PARADIGMA ENFERMERO Y ESTRATEGIA DE CUIDADOS Construcción o indiferencia

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“Si quieres cambios grandes y primarios, trabaja en tus paradigmas”

Stephen Covey[1]

 

Sin duda estamos asistiendo a momentos difíciles para la Enfermería y las enfermeras en España. Es una evidencia que no puede ser ocultada, ni negada, ni ignorada, pero que parece nos resistimos a aceptar con actitudes que lejos de aportar soluciones incrementan mucho más la crisis.

Thomas S. Kuhn[2] se refirió al paradigma como el conjunto de prácticas y saberes que definen una disciplina científica durante un período específico[3]. En base a ello cabe que nos preguntemos si realmente la ciencia Enfermera ha sido capaz, no tan solo de construir sino de reconocer y aceptar como propio, ese conjunto de conocimientos, teorías, experiencias y prácticas capaces de definir la disciplina científica enfermera. O si por el contrario la contaminación de saberes de otras disciplinas unida a la falta de determinación y concreción de las propias enfermeras para fortalecer su paradigma propio y diferenciado han limitado o impedido configurar ese paradigma disciplinar enfermero.

Porque dar respuestas desde un paradigma de otra disciplina o desde uno que no ha sido construido con conocimientos claros, propios y contrastados supone que las mismas no se correspondan con la identidad que, al menos teóricamente, pretendemos tanto a nivel social como científico y profesional, lo que provoca confusión entre las propias enfermeras y en la población a la que prestamos los cuidados profesionales que supuestamente nos identifican de manera diferenciada.

Da la sensación de que hemos estado jugando permanentemente a la rayuela o sambori[4] de la ciencia, saltando de casilla en casilla y haciéndolo en ocasiones desde la inestabilidad que da hacerlo con un solo pie, sin saber exactamente cuál es el objetivo a alcanzar.

Pero ni la ciencia es un juego, ni la enfermería como ciencia lo es tampoco. Por lo tanto, deberemos reflexionar sobre si realmente estamos en disposición de definir, asumir y actuar en base a un paradigma propio y diferenciado o si por el contrario queremos seguir siendo invitados interesados de otros paradigmas desde los que difícilmente podremos ser referentes de nada ni de nadie.

No podemos hablar tampoco, desde mi punto de vista, de un cambio de paradigma. Primero porque eso supondría asumir que realmente tenemos un paradigma desde el que nos proyectamos como disciplina y profesión, lo que realmente no está claro o cuanto menos no asumido de manera generalizada en la práctica diaria de las enfermeras. Por otra parte, porque para que se diera la posibilidad de plantear dicho cambio de paradigma sería preciso que este hubiese sido identificado y asumido por las enfermeras y reconocido por la comunidad científica. Ni las enfermeras, como ya he comentado, lo han identificado y actuado en consecuencia al mismo, ni la comunidad científica lo reconoce, tal como se desprende de las resistencias aún existentes por organismos tanto nacionales como internacionales de reconocernos como ciencia, como sucede, por ejemplo, con los Códigos[5] de clasificación UNESCO[6] para TESEO[7]. Esto significa que, a pesar de poder acceder a los programas de doctorado para la realización de Tesis con las que obtener el grado de Doctoras, estas no pueden ser referenciadas ni recuperadas una vez defendidas con un código o códigos de Enfermería, teniendo que hacerlo en otras ciencias como las Médicas.

Esta evidente debilidad contribuye a que la identificación del paradigma enfermero sea difusa, confusa y limitada con lo que ello significa no tan solo para la consolidación de la Enfermería como ciencia, sino también para la generación de un discurso homogéneo sobre la aportación específica de las enfermeras a la sociedad en cualquier ámbito de actuación de tal manera que exista una clara correlación entre lo que somos capaces de ofrecer de manera diferenciada y lo que pueden demandar las personas de manera indiscutible como valor intrínseco de las enfermeras.

En base a lo dicho, por tanto, tampoco podemos hablar de lo que Kuhn denominaba una revolución científica que se produce cuando los científicos encuentran anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma universalmente aceptado dentro del cual ha progresado la ciencia hasta ese momento. Parece claro que esta premisa no se da en tanto en cuanto ya he descrito que estamos construyendo o en el mejor de los casos consolidando el paradigma enfermero y por tanto no se puede hablar de fin de ciclo, de saturación o de falta de explicaciones a un supuesto paradigma que ni ha sido aceptado universalmente ni por las enfermeras ni por la comunidad científica, ni ha permitido progresar de manera inequívoca a la ciencia enfermera en una dirección determinada y unívoca.

En cualquier caso, no se trata de que el paradigma constituya un dogma de fe o plantee un pensamiento único de acción, en absoluto. Pero si que sea capaz de sentar las bases conceptuales y prácticas en las que basar el desarrollo académico, profesional, investigador y científico de la Enfermería.

Mientras sigamos instalados o vagando por el árido y ajeno paradigma de la enfermedad, entendida esta como el desequilibrio, disfunción o lesión de un órgano, aparato o sistema que provoca signos, síntomas o síndromes a los que hay que dar respuestas que se alejan de nuestro paradigma al basarse en la fragmentación, la biología, el paternalismo asistencialista y la medicalización, no seremos capaces de generar un constructo científico-profesional propio y seremos identificadas como parte secundaria o subsidiaria de quienes son los verdaderos dueños de dicho paradigma. Actuar desde un paradigma ajeno supone asumir sus conocimientos, sus prácticas y sus saberes y, por tanto, renunciar a los que como disciplina autónoma y ciencia nos corresponde no tan solo asumir, sino alimentar, potenciar, defender y desarrollar.

Si por el contrario nos situamos en el paradigma de los problemas de salud, con independencia de la/s posible/es patologías que puedan tener las personas, para tratar de identificar las dificultadas u oportunidades que tienen las personas para afrontar su situación tanto de manera individual, como desde y con  la familia de la que forman parte y de la comunidad en la que están integradas, desde una perspectiva integral, integrada e integradora y teniendo en cuenta las dimensiones física, social, psicológica y espiritual de dichas personas como seres únicos que requieren de respuestas individualizadas facilitando la coordinación y articulación de los recursos individuales, familiares, sociales (redes de amistad y vecinales) y comunitarios que permitan, a través de la Educación para la Salud, favorecer la autodeterminación, la autogestión, la autonomía y el autocuidado que les empodere en la toma de decisiones sobre sus procesos de salud y enfermedad, tendremos la oportunidad y capacidad de generar conocimientos, saberes y prácticas propias que consoliden un paradigma enfermero desde el que dar respuestas enfermeras que sean identificadas y valoradas por nosotras mismas como enfermeras, por el resto de la comunidad científico-profesional, por las/os responsables de las instituciones u organizaciones en donde actuemos y por parte de la población con la que interactuamos y con la que consensuamos sus respuestas de salud.

