EL CUIDADO Y EL MODELO PRODUCTIVISTA

“Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.”

Charles Goodhart[1]

 

            Hay una pregunta que atraviesa hoy los sistemas de salud, las instituciones académicas, los espacios de gestión y los ámbitos de investigación, aunque pocas veces se formule de manera explícita: ¿para qué estamos organizando realmente nuestro trabajo? La respuesta parece evidente. Decimos que trabajamos para mejorar la salud, cuidar, enseñar mejor, generar conocimiento útil, gestionar recursos de manera justa y responder a las necesidades de las personas, las familias y las comunidades. Sin embargo, cuando observamos los mecanismos que ordenan nuestras agendas, distribuyen nuestros tiempos, evalúan nuestros resultados y reconocen nuestro desempeño, la respuesta se vuelve menos clara. Porque con demasiada frecuencia no se premia aquello que más contribuye a cuidar, sino aquello que mejor se deja contar.

            El problema no es medir. Sería absurdo negar la importancia de disponer de información rigurosa, indicadores válidos y sistemas de evaluación capaces de orientar decisiones. Ningún sistema complejo puede gestionarse desde la intuición, la improvisación o la buena voluntad. La cuestión es otra. El problema aparece cuando la medida deja de estar al servicio del sentido y termina sustituyéndolo. Cuando el indicador se convierte en finalidad. Cuando la actividad registrada desplaza a la experiencia vivida. Cuando la eficiencia se confunde con velocidad. Cuando la calidad se reduce a cumplimiento documental.

            Este desplazamiento responde a una cultura profundamente marcada por el productivismo. Una lógica nacida en contextos industriales y empresariales que ha terminado penetrando en instituciones cuya razón de ser no puede reducirse a producir más en menos tiempo. En salud, esta lógica se expresa en agendas saturadas, consultas comprimidas, objetivos de actividad, circuitos estandarizados, tiempos medios, contratos programa, rankings, publicaciones, proyectos captados, créditos impartidos, memorias cerradas y protocolos cumplidos.

            El cuidado exige algo más que actividad. Exige presencia, escucha, interpretación, deliberación, continuidad, vínculo, prudencia, competencia y capacidad para adaptar respuestas a situaciones concretas. Exige reconocer que una persona no es un episodio, una familia no es una variable, una comunidad no es un agregado estadístico. El cuidado no se opone a la eficiencia, pero sí cuestiona una eficiencia entendida exclusivamente como aceleración, productividad o reducción de costes. Una organización puede ser extraordinariamente eficaz produciendo actividad y, al mismo tiempo, profundamente ineficiente generando salud, equidad, aprendizaje significativo, conocimiento útil o bienestar profesional.

            La presión asistencial es quizá la expresión más visible de esta deriva, pero no la única. En los servicios de salud se ha normalizado una tensión permanente entre lo que las personas necesitan y lo que las agendas permiten. Se habla de accesibilidad, pero muchas veces se responde con disponibilidad fragmentada. Se habla de continuidad, pero se organizan circuitos que multiplican contactos sin garantizar vínculos. Se habla de humanización, pero se diseñan tiempos que apenas permiten mirar, escuchar o comprender. Se habla de calidad, pero se sobrecarga a los equipos con registros que frecuentemente documentan más de lo que transforman. La evidencia internacional viene alertando del impacto que tienen la sobrecarga laboral, el escaso control sobre el trabajo y los entornos organizativos deteriorados sobre la salud mental y el bienestar de quienes trabajan en los sistemas de salud[2]. Cuando quienes deben cuidar trabajan en condiciones que dificultan cuidar, el problema deja de ser individual para convertirse en organizativo, ético y político.

            Pero esta lógica atraviesa también la gestión. Gestionar debería significar crear condiciones para que el cuidado, la docencia, la investigación y la acción comunitaria puedan desplegarse con sentido. Sin embargo, demasiadas veces la gestión queda atrapada en la administración de escaseces, en el cumplimiento de objetivos numéricos, en la reducción de demoras visibles, en la contención presupuestaria inmediata o en la presentación de resultados políticamente comunicables. Así, lo que no aparece en el cuadro de mando tiende a perder importancia.

            También la docencia ha sido colonizada por esta cultura. Enseñar no consiste únicamente en impartir créditos, cubrir programas, superar verificaciones o producir evidencias para una agencia evaluadora. Sin embargo, cuando la universidad se organiza crecientemente bajo lógicas de rendimiento, acreditación, competitividad, rankings y producción curricular, el tiempo docente corre el riesgo de empobrecerse. La tutoría se convierte en carga. La innovación docente en formulario. La evaluación en procedimiento. La relación pedagógica en trámite. Y el profesorado aprende, muchas veces a la fuerza, que aquello que más transforma al estudiantado no siempre es lo que más puntúa en su carrera académica[3].

            Algo similar ocurre con la investigación. Investigar debería ser una forma rigurosa de ampliar la comprensión de los problemas, generar conocimiento situado, orientar decisiones y contribuir a mejorar la vida de las personas y comunidades. Pero el mandato productivista ha instalado una presión creciente por publicar, competir, captar financiación, acumular méritos y situarse en rankings. El riesgo no está en exigir calidad científica, sino en confundir calidad con velocidad, impacto bibliométrico con relevancia social, productividad con pensamiento y cantidad con contribución real. En este marco, las investigaciones lentas, participativas, comunitarias, cualitativas, orientadas al cuidado o centradas en procesos complejos pueden quedar infravaloradas frente a diseños más fácilmente publicables, medibles o rentables académicamente[4].

            La trampa, por tanto, no está en los indicadores, sino en su absolutización. Medir puede ayudar a ver, pero también puede enseñar a mirar solo aquello que se mide. Y cuando una organización mira únicamente lo que mide, termina modificando su realidad para adaptarla al indicador. Se atiende para registrar. Se registra para justificar. Se justifica para cumplir. Se cumple para mostrar.

            No todo lo importante produce evidencia rápida de actividad. Una conversación que evita una crisis futura, una escucha que reduce miedo y sufrimiento, una intervención comunitaria que fortalece redes vecinales. Todo ello transforma, aunque muchas veces apenas aparezca reflejado en los indicadores dominantes. Por eso determinados sistemas terminan privilegiando aquello que se puede contar fácilmente frente a aquello que verdaderamente sostiene la atención, el aprendizaje, la investigación y el cuidado.

            No es casual que la Atención Primaria y Comunitaria sufra especialmente estas tensiones. Su capacidad transformadora reside precisamente en elementos difíciles de cuantificar de manera simplista, tales como la longitudinalidad, el vínculo, la accesibilidad relacional, el conocimiento contextual, el trabajo interprofesional, la acción comunitaria, la prevención o la promoción de la salud. Pero las lógicas productivistas prefieren resultados rápidos, visibles y políticamente rentables. Y así, mientras se proclama discursivamente la importancia estratégica de la Atención Primaria y Comunitaria, se siguen utilizando mecanismos de evaluación y organización pensados para modelos episódicos, fragmentados y centrados en actividad inmediata[5].

            Existe, además, una dimensión ética pocas veces abordada con suficiente profundidad. Cuando el sistema obliga de manera persistente a trabajar por debajo de los estándares de cuidado que las enfermeras consideran adecuados, aparece sufrimiento moral. No se trata únicamente de cansancio o agotamiento. Se trata de la experiencia de saber qué sería necesario hacer y no poder hacerlo debido a limitaciones estructurales, priorizar registros sobre presencia, cumplir objetivos mientras se percibe que las personas necesitan otra cosa[6]. Este malestar no afecta solo a quienes trabajan directamente en atención. También aparece en docencia cuando el profesorado siente que dedica más tiempo a justificar actividad que a acompañar aprendizaje; en investigación cuando las dinámicas competitivas desplazan preguntas socialmente relevantes; y en gestión cuando se sostienen decisiones incompatibles con los discursos institucionales sobre humanización, bienestar o centralidad de las personas.

            Los protocolos nacieron, en gran medida, para proteger. Para disminuir errores, garantizar seguridad y ofrecer respuestas basadas en el mejor conocimiento disponible. Cuestionar su utilidad desde posiciones simplistas sería profundamente irresponsable. El problema no son los protocolos. El problema aparece cuando se convierten en sustitutos del pensamiento, de la deliberación profesional o de la comprensión contextual.

            Porque cuidar nunca ha sido únicamente aplicar procedimientos correctos. Cuidar implica interpretar situaciones humanas concretas atravesadas por condiciones sociales, culturales, emocionales y familiares que no siempre encajan en algoritmos predefinidos. Ninguna guía clínica puede anticipar completamente la complejidad de la vida real ni sustituir el juicio profesional. Sin embargo, el modelo productivista encuentra en la protocolización extrema una herramienta especialmente atractiva. Los procesos estandarizados facilitan organización, control, supervisión y medición. Permiten comparar resultados, estimar tiempos y reducir incertidumbre organizativa. Todo ello puede resultar útil. Pero también comporta riesgos cuando la lógica protocolaria termina imponiéndose sobre la lógica del cuidado.

            Uno de esos riesgos es la progresiva desresponsabilización reflexiva de los profesionales. Cuando el cumplimiento del protocolo se convierte en principal criterio de calidad, existe la tentación de identificar buena práctica con adhesión mecánica a procedimientos. El objetivo pasa entonces a ser “hacer correctamente lo previsto” más que comprender qué necesita realmente la persona, familia o comunidad concreta que tenemos delante[7]. La consecuencia es una paradoja cada vez más visible. Se habla de atención personalizada mientras se uniformizan respuestas. Se defiende autonomía profesional mientras aumentan controles y registros orientados al cumplimiento procedimental. Se insiste en la importancia del juicio clínico y del cuidado integral, pero se organizan entornos donde cada vez queda menos espacio para ejercerlos con profundidad.

            En Atención Primaria y Comunitaria esta tensión resulta especialmente evidente. Gran parte de su potencial reside precisamente en la capacidad de contextualizar, de conocer trayectorias vitales, interpretar dinámicas familiares, identificar determinantes sociales y morales, generar confianza longitudinal o trabajar con activos comunitarios. Actividades difícilmente reducibles a secuencias cerradas y que requieren flexibilidad, adaptación y tiempo relacional. Sin embargo, muchos modelos organizativos continúan intentando gestionar esta complejidad mediante herramientas pensadas para procesos lineales y fragmentados. Se multiplican registros, circuitos, escalas, checklists y formularios que pretenden garantizar calidad, pero que con frecuencia terminan colonizando el tiempo disponible para la relación y el cuidado. El profesional acaba dedicando más energía a demostrar que ha cuidado que a cuidar efectivamente[8].

            No se trata de idealizar un pasado sin protocolos ni sistemas de evaluación. Muchos avances en seguridad y calidad dependen precisamente de procesos estructurados y basados en evidencia. La cuestión es comprender que los protocolos deben estar al servicio del cuidado y no el cuidado subordinado a los protocolos. Que la calidad no se agota en el cumplimiento procedimental y que la seguridad también incluye dimensiones relacionales, emocionales y éticas frecuentemente invisibilizadas. Porque una atención técnicamente impecable puede resultar profundamente deficiente desde el punto de vista humano. Y esto no constituye una cuestión secundaria o sentimental. La evidencia muestra que la calidad de la comunicación, la continuidad relacional, la confianza y la participación de las personas influyen directamente en adherencia, satisfacción y resultados en salud[9].

            Sin embargo, el productivismo sanitario tiende a considerar estas dimensiones como elementos difíciles de gestionar porque introducen variabilidad, lentitud y complejidad. Escuchar, deliberar y trabajar comunitariamente requieren tiempo. Y el tiempo, dentro de modelos organizados prioritariamente para producir actividad cuantificable, se convierte en un recurso permanentemente amenazado.

