HUMANIZACIÓN Víctimas y culpables

“Cuando revisas tu propia mente correctamente, dejas de culpar a otros por tus problemas”

Thubten Yeshe[1]

A Albert Cortés por su incansable y valioso trabajo de humanización

 

Hoy escuchaba en la radio una noticia sobre la propuesta llevada al parlamento por parte de una parlamentaria para reconocer a las personas no binarias. Con independencia del tema, no porque lo considere irrelevante sino porque no es motivo de mi reflexión, la respuesta que se le ha dado a la diputada proponente es, cuanto menos y desde mi punto de vista, preocupante. La respuesta en cuestión ha sido que no se iba a tratar el tema en esta legislatura por no estar entre los acuerdos de gobierno suscritos entre las partes. Es decir, los problemas, las necesidades, las inquietudes, los intereses… de la población, de la ciudadanía, nos deja claro esta diputada quedan circunscritos a los acuerdos de gobierno y, por tanto, todo aquello que previamente no se haya acordado deja de ser relevante o prioritario.

Posiblemente se deba a mi falta de experiencia política lo que genere no entender, e incluso rechazar, este tipo de planteamientos ante propuestas que afectan a las personas y que requieren de un tratamiento y ordenamiento jurídico que les permita vivir y convivir de acuerdo a su identidad, en este caso, o a cualquier otra situación o determinante que afecte a su vida y a su salud. Posiblemente se deba también a mi condición como enfermera lo que dificulte mi comprensión sobre las acciones, reacciones, sensibilidades, interés… de las/os políticas/os en relación con la vida de las personas, más allá de la macropolítica. Como si atender los aspectos que afectan la cotidianeidad de las personas en sus relaciones, su soledad, su sufrimiento, su salud, su bienestar… no tuviese cabida en sus agendas políticas. Posiblemente sea eso. Pero me resisto a admitirlo y mucho menos a asumirlo, aunque reconozco que poco más puedo hacer que expresarlo y tratar de no replicar dicho comportamiento en otros ámbitos como, por ejemplo, el de la atención a las personas, en mi caso, con relación a la salud individual y colectiva y a la prestación de cuidados profesionales, aunque sería deseable que se extendiese a cualquier otro que directa o indirectamente afecte a su vida o su salud.

Últimamente se está hablando mucho sobre la necesidad de humanizar la atención a la salud y el sistema en el que se presta. Algo que realmente, en sí mismo, nos debería hacer pensar sobre qué es lo que hemos hecho hasta ahora para que se esté planteando algo que debería ser inherente, inseparable e indiscutible a la atención que, no olvidemos, se presta a las personas. A no ser, claro está, que se haya asumido la deshumanización como característica de la actividad profesional.

Característica deshumanizadora de la sociedad que se traduce en comportamientos de absoluto individualismo y de falta de solidaridad que conduce irremediablemente a respuestas nada alentadoras a las demandas de las personas. Pero, además, nuevamente desde mi punto de vista, es el germen o el caldo de cultivo de determinados comportamientos y de las reacciones que los mismos provocan y se traducen en muchas ocasiones en agresiones verbales e incluso físicas hacia las/os profesionales de la salud. De tal manera que el entorno en el que se generan las interacciones de salud se ve afectado de manera progresiva y colectiva por la deshumanización.

Pretender, como se hace, trasladar la culpa de las agresiones a las/os profesionales tan solo a quienes las realizan es una respuesta absolutamente simplista y que no contribuye en absoluto a solucionar el problema que las genera. Situar a las/os profesionales como autoridades de tal manera que las agresiones que sufran estén castigadas con penas mayores como único intento para solucionar el problema, es realmente triste y demuestra la ausencia de intención alguna en abordar una situación de deterioro que nunca debiera pasar por la culpabilidad y el carácter punitivo que de manera exclusiva se le da. Seguir en este camino de culpa y castigo tan solo conducirá a perpetuar las causas que alimentan las agresiones. No querer analizar el tema tratando de identificar las verdaderas causas del mismo, es muy poco eficaz y edificante y no supone una mejora de las relaciones interpersonales entre profesionales y ciudadanía.

En ningún caso estoy justificando agresión alguna, sea verbal, física o incluso actitudinal, de nadie y hacia nadie. Esto está fuera de toda discusión. Pero si que considero imprescindible que reflexionemos sobre cómo estamos actuando como profesionales y que trato, imagen, mensaje… estamos trasladando a la población a la que atendemos. Que pensemos sobre cómo deben sentirse las personas, en situaciones de sufrimiento, duda, incertidumbre, dolor, pérdida… ante determinados comportamientos o actitudes por nuestra parte. Que tratemos de entender cómo reaccionar ante listas de espera que nadie les explica razonablemente; ante la falta de empatía que no se suple con simpatía; ante la mecanización rutinaria de la atención recibida; ante unos consentimientos informados cuando lo único que se persigue es que sean firmados; ante la negativa a poder acceder a derechos amparados legalmente con la excusa poco creíble y muchas veces mercantilizada de una objeción de conciencia que tan solo tiene en cuenta su conciencia y no la de quienes tienen derecho a una atención digna que debiera quedar al margen de creencias religiosas individuales, respetables pero poco razonables. Que recapacitemos sobre cómo invisibilizamos la identidad de las personas convirtiéndolas en objetos, cosificándolas en base a su enfermedad; utilizándolas como sujetos de investigación; eliminando su capacidad de decisión; considerándolas incapaces de entender lo que tan solo nosotros creemos tener capacidad de hacer.

Tampoco quiero trasladar la idea de que las/os profesionales en su conjunto y las enfermeras en particular, actúan de manera premeditada con el fin de hacer daño y, por tanto, vulnerando el principio ético de no maleficencia. Creo que el sistema, como modelo de organización y estructura caduco y deshumanizado, contagia una forma de actuar que finalmente se traduce y mimetiza en comportamientos viciados, rutinarios, mecanizados… que deshumanizan en su conjunto la atención prestada y el ambiente en el que se presta. Pero esto no nos exculpa, ni nos exime de responsabilidad, porque nadie nos obliga a actuar así por mucho que el sistema induzca a ello. Nos podemos y nos debemos resistir a una forma de atender, escuchar, mirar, cuidar… que se transforma en asistir, oír, ver, curar… invisibilizando a la persona y lo que la misma siente.

Finalmente, la persona acaba por identificarse y sentirse como objeto y al mismo tiempo ve e identifica al profesional como otro objeto con el que no tan solo no empatiza, sino que visibiliza como culpable e insensible a su situación y esa sensación no siempre se canaliza emocionalmente de manera adecuada y conduce a respuestas inapropiadas y, por supuesto rechazables, pero que no por ello debieran ser relegadas a la consideración exclusiva de un hecho delictivo. Porque eso no tan solo no va a resolver el problema, sino que lo va a agravar.

Así pues, el entorno sanitario en lugar de ser un entorno humanizado de salud y saludable se convierte en un contexto de estrés, tensión, enfrentamiento, aislamiento, desconfianza… que alimenta las tensiones y contribuye a la generación de respuestas negativas entre los diferentes actores que intervienen en la relación que se establece.

Si a ello añadimos que, por una parte, las/os profesionales no se sienten motivados, ni implicados, ni con ilusión por prestar una actividad profesional que no vaya más allá del cumplimiento estricto y, en la mayoría de ocasiones, insuficiente para dar respuesta a las demandas de la población, sintiéndose recursos de un sistema por el que se sienten maltratados y olvidados. Y por otra, las personas con necesidades de salud cada vez dan más sentido a su condición de pacientes, dada la paciencia que se les exige; a su condición de objeto pasivo dada la asistencia que reciben anulando su capacidad de decisión; a su pérdida de identidad individual y personal que es suplantada por la enfermedad que padecen y por la que se les clasifica y asiste sin tener en cuenta el afrontamiento de la misma y a sus consecuencias.

En base a todo ello y a más factores, podemos hacernos una mínima composición de lugar sobre el ambiente, el contexto, la relación, la comunicación… que se genera y cómo, cualquier acción, en apariencia nimia o intrascendente, puede llegar a ser el detonante de una explosión final que se traduce, en ocasiones, en agresiones evidentes, pero, en otras muchas, en micro agresiones por ambas partes, que contribuyen al deterioro progresivo de la relación profesional/persona; a la incomprensión que en ambos sentidos se tiene hacia el comportamiento de la otra parte, sea la que sea; a la huida de quienes pueden hacia recursos privados que, al menos en apariencia, ofrecen mejor servicio y atención, pero que contribuyen al deterioro del ya maltrecho sistema que se abandona; a la permanencia obligada de otros que al no poder huir provoca en ellos desigualdad; de una exigencia de respeto en sentido único, según la cual unos, los profesionales, consideran que lo merecen por su condición de protagonismo profesional y otros, los denominados pacientes, por su condición de clientes según la cual siempre tienen razón, lo que acaba por anular el respeto debido y exigido de ambos; de una actitud defensiva constante ante la sensación de ataque permanente; de una pérdida de ilusión que desangra al sistema con el abandono de sus profesionales.

Ante este panorama, hablar de humanizar o rehumanizar el sistema de salud es tan solo una etiqueta, un eslogan, una iniciativa sin recorrido, una declaración de intenciones vacía y, posiblemente, interesada, un eufemismo, una falacia… que no permite solucionar lo que es un problema de base, estructural, de organización, de voluntad política, de compromiso profesional, de responsabilidad colectiva… Resultando más fácil, más efectista que no efectivo, más oportunista que no oportuno, de más interés que no interesante… actuar desde la prohibición, la sanción, el delito, la pena, el castigo … y no desde el abordaje integral del problema y la identificación y reconocimiento claro de la parte de responsabilidad que cada cual tiene y aporta al problema.

La existencia de principios éticos, de códigos deontológicos, de protocolos, de procesos… no son más que herramientas útiles que no tienen reflejo final en la actuación profesional sino las conocemos, interiorizamos, asumimos y nos concienciamos de su utilidad y su cumplimiento. No se trata, pues, de conocer que es lo que debemos o no hacer. Se trata de hacer o no hacer con el fin último de dar la atención de mayor calidad y calidez.

La humanización, y con ella, la atención cercana, de escucha activa, de empatía, de respeto… no se puede imponer, ni protocolizar, ni normativizar. La humanización debe ser consecuencia de la actitud de todas las partes en el logro de un contexto que lo propicie y lo nutra en lugar de reprimirlo y limitarlo. De una voluntad firme de incorporarla como parte esencial de la formación y la actividad profesional y no como un adorno o una opción que se utiliza cuando se puede, se quiere o se tiene el voluntarismo para hacerlo. De un planteamiento participativo y de salud que contrarreste, minimice o anule, la influencia deshumanizada y deshumanizadora de la perspectiva mecanicista, biologicista y asistencialista que impregna a los sistemas de salud. De una focalización en la salud que se aleje de posicionamientos dicotómicos con la enfermedad y la sanidad. De una puesta en valor de los cuidados profesionales enfermeros, pero también de los familiares, que se identifiquen como elemento esencial de la humanización y no tan solo como un acompañamiento subsidiario de la curación o la tecnología situados tan solo en el ámbito doméstico. De una capacidad dinámica, innovadora, realista… de cambio que sitúe a la persona en el centro del mismo y no de los intereses políticos o económicos, corporativos y corporativistas o de los lobbies. De una actitud participativa, abierta y comprometida de la ciudadanía que rompa con las inercias de pasividad a las que ha sido sometida. De un abandono del protagonismo profesional que de paso al protagonismo comunitario e intersectorial.

Todas/os somos responsables de lo que pasa y del por qué pasa. Que nadie intente eludir su parte de responsabilidad. Que nadie trate de dar consejos aleccionadores. Que nadie utilice el victimismo como forma de defensa y ataque. Que nadie tenga la tentación de no sentirse implicada/o. Que nadie crea que la humanización no es parte de su competencia, actividad o actitud. Que nadie asuma la deshumanización como parte ineludible del sistema. Porque en la búsqueda de excusas, finalmente, desaparece o se difumina la responsabilidad.

Tan solo aprendiendo, entendiendo, investigando, actuando, compartiendo, asumiendo… la humanización seremos capaces de ser parte activa e indiscutible de la misma. Sin que sea una opción sino una obligación que merece nuestra profesión, la población y el sistema de salud y sin la que todo se convierte en un mero trámite que tan solo genera insatisfacción, frustración y conflicto.

Hablar de abogacía por la equidad, igualdad, derechos humanos, libertad, accesibilidad… sin una humanización de nuestra actividad profesional individual y una contribución real a la del sistema en el que la desarrollamos, es tan solo una manera burda y cobarde de renunciar a lo que, al menos como enfermeras, estamos obligadas a hacer. No se pueden entender ni la enfermería ni los cuidados profesionales enfermeros sin la atención humanizada que corresponde a la dignidad humana de las personas, las familias y la comunidad y que, además, en ningún caso supone una merma en la eficacia o eficiencia de la atención prestada, tal como se llega a plantear por parte de algunas personas interesadas en que nada cambie al entender que el rigor y la ciencia no casan bien con la humanización.

