APRENDER DE LO DESAPRENDIDO

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Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender.

Alvin Toffler.

La verdad es que se ha hablado mucho sobre qué, cómo, cuándo, dónde, debe hacerse y menos sobre quiénes deben hacer, en este año de pandemia que llevamos. Pero se ha centrado todo en cómo controlar los contagios, qué medidas aplicar, qué actividades poder realizar, qué situaciones evitar… pero poco, muy poco, a mi entender, sobre los efectos de todo ello, fundamentalmente sobre determinados contextos que resultan vitales para la sociedad, aunque en apariencia no sean identificados o considerados como tales.

De entre esos contextos me gustaría hoy detenerme en el de la docencia universitaria en general y el de la docencia de enfermería en particular.

Tras el confinamiento, hubo consenso generalizado sobre la importancia de mantener la docencia en las aulas de colegios e institutos. Se establecieron criterios sobre flujos de entradas y salidas, de circulación, de ubicación y de comportamiento y se trasladó el mensaje de que las aulas eran entornos seguros que protegían a niñas/os, jóvenes y profesorado.

La Universidad, sin embargo, que también se apresuró a hacer los deberes llevando a cabo adaptaciones curriculares, incorporación de tecnologías para la docencia online, elaboración de protocolos de actuación… siempre ha estado en el ojo del huracán.

Pareciera como si las aulas de la Universidad fueran entornos completamente diferentes a los de colegios e institutos y por ello no pudieran tener la consideración de seguros y saludables.

Llegados a este punto cabe preguntarse si, en el “manejo” de escolares y jóvenes de institutos es mayor el grado de obediencia y menores los peligros derivados de su permanencia en las aulas, que la que pueden tener las/os estudiantes universitarias/os que, recordemos, son mayores de edad. Es decir, ¿acatan unos, por ser menores de edad y por obediencia debida y los otros, por la libertad derivada de su mayoría de edad, no son controlables? ¿Se trata del número de estudiantes que acude a los recintos? ¿Son diferentes las medidas de protección, higiene y prevención aplicadas en unos u otros contextos? ¿Son más eficaces dichas medidas en colegios e institutos que en las universidades? ¿Se entiende que existe menor implicación del profesorado en uno u otro contexto? ¿Se trata tan solo de una cuestión de no poder mantener a las/os niñas/os en casa en contra de lo que sucede con el estudiantado universitario? ¿No tienen que desplazarse escolares y jóvenes de instituto desde sus casas como lo hacen las/os universitarios? ¿No es posible hacer adaptaciones seguras para la presencialidad en lugar de hacerlas exclusivamente para la docencia online? ¿Solo existen dificultades de acceso a las tecnologías por parte de escolares y estudiantes de institutos? ¿Es más seguro un centro comercial que un campus universitario? ¿Qué centros escolares o institutos disponen de servicios de prevención y de comités de seguridad y salud como disponen por ley las universidades? ¿Se ha contado durante todo el proceso de la pandemia con la opinión, cuanto menos, de dichos centros de prevención? ¿Se han intentado coordinar con los servicios de salud pública y de atención primaria de salud? ¿Se han identificado como recursos comunitarios que apoyen a los saturados servicios del Sistema Nacional de Salud (SNS)? Y, sobre todo, ¿se ha pensado en algún momento en hacer partícipes a las/os estudiantes de las estrategias de prevención y seguridad en lugar de trasladar únicamente “órdenes y prohibiciones” y la idea de que son los principales culpables de tantas cosas en la pandemia por el hecho de que existan acciones aisladas que se magnifican? ¿Son mayores de edad para asumir la responsabilidad de “su culpa” pero no para que se les implique en la toma de decisiones que les afectan?

La presencialidad, por tanto, se ha cuestionado y restringido drásticamente en la Universidad española sin que existan evidencias claras de que la misma, debidamente planificada y controlada, pueda tener idénticos resultados a los que están teniendo las escuelas y los institutos.

A ello hay que añadir la estéril, artificial e interesada polémica sobre los exámenes presenciales vs online que, desde mi punto de vista, merecen un análisis más preciso que su mera identificación.

En muchos países la modalidad de exámenes online no ofrece la más mínima duda ni sospecha sobre su legitimidad y seguridad. Entre otras cosas porque culturalmente está muy interiorizado que copiar es algo totalmente rechazable y ni tan siquiera se contempla como posibilidad por parte del estudiantado al entenderlo como un fraude. Pero en España esta cultura aún no ha sido capaz de desplazar a la de la picaresca y el engaño en cualquier momento o situación que se precie, sin que suponga ningún tipo de sentimiento de culpa o de remordimiento. Más bien al contrario, el salir victorioso de la estratagema supone un trofeo que incluso es admirado y aplaudido por el colectivo.

Ante esta tesitura plantear exámenes online con importantísimas dificultades técnicas de seguridad y que se complementen con la debida y exigida protección de datos, supone un gravísimo inconveniente que es aprovechado por unos cuantos como elemento de falsa reivindicación de protección a la salud y de prevención del contagio, llegando incluso a los tribunales y sin descartar el insulto y la descalificación como argumentos para sus peticiones o exigencias.

Se trata de unos pocos, que, sin embargo, no suelen esgrimir idéntica resistencia y protesta ante las concentraciones descontroladas y sin medidas de seguridad que se llevan a cabo y entre quienes a veces están los mismos que reclaman los exámenes online. ¿Son más seguros los botellones que los exámenes presenciales?

Nuevamente cuestionar la seguridad de los escenarios universitarios es demagógico y oportunista, aunque lo diga el propio ministro de universidades en contra incluso de sus rectoras/es.

Estas son tan solo algunas de las múltiples interrogantes que me planteo desde que se iniciara la desescalada y se reanudara la docencia con desigual planteamiento en función del contexto.

En cualquier caso, no es mi intención obtener respuestas a las mismas en estos momentos. Pero sí, cuanto menos, plantearlas como elemento de análisis y reflexión.

Pero más allá de estas dudas razonables y razonadas, aunque no contestadas, existe un aspecto mucho más específico en este tema que me preocupa y ocupa como enfermera, como docente y como ciudadano susceptible de tener que ser cuidado profesionalmente en algún momento.

Me refiero a la docencia de enfermería.

El grado de enfermería, ha sido objeto de idénticas medidas al de cualquier otro grado en la universidad española, sin reparar en la especificidad, no tan solo de sus estudios, sino de su incorporación futura en el ámbito laboral.

Hay que recordar que en España la mayoría de la Universidades, sobre todo las públicas, son de modalidad casi exclusivamente presencial. Esta circunstancia hace que la adaptación tanto metodológica como instrumental resulte muy compleja y más aún si se tiene que llevar a cabo en un tiempo récord marcado por la irrupción de la pandemia.

Los estudios de Enfermería, como los de otros grados, están sujetos a una serie de requisitos por parte de la Comunidad Europea que obligan a su estricto cumplimiento para que las Universidades puedan expedir los títulos que dan licencia para el ejercicio laboral, es decir, para poder trabajar como enfermeras.

Entre estos requisitos está el de la obligatoriedad de las/os estudiantes de realizar una parte muy importante de créditos del plan de estudios, a través de los prácticums, en servicios, centros o unidades de atención sanitaria, sin los que no es posible obtener la titulación. Para ello resulta imprescindible la presencialidad en dichos servicios de salud. No es posible adaptar dicho aprendizaje a la modalidad online.

Imponer unas medidas estándar en una titulación que no se ajusta al esquema o pauta de la mayoría de las titulaciones es atacar directamente a la línea de flotación de la calidad de la enseñanza y de los resultados esperados y esperables en unas/os profesionales, como las enfermeras, que deben responder ante situaciones de crisis, riesgo, urgencia, incertidumbre, alarma… en las que está en juego la vida de muchas personas, su futuro profesional y el prestigio y crédito de las instituciones sanitarias.

Pero, además, se han venido planteando permanentes contradicciones en las decisiones adoptadas. Así, mientras se impide que las/os estudiantes acudan a los centros sanitarios a realizar sus prácticums argumentando una hipotética garantía para su seguridad y la de las personas con las que deben interrelacionarse, se plantean contrataciones de estas/os mismas/os estudiantes para servir como auxilio o apoyo a las/os profesionales superadas/os por la situación de la pandemia. Como si el contrato laboral fuese la más poderosa EPI contra la COVID 19 o la realización del prácticum la actividad de mayor riesgo existente.

Por otra parte, competencias interpersonales como la capacidad para una comunicación efectiva, la capacidad para permitir que los pacientes y sus cuidadores expresen sus preocupaciones e intereses, y que puedan responder adecuadamente, la capacidad para representar adecuadamente la perspectiva del paciente y actuar para evitar abusos, la capacidad para usar adecuadamente las habilidades de consejo, la capacidad para identificar y tratar comportamientos desafiantes, la capacidad para reconocer la ansiedad, el estrés y la depresión o la capacidad para dar apoyo emocional e identificar cuándo son necesarios el consejo de un especialista u otras intervenciones, entre otras, resulta de todo punto imposible adquirirlas a través de la docencia online.

Docencia online, por otra parte, para la que, actualmente, ni está preparada la Universidad Presencial, ni lo están las/os docentes, ni tampoco las/os estudiantes. Lo que no resta el más mínimo valor a la innegable y loable implicación y el indudable esfuerzo de todas/os las/os implicadas/os para tratar de adaptarse a una situación tan atípica como crítica.

Docencia online que, en muchas ocasiones, supone que las/os docentes den clase desde el aula. Clases en aulas vacías, ante una pantalla de ordenador tras la que se intuye puede haber estudiantes, porque mantienen en todo momento sus cámaras apagadas y que raramente interactúan y si lo hacen utilizan el chat como único canal de comunicación. Una situación cuanto menos esperpéntica y que influye de manera significativa en la calidad de la enseñanza. Una enseñanza en la que es primordial la interacción de los sentidos, las emociones y los sentimientos, sin la que la docencia enfermera pasa a ser un aprendizaje “enlatado” de conocimientos que se consume precipitadamente para posteriormente “vomitarlo” en un examen, generalmente tipo test, desde el que es, de todo punto imposible, valorar la adquisición de determinadas competencias y mucho menos a través de una escala numérica que anula cualquier valoración cualitativa.

Estamos ante la realidad de formar a las enfermeras que, de manera inmediata, dada la carencia existente, se incorporarán en los servicios de salud para afrontar situaciones complejas para las que posiblemente no se les haya podido formar adecuadamente. Una responsabilidad que recae tanto en quienes toman decisiones, en aras a una supuesta seguridad, contradiciendo la seguridad futura, como en quienes llevan a cabo una docencia que incumple los principios básicos en los que se sustenta y que resulta imprescindible respetar. Una responsabilidad que nos viene impuesta y que pesa como una losa.

Estamos ante una realidad que pone en riesgo la seguridad de atención enfermera ante una cuestionable formación, por mucho que exista una extraordinaria buena voluntad por parte de quienes participan en la misma.

Estamos ante una exposición innecesaria al miedo y a la incertidumbre de unas futuras enfermeras que no han podido acceder a la formación que les corresponde.

No cabe duda que la tecnología, cierta tecnología, ha venido para quedarse. Pero ello no puede ni debe significar nunca que haya venido para desplazar a aquello que continúa siendo insustituible en la docencia enfermera. No se trata, por tanto, de incompatibilidad sino de complementariedad.

Esta grave situación epidemiológica que estamos sufriendo debe servirnos como punto de inflexión para reflexionar sobre la docencia de Enfermería, sus fortalezas y debilidades. El contexto social, económico, político, sanitario, de salud… que quedará tras la pandemia obliga necesariamente a plantear cambios en profundidad tanto en el fondo como en la forma de la docencia enfermera. Creo que la pandemia nos ha permitido aprender, pero también considero que hemos desaprendido, aunque espero que no hayamos olvidado y sepamos reaprender.

En la medida en que todas/os nos impliquemos en ello lograremos dar respuesta a los retos de presente y de futuro tanto de la comunidad como de la disciplina/profesión. La formación enfermera debe ser algo más que formar enfermeras para el SNS. Debemos comprometernos a formar enfermeras excelentes para la comunidad, teniendo presente que hacerlo supone asumir riesgos.

ENFERMERÍA, ENFERMERAS Y CIENCIA

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Día mundial de la mujer y la niña en la ciencia

Las ciencias aplicadas no existen, sólo las aplicaciones de la ciencia.

(Louis Pasteur)

La ciencia es un sistema ordenado de conocimientos estructurados que estudia, investiga e interpreta los fenómenos naturales, sociales y artificiales. Por su parte el conocimiento científico se obtiene mediante observación y experimentación en ámbitos específicos.

Es decir, la ciencia y el conocimiento científico, no excluyen en ningún momento a nadie, cualquiera que sea el ámbito de estudio y, por tanto, cualquier disciplina forma parte de dicha ciencia y del conocimiento científico del que se nutre a través de la generación de preguntas y razonamientos, formulación de hipótesis, deducción de principios y leyes científicas, y la construcción de modelos científicos, teorías científicas y sistemas de conocimientos por medio de un método científico.

Pues bien, esto que inicialmente parece muy claro, al menos teóricamente, a nivel práctico no lo es tanto. Y no lo es básicamente porque cuando se habla de reconocer o premiar aportaciones científicas estas quedan circunscritas a determinadas ciencias que por influencia del racionalismo y el positivismo fueron siendo identificadas como tales, al tiempo que aquellas que sus paradigmas no encajaban con dichos planteamientos científicos quedaban excluidas e incluso minusvaloradas.

Se acuñó la división de ciencias y letras como si las segundas no pudiesen tener la categoría de ciencia. Además de generó la cultura, interiorizada popularmente, de que las ciencias son complejas, útiles, científicas, prestigiosas y las letras fáciles, inservibles, sin influencia. Pero es que además hay un tercer apartado en el que se agrupan aquellas disciplinas que no son consideradas ni ciencias ni letras y mucho menos científicas, como por ejemplo trabajo social, sociología, enfermería…

Podríamos decir, por tanto, que estamos ante una evidente falta de equidad científica en la que, como suele suceder en todas las inequidades, existen ricos y pobres que a pesar de convivir en una misma sociedad, la científica en este caso, la accesibilidad, la igualdad de oportunidades, la libertad de acción… no son idénticas para unas ciencias que para otras.

