OCURRENCIAS Y SANIDAD PÚBLICA

Durante años, el Sistema Nacional de Salud ha sido considerado uno de los grandes logros colectivos de España. Un modelo de referencia internacional, cohesionado, equitativo y universal. Hoy, sin embargo, la realidad muestra una erosión progresiva, visible en casi todas las comunidades autónomas. Problemas estructurales, déficits organizativos, infrafinanciación y decisiones políticas improvisadas han ido debilitando un sistema que se encuentra sometido a una presión creciente. En la Comunitat Valenciana, este deterioro se ha hecho especialmente evidente por la incapacidad —o la falta de voluntad— de abordarlo con rigor, participación y visión estratégica.

La Atención Primaria, que debería ser el eje vertebrador del sistema, es el ejemplo más claro de este desgaste. Sus equipos trabajan desde hace años en condiciones de sobrecarga, con plantillas mal planificadas, agendas imposibles y una estructura organizativa que no acompaña ni la complejidad de las necesidades de la población ni la evolución del propio modelo de cuidados. No es casual que la ciudadanía perciba una pérdida de calidad ni que los profesionales muestren una desmotivación creciente. Tampoco es casual que el caos organizativo y la permanente improvisación hayan abierto un espacio cada vez más apetecible para el negocio privado, siempre dispuesto a aprovechar grietas que interesadamente se agrandan.

Esta deriva tiene un nombre y una historia concreta. Las políticas de privatización disfrazadas de concesiones administrativas encontraron en la Comunitat Valenciana su laboratorio inicial con el denominado “modelo Alzira”, impulsado durante la presidencia de Zaplana como la gran ocurrencia modernizadora. Aquella empresa, que acabaría denominándose Ribera Salud por su origen en Alzira, tuvo continuidad en concesiones como Torrevieja (revertida por el anterior gobierno del Botanic) o Elche (prorrogado por el actual gobierno de Mazón), extendiéndose posteriormente a otras comunidades autónomas como Madrid. El escándalo destapado en el hospital de Torrejón ha dejado al descubierto el modus operandi sostenido de estas empresas, que convierten la salud de la ciudadanía en negocio bajo el amparo político de quienes, lejos de defender el sistema público, lo vacían por dentro para justificar su externalización. Cuando esas prácticas afloran, se presentan como anécdotas o hechos puntuales en un intento por mantener intacto un modelo que continúa socavando, de forma sistemática, la sanidad pública.

Relatar en detalle el conjunto de carencias de la actual Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana supera el espacio de este artículo. Pero como referencia vale comentar la última ocurrencia anunciada a bombo y platillo, la implantación de la “enfermera de triaje” en todos los centros de salud de la Comunitat Valenciana. Ocurrencia, sí, porque, aunque existen experiencias internacionales en este sentido, el anuncio ni ha sido analizado en profundidad, ni compartido con los equipos, ni contrastado con las sociedades científicas con el fin de valorar su pertinencia en nuestro contexto. Un anuncio que no responde a una estrategia, sino a una urgencia política.

El objetivo parece interesante, paliar, aunque sea de forma desesperada, las listas de espera y el colapso de las consultas médicas. Pero se hace sin planificación, sin evidencias, sin medir consecuencias y sin evaluar cómo afectará a la dinámica interna de los equipos, utilizando a las enfermeras —como en tantas otras ocasiones— como remedio improvisado de los males de otros profesionales o de la propia organización, desde una gestión de maquillaje que enmascare provisionalmente las carencias. Convertir a las enfermeras en un filtro sin diseño serio, sin protocolos adecuados, sin valorar el impacto en su labor comunitaria y sin analizar la carga real de trabajo no solo es irresponsable, sino potencialmente generador de conflictos, expectativas irreales y pérdida de calidad asistencial. Y, lo que es más grave, supone un nuevo ataque al desarrollo del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria, que no necesita parches efectistas, sino un impulso decidido hacia modelos de salud comunitaria, cuidados avanzados, autocuidado y autonomía de la ciudadanía.

No es la primera vez que se anuncia algo así sin pensar en su implementación real. Ahí está también el ejemplo reciente de la “enfermera escolar”, proclamada como un hito y evaporada con la misma rapidez con la que fue exhibida mediáticamente. Un patrón que se repite, anuncios sin planificación, promesas sin estructura, medidas sin participación. Y, mientras tanto, los verdaderos problemas sin abordarse.

La gestión de las campañas de vacunación es otro ejemplo. Se han convertido en una suerte de expendeduría improvisada que paraliza las actividades comunitarias de los centros de salud, sobrecarga a los equipos y continúa alimentando una visión reduccionista y puramente asistencialista de la Atención Primaria. A ello se suman los programas verticales que consumen recursos sin lograr resultados significativos y que rápidamente se convierten en obligaciones añadidas, sin revisión, sin evaluación y sin evidencia de impacto real. Todo ello perpetúa un modelo centrado en la enfermedad, en la medicalización y en la dependencia, en lugar de avanzar hacia una Atención Primaria y Comunitaria moderna, capaz de empoderar a la ciudadanía, trabajar desde la promoción de la salud y articular intervenciones comunitarias con verdadero valor añadido de manera coordinada con Salud Pública.

Resulta aún más llamativo que estas decisiones se tomen mientras no tan solo no se trabaja por alcanzar consensos  con el conjunto de sistemas de salud autonómicos y con el Ministerio de Sanidad sino que se establece una permanente y absurda disputa entre administraciones que paraliza. Y cuando la salud se utiliza como munición política, el resultado siempre es negativo y nocivo.

La Conselleria insiste en anunciar soluciones que nunca llegan mientras se sigue debilitando la sanidad pública en favor de las empresas privadas del sector que siguen creciendo de manera constante. Pero la ciudadanía necesita menos anuncios y más hechos. Menos ocurrencias y más evidencias. Menos parches y más planificación. La salud no puede ser un atajo propagandístico ni un instrumento para dirimir batallas partidistas, ni un campo de pruebas de su política privatizadora. Es un derecho. Y un derecho exige responsabilidad, escucha y rigor, además de ética. Todo lo demás es solo ruido.

LA PRÁCTICA COLABORATIVA EN IBEROAMÉRICA: REALIDADES Y RETOS PARA ENFERMERÍA

Comparto la conferencia que di en el marco de la XVIII Conferencia Iberoamericana de Educación en Enfermería de la Asociación Internacional de Escuelas y Facultades de Enfermería (ALADEFE), el día 12 de noviembre de 2025.

 

Participar en una mesa como esta, con representantes de Brasil, México y Colombia, es una oportunidad para pensar juntos, para construir en diálogo, y sobre todo, para reconocernos como parte de un mismo horizonte. Porque hablar de práctica colaborativa en Iberoamérica no es solo hablar de cooperación técnica o académica, es, ante todo, hablar de una manera de entender el mundo, la salud y el cuidado desde un territorio común de lengua, cultura y compromiso social.

Iberoamérica no es una etiqueta geográfica ni un simple marco de afinidades históricas. Es, o puede ser, una categoría política y epistemológica, una forma de mirar la salud y los cuidados desde el sur, con una voz propia, crítica y creativa. Una voz que dialogue con los modelos globales, pero que no se subordine a ellos.

En este sentido, propongo que avancemos hacia la construcción de un marco estratégico iberoamericano de Enfermería. Una plataforma que articule pensamiento, práctica e investigación en torno a una misma visión de salud, sustentada en la equidad, la solidaridad y la justicia social. Un marco que nos permita afrontar los desafíos comunes —crisis de los sistemas sanitarios, inequidades sociales, transición demográfica, migraciones, cambio climático, violencia estructural— con un enfoque integral, integrado e integrador, basado en la potencia transformadora de los cuidados[1],[2].

Una lengua común, una mirada compartida

Iberoamérica cuenta con un patrimonio intangible de enorme valor: la lengua. El español y el portugués son más que herramientas de comunicación; son vehículos de pensamiento, identidad y acción. En ellos se nombra la realidad, se construye el conocimiento y se expresa la sensibilidad del cuidado. Apostar por un marco iberoamericano de enfermería es, también, apostar por un conocimiento en nuestras lenguas, que no dependa del filtro de paradigmas ajenos, y que ponga en valor la producción científica, académica y profesional del mismo[3].

La globalización científica, tal como se ha configurado, ha tendido a anglosajonizar el saber. Los criterios de publicación, las bases de datos, los indicadores de impacto y las metodologías dominantes responden a una lógica que muchas veces no refleja las realidades ni las prioridades iberoamericanas. De ahí la importancia de generar o potenciar redes y revistas propias, de crear o potenciar repositorios en español y portugués, y de fomentar la movilidad de profesionales e investigadores dentro del marco iberoamericano, para construir una comunidad epistémica del cuidado con visibilidad internacional, pero arraigo local[4].

Una práctica colaborativa desde el paradigma enfermero

Nuestra propuesta debe enmarcarse en un paradigma enfermero propio, que sitúe en el centro a las personas, a las familias y a la comunidad, y que promueva una atención integral, integrada e integradora. Un paradigma que sitúe la salud y el cuidado —no la enfermedad— como núcleo de nuestra actuación, y que vincule la práctica con los valores de dignidad, participación y corresponsabilidad social[5]. Esto significa pasar de la enfermedad al bienestar; de la fragmentación a la continuidad; de lo curativo a la promoción y lo preventivo y de lo individual a lo colectivo. En Iberoamérica, donde la diversidad social, cultural y territorial es amplia, las enfermeras tenemos una responsabilidad clave para articular cuidados que respondan a determinantes sociales y morales de la salud, a inequidades históricas, a grupos vulnerados, y a entornos donde la accesibilidad, la longitudinalidad y la participación comunitaria deben ser principios esenciales.

Ello implica transformar las lógicas de poder y de saber que históricamente han subordinado la enfermería a la medicina o a la gestión tecnocrática. Significa reivindicar la autonomía profesional y científica, pero no desde la confrontación, sino desde la complementariedad y la colaboración interprofesional. La práctica colaborativa, bien entendida, no diluye identidades, sino que las refuerza, porque solo quien sabe quién es puede colaborar sin miedo a desaparecer.

En este sentido, el trabajo transdisciplinar y el abordaje intersectorial son fundamentales. La enfermería iberoamericana debe consolidar su capacidad para integrar saberes provenientes de la salud pública, la educación, la sociología, la antropología o la ecología, entre otros campos, en una práctica articulada que coloque la salud y el bienestar como objetivos políticos y no solo sanitarios[6][7].