La Humanización es un hecho humano, hermoso, holístico, honesto, hospitalario… que requiere de habilidades, honestidad y humildad. Su ausencia nos hace ser a todas/os víctimas y culpables.

[1]  Lama tibetano gelugpa que, durante su exilio en Nepal, cofundó junto con Lama Zopa Rimpoché el monasterio de Kopán  y la Fundación para la Preservación de la Tradición Mahayana (1935-1984).

DÍA INTERNACIONAL DE LA ENFERMERA El poder de los cuidados

                                                                    “La inteligencia consiste no sólo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica”

Aristóteles[1]

 

Un año más celebramos el día internacional de la enfermera coincidiendo con la fecha de nacimiento de nuestra precursora y referente más reconocida, Florence Nightingale.

Celebrar este día siempre es motivo de alegría compartida. Pero también debería suponer un motivo de reflexión sobre lo que somos, dónde estamos y a dónde vamos o, mejor, queremos ir. Porque los discursos, las intenciones, las promesas, las alabanzas, los proyectos… por muy bien intencionados que puedan o quieran ser, no siempre, o casi nunca, se concretan en acciones, hechos, realidades, cambios… que contribuyan a mejorar la situación de las enfermeras y con ella la de la aportación en salud que se deriva para la población.

Ahora que, satisfactoriamente, se está hablando de cuidados y de la necesidad de los mismos, las enfermeras deberíamos ser capaces de situar los cuidados profesionales enfermeros en el lugar que, más allá de las valoraciones corporativistas que se puedan realizar, les corresponde por lo que suponen para las personas, la comunidad, los sistemas sanitarios y la salud en general.

No se trata, por tanto, de hacer un nuevo y no siempre útil discurso de loa o alabanza a los cuidados y a las enfermeras. Se trata de identificar, visibilizar y poner en valor, desde la objetividad y la evidencia científica existentes, a los cuidados profesionales y a las enfermeras. Y hacerlo sin que se vuelva, de nuevo, a establecer una respuesta de rechazo e incluso judicial por parte de quienes plantean que esto supone una invasión de competencias, cuando lo que realmente lo justifica es un miedo, igualmente infundado, a una pérdida de protagonismo.

Hacer de los cuidados y su prestación una lucha de poderes sería el mayor error que se podría cometer. Todas las partes deberíamos identificar y trabajar por la dignificación de los cuidados y para que su prestación de calidad estuviese garantizada dejándola en manos de quienes tienen las competencias, la experiencia, la ciencia, el conocimiento y la voluntad para hacerlo, sin que ello signifique en ningún caso que no se pueda participar en esa necesaria e imprescindible acción cuidadora por parte de otras disciplinas y no lo olvidemos, de la propia ciudadanía.

Para ello deberíamos tener en cuenta que los cuidados trascienden a la identidad profesional enfermera configurándose como un derecho fundamental para la salud de las personas, las familias y la comunidad. Esto nos obliga, como enfermeras y como ciudadanas/os que somos, a implicarnos de manera decidida en la necesaria e imprescindible articulación entre los cuidados profesionales enfermeros y los cuidados que, en diferentes ámbitos, pero fundamentalmente, en el familiar se prestan por parte de cuidadoras/es en una proporción que excede en mucho la que corresponde a los cuidados denominados formales y que son prestados desde el Sistema Nacional de Salud (SNS). Este sin duda es un reto que debemos asumir las enfermeras más allá de cualquier planteamiento, estrategia o marco de referencia que se trate de desarrollar en torno a los cuidados.

En este sentido, sin duda, el planteamiento y puesta en marcha de una estrategia de cuidados supone una gran noticia que requerirá del trabajo y el compromiso de todas las partes implicadas y, en especial, de las enfermeras. Pero el mismo no puede ni debe, en ningún caso, representar un paréntesis en la acción decidida y diaria de la actividad enfermera.

Estoy convencido de que el trabajo de quienes han apostado por la dignidad de los cuidados y de las enfermeras llegará a buen puerto. Pero no es menos cierto que el mismo contará con dificultades que no permitirán una concreción a corto plazo. Es por ello que mientras responsables políticas/os, técnicos de las administraciones, sociedades científicas, organizaciones colegiales y sindicales y ciudadanía, trabajan con el objetivo común de lograrlo, las enfermeras, todas, allá dónde presten cuidados profesionales visibilicen la trascendencia de poner en valor su aportación cuidadora profesional, pero además sepan valorar en su justa medida la aportación cuidadora de quienes la desempeñan por razones afectivas, de vinculación familiar o contractual o de obligación incluso. Valoración que debe ir mucho más allá del cuidado mismo. Porque nuestra competencia no debe limitarse a la observación, intervención o valoración de los cuidados prestados por estas personas y de su efecto en las personas cuidadas. Esto convertiría al cuidado en un mero procedimiento técnico o en una forma de liberación de nuestra carga de trabajo, lo que supondría situar a las cuidadoras/es como instrumentos valorables o útiles de interés y no como personas con necesidades, sentimientos, emociones, temores, incertidumbres… y por tanto con necesidades de cuidados profesionales.

Por otra parte, identificar los cuidados como una acción sanadora relacionada exclusivamente con la enfermedad, es situarlos en el ámbito del modelo medicalizado, curativo, biologicista… que impregna al SNS, alejándolos del paradigma enfermero desde el que deben ser planteados, construidos, planificados, prestados y evaluados. Además, hacerlo así supone igualmente apartarlos de su carácter humanista que nunca debieran perder ni tan siquiera difuminar.

Los cuidados profesionales, desde dicho paradigma enfermero, deben contribuir activamente a la promoción de la salud de la comunidad, trabajando activamente en ella y con ella a través de procesos participativos desde los que la ciudadanía tome sus propias decisiones. Cuidados que faciliten, refuercen e impulsen el liderazgo ciudadano desde el liderazgo enfermero para lograr su empoderamiento y les permitan lograr autogestión, autodeterminación, autonomía y autocuidado. Cuidados que articulen las intervenciones necesarias para la construcción de espacios saludables de convivencia, respeto, libertad y equidad. Cuidados que logren incorporar la salud en todas las políticas. Cuidados que contribuyan a identificarlos como un bien intangible de las enfermeras por parte de la ciudadanía. Cuidados que sean demandados y exigidos como un derecho y no tan solo, como lamentablemente aún sucede, como un aditivo a los procesos curativos. Cuidados por tanto que faciliten la adecuada valoración de la aportación finalista de los mismos y su contribución a la calidad y sostenibilidad del SNS o de cualquier otro ámbito en donde se presten con eficacia y eficiencia.

No se trata, por tanto, de construir un modelo de cuidados. Los cuidados no son ni deben ser, desde mi punto de vista, un modelo. Hacerlo es encorsetar en normas, criterios, tareas… unos cuidados que son y deben seguir siendo, dinámicos, adaptables, diversos… Porque, aún en el hipotético e improbable caso de que se pudiese generar ese teórico modelo, el mismo seguiría sin la capacidad de aportar el valor que les corresponde, al tenerse que desarrollar en, en este caso sí, en el actual modelo sanitario en el que el cuidado es un elemento secundario y subsidiario y no una acción fundamental e imprescindible de la atención a la salud. En consecuencia el cambio es de modelo sanitario, es decir estructural y organizativo, y no de generar modelos artificiales que no corresponden a la necesidad real.

Los cuidados son y deben seguir siendo la seña de identidad científica, disciplinar y profesional de las enfermeras. Para ello resulta imprescindible también que, desde los ámbitos, docente, científico, gestor y de atención directa, se visibilice esta trascendencia y se contribuya a ponerlos en valor.

Desde la universidad, considero, se debe llevar a cabo una revisión profunda de los planes de estudio para adaptarlos tanto a las necesidades de cuidados profesionales de la comunidad como de la propia disciplina mediante la consolidación de los cuidados como eje vertebrador y determinante de nuestras competencias, alejándose de la influencia medicalizada y técnica que ejerce el actual modelo sanitario y en base a la cual se modulan muchos de los procesos de enseñanza-aprendizaje generando un efecto de fascinación en el estudiantado que contrarresta negativamente el valor real de los cuidados enfermeros.

Desde el ámbito científico, resulta fundamental que se desarrollen líneas de investigación en cuidados que generen evidencias sobre la aportación a la salud de los cuidados profesionales enfermeros y también sobre el efecto que los mismos tienen en los sistemas de salud, tanto en términos económicos como de calidad. La incorporación de metodologías de investigación cualitativa y participativa, tales como la investigación acción participación, deben incorporarse cada vez más en la investigación enfermera, sin que ello signifique abandonar las metodologías del racionalismo positivista que aún colonizan de manera mayoritaria los proyectos. Y, sobre todo, que las evidencias que se generen sirvan realmente para mejorar la prestación de cuidados y no se queden tan solo en el ámbito teórico. Para ello es fundamental que las investigaciones tengan un carácter de beneficio para la profesión y para la población y no se limiten a ser un elemento de carrera académica o profesional en el perverso juego de intereses en el que se sitúan actualmente.

Desde la gestión, aún teniendo en cuenta que se lleva a cabo en modelos medicalizados en los que los cuidados ya hemos visto quedan ocultos, se debe hacer un esfuerzo por parte de las enfermeras gestoras para incorporar los cuidados como eje de su gestión más allá de otros criterios o indicadores que, siendo importantes, invisibilizan la aportación de los cuidados y su consiguiente valoración, así como de quienes los prestan, las enfermeras. Sería deseable que las Direcciones y otros puestos de gestión, fuesen denominados de Cuidados Enfermeros, lo que identificaría su principal misión y visión, así como permitiría gestionar la planificación en base a los cuidados.

Por último, pero no por ello menos importante, desde la atención directa en cualquier ámbito, las enfermeras debemos focalizar y privilegiar nuestra acción cuidadora profesional, de tal manera que los cuidados sean el eje de nuestra actividad y permitan complementar la atención integral que requieren las personas, familias y comunidad. Unos cuidados humanizados que contribuyan a priorizar las necesidades sentidas de las personas para lograr consensuar afrontamientos eficaces de salud y que deberán ser planificados, seguidos y evaluados con el fin de asegurar su eficacia y eficiencia. Cuidados que no se centren exclusivamente en la enfermedad y que promocionen el autocuidado sin que ello signifique, en ningún caso, el abandono de las personas atendidas, que deberán identificarnos como referentes de dicho autocuidado o de cualquier otro problema de salud que pueda presentarse. La prestación de los cuidados enfermeros, además, deberá de articularse con la atención dada por otros profesionales del equipo favoreciendo que esta sea integral, integrada e integradora, desde una perspectiva de trabajo transdisciplinar y transectorial. Todo ello evidentemente será mucho más eficaz si previamente se realizan las acciones docentes, investigadoras y gestoras ya comentadas que articularían y facilitarían en gran medida esta actividad sin que la misma fuese vista como una acción aislada y ligada al voluntarismo, sin valoración de la misma por parte, tanto del propio equipo como de la administración.

Son muchas las evidencias ya existentes del impacto que los cuidados tienen en la comunidad, así como de su poder económico, tal como plantea el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE), en las acciones políticas recogidas en la carta para el cambio[2] o en el informe del Día Internacional de la Enfermera[3] de este año realizado con motivo del Día Internacional de la Enfermera.

Sin poner en duda la gran importancia y poder que tiene la esfera económica en cualquier aspecto de nuestra sociedad y a la que, por tanto, no escapan ni deben hacerlo los cuidados, deberíamos vigilar para que esta necesaria valoración tan solo fuese una parte de lo mucho que significan los cuidados para la salud de la sociedad en su conjunto.

En el día internacional de la enfermera, me gustaría que fuésemos capaces de centrar nuestra atención en lo importancia de los cuidados y lo que los mismos significan tanto para la población en resultados de salud, como para las organizaciones sanitarias en cuanto a la racionalización que los mismos aportan a su gestión y valoración y para las propias enfermeras que, en todos los casos, permitirán que se visibilice y valore, en su justa medida, la atención enfermera.

Desde este Blog[4] que tan solo pretende ser un foro de opinión desde el que incentivar el análisis, la reflexión y el debate, quisiera sumarme a la celebración del Día Internacional de la Enfermera, con el claro compromiso de seguir trabajando, desde los cuidados profesionales, para y con la comunidad y las enfermeras.

[1]  Filósofo, polímata y científico griego nacido en la ciudad de Estagira, al norte de la Antigua Grecia (384 aC-322 aC).

[2] https://www.icn.ch/sites/default/files/2023-05/IND_2023_Charter_SP.pdf

[3] https://www.icn.ch/sites/default/files/2024-05/ICN_IND2024_report_SP_A4_3.1.pdf

[4] http://efyc.jrmartinezriera.com/

ENTREVISTA EN WELFARE OGGI

Entrevista realizada por mi gran amigo César Iván Avilés González en la revista italiana Welfare Oggi
Muchas gracias

EL SILENCIO Y LOS SILENCIOS La necesidad de una voz enfermera

 

A Mª Jesús Pérez Mora que con su voz rompió tantos silencios.