No se trata de confrontar paradigmas, ni de establecer una competencia artificial sobre cuál es mejor o más importante, ni de excluir a uno sobre el otro. Ambos paradigmas deben ser identificados como necesarios, compatibles y generadores de respuestas conjuntas de salud. Pero ambos paradigmas deben ser respetuosos y generosos entre si en tanto en cuanto ambos hacen aportaciones valiosas e imprescindibles. Otra cuestión es el ámbito de los lugares comunes, que sin duda existen, entre ambos y que generan solapamientos que en ningún caso deben ser identificados como invasiones competenciales o intrusismos profesionales que tan solo obedecen a planteamientos corporativistas que se alejan del objetivo común que no debe ser otro que el de dar la mejor respuesta a las necesidades de las personas.

Por tanto, ambos paradigmas son, no tan solo necesarios, sino imprescindibles y complementarios. No podremos dar respuestas eficaces y eficientes desde la negación, el chantaje, la ignorancia o la indiferencia hacia alguno de ellos o hacia ambos.

La generación de conocimiento debe contribuir no tan solo a nutrir las publicaciones científicas como vehículos de comunicación del mismo o como desarrollo académico de las/os investigadoras/es o de las instituciones en las que trabajan, sino a su incorporación y contribución en la construcción de nuestro paradigma y a que actúe como plataforma de lo que las enfermeras, como miembros del mismo, y solo ellas, comparten. Esta es la clave, que compartamos ese paradigma enfermero claro, visible, reconocible y perceptible desde el que proyectemos una imagen de liderazgo de los cuidados, pero también de compromiso con las personas, las familias y la comunidad.

Llevamos más de 40 años en la Universidad y los avances alcanzados han sido tan importantes como evidentes, pero los mismos no han logrado, al menos hasta ahora y de manera estable, homogénea, aceptada y visible, configurar un paradigma enfermero desde el que proyectarnos social, profesional y científicamente. Por tanto, en ningún caso podemos hablar como algunas/os plantean que nos encontramos ante un cambio de paradigma o como Kuhn describía un estado de crisis. Porque no se han acumulado anomalías en contra de un paradigma vigente que obligue a plantear nuevas ideas o recuperar algunas de las que pudieron descartarse en su momento, provocando una batalla intelectual entre los seguidores del nuevo paradigma y quienes resisten con el viejo paradigma. El problema por tanto no es el de una revolución científica en terminología de Kuhn.

Ante esto lo que realmente debe plantearse de manera urgente, reflexiva, crítica y rigurosa, es un gran proceso de debate científico-profesional de la Enfermería, en el que los diferentes planteamientos, posiciones, miradas, ideas, pensamientos, corrientes… se expongan, analicen, contrasten, defiendan y refuten, con el objetivo de llegar a un consenso que permita identificar y aceptar los conocimientos, saberes, y experiencias que conformen un paradigma enfermero aceptado y seguido por todas las enfermeras en cualquier ámbito de actuación.

No podemos seguir trabajando, investigando, enseñando, gestionando, desde posicionamientos dicotómicos sin fundamento o con argumentos dispersos y sin cohesión científica que polarizan el pensamiento y paralizan el conocimiento.

Esto en ningún caso significa estandarizar la ciencia enfermera, ni generar un pensamiento único, ni instaurar un control de la actividad enfermera. Nada de esto es cierto, porque todas las disciplinas científicas basan su desarrollo en paradigmas propios desde los que impulsan su acción.

Precisamente disponer de un paradigma conocido y reconocido permite justamente lo contrario, es decir, el dinamismo, la diversidad, la acción contrastada, el planteamiento novedoso… que no tan solo facilite mantener vivo el paradigma, sino que logre establecer los mecanismos de discusión, debate, cuestionamiento o cambio que propicien nuevos planteamientos tendentes, en ese momento si, a generar un cambio de paradigma.

Ahora que se va a empezar a debatir sobre una estrategia de cuidados en la que sin duda las enfermeras tenemos mucho que decir, aportar y liderar, nos podemos encontrar con la paradoja de que no sepamos argumentar científicamente el cuidado y que este se convierta en un obscuro objeto de deseo por parte de quienes desde hace un tiempo han descubierto en el cuidado y los cuidados una oportunidad de crecimiento cuando no de enriquecimiento, reclamándolos para si y desvirtuando el verdadero sentido ético y estético de los mismos.

Pero difícilmente lograremos ser identificadas como líderes de dicha estrategia si seguimos soltando “lastre” al abandonar la responsabilidad de cuidados básicos como la higiene, la alimentación o la eliminación por poner algunos ejemplos manifiestamente vigentes. O si no somos capaces de definir la importancia de los cuidados profesionales en nuestra actividad de tal manera que trasciendan, se hagan visibles y adquieran el verdadero valor que tienen. Pero para ello, lógicamente, nos lo tenemos que creer nosotras y después de ello dotarlos del conocimiento y la evidencia científica que les otorguen valor indiscutible, para poder convencer al resto de la comunidad científica y a la sociedad.

Abordar el planteamiento de una estrategia de cuidados, con ser importante, no es suficiente. Si como enfermeras no somos capaces de fundamentar, defender, liderar los cuidados, nos podemos encontrar con una estrategia en la que “otros” nos sitúen donde quieren y no donde debemos estar para hacer valer la aportación real de los cuidados profesionales enfermeros en equilibrio con los cuidados prestados en el ámbito familiar, sean remunerados o no, o aquellos prestados desde otras disciplinas o profesiones pero que en ningún caso sean producto del abandono por parte de las enfermeras o de la colonización de los mismos por falta de argumento o de inclusión clara en el paradigma enfermero.

Seguir generando discursos, más o menos bien intencionados, desde los diferentes ámbitos, contextos, partes, organismos, representantes de la Enfermería y, lamentablemente, al margen de las enfermeras, sin que los mismos se construyan desde el pensamiento crítico para lograr un consenso amplio, firme y duradero en el tiempo, perpetuará la posición de debilidad en la que estamos instauradas desde hace tiempo y desde la que nos dedicamos a intentar derribar a quienes consideramos enemigos, en un todos contra todos, que impide el avance y, por supuesto, el entendimiento.

Las posturas pueden ser distantes o incluso diametralmente diferentes. Pero si no somos capaces de ponerlas encima de la mesa para defenderlas, desde el respeto y la humildad, y dejando aparcados los intereses corporativos, institucionales o personales, que impiden el debate, ni lograremos configurar nunca un paradigma propio, ni podremos argumentar, más allá de la reivindicación lastimera, el valor intrínseco de nuestra aportación específica.

De todas y cada una de nosotras depende que logremos desencallar la embarcación enfermera que quedó varada en algún momento de su navegación y que de no hacerlo estaremos irremediablemente condenadas a que se produzca el hundimiento definitivo. Bien porque nuestra propia nave haga aguas que no seamos capaces de achicar y arreglar para reflotarla o bien porque otros decidan que somos un obstáculo para su avance y lo provoquen mediante el asalto o el ataque directo.

Tenemos un potencial de acción impresionante e imprescindible. Pero lo potencial hay que hacerlo real.

Los cuidados no van a desaparecer nunca, son consustanciales a la vida, quienes los presten dependerá de lo que decidamos quienes en estos momentos aún somos referentes de los mismos, aunque con claras muestras de debilidad. El empoderamiento y su liderazgo debemos abordarlos desde el entendimiento y no desde la confrontación permanente e inútil que se ha instaurado desde hace algún tiempo.

