SEXENIO DOCENTE Docencia y decencia, pese a quien pese

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            La ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación) se ha reunido recientemente con el Ministerio de Universidades y la CRUE (Conferencia de Rectores de Universidades de España), para desarrollar e implantar un sexenio docente.

Dicen que nunca es tarde si la dicha llega. Y digo esto porque ha sido la docencia la que ha tenido que esperar hasta ahora para que se reconozca su excelencia. Previamente lo habían hecho la investigación y la transferencia, con lo que con la docencia se cierra el círculo.

            La docencia que, pese a quien pese, porque parece que le pese a más de una/o, es la principal razón de ser de la Universidad, ha tenido que esperar hasta ahora para que se incorporara en el circuito de la Calidad y la Acreditación.

            La investigación y la transferencia, por este orden, ya tenían sus “sexenios” y con ellos, paradójicamente, se permite reducir la carga docente de quienes los alcanzan. Es decir, acreditar investigación y transferencia permite liberarse de docencia. Falta por ver si conseguir un sexenio docente liberará también de carga docente, lo que sería el colmo de la contradicción. Difícilmente lo podrá hacer de investigación y menos aún de transferencia, ya que no existe asignación concreta como sucede con la docencia. Y lo es por múltiples razones. Para empezar, se habla de carga docente, que según la RAE es la “Obligación aneja a un estado, empleo u oficio”, pero también “aflicciones del ánimo”, es decir, que la docencia se convierte en una obligación que puede generar aflicción de ánimo, lo que tal vez sea la principal razón por la que la investigación y la transferencia pueden liberar de dicha carga a los docentes, algunos de los cuales, cada vez lo son menos, dada su poca carga y posiblemente su menor aflicción. Y es que, por ejemplo, no se habla en ningún momento de carga de Investigación o Transferencia, lo que hace presuponer que no generan aflicción y que tampoco son una obligación.

            Así pues, resulta paradójica e incluso contradictoria esta evaluación de la calidad y la acreditación, pues las ponderaciones realizadas no son proporcionales ni proporcionadas a lo que es o debería ser la actividad Universitaria de los denominados con el acrónimo de PDI (Personal Docente e Investigador), que cada vez parece que tengan que ser más investigador y menos docente.

De tal manera que la docencia seguirá siendo el patito feo de la Universidad, aunque se quiera reconocer ahora con la creación del sexenio.

En cualquier caso y a la espera de que los expertos concluyan el diseño del denominado sexenio docente, que se incorporará al laberinto acreditativo en el que están inmersos todos los PDI, difícilmente su incorporación al mismo contribuirá a una mejora de la docencia, dado que existirá un claro desequilibrio entre lo que, la acreditación a la investigación y la transferencia “roban” de docencia y lo que la docencia puede aportar de calidad a la misma, que seguirá siendo una carga.

La acreditación investigadora y de transferencia ya eran claros distractores de la actividad académica, al exigir una intensa atención del PDI para lograr el producto exigido para su acreditación, en la que se incorporan claros y dudosos, éticamente hablando, intereses mercantilistas a los que alimenta la Universidad con dichas exigencias. Esperemos que el nuevo sexenio docente no se incorpore como coadyuvante de los anteriores y con ello al empobrecimiento de la docencia que es lo que se quiere acreditar. Por otra parte, falta saber si el sexenio docente requerirá, como sucede con el de transferencia, la exigencia de contar con un sexenio previo de investigación, como si fuesen incompatibles. O que incluso puede que se exija tener sexenios previos de investigación y transferencia para poder optar a uno de docencia, aunque se cuente con los méritos necesarios para ello. Todo puede pasar, aunque no existan argumentos de peso que sustenten la decisión. Pero las barreras, siguen poniéndolas los mismos de siempre para proteger su hegemonía, pese a quien pese.

            Centrándome en la realidad universitaria de enfermería, las enfermeras llevamos integradas en la Universidad casi 45 años. En este recorrido en el que hemos tenido barreras incomprensibles que nos impedían avanzar en el desarrollo académico e investigador, nuestra principal dedicación se centraba en una docencia de excelencia que no era ni reconocida ni reconocible para los estamentos académicos. Barreras que idearon, levantaron y mantuvieron los mismos que tras su eliminación planificaron e implementaron los criterios exclusivos y excluyentes, biomédicos, positivistas y racionalistas que rigen la acreditación investigadora en la Universidad, huyendo de un modelo inclusivo, integral y transversal en el marco de las ciencias de la salud de las que, no tan solo, no se sienten parte, sino que rechazan frontalmente, pese a quien pese.

Finalmente, el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) nos liberó de las barreras que nos impedían acceder a estudios de máster y de doctorado, que son los que habilitan para la investigación. Estamos hablando del año 2010, es decir hace 10 años.

Coincidiendo con este nuevo EEES, y con el fin de cumplir con el objetivo de garantía de verificación de la calidad del sistema universitario, la Ley Orgánica de Universidades crea la ANECA, que implementa los sexenios de investigación. Las enfermeras docentes, a partir de ese momento, se rigen por idénticos criterios de evaluación investigadora que cualquier otro docente en la Universidad. A pesar de que tuviesen limitado su pleno acceso a la investigación hasta ese momento, situándolas, de nuevo, en una complicadísima situación para asimilarse a docentes/investigadores con un recorrido muchísimo mayor y, por tanto, con una clara desventaja a la hora de cumplir con los criterios de una supuesta igualdad de oportunidades que, si bien es cierto, es lo que corresponde, no es menos cierto que dicha igualdad tan solo se obtiene, para las enfermeras, a partir de ese momento. Ni la preparación, ni las condiciones, ni los accesos, ni las oportunidades, fueron las mismas para todos y, a pesar de ello, las enfermeras tuvimos que asumir los criterios y adaptarnos a su exigencia para lograr unos sexenios que se convirtieron en santo y seña de la excelencia universitaria en detrimento, se quiera admitir o no, de la excelencia docente.

La ANECA, nunca consintió establecer criterios diferenciados, aunque fuese de manera temporal, para lograr superar los claros desequilibrios entre quienes llevaban decenas de años con plena capacidad investigadora y quienes, como las enfermeras, tan solo pudimos incorporarnos a ella decenas de años después. No se trataba de un trato de favor, sino tan solo de una discriminación positiva ante la clara desventaja y desigualdad con la que partíamos.

Por lo tanto, nuestros sexenios, los de las enfermeras, pese a quien pese de nuevo, tienen un valor añadido que, aunque nunca va a ser reconocido es patente y debe ser, cuanto menos, identificado y reconocible.

Retrocediendo a la implementación del EEES y lo que el mismo suponía de cambio en la metodología y el paradigma docente existente hasta entonces en la Universidad, supuso un reto para todo el PDI. Pero, sin duda, las enfermeras docentes universitarias se adaptaron de manera mucho más eficaz al mismo que la mayoría de las/os docentes de otras disciplinas. Entre otras cosas, porque las enfermeras llevábamos aplicando dicha metodología desde que nos incorporamos a la Universidad ya que trasladábamos nuestro paradigma enfermero integral, integrador y participativo en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, dicha adaptación y excelencia nunca ha sido reconocida al no existir, hasta la fecha, ningún criterio que permitiese hacerlo, como parece que ahora, diez años después de implementado el EEES, se quiere hacer. Falta saber si esos criterios formarán parte del sexenio para que pueda ser además de docente, decente.

Mientras nosotras nos dedicábamos a dar sentido al EEES otros se empleaban a fondo por reunir méritos de investigación que les descargaban de una carga, la docencia, en la que, en muchas ocasiones, ni creían ni aceptaban, lo que nos separaba claramente de las oportunidades de una carrera académica en la que, lamentablemente, no hemos podido llevar la misma velocidad que otras disciplinas.

Llegados a este punto, nos encontramos con una situación verdaderamente compleja para las enfermeras en la universidad. Por una parte, porque el acceso a la Universidad, a parte de complicado, no ofrece unas condiciones retributivas que permitan competir con las que ofrece, por ejemplo, el sistema sanitario. Por otra porque la carrera académica sigue manteniendo importantes desigualdades de oportunidad lo que limita las posibilidades de acceso a determinados puestos, provocando que profesionales de otras disciplinas se incorporen como docentes, aunque no tengan las competencias profesionales exigibles, y, sin embargo, no exigidas para ello.

El resultado es, por tanto, muy desalentador, al difuminarse hasta prácticamente la invisibilidad la aportación enfermera en los estudios de Enfermería, lo que provoca un clarísimo deterioro de la docencia y de la decencia y por tanto de la formación de enfermeras.