 

                                                                                         «¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!»

Santa Catalina de Siena[1]

 

El silencio es en sí mismo una forma de comunicación. Traslada que no se quiere decir, expresar, transmitir, opinar, rebatir, reafirmar… nada. Viene a ser como el voto en blanco en las elecciones. Se puede interpretar como una estrategia ante determinadas situaciones en las que el silencio puede suponer una forma importante para el logro de un determinado objetivo o como parte de un discurso en el que se combina de manera consciente, inteligente y oportuna con las palabras configurando un mensaje que determina una posición clara y determinante que define a su emisor, aunque ello no signifique que el resultado no pueda ser negativo, peligroso o incluso dañino.

El silencio, sin embrago, puede ser consecuencia también de diferentes motivos o circunstancias, involuntarias, impuestas o forzadas. Existiendo además componentes como el miedo, la presión, la coacción, la incertidumbre, la duda… que hacen que dicho silencio deje de ser una forma de comunicación voluntaria y con sentido para pasar a ser un acto inducido, forzado y defensivo que limita, impide o manipula la construcción libre de opinión, conocimiento o posicionamiento.

También se genera, utiliza e incluso se instaura como mecanismo habitual de comunicación, el silencio voluntario, cómplice o cobarde producto de la comodidad, la, la mediocridad o la tolerancia, que conducen a la inacción, la pasividad o la injusticia.

Me voy a referir a los dos tipos de silencio que, a mi modo de ver, suponen una verdadera lacra y un evidente riesgo para el desarrollo, visibilidad, valoración y respeto de la enfermería y por derivación de los cuidados.

En cuanto al silencio impuesto, supone una forma inadmisible de autoridad para lograr la asunción de comportamientos, acciones, conocimiento, ideas, planteamientos, con el fin de perpetuar un modelo, favorecer una determinada posición, limitar o manipular la verdad, impedir el análisis, la reflexión y el debate, anular la voluntad o reprimir las alternativas, a través de la amenaza, el acoso, el miedo, la presión… que permitan una complicidad basada en el silencio y la permisividad que, incluso en algunos casos, supone la utilización de una argucia disfrazada de ética como la interesada objeción de conciencia que contraviene claramente el cumplimiento de legislación vigente y con ella la anulación de derechos fundamentales que emanan de la misma, configurando un escenario de impostada normalidad que realmente se basa en el autoritarismo, y el sectarismo ideológico, religioso o político. Es, por tanto, un silencio provocado y no provocativo que representa una verdadera amenaza a los intereses de la población, la competencia profesional o la parálisis del sistema de salud a favor de intereses políticos, ideológicos, económicos, corporativos o una mezcla de todos ellos.

Dicho silencio acaba por naturalizarse y asumirse ante la amenaza cierta o percibida, o la construcción de un modelo que se blinda en base a normativas que encorsetan, paralizan o anulan el necesario dinamismo, la deseada adaptación o el imprescindible cambio de un modelo sanitario caduco, ineficaz e ineficiente que se disfraza de excelencia y se consolida como el único posible y en el que el desarrollo disciplinar de las enfermeras queda acotado, vigilado y restringido por parte de una administración temerosa de las presiones de determinados lobbies corporativos para mantener un estatus e imagen que ven peligrar más por efecto de su actitud profesional que por la sospecha infundada, maliciosa e interesada de una supuesta invasión competencial que ni es real ni se sostiene, pero que utilizan y practican permanentemente con sus acusaciones y judicialización que les resulta favorable gracias al mantenimiento inaudito y trasnochado de unas normas que tan solo protegen y benefician a quienes establecieron “su” modelo medicocentrista, que no tan solo está cuestionado, sino que resulta a todas luces incapaz de resolver las necesidades y los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad.

Se combinan por otra parte el silencio cómplice, provocador y reaccionario de quienes forman parte de dicho modelo en el que los silenciosos se sienten cómodos, protegidos y protagonistas, con el silencio de quienes temen la represalia, el enfrentamiento o la identificación como reaccionarios o conflictivos. Lo que acaba generando un clima de permanente conflicto en el seno de los equipos, en unos casos, o en otros, el sometimiento disciplinar, organizativo o de autoridad de gestión de quienes sin compartir el modelo lo asumen como el único posible.

Pero este silencio y el “ruido” distorsionador de quienes tienen patente de corso para producirlo, con ser un problema de primer orden, no es el único, ni posiblemente el más peligroso. Al menos por lo que respecta a la evolución científico-profesional de las enfermeras. Porque el silencio que de manera voluntaria, interesada, cómoda, irracional, insensata y me atrevo a decir que suicida profesionalmente hablando, que un número muy importante de enfermeras incorpora como actitud profesional hasta el punto de hacer de ella su identidad de acción, supone asumir de manera tácita y consciente lo que otros decidan sobre su capacidad profesional sin que se genere una reacción que proponga una respuesta producto del pensamiento crítico-científico, la reflexión y la argumentación, que contrarreste el pensamiento dominante y con él su influencia en la organización y desarrollo de la atención a la salud, así como de quienes se determina, en base al mismo, pueden hacer, decidir, asumir, realizar… y con qué autonomía de acción.

Esta circunstancia mantenida en el tiempo mucho más allá de lo mínimamente razonable y admisible provoca un efecto anestésico que paraliza la capacidad de articular un mensaje coherente, pero también resistente y resiliente, que cuanto menos tratase de evidenciar el abuso de poder científico profesional de unos cuantos. No tan solo sobre otros profesionales, sino contra la población a la que se debe atender al ejercer un poder reduccionista que limita la salud a su única y exclusiva referencia, aunque sea incapaz, como demuestra la evidencia, de solucionar las carencias, defectos y efectos derivados de su acción de presión y control absoluta.

Finalmente el silencio logrado como efecto de su aletargadora acción provoca una posición de tolerancia que se ve recompensada con la sensación de bienestar que se concreta en las zonas de confort en las que se instalan para seguir alimentando un silencio que contribuye a perpetuar la organización deseada.

Este silencio, es circunstancialmente roto por ciertas voces disidentes que plantean resistencia ante lo que consideran un atropello y una injusticia. Voces que alteran el plácido bienestar de los nichos ecológicos en los que se instalan las/os silenciosas/os y que ven amenazada su zona de confort y con ella su bienestar, por lo que provocan una reacción defensiva que trata de neutralizar y acallar dichas voces y, por supuesto, a sus emisores en una acción cainita que impide que el discurso que se trata de construir perturbe el entorno protector en el que se han instalado y desde el que ejercen una silenciosa, pero terriblemente peligrosa y nociva, actitud profesional.

El sistema, por su parte, contribuye de manera sistemática a que este silencio sea parte fundamental de la organización con su actitud contemporizadora, cuando no claramente alineada, con quienes articulan, manejan, determinan, refuerzan, consolidan… su modelo mediatizado y medicalizado.

A su vez, quienes son considerados referentes profesionales, desde sus atalayas de poder, alcanzado y mantenido con los recursos aportados de manera obligatoria por parte de todas las enfermeras, contribuyen a mantener el silencio con su propio y estridente silencio y con la vigilancia de quienes se atreven a romperlo por identificar a sus emisores como un peligro a su posición de privilegio mantenida con estrategias en las que la omertà[2] o ley de silencio se constituye como su modus operandi. Ley que combinan con la generación de ciertos sonidos distorsionadores y, sobre todo, distractores con el objetivo de aparentar una acción que es tan solo una actuación burda, falsa y mediática que trata de maquillar los efectos de una gestión pretérita y presente que pone en peligro su futuro. Para ello no tienen escrúpulos en usar el mismo proceso cainita del que hablaba antes con tal de contrarrestar, paralizar o eliminar a quienes fueron aliados de una gestión compartida y conocida de la que tratan de huir indemnes a pesar de las evidencias. Así mismo utilizan el poder de su posición para acallar a cuantas/os consideran pueden resultar un peligro para su estabilidad y su zona de confort, en este caso de lujo y con lujo. Tienden sus tentáculos y acallan a sus “enemigos”, que en teoría y paradójicamente son sus protegidas/os, con la connivencia de compañeras/os de viaje voluntarias/os o forzadas/os, aliados interesados, administraciones solícitas… para conseguir restaurar el silencio placentero que les beneficia. Aunque ello suponga una clara parálisis de la evolución y el desarrollo de las enfermeras en su conjunto o acallar las voces e impedir que se proyecte el mensaje y la imagen de quienes tienen un discurso diferente al suyo, aunque para ello tengan que utilizar la manipulación. Se trata, finalmente, de un silencio general que proyecta un consejo muy difícil de entender y asumir, pero que acaba por ser asimilado y aceptado como parte del silencio individual y colectivo naturalizado.

Ante este escenario de silencio y de silencios hay voces que permiten identificar que otra realidad no tan solo es posible sino muy necesaria. Una realidad que debe ser oída y escuchada para poder comprender y entender que hay que romper los silencios cómplices, interesados, forzados, consentidos… que permitan construir mensajes potentes, claros, razonables, razonados, diversos, eclécticos, libres, consensuados… como única forma de salir del ostracismo silencioso en el que consentimos permanecer por mucho que existan factores, elementos o acciones que lo favorecen.

Son muchas las voces y las/os dueñas/os de las mismas que se emiten y transmiten, aunque muchas de ellas lamentablemente acaben por ser silenciadas o claudiquen ante la presión a la que se les somete por parte de unos u otros.

Pero hoy quisiera rescatar la voz de una enfermera que nunca permitió que la callasen y se resistió a que su voz no llegase a donde quería y sabía que debía llegar. No fue ajena a presiones, amenazas o acosos para silenciarla, pero nada logró callarla, aunque tuviese que cambiar el escenario en el que desarrollar su mensaje enfermero autónomo, potente, de presente y de futuro sin renunciar a su pasado. Fue un mensaje constructor, alejado de la confrontación sin renunciar a la firmeza que precisaba, un mensaje claro y alto que rompiera silencios y acallara presiones, que alimentara el avance y evitase la parálisis, que incentivaba la acción y rehuía de la pasividad. Un mensaje enfermero para las enfermeras, pero sobre todo para la población a la que tenía un profundo respeto. Un mensaje libre, democrático, participativo, colectivo. Un mensaje innovador, de soluciones ajustadas a la realidad y a los recursos disponibles. Un mensaje humano, cercano, activo. Un mensaje científico y profesional. Un mensaje renovador. Un mensaje de ilusión y nunca iluso. Un mensaje permanente, revisado y renovado. Un mensaje sin miedo pero sin temeridad. Un mensaje de respeto pero haciéndose respetar. Un mensaje de igualdad y accesibilidad. Un mensaje tan potente como la energía desde la que lo proyectaba. Un mensaje ante el que nadie podía ser ajeno o indiferente, aunque no se compartiera. Un mensaje real, realista y realizable. Un mensaje que se concretó en resultados tangibles y evidentes. Un mensaje que logró identificarla como mujer, como enfermera, como líder.

Hoy su mensaje permanece vivo, patente, actual, aunque su voz, con la que vencía el silencio y los silencios, se haya ido con ella a un destino incierto pero desde el que seguro será capaz de seguir proyectando su mensaje.

Su recuerdo perdurará y su aportación se recordará como una acción indispensable en la configuración de la imagen enfermera, su visibilidad y su valoración.

Ella consiguió que hoy podamos hablar, al menos algunas/os, desde la convicción y la creencia de que todo se puede cambiar para lograr prestar unos cuidados enfermeros de calidad y calidez que contribuyan a mantener sanos a los sanos, a identificar las necesidades sentidas, a hacer partícipes a las personas de sus decisiones, a intervenir en la familia para trabajar con ella, a que la comunidad sea vista como algo que va mucho más allá del sumatorio de las personas que la constituyen, a ser maestra y referente de aquellas enfermeras a las que formaba con valentía, fuerza, convicción e incluso rebeldía.

Ahora lloramos su marcha aunque compartimos la inmensa alegría de haberla conocido. El inmenso honor de haber convivido y trabajado a su lado. La gran dicha de haber aprendido de su voz, su mensaje y su palabra. La oportunidad de reconocer y defender que el silencio no puede ser nunca la forma de avanzar, luchar, conseguir los objetivos profesionales pero también de salud comunitaria y pública a través de la abogacía de los derechos humanos, tal como nos enseñó e inculcó.

Gracias Mª Jesús Pérez Mora por tu voz, tu presencia y esencia. Nunca permanecerás en silencio porque tu recuerdo será permanente en mi recorrido, el que me quede, y mi voz será tu voz para vencer el silencio y los silencios que duelen y laceran la libertad, la igualdad, la evolución y la salud.

Allá donde estés seguirás presente siempre en mi mente y en mi corazón.

 

[1] Laica dominica (terciaria) y mística venerada como santa en la Iglesia católica (1347-1380).