Romper la hegemonía del modelo asistencialista y hospitalcentrista

Para avanzar en esa dirección es imprescindible cuestionar la hegemonía de los modelos asistencialistas, hospitalcentristas, paternalistas y fragmentados, que siguen condicionando la estructura y la cultura de nuestros sistemas sanitarios. Modelos que, aunque han aportado indudables avances tecnológicos, han contribuido también a despersonalizar la atención, medicalizar la vida cotidiana y relegar la dimensión comunitaria y social del cuidado[8].

Estos modelos no solo resultan ineficaces para responder a los desafíos contemporáneos -envejecimiento, cronicidad, salud mental, desigualdades sociales-, sino que constituyen una barrera estructural para el desarrollo de enfoques salutogénicos basados en los activos y recursos de las comunidades[9]. No se trata, por tanto, de sustituir unos modelos por otros, sino de complementarlos en equilibrio, evitando la jerarquización y el dominio de uno sobre otro.

El paradigma salutogénico, formulado originalmente por Antonovsky, invita a centrarse en los factores que generan salud, no solo en los riesgos que la deterioran. En el contexto iberoamericano, esta mirada cobra una fuerza especial porque conecta con valores profundamente arraigados en nuestras culturas: la solidaridad, la colectividad, el respeto a la naturaleza, la espiritualidad cotidiana, la importancia de los vínculos familiares y comunitarios[10].

Si logramos integrar estos principios en nuestras políticas de cuidados, estaremos no solo mejorando la atención, sino redefiniendo el concepto mismo de salud, no como ausencia de enfermedad, sino como proceso relacional, histórico y social.

De la atención fragmentada al cuidado integrado

La fragmentación sigue siendo uno de los principales obstáculos en nuestros sistemas de salud. Fragmentación institucional, territorial y profesional que genera duplicidades, vacíos y desigualdades. Frente a ello, la práctica colaborativa iberoamericana puede aportar una respuesta potente: el trabajo en red.

Redes de profesionales, de comunidades, de instituciones, de países. Redes que compartan aprendizajes, que evalúen experiencias, que construyan indicadores comunes y que permitan transferir conocimiento sin subordinaciones. En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha venido promoviendo la expansión del rol de las enfermeras en la Atención Primaria de Salud, precisamente para fortalecer estos vínculos de colaboración en toda la región[11]. Pero es que además existe ya una amplia, rica y diversa experiencia de Redes Internacionales que debidamente articuladas en el marco Iberoamericano, pueden ser vertebradoras del mismo.

La Atención Primaria de Salud (APS), entendida en su sentido más amplio, debe ser el eje vertebrador de este marco estratégico. La APS es el espacio donde las enfermeras despliegan de forma más plena su capacidad de acompañar, educar, cuidar y transformar. Allí se cruzan la promoción, la prevención, la participación comunitaria y la equidad. Y allí puede concretarse una práctica colaborativa real entre sectores y disciplinas, superando la compartimentación tradicional de los servicios[12][13].

Un marco con vocación política y ética

El marco iberoamericano que propongo no debe concebirse solo como un instrumento técnico o académico, sino como una propuesta política y ética. Política, porque implica disputar sentido en el campo de las políticas de salud, colocar los cuidados en el centro de la agenda pública y reivindicar su dimensión social y económica. Y ética, porque se asienta sobre valores de justicia, respeto, equidad, dignidad y defensa de los derechos humanos[14].

Hablar de práctica colaborativa es hablar también de abogacía por la salud: de promover la participación ciudadana, de acompañar procesos comunitarios, de denunciar las desigualdades estructurales y de defender políticas basadas en la evidencia y en la equidad. Las enfermeras iberoamericanas pueden y deben ocupar ese espacio, convirtiéndose en voz autorizada en los debates sobre salud, sostenibilidad y bienestar.

Un lenguaje para cuidar: inclusión y dignidad

Ningún cambio estructural será posible si no revisamos el lenguaje con que nombramos la salud, la enfermedad y el cuidado. El lenguaje no es neutro: define, clasifica y, muchas veces, hiere. Expresiones como “crónico complejo”, “paciente difícil”, “dependiente” o “no cumplidor” cargan con una fuerza simbólica que culpabiliza y estigmatiza. Frente a ello, necesitamos construir un lenguaje inclusivo, no culpabilizante, centrado en la persona, que respete la diversidad y que fomente la corresponsabilidad, no la sumisión[15].

Esta tarea tiene también una dimensión académica, implica revisar los manuales, los protocolos, las guías clínicas y las publicaciones científicas, para asegurarnos de que las palabras reflejan la dignidad de la persona y la humanidad del cuidado. En definitiva, transformar la narrativa sanitaria para humanizar la práctica enfermera.

Educación, investigación y redes: los pilares del cambio

La consolidación de un marco iberoamericano requiere invertir en educación, investigación y redes profesionales. La formación de las nuevas generaciones de enfermeras debe estar alineada con este paradigma de colaboración y equidad, fortaleciendo las competencias en liderazgo, pensamiento crítico, ética del cuidado y trabajo comunitario[16][17].

Asimismo, la investigación debe orientarse hacia la generación de evidencia útil para las políticas públicas, las estrategias de promoción de la salud y la evaluación de intervenciones comunitarias. Las universidades y sociedades científicas iberoamericanas tienen un papel decisivo para tejer esta red de conocimiento, apoyando la publicación en nuestras lenguas, la difusión de experiencias exitosas y la creación de plataformas abiertas de aprendizaje mutuo. Y de manera muy particular, ALADEFE, debe configurarse como referente indiscutible en la construcción, implementación y consolidación de dicho marco Iberoamericano.

 

Hacia un horizonte compartido: autonomía, solidaridad y buen vivir

El objetivo último de este marco estratégico no es otro que contribuir al buen vivir de nuestras comunidades. Un concepto que, heredado de las culturas andinas, resume la aspiración a vivir en equilibrio con uno mismo, con los demás y con la naturaleza. El buen vivir encarna la síntesis de lo que las enfermeras perseguimos: bienestar físico, emocional, social y espiritual; equidad intergeneracional; y sostenibilidad de los ecosistemas de salud.

Desde esa perspectiva, la autonomía profesional y la solidaridad colectiva no son metas opuestas, sino complementarias. La autonomía sin solidaridad conduce al aislamiento; la solidaridad sin autonomía puede derivar en dependencia. Las enfermeras iberoamericanas tienen la oportunidad de equilibrar ambas dimensiones para construir sistemas de salud más humanos, más justos y más sostenibles.

Un marco estratégico iberoamericano debería:

  • Definir un lenguaje inclusivo, no culpabilizante, no estigmatizante, que no centre su discurso únicamente en la enfermedad sino en la salud, en la dignidad, en la participación y en el cuidado.
  • Respetar y potenciar la diversidad cultural de nuestros pueblos, reconociendo que las especificidades nacionales no son un obstáculo sino una fuente de riqueza para la colaboración.
  • Promover la accesibilidad, la longitudinalidad del cuidado, la participación comunitaria, la equidad y la justicia social.
  • Fortalecer la educación, la investigación, la práctica y la gestión enfermera desde dicho marco, desarrollando competencias propias, liderazgos iberoamericanos y redes de colaboración que sean visibles en el escenario global.

Entonces, ¿cómo podemos operacionalizar esta propuesta durante nuestra colaboración iberoamericana? Permítanme esbozar algunas líneas:

  • Crear una plataforma iberoamericana de enfermería (web, base de datos, red de contactos) que permita el intercambio de buenas prácticas, investigación, formación en español y portugués, y que promueva trabajos conjuntos entre países.
  • Desarrollar un Marco de Competencias Iberoamericanas de Enfermería (en español y portugués) para el cuidado centrado en la comunidad, la equidad, la salud en todas las políticas, la intersectorialidad y la colaboración.
  • Promover programas de formación avanzada, intercambio académico y profesional entre países iberoamericanos, para fortalecer liderazgos en enfermería con nuestra visión, evitando la dependencia exclusiva de modelos anglosajones.
  • Fomentar alianzas con instituciones de salud, educación y gobierno en Iberoamérica para situar la enfermería como actor estratégico en políticas de salud pública, promoción del bienestar y equidad.
  • Utilizar la investigación y la generación de evidencia contextualizada para dar visibilidad a nuestra práctica colaborativa iberoamericana, publicando en idiomas propios y promoviendo la difusión en nuestra región.

 

 

Conclusión: cuidar es construir futuro

En definitiva, la práctica colaborativa iberoamericana no es una aspiración romántica ni un ejercicio de retórica. Es una necesidad histórica. Frente a la uniformización global, a la colonización epistemológica y a la mercantilización de la salud, necesitamos afirmar un proyecto común de enfermería que piense, hable y actúe desde nuestras realidades.

Construir un marco estratégico iberoamericano de Enfermería significa reconocernos como profesionales capaces de influir, innovar y transformar. Significa pasar de la queja a la propuesta, del aislamiento a la cooperación, de la dependencia a la corresponsabilidad. Significa, en definitiva, asumir que cuidar es también un acto político y cultural.

Para concluir, invito a todos los países iberoamericanos a que juntos exploremos cómo podemos empezar este camino. ¿Qué iniciativas ya tenemos en marcha que puedan articularse en este marco? ¿Qué obstáculos específicos enfrentamos en cada país y cómo podemos apoyarnos mutuamente? ¿Qué sinergias podemos generar entre universidades, asociaciones de enfermería, ministerios de salud y organismos internacionales para construir este marco estratégico iberoamericano de enfermería?

Estoy convencido de que la práctica colaborativa entre enfermeras Iberoamericanas, articulada bajo este marco estratégico que propongo, puede marcar una diferencia real. En la salud de nuestras poblaciones, en la justicia social, en la calidad de los cuidados, y en la construcción de un futuro más equitativo y humano.

Y ese futuro, si lo construimos juntas y juntos, tendrá acento iberoamericano.

Muchas gracias.

 

[1] Cassiani SHDB, et al. The situation of nursing education in Latin America and the Caribbean. Rev Lat-Am Enfermagem. 2017;25:e2842.

