EMPODERAMIENTO Y LIDERAZGO. ¿Qué fue antes el huevo o la gallina?

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¿Qué es antes el huevo o la gallina?

La pregunta no es quién va a dejarme, la pregunta es quién va a detenerme.

Ayn Rand[1]

 

Dedicado a Mª Jesús Pérez Mora, enfermera empoderada, líder y referente que ha trabajado siempre por el empoderamiento y dignidad de las enfermeras.

 

            Reflexionaba la semana pasada sobre el liderazgo enfermero y de cómo el mismo empezaba por cada enfermera de manera individual para así lograr un liderazgo profesional, disciplinar o científico colectivos.

            Pero para ello será necesario, tal como ya planeaba, que exista un claro convencimiento de lo que somos y de lo que queremos ser realmente. Tan solo desde esa convicción avanzaremos para lograrlo.

            Es cierto que partimos de una posición de cierta desventaja derivada de la subsidiariedad y el sometimiento científico-profesional a la medicina y a sus profesionales durante mucho tiempo y que algunos se empeñan en seguir reivindicando desde la ignorancia, pero también desde la prepotencia y la falta de respeto, como muy recientemente se ha podido comprobar en la comparecencia pública de un representante sindical en el Parlamento de las Islas Baleares[2]. A lo que hay que unir la condición femenina de la enfermería que le ha provocado idénticos problemas de libertad, crecimiento, desarrollo, autonomía… que a las mujeres en una sociedad machista en la que la medicina ha actuado con idénticos patrones de comportamiento y acción hacia la enfermería y las enfermeras.

            Pero la historia no es inmutable y está para cambiarla. De hecho, los avances en igualdad y derechos de las mujeres son evidentes, aunque aún insuficientes. Por derivación el desarrollo y autonomía de la enfermería ha posibilitado alcanzar objetivos que tan solo hace 50 años eran totalmente impensables.

            Sin embargo, la situación está muy lejos de ser idílica y los condicionantes para lograr una imagen y valoración acordes a lo esperado y deseable continúan presentes y, aunque atenuados, siguen ejerciendo una presión a la que no siempre sabemos responder con la autoridad y la determinación que corresponde a las enfermeras del siglo XXI.

            La aparición de movimientos como Nursing Now tan solo vienen a constatar lo que es una realidad que muchas veces nos empeñamos en negar o cuanto menos maquillar. Siendo loables no dejan de poner en evidencia la debilidad de nuestra posición en las organizaciones de salud y en aquellas otras en las que se toman decisiones que determinan las políticas de salud. Si realmente tuviésemos una posición firme, sostenible y consolidada no serían necesarios. De hecho, no hay movimientos similares relacionados con otras disciplinas, por razones evidentes de posicionamiento y referencia clara e indiscutible que incluso y lamentablemente ejercen presión para evitar que Enfermería y las enfermeras logren alcanzarlos en igualdad de condiciones al identificarlos como una amenaza a los privilegios alcanzados por méritos propios y por méritos y deméritos ajenos.

            Ante esta situación las enfermeras, como siempre ha comentado mi maestra y referente Mª Jesús Pérez Mora, hemos permanecido en las trincheras a pesar de anunciados falsos ceses de hostilidad que, sin embargo, derivan siempre en un fuego cruzado mortal, cada vez que intentamos abandonarlas.

            Pero cabe preguntarse si este atrincheramiento permanente obedece tan solo a una ofensiva sin cuartel del supuesto enemigo o si el mismo no puede ser consecuencia también de una débil estrategia o incluso de una frágil conciencia de lo que somos capaces de hacer por la defensa de un espacio de cuidados que nos es propio y por el que cada vez luchan más hipotéticos ejércitos profesionales, al incorporarse a la batalla en un intento por conquistarlo.

            ¿Son pues las trincheras el mejor lugar para defender dicho espacio? ¿No estaremos tan solo protegiéndonos a nosotras mismas y con ello abandonando la posibilidad de defenderlo? ¿No es cierto que toda batalla conlleva riesgos y que hay que asumirlos si se quiere ganarlas? ¿Será posible mantener nuestra hegemonía de cuidados escondidas en las trincheras? ¿Permanecemos en las trincheras por miedo o por no tener una idea clara sobre cómo defender lo que es nuestro? ¿Tenemos, identificamos y respetamos a líderes a los que realmente seguir y creer para alcanzar nuestro objetivo? ¿Tenemos munición suficientemente potente y efectiva, argumentos, para poder contrarrestar el fuego supuestamente enemigo? ¿No hay posibilidad real de establecer una paz estable y duradera en base al análisis, la reflexión y el debate? ¿Luchamos contra un enemigo o contra nuestros fantasmas?

            Muchas, demasiadas, interrogantes pendientes como para no detenernos a analizar la situación con el interés y el rigor que requieren y que cada vez es más urgente contestar y no dejar que se sigan sumando más y más dudas e incógnitas difíciles de despejar para resolver la ecuación de nuestra identidad y empoderamiento que nos permitan tener liderazgo enfermero.

            Llegados a este punto es preciso determinar a qué nos referimos cuando hablamos de empoderamiento. Para empezar, hay que destacar que tal como sucede con otros muchos términos que se adoptan del inglés, no siempre vienen a expresar exactamente lo mismo en español, lo que conduce a equívocos o, cuanto menos, a planteamientos que no se ajustan al contexto al que se trasladan. Esto ya sucedió por ejemplo con la traducción literal de evidence cuando se hablaba de based evidence practice, al hacerlo como evidencia (cosa o tema que es evidente) cuando realmente se debiera haber hecho como prueba (acción de probar a alguien o algo para conocer sus cualidades, verificar su eficacia, saber cómo funciona o reacciona, o qué resultado produce) que es lo que el término realmente traslada, debiendo hablarse de práctica basada en pruebas en lugar de práctica basada en evidencia, como traducción literal que no se ajusta a la realidad de lo que se quiere expresar o determinar.

            Así pues, empowerment, de donde viene empoderamiento, se refiere a una estrategia de gestión empresarial, que consiste en facultar a los trabajadores para ejercer mayor autonomía y poder en la toma de decisiones, a fin de optimizar el rendimiento de la empresa.

Al traducirla literalmente al español como ’empoderamiento’, existe el mismo problema que planteaba anteriormente con evidence, ya que tiene un matiz diferente en español. Empoderamiento, en español, se refiere al proceso de dotar de herramientas a una persona, grupo o comunidad para alcanzar todo su potencial para el mejoramiento integral de su vida. El término en inglés, sin embargo, se remite al área de recursos humanos.