[2] Es el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre las actividades delictivas consideradas asuntos que incumben a las personas implicadas

La Fragilidad de Pedro Sánchez Mirada enfermera

Gracias a la inteligencia y al trabajo, la fragilidad del hombre y del barro se convierte en resistencia»

En la orilla» (2013), Rafael Chirbes[1]

 

Tras la carta a la ciudadanía de Pedro Sánchez, todos nos hemos apresurado posicionándonos en uno u otro sentido. Interpretando lo que el presidente del gobierno ha querido trasladar con sus palabras. Pero no a tratar de entender lo que la persona que asume dicha presidencia siente. No merece de nuestra empatía.

No seré yo quien se una a las cábalas irreflexivas, oportunistas, conmovidas, interesadas, compasivas… que unos y otros hacen.

Voy a hablar como enfermera y desde mi mirada enfermera más allá de las connotaciones ideológicas o las rencillas políticas, porque considero que la situación lo merece y la persona lo requiere.

Desde mi posición de enfermera quiero respetar los sentimientos, las emociones, los temores, las expectativas, las ilusiones, los rechazos… que en estos momentos tiene y le han llevado a querer pensar, reflexionar, analizar, calibrar… como persona, más allá de su posición o precisamente por su posición, para tomar una decisión meditada y personal. Ya habrá tiempo para analizar si la que tome, la que sea, es correcta, adecuada, sincera, acertada, dispersa, interesada… porque tome la que tome, se someterá a dicha disección.

Llegado este punto, considero que necesita afrontar la situación a la que se ha visto abocado de manera absolutamente premeditada, calculada, mezquina, mentirosa… que le permita la difícil tarea de tomar decisiones inteligentes y no decisiones viscerales. Porque no se ha negado a hacerlo. Pero quiere tomarlas asumiendo la fragilidad que le otorga su condición humana. Quiere alejarse, aunque sea brevemente, del enfrentamiento que le sitúa permanentemente en la confrontación. Quiere situarse en la defensa de las ideas racionales y razonadas y no en la de la difamación, el descrédito y la falta de respeto. Y para ello necesita reflexionar, parar, pensar, calibrar, dudar.

Como humano que es, aunque algunos quieran negarle también esa condición, tiene incertidumbres vitales como las que le han llevado a mantener un paréntesis de silencio que a algunos les resulta ensordecedor. Incertidumbres que ni puede ni quiere desligar de su condición humana por muy presidente del gobierno que sea.

Como enfermera me alegra identificar que quien dirige este país es una persona que necesita cuidados. Los suyos propios y de quienes le quieren por lo que es como persona y no como político, dirigente o líder. Necesita asumir sus temores y hacer frente a ellos con sus recursos propios y los de su entorno vital, familiar y social. Sin la injerencia del insulto, la difamación, el acoso, el revanchismo… Necesita decidir por lo que es como persona, al margen, de la presión política, mediática, judicial y social que le señala, interpela, interpreta, apremia, insta, presiona… intentando de influir en él para que tome la que a cada cual le interesa para satisfacer sus intereses oportunistas, partidistas, egoístas, mezquinos… que de todo hay.

Hoy en día existen muchas formas de matar sin utilizar armas blancas o de fuego, venenos o palizas. La mentira, la injuria, la descalificación gratuita, la denuncia falsa… son armas letales que acaban con la vida de las personas al sumirlas en un estado social y familiar vegetativo. Una forma de acabar con la vida, cruel, incruenta pero terrible que es el resultado de una sociedad enferma a la que se le ha usurpado, como se hizo con el sistema sanitario, del saber popular, del respeto, del pensamiento reflexivo, de la empatía, de la solidaridad, de la autonomía… convirtiéndola en una sociedad dependiente de ideologías radicalizadas que como dijo Bertrand Russel[2] primero fascina a los ignorantes y después silencia a los inteligentes, sometiendo, subsidiando, limitando, anulando… el pensamiento y la capacidad de debatir ideas para llegar a consensos desde la diferencia pero también desde el respeto. Y eso es lo que provoca que una persona decida reflexionar para no caer en la trampa de esa enfermedad inducida a la que han sumido a la sociedad actual.

Por lo tanto, como enfermera me revelo, resisto y rechazo como único remedio posible las amputaciones, los tratamientos agresivos, los diagnósticos interpretativos, las terapias invasivas, los remedios exclusivos que, en forma de dimisiones, acusaciones, imputaciones, sentencias… se proclaman y exigen. Abogo por la justicia, la libertad, la equidad, la solidaridad, la humanización… como terapias que recuperen la salud de la sociedad y de las personas a través del cuidado de todo aquello que permite vivir y convivir en libertad, en lugar de sobrevivir y actuar desde el sometimiento y la falacia permanente.

Tan solo quiero respetar el silencio solicitado, la calma requerida, la tranquilidad necesaria para que la persona que asume la presidencia del gobierno pueda decidir aquello que considere de manera libre, individual y serena. Si acierta o se equivoca será producto de su decisión y no de la respuesta inducida a la que se le quiere arrastrar desde la perversidad y el aniquilamiento al no poder ni querer hacerlo desde la inteligencia, la capacidad, la competencia y el respeto.

Las muestras de cariño o de rechazo son humanas, pero las mismas deberían huir del intento por generar una presión que condicione la decisión que como persona quiere y tiene derecho a tomar.

Como enfermera espero y deseo que afronte eficazmente su problema que, en este caso, lo es también de todos. Para unos en un sentido y para otros en otro, pero de todos. Como enfermera espero que su capacidad de autocuidado sirva también para empoderar a una sociedad enferma que requiere de cuidados para recuperar la salud democrática que algunos se empeñan permanentemente en debilitar, limitar o anular, utilizando para ello la democracia y la libertad que se lo permiten.

Si perdemos la capacidad de cuidar y de identificar la importancia del cuidado, perderemos nuestra capacidad humana y posiblemente pronto un avatar sin sentimientos, miedos, ilusiones, creencias… ocupe la presidencia del gobierno y no requiera reflexionar para tomar decisiones. Cuando esto ocurra, que espero no ocurra, quienes usan la democracia para acabar con ella habrán ganado.

Mientras tanto gracias a Pedro Sánchez por permitirme seguir creyendo en la humanización y los cuidados a través de su debilidad y fragilidad como persona, que, al menos para mí, le otorga fortaleza, resistencia y resiliencia como estadista.

[1] Escritor y crítico literario valenciano (1949-2015)

[2] Filósofo, matemático, lógico y escritor británico (1872-1970)

RISK Estrategia de juego o juego de estrategias

 

                                                                         El éxito no es ni mágico ni misterioso. El éxito es la consecuencia natural de que se apliquen los fundamentos.

Jim Rohn[1]

 

Tras la última adjudicación de plazas de Médicos Internos Residentes (MIR) celebrada, de las 8.772 plazas disponibles, 473 se han quedado sin cubrir. De todas ellas, 459 corresponden a la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria. Es decir 1 de cada 5 plazas ofertadas no se han cubierto[2].

Esta circunstancia, sin embargo, no es nueva y viene repitiéndose en los últimos años de manera constante, pero también creciente.

Se traslada que las razones que justifican esta apatía de elección se corresponden a una mala retribución, una saturación de trabajo, una falta de reconocimiento… en la Atención Primaria (AP). Curiosamente estas razones son esgrimidas por los sindicatos, fundamentalmente los médicos, que fueron quienes convocaron la huelga y las movilizaciones de los médicos de AP, que finalizó tras alcanzar muchas de las reivindicaciones laborales que reivindicaban y coinciden con las que continúan planteando como argumentos para justificar la no elección por parte de los médicos de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria. Ante lo cual cabe preguntarse si realmente son estas las verdaderas razones de su negativa.

No voy a entrar a analizar y mucho menos valorar si las razones/reivindicaciones laborales esgrimidas son o no razonables o si las mismas son las únicas o más importantes.

Porque considero que más allá de demandas laborales en el fondo del problema subyacen otras razones que ni se verbalizan ni se plantean pero que, desde mi punto de vista, tienen mucha importancia y, posiblemente, sean las que hacen que esta deserción voluntaria sea una realidad.

Es cierto que esta tendencia se ha generado e incrementado en los últimos años y que la misma ha coincidido en el tiempo con la Estrategia de Atención Primaria y Comunitaria que se trabajó desde el Ministerio de Sanidad publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE) en 2019[3] , en la cual se plantea un cambio de modelo para pasar de un planteamiento patogénico a otro salutogénico, con todo lo que ello significa en cuanto a la misión y visión de la AP y de las competencias a desarrollar por parte de las/os profesionales de sus equipos.

Este nuevo planteamiento sin duda supone un abordaje de la salud pública y comunitaria que tiene pocos elementos de coincidencia con los planes de estudio del grado de Medicina en particular y en general con el paradigma médico centrados en la enfermedad y la curación fundamentalmente. La promoción de la salud, la participación comunitaria, la intervención comunitaria, la salud comunitaria… son conceptos que si bien se identifican, ni se practican ni se priorizan como parte de la que se reconoce y se plantea como respuesta médica tanto a nivel académico, como de asistencia, investigación y gestión, cuanto menos de manera mayoritaria sino generalizada. De tal manera que, salvo convencidos en dichos planteamientos que los hay, quienes mayoritariamente optan a las plazas lo hacen o, porque no les quedan otras opciones o, con la posibilidad de que también en AP podrán aplicar el paradigma médico en el que, no tan solo se han formado sino en el que creen y desean desarrollar su actividad profesional. Quienes no están dispuestos a arriesgarse, simplemente prefieren renunciar al no quedar opciones que se ajusten a sus preferencias.

El problema viene cuando, quienes no renuncian a la elección de dicha especialidad, pero la eligen como mal menor, traducen su descontento con la misma en reivindicaciones que realmente enmascaran una realidad diferente, o en una actitud negativa que repercute en la calidad de su asistencia y con ella en a imagen que se proyecta de la AP en su conjunto.

Pero es que este problema no tan solo se ocasiona con quienes eligen dicha especialidad, sino que también se produce con quienes optan por la especialidad de Pediatría. La diferencia, en este caso, es que los problemas se producen en diferido. Es decir, las plazas ofertadas de la especialidad de Pediatría se cubren en su totalidad, pero una vez acabado el periodo de formación no desean acceder a las plazas de pediatría de AP, teniendo que ser ocupadas, en una importante proporción, por médicos sin la especialidad de pediatría. La razón fundamental vuelve a coincidir con la falta de identidad de dichos especialistas con el tipo de atención, en su caso asistencia, a prestar en el ámbito comunitario, lo que les hace buscar otros ámbitos más adaptados tanto a su formación como a sus preferencias profesionales.

Así pues, nos encontramos con un problema que todos identifican pero que muy pocos reconocen y que es estructural y no tanto laboral o estrictamente profesional. Lo que conduce a situaciones cada vez más complejas que generan descontento en quienes lo provocan, los médicos, quien lo sufre, la ciudadanía y quien lo propicia y perpetúa con su inacción, la administración.

Dicho todo lo cual, no es que no se tenga identificado el problema desde la perspectiva que apunto, sino que ni médicos, ni sus órganos de representación (colegiales, sindicales e incluso profesionales en algunos casos), ni la administración, como responsable de la toma de decisiones al respecto, quieren reconocer y mucho menos abordar el verdadero problema, por lo que supone desde su visión estrictamente corporativista y utilitarista.

Sea como fuere el problema real está en que con estas actitudes y estos negacionismos resulta muy difícil que la AP pueda mejorar, al margen claro está de otras cuestiones fundamentales como el hospìtalcentrismo que se proyecta sobre la AP utilizándola como un recurso a sus necesidades medicocentristas, en lugar de identificarlo como un recurso comunitario fundamental. La deficiente financiación de la AP, que se sitúa en un 14% muy alejada del 25% que se recomienda desde los principales organismos internacionales, es otro de los claros obstáculos para lograr una AP fuerte, autónoma y resolutiva que responda a los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad y no tan solo a las demandas asistenciales asociadas a la enfermedad.

En una situación social en la que factores epidemiológicos, demográficos, económicos, políticos… asociados a determinantes como vulnerabilidad, equidad, accesibilidad, pobreza, violencia… determinan una gran demanda de cuidados, la respuesta asistencialista, paternalista, medicalizada, fragmentada… que actualmente se sigue trasladando desde AP, es claramente ineficaz e ineficiente tal y como se demuestra de manera permanente. Perpetuar, por tanto, un modelo claramente caduco y escasamente resolutivo es algo que debe dejar de ser visto como un agravio o un problema al reconocimiento médico para identificarse como un problema de la comunidad y de la capacidad para responder a sus expectativas y demandas de salud.

Seguir pensando o planteando que la salud y como derivada la atención que a la misma se debe prestar es un tema exclusivamente profesional en lugar de una cuestión que requiere de rigor, conocimiento, ciencia, investigación, profesionalidad, responsabilidad… pero también de respeto, generosidad, humildad, humanidad… es un reduccionismo científico y comunitario que debe ser abortado, sin que se pueda optar a la objeción de conciencia, para lograr alcanzar soluciones de consenso que eviten permanentes enfrentamientos disciplinares, acusaciones de invasiones competenciales, limitaciones de desarrollo profesional… que desvían la atención de lo verdaderamente importante para situarla en lo meramente corporativo y nada resolutivo.