No es cuestión de buscar culpables, posiblemente todos lo seamos en mayor o en menor medida. Se trata de hablar, dialogar, negociar, debatir, escuchar, plantear, argumentar, ceder, consensuar, construir, reforzar, transmitir, visibilizar… para abandonar la indiferencia y pasar a ser la diferencia necesaria.

[1]  licenciado en administración de empresas, escritor, conferenciante, religioso y profesor estadounidense (1932-2012).

[2] Físico, filósofo de la ciencia e historiador estadounidense (1922-1996)

[3]  Kuhn, define paradigma de la siguiente manera: “…’ciencia normal’ significa investigación basada firmemente en una o más realizaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior. […] Voy a llamar, de ahora en adelante, a las realizaciones que comparten esas dos características, ‘paradigmas’, término que se relaciona estrechamente con ‘ciencia normal’.” Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, Cap. II. El camino hacia la ciencia normal.

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Rayuela_(juego)

[5]http://cms.ual.es/idc/groups/public/@academica/@titulaciones/@doctorado/documents/documento/codigos_unesco_teseo.pdf

[6] Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura

[7] Base de datos del Ministerio de Educación para recuperar las tesis doctorales leídas en universidades españolas

DE LA APS A LOS ODS De la Aparente Posibilidad de Salud a Otra Dimensión de Salud

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A Carmen Gallardo, María Sainz e Hiram Arroyo, promotores de salud y de ilusión.

“Nunca abandones un sueño por el tiempo que te puede tomar. De igual forma, el tiempo pasará”

Earl Nightingale[1]

 

Desde que en el 2015 las Naciones Unidas adoptaran los Objetivos de Desarrollo Sostenible como un llamamiento universal para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar que para el 2030 todas las personas disfruten de paz y prosperidad, han pasado ya más de 7 años sin que hasta la fecha se haya avanzado mucho más que identificar su logo y conocer la intención de su logro. Pero nuevamente, como ya sucediera con el famoso “salud para todos en el año 2000” tras la Conferencia de Alma Ata, todo queda en una perspectiva esperanzadora, una quimera aplazable o una declaración de intenciones, buenas, pero poco más que intenciones, que no acaban por concretarse.

Poner fechas, aparentemente lejanas, parece que anima a creer que se puede lograr aquello que se plantea. Considero que más por una cuestión de ilusión en que acabe concretándose que por razones objetivas que permitan tener la convicción de hacerlo. La relatividad del tiempo contribuye a ello y la relajación en la toma de decisiones para hacer realidad el eslogan que, con tanta alegría como falta de interés suelen aplicar en su adhesión, pone el resto. Pero el resultado lamentablemente acaba siendo siempre el mismo. La fecha por lejana que parezca cuando se plantea acaba inexorablemente llegando sin que la misma consiga, lamentablemente, ir acompañada del cumplimiento de los objetivos que tan poco cuesta plasmar en un papel y tanto cuestan que los mismos se transformen en hechos reales, constatables y evaluables.

La Atención Primaria que debía ser el modelo y motor de atención a la salud para lograr alcanzar esa salud global que se promulgaba en la célebre frase, tan solo logró ser un nuevo elemento de interés político, de refugio profesional y de decepción comunitaria.

Supuso un claro aliciente para que las/os políticas/os hiciesen sus propuestas electorales y electoralistas acuñando aquello del Nuevo Modelo de Atención que nadie sabía a ciencia cierta a qué se refería, pero que logró acaparar la atención de muchos, motivar a bastantes y generar resistencia a otros tantos, en su puesta en marcha.

La Salud para todos en el año 2000 suponía un reto que pocos veían como tal teniendo en cuenta que se situaba a las puertas de un nuevo siglo que se antojaba tan lejano como posiblemente lo fue para Stanley Kubrick su película 2001 Una Odisea del Espacio. Así pues, ambas visiones confluían en el planteamiento de ciencia ficción.

En la película por su temática futurible e inquietante por cuanto se plantean temas como la evolución humana, la tecnología y la inteligencia artificial que ahora se antojan superados pero que en su momento causaron impacto, temor y recelo a lo desconocido.

Por su parte la Atención Primaria de Salud (APS), planteaba una transformación de la, hasta ese momento, hegemónica figura y absoluto protagonismo del médico, al incorporarlo en un ámbito en el que, al menos teóricamente, debía trabajar en equipo con otras/os profesionales que hasta ese momento habían sido subsidiarias/os de la asistencia médica primaria para pasar a ser profesionales autónomas/os de la Atención Primaria de Salud, o como muy bien reflejara Mª Victoria Antón Nárdiz en su icónico libro, “De enfermeras de los médicos a enfermeras para la comunidad”, que fue visto por muchos como una ofensa contra su poder y posición, como sucedía con la máquina HAL de la película de Kubrick, que tomaba sus propias decisiones sin obedecer las órdenes de los astronautas que teóricamente la controlaban para que actuase en beneficio de sus necesidades, hasta que esta se rebela y desoye tales órdenes para actuar autónomamente, momento en el cual quieren deshacerse de ella por considerarla peligrosa a sus intereses. La analogía con las enfermeras que se integraron en estos nuevos equipos considero que no es difícil de establecer.

Así pues entre luchas corporativas, idealismos, ilusiones, resistencias, dudas, falta de formación, recelos, ausencia de planificación, organización deficiente, inercias del antiguo modelo, voluntarismo profesional y falta de voluntad política… lo que se planteó como una plataforma desde la que trabajar para lograr alcanzar ese reto de Salud, para muchos tan solo significaba una filosofía, utopía o lo que es peor una amenaza, que se empeñaron en obstaculizar y que el paso del tiempo tan solo consiguió que las ganas de quienes creyeron se transformara en decepción, cuando no frustración, y las resistencias de otros lograran que se fueran derrumbando todos y cada uno de los planteamientos de reforma y se volviese, con una cada vez menor resistencia, a los planteamientos asistencialistas, medicalizados, fragmentados, paternalistas y subsidiarios de los hospitales que reconvirtieron los centros de salud en ambulatorios de lujo, por su estructura que no por su contenido ni su cometido.

Ni se logró la Salud para Todos, ni Todos tuvieron la posibilidad de alcanzarla, ni tan siquiera la Salud fue el centro del modelo, al acabar siendo tan solo una referencia anacrónica del verdadero objetivo de los centros, que tan solo respondían a la demanda de la enfermedad de espaldas a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad.

Ni la promoción de la salud, ni la participación comunitaria, ni la accesibilidad, ni la longitudinalidad, ni la equidad… que se promulgaban como principios fundamentales de la APS para lograr la salud para todos y con ello la erradicación de las desigualdades, la pobreza, el hambre, el acceso a los bienes y servicios esenciales… pasaron a ser anécdotas puntuales que junto al voluntarismo de quienes las impulsaban, se fueron diluyendo, acompañadas del conformismo, la inacción y la atracción ejercida por el hospitalcentrismo de un Sistema Nacional de Salud que se alejaba mucho de la excelencia promulgada por quienes abandonaron la posibilidad de lograr lo que inicialmente abrazaron con entusiasmo y que ahora abandonaban con absoluta impunidad para que languideciese hasta su desaparición.