            Hecha la salvedad, no menor dada la “invasión” de anglicismos o de sus malas traducciones a nuestra lengua, cabe destacar que realmente lo que se pretende al hablar de empoderamiento de la Enfermería y de las enfermeras no hace referencia tanto a facultar, habilitar, permitir, capacitar u otorgar el poder para determinadas acciones en el contexto laboral, que es lo que confieren las competencias profesionales, sino a que las enfermeras, y la Enfermería, a través de ellas, que se encuentran en una posición de desigualdad, aumenten su participación, para así impulsar cambios beneficiosos para la Enfermería y su situación en ámbitos académicos, investigadores, gestores o de atención. Implica, por tanto, el desarrollo de una plena confianza en sus propias capacidades y acciones, junto con el acceso al control de los recursos que manejan, la representación en los cuerpos de toma de decisiones y la participación de los procesos de planificación, todo lo cual implica, a su vez, asumir la responsabilidad de las competencias derivadas de dicho control, sin la que no será posible mantenerlas y gestionarlas y, desde la que tendremos la capacidad de delegar actividades o tareas ligadas a las mismas.

            Por lo tanto, para alcanzar un liderazgo real previamente debe existir un empoderamiento que permita superar las desigualdades, las barreras, los intereses, las imposiciones, los agravios, las restricciones, las presiones, las limitaciones… que siguen vigentes y que tan solo desde la motivación, pero sobre todo de la implicación, de las enfermeras para vencerlos, superarlos o eliminarlos permitirán, no sin dificultades, pero con plena autonomía y capacidad, alcanzar el liderazgo enfermero.

            Podría plantearse el reiterado dilema de qué es primero si el huevo o la gallina. En el caso que nos ocupa si es primero el empoderamiento o el liderazgo. Pero, sinceramente, considero que no es razonable plantearlo pues es tanto como enredarse en un dilema del que difícilmente se sabrá o se podrá salir, al emerger nuevamente planteamientos de reserva, conformismo, inmovilismo, conservadurismo o incluso de temor que nos lleven a la popular expresión de “virgencita, que me quede como estoy”, que nos conducirá, en el mejor de los casos, a las trincheras de un conflicto en el que realmente el enemigo no es otro que nuestra propia actitud. Quienes, aprovechándose de la incertidumbre, la indecisión o la actitud pusilánime de mantenernos en las trincheras, conquisten nuestro espacio no pueden ser considerados como enemigos sino como estrategas que aprovechan las oportunidades que les brindamos, al abandonar la lucha por mantenerlo. No se trata de ser temerarias sino de ser valientes y decididas a la hora de defender nuestro territorio competencial con rigor. No es cuestión de adquirir poderes sobrenaturales ni armas especiales, sino de utilizar los que como enfermeras tenemos, los cuidados, y que, lamentable y permanentemente, despreciamos por no valorarlos y menospreciar la capacidad de defensa y fortalecimiento que tienen para justificar nuestro espacio propio.

            Plantear que como enfermeras debemos empoderar a la población sin haber logrado nosotras mismas empoderarnos es como pedirle peras a un manzano.

            Ahora mismo, por ejemplo, se está trasladando a la opinión pública una permanente incertidumbre y alarma en torno a la administración de determinadas vacunas contra la COVID 19, como resultado de la mediocre gestión política que se está llevando a cabo, al margen de los pronunciamientos científicos. Están más preocupados de las posibles consecuencias a sus intereses partidistas que al interés del conjunto de la población, anteponiendo la Salud Política, su salud, a la Salud Pública, la de todas/os. Ante esta situación de desconcierto, sería deseable que las enfermeras, desde un empoderamiento real, ejercieran el liderazgo enfermero que permitiese contrarrestar la incompetencia política ejercida con una clara respuesta profesional y científica al tiempo que clara y cercana, basada en la comunicación directa, con el fin de superar las dudas y lograr que se imponga el sentido común, del que reniegan los políticos y que justifica asumir los riesgos que supone administrarse una vacuna, que son muchísimo menores que los beneficios que tanto a nivel individual como colectivo reportan como, por otra parte, sucede con la administración de cualquier otro fármaco por muy inocuo que pueda parecer.

            Pero además habría que hacerlo enmarcando la intervención en un proceso de empoderamiento de la población haciéndola partícipe de dicho proceso y no tan solo como mera receptora de una información lineal y sin mayor sentido. Tan solo así lograremos el objetivo.

            Para ello resulta preciso, razonable e incluso exigible, que quien quiera empoderar a la población, en este caso las enfermeras, estén previamente empoderadas y lo hagan asumiendo el liderazgo que dicho empoderamiento les otorga. Lo contrario conducirá a que sigamos siendo observadas e identificadas como transmisoras de una información que proviene de quien, si está y es identificado como empoderado y líder, el médico. Tan solo tendremos poder de convencer si nosotras mismas estamos convencidas y por tanto empoderadas. Lo contrario no nos otorga credibilidad ni mucho menos fuerza.

            ¿Empoderamos a las/os estudiantes de enfermería o tan solo las preparamos para obtener el título que les habilite a trabajar como tales? ¿Empoderan las gestoras enfermeras a sus enfermeras o solo las ven como recursos humanos necesarios? ¿Empoderan las investigadoras a las enfermeras para que identifiquen la importancia de la investigación o tan solo las utilizan para que sus estudios puedan ser publicados? ¿Empoderan las enfermeras los autocuidados para que seamos identificadas como referentes?

            De nuevo demasiadas interrogantes que nos deben hacer reflexionar si, realmente, queremos poder empoderar y obtener liderazgo.

            La pandemia está poniendo a las enfermeras ante situaciones, contextos y espacios propicios para salir de esas trincheras en las que hemos convertido nuestras consultas, unidades, centros… y hacernos visibles, fuertes y empoderadas en y con la comunidad, ejerciendo el liderazgo que precisa y demanda la población de nosotras. Tomando decisiones con la valentía, pero también con a razón que nos otorga nuestro conocimiento y nuestra ciencia para lograr ser identificadas plenamente y sin equívocos como líderes enfermeras de los cuidados que prestamos.

            No más trincheras, ni refugios, ni atalayas. Salgamos sin temor a afrontar la realidad que nos espera y que demanda nuestra respuesta profesional, la de nuestros cuidados.