Es preciso establecer mesas de diálogo que permitan articular la voluntad de las diferentes partes para dar respuestas centradas en las personas y no en las/os profesionales, con independencia de quienes sean.

En otro orden de cosas, pero no por ello menos relevante para el tema, el pasado día 19 se reunió de nuevo el Comité Científico – Técnico de la Iniciativa Marco en Cuidados del SNS (IMACU)[4] para abordar la hoja de ruta del modelo de cuidados del siglo XXI. Sociedades Científicas, Organización Colegial, Organizaciones y Asociaciones de pacientes y ciudadanía, sindicatos y Ministerio de Sanidad, analizaron las principales estrategias tendentes a concretar dicho modelo: Situación de necesidades en salud. Modelo de cuidados. Reorientación competencial en cuidados. Visibilización y liderazgo enfermero. Investigación e innovación en cuidados.

El objetivo va mucho más allá de un simple posicionamiento profesional para lograr notoriedad, espacio o relevancia, como posiblemente algunos interpreten. Todas/os las/os presentes coincidieron en la necesidad de trabajar identificando como centro de todo el proceso a las personas y teniendo en cuenta que nada será posible sin un trabajo transdisciplinar y transectorial que sea capaz de superar las atávicas barreras de competitividad interdisciplinar. Porque como apunta Pam Moore[5], “Nunca te puedes equivocar al invertir en las comunidades y los seres humanos dentro de ellas”.

No se trata, en ningún caso, de que el modelo de cuidados que se plantea suplante o desplace la asistencia médica. No es una cuestión de trueque o eliminación. Todo lo contrario. Se pretende complementar, articular, vertebrar, competencias para configurar una atención integral en la que los cuidados adquieran el valor que tienen sin que ello suponga desvalorizar a nada ni a nadie. Pero resulta imprescindible que los cuidados se visibilicen y puedan ser reconocibles, evaluables y reconocidos como producto final de una atención tan necesaria como actualmente poco valorada. Dicha complementariedad, por otra parte, permitirá ofrecer mejores respuestas a las necesidades de la población y una mayor autonomía de la misma, a través del empoderamiento que le permita recuperar la toma de decisiones que en su momento se le usurpó desde el protagonismo exclusivo y excluyente de la asistencia médica, generando una progresiva actitud de absoluta pasividad y dependencia del sistema y de sus profesionales. Y es que como dice el refranero español “de aquellos polvos vienen estos lodos”, más aún cuando “llueve sobre mojado”. Lo que se traduce en una de las principales razones de la actual hiperdemanda y saturación de la AP en general y de la asistencia médica en particular que sirven de argumento al descontento y alejamiento de los médicos con relación a la AP. A pesar de lo cual, se continúa sin realizar un análisis riguroso que permita incorporar estrategias que faciliten el cambio de modelo para que la AP recupere de nuevo la capacidad de compromiso e implicación, así como de ilusión, de todas/os sus profesionales, como sucedió en los inicios del entonces denominado Nuevo Modelo de Atención.

Actuar desde el victimismo de unas/os u otras/os para tratar de captar la atención de la población y con ella hacerle caer en la complicidad de sus reivindicaciones es, además de una falacia absolutamente interesada y tramposa, una forma poco ética y estética de perpetuar una situación que aboca a la AP a un punto de difícil resolución y con una probabilidad muy alta de ser fagocitada de manera absolutamente oportunista e interesada por parte del modelo hospital-centrista y hospital-centrípeto que la arrastra hacia el centro de la enfermedad.

Pero más allá de la AP, resulta imprescindible hacer también un análisis del modelo de cuidados en los hospitales. Favoreciendo que los mismos se organicen y estructuren en base a su complejidad. Nuevamente se trata de racionalizar las acciones con el objetivo de ofrecer resultados más eficaces y eficientes que se concreten en una necesaria continuidad de cuidados a través de la integración de los diferentes recursos comunitarios y la valorización y atención de los cuidados familiares que actualmente dan cobertura a la mayoría de necesidades de cuidados de la población. Dedicación que no se traduce en intervenciones eficaces en el ámbito familiar que generen respuestas cuidadoras tanto para las personas cuidadas como para quienes cuidan, sin que ello los lleve a renunciar a sus propias necesidades.

Las soluciones no pasan, como se pretende, por “permitir”, desde la condescendencia que no desde la ciencia, que se indique que no prescriba, en base a una lista cerrada y vigilada de productos y medicamentos, para seguir marcando diferencia de estatus y parcelas de poder. No consiste, tampoco, en asumir competencias para relajar la demanda de otros como consecuencia de un modelo dependiente que ni se ha sabido ni se ha querido corregir hasta el momento. No pasa por seguir supeditando la actividad de unos sobre la de otras. Ni tampoco es válido plantear parcelas de exclusividad por parte de nadie, porque las competencias no otorgan esa propiedad. Las personas y su derecho a la salud no son propiedad de nadie más que de ellas mismas. Por lo que cualquier intento de colonización en este sentido es, realmente, un secuestro.

Se trata, en definitiva, de fomentar y aplicar el trabajo transdisciplinar que desdibuja los marcos competenciales generando solapamientos de competencias de las diferentes disciplinas que componen los equipos. Solapamientos que, lejos de ser interpretadas como invasión o injerencia, deben ser identificados como, lo que son, el resultado de un verdadero trabajo en equipo que permite atender los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad en lugar de preocuparse tan solo por resolver los problemas de quienes identifican las competencias como fronteras infranqueables de delimitación de poder. Posiblemente dedicando tiempo a ello se recuperaría gran parte del que se pierde y que tantas quejas como insatisfacción genera.

Por otra parte, ha quedado demostrado que quienes impiden reiteradamente el acceso a puestos de responsabilidad y toma de decisiones a profesionales de otras disciplinas, en un nuevo ejemplo de propiedad exclusiva impuesta, absolutamente injustificada e irracional, no han sabido gestionar aquello de lo que tan reiteradamente se quejan, es decir, su propia actividad. Porque hay que recordar que son ellos quienes ocupan y blindan los puestos de máxima responsabilidad en todos los niveles de gestión de forma casi exclusiva, sin que hasta la fecha hayan resuelto el problema, su problema, que lamentablemente acaba imputando y afectando, a todos/as.

Por tanto, dejemos de jugar al Risk[6] y dediquémonos a atender a la ciudadanía en sus procesos de salud y enfermedad aportando cada cual aquello para lo que es competente y mejor sabe hacer, desde el paradigma que a cada cual le corresponda, pero sin dedicarse a establecer defensas territoriales que además de distraer de lo verdaderamente importante es absolutamente estéril y genera mucha insatisfacción y pobres resultados de salud.

A lo mejor si lo hacemos así, se recupera el interés por trabajar en AP de quienes ahora huyen de ella como del diablo o de quienes acuden engañados por un espejismo que no se corresponde con la realidad para satisfacer sus deseos de descanso. O a lo mejor hay que pensar en otra forma de organización que mejore la atención. Sin que ello suponga tener que mantener una reserva de puestos de trabajo que no se quieren ocupar, como ya se está haciendo en otros países. Es lo que se denomina racionalización y eficiencia que, por otra parte, tratándose de dinero público estaría bien que aplicásemos.

            Se trata, en definitiva, de cambiar las reglas del juego para que todos/as puedan disfrutar del mismo sin imponer reglas de exclusión o de diferencia. Como dijera Albert Einstein “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Si lo pensamos, desde la objetividad que merece, a lo mejor nos damos cuenta de que no tan solo es posible, sino que, además, resulta ser más satisfactorio para todas/os. A partir de aquí depende de que todas/os quieran y queramos que esto suceda o prefiramos que esto se mantenga para seguir con victimismos y llantos efectistas, pero nada efectivos, pensando que “quien no llora no mama”, pero olvidando que “a Dios rogando y con el mazo dando.

[1] Empresario estadounidense, autor y orador motivacional (1930-2009).

[2] https://www.eleconomista.es/salud-bienestar/ultimas-noticias/noticias/12779783/04/24/casi-una-de-cada-cinco-plazas-mir-para-medicina-familiar-quedan-sin-cubrir-las-comunidades-con-vacantes-libres.html

[3] https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2019-6761

[4] https://x.com/sanidadgob/status/1781366866167869649?s=46

[5] Trabajadora social clínica con práctica privada en Birmingham, Alabama.

[6]  Juego de mesa de carácter estratégico, basado en turnos. Pertenece a la categoría de los juegos de guerra, al evocar las Guerras Napoleónicas

ALTERNATIVA No siempre se puede curar. Pero siempre se puede cuidar

                                                               “Las opciones de blanco o negro no son realistas y conducen a decisiones pésimas, porque por definición excluyen muchas soluciones.”

John Verdon [1]

 

La semana pasada la Ministra de Sanidad informó sobre el listado de determinadas propuestas de “salud” que desde su ministerio se ha decidido establecer como pseudoterapias con nula capacidad curativa[2].

Sin entrar en los pormenores de la decisión adoptada, me llama poderosamente la atención que la misma se haga pública por parte del Ministerio alertando a la población al respecto de sus supuestos resultados curativos y sus igualmente supuestos efectos colaterales para la salud de quienes los practican o los utilizan terapéuticamente.

En primer lugar, quisiera compartir una sensación que me ocupa y preocupa, sobre todo tratándose de un ministerio, que proclama centrar su atención en la salud en lugar de la enfermedad lo que implica, entre otras muchas cosas, huir de posicionamientos exclusivos y excluyentes de curación como única propuesta para ese loable planteamiento salutogénico.

Y es aquí, precisamente, en donde radica, a mi modo de ver, el problema. Plantear la salud desde una perspectiva exclusivamente curativa ya es, de inicio, un planteamiento reduccionista y excluyente que se asocia exclusivamente a la enfermedad y no a los problemas de salud. Si además, se decide que como consecuencia de las presiones de determinados lobbies médico-farmacéuticos lo que cura o no cura en base a su posicionamiento médico hegemónico-tradicional, tenemos un claro ejemplo de negacionismo sobre las propiedades de salud, que no curativas, que muchas/os de las/os usuarios identifican y perciben con la práctica de algunas de las alternativas que se identifican por parte del ministerio y que a partir de ahora posiblemente practiquen con la sensación de estar vulnerando el “precepto ministerial”.

Creo, sinceramente, que el ministerio, con su ministra al frente, ha caído en la trampa tendida por quienes tan solo identifican los aspectos puramente curativos que le han sido trasladados, de manera interesada y tendenciosa, por parte de determinados grupos y no ha valorado convenientemente aquellos otros aspectos positivos que las prácticas ahora señaladas tienen en la salud de las personas que las practican. Aunque, evidentemente, no les curen. Algo, por otra parte, que la inmensa mayoría de usuarias/os de las actividades proscritas ya saben sin necesidad de que el ministerio ni nadie se lo diga. Una muestra más de cómo se identifica a la población en el sistema sanitario, es decir, pasiva, residual y de supuesta y absoluta ignorancia, anulando así su capacidad de toma de decisiones con relación a su salud. Un claro ejemplo de la salud persecutoria que se ejerce por parte de quienes tan solo perciben la salud como antagonista a la enfermedad y la curación como único objetivo posible a la misma.

¿Qué mal le puede hacer a una persona con cáncer terminal, o a una cuidadora familiar con estrés, hacer Thai Chi, yoga o pilates? ¿Por qué se tiene que considerar a tales actividades pseudoterapias? ¿Qué efectos supuestamente nocivos tiene para la salud de las personas con independencia de que no sean curativas? ¿Por qué no se tienen en cuenta los efectos que sobre la salud de estas personas puede tener? ¿Por qué se mediatiza la decisión libre de ejercerlas con mensajes negativos, prohibitivos o alarmistas? ¿Son curativos todos los medicamentos prescritos o incluso están realmente indicados? ¿Por qué unas sí se consideran terapias y las otras pseudoterapias?

¿Se han tenido en cuenta estas y otras interrogantes a la hora de hacer el listado de pseudoterapias desde un planteamiento tan inadecuado como contraproducente?

Considero que no se ha dado información técnica asequible y adaptada a la población. Información que no tan solo la debe recibir como una orden de obligado cumplimiento, sino entender, interiorizar y analizar. Existen evidentemente otras alternativas a la información suministrada. Tanto las administraciones públicas, como los medios de comunicación que se hacen eco de la información o quienes la apoyan desde un aparente rigor científico irrefutable, deberían reflexionar sobre la necesidad de trasladar alternativas o posibles planteamientos diferentes al respecto.