Con la Investigación, pasa algo similar. La investigación es una actividad orientada a la obtención de nuevos conocimientos o, a ampliar estos su aplicación para la solución a problemas o interrogantes de carácter científico. La investigación científica, por su parte, es el nombre general que obtiene el complejo proceso en el cual los avances científicos son el resultado de la aplicación del método científico para resolver problemas o tratar de explicar determinadas observaciones. Pues bien, la investigación parece como si tan solo fuese posible en las disciplinas encasilladas en “ciencias” y que el resto de disciplinas bien de “letras” o bien aquellas que parece que ni son ciencias ni letras, no tuviesen la capacidad ni la necesidad de investigar. Una vez más la influencia de la investigación positivista anula e incluso desprecia temas de investigación que se alejen de los patrones marcados por esa “ciencia” o cualquier otro diseño de investigación como el cualitativo y no digamos ya aquellos que no quedan claramente encuadrados en ninguno de estos diseños como la investigación acción participación.

Pero es que además organismos internacionales de tanto prestigio como por ejemplo la UNESCO, deja fuera de la consideración de Ciencia, a la Enfermería, de tal suerte que quienes investigan en dicha ciencia tienen que identificarse en el código de Ciencias Médicas, aunque está claro que no es una disciplina de la Medicina. O que cuando se concurre a alguna convocatoria no aparezca como descriptor de Ciencia, Enfermería, y que el proyecto a presentar deba registrarse en el epígrafe de Biomedicina. O que Medicina se autoexcluya de las Ciencias de la Salud por considerarse una ciencia superior o cuanto menos diferente.

En este sentido, por tanto, llama la atención que organismos como la OMS, que está haciendo posicionamientos claros en favor de las enfermeras como la declaración universal del año de las enfermeras y matronas, no se posicione junto al Consejo Internacional de las Enfermeras (CIE), por ejemplo, para que se eliminen de una vez por todas este tipo de exclusiones en organismos internacionales como la UNESCO. Un claro anacronismo científico que se mantiene más allá de la razón y el sentido común.

Todo lo apuntado, aparte de ser un despropósito, que lo es, es una claro y manifiesto atentado a la razón y a la propia ciencia, además de ser una muestra evidente de autoritarismo científico que fagocita, coloniza e invisibiliza a cualquier otra ciencia que no sean las que establece la norma o las que dictan las ciencias dominantes.

Desde este planteamiento de jerarquía científica se producen clarísimas desigualdades que atentan contra la singularidad y especificidad de determinadas ciencias que son ignoradas y despreciadas por organismos oficiales que se someten al dictado de las citadas ciencias dominantes y excluyentes.

La ciencia y el conocimiento científico derivado de las investigaciones queda circunscrito a un microscopio, una probeta, un enzima, un microbio, una sustancia química o una centrifugadora, excluyendo de manera sistemática el valor a investigar sobre sentimientos, emociones, afrontamientos, confianza, empoderamiento… ligados a los cuidados.

Un claro ejemplo lo tenemos en el hecho de que las enfermeras deban someterse a la evaluación de sus aportaciones científicas bajo los criterios de las ciencias biomédicas para lograr acreditarse o alcanzar tramos de investigación en su carrera académica. Esto supone quedar sujeta a parámetros que no son propios de su ciencia o paradigma y tener que competir con otras disciplinas para las que están diseñados de manera expresa y específica dichos criterios de evaluación. Cuestión que pervierte la ciencia al tener que “adulterarse” en esa forzosa adaptación que se quiere vender de manera eufemística, cínica y totalmente alejada de la realidad como un intento de equiparar las ciencias con idénticos parámetros de evaluación. Los sesgos que se incorporan son evidentes y tan solo se mantienen por intereses de poder científico ligado a determinadas disciplinas.

Son múltiples los certámenes y convocatorias de premios que reconocen las aportaciones a la ciencia por parte de investigadoras/es. Algunos de ellos de gran prestigio internacional. Pero la mayoría, circunscritos a las ciencias, dijéramos de primer nivel o reconocidas como tales, quedando excluidas el resto de ciencias como las ciencias políticas, las humanidades, las sociales…o aquellas que ni tan siquiera se enmarcan en ningún genérico científico.

De tal manera que resulta muy complejo, no por dificultad científica sino por evidentes barreras de acceso, el optar si quiera a los citados certámenes o convocatorias de premios, que se diseñan a imagen y semejanza de las citadas ciencias de élite, lo que provoca una clara vulnerabilidad científica que empobrece los resultados de dichas ciencias, no por falta de aportaciones sino por imposibilidad de acceso a su reconocimiento.

Sería por tanto deseable que en los Premios de investigación o de ciencia que se convoquen se contemplen aportaciones de valor por parte de ciencias como la Enfermería y que las mismas no queden olvidadas, ocultas o inclusive fagocitadas por otras ciencias.

Se puede argumentar que existen determinados investigadores y científicos enfermeros, por ejemplo, que son capaces de asimilar su producción a la de las ciencias biomédicas con los criterios comentados, por lo que se podría deducir que quienes no lo hacen es porque no quieren y prefieren adoptar un posicionamiento victimista y de permanente sentimiento de persecución. Una vez más nos encontramos con un discurso que trata de descalificar y desviar la atención del verdadero problema. Siendo cierto el planteamiento de acceso de algunas/os investigadoras enfermeras/os a estos criterios, no lo es menos, que en muchas ocasiones deben sacrificar determinados planteamientos disciplinares para adaptarse, como se decía, a las normas impuestas, lo que sin duda provoca una adulteración evidente de la ciencia propia para aproximarse a la dominante que, finalmente, es la que marca el cómo, el cuándo y el dónde.

Si a todo lo dicho sumamos las dificultades que las mujeres tienen para investigar en igualdad de condiciones que los hombres y ser reconocidas sus aportaciones con idéntico valor que ellos, nos encontramos con un inconveniente añadido en el caso de las enfermeras.

Enfermería es una profesión eminentemente femenina tanto por el número de profesionales que la integran (80% más o menos) como por la condición de género femenina de la propia profesión al estar ligada claramente a una evolución histórica, social y profesional con un claro paralelismo a la perspectiva de género de nuestra sociedad, sufriendo idénticos inconvenientes, acosos, dificultades, obstáculos y barreras que las mujeres para lograr su plena identidad e igualdad en una sociedad patriarcal y machista que, en el caso de la enfermería, estuvo permanentemente subsidiada, controlada e incluso maltratada, por la disciplina médica, claramente masculina y machista en su comportamiento interdisciplinar y en su desarrollo, al margen incluso, del aumento de mujeres que acceden a la medicina al interiorizar éstas, idénticos comportamientos profesionales masculinos y machistas.

Si al tardío desarrollo profesional, claramente inducido por la dictadura franquista, unimos las barreras para permitir su desarrollo disciplinar universitario, nos encontramos con un clarísimo elemento de dificultad a la hora de asimilarse al resto de la comunidad científica. Sin embargo, las enfermeras hemos sido capaces en menos de 40 años de situarnos al mismo nivel académico que cualquier otra disciplina, aunque el nivel científico, por razones obvias, aún esté lejos del que acumulan ciencias con siglos de capacidad científica. Si, además, tenemos en cuenta que lo hemos tenido que hacer con idénticos criterios de quienes llevan dicho bagaje científico acumulado, por una parte, y que, en base al mismo, marcan las reglas del juego como si todos partiésemos del mismo punto, es evidente la clara desigualdad de oportunidades y la consiguiente inequidad científica.

Hoy se ha conmemora el día mundial de la mujer y la niña en la ciencia. Lamentablemente se tienen que seguir celebrando estos días en los que se pone de manifiesto que se mantienen desigualdades en función del género en cualquier ámbito de nuestra sociedad, en la que el científico no es una excepción. La mujer ha sido históricamente relegada por la ciencia a través de los hombres que la han capitalizado de manera exclusiva y excluyente. Hasta el punto de expropiar las aportaciones científicas hechas por mujeres, en condiciones de quasi clandestinidad, para asignárselas como propias.

Día de la mujer y la ciencia en el que aún cuesta encontrar referencias a enfermeras como consecuencia de la invisibilidad de sus investigaciones y de sus aportaciones científicas, en un área, el de los cuidados profesionales, que sigue manteniéndose, en muchos casos, en el ámbito doméstico.

La Enfermería como ciencia y las enfermeras como integrantes de dicha ciencia, a la que debemos alimentar y cuidar, tenemos el compromiso de avanzar para posicionarnos como investigadoras y científicas en igualdad de condiciones a las de cualquier otra disciplina, para aportar nuestras contribuciones específicas que contribuyen a mejorar la calidad de vida de las personas, las familias y la comunidad.

Por su parte, la sociedad, en su conjunto, pero muy particularmente las organizaciones e instituciones encargadas de reconocer y difundir las aportaciones científicas deben acabar de una vez con la idea de que la ciencia es patrimonio exclusivo de unas pocas disciplinas. Para ello resulta fundamental que se apoyen y reconozcan las investigaciones y los resultados derivados de estas, de investigadoras/es que no son parte de las disciplinas con carácter de exclusividad.

Continuar manteniendo un posicionamiento tan reduccionista tan solo contribuye al empobrecimiento de la ciencia en general y a limitar el acceso de la población a importantes aportaciones para la salud y el bienestar aportadas por parte de ciencias que siguen sin ser reconocidas como tales.

La ciencia no puede seguir siendo acrítica e irreflexiva como efecto de la manipulación interesada que de la misma hacen determinadas disciplinas que la tienen secuestrada para su particular interés. Ello tan solo provoca una visión distorsionada que se traduce en la limitación de posibles beneficios de conocimiento que reviertan en mejoras para la salud, el bienestar o el buen vivir.

PÉRDIDAS Y GANANCIAS

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“La vida no juega con cartas marcadas, ganar o perder es parte de ella”.

Paulo Coelho.

La pandemia que todo lo envuelve, que todo lo oculta, que todo lo anula, parece que tan solo nos esté generando pérdidas. Pérdidas en salud, en vidas, en convivencia, en tranquilidad, en confianza, en seguridad, en confort, en comunicación, en relaciones, en conocimiento, en tolerancia, en respeto… como si de una hemorragia de vida se tratase por la que se escapa aquello que, tan solo, o hace tanto, porque el tiempo es relativo, constituía y considerábamos como normalidad.

Una normalidad que ya no identificamos. Que ha palidecido y se ha debilitado tras tantas pérdidas que no hemos sido capaces de restituir hasta ahora. Lo que la mantiene en un estado de permanente indefinición. Hasta el punto, que ya hablamos de una nueva normalidad, dando por perdida la que se desangra irremediablemente por causa de la pandemia, pero también, no nos equivoquemos, como consecuencia de nuestras propias actitudes, acciones, inacciones, omisiones, dudas, reproches, descalificaciones, incredulidad, desconfianza, aislamiento, enfrentamientos, intolerancia… pero también, reconozcámoslo, por la pérdida, sobre todo, de nuestra capacidad de afrontamiento colectivo y del egoísmo permanente al utilizar cualquier situación en favor del interés particular, aunque hipócritamente, en muchas ocasiones, se revista de interés y servicio a la sociedad.

Y sin darnos cuenta, o sin quererlo hacer, dejamos que esa normalidad en la que vivíamos, sea reemplazada por la naturalización del dolor, del sufrimiento y de la muerte como algo consustancial a esta realidad impuesta por la pandemia y que tanto nos cuesta, no ya de entender, sino de asumir, aunque sepamos, o nos digan que debemos saber, que es por nuestro bien. Como si fuésemos niños a los que hay que imponer las normas de comportamiento sin tan siquiera explicarlas para que sean entendidas, entendibles y cumplidas, porque así lo manda la autoridad competente. Ese patriarcado y paternalismo asistencialista a los que han hecho acostumbrarse a la ciudadanía a fuerza de usurparle la capacidad, tanto de pensar por sí misma, como de actuar en consecuencia tomando decisiones. Se hace lo que la autoridad sanitaria/política dictamine, porque para eso tiene el conocimiento, la autoridad y el poder. Y la respuesta, es el aparente y aprendido acatamiento que, en muchas ocasiones, es tan solo la escenificación de una obediencia que persigue, realmente, transgredir la norma impuesta como mecanismo de rebeldía por la propia imposición sin razonamiento ni consenso y como forma de responder a la permanente sensación de estar siendo insultada su inteligencia. Como si fuese incapaz de pensar, analizar, reflexionar y decidir por si misma. Es una aproximación permanente de la ficción distópica descrita magistralmente por George Orwell en 1947, en la novela política 1984.

De tal manera que si la ciudadanía obedece la autoridad traslada mensajes de reconocimiento por su acatamiento vigilado, en un comportamiento claramente conductista para que continúe obedeciendo, al tiempo que ella se atribuye el éxito obtenido. Pero, si no lo hace, se generan discursos de culpabilidad y de irresponsabilidad exclusiva ante el fracaso de las medidas impuestas. Es decir, los éxitos son siempre de la autoridad y los fracasos siempre de la comunidad.

Cabe preguntarse, por tanto, si la realidad y con ella la normalidad perdida, hubiesen sido diferentes si se hubiese dado oportunidad a la ciudadanía de participar en el afrontamiento ante la pandemia, en lugar de relegarla a la permanente pasividad y docilidad a la que se le somete, desde un discurso falaz y demagógico, en aras de la seguridad, la protección y la libertad, que, paradójicamente, están siendo coartadas de manera sistemática. Pero, mientras el discurso siga anclado en la identificación de la ciudadanía como problema en lugar de como solución, tan solo la imposición coercitiva y punitiva será capaz de asegurar el cumplimiento de aquello que unilateralmente se ha decidido que es lo mejor.

Se ha perdido la oportunidad de favorecer la participación comunitaria real y efectiva en la identificación de los problemas, la planificación de las estrategias, la ejecución de las acciones y la evaluación de los resultados. Una pérdida que, lamentablemente, no podremos evaluar dado que no tendremos datos que nos permitan comparar lo obtenido por presión con relación a lo alcanzado por consenso.

