“HACE UN DÍA PRECIOSO. VERÁS COMO VIENE ALGUNO Y LO JODE”

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Me había propuesto no escribir ninguna entrada más por descanso estival.

Pero como dice la frase que decora azulejos o carteles colgados en bares, cafeterías y comercios varios “Hace un día precioso. Verás como viene alguno y lo jode”. Y dicho y hecho.

Recién empezadas mis vacaciones, en este tórrido mes de agosto, en el que alguien decidió que debíamos descansar la mayoría de los españoles, con claras intenciones de desconectar y aislarme del mundo para dedicarme a leer algo que escapase a mis habituales lecturas profesionales, a ocuparme de quien merece mi atención, a relajarme y no ocupar mi mente con nada más que pensar dónde ir a refrescarme o a disfrutar haciendo cualquier cosa que no requiera planificación previa (que es lo que hacen de manera permanente los políticos a quienes elegimos para que hagan justamente lo contrario)… justo en ese intervalo de adaptación y desintoxicación estaba, cuando muy a mi pesar llega a mis oídos y ojos una lectura y su correspondiente relato, que no tan solo no tenía intención de leer ni escuchar sino que pensaba que se trataba de una broma de muy mal gusto.

Resulta que la inefable y oportuna Organización Médica Colegial (OMC), muy dada a emitir comunicados, realizar documentos, publicar posicionamientos, presentar denuncias, construir noticias… contra las enfermeras, lanza un documento titulado “La Atención Primaria de Salud (AP) en España en 2025”.

Para empezar, resulta cuanto menos curioso que en el título ya incorporen una clara muestra de lo que pretenden. Es decir, la Atención Primaria de Salud la conviertes en AP eliminando la Salud del acrónimo que van a utilizar en todo el texto. Posiblemente sea por eso que muchas Facultades de Medicina no quieren formar parte de las Facultades de Ciencias de la Salud. Ya digo muy significativo. Para rematar nos dicen en el título que lo que presentan es la AP en 2025. No en la actualidad, no, en 2025, como si fuesen poseedores de una bola de cristal mágica que el resto de los mortales, no médicos, no tuviésemos y pudiesen aventurarnos lo que va a suceder en los próximos 6 años, como si de un capítulo nuevo de la afamada serie de TVE “la máquina del tiempo” se tratase. No se refieren a un deseo, un planteamiento o una proyección, no, nos hablan en su título de una constatación.

Uno pues, se adentra en las páginas de tan enigmático y visionario documento y lo primero que se encuentra es la relación de autores de los temas que posteriormente se van sucediendo. Todos ellos, al menos sobre el papel, doctores. Nada que objetar a lo que entiendo es una realidad y no tan solo la utilización interesada que en este país se hace del más alto grado académico por parte de la clase médica por la torticera traducción del inglés en donde el grado de doctor se identifica con las siglas PhD. Dejemos sin embargo las dudas y centrémonos en lo que es una clara realidad.

Como digo en la relación de autores y temas figuran todas (38%) y todos (62%) de las/os autoras/es del documento, salvo la única autora que no figurando como Doctora es además quien escribe el exiguo capítulo sobre “Competencias de Enfermería en AP”. No entraré en valoraciones académicas ni tan siquiera científicas sobre lo que en el citado capítulo realiza Dña. Julia Nicolás Poza, vocal de Médicos Rurales del Colegio de Médicos de Bizkaia. Pero sí que al menos haré una reflexión sobre la desfachatez que supone el que se atrevan no ya a escribir sobre lo que nos compete a las enfermeras, que no a la enfermería como ellos dicen, sino que además lo hagan de manera tan sesgada, interesada, inoportuna y con ese paternalismo que les caracteriza. Pero que además quien lo haga sea mujer es todavía mucho más significativo y doloroso al hacerlo en relación a una profesión femenina y cuyas profesionales son mayoritariamente mujeres. Patético.

Incorporar un capítulo sobre los aspectos sociales de la feminización de la profesión no es suficiente para ocultar la masculinización de la profesión médica. Es decir, no se trata del número de mujeres que integren la profesión médica, ya muy cercana al 50%, sino del comportamiento que dichas mujeres tienen como médicos (como ellas mismas se denominan) al mimetizar el comportamiento masculino de la profesión. Para muestra un botón. Este documento que aboga por esta feminización lo hace con una proporción de autores masculinos del 62% frente al 38% de mujeres. Un buen intento de feminización, sí señor.

No voy a entrar tampoco en valoraciones profundas en cuanto a los planteamientos que, al menos inicialmente, parecen fundamentados con evidencias científicas, aunque todos sabemos que la pseudobibliografía es un recurso muy utilizado para enmascarar determinados argumentos interesados, tendenciosos, sensacionalistas, corporativistas, falaces y demagógicos a los que tan acostumbrados nos tienen desde la OMC, más todavía si de lo que se trata es de atacar a las enfermeras.

Tiempo habrá para un análisis en profundidad que desenmascare determinadas afirmaciones que no tan solo no son ciertas, sino que son un claro ejemplo de manipulación y engaño que, además, estoy convencido que no comparten muchas/os médicas/os que trabajan diariamente en Atención Primaria de Salud y que se sentirán avergonzadas/os e indignadas/os por lo que se dice en su nombre y a través del, en principio, su máximo órgano de representación profesional. Aunque para tratar de convencer a todas/os convierten a las/os médicas/os de familia y comunitaria en una especie de superhéroes capaces de trabajar en cualquier ámbito profesional. Faltará saber qué opinan sobre esto cirujanos, médicos de medicina del trabajo, cuidados paliativos, geriatras… a los que cuando se descuiden les quitan sus plazas.

No sé si con este catálogo de puestos de trabajo que según la OMC pueden ocupar las Médicas/os de Familia (lo de comunitaria lo obvian sistemáticamente) tratan de reflotar una especialidad como la de Medicina familiar y comunitaria que no olvidemos es la especialidad médica que menos aceptación tiene entre los que aprueban el examen MIR al ser las últimas plazas en cubrirse de toda la oferta de especialidades. Si lo que pasa es que no les gusta trabajar como médicos de Familia a lo mejor lo que deberían hacer es replantearse su especialidad y no tratar de que el modelo arregle sus frustraciones profesionales.

Que ahora quieran aparecer como adalides de la pureza profesional detestando la homeopatía cuando hasta hace muy pocas fechas, no tan solo formaba parte de algunas vocalías de colegios profesionales pertenecientes a dicha OMC, sino que algunos de sus colegiados eran eminentes defensores y partícipes de la citada industria. Paradojas de la vida o hipocresía del mensaje.

Pero el colmo es cuando a las enfermeras nos sitúan en el mismo nivel de riesgo, peligro y toxicidad que a la propia homeopatía. Posiblemente en un intento desesperado para que el Ministerio de Sanidad también emprenda idénticas medidas de control e incluso prohibición que ha realizado con el citado método curativo. Además, nos tildan de intrusas, de ser la causa del aumento de costes, de ser un peligro para la salud de la población y si nos descuidados del fracaso para formar gobierno… entre otras lindezas. En fin, considero que ellas/os mismas/os se retratan.

Pero todo esto no es más que volver a rememorar la cruzada del que se vino en denominar nuevo modelo de AP allá por los años 80 cuando desde la misma OMC lanzaron una ofensiva sin precedentes contra las enfermeras y en concreto contra las consultas enfermeras como medida distractora de las luchas internas que en aquellos años tenían entre ellos a propósito de la especialidad de medicina familiar y comunitaria. Por lo que se ve no han resuelto sus problemas iniciáticos y siguen añorando la batalla contra las enfermeras, que recuerdo, suelen perder sistemáticamente en los juzgados y cada vez más en la calle. No sé realmente que puede ser más doloroso y humillante.

Por último me llama poderosamente la atención que hayan sacado este documento tras la aprobación y publicación del marco estratégico de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria por parte del Ministerio de Sanidad, Consumo y Políticas Sociales en el BOE , como resultado de los grupos de trabajo en los que, curiosamente, también participaron. Y es que resulta que en esos grupos de trabajo tuvieron oportunidad de trasladar algunas de las propuestas que ahora nos presentan como si de recetas mágicas y médicas, claro está, se tratasen para curar a la AP. Pero se limitaron a hacer de esos grupos de trabajo una plataforma de reivindicaciones corporativas y corporativistas del tipo de “¿y de lo mío qué?” que no ayudaba precisamente a construir sino a generar confusión cuando no confrontación. Y ahora vienen como si de salvadores del mundo fuesen a decirnos a todas/os lo que debe ser la AP según su particular mirada futurista en 2025. Pero en ese intento no se dan cuenta que vuelven a caer en el mismo error que ha conducido a la AP a estar donde está. Es decir, convertida en un modelo medicalizado, asistencialista, hospitalcentrista, tecnológico, biologicista, egocéntrico, fragmentado, paternalista en el que está claro que no han sido los únicos causantes, pero si uno de los principales al querer eigirse, como casi siempre, en protagonistas únicos de cualquier escenario que acaban por colonizar.

No se trata de adaptar un ámbito de atención a las pretensiones de un colectivo para que sirva a sus necesidades profesionales y corporativas. Se trata justamente de todo lo contrario, es decir, de que las/os médicas/os se adapten con el resto de profesionales que intervienen en los equipos para, entre todas/os, dar la mejor respuesta posible a las necesidades y demandas de la población a la que atienden.

En fin, que no les perdono que hayan roto mi descanso y mi silencio. Pero aún les perdono menos que se arroguen en exclusiva un ámbito como el de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria en el que tantos médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, administrativos…hemos trabajado y seguimos trabajando, para que realmente se convierta en el modelo de atención integral, integrado, integrador, intersectorial, accesible, universal, equitativo, participativo y transdisciplinar que la sociedad necesita y reclama y no el escenario propicio para seguir imponiendo un modelo exclusivo, excluyente, paternalista, personalista, corporativista y egocéntrico que plantean con estratagemas salvadoras que ya muy pocos nos creemos y que lejos de generar admiración y respeto lo que hacen es provocar rechazo y escepticismo.

Estaría bien que como máximos representantes de las/os médicas/os de España tuviesen una mirada menos sesgada y subjetiva y se situasen en el papel que de ellos se espera, es decir, el de reguladores de una profesión que lejos de defender la ponen como diana de todos los reproches. Flaco favor hacen a las/os médicas/os. Pero con importarme esto, es algo que las propias/os médicas/os deben resolver a la hora de elegir a las/os representantes que les ponen en tela de juicio desde una hipotética y numantina defensa, como si de cruzadas se tratase, sin argumentos reales y, lo que es peor, con argumentos manipulados y manipuladores. Lo que verdaderamente me importa y preocupa es que la OMC siga actuando desde la inquina, la rabia, la envidia, la sospecha, la conspiración, la mentira, la manipulación, la falacia… para maquillar su inoperancia y presentando una realidad que está trasnochada y es injusta en gran medida con quienes, precisamente, dicen defender. Mala cosa es que identifiquen a las enfermeras como el motivo de todos sus males, cuando fíjense somos precisamente todo lo contrario el mejor remedio para ellos. Se trata exclusivamente de hacer un análisis riguroso y una profunda reflexión que les conduzca al pensamiento crítico que les aparte de lo que Markus Gabrile (2019) dice: “Ahora asistimos a un nuevo tipo de propaganda que trata de decirnos que no sabemos lo que sabemos. Son intentos de manipular a la gente para que crean que no saben lo que saben”

No estaría de más que se diesen una vuelta por muchos sistemas de salud avanzados e incluso próximos en los que hace tiempo que el modelo que plantean quedó desterrado y las/os médicas/os se adaptaron a los cambios sociales y organizativos que se requieren mediante respuestas distintas a las que proponen y dadas en su mayoría por profesionales diferentes que, curiosamente, son a las que ustedes convierten en el blanco de todas sus irracionales iras.

No sé si todo esto será un golpe de calor o simplemente es lo que habitualmente tienen, un ataque de narcisismo profesional que les impide ver que no son tan perfectos como se creen. En cualquier caso, háganselo mirar por su salud y la de todas/os las/os ciudadanas/os.

El cambio de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria pasa por el descubrimiento de la verdad compartida y no con la imposición de una verdad oficial como la que tratan de imponer desde la OMC, porque esta última opción nunca conduce al pensamiento crítico e independiente, como nos recuerda Noam Chomsky (2019).

