MANIQUEÍSMO SANITARIO

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Cuando el filósofo persa Mani fundó la doctrina maniquea basada en la existencia de dos principios eternos, absolutos y contrarios, el bien y el mal, no intuyó que, si bien su seguimiento como religión universalista se diluiría en el tiempo, los principios que la sustentaban perdurarían y que, incluso, algunos harían de ellos un planteamiento ideológico o político.

Su planteamiento radical que se concibe desde sus orígenes como la fe definitiva, por cuanto pretende completar e invalidar a todas las demás (zoroastrismo, budismo, cristianismo islamismo) es un principio que se ha mantenido hasta nuestros días en muchas facetas de nuestra vida y que ha conducido a que se hable de maniqueísmo a cualquier actitud que mantiene posturas extremas, sin puntos intermedios.

Centrándonos en el ámbito de la salud, encontramos múltiples ejemplos que siguen los principios impulsados por el sabio Mani.

Destacar que la comunidad maniquea se dividía en elegidos (electi) y oyentes (auditores), que en nuestros días siguen existiendo, aunque ahora no se les denomine de esta manera más por cuestiones de forma que de fondo.

Porque en el contexto sanitario, más que en el de la salud, se ha incorporado desde hace mucho tiempo esta división. Si bien es cierto que el objetivo de unos y otros varía con relación a los planteamientos teológicos que mantenían los primeros, no es menos cierto que en la actualidad existe una jerarquía que perpetúa no tan solo esta división sino el dualismo en muchos de los planeamientos que en torno a la salud se realizan y que resulta muy difícil de romper dado el dogmatismo que establecen, como principio eterno y absoluto, los electi sobre los auditores, identificados claramente como los médicos, que no la medicina, actuando como jueces y parte de lo que consideran su doctrina universal y el resto de profesionales de la salud, que se les relega a actuar únicamente como oyentes (auditores) aunque traten también de situarse en el plano de los elegidos (electi), con la clara oposición de los primeros.

Por otra parte, en el maniqueísmo la dualidad estaba centrada entre el bien y el mal, actualmente se puede identificar claramente en diferentes ámbitos como por ejemplo salud y enfermedad, curar y cuidar, técnica y humanismo…

La salud, por ejemplo, ha sido identificada como un derecho, un bien supremo, una quimera, un objetivo… dependiendo de quién y cómo se aborde la misma. Así nos encontramos con que su definición es el resultado de una evolución conceptual, que ha tratado de reemplazar la noción que existía de que la salud era, simplemente, la ausencia de enfermedades biológicas, para ir adaptándola a otra realidad, pero que como ocurre con la definición adoptada por la OMS en la Conferencia Sanitaria Internacional celebrada en Nueva York en julio de1946, se traduce en un planteamiento idílico y teórico que no acaba de romper el dualismo que existe con la enfermedad aunque permanece vigente tras más de 70 años.

Otra dicotomía o dualismo que alimenta permanentemente el debate e incluso el enfrentamiento es el que se produce entre curar y cuidar. Como consecuencia de la división anteriormente mencionada, los médicos establecieron el curar como su principal bien en contraposición con la muerte que, en mayor o menor medida, siempre ha sido considerada como el fracaso a su principio dogmático que, además, incorporan al conjunto de la sanidad, desplazando a los cuidados a un plano meramente subsidiario, desvalorizado e intrascendente y que prestaban quienes se situaban como oyentes.

La tecnología, por su parte, se incorpora como un elemento coadyuvante de la curación de los electi, que adoptan como propia y la incorporan como parte del bien, aunque ello suponga la progresiva deshumanización de la atención que pasa a situarse en el plano exclusivo de la asistencia, en el que también se incorporan los “auditores”, generando un nuevo dualismo maquiavélico.

Muchos más ejemplos podrían ocupar este espacio. Pero lo importante no es tanto la cantidad de ellos sino lo que los mismos suponen para la salud de la comunidad y que, lamentablemente, está sujeta a esta doctrina dualista y dogmática que se ha establecido. Doctrina que, por otra parte, es asumida, interiorizada y naturalizada como propia por la sociedad en su conjunto y por los medios de comunicación en particular que la refuerzan y difunden para aumentar y reforzar su seguimiento y culto.

Los hospitales se erigen como las catedrales en las que, no tan solo adorar el dualismo, sino desde las cuales se establecen las normas doctrinales en base a las cuales se fundamente la fe de sus seguidores. Los Centros de Salud que sirvieron de refugio y escenario de cambio para una nueva realidad más diversa y participativa, en la que tanto electi como auditores, plantearon alternativas y nuevos elementos a los extremos planteados como exclusivos e inalterables, fueron progresivamente neutralizados, cuando no expulsados de los Centros de Salud sustituyéndoles por “fieles” que, estando descontentos en las catedrales hospitalarias, son engañados con un hipotético paraíso para que accedan a ocupar sus puestos y diluyan los intentos de una reforma que ha sido identificada desde el principio como un ataque directo a la supervivencia maniquea. De esta manera los Centros de Salud, acaban convirtiéndose en sucursales de las catedrales hospitalarias en los que se instaura de nuevo el dualismo doctrinal y se acaba con la diversidad planteada por los “infieles”, a los que debilitados y dispersados les cuesta muchísimo vencer la resistencia de una doctrina tan arraigada.

Lo contado hasta ahora no pasaría de ser una peregrina ensoñación de quien la escribe sino fuese porque de manera sistemática se producen hechos que sitúan a la ficción en un plano ridículo en comparación con la realidad que los mismos generan en nuestro sistema sanitario, centro del maniqueísmo descrito.

Por poner tan solo un ejemplo reciente que permita dar crédito a lo que, por el contrario, podría parecer una simple, débil y torpe conspiración desestabilizadora del sistema, voy a referirme al posicionamiento que sobre la actividad física han realizado los “cardenales” de los “electi” advirtiendo además de los graves peligros que corren los “auditores” si osan desobedecer sus consignas.

Tanto La Sociedad Española de Medicina del Deporte (SEMED) como el Consejo General de Colegios Ofíciales de Médicos (CGCOM), advierten que “la prescripción de ejercicio físico es un acto médico que requiere diagnóstico, valoración funcional y seguimiento médico”, que “el responsable del tratamiento del paciente y de la persona sin patología que realiza ejercicio físico como medio preventivo, es el médico”. Es decir, los “electi” actuando como tales advierten claramente de quienes son, en exclusiva, los que pueden prescribir la actividad física. Esta imposición maniquea pone de manifiesto el claro desprecio a una realidad que manipulan y tratan de ocultar, como que dicha actividad física hace mucho tiempo que está siendo prescrita, entre otros profesionales, por enfermeras, que en el ejercicio de sus competencias no tan solo la prescriben, sino que llevan en torno a ella una actividad compleja de educación para la salud, intervención comunitaria, seguimiento terapéutico, desmedicalización, autonomía personal, autoestima, abandono de la dependencia al sistema… entre otras muchas.

Pero para que nadie tenga la tentación de que alguien desobedezca sus postulados maniqueos los “electi” sentencian literalmente en su doctrinal documento “Cualquier intento de intromisión entre profesionales sólo significaría un problema para el usuario o paciente, que son los objetivos fundamentales de cualquier estrategia sanitaria y actuación destinada a la prevención y el tratamiento de la enfermedad. En el caso de asumir funciones médicas por parte de otras profesiones, es preciso indicar que se puede entrar dentro de la consideración de intrusismo, con las graves consecuencias que puede tener”. Sentencias basadas en la manipulación interesada de una realidad que tratan de ajustar a sus únicos intereses aun yendo en contra de la realidad y del bienestar de la población a la que tratan de engañar con sus argucias y falsos mensajes como vigilantes y actores exclusivos de una salud comunitaria que durante tanto tiempo han venido despreciando, pero que ahora quieren arrogarse en exclusiva ante las muestras de reconocimiento que hacia otros profesionales, como las enfermeras, tiene la población que empieza a identificar claramente que existen realidades diferentes a las exclusivamente duales planteadas por los “electi”.

Por su parte los “auditores” también se revelan ante dicha dualidad y se posicionan mediante propuestas que huyen de la enfermedad, la medicalzación, la tecnología o el hospital como únicos y exclusivos referentes de la salud en esa doctrina maniquea que tanto daño hace a la salud pública y comunitaria.

Ahora tan solo falta que los medios de comunicación, aliados alienados del maniqueísmo sanitario también salgan del hipnotismo dual en el que se encuentran y que les conduce a difundir una información sesgada, manipulada y ausente de rigor sobre el sistema de salud y sus diversos actores, como se puede identificar diariamente en prensa, radio o televisión. Pero para que no parezca un nuevo ejercicio de ataque injustificado por mi parte, tan solo basta con una muestra reciente de una periodista del diario “La Nueva España” de Asturias que en una reciente información sobre el agradecimiento que una persona, que había estado ingresada en un hospital asturiano, hacía a los profesionales que le habían atendido. En la carta manuscrita que envió escribía literalmente “Quería agradecer a todas las enfermeras y resto del personal…”. Sin embargo, la periodista redacta “su noticia” haciendo desaparecer a “todas las enfermeras” de la noticia pues en ella se hace referencia en seis ocasiones a los médicos o sinónimo de los mismos y en ninguna a las enfermeras que son el objeto de la carta. Un ejemplo, tan solo uno de entre los muchos casos que se producen, de la permanente, incompresible y bochornosa información que perpetúa el maniqueísmo sanitario existente.

Es responsabilidad de todas/os quienes, de una u otra forma, tenemos capacidad de intervención en el ámbito de la salud comunitaria el romper de una vez por todas este dualismo tan perjudicial y falso que actualmente se mantiene en nuestro sistema de salud y que provoca una clara parálisis del mismo hacia una necesaria reforma que incorpore la diversidad de miradas ante una misma realidad como es la salud y el reconocimiento de los diversos profesionales que intervienen en su promoción, mantenimiento y recuperación.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS

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Todos quieren tener un día internacional, mundial o al menos nacional en el que celebrar su identidad, su aportación o su reivindicación.