Finalmente, todo es consecuencia del modelo caduco imperante en el Sistema Nacional de Salud (SNS) en general y en la Atención Primaria de Salud (APS), en particular. Modelo que la pandemia ha desnudado impúdicamente, dejando al descubierto las múltiples vergüenzas que en forma de carencias la “vestimenta” que las cubría tan solo era capaz de ocultar o disimular, pero no de eliminar.

Nos encontramos pues ante una pérdida que debe identificarse como posible ganancia si la visualización de dicha desnudez conduce a confeccionar las ropas adecuadas que, no tan solo tapen, sino que sean capaces de cumplir el cometido que de las mismas se espera. El modelo del SNS, por tanto, requiere una urgente revisión y transformación que no se logra tan solo con la participación de la autoridad o los supuestos expertos, sino con la de todos aquellos agentes que tienen tanto que aportar.

Pero la pandemia también está dejando a su paso otro tipo de ganancias que, posiblemente, aún sea pronto para calibrar en su justa medida o de valorar su futuro recorrido.

Me voy a referir en concreto, porque sin duda habrá más, a las ganancias que afectan a las enfermeras.

Alguien podrá pensar o incluso opinar que lo que planteo no son ganancias o, al menos, no pueden o deben imputarse como efecto de la pandemia. Este es, precisamente, uno de los fines de estas reflexiones, que sirvan de base para el análisis y el debate. Porque creo que sentarse a esperar que llegue esa nueva normalidad que, como si de un paraíso se tratase, están trasladando, en un nuevo intento de mantener expectante pero pasiva a la ciudadanía, no es la mejor de las actitudes. Resulta imprescindible reflexionar sobre lo que está pasando y de cómo está influyendo en las enfermeras.

Desde luego la ganancia no se sustenta en la falsa, oportunista e inadecuada identificación de las enfermeras como heroínas, que fue más una maniobra de distracción ante las carencias que iban apareciendo que una manera real de reconocimiento y de respuesta a las necesidades que tenían para poder hacer su trabajo con calidad y, sobre todo, con seguridad.

Una de las ganancias que identifico es, sin duda, que la pandemia y su poder destructor han logrado que las enfermeras hayan sido conscientes del valor de sus aportaciones específicas, de su valor intrínseco. El dolor, el sufrimiento y la muerte acumulados en tan poco espacio de tiempo, tanto ajenos como propios, unidos a la soledad, el aislamiento y el miedo, han hecho posible que lo que durante tanto tiempo permaneció oculto, olvidado e invisible, emergiese con la fuerza de su propia aportación para ser identificado por las enfermeras como aquello que les visibiliza y reconoce de manera específica, singular e irremplazable, los cuidados profesionales. Transitar del ámbito doméstico al profesional y científico ha permitido situar la aportación enfermera en el paradigma propio, para, desde el mismo, prestar la atención integral, integrada e integradora que nos identifica, además de hacerlo desde la evidencia científica, la humanización necesaria y la utilización eficaz de la técnica.

De manera paralela, el valor del cuidado ha sido identificado y reconocido tanto por las personas atendidas como por sus familias y la sociedad en su conjunto. La simpatía, como valor casi exclusivo demandado por la población, quedaba enmascarado y era sustituido por un cuidado profesional que se identificaba como reparador, tranquilizador, sanador, cercano, empático, insustituible y necesario en momentos tan duros y en los que el aire y su incapacidad para respirarlo, no era lo único que ahogaba a las personas y a sus familias. La soledad, la incertidumbre, la ansiedad, la alarma, el miedo…requerían de algo más que oxígeno, antibióticos o incluso respiradores. El cuidado suponía una terapia que permitía mantener las ganas de vivir o acompañaban a la muerte. El tantas veces reclamado reconocimiento enfermero nos lo había facilitado, paradójicamente, la pandemia y sus efectos.

El machacón, repetitivo, exclusivo y excluyente mensaje informativo centrado en un único profesional y en una única disciplina, fue dando paso a la incorporación de las enfermeras como profesionales que no tan solo se identificaban como recursos humanos en las organizaciones sanitarias, sino como profesionales cualificados que aportaban valor, a la atención de las personas, las familias y la comunidad. La voz autorizada y rigurosa de las enfermeras empezaba a ser reclamada y difundida en los medios de comunicación tan habituados al sesgo médico, curativo y sanitarista. Su aportación específica y la identificación de competencias propias, durante tanto tiempo ligadas a la subsidiariedad, empezaban a ser relacionadas de manera clara y directa a las enfermeras. Se ha empezado a perder ese pudor irracional a llamarnos como lo que somos, enfermeras, aunque prevalezcan genéricos, como sanitarios, personal médico…tras los que aún nos parapetan algunos. La ganancia de los medios de comunicación, aun siendo incipiente, es importante por cuanto son la voz y la imagen que durante tanto tiempo ha estado alimentando tópicos y estereotipos que han impedido visibilizar la imagen profesional y científica enfermera. Es otra ganancia que la pandemia ha posibilitado.

Las/os políticas/os, posiblemente, estén siendo quienes más resistencia estén generando al valor de los cuidados profesionales enfermeros y de quienes no tan solo los prestan, sino que los sustentan desde su ciencia propia. Es esta una ganancia que identifico como diferida. Diferida por cuanto el contexto de cuidados que la pandemia dejará tras de sí, les obligará a tomar decisiones en las que la aportación y la voz de las enfermeras resultarán imprescindibles. En la medida en que se facilite el acceso de enfermeras en los puestos de responsabilidad y toma de decisiones y de que se dote del número necesario de enfermeras para dar respuestas de calidad a las demandas y necesidades de cuidados que requerirá y reclamará la ciudadanía, la ganancia será una realidad o se quedará, una vez más, en el limbo de los discursos vacíos, oportunistas e hipócritas de quienes piensan que con poner una capa o dando un aplauso es suficiente para reconocer el valor de las enfermeras. Es, posiblemente, una de las ganancias más inciertas. Pero también es cierto, que las logradas, identificadas e interiorizadas, por las propias enfermeras, la población y los medios de comunicación, dejarán poco espacio a la indecisión de las/os políticas/os a la hora de concretar tanto la participación como la valoración de las enfermeras.

No trato, en ningún caso, de establecer una cuenta de resultados con saldos positivos o negativos. Tan solo pretendo compartir aspectos que subyacen de una situación que merece análisis que vayan más allá de las incidencias, los rastreos, las hospitalizaciones, las vacunas o la inmunización comunitaria, que con ser importantes no pueden ni deben ocultar otros matices que en mayor o menor medida inciden e incidirán de manera muy significativa en aspectos sociales, profesionales, científicos, docentes, económicos… que merecen también la atención debida por ser inputs y outputs en esta balanza pandémica.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta que serán muchas más las pérdidas y posibles ganancias a identificar en esta pandemia, no debe dejarnos impasibles lo que las ganancias descritas suponen para las enfermeras. Porque se trata de ganancias que requieren ser alimentadas desde la motivación, la implicación, el esfuerzo y la energía de las enfermeras con el fin de que no se queden en simples anécdotas o hechos puntuales que acaben desvaneciéndose con el paso del tiempo y mecidas en la complacencia y el conformismo. Se ha logrado algo muy importante, pero ahora se requiere la constancia y el rigor necesarios para que la ganancia se incorpore como algo definitivo que nos identifique y nos otorgue valor permanente. De nosotras, fundamentalmente, depende. No caigamos en el error de pensar que ya está todo conseguido o que son otros quienes tienen que trabajar o velar para que se consoliden dichas ganancias. Ganancias que, por otra parte, deben servir como punto de inflexión para la definitiva madurez de la enfermería y de quienes exclusivamente depende, las enfermeras.

Finalmente, todo esto me hace pensar si Nursing Now, no tan solo no se ha perdido, sino que ha logrado ganar. De manera diferente a como lo teníamos previsto, pero ha ganado.

DE ILLA A DARIAS Juego de tronos

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“La política, la intriga. ¿Qué más da? Como me parecen algo hermanas, que las haga otro“.

Pierre-Augustin de Beaumarchais

dramaturgo francés 1732 – 1799[1]

 

Aún recuerdo cuando se anunció el nombramiento de Salvador Illa como ministro de sanidad. Un filósofo para una cartera prácticamente vacía de competencias, que se interpretó como una banalización ante la intrascendencia de un ministerio que acababa de ser fraccionado en tres (sanidad, consumo y bienestar social) dando respuesta al gobierno de coalición. Pocos, por no decir nadie, prestaron excesiva atención al nuevo inquilino de sanidad.

Salvador Illa empezó su andadura cogiendo el relevo de una ministra, Mª Luisa Carcedo, que había hecho los deberes y que dejaba hilvanado el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria, a falta de que se llevase a cabo el cosido definitivo que permitiese cambiar, un modelo caduco, ineficaz e ineficiente como consecuencia de la falta de atención prestada hasta entonces por equipos ministeriales anteriores y por un Sistema Sanitario cuyo modelo paternalista, asistencialista, medicalizado, fragmentado y hospitalcentrista la había contagiado, desposeyéndola de sus principios básicos.

Ese fue su inicio. Presidir una jornada en la que los diferentes agentes, profesionales, ciudadanos y políticos, se reunían para analizar y reflexionar sobre el desarrollo de la estrategia que, por otra parte, ya dependía de las Comunidades Autónomas (CCAA). Un escenario de marketing sanitario que permitiese darle lustre a la estrategia propiciada desde el ministerio.

Parecía pues que el cometido tranquilo que, al menos en apariencia, se le había trasladado al Sr. Illa seguía un guión en el que éste se sentía a gusto como estratega y negociador político contrastado. Sus formas, su talante, su serenidad, su proximidad, su aparente timidez o cuanto menos ausencia de protagonismo tras unas gafas que, finalmente, se convirtieron en referente claro de su propia fisonomía y personalidad y que incluso, la forma en cómo las manejaba, se incorporó como parte de su lenguaje no verbal permitiendo identificar sus estados de ánimo.

A este hombre tranquilo, sin embargo, la tranquilidad le duró poco. La irrupción de la pandemia hizo que un ministerio prácticamente vacío de competencias y cuyo principal cometido era el de la articulación y la negociación entre CCAA, para lo que tenía especial habilidad el ministro, se convirtiese en el centro de un ciclón pandémico que provocaba una fuerza centrípeta que todo lo absorbía.

El ciclón fue adquiriendo cada vez más poder destructivo y de atención situando al ministro Illa en el centro de todas las miradas y también de todas las críticas que es como en política, lamentablemente, se afrontan las situaciones de crisis. Al entenderlas los oponentes políticos como oportunidades para su interés oportunista y partidista.

Sin duda la pandemia dejó al descubierto las vergüenzas y las carencias del que hasta ese momento siempre había sido identificado y difundido como uno de los mejores Sistemas de Salud del mundo. Y no es que la pandemia hubiese desprovisto al mismo de parte de sus virtudes, sino que sacó a flote las consecuencias de unas políticas que fueron sistemáticamente debilitando su fortaleza por la falta de inversión y el maltrato a su mayor activo, los profesionales, que no tan solo tenían unas condiciones de trabajo cada vez peores, sino que la sobrecarga a la que eran sometidos por unas plantillas totalmente mermadas y desfasadas se unían a la organización y gestión de un modelo que la pandemia vino a visibilizar que requería de profundos cambios e intervenciones correctoras y que, desde luego, no se arreglaban otorgando a las/os profesionales la categoría de heroínas/héroes.

Esta evidencia condujo a que se empezasen a generar discursos cada vez más frecuentes de la necesidad de acometer cambios urgentes y sustanciales en el SNS. Y el ministro asumió el reto y convocó en el mes de junio a 20 expertos para que de manera intensiva consensuasen una ponencia de cambio del SNS que meses después concluyó en un documento que debía asumir el ejecutivo como base para tan necesario como urgente cambio, junto a las conclusiones que derivaron de las comisiones de reconstrucción creadas al efecto.

Sin embargo la aparente y artificial normalidad que se quiso vender para salvar un verano que se presentaba aciago se encargó de que ese aparente interés por el cambio quedase enterrado o arrastrado por las olas de contagio que se sucederían tras un descanso estival que trató de aparentar una normalidad para la que aún no estábamos preparados y para la que aún no teníamos respuestas suficientes ni eficaces.

Todo quedó, por tanto, en una nueva escenificación coral a la que se arrastró, con medias verdades e incluso con mentiras, a quienes creyeron los cantos de sirena del cambio prometido por el hombre tranquilo. Como en la obra de Shakespeare, mucho ruido y pocas nueces, o más bien ninguna.

A todo ello hay que añadir el sangrado de “dimisiones” de altos cargos, que continuaba desde el anterior equipo de la ministra Carcedo, y que habían estado participando e impulsando de manera activa en las iniciativas de cambio comentadas anteriormente, lo que, cuanto menos, genera ciertas dudas sobre si las dimisiones no obedecieron a discrepancias con el silencio y ostracismo al que se sometieron dichas iniciativas.

El espectáculo estaba asegurado y en él, el jefe de ceremonias, trataba, desde su habitual y aparente serenidad, trasladar esa misma sensación a unos mensajes cargados de incertidumbre y de decisiones que modificaban la vida y convivencia de una ciudadanía cada vez más cansada, incrédula y olvidada.

El rescate de la navidad supuso un regalo envenenado que ni Papa Noel ni los Reyes Magos lograron paralizar y que dio paso a una 3ª ola que nos transporta a situaciones tan críticas o más que al inicio de la pandemia. Como si nada de lo hecho y perdido hasta entonces hubiese servido para aprender y aprehender.

Lo que viene después ya se sabe. Pero lo cierto es que ese hombre tranquilo en medio de tanta intranquilidad fue cada vez más cuestionado y criticado y con ello cada vez más aislado en una triste similitud con su apellido, Illa, que en castellano es Isla.

Su apellido fue refugio de su propia gestión quedando rodeado por todas partes del agua de las críticas y los oportunismos políticos y territoriales. Cada vez con menos posibilidades de que llegasen a su rescate en esa Isla en la que había quedado atrapado junto a un devaluado, acrítico y cada vez menos fiable Señor, que no Doctor, Simón. Isla desde la que oteaban una realidad tan diversa como preocupante en la que la vacunación sufría los efectos de una indudable falta de planificación tanto europea, nacional como autonómica y en la que, una vez más, no se contó con las enfermeras para su puesta en marcha, salvo para identificarlas como vacunadoras. Un nuevo y triste resultado de una visión sesgada, parcial, paternalista, asistencialista, excluyente y ausente de criterios homogéneos, de una pandemia que le acabó hurtando la serenidad al hombre tranquilo.