            Desde esta perspectiva no se contribuye ni se ayuda a identificar los posibles problemas derivados de la práctica de tales actividades ni se asumen los riesgos que supuestamente tienen para la salud de quienes las practican más allá de su no efecto curativo que es el argumento o mantra utilizado para anatemizar su práctica. Además, no se informa sobre posibles mejoras o recursos alternativos que puedan suplir las pseudoterapias más allá de las farmacológicas que, parece ser, son las únicas que se plantean como válidas y que, claro está, son de exclusiva prescripción médica.

            No se tienen en cuenta los efectos que tales prácticas, mayoritariamente grupales, tienen sobre la salud de las personas a través de la relación de ayuda que como redes sociales se deriva de este tipo de actividades, yendo más allá de la enfermedad o patología que padecen y que como queda demostrado en diferentes trabajos científicos tienen un efecto muy beneficioso[3], [4]. Ese falso carácter proteccionista que se sigue ejerciendo y que realmente es una actitud de control absoluto, tiene un componente paternalista muy importante que limita la libertad de las personas o las condiciona al no impedir su necesario empoderamiento para ser capaces de generar autodeterminación, autogestión y autonomía que les permita asumir su autocuidado, aceptando sus decisiones, aunque no coincidan con los planteamientos de las/os profesionales. Una cosa es informar de todo aquello que se considere es fundamental para que la persona pueda decidir y otra muy diferente, imponer aquello que se decide deben hacer.

            Este tipo de actitudes y las decisiones profesionales, derivadas de las mismas, chocan frontalmente con discursos posiblemente bienintencionados, pero seguramente condicionados por presiones de determinados grupos profesionales, mediáticos o empresariales que entienden que su criterio es el que se debe seguir e imponer, aunque para ello haya que prohibir, desacreditar o alarmar, más allá de lo razonable.

No es posible conciliar una concepción holística de la salud de sistemas y subsistemas interrelacionados, que favorezca una atención integral, integrada, integradora, participativa y de consenso, con mensajes como el analizado. Porque se fundamentan en un modelo patogénico que no asume que en todos los estadios del proceso salud-enfermedad coexisten factores biológicos, psicológicos, sociales y espirituales, que deben ser analizados tanto para determinar las causas de la enfermedad o de los “problemas de la vida”, como para abordar su tratamiento que no tiene por qué ser exclusivamente curativo.

Sino se tiene claro que una alteración bioquímica no siempre se traduce en enfermedad o que la simple anomalía biológica no arroja ninguna luz sobre la significación última que para la persona que la padece tiene o identifica, estamos obviando que las variables de tipo psicosocial y espiritual son importantes para determinar la susceptibilidad, la gravedad y el curso de cualquier enfermedad que, en todo caso, va mucho más allá de las alteraciones físicas que la misma puede provocar.

Se tiende a etiquetar, catalogar, sistematizar y estandarizar no tan solo los procesos de salud y enfermedad sino también a quienes los padecen, sufren o conviven con ellos. Generando un rol de enfermo que no depende solo de una anomalía biológica, sino de la interacción con factores psicosociales y espirituales que son permanentemente ignorados, dando hipotéticas soluciones que no responden a las necesidades sentidas y mucho menos a las demandas planteadas. Entre otras cosas porque no se observa, escucha, atiende, siente… lo que las personas trasladan, al mantener una postura de rigidez científica que encorseta y elimina cualquier otra opción que no cure según el criterio medicocentrista desde el que se asiste, que no atiende, a las personas. La salud es un concepto tan amplio como diverso y además es un derecho universal que hay que defender y respetar, pero nunca controlar e imponer, desde ninguna propuesta profesional hegemónica y exclusiva.

Nadie, no yo al menos, cuestiona los beneficios y la tasa de éxito de ciertos tratamientos biológicos, pero hay que admitir que no son, en muchísimas ocasiones, ni suficientes, ni efectivos, ni necesarios, sino se tiene en cuenta la influencia que sobre ellos ejercen directamente variables psicosociales y espirituales que van a determinar claramente tanto su efecto como su aceptación. Con dicha actitud, se favorece el abandono terapéutico de las terapias impuestas al no identificar beneficio por parte de quienes las consumen y buscando alternativas como las actividades que se cuestionan. Es decir, se logra exactamente el efecto contrario al que se pretende conseguir en el mejor de los casos. Un equilibrio razonable y razonado contribuiría a una adherencia mucho mayor de las terapias tanto farmacológicas como de otro tipo.

Si a todo lo dicho añadimos la relación humanista, de escucha activa, empatía, respeto… de las/os profesionales con las personas, la influencia que esta tendría en el resultado terapéutico de terapias tanto farmacológicas como sociales que buscase el equilibrio entre ellas, los resultados sobre el bienestar, la actitud, el afrontamiento, la corresponsabilidad… serían mucho más positivos y generarían menor dependencia del sistema y de sus profesionales.

Seguir pensando que tan solo se puede tener salud o sentirse saludable desde la ausencia de enfermedad o de su curación es un planteamiento erróneo que no se corrige con el uso de medicinas alternativas sino con la necesidad de una medicina alternativa que permita articular la ciencia médica con otras ciencias de la salud y asumiendo la capacidad de las personas para tomar sus propias decisiones. Un deseo razonable y una razón deseada por muchas/os.

Los posicionamientos de prohibición, alarma, descrédito, desautorización… hacia todo aquello que no emane de la medicina como ciencia y profesión, tan solo conducen a seguir perpetuando un modelo médico perverso y claramente alejado de la población al situarse sus profesionales como protagonistas únicos de su perseguida curación que no de la salud.

Continuar con los intentos permanentes de posesión exclusiva de todo lo que consideran es de su propiedad o de rechazo absoluto a que nadie más que ellos puedan determinar, aconsejar, prestar o limitar acciones, actividades o recursos en un intento permanente de control total, lleva a planteamientos tan dispares como el de pretender erigirse en prescriptores exclusivos y excluyentes de actividad física como ya han hecho. Desde este comportamiento no sería de extrañar que exigiesen prescribir de manera exclusiva el oxígeno que respiramos argumentando que es parte del tratamiento para la curación de cualquier patología, por lo que tan solo ellos estarían capacitados para su prescripción. O presionarían para que se considere al teatro, la música o el cine nuevas pseudoterapias por no contribuir a la curación según su postulado paradigmático.

Con el mismo planteamiento que sitúa a actividades como el yoga, el thai chi, la aromatoterapia, el pilates… como pseudoterapias no sería descabellado que pronto se planteara como tal a los cuidados que ni prestan ni respetan, que son parte, no ya fundamental, sino imprescindible de cualquier proceso de salud o enfermedad aunque no curen desde su visión reduccionista, pero que permiten a las personar asumir, afrontar, compartir, sentir… las respuestas vitales desde el autocontrol de sus emociones, sentimientos, valores, creencias, actitudes y no tan solo desde un principio activo que paradójicamente en muchas ocasiones deja inactivas a las personas en ese intento permanente y obstinado por una curación que ni siempre es posible ni muchas veces deseada. Sin embargo, nunca será posible eliminar la necesidad del cuidado como respuesta terapéutica bio-psico-social y espiritual por mucho que se siga intentando invisibilizarlo o minusvalorarlo.

Es curioso que la mayoría de las veces que se habla del sistema sanitario se hace para destacar las listas de espera[5], las demoras en atención[6], la falta de tiempo dedicado a la atención[7], la saturación y dependencia[8]… entre otros problemas de Atención Primaria siempre hacen referencia a los médicos. La atención en consultas enfermeras, la ausencia de listas de espera para ser atendido por enfermeras, la atención puntual y diaria en los domicilios familiares, la gestión de programas vacunales tanto de adultos como de niños, las intervenciones comunitarias en escuelas y otros recursos comunitarios… nunca son noticia, posiblemente porque no generan problemas. Se argumenta que este problema es estructural, y posiblemente lo sea, pero no se dice que la organización de los máximos órganos de responsabilidad y toma de decisiones de todas las organizaciones sanitarias está en manos de médicos. Y mientras tato los servicios sanitarios, que no de salud, privados sigue creciendo de manera exponencial[9]. No hacen falta más comentarios. Cada cual saque sus propias conclusiones

La población a la que atienden unos y otras es la misma, la tasa de médicos por habitante es de las más alta de la OCDE y la de enfermeras de las más bajas,[10] la valoración que la población tiene de las enfermeras es superior a la de los médicos[11]… y a pesar de todo, se sigue priorizando la curación, la enfermedad, la medicación… sobre el cuidado, la salud o las terapias alternativas como la indicación social. Sin duda el Sistema Sanitario está enfermo y como se trata de curarlo en lugar de cuidarlo, se perpetúan sus males.

Es cierto que la fe mueve montañas y la ciencia las pone de nuevo en su sitio. Pero no es menos cierto que en nombre de la ciencia muchas veces se inmoviliza la voluntad y la decisión de las personas como respuesta a una supremacía profesional que las desprecia en favor de sus intereses científico-profesionales y en contra de la decisión individual sobre la salud, lo que no deja de ser una forma de anular la libertad.

Asumamos que no todo es bueno o malo, blanco o negro, real o ficticio, curable o incurable. Porque son muchos los matices, las percepciones, interpretaciones, valoraciones… que sobre un mismo hecho, acción o decisión pueden tenerse y, por tanto, todas ellas en principio pueden ser aceptadas y aceptables desde criterios de beneficio y oportunidad y no exclusivamente de interés e imposición.

[1] Novelista estadounidense (1942).

[2] https://www.sanidad.gob.es/gabinete/notasPrensa.do?id=6396

[3] Wolf S et al. Roseto, Pennsylvania, 25 years later–highlights of a medical and sociological survey. Trans Am Clin Climatol Assoc. 1989; 100: 57–67

[4] Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB (2010) Social Relationships and Mor tality Risk: A Meta-analytic Review. PLoS Med 7(7): e1000316.doi:10.1371/journal.pmed.1000316.

[5] https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2024/04/16/661e2b4cfdddff98038b45a3.html

[6] https://www.ondacero.es/noticias/salud/aumentan-tiempos-espera-conseguir-cita-medica_2024020765c37161d3690c0001e4c7ac.html

[7] https://www.publico.es/sociedad/media-espera-medico-cabecera-bate-records.html

[8] https://www.elmundo.es/espana/2019/04/11/5cae2d2cfc6c83f0288b4645.html

[9] De acuerdo con los últimos datos recogidos por la OCDE, España destaca como uno de los países con más gasto sanitario privado, con un 26,7% frente a una media europea del 21,8%. https://isanidad.com/248716/espana-uno-de-los-paises-de-la-ocde-con-mas-gasto-sanitario-privado-2/

[10] https://isanidad.com/269392/espana-tiene-mas-medicos-que-la-media-europea-pero-se-necesitan-mas-enfermeras/

[11] https://www.enfermeria21.com/diario-dicen/enfermeras-valoracion-cis-barometro/

DÍA INTERNACIONAL ATENCIÓN PRIMARIA Asociación Enfermería Comunitaria

                                                                              “El derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos.”

Immanuel Kant[1]

            Se dice que no se le pueden poner puertas al campo para expresar la inutilidad de una medida que pretende restringir la libertad de alguien o algo.

            Desde esta premisa vale la pena plantearse si el mantra que, con tanta insistencia como inconsistencia, se repite al hablar de la Atención Primaria (AP) como la puerta de entrada al Sistema Sanitario, realmente tiene algún sentido o bien se trata de una forma de restringir o controlar el acceso de la población a un recurso comunitario tan importante como es la AP. Se puede intentar rebatir este planteamiento argumentando que se trata de una puerta abierta permanentemente. Pero no deja de ser paradójico que para ello se utilice un concepto que, tal como lo describe la RAE, es un “armazón de madera, hierro u otra materia, que, engoznada o puesta en el quicio y asegurada por el otro lado con llave, cerrojo u otro instrumento, sirve para impedir la entrada y salida”. De tal manera que, al ponerle puerta a la AP, aunque se diga que permanece abierta siempre se tiene la opción de cerrarla. Por lo tanto, se está contradiciendo uno de los principios básicos de la AP como es la accesibilidad.

            En el Día Internacional de la AP, nos gustaría plantear una perspectiva mucho más abierta, sin puertas, barreras, dificultades… que limiten real o teóricamente el acceso a la atención directa y de calidad. Desde la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), consideramos que los Centros de Salud de la AP, deben ser identificados y valorados como Activos para la Salud por parte de la ciudadanía, en las comunidades donde viven, conviven, trabajan, estudian… Activos que, junto a otros activos y recursos de la comunidad, deben poderse identificar, coordinar, articular… para generar salud individual, colectiva y comunitaria a través de la participación real de la propia comunidad, la toma de decisiones compartida, el consenso y la corresponsabilidad. Para ello resulta imprescindible eliminar cualquier elemento, real o virtual, que suponga una percepción de dificultad o una necesaria petición de permiso para acceder, en este caso, a la AP.