A la cantidad de celebraciones hay que añadir su gran diversidad. Hay que tener en cuenta además que al calendario oficial de Naciones Unidas se suman otros muchos días que de manera oficiosa también celebran acontecimientos, efemérides, profesiones, personajes… encontrándonos con una mezcla de nostalgia, reconocimiento, curiosidad, esnobismo e incluso oportunismo. Hay días casi que para todo. Día de los Simpson, la bicicleta, el beso, la educación, los bosques, el atún, la luz, el jazz, la diabetes, las montañas, plenilunio del mes de mayo o el retrete entre otros muchos.

No seré yo quien le quite a ninguno de ellos la oportunidad y el mérito de celebración. Pero no deja de ser cuanto menos curiosa la miscelánea existente. Por otra parte, no se sabe muy bien cuál es la proyección, oportunidad o impacto que tales celebraciones tienen, salvo en algunos casos muy concretos que suelen ir ligados a actualidad –normalmente por su dramatismo o gravedad-  o a movimientos que trascienden al propio día de celebración, que tan solo sirven como punto de referencia puntual a su permanente actualidad, no siempre y desgraciadamente positiva. Días como los de la mujer, la salud, el medio ambiente… podrían ser algunos ejemplos.

Otros, sin embargo, parecen tan solo macabros recordatorios de la inacción, hipocresía, desidia, cinismo… con que se actúa para resolver los problemas que tienen o generan. Así nos encontramos con días de refugiados, migrantes, tolerancia, no violencia, contra la corrupción… que tienen, lamentablemente, poco que celebrar y sí mucho en lo que actuar.

Por último, hay ciertos días que no se sabe muy bien por qué tienen reservado un hueco en el calendario cuando su aparente causa ya se recoge en la celebración de otros días. Día de las viudas, del niño y de la niña (cada uno su día), del hábitat, de las ciudades, del suelo, del medio ambiente (cada uno con su día)…como si el día de la mujer , de los niños o del medio ambiente, por ejemplo, no fuesen suficientemente inclusivos de estas celebraciones tan particulares.

Es decir, como en casi todo, acaba por desvirtuarse, manosearse, manipularse y perderse, no tan solo la trascendencia, sino la oportunidad de que la celebración realmente sirva para algo más que el recuerdo anual más o menos afortunado y llenar un calendario ya altamente saturado en el que pocos espacios quedan para las muchas y variopintas solicitudes que se reciben.

Y, claro está, como no podía ser menos las enfermeras tenemos nuestro día. El 12 de mayo. Se trata del día en que nació Florence Nightingale

El Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) ha celebrado este día desde 1965. Previamente, en 1953, Dorothy Sutherland, una funcionaria del departamento estadounidense de salud, educación y bienestar, propuso al entonces presidente Dwight D. Eisenhower proclamar un “Día de la Enfermera” pero no se aprobó.

Sin embargo la fecha elegida no es celebrada de manera unánime en todo el mundo, ya que Florence Nightingale no está vista como un ejemplo de conducta decorosa en algunas partes del mundo, lo que ha generado peticiones a Naciones Unidas para trasladar este día a otra fecha, como el 21 de mayo, que es la fecha de nacimiento de Elizabeth Fry (1780–1845, fundadora de la institución de hermanas enfermeras y también conocida por su trabajo con prisioneros. Pero estoy convencido que también a ella se le encontraría algún, pero, en alguna parte del mundo, para rechazar su elección como fecha de celebración. Es lo que tiene, que nunca llueva a gusto de todas/os.

Esta anécdota la cuento porque considero que es una muestra más de la falta de cohesión y unidad de las enfermeras –también a nivel internacional- a la hora de decidir, determinar o coincidir en algo, aunque sea una celebración.

Pero, en cualquier caso, hoy por hoy, el 12 de mayo es el día de las enfermeras, también en España. Y hay muchos motivos por los que celebrar este día.

Motivos de orgullo. El orgullo que supone y representa ser y sentirse enfermera. Más allá de cualquier otra valoración, contraste, diferencia o posición. El sentimiento, la emoción, la satisfacción de serlo y comportarse como tal más allá de nuestro puesto de trabajo, nuestra actividad o relevancia. Tan solo porque nos sintamos enfermeras y lo hagamos con el orgullo de serlo.

Motivos de alegría. Alegría que va más allá de la que puede y debe producir cualquier celebración. Alegría por todo lo logrado. Alegría por lo que significa poder prestar cuidados enfermeros a quien los necesita o nos los demanda. Alegría por contribuir a mejorar, mantener o restablecer la salud de las personas, las familias y la comunidad. Alegría por favorecer su autonomía y hacerles partícipes de su propia salud. Alegría de trabajar por la equidad, el respeto y la dignidad. Alegría por las evidencias aportadas, por los consuelos prestados, por las compañías asumidas, por las escuchas recibidas, por la confianza regalada, por las risas conjuntas, por las lágrimas de dolor, de tristeza, pero también de júbilo, por los abrazos rotos, por los silencios cómplices, por las palabras sanadoras, por las miradas sinceras, por la cálida caricia, por la demanda atendida, por la necesidad identificada, por el cuidado que todo ello encierra.

Motivos de reivindicación. Por el reconocimiento que merecemos y que tanto se nos dificulta. Por la visibilidad de nuestra aportación singular, única e imprescindible que se mantiene oculta. Por no tener que demostrar más que otros lo que ya hemos demostrado. Por tener igualdad de oportunidades ante igualdad de exigencias. Por un nombre que nos define y nos identifica. Por un valor que se nos supone, pero se nos niega. Por el respeto a los cuidados que prestamos. Por la consideración a las evidencias que generamos. Por nuestra autonomía.

Motivos de esperanza. Por nuestro crecimiento y desarrollo permanente. Por lo bueno que aún tenemos capacidad de aportar a la sociedad, pero también a la comunidad científica y profesional. Por el logro de las metas que nos faltan alcanzar. Por el futuro que entre todas tenemos oportunidad de construir. Por la unidad que precisamos para fortalecernos. Por la mejora que podemos aportar a la salud comunitaria, por lograr unos cuidados cada vez de mayor calidad, por la humanidad de nuestra atención, por el rigor que perseguimos, por la exigencia que nos demandamos para mejorar, por tener la oportunidad de reconocernos a nosotras mismas, por la importancia de nuestras/os referentes, por nuestra impronta enfermera en cualquier ámbito de actuación. Por creer firmemente en lo mucho que como enfermeras podemos aportar a la sociedad.

El día de las enfermeras, por lo tanto, debemos aprovecharlo como un recordatorio de todo aquello que nos debe seguir motivando para mejorar. Expertas, novicias, especialistas, veteranas, jóvenes, generalistas, comunitarias, hospitalarias, sociosanitarias, políticas, gestoras, académicas, docentes, pero todas enfermeras, trabajando como enfermeras y aportando como enfermeras. Que nuestro día lo sea también de las personas, las familias y la comunidad con y para las que trabajamos, pensamos, investigamos y aprendemos. Compartamos nuestro orgullo, nuestras alegrías, reivindicaciones y esperanzas, para hacerlos suyos y que valoren, respeten, sientan y reclamen nuestra presencia y nuestra esencia.

Aprovechemos el día de las enfermeras para identificar que nuestras diferencias son una fortaleza que nos enriquece y no un motivo de debilidad, para identificar lo que nos une en lugar de seguir enzarzados en lo que nos separa, para construir en lugar de destruir, para avanzar en lugar de permanecer en la parálisis, para reconocernos en lugar de ofendernos, para debatir en lugar de discutir, para dialogar en lugar de descalificar, para avanzar en lugar de huir, para pensar antes que actuar, para actuar antes que parar, para parar antes de herir. Para identificar la importancia de ser y sentirse enfermeras desde el orgullo, la alegría, la esperanza y la satisfacción,

Celebremos más allá de cualquier simbolismo vacuo, sistemático y oficial. Hagámoslo porque nos lo creamos y lo sintamos. Porque seamos conscientes de su importancia y su valor. Porque entendamos que es importante para nosotras, pero también lo es para la sociedad. Porque nos sintamos partícipes de un mismo objetivo, aunque existan diferencias. Porque si no celebramos lo que somos y representamos no seremos capaces de que nadie celebre nuestra importancia y nos valore.

Lo de menos es si el día es por el nacimiento de Florence o de Elizabeth, también lo podría ser por el de Rosamaría, Mª Paz, Esperanza, Mª Jesús, Mariví o incluso Antonio, Paco o Rafael, lo relevante es que lo celebremos.

A partir de aquí, tratemos de celebrarlo de la mejor manera que podamos, entendamos o nos propongamos. Lo importante, finalmente, no es tanto el cómo sino el qué celebramos. Y lo que celebramos es, ni más ni menos, que nuestro día, el de las ENFERMERAS.

¡¡¡FELICIDADES!!!!!

ESCENARIO ENFERMERO

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Sinceramente creo que estamos creando, entre todas/os, un escenario incierto en el que, de no remediarlo, va a resultar difícil generar las confluencias de un deseado y necesario desarrollo disciplinar y profesional.

Empezando por la disciplina y en concreto su ámbito universitario, el panorama es ciertamente preocupante. Nada desearía con mayor fuerza que aportar una visión más amable y menos inquietante, pero la realidad es terca y no permite edulcorar la amargura de la misma.

Durante estos últimos 40 años en los que se ha construido la disciplina enfermera en la universidad española con gran esfuerzo y muchas dificultades, se ha conseguido algo que para muchas/os era impensable. Se llenaron las escuelas de enfermería de enfermeras, lo que sin duda supuso un valor y un avance cualitativo fundamental. Se cambiaron los planes de estudio para que diesen respuesta al paradigma enfermero. Se desarrollaron estrategias que permitieron visibilizarnos en el ámbito universitario en igualdad de condiciones con el resto de disciplinas. Se logró romper el techo de cristal que impedía el pleno desarrollo disciplinar enfermero. Sin embargo, la realidad, nos ha devorado.

Muchas de las enfermeras que en su día se incorporaron en la Universidad para llevar a cabo todo ese proceso, están, ahora mismo, a punto de jubilarse con la satisfacción y el orgullo de haber logrado algo difícilmente imaginable. El problema ha estado en que durante este tiempo la incorporación de enfermeras a la Universidad ha ido reduciéndose significativamente. Por una parte, porque el sistema sanitario absorbe, cuando no devora, a las enfermeras. Por otra la Universidad, contagiada por la propia sociedad a la que pertenece ha asumido, en ocasiones por exigencias de las crisis, pero también por mercantilismo empresarial puro y duro, las condiciones de precariedad laboral y salarial que emanaban de las políticas y la política imperantes, además de la dificultad cada vez mayor para tener acceso a plazas mínimamente estables. De tal manera que las enfermeras, cada vez más, fueron abandonando la idea de identificar la Universidad como escenario profesional, salvo para compaginar su labor asistencial con plazas de profesoras/es asociadas/os que los equipos de gobierno universitario utilizan, con más frecuencia de la deseada, necesaria y de manera arbitraria, interesada y con un altísimo coste de calidad docente e investigador. A todo ello hay que añadir las draconianas condiciones de acreditación y promoción impuestas por una Agencia de Evaluación que se ha situado por encima del bien y del mal, sistematizando unos criterios que claramente penalizan a las enfermeras que optan incorporarse a la Universidad.

Todo ello genera una situación de desertificación enfermera de los departamentos y facultades de enfermería al no existir enfermeras que quieran/puedan reemplazar las plazas que van quedando libres y con ello la incorporación cada vez mayor de disciplinas muy dispares para cubrirlas, tales como biología, farmacia, veterinaria y en menor medida medicina, al tratarse de profesiones con menores posibilidades de empleabilidad en otros ámbitos e identificar la Universidad como una posibilidad de “colocarse”. El problema es que su “colocación” provoca la lógica y consecuente “descolocación” de la disciplina enfermera que se ve claramente perjudicada y resentida en su desarrollo y con ello, la calidad de la docencia y de las enfermeras formadas, que claramente están involucionando hacia un ámbito asistencialista, técnico, medicalizado y desligado del paradigma enfermero. Cuando nos vayamos a querer dar cuenta en las Facultades de Enfermería la presencia de enfermeras será testimonial o anecdótica como sucedía en las escuelas de ATS que con tanto esfuerzo se lograron reconvertir.

Resulta muy difícil convencer, hoy en día, a una enfermera para que se incorpore en la Universidad. Ni le ofrece garantías de estabilidad económica, ni le genera alicientes de desarrollo.

Y en este panorama, sin duda, se está produciendo un claro enfrentamiento entre docencia e investigación que juega claramente en contra de las enfermeras como ya he abordado en otras entradas en este mismo blog. Enfrentamiento en el que se generan posicionamientos cada vez más radicalizados y menos reflexivos, que impiden avanzar en aras de lograr una solución a tan difícil situación. Todo lo cual, además, provoca una distancia cada vez mayor entre universidad y sistema sanitario o como se ha venido denominando siempre entre docencia/investigación y asistencia, que se ha visto agravado con las diferencias entre “sexenistas” (profesoras/es dedicadas/os casi en exclusiva al logro de sexenios de investigación) y docentes. Pero todo ello viene provocado claramente por una postura rígida, intransigente y poco razonable por parte de las propias universidades que claramente apuestan por lo que más rentabilidad les genera, la investigación y las derramas que suponen para sus arcas, en contra de una docencia que tan solo contemplan como captación de recursos financieros mientras dure la estancia “obligatoria” de las/os estudiantes en los campus, pero con poca o nula atención a su calidad y mucho menos al reconocimiento de la misma, y aún menos a lo que pueda suceder con dichas/os estudiantes una vez alcanzado y abonado su título. La promoción de talentos jóvenes que puedan desarrollar su disciplina en la Universidad brilla por su dolorosa y sangrante ausencia, quedando limitada a los programas de posgrado o doctorado que no pasan de ser nuevos reductos de captación de fondos con muy pocos alicientes para las/os estudiantes por integrase de manera activa y motivadora en la universidad como ámbito de desarrollo, lo que contribuye a la desertificación anteriormente apuntada. Es decir, estamos ante un claro “cambio climático” en la Universidad que a pesar de los estragos que provoca sigue negándose su existencia y los factores que lo provocan, generando escenarios muy poco saludables tanto para estudiantes como para profesorado, investigadores y personal de administración y servicios. Poner desfibriladores no es suficiente. Hay que poner, previamente, corazón.

Pero la Universidad es un ámbito que además de suscitar tan poco interés para las enfermeras como ya he descrito, no lo hacen en mayor medida las principales organizaciones de representación enfermera como colegios profesionales, sindicatos, sociedades científicas… que centran sus intereses en el ámbito profesional o asistencial, sin que, sin embargo, este quede exento de dificultades a la hora de configurar un escenario de mayor tranquilidad, confianza y unidad.

Es evidente que la sociedad ha cambiado y con ella las necesidades de salud de la población. Sin embargo, las estructuras sanitarias no han evolucionado al mismo ritmo que las demandas que dichos cambios generaban.

El desarrollismo hospitalario de los años 60-70 del pasado siglo, mantenido durante décadas con una organización a imagen y semejanza de los médicos, se acompañó, a finales de los 80, de la irrupción del que vino en denominarse como nuevo modelo, es decir, la Atención Primaria de Salud, que incorporaba una nueva y necesaria perspectiva en la organización sanitaria acompañada de la Ley General de Salud.

Las enfermeras se incorporaron masivamente en los hospitales desde las entonces escuelas de ATS que proliferaron masivamente y que con posterioridad se transformaron en Escuelas Universitarias y finalmente en Facultades. La APS, sin embargo, era vista con recelo cuando no con cierto desdén, más por el desconocimiento que sobre la misma se tenía que por motivos razonados sobre su aportación y la oportunidad que la misma ofrecía a nivel profesional.

El transcurrir de los años mantuvo prácticamente inalterables las estructuras hospitalarias y permitió identificar a la APS como un ámbito de desarrollo y autonomía profesional para las enfermeras, que sin embargo tuvo un progresivo deterioro por la desidia política, por el oportunismo de presentarla como un paraíso para la jubilación, por el conformismo profesional y el mimetismo hacia un modelo medicalizado, biologicista, paternalista y poco resolutivo como el hospitalario.

Ante este panorama el ámbito asistencial se presenta también como un campo de minas en el que se propician los enfrentamientos, se ralentiza la promoción profesional, se minimiza la innovación y se deteriora la calidad de la atención, todo lo cual acaba por repercutir de manera directa o indirecta en el valor de los cuidados enfermeros, en su reconocimiento y visibilidad que, además, se ven alimentados por las luchas que genera la nefasta planificación de personal, la ineficiente y caduca organización de los centros sanitarios, los egos de los representantes profesionales y sindicales y la desmotivación progresiva de las enfermeras.

Los pocos alicientes que pueden suponer la aparición de las especialidades acaban por convertirse en nuevas y mortales armas de destrucción masiva para las enfermeras, por similares causas que las ya apuntadas, a las que cabría añadir la incorporación de cierto clasismo entre especialistas defraudadas, enfermeras expertas desesperadas y/o agraviadas y enfermeras instaladas en su zona de confort a la espera de su jubileo. Mientras tanto los representantes científicos, profesionales, docentes, estudiantiles y sindicales siguen desojando la margarita de la unidad, como si de un idilio de amor se tratase, cuando de lo que se trata realmente es de una necesidad, una obligación, un compromiso y una decisión por lograr una unidad que, de no producirse contribuirá a que se mantengan, sino que aumenten, los conflictos interprofesionales y con ellos la parálisis del desarrollo disciplinar y profesional y la necesaria aportación enfermera al cambio que requieren las organizaciones sanitarias para adecuarlas a las necesidades y demandas de una sociedad que precisa, más que nunca, de los cuidados profesionales de las enfermeras. Y en esa lucha fraticida, mientras tanto, quedan sin atender cuidados básicos que no es que no existan, sino que son abandonados por las enfermeras y asumidos por otros profesionales. Cuando queramos recuperarlos, posiblemente, sea demasiado tarde y nos quedaremos sin la responsabilidad de algo que nos identifica, como son los cuidados.

Estamos pues, ante un escenario incierto. Aunque yo quiero percibirlo como esperanzador, por lo trascendente que resulta que se convierta en realidad y porque nadie entendería que finalmente no se produjese esa unidad que más que nunca nos hace falta para avanzar y afianzarnos como profesión y disciplina.

Es tiempo de abandonar los personalismos, las disputas particulares, los intereses corporativistas, los recelos, las envidias, los egoísmos, los rencores y ponerse a trabajar, desde la diferencia, en la construcción de un escenario común para las enfermeras en el que las diferencias sean aquellas que contribuyan a enriquecer, mejorar y visibilizar nuestra aportación y a minimizar, combatir o eliminar las dificultades o barreras que lo permitan. El debate, la reflexión, el pensamiento crítico, el análisis, deben incorporarse como elementos fundamentales para lograrlo, sustituyendo a la descalificación, el demérito o las intrigas que tan solo contribuyen a generar un ambiente de pesimismo que replica las males artes de la actual clase política que, por otra parte, es a quien debemos demostrar nuestra unidad de acción que no de pensamiento y que se fortalece desde la diversidad y la pluralidad disciplinar y profesional.

Que las siglas, los logos, los eslóganes… no sean motivo de enfrentamiento y que el único estandarte común sea el del interés general de las enfermeras que ya son suficientemente maduras para identificar quiénes y cómo les representan en cada caso, pero que también lo son para demandar un esfuerzo de todos los representantes, que permita el consenso y la unidad en temas de interés común.

El contexto en el que estemos no dependerá de nosotros, pero el escenario que en el mismo creemos sí que es responsabilidad de todos cuantos, de una manera u otra, en mayor o en menor medida, tenemos representatividad enfermera. Representatividad, por otra parte, que debe trascender al protagonismo, para situarse en el ámbito de la entrega, la implicación y el trabajo por y para las enfermeras a las que decimos representar.

DÍA DEL TRABAJO. DÍA DE LA ENFERMERA TRABAJADORA

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Hoy se celebra el día del trabajo y por tanto también el día del trabajador/a.

Me parece oportuno recordarlo en el caso concreto de las enfermeras porque en muchas ocasiones aún sigue pareciendo que lo que hacemos día a día, minuto a minuto a lo largo de los 365 días del año, 366 si es bisiesto, no es trabajo, que se trata de eso tan manido y mal utilizado como es la vocación.

Más allá de la vocación o no que las enfermeras podamos tener y que a mi modesto entender no resulta imprescindible para ejercer la profesión enfermera, lo que está claro, o debería estarlo, es que las enfermeras trabajamos como enfermeras. Es decir, ejercemos nuestra profesión como forma de trabajo y por tanto y tal como lo define la Real Academia de la lengua (RAE) como ocupación retribuida, o lo que es lo mismo, como forma de ganarse la vida a través de una actividad.

Por lo tanto, hoy también es el día de las enfermeras trabajadoras y no quería desaprovechar la ocasión que nos brinda este calendario lleno de celebraciones, para hacer un merecido homenaje a las enfermeras trabajadoras.

En una sociedad en la que el mercantilismo se ha instalado como forma de convivencia casi absoluta, hace que cualquier relación laboral tan solo parezca tener sentido o regirse por los beneficios económicos que la misma brinda y que su mayor o menor eficacia esté casi exclusivamente relacionada con una adecuada retribución económica.

Y este, considero que es el gran error. Más allá de la necesaria y legítima justicia retributiva, a las enfermeras nos mueven otros valores en nuestro trabajo y que no necesariamente, como ya he dicho, deben asociarse a la vocación.

He sostenido en muchas ocasiones que no solamente se trata de ser enfermera, sino de sentirse enfermera. Porque ser enfermera es tan sencillo o complejo como ser fontanero, médico, carpintero, ingeniero o abogado, simplemente se trata de proponérselo y estudiar para lograrlo. Lo verdaderamente difícil, lo que de verdad da valor y aleja a las enfermeras, a las buenas enfermeras, de esa relación mercantilista es el sentirse como tales.

Sentirse enfermera es tener mirada enfermera. Mirada enfermera que permite la observación sin juicios previos para tratar de dar respuesta a los problemas de salud que las personas tienen o plantean, de manera consensuada con ellas. Sin imposiciones, sin paternalismos, sin reproches. Poniendo en valor la autonomía individual de las personas y las familias. Favoreciendo su participación real. Escuchando de manera activa sus demandas y necesidades. Identificando a las personas y no a sus enfermedades. Estando sin estar para respetar la toma de decisiones. Huyendo de generar dependencia, del protagonismo, de la imprescindibilidad que va en contra de los principios fundamentales que como enfermeras tenemos.

Esa mirada enfermera, por tanto, forma parte de nuestro trabajo. Sin embargo, no es por la que nos pagan. No forma parte de los perfiles de los puestos de trabajo. No es visible ni muchas veces valorado. Y sin embargo son la esencia de los cuidados que prestamos.

Hoy día de los/as trabajadores/as y por tanto también de las enfermeras, quisiera visibilizar esos cuidados que quedan ocultos muchas veces tras la técnica, la demanda, la asistencia, la enfermedad, el síntoma o la herida y que son parte consustancial del trabajo enfermero.

Puede que no se nos pague por eso, puede que no se reconozca por parte de las instituciones en las que trabajamos, puede, incluso, que ni tan siquiera nosotras mismas sepamos valorar esta aportación que hacemos, al entender que es algo que forma parte consustancial de nuestra actividad, mimetizando el sentimiento y percepción del entorno en el que trabajamos. Sin embargo, eso, precisamente eso es lo que nos da valor como enfermeras. Y, eso, precisamente eso es lo que de verdad identifican como el gran valor las personas y familias con las que día a día, minuto a minuto, estamos relacionándonos en la salud y en la enfermedad.

Efectivamente no se nos paga por eso. Pero nada tendría sentido, para las enfermeras, si eso no sucediese de esta manera. No hacerlo es tanto como incorporar la ceguera en el quehacer enfermero al anular esa mirada imprescindible y al mismo tiempo tan imperceptible.

Felicidades a todas las enfermeras que día a día, minuto a minuto, los 365 días del año, 366 si es bisiesto, trabajan para ganarse un sueldo, pero que también ponen su particular mirada en todo aquello que hacen en cualquier ámbito o contexto y ante cualquier situación de salud, enfermedad, dolor, alegría, soledad… que requiera su atención y sus cuidados.

Es un día también de reivindicaciones legítimas y necesarias. Por tanto, es importante que se retribuya con justicia el trabajo realizado y que se dote del número de enfermeras necesario para poder ofrecer cuidados de calidad. Pero, sobre todo, es fundamental que se reconozca, por parte de las organizaciones de salud, la aportación que las enfermeras realizan para promocionar, mantener y recuperar la salud de las personas, familias y comunidad. La sociedad ya lo hace reconociéndonos como los profesionales mejor valorados en todas las encuestas que al respecto se realizan.

Para finalizar sería deseable que las palabras de Valle Inclán, no tuviesen ya ningún valor tras casi un siglo desde que las escribiese. Aunque me temo que nos queda un trecho importante por recorrer.

“En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”

Luces de Bohemia. Valle Inclán, 1924

FELIZ DÍA DE LA ENFERMERA TRABAJADORA.

REFORMA DE LA ATENCIÓN PRIMARIA ¿FUMATA BLANCA?

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El Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social planteó una estrategia para la reforma de la Atención Primaria de Salud, que presentó a los diferentes agentes de salud implicados. Sociedades Científicas, Organizaciones Colegiales, Sindicatos, Asociaciones, configuraron los grupos de profesionales y ciudadanos, mientras que las/os representantes de las Comunidades Autónomas (CCAA) constituyeron un tercer grupo de trabajo.
Los tres grupos de trabajo funcionaron de manera independiente aportando sus valoraciones, comentarios y sugerencias al documento base que en su momento fue presentado por parte del Ministerio a través de los Coordinadores elegidos para tal fin y que se trasladaban a través de una herramienta informática que para tal fin habilitó el Ministerio. El análisis y tratamiento de la información aportada configuraban nuevos documentos que se debatían en reuniones plenarias con los componentes de los diferentes grupos. Finalmente, en reunión conjunta de los tres grupos, se presentó un documento que se debatió y depuró, constituyendo el documento final que debía presentarse para su aprobación en el Consejo Interterritorial convocado expresamente para tal fin.
Abordar un tema tan necesario, pero al mismo tiempo tan amplio y con tantos matices, en grupos de trabajo tan heterogéneos, diversos, al tiempo que numerosos, constituía sin duda un reto y una enorme dificultad. A esto hay que añadir la dificultad añadida del trabajo virtual que en ocasiones generaba recelo y falta de información sobre las propuestas presentadas por parte de las diferentes organizaciones de los grupos. Sin duda el proceso pudo ser otro. Pudo ser mejor, pero posiblemente también peor. Pero finalmente se logró elaborar un documento que recogía las inquietudes, aspiraciones, ilusiones, propuestas… que se entendió permitirán desarrollar acciones de mejora para la reforma de la AP.
En ocasiones los intereses individuales o corporativos se imponían a la lógica del interés común, provocando tensiones que lejos de desanimar alentaban a plantear nuevas propuestas de mejora que permitieron avanzar hasta lograr el documento final.
Profesionales, ciudadanos y técnicos de las CCAA, lograron un equilibrio que en ocasiones se antojó complicado dados los posicionamientos que alguna de las partes adoptó y que obligaron a redoblar los esfuerzos de todos para lograr el deseado consenso.
El documento final, mejorable como cualquier otro que se realice, logró finalmente recoger las sensibilidades, pero también las necesidades precisas para configurar una estructura sólida sobre la que posteriormente habrá que trabajar para que los cambios sean una realidad. A nadie se le escapa que el documento final es una declaración de intenciones. Pero hay que destacar que se trata de muy buenas intenciones. Y es que no puede ser de otra manera. Es lo que se pretendía y es lo que se consiguió. El foro en el que se desarrolló, gestó y consensuó tan solo tenía capacidad para ello. La parte resolutiva depende de los gobiernos de las diferentes CCAA, que serán quienes deberán negociar las medidas que permitan que las intenciones dejen de serlo para pasar a convertirse en normas, criterios, órdenes o decretos que regulen y permitan ejecutar las medidas necesarias para el cambio.
Ciudadanía, profesionales y técnicos tuvieron la voluntad, deseo, ilusión, compromiso e implicación para cerrar un documento que puede y debería suponer un punto de inflexión en el desarrollo de la Atención Primaria y Comunitaria, después de más de 30 años de evolución.
Sin embargo, faltaba la última palabra. La de los políticos. La de quienes sin estar ni haber participado tenían que aprobar el documento en el Consejo Interterritorial que el Ministerio convocó para ello.
Y lo que las/os ciudadanas/os, profesionales y técnicas/os lograron a pesar de las dificultades ya comentadas, los políticos, algunos políticos, se negaron a ratificarlo por egoísmo, electoralismo, revanchismo, demagogia y con un enorme desprecio al trabajo desarrollado durante meses por parte de los tres grupos y del propio Ministerio.
Un grupo de políticos decidió, de manera premeditada, dilapidar con argumentos políticos, falacias, paradojas y contradicciones la aprobación del documento.
Su actitud de alineación y alienación con claras consignas políticas y electoralistas tan solo consiguió el objetivo de la anécdota y de poner la nota de discordia que en todo momento pretendieron. Sin embargo, no lograron que el documento no fuese aprobado, con lo que significa de descrédito y de demérito para quienes actuaron de tal manera. Pero, ante todo, supone un claro ejemplo del desprecio que, hacia la sociedad, a la que dicen representar, supone. Más aún cuando las organizaciones de representación ciudadana, participantes en el grupo de trabajo del Ministerio, habían manifestado días antes de manera clara, unánime y rotunda, no tan solo su conformidad con el documento sino también con la necesidad y urgencia que representaba el mismo, con el fin de lograr el cambio de la Atención Primaria y Comunitaria que tanta influencia tiene en la respuesta que a sus necesidades y demandas debe dar a través de las/os profesionales.
El Consejo Interterritorial, una vez más, era empleado por los políticos como el escenario de sus cuitas, desencuentros, rencores, en el que representar su particular puesta en escena histriónica, eso sí, ante la solícita respuesta de los medios de comunicación que siempre acuden al olor del cebo lanzado por ellos. Y así fue como el obediente y solícito grupo de Consejeros del PP abandonaron el pleno del Consejo Interterritorial y lanzaron su arenga de disconformidad con el documento que se estaba debatiendo, que se puede resumir en que el mismo, según ellas/os, era electoralista y no podía, por tanto, ser asumido.
Me pregunto si no hubiese sido más educado, pertinente, coherente e incluso respetuoso el haber mostrado su disconformidad en el pleno y haber votado en contra del mismo, aunque sus débiles argumentos hubiesen sido los mismos. Pero entonces, claro está, su actuación hubiese quedado en el ámbito de la privacidad del pleno quedando, además, totalmente en evidencia ante la mayoría que aprobó finalmente el documento.
Así pues, la Ministra de Sanidad pudo lanzar la fumata blanca según la cual se anunciaba “habemus reforma”. Sin embargo, podríamos decir que se trató de una fumata no del todo blanca dada la disidencia de los rebeldes y amotinados consejeros que prefirieron un minuto de efímera gloria a un acuerdo que les hubiese incluido en el paquete de apoyo a un Ministerio en manos del enemigo.
Y la historia se repite una y otra vez. Con actores diferentes, pero con idéntico y patético final. Tienen la peculiaridad, porque no se puede hablar de propiedad, de tener habilidad para ser incompetentes, es decir, aplican siempre el mismo método tratando de hacer frente a los cambios y el resultado, siempre es el mismo, el fracaso. No hay nada peor que un mediocre activo. ¡Y tenemos tanta actividad entre los políticos!
No sabemos si alguna vez alguien será capaz de lograr que el consenso no sea percibido por nuestros políticos como un elemento nocivo, tóxico, venenoso y peligroso, que debe ser evitado a toda costa y, a ser posible, eliminado para evitar caer en la tentación de asumirlo, aunque sea por error. Los efectos colaterales, las reacciones adversas, las interacciones… que se le atribuyen son tan potentes y alarmantes que se instruye de manera concienzuda a todas/os las/os políticas/os de la importancia de no llegar NUNCA a asumir el consenso. Porque, además, avisan que genera adicción y no tiene antídoto conocido.
Todo ello a pesar de las recomendaciones permanentes que en forma de votaciones lanza la ciudadanía para que tengan que acercarse a lograr el temido consenso, sin que, lamentablemente, tenga los efectos deseados para que se logre.
El problema de todo esto es que los acuerdos alcanzados tienen fecha de caducidad. Determinada, no por los resultados que de su puesta en marcha se obtengan, sino por la permanencia o alternancia de los actores que de nuevo volverán a utilizar como escenario, para sus patéticos guiones políticos, las instituciones que debieran servir para lograr el máximo grado de bienestar y estabilidad del mismo, a través del consenso.
No sabemos si esto llegará a producirse en alguna ocasión en nuestro país. Pero si alguna vez sucede tendremos que estar preparados no vaya a ser que entonces nos coja desprevenidos y no lo entendamos.
Mientras tanto, tratemos de disfrutar del momento y crucemos los dedos para que, ahora, quienes tienen que desarrollar este acuerdo lo hagan con la responsabilidad que corresponde para no defraudar. ¿Será posible o tendremos que volver a encender la hoguera para esperar de nuevo otra fumata blanca?
Mañana nos toca votar, es un derecho y un deber, para determinar qué tipo de representantes queremos tener y qué tipo de respuestas a tan necesaria reforma como la de la Atención Primaria y Comunitaria. La fumata blanca depende de nuestro criterio, nuestra reflexión y nuestro voto.

TIEMPO DE PROMESAS, TIEMPO DE CERTEZAS

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El devenir político, su inestabilidad, la pobreza del debate, el revanchismo, la confrontación interesada y partidista, entre otros factores, han conducido a la sociedad española a un escenario de elecciones ciertamente denso e incierto.

Nos situamos pues en un tiempo, políticamente hablando, en el que se está hablando de promesas electorales en las que se prodigan las ventajas, logros, metas, anhelos… que están dispuestos a conseguir. Pero sobre todo que están interesados en que los oídos de los electores capten como reclamo para conseguir el deseado y necesario voto que les sitúe en un puesto de responsabilidad desde el que posteriormente, y al menos teóricamente, poder cumplir lo prometido. A escasas fechas de dos importantes debates mediáticos, me atrevo a decir que poco o nada se hablará de salud en ellos.

Hasta aquí el escenario es conocido y nada novedoso. Estamos acostumbrados a los brindis al sol, las declaraciones de intenciones, los fuegos de artificio, los halagos interesados, la retórica demagógica, el discurso eufemístico… con los que acompañan sus eslóganes y promesas.

En este teatro, mejor circo político (por los malabarismos, contorsionismos, riesgos y también payasadas que en él se concretan) la sanidad, que no la salud, es centro de muchas de esas promesas. Y, claro está, dentro de la sanidad también las enfermeras, aunque sea solo para quedar bien en tiempos tan dadivosos.

La sanidad, como decía, se incorpora como centro de muchas de las promesas. Pero todas ellas se centran en la enfermedad, en la técnica, en la cronicidad, en los hospitales y, mayoritariamente, en los médicos.

Al poner la enfermedad en el centro del discurso no se está dirigiendo el mensaje al conjunto de la población, sino tan solo a una parte. Pero claro está es un sector de la población más sensible y sensibilizado y, por tanto, es más fácil construir promesas que trasladen esperanzas y con ellas se logren votos. Más camas hospitalarias, más tecnología de última generación, más tratamientos, más médicos… como preámbulo del mensaje al que posteriormente nos tienen acostumbrados los políticos cuando logran su escaño o su puesto de responsabilidad política en ministerios o consejerías. Se continúa confundiendo sanidad con salud y se mantiene y perpetua la creencia con sus mensajes de que los únicos protagonistas de la sanidad, que no de la salud, son los médicos. Y esto es engañar a la población y, por tanto, al electorado.

En el sentido apuntado cabe destacar que la Sanidad es el conjunto de recursos y personal que configuran las organizaciones destinadas a promocionar la salud, prevenir y atender a la enfermedad y rehabilitar cuando es necesario. Al hablar tan solo de sanidad se están excluyendo muchos aspectos relacionados con la salud de todas/os las/os ciudadanas/os que son abordados desde la Salud Comunitaria que es la salud individual y de grupos en una comunidad definida, determinada por la interacción de factores personales, familiares, por el ambiente socio-económico-cultural y físico. Pero hacerlo desde esta perspectiva es menos rentable, políticamente hablando, y más complicado para quienes el fin justifica los medios.

Además, ese discurso y las promesas que el mismo genera no son casuales sino causales. Son causa de un modelo biologicista, medicalizado, hospitalcentrista, asistencialista, reduccionista, individualista y lamentablemente muy ineficiente, que se han encargado de construir y mantener más allá de lo política y socialmente razonable, pero que posiblemente responda a otros intereses de ciertos lobbies de poder.

Seguir apostando por este modelo y por el paradigma que lo sustenta es perpetuar los defectos que están conduciendo al sistema sanitario español, y especialmente a Atención Primaria, a su deterioro tal y como se recoge en el barómetro sanitario de 2018, recientemente publicado.

Pero para entender este planteamiento tenemos que saber que la colonización que de los hospitales hicieron los médicos como centros de saber e investigación de su disciplina entre finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, sirvió sin duda para el avance de la medicina y su modernización. Estructuraron los hospitales a su imagen y semejanza, es decir, por órganos, aparatos y sistemas, los jerarquizaron como forma de gestión e impusieron una organización castrense que favoreciera su primacía absoluta. Transcurridos más de dos siglos aún se mantienen estos planteamientos sin apenas ningún cuestionamiento. Es decir, los hospitales no han evolucionado al ritmo de las necesidades sociales, sanitarias y de salud sino de las de quienes continúan siendo sus colonizadores. Y todo ello a pesar de que los hospitales, son organizaciones de cuidados y lo que requieren es una estructura en base a su complejidad y no de cuál es la dolencia por la que ingresa una persona. Entre otras cosas porque la prestación de cuidados, que no realizan los médicos, sería mucho más racional, humanizada, eficaz y eficiente si se realizasen en base a su complejidad. A nadie se le ocurriría plantear unos cuidados intensivos de digestivo, de neurología o de nefrología, sino que son atendidos todos ellos en un mismo contexto por equipos que trabajan como tales.

¿Cuál es el problema entonces? Pues simple y llanamente que dicho cambio difuminaría la jerarquía, y los departamentos estancos que actualmente son los servicios hospitalarios, con la consiguiente pérdida de protagonismo médico en el que se ha constituido como su ecosistema profesional. ¿Significa eso que no es real la importancia de la actividad médica? En absoluto. Es y continúa siendo fundamental, pero requiere adaptarse a modelos y paradigmas que sean más racionales y den respuesta a las necesidades reales de las personas y sus familias y no tanto a las suyas. Deben estudiarse nuevas e innovadoras estructuras hospitalarias más allá de los intereses corporativos de ningún colectivo. Pero claro, esta promesa nadie la va a realizar por mucho que se intuya que sería mejor para las personas y para las arcas públicas.

Por lo tanto, se mantendrán los tiempos de promesas intemporales en los que se seguirá apostando por la tradición de la tecnología y del biologicismo y no por los cuidados, que se seguirán invisibilizando y devaluando, a pesar de ser la razón fundamental de la estancia en los hospitales, no de su ingreso, pero sí de su permanencia y posible alta, en ellos.

Los hospitales, por tanto, como paradigma de la Sanidad, seguirán devorando presupuestos ingentes sin que ningún político se atreva a modificarlos.

Mientras tanto, la Atención Primaria a pesar de los cantos de sirena de reforma sigue su declive y deterioro, como demuestra claramente el barómetro de sanidad 2018. Y lo sigue haciendo porque se está transformando en una sucursal hospitalaria que mimetiza su estructura, organización y actividades. La salud tan solo se utiliza para nombrar eufemísticamente a los centros en los que tan solo se asiste a la enfermedad, habitualmente desligada de quienes la padecen (interesa la diabetes, la hipertensión o la obesidad y no tanto las personas que las sufren y a quienes se etiqueta como diabéticos, hipertensos u obesos, cosificándoles en función de su enfermedad y al margen de sus sentimientos o vivencias con relación a cómo vivencian o afrontan su enfermedad o problema de salud). Las historias de salud han pasado a ser historias clínicas. Los Equipos tan solo dan nombre a la AP como Equipos de Atención Primaria y se reducen, mayoritariamente, a grupos de profesionales que trabajan en un mismo recinto, luchando por mantener sus marcos competenciales como si de fronteras infranqueables se tratasen. Las consultas, tanto médicas como enfermeras, son atalayas y nichos ecológicos en las que los profesionales se parapetan y tan solo dan respuesta a una creciente demanda que no saben o no quieren regular y para las que reclaman mayor tiempo, cuando lo que requieren es un cambio estructural, organizativo y metodológico. La atención domiciliaria ha dado paso a la asistencia en domicilio donde se atienden úlceras, se aplican técnicas o se asisten procesos agudos, pero en los que no se identifican, valoran y atienden a las personas que los padecen y las familias en las que dichas personas están integradas.  La intervención en la comunidad y la participación de la misma es algo totalmente anecdótico y voluntarista que ni se apoya ni se favorece. La promoción de la salud no tiene espacio ni tiempo para desarrollarla. La prevención se ha convertido en una persecución de los pacientes a quienes se les hace culpables de sus males. Los determinantes de salud permanecen ocultos entre tanta medicalización y tecnología. La cronicidad se cronifica a través de una terapéutica farmacológica incontrolada y de costes inasumibles. Conceptos como salutogénesis, activos de salud, capital social, investigación acción participativa, sentido de la coherencia, entornos saludables… son apartados al ámbito de la teoría y el esnobismo como parte de un discurso filosófico, ideológico y residual, que tan solo interesa utilizar puntualmente cuando se quiere aparentar cierto interés de cambio que rápidamente es abandonado. La continuidad de cuidados queda como una promesa eternamente deseada y permanentemente incumplida. Las cuidadoras familiares siguen siendo utilizadas como recursos para asumir la carga de trabajo, sin que se las identifique como personas con necesidades de atención específicas. Los órganos de participación ciudadana son un recuerdo borroso de una memoria no tan remota … Todo ello en medio de una controvertida estrategia de cambio de modelo de la Atención Primaria y Comunitaria que ha sido utilizada, antes incluso de su aprobación, como arma política arrojadiza, y de la que hablaré en una próxima entrada en este mismo blog.

Pero en tiempos de promesas volvemos a oír que se van a aumentar las plantillas, de médicos fundamentalmente, se van a incorporar nuevas tecnologías, se incrementarán las pruebas diagnósticas… que tan solo contribuirán a agravar la crisis de la AP, haciéndola cada vez menos resolutiva, participativa y eficiente. Y llegados los tiempos de certezas ni tan siquiera esas promesas serán cumplidas como viene sucediendo desde hace más de 30 años. La AP ya ha cronificado sus males y tan solo recibe respuestas que cronifican cada vez más su estado y la conducen a la dependencia hospitalaria, la inmovilización y la pérdida de autonomía, siendo tan solo un recuerdo querido que se mantiene más por nostalgia que por considerarlo necesario. El parecido con los antiguos ambulatorios es cada vez mayor y hay quienes están muy contentos de que así sea, porque aún hay muchos que no creen en la AP y consideran que es tan solo un mal necesario para el bien real que significan los hospitales, la superespecializacion y la alta tecnología, dirigidas por tecnócratas sanitarios alejados de la salud comunitaria.

Y en estos tiempos de promesas también están los que aprovechan para hacerse oír desde su posicionamiento de poder con medidas de presión en las que se reivindican mejoras del todo, la sanidad, pero que lo que realmente reclaman es la solución de la parte y concretamente de su parte, por entender que la misma supone el todo. Sabiendo, además, que los políticos están en esa fase de bonanza receptora que alimenta todas sus promesas, aunque tan solo sea para contentar a los reclamantes y conseguir su voto.

Para lograr la igualdad, respeto, equidad… en muchas ocasiones ha hecho falta establecer y regular políticas de discriminación positiva que faciliten su efectivo logro, dadas las dificultades que aún existen para ello. Es por ello que, a lo mejor, podría plantearse aplicarlas también al sistema sanitario y a la salud comunitaria. Porque aunque entiendo que es una retórica interesada del lenguaje, no deja de resultar curioso que Los hospitales sean del género masculino y La Atención Primaria, La Salud Pública y La Salud Comunitaria, sean del género femenino y que sean más numerosas, eficaces, eficientes y resolutivas que los primeros, pero sin embargo sigan siendo cuestionadas, discriminadas, desvalorizadas e incluso cuestionadas y acosadas, sin que se den respuestas integrales para solucionarlas. Lo mismo ocurre con Los médicos y Las enfermeras, que siendo aparentemente igual de importantes, necesarios y respetables, los primeros mantienen un patriarcado profesional con planteamientos de fuerza, poder y cuestionamiento permanente, amparados en supuestos intrusismos o invasión competencial que dificultan e incluso impiden una mejora de la atención de calidad a las personas, familias y comunidad, sin que en ningún caso se deba entender como un enfrentamiento de los unos contra las otras, sino como una realidad de desigualdad. Y es que el género y las consecuencias que el mismo genera, acaban por marcar de una u otra manera las diferencias y, por tanto, las desigualdades. No es una cuestión de qué o quiénes son mejores o peores, aportan más o menos, son más necesarios o prescindibles, tienen más relevancia o no. Se trata de que cada cual pueda realmente aportar todo su potencial desde la igualdad de oportunidades y el respeto, desde la valoración de sus aportaciones singulares, desde la capacidad de aportación y valor social y profesional, desde la capacidad de resolución, desde la necesaria interacción e interrelación, en definitiva, desde la valoración real y no interesada de sus potenciales y potencialidades como modelo de atención, organización, sistema o bien como profesionales.

Sería por tanto necesario que se estableciesen, en estos temas, políticas de discriminación positiva que salvaguardasen la igualdad sin que ello suponga que se tengan que establecer tratos de favor. Es tan solo una cuestión de coste de oportunidades y sobre todo de resultados que no pueden ni deben continuar sujetos a presiones, vengan estas de donde vengan, que marcan de manera significativa los tiempos de promesas y los tiempos de certezas. Los primeros porque tan solo plantean sueños y los segundos insomnio.

Y en esta realidad no vale decir que la política no es necesaria o que la salud debe estar al margen de la política o la política de la salud. Porque la política lo impregna todo y todo es política. Otra cosa bien diferente es el uso que de la política se haga y que no depende de ella sino de quien se incorpora a ella como agente para desarrollarla y que será finalmente quien la dignifique o la mancille. Por eso, insisto una vez más en lo importante que resulta incorporar la competencia política en el desarrollo disciplinar y profesional de las enfermeras. No para hacer un uso corporativo de la política, sino para desde la política y con la visión enfermera poder contribuir a la mejora de la salud a través de políticas de igualdad y equidad. Porque esa competencia política trasciende las instituciones u órganos de poder político, instalándose en todos aquellos ámbitos desde los que se puede y debe influir para lograr los cambios necesarios y esperados. Siendo una competencia de posicionamiento atemporal en cuanto a las promesas y no tanto en cuanto a las certezas desde cualquier ámbito ideológico que respete los valores democráticos y los derechos humanos.

Gofin J, Gofin R. Essentials of global community health. Sudbury, MA: Jones & Barlett Learning; 2010 p. 269.

Pasarín MI, Forcada C, Montaner I, De Peray JLl, Gofin J. Salud comunitaria: una integración de las competencias de atención primaria y de salud pública. Informe SESPAS 2010. Gac Sanit. 2010; 24 (Suppl 1): 3–27.

Alberdi Castell, RM. La competencia política enfermera. Concepto, contextualización y ámbito enfermero. Rev ROL Enferm 2019; 42(1): 22

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Quino lo refleja en una viñeta de Mafalda y yo le doy un toque que no desvirtúa su idea original.
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Mi visión particular e irónica de lo que es la Sanidad Universal para los líderes políticos.

MANIPULACIÓN POLÍTICA Y COMPETENCIA POLÍTICA ENFERMERA

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Para Albert Llorens, que sin duda contribuirá a cambiar el escenario político actual

Estamos empezando a naturalizar que en el debate político cabe todo. Los insultos, las descalificaciones, las mentiras interesadas, los reproches, las insinuaciones, las intrigas, las sospechas, las acusaciones infundadas… en resumen cualquier cosa con tal de conseguir ventaja con el enemigo que no adversario.

