
“Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.”
Charles Goodhart[1]
Hay una pregunta que atraviesa hoy los sistemas de salud, las instituciones académicas, los espacios de gestión y los ámbitos de investigación, aunque pocas veces se formule de manera explícita: ¿para qué estamos organizando realmente nuestro trabajo? La respuesta parece evidente. Decimos que trabajamos para mejorar la salud, cuidar, enseñar mejor, generar conocimiento útil, gestionar recursos de manera justa y responder a las necesidades de las personas, las familias y las comunidades. Sin embargo, cuando observamos los mecanismos que ordenan nuestras agendas, distribuyen nuestros tiempos, evalúan nuestros resultados y reconocen nuestro desempeño, la respuesta se vuelve menos clara. Porque con demasiada frecuencia no se premia aquello que más contribuye a cuidar, sino aquello que mejor se deja contar.
El problema no es medir. Sería absurdo negar la importancia de disponer de información rigurosa, indicadores válidos y sistemas de evaluación capaces de orientar decisiones. Ningún sistema complejo puede gestionarse desde la intuición, la improvisación o la buena voluntad. La cuestión es otra. El problema aparece cuando la medida deja de estar al servicio del sentido y termina sustituyéndolo. Cuando el indicador se convierte en finalidad. Cuando la actividad registrada desplaza a la experiencia vivida. Cuando la eficiencia se confunde con velocidad. Cuando la calidad se reduce a cumplimiento documental.
Este desplazamiento responde a una cultura profundamente marcada por el productivismo. Una lógica nacida en contextos industriales y empresariales que ha terminado penetrando en instituciones cuya razón de ser no puede reducirse a producir más en menos tiempo. En salud, esta lógica se expresa en agendas saturadas, consultas comprimidas, objetivos de actividad, circuitos estandarizados, tiempos medios, contratos programa, rankings, publicaciones, proyectos captados, créditos impartidos, memorias cerradas y protocolos cumplidos.
El cuidado exige algo más que actividad. Exige presencia, escucha, interpretación, deliberación, continuidad, vínculo, prudencia, competencia y capacidad para adaptar respuestas a situaciones concretas. Exige reconocer que una persona no es un episodio, una familia no es una variable, una comunidad no es un agregado estadístico. El cuidado no se opone a la eficiencia, pero sí cuestiona una eficiencia entendida exclusivamente como aceleración, productividad o reducción de costes. Una organización puede ser extraordinariamente eficaz produciendo actividad y, al mismo tiempo, profundamente ineficiente generando salud, equidad, aprendizaje significativo, conocimiento útil o bienestar profesional.
La presión asistencial es quizá la expresión más visible de esta deriva, pero no la única. En los servicios de salud se ha normalizado una tensión permanente entre lo que las personas necesitan y lo que las agendas permiten. Se habla de accesibilidad, pero muchas veces se responde con disponibilidad fragmentada. Se habla de continuidad, pero se organizan circuitos que multiplican contactos sin garantizar vínculos. Se habla de humanización, pero se diseñan tiempos que apenas permiten mirar, escuchar o comprender. Se habla de calidad, pero se sobrecarga a los equipos con registros que frecuentemente documentan más de lo que transforman. La evidencia internacional viene alertando del impacto que tienen la sobrecarga laboral, el escaso control sobre el trabajo y los entornos organizativos deteriorados sobre la salud mental y el bienestar de quienes trabajan en los sistemas de salud[2]. Cuando quienes deben cuidar trabajan en condiciones que dificultan cuidar, el problema deja de ser individual para convertirse en organizativo, ético y político.
Pero esta lógica atraviesa también la gestión. Gestionar debería significar crear condiciones para que el cuidado, la docencia, la investigación y la acción comunitaria puedan desplegarse con sentido. Sin embargo, demasiadas veces la gestión queda atrapada en la administración de escaseces, en el cumplimiento de objetivos numéricos, en la reducción de demoras visibles, en la contención presupuestaria inmediata o en la presentación de resultados políticamente comunicables. Así, lo que no aparece en el cuadro de mando tiende a perder importancia.
También la docencia ha sido colonizada por esta cultura. Enseñar no consiste únicamente en impartir créditos, cubrir programas, superar verificaciones o producir evidencias para una agencia evaluadora. Sin embargo, cuando la universidad se organiza crecientemente bajo lógicas de rendimiento, acreditación, competitividad, rankings y producción curricular, el tiempo docente corre el riesgo de empobrecerse. La tutoría se convierte en carga. La innovación docente en formulario. La evaluación en procedimiento. La relación pedagógica en trámite. Y el profesorado aprende, muchas veces a la fuerza, que aquello que más transforma al estudiantado no siempre es lo que más puntúa en su carrera académica[3].