De repente apareció la balsa de salvamento en forma de elecciones en Catalunya e Illa fue rescatado como náufrago para ser trasladado a las costas catalanas donde emprender una nueva aventura desde su aparente tranquilidad.

Salvamento en el que una nueva y sorpresiva inquilina pasó a ocupar el espacio dejado por Illa. La ministra Darias de Política Territorial y Función Pública, pasaba a Sanidad, como si los trasvases ministeriales fuesen lo más normal del mundo. Luego nos quejamos las enfermeras de que se siga creyendo que servimos tanto para un roto como para un descosido.

El caso es que la Sra. Darias asume el reto de la pandemia en uno de sus peores momentos como consecuencia de los efectos devastadores de la 3ª ola y del proceso de vacunación.

Con Illa rescatado y Darias recién incorporada cabe preguntarse si va a cambiar algo o si por el contrario la pandemia va a continuar utilizándose como excusa permanente de la inacción y la falta de toma de decisiones.

Dudo que en ese trasvase que el Sr Illa ha querido revestir de tranquilidad y discreción, y que muchos han interpretado como huida silenciosa y a traición, se haya llevado a cabo algo más que la cesión de la cartera de piel, en la que, mucho me temo, no habrá mucho más que alguna carta de despedida. Es decir, las necesidades de cambio, en forma de documentos, dossiers o ponencias, habrán quedado definitivamente encerradas en el fondo de algún cajón sin que logren nunca ver la luz que los haga visibles. Y con la desaparición casi total de quienes los gestionaron desde el ministerio y, por tanto, capaces de propiciar algún cambio real, las propuestas e intenciones en ellos recogidos desaparecerán y se perderán. Una nueva, fallida y triste oportunidad desaprovechada que propiciará que el SNS siga anclado en un modelo tan caduco como inadecuado para las necesidades actuales y las que esta pandemia va a dejar tras su paso.

La ministra Darias, por tanto, ha ocupado el hueco dejado en ese juego de estrategia que se ha jugado en un ya devastado tablero político, en el que, además, había que dejar hueco para la “otra pieza” desplazada, el alfil Iceta.

Su incorporación no ha levantado ni entusiasmo ni excesivas expectativas en unos profesionales de salud demasiado cansados como consecuencia de los efectos de la pandemia y de las decisiones adoptadas, que tanto les afectan y tan poco les reportan.

Estaría bien que la Sra. Darias se rodease de profesionales y asesores que le hiciesen ver que más allá de la respuesta política que le toca dar, existen necesidades urgentes que no pueden seguir postergándose sine die. Que es preciso que identifique las carencias que existen y que eche mano de las fortalezas que representan los profesionales para, entre todas/os, buscar soluciones en lugar de continuar poniendo parches.

Que las respuestas no pueden ni deben continuar quedando en palabras de agradecimiento y de impostura diplomática. Que las enfermeras deben de dejar de ser vistas como mano de obra, como recursos humanos sin más, para pasar a ser identificadas, valoradas y reconocidas como profesionales fundamentales, tal como lo hacen los países en donde masivamente las contratan, con las consecuencias que ahora mismo estamos padeciendo. Que las recomendaciones de organizaciones como la OMS en el sentido de incorporar enfermeras en puestos de responsabilidad y toma de decisiones en todas las organizaciones e instituciones van más allá de los discursos interesados a los que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Que el contexto de cuidados que deja la pandemia requerirá de una apuesta firme y decidida para otorgar el liderazgo que se le ha venido negando hasta ahora. Que si queremos seguir alardeando de un excelente SNS debemos abandonar la cola de países de la OCDE en número de enfermeras por cada mil habitantes. Que las evidencias científicas demuestran, de manera clara y rotunda, que el número de enfermeras contratadas y de excelente formación está directamente relacionada con un descenso claro de la morbi-mortalidad. Que las enfermeras no somos una amenaza para nada ni para nadie, sino una solución a la necesaria e imprescindible atención transdisciplinar. Que las enfermeras debemos ser oídas y tenidas en cuenta en cuantos foros, comisiones, reuniones o grupos de trabajo se hable de salud, desde cualquier perspectiva.

Para empezar, Sra. Darias, estaría bien que nos escuchase y evitase seguir con los mensajes vacíos, aunque elegantes y aparentes, con los que habitualmente tratan de engañarnos en un lamentable ejercicio de falta de respeto a nuestra inteligencia.

En su mano está el que su incorporación sea, una vez más, un ejercicio de intriga palaciega política que tiene como único objetivo el equilibrio de fuerzas del gobierno y del partido al que pertenece, o que realmente tenga la voluntad, y la valentía de tomar decisiones que definitivamente tengan como objetivo la salud del SNS y de las personas a las que, desde el mismo, deben ser atendidas y cuidadas.

Daría lo que fuese por creerme que usted, Sra. Darias, es la persona que realmente necesita este ministerio. Pero permítame que tenga serias dudas. Tan solo usted podrá ser capaz de despejar, en el tiempo en que pueda o le dejen ocupar un cargo que parece más un comodín de los movimientos políticos de quienes conforman los gobiernos que un puesto de la importancia que tiene la salud de las/os ciudadanas/os. Por mucho que la mayoría de las competencias estén transferidas a las CCAA, que normalmente mimetizan la incoherencia que muestra el ministerio, para, finalmente, escenificarla en el consejo interterritorial donde nadie les quiere como pareja de baile.

Darias, permíteme tutearte, darías una gran alegría a todas/os si dieras ese paso. Ojalá tu formación como abogada te permita comprender la importancia de tomar decisiones, no tan solo justas, sino ajustadas a derecho que te hagan ser recordada como aún lo es Ernest Lluch, u olvidada como prácticamente el resto de políticos que han pasado sin pena ni gloria por ese ministerio de circunstancias en que han convertido a la gestión de la sanidad y con ella de la salud, que es lo más triste y lamentable. No parece razonable, por tanto, seguir generando capítulos en este particular juego de tronos.

[1] Fuente: https://citas.in/temas/intriga/

LOS MANDAOS. De la mediocridad a la obediencia debida.

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“Unirte a gente mediocre es unirte a gente tóxica, sin darte cuenta de que el aire viciado entra por tus poros y te enferma.”

BERNARDO STAMATEAS

 

En esta pandemia estamos asistiendo a una clara exaltación de mediocridad, hipocresía y cinismo por parte de muchas de las personas que deberían ser, precisamente, el claro ejemplo de todo lo contrario.

El problema es que, como sucede con la propia pandemia, el aumento generalizado de casos, los picos, las olas… de estas tristes y lamentables manifestaciones acaban por naturalizarse como si fuesen parte de la propia situación que estamos viviendo y que incluso nos lleva a identificarlas como anécdotas del proceso.

Sin embargo es importante que tratemos de visibilizarlas y otorgarles el valor de gravedad que las mismas tienen y que afectan de manera significativa tanto a la evolución de la propia pandemia como a la salud comunitaria y los derechos fundamentales en los que se sustenta (libertad, equidad, igualdad, democracia…).

La impunidad, social y legal, no puede incorporarse como respuesta a la inacción o a la acción mediocre, ineficaz e ineficiente de quienes, desde la autoridad de sus puestos o cargos o de quienes les respaldan en los mismos, contribuyen a generar una atmósfera de confusión, incertidumbre, alarma, confrontación… con decisiones oportunistas e interesadas o con la inhibición absoluta en la toma de dichas decisiones en espera de que sean otros quienes las tomen, con el agravante de, posteriormente, situarse en posición de ataque hacia las mismas y quienes deciden.

La situación que estamos viviendo, sin duda, es compleja. Pero, precisamente por eso, resulta imprescindible que se tomen decisiones. Decisiones que ineludiblemente pasan por un análisis pormenorizado de la situación. Una identificación clara de las posibles consecuencias de las mismas. Un conocimiento exhaustivo de los recursos con los que se cuenta. Una elección pormenorizada de las/os responsables que tienen que desarrollarlas. Un canal permanente y permeable que facilite el trasvase de información bidireccional. Un posicionamiento de transparencia y coherencia que limite la confusión y las interpretaciones, interesadas o no. Es decir, básicamente, planificación.

Para ello se precisa de personas, no tan solo preparadas, sino íntegras, coherentes, éticas y comprometidas con la responsabilidad inherente a los cargos que ocupan y no al agradecimiento hacia quien les ha situado y mantienen en los mismos.

Sin embargo, las decisiones y sus decisoras/es se comportan, generalmente, de manera totalmente divergente a lo planteado. Parece que nadie quiere asumir el compromiso de tomar las decisiones. Que siempre hay alguien a quien mirar y señalar como responsable de que no se tomen o se hagan a destiempo y mal. Que el “yo soy un/a mandaó/dá” es la mejor de las excusas para esquivar la responsabilidad que corresponde y seguir derivando en cascada dicha responsabilidad en quien finalmente tiene que ejecutarla y que, habitualmente, acaba siendo quien asume las consecuencias de esta cadena de mediocridad hasta el punto que se le acuse de irresponsable. Es lo que popularmente se conoce como “matar al mensajero”. Mensajero, que ni ha escrito ni conoce el mensaje.

En dicha cadena de despropósitos, consecuencia de la mediocridad político-gestora imperante, sin embargo, suele haber espacio siempre para dar respuesta a necesidades propias, aunque las mismas se salgan de manera inequívoca de lo estrictamente establecido o moralmente recomendable.

Y, claro está, si son pillados en su impúdico comportamiento, siempre hay a quienes culpar de su decisión. Justo todo lo contrario de lo que sucede si se obtiene un resultado positivo, que inmediatamente se atribuye como propio y de exclusiva autoría, aunque ni tan siquiera sepa capaz de identificar qué y cómo se ha logrado.

Pero si algo caracteriza a esta especie de gestores/políticos es su fobia a la excelencia, la eficacia, la brillantez… de quienes le rodean, tal como dice Miguel Campion “Los mediocres aman la mediocridad y odian lo original, lo excepcional y lo diferente.”. Hasta el punto que les hace la vida imposible hasta que hartos de tanta miseria acaban abandonando sus puestos o sus responsabilidades o bien son apartados de los mismos por el mediocre, que no tolera que nadie sobresalga o le haga sombra. Situación que, además, se consiente manteniendo al mediocre, sin tan siquiera extrañarse por la fuga o expulsión de talento. De tal manera que el mediocre se rodea de mediocres o de quienes incorporan el silencio para protegerse al estilo de la omertá mafiosa.

Llegados a este punto cabe plantearse alguna cuestión relativa a lo que está sucediendo en el proceso de vacunación en nuestro país. La aparición, cada vez más numerosa, de quienes haciendo uso de su autoridad la utilizan para saltarse las reglas y beneficiarse de privilegios que no les corresponden.

Alcaldes, concejales, consejeros, gerentes…se hacen vacunar de la COVID 19 y cuando son identificados, lejos de asumir su error y las consecuencias que del mismo deberían derivarse, de inmediato, tratan de justificar su actuación mintiendo sobre la supuesta prioridad que su cargo les otorga para vacunarse o lo que, si cabe, resulta más indigno e indignante, que es tratar de culpar de su decisión a quienes considera sus súbditos.

Se aferran a su sillón y a las prebendas que el mismo les facilita y de las que se benefician de manera tan patética como reprobable. En una firme decisión como, posiblemente, nunca antes hubiese tomado alguna otra, siendo además respaldada por quien o quienes le auparon en el cargo, en una claro y patético escenario de compadreo corporativo, partidista o político.

Ahora bien. En este caso de la vacunación, que no es ni excepcional ni aislado, aunque sí muy sensible a la opinión pública, cabe preguntarse si quien lleva a cabo la vacunación y por tanto es conocedor/a de las prioridades establecidas para vacunar a unas u otras personas, tiene que asumir la responsabilidad de no haberse negado a vacunar al “jefe” o si por el contrario es lícito, aceptable, comprensible o incluso perdonable que no lo hiciese por el hecho de ser “un mandaó/dá”.

A nadie se le escapa que lo fácil, aunque no estemos de acuerdo o inclusive estemos totalmente en contra de aquello que se nos pide, es asumirlo y evitar problemas derivados del enfrentamiento con la autoridad impuesta/establecida, yendo contra los propios principios de ética y coherencia, profesional y personal, exigibles y deseables.

Me cuesta asumir que nadie se haya plantado ante peticiones o imposiciones tan irregulares. Es más, me consta que no tan solo se han producido dichos plantes o negativas, sino que se han razonado de manera clara y rotunda con la consiguiente “reprimenda” cuando no castigo por tan “descarada e inadmisible” actitud.

No trato de establecer quien es héroe o villano. Primero porque no soy quien para hacerlo y segundo porque no me corresponde establecer este tipo de juicios de valor sin un análisis mucho más riguroso del que yo estoy haciendo con mi reflexión. Pero considero que tampoco podemos esconder la cabeza y hacer como si nada estuviese pasando, pretendiendo hacer ver que la única responsabilidad es de quien manda y no de quien, en teoría, tiene que ejecutar.

Porque quien vacuna, al menos hasta ahora y con el permiso de quienes pretenden hacer ver que vacunar lo puede hacer cualquiera de los considerados como sanitarios, tales como veterinarios, farmacéuticos, podólogos… son enfermeras. Y las enfermeras son profesionales universitarios con conocimientos propios de su ciencia, con competencias definidas, con responsabilidad, autonomía y capacidad para tomar decisiones en base, tanto a evidencias científicas como a planteamientos deontológicos. Por lo tanto, lo que hagan o dejen de hacer en ningún caso puede amparase, tan solo, en el ser “un mandaó/dá”, que les convierte automáticamente en “vacunadoras”.

Quien asume responsabilidades de gestión y de toma de decisiones debería tener claro que no manda, sino que gestiona, que son cosas muy diferentes pero que se confunden con mucha frecuencia.