Pero, muerto por fracasado, no tardaron en aceptar con entusiasmo el nuevo reto planteado, en esta ocasión por Naciones Unidas, de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Ya había un nuevo eslogan con el que jugar, entretener, ilusionar e incluso, por qué no, engañar. Y si el mismo estaba ligado a la moda de la sostenibilidad que, como toda moda, la cuestión no es que guste, sino que se acepte como parte de la norma social.

La pobreza, el hambre, la salud y bienestar, la educación, la igualdad de género, el agua potable y saneamiento, la energía limpia, el trabajo digno, la innovación, la igualdad, las ciudades sostenibles, el consumo responsable, el clima, la vida submarina, ecosistemas, paz y justicia y las alianzas para lograr todo esto, se dibujan sobre el papel asignando a cada uno de ellos un número con los que confeccionar combinaciones que serán asignadas a las diferentes estrategias planteadas con la vana esperanza de que sea, como en los juegos de azar, finalmente la combinación ganadora, mientras la gran mayoría sigue contemplando la posibilidad de lograr el premio como algo imposible y, por tanto, fiando nuevamente a la suerte la posibilidad de tener acceso a la salud o a cualquiera de los objetivos de desarrollo sostenible que les permitiese acercarse a ella.

Mientras tanto el tiempo pasa y avanza imparable hacia el, inicialmente lejano, destino marcado de 2030, en el que, salvo sorpresa no esperable aunque deseable, se plantee desde cualquiera de los organismos internacionales, un nuevo reto con una nueva fecha que permita seguir manteniendo las expectativas de quienes como siempre van a seguir teniendo dificultades para lograr que lo que se forja en los despachos se traduzca en realidades que palíen o eliminen las barreras que les impide tener acceso a lo más elemental y al mismo tiempo más esencial como es la salud, no como antagonista de la enfermedad sino como un estado de vida, autonomía, bienestar y felicidad.

Pero posiblemente sigan existiendo exactamente las mismas inercias, idénticas resistencias, parecidas barreras, similares planteamientos, que los que impidieron la Salud para Todos en el año 2000, los que dificultan los objetivos de desarrollo sostenible al ser identificados como obstáculos de dificultad sistemática y que posiblemente vuelvan a ralentizar, paralizar o eliminar las propuestas que se planteen bajo el paraguas del nuevo eslogan.

Se trata pues de generar Otra Dimensión de Salud (ODS) que elimine la Aparente Posibilidad de Salud (APS) para lograr que la Atención Primaria de Salud (APS) sea una realidad que permita acceder a las personas, a las familias y a la comunidad a ser agentes de transformación social y protagonistas de su salud a través de la promoción y la educación para la salud.

Otra Dimensión de Salud (ODS) en la que los profesionales de la salud sean facilitadores, impulsores, articuladores y no impositores, protagonistas o controladores. ODS desde la que se propicie la participación activa de la comunidad en la toma de decisiones. ODS que, transforme a las Universidades, las Escuelas, las Empresas, las Ciudades… en espacios saludables capaces de generar salud y articular sus activos de salud y sus recursos en favor de la salud. ODS capaz de lograr la responsabilidad individual y colectiva desde la interiorización y la concienciación social y solidaria. ODS en la que los diferentes sectores identifiquen sus fortalezas para generar salud desde la colaboración, el trabajo conjunto y la generosidad de sus aportaciones singulares. ODS que facilite la incorporación de la salud en todas las políticas. ODS que no dificulte el acceso de quienes en mejor disposición estén para aportar ideas, innovación y estrategias en puestos de responsabilidad política. ODS que transforme la resistencia en voluntad, la negación en aceptación, la irracionalidad en coherencia, la mediocridad en excelencia, el oportunismo en oportunidad, el poder en posibilidad, la inacción en movimiento, el conformismo en ilusión, la crispación en respeto, la intransigencia en disponibilidad, la parálisis en acción. ODS dinámica, innovadora, accesible, equitativa, respetuosa con las personas y sus necesidades, con las familias y sus posibilidades y con la comunidad y sus recursos.

Finalmente, no se trata tanto de la fecha que se ponga, sino de la voluntad que se tenga de querer cambiar aquello que se mantiene más allá de lo que el sentido común dicta.

Si se sigue priorizando la enfermedad ante la salud, la asistencia ante la atención, la intervención ante la promoción, la imposición ante el consenso, la prohibición ante la adquisición de hábitos o conductas, el reproche ante la reflexión… nada de lo que se plantee por lejano que se haga en el tiempo se logrará y exigirá tener que elegir nuevos eslóganes que sigan aparentando una intencionalidad sin capacidad real de logro.

Todo esto mientras las lecciones dejadas por la pandemia en las que se manifestaban de manera tan clara las deficiencias del Sistema Nacional de Salud (SNS), lamentablemente no han sido aprendidas, ni mucho menos aprehendidas por quienes ante un aparente regreso a la normalidad incorporan de nuevo el discurso de la excelencia y con él ocultan las deficiencias de un modelo caduco, ineficaz e ineficiente, como si no hubiese sucedido nada, con lo que perpetúan el citado modelo focalizado en la enfermedad y en la epidemiología de la misma, arrinconando la salud y su promoción, así como una necesaria epidemiología de los cuidados.

Si se sigue identificando a quienes piensan, creen, trabajan, investigan, proponen, desarrollan… desde la promoción de la salud como visionarios, utópicos, trasgresores, adoctrinadores, rebeldes, antisistema… en lugar de hacerlo como posibilitadores, creadores, transformadores, impulsores, innovadores… que creen el la comunidad y en la ciudadanía como principal fuerza de salud global a través de sus lugares de trabajo, estudio, ocio, socialización y con una perspectiva de futuro realista, basada en evidencias y hechos constatables y contrastables, las posibilidades de alcanzar logros en salud serán tan solo fruto del azar.

La salud es demasiado importante para estar en manos exclusivamente de los profesionales de la salud. La salud es un derecho y un patrimonio de todas las personas que debe ser compartido para lograr que la misma deje de ser sustitutiva para pasar a ser constitutiva, de ser persecutoria a ser buscada, de ser un resultado a ser un proceso, de ser un fin a ser un medio, de ser una posibilidad a ser una certeza, que se puede promocionar, buscar, cambiar, activar, dinamizar, adaptar, facilitar, desde la educación y el empoderamiento de la comunidad.

Situemos la promoción y la educación para la salud como los verdaderos motores de los Sistemas de Salud que posibiliten mantener sanos a los sanos y afrontar desde la salud los procesos de enfermedad o discapacidad.

La enfermedad es una realidad que no se puede ni se debe negar. Pero la salud es una realidad mucho más potente que ni se puede ocultar ni mucho menos secuestrar.

Las intervenciones para paliar, mejorar o superar la enfermedad no tienen porque rechazar la promoción de la salud como si fuesen incompatibles o excluyentes.

Como dijera Adre Gide, “todas las cosas están ya dichas, pero como nadie escucha hay que volver a empezar siempre”, a lo mejor algún día dejamos de pensar en un nuevo eslogan de salud y nos centramos en plantear nuevos retos tras los ya logrados. Hasta entonces deberemos seguir insistiendo hasta que alguien sea capaz, no tan solo de escuchar, sino de entender y actuar en consecuencia.