            El peligro no está en asumir esta decisión sino en no hacerlo y quedarse agazapadas en la oscuridad que nos invisibiliza e impide empoderarnos para lograr el liderazgo sin el que no pasamos de ser ejecutoras en lugar de decisoras y que, por otra parte, facilita la verborrea de charlatanes cuando se les da la oportunidad de hacerlo o cuando descuidan su compostura y dicen lo que realmente piensan.

[1] Filósofa y escritora estadounidense

[2] https://twitter.com/amerefyc/status/1382807607908442113?s=20

DÍA MUNDIAL DE LA ATENCIÓN PRIMARIA Algo por lo que brindar

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Dedicado a cuantas/os hacen posible, con su trabajo, que la Atención Primaria siga siendo una realidad posible.

Siguiendo con el rito de las celebraciones, hoy le toca el turno al día Mundial de la Atención Primaria.

Debiera ser, por tanto, un día de alegría y celebración. Sin embargo, ni la actual pandemia ni el trato de quienes tienen la capacidad de decidir sobre su situación, ofrecen muchas razones por las que alegrarse y mucho menos celebrar nada.

En todo caso nos queda, a quienes seguimos creyendo en ella, el pobre bagaje de, cuanto menos, saber que aún existe, aunque sea con evidentes signos de debilidad.  

Lejana parece la fecha en que empezó en nuestro país el desarrollo de lo que vino en denominarse el nuevo modelo de atención. Un modelo que trataba de desplazar al ya caduco modelo centrado en el patriarcal asistencialismo, paternalismo, medicalización, fragmentación, hospitalcentrismo… para dar paso a una atención longitudinal, continua, continuada, integral… en la que el trabajo en equipo y la participación comunitaria se identificaban como ejes fundamentales del funcionamiento de los nuevos Centros de Salud.

Las enfermeras nos incorporamos con una mezcla de incertidumbre e ilusión que pronto se transformó en una motivación muy importante al identificar un espacio de crecimiento, autonomía y valoración profesional como nunca antes había existido.

Incertidumbre porque, ni nuestra formación, a pesar de que los nuevos planes de estudio en la Universidad recogían conocimientos importantes de Enfermería Comunitaria y Salud Pública hasta entonces inexistentes, ni mucho menos nuestra experiencia, al venir de un modelo en el que nuestra actividad era absolutamente subsidiaria, nos otorgaban la fortaleza que la Atención Primaria requería y en la que se habían depositado grandes expectativas de aportación por parte de las enfermeras.

Pero hay que destacar la importante implicación y fuerza con la que las enfermeras, provenientes, algunas, de los antiguos ambulatorios o instituciones abiertas como se les denominaba, otras de los hospitales y en un número muy reducido por quienes aprobaron la primera oposición a Equipos de Atención Primaria convocada por el aún existente INSALUD, contribuyeron a ello. Esta amalgama tan diversa de identidades profesionales logró configurar una nueva identidad que pronto se identificó con la que vino en denominarse filosofía de la Atención Primaria.

Los Foros para analizar, debatir y hacer propuestas en torno a los objetivos de Salud para Todos en el año 2000, derivados de la Conferencia de Alma Ata, supusieron un punto de inflexión en el abordaje de la atención enfermera en Atención Primaria. Las Consultas Enfermeras, tan perseguidas y denostadas por quienes venían de creerse los únicos valedores de la salud, como espacios de atención individualizada y autónoma; la intervención en la comunidad, para trabajar con la población en la identificación y abordaje de los problemas de salud; la atención domiciliaria, para llevar a cabo intervenciones en el núcleo familiar; la historia de salud en la que ya podíamos registrar nuestra actividad de manera totalmente autónoma y en igualdad de condiciones como cualquier profesional… fueron claves en el desarrollo de la actividad enfermera en Atención Primaria.

Líderes enfermeras como Mª Jesús Pérez Mora o Mª Victoria Antón Nárdiz,  entre otras muchas, fueron referentes imprescindibles y valiosísimos para acoplar, coordinar, articular, facilitar, adecuar, formar, capacitar… todos estos elementos y a las enfermeras que, con su energía, vitalidad, ilusión y trabajo lucharon para que este modelo se configurase realmente como un espacio en el que poder aportar nuestros cuidados profesionales junto a la atención prestada por trabajadoras sociales, médicos, matronas, auxiliares, administrativos, celadores… que conformaban los Equipos básicos de Atención Primaria de Salud.

Al mismo tiempo tuvimos que aprender a trabajar con la población a través de los Consejos de Salud. Fue un trabajo de aprendizaje compartido por parte de la ciudadanía y sus representantes y las/os profesionales de salud de Atención Primaria. No era sencillo para nadie, pero representaba un estímulo para todos.

El desarrollo de protocolos, guías, programas… la asistencia a jornadas, seminarios congresos… la realización de diagnósticos de salud, las sesiones y reuniones de equipo, la gestión individualizada de cuidados, la generación de indicadores de actividad, el trabajo para lograr el autocuidado a través de la Educación para la Salud, la investigación propia, la comunicación y el consenso en sustitución de la información vertical  jerarquizada… supusieron el cemento que permitía unir los diferentes componentes que configuraban la Atención Primaria.

Fueron años de mucho trabajo, pero también de mucha satisfacción por contribuir al desarrollo y consolidación de la Atención Primaria a pesar de las barreras, oposición, ataques… de quienes, no tan solo no creían en el nuevo modelo, sino que estaban totalmente en contra del mismo y que hubo que sortear con estrategias y sinergias que permitieron mantener viva la esperanza en lo que ya era para muchas/os “su modelo”, en el que creían y por el que trabajaban.

La incorporación en los organigramas de los diferentes servicios de salud de direcciones propias de Atención Primaria en las que estaban al mismo nivel las Direcciones Médica y Enfermera, supusieron una fortaleza en la desigual convivencia con la Asistencia Hospitalaria.

La creación de la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria, la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), supuso otro punto de inflexión en el desarrollo de las enfermeras comunitarias que se ha mantenido hasta nuestros días.