            De ahí surge una contradicción cada vez más evidente. Mientras los discursos institucionales apelan constantemente a humanización, integralidad y atención centrada en las personas, las condiciones estructurales empujan en dirección contraria. No necesariamente por incompetencia o mala voluntad individual, sino porque el propio diseño organizativo prioriza otras cosas como velocidad, rotación, rendimiento inmediato y sostenibilidad entendida casi exclusivamente en términos contables. Esto explica también por qué muchas iniciativas de humanización terminan generando frustración entre profesionales. Porque se presentan como proyectos complementarios sin modificar realmente las estructuras que dificultan cuidar. Se promueven cursos de empatía mientras aumentan las agendas imposibles. Se habla de bienestar profesional mientras se intensifica la lógica de productividad permanente. Se insiste en la importancia del cuidado mientras este debe justificar continuamente su utilidad frente a indicadores de rendimiento inmediato.

            El resultado es profundamente injusto. Porque el cuidado corre el riesgo de convertirse en una responsabilidad exclusivamente individual, como si dependiera únicamente de la vocación, la actitud o la resiliencia de las enfermeras que trabajan en los sistemas de salud, educativos o científicos. Ninguna ética profesional, por sólida que sea, puede compensar de manera permanente organizaciones diseñadas desde lógicas incompatibles con el cuidado.

            Y ahí aparece la pregunta verdaderamente importante. No si debemos medir, evaluar, protocolizar o gestionar —porque evidentemente debemos hacerlo—, sino desde qué finalidad organizamos todo ello. Porque cuando el cuidado deja de ser el eje vertebrador del sistema y pasa a convertirse en un elemento periférico obligado a justificar permanentemente su rentabilidad, el riesgo no es únicamente perder humanización. El riesgo es empobrecer el propio sentido de la atención, de la docencia, de la investigación y de la gestión.

            Durante años se ha instalado además una idea especialmente peligrosa, considerar el cuidado como un elemento deseable, incluso éticamente valioso, pero secundario frente a aquello que supuestamente “produce resultados”. Como si cuidar fuese algo complementario que pudiera añadirse después de resolver lo importante. Sin embargo, el cuidado no constituye un añadido emocional o estético del sistema. Es precisamente aquello que permite conectar conocimiento, ciencia, técnica, relación y contexto para transformar realmente la experiencia de salud.

            Reducir el cuidado a una cuestión de actitud individual ha contribuido además a invisibilizar su enorme complejidad profesional, científica y organizativa. Requiere competencia técnica, pensamiento crítico, experiencia, deliberación ética, evidencia científica y capacidad relacional. Y todo ello necesita condiciones estructurales que lo hagan posible.

            La paradoja contemporánea es que nunca habíamos dispuesto de tantos avances científicos y tecnológicos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil sostener tiempos, espacios y condiciones para cuidar con sentido. La tecnología puede mejorar diagnósticos, facilitar comunicación, aumentar accesibilidad o apoyar decisiones clínicas. El problema aparece cuando se utiliza para intensificar ritmos productivos, aumentar controles o sustituir relaciones que siguen siendo esenciales. Porque ningún algoritmo puede reemplazar completamente la interpretación contextual, la presencia o el vínculo humano.

            Por eso el debate sobre el cuidado no pertenece únicamente al ámbito asistencial. Una sociedad obsesionada con producir, acelerar y competir termina trasladando inevitablemente esas mismas lógicas a sus instituciones sanitarias, educativas y científicas. Y cuando eso ocurre, el riesgo es que aquello más difícil de cuantificar —el vínculo, la confianza, la escucha, la reflexión o la comunidad— termine percibiéndose como improductivo.

            Sin embargo, probablemente sea precisamente ahí donde reside una parte esencial de la sostenibilidad futura de nuestros sistemas. Porque cuidar no representa un obstáculo para la eficiencia. Representa una forma distinta de entenderla. Una eficiencia que no se limite a producir más actividad en menos tiempo, sino que sea capaz de generar salud, bienestar, aprendizaje significativo, cohesión social y sentido profesional.

            Existe además otra dimensión menos visible de esta lógica productivista, como es la jerarquización implícita de aquello que el sistema considera verdaderamente rentable, relevante o prestigioso. Y esa jerarquía no afecta únicamente a procedimientos, tiempos o indicadores. Afecta también al tipo de enfermedad, de intervención y de práctica profesional que se valora social e institucionalmente.

            El modelo sanitario dominante continúa profundamente orientado hacia la enfermedad aguda, resolutiva y tecnológicamente intervenible. Aquella sobre la que pueden mostrarse resultados rápidos, mejoras inmediatas, altas, supervivencias o éxitos terapéuticos fácilmente comunicables. La lógica biologicista y medicalizada encuentra ahí un terreno especialmente favorable porque permite asociar intervención con curación, productividad con eficacia y actuación profesional con prestigio. Salvar vidas continúa ocupando el núcleo simbólico del reconocimiento sanitario[10].

            Sin embargo, otros procesos quedan situados en una posición mucho más incómoda dentro de esta cultura organizativa. La cronicidad, la dependencia, el sufrimiento persistente, la vulneración social consumen enormes cantidades de tiempo, recursos y energía profesional sin ofrecer, en muchas ocasiones, resoluciones rápidas ni narrativas de éxito fácilmente exhibibles. Su abordaje exige continuidad, acompañamiento, coordinación, deliberación y presencia sostenida. Es decir, exige cuidado[11].

            Algo similar ocurre con procesos como la eutanasia o la interrupción voluntaria del embarazo, donde el conflicto ya no gira únicamente alrededor de la técnica o la legalidad, sino también alrededor del significado cultural y moral atribuido a la intervención profesional. Porque determinados sectores continúan interpretando estas prácticas como amenazas simbólicas a un modelo construido históricamente alrededor de la idea de preservar vida a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia. En este contexto, determinadas convicciones religiosas o ideológicas pueden terminar actuando no solo como posicionamientos morales individuales, sino también como mecanismos que condicionan el acceso efectivo a derechos reconocidos legalmente, incluso cuando ello implique prolongar sufrimiento, desigualdad o desprotección[12].

            Frente a esta lógica, el cuidado introduce una mirada radicalmente distinta. Su valor no depende exclusivamente de curar, resolver o producir resultados inmediatos. El cuidado sitúa en el centro la dignidad, la autonomía, el acompañamiento, la calidad de vida y los derechos de las personas, incluso cuando no es posible curar, incluso cuando la enfermedad permanece, incluso cuando la decisión de la persona cuestiona determinadas concepciones morales o culturales.

            Tal vez por eso resulte cada vez más evidente que el problema no se resolverá añadiendo pequeños espacios de humanización dentro de estructuras organizadas para acelerar permanentemente. La cuestión pasa por revisar las prioridades que sostienen el modelo. Por decidir qué queremos medir y, sobre todo, qué estamos dejando de ver cuando solo miramos aquello que puede convertirse fácilmente en indicador.

            Porque cuando el tiempo para escuchar se considera improductivo, cuando la reflexión se interpreta como lentitud, cuando el vínculo aparece como un lujo organizativo y cuando cuidar debe justificar constantemente su rentabilidad, lo que empieza a deteriorarse no es únicamente la calidad de la atención. Es el propio sentido de los sistemas construidos, al menos teóricamente, para cuidar, enseñar, investigar y generar salud colectiva.

            Quizá por eso el verdadero debate no consista únicamente en cómo “encajar” el cuidado dentro del modelo actual, sino en aceptar que determinados modelos organizativos han sido diseñados desde prioridades incompatibles con él. Pero también en reconocer cómo esos mismos modelos intentan frecuentemente moldear, reorganizar o subordinar otras disciplinas para que se ajusten a la lógica dominante de producción asistencial, rentabilidad económica y prestigio biomédico. Una dinámica que termina empujando a profesiones con marcos competenciales propios hacia funciones crecientemente medicalizadas, episódicas y centradas en la enfermedad, incluso cuando ello supone debilitar dimensiones esenciales vinculadas a la promoción de la salud, la longitudinalidad, la acción comunitaria, la educación para la salud, el acompañamiento o el cuidado integral. Y mientras no se revise qué entendemos por eficiencia, calidad, productividad o éxito, seguiremos intentando resolver con discursos humanizadores problemas que son, en realidad, profundamente estructurales, culturales y políticos[13].

[1] Economista británico (1936).

[2] World Health Organization. Mental health and COVID-19: early evidence of the pandemic’s impact. Geneva: WHO; 2022.

[3] UNESCO. Reimagining our futures together: a new social contract for education. Paris: UNESCO; 2021.

[4] Gewin V. How to navigate the publish-or-perish culture. Nature. 2021;597(7875):261-3.

[5] Starfield B. Primary care: balancing health needs, services, and technology. Rev ed. New York: Oxford University Press; 2021.

[6] Epstein EG, Hamric AB. Moral distress, moral residue, and the crescendo effect. J Clin Ethics. 2023;34(1):13-22.

[7] Greenhalgh T, Papoutsi C. Studying complexity in health services research: desperately seeking an overdue paradigm shift. BMC Med. 2018;16(1):95.

[8] Sinsky CA, Brown RL, Stillman MJ, Linzer M. COVID-related stress and work intentions in a sample of US health care workers. Mayo Clin Proc Innov Qual Outcomes. 2021;5(6):1165-73.

[9] Mountz A, Bonds A, Mansfield B, Loyd J, Hyndman J, Walton-Roberts M, et al. For slow scholarship: a feminist politics of resistance through collective action in the neoliberal university. ACME. 2015;14(4):19235-59.

[10] Organización Panamericana de la Salud. La atención primaria de salud más necesaria que nunca. Washington DC: OPS; 2023.

[11] Timmermans S, Berg M. The gold standard: the challenge of evidence-based medicine and standardization in health care. Philadelphia: Temple University Press; 2003.

[12] Shanafelt TD, Dyrbye LN, West CP. Addressing physician burnout: the way forward. JAMA. 2021;325(9):901-2.

[13] Stewart M, Ryan BL, Bodea C. Is patient-centred care associated with lower diagnostic costs? Healthc Policy. 2011;6(4):27-31.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS Cuidar como fundamento de la dignidad humana

 

            Vivimos un tiempo marcado por la aceleración tecnológica, la expansión de la inteligencia artificial y una forma de vivir cada vez más centrada en lo inmediato, lo individual y lo utilitario, el valor del cuidado corre el riesgo de diluirse. No como acto puntual, sino como fundamento de la convivencia.

            Mientras la ciencia y la tecnología abren posibilidades inéditas, crecen también el cuestionamiento del conocimiento riguroso, la desconfianza hacia lo colectivo y la normalización de formas de relación basadas en la imposición, el desprecio o la indiferencia hacia quien es diferente. Se debilitan los vínculos, se endurecen los discursos y se tensiona el sentido mismo de la dignidad humana. En ese contexto, el cuidado no es una opción.

            Cuidar implica escuchar, acompañar, comprender, respetar. Implica reconocer al otro como legítimo, incluso —y especialmente— cuando es distinto o vulnerado. Supone construir espacios de encuentro donde el consenso sea posible y donde la diferencia no se convierta en amenaza. El cuidado es una forma de organizar la vida social, política y profesional.

            Cuando el cuidado se debilita, no solo se resienten las relaciones personales. Se resiente el tejido social en su conjunto.

            Por eso, las enfermeras representan la mejor forma de entender y prestar el cuidado. Su identidad se sustenta en un conocimiento científico sólido y en una competencia que integra la dimensión biológica, psicológica, social y contextual. Generan salud en sentido amplio, atendiendo a las condiciones de vida y a los entornos en los que las personas nacen, crecen, trabajan, se relacionan, envejecen y mueren.

            Cuando se cuestionan principios básicos como la universalidad de la atención, se rechaza y acosa al diferente o se banalizan situaciones de violencia y desigualdad, su aportación adquiere una relevancia especial. No desde el protagonismo o la exclusividad, ni desde la reivindicación corporativa, sino desde la práctica permanente de un cuidado profesional que responde con eficacia, calidad y calidez a necesidades cada vez más complejas.