[2] Freire Filho JR, Fernandes MNF, Gilbert JHV. The development of interprofessional education and collaborative practice in Latin America and the Caribbean: preliminary observations. J Interprof Care. 2022;37(100442):1-4.

[3] Cassiani SHDB, Dias BM, da Silva FAM. Nursing and universal health coverage: global and regional contributions. Rev Panam Salud Pública. 2023;47:e42.

[4] Herrera CA, et al. No time to wait: resilience as a cornerstone for primary health care. Lancet Reg Health Am. 2025.

[5] Meneses-La-Riva ME, et al. Enhancing health-care efficiency: the relationship between effective communication and teamwork among nurses in Peru. Nurs Rep. 2025;15(2):59.

[6] OECD. Primary health care for resilient health systems in Latin America. Paris: OECD Publishing; 2022.

[7] OPS. Estrategia de Atención Primaria de Salud para América Latina y el Caribe: avances y desafíos. Washington DC: OPS; 2023.

[8] García-Ruiz V, et al. Hospital-centrism and health system fragmentation in Latin America: challenges for equity. Int J Equity Health. 2022;21:188.

[9] Eriksson M, Lindström B. The salutogenic model of health. Health Promot Int. 2021;36(2):438-450.

[10] Ortega RM. Cuidado, cultura y salud: una perspectiva iberoamericana. Rev Iberoam Enferm Comunitaria. 2024;10(1):45-58.

[11] Pan American Health Organization. PAHO promotes debate on expanding the role of nurses in primary health care. Washington DC; 2024 Jun 27.

[12] OECD-World Bank. Health at a Glance: Latin America and the Caribbean 2023. Paris: OECD Publishing; 2023.

[13] Garnelo L, Parente RCP, Rezende ML, et al. Barriers to access and organization of primary health care services for rural riverside populations in the Amazon. Int J Equity Health. 2020;19:54.

[14] Martínez-Riera JR. La filosofía del cuidado enfermero Fundamentos para una salud con sentido: Una mirada desde la enfermería iberoamericana. Blog Enfermeras Comunitarias. 2025 Mayo 22. http://efyc.jrmartinezriera.com/2025/05/22/la-filosofia-del-cuidado-enfermero-fundamentos-para-una-salud-con-sentido-una-mirada-desde-la-enfermeria-iberoamericana/

[15] Martínez-Riera JR. Lenguaje y poder en salud: entre la clasificación y la dignidad. Blog Enferemras Comunitarias. 2025 Oct 24, http://efyc.jrmartinezriera.com/2025/10/24/lenguaje-y-poder-en-salud-entre-la-clasificacion-y-la-dignidad/ .

[16] PAHO. Framework for Nursing Workforce Development in the Americas. Washington DC; 2022. 

[17] WHO. State of the World’s Nursing 2024: investing in education, jobs and leadership. Geneva: World Health Organization; 2024.

LA POLÍTICA COMO ESCUELA DE LA IMPUNIDAD

En cualquier instituto existen grupos bien definidos, pequeñas pandillas que se organizan alrededor de afinidades, miedos compartidos y líderes informales. En una de ellas destaca Alberto, un chico cuya autoridad no es tanto, producto de sus cualidades, como de su relación con Isabel, la compañera más temida del centro, capaz de generar adhesiones acríticas o rechazos viscerales con idéntica facilidad. Su ascendiente se sostiene más en la intimidación que en el respeto, más en la presión social que en la ejemplaridad.

Durante un recreo, Álvaro, profesor del instituto, sorprende a Alberto abriendo mochilas de compañeros. No hay margen para interpretaciones, se trata de un robo. La primera reacción del chico es quedarse paralizado. Más tarde, tras reflexionar y comentarlo con un amigo, reconoce lo ocurrido ante el profesor, promete devolver lo sustraído y pide que el asunto no vaya más allá. Álvaro escucha, pero sabe que debe comunicar los hechos por su gravedad y por el respeto que merece la convivencia del centro.

Esa misma tarde Alberto se lo cuenta a Isabel, que toma el control inmediato. Recurre a Miguel Ángel, miembro de la pandilla conocido por su habilidad para difundir rumores y tergiversar realidades. En pocas horas comienzan a circular mensajes asegurando que la acusación es falsa, que no existió ningún reconocimiento y que todo responde a una maniobra del profesor, movido por una supuesta animadversión personal hacia la pareja. La estrategia es clara, negar los hechos, desviar el foco y convertir al denunciante en acusado. Isabel completa la operación atacando públicamente a cualquiera que ponga en duda la nueva versión.

Ante la campaña de descrédito, Álvaro informa a la Dirección de la maniobra en curso y la noticia se extiendo por todo el centro. Los padres de Isabel y Miguel Ángel -Alberto y Santiago, familias influyentes, presentan quejas formales acusando al profesor de persecución y exigiendo medidas ejemplarizantes. Como consecuencia, se abre un expediente disciplinario contra Álvaro por supuesta mala praxis y propagación de bulos.

La comisión investigadora constata pronto la debilidad de las acusaciones y la inexistencia de pruebas contra el docente, así como la evidente operación de distracción para ocultar el robo. Pese a ello, la resolución final no se apoya en la verdad constatada. Álvaro es suspendido de empleo y sueldo durante dos meses y obligado a pedir disculpas públicas a Alberto e Isabel.

La reacción inicial del alumnado y de buena parte del claustro es de sorpresa e indignación. Sin embargo, el desconcierto da paso rápidamente al silencio. Nadie quiere complicarse la vida. El paso del tiempo normaliza lo ocurrido: se deja de hablar del robo y también del castigo injusto. El liderazgo de Isabel se afianza, Miguel Ángel consolida su papel como difusor de mentiras y Alberto conserva su estatus sin consecuencias. Álvaro, por su parte, es obligado a abandonar su trabajo. No siempre gana quien actúa correctamente, sino quien sabe manipular el relato y cuenta con suficientes apoyos.

Este instituto funciona así porque reproduce, casi sin quererlo, lo que sucede cada día en el escenario político. La política se ha convertido en el principal espejo social. Si desde ella se miente sin consecuencias, se descalifica sin rubor, se tergiversa la realidad sin penalización y se insulta como forma de liderazgo, la sociedad acaba asumiendo que ese es el comportamiento legítimo o cuanto menos asumible. Cuando quienes gobiernan salen indemnes de todo tipo de abusos, y algunos incluso enriquecidos tras episodios de corrupción, el mensaje es devastador: la impunidad no solo es posible, es rentable.

Si el abuso de poder se tolera, si la injusticia se normaliza, si los derechos se subordinan al interés partidista, si la popularidad política se mide en zafiedad, populismo, negacionismo o alarmismo, ¿por qué no replicar todo ello en cualquier otro ámbito social? ¿Por qué no convertir la mentira en herramienta cotidiana, la intimidación en estrategia y el descrédito del otro en manera de ascender?

El instituto retrata el resultado final de ese aprendizaje colectivo. No es un centro conflictivo por azar. Es producto de un clima moral extendido, el de una sociedad donde la ética se percibe como desventaja, la verdad como molestia y la responsabilidad como carga innecesaria.

El verdadero problema no es que existan personas como Isabel, Alberto o Miguel Ángel, sino que su modelo de conducta esté avalado por el comportamiento público de quienes deberían ofrecer referentes éticos distintos. Cuando la política deja de ser ejemplo y se convierte en coartada para la deshonestidad, el contagio es inevitable.

Como en este instituto, donde se castiga al docente que actúa éticamente y se protege a quienes amparan la mentira, la comunidad interioriza una enseñanza profundamente dañina. Es más rentable mirar hacia otro lado que hacer lo correcto. Y cuando una sociedad aprende esa lección, el deterioro democrático es un presente que se consolida cada día.

LIBERTAD INTERVENIDA: DEL ECOSISTEMA VIVO AL DISEÑO CONTROLADO

Ahora que la libertad se ha convertido en una palabra manoseada, maltratada, utilizada como escudo y como arma, reducida a consigna electoral y convertida en mercancía de temporada, conviene detenerse un momento y mirar hacia otro lugar. No hacia los parlamentos donde se grita su nombre sin comprenderlo, ni hacia las redes donde se usa como etiqueta vacía, sino hacia espacios donde quizá aún conserva su sentido más profundo. Y es curioso, pero tal vez sean las plantas y los animales —los mismos a los que tantas veces subestimamos— quienes conservan la forma más pura de lo que significa vivir en libertad.

Las plantas, con sus diferencias según el entorno, se desarrollan sin pedir permiso, sin exhibicionismos, sin necesidad de justificar su existencia. Habitan donde pueden y donde les permite el clima, la tierra, el agua. Conviven con múltiples especies en equilibrios silenciosos, casi siempre invisibles al ojo humano. No solo crecen, se adaptan. No solo resisten, se alían. Forman redes subterráneas, comparten nutrientes, advierten amenazas, entran en simbiosis para protegerse mutuamente. La libertad vegetal es modesta, nunca se impone, pero es radicalmente auténtica. No necesita proclamas para existir.

Hasta que llegamos nosotros. Con podas indiscriminadas, talas selectivas, jardines perfectamente simétricos que confunden orden con armonía. Convertimos la naturaleza en decorado; el crecimiento espontáneo, en amenaza; la diversidad, en molestia. Recortamos ramas como quien recorta derechos; guiamos el tronco como quien pretende dirigir el pensamiento ajeno; decidimos el espacio como quien reduce las posibilidades de decisión de una sociedad. Todo ello en nombre de su “protección”, como si las plantas hubieran esperado milenios para ser salvadas por nuestra tijera.

Los animales tampoco escapan a esa mirada domesticadora. En la naturaleza conviven en un equilibrio crudo, pero honesto. Depredadores y presas, cooperación y competencia, adaptación y huida. A veces hay agresiones, sí, pero no son fruto del odio ni del interés por someter, sino de la supervivencia. Y en ese orden, con sus tensiones, hay libertad: cada especie ocupando su lugar, sin más jerarquías que las impuestas por la propia vida.

Hasta que volvemos a aparecer los humanos confundiendo cuidar con manipular. Inventamos zoológicos y santuarios artificiales donde se simula un hábitat que nunca puede reemplazar el verdadero. Les damos comida, sombra, una piscina, una roca; y nos convencemos de que eso es libertad porque no vemos barrotes. Pero los barrotes no siempre son de hierro, a veces son de límites invisibles, de horarios, de espacios cerrados que se disfrazan de hogares. Es una libertad vigilada, administrada, reducida.