            La AP, que es un ámbito de atención en el marco de la Salud Pública y Comunitaria, no puede quedar limitada a un ámbito de asistencia ligado a la enfermedad, como lamentablemente ocurre en muchas ocasiones. No se trata de “permitir” el acceso a la AP cuando la persona se sienta enferma. Tal como decía Hipócrates[2] “es mucho más importante saber qué persona tiene la enfermedad que qué enfermedad tiene la persona”. Es necesario prestar una atención que huya de estándares que plantean una salud prêt-à-porter[3] para hacerlo de manera personalizada, individualizada y adaptada a las necesidades reales de cada persona como si se tratase de “alta costura”, como paso previo a la atención comunitaria. Debiendo tener en cuenta que la Salud de una comunidad es mayor a la suma de la salud de sus miembros

Resulta imprescindible trabajar para que la denominación de Centro de Salud, que identifica a la AP, adquiera sentido y coherencia y no sea tan solo un ejercicio de marketing sanitario que lo único que logra es desvirtuar el concepto de salud que instrumentaliza.

Centrar el foco en la enfermedad en lugar de en la Salud, supone otra barrera de acceso a la AP al acotarla tan solo a una parte de la comunidad que a pesar de su “condición de enferma” no es esencialmente quien más necesidades de salud tiene. Dejar a gran parte de la ciudadanía al margen por entender que está sana y no requiere de asistencia, conduce a obviar, ignorar u olvidar que sí precisa atención para promocionar, mantener o mejorar su salud.

Si desde la AP se siguen enviando mensajes equívocos que sitúan a la salud como un concepto dicotómico de la enfermedad y sobre la que la población tiene poco o nada que decir, y mucho menos que decidir, la AP enferma y se convierte en un reducto asistencialista que favorece la dependencia del sistema al actuar desde esa perspectiva de acceso primario con la que se le identifica. Porque cuando hablamos de una atención primaria, no nos referimos a una atención menor por ser excesivamente sencilla o falta de complicación, sino porque constituye una atención fundamental.

            Por otra parte, la AP no depende tan solo de los decisores políticos. Depende de todas/os las/os que configuran la comunidad de la que forman parte. No se puede seguir pensando que todo depende de otras/os. Profesionales, agentes de salud, líderes comunitarios, ciudadanía en general, deben participar activamente en la configuración de la AP y deben hacerlo, además, identificando y valorando la singularidad de la comunidad a la que pertenecen. Sus normas, tradiciones, cultura, valores, creencias… así como la diversidad aportada por otras culturas, resultan fundamentales en la forma en que se construya la AP, para que la atención prestada sea fundamental.

            No existe, por tanto, un modelo único de AP que sirva para todos en cualquier momento, contexto o circunstancia. La adaptación al medio, la diversidad, la diferencia… nunca deben considerarse como debilidades o amenazas, sino como oportunidades de aproximación a las necesidades y demandas de salud de la comunidad, en sociedades dinámicas.

            La salud, además, es demasiado importante para estar tan solo en manos de las/os denominadas/os profesionales de la salud. Porque profesionales de la salud son también aquellas/os que, perteneciendo a otros sectores de la comunidad, aportan una mirada disciplinar muy valiosa para la salud colectiva. Y quienes desde su condición de ciudadanas/os, más allá de una pertenencia disciplinar o profesional concreta, tienen la capacidad de participar, aportar, coordinar, liderar… procesos de salud comunitaria.

            El pasado día 7 se celebró el Día Mundial de la Salud con el lema “mi salud, mi derecho”. Ese derecho individual, pero al mismo tiempo colectivo, del que todas/os somos responsables y que debe ser interiorizado desde una decidida apuesta por su abogacía, comporta una defensa de la libertad, la equidad, la igualdad y en contra de la vulnerabilidad, la pobreza, la desigualdad, la injusticia… resultando imprescindible analizar, reflexionar, debatir, consensuar… sobre ello si queremos que la Salud siga siendo parte de la AP como un concepto vital y no tan solo como un eufemismo.

            Los cuidados, como patrimonio universal de la humanidad y como sostén fundamental de la salud que son, deben ser identificados, reconocidos, valorados… como referente indiscutible de la salud comunitaria desde la AP. Cuidados profesionales y cuidados familiares que es preciso coordinar para lograr una necesaria y real continuidad que trascienda al deseo o la intención de hacerlo. Las enfermeras comunitarias que trabajan en AP lideramos las intervenciones, acciones, estrategias, proyectos… que permiten visibilizar la trascendencia de los cuidados para la salud y contribuyen a la salud de los cuidados, trabajando de manera transdisciplinar y transectorial.

            Así pues, hoy, Día Internacional de la AP, es el día de todas/os quienes dan sentido a una AP abierta, accesible y universal. Una AP de todas/os cuantas/os configuran la comunidad a la que se deben y con la que contribuyen a conseguir contextos, personas y comunidades saludables.

[1] Filósofo prusiano de la Ilustración. (1724-1804)

[2] Prestigioso médico de la Antigua Grecia que ejerció durante el llamado siglo de Pericles. (470 a.C. 360 a.C.)

[3] Prêt-à-porter es una expresión francesa que significa textualmente Listo para llevar. Se refiere a las prendas de moda producidas en serie con patrones que se repiten en función de la demanda; es por tanto la moda que (con diferentes calidades y precios) se ve en la calle a diario.

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD Asociación Enfermería Comunitaria

“No es una buena medida de la salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma

Jiddu Krishnamurti[1]

 

Sin duda los efectos que sobre la salud global están generando la pobreza, la guerra o las desigualdades, son razones suficientes, aunque no únicas para detenernos, aunque tan solo sea por un día, a valorar qué es lo que significa una palabra que todos reconocemos y que tan poco conocemos y valoramos.

Algo como la salud que concita tanto consenso, en cuanto a la importancia que a la misma se le da, cuanto menos en apariencia y en el discurso que se genera a su alrededor, y que sin embargo tanto se descuida e incluso tanto se maltrata en cuanto a hechos o acciones tendentes a promocionarla, conservarla o reponerla. Más aún cuando, tal como nos recuerda el lema de este año, es un derecho de todos y para todos.

Pero lamentablemente la salud es utilizada, manoseada, manipulada y distorsionada en función del interés que en cada caso se tenga, Por lo que, no se trata tan solo de identificarla salud como un valor, un derecho o una oportunidad. Hay que trabajarla, defenderla y reivindicarla.

Sin embargo, lo que se utiliza realmente no es la salud, sino la palabra con la que identificamos a la misma, que en ningún caso supone que todos entendamos lo mismo sobre lo que significa, ni lo que aporta, ni lo que determina. Porque la salud es en sí misma una opción, una responsabilidad, una oportunidad, una ilusión, una condición, una solución, una demanda, una necesidad… según quién o quiénes la utilicen, la busquen, la interpreten, la analicen, la verbalicen, la incorporen, la trasladen, la coordinen, la gestionen o incluso la compren o vendan. Pero nunca nadie puede elegir la posibilidad de lo que realmente es, un DERECHO individual y colectivo.

En una sociedad altamente competitiva en la que la inmediatez, el individualismo, el hedonismo y la mercantilización lo impregnan todo, la salud se convierte en un bien de consumo más, sin que se trabaje para generar con ella o a través de ella, igualdad, tranquilidad, bienestar, equilibrio y solidaridad.

De resultas, nos hemos convertido todos, en mayor o en menor medida, en traficantes de salud.

Así pues, la salud, como sucede con otros derechos fundamentales como la justicia o la equidad quedan reducidos a meros conceptos idealizados y deseados, pero a los que resulta complicado acceder en igualdad de condiciones como consecuencia del contexto y los determinantes que en el mismo se presenten, lo que determinará claras diferencias tanto en el acceso como en la percepción que de la propia salud tengan las personas. Más aún cuando desde los sistemas sanitarios toda la atención y la asistencia se presta a la enfermedad, usurpando además a la comunidad su derecho a decidir sobre su salud, desde el paternalismo, el protagonismo y la imposición profesional.

La salud debe ser identificada, como un derecho indiscutible, pero también como un bien al que poder acceder desde la autogestión, la autodeterminación, la autonomía y el autocuidado.

Para ello resulta imprescindible que la salud desplace de manera clara a la enfermedad. Tan solo situando a la salud como objetivo y no como resultado esperable o deseable con el que hacer negocio o especular, y desde un abordaje de participación directa, seremos capaces de generar entornos, poblaciones y contextos saludables donde la salud forme parte de la convivencia y no sea tan solo una vivencia puntual, anecdótica o casual ligada a supuestos y estereotipados estados de bienestar.

Es necesario seguir celebrando el día mundial de la salud como una fecha en la que acordarse que existe, pero desde un compromiso firme por parte de todos para que se incorpore como referencia indiscutible en todas las políticas. Ello que supone un cambio radical en cuanto a su identificación, abordaje, tratamiento, planificación, accesibilidad, desarrollo y evaluación, sino queremos que quede todo reducido a una fecha más en el calendario de celebraciones mundiales que nos recuerde que existe, aunque cada vez tenga menos sentido y se utilice, una vez más, como escaparate de propaganda en el que escenificar reconocimientos cuyo único objetivo es el de maquillar las carencias derivadas de la falta de decisiones necesarias, deseadas y valientes que sitúen a la salud como derecho y objetivo a alcanzar y no como medio para lograr fines que nada tienen que ver con la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Los aplausos, como los reconocimientos, pierden todo su valor sino van acompañados de acciones que den verdadero sentido a la salud, que es lo que realmente necesita la ciudadanía.

Discutir con la realidad es doloroso, tal como dice Byron Katie[2], admitirla sin hacerlo es renunciar a mejorarla.

Ahora más que nunca la SALUD adquiere una dimensión más allá de la sanidad y la asistencia. Una dimensión integral que, de sentido a la vida en cualquier ciclo vital, entorno o contexto, al margen de diferencias sociales, culturales, religiosas o sexuales, disfrutándola en equilibrio y convivencia como un bien común que determine responsabilidad individual y colectiva y no como una obligación impuesta en oposición a la enfermedad exclusivamente. Como un derecho que hay que defender y compartir, promocionar y respetar, generar y mantener, desear y lograr desde la participación y la solidaridad, la ética y la estética, la técnica y el cuidado, la tecnología y el humanismo. Tan solo desde esta perspectiva, este planteamiento, este compromiso desde los que trabajamos desde Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), merece la pena reconocer y celebrar este día mundial de la SALUD como un derecho universal y accesible que nos permita vivir de forma autónoma, solidaria y feliz[3].

Las enfermeras comunitarias estamos comprometidas con la SALUD de las personas, las familias y la comunidad, trabajando con, por y para ellas a través de nuestros cuidados profesionales de SALUD, pero respetando su capacidad de decisión que forma parte inseparable del derecho a la misma.

[1] Escritor, orador, indio-estadounidense (1895-1986)

[2] Escritora y conferenciante estadounidense.

[3] Borrell-Carrió,F.Médico de personas. Jordi Gol i Gurina, 1924-1985, in memoriam. Atención Primaria, 2005. 35 (7): 339-41

A PROPÓSITO DEL DÍA INTERNACIONAL DE ATENCIÓN PRIMARIA La salud comunitaria como objetivo

A quienes, siguen creyendo en la Atención Primaria como ámbito de referencia de la salud comunitaria.

 

“Dale a cualquier cosa que estés haciendo o a cualquier persona con la que estés el regalo de tu atención.”

Jim Rohn [1]

 

Existe un permanente debate en torno a quiénes deben configurar los equipos de Atención Primaria (AP) y sobre la incorporación de nuevas figuras profesionales en el ámbito comunitario.

Todo ello se produce mientras, por una parte, se apuesta, al menos sobre el papel, por la incorporación de las enfermeras especialistas en Enfermería Familiar y Comunitaria (EFyC) en AP y, por otra, por dotar de mayor responsabilidad a las enfermeras comunitarias, sobre todo en atención comunitaria y en equidad. Todo ello se recoge de manera explícita en el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria (APyC)[2].

Sin embargo, tanto una como otra de dichas apuestas tienen más de intención que de concreción.

Con relación a la incorporación de las enfermeras especialistas de EFyC, tal como se describe en el Objetivo B3 del citado Marco Estratégico, tras cinco años desde la publicación del documento, esta es la fecha en que su concreción dista mucho de ser ni tan siquiera una posibilidad generalizada. Son muy pocas las Comunidades Autónomas que han tomado decisiones concretas para que ese objetivo deje de serlo y pase a convertirse en una realidad. Así pues, estamos como en tantas otras ocasiones, ante una declaración de intenciones que se diluye en el tiempo y se pierde en la memoria de quienes tienen la responsabilidad última de que esto no suceda. Por su parte las “damnificadas” de este nuevo y vergonzoso engaño no responden con firmeza exigiendo el cumplimiento de lo consensuado y comprometido. Tan solo las enfermeras catalanas han dado un paso al frente en este sentido con sus movilizaciones ante la escandalosa propuesta hecha por la Generalitat de Catalunya que no tan solo incumplía lo comentado, sino que además denigraba, una vez más, a las enfermeras en comparación con el trato de favor otorgado a los médicos.