Pero la decidida apuesta inicial de las/os decisoras/es políticas/os y sanitarias/os, fue decayendo y la fuerza del asistencialismo la medicalización y el hospitalcentrismo, fue ganando terreno y quitándoselo a la Atención Primaria que veía como se limitaban sus competencias, se rebajaban las inversiones, se reducía la capacidad de decisión de las/os profesionales de atención primaria y de sus gestores, se adoptaban decisiones totalmente en contra de los principios de la Atención Primaria que hacían que los centros de salud cada vez se pareciesen más a los antiguos ambulatorios y como consecuencia de todo ello la Atención Primaria cada vez prestaba menos Atención, cada vez era menos de Salud y más de enfermedad, cada vez se alejaba más de la comunidad, cada vez era más una sucursal de los Hospitales… lo que provocó inicialmente rabia que dio paso a la frustración y esta a su vez dio paso a la indiferencia y el conformismo, reforzados por la incomprensible política que permitía el acceso a los Equipos de Atención Primaria de quienes la identificaban como un remanso de paz y confort para su jubilación.

La agonía de la Atención Primaria era tan evidente como preocupante a pesar de lo cual seguía sin existir voluntad política real por recuperarla.

Todo se limitaba a gestos, promesas vacías, demagogia, eufemismos… que contribuían a aumentar su agonía y a desmotivar a los profesionales.

Lo que en principio pudo suponer un rayo de esperanza y una apuesta por el cambio, con la aprobación del Real Decreto de Especialidades de Enfermería en el que se recogía la de Enfermería Familiar Y Comunitaria y su posterior desarrollo, no dejó de ser un nuevo y frustrante espejismo producto más de una concesión política a destiempo y claramente deficiente y alejada de las necesidades reales tanto de la profesión enfermera como de los servicios de salud donde debían poder integrarse y de la sociedad a la que debían prestar sus cuidados especializados. Se invirtió tiempo, dinero y esperanzas frustradas por parte de quienes, con grandes esfuerzos, hicieron la especialidad y que comprobaron como, una vez obtenida, no les servía para nada. Por su parte las administraciones hacían un claro ejercicio de fraude de ley al invertir dinero público en la formación de miles de especialistas sin que posteriormente recuperase la citada inversión con su contratación en los servicios de salud para dar respuestas eficaces y eficientes a las necesidades de salud de las personas, familias y comunidad.

En el año 2019, con una Atención Primaria en estado crítico, se aprobó el Marco Estratégico de la Atención Primaria y Comunitaria que, al menos en teoría, significaba el primer signo real de apuesta por la reanimación y la reforma de la Atención Primaria en base a principios que la alejaban de la situación en la que se encontraba y la aproximaban a elementos destinados a dotarla de vitalidad renovada.

La pandemia, sin embargo, vino a paralizar un proceso que acababa de iniciarse y que a supuesto entrar de nuevo en una vía muerta a la que ha sido arrastrada por la incomprensible actitud de absoluta indiferencia hacia la aportación valiosa que podía hacer la Atención Primaria como ámbito de atención y hacia sus profesionales como expertos para afrontar esta situación.

Transcurrido más de un año desde el inicio de la pandemia y cuando estamos en pleno proceso de vacunación se ha intentado corregir el daño causado a la Atención Primaria con el habitual maquillaje de las palabras y de los brindis al sol.

Este rapidísimo recorrido por la evolución de la Atención Primaria, nos sitúa en un momento, un escenario y un contexto en el que los cuidados van a ser fundamentales para promocionar, mantener y/o recuperar la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Por tanto, la Atención Primaria se sitúa de nuevo como principal referente del Sistema Nacional de Salud, al ser el ámbito que mejor preparado está para responder a las consecuencias de una pandemia que va mucho más allá de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte que ha provocado. Pero, además, las enfermeras comunitarias, tanto las especialistas como las no especialistas, se configuran como las/os profesionales que mejor respuesta pueden dar a los cuidados profesionales que se necesitan.

La Atención Primaria de Salud y Comunitaria y las enfermeras comunitarias, suponen el mejor exponente de esperanza para la realidad, no se si nueva o corregida, que hay que construir desde una atención integral, integrada, integradora, intersectorial, equitativa, participativa, continua y continuada para responder al contexto de cuidados que deja la pandemia, y que requiere generar entornos saludables en los que poder prestarlos con las garantías de eficacia y eficiencia deseables.

Las enfermeras comunitarias estamos comprometidas en este nuevo reto junto al resto de profesionales que conforman los equipos. Queremos creer que quienes tienen la capacidad de decidir tengan la voluntad, la coherencia, el sentido común y la responsabilidad de no defraudar una vez más a quienes dicen representar y a quienes están en disposición de que la Atención Primaria de Salud recupere el papel protagonista que le corresponde y que requiere un Sistema Nacional de Salud que también precisa de cambios significativos sin los que se corre el riesgo de repetir la historia contada.

Así pues, en el día Mundial de la Atención Primaria quiero acabar con el firme convencimiento de que entre todas/os seremos capaces de celebrar los siguientes años este día con la alegría y la satisfacción que corresponde a poder aportar salud para mantener sanos a los sanos desde una Atención Primaria fuerte y renovada..

Brindemos por ello.

LIDERAZGO ENFERMERO. Identidad e integridad.

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“Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con que pasará, otras hacen que suceda”.

Michael Jordan[1]

                                                                         Dedicado a quienes día a día trabajan para que suceda el liderazgo enfermero y en especial a jóvenes como Antonio de Jesús Mavil Luna.

 

Las enfermeras llevamos tiempo hablando de la importancia y la necesidad del liderazgo enfermero.

            Sin embargo, tengo la sensación de que cuando las enfermeras hablamos de liderazgo se hace más como una petición, un deseo, un anhelo… que como un compromiso serio por lograrlo realmente. Como si el liderazgo fuese algo que se nos tiene que otorgar, ceder o permitir.

            Teniendo en cuenta que por liderazgo se entiende la capacidad y la competencia de delegar, tomar la iniciativa, gestionar, convocar, promover, incentivar, motivar y evaluar algo, de forma eficaz y eficiente, no es razonable que continuemos pensando que si no tenemos liderazgo es por razones externas a nosotras mismas.

            Seguir instaladas en ese falso y estéril victimismo, pensando que de esta manera lograremos el liderazgo, es tanto como ampararse en la suerte para lograr alcanzarlo. Ya se sabe, o debiera saberse, que la suerte, en primer lugar, es para quien la busca y no para quien la espera. Pero, además, la suerte es la guardiana de los necios, es decir, de quienes insisten en los propios errores o se aferran a ideas o posturas equivocadas, demostrando con ello poca inteligencia. Por su parte la fortuna es la madre de los pesares, es decir de la pena, el dolor, la nostalgia, el arrepentimiento o la tristeza por algo, generalmente por una desgracia. Las enfermeras, ni somos necias, ni tenemos por qué tener la sensación o sentimiento de desgracia, ya que la ausencia de liderazgo, en todo caso, se deberá más a una indolencia que a una dolencia.