Y, sin darnos cuenta, en eso exactamente estamos convirtiendo nuestra sociedad. En un gran invernadero social, donde se nos quiere hacer creer que vivimos en plena libertad cuando lo que sentimos, en el fondo, es que empezamos a respirar un aire cada vez más filtrado, más controlado, más condicionado. El suelo que pisamos no es tierra fértil: es una mezcla de intereses políticos, luchas de poder, estrategias partidistas y mercados voraces que deciden qué pensamos, qué consumimos, qué tememos y hasta qué deseamos.

La libertad, ese concepto que tanto se enarbola, se ha convertido en un ecosistema limitado, un espacio delimitado, con luz artificial, con temperaturas reguladas, con corrientes de opinión que simulan espontaneidad, pero están milimétricamente diseñadas. Es una libertad de escaparate, como la de los animales de zoológico que miran hacia afuera mientras la gente cree que son felices porque tienen agua limpia y un tronco donde subirse.

El riesgo mayor no es que nos recorten libertades. El riesgo es que nos acostumbremos a esa libertad de maqueta, a esa libertad diminuta que parece suficiente porque ha sido cuidadosamente manipulada para presentarse como lo que no es. Cuando nos demos cuenta, nos habrán convertido en bonsáis, recortados, guiados, comprimidos, convencidos de que la geometría perfecta que nos imponen es una forma superior de belleza. Que la quietud es equilibrio. Que la falta de espacio es protección. Que la obediencia es virtud.

Y lo más inquietante es que ese dolor que acaba provocando esa supuesta libertad—el dolor de no poder crecer como querríamos, de no poder inclinarnos hacia la luz que necesitamos, de no poder echar raíces más profundas— lo estamos calmando con una mezcla de distracciones, algoritmos, pantallas y fármacos. Una “farmatecnología” que adormece el malestar en lugar de preguntarse por sus causas. Una forma de anestesia social que no cura, pero sí silencia.

Quizá sea el momento de recordar que la libertad no es un regalo ni un eslogan, sino un ecosistema vivo. Que necesita espacio, aire, diversidad, roce, conflicto, alianza. Que exige escuchar más a las plantas que dejamos de observar y a los animales que encerramos en recintos de mentira. Porque ellos aún saben algo que nosotros parecemos haber olvidado, que no hay libertad más plena que la que crece sin permiso y se sostiene sin vigilancia.

EL TALENTO QUE INCOMODA

 

El talento parece estar devaluado. O, mejor dicho, se devalúa, se critica, se ataca y se manipula por parte de quienes, precisamente, carecen de él y temen a quienes lo tienen. Esto no es una suposición, una apreciación o una interpretación exagerada; es un hecho real que, además, se verbaliza, se transmite y hasta se vocifera con absoluta desvergüenza e impunidad. Quienes no soportan el talento ajeno lo combaten porque su sola existencia los deja en evidencia. Y lo hacen con la naturalidad de quien siente que nada ni nadie les pedirá responsabilidad por ello.

El mecanismo es tan viejo como la soberbia humana. Cuando uno no puede alcanzar la altura del otro, intenta rebajarlo. Para ello sirve cualquier cosa. Lo vemos a diario en quienes atacan a periodistas que ejercen su profesión con dignidad, valentía y rigor: profesionales que analizan, contrastan y explican lo que ocurre para que la ciudadanía pueda comprender el mundo en el que vive. Frente a ellos se alzan voces que no buscan debatir, sino intimidar; no quieren refutar argumentos, sino destruir reputaciones.

El talento también es atacado desde quienes militan en el negacionismo. Se ridiculizan las evidencias científicas, se cuestionan datos contrastados, se niega el cambio climático, se banalizan los problemas de salud pública y se desprecia la investigación. No importa que las pruebas sean abrumadoras; basta con que contradigan sus creencias para que las descalifiquen. El talento científico, que debería ser un patrimonio común, se convierte entonces en objetivo de campañas de desprestigio, de manipulaciones deliberadas y de insultos que pretenden silenciarlo.

Sucede lo mismo con quienes, desde su honestidad intelectual, dicen la verdad, aunque moleste. En una sociedad saturada de bulos, mensajes calculados y relatos interesados, la verdad tiene un poder subversivo. No porque sea incómoda —que lo es—, sino porque destruye la arquitectura narrativa de quienes viven de la mentira, del miedo o del odio. Por eso atacan con tanta furia a quienes la sostienen, porque ponen en peligro sus estrategias de manipulación. Decir la verdad se ha convertido, paradójicamente, en un riesgo personal y profesional. Y eso dice más de quienes la atacan que de quienes la defienden.

El patrón se repite, quienes carecen de talento —pero no de ambición— perciben como enemigo a cualquiera que no se alinee con su pensamiento único. Políticos, tertulianos, pseudoperiodistas, charlatanes que se presentan como científicos, influencers de medio pelo que confunden visibilidad con solvencia, opinan de todo sin rigor y desprecian a quienes dedican su vida a comprender. A esta dinámica se suman también algunos medios de comunicación que han renunciado a su función social para convertirse en plataformas de desinformación, ruido y espectáculo. Desde sus tribunas desacreditan el talento, trivializan el rigor y premian la mediocridad, demostrando que aquello que combaten no es el exceso de excelencia, sino la propia ausencia de ella. Porque informar con profesionalidad se ha convertido en un acto de resistencia en tiempos donde la mentira tiene megáfono y la verdad apenas se oye. Para ellos, el talento es una amenaza doble, cuestiona su discurso y, al mismo tiempo, evidencia su propia mediocridad. Por eso lo combaten con tanta agresividad y, sobre todo, con tanta impunidad.

Pero el ataque al talento no solo surge del miedo; surge también del deseo de conservar privilegios. Un científico brillante, un periodista riguroso, un docente comprometido, un profesional de la salud que transforma… todos representan un modelo que desmonta la lógica de quienes sostienen su influencia en el grito, la mentira o el espectáculo. El talento, simplemente, los deja sin argumentos. Y en lugar de aprender, se dedican a destruir. Resulta más cómodo desacreditar a quien destaca que asumir la propia incapacidad.

Por eso es imprescindible cuidar y preservar el talento informativo, científico, educativo, social, de salud. Porque sin él, la sociedad queda secuestrada por discursos vacíos, por opiniones disfrazadas de hechos, por manipulaciones que se repiten hasta que parezcan verdad. Sin talento, la salud pública queda expuesta a la desinformación; la ciencia se convierte en territorio de ocurrencias; la educación se empobrece; la cultura se banaliza; la democracia se deteriora; y la política se degrada hasta convertirse en un escenario de consignas, populismo y marketing emocional donde la mediocridad deja de ser un problema para transformarse en norma.

El talento es un bien común, un motor social, una herramienta para comprender, mejorar y transformar nuestra realidad. Un país que desprecia a sus mejores profesionales, ridiculiza el conocimiento, castiga la excelencia y normaliza la ignorancia está renunciando, sin darse cuenta, a su propio futuro. Cuando el talento se criminaliza o se silencia, lo que queda es una mediocridad ruidosa, autoritaria y profundamente dañina.

Defender el talento es defender la libertad, el pensamiento crítico, el derecho a información veraz, a ciencia sólida, la educación de calidad y a una sociedad que no se conforme con lo peor de sí misma. Es, en definitiva, defender la dignidad colectiva.

Porque es desde el talento —desde su capacidad clarificadora, de cuestionar, de crear y de cuidar— desde donde se puede acabar con quienes ni lo poseen ni lo valoran. Y también desde donde se construyen sociedades más justas, más libres y más humanas. Una sociedad que protege su talento es una sociedad que se respeta. Y ahora mismo, más que nunca, necesitamos recuperar ese respeto.

LA HERENCIA DE LA MENTIRA: DE CAMPS A MAZÓN Y TIRO PORQUE ME TOCA

La historia, cuando no se aprende de ella, tiene la obstinada costumbre de repetirse. No como un eco casi imperceptible, sino como un golpe seco que nos recuerda que la falta de memoria colectiva siempre acaba teniendo consecuencias. La pseudodimisión —porque no merece otro nombre— del todavía presidente en funciones de la Generalitat, Carlos Mazón, es el último ejemplo de esta reiteración casi patológica de patrones que creíamos superados.

En julio de 2011, Francisco Camps dimitió como President de la Generalitat acosado por múltiples escándalos. Entre ellos, el accidente de Metro de 2006 que causó la muerte de 43 personas. Nunca asumió responsabilidad alguna. Nunca tuvo un gesto sincero hacia las víctimas y sus familias. Despreció el dolor como quien aparta una mosca molesta. Aquella dimisión fue presentada como un “acto de sacrificio” para allanar el camino a Mariano Rajoy hacia La Moncloa. El relato heroico duró lo que tardó en designarse a un sucesor dócil, manejable, inofensivo para la figura del líder caído. La operación era clara, cambiar algo para que todo siguiera igual. Y siguió igual, con escándalos, deshonor y un estilo político basado en la impunidad que finalmente le llevó a él también al banquillo de los acusados.

Catorce años después, el guion vuelve a representarse, pero con giros aún más inverosímiles y surrealistas. Cambian los actores, pero no la trama. Carlos Mazón se marcha —o finge marcharse— para despejar el camino a Alberto Núñez Feijóo. Pero añadiendo una condición, que su sucesor sea el hombre de su máxima confianza, Juanfran Pérez Llorca. Un fiel y custodio político que garantice lealtad a prueba de sobresaltos judiciales, que proteja el relato oficial, a pesar de la dificultad que ello supone. La realidad es tan simple como vergonzosa. Quiere el beneplácito de VOX, el mismo partido que él invitó a gobernar y que ahora actúa como avalista imprescindible para su supervivencia política. Génova duda, resopla y calcula, pero la estrategia de Mazón se impone, blindarse a sí mismo antes que proteger los intereses de los valencianos.

Y aquí es donde el déjà vu se convierte en náusea democrática.

Resulta triste, patético y profundamente desmoralizador comprobar cómo se sigue utilizando la política de manera tan rastrera, oportunista, miserable y mediocre imaginable. Ver cómo se desprecia a todo un pueblo para garantizar su seguridad personal. Constatar cómo se repite, corregido y aumentado, el manual de Camps, negando responsabilidades, falseando relatos, despreciando a las víctimas, manipulando la verdad y huyendo hacia adelante con una mezcla de arrogancia, cobardía y desprecio, aderezada en todo momento de nuevas y vergonzantes mentiras en el relato imposible de su negligencia, mediocridad y miseria.

Porque Carlos Mazón no solo deja a la Comunitat Valenciana sumida en una crisis institucional que torpemente trata de maquillar, sino que además ha mentido de manera sistemática y flagrante. Ha despreciado e ignorado a las víctimas de la DANA y a sus familiares. Ha tergiversado datos, ha construido realidades paralelas y ha intentado convertir en persecución lo que era simplemente su obligación. Ha preferido presentarse como mártir antes que asumir errores; como víctima antes que como presidente; como acosado antes que como responsable.

Y, sin embargo, pretende irse por la puerta grande. Con honores. Con aplausos. Con la ficción de una despedida estratégica. Pero la realidad es tozuda. Mazón deja la presidencia como el peor President de la democracia valenciana. Sí, peor que Camps. Sí, peor que su padrino Zaplana. Algo realmente difícil, pero que ha logrado con una velocidad y una intensidad que pasarán a los libros de historia.

Mazón no se marcha como un personaje trágico shakesperiano, consciente del daño causado. Se comporta más bien como los protagonistas de esas novelas de realismo sucio, que creen que basta con cambiar de escenario para que la trama no les alcance. Como si la culpa no viajara en el equipaje.

En medio de todo este espectáculo se repite el mismo mecanismo perverso. Se sacrifica la dignidad institucional para asegurar el futuro de quien huye; se manipulan las estructuras públicas como si fuesen de su propiedad privada; se trafica con la confianza ciudadana como si fuese un bien fungible.

Si esta dolorosa repetición histórica sirviera al menos para que no volviera a ocurrir, podríamos encontrar cierto consuelo. Pero mucho me temo que la memoria colectiva será, una vez más, tan corta como la honestidad política de Carlos Mazón. Las víctimas seguirán esperando respuestas. Las familias seguirán atrapadas en la incertidumbre. La Comunitat seguirá pagando las consecuencias de decisiones erráticas, negligentes y profundamente irresponsables.

Y, mientras todo esto sucede, el aparecido, el renacido Francisco Camps, amenaza con su regreso rodeado de todos aquellos que le acompañaron en el saqueo de la Comunidad Valenciana. No se puede generar un espectáculo más bochornoso, penoso y lamentable. O sí, no tentemos a la suerte, visto lo visto.

Mañana se escenificará un nuevo, que no último, acto de este sainete tan trágico y cruel en el que la vedette principal sigue presa de sus incoherencias y las de Mazón. La investidura, con el falso y calculado suspense que ha decidido incorporar VOX, de quien ellos mismos han elegido para que desarrolle el acoso y derribo a la libertad, la democracia, los derechos, la cultura, la lengua, la educación, la sanidad… de todo el pueblo valenciano.

La política valenciana vuelve a vivir el ciclo de la vergüenza, de la huida, del recambio táctico y del silencio cómplice. Y el pueblo valenciano vuelve a quedar relegado a un papel secundario en una obra mediocre que no ha pedido, pero se le obliga a ver.

Que Mazón se marche no es una buena noticia. Es la constatación del fracaso. Su fracaso. Y la evidencia de que el daño provocado seguirá pesando mucho tiempo sobre quienes, una vez más, pagaron el precio de la impunidad ajena.

Tanta gloria —o demérito— lleve como paz —o inquietud y rabia— deja.

Al nuevo e impuesto inquilino de la Generalitat le queda la obediencia debida.

Que triste y doloroso.

“CUIDAR DONDE LA VIDA SUCEDE”

Hay días que dicen mucho más de lo que parecen. El 26 de noviembre, Día Internacional de la Enfermería Comunitaria, es uno de ellos. No es una fecha más en el calendario, ni un aniversario corporativo. Es una oportunidad para mirar de frente algo fundamental: el papel esencial que desempeñan las enfermeras comunitarias en la salud y el bienestar de la ciudadanía, en la vida cotidiana y en los momentos más difíciles.

La COVID lo dejó claro. Y la DANA en la Comunitat Valenciana y otros desastres a nivel nacional e internacional, también. En cualquiera de los casos, mientras el foco mediático apuntaba a hospitales y emergencias, miles de personas descubrieron que la salud también se sostenía en sus barrios, en sus casas, en sus centros de salud, en las residencias, en las escuelas, en las asociaciones. Allí estaban ellas, las enfermeras comunitarias, recordándonos que cuidar es, muchas veces, la primera línea de protección.

Porque la Enfermería Comunitaria es justamente eso, una forma de ejercer la profesión enfermera que se desarrolla donde ocurre la vida, no donde se decide administrativamente. Son profesionales que conocen el territorio, que entienden sus dinámicas, que trabajan con los equipos de atención primaria, con los servicios sociales, con los centros educativos, con los ayuntamientos y con el tejido asociativo. No llegan cuando aparece un problema, están siempre. Antes del desbordamiento, antes de la crisis, antes del deterioro. Trabajan en esa zona fundamental donde los problemas se previenen y las soluciones se construyen de manera compartida.

La salud no es un acto puntual. La salud se configura cada día en las casas, en las calles, en las rutinas, en las relaciones. Se construye con hábitos, con decisiones, con información fiable, con apoyos, con espacios seguros, con vínculos que acompañan. Se fortalece con trabajo en equipo y con una mirada amplia que entiende que educar, convivir, trabajar, descansar y participar son factores que influyen terapéuticamente. Por eso, cuando una enfermera comunitaria entra en un domicilio, no se limita a “ver a un paciente”, se comunica con una persona, con su familia y su entorno y entiende una vida. Cuando trabaja con un colegio, no solo habla de salud, crea un espacio saludable. Cuando acompaña a una familia, no supervisa, consensua y articula. Y cuando se implica en un proyecto de barrio, no solo interviene, sino que hace partícipe a la comunidad.

Es importante que la ciudadanía comprenda que esta labor no consiste en suplir a nadie ni en “hacer tareas menores”, como a veces se ha dicho desde una mirada limitada y antigua. Su contribución es altamente cualificada. Evalúan necesidades, analizan entornos, orientan decisiones, detectan riesgos, activan capacidades, movilizan recursos y conectan sectores que habitualmente trabajan por separado. Saben mirar a la vez a la persona, a la familia y a la comunidad, porque la salud nunca es un fenómeno individual aislado.

Ese es el verdadero valor del cuidado profesional: conectar salud, bienestar y calidad de vida. Conectar lo sanitario con lo social, lo personal con lo colectivo. Conectar a quienes necesitan apoyo con quienes pueden ofrecerlo. Conectar instituciones con territorio. Conectar crisis con respuestas. Y hacerlo con una mirada profundamente humana pero también rigurosa, basada en conocimiento, experiencia y criterio.

La Enfermería Comunitaria no es un recurso más del sistema sanitario: es la base que sostiene su dimensión más cercana y más humana. Es la pieza que permite que la atención primaria y comunitaria tenga sentido, que los equipos funcionen, que las políticas de salud lleguen a quien deben llegar, que las dificultades no se conviertan en ausencias irremediables. Es también la dimensión profesional que mejor conecta salud y comunidad, que permite que la prevención sea real y que la promoción de la salud deje de ser un titular y se convierta en práctica.

Por eso este día importa. No para celebrar heroísmos, sino para reconocer realidades. Para recordar que la salud se construye en la vida diaria y que contar con enfermeras comunitarias es contar con profesionales que nos acompañan a todos, incluso cuando no somos conscientes. Para asumir que la salud no se defiende solo en los hospitales, sino también en los barrios, en las escuelas, en las familias y en cada red que sostiene la convivencia.

Cuidar donde la vida sucede no es un lema, es un compromiso con la ciudadanía. Un compromiso que miles de enfermeras comunitarias cumplen cada día con rigor, con cercanía y con responsabilidad. Un compromiso que merece ser entendido, reconocido y protegido. Porque cuando la vida se complica, saber que hay alguien que conoce nuestro entorno, que entiende nuestra realidad y que está ahí para acompañarnos marca una diferencia profunda.

El 26 de noviembre no es tan solo un gesto simbólico. Es una oportunidad para identificar la salud con una mirada más amplia y más real. Y para recordar que, sin cuidados, nada funciona y con cuidados, casi todo es posible.

“CUIDAR DONDE LA VIDA SUCEDE” Día Internacional de Enfermería Comunitaria

                                                                          La vida es un ciclo permanente de cuidados integrales, continuados y compartidos entre las enfermeras y la comunidad.

José Ramón Martínez-Riera

 

Hay fechas que no forman parte del calendario oficial pero sí del tejido profundo de una sociedad. Fechas que nacen de la práctica, del sentido común y del compromiso de quienes entienden que la salud no es un hecho aislado, sino un proceso constante que se construye cada día. El 26 de noviembre, Día Internacional de la Enfermería Comunitaria, es una de esas fechas. No nació en un organismo internacional ni en un decreto: surgió de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que comprendió antes que nadie la importancia de nombrar una realidad que estaba transformando la vida de las personas, las familias y las comunidades en todo el territorio. Con el tiempo, aquel gesto se convirtió en una referencia reconocida más allá de nuestras fronteras, un punto de encuentro para profesionales y redes internacionales que hoy identifican este día como una cita clave para pensar la salud desde el territorio.

El lema de este año, “Cuidando donde la vida sucede”, resume con precisión lo que significa ejercer la Enfermería Comunitaria: estar presentes en los espacios donde la vida ocurre realmente. La salud no se juega solo en consultas o estructuras formales, sino en cocinas, aulas, parques, centros de trabajo, asociaciones vecinales, escaleras de comunidad, plazas y hogares en los que se toman decisiones, se afrontan dificultades, se establecen relaciones y se generan oportunidades. Allí, en ese entramado cotidiano, es donde las enfermeras comunitarias se convierten en referentes de salud, no porque desplieguen discursos grandilocuentes, sino porque ocupan un lugar clave en la vida real de la gente.

Lo distintivo de la Enfermería Comunitaria no es intervenir tan solo cuando estalla un problema, sino acompañar los procesos en los que la salud se construye antes de que los problemas aparezcan. Su capacidad para situarse en el territorio, comprender sus dinámicas, anticipar necesidades y ofrecer orientación ajustada al contexto es una de las fortalezas más valiosas del sistema sanitario. Son profesionales que llegan donde otros no llegan, que conocen realidades que otros no ven, que conectan lo clínico con lo social y lo personal con lo comunitario.