Algo similar ocurre con la investigación. Investigar debería ser una forma rigurosa de ampliar la comprensión de los problemas, generar conocimiento situado, orientar decisiones y contribuir a mejorar la vida de las personas y comunidades. Pero el mandato productivista ha instalado una presión creciente por publicar, competir, captar financiación, acumular méritos y situarse en rankings. El riesgo no está en exigir calidad científica, sino en confundir calidad con velocidad, impacto bibliométrico con relevancia social, productividad con pensamiento y cantidad con contribución real. En este marco, las investigaciones lentas, participativas, comunitarias, cualitativas, orientadas al cuidado o centradas en procesos complejos pueden quedar infravaloradas frente a diseños más fácilmente publicables, medibles o rentables académicamente[4].
La trampa, por tanto, no está en los indicadores, sino en su absolutización. Medir puede ayudar a ver, pero también puede enseñar a mirar solo aquello que se mide. Y cuando una organización mira únicamente lo que mide, termina modificando su realidad para adaptarla al indicador. Se atiende para registrar. Se registra para justificar. Se justifica para cumplir. Se cumple para mostrar.
No todo lo importante produce evidencia rápida de actividad. Una conversación que evita una crisis futura, una escucha que reduce miedo y sufrimiento, una intervención comunitaria que fortalece redes vecinales. Todo ello transforma, aunque muchas veces apenas aparezca reflejado en los indicadores dominantes. Por eso determinados sistemas terminan privilegiando aquello que se puede contar fácilmente frente a aquello que verdaderamente sostiene la atención, el aprendizaje, la investigación y el cuidado.
No es casual que la Atención Primaria y Comunitaria sufra especialmente estas tensiones. Su capacidad transformadora reside precisamente en elementos difíciles de cuantificar de manera simplista, tales como la longitudinalidad, el vínculo, la accesibilidad relacional, el conocimiento contextual, el trabajo interprofesional, la acción comunitaria, la prevención o la promoción de la salud. Pero las lógicas productivistas prefieren resultados rápidos, visibles y políticamente rentables. Y así, mientras se proclama discursivamente la importancia estratégica de la Atención Primaria y Comunitaria, se siguen utilizando mecanismos de evaluación y organización pensados para modelos episódicos, fragmentados y centrados en actividad inmediata[5].
Existe, además, una dimensión ética pocas veces abordada con suficiente profundidad. Cuando el sistema obliga de manera persistente a trabajar por debajo de los estándares de cuidado que las enfermeras consideran adecuados, aparece sufrimiento moral. No se trata únicamente de cansancio o agotamiento. Se trata de la experiencia de saber qué sería necesario hacer y no poder hacerlo debido a limitaciones estructurales, priorizar registros sobre presencia, cumplir objetivos mientras se percibe que las personas necesitan otra cosa[6]. Este malestar no afecta solo a quienes trabajan directamente en atención. También aparece en docencia cuando el profesorado siente que dedica más tiempo a justificar actividad que a acompañar aprendizaje; en investigación cuando las dinámicas competitivas desplazan preguntas socialmente relevantes; y en gestión cuando se sostienen decisiones incompatibles con los discursos institucionales sobre humanización, bienestar o centralidad de las personas.
Los protocolos nacieron, en gran medida, para proteger. Para disminuir errores, garantizar seguridad y ofrecer respuestas basadas en el mejor conocimiento disponible. Cuestionar su utilidad desde posiciones simplistas sería profundamente irresponsable. El problema no son los protocolos. El problema aparece cuando se convierten en sustitutos del pensamiento, de la deliberación profesional o de la comprensión contextual.
Porque cuidar nunca ha sido únicamente aplicar procedimientos correctos. Cuidar implica interpretar situaciones humanas concretas atravesadas por condiciones sociales, culturales, emocionales y familiares que no siempre encajan en algoritmos predefinidos. Ninguna guía clínica puede anticipar completamente la complejidad de la vida real ni sustituir el juicio profesional. Sin embargo, el modelo productivista encuentra en la protocolización extrema una herramienta especialmente atractiva. Los procesos estandarizados facilitan organización, control, supervisión y medición. Permiten comparar resultados, estimar tiempos y reducir incertidumbre organizativa. Todo ello puede resultar útil. Pero también comporta riesgos cuando la lógica protocolaria termina imponiéndose sobre la lógica del cuidado.