            Porque el cuidado promociona la salud, como forma de vida. Pero también contribuye a prevenir y evitar, cuando es posible, la enfermedad, acompañando en los procesos de recuperación, facilitando la rehabilitación y reinserción y, sobre todo, contribuyendo a que las personas y las comunidades desarrollen capacidades para cuidar de sí mismas y de los demás.

            Ahí reside una de sus mayores fortalezas. En su capacidad para generar autonomía, para fortalecer, para transformar la relación entre las personas y su propia salud. Con ellas y para ellas, nunca a pesar de ellas.

            En un mundo donde el hedonismo convive con la frustración, donde la radicalización desplaza al diálogo y donde la inmediatez sustituye a la reflexión, el cuidado introduce un tiempo distinto. Un tiempo que no se puede comprimir sin perder sentido. Un tiempo que exige presencia, compromiso y responsabilidad.

            Frente a una lógica de eficacia entendida solo como rapidez o rendimiento, el cuidado aporta otra medida de valor. Aquella, que se expresa en bienestar, en dignidad, en calidad de vida. Aquella que no tiene listas de espera.

            Por eso, en el Día Internacional que se celebra cada 12 de mayo, hablar de enfermeras no debe ser un ejercicio de elogio circunstancial ni de reconocimiento puntual. Tampoco una acumulación de adjetivos grandilocuentes ni de homenajes efímeros. Es la oportunidad para entender qué representan y por qué su presencia y aportación debe ser reconocida y valorada. Sin alaracas, pero con convicción. Sin palabras huecas, pero con honestidad.

            Porque hacerlo, no es solo reconocer a un colectivo profesional. Es reconocer la centralidad del cuidado enfermero en una sociedad que, paradójicamente, lo necesita más que nunca. Es asumir que no hay salud posible sin cuidado y que no hay cuidado de calidad sin enfermeras formadas, comprometidas y presentes en todos los ámbitos donde la vida sucede.

            Porque las enfermeras cuidan en los sistemas de salud, pero también en las escuelas, en los domicilios, en las comunidades, en los espacios donde la vulnerabilidad se hace visible y donde, a menudo, nadie más llega.

            Y lo hacen sin distinción, sin seleccionar a quién merece o no ser cuidado. Esa es, quizá, una de las claves más relevantes en el momento actual. Cuando se introducen discursos que cuestionan la igualdad de derechos o que pretenden establecer categorías entre personas, el cuidado profesional enfermero se mantiene firme en el principio básico de que todas las personas merecen ser cuidadas. Sin excepciones.

            Celebrar el Día Internacional de las Enfermeras, es mirarnos como sociedad y preguntarnos qué lugar ocupa el cuidado en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra forma de relacionarnos. Porque esta será la mejor manera de celebrar que contamos con enfermeras. Porque nada puede sustituir al cuidado. Y nadie puede vivir sin él.

            En ese equilibrio entre ciencia y humanidad, entre conocimiento y compromiso, entre técnica y relación, las enfermeras no solo están presentes, son, sencillamente, insustituibles.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS   Lo que los silencios ocultan y las palabras descubren

“No basta con estar ocupado; también lo están las hormigas. La cuestión es: ¿en qué estamos ocupados?”

Florence Nightingale[1]

            Hay celebraciones que se repiten cada año sin que nos detengamos a pensar qué significan realmente. Días que pasan por el calendario envueltos en mensajes previsibles, reconocimientos apresurados y palabras que, de tanto repetirse, acaban perdiendo fuerza. El Día Internacional de las Enfermeras corre ese riesgo.

            Porque no se trata de celebrar una palabra, ni una disciplina, ni una etiqueta profesional. No se celebra la Enfermería como concepto abstracto, sino a las enfermeras como profesionales que, desde el conocimiento, la experiencia y el compromiso, sostienen el cuidado allí donde la vida sucede.

            Y, sin embargo, a pesar de su presencia constante, su aportación sigue siendo, en gran medida, invisible o malinterpretada. Se da por hecho que están, pero no siempre se comprende qué hacen realmente ni por qué son imprescindibles. Persisten ideas simplificadas que las sitúan en un plano secundario, como complemento de otros saberes considerados centrales, o se reduce su papel a una mezcla difusa de técnica y amabilidad que no alcanza a reflejar la complejidad de su práctica.

            En un momento en el que la salud se sigue asociando de manera casi automática a diagnósticos y tratamientos, y en el que el valor del cuidado queda con frecuencia diluido frente a lo que se prescribe o se mide, resulta necesario detenerse y mirar de otra manera. Entender que el cuidado no es un añadido, ni un gesto accesorio, sino una respuesta esencial a muchas de las situaciones que condicionan la vida de las personas y que no siempre encuentran solución en un fármaco o en una prueba.

            Tal vez por eso tiene sentido, más que celebrar, preguntarse. Y hacerlo desde la experiencia cotidiana, desde lo cercano, desde aquello que, sin hacer ruido, sostiene buena parte de lo que entendemos por salud.

            Lo que sigue no es una explicación. Es una conversación. Una conversación entre una enfermera y una mujer, no una paciente, a la que atiende en la consulta de un centro de salud. Una conversación que transcurre en un espacio de confianza y cercanía, pero también de sinceridad, de dudas, de certezas que se cuestionan, de ideas que se desarman y se reconstruyen. Una conversación en la que caben tanto el reconocimiento como la crítica. Y en la que, quizá, se entienda mejor por qué tiene sentido hablar —y no solo celebrar— a las enfermeras en el día internacional que las nombra.

            Ana tiene una visita concertada con su enfermera de referencia, Laia. Acude a su consulta y, tras llamar a la puerta, entra.

 

—Laia, he visto en un cartel del tablón de anuncios que, dentro de poco, es el Día Internacional de la Enfermería —dijo Ana al entrar, con esa familiaridad tranquila que dan el tiempo y la confianza—. No sé muy bien qué se celebra.

Laia dejó lo que estaba haciendo y centró la atención en ella, como hacía siempre.

—No celebramos el día de la Enfermería —respondió con naturalidad—. Celebramos el de las enfermeras.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Y no es lo mismo?

—No. Y que se confunda no es un detalle menor.

No había tensión, pero sí un interés sincero. Ana sabía que con Laia las respuestas no eran automáticas, pero sí claras.

—¿Me lo puedes explicar? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante.

—Hay dos personas que me han avisado de que no podían venir, por lo que tengo tiempo para hacerlo con mucho gusto Ana.

—La Enfermería es la disciplina. El conocimiento, el marco que nos permite comprender y actuar. Pero quien cuida, quien decide, quien asume la responsabilidad… somos las enfermeras. La Enfermería, por sí sola, no hace nada.

Ana asintió despacio.

—Nunca lo había pensado así.

—Porque solemos hablar en abstracto —continuó Laia—. Decimos “la Enfermería hace”, “la Enfermería decide”… y no. Somos nosotras. Para bien y para mal.

Ana mantuvo la mirada, sin incomodidad, pero con interés.

—¿También para mal?

—Claro —respondió sin dramatismo—. Cuando cuidamos bien, fortalecemos la Enfermería. Cuando no lo hacemos, también la definimos. No existe al margen de quienes la ejercemos.

Ana dejó pasar unos segundos antes de seguir.

—Entonces… ¿el día internacional es una forma de reconocer vuestro trabajo?

—Si se queda solo en eso, se queda corto.

—¿Por qué?

Laia no respondió de inmediato. No buscaba convencer, sino hacer pensar.

—Porque no se trata de reconocernos —dijo finalmente—. Se trata de entender por qué existimos y qué papel tenemos en la vida de las personas.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Y cuál es ese papel?

Laia sostuvo su mirada con serenidad.

—Cuidar. Pero no en el sentido en el que normalmente se entiende.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Entonces, ¿qué es cuidar de verdad?

—Cuidar es intervenir en la vida de las personas con conocimiento, con intención y con responsabilidad para que puedan vivir mejor. Incluso cuando no se pueden curar.

Ana dudó un instante.

—¿Incluso cuando no hay enfermedad?

Laia negó suavemente.

—Sobre todo cuando no hay enfermedad.

Ana permaneció en silencio unos segundos, como si necesitara recolocar lo que acababa de escuchar.

—Entonces… —dijo finalmente— ¿las enfermeras no estáis para cuando la gente se pone enferma?

Laia esbozó una leve sonrisa, no de corrección, sino de comprensión.

—Estamos también para eso. Pero si nos quedamos ahí, nos quedamos en una parte muy pequeña de lo que somos.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿Pequeña? Desde fuera parece lo principal.

—Porque hemos aprendido a mirar la salud desde la enfermedad —respondió Laia con calma—. Todo gira en torno a ella: los recursos, la organización, incluso la manera de entender a las personas. Pero la vida no empieza cuando aparece un diagnóstico, ni se detiene cuando desaparece.

Ana asintió despacio.

—Tiene sentido… pero no sé si lo había pensado así.

—Es lógico —continuó Laia—. Se nos ha enseñado a asociar salud con no estar enfermo. Y no es lo mismo. Hay personas que, sin enfermedad, necesitan cuidados para vivir mejor. Y hay personas con enfermedad que pueden tener salud en muchos aspectos de su vida.

Ana levantó la mirada, interesada.

—Eso cambia bastante las cosas.

—Lo cambia todo —respondió Laia—. Porque entonces el cuidado deja de ser una respuesta puntual y pasa a ser una forma de estar en la vida de las personas.

—¿En qué sentido?

—En todos. En cómo se alimentan, en cómo descansan, en cómo afrontan lo que les pasa, en cómo se relacionan, en las condiciones en las que viven, trabajan o crían a sus hijos. En cómo toman decisiones que afectan a su salud, incluso sin darse cuenta.

Ana apoyó los codos sobre las rodillas.

—Entonces no es solo lo que pasa dentro del cuerpo…

—Exacto. Es lo que pasa en la vida —afirmó Laia—. Por eso hablamos de personas, de familias, de comunidades. Porque nadie vive aislado. Y lo que rodea a cada persona influye tanto o más que lo que le ocurre biológicamente.

Laia hizo una breve pausa antes de añadir:

—¿Por qué te crees que somos enfermeras comunitarias?

Ana la miró, ahora con una atención distinta.

—No sé, la verdad, nunca había reparado en ello. Será porque estáis en la comunidad, supongo ¿no?

—Por eso y por lo que implica —continuó Laia—. No estamos aquí solo para atender problemas concretos, sino para entender cómo vive la gente, qué le condiciona, qué le ayuda y qué le limita. El cuidado no se puede separar del contexto. Si lo hacemos, dejamos de comprender a la persona.

Hizo una breve pausa antes de continuar, manteniendo la mirada de Ana.

—Mira, en tu caso, por ejemplo. Para mí es importante saber dónde vives, con quién, cómo es tu día a día, en qué trabajas, qué apoyos tienes cerca… No es curiosidad. Es necesario para entender qué te está pasando y cómo puedo ayudarte mejor.

Ana bajó ligeramente la mirada, como si repasara mentalmente las veces que Laia le había preguntado por esas cosas sin que ella les diera demasiada importancia.

—No es lo mismo hablar sobre descanso, si sé que cuidas de tu madre por las noches, o hablar de alimentación sin tener en cuenta tus horarios de trabajo. Tampoco es igual abordar un problema de salud si sé que cuentas con apoyo o si estás sola. Todo eso forma parte del cuidado.

Ana asintió lentamente, esta vez sin prisa.

—Yo pensaba… —empezó a decir, dudando un instante— que todo eso era más bien… complementario. Como algo que ayudaba, pero que no era lo importante.

Laia no corrigió de inmediato.

—Es una idea bastante extendida —respondió—. Durante mucho tiempo se ha entendido así. Como si el cuidado fuera un añadido a lo que realmente importa.

Ana levantó la mirada.