Quien asume su condición de profesional, en este caso de enfermera, debería tener claro que no se limita a obedecer, sino que toma decisiones en base a las cuales desarrolla su actividad como tal, asumiendo las consecuencias que de su acción autónoma, su omisión consciente o su obediencia al margen de la ética o de la ciencia se deriven.

Lo contrario dará argumentos a quienes a la ciencia enfermera le llaman pericia, a la educación adiestramiento, al conocimiento información, a la experiencia rutina, a la empatía simpatía, a la capacidad voluntad, al cuidado técnica, para seguir situándonos en una permanente subsidiariedad, un ensordecedor silencio y una deslumbrante invisibilidad, que ni tan siquiera el disfraz de heroínas que se nos ha intentado poner logra disimular.

Asumir aquello que se nos dicta sin valorar su pertinencia, legalidad o justificación científica no se traduce en un mero acto de obediencia debida sino en una clara irresponsabilidad con consecuencias que debemos asumir. Ni somos soldados sujetos a la disciplina castrense ni religiosas obligadas a los cánones de fe, de ninguna fe.

El respeto se logra, no se otorga. Ni merecen respeto quienes desde una supuesta y prestada autoridad quieren imponer su criterio de cualquier manera, ni lo merecen quienes acatan dichos criterios siendo conscientes de su irregularidad.

La mediocridad en la toma de decisiones no debe admitirse como algo consustancial a la gestión y a lo que de la misma se derive. Hacerlo contribuye a perpetuarla y, lo que es peor, asumir como propia parte de dicha mediocridad.

La visibilidad, el respeto, el reconocimiento… de las enfermeras debe estar avalado por un comportamiento ético y una actuación científico-profesional al margen de cualquier otra respuesta de complacencia, complicidad, ignorancia u obediencia.

Resulta muy triste naturalizar el dolor, el sufrimiento y la muerte por el simple hecho de repetirse durante tanto tiempo en esta pandemia. No hagamos lo mismo con la mediocridad, incorporándola como algo inevitable y que acaba por contagiarnos.

La pandemia, a pesar de sus miserias, está aportando una visibilidad y reconocimiento, nunca antes visto, de las enfermeras y sus cuidados profesionales, por méritos propios. Que la mediocridad de unos pocos no estropee este logro colectivo y compartido de tantas y tan excelentes enfermeras. Nunca más Mandaos/das.

ANESTESIA SOCIAL Y PANDEMIA POLÍTICA Lucha de barro y mediocridad

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“En muchas cosas la mediocridad es excelente.”

CICERÓN

 

En esta, lamentablemente, ya normalizada situación pandémica que estamos viviendo ni el número de contagios, ni de tasas de incidencia, ni de muertos nos estremecen. Se ha logrado ese punto de indiferencia social que nos aletarga hasta hacernos insensibles a la realidad que estamos viviendo. Como si nos anestesiasen para sacarnos una muela y no sentir dolor. El problema es que la anestesia se prolonga más allá de la extracción y se mantiene el efecto de tal manera que acabamos por no sentir nada. Tan solo una sensación de acorchamiento y de cierta parálisis a la que acabamos acostumbrándonos y que agradecemos ante la perspectiva de que el dolor pueda aparecer nuevamente.

Pero el problema, con serlo, no es tanto el hecho de esa insensibilización o anestesia social que se genera, a pesar de las machaconas cifras que los medios de comunicación difunden, en el mejor de los casos, o distorsionan, deforman o manipulan, en el peor de ellos, sin que sean capaces de hacernos reaccionar y ni tan siquiera logren hacernos pensar, reflexionar o analizar sobre el porqué de tanta insensibilización, de tanto mirar hacia otro lado o de banalizar la situación convirtiéndola en un espectáculo del que muchos quieren sacar partido. Como si de una gran oportunidad se tratase. Porque si no, no se entiende lo que está pasando, no tiene sentido la actitud que adoptamos y que lejos de conseguir hacer frente a la pandemia lo que consigue es alimentarla para que cada vez se haga más y más incontrolable. Hasta el fútbol, anestésico social por excelencia, que tantas veces ha actuado de distractor generoso de las masas, ha sucumbido a los efectos de la pandemia pasando a ocupar un irrelevante segundo plano desde el que no es capaz de captar la atención universal que antes lograba. Posiblemente porque el propio futbol y lo que le rodea también se han contagiado de esa terrible indiferencia ante lo que está sucediendo.

El panorama, más allá del dolor, sufrimiento y muerte que está ocasionando, es muy preocupante porque quienes de una manera u otra debieran actuar de manera eficaz y eficiente pero también ética a contrarrestar los efectos del COVID 19, a lo que se dedican es a unirse al virus para tratar de obtener el mayor beneficio posible de tal alianza oportunista.

En medio de este escenario, quienes, en teoría, debieran ocuparse en cuerpo y alma a trabajar de manera totalmente entregada y sin mayor interés que el bien común de toda la sociedad a la que dicen deberse, las/os políticas/os y los partidos en los que se integran, actúan como hooligans desde el fanatismo irracional y desmedido que practican para defender sus parcelas de poder y de influencia, que disfrazan con ideales que tan solo forman parte del maquillaje con el que engañar a quienes tienen que votarles. El pensamiento crítico, el debate racional, la negociación, el contraste de ideas, la defensa de planteamientos, las propuestas de mejora o de acción… son sustituidos sistemáticamente por la confrontación interesada, sucia y marrullera, apoyada en la descalificación personal, la ofensa gratuita, la mentira disfrazada de verdad desde la oratoria engañosa, los razonamientos perversos, la ausencia de autocrítica, la prepotencia, las intrigas distractoras, el desprecio, la hipocresía, el cinismo, la demagogia, el engaño permanente. Finalmente, todo vale con tal de mantenerse en el poder o lograr desplazar a quien está en el mismo.

Ni tan siquiera la pandemia, con todo lo que la misma está suponiendo para la población, ha logrado que ese hooliganismo político amparado por los partidos desapareciese o cuanto menos se aparcase para dar respuesta a las múltiples necesidades que la misma provoca, al contrario, protege, ampara, sustenta y alienta estos comportamientos como la mejor manera de defender sus intereses, aunque ello suponga desatender, obviar o despreciar por completo los de las/os ciudadanas/os, aunque en sus arengas propagandísticas siempre incorporen el bien común como parte de sus cánticos fanáticos.

Así pues, la pandemia se está utilizando para llevar a cabo un gran campeonato de luchas de barro en el que ni tan siquiera existen normas que permitan regular su desarrollo. Lo de menos es ensuciarse, lo que verdaderamente cuenta es derrotar, que no vencer, al adversario que se identifica como enemigo, de cualquier manera.

La sociedad, mientas tanto, contempla atónita tan increíble espectáculo al que le obligan asistir diariamente con la incertidumbre, la ansiedad, la alarma, la sospecha, las dudas… que la situación pandémica les genera y que parecen no importar a las/os luchadores.

Los medios de comunicación, por su parte, como recursos comunitarios desde los que informar y formar a la población a la que se dirigen con rigor y calidad, lo que, en muchas ocasiones hacen, es participar en el espectáculo del combate político incorporando elementos de lucha paralela televisada, radiada o narrada en función del medio que la emita. Se trata de crónicas construidas, igualmente que las de la política, desde la manipulación, las pseudoverdades, las discusiones, los disparates, defendidos por supuestos expertos que en la mayoría de las ocasiones se trata de charlatanes que aprovechan la ocasión para adquirir notoriedad y fama, aunque sea a costa de la salud comunitaria y amparados en una libertad de expresión que manosean hasta hacerla poco reconocible.

Algunas/os periodistas, en un aparente ejercicio informativo confunden términos, tergiversan la realidad, perpetúan tópicos, se apoyan en estereotipos… en una supuesta búsqueda de la verdad en la que obvian a protagonistas fundamentales, aúpan a otros prescindibles, deciden lo que es o no importante en base a sus intereses de impacto que no de realidad científica, favorecen el morbo y finalmente se posicionan con alguno de los luchadores del barro en ese sucio y manipulado espectáculo del que todas/os salimos salpicadas/os y muy pocas/os logran ver solucionados sus problemas y ni tan siquiera consiguen entender lo que pasa y lo que les pasa.

Confusión interesada, verdades encontradas, mentiras encadenadas, evidencias cuestionadas, necesidades olvidadas, intereses oportunistas… son el resultado de tan inútil combate entre mediocres.

Y en medio de políticos y periodistas, los profesionales de la salud se convierten en simples instrumentos para lograr los objetivos de unos y otros.

Los políticos ensalzando de manera demagógica y eufemística a muchos de ellos a quienes, hasta hace muy poco, no tan solo ignoraban, sino que despreciaban. Tratando de maquillar sus nefastas políticas de salud con ocurrencias en forma de hospitales de campaña o de epidemias totalmente inútiles salvo para sus intereses propagandísticos; de pruebas masivas que no sirven más que para distraer la atención de lo realmente importante; generando mesas de reconstrucción que posteriormente ignoran y olvidan; reuniendo a expertos que propongan medidas para transformar un sistema de salud caduco, ineficaz e ineficiente que luego desprecian y dejan dormir en los cajones sin fondo de su mediocridad prepotente; malgastando recursos públicos, sin planificación de ningún tipo…y, claro está, utilizando a las/os profesionales como meros medios para lograr, mantener o perpetuar sus fines aunque ello provoque en las/os profesionales, ansiedad, estrés, cansancio, agotamiento físico y mental, frustración por no poder atender como quisieran y saben hacerlo, impotencia al no obtener respuestas a sus necesidades, desilusión al no ser escuchados, rechazo al sentirse utilizados y manipulados… a pesar de todo lo cual son las/os únicas/os que hacen que la situación finalmente no sea más terrible de lo que ya es.

Por su parte algunas/os periodistas utilizan a las/os profesionales para alimentar sus espacios de duda, incertidumbre y alarma, buscando la declaración oportunista, la opinión deseada, la respuesta descontextualizada, el dato acusador… mediante entrevistas urgentes y extemporáneas de las que se extrae la información que les interesa, aunque no sea la que interese. Deformando con sus permanentes imprecisiones, olvidos, o sistemáticos errores, una realidad profesional que va más allá de la medicina, la sanidad, los equipos médicos, la curación, la técnica o los hospitales. Dejando en el camino a tantas/os profesionales a los que tan solo contemplan como sanitarios y de los que no tan solo saben muy poco, sino que parece no importarles lo más mínimo saber más sobre lo que son, hacen y aportan a la salud de la comunidad.

Periodistas que se parapetan en la ideología del medio para el que trabajan sirviendo de plataforma de apoyo a unos u otros contendientes de la lucha de barro que están dirimiendo las/os políticas/os. Convirtiéndose de esta manera en voceros de sus consignas y en defensores de sus planteamientos confrontados e irracionales, lo que no tan solo no contribuye a solucionar los problemas que estos generan, sino que contribuyen a magnificarlos y perpetuarlos a través de la interpretación interesada de una realidad que deforman. Ya se sabe que todo depende del color del cristal con que se mira.

En medio de todo, la población acaba siendo identificada como un problema en lugar de hacerlo como parte de la solución. Haciéndola responsable máxima de las consecuencias de la pandemia por no obedecer las normas que le son impuestas por las/os políticas/os que ni tan siquiera son capaces de consensuar.

Población que asiste atónita a la lucha de barro en la que se deciden las medidas que posteriormente son implantadas de manera totalmente irregular y, en la mayoría de las ocasiones irracional, en los diferentes territorios. Medidas para las que en ningún caso se cuenta con su opinión, pero para las que, sin embrago, se exige obediencia máxima. Medidas en las que tienen más influencia las consecuencias económicas y la repercusión mediática que la salud de la población a quien se exige su cumplimiento y a quien se acusa del fracaso de las mismas. Población que no entiende, porque nadie les explica. Población a la que se le acusa de hacer aquello que las/os decisoras/es les permiten hacer con sus tibiezas, indecisiones, oportunismos e intereses a la hora de tomar decisiones. Políticos que no conjugan nunca los verbos planificar ni dimitir y que son las/os verdaderas/os responsables de cuanto sucede como efectos controlables derivados de la pandemia.

No sé si la vacuna de la COVID finalmente nos sacará de esta situación pandémica. Todo dependerá, una vez más, de que la eficacia y eficiencia de las/os profesionales sean capaces de contrarrestar la mediocridad de las decisiones políticas.

Sería conveniente que la población empezase a entender que es imprescindible generar anticuerpos contra quienes son el verdadero problema de la pandemia política que padecemos y que no son otros que las/os políticas/os. Para ello no puede ni debe esperar a vacunas salvadoras, porque la verdadera inmunización tan solo se logrará saliendo del letargo anestésico al que la tienen sometida.

A pesar de unos y otros, políticos y periodistas, y gracias a las profesionales de la salud que no del sistema en el que lamentablemente prestan atención, la sociedad en su conjunto saldrá de esta situación, aunque el coste que habrá tenido que pagar para ello sea tan elevado que será necesario que finalmente se entienda que la comunidad y quien en la misma vive y convive, es la solución y no el problema.

VASO MEDIO LLENO O MEDIO VACÍO De rastreadoras, vacunadoras e informantes a enfermeras y periodistas

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“Los datos no son información, la información no es conocimiento.”

Clifford Stoll, astrónomo y escritor.

 

Tras el paréntesis navideño retomo la actividad del Blog sin que, lamentablemente, hayan cambiado mucho las cosas desde que decidí dejar de escribir. Al menos en lo que a la pandemia que se ha instalado entre nosotros y que parece resistirse a abandonarnos. ¿O deberíamos decir que quienes nos resistimos a que nos abandone somos nosotros mismos?

Sea como sea lo bien cierto es que a punto de cumplirse un año desde que nos invadiese y nos obligase a recluirnos, allá por marzo, son muchas las cosas que han pasado y muchos los problemas que hemos tenido. Es verdad que siempre digo que hay que ver el vaso medio lleno y no al contrario. Pero, ciertamente, en esta ocasión cuesta el seguir manteniendo este mantra. Aún así no me resisto a tirar la toalla, salvo que sea en la playa cuando se pueda.