CERRADO POR VACACIONES Y EL COMPLEJO DE PENÉLOPE

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            No sé en qué momento alguien decidió que este país, en el que estudiamos y tratamos de trabajar y vivir con dignidad, tenía que cerrar el mes de agosto.

            Pero esta incógnita no es mayor ni tan siquiera más importante que cualquier otra de las que se me plantean, con muy pocas opciones de obtener alguna respuesta mínimamente coherente, razonable y/o entendible.

            No voy a esgrimir un listado de interrogantes como parte de mi última entrada en este blog antes de las vacaciones de verano que alguien, como decía, decidió que tenía que disfrutar si o si en este tedioso, caluroso, escandaloso, pegajoso y todos los “osos” imaginables, mes de agosto. Es decir por imperativo estival que no legal.

            Pero sí que me voy a permitir la libertad de hablar sobre algunos aspectos relacionados con el periodo estival y las enfermeras que considero merecen cuanto menos una cierta reflexión y un mínimo análisis. Otra cosa bien diferente será si conducen a alguna parte o si, como suele suceder, se quedan en el limbo de los dioses esperando a que Ulises, cual marido salvador de nuestros males, llegue con la solución a los mismos mientras las enfermeras, presas del complejo de Penélope, nos dedicamos a tejer y destejer nuestras dudas esperando su llegada en un peligroso trance de crear un mundo interior mitológico, fantasioso, un círculo vicioso o sistema delirante en el que las enfermeras nos refugiamos a lo Penélope en una perpetua espera, sin tomar resolución alguna como estrategia de procrastinación, reprimiendo así la necesidad o deseo de ser infiel a nuestra condición enfermera y al dios que se espera solucione nuestros problemas.

            Pero volviendo al verano, en él confluyen dos hechos muy significativos y de gran trascendencia para las enfermeras, siempre desde mi punto de vista. Por una parte en la Universidad las/os estudiantes de enfermería de 4º curso tratan de superar el que identifican como último escollo, obstáculo, dificultad, trámite… de sus estudios, es decir, el Trabajo Fin de Grado (TFG), en lugar de hacerlo como la mejor oportunidad para aproximarse a la investigación, el pensamiento crítico, el conocimiento enfermero y el debate científico. Una lástima que esto se haya convertido simplemente en eso, un trámite, que hay que superar para obtener el ansiado título.

Pasa como el que sabe que tiene que superar el examen práctico para lograr el carnet de conducir que le de licencia a eso, a conducir, lo que en ningún caso significa que lo haga con la competencia y pericia que precisa para ello. Sin embargo le habilita a manejar un arma mortal, como es un coche o una moto, y quienes deciden habilitarlo consideran que con poner la L es suficiente para determinar una mínima seguridad de supervivencia tanto para quien conduce como para quien le acompañe o se cruce con él/ella mientras lo hace.

Con las futuras enfermeras pasa algo similar, superado el TFG se les habilita para ejercer la enfermería y se considera que con que se colegien es suficiente garantía, junto al título que acaban de obtener, para poder trabajar en cualquier centro, servicio, unidad, contexto… que se presente o se encuentre con la ineludible necesidad de cubrir unas vacaciones de las enfermeras que tienen la suerte o, cuanto menos la oportunidad, de disfrutarlas.

Nos encontramos pues ante dos interrogantes a las que hasta la fecha, al menos a mí, nadie ha sabido responderme.

¿Por qué el TFG se ha convertido en un puro trámite? Primera interrogante.

¿Por qué a una enfermera recién titulada se le considera apta para trabajar en cualquier lugar por el mero hecho de tener el título en regla y el alta de colegiada? Teniendo en cuenta que en este caso ni tan siquiera se les identifica con la L como a las/os conductoras/es.

La primera interrogante me genera nuevas e irresolubles interrogantes que impiden, posiblemente, que se dé una respuesta satisfactoria para todas las partes. Porque no acabo de entender el porqué de una oportunidad tan importante, perdida en el torbellino académico-administrativo en el que lamentablemente se ha convertido la universidad española en términos generales y a pesar de los loables esfuerzos de muchas/os docentes por salvarse de la atracción de esa fuerza centrífuga generada por el citado torbellino. No se ha sabido, o lo que es peor, no se ha querido dotar al TFG de la importancia y valor que el mismo debería tener. Pero no tan solo en cuanto al valor numérico de la evaluación que tanto se ha sublimado, sino en cuanto al valor real, como herramienta de enseñanza-aprendizaje y de aproximación a la búsqueda de conocimiento y de evidencia científica, que el mismo debía poder proporcionar en las/os estudiantes desde una perspectiva de ilusión, motivación e incluso entusiasmo ofrecido y aportado por las/los docentes en lugar del rechazo, temor e indiferencia que el mismo genera y que desemboca, en la mayoría de las ocasiones, en una reacción en contra de la investigación, provocando que muchas enfermeras no quieran saber ya nunca más nada sobre investigación tras obtener su título. Ahora, eso sí, en paralelo muchas/os de esas/os docentes estarán intentando publicar sus artículos científicos en las revistas de impacto que negocian con el conocimiento. Realmente una interrogante que en sí misma encierra una tremenda paradoja.

La segunda interrogante es aún más difícil, si cabe, de responder y genera nuevas y complejas interrogantes, por la incoherencia que no por la imposibilidad de sus posibles respuestas. ¿Qué impide evitar contratar a enfermeras que acaban de obtener su título para que trabajen en determinados servicios, unidades o condiciones? ¿Es razón suficiente ocupar las vacantes producidas por vacaciones? ¿Alguien valora alguna vez los riesgos que estas decisiones tienen para las nuevas enfermeras, las personas a las que deben atender o las propias organizaciones?

A pesar de parecer simples las respuestas que deberían obtenerse, nada es como parece. Para empezar, lo único que se me ocurre que impide la citada contratación es la presión sobre las direcciones enfermeras para que se cubran las vacantes producidas por vacaciones sin importar quien las realice y donde las lleve a cabo. La falta de planificación y la concentración de las vacaciones en prácticamente tres meses lleva a que se generen graves problemas que se “parchean” con las enfermeras recién tituladas. Por último, pero para mí lo más importante, es el riesgo al que se somete, en primer lugar, a las enfermeras que se contrata sin experiencia alguna para ocupar plazas de gran complejidad y responsabilidad en condiciones, además, de reducción de plantillas al no cubrirse todas las vacantes generadas en dicho periodo estival. Eso sin contar con que en ocasiones ni tan siquiera cuentan con la compañía de una enfermera experta, lo que supone un problema añadido y deja, muchas veces, al capricho del destino lo que pueda suceder, con lo que ello puede significar para el futuro profesional de esas enfermeras en caso de un incidente imprevisto con consecuencias impredecibles. Consecuencias que pueden ser muy graves, sino fatales, para las personas atendidas. Por último la repercusión que para la propia organización sanitaria puede tener.

Fiar, por lo tanto, la salud, no solo física, de estas enfermeras, personas atendidas y organizaciones, al destino es, no tan solo una temeridad sino una clara irresponsabilidad que se perpetua en el tiempo y mantiene en una peligrosa posición de indefensión a muchas enfermeras a las que un seguro de responsabilidad civil no les va a poder restablecer moral, psicológica o mentalmente ante una adversidad producto de su inexperiencia y de la que, además, se inhibirán cuantos hayan participado en su contratación, como ya se ha podido comprobar en algunas lamentables situaciones. Pero al menos con eso se lavan las conciencias de algunas/os decisoras/es.

Pero la cuestión no acaba ahí. Situar al mismo nivel de responsabilidad, representatividad, referencia, importancia e incluso retribución a una enfermera recién graduada que a una enfermera con 10, 20 30 o más años de experiencia y formación es de una incoherencia supina. Desde luego contradice claramente los planteamientos de Patricia Benner[1] [2].

Para acabar de aderezar tan lamentable panorama se incorpora un nuevo escenario de colocación inmediata aprovechando las circunstancias. Las Residencias de personas mayores y/o con discapacidad y ciertas empresas de la salud privadas (parece que no tiene mucho sentido que se utilice la denominación de salud, que es un derecho universal, por parte de empresas con ánimo de lucro, como si de un producto se tratase) se convierten en refugio laboral deplorable, precario y peligroso para muchas enfermeras que son contratadas en condiciones abusivas e intolerables ante la pasividad y permisividad con la que se mantienen tanto administraciones públicas como organizaciones profesionales y sindicales.

Si a todo lo dicho añadimos que se sigue manteniendo el sempiterno, inexacto, irracional, engañoso y malicioso halago de que las enfermeras tenemos una gran adaptabilidad, es decir que igual servimos para un roto que para un descosido, nada cambiará y seguiremos tapando miserias, mediocridades, ineficacias, irresponsabilidades… del sistema y de quienes lo gestionan y, lo que es peor, asumiendo las enfermeras exclusivamente las consecuencias de contrariedad, inseguridad, ansiedad, riesgo… que las mismas generan. Amén de seguir manteniendo figuras tan arcaicas, irracionales, absurdas y lamentables como las de enfermeras de correturnos, de apoyo o como se les quiera disfrazar eufemísticamente.

Mientras tanto el sistema universitario español sigue graduando enfermeras con un mensaje casi exclusivo de trabajo en hospitales y centros de salud, convirtiéndose en una parte más de esa gran cadena de montaje en la que parece haberse convertido la formación y colocación de enfermeras en nuestro país.

Pero mientras siga existiendo verano que permita absorber a las enfermeras que año tras año se gradúan, seguiremos manteniendo estos mismos planteamientos, porque al fin y al cabo lo importante es disfrutar de las vacaciones.

Y es que el verano no trae solamente olas de calor. ¿O me habrá dado a mí una insolación?

¿Sea lo que sea, alguien se planteará alguna vez la necesidad de planificar en este país?

Agosto y cierra España!!!!

Y para no desentonar esta será la última entrada hasta septiembre. Es lo que tiene…

[1] Benner P. Benner’s stages of clinical competence. En: From Novice to Expert. 1982.

[2]  Benner P. From Novice to Expert. Am J Nurs. 2006.

DESEAR LO AJENO Y VALORAR LO PROPIO. VENENO O MIEL.

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Tómese estas pastillas para el dolor de cabeza.

Tenga unas cápsulas para la depresión.

Dele este jarabe para la tos.

Que le pongan estas inyecciones para la lumbalgia.

Frótese con esta pomada en la zona del dolor.

Estas son “órdenes” habituales y cotidianas en cualquier centro de salud cuando un médico prescribe un medicamento. Está naturalizado y nadie lo cuestiona.

            Las enfermeras en el mismo ámbito, sin embargo, no prescriben medicamentos pero sí que los administran. Muchos de ellos, además sin que exista una prescripción médica previa. Lo hacen desde el conocimiento, la experiencia e incluso la competencia profesional, pero lo hacen de manera alegal. Es decir, está consentido, aceptado, asumido, pero no tiene el respaldo de una norma legal que ampare, proteja y respalde tales decisiones.

            Quienes consienten, aceptan y asumen esta práctica son los mismos que cuando se intenta normalizar, regularizar y normativizar, se alzan indignados por el intrusismo que según ellos se está llevando a cabo, a lo que añaden mensajes de alarma por la inseguridad que tal práctica supone para las personas a las que las enfermeras les están indicando medicamentos o productos sanitarios y que, hasta ese momento, no representaba, parece ser, inseguridad alguna.

            Es decir, mientras la práctica se realice sin que su absolutismo profesional, que no su competencia profesional, se vea alterado se puede mantener. Ahora bien, si esa práctica se intenta pasar de la alegalidad a la legalidad, ya existe un conflicto de intereses que elimina cualquier posibilidad de asumir tal práctica por parte de quien se cree en posesión del poder absoluto.

            Las enfermeras atienden a personas con problemas de salud que, en ocasiones, requieren de ciertos productos sanitarios o medicamentos que son manejados, entendidos y resueltos por ellas sin necesidad de que exista intervención médica alguna. Pero la actividad prescriptora es imputada, asignada, reconocida y valorada tan solo hacia quien tiene la capacidad legal de hacerlo, los médicos. Por lo tanto, la resolución más rápida y eficiente de los procesos, la reducción de la demanda médica, la mayor satisfacción de las personas atendidas y sus familias no suponen indicadores de actividad asistencial para las enfermeras sino para quien tiene la competencia legal aunque no la ejerza. Salvando todas las diferencias es como la cesión de terrenos de cultivo que los terratenientes hacían con los campesinos para que estos los trabajasen y los frutos obtenidos en los mismos revertiesen en los terratenientes que decidían que parte de los mismos les concedían a los campesinos, pero siempre teniendo en cuenta que los campos eran de su absoluta y exclusiva propiedad y que, en todo caso, además, les estaban haciendo un favor.