—Sí… como si lo importante fuera lo que hace el médico, y lo vuestro fuera más… apoyo.

No había desdén en sus palabras, pero sí una honestidad que dejaba ver una forma de pensar arraigada.

Laia asintió, sin incomodidad.

—Y sin embargo —añadió Laia—, muchas de las cosas que realmente influyen en cómo vives tu salud no tienen que ver con una prueba, ni con un diagnóstico, ni con un tratamiento puntual. Tienen que ver con cómo afrontas lo que te pasa, con las decisiones que tomas cada día, con el entorno en el que estás.

Hizo una breve pausa, sin apartar la mirada.

—Mira tu caso, Ana. El cuidado de tu madre.

Ana se tensó ligeramente, aunque no apartó la mirada.

—No es solo lo que haces por ella —continuó Laia—. Es cómo lo estás viviendo tú. Cómo te organizas, cómo descansas —o no descansas—, cómo gestionas el cansancio, la culpa cuando sientes que no llegas a todo, el impacto que tiene en tu trabajo, en tu vida personal… Todo eso también es salud.

Ana bajó la mirada unos segundos.

—Nunca lo había pensado así… —murmuró.

—Y, sin embargo, condiciona mucho más tu bienestar que muchas de las cosas que solemos medir —añadió Laia—. Si tú no estás bien, si te sobrecargas, si no tienes apoyo suficiente, no solo te afecta a ti. Afecta también a cómo cuidas a tu madre.

Ana asintió despacio, visiblemente más implicada.

—A veces siento que voy tirando… sin más.

—Y ahí es donde el cuidado deja de ser algo “complementario” —dijo Laia con serenidad—. Porque acompañarte a ti en ese proceso, ayudarte a encontrar apoyos, a organizarte, a cuidarte mientras cuidas… no es secundario. Es esencial.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—A mí no me preocupa el cuidado que le das a tu madre, Ana. Sé que la estás cuidando bien. Muy bien. Probablemente mejor de lo que yo misma podría hacerlo en tu lugar.

Ana levantó la mirada, sorprendida.

—Lo que me preocupa eres tú —continuó Laia—. Cómo estás sosteniendo todo esto. Tu cansancio, tu tiempo, tus necesidades, lo que dejas de hacer por ti, cómo están cambiando tus relaciones, tu vida… Incluso cómo te estás viendo a ti misma en medio de todo esto.

Ana no respondió. Escuchaba.

—Porque si tú te desgastas, si te aíslas, si te olvidas de ti —añadió con calma—, no solo te afecta a ti. También afecta al cuidado que das. Y eso es lo que intento cuidar cuando hablamos.

Ana respiró hondo, como si algo encajara.

—Nunca lo identifiqué así —dijo despacio—. Pensaba que tu interés era simplemente una forma de relacionarnos, una cortesía, algo más personal… no una parte de la atención que me estabas prestando.

Laia asintió levemente, sin sorpresa.

—Es lógico que lo percibas así —respondió—. Porque el cuidado, cuando se hace bien, no invade ni se impone.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero precisamente por eso requiere proximidad. No se trata de dictar lo que tienes que hacer ni de imponer decisiones. Se trata de estar, de escuchar, de acompañar… con intención y con criterio.

Ana la observaba con atención sostenida.

—El cuidado no se construye desde la distancia —añadió Laia—, pero tampoco desde la improvisación. Requiere conocimiento, experiencia y competencias para hacerlo sin que se perciba como una orden o una prescripción.

—Entonces no es algo espontáneo…

—No —respondió con claridad—. Puede parecerlo, pero no lo es. Se construye. Se piensa. Se adapta a cada persona, a cada momento. Y se hace con rigor, aunque no siempre se vea como tal.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo había entendido así…

—Por eso tiene sentido explicarlo —concluyó Laia—. Porque muchas veces el cuidado más importante es el que no se reconoce como tal.

Laia asintió, sin dramatismo.

—Lo es. Y mucho. Cuidarte a ti forma parte del cuidado de tu madre, de tu familia… y de tu propia vida. Y eso, para mí como enfermera, es tan importante como cualquier otro aspecto de la atención.

—Pero eso es muy amplio… ¿de verdad podéis abarcar todo eso?

Laia no esquivó la pregunta.

—No siempre como deberíamos. Y ahí también hay una parte crítica que no podemos ignorar. A veces el sistema empuja a simplificar, a reducir el cuidado a tareas, a tiempos medidos, a respuestas rápidas. Y eso empobrece lo que hacemos.

Ana la miró con atención.

—¿Y entonces?

—Entonces hay dos opciones —respondió Laia con serenidad—. Adaptarse sin más o intentar mantener el sentido de lo que hacemos, incluso en condiciones que no siempre son las mejores.

—¿Y eso depende de cada enfermera?

—En gran parte, sí. Porque, aunque trabajamos en sistemas que condicionan, cada decisión que tomamos tiene un impacto. Podemos mirar solo lo urgente o intentar entender también lo importante.

Ana dejó escapar un leve suspiro.

—No debe ser fácil.

—No lo es —admitió Laia—. Pero precisamente por eso tiene sentido hablar del día internacional. No para idealizar lo que hacemos, sino para recordar lo que no deberíamos dejar de hacer.

Ana asintió lentamente.

—Empiezo a entender que no es solo una celebración.

—No lo es —respondió Laia—. Es, o debería ser, una llamada de atención. También para nosotras.

Ana la miró fijamente.

—Entonces el día internacional… también sirve para eso.

—Debería —respondió Laia—. No para felicitarnos, sino para mirarnos con honestidad.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, distinta a las anteriores, pero aún con dudas.

—Pero al final… —añadió— lo importante sigue siendo el diagnóstico, ¿no? Saber lo que tienes y poner un tratamiento.

Laia no respondió de inmediato.

Puede ser importante, por supuesto, pero no siempre es lo más importante.

Ana frunció el ceño.

—Es lo que siempre se ha entendido como lo principal.

—Claro —asintió Laia—. Porque es lo más visible. Un diagnóstico pone nombre a lo que pasa y un tratamiento parece dar una respuesta clara. Pero muchas veces, lo que realmente condiciona cómo vives ese problema de salud no se resuelve con eso o solo con eso.

Ana permaneció en silencio.

—Piensa en ti otra vez —continuó—. Saber que tu madre tiene Alzheimer es importante. Pero ese diagnóstico no te dice cómo afrontar el día a día, ni cómo organizarte, ni cómo sostener emocionalmente lo que supone. Y ningún medicamento resuelve eso por sí solo.

Ana asintió lentamente.

—Es verdad…

—Ahí es donde el cuidado actúa como respuesta terapéutica —añadió Laia—. Aunque muchas veces no se reconozca como tal. Porque no siempre se mide, ni se receta, ni se ve de forma inmediata.

Ana levantó ligeramente las cejas.

—Pero vosotras también recetáis, ¿no?

Laia esbozó una leve sonrisa.

—Yo prefiero decir que indicamos.

Ana la miró, esperando que continuara.

—Nuestra competencia principal es el cuidado —explicó—. Y, en algunos casos, podemos complementarlo con respuestas farmacológicas que tenemos capacidad para indicar. Pero no es al revés.

Hizo una breve pausa.

—No supeditamos el cuidado a un medicamento. El medicamento, si es necesario, se integra dentro del cuidado.

Ana sostuvo su mirada.

—¿Me explico, Ana?

Ella asintió despacio.

—Sí… Creo que sí que lo entiendo.

—El problema —añadió Laia— es que socialmente se ha dado más valor a lo que se prescribe que al cuidado. Y eso hace que muchas respuestas que realmente mejoran la vida de las personas pasen desapercibidas.

Ana dejó escapar un suspiro suave.

—Supongo que porque no son tan visibles…

—Ni tan inmediatas —concluyó Laia—. Pero no por eso son menos importantes. A veces, son las que marcan la diferencia de verdad.

Ana permaneció unos segundos en silencio. Ya no parecía buscar una respuesta inmediata, sino ordenar y asimilar lo que estaba oyendo.

—Nunca había pensado que todo eso formara parte de vuestro trabajo —dijo finalmente.

Laia asintió con suavidad.

—Porque muchas de esas cosas no se nombran —respondió—. O se dan por hechas. Pero el cuidado profesional no es algo improvisado. Se sustenta en conocimiento, en investigación, en experiencia acumulada.

Ana la miró con interés renovado.

—¿Investigación también?

—Claro —afirmó Laia—. Necesitamos generar conocimiento propio para saber qué cuidados funcionan mejor, en qué situaciones, con qué personas. No basta con hacer. Hay que entender por qué se hace y qué impacto tiene.

Ana asintió lentamente.

—Nunca lo había relacionado con ciencia…

Laia mantuvo la mirada, con serenidad.

—Porque todavía existe la idea equivocada de que la investigación es solo la que se hace en un laboratorio, con un microscopio, probetas y reactivos.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Sí… es lo primero que me viene a la cabeza.

—Si fuera así —continuó Laia—, los historiadores, las traductoras o las lingüistas tampoco investigarían. Y lo hacen.

Ana asintió, ahora con más claridad.

—La investigación del cuidado es diferente —añadió—. Es una investigación de, con y para las personas. No necesita laboratorios, sino espacios de relación, de escucha y de proximidad. Ahí es donde recogemos lo que la gente espera, necesita o demanda.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Te encaja más o te genera más dudas, Ana?

Ana negó suavemente.

—No… me encaja. Me hace replantearme muchas cosas.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia asintió levemente.

—Tampoco se suele saber que las enfermeras nos formamos en la universidad —añadió—. Y que muchas continuamos formándonos durante años.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Te refieres a especialidades?

—También —respondió Laia—. Pero no solo. Hay enfermeras especialistas, como es mi caso, y también enfermeras doctoras.

Ana la miró con cierta sorpresa.

—¿Doctoras? No lo sabía…

—Porque no siempre se visibiliza —dijo con calma—. Yo misma soy doctora. Y no es algo que nos haya regalado nadie. Es el resultado de años de estudio, de investigación, de compromiso y de mucho trabajo.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo habría imaginado…

—Y, sin embargo, está ahí —continuó Laia—. Gracias, además, a muchas enfermeras que antes lucharon para que pudiéramos formarnos así. Para que la Enfermería fuera también universidad, ciencia, conocimiento propio.

Hizo una breve pausa.

—Pero, es lo que realmente marca la diferencia.

—No necesitamos poner títulos delante del nombre para que eso sea cierto. Y el hecho de no hacerlo no significa que no lo seamos. De la misma manera que el hecho de ponerlo no siempre lo garantiza.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, pero sin ironía.

—Entiendo…

—Lo importante —concluyó Laia— no es cómo se nombra, sino lo que se es y cómo se ejerce.

Ana asintió, ahora con otra expresión.

—Entonces… no sois solo una profesión práctica.

—Nunca lo ha sido —respondió Laia—. Otra cosa es cómo se ha querido ver y hacer ver.

Ana no se quedó ahí.

—Pero vosotras realizáis muchas técnicas —añadió—. Extracciones, curas, sondajes… Entonces, ¿esa parte no forma parte del cuidado?

Laia asintió, sin dudar.

—Claro que forma parte.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—La técnica también es cuidado. Pero no es el cuidado en sí.

Ana frunció ligeramente el ceño, intentando matizar la idea.

—¿En qué sentido?

—En que una técnica puede hacerse de muchas maneras —explicó Laia—. Puede ser correcta desde el punto de vista técnico, pero no necesariamente estar bien cuidada la persona a la que se le realiza.

Ana guardó silencio, atenta.

—No es lo mismo hacer una cura sin más que hacerla teniendo en cuenta a la persona a la que se le hace. Cómo está, lo que le preocupa, cómo lo está viviendo, si entiendelo que está pasando o si necesita algo más en ese momento.

—Entonces la diferencia no está solo en lo que hacéis…

—Sino en cómo y para qué se hace —completó Laia—. La técnica es una herramienta. El cuidado es lo que le da sentido.