Desconozco si estas circunstancias van a ser, no ya valoradas sino tan siquiera identificadas, por las/os expertas/os que van a establecer los criterios de este nuevo sexenio docente. No hacerlo supondrá un grave riesgo para los estudios de Enfermería que acabarán siendo impartidos por profesionales, seguro que muy válidos en sus disciplinas, pero absolutamente inhabilitados para formar a las enfermeras que la sociedad necesita.

Sería un error pensar que este es un problema de las enfermeras. Porque este es un problema social, sanitario, académico, político y de salud que debe ser analizado, evaluado y tratado para evitar que las enfermeras dejen de ser profesionales de los cuidados y se conviertan en enfermeras tecnológicas que, pese a quien pese de nuevo, no es lo que necesita la sociedad actual y mucho menos la que nos va a dejar la COVID 19.

Ahora toca movilizarse para que no nos pase como con los sexenios de investigación. Porque si nos descuidamos de nuevo las/os expertas/os, entre las que difícilmente habrá enfermeras, amoldarán los criterios del sexenio docente sin tener en cuenta, de nuevo, la singularidad enfermera que, pese a quien pese, existe.

Pero no dudemos de que habrá quienes digan que este planteamiento es una prueba más de que no sabemos adaptarnos a la dinámica de la Academia y que tan solo sabemos llorar.

Pues no. Me niego a que identifiquen la justa y necesaria reivindicación que supone el reconocimiento de la docencia enfermera, como una simple pataleta. Hace tiempo que las enfermeras hemos demostrado, en condiciones muy desiguales, que somos capaces de situarnos en idéntico o superior nivel que el de cualquier otra disciplina, pero no es de ley que tengamos que seguir haciéndolo a expensas de un claro y excesivo sacrificio personal. Nos han situado en una falsa igualdad que ha limitado hasta su desaparición la equidad.

A lo mejor hace falta crear un sexenio de equidad universitaria, aunque ello acabase con una de sus principales señas de identidad, la endogamia.

ENFERMERAS COMUNITARIAS Y PANDEMIA

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MONEY, MONEY

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Tal como cantaran Liza Minnelli y Joel Grey en la fantástica Cabaret, el dinero hace girar el mundo… Money, money.

Aunque cualquier historia, por triste, desgarradora o patética que pueda ser, resulta susceptible de ser musicada, como por ejemplo sucede con la comentada Cabaret, lo que estamos viviendo con la pandemia no creo que nunca pueda llegar a ser ni musicado ni cantado. Bastante haremos si somos capaces de que sea contado con la objetividad que merece y no con la crispación con que se está afrontando por parte de unos y otros.

Como ya todos sabemos, porque lo sufrimos, lo vivimos, lo escuchamos y lo vemos, la pandemia va mucho más allá del contagio, la enfermedad y la muerte que el virus coronado genera. La pandemia en su voraz apetito destructor está ensañándose, además de en la salud, en la economía.

Es evidente el impacto que la pandemia está ocasionando en amplios sectores sociales y que, como suele suceder siempre, afecta de manera totalmente desigual a los diferentes estratos que configuran dicha sociedad. Sociedad que, por mucho que nos empeñemos o se empeñen en hacernos creer, no es ni igualitaria, ni equitativa. Por tanto, los efectos de la pandemia, tanto en salud como en economía, afectan de manera totalmente desigual a pobres o a ricos, o como eufemísticamente se traslada a clases altas, medias o bajas, como si de una clasificación deportiva se tratase.

Y es que, la vulnerabilidad social es un concepto ampliamente aceptado para valorar las situaciones de injusticia social y de desigualdad, en oposición a la noción de integridad. Sin embargo, empieza a consolidarse en el panorama científico y político actual, un debate acerca del uso de los términos “vulnerado” y “vulnerable”, siendo difícil identificar los argumentos a favor y en contra de cada uno de ellos. Schramm y Kottow diferencian estos conceptos considerando que “vulnerado” hace referencia a una situación de daño que requiere de acciones afirmativas y reparadoras hacia su integridad, mientras que “vulnerable” evoca una fragilidad potencial de cualquier persona o colectivo que requiere de una protección equitativa contra daños para impedir una lesión a su integridad [1], [2]

Así pues, desde este planteamiento, la pandemia está generando daños individuales y colectivos que necesitan de medidas que solucionen o, al menos, palien sus necesidades y que lamentablemente no se prestan de la misma manera a aquellas personas, familias o comunidades que previamente a la pandemia tenían evidentes diferencias en la promoción y protección de su salud.

Por lo tanto, los efectos de la pandemia y los problemas colaterales o secundarios que genera no son para todos los mismos y provocan un aumento considerable de la desigualdad en función del grado de vulnerabilidad.

Como ya ha quedado claro y se ha comentado en anteriores entradas en este mismo Blog, la pandemia ha dejado al descubierto las importantes carencias de las que adolece nuestro SNS a pesar de ser considerado excelente. Un Sistema que presume de equitativo y universal, pero que las sucesivas crisis y las políticas restrictivas que le han acompañado han mermado tales virtudes, para quedar finalmente más en un deseo que en una realidad que, se empeña en demostrar, la existencia de claras diferencias tanto en el acceso como en la atención prestada, a las que acompañan, por ejemplo, una inexistente perspectiva de género, que también la pandemia se ha encargado de poner en clara evidencia.

Ante esta situación, nos encontramos con dos claros posicionamientos. Por una parte la urgente necesidad de adoptar medidas que modifiquen esta tendencia mediante un cambio de modelo del SNS y muy especialmente de la Atención Primaria de Salud, ya iniciada con la publicación del Marco Estratégico de Atención Primaria Comunitaria, pero abruptamente interrumpida, por efecto de la pandemia y del abordaje medicalizado que de la misma se ha hecho situándola, en el nivel de subsidiariedad y dependencia hospitalaria que venía desempeñando antes de la pandemia, sino la ha potenciado mucho más.

Por otra parte, un incremento exponencial de la sanidad privada que ha identificado la situación pandémica como un nicho de oportunidades de crecimiento y enriquecimiento, tal como se identifica de manera muy sencilla a través de los espacios publicitarios tanto en medios de comunicación como en espacios públicos, en los que se traslada una atención de calidad que, sin decirlo expresamente, se contrapone a las deficiencias del Sistema Público.

En cuanto a la primera de las consecuencias y a pesar de las cacareadas pero ineficaces comisiones de reconstrucción y de alguna otra iniciativa perdida en el sueño de los dioses o en los cajones sin fondo de las administraciones, las respuestas reales de intervención para iniciar el cambio de modelo que precisa el SNS han sido inexistentes. Esta pasividad e inacción, en ningún caso debería ser justificada por la presencia de la pandemia, que se ha convertido en la excusa perfecta para, precisamente, no hacer nada o hacer justamente lo contrario a lo que se debería. La pandemia, por el contrario, debería ser el acicate o la justificación más potente para que la voluntad política despertara de su eterno sueño e iniciara acciones tendentes al cambio del SNS que pasa ineludiblemente por el cambio de paradigma y con él el cambio de modelo actual que se ha mostrado no tan solo claramente ineficaz e ineficiente, sino con una evidente inequidad. Las respuestas urgentes e inmediatas que precisa la población ante los ataques de la pandemia, pueden y deben compatibilizarse con las acciones y estrategias que permitan iniciar ese necesario cambio.

Por lo que respecta a la segunda y sin dejar de reconocer el derecho lícito a la expansión de la empresa privada, no se pueden obviar factores coadyuvantes a la pandemia que están beneficiando claramente dicho crecimiento en detrimento del sector público. Por una parte, destacar la desigualdad e inequidad apuntadas anteriormente, como elementos claramente diferenciadores que provocan una clara tendencia a la contratación de servicios privados por parte de aquellos que pueden permitírselo, lo que aún empobrece mucho más a quienes no tan solo no lo pueden hacer, sino que además tienen serias dificultades para ser atendidos por el sistema público. Por otra parte, la pandemia, básicamente genera enfermedad, que es la base del crecimiento de la sanidad privada desde el paradigma de medicalización, asistencialismo y tecnología en el que se basa el SNS actual, pero que difícilmente puede competir con este por razones de economía de mercado que determinan finalmente la oferta y la demanda y con ellas las desigualdades de atención a la población en base a su clase social y a la oportunidad de acceso a dichos seguros privados.