            Por tanto, el liderazgo, como capacidad y competencia que es, no podemos esperar que aparezca, se nos preste y mucho menos se nos regale. La manida pregunta del líder ¿nace o se hace?, no deja de ser un chascarrillo sin mayor relevancia, ni impacto en el liderazgo enfermero. Una cosa es que una persona, sea enfermera o no, tenga ciertas capacidades innatas a su personalidad que pueden ayudar en ciertos liderazgos y otra, bien diferente, que se nazca con el gen del liderazgo. Porque el liderazgo y aprendizaje son indispensables el uno para el otro[2].

            Pensar que el liderazgo es cosa de otras/os es un grave error. Toda enfermera individualmente debe asumir el liderazgo de sus cuidados. Tan solo así se podrán poner en valor y prestarlos con las máximas garantías de calidad. El liderazgo, por tanto, empieza por una/o misma/o.

Además, una cosa es las/los líderes y otra el liderazgo profesional, en este caso el enfermero. Pueden existir, como de hecho existen, enfermeras líderes muy destacadas/os y no por ello, como lamentablemente sucede, existe liderazgo enfermero.

            A pesar de que el/la líder enfermero/a será aquel/la que tenga las habilidades para influir en la forma de ser o actuar de otras enfermeras o personas o en un equipo de trabajo determinado, haciendo que trabaje con entusiasmo hacia el logro de sus metas y objetivos, esto redundará en determinados ámbitos de atención o actuación enfermera y muy posiblemente como parte de un logro colectivo mayor que forme parte de la organización en la que se integra, pero no supondrá que dicho liderazgo personal tenga, necesariamente, una proyección de conjunto que permita hablar de liderazgo enfermero.[3]. De hecho, es evidente la eficacia y eficiencia de la gestión enfermera que redunda significativamente en los logros de las organizaciones en las que trabajan, pero con poca o nula repercusión a nivel de liderazgo enfermero que, normalmente, queda desdibujado, fagocitado u oculto.

            Hablar de liderazgo enfermero va mucho más allá del liderazgo de algunas enfermeras, es decir, de las referentes enfermeras. Las referentes son fundamentales como proyección de lo que aportan y como modelo a seguir, pero no es condición suficiente, aunque si necesaria, para lograr el liderazgo enfermero. El liderazgo enfermero, supone que el conjunto de quienes integran la enfermería sientan la enfermería y se sientan enfermeras.

            Dudo que esto sea posible cuando hay quienes en enfermería no tan solo dudan, sino que incluso reniegan de lo más básico, es decir, cómo se nos denomina y cómo de orgullosos nos sentimos con dicha denominación. Porque quien formando parte de la Enfermería reniega, se avergüenza o duda de la idoneidad de denominarse enfermera o enfermero, está dudando, según mi opinión, de lo que es y significa la Enfermería misma como profesión, ciencia y disciplina. ¿Alguien se imagina a un arquitecto, un ingeniero, un farmacéutico, un médico… denominándose de otra manera que no sea la que su disciplina, arquitectura, ingeniería, farmacia o medicina, le otorga como integrante de las mismas? ¿Cómo se supone que debiéramos ser conocidas/os las enfermeras, como ATS, DUE, Grado…? Es que no puedo ni quiero imaginar denominarme de ninguna otra manera. Pero lo importante no es que yo u otras/os muchas/os lo sintamos. Lo trascendente y preocupante es que existan planteamientos en este sentido, porque suponen un claro componente de falta de identidad enfermera, que es fundamental para configurar un liderazgo propio.

            Por otra parte, utilizar a la ciencia, la disciplina o la profesión de Enfermería para ocultar o enmascarar nuestra denominación individual o colectiva como enfermeras en un claro intento de apropiarse del todo para evitar la parte del mismo que somos, es, no tan solo un gravísimo error que no comete ninguna otra disciplina, sino una muestra evidente de que, o no queremos formar parte de dicho todo, porque no creemos, nos avergonzamos, nos da miedo, o una mezcla de todo. Pero sea cual sea la causa lo verdaderamente cierto es que es una realidad que nos atenaza e impide un liderazgo real.

            Es normal, natural e incluso deseable la diferencia de planteamientos, de criterios, de estrategias, de teorías, de miradas… que fomenten un debate constructivo que fortalezca la Enfermería desde la reflexión y el pensamiento crítico. Esto sucede en todas las disciplinas y lejos de ser una debilidad es una gran fortaleza.

            No estoy abogando por el pensamiento único que, es claramente contrario a la ciencia. Estoy planteando una cuestión de coherencia, sentido común y principio fundamental de madurez disciplinar, científica y profesional, sin la que no será posible el liderazgo enfermero por mucho que tengamos excelentes referentes.

            Puede parecer una cuestión banal, simple o intrascendente. Pero nada de ello es cierto. Es, por el contrario, fundamental. Sin esa clara identidad de conjunto no seremos capaces de ejercer un liderazgo enfermero.

            No estamos hablando de enfermeras pediátricas, de salud mental, comunitarias o de gestión… estamos hablando de enfermeras, con independencia de su especialidad, ámbito de competencia o grado de experiencia, pero todas siendo y sintiéndose enfermeras.

            ¿Con qué voz vamos a convencer a decisores, políticos, ciudadanía… de lo que somos, aportamos o valemos, si no somos capaces nosotras mismas de identificarnos como lo que somos?

            Si como profesionales (que no queremos identificarnos como enfermeras) somos capaces de dar respuesta a las necesidades de la población, pero como tales no somos capaces de que la población nos identifique como enfermeras, estaremos resolviendo problemas que nunca serán identificados como parte de nuestra responsabilidad y, por tanto, nunca nos serán reclamados de manera inequívoca o exclusiva a las enfermeras.

            Si como enfermeras no somos capaces de dar respuesta a las necesidades de la población, aunque la población nos identifique como tales, estaremos demostrando una clara falta de madurez e incompetencia profesional que nos situará en una difícil situación de credibilidad e impedirá cualquier tipo de liderazgo.

Sin embargo, si como enfermeras somos capaces de dar respuesta a las necesidades de la población, y además somos capaces de que la población nos identifique como tales, estaremos actuando bajo criterios de verdadero liderazgo enfermero, al permitir que se identifiquen los excelentes cuidados enfermeros que somos capaces de prestar y que tan solo estamos en disposición de prestar las enfermeras[4].

Liderar supone creerse lo que somos para, desde dicha creencia o convencimiento, lograr convencer a quienes deben identificarnos, reconocernos y valorarnos con la capacidad de transformar la visión en realidad como paso previo a cualquier intento de liderazgo enfermero.

Pero el liderazgo, además, supone que identifiquemos, nos impliquemos y exijamos que las instituciones que nos representan sean transparentes y democráticas. Que las Sociedades Científicas que permiten nuestro desarrollo y madurez científico-profesional, se conviertan en nuestros referentes y nos incorporemos mayoritariamente a las mismas con determinación. Que las evidencias científicas que generan las investigadoras enfermeras se incorporen en la actividad profesional para mejorar la calidad de los cuidados que prestamos. Que el trabajo en equipo suponga un trabajo transdisciplinar en el que nuestra aportación sea determinante y autónoma y no secundaria y subsidiaria. Que nuestras/os referentes sean identificadas/os, reconocidas/os y respetadas/os como líderes enfermeros con quienes construir el liderazgo enfermero. Que quienes aceptan responsabilidades de gestión, sea en puestos específicos de enfermería o no, asuman el liderazgo enfermero, desde el ejemplo que, como decía el filósofo alemán Albert Schweitzer, no es lo que más influencia a las personas, sino que es lo único. Porque el liderazgo es ejemplo y el ejemplo es liderazgo.

            Pero ante esto cabe responder a las siguientes interrogantes sin cuyas respuestas no será `posible el liderazgo enfermero. ¿Queremos cambiar esta situación e identificarnos como enfermeras?, ¿Podemos cambiar esta realidad?, ¿Aceptamos el reto de cambiarla?, ¿Queremos asumir la responsabilidad, el riesgo y la incertidumbre del verdadero liderazgo enfermero?

            Seguir reclamando reconocimiento, sin tener clara nuestra identidad, sin creer en ella y sin trabajar por ella es una evidente incoherencia.

            Pretender adquirir respeto sin obtener el liderazgo que nos lo otorgue es absurdo.

            Esperar a obtener valoración de algo que ni tan siquiera nosotras/os mismas/os somos capaces de valorar es simplemente ridículo.

            Reclamar un liderazgo que tan solo se sustenta en la visión del mismo como elemento de ego y competitividad con otras profesiones o disciplinas es tan artificial como inútil.

            El liderazgo enfermero no se traduce en una forma de lucir, sobresalir o seducir, sino en una forma de visibilizar nuestra aportación propia e insustituible como enfermeras, desde nuestras especificidades, especialidades, singularidades…pero también desde nuestra identidad común, desde nuestra realidad propia, desde nuestro sentimiento profesional, desde nuestra capacidad científica.

            El liderazgo enfermero, al contrario de lo que sucede con el liderazgo en otras disciplinas, no se encuentra en la centralidad, alejada de la comunidad y por tanto de la ciudadanía, sino en y con la comunidad en un liderazgo compartido que no por ello es menor. Tratar de ocupar un espacio ya colonizado y propio de otras disciplinas tan solo nos desgastará y restará credibilidad, impidiendo que seamos reconocidos y conocidos. Nuestro liderazgo debe fundamentarse en lo que como enfermeras somos capaces de hacer, prestar cuidados profesionales, de manera excelente y autónoma, dándoles significado y aportando la evidencia que los justifican y fortalecen, asumiendo responsabilidad, garantizando su calidad y, sobre todo, otorgándoles la identidad propia, que no es otra que la enfermera.

            En cualquier caso, la cualidad suprema del liderazgo es la integridad[5], sin la que difícilmente se logrará un liderazgo real. Finalmente, liderar no se trata de tener poder o de mandar, pues las/os verdaderas/os líderes, las/os que crean liderazgo, tienen seguidores, pero no crean seguidores. Crean nuevas/os líderes para mantener, reforzar y justificar el verdadero liderazgo enfermero, en cualquier ámbito, entorno, contexto o situación.

            Liderar no es figurar, no es mandar, no es tener poder. Liderar es asumir la responsabilidad que como enfermeras tenemos ante la sociedad y saber trasladarla con la dignidad, el orgullo y la satisfacción que le corresponde a la Enfermería de la que formamos parte. El poder y el respeto serán consecuencia de ese liderazgo y no a la inversa.

[1] Jugador de baloncesto profesional.

[2] John F. Kennedy. Presidente EEUU 1961-1963

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Liderazgo

[4] Adaptado de una intervención de Nuria Cuxart sobre la prescripción enfermera.

[5] Dwight Eisenhower-Presidente EEUU 1953-1961

ENFERMERÍA SIN FRONTERAS. Realidad Ibero-Latinoamericana

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                       “La identidad es en parte herencia, en parte educación, pero principalmente las decisiones que tomas en la vida”[1].

Patricia Briggs.

                                       Dedicado a Susana Espino, inspiración y referencia de identidad enfermera ibero latinoamericana.

En mis dos últimas entradas he reflexionado en torno a la formación de enfermería en el contexto español. Aunque es cierto que en muchos aspectos existen coincidencias con la realidad docente e incluso asistencial de otros contextos internacionales, no es menos cierto que también son muchas las especificidades que marcan diferencias.

Este hecho, sin embargo, considero que lejos de ser un inconveniente o debilidad puede ser una gran fortaleza en la planificación y puesta en marcha de estrategias globales de crecimiento y visibilidad enfermera que hasta la fecha no han sido convenientemente identificadas y mucho menos desarrolladas.

La fascinación por la enfermería anglosajona (fundamentalmente británica, norteamericana y canadiense) nos ha mantenido alejados de cualquier otra realidad por considerarlas menores o que tenían poco que aportar.

Enfermería, a pesar de los importantes avances y logros alcanzados en las últimas décadas, aún no ha conseguido desprenderse de la influencia que, tanto la medicina como el racional-positivismo en el que se basa, ejercen sobre su desarrollo y autonomía. Influencia que afecta de igual modo en los contenidos curriculares de los planes de estudio como en la planificación y organización de los sistemas sanitarios, patriarcal asistencialistas, paternalistas, biologicistas, hospital-centristas… en los que los médicos basan su desarrollo científico profesional y en los que fagocitan al resto de disciplinas impidiendo o cuanto menos dificultando seriamente cualquier oportunidad de crecimiento desde otro paradigma que no sea el suyo.