Ana asintió lentamente.

—Creo que siempre lo había visto al revés…

—Es lo habitual —respondió Laia—. Se identifica a las enfermeras con lo que se ve, la técnica. Pero lo más importante muchas veces no se ve.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas, pensativa.

—Entonces… ser enfermera es mucho más de lo que parece desde fuera.

Laia sostuvo su mirada.

—Es una forma de estar en la vida de los demás con responsabilidad. Con conocimiento. Y con un compromiso que no depende de a quién tengas delante.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que el cuidado no distingue —respondió Laia—. No debería hacerlo. No elegimos a quién cuidar en función de lo que es, de lo que tiene o de lo que piensa. Cuidamos porque todas las personas importan.

Ana asintió, esta vez sin dudas.

—Eso… ahora mismo no siempre se ve fuera.

—Por eso es importante sostenerlo —añadió Laia—. Incluso cuando no es lo más fácil.

Hubo un breve silencio, distinto a los anteriores. Más sereno.

—Entonces —dijo Ana—, el Día Internacional de las Enfermeras no es solo para felicitaros.

Laia esbozó una leve sonrisa.

—No debería serlo.

Ana respiró hondo, como quien llega a una conclusión propia.

—Es para entender lo que hacéis… y lo que significa.

Laia no respondió de inmediato. No hacía falta.

—Y también —añadió Ana— para no darlo por hecho.

Laia asintió.

—Eso es.

Ana guardó silencio. Esta vez no era un silencio de duda, sino de reconocimiento.

Se levantó despacio.

—Laia… —dijo antes de dirigirse a la puerta—. Creo que hasta ahora no había entendido lo que hacéis.

Laia no respondió de inmediato.

—Ni lo que significa —añadió Ana, casi en voz baja.

Laia asintió levemente.

—No pasa nada —dijo—. Lo importante es que ahora lo ves.

Ana sostuvo la mirada unos segundos más.

—Supongo que por eso existe ese día.

Laia no sonrió.

—Existe porque, si no, se olvida.

Ana abrió la puerta, pero se detuvo un instante.

—Y no deberíamos olvidarlo.

—No —respondió Laia—. Porque cuando el cuidado se olvida, se nota.

Ana no preguntó cómo.

No hacía falta.

Salió en silencio.

Esta vez, con algo más que una respuesta.

[1] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea (1820-1910). El Día internacional de las enfermeras se celebra coincidiendo con la fecha de su nacimiento el 12 de mayo.  

EGOANTROPOCENTRISMO Como luchar contra la estupidez

En marzo de 2024, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas decidió no formalizar el Antropoceno como una época geológica oficial. Sin embargo, más allá de la nomenclatura, el concepto sigue siendo imprescindible para entender el tiempo que habitamos, una era definida por el impacto de la especie humana sobre el planeta.

            Pero el problema no es tanto si el Antropoceno merece o no reconocimiento formal, sino qué estamos dispuestos a reconocer de nosotros mismos.

            Porque el impacto humano sobre la Tierra no se limita a la degradación ambiental. No es solo la alteración de la atmósfera, la acidificación de los océanos o la extinción masiva de especies —la sexta ya en la historia del planeta—. Es también, y de manera cada vez más evidente, el impacto de una parte de la humanidad sobre el resto de la propia humanidad.

            No estamos únicamente ante un fenómeno antropocéntrico global. Sería demasiado cómodo pensarlo así, como si todos fuéramos igualmente responsables. Lo que estamos viviendo tiene otra dimensión más inquietante como la acción de una minoría que, desde posiciones de poder, está imponiendo una lógica que podríamos denominar —sin pretensión científica— egoantropocéntrica. Una lógica que no solo depreda el planeta, sino que actúa directamente contra la diversidad humana, contra la convivencia y contra la propia idea de humanidad compartida.

            Las señales son cada vez más visibles. Las políticas migratorias que vinculan movilidad con criminalidad. La estigmatización de culturas y creencias enteras bajo la sombra del terrorismo. La negación de la diversidad sexual y su progresiva criminalización. La construcción de un concepto de patria excluyente, uniforme, homogéneo. La banalización o negación de violencias estructurales como la de género. El resurgir de discursos misóginos y antifeministas que creíamos superados. El uso sistemático de mensajes populistas, simplificadores y emocionalmente manipuladores que sustituyen el pensamiento por consignas. Nada de esto es nuevo. Lo inquietante es su normalización.

            Y ahí es donde aparece un elemento clave para entender lo que está ocurriendo: la estupidez humana. No como insulto, sino como categoría moral y política. Tal como describió Dietrich Bonhoeffer, la estupidez no es falta de inteligencia, sino renunciar a pensar. Es la decisión —consciente o no— de delegar el propio juicio en un líder, en un grupo, en una ideología, en un eslogan.

            El estúpido, en este sentido, no es quien no sabe, sino quien ha decidido no querer saber por sí mismo. Y eso lo convierte en algo mucho más peligroso que la ignorancia. Porque al ignorante se le puede convencer con argumentos. Al estúpido no. Ha sustituido su razón por la de otro, y desde ese momento ya no hay diálogo posible. No contrasta, no cuestiona, no duda. Cree. Y en esa creencia se siente parte de algo superior, de algo correcto, de algo que justifica cualquier acción. Por eso la estupidez es el instrumento perfecto del poder.

            Quienes toman decisiones que deterioran el planeta, que alimentan conflictos, que promueven la exclusión o la desigualdad, no actúan solos. Necesitan de una masa que legitime, que aplauda, que repita. Y esa masa no siempre es consciente de lo que está respaldando. Defiende con vehemencia ideas que no ha pensado, posiciones que no ha analizado, discursos que no le pertenecen o que incluso van en su contra.

            No estamos ante una distopía. Estamos ante una realidad que avanza. Una realidad en la que la destrucción del entorno y la degradación de la convivencia humana caminan de la mano. En la que el negacionismo no es solo una postura intelectual, sino una herramienta de dominación. En la que la evidencia científica, los datos, los argumentos, pierden valor frente a la emoción, el miedo o la identidad grupal.

            Pero, tal vez, lo peor es que la estupidez no se corrige con educación, ni con más información, ni con mejores argumentos. Porque no es un problema de conocimiento, sino de decisión. La decisión de pensar.

            Pensar por uno mismo es incómodo. Obliga a cuestionar, a dudar, a aceptar la incertidumbre. A veces implica enfrentarse al propio entorno, salirse del grupo, asumir el coste de no encajar. Pensar es, en cierto modo, un acto de riesgo.

            Pero no pensar lo es mucho más. Porque la renuncia al pensamiento propio no solo empobrece al individuo. Tiene consecuencias colectivas. Permite que prosperen modelos sociales excluyentes, políticas injustas y decisiones que comprometen el futuro común. Alimenta ese egoantropocentrismo que no solo destruye el planeta, sino que erosiona la base misma de la convivencia humana.

            Posiblemente el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo mucho tan básico y al mismo tiempo tan complejo como la capacidad de pensar de manera autónoma.

            Finalmente, no se trata tanto de etiquetas geológicas o debates académicos. Porque lo que está en juego no es cómo llamamos a esta era, sino qué tipo de humanidad decidimos ser en ella.

LA SALUD PÚBLICA COMO ARMA POLÍTICA

            La situación generada por el hantavirus en un crucero holandés está siendo utilizada, una vez más, como arma política. Y más allá del debate partidista, de las tertulias aceleradas y de la necesidad permanente de algunos de convertir cualquier circunstancia en un campo de batalla ideológico, conviene no perder de vista lo verdaderamente importante: estamos ante un problema de Salud Pública.

            Los problemas de Salud Pública no se gestionan desde el ruido, el cálculo electoral o la ocurrencia. Se gestionan desde la evidencia científica, los protocolos internacionales y la coordinación entre organismos competentes. Es decir, desde el conocimiento técnico y la experiencia acumulada por instituciones como la Organización Mundial de la Salud y el propio Ministerio de Sanidad, responsable de activar y coordinar las actuaciones correspondientes en este tipo de situaciones.

            No se trata de opiniones. Ni de intuiciones. Ni de relatos interesados.

            Sin embargo, lo que debería afrontarse con prudencia y rigor se está convirtiendo deliberadamente en un espectáculo político. Solicitar el cese de la ministra de Sanidad, amenazar con denuncias judiciales por la llegada del crucero a Canarias o cuestionar las medidas de cuarentena adoptadas no responde a un análisis epidemiológico serio. Responde a una estrategia de desgaste que necesita convertir cualquier situación compleja en una crisis política permanente.

            Pero en esta ocasión se ha dado un paso más preocupante todavía. Porque ya no se trata únicamente de exagerar riesgos o cuestionar decisiones concretas. Se está intentando instalar la idea de que el brote responde a una maniobra diseñada por el Gobierno para desviar la atención de sus problemas políticos y de los casos de corrupción que le afectan. Es decir, se está sugiriendo que una alerta sanitaria internacional puede formar parte de una especie de montaje político deliberado.

            Y ahí es donde la irresponsabilidad alcanza niveles especialmente graves.

            Porque convertir un problema sanitario en una teoría conspirativa no solo degrada el debate público. También alimenta la desconfianza social, favorece la desinformación y erosiona la credibilidad de las instituciones encargadas de proteger la salud colectiva. Exactamente el mismo terreno sobre el que crecieron durante la pandemia los bulos, el negacionismo y los discursos pseudocientíficos que tanto daño hicieron.

            Mientras tanto, los especialistas insisten en algo mucho más simple y mucho menos espectacular como que las medidas adoptadas se ajustan a los protocolos internacionales previstos para este tipo de situaciones. Evaluar riesgos, contener posibles contagios, actuar con cautela e informar progresivamente conforme se dispone de más datos. Ni más ni menos.

            En Salud Pública existe el principio básico que demasiadas veces se olvida de que la percepción del riesgo puede llegar a ser tan importante como el propio riesgo. Además de no olvidar nunca que el riesgo cero, no existe. Cuando se magnifican amenazas sin evidencia suficiente, cuando se lanzan acusaciones sin pruebas o cuando se banaliza una alerta sanitaria para obtener rédito político, lo que se genera no es protección ciudadana, sino miedo, confusión y polarización.

            Y una población confundida es siempre una población más vulnerable.

            La crítica política, por supuesto, forma parte de cualquier democracia sana. Lo preocupante es cuando esa crítica deja de apoyarse en hechos verificables y pasa a construirse desde la sospecha permanente, la exageración o directamente la mentira. Porque entonces deja de ser control democrático para convertirse en un mecanismo de intoxicación social.

            Resulta inevitable recordar lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19. Entonces también se cuestionaron medidas de protección, se judicializaron decisiones sanitarias y se alimentaron discursos que presentaban las restricciones como ataques deliberados a la libertad. Con el tiempo, muchas de aquellas actuaciones —incluidos confinamientos y campañas de vacunación— demostraron haber sido esenciales para salvar miles de vidas. Pero el desgaste institucional y la fractura social ya estaban hechos.

            La experiencia reciente debería haber enseñado que en situaciones de incertidumbre sanitaria, la prudencia es una obligación política y ética. No todo vale. No puede valer todo.

            Utilizar la Salud Pública como instrumento de confrontación partidista tiene consecuencias. Se deteriora la confianza en el sistema sanitario. Se cuestiona el trabajo de profesionales y expertos. Se traslada una sensación de descontrol que no se corresponde con la realidad. Y se dificulta la gestión técnica de cualquier crisis, ya que cada decisión queda sometida inmediatamente al espectáculo de la polarización y al tribunal de la agitación política.

            Las medidas adoptadas pueden debatirse, analizarse e incluso criticarse. Lo que no resulta aceptable es convertir una alerta sanitaria en una fábrica de sospechas diseñada para erosionar al adversario político a cualquier precio.