            Imaginémonos, por un momento, esta situación.

            ¿Por favor puede darme un frasco de cuidados para el afrontamiento de la diabetes?

            ¿Puede prescribirme una caja de cuidados para atender la falta de autoestima que tengo como cuidadora familiar?

            ¿Me puede poner una pomada de cuidados para aliviar el duelo?

            ¿A que no es posible? Ni alegal ni legalmente. Y no lo es porque los cuidados enfermeros son complejos, individualizados, personalizados, integrales… y tan solo tienen capacidad y competencia de prescribirlos, administrarlos, seguirlos y evaluarlos las enfermeras. Otros cuidados pueden ser competencia de otros profesionales, pero los cuidados enfermeros lo son en exclusiva de las enfermeras.

            No es posible acudir a ningún vademécum, ni guía clínica, ni protocolo… que nos permita encontrar cuál es la dosis, aplicación, efectos secundarios, incompatibilidades… que tienen o producen los cuidados que, como enfermera, debo prestar a una persona y a su familia para dar respuesta al problema de salud que plantea una persona. Porque ese problema de salud es único para esa persona en cuanto a cómo lo afronta y qué respuestas es capaz de dar ante el mismo. Dependerá de sus propios recursos personales, del contexto en que se produzca, de los recursos familiares, de las dinámicas que en la familia se generen, de los recursos sociales y cómo interactúan con la persona y la familia o de los recursos comunitarios y qué conocimiento y acceso a los mismos tienen. Es decir requiere de un conocimiento individualizado a la vez que integral, integrado e integrador que permita identificar, plantear y consensuar un plan de cuidados adecuado a dicha persona y su entorno familiar y comunitario. Además, claro está, de un seguimiento para su evaluación. Es decir, un plan de cuidados para cada persona atendida. No existe la estandarización de los cuidados, eso es una falacia. Pueden existir aproximaciones, recomendaciones, indicaciones genéricas a partir de las cuales poder trabajar, pero nunca podrán existir cuidados estándar, porque no hay personas estándar.

            Por lo tanto prescribir, indicar o usar medicamentos es complejo y requiere de conocimientos muy precisos para hacerlo con las garantías exigibles para cualquiera que lo haga y esté capacitado para ello. Pero existen vademécums, guías clínicas, protocolos… que permiten identificar para cada diagnóstico, síntoma, síndrome, dolencia, disfunción orgánica… el medicamento que mejor respuesta estudiada, comprobada y contrastada existe, sin que con ello se eliminen los riesgos derivados de su aplicación o administración. Y es por eso que se le da el valor, el reconocimiento y la visibilización que la citada competencia tiene. Y la competencia no está ligada a que se trate de un grado de 4 o 6 años que al final otorga idéntico nivel académico, sino a los conocimientos que en esos años haya adquirido el futuro profesional para alcanzar la competencia. La mayor cantidad de años de estudio obedece a criterios que escapan a esta reflexión pero que en ningún caso justifican la exclusividad a uno u otro profesional.

            Sin embargo, el tener que identificar, diseñar, planificar, consensuar, aplicar, desarrollar, evaluar, cuidados enfermeros para los que no se puede recurrir, por no existir, a herramientas de estandarización, obligando a un ejercicio profesional intenso, riguroso y científico, no es valorado, ni reconocido, ni visibilizado.

            Y no lo es, posiblemente y entre otras razones, a que los cuidados enfermeros, no precisan de intervención de empresas o industrias. No suponen un indicador de costes directos. No cotizan en bolsa. No suponen transacciones económicas. No sirven para generar negocio por su prestación. No se puede mercantilizar con ellos. No favorece la generación o sustento de lobbies. No determinan decisiones políticas. No se pueden poner, en una ampolla, una cápsula o en un tubo, ni presentar en un blíster, una caja o un frasco. Y todo ello a pesar de los indudables beneficios que su aplicación tienen en las personas, las familias y la comunidad.

            Sin duda es lícita la reivindicación de las enfermeras para que se les reconozca y legitime la competencia de indicar medicamentos o productos sanitarios, que no para prescribir que es un término con copyright médico y avalado por la siempre clasista y arcaica academia de la lengua española que la define como Mandar u ordenar [el médico] que un paciente se tome un medicamento o siga un determinado tratamiento, con lo que ello supone de absoluto desconocimiento de la realidad y de lo que significa prescribir en el ámbito de las ciencias de la salud. Y es lícita, porque tienen la competencia y los conocimientos que la sustentan a pesar de la resistencia ejercida desde el poder que como lobby llevan a cabo la clase médica y farmacéutica.

            Pero esa legítima reivindicación en ningún caso debería impedir que las enfermeras valorásemos en su justa medida la importancia, valor y resultados que la prestación de cuidados enfermeros tiene. Porque no hacerlo, no valorarlo, es tanto como menospreciar lo que en verdad nos identifica y nos define como enfermeras, los cuidados.

            Y es curioso, porque la prescripción médica, ciertamente se diferencia de manera clara y meridiana de la que debería recogerse como definición por parte de la academia con relación a la prescripción enfermera, cuya redacción quedaría así: Consensuar con una persona y/o su familia un plan de cuidados, en el que pueden incluirse medicamentos o productos sanitarios, para afrontar problemas de salud en el ámbito individual, familiar y/o comunitario. Es decir, en la prescripción médica se manda u ordena para que el paciente obedezca, mientras que en la prescripción enfermera se consensua y se respeta la decisión adoptada.

            Existen diferencias claras y diferenciadas entre ambos tipos de prescripción sin que tengan que ser incompatibles entre sí, sino al contrario, complementarias y necesarias.

            Insistir en un discurso de exclusividad y exclusión, de enfrentamiento y lucha de poder, de descalificación y minusvaloración, de demagogia y manipulación, no conduce más que a la parálisis y a la sinrazón que, por otra parte, a quienes más perjudica es a las personas, las familias y la comunidad a las que, tanto unos como otros, debemos atender, cuidar y prescribir.

            Sería necesario que las enfermeras nos prescribiésemos unos cuidados que nos permitan valorar nuestra identidad profesional y el valor de nuestra aportación específica y autónoma.

            En definitiva, aunque lo ajeno, más que lo propio, parezca bueno, no nos deslumbremos. Es deseable amar lo nuestro respetando lo ajeno, porque lo primero es miel y lo segundo, puede ser veneno.

Lograr que algo nos sea propio no significa obtener lo ajeno, sino hacer propio lo que se nos presenta como ajeno. Y eso, no es veneno pero posiblemente tampoco miel.

APS HERIDA DE MUERTE

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            La Atención Primaria está herida de muerte.

            Tras más de 30 años de andadura desde que allá por el año 1984 se pusieran en marcha los primeros Centros de Salud en España, organizados por el que vino a denominarse nuevo modelo de Atención Primaria de Salud (APS), surgido de la declaración de Alma Ata de 1978, hoy podemos decir sin ningún miedo a equivocarnos que los ataques a los que de manera sistemática ha sido sometida le han causado lesiones de extrema gravedad que pueden conducir a que finalmente perezca a pesar de los esfuerzos que algunas/os hacen por mantenerla en vida e incluso por rehabilitarla.

            La verdad es que ya desde sus inicios la APS fue identificada por diferentes sectores profesionales como una gran intrusa cuando no como una amenaza para sus intereses particulares.

            Tal como en su momento dijera en Dr. Vuori, la APS tuvo en sus inicios graves problemas de tipo conceptual, político, de actitud, organizativos, administrativos y de formación, que supusieron serias dificultades para su desarrollo. Estos problemas, entre otros factores, venían provocados por la diferente mirada de los profesionales que se integraron en los primeros equipos de APS. Muchos de ellos provenían de los extintos ambulatorios en los que los médicos de cupo y los enfermeros de APD pasaron a ser profesionales de APS sin solución de continuidad, con un gran rechazo por su parte a este denominado nuevo modelo que ni entendían ni compartían. Por otra parte se encontraban los profesionales que, a través de oposiciones convocadas ad hoc, identificaron la APS como un ámbito de desarrollo profesional que ofrecía nuevas ilusiones, retos y objetivos centrados en la salud en lugar de la enfermedad. Y estas diferentes actitudes generaron los primeros choques y, por tanto, las primeras barreras de desarrollo de la APS. Pero no fueron las únicas.

            Ante esta situación inicial los profesionales que creyeron en el nuevo modelo adoptaron ciertos posicionamientos que no siempre fueron asumidos de manera correcta. Por ejemplo, el idealismo con el que se afrontaba el reto de la APS hacia que, en ocasiones, se pasase a ser quijotes idealistas. El pragmatismo necesario para llevar a cabo la reforma se confundía con la estrategia política descrita por Maquiavelo en su obra el Príncipe. Por último, el sentido de la justicia que lleva implícita la APS para lograr la equidad, universalidad y accesibilidad, hacia parecer a los profesionales como una suerte de Robin Hood redestribuidores de riqueza. Modelos que no tan solo no contribuían al avance de la APS sino que, en muchas ocasiones, eran identificados desde fuera de manera despectiva y peyorativa.

            Las enfermeras que se incorporaron en los nuevos centros de salud lo hicieron con una perspectiva de su actuación profesional completamente diferente a la que se tenía hasta entonces en el sistema sanitario español. Las consultas enfermeras, la atención domiciliaria, los programas de salud, la autonomía, la participación comunitaria… fueron identificados y asumidos con ilusión por muchas de estas enfermeras para asumir un nuevo rol, pero chocaron frontalmente con la actitud de la clase médica a través, fundamentalmente, de su principal órgano de representación, la Organización Médica Colegial (OMC), que interpuso recursos contra estas nuevas estructuras y las competencias que en las mismas se debían desarrollar, aunque hay que decir que muchos médicos no compartían esta actitud de enfrentamiento. Y a pesar de que uno tras otro los fueron perdiendo, la confrontación generaba las primeras heridas en la APS, en uno de sus principales principios como era el del trabajo en equipo, que pasó a convertirse prácticamente desde sus inicios en una quimera que difícilmente se logró hacer realidad, bien por falta de formación, de cultura o de voluntad de las partes.

            Sin embargo, no se trataba de un enfrentamiento interdisciplinar exclusivamente. Las batallas entre profesionales de una misma disciplina, sobre todo entre médicos especialistas de Medicina Familiar y Comunitaria y los médicos rurales, de medicina general, de cabecera… provocaban nuevas y profundas heridas que a día de hoy aún permanecen abiertas y que supusieron la división de los médicos en hasta tres sociedades científicas con visiones muy diferentes de la APS, lo que, lógicamente no facilitaba para nada no tan solo la cura de las heridas ya existentes sino que se producía otras nuevas que se sumaban a las ya existentes agravando de manera progresiva el estado de salud de la APS.

Por su parte las enfermeras continuaban identificando una oportunidad de desarrollo en la APS que defendía, ante los ataques que seguían produciéndose por parte del colectivo médico, por una parte, y de la resistencia de algunas enfermeras que no participaban de esta visión de desarrollo, por otra. Como consecuencia de todo lo expuesto y ante la necesidad de aportar consistencia al desarrollo científico de las enfermeras comunitarias, surgió la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria, la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que pronto se constituyó en referente nacional indiscutible.

            Durante este período de adaptación y crecimiento la APS era vista por los profesionales en general como un ámbito menor en el que difícilmente se podía tener un desarrollo profesional y científico, lo que provocaba cierto grado de desprecio y minusvaloración, con relación a la que se vino en denominar como “asistencia especializada” con todo lo que ello conllevaba y que producía nuevas heridas que se sumaban a las ya producidas y nunca debidamente curadas.

            Pero con ser importantes las heridas como consecuencia de los enfrentamientos entre profesionales, no lo son menos las provocadas por la actitud y en ocasiones inacción de la administración sanitaria y sus decisores en la gestión de la APS, con una deficiente dotación de recursos tanto económicos como de profesionales que provocan serias dificultades en su desarrollo y consolidación.

            La indefinición, por una parte, y las contradicciones por otra en cuanto a la APS, fueron empeorando la evolución de las heridas al tiempo que se producían otras nuevas.