Uno de esos riesgos es la progresiva desresponsabilización reflexiva de los profesionales. Cuando el cumplimiento del protocolo se convierte en principal criterio de calidad, existe la tentación de identificar buena práctica con adhesión mecánica a procedimientos. El objetivo pasa entonces a ser “hacer correctamente lo previsto” más que comprender qué necesita realmente la persona, familia o comunidad concreta que tenemos delante[7]. La consecuencia es una paradoja cada vez más visible. Se habla de atención personalizada mientras se uniformizan respuestas. Se defiende autonomía profesional mientras aumentan controles y registros orientados al cumplimiento procedimental. Se insiste en la importancia del juicio clínico y del cuidado integral, pero se organizan entornos donde cada vez queda menos espacio para ejercerlos con profundidad.
En Atención Primaria y Comunitaria esta tensión resulta especialmente evidente. Gran parte de su potencial reside precisamente en la capacidad de contextualizar, de conocer trayectorias vitales, interpretar dinámicas familiares, identificar determinantes sociales y morales, generar confianza longitudinal o trabajar con activos comunitarios. Actividades difícilmente reducibles a secuencias cerradas y que requieren flexibilidad, adaptación y tiempo relacional. Sin embargo, muchos modelos organizativos continúan intentando gestionar esta complejidad mediante herramientas pensadas para procesos lineales y fragmentados. Se multiplican registros, circuitos, escalas, checklists y formularios que pretenden garantizar calidad, pero que con frecuencia terminan colonizando el tiempo disponible para la relación y el cuidado. El profesional acaba dedicando más energía a demostrar que ha cuidado que a cuidar efectivamente[8].
No se trata de idealizar un pasado sin protocolos ni sistemas de evaluación. Muchos avances en seguridad y calidad dependen precisamente de procesos estructurados y basados en evidencia. La cuestión es comprender que los protocolos deben estar al servicio del cuidado y no el cuidado subordinado a los protocolos. Que la calidad no se agota en el cumplimiento procedimental y que la seguridad también incluye dimensiones relacionales, emocionales y éticas frecuentemente invisibilizadas. Porque una atención técnicamente impecable puede resultar profundamente deficiente desde el punto de vista humano. Y esto no constituye una cuestión secundaria o sentimental. La evidencia muestra que la calidad de la comunicación, la continuidad relacional, la confianza y la participación de las personas influyen directamente en adherencia, satisfacción y resultados en salud[9].
Sin embargo, el productivismo sanitario tiende a considerar estas dimensiones como elementos difíciles de gestionar porque introducen variabilidad, lentitud y complejidad. Escuchar, deliberar y trabajar comunitariamente requieren tiempo. Y el tiempo, dentro de modelos organizados prioritariamente para producir actividad cuantificable, se convierte en un recurso permanentemente amenazado.
De ahí surge una contradicción cada vez más evidente. Mientras los discursos institucionales apelan constantemente a humanización, integralidad y atención centrada en las personas, las condiciones estructurales empujan en dirección contraria. No necesariamente por incompetencia o mala voluntad individual, sino porque el propio diseño organizativo prioriza otras cosas como velocidad, rotación, rendimiento inmediato y sostenibilidad entendida casi exclusivamente en términos contables. Esto explica también por qué muchas iniciativas de humanización terminan generando frustración entre profesionales. Porque se presentan como proyectos complementarios sin modificar realmente las estructuras que dificultan cuidar. Se promueven cursos de empatía mientras aumentan las agendas imposibles. Se habla de bienestar profesional mientras se intensifica la lógica de productividad permanente. Se insiste en la importancia del cuidado mientras este debe justificar continuamente su utilidad frente a indicadores de rendimiento inmediato.
El resultado es profundamente injusto. Porque el cuidado corre el riesgo de convertirse en una responsabilidad exclusivamente individual, como si dependiera únicamente de la vocación, la actitud o la resiliencia de las enfermeras que trabajan en los sistemas de salud, educativos o científicos. Ninguna ética profesional, por sólida que sea, puede compensar de manera permanente organizaciones diseñadas desde lógicas incompatibles con el cuidado.