En este último sentido, hay que destacar que la empresa privada siempre va a centrar su atención en la enfermedad. Aunque trate de disfrazar su oferta de salud y de cuidados, lo que realmente les interesa y les da beneficios es la enfermedad. Por eso la pandemia se presenta como una excelente oportunidad de negocio en la que incorporan los cebos de teleasistencia, inmediatez, coberturas… Y en este negocio, claro está, quienes se enriquecen, a parte de las multinacionales que las sustentan, son los médicos con “su” modelo biologicista, fragmentado y tecnológico en el que la empatía es sustituida por simpatía y la humanización por hostelería. Las enfermeras, en este modelo, se incorporan como meros recursos subsidiarios y sin capacidad de autonomía profesional, al servicio de la técnica aislada de los cuidados y de quien la domina y mercantiliza. Eso, sin entrar a valorar otros aspectos no por ello menos importantes como las condiciones de precariedad tanto económica como laboral. Tan solo hay que oír, ver o leer, lo que dichas empresas ofrecen como servicios, en los que, en ningún caso se habla de cuidados profesionales enfermeros de excelencia o de estrategias de cuidado enfermero o de especialistas en algún ámbito. Todo lo más sirven como elemento de marketing a través de una sonrisa o una cara bonita para los reclamos publicitarios.

Ante este panorama se corre el riesgo de generar una sanidad para pobres, el SNS, y una sanidad para ricos, la sanidad privada, que además se lucra a costa de las carencias de la primera al subcontratar servicios que no quiere o no puede prestar. Si a ello añadimos la falta de inversión en sanidad que nos sitúan más de dos puntos por debajo de la media de los países de la OCDE con un escandaloso desequilibrio en las inversiones entre hospitalaria y Atención Primaria y las nefastas políticas de personal del SNS que, por ejemplo, sitúan a España en el puesto 28 de los 36 países de la OCDE en número de enfermeras por 1000 habitantes (más de 3 puntos por debajo de la media y a 12 puntos de Finlandia que ocupa el primer puesto), podemos darnos cuenta de la precariedad con que funciona el denominado excelente SNS español. Pero, además, hay que destacar la falta de motivación y desincentivación que genera en sus profesionales, poniéndolos en la línea de salida para pasarse a la segunda, en el caso de muchos médicos, o bien la migración forzosa al extranjero, en el caso de las enfermeras. Si a dichas políticas añadimos los criterios para establecer las ratios profesionales, sobre todo en el caso de las enfermeras, que generan una clarísima suboptimización, nos encontramos ante un panorama que difícilmente va a poder competir con la oferta de lujo de la sanidad privada. Por último, cabe destacar la subsidiariedad a la que el modelo medicalizado y asistencialista de la sanidad privada somete a la salud en favor de la enfermedad y la curación y la nula importancia que concede a los cuidados profesionales enfermeros en favor de cuidados centrados casi exclusivamente en el ámbito doméstico.

En este panorama, en el que los modelos del SNS y de la sanidad privada, son idénticos, la competencia es claramente desigual y descaradamente favorable a la segunda, lo que aún genera mayor diferencia en la atención percibida por parte de la ciudadanía, aunque esta se valore, en muchas ocasiones, tan solo en base a criterios de hostelería, y todo ello contribuye tanto a que persistan las personas, familias y comunidades vulneradas y vulnerables.

Es por todo lo dicho que las enfermeras nos tenemos que posicionar claramente por un modelo equitativo, igualitario, universal, con perspectiva de género y en el que la empatía, la accesibilidad, la atención integral, integrada e integradora, la intersectorialidad, la transdisciplinariedad, los cuidados de calidad y el respeto a las/os profesionales, desde una perspectiva salutogénica y con participación ciudadana permitan generar espacios saludables en los que promover la salud, prevenir la enfermedad y atender con calidad los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad, sean la seña de identidad del SNS como modelo diferenciador con la sanidad privada, mercantilista e interesada en el lucro que genera la enfermedad en contraposición a la salud, en la que se deberá trabajar para que los cuidados profesionales enfermeros se incorporen también como referente de dicho modelo, permitiendo romper la subsidiariedad y la precariedad que actualmente sufren las enfermeras.

Finalmente, no se trata de ir en contra de la sanidad privada, sino de impedir que esta crezca en detrimento del SNS y que la ciudadanía elija uno u otro modelo en base a criterios que no se basen en la vulnerabilidad.

 

Money money

Money money

It makes the world go round!

Dinero, dinero

Dinero, dinero

¡Hace que el mundo siga girando

 

[1] Schramm Fermin Roland, Kottow Miguel. Principios bioéticos en salud pública: limitaciones y propuestas. Canalla. Saúde Pública [Internet]. Agosto de 2001 [consultado el 13 de octubre de 2020]; 17 (4): 949-956. Disponible en: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0102-311X2001000400029&lng=en.https://doi.org/10.1590/S0102-311X2001000400029 .

[2] Morais TCA de, Monteiro PS. Conceitos de vulnerabilidade humana e integridade individual para a bioética. Rev Bioét. agosto de 2017;25(2):311-9.

PANDEMIAS Y VACUNAS

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Llevamos siete meses de pandemia oficial en nuestro país y casi un año desde que se iniciase en Wuhan (China). La sorpresa y la incertidumbre han sido las compañeras de viaje del virus COVID 19. Nadie le eligió, ni le votó, ni le llamó… se presentó sin más y logró hacerse hueco, poco a poco, de manera silenciosa, aunque implacable, en la mayoría de países de nuestro planeta.

Los profesionales sanitarios, los de servicios esenciales, los científicos, los políticos y la propia ciudadanía fueron sistemáticamente burlados, atacados y desbordados por el virus que nadie conocía y que ya nadie desconoce.

Los contagios, la enfermedad, el confinamiento, la alarma, la incredulidad, la muerte… se mezclaban en un cúmulo de cifras, datos, estadísticas, muchas especulaciones y escasas certezas, que poco a poco fueron generando una red de desconfianza que ni los aplausos, ni las evidencias, ni las medidas sugeridas o impuestas, eran capaces de salvar para lograr la tan necesaria unidad de acción.

El tiempo, inexorable y relativo al mismo tiempo, corría demasiado para algunas cuestiones o se detenía de manera exasperante para otras, uniéndose al ataque vírico y marcando cronológicamente su aparente avance o parálisis.

La ciencia, por otra parte, trataba de encontrar respuestas al enigma que portaba el virus, mientras las interpretaciones, las conjeturas y los planteamientos iniciales se adelantaban a la falta de evidencias que permitiesen concretar las acciones adecuadas, tanto sanitarias como sociales.

La paciencia, procuraba contener la alarma, la inseguridad y la desconfianza, en un intento permanente por dar respuesta a los envites constantes de un virus que modificaba su comportamiento de manera continua.

Los medios de comunicación, intentaban contribuir a la información serena y veraz, pero sucumbían con frecuencia al espectáculo de la farándula pseudocientífica, dando rango de verisimilitud a bulos y mentiras interesadas.

La ciudadanía, diversa y expectante, obedecía las indicaciones de aislamiento y seguridad esperando la anunciada nueva normalidad, entre aplausos o caceroladas.

La política, convulsa e inestable, trataba de serenarse y asentarse para dar respuesta unitaria a la magnitud del ataque con medidas excepcionales y mensajes sin fisuras.

Pero el COVID 19, logró algo mucho más mortífero, si cabe, que su propia carga vírica. Logró que los profesionales se agotasen, que el tiempo luchase contra la paciencia, que la ciencia dudase de la evidencia, que los medios de comunicación se dejasen arrastrar por las audiencias, que la ciudadanía desconfiase de lo que se le indicaba y, sobre todo, que la política se dejase mancillar por aquellos políticos interesados en provocar un espectáculo de confrontación y de pulso permanente centrado en el oportunismo interesado, partidista y personal, que se aleja del interés común de la ciudadanía que asiste atónita al espectáculo y debilita su responsabilidad individual y colectiva ante los mensajes contradictorios, incoherentes y alejados de la evidencia científica de los políticos.

Así pues, a la pandemia de la COVID 19 se une otra pandemia que actúa como potenciadora de los efectos colaterales de la primera y que es mucho más nociva que la propia pandemia vírica.

La ignorancia, la mediocridad, la arrogancia, la incapacidad, la altanería, la soberbia, la intransigencia, el egocentrismo, la hipocresía y el cinismo, configuran una carga mortífera de irracionalidad, incoherencia, absurdidad, inconsistencia y patetismo que acompañan a los posicionamientos políticos desde los que, con total despropósito, quieren convencer a la ciudadanía de que pretenden tomar decisiones que les protejan de la pandemia. Lo que, por una parte, supone demostrar un desprecio absoluto por la inteligencia de la ciudadanía y, por otra, una total indiferencia por el bien común en favor del bien personal, aunque ello suponga poner en riesgo la salud comunitaria.

La reacción que esta situación genera, aunque ilógica e injustificable, es la del inconformismo reaccionario de la población que no tan solo cuestiona las medidas de protección, sino que incluso, las rechaza desde un posicionamiento negacionista a la lógica y la ciencia. Por su parte hay quienes aprovechando el desconcierto tratan de obtener el mayor rédito posible con peticiones que escapan a lo lícitamente exigible y entendible, pero que son acompañadas de manera interesada y oportunista por los mismos políticos reaccionarios que hacen uso de la justicia incorporándola como arma arrojadiza, no contra el virus, sino contra el que consideran enemigo político.

Esta especie política tan peligrosa y dañina no es exclusiva de nuestro país y, como el propio COVID 19, se extiende de manera muy preocupante por muchos otros estados que sufren similares posicionamientos políticos que se incorporan como verdaderas pandemias.

Ante la pandemia de la COVID 19, siempre vamos a tener la esperanza de que la ciencia logre hacerle frente y neutralizarla mediante la generación de vacunas o de otras acciones científicas.

Ante las pandemias coadyuvantes de esta y de otros posibles problemas de salud o sociales, tan solo nos queda la esperanza de que la democracia y la libertad puedan neutralizar, con la fuerza de los votos de la ciudadanía y el inconformismo basado en el pensamiento crítico y la coherencia social, a sus principales agentes nocivos, sustituyéndolos por políticos que centren sus esfuerzos en el bien común y no en el interés personal, mercantil o mediático.

Son vacunas diferentes, sin duda. Pero ambas son imprescindibles si realmente queremos vencer la intransigencia, el totalitarismo y el negacionismo de la libertad de quienes amparándose en la democracia la fagocitan y la destruyen para ejercer e imponer el poder exclusivo y excluyente y poner en riesgo la salud colectiva.

Es preciso identificar y asumir la importancia de vacunarse de ambas pandemias si queremos recuperar algún tipo de normalidad.

ENTREVISTA EN DIARIO INFORMACIÓN

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INFORMACIÓN_10_10_2020

VODEVIL 2020

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Estamos asistiendo a un verdadero espectáculo de vodevil.

El vodevil es un subgénero dramático que consiste en una comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

Creo que la definición, lamentablemente, encaja a la perfección en la escenificación que actualmente están haciendo, en general y con honrosas excepciones, nuestros políticos en un escenario, además, tan preocupante como el de la pandemia. La única diferencia estaría en que, en la escenificada por los políticos no existen números musicales que, al menos, pudieran hacerlos más llevaderos o entretenidos. Pero posiblemente el argumento de los mismos resulta complicado de musicar.

Otra gran diferencia está en que las/os artistas que se dedican al digno y complicado mundo de la farándula, desde quienes escriben los libretos hasta quienes los escenifican, están sujetos a la crítica de un público exigente que en un momento dado puede expresar su descontento por la calidad, o bien del contenido, o bien de los actores o actrices que lo interpretan. Y la crítica del público es aceptada, por dolorosa que sea. A ninguno de ellos, ni autores ni actores, se les ocurre enfrentarse en una discusión dialéctica con las/os espectadores/as denunciando su falta de tacto o su inoportuna crítica. Simplemente la asumen y tratan de mejorar.

Quienes escenifican el vodevil político, sin embargo, cuando alguien, por prestigioso que sea, en lugar de aplaudir vehementemente y sin criterio, lo que hace, es argumentar su descontento con una crítica razonada, se revuelven y les atacan con intrigas y equívocos propios de la comedia que lamentablemente escenifican.

Así pues asistimos, atónitos, a una representación burlesca, zafia, ligera y frívola en la que las/os políticas/os no tan solo no manejan el arte escénico sino que ni tan siquiera conocen en profundidad y con la exigencia debida el papel que interpretan, lo que les lleva a permanentes cambios en el registro y argumento de sus interpretaciones, provocando tanto el desconcierto de las/os espectadoras/es como el enfrentamiento, fuera de guion, entre las actrices y actores que intervienen en estas obras corales en las que, además, existe una permanente lucha por lograr un protagonismo personal que trasciende al que debiera ser colectivo. De tal manera que las divas y divos, que de todo hay, utilizan cualquier medio para significarse y atacar a quienes interpretan les eclipsa. Porque realmente lo que les interesa es el fin, su fin, y para ello justifican los medios que utilizan, sean los que sean.

Sin embargo, hay algo que merece la pena destacar. Son capaces de adaptar sus interpretaciones, por nefastas que estas sean, a muy diferentes escenarios. Desde los más prestigiosos, como las cámaras de diputados o senadores, tanto sean nacionales o autonómicas, como en interpretaciones callejeras totalmente improvisadas, pero con una escenificación propia del musical “West side history”, en la que no rehúsan a la lucha cuerpo a cuerpo y al navajazo traicionero, vengativo y mortal, aunque sin coreografía.

Centrándonos en la actual situación de pandemia, que tanta incertidumbre, sorpresa como dolor y sufrimiento está causando, nuestras/os intérpretes políticas/os han decidido que no era momento para la reflexión y el cambio hacia una interpretación coral en la que, alejados de egos y divismos innecesarios, se tratase de escenificar un guion coherente, razonado y razonable, entendible y capaz de hacer frente al único y verdadero enemigo de toda esta situación que, no es otro, que el coronavirus COVID 19.

Y en una nueva y frívola decisión, ahora si colectiva, prefieren convertir su interpretación en un lamentable combate pugilístico de todos contra todos, pero con apariencia de vodevil para hacerlo más atractivo.

Y en ese ambiente en el que se mezclan las interpretaciones con la perplejidad de las/os espectadoras/es y la incertidumbre ante lo que puede pasar con la certidumbre de lo que está pasando, puede dar la impresión de que somos un país a la deriva en el que no se están tomando las mejores decisiones y en el que las medidas que se adoptan están muy alejadas de lo que la ciencia dicta.

Y, sin embargo, esto no es así. No hay que engañarse ni engañar. La situación de España en cuanto al afrontamiento de la pandemia y en cuanto a resultados es muy similar e incluso mejor, en algunos aspectos y en algunos territorios, a lo que acontece en otros países de nuestro entorno y de fuera del mismo.

Por lo tanto, el problema no está en el qué y cómo sino en quiénes están escenificando y proyectando una imagen, tanto interna como externa, tan patética y de vodevil como la que se está proyectando.

Países como Bélgica, Holanda, Reino Unido, Francia o la propia Italia… tienen situaciones similares o peores que las de España y, sin embargo, las noticias que llegan, sobre cómo se está abordando, qué medidas se están adoptando ante la pandemia y cuáles son las reacciones internas de sus políticas/os, están muy alejadas de las escenificaciones que aquí se hacen.

Todo lo cual, provoca una imagen, tanto interna como externa, muy deteriorada y altamente negativa que, sin duda, repercute en el clima de crispación generado y en la imagen que se proyecta en torno al abordaje de la pandemia. Se ha logrado que el campo de batalla en el que quisieron situar a la pandemia se haya trasladado al ámbito político, lo que provoca una nueva y triste combinación de vodevil bélico en el que parece que todo vale con tal de ridiculizar, atacar, menospreciar, vejar, ultrajar, denunciar, ensuciar… al supuesto enemigo e intérprete, desviando la atención y los esfuerzos, de lo que es verdaderamente importante, como es vencer a la COVID 19. Recuperando una guerra civil que nunca se ha logrado concluir y en la que los rojos y los fachas, los monárquicos y los republicanos, los vencedores y vencidos… son rescatados por algunos para continuar esa eterna batalla fratricida que nos impide avanzar, mediante usos y abusos de los símbolos y orgullos patrios exclusivos y excluyentes.

Y en medio de toda esta locura bélica-interpretativa se encuentran, como si de tramoyistas, figurinistas, técnicos de sonido e imagen… y espectadoras/es, se tratasen, científicos, medios de comunicación, profesionales de la salud y de otros servicios esenciales y la propia comunidad, que desde la perplejidad del ridículo espectáculo al que asisten, tratan de aportar algo de calma y consenso con tal de que el espectáculo sea lo menos lamentable posible y permita modificar el guion y las interpretaciones para que no tan solo tenga la coherencia necesaria y deseada, sino también el rigor y la calidad que la población merece y espera.

Sin embargo, no siempre lo consiguen ya que en muchas ocasiones se instrumentalizan las citadas acciones para ser utilizadas como armas arrojadizas en forma de nuevos diálogos frívolos y delirantes hacia quienes los proponen y contra quienes son vistos únicamente como enemigos y no como oponentes políticos que es lo que son. La oratoria serena, crítica pero razonada y respetuosa, la presentación de alternativas… son sistemáticamente reemplazadas por el lenguaje descalificador, vengativo, rencoroso, culpabilizante y vacío de contenido, utilizado tanto en tribunas políticas como en platós televisivos, estudios radiofónicos, redes sociales o páginas de prensa. Todo vale con tal de tapar vergüenzas propias y tratar de exteriorizar y magnificar las ajenas, dejando al margen el verdadero y único problema real que está sufriendo la ciudadanía tanto a nivel de la salud individual, familiar y colectiva como en la economía, la convivencia, el acceso al trabajo…

La COVID 19 no se combate con querellas ante los tribunales, ni con mociones de censura, ni con posicionamientos intransigentes y paralizantes, ni con descalificaciones gratuitas, caprichosas e interesadas, ni con escenificaciones victimistas y populistas… la COVID 19 se combate con evidencias científicas, con consenso, unidad, apoyo, crítica constructiva, reflexión serena, análisis rigurosos y objetivos, con respeto no exento de contraste de ideas, con diálogo, con debate alejado de la estridencia y del espectáculo de vodevil.

La imagen que como país se está trasladando es patética. La ciudadanía quiere que se den respuestas a sus problemas, sus necesidades o sus demandas y que no tenga que asistir al patético espectáculo de vodevil con el que persisten en ofrecernos quienes tienen la obligación, no de entretener, sino de favorecer la vida de aquellas/os que les han situado donde están para que, precisamente, hagan eso que se resisten a hacer.

La pandemia pasará, a pesar de tan nefastos actores, e incluso los citados actores desaparecerán de escena para dejar paso a otros con la esperanza de que sean capaces de cambiar de género, de registro y de interpretación. Pero los efectos colaterales que, tanto la pandemia como las/os intérpretes, dejarán tras de sí, serán tan graves que si no se genera ese cambio de manera urgente las consecuencias son imprevisibles.

Es momento de cambio, a pesar o precisamente por, la presencia de esta pandemia. Cambio en el Sistema Nacional de Salud, en las estructuras políticas, en la forma de gobernar y de presentar oposición, en los posicionamientos de cuantos agentes (políticos, de salud, ciudadanos, sociales, judiciales…) deben de intervenir para transformar una sociedad que necesita de una nueva normalidad alejada de los espectáculos frívolos e intrascendentes que se nos ofrecen actualmente. Normalidad en la que las normas de convivencia, transparencia, honestidad, ética y estética… destierren de una vez la confrontación civil que se resisten a abandonar algunos por sentirse cómodos en la trinchera infinita desde la que llevan a cabo el fuego cruzado que finalmente acaba matando o hiriendo a quienes dicen estar defendiendo desde el cinismo, la hipocresía, la demagogia y el populismo, sean del color que sean o defiendan la bandera que defiendan.

La única bandera que ahora mismo todas/os deseamos defender es la de la salud y la convivencia que nos permita recuperar una normalidad que no tan solo nos ha sido arrebata por la pandemia sino por quienes han contribuido a ello con la escenificación de un vodevil que ha logrado empobrecer, entristecer y envilecer la vida de cuantos sufrimos esta situación sobrevenida, sorpresiva e incierta que no necesitaba de su ayuda para hacer daño.

Ojalá en algún momento seamos capaces, todas/os de utilizar la palabra para solucionar en lugar de estropear, de debatir en lugar de pelear, de analizar en lugar de limitar, de reflexionar en lugar de atropellar, de proponer en lugar de imponer, de escuchar en lugar de tan solo oír, de cuidar en lugar de herir. Hacerlo no supone renunciar, en ningún caso, a las ideas propias, ni rebajarse, ni considerarse vencido, ni ser víctima, ni anular su identidad. Supone un ejercicio de humildad, respeto, grandeza, honestidad, coherencia y, sobre todo, de integridad moral y responsabilidad. Pero, claro, esto no encaja en la necesidad patológica que algunas/os mantienen de querer ser la/el diva/o del espectáculo, aunque se haga desde el esperpento.

Que pare el vodevil!!!!!. Es tiempo de algo menos frívolo, aunque el humor nunca esté reñido con el rigor.

SE VA QUINO, PERO NOS DEJA A MAFALDA. ¿Mafalda enfermera?

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A Quino por permitirme reír, pensar, soñar, rebelarme, querer…  vivir, con Mafalda.

 

            Hay personas que no quisiéramos que se fueran nunca o que pensamos que nunca se pueden ir. Pero la vida, como la muerte, son implacables y tienen sus ciclos en el caso de la primera y su llegada impredecible, aunque cierta en el caso de la segunda.

            Joaquín Salvador Lavado Tejón, al que muy pocos conocían como tal, pero si es reconocido y conocido como Quino, nos hizo disfrutar en sus sucesivos ciclos vitales con sus viñetas, sus tiras, sus dibujos, sus ideas… psicoanalizándonos, como buen argentino, en muchas ocasiones.

            Y en el momento de su muerte, Quino, ha sido recordado, llorado y querido, más por su gran creación que por él mismo. Como si en su despedida le acompañase su querida, nuestra querida, Mafalda.

            Mafalda nació casi por casualidad un 29 de septiembre de 1964 en Buenos Aires (Argentina). Un encargo de una tienda de electrodomésticos fue el detonante para que Quino creara a Mafalda y con ella la tira que la hizo mundialmente famosa a ella, a su familia y a su variopinto grupo de inseparables amigos.

            Cada uno de los personajes tenía un rasgo social diferenciado que reflejaba gran parte de una sociedad que tuvo la habilidad de que fuese reconocida y reconocible a pesar del paso del tiempo. Mafalda sus acompañantes y su mundo, su contexto, sus ideas, sus contradicciones, sus ilusiones, sus deseos, sus manías …estuvieron de actualidad cuando fue creada, siguen vigentes en la actualidad y lo serán eternamente, porque Quino, que no Mafalda ni sus acompañantes, les revistió de una inmortalidad social que está al alcance de muy pocos.

Sin embargo, como decía, Mafalda llegó a eclipsar a Quino. Como si Mafalda tuviese vida propia. Como si Quino hubiese sido el carpintero italiano Gepetto que creó a Pinocho y adquirió vida propia. Mafalda trascendió a su creador y se convirtió incluso en un problema para el propio Quino que, sin matarla, la sometió a una permanente hibernación que le permitiera ser reconocido como el extraordinario viñetista que era. Creando nuevos, aunque impersonalizados personajes que transmitían, eso sí, verdades como puños en una sociedad que se resistía a aceptarlas y, ni tan siquiera, conocerlas. Sus dibujos, muchas veces incluso sin palabras, trasladaban una realizad irónica, cruda, incluso punzante, como tratando de pinchar las conciencias de quienes, instalados en la individualidad, la competitividad, el consumismo… daban la espalda a los valores defendidos por Mafalda y ahora trasladados a otros personajes que dejaban que Quino fuese el protagonista.

            Así pues, Mafalda quedó eternamente anclada en su infancia, al igual que a sus amigos, su hermano y a sus padres, aunque a ellos en una permanente adultez que les impide la jubilación.

            Y todos nos acostumbramos a dicha parálisis vital rebobinando constantemente sus historias finitas en el deseo permanente de hacerlas infinitas.

            La madre de Mafalda, que como el del padre nunca conocimos su nombre, creada como la mujer perfecta ama de casa, cuidadora de su marido y sus hijos y esclava de su casa y de las tareas que la misma le generaban y le anulaban como mujer y como persona, ante la atónita mirada y la incomprensión permanente de Mafalda. Prototipo de la mujer normativizada socialmente.

El padre de Mafalda, trabajador y cabeza de familia tradicional, cuyo principal objetivo es el de sustentar a los suyos y procurarles todo aquello que la sociedad de consumo ofrece y que tantos quebraderos de cabeza le ocasionan para lograrlo. Prototipo de una clase social que es un quiero y no puedo, frente a quienes pueden y quieren serlo y mantener al resto en dicha escala subordinada.

El mercantilismo de Manolito, con sus sueños capitalistas y empresariales con tintes corruptos, aunque exento de cultura, inteligencia y de una aparente falta de sensibilidad en ese aspecto de bruto, en el que, sin embargo, la ocultaba. Fiel reflejo de una sociedad consumista y competitiva.

La aparente candidez de Susanita que ocultaba un prototipo de mujer socialmente sumisa, reproductiva, envidiosa y clasista que impregna toda su oratoria y sus pensamientos y que no entiende, ni lo pretende, cualquier otra opción, que es rechazada de pleno.

La eterna indecisión de Felipe que le sitúan ante una permanente diatriba entre lo que desea y lo que es socialmente aceptable y esperable y que le hace sentirse un llanero solitario.

Miguelito, soñador, iluso, tierno, que se intenta rebelar contra la normalidad establecida pero que nunca logra vencerla al estar demasiado pendiente de él mismo.

Guille, el más pequeño, pero el más rebelde, inconformista, narcisista y díscolo de todos. Tiene su propio mundo y quiere que todos giren a su alrededor como parte del mismo. Pasa a ser la incógnita del futuro no elaborado por Quino.