            Los principios fundamentales de la APS, que muchos consideraban como filosóficos y poco realistas, fueron desplazados por el modelo medicalizado, biologicista y fragmentado imperante y en el que tan bien se sentían los que continuaban siendo principales, cuando no exclusivos, protagonistas del sistema, los médicos, incluidos los de Medicina Familiar y Comunitaria que cada vez más asumían el paradigma médico asistencialista. En el mismo las enfermeras fueron perdiendo protagonismo, visibilidad y reconocimiento en los centros de salud y generando trabas permanentes para apartarlas de los puestos de decisión tanto a nivel de los centros de salud, como de las direcciones o los organigramas de las consejerías de salud.

            La APS presentaba ya un estado lamentable de salud con profundas heridas por las que se desangraba y perdía la fuerza. Pero aún tenía que llegar una nueva herida provocada por el mortal ataque que de manera conjunta asestaron los decisores de las administraciones sanitarias en connivencia con los sindicatos.

            Todo empezó con la orquestada maniobra de presentar la APS como un paraíso para el trabajo de las enfermeras, en donde según muchos sectores profesionales, sindicales y administrativos, se trabajaba menos y se cobraba más. Lo que unido a las precarias condiciones en que, en muchas ocasiones, tenían que trabajar las enfermeras hospitalarias alimentaba la oferta de traslados a APS ofreciendo una oportunidad ideal para la jubilación como era la de retirarse a la APS. Este fue el inicio del trasvase generalizado, incoherente, irracional, interesado, demoledor… de enfermeras que no tenían ningún interés en su desarrollo profesional ni en la adaptación a un nuevo modelo de atención y cuyo único anhelo consistía en retirarse en ese paraíso que les habían vendido y que tan pronto como conocían descubrían el engaño al que habían sido sometidas.

            Miles de enfermeras que se había comprometido, implicado e ilusionado en construir la APS fueron desplazadas por quienes, mayoritariamente, tan solo querían ocupar sus puestos para descansar y esperar su jubilación. Los enfrentamientos entre las que se incorporaron y las que aún quedaban en los centros de salud, las actitudes de conformismo, mediocridad e inacción de muchas de las que llegaron desde los hospitales, la asunción de competencias ligadas al ámbito hospitalario a través de la realización de técnicas y tareas que desplazaban a las competencias comunitarias como la educación para la salud, la promoción de la salud, la participación comunitaria…fueron provocando un agravamiento progresivo en la salud de la APS.

            La puesta en marcha de la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria (EFyC) abrió un resquicio de esperanza que pronto, casi de inmediato, se cerró para dejar paso a un nuevo conflicto y con ello a una nueva y mortífera herida en la APS. La progresiva convocatoria de plazas de formación de la especialidad no se acompañó en ningún caso de la definición y creación de plazas específicas de especialistas en los centros de salud, lo que unido a la parálisis en el acceso a la especialidad de las enfermeras por la vía extraordinaria recogido en el Real Decreto de especialidades de enfermería de 2005 empezó a provocar desigualdades y enfrentamientos entre enfermeras especialistas y enfermeras comunitarias que sin ser especialistas ejercían de tutoras de las residentes en formación.

En esta espiral destructora se incorpora como nuevo elemento de discrepancia, la denominada prescripción enfermera que actúa como estilete hiriente a utilizar por quienes ya se habían quedado sin armas con las que atacar y lo utilizan con saña aún a sabiendas de que el ataque es gratuito y sin argumento alguno que lo avale, pero que sirve como elemento de distracción hacia sus propias carencias e incomprensibles demandas.

            Ante este panorama de agonía evidente de la APS se plantea una estrategia de reforma de la APS por parte del ministerio de sanidad que concluye, tras meses de debate en los que se hacen patentes las discrepancias entre los diferentes actores, con la Resolución de 26 de abril de 2019 publicada en el BOE en la que se plantean determinadas medidas que podrían suponer la cura de las heridas provocadas durante todos estos años, pero que sobre todo requerirán de cuidados si se quiere recuperar una APS que dé respuesta a las necesidades reales de la comunidad desde la salud y no tan solo desde la enfermedad, desde la atención y no desde la asistencia, desde la participación de la comunidad y no desde la imposición profesional, desde la intersectorialidad y no desde el centro de salud en exclusiva, desde el trabajo en equipo y no desde el individualismo, desde la coordinación y no desde la confrontación, desde el respeto y no desde la arrogancia…

            Pero cuando ni tan siquiera se ha empezado a trabajar por hacer realidad las estrategias que se recogen en el documento, desde el Instituto Catalán de la Salud (ICS) se anuncia la firma del denominado Concurso de movilidad permanente sanitario por el que las enfermeras hospitalarias podrán, en cualquier momento y de manera continuada en el tiempo, pasar a APS. Y esto, sin lugar a dudas, supondrá el estoque final, en primer lugar, a la especialidad de EFyC y en segundo lugar a la regeneración de la APS.

            Los sindicatos han primado sus intereses corporativos, dando respuesta a la mayor masa de afiliadas, como son las enfermeras de los hospitales, antes que valorar las consecuencias que tal planteamiento tendrá para la APS. Por su parte la administración sanitaria, una vez más, ha preferido mantener una mal entendida “paz social” con los sindicatos dando luz verde y asumiendo con pasividad inadmisible tan lamentable como mortífera medida. La connivencia de ambas partes no puede en ningún caso disfrazarse de medida favorecedora para los trabajadores, sino que debe ser identificada como lo que es, un verdadero fracaso en su capacidad de gestión y en el mediocre acuerdo alcanzado mediante una absoluta y absurda indiferencia hacia la calidad de la atención y la mejora de la APS. Desvestir un santo, el ya casi desnudo de la APS, para vestir otro, siempre mejor abrigado y con más lujo como la hospitalaria, es un ataque en toda regla a la supervivencia de la APS. Pronto los Centros de Salud recuperarán su antigua denominación, y lo que es peor su antiguo modelo asistencial, como Ambulatorios.

            Y es que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en casa ajena. La APS no debe ni puede ser un retiro laboral ni un escenario de descanso, porque su complejidad no lo permite y porque las personas, las familias y la comunidad no lo merecen. La APS es activa, dinámica, compleja, participativa, integradora… y requiere de profesionales muy implicados, motivados y preparados para asumir el reto de mantener sanos a los sanos. El hospital, por su parte, merece enfermeras que tengan condiciones de trabajo dignas y respetuosas. Las/os ciudadanas/os merecen unos cuidados de calidad con independencia de donde se presten.

La ruina y la muerte de la APS no deja ver ya la que en sus inicios se vislumbraba como la prosperidad y la vida en un sistema de salud que iniciaba su andadura con una Ley General de Sanidad que como suele suceder con todas las leyes su espíritu permite aventurar grandes cosas que la realidad se encarga de evaporar.

Y todo ello mientras se vocifera sobre Nursing Now. Cuanta hipocresía y cinismo.

Pasen y vean. ¿Quién es el siguiente?

Descanse en Paz la Atención Primaria de Salud.

REDUCCIONISMO vs HOLISMO

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El reduccionismo es el enfoque filosófico según el cual la reducción es necesaria y suficiente para resolver diversos problemas de conocimiento   

Se ha intentado en diversas ocasiones reducir la biología a la química o la física. En este caso, el reduccionista afirma que la biología «no es más que» o «es en última instancia» química o física, con lo que niega que la biología se refiera a propiedades que están más allá del alcance de la química o la física o incluya conceptos, explicaciones o métodos propios, que no pertenecen al ámbito de la química o física.

A lo largo de la historia también se han hecho intentos, cuando no acciones concretas que lo lograron en gran medida, por parte de la medicina afirmando que la enfermería no era más que una rama de la medicina y negando que la enfermería tuviese conocimientos propios como ciencia que fuesen más allá de los que le proporcionaba la medicina.

Con lo dicho, queda claro que el problema del reduccionismo o, mejor dicho, el problema de la reducción, es pertinente respecto de otros problemas, entre ellos los de la estructura de las teorías científicas, las relaciones interdisciplinarias, la naturaleza de la explicación, la unidad del método científico y de la ciencia en general.

Este reduccionismo fue disminuyendo en la medida en que la enfermería creó sus teorías propias, configuró un paradigma alejado del de la medicina y se constituyó progresivamente como ciencia en relación con otras disciplinas tanto de las ciencias de la salud como de otras ciencias.

El difícil desarrollo científico de la enfermería, plagado de ataques y mermado por las barreras permanentes para impedir que avanzase, no impidió el que se fuese haciendo un hueco en la comunidad científica y se situase finalmente al mismo nivel que cualquier otra disciplina.

Sin embargo, este nivel de supuesta y aparente igualdad en el ámbito académico-disciplinar no tuvo la misma progresión en el contexto profesional, en donde, además de las evidentes dificultades derivadas de la miscelánea formativa de las enfermeras, se ha tenido que convivir con una vigilancia y un acoso exhaustivos por parte de una parte de los médicos que siempre han identificado como una amenaza para su prestigio, influencia, imagen, poder… el desarrollo de la enfermería. Esta influencia sobre la enfermería les permitió mantenerla controlada con el beneplácito y connivencia de las autoridades sanitarias que han sido siempre casi exclusivamente médicos.

Cuando las evidencias científicas, el fortalecimiento de los conocimientos propios, el pensamiento crítico, la concepción de pertenencia a una disciplina… fueron configurando competencias profesionales definidas, fuertes y autónomas, las alarmas de la clase médica saltaron y los resortes del reduccionismo se volvieron a activar con el fin de que nadie ni nada les hiciese la más mínima sombra.

Lo que sucede es que, en esa preocupación enfermiza por paralizar, eliminar o menospreciar el crecimiento enfermero al tratarlo como secundario o subsidiario a su propio conocimiento, no se percatan que el reduccionismo también lo aplican a su propio conocimiento al reducir los conceptos de su campo de actuación a los de otro campo con un nivel de complejidad inferior; reduciéndolos a una idea mecanicista, equiparando la complejidad orgánica —que aún permanece en las sombras, lejos de la reflexión— con una máquina. Este posicionamiento reduccionista les sitúa en el paradigma conocido como DRSE (Disyunción o aislamiento, Reducción, Simplificación, Exclusión), traspasando los límites de la coherencia científica para situarse en los de la visceralidad enfermiza.

Mientras tanto la enfermería se ha situado precisamente en el lado contrario al reduccionismo, es decir, en las corrientes del pensamiento holístico que reivindicaban la globalidad y afirmaban que “el todo es mayor que la suma de sus partes”.

Y es precisamente en base a ese posicionamiento y mirada holísticos, en clara discrepancia con el reduccionismo, por lo que emergió la presencia del paradigma DRSE en la medicina a manera de lógicas de pensamiento y como premisas ocultas del conocimiento, lo que estableció una clara línea de demarcación entre el pensamiento complejo y el holístico como ya hiciera E. Morin[1].

Desde la perspectiva holística de la ciencia enfermera la propuesta de teorías, conocimientos y conceptos integradores o inclusivos en las ciencias de la salud, son percibidos por los médicos como desviaciones subjetivas, como intromisiones ilegítimas, como motivos de desconfianza y de alerta ante la posible tergiversación de «los hechos evidentes por sí mismos» (la tradición sintética del conocimiento, excluida por el paradigma DRSE). Desde ese reduccionismo, además, únicamente las ideas descriptivas que se pueden poner a prueba directamente en los montajes de observación (las hipótesis) pueden prosperar e influir en la manera mecanicista de entender el proceso vital y sus interacciones. Sin embargo, el planteamiento integral realizado por las enfermeras se entiende que forma parte de las inquietudes cognitivas de estas solamente por excepción, siendo generalmente desestimadas y excluidas del campo de las ciencias. En el mejor de los casos son consideradas aportaciones filosóficas entendidas como “harina de otro costal”. Como consecuencia este posicionamiento el discurso científico se empobrece y desvirtúa por la escasez del pensamiento explicativo integrador.

Por otra parte, el reduccionismo que imponen de manera sistemática los médicos persigue que tan solo sean valorados sus conocimientos como socialmente prioritarios y que el de otras ciencias, como la enfermería, sean tachadas de especulativas, idealistas, poco prácticas o pasadas de moda y, por lo mismo, prescindibles o en todo caso subsidiarias de la medicina.

Últimamente este acoso reduccionista de los médicos está aumentando al identificar que su campo de actuación está siendo invadido por parte de las enfermeras a través de competencias profesionales que ellos consideran exclusivas y excluyentes, como es el caso de la denominada prescripción enfermera que tanta reacción contraria está generando.