[1]   Locutor y autor de radio estadounidense, que se ocupó principalmente de los temas del desarrollo del carácter humano, la motivación y la existencia significativa (1921-1989)

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS Carta abierta a la sociedad.

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Todos los años cada primer domingo de mayo se celebra el día de la madre. Más allá de connotaciones mercantilistas, la conmemoración sirve para agradecer y reconocer los cuidados que prestan en el entorno familia, al margen de la estructura o composición que esta tenga. Así mismo, y aunque no esté tan presente, se hace patente el trabajo que como mujeres desarrollan más allá de los cuidados familiares o mejor dicho, a parte de los cuidados familiares.

Nadie cuestiona esta celebración ni su significación, aunque, lamentablemente, muchas veces tan solo se visibilice durante este día.

Hoy, día 12 de mayo, coincidiendo con el nacimiento de Florence Nightingale, enfermera que es considerada la impulsora de la Enfermería moderna, se celebra en todo el mundo el día internacional de las enfermeras.

No es mi intención establecer un paralelismo con las madres, en tanto en cuanto, desvirtuaría tanto a unas como a otras. Simplemente quisiera llamar la atención sobre la importancia de los cuidados profesionales que las enfermeras prestan a las personas, las familias y la comunidad. Son cuidados que requieren de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis, pero también de valores humanísticos que les confieren su rasgo cuidador, para situarlos a nivel de la dignidad humana.

No se trata, tampoco, de establecer diferencias para intentar valorar qué cuidados son los más importantes. Porque los cuidados tienen razón de ser por la fragilidad humana, sino fuese así no tendrían mayor sentido. Así pues, da lo mismo que la fragilidad sea como consecuencia del ciclo vital en que se encuentre la persona, recién nacido, escolar, anciano… o por la necesidad de obtener, mantener o recuperar la salud. En cualquier caso, se requerirán cuidados, maternales, familiares o profesionales.

El problema viene determinado por el escaso valor que la sociedad en general ha dado y sigue dando a los cuidados. Sean estos del ámbito doméstico, familiar o profesional. Entre otras cosas por asignarlos de manera estereotipada a las mujeres y desligarlos de la fuerza del trabajo y de la ciencia.

Dignificar los cuidados es un objetivo que tiene que ir más allá de la celebración del día de la madre o de las enfermeras. Supone reconocer su fuerza humana, profesional o científica y darle el verdadero valor que tienen.

Visibilizar y dignificar la aportación específica de los cuidados enfermeros, reconociéndolos y demandándolos, es algo que como sociedad debemos identificar y llevar a cabo. En la medida que lo hagamos contribuiremos a que pasen de ser, algo en lo que no se repara, a un valor añadido para la salud.

De igual manera que nadie entendería una maternidad sin cuidados no es posible entender una sanidad sin cuidados. La diferencia está en que en la primera es un valor reconocido y en la segunda es un valor oculto.

Tras una crisis sanitaria y de salud como la que hemos y seguimos viviendo con la pandemia, ha quedado de manifiesto la importancia de los cuidados ante tanto dolor, sufrimiento y muerte. Ahora que empezamos a desprendernos de las mascarillas y a recuperar una normalidad tan deseada, deberíamos tener presente que en la misma no se puede, no se debe, incorporar el volver a olvidar ni a desprendernos también de la importancia de los cuidados profesionales enfermeros y de quienes los prestan desde la profesionalidad, la ciencia y la humanidad, como son las enfermeras. Porque sin duda sería una normalidad adulterada y alejada de las necesidades reales de la sociedad que, por supuesto, van mucho más allá de la técnica o la curación. Porque tanto la técnica como la curación no siempre son posibles, ni accesibles ni logran lo que de ellas se espera. Pero, sin embargo, los cuidados siempre son posibles, accesibles y capaces de lograr efectos terapéuticos desde la atención integral, integrada e integradora a la que toda persona tiene derecho y que toda enfermera tiene la obligación y la responsabilidad de prestar.

Las enfermeras tenemos valor intrínseco, entendido el mismo como aquel que como enfermeras aportamos y tan solo nosotras estamos en condiciones de hacer a través de nuestros cuidados. El valor, como activo intangible de la aportación enfermera, es la mejor forma de hacer oír nuestra voz y de hacer visible nuestra identidad y liderazgo de los cuidados. Y es también la mejor manera de celebrar nuestro día internacional. Pero queremos y deseamos que nuestra celebración sea colectiva y participativa. Precisamente con quienes son nuestra razón de ser y sentirnos enfermeras, las personas, las familias y la comunidad.

No somos ni queremos ser héroes ni heroínas. No queremos ser más que otros, pero tampoco menos. No queremos que se nos regale nada, pero si que se nos reconozca y visibilice. No queremos asumir más protagonismo que el de los cuidados profesionales que prestamos para contribuir a lograr la autodeterminación, autogestión, autonomía y autocuidado de las personas en la toma de decisiones.

Somos profesionales y desde la responsabilidad que como tales tenemos queremos aportar y que se nos exija, desde el respeto, el valor de nuestra aportación. Queremos ser visibles y hacer oír el liderazgo de los cuidados para así contribuir a mantener el derecho a los mismos y a la salud global.

Hagamos nuestra, como sociedad, la celebración del día de las enfermeras, como hacemos con el día de la madre, contribuyendo a dignificar los cuidados para disfrutar así de los beneficios de prestarlos o recibirlos.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS El valor de hacer oír nuestra voz

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Dedicado a todas las enfermeras

 

El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.

Winston Churchill.[1]

 

Un año más nos disponemos a celebrar el día internacional de las Enfermeras. Debería, y debe, ser motivo de alegría y satisfacción por todo lo que es y significa el hecho de ser y sentirnos enfermeras. Ese sentimiento de orgullo y pertenencia que supone la esencia de una profesión con identidad propia y definida.

Pero más allá de lo que supone la celebración, más o menos festiva, considero que debe ser motivo también de reflexión y análisis sobre nuestra realidad presente y futura. Realidad que no puede desprenderse del pasado que nos ha situado donde estamos y que siempre debe ser referencia de tributo y agradecimiento a quienes lo hicieron posible con su esfuerzo, compromiso e implicación y de mejora permanente en el necesario e imprescindible desarrollo de nuestra disciplina/profesión.

El presente, más allá de lo que cada cual pueda sentir, expresar o interpretar, en función de sus experiencias, vivencias, realidades o expectativas, debe ser valorado de manera colectiva para que pueda tener la dimensión que, desde mi punto de vista, requiere dicho análisis.

No se trata de edulcorar la realidad con motivo de la celebración, lo que sin duda enmascararía al menos parte de dicha realidad, ni de fustigarse indolentemente pensando que todo es malo y requiere de un castigo purificador que lejos de mejorar nada, posiblemente contribuiría a enmascarar igualmente la realidad.

Así pues, ni todo es bueno ni todo malo. Ni blanco ni negro. No se trata de establecer dicotomías que distorsionen los múltiples matices que existen entre cada una de las opciones extremas y que contribuirán a dar una dimensión mucho más ajustada de nuestra realidad. De la de todas/os y no tan solo la de unas/os pocas/os ni tan siquiera de un contexto determinado, porque ya se sabe que la música va por barrios.