El problema es que esta situación de crispación, acoso, manipulación y engaño que se observa como algo consustancial al debate político, no queda circunscrita al ámbito de la política, sino que trasciende a la vida social y cotidiana a la que permanentemente alimenta.

La utilización interesada de temas que deberían quedar para el respeto institucional, el análisis sosegado, la reflexión profunda, el debate sereno… tales como el terrorismo, el feminismo, la violencia de género, la educación, la salud… son transformados en meras armas de sus intrigas políticas con el único objetivo de lograr mayor cuota de poder, representación o influencia.

Los lazos, las pancartas, los minutos de silencio, los manifiestos, las declaraciones, los twits… pasan a ser elementos del atrezo con los que adecuan sus escenarios en función de la obra que en cada momento se disponen a interpretar para lograr sus objetivos y sin que tengan el más mínimo interés por transmitir algo que beneficie a su audiencia, que no es otra que la ciudadanía que espera sus resultados y no sus disputas. Obras que tan solo escenifican e interpretan como un juego mediático, demagógico, falso y esporádico en las que no son capaces, si quiera, de generar credibilidad, pero que son seguidas y aplaudidas por una audiencia alienada por las redes sociales y los medios de comunicación, sin capacidad de crítica y mucho menos de acción para acabar con una escenificación que continúan alimentando con su pasividad bien sea por hartazgo o por simple indiferencia. Utilizando símbolos y sentimientos para enfrentar en lugar de unir y arrogándose una propiedad exclusiva de los mismos que ni les corresponde ni tienen derecho alguno a manipular como hacen en beneficio exclusivamente propio. Finalmente, todo vale para lograr imponerse y derrotar, o mejor humillar, al enemigo, que utiliza idénticas armas.

Nos sitúan en una dicotomía permanente, tan absurda como inútil, de derechas e izquierdas, rojos y azules, fachas y comunistas, conservadores y progresistas, buenos y malos… que genera bandos y bandas que se dedican a esperarse en las esquinas para lincharse y poder marcar el territorio en el que mandar. Anulando el diálogo, el compromiso, el debate, el discurso sereno, la argumentación… y por tanto el consenso.

La mujer del César ya tan solo hace falta que parezca honesta, ya no necesita serlo. Lo importante es el efecto, la imagen, el envoltorio, la apariencia, aunque luego no haya nada o lo que haya realmente sea corrupción, mentira e intereses personales. Trabajan la estética, pero olvidan y arrinconan la ética.

Los curriculums se manosean, adaptan, manipulan o, simplemente, se compran, como si el conocimiento fuese un objeto más de consumo que pueda adquirirse con dinero o influencia para la simple apariencia que logre la admiración de su público.

Se pasa de Maquiavelo a Orwell, es decir del Príncipe a 1984. Del fin justifica los medios al control del gran hermano para beneficio del jefe, que no líder, de turno. Y nos situamos en lo que Bauman denomina como el modernismo líquido colocando en los individuos una nueva carga de responsabilidad, en donde los patrones tradicionales son reemplazados por otros auto-escogidos. La expresión modernidad líquida busca definir un modelo social que implica el fin de la era del compromiso mutuo, donde el espacio público retrocede y se impone un individualismo que lleva a la corrosión y la lenta desintegración del concepto de ciudadanía. Nos informamos básicamente de información líquida, en alusión a las propuestas de Zygmunt Bauman, es decir, de aquella información no verificada, sustentada o confirmada; a diferencia de la información sólida, entendida como información documentada, razonada y enriquecida que comprueba su veracidad y que nos sitúa en la era de la postverdad impulsada y alimentada por procesos sociales, pero, sobre todo políticos, en la que la manipulación es más fácil de realizar.

Y claro está, la sociedad que es permeable, absorbe sin filtros de análisis, contraste de ideas o pensamiento crítico lo que día a día se escenifica, generando una masa social amorfa, simplista, apática… que se contagia de la esquizofrenia enfermiza en la que nos tienen sumidos y que desarrollan en el barrizal en el que convierten a la sociedad. El espectáculo del circo romano se reproduce, aunque ahora no sean leones o tigres sino fieras mucho más temibles y peligrosas contra las que los políticos, erigidos en césares, hacen luchar a quienes consideran enemigos de su patria, su bandera, su economía, su ideología… como si de gladiadores se tratasen, mientras el pueblo jalea entusiasmado el desigual combate contra estas nuevas bestias como el desahucio, la pobreza, la exclusión… o entre estos nuevos gladiadores en un intento por sobrevivir. En cualquier caso, si esto no logra saciar al pueblo, siempre queda el futbol o la telebasura en la que suelen participar también. El objetivo es claro, la anestesia de pensamiento o el pensamiento único, lineal y dirigido.

Pero ¿qué tiene que ver esto con las enfermeras y con la enfermería? Pues todo y nada.

Todo porque no quedamos al margen de este gran teatro de la mentira política, al participar por activa o por pasiva en su mantenimiento, cuando no promoción y desarrollo. Y nada porque nada hacemos para tratar que esto se cambie, al pensar que no va con nosotras, que es lo que nos toca y salvo incorporarnos en la queja permanente, no hacemos mucho más.

La pobreza, la migración, la violencia de género, la inequidad, la contaminación, el individualismo, el acoso, la vulneración de derechos… conviven con nosotros como parte del decorado en el que se escenifica esta gran mentira, sin que hagamos nada, o muy poco, para que se erradiquen o cuanto menos se reduzcan. Hemos caído en la trampa de la indiferencia, de la naturalización, del no va conmigo.

Como enfermera no puedo hacer nada, bastante tengo con mis pacientes, mis diabéticos, mis discapacitados, mis úlceras y mi falta de tiempo, que no las personas, las familias y la comunidad. A eso hemos reducido nuestra mirada, que no observación, nuestra asistencia, que no atención, nuestro oído, que no escucha, nuestra actitud, que no emoción, nuestra actividad, que no cuidados. Mecanizamos, automatizamos, estandarizamos, simplificamos… nuestro pensamiento y nuestra actuación abducidos por la hipnosis de un discurso político tan engañoso y rastrero como vacuo, pero que logra lo que pretende, aunque sea a costa de la salud.

Vivimos, aunque traten de negarlo, en una sociedad plural y global en la que la imposición de una cultura ha llegado a su fin, a pesar de que sus discursos se aferren a lo contrario y quieran mantener una supremacía racial, ideológica y de valores tan peligrosa como triste y nociva. Estamos en un mundo interconectado por la comunicación y por lo tanto intercultural. Se requiere, por tanto, avanzar sin negar la evidencia, comprometiéndonos, como ciudadanas/os pero también como enfermeras en este proyecto de aunar esfuerzos y culturas, ser capaces de integrar los elementos culturales conjuntos para ofrecer un servicio más acorde con las necesidades sociales, aunando cuidados y valores desde la libertad y el respeto, porque nada de esto es posible hacerlo por imposición. Resulta por tanto necesario establecer unos mínimos que sostengan y den sentido a la atención; y a partir de ahí, se ha de trabajar por lograr una convivencia con valores promovidos y asumidos por todos para que podamos comprendernos y no caigamos en el discurso político de la confrontación y la lucha.

Las enfermeras debemos ser conscientes, desde nuestras diferentes miradas y planteamientos políticos legítimos y necesarios de que nuestra aportación de cuidados actualmente nos sitúa en el centro de la promoción, preservación y rehabilitación de la salud donde las ciencias y la tecnología no son suficientes, pues son neutras en lo que concierne a los valores humanos, en los que está centrado nuestro paradigma. Por tanto, estamos en disposición de ser referentes para una sociedad que sufre la indiferencia, cuando no el ataque, de gran parte de la clase política, preocupada por su egocentrismo y su supervivencia.

Cuidar siempre está relacionado con ayudar a una persona o a un grupo de personas para satisfacer ciertas necesidades, posiblemente por eso, sea tan difícil de entender para quienes lo ven como algo simple, sin valor, femenino y doméstico. Y desde esa visión el cuidado no tiene sitio, ni tiempo, ni ciencia, ni sabiduría y por lo tanto no tiene un escenario idóneo en el que prestarlo. Y esto conduce a que la enfermera caiga en la trampa que les tienden quienes lo reducen todo a un mero contrato, una técnica, un protocolo, diluyendo su capacidad profesional, que debe centrarse en cuidar, para proporcionar bienestar, confort, seguridad, asesoría técnica, además de los cuidados específicos adecuados y consensuados.

Tan solo si las enfermeras somos capaces de abstraernos al contagio de la mala política y nos centramos en mantener y fortalecer el elemento fundamental, los cuidados, como vínculo fundamental entre las personas, las familias y la comunidad para ser autónomas, responsables, activas y participativas, seremos capaces de ser absolutamente imprescindibles en una sociedad, que es dinámica, cambia y plantea nuevos escenarios y nuevas realidades demográficas, sociales, políticas… que vaticinan un futuro reservado a los cuidados enfermeros, a través de los cuales tenemos la oportunidad de mejorar escenarios, contribuir a generar equidad, identificar y luchar contra la violencia, empoderar a la comunidad, favorecer la resiliencia ante la pobreza… porque todo ello es posible desde la acción cuidadora de las enfermeras.

Si por el contrario caemos en la tela de araña tejida por los políticos actuales, donde las luchas de poder, los personalismos, las intrigas, las mentiras y los engaños impiden cualquier perspectiva de diálogo, de respeto a la diferencia, de valoración de las ideas… nos enredaremos en ella y cada vez tendremos más difícil escapar.

El reconocimiento social de la Enfermería, por lo tanto, oscilará constantemente entre lo que nosotros, como enfermeras, esperamos, y lo que la sociedad identifica de nuestra aportación y el valor que le da. La profesión enfermera se fundamenta en el cuidar y toda concepción de cuidados enfermeros se inserta en un sistema de creencias y valores, que están influidos por un conjunto de factores sociales, culturales, económicos y políticos, que como ya he dicho, están devaluados y en permanente cuestionamiento.