En este sentido en la Comunitat Valenciana, tras la firma de la Resolución de la Consellera de Sanitat Universal i Salut Pública de la Generalitat Valenciana, por la que se regula la acreditación de las enfermeras como prescriptoras, determinados partidos políticos (Ciudadanos) y sectores médicos (Colegio de Médicos de Alicante y Sindicato Médico), han hecho interpelaciones parlamentarias, en el primero de los casos, o emitido comunicados, en el segundo, en los que cuestionan, critican, menosprecian y rechazan las medidas dispuestas en la citada resolución para que se haga efectiva la prescripción enfermera como ya sucede en otras comunidades autónomas.

Sus planteamientos, a los que he respondido[2], son reduccionistas a la vez que manipuladores, demagógicos, malintencionados, descalificadores e incluso alarmistas.

Lo que sucede es que los médicos se han acostumbrado a que los decisores políticos en el ámbito de la sanidad han sido casi exclusivamente médicos, que siempre han decidido en favor de sus planteamientos. Cuando aparece alguno que no es médico, como es el caso de la Consellera, que su preocupación no es tanto dar respuesta a las demandas de los médicos como a las de la población, las decisiones que se toman pueden ser entendidas como contrarias a sus intereses y por tanto ataques a su competencia profesional. Claro ejemplo, nuevamente, de reduccionismo. En este caso de pensamiento.

En el caso que nos ocupa, la prescripción enfermera, no se han percatado que nuestro posicionamiento holístico enfermero lo que persigue es dar una atención integral, integrada e integradora de la atención, alejada de cualquier otro interés como los que ellos esgrimen en un posicionamiento victimista, alejado de la realidad y de la evidencia científica. Su prescripción, la médica, obedece a su reduccionismo por órganos, aparatos y sistemas mecanicista, parcial, tecnológico y biologicista. Nuestra prescripción, la enfermera, obedece a un holismo en el que los problemas de salud identificados precisan de respuestas integrales en las que se incorpora dicha prescripción, alejada de la perspectiva mecánica para situarla en la del proceso vital en el que las emociones, los sentimientos, los valores, la cultura… forman parte inseparable de la prescripción que se realice sea esta farmacológica o no y que, entre otras razones, hace que sea más eficaz y eficiente aunque les cueste reconocerlo.

Tal como dice el filósofo Peter Sloterdijk “La vida actual no invita a pensar”, pero esto no puede ser ni excusa ni base para manipular a una sociedad que sigue identificando casi exclusivamente como protagonistas únicos de la salud a los médicos, como producto del reduccionismo social al que la han sometido, logrando, como decía el desaparecido Zygmunt Bauman, que “La verdad que libera a los hombres suela ser la verdad que los hombres prefieren no escuchar”.

La incorporación de profesionales de diferentes disciplinas, enfermeras, trabajadoras sociales, psicólogos…, en puestos con capacidad de decisión en los organigramas de los servicios de salud se antoja no tan solo oportuna sino imprescindible para acabar con el reduccionismo institucional que mantiene modelos caducos, poco resolutivos e ineficientes, además de hacerlo con un claro reduccionismo de las políticas de personal con una manifiesta y evidente desproporción en la dotación de profesionales de una u otras disciplinas por criterios que obedecen exclusivamente a presiones de los lobbies profesionales y en clara contradicción con las indicaciones, recomendaciones y propuestas de los principales organismos de salud internacionales.

Tratar de defender la legítima competencia médica negando la también legítima competencia enfermera es, en sí mismo, otro claro ejemplo de reduccionismo que debería ser controlado con el fin de lograr una adecuada, eficaz, eficiente, a la vez que necesaria interrelación, entre ambas disciplinas para el bien general de las personas, familias y comunidad a las que médicos y enfermeras atendemos. Ambas son necesarias, pero ninguna de ellas es ni puede ser exclusiva ni excluyente.

 

[1] E. Morin El pensamiento subyacente. El método IV. Las ideas. Cátedra, Madrid (1998), pp. 216-244 View Record in Scopus Google Scholar

[2] http://efyc.jrmartinezriera.com/2019/07/04/la-ignorancia/

http://efyc.jrmartinezriera.com/2019/07/05/carta-abierta-a-la-dra-ma-isabel-moya-garcia-presidenta-del-colegio-de-medicos-de-alicante/

LA IGNORANCIA

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Sra. Yaneth Giraldo:

 

            La ignorancia es muy atrevida. El atrevimiento, por su parte, es temerario y peligroso. Y usted, con su petición parlamentaria ha demostrado una clara ignorancia, un irreflexivo atrevimiento y por tanto resulta usted temeraria y peligrosa.

            Si a la ignorancia sumamos los intereses partidistas de aprovechar cualquier ocasión para tratar de sacar rédito político, el resultado es un despropósito en el que no tan solo evidencia una gran ignorancia en el tema sobre el que interpela sino que, además, lanza sospechas sobre la capacidad, competencia, eficacia y eficiencia de las enfermeras, al establecer una torpe y mezquina relación de costes y resultados con la medida adoptada.

            Si antes de una sobreactuación histriónica intentando emular a su jefe autonómico, Sr. Cantó, y una no menos interpretación oportunista y demagógica, siguiendo los pasos de su jefe nacional, Sr. Rivera, se hubiese usted informado adecuadamente, posiblemente se hubiese enterado de que el 23 de octubre de 2018 se publicó en el BOE el Real Decreto 1302/2018 de 22 de octubre por el que se modificaba el Real Decreto 954/2015, de 23 de octubre, por el que se regulaba la indicación, uso y autorización de dispensación de medicamentos y productos sanitarios de uso humano por parte se las enfermeras, en base al cual se ha publicado la Resolución de la Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana para acreditar a las enfermeras como prescriptoras. Por lo tanto la Consellera, en este caso, ha actuado con eficacia, que es lo que se espera de ella, al dar respuesta a una norma de rango superior que debe aplicarse.

            Pero si además hubiese preguntado a alguna enfermera al respecto, se hubiese enterado de que esta resolución y el Real Decreto en el que se ampara tan solo viene a normalizar una actividad que las enfermeras venimos haciendo desde siempre aunque de manera alegal, y que por intereses de determinados lobbies, de los que ustedes son tan amigos, no se había normativizado para que pudiésemos hacerlo de manera legal como siempre hemos reclamado, fundamentalmente, por seguridad de las personas a las que atendemos en primer lugar y por la nuestra como profesionales en segundo lugar.

            Además, si hubiese tenido interés, se habría enterado de que esta medida que ahora se implanta en la Comunitat Valenciana ya está en vigor en otras Comunidades Autónomas con resultados muy favorables y con una gran satisfacción por parte de las/os ciudadanas/os. Todo lo cual, para mayor información, viene avalado por evidencias científicas a nivel internacional.

            Si en lugar de buscar notoriedad efímera y foto oportunista, se dedicase a interpelar al gobierno sobre temas tan trascendentes como la ineficacia e ineficencia del actual modelo de sanidad medicalizado, de la precariedad de los empleos de las enfermeras en muchas instituciones como residencias de la 3ª edad, de la falta de enfermeras para atender con calidad a la población, de la ausencia de criterios que permitan ordenar la profesión enfermera e incorporar a las especialistas en cuya formación se está invirtiendo mucho dinero público sin que después sean contratadas, de la incomprensible situación administrativa de las enfermeras situándolas en nivel A2 en clara discriminación con otros profesionales con idénticos niveles de estudios… posiblemente contribuiría mejor con su cometido como política.

            Señora Yaneth Giraldo, antes de que la consellera le responda, permítame que le diga que puede tener la absoluta seguridad y garantía de que las enfermeras continuaremos siendo tan eficaces y eficientes, a pesar de las condiciones en que trabajamos, como lo hemos sido hasta ahora. Esta Resolución que tanto le preocupa tan solo regulariza una situación que, gracias a políticas/os como usted y a grupos de presión a los que sus partidos se someten con asombrosa facilidad, se ha mantenido estancada durante muchos años. Por lo tanto sería aconsejable que ocupase su tiempo en menesteres que realmente sean de interés para la ciudadanía.

            Es una lástima que lo que ustedes denominan eufemísticamente como disciplina de partido, les limite la capacidad de pensamiento crítico y con ello la posibilidad de pensar mediante un conjunto de juicios u opiniones que responden o proceden de un análisis, porque si uno no piensa críticamente cuando piensa, uno no está pensando, lo que le impide ver desde la tranquilidad, la serenidad, la imparcialidad y la racionalidad y entonces pasan cosas como las que usted ha protagonizado. Una cosa es que exista la influencia de un determinado planteamiento político y otra bien diferente es que exista la manipulación interesada. Pensar críticamente es pensar en tercera persona, es ser imparcial, que es justamente lo que usted y el partido al que representa no han hecho.

Con su actitud y su discurso tratan de arrastrarnos a lo que el filósofo alemán Markus Gabriel identifica como un nuevo tipo de propaganda que trata de decirnos que no sabemos lo que sabemos. Que no son más que intentos de manipular a la gente para que crean que no saben lo que saben.

La ignorancia, además, suele estar muy relacionada con la arrogancia, por eso se suele cronificar. Pero si tiene algún momento de humildad y quiere combatirla, siempre puede recurrir a una enfermera cuando tenga dudas sobre aspectos relacionados con nuestra profesión o con la salud pública y comunitaria. Le puedo asegurar que le será prescrito el mejor remedio a la ignorancia, que no es otro que el conocimiento y la información veraz y contrastada. Si lo hace, posiblemente, minimice su temeridad y peligrosidad, además de su arrogancia.

LAS ENFERMERAS Y LAS LEYES DE LA FUERZA DE NEWTON

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Suele ser habitual que las enfermeras nos lamentemos de las fuerzas que constantemente nos impiden avanzar o que suponen una permanente barrera para nuestro desarrollo.

Cuando nos preguntamos a qué son debidas esas fuerzas y qué es lo que las mantiene impidiendo nuestro avance o desarrollo, casi siempre se acaba por relacionar las mismas a la intuición, basada en la observación inmediata de lo que ocurre alrededor de las enfermeras. O bien se concluye que esas fuerzas “paralizantes”, se ejercen o se mantienen siempre activas y permanentes.

Establecer una correlación entre la Física, en concreto el movimiento y la relatividad, con la Enfermería y su desarrollo, puede parecer un ejercicio imposible o delirante, pero a pesar de ello, voy a tratar de establecerla con el fin de que podamos, cuanto menos, tratar de modificar nuestro permanente absolutismo al respecto.

Galileo a principios del siglo XVII hizo un avance muy importante al introducir el método científico según el cual no siempre se debe creer en las conclusiones intuitivas basadas en la observación inmediata, pues esto lleva a menudo a equivocaciones. Esto le permitió medir resultados en función de los cambios que iba introduciendo en sus experimentos con el fin de identificar cómo actuaban dichos cambios en cada caso, no dando nunca nada por inmutable. De esta manera pudo extrapolar sus observaciones hasta llegar a entender un experimento ideal.

En concreto, observó cómo un cuerpo que se mueve con velocidad constante sobre una superficie lisa se moverá eternamente si no hay rozamientos ni otras acciones externas sobre él.

Esto, precisamente, es lo que nos puede servir de base para empezar a establecer una relación entre las enfermeras y el movimiento. Es decir, las enfermeras tendrían un desarrollo y con él una influencia – científico, profesional y social- permanente e inalterable si no existiesen influencias o acciones externas que lo modificasen y, por tanto, se mantendría en movimiento constante. Pero justamente esto es lo que, en muchas ocasiones, las enfermeras piensan que sucede y al no aplicar el método científico o su variante de pensamiento crítico, no tan solo no son capaces de mantener el movimiento constante si no que, habitualmente, son detenidas, arrastradas o empujadas en su recorrido.

Pero este planteamiento hecho por Galileo, inmediatamente le presentó otro problema: ¿si la velocidad no releva al cuerpo estudiado, qué parámetro del movimiento indica la acción de fuerzas exteriores?; Galileo respondió también a esta pregunta, pero fue Newton quien, casi acabando el siglo XVII (1690), lo hizo de manera más precisa, al concluir que no es la velocidad sino su variación la consecuencia resultante de la acción de arrastrar o empujar un objeto.

De acuerdo con este planteamiento, Newton establece que los movimientos aparentes son las diferencias de los movimientos verdaderos y que las fuerzas son causas y efectos de estos. Consecuentemente, la fuerza en Newton tiene un carácter absoluto, no relativo.