Tampoco se trata de hacer ahora una relación, a modo de listado, de las cosas buenas y malas que permita identificar, desde una perspectiva meramente cuantitativa, el valor de las enfermeras.

Entre otras cosas porque el valor de las enfermeras va mucho más allá del lugar que puede ocupar en una supuesta escala que sin duda obviará múltiples aspectos que impedirán tener una visión de conjunto ajustada a la realidad y no al orden de uno más de los innumerables rankings que tanto gustan en la sociedad actual.

Si hablamos del valor de las enfermeras y recurriendo al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), podemos identificar diferentes entradas para este término que nos pueden ayudar a determinar el mismo.

Así tenemos como primera acepción “Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite”, que considero puede ajustarse en gran medida a lo que, de las enfermeras se puede y se debe esperar, en tanto en cuanto las competencias enfermeras desarrolladas con la capacidad de prestar cuidados tienen el claro objetivo de responder a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad y a proporcionar el bienestar necesario para vivir en salud, entendida esta, tal como expresara Jordi Gol[2], como “aquella manera de vivir que es autónoma, que es solidaria y que es feliz”.

Otra de las definiciones hace referencia a la “cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente”. Y siendo evidente que las enfermeras no somos cosas materiales no es menos cierto que prestamos un servicio profesional que es remunerado y que determina la diferencia con una prestación voluntario vocacional que durante tanto tiempo ha estado asimilada la prestación enfermera y que, en cierto modo, ha supuesto una clara merma en cuanto a la valoración que de nuestros servicios se hace y de la traducción en un salario justo y ajustado a la preparación y competencia que nos aleje de la aún presente interpretación del cuidado como aquel que queda circunscrito al ámbito doméstico.

El “alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase”, es otra de las acepciones de la palabra valor y debemos tener en cuenta la importancia que tiene la identidad enfermera y su proyección no tan solo profesional sino también social, dado que tanto el cuidado profesional como quienes lo prestan, las enfermeras, tienen una clara y significativa importancia en la salud de las personas, las familias y la comunidad que va mucho más allá de una simple relación sanitaria, para situarse en un ámbito de atención integral, integrado e integrador.

La “fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos” nuevamente nos permite modificar la inanimada virtud de las cosas por la vital de las enfermeras y sus cuidados profesionales, dada la indudable fuerza que tanto como profesionales tienen las enfermeras como la que se deriva de la prestación de sus cuidados profesionales para generar cambios positivos en la vida de las personas atendidas que se traducen en claros efectos de salud y saludables.

Por último, pero no por ello menos importante, se define valor como aquella “persona que posee o a la que se le atribuyen cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad”. Las enfermeras poseen, en tanto adquieren, cualidades en forma de competencias específicas, generales y transversales que les permiten adquirirlas a través de los conocimientos científicos que posteriormente se traducen en habilidades y destrezas para desarrollar su actividad profesional autónoma en muy diferentes ámbitos y contextos.

De todo lo dicho se desprende, considero sin miedo a equivocarme, que las enfermeras tenemos valor intrínseco, entendido el mismo como aquel que como enfermeras aportamos y tan solo nosotras estamos en condiciones de hacer.

Otra cosa es que este valor sepamos, por una parte, identificarlo y asumirlo como propio ya que resulta necesario e imprescindible que esto suceda para lograr el valor reconocido por parte, tanto de las organizaciones, instituciones, empresas… donde desarrollamos nuestra actividad, como por parte de la sociedad a la que atendemos. Tan solo desde esa autovaloración o autoestima, seremos capaces de dar valor, proyectarlo y que sea visible y reconocido.

Esperar a que el valor nos sea dado sin que al mismo seamos capaces de otorgarle la dimensión científica, profesional, disciplinar, investigadora, docente y humanística que tiene, nos llevará a una permanente insatisfacción y a su consecuente discurso lastimero que impide poner en acción el valor real como enfermeras.

En este día de conmemoración es importante que festejemos y compartamos la alegría de ser enfermeras. Pero no es menos importante que reflexionemos sobre qué es lo que estamos haciendo como tales y cómo lo estamos haciendo. Caer en la rutina de la inercia generada en algún momento nos conduce a una ralentización progresiva que acaba en parálisis. Necesitamos impulsar permanentemente nuestra energía para, desde la misma, ser capaces de dar respuestas cargadas de valor y que nos reporten valor.

No es cierto que no tengamos posibilidades. Las tenemos, pero debemos movilizarlas, activarlas, asumirlas, potenciarlas y desarrollarlas para lograr tener una voz para liderar que consiga que las/os decisoras/es políticas/os crean y se convenzan de la necesidad de invertir en enfermeras con el objetivo de lograr respetar los derechos que garanticen una salud global que se aleje del asistencialismo, de las respuestas localistas, de la fragmentación, de la enfermedad, de la inequidad… y se aproxime a una atención integral, una focalización en salud, una participación activa de la comunidad que permita su empoderamiento a través de su autodeterminación, autogestión, autonomía y autocuidado. En la medida en que seamos capaces de lograrlo, a través del liderazgo del cuidado, alcanzaremos el empoderamiento profesional que nos otorga valor propio, claro y diferenciado para contribuir, junto a otros profesionales y agentes de salud comunitarios, a dar respuestas eficaces, eficientes y saludables.

Identificar nuestras debilidades no es un signo de debilidad, al contrario, es un primer paso para activar nuestras fortalezas. Obviarlas o ignorarlas es tanto como alimentar las primeras y sumir en la inanición a las segundas. El equilibrio entre lo bueno y lo malo, o lo menos bueno, nos tiene que llevar a superar unas y potenciar otras. Las amenazas, por su parte, estando presentes no pueden suponer tampoco una excusa para la inacción o el lamento permanente. Existen oportunidades y debemos no tan solo aprovecharlas sino incluso generarlas para revertir y contener las amenazas.

No se trata, muchas veces, de crear nuevos recursos, nuevas opciones, nuevos espacios, sino de aprovechar la potencialidad de los que existen. Aunque puedan estar mal utilizados, no quiere decir que no se pueda revertir tal situación y hacerlos eficaces y útiles para que aporten valor. Pero para ello hay que implicarse y no tan solo quejarse y reclamar. Es una labor y responsabilidad de construcción colectiva.

Creer que todo debe ser fácil es como fiarlo todo en exclusiva a la fe o a la suerte. Hacerlo desde la fe, las creencias o la confianza en que algo sucederá para cambiar no es suficiente. Como dice el refrán, a Dios rogando, pero con el mazo dando, es decir, acción para hacer que las creencias se transformen en concreciones de desarrollo, avance y consolidación que den valor.

La suerte, por su parte, como única alternativa de logro, es una apuesta perdedora y es, además, la excusa perfecta de los mediocres. La suerte, en todo caso, hay que buscarla, facilitarla, promoverla a través del trabajo, el compromiso y la implicación constantes que finalmente permitirán alcanzar fines, metas u objetivos. Si a esto queremos llamarle suerte, vale, pero el valor lo alcanzaremos, más allá de la suerte, lo haremos por nuestro esfuerzo, empeño y dedicación.