Desde una perspectiva netamente enfermera que es desde la que llevo a cabo siempre mis reflexiones en este blog, quisiera compartir algunos aspectos por los que me resisto a cambian mi percepción con relación al volumen que contiene el vaso aludido.

En primer lugar, hay que destacar el papel de las enfermeras, que nos ha permitido visibilizar nuestra aportación específica, y me permito utilizar el mayestático, claramente ante las instituciones, que hasta ahora nos contemplaban básicamente cuando no exclusivamente como recursos humanos y no como profesionales, y ante la sociedad, para la que hemos pasado de ser ayudantes técnicos sanitarios, en la más estricta acepción de los términos y no de las enfermeras que lo son por titulación, a ser enfermeras con competencias reconocibles y reconocidas a través de los cuidados profesionales.

Más allá de heroicidades que tan solo obedecían a eslóganes tan oportunistas como falsos, inoportunos y fallidos, las enfermeras hemos sabido responder, en todos los niveles en los que han tenido que hacerlo, hospitalaria, atención primaria, sociosanitaria, gestión, sociedades científicas, salud pública…, con excelencia. Y no tan solo en base a una tan manida como imprecisa vocación, sino por responsabilidad y orgullo de ser y sentirnos enfermeras. Algo que ya veníamos haciendo con anterioridad a la pandemia, sin duda, pero que esta ha logrado, sin pretenderlo, visibilizar de una manera tan clara que nadie puede negarlo, ni tan siquiera minimizarlo a pesar de los intentos de algunos que, finalmente, quedan retratados en su manifiesta torpeza e incapacidad o su enfermiza manía persecutoria.

Las enfermeras, sin alharacas innecesarias y abandonando el llanto que tantas veces nos ha caracterizado, se han dedicado a actuar. A hacer lo que mejor saben que es CUIDAR. Pero CUIDAR, en mayúsculas, no es una distracción de quien escribe al dejar la tecla mayúsculas activada en su ordenador. Porque para las enfermeras CUIDAR, va mucho más allá de lo que el imaginario común todavía circunscribe casi exclusivamente al ámbito doméstico, por influencia, fundamentalmente, de la nula institucionalización que de los cuidados se ha llevado a cabo por parte de las/os decisoras/es sanitarias/os y políticas/os, como aportación singular e imprescindible de la atención a personas, familias y comunidad. CUIDAR significa todo aquello que las personas en esta pandemia necesitan y están recibiendo. CUIDAR, conlleva conocimiento propio de la ciencia enfermera. CUIDAR, supone integrar las técnicas como parte de la atención y no tan solo como la acción mecánica y rutinaria que las mismas suponen. CUIDAR representa prestar una atención humana y humanizada de la que últimamente tanto se habla por entender que se había perdido y que había que recuperar. CUIDAR es llevar a cabo esta atención integral, integrada e integradora que de manera tan profesional como poco llamativa llevamos a cabo las enfermeras. Nuestra aportación no suscita la atención mediática y social que provoca un trasplante o una intervención quirúrgica, pero sin el CUIDAR que aportamos a estas y otras acciones los resultados serían bien diferentes. La pandemia, al contrario de lo que pasa con los casos anteriores, no ha permitido, por la incertidumbre, sorpresa, errático comportamiento… que caracterizan al virus que la provoca, ocultar la importancia que adquiere el CUIDAR profesional enfermero ante el aislamiento, la soledad, el sufrimiento, el dolor, la ansiedad, el miedo… que provoca y para los que la intervención técnica, por si sola, no es capaz de responder al afrontamiento que hay que realizar y que necesitan las personas y las familias. No será posible fotografiar o grabar el CUIDAR como se hace con una técnica o una operación quirúrgica, pero si que se pueden constatar los efectos del CUIDAR en las personas y familias que lo reciben. Y esto es lo que diariamente se está produciendo poniéndolo en valor y visibilizándolo de manera clara.

Esta es la parte que permite y nos debe hacer ver el vaso medio lleno. No lleno, porque siempre hay aspectos de mejora que nos ofrece el espacio que queda por rellenar, pero que debe situarnos en una posición de optimismo real que nos motive a continuar con nuestra acción cuidadora.

Pero, siempre hay algún pero, en esta visión del CUIDAR y de quienes lo llevan a cabo, nos encontramos con un escollo que parece empeñado en que volvamos a ver el vaso medio vacío. Producto de la distorsión permanente, tozuda, incomprensible, inadmisible, torpe… de la realidad del CUIDAR y de quienes lo conjugan mediante su prestación permanente y diaria, las enfermeras.

Y ese escollo está perfectamente identificado. En muchas ocasiones con nombres y apellidos ilustres que dirigen y presentan exitosos programas radiofónicos y televisivos o escriben en periódicos de prestigio nacional o en redes sociales. Pero al margen de su identificación, cada cual puede tener sus propios casos, lo que es una evidencia es la diaria difusión de una realidad en torno a las enfermeras que, o bien está plagada de tópicos, o bien, se deforma de manera totalmente absurda y caprichosa, en un intento, no se sabe bien, si de querer ser originales, cayendo en la incorrección, o de querer ocultar una realidad que va en contra de cualquier principio de transparencia informativa y de ética periodística. Anular cualquiera de estas opciones supondría identificar que la ignorancia es la responsable de las distorsiones en torno a las enfermeras.

Sin querer llevar a cabo una relación pormenorizada, lo que requeriría de una extensión que escapa al propósito de esta reflexión, si que me parece pertinente rescatar algunos ejemplos palmarios que ni son aislados, ni anecdóticos ni exclusivos de un solo medio, sino que, lamentablemente, son reproducidos, difundidos y lo que es más triste, mantenidos a pesar de las peticiones de rectificación que se les hacen llegar sistemáticamente y que parecen provocar el efecto contrario del perseguido por quienes las realizan.

Las enfermeras, pasamos de ser invisibles a quedar incorporadas como sanitarios, como si de lavabos o bidés se estuviese hablando. En el mejor de los casos se añade la manida y poco clarificadora acepción de profesionales para generalizar lo que muchas veces es una clara respuesta enfermera. Por otra parte es habitual que nos incorporen como parte de los equipos médicos cuando se refieren a las enfermeras, dando por sentado con ello que la enfermería es una rama de la medicina o un elemento subsidiario a la misma. Parece como si la palabra enfermera tuviese cierto efecto maléfico o de reacción adversa en las/os profesionales de la información que dicen llamarse periodistas.

Pero el colmo del despropósito es cuando se evita la denominación enfermera ocultándola tras la acción que realiza. De esta manera empezamos a ser nombradas como rastreadoras cuando llevábamos a cabo competencias de vigilancia epidemiológica a través del rastreo de casos, como si de perros de presa se tratase.

Como la actualidad es la que manda y actualmente la vacunación acapara la atención informativa, los medios y quienes a través de ellos difunden información focalizaron sus espacios en la misma. Lo triste es que inicialmente, como habitualmente nos tienen acostumbrados, asimilaron dicha vacunación en exclusiva a los médicos o en todo caso a los equipos médicos, cuando se trata de una acción que es casi exclusivamente competencia de las enfermeras como lo viene siendo cualquier campaña de vacunación previa a la pandemia.

Cuando vinieron a darse cuenta que son las enfermeras las responsables máximas de la vacunación, tal como por otra parte trascendía en los informativos internacionales, desviaron la atención de los médicos y se centraron en las enfermeras. Pero para evitar nombrarlas se les ocurrió referirse a ellas de nuevo no por lo que son, sino por lo que puntual y circunstancialmente realizan, es decir, vacunar, de tal manera que pasamos a ser vacunadoras. Si bien es un sustantivo recogido por el diccionario de la RAE, no parece que tenga mucho sentido utilizarlo en sustitución de quien realiza la acción, es decir, la enfermera, como no se hace cuando se habla de un cirujano que opera y no se le llama operador, ni con un ingeniero que diseña máquinas y no se le llama maquinador o maquinista. Pero, repito, parece como si a las/os informantes, voceros, escribanos o juntapalabras, que sería como correspondería denominar, según los casos o acciones que ejecuten, a las/os periodistas, siguiendo su absurdo mecanismo de denominación cuando se refieren a las enfermeras, no les preocupase esto.

En definitiva lo que trasciende de esta reflexión es que si bien la pandemia ha logrado visibilizar la aportación específica y valiosa de las enfermeras a través del CUIDAR, de tal manera que desde la perspectiva enfermera, a la que me refería al inicio, el vaso es indudable que está medio lleno, no es menos cierto que existe un verdadero problema con quienes tienen el cometido de informar de manera rigurosa, imparcial y ética sobre lo que es la salud y quienes en torno a la misma desarrollan sus competencias, al distorsionar, obviar o ignorar a muchos de sus profesionales e identificar tan solo una figura que ni es exclusiva ni en muchas ocasionas la principal, lo que se traduce en una realidad deformada tanto del sistema de salud como de quienes en el mismo actúan.

Más allá de la sanidad, la medicina, los médicos… hay salud, cuidados, enfermeras, auxiliares, terapeutas… que conforman una realidad tan diversa como necesaria que precisa ser conocida tal como es y no como la trasladan de manera arbitraria y machacona desde los medios de comunicación.

CUIDAR no se reduce a una vacuna, un rastreo, un sanitario… CUIDAR profesionalmente, define, identifica y reconoce a las ENFERMERAS que son quienes cuidan y lo hacen con calidad y calidez.

Mientras esto no lo identifiquen, interioricen y entiendan quienes tienen la competencia de informar difícilmente se podrá decir que están contribuyendo a la salud de la comunidad, sino más bien a todo lo contrario. Es importante, por tanto, que se dejen CUIDAR e incorporen hábitos y conductas saludables en su actividad como periodistas, de lo contrario no pasarán de malos informantes, que impiden ver el vaso medio lleno en situaciones como las que estamos viviendo.

Hay que tener claro que como dijera el actor Chris Hardwick, ya no estamos en la era de la información sino en la era de la gestión de la información, con todo lo que ello significa.

OBSOLESCENCIA Y PARADIGMAS.

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                                                         A quienes han hecho, hacen y seguirán haciendo posible el cambio de paradigmas

 

La obsolescencia es la fecha de caducidad de las cosas, es la durabilidad de un producto antes de que sea irreparable o inutilizable.

En base a dicha definición podemos establecer una analogía con la durabilidad de una profesión o de las competencias que le son propias antes de que no cumplan con las necesidades o demandas que presenta la sociedad a la que prestan sus servicios.

Puede parecer forzada la comparación, pero si lo pensamos bien la obsolescencia ya es algo que lleva muchos años estudiándose y siendo motivo de debate en la ciencia a través de los paradigmas.

En palabras de Kuhn los paradigmas eran considerados “como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”. Por lo tanto, si analizamos estas palabras podemos establecer la relación que inicialmente comentaba con la obsolescencia de los aparatos electrónicos[1].

Los paradigmas, por su parte, se configuran como un ámbito o perspectiva desde la que se analizan los problemas que surgen y la forma en que pueden ser resueltos.

Se trata, por lo tanto, de macroteorías que son aceptados mayoritariamente por toda la comunidad científica y en base a las cuales se lleva a cabo la investigación con el fin de clarificar los potenciales errores del paradigma o la extracción de todas sus consecuencias., que según palabras de Kuhn es lo que se denomina “ciencia normal” y que siguiendo con sus palabras “significa investigación basada firmemente en una o más realizaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior”.

Y aunque enfermeras revolucionarias como Florence Nigthingale fuesen las que rompieron con las concepciones de su tiempo para generar nuevos paradigmas, muchas enfermeras aún realizan trabajos rutinarios de comprobación para mostrar o poner a prueba la solidez del paradigma, en el mejor de los casos, en el que se basan.

Sin embargo, un paradigma no siempre es capaz de dar respuesta a todos los problemas, por lo que estos permanecen invariables a lo largo de años o siglos, incluso solapándose o acumulándose con otros. Es entonces cuando empieza a cuestionarse y los científicos se plantean si realmente puede considerarse el marco idóneo o la manera más correcta de abordar los problemas o si por el contrario es preferible abandonarlo sustituyéndolo por otro, como sucede cuando un aparato electrónico sufre una avería que impide su adecuado funcionamiento por lo que se plantea su reparación o sustitución por otro nuevo.

La crisis generada provoca una importante proliferación de nuevos paradigmas que inicialmente no pasan de ser experimentales y temporales intentando resolver los problemas surgidos. La competencia surgida entre los nuevos paradigmas pretende imponer el enfoque más adecuado propuesto por cada uno de ellos. En el caso de la obsolescencia las diferentes ofertas de mercado compiten entre ellas para sustituir al aparato averiado en base a las características de cada uno de los posibles sustitutos.

Cuando por fin uno de los nuevos paradigmas reemplaza al paradigma hasta entonces aceptado se produce una revolución científica, que en palabras de Kuhn considera “como aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible”.

La revolución da paso a que el ciclo se inicie nuevamente, dando lugar a que el paradigma que ha sustituido al anterior propicie un nuevo proceso de ciencia formal. Es decir, al aparato electrónico que sustituya al averiado u obsoleto inicia una nueva etapa en su cometido tecnológico.

Kuhn demostró que la ciencia iba más allá de un contraste neutral entre las diferentes teorías existentes y la realidad, al existir un análisis y debate que provocaban diferencias, tensiones y disputas entre quienes defendían los diferentes paradigmas, al comportarse como seres que no son indiscutiblemente racionales. Resulta habitual por lo tanto que, aunque las evidencias demuestren la nulidad o falsedad de una determinada teoría, persista su utilización por parte de algunos científicos.

Esta es una de las explicaciones de por qué la ciencia no es un proceso racional perfecto explicado tan solo por fuerza de las evidencias científicas, al resultar muy complicado, e incluso imposible, entender desde un paradigma determinado un planteamiento diferente o alternativo, al partir en todo momento de un paradigma determinado que dificulta la objetividad al estar situados en una u otro paradigma desde los que se interpreta el contexto en el que nos hallemos inmersos. De ahí que resulte habitual el debate estéril entre defensores de unos u otros paradigmas. Lo que lleva a Kuhn a expresar que el éxito de un nuevo paradigma no se concreta en el hecho de convencer a quienes se oponen a él, sino en la muerte de quienes representan el paradigma más antiguo.

            Sería largo, complejo y discutible tratar de trasladar por mi parte estos planteamientos de Kuhn a los supuestos cambios de paradigma de la enfermería y el establecimiento comparativo con la obsolescencia de los mismos.

            Sin embargo, no me resisto a hacer una cierta aproximación en base a los planteamientos del, posiblemente, más importante filósofo de la ciencia, aunque el mío no pretende ser, en ningún caso, científico sino tan solo reflexivo.

            Pero antes de hacerlo voy a tratar de articularlo con el otro concepto con el que inicié esta reflexión, es decir, la obsolescencia. Teniendo en cuenta que existen diferentes tipos de obsolescencia, de deseo, percibida, psicológica o funcional, trataré de identificar con qué tipo se corresponde cada uno de los cambios y analizaré las posibles razones de un supuesto cambio de paradigma. Y digo supuesto, porque, evidentemente, no siempre se corresponde a un cambio de paradigma, sino a una decisión oportunista que diera respuesta a necesidades organizativas e incluso corporativas de los protagonistas exclusivos de las organizaciones sanitarias.

            De esta manera y empezando por la unificación de los estudios de enfermeras, practicantes y matronas en la titulación de Ayudante Técnico Sanitario (ATS), podríamos decir que fue consecuencia de una clara obsolescencia funcional de las figuras que compusieron la reunificación al no responder ya a las necesidades que el incipiente desarrollismo hospitalario generaba, ni de las que los médicos reclamaban para disponer de una mano de obra Dócil, Ingenua, Obediente y Sumisa, formando el acrónimo DIOS, con el que en muchas escuelas femeninas regidas por órdenes religiosas se adoctrinaba a las futuras ATS, como una forma más de destrucción de la identidad enfermera que constituía el paradigma profesional que no científico que se estaba tratando de suplantar. El cambio en las escuelas masculinas, aunque también obedecía a una obsolescencia funcional, sin embargo, trataba de “producir” ayudantes técnicos muy fieles pero alejados del ámbito de los cuidados. De esta manera se perpetuaba la división que, al menos en teoría, había provocado la reunificación de titulaciones, situando a la nueva realidad profesional en un limbo académico situado entre la Universidad y la Formación Profesional y con una clara intencionalidad de alejarla de planteamientos científico profesionales. Así pues, se puede decir que este primer planteamiento no produjo ningún cambio de paradigma sino de funcionalidad interesada.

            Pero que no existiese paradigma real, al no existir conocimiento propio y bases científicas que lo sustentasen, no supuso freno a la necesidad sentida por muchas enfermeras que, a pesar, o precisamente por el hecho, de haberles sido usurpada su identidad, planificaron y fundamentaron la manifiesta obsolescencia de deseo y psicológica, al identificar el claro agotamiento del modelo técnico y subsidiario que suponía la figura de ATS. Además, en este caso, el cambio sí que se fundamentaba en la necesidad de adoptar un paradigma que al no estar definido supuso el surgimiento de diferentes propuestas que inicialmente fueron experimentales y temporales, tratando de resolver los problemas surgidos en la incorporación de los estudios en la Universidad. El hecho de que este cambio se produjese coincidiendo con la declaración de Alma Ata como punto de inflexión del que vendría a ser el denominado nuevo modelo de Atención Primaria de Salud y el cuestionamiento de los grandes Hospitales o Residencias Sanitarias, generó una gran competencia entre los nuevos paradigmas que pretendían imponer el enfoque más adecuado propuesto por cada uno de ellos. Pero sin duda significó la incorporación no tan solo en la Universidad sino también en la ciencia.

            El desarrollo científico y profesional en ese nuevo escenario paradigmático y universitario supuso una nueva realidad que luchaba por encontrar su espacio tanto en la ciencia, generando y consolidando conocimiento propio, como en la sociedad a la que debía dar respuesta mediante la prestación de cuidados profesionales fundamentados científicamente. Pero este desarrollo tenía barreras que impedían alcanzar los máximos niveles de crecimiento como los de cualquier otra disciplina, lo que condujo también a un agotamiento del paradigma y a una obsolescencia psicológica al creer que se tenía que sustituir el antiguo paradigma por uno nuevo, aunque aún no se hubiese agotado la vida útil del anterior.

            Entre el deseo de las enfermeras por lograrlo y los cambios en el sistema educativo superior con la implantación del denominado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), se produjo el deseado cambio de paradigma desde el que ya era posible el máximo desarrollo académico desde la disciplina propia de Enfermería, lo que dio paso a que se propiciara un nuevo proceso de ciencia formal tal como describiera Kuhn.

            Pero este cambio generó también tensiones y disputas entre las/os defensoras/es de los diferentes paradigmas que persistían en sus intentos por mantenerlos, aunque los mismos hubiesen quedado claramente obsoletos o se hubiese demostrado su nulidad.

            El cambio, por tanto, no fue un proceso racional perfecto a pesar de las evidencias científicas que así lo avalan, al no lograr el consenso de los diferentes planteamientos ante el paradigma diferente o alternativo, provocando un debate que no lleva a ninguna parte entre los defensores de uno u otro paradigma centrado claramente en las figuras aún coexistentes de ATS, DUE, Enfermeras, desde los que se interpreta el nuevo contexto en el que nos situamos y que como ya expresase Kuhn posiblemente no se resuelva hasta que no desaparezcan (sin necesidad de que mueran) quienes representan dichos paradigmas y/o posicionamientos.

            Además, debemos tener en cuenta que la pandemia que estamos padeciendo, supondrá el planteamiento de un nuevo paradigma que responda al contexto de cuidados que se presenta y para el que las enfermeras sin duda estamos preparadas para generar y afrontar con garantías el cambio que ineludiblemente nos llevará al inicio de un nuevo ciclo como parte de la revolución científica que se genere.

            La obsolescencia, no la programada, y el cambio de paradigma, por lo tanto, siguen vigentes y deben suponer la perspectiva de adaptación a la dinámica social, científica y profesional que toda ciencia, y la enfermería lo es, precisa.

            Renovarse o morir. Mejor, mucho mejor, renovarse.

[1] Sánchez-Cerezo de la Fuente El pensamiento de T.S. Kuhn. Consultado en https://www.webdianoia.com/contemporanea/kuhn.htm#:~:text=Kuhn%20define%20paradigma%20de%20la,soluciones%20a%20una%20comunidad%20cient%C3%ADfica.&text=Pero%20podr%C3%ADamos%20verlo%20tambi%/C3%A9n%20partiendo%20del%20paradigma%20de%20la%20teor%C3%ADa%20helioc%C3%A9ntrica [08/12/2020]

AGEUSIA Y ANOSMIA EN EL AÑO DE LAS ENFERMERAS Y MATRONAS

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La pandemia, que mantiene viva la atención de todo y de todos, vino a instalarse justo cuando la OMS había declarado 2020 como el año de las enfermeras y las matronas en todo el mundo y en el marco de la campaña Nursing Now.

            Cuando no se llevaban ni tres meses del que estaba a ser llamado un año de referencia, visibilidad y reconocimiento de las enfermeras, la COVID 19 eclipsó de manera total cualquier posibilidad de celebración.

            A los contagios, la enfermedad, los confinamientos, las medidas de seguridad, la muerte… se unieron las consecuencias económicas, sociales, políticas, que sumieron a los países de todo el mundo en una carrera por la supervivencia y la lucha contra la pandemia.

            Y en medio de esta figurada contienda que algunos quisieron trasladar al ambiente bélico como si del rodaje de una película se tratase, emergieron con fuerza las figuras de los profesionales sanitarios en general y muy particularmente el de las enfermeras.

            Desde un confinamiento forzoso y forzado la ciudadanía adoptó como propia la denominación de héroes y heroínas que a alguien se le ocurrió correspondía a quienes combatían en primera línea contra el virus en condiciones no siempre seguras para su propia seguridad. A la desafortunada denominación se unió la escenificación de fervor y reconocimiento verpertina de los aplausos desde los balcones o ventanas, que sin querer quitar el significado que se pretendía otorgar a los mismos, acabó convirtiéndose en una sistemática forma de reunión vecinal en la que se intercalaban representaciones musicales, deportivas, corales… en un intento por paliar los efectos de un confinamiento tan largo como pesado de soportar. De tal manera que realmente ni las capas ni los aplausos lograban trasladar lo que verdaderamente necesitaban las/os profesionales que eran equipos de protección, planificación de las acciones, refuerzos de personal, decisiones coherentes, evidencias científicas y menos ocurrencias y disputas políticas en las que, muchas veces, eran utilizadas/os como arma arrojadiza o parapeto de sus mediocres discursos e intenciones.

            El tiempo de confinamiento dio paso a una esperada, anunciada, deseada y precipitada desescalada que fue la antesala de nuevos contagios y la aparición, tras una tan artificial como mentirosa normalidad turística-estival, de una segunda ola dispuesta a dejar claro que la pandemia ni se había acabado ni tenía intención alguna de hacerlo. Una vez más las/os profesionales sanitarias/os tuvieron que redoblar sus ya mermados esfuerzos para hacer frente a las nuevas acometidas del virus, aunque ya desprovistos de su condición artificial y artificiosa de heroicidad y sin reconocimiento vespertino en forma de aplauso colectivo.

            En esta nueva situación las luchas políticas, tanto nacionales como entre territorios autonómicos, vinieron a desviar la atención del campo de batalla en el que realmente se libraba esa hipotética guerra entre las/os profesionales y el virus, para situarlo en los espacios políticos en donde se debería intentar hacer frente común a la pandemia, pero que se convirtieron en circos de varias pistas en las que siempre había lugar para la sorpresa, el desconcierto y como no para las payasadas de nuestros representantes populares tanto en forma presencial como virtual. Tanto éxito tuvo que incluso el celebérrimo y aplaudido Cirque du Soleil anunció su cierre al no poder resistir la competencia. Los medios de comunicación, mientras tanto, sufrían de infodemia dada la excesiva información generada por el virus de la que no saben o no quieren eliminar bulos, rumores, mentiras… que se incorporan como ingredientes imprescindibles de sus mediáticos espacios en una carrera alocada por lograr audiencias, lo que provoca incertidumbre, alarma y distorsión de una realidad en la que resulta muy complejo identificar las fuentes fiables de las que no lo son y en la que las enfermeras seguimos sin ser conocidas, percibidas ni reconocidas, más allá de algunos conflictos laborales.

En esas pistas circenses, por tanto, se representan de forma simultánea las comparecencias de quienes, en principio, son los representantes y expertos oficiales de los poderes públicos, las de quienes se encargan de tirar “pasteles” a estos y las de los periodistas espectáculo que a modo de domadores tratan de calmar a las “fieras” que sitúan en sus jaulas televisivas, radiofónicas o, en menor medida, de la prensa escrita, para, entre rugidos y zarpazos imponer su fuerza aunque la misma esté exente de argumento alguno. El resultado es el miedo, la incertidumbre, el bloqueo la descalificación interesada y la identificación de culpables repartida entre decisores políticos y colectivos sociales para que la población confundida arremeta contra unos y otros, favoreciendo la estigmatización de determinados grupos sociales y con ella la confrontación que lo único que logra es dificultar las medidas de prevención de la COVID. Todo ello al margen de la participación activa de la comunidad a través de sus representantes o líderes.

            En todo este panorama de confusión y espectáculo lamentable, las/os otrora heroínas/héroes, han pasado a ser villanas/os y la presión de una situación que no logra ser controlada provoca cada vez más desconfianza hacia ellas/os como si fueran las/os culpables, cuando son tan víctimas o más que el resto de la ciudadanía.

            El año se agota y con él la vana esperanza de que el que estaba destinado a ser el de las enfermeras y matronas deje algo más que deseos incumplidos, visibilidad oculta, reconocimiento puntual y desigual, confusión y muchas incertidumbres.

            Sin embargo, nadie ni nada va a poder ocultar, aunque no se pueda celebrar, la gran aportación que a la salud de la comunidad han venido realizando las enfermeras en todo momento, circunstancia, ámbito o escenario en los que han desarrollado sus competencias y prestado sus cuidados profesionales. Muchas son las experiencias, vivencias, recuerdos, agradecimientos… de quienes, en medio del sufrimiento de la enfermedad y el aislamiento, han sabido reconocer su valiosa aportación sin saber que este era o no su año. Lo que verdaderamente quedará en su recuerdo es la atención integral más allá de su contagio, el contacto de la mirada como única forma de hacer efectiva esa atención próxima y humanizada, la permanente compañía en ausencia de la que deseaban tener y se les negaba, las palabras de empatía como parte de un cuidado tan necesario como deseado, la escucha activa a sus necesidades y demandas, la sonrisa que era capaz de traspasar la mascarilla, la experiencia reflejada en sus intervenciones, la ciencia acompañando sus decisiones.

            Pero ni el año dedicado ni la dedicación de las enfermeras en esta pandemia han logrado ser percibidos por parte de gerentes de instituciones de salud quienes tan solo las identifican como recursos humanos necesarios, aunque no valorados; por decisores políticos que simplemente las ignoran; por las/os periodistas que ni saben ni tienen intención de saber lo que son y hacen más allá de situarlas a la sombra de la única figura que identifican y visibilizan en un mundo de enfermedad, sanidad, tecnología, asistencia, hospitales y curación, como únicos escenarios o conceptos conocidos y reconocidos, dada la ageusia y la anosmia que padecen a pesar de no estar infectados por el virus.

            Se trata de una pérdida del sabor y el olor como metafórica percepción de los valores y las aportaciones profesionales específicas de las enfermeras.

            Puede parecer, que tengan poco que ver el olfato y el sabor como sentidos relacionados con la percepción de las enfermeras. Sin embargo, considero que nada más lejos de la realidad. Porque me van a permitir que les diga, y espero coincidan conmigo, que la empatía, la escucha activa, la compañía, la cercanía, la experiencia, la ciencia, tienen olores que nos permiten identificarlos y que, no necesariamente, van a estar ligados a aromas concretos. Pero que huelen de una manera específica que permite identificarlos y valorarlos. Posiblemente de ahí venga el dicho de “tener olfato”.