Pues bien, ese planteamiento de Newton es el que parece que aún no está interiorizado por las enfermeras, al seguir manteniendo el carácter absoluto de las fuerzas que, como decíamos, son identificadas como las causantes permanentes y absolutas de la parálisis en que se mantienen en muchas ocasiones, sin plantearse la relatividad de las mismas y, por tanto, su posible y cierta reversión.

Pero, siguiendo con Newton, y a partir del citado planteamiento, enuncia las tres leyes más importantes de la mecánica clásica, a través de las cuales seguiré tratando de mantener esa estrecha relación de las enfermeras, con ellas.

La primera ley del movimiento rebate la idea aristotélica de que un cuerpo solo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza. Newton expone que:

Todo cuerpo continúa en su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, no muy lejos de las fuerzas impresas a cambiar su posición.

Esta ley determina, por tanto, que un cuerpo no puede cambiar por sí solo su estado inicial, ya sea en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme, a menos que se aplique una fuerza o una serie de fuerzas cuya resultante no sea nula. Newton toma en consideración, así, el que los cuerpos en movimiento están sometidos constantemente a fuerzas de roce o fricción, que los frena de forma progresiva, algo novedoso respecto de concepciones anteriores que entendían que el movimiento o la detención de un cuerpo se debía exclusivamente a si se ejercía sobre ellos una fuerza, pero nunca entendiendo como tal a la fricción.

En consecuencia, un cuerpo que se desplaza con movimiento rectilíneo uniforme implica que no existe ninguna fuerza externa neta o, dicho de otra forma, un objeto en movimiento no se detiene de forma natural si no se aplica una fuerza sobre él. En el caso de los cuerpos en reposo, se entiende que su velocidad es cero, por lo que si esta cambia es porque sobre ese cuerpo se ha ejercido una fuerza neta. Es la conocida como Ley de la inercia, ya descrita por Galileo.

En esta primera ley, podemos establecer varias relaciones. Por una parte, es el reposo o falta de movimiento de las enfermeras, lo que les conduce a una parálisis permanente en su desarrollo o bien el mantenimiento de un recorrido lineal y permanente como consecuencia de las fuerzas externas, y ajenas a las enfermeras, que propician ese movimiento uniforme sin cuestionarse en ningún momento el cambio de dirección o velocidad impuestos por las propias fuerzas enfermeras en dirección a un desarrollo, visibilización y reconocimiento que el movimiento impuesto y asumido, no permite. En cualquiera de los casos se trata, sin duda, de la inercia a la que hacen referencia Galileo y Newton, sin que se haga ningún planteamiento por cambiar dicha inercia.

La primera ley de Newton sirve para definir un tipo especial de sistemas de referencia conocidos como sistemas de referencia inerciales, que son aquellos desde los que se observa que un cuerpo sobre el que no actúa ninguna fuerza neta se mueve con velocidad constante. Y en esa velocidad o parálisis constantes son las que constituyen para muchas enfermeras su particular sistema de referencia inercial, en el que son incapaces de modificar su órbita de desplazamiento en el universo de las ciencias de la salud.

La segunda ley de Newton o ley fundamental de la dinámica, expresa que:

El cambio de movimiento es directamente proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime.

Esta ley se encarga de cuantificar el concepto de fuerza. La aceleración que adquiere un cuerpo es proporcional a la fuerza neta aplicada sobre el mismo. La constante de proporcionalidad es la masa del cuerpo (que puede ser o no ser constante). Entender la fuerza como la causa del cambio de movimiento y la proporcionalidad entre la fuerza impresa y el cambio de la velocidad de un cuerpo es la esencia de esta segunda ley.

De esta segunda ley, se pueden destacar, la caída libre y el movimiento pendular.

Sin entrar en consideraciones de formulación matemática, en este caso podemos identificar claramente algunas de las actitudes que muestran las enfermeras. En el caso de la caída libre sería cuando las enfermeras, alcanzado un determinado nivel o altura en su desarrollo, caen o se dejan caer desde la inacción, el conformismo o la desidia (reposo), al vacío provocando consecuencias de deterioro debidas al impacto, lo que como es evidente provoca una gran dificultad para volver a alcanzar un nivel elevado para su desarrollo.

En el caso del péndulo, el movimiento ejercido por las fuerzas externas que las enfermeras no controlan o por las que se dejan influir determinan que se produzcan situaciones dicotómicas a una parte u otra de la trayectoria, sin que existan posiciones intermedias determinadas por la acción de la propia fuerza enfermera, que impiden planteamientos serenos, razonados y racionales.

La tercera ley de Newton establece que siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, este ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección, pero en sentido opuesto sobre el primero. Con frecuencia se enuncia así: A cada acción siempre se opone una reacción igual, pero de sentido contrario. En cualquier interacción hay un par de fuerzas de acción y reacción situadas en la misma dirección con igual magnitud y sentidos opuestos. La formulación original de Newton es:

Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: quiere decir que las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto

Esta ley frecuentemente provoca algo de confusión en la forma en que se expresa. Por un lado, suena como que una fuerza causa otra. Si se empuja a alguien, ese alguien puede decidir activamente empujar como respuesta. Pero esta no es la acción y la reacción de la que estamos hablando con la tercera ley de Newton.

Al empujar contra una pared, la pared no decide activamente empujar como respuesta. No hay ninguna fuerza de “origen”. El empuje simplemente incluye ambas fuerzas, referidas como un “par de acción/reacción”.

Una mejor manera de expresar la ley puede ser:

Las fuerzas siempre ocurren en pares. Las dos fuerzas son de la misma intensidad, pero en direcciones opuestas.

Ahora, esto todavía causa confusión porque suena a que estas fuerzas siempre se anularían entre sí. No es el caso. Las fuerzas actúan sobre objetos diferentes. Y solo porque las dos fuerzas sean iguales, no significa que los movimientos sean iguales (o que los objetos dejarán de moverse). Esta ley explica las fuerzas ejercidas entre la Luna, el Sol y la Tierra que provocan las mareas.

En esta tercera ley, está posiblemente, la respuesta a la inacción, caída, al vacío o movimiento pendular de las otras dos leyes descritas, con relación a las enfermeras. Es decir, la fuerza o fuerzas ejercidas “contra” las enfermeras, deberían tener una respuesta de éstas mediante otra fuerza que contrarrestara o superara a la fuerza ejercida, provocando mareas, que en el caso de las enfermeras podrían identificarse como los posicionamientos de influencia determinados por las fuerzas ejercidas entre las enfermeras y otros agentes en un equilibrio permanente. Posicionamientos en los que las enfermeras actúan como reguladoras de importantes y necesarios cambios en los escenarios en los que las enfermeras ejercen como tales, sin que exista tan solo una fuerza que regule su comportamiento.

En cualquier caso y como conclusión, lo que pretendo con esta comparación es tan solo hacer reflexionar sobre la importancia de abandonar la inercia, evitar la caída libre, traducida como conformismo o desidia, así como los posicionamientos extremos o pendulares y finalmente, contrarrestar con fuerzas propias las que se ejercen desde el exterior para lograr la presencia e influencia que como enfermeras debemos mantener en cualquier contexto en el que los cuidados enfermeros sean necesarios.

Si la Física es capaz de explicar las mareas, la Enfermería debe ser capaz de explicar los cuidados y su influencia.

Estoy convencido de que Newton y Nightingale se hubiesen entendido perfectamente y que hubieran unido sus fuerzas para entender los movimientos y las fuerzas tanto de la Física como de la Enfermería.

DISCURSO ENFERMERO

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Las palabras, como decía Von Schiller «…son siempre más audaces que los hechos»[1]. Así pues, hago uso de tanto de la palabra como de su audacia para realizar un sincero análisis de la realidad, por contemporánea que no por irrefutable, de la Enfermería a través del lenguaje que se utiliza. Sabiendo, por otra parte, que la palabra es mitad de quien la pronuncia y/o escribe, mitad de quien la lee y/o escucha[2], lo que me genera una gran satisfacción por lo que supone de compartir y reflexionar conjuntamente con quien se aventure a leerme.

Hablar, analizar, reflexionar… sobre algo tan complejo como la Enfermería sin caer en los tópicos, la subjetividad, la autocomplacencia, la minusvaloración… que en mayor o menor medida siempre han venido acompañando al discurso enfermero, obligan a estar en permanente alerta, para lograr que mis palabras alcancen un deseado equilibrio entre la razón y el corazón, que eviten eufemismos tendentes a disfrazar la realidad por franca, seria y dura que pueda resultar.

En cualquier caso, la labor que emprendo no me ha resultado fácil y ni tan siquiera estoy seguro de que el resultado final sea entendido en su justa medida. No trato, sin embargo, de cuestionar, criticar o rebatir ningún planteamiento teórico ni tan siquiera ningún posicionamiento científico. No es ni la forma ni el lugar ni la intención. Sin embargo, sí que me preocupa y ocupa el lenguaje del discurso enfermero, sea este científico, profesional o simplemente coloquial.

Y es que aunque la palabra nunca es inocente y está cargada de intenciones, permite dejar constancia de lo que se es o se quiere ser, más allá de interpretaciones, supuestos o conjeturas[3]. Y esto que, al menos en principio, puede parecer algo muy positivo, en ocasiones se transforma en un claro inconveniente a la hora de construir el lenguaje que nos identifica y por el que se nos valora, ya que genera contradicciones entre lo que se cree o quiere ser y lo que se interpreta de las palabras utilizadas en el lenguaje enfermero.

No pretendo llevar a cabo un análisis pormenorizado de textos. Tan solo extraeré algunas expresiones, palabras o conceptos que habitualmente se utilizan y reflejan en los citados textos como ejemplo de aquello que quiero exponer para su debate y reflexión. No tanto porque semánticamente estén mal empleadas sino porque identitariamente, entendido como aquello que nos modela verbalmente, puede generar contradicción o confusión.

Empezando por la forma en que nos denominamos y que tanta falta de consenso como elemento de confrontación genera. Nos encontramos desde profesionales de enfermería, enfermeros, enfermeras, profesionales sanitarios, profesionales de la salud o simplemente enfermería. Podría entenderse que se trata de una forma de diversificar nuestra denominación con un mismo objetivo, es decir, el de referirnos a nosotras mismas, de maneras diferentes, pero con idéntica identidad. Pero nada más lejos de esta posibilidad. Lo verdaderamente cierto es que cada una de esas acepciones lo que están haciendo es invisibilizar nuestra verdadera identidad, que no es otra que la de enfermeras. No voy a entrar en consideraciones de género que ya han sido abordadas por mí en otras reflexiones, pero es que más allá del género que tiene su importancia y justifica en gran medida el uso del genérico femenino, lo que subyace en esa miscelánea de denominaciones es una clara indefinición y, lo que es peor, en una evidente falta de identidad profesional. No existen similitudes en ninguna otra disciplina. No se lee o escucha, los profesionales de la ingeniería industrial, la Arquitectura, los profesionales de la psicología… sino que de manera unánime y colectiva se denominan como lo que son, ingenieros industriales, arquitectos o psicólogos. Se trata fundamentalmente de una metonimia desde la que se designa una idea o concepto con el nombre de otra u otro, que se convierte en sinécdoque cuando se sustituye el todo por la parte: “Enfermería cuida” por “Las enfermeras prestan cuidados”.

Sin embargo, las enfermeras utilizamos circunloquios de manera permanente para no referirnos a nosotras mismas como lo que somos. Cuanto menos paradójico.

Una profesión que es identificada fundamentalmente por su atención integral, holística o global, debería tener en cuenta este hecho para no entrar en contradicción con expresiones, palabras o conceptos que en sí mismos fragmentan, atomizan o dividen. Así nos encontramos ante las repetidas denominaciones de diabéticos, hipertensos, obesos… que sustituyen a las personas cosificándolas en base a su patología. Prevalece su enfermedad, la diabetes, hipertensión, obesidad, a la identificación de la persona, sus necesidades, sentimientos, emociones, demandas… Cosificamos, etiquetamos, despersonalizamos, antes incluso de conocerles como personas y saber cómo se sienten, cómo afrontan sus problemas de salud, cómo viven su proceso, qué les preocupa o les da miedo… y, pretendemos que se identifique nuestra atención integral, integrada e integradora, con ese lenguaje.