            Porque cuando la Salud Pública se convierte en munición ideológica, lo que termina deteriorándose no es solo el debate político. Lo que se debilita es algo mucho más importante como la confianza colectiva.

            Y sin confianza, ningún sistema de salud puede proteger adecuadamente a su población de los riesgos que situaciones como esta provocan y que exigen una visión de Estado y una responsabilidad ética que lamentablemente brillan por su ausencia.

¿ESTAMOS CUIDANDO O CUMPLIENDO?

“No basta con hacer cosas, hay que hacerlas con sentido.”

Peter Drucker[1]

 

            Cuestionarnos si estamos cuidando o simplemente cumpliendo no es una cuestión menor. No es un ejercicio retórico ni una provocación gratuita. Es una exigencia profesional. Y, sobre todo, una responsabilidad ética. Porque en esa diferencia se juega buena parte del sentido de lo que hacemos y del impacto real que tiene en la vida de las personas.

            Cumplir es responder a lo esperado. Ajustarse a una tarea, a un protocolo, a un tiempo asignado. Implica hacer lo que corresponde, en el momento en que corresponde y de la manera en que está establecido. Cumplir garantiza orden, previsibilidad y, en muchos casos, seguridad. Pero cumplir no es, necesariamente, cuidar.

            Cuidar es otra cosa. Cuidar implica comprender lo que está en juego más allá de la tarea. Supone interpretar la situación, incorporar el contexto, reconocer a la persona en su singularidad y actuar en consecuencia. Cuidar no se limita a ejecutar, sino que exige decidir. No se agota en la técnica, sino que la trasciende. No responde solo a lo que está indicado, sino a lo que es necesario.

            Y ahí es donde radica el problema.

            Porque en muchos contextos sanitarios actuales, el cuidado corre el riesgo de quedar reducido a cumplimiento. A una secuencia de actos encadenados, medibles, registrables y evaluables en términos de actividad, pero no necesariamente en términos de sentido. Se mide lo que se hace, pero no siempre lo que se logra. Se registra la intervención, pero no siempre su impacto.

            La adecuación a modelos sanitarios caducos, la presión asistencial, la organización del trabajo, la cultura institucional y los modelos de gestión médico-mercantilistas han contribuido, en mayor o menor medida, a consolidar esta lógica. Una lógica en la que el tiempo se fragmenta, las agendas se saturan y las decisiones se simplifican para poder sostener el sistema. En ese contexto, cumplir se convierte en una forma de supervivencia profesional.

            Pero tiene un coste. Cuando el cuidado se transforma en cumplimiento, se empobrece. Se vuelve previsible, repetitivo, descontextualizado. Pierde capacidad de adaptación y, con ello, pierde eficacia. Porque las personas no son protocolos, ni procesos lineales, ni problemas aislados, ni tampoco enfermedades. Son historias complejas, personales, únicas, atravesadas por múltiples factores que no caben en una guía clínica.

            Diversos estudios han señalado cómo la sobrecarga de trabajo y la presión organizativa se asocian con la omisión de cuidados —lo que se ha denominado missed nursing care—, es decir, aquellos cuidados que se retrasan, se realizan de manera incompleta o directamente se dejan de hacer[2]. No se trata de negligencia, sino de un sistema que prioriza lo urgente sobre lo importante, lo medible sobre lo significativo.

            Y en ese desplazamiento, el cuidado pierde centralidad.

            Pero sería un error atribuirlo exclusivamente al sistema.

            Porque, aunque el contexto condiciona, no determina completamente. Cada profesional, en cada interacción, sigue teniendo un margen —mayor o menor— para decidir cómo se posiciona ante lo que hace. Puede limitarse a cumplir o puede intentar cuidar. Puede reducir la intervención a la tarea o ampliar la mirada hacia la persona.

            No siempre es fácil. No siempre es posible en las condiciones ideales. Pero tampoco es irrelevante y sobre todo, no es imposible.

            Porque cuidar no es un añadido opcional a la práctica profesional. Es su núcleo. Y cuando ese núcleo se diluye, lo que queda puede seguir funcionando, pero deja de tener el sentido del cuidado.

            Tal vez por eso la pregunta no es incómoda. Es necesaria.

            ¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?

            La diferencia entre cumplir y cuidar no se resuelve en el plano teórico. Se decide en la práctica cotidiana.

            Se decide cuando una técnica se realiza como una tarea más o como una intervención con sentido. Cuando una cura se limita a cerrar una herida o se convierte en una oportunidad para comprender cómo está viviendo la persona ese proceso. Cuando una extracción de sangre es un procedimiento más en la agenda o un momento en el que alguien expresa un miedo, una duda o una preocupación que no había verbalizado antes.

            La técnica forma parte del cuidado. Pero no lo define.

            Una misma intervención puede ser correcta desde el punto de vista técnico y, sin embargo, insuficiente desde el punto de vista del cuidado. No porque esté mal hecha, sino porque no incorpora a la persona en su totalidad. Porque no tiene en cuenta su contexto, su capacidad de afrontamiento, sus condiciones de vida o su red de apoyo. Y, pasa a ser, simplemente, un sujeto en el que intervenir mecánicamente.

            Esto tiene implicaciones directas en la forma en que se organiza la práctica. Cuando el tiempo se estructura exclusivamente en torno a tareas, el margen para cuidar se reduce. La agenda no contempla la escucha, ni la incertidumbre, ni la complejidad. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se sitúan muchas de las necesidades reales de las personas. Y, es que el cuidado, no puede acotarse a fracciones temporales estandarizadas.

            No es infrecuente que una consulta programada para un control termine abordando una situación de sobrecarga familiar, un problema de adherencia al tratamiento o una dificultad emocional que no figuraba en el motivo de consulta. Lo que inicialmente parecía una intervención sencilla se convierte en un proceso más complejo que requiere tiempo, atención y capacidad de adaptación.

            La cuestión es qué se hace en ese momento.

            Cumplir implicaría ceñirse a lo previsto, es decir, realizar la actividad programada, registrar los datos correspondientes y pasar a la siguiente persona. Cuidar implica detenerse, interpretar lo que está ocurriendo y decidir si es necesario modificar el plan inicial. No siempre es posible hacerlo con la profundidad e inmediatez deseadas, pero sí es posible reconocerlo y actuar en consecuencia.

            Esta diferencia, aparentemente sutil, tiene un impacto relevante.

            Diversas investigaciones han mostrado que los resultados en salud no dependen exclusivamente de las intervenciones biomédicas, sino también de factores relacionados con el contexto, la adherencia, la comprensión del proceso y la relación establecida con los profesionales[3], [4]. Ignorar estos elementos no los hace desaparecer. Los desplaza. Y cuando se desplazan, aparecen en forma de consultas repetidas, de abandonos, de complicaciones evitables o de procesos que no evolucionan como se esperaba.

            Desde esta perspectiva, el cuidado no es algo secundario ni ornamental. Es una intervención con capacidad terapéutica propia.

            Sin embargo, sigue siendo percibido con frecuencia como algo accesorio y prescindible. Como un complemento a lo que se considera central, el diagnóstico y el tratamiento médicos. Esta jerarquía, profundamente arraigada, condiciona tanto la percepción social como la organización de los servicios y, en ocasiones, la propia práctica profesional. No es casual.

            El diagnóstico se nombra, el tratamiento se prescribe y ambos se registran con claridad. El cuidado, en cambio, no siempre se identifica, no siempre se mide y no siempre se reconoce como tal. Su valor queda diluido en la práctica cotidiana, a pesar de ser determinante en muchos procesos.

            Recuperar su centralidad no pasa por añadir nuevas tareas, sino por resignificar las que ya se realizan.

            Por entender que cada intervención puede ser una oportunidad de cuidado o una mera ejecución. Que la diferencia no está tanto en lo que se hace, sino en cómo y para qué se hace.

            Y esa diferencia, aunque no siempre se registre, se percibe. La perciben las personas cuando se sienten escuchadas o ignoradas. Cuando comprenden lo que les ocurre o cuando salen con más dudas de las que tenían al entrar. Cuando perciben que alguien se ocupa y preocupa de su problema o cuando sienten que simplemente han pasado por un circuito.

            En ese punto, el cuidado deja de ser una abstracción. Se convierte en experiencia y en vivencia.

            Si algo ha contribuido a consolidar la confusión entre cuidar y cumplir es la jerarquía implícita que se ha establecido en torno a las intervenciones en salud.

            Buena parte de los problemas de salud que las personas experimentan en su vida cotidiana no se resuelven exclusivamente con un diagnóstico correcto o con un tratamiento bien indicado. Se relacionan con la capacidad de afrontar la situación, con la adherencia a las recomendaciones, con las condiciones en las que se vive, con los apoyos disponibles y con el sentido que cada persona otorga a lo que le ocurre. En ese espacio, el cuidado es determinante.

            Acompañar, escuchar con empatía a una persona con enfermedad crónica para que comprenda su proceso, integre los cambios necesarios y mantenga una vida lo más autónoma posible no es una tarea secundaria. Es una intervención terapéutica con impacto directo en su evolución[5]. Lo mismo ocurre cuando se aborda la sobrecarga de una persona cuidadora, la soledad no deseada o la dificultad para seguir un tratamiento en condiciones de vulnerabilidad social.

            No hay fármaco que sustituya eso. Y, sin embargo, sigue siendo habitual que estas intervenciones no se reconozcan como tales. Que se perciban como un añadido, como un “extra” que se ofrece cuando hay tiempo o como una cualidad personal más que como una competencia profesional. O, aún peor, que se confundo la simpatía con el cuidado.

            Esta percepción tiene consecuencias. Desplaza el foco de lo que realmente influye en muchos procesos de salud y refuerza una práctica centrada en lo visible, en lo inmediato y en lo cuantificable. Se actúa sobre el problema identificado, pero no siempre sobre los factores que lo sostienen.

            Desde la práctica enfermera, esta lógica requiere ser revisada. No se trata de cuestionar el valor del diagnóstico o del tratamiento farmacológico, que son fundamentales en múltiples situaciones. Se trata de situarlos en su justo lugar y de reconocer que no agotan la respuesta necesaria.

            El cuidado no se subordina al tratamiento. Se integra con él. En algunos casos, la intervención farmacológica forma parte del cuidado y contribuye a mejorar la situación de la persona. Pero no ocurre lo contrario. No se puede reducir el cuidado a la administración de un tratamiento ni supeditar su sentido a la existencia de una prescripción.

            Esta distinción no es menor. Define el posicionamiento profesional y condiciona la práctica. Implica entender que la competencia enfermera no se limita a ejecutar indicaciones, sino que incluye la capacidad de valorar, decidir e intervenir en función de las necesidades de cuidado de las personas de manera autónoma.

            En este marco, la capacidad de indicar determinadas intervenciones —incluidas las farmacológicas en los ámbitos en los que está reconocida— no responde a una ampliación de funciones, sino a una consecuencia lógica de la responsabilidad que se asume en el cuidado[6]. No se trata de sustituir a otros profesionales, sino de responder de manera más adecuada y oportuna a situaciones que forman parte de la práctica enfermera.

            Sin embargo, la cuestión de fondo no es quién prescribe o quién indica. Es qué se considera relevante.

            Mientras el valor de la intervención se mida prioritaria o exclusivamente en términos de diagnóstico y tratamiento, el cuidado seguirá siendo prescindible. Y con ello se perderá una parte sustancial de la respuesta que muchas personas necesitan.

            Revisar esta jerarquía no es una cuestión corporativa. Es una cuestión de calidad de la atención. Es una cuestión profesional y es una cuestión política.

            Plantear esta diferencia no es un ejercicio teórico. Es una cuestión de responsabilidad.

            Porque cuando el cuidado se diluye en el cumplimiento, tiene consecuencias en la calidad de la atención, en los resultados en salud y en la experiencia de las personas. Pero también las tiene en la identidad profesional. Cuando el cuidado se reduce a tarea, la profesión se empobrece. Se vuelve predecible, sustituible y, en cierta medida, irrelevante.