Y si no, fíjense en estas palabras escritas por Isabel Allende: Catalogaba a la gente a través del olfato: Blake, su abuelo, olía a bondad, una mezcla de chaleco de lana y manzanilla; Bob, su padre, a reciedumbre: metal, tabaco y loción de afeitar; Bradley, a sensualidad, es decir, a sudor y cloro; Ryan Miller olía a confianza y lealtad, olor a perro, el mejor olor del mundo. Y en cuanto a Indiana, su madre, olía a magia, porque estaba impregnada de las fragancias de su oficio[1].”

El gusto, por su parte, está vinculado al olfato, a lo que percibimos a través de él. Y hablaba de la importancia de percibir y diferenciar los olores de las acciones y aportaciones enfermeras que si se combinan con el poder del gusto se pueden diferenciar múltiples matices en la percepción de las enfermeras, como el sabor aplicado a un ambiente o sentimiento. Y de esa manera se tiene la oportunidad de reconocer el sabor del cuidado.

Pero que nadie se lleve a engaño. Esto no es la simplicidad de la compañía, de lo cotidiano, de lo doméstico, que es donde siempre han querido situar a los cuidados mediatizados por el desarrollo científico positivista, que propició una fundamentación de la división sexual del trabajo extrapolado del núcleo familiar.

Por lo dicho, saber identificar los olores y los sabores de las acciones y las aportaciones de las enfermeras es una forma, entre otras muchas, de valorarlas, reconocerlas, visibilizarlas por lo que son y hacen y no por lo que otros determinan y confundirlas por lo que no son ni representan.

Por lo tanto, las enfermeras, no están ligadas tan solo a una interpretación, un estereotipo o un tópico, sino que forman parte, como dijo Susan Sontag[2] de la inteligencia, que es realmente una especie de sabor: el gusto por las ideas y los conocimientos, que se transforman en ciencia, la ciencia enfermera.

            Tan solo nos cabe desear y esperar que la vacuna que se anuncia salvadora no tan solo acabe con la pandemia de la COVD 19 sino que pueda acabar también con las pertinaces ageusia y anosmia, entre otras destacadas carencias sensoriales, de quienes las padecen y que les impide conocer y reconocer a las enfermeras, o lo que es peor, les impide identificar y valorar los cuidados profesionales que prestan y que resultan imprescindibles en este escenario de cuidados que la pandemia va a dejar tras su fatídico paso.

            Si esto se produjese, la pérdida del año de las enfermeras y las matronas por efecto de la pandemia, habría que darlo por bueno dado que cuanto menos empezaríamos a ser percibidas, identificadas y valoradas por nosotras mismas y nuestros cuidados.

            La denominación de un hospital, al margen de polémicas e incapacidades políticas y de gestión, con el nombre de “Enfermera Isabel Zendal”, tiene que ser el principio de una naturalización en el reconocimiento y valoración de quienes dedican sus cuidados profesionales al mantenimiento, recuperación o rehabilitación de la salud de personas, familias y comunidad.

            Sería bueno que se empezasen a identificar los olores y los sabores de los cuidados profesionales enfermeros y de quienes los prestan, las enfermeras.

[1] Isabel Allende. El juego de Ripper. Plaza y Janés 2014.

[2] Susan Sontag (nacida como Susan Rosenblatt, Nueva York, 16 de enero de 1933-ibídem, 28 de diciembre de 2004). Escritora, novelista, filósofa y ensayista, así como profesora, directora de cine y guionista estadounidense.

PROCASTINACIÓN ENFERMERA. ENTRE FELIPE Y MAFALDA

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La procrastinación, es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables por miedo o pereza a afrontarlas.

            Procastinar, se asocia a la ansiedad provocada por la identificación de una actividad pendiente y la falta de voluntad por llevarla a cabo. No se trata por tanto de una cuestión de prioridades, sino de las sensaciones que la actividad pospuesta genera, tales como dificultad, desafío, peligro, inquietud… que se traducen en estrés, sirviendo de excusa para retrasar su realización sin plazo determinado y que se convierte en un permanente efecto de estar apagando fuegos al supeditar lo importante con aquello que se identifica o prioriza como urgente en un dilema constante entre lo que hay que hacer y lo que realmente se hace.

            Felipe, amigo íntimo de Mafalda, encarna a la perfección esta permanente procastinación y nos acompañará en el relato de mi reflexión ilustrando algunas de las ideas que trato de trasladar.

Así pues, tengo la sensación de que las enfermeras estamos inmersas en una permanente procastinación que nos impide actuar con determinación para resolver aquellos temas que tenemos pendientes y que, siendo importantes para avanzar científica, profesional y socialmente, las postergamos sine die para dar respuestas a otros que no tan solo no contribuyen a nuestro desarrollo, sino que incluso suponen un serio impedimento para el mismo.

            Se especula permanentemente sobre la capacidad de las enfermeras para afrontar situaciones complejas que suponen, además, conflictos tanto internos entre sus propios miembros como externos con otros profesionales o sectores como la política o los medios de comunicación. Pero realmente considero que para nada se trata de una deficiencia de aptitudes sino más bien de una actitud displicente que alimenta el desaliento para afrontar y resolver una determinada situación al provocar las mismas dudas sobre los beneficios que, tanto individual o colectivamente, pueden aportar o por la falta de confianza en el éxito que puedan reportar.

            Ante esta permanente duda se prefiere aparcar la decisión de acometer la acción que pueda resolver el tema pendiente, optando en su lugar por la ejecución de cualquier otra que sirva de excusa a posponerla, o bien, simplemente de pasar directamente a la inacción, el conformismo o la pasividad. Ambas impiden hacer lo que se debiera, pero la segunda opción nos sitúa en una posición de permanente parálisis de la que resulta cada vez más difícil salir y que acaba provocando un contagio colectivo ante el que, quienes optan por resistirse al mismo son identificados como enemigos contra quienes hay que actuar para impedir tan siquiera la simple posibilidad de un cambio de actitud o escenario en los que se han instalados y que eufemísticamente se denomina zona de confort, pero que realmente se trata de un escenario incierto en el que la actitud de mediocridad de quienes la adoptan, lo son o la toleran, acaban por naturalizar conductas por el simple hecho de perpetuarlas en el tiempo hasta convertirlas en norma, no tan solo de comportamiento, sino incluso, que es más peligroso, de pensamiento.

            Se entra por lo tanto en una espiral de la que resulta muy difícil salir por la confusión que genera o atrapados en una tela de araña en la cual cada movimiento por intentar abandonarla supone una mayor adherencia a la misma que acaba con el ataque de quienes la tejen como trampa mortal para acabar con los que en ella caen, en su intento por acometer las acciones pendientes.

            La procastinación, por tanto, pasa a formar parte de la acción enfermera al identificar la posibilidad de éxito como una utopía que es inalcanzable. Se opta por construir o dejarse seducir por una realidad paralela desde la que creer que estamos en una posición de privilegio o de poder, cuando realmente se trata de una situación inestable de desequilibrio, invisibilidad, subsidiariedad y ralentización permanentes.

            Otra excusa recurrente que favorece la presencia constante de la procastinación es, sin duda, la alusión a una tan hipotética como falsa falta de tiempo. Excusa universal, que las enfermeras hemos interiorizado con absoluta naturalidad como respuesta ante cualquier planteamiento de acción, iniciativa, innovación o desarrollo, como si su simple verbalización ya fuese suficiente y válido argumento para justificar la posición de procastinación.

            A la indecisión y la falta de tiempo, se unen el miedo y la angustia, de saber y reconocer que existen aspectos de nuestra profesión/disciplina que requieren intervenciones decididas y valientes que permitan eliminar rutinas, estereotipos, tópicos, inercias… pero ese mismo miedo y angustia ante la perspectiva de un cambio que se identifica, en muchas ocasiones, como necesario e inaplazable, son los mismos que provocan la constante postergación de las decisiones para acometerlo, quedando sumidos en ese lamento permanente e inútil en el que nos refugiamos desde un victimismo escénico que no logra convencer ni vencer.

            De manera sistemática se incorpora en nuestro imaginario y en nuestra realidad la visualización de los temas pendientes y en base a hechos puntuales que nos despiertan del letargo victimista y quejumbroso parece como si estuviésemos en disposición de acometer, finalmente, la tarea pospuesta durante tanto tiempo, pero todo queda en palabras con muy buenas intenciones que rápidamente son sustituidas por nuevos aplazamientos de las decisiones necesarias en un efecto “gaseosa” en el que el movimiento provocado por los hechos que nos afectan provoca una efervescencia que aparentemente parece pueda ser suficiente para vencer el miedo, la angustia, la indecisión y la falta de tiempo, pero que, lamentable y rápidamente, se pierde en una explosión tan aparente como ineficaz tras la que dicho efecto queda convertido en una insípida apariencia que nos retorna a la posición de procastinación.

            Ante esta realidad ¿debemos asumir que la procastinación es ya parte de nuestra idiosincrasia profesional? O cuanto menos, ¿debemos aceptar como inevitable la ausencia de decisión para cambiar ciertos aspectos que nos identifican tanto como nos molestan?

            Sinceramente creo que ni lo uno ni lo otro. Estoy seguro de que tenemos herramientas, conocimientos, convicciones, estrategias… que nos permiten acometer cualquier situación de las que nos mantienen con una indefinición que ni nos corresponde ni merecemos, pero que contribuimos a perpetuar, desde la indecisión y el miedo, y nos impide actuar con determinación.

            Ni la inacción de unos, ni la presión de otros, ni la indecisión de muchos, puede ni debe seguir alimentando la procastinación enfermera. La profesión, las enfermeras y la sociedad, merecen una respuesta reflexiva, rigurosa, decidida y, sobre todo, inmediata a la actual situación que, por otro lado, es aprovechada por quienes mantienen ideas, planteamientos, estructuras, posicionamientos… que actúan tanto como resorte y refuerzo para la procastinación enfermera, como modeladores de nuestra imagen y aportación específica. Tan importante, pues, resulta la iniciativa de acción, entendida como el movimiento necesario para acometer el problema, como la intervención propiamente dicha para afrontarla y cambiarla.

            Las enfermeras debemos identificar las fortalezas de nuestros referentes, que poseen la experiencia y el conocimiento necesarios para dotar de madurez a la enfermería y a las enfermeras. Así como las oportunidades que ofrecen nuestras organizaciones, asociaciones y sociedades en tanto que reguladoras, dinamizadoras y vertebradoras de las acciones necesarias para vencer las resistencias y la parálisis. Pero para ello resulta imprescindible abandonar la permanente actitud de ignorancia o falta de reconocimiento y respeto hacia quienes están en disposición y posición de aportar su bagaje profesional y científico. No se trata de generar ídolos de barro, ni iconos de adoración, sino de admitir la valiosa aportación que nos ofrecen desde la generosidad y disponibilidad para contribuir a generar la fuerza y el valor necesarios que nos impulsen a generar respuestas eficaces a los retos pospuestos con decisión y determinación.

Así mismo debemos implicarnos en el cambio que requieren las organizaciones profesionales y científicas enfermeras para adaptarlas a las necesidades que tienen las enfermeras para lograr su visibilización y desarrollo y de esta manera lograr vencer las situaciones en las que algunas de ellas se configuran únicamente como contextos de parálisis, inmovilismo y mercado de oportunidades para unos pocos, en lugar de ser plataformas de igualdad, confianza, apoyo y oportunidades de mejora continua para el colectivo en su conjunto. Tan solo desde la fortaleza y la confianza en las mismas lograremos la madurez que profesionalmente requerimos para cambiar la angustia y el miedo por la serenidad y valor que nos permitan aumentar y enriquecer nuestra estima, desde la que impulsarnos de manera decidida y valiente a cambiar o adaptar todo aquello que sigue frenando el avance que necesitamos. Es preciso soltar el lastre que supone nuestra procastinación, para sentirnos libres y dejar de posponer lo que tan solo nosotras como enfermeras estamos en disposición de poder acometer. No hay un mañana, ni un después, ni tan siquiera un tal vez. Tan solo vale responder a lo importante para que no quede aparcado por lo urgente, que ni es importante ni posiblemente urgente. No dejemos que las apariencias, las demandas de otros, las quejas propias, los oportunismos, las circunstancias previsibles, el tiempo mal gestionado, la improvisación, la norma sin sentido, la razón impuesta, la falta de reflexión, la obediencia debida y no necesaria, el miedo al cambio, la indecisión que paraliza, la angustia de la ignorancia… nos sigan imponiendo una procastinación tan innecesaria e inútil como perjudicial y limitante.

No miremos hacia otro lado. No busquemos culpables. No acusemos para liberarnos. No actuemos sin pensar. No pensemos en no actuar. No dejemos de respetar y respetarnos. No creemos falsas barreras. No nos conformemos con lo que tenemos. No creamos en falsos mitos. No renunciemos a lo que nos identifica. No nos identifiquemos con lo que nos oculta. No queramos ser lo que no somos. No acatemos lo que se nos dicta. No aceptemos lo que se nos imponga sin argumentos. No asumamos nuestras debilidades, reconozcámoslas para poder vencerlas. No nos dejemos arrastrar por la mediocridad o la indiferencia. No nos pongamos más límites que los de la coherencia y la dignidad. No abandonemos nuestros ideales y nuestra esencia. No nos ocultemos, ni tan siquiera tras la profesión, la disciplina o la ciencia, enfermería, como tan habitualmente hacemos, para no identificarnos como lo que somos, enfermeras. Porque hacerlo nos sumirá en una procastinación identitaria que invalidará cualquier posibilidad de ser reconocidas por nosotras mismas y por los demás. Y cuando vayamos a querernos dar cuenta serán tantas nuestras obligaciones incumplidas, retrasadas, aparcadas, olvidadas, que como si de deudas se tratase, conducirán al desahucio de nuestras propiedades enfermeras al haberlas hipotecado con nuestra procastinación.

Porque una vez desprovistas de nuestra identidad, de nuestra razón de ser y actuar, tan solo nos quedará la posibilidad de ser subsidiadas por otros a quienes quedaremos permanentemente supeditadas, o lo que es peor que acabemos siendo eliminadas por resultar prescindibles y molestas.

No actuemos como Felipe, mejor intentemos ser Mafalda y no dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy e incluso debimos hacer ayer.