Y ahí aparece la pregunta verdaderamente importante. No si debemos medir, evaluar, protocolizar o gestionar —porque evidentemente debemos hacerlo—, sino desde qué finalidad organizamos todo ello. Porque cuando el cuidado deja de ser el eje vertebrador del sistema y pasa a convertirse en un elemento periférico obligado a justificar permanentemente su rentabilidad, el riesgo no es únicamente perder humanización. El riesgo es empobrecer el propio sentido de la atención, de la docencia, de la investigación y de la gestión.
Durante años se ha instalado además una idea especialmente peligrosa, considerar el cuidado como un elemento deseable, incluso éticamente valioso, pero secundario frente a aquello que supuestamente “produce resultados”. Como si cuidar fuese algo complementario que pudiera añadirse después de resolver lo importante. Sin embargo, el cuidado no constituye un añadido emocional o estético del sistema. Es precisamente aquello que permite conectar conocimiento, ciencia, técnica, relación y contexto para transformar realmente la experiencia de salud.
Reducir el cuidado a una cuestión de actitud individual ha contribuido además a invisibilizar su enorme complejidad profesional, científica y organizativa. Requiere competencia técnica, pensamiento crítico, experiencia, deliberación ética, evidencia científica y capacidad relacional. Y todo ello necesita condiciones estructurales que lo hagan posible.
La paradoja contemporánea es que nunca habíamos dispuesto de tantos avances científicos y tecnológicos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil sostener tiempos, espacios y condiciones para cuidar con sentido. La tecnología puede mejorar diagnósticos, facilitar comunicación, aumentar accesibilidad o apoyar decisiones clínicas. El problema aparece cuando se utiliza para intensificar ritmos productivos, aumentar controles o sustituir relaciones que siguen siendo esenciales. Porque ningún algoritmo puede reemplazar completamente la interpretación contextual, la presencia o el vínculo humano.
Por eso el debate sobre el cuidado no pertenece únicamente al ámbito asistencial. Una sociedad obsesionada con producir, acelerar y competir termina trasladando inevitablemente esas mismas lógicas a sus instituciones sanitarias, educativas y científicas. Y cuando eso ocurre, el riesgo es que aquello más difícil de cuantificar —el vínculo, la confianza, la escucha, la reflexión o la comunidad— termine percibiéndose como improductivo.
Sin embargo, probablemente sea precisamente ahí donde reside una parte esencial de la sostenibilidad futura de nuestros sistemas. Porque cuidar no representa un obstáculo para la eficiencia. Representa una forma distinta de entenderla. Una eficiencia que no se limite a producir más actividad en menos tiempo, sino que sea capaz de generar salud, bienestar, aprendizaje significativo, cohesión social y sentido profesional.
Existe además otra dimensión menos visible de esta lógica productivista, como es la jerarquización implícita de aquello que el sistema considera verdaderamente rentable, relevante o prestigioso. Y esa jerarquía no afecta únicamente a procedimientos, tiempos o indicadores. Afecta también al tipo de enfermedad, de intervención y de práctica profesional que se valora social e institucionalmente.
El modelo sanitario dominante continúa profundamente orientado hacia la enfermedad aguda, resolutiva y tecnológicamente intervenible. Aquella sobre la que pueden mostrarse resultados rápidos, mejoras inmediatas, altas, supervivencias o éxitos terapéuticos fácilmente comunicables. La lógica biologicista y medicalizada encuentra ahí un terreno especialmente favorable porque permite asociar intervención con curación, productividad con eficacia y actuación profesional con prestigio. Salvar vidas continúa ocupando el núcleo simbólico del reconocimiento sanitario[10].
Sin embargo, otros procesos quedan situados en una posición mucho más incómoda dentro de esta cultura organizativa. La cronicidad, la dependencia, el sufrimiento persistente, la vulneración social consumen enormes cantidades de tiempo, recursos y energía profesional sin ofrecer, en muchas ocasiones, resoluciones rápidas ni narrativas de éxito fácilmente exhibibles. Su abordaje exige continuidad, acompañamiento, coordinación, deliberación y presencia sostenida. Es decir, exige cuidado[11].
Algo similar ocurre con procesos como la eutanasia o la interrupción voluntaria del embarazo, donde el conflicto ya no gira únicamente alrededor de la técnica o la legalidad, sino también alrededor del significado cultural y moral atribuido a la intervención profesional. Porque determinados sectores continúan interpretando estas prácticas como amenazas simbólicas a un modelo construido históricamente alrededor de la idea de preservar vida a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia. En este contexto, determinadas convicciones religiosas o ideológicas pueden terminar actuando no solo como posicionamientos morales individuales, sino también como mecanismos que condicionan el acceso efectivo a derechos reconocidos legalmente, incluso cuando ello implique prolongar sufrimiento, desigualdad o desprotección[12].