Hay que destacar también que las decisiones de los principales sindicatos, tanto de clase como los denominados profesionales, no tan solo no propician el que se cumpla con el objetivo planteado, sino que incluso, en la mayoría de las ocasiones, van literalmente en contra de que pueda alcanzarse. Su “supuesta y sospechosa” defensa de los “intereses” de todas las enfermeras se traduce en planteamientos absurdos que acaban por penalizar a quienes consideran una minoría como es el caso de las enfermeras especialistas en EFyC. Las OPEs masivas con “traslados” encubiertos, pero claramente descubiertos, de enfermeras del hospital a la Atención Primaria en base a criterios de antigüedad, tan solo obedecen a una clara maniobra de “incentivos de afiliación” para contentar a la gran masa de enfermeras de los hospitales que, salvo honrosas excepciones, su único objetivo se concreta en “jubilarse en AP” ante la gran fake news creada y alimentada, entre otros, por los propios sindicatos de que en AP se “vive mejor” y se cobra más. Mientras tanto las Administraciones miran hacia otro lado y satisfacen las propuestas sindicales a pesar de los evidentes prejuicios que las mismas ocasionan en el funcionamiento de los Equipos de AP y como derivada en el deterioro permanente de la atención prestada a la población que sufre los caprichos negociadores de unos y otros.

Como resultado de todo ello, aparte de lo ya comentado, se produce una importante pérdida de valor y reconocimiento de la aportación específica que deben realizar las enfermeras comunitarias en general y las especialistas en particular, al quedar permanentemente intoxicada la misma por efecto de la mediocre acción de unos y la incomprensible inacción de otros.

A todo esto y como guinda de este envenenado pastel, hay que añadir la parálisis actual en la formación de las enfermeras especialistas en EFC, con un programa formativo que, desde su publicación y puesta en marcha en 2010[3], no ha sido revisado a pesar de las permanentes peticiones que en este sentido se han venido trasladando al Ministerio de Sanidad desde diferentes organizaciones y muy especialmente desde la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), con nulos resultados. Basados fundamentalmente en la ausencia absoluta de respuesta, a pesar de venir recogido en el Objetivo F2 y su Acción F2.3 del Marco Estratégico de APyC. Junto a ello cabe destacar unas unidades docentes multiprofesionales de Atención Familiar y Comunitaria (AFyC) claramente desequilibradas en favor de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria (MFyC) sin que exista voluntad alguna en corregir las evidentes desigualdades y las inadmisibles deficiencias de formación que tienen que soportar en algunas Unidades Docentes las enfermeras en formación. Todo lo cual ha obtenido idéntica respuesta por parte de las Administraciones tanto Nacional como Autonómicas, es decir, el silencio que supone un manifiesto desprecio a quienes son pieza clave de la AP.

La otra “apuesta” del Marco Estratégico de APyC, la de dotar de mayor responsabilidad y competencias a las enfermeras en AP, me genera posicionamientos encontrados y en ocasiones contrapuestos.

Por una parte, el que se tenga que poner negro sobre blanco esta supuesta concesión es en sí mismo una clara demostración de que hasta la fecha se han limitado sin razón ni argumento alguno, más allá de las presiones ejercidas por determinados grupos corporativistas, las competencias enfermeras y la responsabilidad que de las mismas se deriva. Porque la situación, en cuanto a formación de las enfermeras, no ha variado con respecto a la de hace años. Pero es que además se incorpora la sospecha de si esa concesión competencial que de repente es posible no obedece realmente a una identificación clara de la capacidad de las enfermeras para dar respuesta a las necesidades actuales de las personas, las familias y la comunidad, sino a una, repito, concesión vigilada para que las enfermeras asuman competencias realizadas hasta la fecha por otros profesionales y que ya no quieren realizar. Pero sin que ello signifique la renuncia a su control y vigilancia. De tal manera que no se trata de aumentar las capacidades competenciales propias de las enfermeras, sino de que asuman aquellas que otros no quieren hacer.

Pero también me preocupa que se tenga que determinar en un documento aquello que como profesionales de una ciencia como la Enfermería debería estar claramente asumido por todas las partes, incluso por las propias enfermeras. ¿Por qué se debe exponer como objetivo este aumento de competencias de las enfermeras y no se hace con otros profesionales? ¿No se conocían hasta ahora las competencias enfermeras? ¿Se había limitado su desarrollo por alguna razón objetiva? ¿Se entiende que las enfermeras no asumirán las competencias que les corresponden sino se les dice en el documento? Las respuestas a todas estas interrogantes no son ni necesarias, ni oportunas, ni pertinentes y, por tanto, el planteamiento que se hace en el Marco Estratégico de APyC se debería haber obviado si realmente existe voluntad real de asumir y respetar las competencias profesionales de las diferentes disciplinas y centrar su atención en las necesidades de las personas, las familias y la comunidad y no en la de dichas disciplinas que no dejan de mirarse el ombligo permanentemente.

Por su parte, las enfermeras comunitarias, deberían asumir que el desarrollo de sus competencias específicas es responsabilidad exclusiva de ellas y no puede ni debe obedecer en ningún caso a permisos, venias, consentimientos o autorizaciones provenientes de ningún organismo, colectivo o disciplina, distintos a los que son y representan a las enfermeras. Las competencias configuran el ADN de una disciplina y no se debe estar pendiente de modificaciones genéticas que las adapten a los intereses de nada ni de nadie. Nuestras competencias se centran en las respuestas humanas que, a través de los cuidados profesionales, debemos facilitar, coordinar, articular, con las personas a través del consenso con el fin de lograr su autonomía y autocuidado tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero además de estas consideraciones en el Marco Estratégico de APyC se recogen otros objetivos que cuanto menos son preocupantes cuando no rechazables desde la perspectiva de la coherencia de la atención integral, integrada e integradora que se postula en el mismo.

En el objetivo B.3 y en concreto en la acción B.3.1 se habla textualmente de “Creación de las categorías estatutarias de Enfermero/a Especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria y de Enfermero/a Especialista en Enfermería Pediátrica en el ámbito de la Atención Primaria de los Servicios de Salud”.

Y es que, como dice el refrán, “de aquellos polvos vienen estos lodos”. En los inicios del que vino en denominarse Nuevo Modelo de Atención Primaria se decidió, en base a criterios que no se basaban ni en evidencias ni en experiencias de otros países de nuestro entorno, y si como respuesta a presiones de grupos profesionales concretos, que se incorporasen como profesionales de los Equipos Básicos de AP los pediatras. En este mismo espacio temporal, las enfermeras comunitarias, atendían a la población de referencia con independencia de su ciclo vital, dando una atención integral, integrada e integradora a toda la población. No fue hasta muy avanzada la AP cuando, nuevamente por presiones de los pediatras y en este caso por conveniencia, comodidad, mimetismo… de las enfermeras, que se decidió romper la atención integral para pasar a prestar una atención fragmentada en función del ciclo vital, pediátrico o adulto. Fue, sin duda, el inicio del fin de una AP continua, continuada, longitudinal, equitativa, accesible… para pasar a convertirse en el nicho ecológico, la zona de confort… de las/os profesionales, cuyo resultado ha derivado en un asistencialismo creciente, en una demanda insatisfecha, en un paternalismo dependiente, en una medicalización nociva, en una salud persecutoria… que se ha visto favorecida por la fagocitación ejercida por los hospitales y el patológico-centrismo, que ha convertido a la AP en un recurso subsidiario del hospital y la enfermedad, en detrimento de la comunidad y la salud.

Ahora se pretende rizar el rizo incorporando enfermeras especialistas de pediatría en AP. Algo que no tan solo es absolutamente innecesario e irracional, sino que supone un ataque totalmente injustificado a las enfermeras comunitarias. Las enfermeras especialistas de Pediatría no están formadas, en base a su programa, para ejercer en AP, sino en hospitales o centros de especialidades. Su incorporación en los Equipos Básicos de AP, no tiene sentido y supondría una clara contradicción con lo que se propone como nuevo ordenamiento de la APyC. Hacer esta propuesta tan solo puede justificarse en base a una nueva y triste concesión a presiones de unos y otros o como continuidad de la mala decisión adoptada hace años con la incorporación de pediatras en AP. Pero, recurriendo de nuevo al refranero, “No desvistamos a un santo para vestir a otro”. Las enfermeras especialistas en Pediatría pueden y deben tener un papel relevante como enfermeras de referencia y consultoría entre AP y Hospital, pero no como integrantes de los Equipos de AP. Alguna vez alguien debería entender y comprender que lo que hagan los médicos no necesaria y miméticamente debe ser adoptado y aceptado para las enfermeras. Se trata de profesionales diferentes, con paradigmas distintos, planteamientos desiguales, prestaciones complementarias, pero no iguales.

Con idéntico argumento se podría plantear que las enfermeras especialistas en Geriatría y Gerontología se incorporasen como parte de los Equipos de AP para atender a la población adulta mayor. O que las especialistas en Salud Laboral lo hagan para atender a la población trabajadora. O que las enfermeras de Salud Mental se ocupen de la atención mental de la población. Lo que acabaría convirtiendo la AP en el Camarote de los Hermanos Marx en el que nadie se enteraba de nada y todos demandaban atención. Esta sobreocupación conduciría a que la población quedara sin la imprescindible atención holística que debe caracterizar a la APyC[4]. Los Centros de Salud son Equipos Básicos y no Centros de Especialidades. La atención accesible a la población no pasa por incorporar nuevas figuras profesionales a los Centros de Salud, sino por planificar, ordenar y articular la organización de los diferentes recursos que garantice la continuidad de los cuidados y la atención integral, integrada e integradora

Por último, en esta reflexión quisiera referirme a la propuesta de creación de nuevas figuras profesionales en el ámbito de la Atención Comunitaria como son las enfermeras escolares.

Sin duda las intervenciones comunitarias en el ámbito escolar son fundamentales para la salud comunitaria desde una perspectiva de accesibilidad, longitudinalidad, integralidad y multisectorialidad. Pero dichas intervenciones ya se vienen realizando en AP por parte de las enfermeras comunitarias. No posiblemente en la cantidad y con la calidad deseadas y deseables, pero si con la capacidad y las competencias para hacerlo. Por tanto, se trata de que se incorporen, junto a otras intervenciones comunitarias, como acción indispensable, irrenunciable e inexcusable en la organización de la actividad enfermera en APyC. Hacerlo es contribuir a la cohesión, coherencia, racionalidad, eficacia y eficiencia de la atención. La incorporación de las enfermeras escolares en nuestro contexto no tiene sentido ni obedece a una necesidad real, como efectivamente sucede en otros contextos con organizaciones sanitarias muy alejadas de la nuestra. Plantearlo por parte de los decisores políticos tan solo responde a oportunismos e intereses políticos y partidistas. Hacerlo por parte de diferentes colectivos profesionales forma parte de su intento de colonización laboral[5], [6].

Otra cosa es la incorporación necesaria de enfermeras en ámbitos escolares con necesidades especiales. Pero ni se puede ni se debe generalizar esta figura a espacios docentes en los que los principales agentes de salud son el profesorado y las/os madres/padres, así como el propio alumnado. Actuando las enfermeras comunitarias como referentes, facilitadoras, coordinadoras y articuladoras de las intervenciones.

Entiendo que los diferentes ámbitos de actuación especializada enfermera quieran buscar nichos de trabajo. Pero lo que no se puede hacer ni se puede consentir es querer ocupar espacios ya definidos para y por otras enfermeras como las comunitarias, con el único objetivo de obtener más puestos de trabajo. Se debe trabajar por una atención integral y colaborativa desde el respeto competencial y la identificación de aquellos espacios en los que confluir e interactuar, sin que ello suponga en ningún caso el desplazamiento de unas en favor de otras y en perjuicio de la población a atender.

En el día Internacional de la AP, quisiera hacer énfasis en la necesidad de un diálogo racional, crítico, reflexivo, coherente y respetuoso que nos permita construir una APyC al servicio de la comunidad, las familias y las personas y no exclusivamente de las/os profesionales como, lamentablemente, en muchas ocasiones hacemos.

Tan solo desde la generosidad, la humildad, la transparencia, la objetividad, la responsabilidad, el rigor y a seriedad e todas/os será posible la AP de Salud y Comunitaria que contribuya a que la salud sea el principal objetivo a alcanzar.

 

[1] Empresario estadounidense, autor y orador motivacional (1930-2009).

[2] www.boe.es/boe/dias/2019/05/07/pdfs/BOE-A-2019-6761.pdf

[3] www.boe.es/eli/es/o/2010/06/17/sas1729/dof/spa/pdf

[4] http://efyc.jrmartinezriera.com/2022/03/03/de-atencion-primaria-de-sald-a-atencion-primaria-y-comunitaria-cambios-de-pelicula/

[5] Martínez Riera, JR. Enfermera Comunitaria vs Enfermera Escolar. Rev. Rol Enf. 2009; 32(7-8): 526-9.

[6] Martínez Riera, JR Intervención comunitaria en la escuela. Estado de la cuestión. Rev ROL Enf 2011; 34(1):42-9