Libertad, la más pequeña en estatura y la amiga que más tarde se incorpora a la pandilla, pero la más perspicaz, aguda, irónica, reivindicativa y políticamente incorrecta de todos.

El mundo de Mafalda, que no Quino, me ha acompañado desde mi adolescencia y sigue haciéndolo cuando me acerco, cada vez a mayor velocidad, a mis últimos ciclos vitales. Pero para mi sigue siendo insustituible, indispensable, incuestionablemente necesaria en mis análisis, reflexiones, indecisiones, contradicciones, en las que siempre encuentro una viñeta, una expresión, un rasgo, una situación que me ayuda a entender, a reír, a pensar, a soñar sobre todo cuanto me rodea, me preocupa, me ocupa, me rebela, me enamora o me entristece. La sopa es lo único que me separa de ella, dado lo mucho que ella la odia y lo mucho que a mi me gusta. Pero siempre tendremos en común a los Beatles.

            Y es tal la empatía que por ella siento y la simpatía por quienes le acompañan que cuando yo ya descubrí lo que era ser y sentirme enfermera, quise, deseé, añoré, soné que Mafalda fuese enfermera. Porque quería que las enfermeras tuviesen mucho de Mafalda y creía que así era.

            Su amor por la justicia, la equidad, la igualdad, el respeto, la verdad… unido a su rebeldía, su impotencia, su pragmatismo, su vehemencia, sus convicciones… le hacían tener rasgos cuidadores alejados del exclusivo ámbito doméstico del que renunciaba y denunciaba al verlo reflejado en su madre, como cuidadora y mujer o en las injusticias que le rodeaban.

            Cuidadora del mundo al que miraba con ternura no exenta de rabia por su pertinaz renuncia al autocuidado. Del que incluso quiso bajarse pidiendo que lo parasen. Igual hoy se bajaría con él en marcha por no aguantar más.

Cuidadora de los derechos humanos que trataba de trasladar a cuantos le rodeaban en un ejercicio permanente de alfabetización, con más entusiasmo que éxito, todo hay que decirlo.

            Cuidadora de la ética y la estética que impregnaban cualquier acción que llevase a cabo, aunque le supusiese la permanente incomprensión de sus amigos, en especial de Susanita.

            Cuidadora de la salud mental, la salud laboral, la salud infantil, la salud de los mayores, la salud de la mujer, la salud comunitaria… a través de sus reflexiones, su pensamiento crítico, su capacidad de análisis… con los que trasladaba mensajes desde los que planteaba hábitos y conductas saludables.

            Cuidadora de la paz como contexto de salud universal.

            Cuidadora de las relaciones, la convivencia, el diálogo, la comunicación, como elementos básicos del respeto a la salud individual y colectiva.

En definitiva, rasgos que identifican a la buena enfermera y por los que, siempre me ha quedado la duda de si cuando creciese Mafalda su decisión hubiese sido enfermera.

Pero como quiera que Quino decidió que Mafalda fuese eternamente una niña, ahora que él se ha ido y Mafalda ha quedado entre nosotros, yo, me tomo la libertad de despertarla de su letargo editorial y situarla como mujer y enfermera.

Gracias Quino.

Sigues presente en tu eterna Mafalda

¿CUMBRE O CONTUBERNIO?

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¿CUMBRE O CONTUBERNIO?

 

En pasados días se convocó una cumbre entre Sanidad-CCAA para analizar y poner solución a la ‘falta de médicos’.

No es un error, no, se reúnen los responsables de la Sanidad nacional y autonómica para valorar, no la falta de personal sanitario, no. La falta de médicos que parece ser es la única que preocupa y ocupa.

Es decir, en un país, como España, que está tres puntos por encima de la media de países de la OCDE en número de médicos por 1000 habitantes se está estudiando de urgencia la “falta de médicos.

En un país, como España, en el que la Conferencia de Decanos de las Facultades de Medicina y los Colegios profesionales de Médicos con su Consejo General al frente, impiden que se abran nuevas Facultades para formar a más médicos.

En un país, como España, que mantiene un sistema nacional de salud absolutamente medicalizado y sanitarista y en el que la enfermedad y el hospital son el foco casi exclusivo del mismo, desplazando a la salud y a la Atención Primaria que identifican como aspectos casi residuales que se mantienen más por imagen que por interés.

En un país, como España, en el que el envejecimiento, la cronicidad, la soledad, la discapacidad, la vulnerabilidad… que se van a ver agravados por los efectos colaterales de la COVID 19, y que generan un contexto de cuidados al que no se da la respuesta adecuada al centrarse fundamentalmente en los procesos agudos, olvidando la promoción de la salud, la participación comunitaria o la educación para la salud.

En un país, como España, que ocupa el número 28 de 36 países en el número de enfermeras por cada 1000 habitantes, con una diferencia de más de 3 puntos con la media de países de la OCDE y a más de 12 de Noruega que ocupa el primer lugar.

En este país, España, se convoca una cumbre para debatir sobre la falta de médicos.

Y en dicha cumbre se acuerdan tres ejes sobre los que trabajar: “Habilitar los aprobados MIR sin plazas; también a los médicos extracomunitarios, agilizando el proceso; y, ante necesidades justificadas y facilitar también la movilidad interniveles.

En este sentido también llaman la atención los ejes consensuados a los que se llega, parece ser, sin excesivo problema.

Digo que llama la atención porque, que se habiliten, como si de un indulto graciable se tratase, a quienes han aprobado la prueba de MIR sin que hayan obtenido plaza, cuando en Enfermería, por ejemplo, aún estamos, desde 2005, pendientes de que se resuelva una prueba extraordinaria que de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, a cerca de 40.000 enfermeras que lo han solicitado, o que las Residencias de personas adultas mayores sigan siendo el principal foco de contagio y muerte de la pandemia sin que se contraten a enfermeras especialistas de Geriatría, o que la salud mental siga estando bajo mínimos sin que se contraten especialistas de salud mental, o que en la mayoría de los territorios autonómicos sus respectivos servicios de salud aún no hayan creado plazas específicas de especialistas, o que no se hayan, ni tan siquiera establecido los criterios de acceso a las mismas… todo ello, en un contexto, como decía de cuidados, parece que no tenga mayor importancia y que no haga falta ninguna cumbe, ni tan siquiera reunión para abordarlo y darle solución como se da a los médicos.

Resulta paradójico, por no utilizar otra palabra, que se esté planteando la habilitación de médicos extranjeros o agilizando las gestiones para lograr la homologación de títulos, cuando se ha negado tal opción a enfermeras extranjeras residentes en España y con la homologación en proceso de resolución (hay que tener en cuenta que por término medio el proceso se demora un mínimo de 2 años), tal como solicitaron al ofrecerse incluso sin cobrar para colaborar en los peores momentos. Pero se ve que la única carencia es la de médicos.

Finalmente, el trasvase de médicos interniveles ya será la gota que colme el vaso del deterioro de la Atención Primaria. En este caso el hecho de que las enfermeras lo pudieran hacer, a pesar de los catastróficos efectos que dicha decisión ha tenido en los Equipos de Atención Primaria, puede haber sido el referente para aplicarlo con los médicos también. Así, a lo mejor, ya se acaba por demoler definitivamente la Atención Primaria, con trasvases de clínicos que aplicarán su paradigma sanitarista y asistencialista y reducirán a anécdota cualquier posibilidad de paradigma salutogénico.

Así pues, no salgo de mi asombro, o mejor dicho, de mi indignación, porque la capacidad de asombro ya hace tiempo que lograron colmarla, los decisores políticos apoyados de manera muy significativa por los medios de comunicación, en cuanto a las medidas que de tiempo en tiempo deciden adoptar siempre en beneficio de un colectivo que no de un Sistema, aunque este sea el de Salud en el que además de médicos, hay otros profesionales que cumplen con idéntica o mayor motivación y dedicación, si cabe, que los médicos, sin que nunca se repare en analizar, reflexionar, debatir y planificar sobre las necesidades de redimensión de las plantillas para adecuarlas a las necesidades reales de la población y no a las percibidas por un determinado colectivo que, haciendo uso del poder que han adquirido y que se les ha permitido, logran modelar la sanidad a su imagen y semejanza aunque ello no comporte mejoras en la salud de las personas, las familias y la propia comunidad.

Pero está visto que cualquier excusa es buena y esta, la de la pandemia, no podía dejarse escapar para dar respuesta a dichas demandas corporativas.

Mientras tanto las recomendaciones de los organismos internacionales en sentido diametralmente contrario a las decisiones que se están adoptando en España, siguen sin considerarse, ni tan siquiera contemplarse.

Y todo ello en el año Nursing Now.

Dedicarse a una parte, por importante que se perciba, olvidando el todo es algo que en sanidad y en salud va en contra, no ya, tan solo de la ciencia sino del propio sentido común, aunque lamentablemente sea el menos común de los sentidos.

Y aún pretenden que creamos que les importamos… Humilladas, olvidadas, ignoradas, invisibilizadas, sí, tontas no. No se equivoquen.

Llamar a esto cumbre es una broma de mal gusto. Mejor llámenlo como lo que es, un contubernio.

REFORMAS, RESTAURACIONES Y DEMOLICIONES

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            Desde que allá por el mes de marzo se disparasen todas las alarmas en nuestro país por la llegada del, nada deseado y nunca invitado, del virus COVID 19, han pasado muchas cosas.

            Tras un confinamiento, desde el que observamos, como espectadores cautivos, como dañaba la salud individual de muchas personas, pero también la salud comunitaria, pasamos a un desconfinamiento gradual que no supimos gestionar adecuadamente al minusvalorar el efecto devastador de nuestro indeseado visitante. Los rebrotes, como indicadores implacables de nuestras actitudes e irresponsabilidades individuales y colectivas, provocan nuevas situaciones de alarma que hacen que un nuevo confinamiento aparezca como posibilidad nada improbable a pesar de las resistencias que su mero planteamiento suscita entre amplios sectores sociales, económicos, laborales…Y si el visitante, por si solo, ya hemos comprobado la capacidad devastadora que tiene, su inseparable compañera, que desde el inicio le acompaña, la incertidumbre, no ha hecho sino aumentar, extender o facilitar, el desconcierto, la alarma o el miedo, tanto entre la población general como entre quienes han tenido que tomar decisiones, desde sus puestos de responsabilidad.

            Es cierto que desde el principio de esta situación dije que no quisiera estar en la piel de quienes han tenido que decidir ante una situación tan compleja, desconocida como incierta. Pero una cosa es que yo no quiera estar en su piel y otra bien diferente es que quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones se escuden e incluso escondan tras esa permanente incertidumbre para retrasar o evitar tomarlas. Posiblemente porque hacerlo conlleve un alto porcentaje de error dada la presencia de la incertidumbre. Pero la opción de la inacción o la ambigüedad, es claramente inadmisible. Por difícil, duro y arriesgado que sea tomar decisiones en momentos tan críticos como los que está provocando esta pandemia, quienes tienen la obligación de hacerlo, por responsabilidad y por ser inherente a su puesto, deben asumirlo. Porque nadie les ha obligado estar donde están, ni ser lo que son o representan. Lo están por voluntad propia y, por tanto, deben ser coherentes y consecuentes a lo que en su momento asumieron al ser nombrados o al acceder a los puestos que ocupan. La dimisión es una opción a su indecisión o falta de determinación. Porque, lo que está claro es que las decisiones les corresponden y las consecuencias de las mismas también, aunque asumirlas sea complejo. Al fin y al cabo, tomar decisiones fáciles todos sabemos. La verdadera capacidad y valía se demuestra ante situaciones como la pandemia. Que nadie se engañe y que nadie quiera engañar.

            Pero la pandemia, además de las consecuencias dolorosas que está teniendo para la salud de las personas y de la sociedad en su conjunto, está dejando al descubierto una serie de carencias, defectos o desperfectos que hasta la fecha habían pasado desapercibidos o se habían ocultado con retoques menores para mantener las apariencias, pero que ahora, favorecen, de manera significativa, a agravar la situación generada por la pandemia.

            Así pues y como si de un edificio se tratase, por lujoso y señorial que sea, el paso del tiempo provoca el deterioro o incluso la inhabilitación de algunas de sus instalaciones o dependencias. Más aún si a pesar del tiempo transcurrido no se han llevado a cabo ni el mantenimiento, ni las reformas necesarias que permitiesen conservar en perfecto estado el edificio y adecuarlo a nuevas necesidades.

            Ese edificio metafórico es el Sistema Nacional de Salud que se construyó con una estructura sólida, resistente y perdurable en el tiempo como es la Ley General de Salud. Sin embargo, cuando hubo que tabicar la distribución de espacios, hacer instalaciones eléctricas, de fontanería, carpintería, pintura, enlucido… los materiales utilizados y las diferencias de criterio a la hora de emplear unos u otros materiales o la elección de los mejores profesionales para la ejecución de todo ello, los resultados finales y su habitabilidad, acceso, aislamiento… unido a la falta de un mantenimiento exhaustivo que no tan solo permita las reparaciones de aquello que se deteriora, sino llevar a cabo reformas puntuales que adecuen el espacio a las nuevas necesidades que se van presentando, han conducido a que la aparente excelencia del edificio empiece a cuestionarse como consecuencia de todo ello. Lo que provoca la insatisfacción, tanto de quienes son encargados de dar sentido al edificio y sus dependencias, como de quienes son visitantes habituales o esporádicos del mismo.

            El paso del tiempo y la gestión de quienes son responsables de mantener el Edificio y los servicios que presta, a lo largo del mismo, debilitaron seriamente su esplendor, lo que sirvió para que en un espacio, hasta entonces exclusivo, empezasen a aparecer, de manera progresiva, nuevos edificios con mejor apariencia y supuestos mejores servicios que acapararon el interés de quienes se podían permitir el lujo de utilizarlos y contribuyeron a un deterioro mayor del “viejo” Edificio, expuesto a la falta de inversiones y, por tanto, de reformas.

            Ante esta situación hay quienes postulaban por una restauración del edificio que le devolviese, al menos, el aparente esplendor de sus inicios, pero manteniendo una estructura caduca que difícilmente podría dar respuestas eficaces. Restauración, por otra parte, que se planteaba, en muchos casos, con la participación de quienes habían ido creciendo a la sombra de su prestigio, beneficiándose de sus males, contribuyendo a su cada vez más decrépita imagen y servicio. Otros, directamente planteaban la demolición absoluta y con ella la construcción de un nuevo y flamante edificio, cuya utilización y gestión fuese absolutamente diferente a la que hasta ahora tiene el actual, con lo que ello significaría.

            Pero nadie se atrevía a plantear una reforma integral, que no tan solo cambiase radicalmente la imagen del Edificio, sino que sirviese para poder ofrecer unos servicios de calidad a toda la población con independencia de su clase o condición.

            Una vez más la indecisión, la ambigüedad y las presiones de diferentes intereses de poder, han paralizado lo que es una necesidad a todas luces inaplazable que tan solo los discursos complacientes, interesados y demagógicos mantienen en pie la excelencia de un SNS que como un viejo y maltratado edificio requiere de intervenciones urgentes, que sufren constantes e inexplicables aplazamientos, poniendo en riesgo la salud de la población y cuestionando a los profesionales que son los únicos que han logrado mantener cierta sensación de la cacareada excelencia.

            La pandemia, como si de un ciclón de categoría 5 se tratase, se ha encargado de dejar al descubierto las graves carencias de ese edificio que es el SNS, aunque gracias a la estructura inicial se mantiene en pie

            Ante esta situación se alzaron voces críticas con el modelo asistencialista, paternalista, fragmentado, medicalizado, centrado en la enfermedad… con el que se construyó el viejo edificio y que se ha mostrado claramente ineficaz. Se planteó, por primera vez, la necesidad de una reforma integral que ya tuvo sus primeros indicios, antes de la pandemia incluso, con la redacción del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que, sin embargo, la pandemia no tan solo paralizó su desarrollo, sino que situó como subsidiaria e infrautilizada ante el Hospitalcentrismo desde el que se decidió afrontar una pandemia que se encargó de poner en evidencia tan nefasta decisión.

            Las consecuencias de la pandemia no dejaron alternativa a quienes hasta entonces se habían resistido de manera sistemática a una reforma tan necesaria como urgente. De tal manera que se constituyeron comisiones de reconstrucción e incluso comisiones ministeriales que plantearan de manera rigurosa, a través de expertos, la reforma integral necesaria.

            Pero está claro que la pandemia exige protagonismo absoluto e impide cualquier otra acción que no sea focalizar la atención exclusiva hacia ella. De tal manera que los resultados de las citadas comisiones o bien han quedado en declaraciones de intenciones plasmadas en documentos con papel timbrado o bien ni tan siquiera eso, al quedar tras el consumo de tiempo, esfuerzo y conocimiento de expertos, en un limbo del silencio administrativo a la espera, se ve, de un mejor momento para que vea la luz y pueda iniciarse la ansiada reforma. Pero, nuevamente, la indecisión, la ambigüedad y el miedo político a tomar decisiones tan valientes como imprescindibles, hacen que la decrepitud del SNS siga evolucionando.