Felicidades a todas las enfermeras que dan valor a la Enfermería para, a través de ella, dar valor a los cuidados y que estos den valor a la salud.

El valor como activo intangible de la aportación enfermera es la mejor forma de hacer oír nuestra voz y de hacer visible nuestra identidad y liderazgo. Y es también la mejor manera de celebrar nuestro día internacional.

Disfrutemos de lo que somos y lo que aportamos y trabajemos por mejorarlo y darle cada vez mayor VALOR.

[1]  Político británico (1874-1965)

[2] Jordi Gol i Gurina, médico catalán (1924-1985)

IDENTIDAD Y ALIENACIÓN ENFERMERA

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“Ésa es la condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad.”

Philip Dick [1]

 

Hemos estado largos periodos de tiempo invisibilizadas/os tras denominaciones artificiales, engañosas y claramente intencionales, desde las que ocultar nuestra verdadera identidad para, desde esa manipulada imagen, poder ser utilizadas/os como mano de obra barata y soporte, ayuda u obediencia de otras profesiones. Circunstancia que siempre ha estado avalada legalmente por las/os políticas/os del momento como consecuencia de las presiones del poder sanitarista y medicalizado.

La realidad y la verdad, sin embargo, suelen imponerse a la manipulación y el engaño, aunque ello cueste, además de mucho esfuerzo, un tiempo que ya nadie es capaz de devolver y en el que se pierden realidades, sentimientos, emociones, posibilidades, crecimiento… profesionales que dan sentido e identidad propia a aquello que se ha ocultado y manipulado, precisamente, con esa intención. Se trata realmente de un secuestro con intenciones muy claras de obtener un beneficio por parte de quienes quitan la libertad de las/os secuestradas/os, las enfermeras, y generar un evidente prejuicio a quienes se beneficiaban de su libertad profesional, la sociedad. En secuestros tan prolongados, además, se genera el conocido Síndrome de Estocolmo por el cual las/os secuestradas/os en contra de su voluntad desarrollan una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con sus secuestradores/as o retenedores/as, al malinterpretar la ausencia de violencia y la amabilidad y condescendencia como un acto de humanidad por parte del agresor, lo que conduce a que hagan suyos los motivos de su secuestro aceptando y defendiendo su nuevo estatus y renunciando al que en realidad le corresponde.

Recuperar todo eso, darle nuevamente sentido, interiorizarlo para hacerlo propio y poder exteriorizarlo con orgullo, es una tarea no tan solo larga, complicada y en muchas ocasiones incomprendida, sino que supone la lucha contra resistencias tanto externas como internas, mientras la sociedad es incapaz de identificar y mucho menos reconocer la aportación específica de quienes son vistas/os como un apéndice, sin capacidad de nada más que obedecer.

Recuperar esa identidad enfermera, que no crearla como algunas/os malintencionadas/os tratan de hacer ver, además de costoso ha tenido también un componente de gran satisfacción y orgullo. A nadie le gusta que se le ignore, ningunee, manipule o distorsione, con la intención de eliminar su verdadera identidad y capacidad profesional, y por ello lograr emerger como lo que se es y se siente, eliminando esa empatía forzada con las/os secuestradoras/es y su objetivo, permite recuperar igualmente el sentimiento de pertenencia y de identidad propia.

Pero quienes delinquen, aunque pueda enmascararse el delito con otras formas más amables e incluso libres de pena judicial, suelen tener a la reincidencia. Haciéndolo, además, de manera más sofisticada que no por ello menos agresiva o dolosa. Sofisticación que pasa por actuar con sigilo e incluso una impostada amabilidad con el ánimo de engañar y hacer caer de nuevo a quienes son objeto de secuestro en las redes de las/os ideólogas de la acción y de sus necesarias/os cómplices para darle a todo, una apariencia de legalidad que no levante sospechas, aunque pueda generar ciertas protestas a las que se ignora sistemáticamente.

Últimamente estamos asistiendo precisamente, a esos movimientos sibilinos, alevosos, siniestros, que ocultos tras discursos engañosos de alabanza tienen intenciones claras de invisibilización.

La pandemia ha sido un ejemplo claro de lo que digo. Como ya he comentado en otras ocasiones, los aplausos, utilizados de manera oportunista para ocultar las deficiencias del Sistema Nacional de Salud (SNS), haciéndolos suyos a través de postureos a los que tanto nos tienen acostumbradas/os las/os políticas/os, fueron un ejemplo claro de las intrigas palaciegas que posteriormente se fueron traduciendo en actitudes, acciones y decisiones que contradecían permanentemente la supuesta y falsa adulación con la que trataban de aparecer como benefactores y defensores, cuando realmente les importábamos no poco sino nada.

Así nos encontramos con esa denominación de rastreadoras con la que nos ocultaron y con la que enmascararon la vigilancia epidemiológica que realmente realizamos. Se cumplía un doble objetivo. Por una parte, dábamos respuesta con nuestra actuación a una demanda no siempre justificada pero impulsada por las/os políticas/os como forma de maquillar una gestión ausente de planificación, errática y basada en ocurrencias. Por otra se aprovechaba la ocasión para empezar a utilizar términos que lejos de poner en valor la actividad realizada desde una perspectiva profesional y científica enfermeras, lo que conseguía era ocultar la identidad enfermera y su competencia tras el término cuidadosamente elegido de rastreadoras. Empezaba la estrategia de camuflaje para que nadie fuese capaz de identificar a las enfermeras como las/os profesionales que se encargaban de un proceso complejo al que se le restaba importancia tras dicha denominación tan simplista como claramente intencionada.

Superada la fase del “rastreo” se pasó a la fase de la vacunación en la que pasamos a ser ejecutoras de una técnica y nuevamente perdíamos, mejor nos usurpaban, nuestra identidad enfermera. De nada sirvió que fuesen las enfermeras quienes planificásemos, desarrollásemos y ejecutásemos todo el proceso de vacunación. Se llevó a cabo un reduccionismo que nuevamente perseguía eliminar cualquier posible relación con las enfermeras. De tal manera que pasamos a ser vacunadoras como si de una cadena de producción se tratase en el que todo el trabajo se reducía a la administración de la vacuna.

Es curioso como, ni en un caso ni en el otro, a los médicos les enmascararon con otro término o denominación que no fuese el de su propia disciplina o especialidad. Ellos mantenían su identidad y desde la misma acaparaban el éxito de los procesos, aunque su intervención en los mismos fuese testimonial o residual. Ellos eran quienes aparecían como los verdaderos y únicos protagonistas. El proceso es tan simple como demoledor. Las enfermeras actúan, pero son las rastreadoras y vacunadoras, quienes realmente aparecen como figuras que nadie relaciona con ellas y que por tanto su valor queda reducido a la mera anécdota o al descubrimiento fortuito de su verdadera identidad, pero sin que ello deje de ser una anécdota sin impacto alguno.

Como si de un truco del mejor mago se tratase, a los ideólogos de la política tramposa, todo lo que no es interesa lo ocultan, hacen que nada sea lo que es, la realidad se transforma en ilusionismo y con él el mago logra que el público, la sociedad, vea lo que realmente él quiere que vea, una realidad manipulada tras denominaciones tan engañosas y desacertadas como hábilmente elegidas y utilizadas para el fin perseguido.