Hablar de Enfermería Comunitaria es hablar de proximidad, continuidad, contexto y relación. La salud depende más de las condiciones de vida, del apoyo social, de la educación, del entorno y de las oportunidades reales para cuidarse que de cualquier intervención puntual. Y esa lectura integral exige estar cerca, observar, escuchar, preguntar, acompañar, identificar posibilidades y construir con las personas caminos que mejoren su bienestar.

En ese sentido, el trabajo de las enfermeras comunitarias no consiste en dar instrucciones ni en supervisar decisiones, sino en activar capacidades. Ayudan a que una familia pueda organizarse mejor, a que una persona con enfermedad crónica recupere el control sobre su vida, a que un barrio encuentre maneras de cuidarse colectivamente, a que una escuela incorpore la salud en su día a día, a que un grupo de mayores mantenga su autonomía, a que un joven encuentre espacios seguros para expresar sus dudas, a que una comunidad descubra que tiene recursos para avanzar.

Para ello necesitan conocimiento científico, habilidades sociales, claridad ética y una profunda comprensión del territorio. La Enfermería Comunitaria no es una suma de técnicas, sino una forma de integrar múltiples miradas: lo biológico y lo social, lo clínico y lo educativo, lo individual y lo colectivo, lo mental y lo espiritual. Su valor radica en esa capacidad de articular lo que otros servicios suelen fragmentar.

La AEC entendió que todo esto debía visibilizarse, no para reclamar nada, sino para mostrar la realidad y el impacto de una forma de cuidar que transforma la vida de las personas. Por eso impulsó la creación de este día, por eso lo consolidó año tras año y por eso se ha convertido en una fecha de referencia para quienes trabajan en salud pública, en atención primaria y en redes comunitarias. La ciudadanía —cuando conoce de cerca esta forma de acompañar— lo reconoce sin necesidad de explicaciones extensas, porque la presencia de una enfermera comunitaria marca una diferencia. Porque cuando hay alguien que acompaña, orienta, escucha y construye junto a la comunidad, las cosas cambian. Y cambian de manera real, medible y significativa.

La fortaleza de la Enfermería Comunitaria reside en su manera de estar en los lugares donde se construye la salud, no como visitantes esporádicos, sino como profesionales que forman parte de la vida diaria de las personas. Esa presencia continuada permite identificar matices que a menudo pasan inadvertidos y que, sin embargo, determinan la efectividad de cualquier intervención. Cada conversación, cada gesto, cada dinámica aporta información relevante que va más allá de la patología y permite ajustar las intervenciones a la realidad.

No se trata de asistir, como suele simplificarse, sino de comprender entornos. No se trata de “hacer educación sanitaria”, sino de dialogar con las personas para que descubran sus propios recursos educándose en salud. No se trata de “controlar situaciones”, sino de acompañar procesos que perduren en el tiempo a través de su empoderamiento y autocuidado. La Enfermería Comunitaria es, ante todo, una forma de trabajar que atiende simultáneamente a las condiciones de vida, a las relaciones, a la autonomía y a los desafíos concretos que cada persona o comunidad enfrenta. Esa mirada integradora permite detectar oportunidades antes de que se conviertan en problemas y actuar de manera preventiva, ajustada y respetuosa con la vida real.

Además, las enfermeras comunitarias manejan una dimensión clave, la construcción de confianza. La confianza no es un recurso técnico ni un indicador que se pueda medir con exactitud. Es un valor que se construye con presencia, continuidad y coherencia. Las personas confían no en quien aparece, sino en quien permanece; no en quien dicta normas, sino en quien escucha; no en quien se coloca por encima, sino en quien se sitúa al lado. Esa confianza permite que la enfermera comunitaria pueda trabajar en aspectos que, de otro modo, permanecerían ocultos, las dudas, los temores, las inseguridades, las decisiones difíciles, las tensiones familiares o sociales que condicionan la salud y que rara vez aparecen en entornos más formales.

En esta práctica, la comunidad no es un concepto abstracto, sino un conjunto de relaciones reales que requieren cuidado y acompañamiento. Una comunidad no es solo un grupo de personas que viven en un lugar; es un sistema vivo en el que se comparten espacios, responsabilidades, expectativas, preocupaciones y proyectos. Cuando una enfermera comunitaria trabaja con un barrio, con una asociación, con un grupo de jóvenes o con un centro educativo, está contribuyendo a fortalecer un tejido social que refuerza vínculos y genera bienestar. Y ese fortalecimiento no surge de grandes discursos, sino de acciones concretas, de facilitar la organización de grupos de apoyo, dinamizar espacios intergeneracionales, promover hábitos saludables adaptados al contexto, identificar recursos comunitarios, acompañar procesos colectivos o apoyar proyectos impulsados por la propia ciudadanía.

El valor de este enfoque es evidente cuando se observa su impacto en la vida cotidiana. Una persona que se siente acompañada en un proceso de enfermedad crónica suele mejorar su autocuidado y sentirse útil. Una familia que encuentra orientación clara para reorganizarse ante un cambio importante desarrolla mayor seguridad y capacidad de gestión sin sucumbir en el proceso de cuidados. Un grupo de personas adultas mayores que participa en actividades comunitarias mantiene mejor su autonomía. Una escuela que incorpora la salud en su proyecto educativo mejora el bienestar y autoestima de su alumnado. Un barrio que se reconoce como comunidad activa reduce conflictos y aumenta la cohesión. La Enfermería Comunitaria no crea realidades paralelas, mejora las reales.

En este punto, resulta especialmente relevante destacar la capacidad que tienen las enfermeras comunitarias para articular sectores que habitualmente funcionan de manera fragmentada. La salud no es un ámbito aislado: está condicionada por factores educativos, sociales, económicos, culturales y ambientales. Por eso el trabajo intersectorial no es un añadido, sino un componente esencial del cuidado comunitario. Las enfermeras comunitarias coordinan con servicios sociales, colaboran con centros educativos, trabajan con ayuntamientos, participan en redes vecinales, se integran en equipos de atención primaria y establecen alianzas con entidades diversas. Esa capacidad para conectar espacios que no siempre dialogan entre sí convierte su papel en una pieza estratégica para que las políticas públicas sean coherentes y efectivas en la práctica.

Esta visión integradora contrasta con enfoques más fragmentados que separan ámbitos como si la vida pudiera compartimentarse. La Enfermería Comunitaria tiene la fortaleza de unir lo que la burocracia separa. Una persona no deja de ser madre, trabajadora, vecina o cuidadora cuando entra en un centro de salud. Tampoco deja de precisar atención cuando está en su casa, en su barrio o en su lugar de trabajo. La salud atraviesa la vida completa, y la Enfermería Comunitaria es la dimensión de la profesión que trabaja precisamente en ese cruce, donde lo personal se encuentra con lo social y lo clínico con lo cotidiano.

Todo esto explica por qué, aun siendo parte de la Enfermería, tiene una especificidad que la hace esencial. No es un añadido, es una especialidad compleja, es una forma de ejercer la Enfermería que aporta profundidad, continuidad, comprensión global y capacidad para transformar entornos. Cuando se comprende esto, la presencia de una enfermera comunitaria deja de verse como un recurso más y se reconoce como un elemento estructural del bienestar colectivo.

La presencia de una enfermera comunitaria aporta algo que pocas veces se describe con exactitud, referencialidad. En un sistema en el que las personas entran y salen de consultas, servicios y dispositivos según la necesidad del momento, contar con una figura que conoce la historia vital, el contexto, los vínculos, las prioridades, los recursos y las limitaciones de cada persona supone una diferencia sustancial. Esa referencia no se impone, se construye. Y cuando existe —cuando está consolidada— genera seguridad, claridad y confianza; tres elementos imprescindibles para que una comunidad pueda desarrollar bienestar.

La mayoría de las ocasiones, las personas no necesitan soluciones técnicas, sino alguien que las acompañe para poner orden en sus dudas, traducir la información, priorizar lo necesario, descartar lo accesorio y reconocer los recursos de los que ya disponen. La enfermera comunitaria no indica qué hacer, sino que ayuda a comprender por qué hacerlo, cómo integrarlo en la vida diaria, cómo adaptarlo a las características concretas de una familia o de un barrio. Es una figura puente, una mediadora, una facilitadora, entre el conocimiento profesional y la vida real.

Esa mediación es especialmente importante en un momento en el que la sobreinformación convive con la desinformación, y en el que muchas personas sienten que cuidar de su salud requiere navegar entre mensajes contradictorios. En este contexto, una referencia profesional estable permite reducir ansiedad, evitar errores y favorecer decisiones autónomas basadas en criterios claros. La autonomía, en este sentido, no es que cada persona gestione sola todos sus cuidados, sino que pueda hacerlo con comprensión, apoyo y orientación profesional.

La salud entendida desde una perspectiva comunitaria es, en esencia, una construcción compartida. Nadie cuida su salud en soledad. Se cuida en relación con otros, con el entorno, con las condiciones de vida, con las oportunidades disponibles, con los apoyos formales e informales. La Enfermería Comunitaria comprende esta interdependencia y trabaja para fortalecerla. No busca sustituir el papel de las familias ni de las redes comunitarias, sino reforzar su capacidad para cuidar y cuidarse. Por eso actúan también sobre los vínculos, porque saben que las relaciones saludables protegen tanto como una intervención clínica, y que los entornos favorables actúan como amortiguadores frente a las dificultades.

Hay algo fundamental en su enfoque que a menudo pasa desapercibido, su forma de mirar la salud desde las capacidades, no solo desde las carencias. No se limitan a identificar riesgos o problemas; buscan aquello que cada persona, familia o comunidad puede poner en juego para mejorar su bienestar. Ese enfoque salutogénico —aunque no se cite como tal en la vida cotidiana— es una de las claves más poderosas de su trabajo. Permite que las personas se reconozcan como agentes activos, no solo como receptoras de cuidados. Permite que las comunidades se perciban como espacios capaces de generar salud, no solo como territorios donde surgen necesidades. Y permite que la propia profesión enfermera mantenga una identidad centrada en el acompañamiento, la promoción de la autonomía y la potenciación de lo que funciona.