            No es un problema menor. Y no es ajeno a la propia práctica enfermera. Porque, más allá de los condicionantes estructurales, existe una responsabilidad individual y colectiva en la forma en que se entiende y se ejerce el cuidado. No basta con señalar las limitaciones del sistema. Es necesario revisar cómo nos posicionamos dentro de él. Qué decisiones tomamos, qué priorizamos y qué estamos dispuestos a sostener, incluso en condiciones adversas.

            Diversos estudios han señalado que la omisión de cuidados no responde únicamente a la falta de tiempo o de recursos, sino también a la manera en que se organizan las prioridades en la práctica diaria1, [7]. Lo urgente desplaza a lo importante, lo técnico se impone a lo relacional y lo medible se prioriza sobre lo significativo.

            Pero priorizar es una decisión. Y como tal, puede ser revisada.

            No se trata de idealizar la práctica ni de ignorar las dificultades reales. Se trata de reconocer que el cuidado no es un añadido que se ofrece cuando es posible, sino el eje que debería orientar la intervención. Y que, en la medida en que se desplaza, se debilita la respuesta que se ofrece a las personas.

            Recuperar el cuidado no implica hacer más. Implica hacer de otra manera. Implica resignificar la práctica cotidiana, otorgar valor a aquello que no siempre se mide y sostener una forma de intervenir que incorpore la complejidad de las personas, sus contextos y sus procesos. Implica también generar y utilizar conocimiento propio que permita fundamentar esas decisiones y evaluar su impacto4,5.

            No es una tarea sencilla. Requiere tiempo, formación, reflexión, investigación y, en muchos casos, cuestionar inercias profundamente arraigadas. Requiere también asumir que no siempre se llega a todo y que, precisamente por eso, es necesario decidir qué no debería dejar de hacerse. Pero debemos ser las enfermeras quienes lo hagamos. Esperar que otros solucionen el problema del cuidado es otra forma de inacción, de pasividad, de indiferencia que impacta en la calidad de la atención y en la visibilidad de la especificidad enfermera.

            En ese punto, la pregunta inicial deja de ser incómoda. Se convierte en necesaria. No para emitir un juicio, sino para orientar la práctica.

            ¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?

            La respuesta no es única ni definitiva. Pero sí tiene una consecuencia clara.

            Allí donde el cuidado se sostiene, la atención cobra sentido. Allí donde se pierde, todo lo demás puede seguir funcionando, pero deja de ser suficiente. Porque la vida se abre paso gracias a los cuidados.

 

[1] Consultor y profesor de negocios, tratadista austriaco, y abogado de carrera, considerado el mayor filósofo de la administración (también conocida como management) del siglo XX (1909-2005).

[2] Kalisch BJ, Landstrom GL, Hinshaw AS. Missed nursing care: a concept analysis. J Adv Nurs. 2009;65(7):1509–17.

[3] Street RL Jr, Makoul G, Arora NK, Epstein RM. How does communication heal? Pathways linking clinician–patient communication to health outcomes. Patient Educ Couns. 2009;74(3):295–301.

[4] Doyle C, Lennox L, Bell D. A systematic review of evidence on the links between patient experience and clinical safety and effectiveness. BMJ Open. 2013;3:e001570.

[5] Bodenheimer T, Lorig K, Holman H, Grumbach K. Patient self-management of chronic disease in primary care. JAMA. 2002;288(19):2469–75.

[6] ICN. Guidelines on Advanced Practice Nursing. Geneva: International Council of Nurses; 2020.

[7] Griffiths P, Recio-Saucedo A, Dall’Ora C, et al. The association between nurse staffing and omissions in nursing care: a systematic review. J Adv Nurs. 2018;74(7):1474–87.

CUMPLIMOS Dime de qué presumes y te diré de qué careces

Determinadas palabras, cuando se repiten demasiado, pierden significado. “Cumplimos” es una de ellas. No porque carezca de valor, sino porque su uso abusivo acaba convirtiéndola en un recurso publicitario más que en una expresión de responsabilidad política. Y cuando eso ocurre, lo que se erosiona no es solo el lenguaje, sino la confianza.

            Que un partido decida, a más de un año de unas elecciones autonómicas, inundar las calles con carteles del president de la Generalitat Valenciana bajo el lema “Cumplimos. Bajamos los impuestos” no es algo banal. Es una declaración de intenciones. O, más bien, una estrategia para interiorizar en el imaginario común una idea que, ampliamente repetida, aspira a convertirse en verdad incuestionable.

            Pero las palabras, por sí solas, no cumplen. Cumplen los hechos. Y cuando se necesita decir lo que se hace o se cumple, lo más probable es que ni se esté haciendo ni se esté cumpliendo; de lo contrario, no haría falta anunciarlo como si fuera una oferta de grandes almacenes.

            Porque sí, los impuestos pueden haber bajado. Esa es la consigna del PP, repetida hasta la saciedad. El mantra. Pero lo que los carteles no explican —y ahí reside la trampa— es para quién han bajado, en qué medida y, sobre todo, a costa de qué. Reducir ingresos públicos no es una decisión inocua. Tiene consecuencias. Y esas consecuencias no se distribuyen de manera equitativa.

            Cuando se recauda menos, se invierte menos. Y cuando se invierte menos, los primeros en notarlo no son quienes pueden permitirse alternativas, sino quienes dependen de los servicios públicos para sostener su vida cotidiana. La sanidad, la educación, la justicia —ese entramado que sostiene el Estado social— no se mantienen con eslóganes, sino con recursos. Y esos recursos no aparecen por generación espontánea.

            Más allá del debate fiscal, lo verdaderamente relevante es la distancia entre el mensaje y la realidad. Porque el problema no es solo lo que se anuncia, sino lo que se omite.

            Se omite, el incumplimiento reiterado con las víctimas de la DANA. Un dolor que no se resuelve con silencios administrativos ni con tiempos dilatados, sino con respuestas claras, ágiles y comprometidas. Se omite la persistente sombra política que rodea a Carlos Mazón, cuya situación no puede despacharse con una estrategia de invisibilización institucional, como si el problema desapareciera con no verlo o nombrarlo.

            Se omite el debilitamiento progresivo de la lengua valenciana, por acción y omisión. Se omite, el cuestionamiento implícito a la Acadèmia Valenciana de la Llengua, institución estatutaria cuya legitimidad resulta incómoda cuando no se alinea con determinados intereses.

            Se omiten las políticas que afectan directamente a los derechos de las mujeres. No solo en lo que respecta a su capacidad de decidir sobre su propio cuerpo, sino en la tibieza —cuando no retroceso— frente a la violencia de género. Se omite el tratamiento de la inmigración desde enfoques que rozan, peligrosamente, la exclusión más que la integración. Se omite la creciente dificultad de acceso a una vivienda digna. Se omite el deterioro de la sanidad pública, tensionada por decisiones que favorecen, cada vez con menos disimulo, intereses privados. Se omite, en definitiva, todo aquello que no encaja en el relato de cumplimiento.

            Y, sin embargo, es precisamente en esos espacios donde se mide la acción de gobierno.

            Porque gobernar no es colocar carteles. Gobernar es asumir responsabilidades, incluso cuando resultan incómodas. Es tomar decisiones que no siempre generan aplausos, pero sí garantizan derechos. Es rendir cuentas, no construir relatos.

            La coincidencia temporal de esta ofensiva publicitaria con determinados movimientos en el escenario político valenciano —como la reaparición de figuras con capacidad de movilización electoral— puede interpretarse de muchas maneras. Pero incluso si fuera una casualidad, el fondo seguiría siendo el mismo, porque cuando la política se reduce a propaganda, la gestión queda en segundo plano.

            Lo que parece sostener estas estrategias no es tanto la convicción en lo que se hace, sino la necesidad de reforzar una posición debilitada. Una posición condicionada por equilibrios internos, dependencias externas y compromisos que limitan la capacidad de actuar con autonomía.

            La influencia de determinadas fuerzas políticas, asumidas como condición para gobernar, no es inocua ni es gratuita. Tampoco lo es la sombra de liderazgos que, aun sin ocupar formalmente el primer plano, continúan marcando el ritmo de las decisiones. En ese contexto, la publicidad no es solo comunicación. Es, también, un mecanismo de defensa.

            Pero la ciudadanía no necesita defensas retóricas. Necesita coherencia.

            Señor Pérez Llorca, cumplir no es decir que se cumple. Cumplir es responder a las necesidades reales de la ciudadanía, incluso cuando no generan titulares favorables. Cumplir es proteger lo común, no debilitarlo. Cumplir es gobernar pensando en el conjunto, no en la próxima campaña.

            Porque cuando el “cumplimos” se convierte en eslogan, corre el riesgo de revelar, precisamente, lo contrario.

POSICIONAMIENTO DE LA ALIANZA ESPAÑOLA DE SOCIEDADES CIENTÍFICAS ENFERMERAS (ALESCE)

POSICIONAMIENTO DE LA ALIANZA ESPAÑOLA DE SOCIEDADES CIENTÍFICAS ENFERMERAS (ALESCE)

Ante la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Baleares (TSJIB) sobre la dirección de la Zona Básica de Salud de Sa Torre (Mallorca)

            La Alianza Española de Sociedades Científicas Enfermeras (ALESCE) manifiesta su firme desacuerdo con la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Baleares (TSJIB), que revoca el nombramiento de una enfermera como directora de la Zona Básica de Salud del Centro de Salud de Sa Torre, así como con las acciones que han motivado dicho pronunciamiento.

            Esta resolución no puede analizarse únicamente en términos jurídicos. Lo que pone de manifiesto trasciende el caso concreto y revela una realidad persistente: la resistencia de determinados sectores a aceptar la evolución competencial, académica y profesional de las enfermeras en el sistema de salud.

            El nombramiento de la profesional afectada no solo cumplía con los requisitos establecidos, sino que contó con el respaldo mayoritario del equipo multiprofesional del centro, incluidos profesionales médicos, y ha sido avalado por una gestión reconocida como excelente por quienes han trabajado directamente bajo su dirección. Este hecho es determinante, porque evidencia que no estamos ante una cuestión de capacidad, mérito o competencia.

Conviene, además, precisar un aspecto relevante del proceso: tras una primera sentencia favorable al nombramiento de la enfermera, el Colegio de Médicos de Baleares decidió retirar su recurso, manteniéndose únicamente el presentado por el sindicato médico SIMEBAL. Este hecho no es menor, ya que introduce un matiz significativo en la interpretación del conflicto y refuerza la idea de que no existe una posición homogénea dentro de la profesión médica respecto a esta cuestión.

            La impugnación finalmente sostenida no responde a una evaluación objetiva de la idoneidad para el desempeño del puesto, sino a una concepción restrictiva y excluyente de la gestión sanitaria, basada en la atribución de determinados espacios de responsabilidad a una única profesión. Una posición que no se sostiene desde el conocimiento científico, la evidencia organizativa ni el sentido común.

            La dirección de equipos de salud no es, ni puede ser, patrimonio exclusivo de ninguna profesión. La complejidad de los sistemas sanitarios actuales exige modelos de liderazgo basados en competencias, capacidades y resultados, no en criterios corporativos. Reducir la gestión a una cuestión identitaria supone un retroceso incompatible con los principios de calidad, eficiencia y atención centrada en las personas.

            Resulta especialmente preocupante que para sostener estas posiciones se recurra a marcos normativos claramente desactualizados, que no reflejan la realidad actual de las profesiones sanitarias ni su desarrollo académico y científico. Estas normas, lejos de ordenar el sistema, se utilizan como instrumentos de exclusión por parte de determinados lobbies profesionales —que no representan necesariamente al conjunto de los médicos— para mantener posiciones de poder que ya no se justifican desde una perspectiva objetiva.