Qué decir, cuando denominamos como discapacitada a una persona por el hecho de tener una discapacidad, anulándole desde el principio al situarla en el ámbito de la dependencia total. El hecho de tener una discapacidad no sitúa a la persona como discapacitada, posiblemente pueda tener muchas más capacidades que otras personas consideradas como “normales”.

Nosotras que consideramos que tenemos cercanía, empatía, escucha… denominamos a las personas como pacientes, es decir, como aquellas personas que tienen paciencia o que denotan paciencia[4]. Paciencia ¿con quién o con qué? ¿con nosotras, con el sistema, con la organización…? ¿No se trata de que la paciencia la tengamos nosotras con las personas? ¿No atendemos a las personas con independencia de que están sanas o enfermas? Si además atendemos a lo que en el diccionario se define como paciencia, nos encontramos con que como primera acepción está “Capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse” y como segunda “Calma o tranquilidad para esperar”. A cual de ellas peor para definir a una persona que atendemos y que denominamos como paciente, es decir, persona que debe tener paciencia. Cuando, además, al hablar de personas incluimos a todas sin distinción de género, lo que no sucede al hacerlo como pacientes que se utiliza en genérico masculino.

Para rizar el rizo, nos hemos inventado últimamente la singular denominación de “Paciente Experto”. Es decir, diríase de aquella persona que tiene muchos conocimientos o es hábil en tener paciencia”. Pero lo que se pretende con el calificativo es el conformar o adiestrar (enseñar a alguien a ser diestro en algo) personas expertas en su enfermedad. ¿Realmente las personas quieren ser expertas en su enfermedad? ¿Para qué, para confrontar o debatir con los profesionales de la salud?, ¿No sería mejor tratar de que las personas fuesen activas y participativas para afrontar mejor sus procesos de salud-enfermedad y favorecer su autonomía?

Pero con ser grave la denominación de pacientes, no lo es menor cuando nos referimos a las personas como individuos o, como sucede en investigación, como sujetos. Si nos remitimos al diccionario de nuevo comprobamos que la primera entrada de individuo es “Persona considerada independientemente de las demás”, lo que desde nuestra perspectiva enfermera deberíamos descartar dado que la atención que debemos prestar debe considerar a la persona tanto individualmente como en su entorno familiar y comunitario, pero es que otra de las acepciones de individuo recogidas es “Persona cuya identidad y condición se desconocen o no se quieren expresar”, lo que ejemplifica claramente por qué evitar su utilización. Por su parte sujeto, se refiere en el diccionario como “Persona cuyo nombre no se indica”, es decir, que ignoramos y tratamos desde la falta de identidad y respeto. Incluso el hecho de que en investigación las personas que intervienen en los proyectos deban contra con el anonimato, no significa que no puedan ser consideradas como personas con dicha consideración de anonimato, más aún cuando nuestras investigaciones son cualitativas y requieren de una cercanía y empatía con las personas que sin anular el anonimato, no les anula como personas. Para rematar este apartado, cuando se hace mención a la exigible ética de las investigaciones se mencionan desde la Conferencia de Helsinki, la de los derechos humanos, hasta los comités de ética, que siendo fundamentales y requeridos no excluye el que se haga mención al Código deontológico enfermero en cuyo articulado se recogen también  estas exigencias éticas.

Para no extenderme mucho más, aunque daría para ello, me referiré a aquello que nos identifica o con lo decimos identificarnos, los cuidados.

Se puede cuestionar que las enfermeras sean las únicas profesionales que cuidan y que por tanto sería más correcto decir que las enfermeras prestan cuidados enfermeros. De igual forma que sería el cuidado enfermero el que prestan las enfermeras.

Es evidente que el cuidado no es privativo de las enfermeras, lo mismo que tampoco lo es el curar de los médicos, pero no es menos evidente que los cuidados han sido siempre atribuidos, prestados y asimilados por las enfermeras, sin que esta asimilación provocase ninguna reacción contraria o suscitase una disputa entre profesionales de diferentes disciplinas.

Sin embargo, el paso del cuidado natural al profesional mediatizado por el desarrollo científico positivista propició una fundamentación de la división sexual del trabajo extrapolada del núcleo familiar. Los cuidados, por tanto, han sido durante mucho tiempo poco reconocidos más allá de los aspectos afectivos, que, sin dejar de ser satisfacciones muy dignas, no pueden y no deben quedar relacionadas tan sólo a ellos.

Esta identificación generalizada, que incluye la que las propias enfermeras tienen, en ocasiones, de los cuidados que prestan, provoca que al reivindicar exclusivamente como éxito las satisfacciones subjetivas se limiten al círculo de lo afectivo, doméstico y privado el espectro de posibilidades de realización con que cuenta todo ser humano y, por lo tanto, limita las posibilidades de realización con que cuentan las enfermeras y que genera que la cultura profesional finalmente se manifieste en los significados que la gente atribuye a diversos aspectos de la enfermería; su manera de concebir la profesión y su rol en él, sus valores, sus creencias e incluso su imagen.

Pero en la medida en que los cuidados pasaron de ser identificados y situados exclusivamente en el ámbito doméstico, desvalorizados científica y profesionalmente y asignados únicamente a las mujeres, para pasar a identificarse como un valor no tan solo humanitario sino científico, los mismos empezaron a ser reclamados por muy diversas disciplinas como medicina, farmacia, psicología… que no tan solo nunca antes habían mostrado interés alguno por los cuidados, sino que los minusvaloraban. Pero no tan solo las ciencias de la salud se decantaron de manera generalizada por reclamar los cuidados como acción, actividad o competencia de sus respectivos profesionales, sino que los cuidados se convirtieron en deseo de todos y para todo. De esta manera podemos ver u oír como cuida desde una compresa a un yogur, una crema, un champú o un detergente. Los cuidados, por tanto, adquirieron rango de importancia y pasaron a ser identificados como objetivo codiciado por muchos, mientras las enfermeras seguían sin reaccionar para, no tan solo reclamarlos, sino exigir fuesen la esencia de su actividad y no siguiesen en la deriva tecnológica-curativa en la que habían quedado presas.

Se pasó por tanto de una sinestesia clara en la que los cuidados generaban una clara correspondencia con las enfermeras, como la que se puede generar con frecuencia y de manera involuntaria entre tonos de color, tonos de sonidos e intensidades de los sabores o colores, a un cierto desorden provocado por la demanda generalizada de los cuidados con la consiguiente pérdida de la correspondencia inmediata hacía un único colectivo profesional como era el caso de las enfermeras.

Todo este proceso aleja, por tanto, a las enfermeras, de la metonimia o trasnominación causa-efecto que hacía que los cuidados provocasen y evocasen de manera automática a las enfermeras.

Dicho todo lo cual, parece clara la importancia que el uso de las palabras tiene en la construcción de la identidad enfermera y, por ello, se requiere prestar cuidado enfermero a este uso con el fin de que dicho cuidado sirva para generar un discurso enfermero con una clara correlación, coherencia y sentido para nuestra condición como enfermeras.


[1] Von Schiller F. Psiccolomini, acto I, esc. 2ª. En: Goicoechea C. Diccionario de Citas. Madrid: Ed. Dossat; 2000:513.

[2] Montaigne ME. Essais, III, XIII. En: Goicoechea C. Diccionario de Citas. Madrid: Ed. Dossat; 2000:512.

[3] Alberdi Castell RM. El miedo a la individualidad. Rev ROL Enf 1987; 101:38-9.

[4] Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

PROSOPOPEYA ENFERMERA

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Con todo lo que está pasando en torno a la enfermería y las enfermeras, en muchas ocasiones sentimos curiosidad por saber qué es lo que pensarían o dirían enfermeras ilustres ya tristemente desaparecidas.

No es que cualquier tiempo pasado fuese mejor, o que la solución a nuestros males, problemas, demandas o reivindicaciones pudiesen resolverse por parte de quienes nos precedieron. Pero nos asalta la curiosidad de saber qué es lo que ellas hubiesen planteado, pensado o incluso realizado ante lo que sucede y en muchas ocasiones, nos paraliza.

Se trata de una prosopopeya inocente a la vez que imposible, pero a la que no nos resistimos.

Nightingale, Henderson, Zendal, Colière, Wald, Orem, Milá, Galindo… son tan solo algunas de esas enfermeras a las que recurrimos en nuestro imaginario. Y nos gustaría hacerlo, posiblemente, porque conocemos sus discursos, planteamientos y, en muchas ocasiones, luchas por avanzar en un escenario, cuanto menos, tan incierto como el que actualmente ocupamos. Sin duda con factores y personajes diferentes, pero con muy parecidos planteamientos a los que ellas, como enfermeras, tuvieron que enfrentarse. Precisamente por eso es por lo que nos gustaría oír sus reflexiones. Y no es que actualmente no existan enfermeras referentes que puedan tener respuestas de sumo interés, es tan solo un deseo por intentar contrastar lo vivido con lo que vivimos, lo sufrido con lo que sufrimos, lo anhelado con lo que anhelamos. No es, por lo tanto, un deseo tan extraño. Son muchísimas las muestras literarias, cinematográficas, históricas… que han jugado con esta posibilidad de prosopopeya. Pero, claro está, todas ellas lo han sido desde la imaginación, la retórica o la interpretación de las ideas, pensamientos, análisis y reflexiones puestas en sus bocas en un intento por recrear nuevas realidades ante hechos o acontecimientos similares, aunque situados temporalmente en diferentes épocas. Los resultados por lo tanto o bien han tendido a querer modificar los acontecimientos de manera muy clara, o a plasmar realidades que se acomodasen a los deseos de quienes les hacían recuperar el habla y, lo que es más importante, el pensamiento.

Dicho todo lo cual parece claro que el deseo no pasará de ser una ensoñación.

Sin embargo, no nos resistimos a pensar qué plantearía y cómo se posicionaría Florence Nightingale ante las consecuencias de los actuales conflictos bélicos, tan diferentes a los vividos por ella en Crimea, pero no menos graves y de consecuencias devastadoras. La no utilización de armamento de guerra convencional no significa que las heridas provocadas por las decisiones políticas, no tengan efectos sobre un mayor número de población, que éstas no sean mucho más graves para su salud o que las secuelas que provocan no tengan mayor impacto y perdurabilidad en el tiempo. ¿Sería capaz de convencer a los actuales dirigentes causantes de estos conflictos de la necesidad de incorporar medidas correctoras o de mejora de la salud de las personas afectadas? ¿Qué argumentos y razonamientos utilizaría?

¿Mantendría Virginia Hendersosn sus necesidades básicas tal conforme las conocemos o incorporaría nuevas necesidades y la forma de aplicar su modelo?

¿Cómo se comportaría Isabel Zendal ante la nueva realidad de cooperación internacional tan mediatizada, politizada y poco efectiva en ocasiones? O ante el creciente negacionismo hacia las vacunas.

¿Seguiría Mª Françoise Colière en una sociedad que tiende a etiquetar, clasificar, sistematizar… resistiéndose a definir lo que es el cuidado, al considerar que una definición reviste un carácter estático, rígido y formal que la hace dogmática rápidamente? ¿Continuaría manteniendo su reflexión sobre lo que caracteriza al cuidado y en lo que basa su identidad al entender el cuidar como un acto de vida cuyo objeto, según ella, debe ser, primero y por encima de todo, permitir que la vida continúe y se desarrolle y de ese modo luchar contra la muerte: del individuo, del grupo y de la especie, situando los cuidados enfermeros en el contexto del proceso de vida y de muerte al que el hombre y los grupos humanos se enfrentan todos los días en el desarrollo de su existencia, en una sociedad multicultural, individualista, competitiva y egoísta como la actual?

¿Qué discurso desarrollaría Lilian Wald para mejorar la atención domiciliaria en un modelo asistencialista, biologicista, medicalizado y tecnológico, en el que la atención integral, integrada e integradora es residual y en el que la intervención familiar es una anécdota?

¿Lograría Orem ayudar al individuo a llevar a cabo y mantener por sí mismo acciones de autocuidado para conservar la salud y la vida, recuperarse de la enfermedad y/o afrontar las consecuencias de dicha enfermedad sin necesidad de llamarle paciente experto?

¿Milá conseguiría que las Sociedades Científicas y los Colegios Profesionales identificasen sus campos de acción autónomos y aunasen sus esfuerzos compartidos para lograr el desarrollo y crecimiento de la enfermería en su conjunto y no los de sus dirigentes?