Trabajar desde las capacidades exige un conocimiento profundo de los determinantes de la salud, pero también exige reconocer que esos determinantes no son abstractos y los determinantes morales. Tienen nombres, direcciones y rostros. Se manifiestan en la conciliación laboral, en la accesibilidad de los barrios, en la situación económica de una familia, en la presencia o ausencia de redes de apoyo, en la calidad de las viviendas, en la convivencia escolar, en las dinámicas culturales o en la forma en que se gestionan los recursos comunitarios. Comprender esa complejidad es imprescindible para intervenir con sentido y ética. No basta con dar pautas genéricas; hay que interpretarlas en el contexto real.

Por eso la Enfermería Comunitaria se mueve en terrenos que requieren sensibilidad social, criterio profesional, capacidad de análisis y una gran habilidad para establecer relaciones de colaboración. Una intervención puede fracasar si no tiene en cuenta la realidad del entorno. Un consejo puede no funcionar si no se adapta al estilo de vida de la persona. Un programa puede no avanzar si no parte de las prioridades reales de la comunidad. El trabajo de las enfermeras comunitarias es precisamente ese: hacer que lo que debe funcionar, funcione de verdad; que lo técnicamente adecuado sea también vitalmente viable.

Quienes conocen la aportación específica de las enfermeras comunitarias saben que su impacto es, en gran medida, acumulativo. Los cambios no se producen de un día para otro; se consolidan con el tiempo, con constancia, con presencia. Las enfermeras comunitarias trabajan en procesos largos, donde la mejora aparece de manera progresiva. La persona que empieza a cuidarse más, la familia que encuentra nuevas formas de organizarse, el grupo de jóvenes que participa en actividades comunitarias, la asociación que se fortalece, el barrio que recupera espacios de convivencia. Cada avance es un paso, y cada paso genera beneficios que se extienden más allá de quienes participan directamente.

Esa visión a largo plazo es otra de sus fortalezas. En un mundo que tiende a demandar inmediatez, las enfermeras comunitarias recuerdan que la salud se construye en procesos que requieren tiempo, coherencia y continuidad. Y que, cuando se trabaja con esa perspectiva, los resultados son más sólidos y sostenibles. La comunidad cambia cuando se acompaña; no cuando se invade. Mejora cuando se escucha; no cuando se imponen agendas. Avanza cuando se integra a quienes viven allí; no cuando se les dicta lo que deben hacer. Esta forma de trabajar no es una teoría, es una práctica cotidiana.

Por eso el lema de este año adquiere una fuerza especial. “Cuidando donde la vida sucede” no describe una aspiración, sino una realidad. La vida sucede en lugares concretos, con ritmos propios, con desafíos específicos, con relaciones que influyen en el bienestar. Y es allí, en esos lugares, donde las enfermeras comunitarias están presentes. No como espectadoras, sino como agentes activos de salud. No como figuras aisladas, sino como parte del entramado social que sostiene la vida de las personas.

Ese cuidado situado —insertado en la vida real— evita que la salud se convierta en un concepto abstracto. La vuelve accesible, comprensible, cotidiana. La acerca a quienes más la necesitan y también a quienes no saben que la necesitan. La rescata de la distancia burocrática y la lleva al espacio donde puede ser vivida, compartida y fortalecida.

La solidez de un sistema sanitario no se mide únicamente por su capacidad para responder a la enfermedad, sino por su capacidad para construir salud antes de que la enfermedad aparezca. Esa es una de las grandes aportaciones de la Enfermería Comunitaria y uno de los motivos por los que su presencia resulta imprescindible en un contexto social que cambia con rapidez. La sociedad actual exige profesionales que sepan interpretar realidades diversas, que puedan trabajar con múltiples actores, que comprendan cómo las condiciones de vida influyen en la salud y que actúen con una mirada integradora que conecte lo individual con lo colectivo. Las enfermeras comunitarias representan esa mirada y esa capacidad de acción.

El trabajo comunitario demuestra que la salud no es una responsabilidad aislada de los servicios sanitarios. Es una construcción compartida que requiere alianzas, coordinación y compromiso entre sectores que, a menudo, operan de manera independiente.

Esa capacidad de articular sectores diversos es una de las competencias más valiosas de la Enfermería Comunitaria. No se trata de dirigir a otros, sino de conectar esfuerzos. No se trata de asumir funciones ajenas, sino de facilitar que cada sector pueda contribuir a la salud desde su propia responsabilidad. Las enfermeras comunitarias entienden que la salud no puede fragmentarse. Lo que ocurre en la escuela influye en la salud; lo que ocurre en el hogar influye en la salud; lo que ocurre en el barrio, en los medios de transporte, en los centros de trabajo, en los espacios públicos, en las asociaciones o en los servicios sociales influye en la salud. Por eso su trabajo es transversal, dialogante y profundamente cooperativo.

Esta cooperación se sostiene en principios éticos fundamentales para la profesión. Respeto, autonomía, equidad, dignidad, responsabilidad y confianza. No se puede acompañar a una comunidad si no se cree en su capacidad para participar y decidir. No se puede trabajar con familias si no se respeta su trayectoria y su forma de organizar la vida. No se puede ayudar a una persona a ganar autonomía si se ignora su contexto, sus prioridades o sus posibilidades reales. Las enfermeras comunitarias aportan una ética de la presencia que consiste en estar sin invadir, acompañar sin sustituir, orientar sin imponer.

En esa ética se encuentra también su liderazgo. Un liderazgo que no se basa en la autoridad formal, sino en la credibilidad, la competencia y la coherencia. Las enfermeras comunitarias lideran procesos porque conocen a las personas, comprenden sus realidades y pueden anticipar las necesidades que surgirán. Lideran porque interpretan el territorio con precisión y porque las comunidades reconocen en ellas un punto de referencia fiable. Ese liderazgo no se ejerce desde la distancia, sino desde el contacto directo, sostenido y respetuoso con quienes viven en el territorio.

La capacidad de liderazgo de las enfermeras comunitarias se manifiesta también en su función docente. Al formar a estudiantes, profesionales y ciudadanía en prácticas saludables, en autocuidado y en comprensión crítica de los determinantes de la salud y morales, contribuyen a construir una cultura de la salud más sólida y participativa. Esa educación es una inversión a largo plazo, porque fomenta competencias que mejoran el bienestar individual y colectivo, reduce la dependencia del sistema sanitario y fortalece la resiliencia de las comunidades ante desafíos sociales, económicos o ambientales.

Además, la Enfermería Comunitaria aporta algo que resulta especialmente relevante en tiempos de incertidumbre, estabilidad. En un mundo donde los ritmos de vida son acelerados y las trayectorias personales cambian con frecuencia, contar con un profesional que se mantiene en el territorio y acompaña los procesos a lo largo del tiempo genera cohesión y confianza. La continuidad de la atención no es un lujo; es un factor de calidad. Y las enfermeras comunitarias son expertas en garantizar esa continuidad en escenarios donde lo más común es la fragmentación.

Todo esto explica por qué el Día Internacional de la Enfermería Comunitaria tiene sentido más allá del propio ámbito profesional. No es un día para destacar méritos individuales, sino para hacer visible una forma de entender la salud que aporta valor social en un nivel profundo. Un día que invita a la ciudadanía, a las instituciones y a los sectores implicados en la vida comunitaria a reconocer que la salud se construye con acompañamiento, con cercanía, con conocimiento y con un compromiso continuado.

“Cuidando donde la vida sucede” sintetiza mejor que ningún otro mensaje el alcance de la Enfermería Comunitaria. Cuidar donde sucede la vida es reconocer que la salud está en los detalles cotidianos, en las decisiones pequeñas, en las relaciones que sostenemos, en los lugares que habitamos, en los proyectos que compartimos. Es comprender que la salud no es un estado individual aislado, sino un proceso que se construye entre personas, grupos, instituciones y entornos. Y es afirmar que ese proceso necesita enfermeras comunitarias con capacidad para interpretarlo y acompañarlo.

El texto podría terminar aquí, pero la realidad invita a ir un paso más allá. Este día también ofrece una oportunidad para pensar en el futuro. Un futuro en el que la Enfermería Comunitaria tenga mayor presencia en la planificación sanitaria, en la formación universitaria, en la investigación aplicada, en las estrategias intersectoriales y en la vida organizada de las comunidades. Un futuro que no se construye desde la reivindicación, sino desde la convicción de que este enfoque aporta un valor innegable: mejora la salud, fortalece comunidades, da sentido a las intervenciones y humaniza los sistemas.

La Enfermería Comunitaria no es un concepto ni una promesa, es una realidad profesional que lleva décadas transformando silenciosamente la vida de las personas y los territorios. Y si hoy la celebramos, no es para pedir nada, sino para poner en valor, visibilizar y reconocer lo que ya aporta, lo que ya cambia, lo que ya sostiene. Para reconocer que la salud tiene raíces que a veces no se ven, y que esas raíces necesitan cuidado profesional experto, continuo y cercano.

Por eso este día importa.

Porque recuerda lo esencial.

Porque hace visible lo que de otra manera quedaría oculto.

Porque señala el valor de quienes se sitúan al lado de las personas, no solo cuando duele, sino sobre todo cuando la vida sucede.

TRUMP: EL DESPRECIO AL CUIDADO COMO POLÍTICA DE ESTADO

En política, los gestos nunca son inocentes. Tampoco las decisiones administrativas que, bajo una apariencia técnica, esconden un profundo desprecio hacia aquello que consideran prescindible. Eso es precisamente lo que acaba de hacer la Administración Trump al decidir que profesiones como la enfermería, la fisioterapia o la práctica avanzada en salud no forman parte de los “programas profesionales” reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos. Mientras tanto, sí quedan incluidos medicina, farmacia, odontología, optometría, derecho, teología o quiropráctica, como si el prestigio profesional se determinara por criterios tan arbitrarios como ideológicos o religiosos.

La medida no es un error, ni un malentendido, ni una simple torpeza burocrática. Es una declaración de intenciones. Es la expresión más nítida de un paradigma que solo valora aquello que genera negocio, que produce mercado, que engrasa la maquinaria de la industria médica y farmacéutica, y que desprecia todo lo que tenga que ver con el cuidado, el acompañamiento, la humanización y el bienestar. Para Trump —y para quienes sostienen su mirada mercantilista— cuidar no da dinero, curar sí. Y ese es el gran pecado original de las enfermeras, no haber convertido el cuidado en un producto transaccional.