Que nadie pretenda engañar aún más diciendo que todo es objeto de la imaginación. Porque las casualidades no existen y lo que realmente sucede es que las enfermeras, siendo y actuando como enfermeras, no encajan en los planes, las estrategias y los modelos de quienes quieren ser exclusivos y excluyentes y de quienes con sus decisiones dan respuesta a sus pretensiones. La historia se repite y la realidad es tozuda.

Cuando la pandemia remite y los calificativos tramposos ya no tienen encaje se idean nuevas figuras que no tan solo sean capaces de ocupar espacios enfermeros y abaratar costes, sino que logren también desdibujar la imagen enfermera.

Mientras tanto y en paralelo sus políticas de oscurantismo, silencio y hermetismo siguen ideando estratagemas que aíslen a las enfermeras e impidan que sus voces no tengan la posibilidad, no tan solo de ser oídas sino incluso de ser pronunciadas. Se secuestra la voluntad de las enfermeras, pero igualmente se secuestra la capacidad de crecimiento, de proyección y con ello de visibilidad y de identidad enfermera. Se trata de ir reduciendo los espacios en los que podamos ser visibles, desde los que podamos dejar patente nuestra aportación específica de cuidados profesionales.

Nada de lo que parecía que pudiese ser tras la pandemia se va a traducir en cambio de modelo del SNS. Porque los cambios pasan, precisamente, por una focalización en la salud y en los cuidados. Y ni una ni otra beneficia los intereses de quienes monopolizan el SNS haciendo de él un reducto de poder exclusivo en el que no quieren que haya el más mínimo espacio para nadie más que no sucumba a sus planteamientos de supremacía profesional desde la subsidiariedad y el sometimiento a su particular visión de la asistencia, que no de la atención. Reducto en el que la enfermedad es lo que importa y lo que impregna tanto la forma como el fondo del modelo asistencialista, patrialcal, medicalizado y fragmentado del mismo.

La creación de respuestas virtuales de atención para el seguimiento de cuidados en el que la única presencia enfermera es la que da nombre al sistema, Lola, enfermera virtual, creado por ingenieros biomédicos y respaldado por un equipo médico sin presencia enfermera es otro claro ejemplo de lo que estoy exponiendo. Suplantación de identidad con claros intereses de eliminar competencias de atención directa enfermera, pero sin que suponga realmente una asunción de las mismas por parte de quienes lo respaldan, tan solo se trata de sustituir una acción de cuidado humanizado por otra de acción mecánica y virtual que obedece a patrones medicalizados[2].

En una reciente visita a Italia en donde la enfermería todavía tiene un débil desarrollo y una menor presencia y esencia, se están creando figuras universitarias como las de los denominados asistentes sanitarios que en teoría deben de dar respuesta a la prevención y la promoción en la comunidad, desplazando claramente a las enfermeras de dicho ámbito de actuación. Un claro ejemplo de pérdida no tan solo de identidad sino de competencias propias.

Todo lo que se aleje de su interés, por tanto, es identificado como una amenaza y supone una inmediata estrategia de ataque para neutralizarlo y aislarlo. Nada ni nadie puede hacer sombra al tótem de la curación y a su ámbito de influencia.

Tan solo aquello que sirva a sus intereses y a los de su reconocimiento y posicionamiento tiene posibilidades de compartir espacio junto a ellos como fieles colaboradores al servicio de su fin.

Mientras tanto quienes, como las enfermeras, no se resistan a que esto suceda, a que su identidad se vea alterada, manipulada y ocultada, a que su campo de competencia cada vez sea más reducido, a que sus competencias sean distribuidas entre otras figuras profesionales debilitando su contribución, a que su voz cada vez sea más débil, a que sus planteamientos sean rebatidos desde el poder de la imposición y no del argumento sólido y riguroso, a que su influencia sea residual e impida el liderazgo de nada que pueda ser un peligro, a que la identidad quede distorsionada para ser una simple mueca de lo que fue y debería ser. Mientras todo esto suceda y no haya una respuesta firme, rigurosa y unitaria, contribuiremos a la insulsez de la superfialidad en la que nos sitúan y nos dejamos situar en todos y cada uno de los ámbitos de actuación, desde la universidad a la atención directa, pasando por la gestión o la investigación.

Las palabras de quienes tienen la capacidad de decisión tan solo son meros mensajes de una falsa esperanza para las enfermeras que acaban diluyéndose en el tiempo. Tiempo que es aprovechado para tejer la red en la que es capturada nuestra voluntad con el fin de que no tengamos capacidad de movimiento y acción.

Puede parecer una reflexión tremendista y apocalíptica. Puede ser tachada de victimista. Puede creerse que es un relato de ciencia ficción y que no obedece a la verdad. Pero esto es lo que se ha dicho tantas veces a lo largo de la historia con relatos que se enmarcaban en la distopía como representaciones ficticias de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana y que el tiempo no tan solo las ratificó como tristes realidades, sino que las mismas lograron superar lo que en ellas se relataba como predicción.

Quisiera equivocarme y que nada de lo que planteo finalmente sea realidad y ni tan siquiera una mínima aproximación a la misma, pero lamentablemente no tengo elementos que me permitan construir y compartir otra reflexión.

Tan solo si el sentimiento de pertenencia y el orgullo de identidad perdidos se recuperan y salimos de la alienación en la que estamos sumidas, podremos concretar, como dijera Arquímedes, un punto de apoyo sobre el que mover este mundo del que estamos siendo excluidas las enfermeras. Porque tal como expresara León Tolstói[3] en Ana Karénina “no es difícil acostumbrarse a todo, particularmente cuando se ve a los demás hacer lo mismo”.

Todo es según el color del cristal con que se mire, pero si el cristal, con independencia del color, no nos deja ver con claridad lo que está pasando y seguimos pensando que nada malo va a pasar, cuando queramos darnos cuenta no habrá camino de retorno, o este será tan penoso y costoso como en otros momentos de nuestra historia lo fue.

Podemos seguir creyendo en los cuentos de hadas que nos trasladan, pero que como en muchos cuentos infantiles, se trata realmente de historias que esconden tragedias, desigualdades, violencia…  o escribir nuestra propia historia, narrándola desde el cuidado profesional y dándole sentido desde la convicción que logre finalmente vencer la convención, entendida esta como la norma o práctica admitida tácitamente y que responde a precedentes o a la costumbre, tal como hace, por ejemplo la Real Academia de la Lengua Española (RAE) con su definición de enfermería en una muestra más de esa clarísima falta de identidad que tantos se esfuerzan en lograr y mantener y otras/os tantas/os en asumir como irremediable. El resultado es el que es y las consecuencias a pesar de estar por venir ya se dejan ver.

[1]   Escritor y novelista estadounidense de ciencia ficción, que influyó notablemente en dicho género (1928-19829.

[2] https://www.lasexta.com/noticias/sociedad/lola-enfermera-virtual-que-conecta-pacientes-cronicos-asistencia-sanitaria_20220430626d623ac22d9900013a8224.html

[3] Novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial.