universidades.

Así pues, alguien podría pensar que o bien el Ministerio quiso hacer un guiño de complicidad con la AEC, y por tanto con las enfermeras comunitarias, o bien que la AEC quiso aprovechar la circunstancia de la convocatoria para hacerla coincidir con el DIEC. Pero ni en el primer supuesto es tan siquiera probable, pues no está el Ministerio por la labor de conocer la fecha fundacional de la AEC, ni el segundo supuesto es real ya que la AEC propuso la celebración del DIEC mucho antes de que se conociese la citada fecha de examen, tal como lo demuestra la petición de avales y apoyos a tal celebración que se emitió a organizaciones, instituciones y referentes profesionales que se enviaron cuando nadie conocía ni sospechaba siquiera la fecha de la prueba[2], [3].

Estamos por tanto ante una de esas coincidencias, en este caso temporal, que a lo largo de la historia se han producido y han sido consecuencia posterior de grandes descubrimientos o acontecimientos. No se trata, en el caso que nos ocupa, desde luego de un descubrimiento, a no ser que el Ministerio hubiese descubierto, también accidentalmente la fecha de constitución de la AEC y en un derroche de generosidad, igualmente improbable, hubiese hecho coincidir ambas fechas. Una cosa es la serendipia y otra bien diferente la utopía.

Pero sea como fuese lo bien cierto es que la coincidencia se ha dado y que por lo tanto debemos congratularnos de que en el DIEC, que por primera vez se celebra, se cierre una etapa que debe significar un antes y un después en la evolución de la enfermería comunitaria en general y de su especialidad en particular.

Tan solo cabe esperar que la organización de esta segunda prueba mejore con respecto a la primera, algo realmente sencillo visto lo visto, y que los resultados de quienes se presenten sean mucho más positivos que los obtenidos en la primera como consecuencia de su inexplicable contenido que se aleja claramente de la realidad práctica de la enfermería comunitaria. Y, por supuesto, esperando que el control que se ejerza garantice la igualdad de oportunidades que no se logró en la primera prueba al producirse vergonzosos casos de fraude inicialmente negados por el ministerio y que las evidencias obligaron a rectificar con muchos meses de retraso.

Salvado el último trámite que permite el acceso extraordinario a la especialidad de las enfermeras comunitarias que durante tantos años han estado trabajando como tales y, por tanto, se han ganado el derecho a acceder a la especialidad, esperamos que de una vez por todas el Ministerio desbloquee la concesión de la especialidad a quienes hayan superado alguna de las dos pruebas y por tanto puedan incorporarse de pleno derecho al acceso que desde los servicios de salud se haga de plazas de especialistas. No hacerlo añadiría un nuevo y patético despropósito al innumerable cúmulo de ellos que han ido sumando a lo largo de estos años.

Si finalmente se hacen realidad estos deseos, daríamos por bueno que hayamos tenido que aplazar la celebración del DIEC a otra fecha por respeto a todas las enfermeras que se presentan a la prueba y con el fin de poderlo celebrar como merece y corresponde a la Enfermería Comunitaria y a las enfermeras comunitarias.

La celebración oficial de este primer DIEC, se anunciará el próximo día 16 de diciembre en el marco del acto de entrega de premios de la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria que se desarrollará en la ciudad de Alicante y que será hecha pública por parte de su presidenta, la Dra. Mª Isabel Mármol López. Un marco inmejorable para tal anuncio que ya ha tenido su prólogo en la difusión de un vídeo a tal efecto[4].

Debemos pues congratularnos por la coincidencia, pero sobre todo, debemos hacerlo por la oportunidad que a partir de ahora se nos brinda de poder desarrollar nuestra aportación específica como enfermeras comunitarias, tanto si somos especialistas como si no lo somos, prestando unos cuidados profesionales cada vez de mayor calidad para contribuir con ello a mejorar y mantener la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Estamos, además, ante un acontecimiento, el DIEC, que debe ir alcanzado cada vez mayor difusión y dimensión, al ser la expresión de una realidad profesional, pero también social, que debe ser reconocida y reconocible.

Una celebración de júbilo, de unidad y también, porque no, de reivindicación de aquellos aspectos científico profesionales que puedan mejorar nuestra aportación específica.

Un día que debe ser identificado y vivido desde la alegría de ser y sentirse enfermeras comunitarias, de ser referentes de salud para las personas, las familias y la comunidad, de ser partícipes en la toma de decisiones que permitan incorporar la salud en todas las políticas, de ser valedoras y defensoras de los derechos fundamentales de las personas, de la equidad, de la igualdad, de la accesibilidad… de ser identificado nuestro bien intrínseco a través de los cuidados prestados como aquello que las enfermeras comunitarias y solo nosotras somos capaces de ofrecer con garantía de calidad y calidez, de ser líderes transformadoras en, por y con la comunidad, de ser respetadas al tiempo que respetamos, de ser, en definitiva, identificadas como lo que somos, enfermeras comunitarias.

Una celebración que, como no puede ser de otra manera, debe ser participativa con la población a la que nos debemos y atendemos.

Una celebración de salud colectiva en la que celebremos logros compartidos e identifiquemos retos a alcanzar.

El día 26 de noviembre de cada año, por tanto, debe ser señalado en nuestros calendarios y en nuestras vidas, como un hito, como una conquista, como una realidad, pero también como un compromiso individual y colectivo por mejorar.

Tan solo me queda desear, a todas las enfermeras que se presentan hoy día 26 de noviembre a la prueba de acceso a la especialidad, el mejor resultado posible y deseable que, no es otro, que el de aprobarla y acceder finalmente a lo que es un derecho que no una concesión de nada ni de nadie.

Espero poder celebrar esto como una parte más de lo mucho que tenemos que compartir en el DIEC.

Deseo, por otra parte, poder celebrar también el cambio de actitud de unas/os responsables ministeriales que no merecemos, aunque para ello deberían contar con unas aptitudes y valores que no tengo claro posean, lo que nos lleva a tener que esperar que vengan otras/os que les releven y tengan mayor respeto y consideración hacia y con las enfermeras.

Como dice María Dueñas[5], “el reparto de talentos, siempre fue arbitrario, a nadie le dieron a elegir”, pero al menos sería deseable que quien tiene la capacidad de elegir, no lo haga dando responsabilidades a quienes en el reparto no les tocó talento. Realmente no lo tienen difícil dado el grado de irresponsabilidad alcanzado por los actuales inquilinos de los ministerios de sanidad y universidades. Tanta gloria lleven, aunque no la merezcan, como paz dejan, que si merecemos.

Ánimo y a por todas, os lo merecéis.

[1] Dramaturgo, director, guionista y productor de cine español. Prolífico autor teatral (1866-1954).

[2] https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/3025/20221120_DIEC_CARTA.pdf

[3]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/3025/20221120_Listado%20Apoyos%20Internacionalizacio%CC%81n%20Di%CC%81a%20EFyC.pdf

[4] https://www.youtube.com/watch?v=Em8RHb3Ss5c

[5]  Escritora española (1964)