En su cosmovisión, profundamente deshumanizada, lo que no produce beneficios es irrelevante. Lo que no multiplica ganancias no merece protección institucional. Así, la exclusión de la enfermería —precisamente en un país que sufre una crisis histórica de falta de profesionales y deterioro sanitario— revela una lógica siniestra, si no sirve al negocio, no sirve al sistema. Y ese sistema, cada vez más, es un sistema donde el mercado se ha comido a la política, donde el dinero dicta prioridades y donde la vida de millones de personas queda subordinada a los balances de las aseguradoras.

Esta decisión no solo invisibiliza a las enfermeras, las relega a un espacio de subsidiariedad, de irrelevancia institucional, devolviéndolas a estereotipos que creíamos superados. Pero, sobre todo, despoja a la ciudadanía estadounidense de uno de los pilares esenciales de su salud, los cuidados profesionales. Porque sin cuidados no hay salud, por mucho que se multipliquen los tratamientos, los fármacos o las tecnologías.

Resulta irónico —y trágico— que este ataque provenga de un presidente cuya vida, en no mucho tiempo, dependerá probablemente de aquello mismo que ahora relega, la competencia y humanidad de enfermeras que, pese a decisiones políticas como esta, seguirán sosteniendo la vida de millones de personas. Trump desprecia lo que no entiende, pero sobre todo desprecia lo que no controla o no le aporta beneficios económicos. Porque los cuidados no se controlan ni se someten, se ejercen desde la ética, la ciencia y la humanidad.

Pero el análisis tendría un importante sesgo si se carga toda la responsabilidad en un solo individuo. Parte del problema se ha gestado dentro de la propia profesión enfermera estadounidense, que durante años ha oscilado entre la fascinación por el paradigma médico y la renuncia a reforzar su propia identidad disciplinar. Al priorizar modelos clínicos subordinados a la medicina, algunas enfermeras han contribuido —posiblemente sin quererlo— a diluir el valor singular del cuidado y a reforzar la idea de que su aportación principal es técnica, instrumental, dependiente. Cuando una profesión deja de defender su identidad, otros llenan el vacío. Y Trump lo ha llenado con ideología mercantilista, desprecio y autoritarismo institucional.

Ahora bien, cometeríamos un error gravísimo si pensáramos que todo esto es un problema lejano, propio de la realidad norteamericana y ajeno a la nuestra. Verlo como un fenómeno distante es, en sí mismo, una forma de ingenuidad política. El efecto mariposa en materia de políticas sanitarias es muy real. Lo que comienza como una decisión aparentemente local puede convertirse en tendencia internacional, replicarse, amplificarse y normalizarse. Y ya sabemos que, cuando se trata de mercantilizar la vida y degradar los cuidados, no faltan voluntarios dispuestos a aplaudir sin pensar, a actuar como palmeros entusiastas mientras preparan la importación del modelo.

Quienes hoy celebran a Trump o admiran su supuesta “firmeza” pueden ser, mañana, quienes intenten reproducir decisiones similares en nuestros países. No es una posibilidad remota; es una probabilidad alta en un contexto donde crecen el autoritarismo, el negacionismo, el desprecio por lo público y la tentación de convertir la salud en un negocio más. Por eso es imprescindible tomar buena nota de lo que está ocurriendo. Porque lo que ahora se ensaya allí puede convertirse, si no reaccionamos, en un ataque directo a nuestras enfermeras, a nuestros sistemas públicos y, sobre todo, a la esencia de los cuidados profesionales.

De ahí que las enfermeras iberoamericanas, ahora más que nunca, debamos trabajar unidas en la construcción de un marco propio, sólido, reconocible e irrenunciable. Un marco que no solo nos identifique y nos valore, sino que nos sitúe en una posición de defensa inexpugnable de aquello que mejor sabemos hacer, cuidar. Porque cuando una profesión se fortalece desde la ciencia, la ética y la cohesión, ningún mercantilista ni ningún aprendiz de Trump puede degradarla sin enfrentarse a la resistencia de miles de profesionales conscientes de su papel insustituible en la sociedad.

La decisión de Trump no es solo una agresión a las enfermeras, es un ataque directo a la esencia misma de lo humano. A la dignidad de sanos y enfermos. A la vulnerabilidad que todas las personas, incluso los poderosos, comparten. Es una advertencia sobre el peligro de entregar la salud a quienes solo ven números, no vidas; a quienes solo reconocen profesiones si aumentan el negocio; a quienes solo entienden la atención sanitaria como un nicho comercial.

Cuando un presidente desprecia a quienes cuidan, desprecia a su propio pueblo.

Y cuando un país permite que eso ocurra, empieza a caminar hacia una sociedad más enferma, más desprotegida, más deshumanizada.

Tarde o temprano, incluso quienes hoy celebran esta decisión descubrirán que hay cosas que no se pueden comprar. La humanidad, la compasión, la cercanía, el saber cuidar. Y quizá entonces, cuando necesiten aquello que ahora desprecian, comprenderán el alcance del daño. Pero para entonces, quizá, ya sea demasiado tarde.

SALUD NO SE VENDE

La salud no se vende, se cuida

José Ramón Martínez-Riera

Profesor Honorífico Universidad de Alicante

 

Durante décadas, el sistema sanitario español fue considerado una referencia internacional, un motivo de orgullo colectivo y un ejemplo de calidad, universalidad y humanidad. Sin embargo, en un periodo relativamente breve, esa imagen se ha ido erosionando hasta el punto de que hoy la ciudadanía cuestiona aspectos fundamentales de su funcionamiento. Paradójicamente, esta crisis no se debe a la falta de profesionalidad; al contrario, los profesionales de la salud son, probablemente, los mejor formados, más preparados y técnicamente competentes de toda nuestra historia. Pero también se encuentran exhaustos, desmotivados, mal remunerados y profundamente desilusionados. Esta combinación constituye un cóctel explosivo que desemboca en protestas continuas tanto de quienes trabajan dentro del sistema como de quienes intentan acceder a él.

El problema se origina en los decisores de los 17 sistemas sanitarios autonómicos, con un Ministerio de Sanidad que, lejos de actuar como árbitro, se percibe como un mero espectador incapaz de garantizar la cohesión interterritorial. Esta lucha política provoca desigualdades flagrantes en prestaciones, servicios y coberturas según el lugar donde uno resida. La ciudadanía se encuentra atrapada en una especie de ruleta que mina aún más la credibilidad del sistema nacional en su conjunto y amenaza el principio de equidad que debería sostener cualquier servicio público esencial.

Este escenario se alimenta del modelo hegemónico que se perpetúa, impregnando tanto al sistema público como a un sector privado que crece sin necesidad de grandes campañas. Le basta con aprovechar las grietas abiertas por la ineficiencia del sistema público. Se trata de un modelo caduco, centrado en la enfermedad que subestima la salud; en la asistencia puntual, no en la continuidad; en la atención episódica, no en la promoción y la prevención. Un modelo paternalista que genera dependencia en lugar de fomentar autonomía, despreciando la participación comunitaria y que sigue colocando la curación como bien supremo por encima de los cuidados. A ello se suman las decisiones de corte neoliberal que se presentan como oportunidades de mejora siendo, en realidad, mecanismos encubiertos de privatización que debilitan deliberadamente la estructura del sistema público. Este enfoque, limitado y miope, deja el camino despejado para que los intereses mercantilistas ganen terreno y conviertan la salud en una oportunidad de negocio.

Mientras el deterioro se acelera, las necesidades reales de personas, familias y comunidades quedan sin respuestas. Las poblaciones más vulneradas se enfrentan a barreras crecientes de accesibilidad y cobertura; los tiempos de espera son una forma silenciosa pero eficaz de exclusión y derivación a la privada. La capacidad de autocuidado se debilita, aumentando la carga sobre cuidadoras familiares que, sin apoyo, coordinación, ni reconocimiento, se colapsan física y emocionalmente. La soledad, el envejecimiento y la cronicidad se combinan en una triada devastadora, generando sufrimiento y dolor innecesarios que podrían evitarse con políticas sociosanitarias más sólidas y coordinadas.

A ello se suma el ascenso imparable de patologías asociadas a estilos de vida poco saludables —obesidad, diabetes, hipertensión— que se amplifican por el insuficiente desarrollo de estrategias de promoción y prevención eficaces y eficientes. El deterioro ambiental derivado del cambio climático crea territorios menos saludables y más hostiles, generando nuevas vulnerabilidades que el sistema no sabe gestionar. La erosión de los vínculos sociales y el aislamiento provocado debilitan la protección comunitaria, que favorece factores de protección frente a la enfermedad y la fragilidad. Nada de esto es nuevo ni desconocido; simplemente no resulta atractivo desde una perspectiva de mercado.

Pero, abordar estas realidades exige confrontar intereses poderosos. Lobbies corporativistas, industrias farmacéuticas, empresas de seguros y grupos vinculados a la sanidad privada. La desvalorización sistemática de los cuidados desestabiliza cualquier sistema, porque sin cuidados no hay atención, no hay continuidad, no hay humanización, no hay salud. Del mismo modo, la hegemonía de la terapia farmacológica margina terapias sociales, conductuales y naturales que han demostrado eficacia sin generar dependencia ni efectos adversos. La evidencia existe, pero no genera beneficios económicos de igual magnitud.

Mientras estas dicotomías persistan el Sistema Nacional de Salud no solo no mejorará, sino que continuará su camino hacia un papel residual, subordinado a grandes multinacionales que se benefician del deterioro progresivo de lo público. Mientras quienes gestionan el sistema trasladan discursos demagógicos, llenos de promesas vacías y consignas diseñadas para maquillar su incapacidad, su tibieza o, en algunos casos, su complicidad con el desmantelamiento silencioso de un bien común que costó décadas construir. Eliminando incluso el nombre, con el que se identificaron centros de salud, de quien lo hizo posible, en una maniobra tan miserable como innecesaria, que define a sus decisores.

El reto no es técnico, es político, ético y social. Requiere valentía, voluntad política, ética profesional, visión de futuro y la convicción de que la salud no se vende, se defiende y cuida a favor de la dignidad humana. El futuro del sistema público depende de que recuperemos esta idea sencilla pero poderosa.

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