Antonio Galindo, ¿alcanzaría un consenso docente e investigador enfermero que se acercase al ámbito de la atención superando las brechas entre ellos, logrando objetivos comunes y beneficiando con ello a la profesión, la disciplina y a la comunidad a la que deben prestar sus cuidados?

Interrogantes todas ellas que, lamentablemente, nunca podrán responder y que posiblemente tampoco fuera aconsejable que ellas las respondiesen. Ya lograron sus retos, anhelos, objetivos, metas, fines… que sin duda contribuyeron al avance enfermero, pero que nos gustaría pudiesen replicar en nuestro contexto y tiempo. Sin embargo, considero que siempre será mejor dejarles descansar, que generar la epopeya de las hazañas legendarias de estas/os referentes heroicos, que forman parte de nuestra historia como profesión y disciplina. Atendamos pues a la ética en vez de a la épica.

Pero no tan solo intentamos utilizar la prosopopeya y la epopeya de hacer hablar a los ausentes, sino que utilizamos la que atribuye cualidades o acciones propias de seres humanos a objetos o figuras sean concretos o abstractos , como suele hacerse con gran frecuencia al atribuir a la Enfermería, profesión o disciplina, acciones, actividades o hechos que corresponden a las enfermeras que, como seres humanos, y en el caso que nos ocupa profesionales de la citada Enfermería, son quienes están en capacidad real de pensarlos, plantearlos, realizarlos y planificarlos desde el habla, el pensamiento crítico y el razonamiento y no pretendiendo que la Enfermería hable, actúe o reaccione como una enfermera. Con esta figura del pensamiento lo que se logra no es otra cosa que desvirtuar la figura de las enfermeras, sin que con ello se logre el efecto de enriquecer a la Enfermería, dado que como profesión y disciplina tan solo podrá alimentarse, crecer y desarrollarse desde el conocimiento que las enfermeras le aporten. La Enfermería no es una fábula ni un cuento que permita la utilización de esta retórica literaria. Seguir haciendo uso de esa prosopopeya tan solo obedece a un intento inexplicable pero tozudamente permanente de invisibilizarnos como enfermeras. Sin el sentimiento de orgullo de lo que somos, enfermeras, difícilmente podremos generar una imagen coherente, desestereotipada, iconoclasta y trasnochada como la que en más ocasiones de las deseadas permanece, cuando no, se incrementa.

Por último, aún existe una forma más de prosopopeya a la que no escapamos o en la que quedamos muchas veces atrapadas. La gravedad y solemnidad afectada en el lenguaje o en la forma de actuar cuando queremos manifestarnos como aquello que ni somos, ni deberíamos pretender ser.

Son muchos los ejemplos a los que podemos recurrir, pero voy a referir uno que seguro que todos reconoceremos y que lamentablemente se ha interiorizado y generalizado como parte de una imagen tan artificial como imitadora. Me estoy refiriendo a la utilización del fonendoscopio como “bufanda” en el atuendo sanitario, que ni nos representa ni es necesario para lograr una imagen identitaria y autónoma. No deja de ser curioso que hayamos tenido que pelear durante décadas, si es que aún no seguimos haciéndolo, para apartar la iconografía de la cofia y ahora la sustituyamos por la del “fonen” a imagen y semejanza de los médicos, mientras seguimos, en muchas ocasiones, sin tan siquiera presentarnos como lo que somos, enfermeras, ocultándonos en el silencio y en la proyección de una imagen copiada que lo único que hace es invisibilizarnos. No necesitamos artificios, iconos ni ningún otro indicativo que no sea el de nuestro orgullo de ser lo que somos y que nos permite prestar cuidados enfermeros de calidad. La sociedad es lo que valora y lo que reconoce. Todo lo demás es pretender aparentar lo que ni somos ni deberíamos querer ser. La autenticidad de ser enfermera no la otorga un fonendoscopio, sino que lo hace el sentirse orgullosa como tal.

Las enfermeras tenemos suficientes argumentos, referentes, experiencias, conocimientos… para que nuestra imagen, posición o prestigio tenga que supeditarse a referencias pasadas que anulan las referencias presentes, que ocultemos nuestra identidad como enfermeras tras nuestra profesión o que utilicemos artificios que no se corresponden con nuestra imagen ni nuestra identidad.

Resulta imprescindible que incorporemos el orgullo de pertenencia y que en base al mismo reforcemos nuestra identidad enfermera real. Sin sucedáneos ni metáforas que tan solo nos conducen a una posición de debilidad que ni merecemos ni nos corresponde.

CINISMO POLÍTICO Y NURSING NOW

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Cuando hoy en día calificamos a una persona como cínica no estamos siendo precisamente halagadores. El propio diccionario de la Real Academia define el cinismo como la “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables” o, en su segunda acepción, como una “impudencia u obscenidad descarada”.

Sin embargo, el cinismo, tal como lo entendemos e interpretamos hoy en día, no tiene nada que ver con lo que proponía Antístenes (444 a.C – 365 a.C) en la corriente filosófica.

Para Antístenes la única manera de alcanzar la felicidad pasaba por abordar de forma rigurosa un drástico cambio de actitud. Los cínicos lograron ganar mucho tiempo libre, lo que les permitió vivir la buena vida. Para seguir el camino de los cínicos, es necesario abandonar las convenciones sociales y vivir de acuerdo con la naturaleza. Antístenes era claro al respecto. No se debe vestir ropa de moda –él llevaba únicamente una capa y un báculo, que se convirtieron en el uniforme de la escuela–, no se debe acudir a fiestas ostentosas e, incluso, se debe renunciar a tener una vivienda fija.

A través de este sencillo camino hacia la felicidad, los cínicos lograron ganar mucho tiempo libre, lo que les permitió vivir la buena vida o, tal como lo entendía Antístenes, ver las cosas dignas de ver y oír las cosas que vale la pena escuchar”. Esta ética la llevaban los cínicos hasta su muerte.

Un filósofo olvidado

Las ideas filosóficas de Antístenes, que dieron pie al cinismo, se hicieron conocidas a través de Diógenes, un discípulo suyo que, según creen numerosos estudiosos, ni siquiera conoció a su maestro, y cargó al movimiento de todas las connotaciones negativas que arrastra.

Antístenes llevó sus ideas a la práctica, se mezcló con las clases populares y se dedicó a predicar con el ejemplo. Platón y Antístenes compartían numerosas creencias con el resto de filósofos, como el rechazo de la riqueza y el lujo, necesario para abrazar la búsqueda de sabiduría y virtud. Pero lo que condenó a Antístenes al sumidero de la historia fueron sus métodos, que le alejaron del resto de filósofos. Mientras Platón fundaba su AcademIa, donde impartió sus enseñanzas filosóficas, Antístenes llevó sus ideas a la práctica: se mezcló con las clases populares, de las que extrajo a sus discípulos, y se dedicó a predicar con el ejemplo, abogando por tomar el camino más corto hacia la felicidad y la virtud. Paradójicamente, el fundador de los cínicos fue el único que no se comportó como tal.

Con anterioridad Zenón de Citio en el 301 a. C. creó el estoicismo, doctrina filosófica basada en el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la valentía y la razón del carácter personal. Su objetivo era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes materiales.

Dicho todo lo cual pareciera como si la clase política hubiese querido incorporarse a las corrientes de Zenón de Citio y Antístenes pero tan solo en la parte de alcanzar la felicidad, sin renunciar a nada de lo que planteaban para lograrlo. Lo que posiblemente condujese a que el cinismo pasase a ser identificado como hoy se le conoce y desterrasen todo acercamiento al estoicismo.

Ahora que nos encontramos en pleno proceso de pactos para constituir gobiernos, central, autonómicos, municipales e incluso europeo, el cinismo se incorpora de manera clara, descarada, impúdica, desvergonzada y libre en los discursos de quienes se afanan en querer hacernos creer que todo cuanto dicen o hacen es por el bien de la ciudadanía y de sus derechos.

Y, claro está, en esos discursos estamos incorporadas las enfermeras. Lo estamos para construir su dialéctica falsa, falaz, espuria y demagógica con adulaciones hacia nuestra importancia en el sistema sanitario como pilar fundamental del mismo, como líderes indiscutibles del cuidado, como referentes de la eficacia y la eficiencia… que tan solo obedece a intereses partidistas y partidarios para lograr el codiciado voto de las enfermeras.

Su felicidad, por tanto, pasa irremediablemente por mentir sin ningún tipo de escrúpulos sobre lo que para ellas/os son y suponen las enfermeras. Somos tan solo meros elementos circunstanciales, piezas de su tablero de juego, comparsa de su particular festival, destinadas a ser utilizadas para lograr su fin, aunque no sean justificables los medios. Nada es casual, todo es causal y, por tanto, no existen excusas que puedan, en ningún caso, atenuar, eximir o exonerar el mal que hacen.

Como decía estamos ante un panorama ciertamente incierto en el que los equilibrios son difíciles y los planteamientos tan débiles como poco creíbles.

Curiosamente, o no, todo ello se produce cuando la OMS y la ONU han establecido que el año 2020 sea el año de las enfermeras a través del movimiento Nursing Now.

Ya tuve oportunidad de reflexionar sobre lo que el citado movimiento suponía para las enfermeras en cuanto a oportunidad de visibilización, desarrollo y reconocimiento profesional y social. Pero ahora quiero apuntar lo que supone dicho movimiento como elemento de posicionamiento político.

Si las/os políticas/os que van a conformar los gobiernos de Europa, el Estado, autonomías, ayuntamientos y diputaciones van a utilizar cínicamente el movimiento Nursing Now como elemento de marketing, propaganda o publicidad, estaremos ante una nueva, aunque no por ello desconocida, manipulación política con el único objetivo de lograr sus fines.

De una vez por todas, las/os políticas/os deben ser conscientes de la importancia que tenemos las enfermeras en la sociedad actual. De cuál es nuestra aportación, más allá de ser el colectivo más numeroso del sistema sanitario. De cómo influimos en la salud de las personas, las familias y la comunidad. De la importancia que nuestros cuidados tienen. De la singularidad de nuestra disciplina/profesión. En definitiva, de poner en valor lo que somos. Y queremos que se haga abandonando el paternalismo de los discursos, la hipocresía de los planteamientos, las alabanzas falsas de sus análisis, los criterios restrictivos de sus normas, las presiones mediáticas que limitan o anulan sus decisiones. Y todo ello desde la convicción y no desde el oportunismo puntual, efectista o chantajista. Con la valentía que requiera tomar determinadas decisiones, aunque ello suponga tener que abandonar su zona de confort político. Con la determinación de la razón que sustituya el inmovilismo, el conformismo y la mediocridad. Con la inclusión sin límites en todos aquellos ámbitos en los que sistemáticamente hemos sido excluidas. En la toma de decisiones real y no como asesoras, en el mejor de los casos, o simples figurantes, como habitualmente sucede.

Nursing Now no pasará de ser una anécdota, más o menos colorista, festiva, pseudoparticipativa, si las/os políticas/os no se deciden por desarrollar políticas de salud en las que estemos las enfermeras, en todas las políticas. Si no se identifica la necesidad real de cambio. Si no se trabaja por un discurso que tan solo trata de regalar los oídos por otro que reconozca las necesarias aportaciones específicas de todos los agentes implicados. Si no se abandona el cinismo del discurso y de la actitud políticos, aunque ello signifique abandonar también la comodidad de un sillón, la apariencia de un cargo o el respeto que resulta de estos y no por habérselo ganado con sus comportamientos, actitudes y decisiones coherentes y éticas.

Volver a recuperar los planteamientos de Antístenes para ser cínicos y los de Zenón de Citio para ser estoicos, es posible a través de Nursing Now. Posiblemente incorporarlo de manera generalizada será luego mucho más fácil y suponga que la Real Academia de la Lengua tenga que modificar la actual definición.

Señoras/es políticas/os, las enfermeras les damos la oportunidad de ser cínicos y estoicos como en la antigua Grecia a través de Nursing Now. Sean valientes e inténtenlo al menos. Posiblemente se den cuenta que ni duele, ni tiene efectos indeseables, más bien al contrario, puede ser una actitud muy saludable, tanto para ustedes como para la sociedad a la que dicen representar y no siempre hacen.

Pasen de su cinismo actual al cinismo nacido en la antigua Grecia. Cuna, por otra parte, de la democracia. Alguna relación debe tener.

Dejen de ver a las enfermeras como un problema que hay que asumir y empiecen a identificarnos, cuanto menos, como parte de la solución. No desdeñen de nuevo la oportunidad que se les presenta.