            No se trata de defender competencias frente a otras profesiones. Ese argumento es falaz. Lo que está en juego es la posibilidad de avanzar hacia un modelo de sistema de salud más coherente, más colaborativo y más adaptado a las necesidades reales de la población. Lo que se cuestiona en este caso no es la capacidad de gestión, sino la pérdida de una exclusividad que algunos sectores consideran propia al margen de cualquier otra consideración.

            Las consecuencias de este tipo de actuaciones no son menores. Generan enfrentamientos innecesarios entre profesionales, debilitan la confianza en los equipos multiprofesionales y dificultan la implantación de modelos de atención integrales, integrados e integradores. En definitiva, perjudican el funcionamiento del sistema y la calidad de la atención que reciben las personas, las familias y las comunidades.

            ALESCE considera, asimismo, que las administraciones públicas no pueden eludir su responsabilidad en este contexto. La persistencia de normativas obsoletas y la falta de una actualización decidida del marco regulador favorecen este tipo de conflictos y contribuyen a generar inseguridad jurídica, con resoluciones que, en ocasiones, resultan contradictorias y evidencian la fragilidad de los argumentos en los que se sustentan.

            Es imprescindible abordar de manera urgente la adecuación normativa a la realidad actual de las profesiones de la salud, eliminando aquellas disposiciones que actúan como barreras al desarrollo profesional de las enfermeras y como facilitadoras de posicionamientos excluyentes. La regulación debe responder al interés general, no a la preservación de privilegios.

            Desde ALESCE reiteramos que el liderazgo en salud debe basarse en la competencia, el mérito y la capacidad, con independencia de la profesión de origen. Solo desde el reconocimiento mutuo y la colaboración interprofesional será posible construir un sistema sanitario más eficiente, más equitativo y verdaderamente centrado en las personas.

            Por todo ello, ALESCE se posiciona de manera clara y firme ante esta sentencia y ante cualquier acción que tenga como finalidad limitar el desarrollo profesional de las enfermeras o condicionar el acceso a puestos de responsabilidad en base a criterios excluyentes.

            La mejora del sistema de salud no pasa por restringir, sino por integrar. No pasa por excluir, sino por reconocer. Y, desde luego, no pasa por sostener estructuras de poder que ya no responden ni a la realidad profesional ni a las necesidades de la sociedad.

EL NUEVO DESORDEN

            Hay titulares que, leídos de forma aislada, parecen simplemente una sucesión caótica de acontecimientos, Sin embargo, cuando se colocan uno junto a otro, cuando se miran sin la distracción de la inmediatez, empiezan a dibujar un patrón inquietante.

            Un ministro de Defensa que quiere llevar a todo un pueblo a la “Edad de Piedra”. Un secretario de Estado estadounidense que purga estructuras clave de seguridad. Un presidente que decide que la prensa es prescindible en la sede de la soberanía popular. Otro que impulsa macrojuicios sin garantías suficientes en nombre del orden. Pactos políticos que introducen categorías de ciudadanos con más derechos que otros. Y declaraciones judiciales que cuestionan la base misma de la protección frente a la violencia de género.

            Pero, no son hechos inconexos. No son anomalías puntuales. Son expresiones distintas de una misma lógica. Una forma de entender el poder que se caracteriza por su vocación excluyente, su desprecio por los contrapesos y su tendencia a simplificar la realidad hasta convertirla en un relato binario: nosotros frente a ellos. Orden frente a caos. Seguridad frente a derechos. Como si todo fuera incompatible. Como si la complejidad fuera un problema a eliminar en lugar de una realidad a gestionar.

            Lo verdaderamente preocupante no es solo que estas dinámicas existan. Es que prosperen en contextos que, al menos formalmente, se reconocen como democráticos. Porque eso significa que no estamos ante una ruptura abrupta del sistema, sino ante una transformación gradual. Un desplazamiento silencioso de los límites de lo aceptable. Una erosión lenta, pero constante, de los principios que sostienen la convivencia.

            Este fenómeno tiene en la transversalidad su cualidad más peligrosa. No responde a una única ideología, ni a un solo país, ni a un contexto específico. Se adapta, muta, adopta acentos locales. Pero mantiene intacto el núcleo de la concentración de poder, la deslegitimación del adversario, la reducción de derechos en nombre de supuestos bienes superiores. Y, sobre todo, la construcción de un clima social en el que todo ello parece razonable, incluso necesario.

            Así es como se configura lo que podríamos llamar un nuevo “desorden”. Un marco en el que las reglas no desaparecen, pero se reinterpretan. En el que las instituciones no se eliminan, pero se vacían. En el que la legalidad sigue existiendo, pero se pone al servicio de objetivos que poco tienen que ver con el interés general. Un escenario en el que la democracia deja de ser un sistema de garantías para convertirse en una mera herramienta de legitimación.

            Y mientras tanto, la sociedad observa. A veces con preocupación, a veces con indiferencia, a menudo con una mezcla de ambas. La saturación informativa, la velocidad del ciclo mediático y la polarización contribuyen a generar una especie de anestesia colectiva. Todo ocurre demasiado rápido, todo parece demasiado complejo, todo se percibe como demasiado lejano. Hasta que deja de serlo.

            Porque ninguna de estas decisiones es inofensiva. Todas tienen consecuencias. Algunas inmediatas, otras a medio o largo plazo. Pero todas contribuyen a moldear el entorno en el que vivimos. A definir qué es aceptable y qué no lo es. A establecer los límites de nuestros derechos y las condiciones de nuestra convivencia.

            Y aquí es donde aparece la dimensión incómoda, pero ineludible de la responsabilidad colectiva. Es tentador pensar que estos procesos son ajenos, que responden exclusivamente a la acción de líderes políticos o élites de poder. Pero esa es solo una parte de la historia. La otra tiene que ver con el papel de la ciudadanía. Con nuestras decisiones, nuestras omisiones, nuestras prioridades.

            Las democracias no se deterioran únicamente desde arriba. También lo hacen cuando se normalizan determinados discursos, se relativizan ciertos abusos o se acepta como inevitable lo que en realidad es evitable. El populismo, en sus distintas versiones, no solo seduce, también adormece. Reduce la capacidad crítica, simplifica los problemas y ofrece soluciones aparentemente rápidas a cuestiones estructurales.

            El resultado es una sociedad que, poco a poco, se acostumbra. Que deja de sorprenderse. Que empieza a ver como normales cosas que, no hace tanto, habrían generado un rechazo casi unánime. Y ese es, el mayor triunfo de esta deriva. No tanto imponer un modelo, sino lograr que deje de percibirse como una anomalía.

            Nada de lo que está ocurriendo es casual. Todo responde a causas concretas, a decisiones específicas, a estrategias deliberadas. Y, por tanto, todo podría haber sido distinto. Como también puede serlo en el futuro.

            Pero para eso hace falta algo más que indignación puntual. Hace falta conciencia, compromiso y, sobre todo, memoria.

            La historia no se repite de forma idéntica, pero rima con una precisión inquietante. Ignorar esas rimas no las hace desaparecer. Solo nos hace más vulnerables a sus efectos. Mirar hacia otro lado ya no es una opción inocente. Es, en sí misma, una forma de participación.

SOLEDAD INDUCIDA Niños conectados, vidas desconectadas

Vivimos un tiempo en el que la soledad ha dejado de ser un fenómeno silencioso para convertirse en una preocupación pública. Se habla de ella con frecuencia, se cuantifica, se medicaliza, se incorpora a agendas políticas e incluso se diseñan estrategias para abordarla. Sin embargo, en ese creciente interés subyace una simplificación que conviene cuestionar: la identificación casi automática de la soledad no deseada con las personas adultas mayores. Sin negar la evidencia de que este grupo la sufre de manera significativa, reducir el problema a una cuestión de edad no solo es injusto, sino que revela la persistencia de un edadismo social que invisibiliza otras realidades igualmente preocupantes.

            Porque la soledad no deseada no es patrimonio exclusivo de quienes han envejecido. También se está gestando, de forma silenciosa pero intensa, en la infancia y la adolescencia. Y en este caso, lejos de ser un fenómeno inevitable, responde en gran medida a dinámicas sociales, familiares y tecnológicas que estamos normalizando sin suficiente reflexión crítica. La expansión de las tecnologías de la información, el uso masivo de redes sociales y la irrupción de la inteligencia artificial han configurado un ecosistema relacional profundamente distinto. Un entorno que, bajo la apariencia de hiperconexión, puede estar favoreciendo nuevas formas de aislamiento.

            No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer sus efectos cuando se utiliza sin límites ni acompañamiento. En edades clave para el desarrollo emocional, cognitivo y social, la dependencia de las redes puede generar una sustitución progresiva de las relaciones presenciales por interacciones mediadas, superficiales y, en muchos casos, desprovistas de autenticidad. Lo que se presenta como conexión permanente es, en realidad, una exposición constante a contenidos y modelos que no siempre pueden ser comprendidos por quienes aún están construyendo su identidad.

            Esta dinámica no es neutra. La comparación con estándares irreales, la búsqueda de validación externa, la presión por encajar y la dificultad para diferenciar entre lo real y lo virtual van configurando una forma de estar en el mundo que puede desembocar en aislamiento, inseguridad y soledad. Una soledad especialmente preocupante porque se produce en etapas en las que el vínculo, el reconocimiento y la pertenencia son fundamentales.

            Pero sería un error situar la responsabilidad exclusivamente en niños y adolescentes. Hacerlo es una forma de eludir una autocrítica necesaria. La familia desempeña un papel clave en este proceso. No solo por la permisividad o la falta de control sobre el uso de dispositivos y redes, sino también por la delegación progresiva de la atención y el cuidado en las pantallas. En demasiadas ocasiones, la tecnología se convierte en una herramienta para “ganar tiempo”, evitando la exigencia de presencia adulta que implica educar.

            A ello se suma la responsabilidad de una sociedad que, en nombre de la libertad y el progreso, ha renunciado en gran medida a establecer marcos claros de regulación. La ausencia de límites efectivos en el acceso a determinados contenidos, la escasa supervisión de plataformas y la falta de políticas públicas configuran un escenario en el que la infancia y la adolescencia quedan expuestas a realidades para las que no están preparadas. No se trata solo de proteger, sino de garantizar condiciones que favorezcan un desarrollo saludable.

 

            Las consecuencias trascienden el aislamiento individual. Afectan a la forma en que se construyen las relaciones, a la interpretación de la sexualidad, a la percepción de la diferencia y a la gestión del conflicto. El acoso escolar amplificado por lo digital, las expresiones de odio o la banalización de la violencia son manifestaciones de un problema más profundo, que puede derivar en fracaso escolar, experiencias traumáticas o conductas autolesivas.

            Hablar de soledad en la infancia y la adolescencia exige ampliar el foco. No estamos solo ante una soledad “no deseada”, sino en muchos casos ante una soledad inducida, construida colectivamente por decisiones —o por su ausencia— que implican a familias, instituciones y sociedad. Y reconocerlo implica asumir responsabilidades.

            La escuela puede y debe desempeñar un papel relevante como espacio de aprendizaje relacional, de construcción de vínculos y de desarrollo de competencias socioemocionales. Pero su capacidad es limitada si no existe una coherencia con el entorno familiar y un respaldo claro desde las políticas públicas. Es necesario un enfoque integral que articule educación, salud, regulación y comunidad.

            En este sentido, resulta imprescindible construir contextos saludables que ofrezcan alternativas atractivas, relacionales y significativas —espacios de encuentro, juego, cultura, deporte y participación— que actúen como verdadero antídoto frente a la dependencia tecnológica y a sus consecuencias.

            Persistir en la idea de que las redes sociales son inocuas y plenamente controlables es uno de los errores más graves que podemos cometer. Como también lo es responsabilizar de manera simplista a quienes tienen menos capacidad para gestionar sus efectos. Culpar a la juventud sin revisar las condiciones que hemos generado es, además de injusto, profundamente ineficaz.

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