De nosotras depende lo que queremos. Incorporarnos en la dinámica impuesta por los políticos o asumir competencia política para cambiar a los políticos y sus valores. ¿Imposible? No, tan solo es cuestión de creérselo y proponérselo. Porque las enfermeras podemos contribuir a cambiar la sociedad desde el cuidado y a través de los cuidados, con competencia política.

ENFERMERAS, ESPIRITUALIDAD E IGLESIA

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Para Daniel Giménez, quien me ha inspirado esta entrada.

En los últimos días, posiblemente amplificado por la proximidad de diferentes procesos electorales, estamos asistiendo al debate, cuando no a la confrontación dialéctica e ideológica, de diferentes temas como la eutanasia, el aborto o la homofobia.

Con independencia del oportunismo político que estos temas generan por parte de los diferentes partidos políticos, en función de sus ideologías respectivas o de sus intereses particulares, en todos ellos existe un denominador común que es la religión y, concretamente en nuestro país, la religión católica tan presente e influyente en todos los aspectos de la vida pública, tanto de creyentes como de no creyentes. Aunque más que la religión en estos casos, no lo es tanto las creencias que sustentan a esta, como la institución que las gestiona, difunde y defiende como es la Iglesia católica

Así nos encontramos con la implicación directa de la Iglesia en la oferta de cursos para “curar” la homosexualidad, en la injerencia clara para influir en la conciencia de las mujeres sobre el aborto o en la manipulación manifiesta en torno al derecho a una muerte digna. Para ello utiliza las armas que durante tanto tiempo le han servido para mantener a “sus fieles”, la culpabilidad, la resignación, el pecado y el infierno como destino condenatorio a la desobediencia de sus normas.

El problema, por lo tanto, no es que la Iglesia se posicione con relación a estos o cualesquiera otros temas, como cualquier otra persona, colectivo o institución. El verdadero problema es el adoctrinamiento, la injerencia, la manipulación, el sensacionalismo, el dogmatismo, la demagogia… que permanentemente utiliza para demonizar temas como los planteados y trasladarlos no ya al conjunto de la sociedad en la que está inserta, sino a la clase política que se deja influenciar no tan solo ideológicamente sino por la presión que como lobby y poder fáctico se le ha otorgado por dicha clase política en todo el amplio espectro ideológico y que sigue vigente a través de los acuerdos Estado – Iglesia que de manera incomprensible pero evidente se mantienen en un estado aconfesional. Pero no laico y ese es el problema. Lo que conduce a que cualquier decisión que la Iglesia entienda “ataca” a sus creencias de fe conduce irremediablemente a un posicionamiento frontal que condiciona muchas decisiones políticas.

Si bien es cierto que en nuestra sociedad es la Iglesia Católica la que influye de manera tan directa en estos y otros temas relevantes, también lo es que otras religiones actúan de manera similar o mucho más grave en sus ámbitos de influencia. Hace escasos días, por ejemplo, que en el país asiático de Brunéi han aprobado una ley islámica que castiga la homosexualidad con pena de muerte.

Pero centrándonos en nuestro contexto más cercano, resulta paradójico y contradictorio que quien ha practicado, ocultado, consentido e incluso justificado la pederastia, esté realizando cursos para “curar” la homosexualidad, que ellos mismos practican, eso sí, amparados y protegidos por su sacerdocio y su representación divina. Que quien ha colaborado, bendecido y acogido a genocidas y dictadores, cuestione la muerte digna. Que quien ha participado en el robo y venta de niños, esté criminalizando el aborto como un asesinato. Es decir, instaurar la hipocresía y la doble moral como norma, no tan solo de comportamiento, sino para juzgar, creencias o valores que no coincidan con los de su fe dogmática e intransigente.

Las consecuencias de esta injerencia en la sociedad española, sometida durante muchos años a una doctrina religiosa obligatoria que ha marcado su cultura y educación, se traduce en una clara influencia en la salud de las personas, las familias y la propia comunidad y de manera muy significativa, en las mujeres. Y los profesionales de la salud en general, pero muy particularmente las enfermeras, no pueden ni deben permanecer ajenas a los comportamientos, acciones, actitudes y mensajes que la Iglesia católica continúa trasladando.

Teniendo en cuenta que una de las características de nuestra sociedad actual es la pluralidad y la globalidad, cabría decir que la época de imposición de una cultura y de una religión han llegado a su fin. Estamos en un mundo interconectado por la comunicación y por lo tanto intercultural. Se precisa seguir avanzando en esta línea, que todos nos comprometamos en este proyecto de aunar esfuerzos y culturas. Ser capaces de integrar los elementos culturales conjuntos para ofrecer un servicio más acorde con las necesidades sociales, con sus normas y valores. Cualquier proceso de atención enfermera requiere aunar cuidados y valores. Y esto jamás se consigue por imposición. Por ello resulta tan importante establecer unos mínimos que sostengan y den sentido a dicha atención; y a partir de ahí, se ha de trabajar por lograr un respeto a los valores, normas y creencias por diferentes y contradictorios que nos puedan resultar. Se trata, en definitiva, de respetar sin que se tenga, necesariamente, que compartir.

Las enfermeras, y en particular las enfermeras comunitarias, debemos mantener, por tanto, un profundo respeto hacia las personas, las familias y la comunidad a las que prestamos cuidados a través de un singular estilo de implicarlas sin condicionar ni imponer.

Por eso resulta imprescindible que la atención integral, integrada e integradora que prestamos las enfermeras a través de los cuidados se haga con un abordaje no tan solo biopsicosocial, sino también espiritual.

Pero, ¿no estoy cuestionando la influencia de la iglesia y de la religión? Si, efectivamente lo que cuestiono es esa injerencia, la de la religión y la de quien, sobre todo, la representa, la iglesia. Pero es que como bien dice Sánchez, citado por Veloza y Pérez: “el término espiritualidad que es muchas veces utilizado como sinónimo de religión, tiene un sentido mucho más amplio y más complejo que ésta y agrupa las ideas filosóficas acerca de la vida, su significado y su propósito. Lo espiritual no es prerrogativa de los creyentes, sino una dimensión dentro de cada persona.”[1]

Por todo lo dicho, es imprescindible que las enfermeras, más allá de nuestras creencias y valores, sepamos respetar las de otras personas, culturas o religiones para prestar cuidados que se adapten a las necesidades y demandas de la población a la que atendemos que es plural y multicultural. Todo ello enmarcado siempre en la legislación existente y en nuestro máxima norma de actuación que no es otra que el código deontológico enfermero.

La sociedad, es dinámica, activa y debe ser participativa y por tanto sujeta a cambios que plantean nuevos escenarios y nuevas realidades demográficas, sociales, políticas… que configuran un futuro reservado a los cuidados enfermeros. La persona es, o al menos debe ser, considerada globalmente y la enfermera debe centrar su atención en dicha globalidad. Dicho de otro modo, la espiritualidad, la conciencia, el autoconcepto, el modo de vida, el bienestar, los sentimientos, las emociones, los vínculos, las relaciones… deben ser tenidas en cuenta más allá de los signos y síntomas, como dimensiones de la práctica enfermera. Los cuidados enfermeros se refieren a una realidad compleja, no lineal, en evolución, y las palabras para expresarla reflejan, hoy en día, el nivel de desarrollo del conocimiento en la disciplina, en el que inevitablemente debe contemplarse la espiritualidad, ya que la práctica de los cuidados enfermeros, en el contexto actual, pone a la enfermera en el corazón de la vida, en contacto con la salud y la muerte, donde las ciencias no son suficientes, pues son neutras en lo que concierne a los valores humanos. Pero no podemos ni debemos nosotros, como enfermeras, determinar qué es lo que está bien o mal, acertado o erróneo, según nuestros valores o creencias, porque eso es tanto como querer modular la voluntad individual de las personas y anular los derechos que como tales tienen.

Recientemente en los grupos de trabajo de la estrategia de reforma de AP impulsada por el Ministerio, trasladé la necesidad de que se recogiese la espiritualidad en el abordaje de la atención. Petición que tuve que explicar dado que se entendió que lo que solicitaba era que se contemplase la religión como parte de dicho abordaje. Hasta ese punto la Iglesia ha logrado mediatizar nuestras mentes al relacionar en exclusiva la espiritualidad con su fe. Como hace la derecha, la iglesia, tiende a apropiarse en exclusiva de determinados sentimientos, valores, símbolos y creencias que ni son suyos en exclusiva ni les pertenecen. Será por eso que congenian tanto.

Está claro, por otra parte, que la medicalización y la tecnología no contribuyen a identificar la espiritualidad como parte del contexto de atención.

La modernidad ha desarrollado el racionalismo. Ha difundido la idea de que la tecnología puede aportar soluciones técnicas a todos los problemas que aquejan a la humanidad. Si bien es cierto que la técnica forma parte de nuestra existencia, no lo es menos que deberemos tener en cuenta qué hacer con ella. Insistir en esto parece, no pocas veces, una reiteración innecesaria ya que se da por supuesta en enfermería; sin embargo, cada vez con mayor fuerza van aumentando las voces que hablan de falta de ética, y de deshumanización. Por ello, es necesario articular el contenido de nuestra responsabilidad profesional, no sea que la evolución de la Enfermería como ciencia vaya dejando escapar su esencia fundamental, la de los valores que le sirven de sostén. La ciencia ha de correr paralela con esta dimensión humana y, por ello, situarse en el ámbito de lo moral, en el que la espiritualidad es fundamental, con independencia de lo que cada cual crea o profese.


[1] Sánchez, B. Análisis del paradigma de enfermería. En El arte y la ciencia del cuidado. Citado por: Veloza M., Pérez B. La espiritualidad: componente del cuidado de enfermería. Hallazgos, 2009, 6, 11. 151-162. Universidad Santo Tomás Bogotá. Colombia.