            Decrepitud que a muchos nos duele y nos indigna, pero que, a otros muchos, que además son quienes tienen el poder y el dinero o el dinero que da el poder, les satisface al vislumbrar un futuro sanitario de grandes beneficios económicos, aunque la salud finalmente sea tan solo para quien la pueda pagar.

            Déjense de luchas interesadas y oportunistas a expensas de la salud de todos y dedíquense a hacer lo que deben que no es otra cosa que tomar las mejores decisiones, aunque se equivoquen.

            La pandemia no puede ni debe ser, por más tiempo, excusa para paralizar la puesta en marcha de las reformas necesarias. No hacerlo es una clara y manifiesta incompetencia institucional, política y humana.

ENFERMERAS. VERDADES DE PEROGRULO Y EVIDENCIAS CIENTÍFICAS. Algo huele mal.

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Pedro Grullo o Perogrullo, “que a la mano cerrada la llamaba puño”, es un personaje paremiológico o de la literatura tradicional cuyo origen histórico es de difícil determinación. Su idiosincrasia es la de un personaje cómico, producto de la imaginación popular, pero existen hipótesis e investigaciones en las que se afirma que habría existido un Pedro Grullo real. En cualquier caso, en el habla corriente se identifica al personaje como el primer, o el más famoso, decidor de perogrulladas -tautologías retóricas-, esto es, verdades redundantes o pleonásticas del tipo “ha amanecido porque es de día”.

            Así pues, sobre lo que hoy voy a reflexionar, es de Perogrullo. Pero parece ser que debe recordarse de vez en cuando para que algunos sectores, políticos o gestores, más allá de verbalizarlo como mantra oportunista y efectista, lo incorporen como elemento fundamental en su toma de decisiones.

            Con motivo de la Pandemia se está insistiendo constantemente en la necesidad de tomar decisiones única y exclusivamente basadas en evidencias científicas contrastadas y expuestas por expertos u organismos de reconocido prestigio internacional. Nada que objetar a tan loable perogrullada científica, permítaseme la expresión.

Por ejemplo, nadie, razonable, niega la oportunidad de invertir en investigación para obtener una vacuna que la ciencia determina que es el único método eficaz para acabar con la pandemia. Otra perogrullada científica.

            Nadie, salvo los negacionistas reaccionarios y sin capacidad de reflexión y pensamiento crítico, cuestionan la necesidad de adoptar medidas de protección contra el contagio, como la distancia social o el uso de la mascarilla. Nueva tautología o afirmación obvia.

            Sin embargo, no entiendo por qué en el caso de la pandemia tiene significación, sentido, coherencia y justificación tales planteamientos y, sin embargo, no se utiliza igual razonamiento para tomar decisiones en determinadas situaciones que, por otra parte, inciden de manera directa y significativa en la solución de lo que previamente se ha planteado científicamente con relación a la pandemia.

            Aunque en la primera ola de la pandemia los profesionales sanitarios en su conjunto, fueron ensalzados, vitoreados y aplaudidos por su encomiable actitud y sus valiosas aportaciones en el afrontamiento de la pandemia, la aparente recuperación de una falsa y tramposa normalidad nos condujo a la segunda ola en la que han aparecido graves carencias tanto de recursos materiales, infraestructuras como de personal, que están provocando respuestas muy deficientes a las necesidades y demandas de la ciudadanía, tanto de las derivadas directamente de la pandemia como de las que ya existían y han sido invisibilizadas por esta.

            Entre las deficiencias que, de manera más significativa, clara y evidente, quedan al descubierto aparece la de la falta de profesionales de salud, de manera muy evidente en Atención Primaria.

            Pues bien, esta evidencia no tan solo no se utiliza con la rotundidad esgrimida en otros discursos, sino que incluso se oculta o en su defecto se manipula, deforma o interpreta interesadamente.

            De tal manera que lo que parece ser una deficiencia de profesionales de diferentes disciplinas, acaba convirtiéndose exclusivamente en la falta de médicos. Y esta información se torna en un discurso machacón, permanente y reiterado tanto por parte de gestores y políticos, como de los medios de comunicación que se hacen eco del mismo de manera mimética difundiéndolo como una verdad absoluta y exclusiva.

            Pero la ciencia y las evidencias que la misma genera, por mucho que se pretendan utilizar de manera interesada, acaban por descubrir a los manipuladores y emergen como razones poderosas que desmontan los discursos que tratan de convertir en perogrulladas, lo que realmente son falsos postulados derivados de un modelo caduco en el que el medicocentrismo institucional y social, se convierte en un peligroso virus que trata de impedir el crecimiento de cualquier otra paradigma desde el que entender, afrontar y resolver problemas de salud, y no tan solo desde la enfermedad y la curación.

            Así pues, la realidad se transforma y deforma y lo que las evidencias trasladan a través de datos científicamente contrastados por revistas de alto impacto científico y por organizaciones nada sospechosas, se convierten en informaciones tendenciosas aireadas a bombo y platillo por los medios de comunicación, en las que tan solo se identifican como carencias las que hacen referencia a los médicos. De tal manera que la sociedad identifica e interioriza como único problema el déficit de dichos profesionales, ahondando en el medicocentrismo que padece tanto el Sistema Nacional de Salud como la propia sociedad que lo admite como cierto.

            Dicho lo cual, en ningún momento, quiero trasladar que no exista una falta de médicos o una necesaria mejora de las condiciones laborales y profesionales de los mismos. Pero, lo que, sí que manifiesto, justifico y defiendo es que la carencia de enfermeras y la mejora en sus condiciones de trabajo y desarrollo científico-profesional, es muy superior a la de los médicos.

            Y para que nadie pueda decir que lo que pretendo utilizar como una verdad de Perogrullo no pasa de ser una injustificada reivindicación victimista, aporto los datos que sobre ratios de enfermeras tenemos en España comparadas con las de otros muchos países y que nos sitúan en un nivel en el que resulta verdaderamente increíble que las enfermeras españolas podamos estar dando una calidad de atención y de cuidados como el que están prestando a pesar del menosprecio al que son sometidas, tanto por parte de gestores como de políticos y medios de comunicación (Figura 1).

Figura 1

             A estos datos, hay que unir las permanentes llamadas realizadas desde la OMS[1] instando a los países a que, no tan solo contraten más enfermeras, sino a que sitúen a las mismas en los puestos de responsabilidad de todas las instituciones. Así como estudios internacionales que demuestran que el número de enfermeras tituladas y bien preparadas tiene una relación directa con la morbi-mortalidad[2].

            Pues bien, ni los datos, ni las indicaciones, igualmente justificadas con evidencias, realizadas por organismos como la OMS, ni los estudios que aportan evidencias científicas rigurosas y contrastadas, surten efecto alguno en unos decisores e informadores tan mediatizados, alejados de la realidad y esclavos de determinados poderes, por todos conocidos, aunque no reconocidos, que mantienen organizaciones obsoletas, modelos caducos ineficientes e ineficaces, parcelas de poder inmovilistas e inmovilizadoras, actitudes patriarcales y paternalistas, reduccionismo profesional asistencialista, fragmentado y centrado exclusivamente en la enfermedad… mientras las necesidades de cuidados, en contextos claramente de cuidados, quedan invisibilizados, fagocitados o ignorados y los medios de comunicación, contagiados por el medicocentrismo, que contribuye, no tan solo a mantener sino a ser caja de resonancia de unos intereses corporativistas, tan casposos y alejados de la realidad, como perjudiciales para las personas, las familias y la comunidad.

            La falta de enfermeras y su justo reconocimiento no entra en colisión ni es incompatible con las demandas legítimas que puedan tener otros colectivos profesionales. Lo que no es legítimo, ni justo, ni equitativo, ni razonable, ni coherente, ni tan siquiera de sentido común, es pensar que todo pasa por mejorar las condiciones de los médicos y que lo demás es secundario o incluso innecesario. Y esa es la verdad que quieren convertir como de Perogrullo y con la que están engañando día si y día también desde tribunas políticas, despachos de gestión y espacios de medios de comunicación en una alianza perfecta que es lo que ciertamente es una verdad de Perogrullo.

            Mientras tanto el deterioro es palmario y la capacidad de planificación, gestión y resolución inexistentes. Pero, eso sí, todo depende de que haya más médicos y de que salgan mucho en los medios, no vaya a ser que a alguien se le olvide o identifique que las carencias son otras.

Al fin y al cabo, todo parece valer para hacer pasar, como verdad de Perogrullo, lo que no deja de ser un caprichoso interés corporativo y mediático. El fin justifica los medios y a los medios.

[1] https://www.who.int/publications-detail/nursing-report-2020

[2] (http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2813%2962631-8/abstract