Frente a esta lógica, el cuidado introduce una mirada radicalmente distinta. Su valor no depende exclusivamente de curar, resolver o producir resultados inmediatos. El cuidado sitúa en el centro la dignidad, la autonomía, el acompañamiento, la calidad de vida y los derechos de las personas, incluso cuando no es posible curar, incluso cuando la enfermedad permanece, incluso cuando la decisión de la persona cuestiona determinadas concepciones morales o culturales.
Tal vez por eso resulte cada vez más evidente que el problema no se resolverá añadiendo pequeños espacios de humanización dentro de estructuras organizadas para acelerar permanentemente. La cuestión pasa por revisar las prioridades que sostienen el modelo. Por decidir qué queremos medir y, sobre todo, qué estamos dejando de ver cuando solo miramos aquello que puede convertirse fácilmente en indicador.
Porque cuando el tiempo para escuchar se considera improductivo, cuando la reflexión se interpreta como lentitud, cuando el vínculo aparece como un lujo organizativo y cuando cuidar debe justificar constantemente su rentabilidad, lo que empieza a deteriorarse no es únicamente la calidad de la atención. Es el propio sentido de los sistemas construidos, al menos teóricamente, para cuidar, enseñar, investigar y generar salud colectiva.
Quizá por eso el verdadero debate no consista únicamente en cómo “encajar” el cuidado dentro del modelo actual, sino en aceptar que determinados modelos organizativos han sido diseñados desde prioridades incompatibles con él. Pero también en reconocer cómo esos mismos modelos intentan frecuentemente moldear, reorganizar o subordinar otras disciplinas para que se ajusten a la lógica dominante de producción asistencial, rentabilidad económica y prestigio biomédico. Una dinámica que termina empujando a profesiones con marcos competenciales propios hacia funciones crecientemente medicalizadas, episódicas y centradas en la enfermedad, incluso cuando ello supone debilitar dimensiones esenciales vinculadas a la promoción de la salud, la longitudinalidad, la acción comunitaria, la educación para la salud, el acompañamiento o el cuidado integral. Y mientras no se revise qué entendemos por eficiencia, calidad, productividad o éxito, seguiremos intentando resolver con discursos humanizadores problemas que son, en realidad, profundamente estructurales, culturales y políticos[13].
[1] Economista británico (1936).
[2] World Health Organization. Mental health and COVID-19: early evidence of the pandemic’s impact. Geneva: WHO; 2022.
[3] UNESCO. Reimagining our futures together: a new social contract for education. Paris: UNESCO; 2021.
[4] Gewin V. How to navigate the publish-or-perish culture. Nature. 2021;597(7875):261-3.
[5] Starfield B. Primary care: balancing health needs, services, and technology. Rev ed. New York: Oxford University Press; 2021.
[6] Epstein EG, Hamric AB. Moral distress, moral residue, and the crescendo effect. J Clin Ethics. 2023;34(1):13-22.
[7] Greenhalgh T, Papoutsi C. Studying complexity in health services research: desperately seeking an overdue paradigm shift. BMC Med. 2018;16(1):95.
[8] Sinsky CA, Brown RL, Stillman MJ, Linzer M. COVID-related stress and work intentions in a sample of US health care workers. Mayo Clin Proc Innov Qual Outcomes. 2021;5(6):1165-73.
[9] Mountz A, Bonds A, Mansfield B, Loyd J, Hyndman J, Walton-Roberts M, et al. For slow scholarship: a feminist politics of resistance through collective action in the neoliberal university. ACME. 2015;14(4):19235-59.
[10] Organización Panamericana de la Salud. La atención primaria de salud más necesaria que nunca. Washington DC: OPS; 2023.
[11] Timmermans S, Berg M. The gold standard: the challenge of evidence-based medicine and standardization in health care. Philadelphia: Temple University Press; 2003.
[12] Shanafelt TD, Dyrbye LN, West CP. Addressing physician burnout: the way forward. JAMA. 2021;325(9):901-2.
[13] Stewart M, Ryan BL, Bodea C. Is patient-centred care associated with lower diagnostic costs? Healthc Policy. 2011;6(4):27-31.