A pesar de los intentos por desprenderse del secuestro intelectual y el magnetismo del poder de la medicina, enfermería sigue presa en muchos aspectos de esa influencia que le sitúa en una posición de permanente inestabilidad en su posición institucional y social y de clara indecisión por dar el paso que le permita desarrollarse plenamente desde el paradigma enfermero, lo que, por otra parte, no supone renunciar al necesario e imprescindible, para ambas partes, trabajo transdisciplinar.

Esta situación de provisionalidad científico-profesional hace que sigamos el dictado que las normas de la biomedicina marcan y de la que formal e institucionalmente formamos parte en una muestra más de fagocitación, lo que nos impide brillar con luz propia.

Y estas características, creo, en mayor o menor medida las compartimos las enfermeras españolas, portuguesas y las latinoamericanas con las que nos unen otros muchos vínculos que sin duda podrían y deberían ser incorporados como fortalezas en el desarrollo disciplinar, científico y profesional con independencia de la distancia geográfica y las diferencias culturales.

A pesar del poder que impone el idioma científicamente hegemónico, el inglés, que marca de manera clara y determinante la generación y difusión de conocimiento, las enfermeras ibero-latinoamericanas compartimos una lengua que nos ofrece un potencial que seguimos sin valorar adecuadamente en nuestro desarrollo.

Sin duda el mercantilismo impuesto por las empresas editoriales anglosajonas tienen secuestrado el conocimiento científico con unas normas de supuesta calidad científica, en base a la generación de un factor que han denominado de impacto, pero que está regido más, por razones económicas que de calidad y que mantienen rehenes de las mismas a las enfermeras, al menos en el ámbito universitario, al ser evaluadas por los criterios de las publicaciones denominadas biomédicas de impacto, en el logro de objetivos para su carrera académica. Aspecto en el que también participan las enfermeras latinoamericanas. Queda patente pues que no es tanto a quién lleguen nuestras aportaciones científicas sino en dónde se publiquen, aunque ello suponga que las mismas no las podamos compartir con quienes nos interesa sino con quienes les interesa a las revistas para mantener su impacto y con él sus beneficios económicos.

Ante este panorama compartido en el que una supuesta y aparente autonomía científico-profesional enfermera esconde realmente una subsidiariedad, más ligada a las técnicas y a la medicalización que a los cuidados y la humanización de los mismos en base al paradigma enfermero, las enfermeras ibero-latinoamericanas tenemos la oportunidad de unir nuestras fortalezas y vencer nuestras debilidades para lograr un posicionamiento y una visibilidad que lamentablemente tan solo son aparentes y que quedan desdibujados por la fuerza de la imposición científica, profesional, institucional, mediática e incluso social de la medicina.

La pandemia que estamos viviendo ha incorporado con gran fuerza la virtualidad en las comunicaciones y con ella la posibilidad de compartir conocimientos, pero también experiencias, vivencias y expectativas que hasta la fecha resultaban difíciles de llevar a cabo por la distancia geográfica que lo limitaba claramente. Las conferencias, seminarios, webinars, talleres, debates… online han sido y siguen siendo permanentes y permiten unir a enfermeras de muy diversos países en tiempo real, a pesar de las diferencias horarias, en el abordaje de temas que les son de interés y que permiten identificar estrategias de crecimiento conjunto.

Descubrir lo mucho que nos une e identificar oportunidades en ámbitos como la docencia, la investigación, la práctica profesional, las necesidades, las demandas, los recursos compartidos… convierte este gran contexto ibero-latinoamericano en un escenario de oportunidades reales para lograr vencer las resistencias impuestas por el modelo médico hegemónico y por la dictadura de un idioma que limita las posibilidades de cientos de miles de enfermeras que hablamos y entendemos, español y portugués, permitiéndonos generar un espacio de poder real, de crecimiento y posicionamiento, que nos distancie de contextos que nos son tan lejanos geográfica como culturalmente y de los que podemos seguir aprendiendo pero que deben dejar de ser exclusiva referencia si queremos lograr una identidad propia, diferenciada y específica que nos permita ser consideradas, por las/os decisoras/es políticas/os y sanitarias/os de nuestros países, como referentes en salud y no tan solo como recursos humanos necesarios desde una perspectiva exclusiva de mano de obra en beneficio de las necesidades de la medicina y sus profesionales y no de las personas, las familias y la comunidad a las que realmente nos debemos.

Descubrir que compartimos, además de una lengua, un lenguaje enfermero. Que valoramos la atención a las personas por encima de la técnica como acción profesional exclusiva. Que identificamos problemas de salud, que trascienden a la patología, en los que las respuestas humanas están por encima de la medicalización y la tecnología. Que participamos de objetivos comunes en el planteamiento de estrategias de intervención comunitaria desde una perspectiva de salud global. Que entendemos la enfermería como ciencia y como tal tenemos la necesidad de generar conocimiento propio. Que los determinantes sociales se configuran como los principales determinantes de salud. Que la promoción de la salud, la Educación para la Salud, los activos de salud… son ejes fundamentales de la acción enfermera en la intervención comunitaria y a través de la participación comunitaria. Que la humanización no es una moda sino parte de nuestra perspectiva profesional cuidadora. Que hay otras formas de investigar y de generar evidencias científicas, tan importantes y válidas, como las impuestas por el positivismo. Que tenemos ilusiones y metas comunes que podemos alcanzar con el esfuerzo conjunto… han sido tan solo algunos de los hechos, sentimientos, emociones, sensaciones, situaciones, preocupaciones, dudas… que hemos ido descubriendo a lo largo de este año en el que el confinamiento forzado ha propiciado los encuentros repetidos, permitiendo la identificación de sinergias que seguro facilitarán lo que hasta la fecha parecía algo inalcanzable, en un contexto que nos ofrece tantas oportunidades,

La Enfermería Global ibero latinoamericana, por tanto, es posible. Pero es necesario que trabajemos para lograr que la misma sea una realidad más allá de las palabras y de los deseos efímeros que pierden su efervescencia como una gaseosa una vez abierta.

Perder o cuanto menos apartar la atención exclusiva en la fascinación de aquello que nos resulta más lejano, menos comprensible, más exótico… para centrarnos en lo que, sin tener tanto glamour, es mucho más comprensible, cercano y, sobre todo, ofrece muchísimas más posibilidades para construir una identidad que, siendo igualmente enfermera, nos es propia. Evitando tener que adoptar, tan solo, el papel de boquiabiertos y pasivos observadores en esos otros contextos en los que se nos limita intervenir.

No se trata de olvidar ni de rechazar nada, en absoluto. Pero si de centrar nuestros esfuerzos, nuestros conocimientos, nuestras energías y nuestra voluntad en aquellos contextos en los que realmente podemos contribuir colectivamente a construir una realidad que nos es común o que podemos hacer común sin necesidad de renunciar a nuestra singularidad y que le dotará, si cabe, de mayor riqueza.

Pero para ello deberemos también, desprendernos de los tópicos y estereotipos que, a una parte y otra del Atlántico, seguimos conservando. La percepción de inferioridad o superioridad, la creencia de una diferencia insalvable, la interpretación subjetiva y distorsionadora… son tan solo algunos de los aspectos que actúan como barreras a la hora de avanzar hacia la construcción de esa realidad enfermera científico profesional ibero latinoamericana que se aleje de la utopía para instalarse en el plano real de lo posible y deseable.

No es lógico, atomizar, dividir, separar… cuando son muchos más los elementos que nos acercan que aquellos que nos alejan, ocupando esfuerzos, muchas veces estériles, en acercarnos a la luz del que consideramos astro rey, la medicina, para que enfermería pueda proyectar un poco de su luz, pero sin que ello evite nuestra cara oculta, como la de la luna. Un acercamiento que nos ciega y limita las oportunidades de conformar un gran espacio enfermero en el que investigar, crecer, desarrollar, experimentar… desde una identidad propia y reconocible que podemos compartir sin sentirnos inferiores, que podemos contrastar sin miedo a defraudar, que podemos proponer sin temor…

Está claro que hablamos todas/os de Enfermería y enfermeras, pero lo hacemos con visiones, miradas, observaciones, posiciones, e incluso interpretaciones diferentes configurando un calidoscopio que nos ofrece imágenes que si bien son llamativas y curiosas nos resistimos a entender. Pero no porque no podamos, sino porque nos obstinamos en mantener idéntica distancia científico profesional que la que tenemos geográficamente y que paradójicamente no hacemos con otras configuraciones que atraen nuestra atención y que, aunque no entendamos nos empeñamos en participar de las mismas. En esa permanente incongruencia seguimos manteniendo unas fronteras que impiden la migración de ideas, conocimientos, experiencias, vivencias… narradas en una misma lengua o en otra muy cercana, la portuguesa, que nos permiten unas posibilidades a las que nos negamos o nos resistimos a identificar y desarrollar.

Las Universidades, por ejemplo, en esa acepción de universalidad que tiene su denominación, muchas veces no la cumple o lo hace con idéntica fascinación hacia realidades “triunfadoras”, relegando a un segundo plano, en el mejor de los casos, a aquellas como el contexto ibero latinoamericano. Sin embargo, la Universidad, como ya he tenido ocasión de reflexionar en anteriores entradas, cumple un papel crucial en la identidad enfermera, por lo que las alianzas reales, más allá de los protocolarios y en ocasiones estériles convenios, entre universidades ibero latinoamericanas permitirían analizar y debatir sobre aspectos curriculares que aunaran dicha identidad enfermera y evitaran la generación de identidades diversas que acaban por desdibujar la verdadera aportación e imagen enfermera. En este sentido, la Asociación Latinoamericana de Escuelas y Facultades de Enfermería (ALADEFE) puede y debe tener un papel fundamental.

Como ejemplo de esa fascinación, cabe reflexionar sobre la absoluta inacción a la hora de defender, desde las Facultades o Escuelas de Enfermería, las propuestas y concesión de Doctorados Honoris Causa a enfermeras ibero latinoamericanas en nuestras universidades. Se proponen pocas y se conceden menos. Pero las pocas que se conceden, salvo escasísimas excepciones, son a enfermeras anglosajonas, que siendo importantes no son las únicas que lo merecen o que han aportado algo importante para el desarrollo de la Enfermería. Es tan solo una muestra de nuestra cara oculta, a la que lamentablemente contribuimos, incluso en el año Nursing Now.

La generación de esa identidad, que no pretende ser monolítica ni teocrática, sino diversa, es lo que favorecerá el liderazgo enfermero en torno a los cuidados profesionales. Lograrlo, evitaría, en gran medida, la hemorragia constante de competencias, al dejar perder no tan solo actividades y tareas sino la responsabilidad sobre las mismas, causada por nuestra fascinación hacia la técnica, la tecnología y escenarios enfermeros que siéndonos extraños queremos emular olvidando lo que nos es propio y otorga identidad, los cuidados. Identidad sin la cual no lograremos un liderazgo enfermero propio que nos sitúe, al menos, al mismo nivel y con idéntica fortaleza del que ahora mismo nos fascina y somos subsidiarios.

Últimamente se oye que la tecnología ha venido para quedarse. No me cabe duda de que así será. Pero como enfermeras haríamos bien si aprovechásemos la oportunidad que nos brinda para configurar una identidad enfermera rigurosa y potente científicamente, referente profesionalmente, reconocible socialmente y respetada colectivamente.

No se trata de generar una competencia a la dominante Enfermería anglosajona, pero si de equilibrar realidades desde una perspectiva de respeto e igualdad que lamentablemente no existe en la actualidad y que provoca importantes inequidades que no pueden estar ligadas a territorios y mucho menos a la lengua que en los mismos se habla y sirve para vehiculizar nuestro conocimiento. Entre otras cosas, o principalmente, porque no hacerlo va en detrimento de la calidad de cuidados que prestamos.

Expresarse verbalmente o por escrito en diversas lenguas no puede ni debe constituir una barrera de crecimiento y reconocimiento y mucho menos una forma de monopolizar la ciencia con intereses comerciales que desvirtúan la misma y la convierten en pura mercancía.

La lengua forma parte de la cultura y de la construcción identitaria de los pueblos y es un derecho universal que hay, no tan solo que respetar sino también promocionar. Quienes compartimos una misma lengua tenemos la obligación de hacerla vehicular de nuestra ciencia y del conocimiento que de la misma emana para fortalecer nuestra identidad y prestar unos cuidados profesionales que también tienen clara relación con la cultura, la historia y las tradiciones.

Tal como expresara Erik Erikson “En la jungla social de la existencia humana, no hay sensación de estar vivo sin un sentido de identidad”[2].

Estoy convencido que seremos capaces de construir este importante espacio compartido que nos une más que nos separa y que nos identifica con luz propia, en ese necesario sentido de identidad enfermera.

[1] Escritora estadounidense (1965)

[2] Psicoanalista estadounidense (1902 – 1994).