AÑO VIEJO vs AÑO NUEVO

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            A pocos días del final de un nuevo año, siempre toca hacer un balance de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y hubiésemos deseado que fuese, de lo que siendo no hemos sabido o no hemos querido aprovechar, de lo que hemos aprovechado y lo que hemos dejado pasar… en definitiva de un sinfín de recuerdos, anhelos, reproches, pesares, lamentos… que no sé muy bien si sirven para algo más que seguir en la parálisis que muchas veces generan estas reflexiones a “toro pasado” sin un análisis riguroso que permita identificar las causas de todo aquello por lo que nos sumimos en un permanente pesar al percibir la finalización del año.

Y sin posibilidad de duelo por el año perdido y tras una apresurada ingesta de uvas, al ritmo de las campanadas de cualquier reloj, aunque la tradición marque que las de la Puerta del Sol son las auténticas, nos apresuramos a brindar con cava y con rituales de lo más variado, por el Nuevo Año, con la alegría del momento, esperando que el mismo sea capaz de borrar todos los malos momentos y mejorar los buenos del año al que hemos despedido, sumándolo a nuestro particular ciclo vital.

            Esta realidad con mayor o menor alegría, con alivio o con pesar, con esperanza o pesimismo, es lo que todos los años repetimos tanto a nivel individual como colectivo. Nos apresuramos a mandar miles de mensajes de prosperidad, buenos deseos, paz, trabajo, salud… con la alegría de la fecha, pero sin la necesaria reflexión que merecería tan impulsiva acción.

            No voy a entrar en las razones que a cada cual le puede mover seguir una tradición que tiene una temporalidad tan corta como la que marca la fecha de su celebración y que se desvanece con su finalización, no sin antes estar amenizados por el concierto celebrado en Viena previo a una nueva y excesiva comida para dar la bienvenida al Nuevo Año. Todo tan previsible como la rutina que precederá a la fiesta marcada en el calendario.

            Pero colectivamente, como enfermeras comunitarias, sí que me voy a permitir reflexionar sobre lo que significa esta sistemática celebración de la muerte y la vida, a través del final de un año y el principio del siguiente.

            Sería pretencioso por mi parte el tratar de enumerar todo aquello por lo que podríamos o deberíamos sentirnos orgullosas y dichosas las enfermeras comunitarias y todas aquellas por las que contrariamente debiéramos estar pesarosas. Pero cuanto menos sí que creo estar en condiciones de poder enumerar algunas cuestiones que considero han sido o siguen siendo importantes en nuestro particular desarrollo profesional.

            Sé que puede resultar manido insistir en la parálisis de nuestra especialidad, pero no por ello deja de ser necesario hacerlo. El aumento evidente de plazas de formación convocadas no coincide en absoluto al de plazas específicas de especialistas en las organizaciones de nuestros 17 servicios de salud. A ello hay que añadir el permanente incumplimiento en la celebración de la prueba de acceso extraordinario para las enfermeras comunitarias que así lo solicitaron y que ven como año tras año tienen que seguir aguardando a que alguien tenga la voluntad y la decencia política de tomar la decisión que acabe con este ciclo de incertidumbre y desidia que, además, es utilizado sistemáticamente, como “caramelo”, por parte de los responsables del Ministerio, para engañar a las enfermeras. Enfermeras que, por otra parte, nos dejamos engañar ante la oferta de tan deseado “caramelo” sin que seamos capaces de reaccionar de una vez por todas exigiendo algo que nos corresponde por ley y que, en ningún caso, puede identificarse o plantearse como una concesión tal como en muchas ocasiones pretenden quienes no saben o no quieren, o mejor ni saben ni quieren, aquellos a quienes les corresponde tomar la decisión última.

            Este año que acaba nos ha dejado un sabor agridulce. Por una parte, se avanzó en el desbloqueo de los expedientes que quedaban por evaluar para poder convocar la prueba, gracias a la apuesta firme, decidida y concreta de las Sociedades Científicas de Enfermería Comunitaria (AEC y FAECAP), lo que condujo a un anuncio oficial por parte de la Ministra de Sanidad y de los altos cargos del Ministerio, de realización de la prueba en ese mismo año. Las Sociedades Científicas cumplieron con su compromiso y participaron cuando se les requirió para evaluar expedientes, pero finalmente, una vez más, se incumplió el compromiso y se difirió al primer trimestre del aún por estrenar Nuevo Año. Una nueva promesa incumplida y otra que se incorpora con pocas esperanzas de que se cumpla, dados los antecedentes vividos.

            Si difícil resulta que un Ministerio, como el de Sanidad, tome la iniciativa y decida al respecto, que se tenga que poner de acuerdo con otro Ministerio, como el de Educación, ya es rizar el rizo y servir como excusa perfecta ante los ataques entre uno y el otro sobre quien tiene la culpa de que no se concrete la realización de la prueba y que incluso se plantee de forma velada un aprobado general para todas las solicitudes con tal de no realizar la prueba. Para lo cual supondría tener que modificar la norma reguladora de la misma, un gravísimo agravio comparativo con otras especialidades que han pasado por la citada prueba y una clara y evidente desvalorización de la especialidad, que, desde mi punto de vista, no debemos consentir las enfermeras comunitarias.

            En medio de este despropósito aparece el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que, como ya he comentado en más de una ocasión, considero que es una oportunidad no tan solo para el necesitado cambio de paradigma que sustituya al que se fue instalando de manera progresiva desplazando el espíritu y la esencia del que se vino en conocer como Nuevo Modelo de Atención, hasta desvalorizarlo y dejarlo en una clara caricatura de lo que se planteó inicialmente, sino también para que las enfermeras comunitarias tomemos el relevo del necesario liderazgo en tan importante cambio.

            Y es en este punto en el que se inicia el Nuevo Año. Pero sería un error, desde mi punto de vista, pensar que el simple estreno de año pueda suponer un cambio, mejora o prosperidad en muchos de los logros que las enfermeras comunitarias tenemos pendientes desde hace tanto tiempo. Ni el final de un año ni el principio de otro significan absolutamente nada. Los años, como cualquier otro periodo de tiempo, tan solo enmarcan aquellos logros que, en este caso, las enfermeras comunitarias logremos a través de nuestro trabajo, esfuerzo, motivación e implicación. Nada nos vendrá dado, ni nada será causa de la suerte, que es tan solo una excusa para la inacción y el inmovilismo conformista.

            Las enfermeras comunitarias, en un año en el que se celebra la campaña denominada Nursing Now, debemos aprovechar la inercia de la misma para trabajar por lograr una Atención Primaria y Comunitaria que sea realmente participativa, equitativa, intersectorial, integral, integrada, integradora, promotora de salud, salutogénica… a través del desarrollo real del Marco Estratégico, en el que debemos situarnos de manera clara y decidida como líderes de las estrategias para lograrlo, sin que ello signifique, en ningún caso, renunciar al necesario trabajo en equipo transdisciplinar con otros profesionales. Para que esto sea una realidad es preciso que las enfermeras comunitarias desarrollemos con la dignidad que merecemos nuestras competencias. Pero, para ello resulta imprescindible que el número de enfermeras comunitarias alcance las ratios que los organismos internacionales vienen recomendando desde hace mucho tiempo, para que salgamos del furgón de cola de los países de la OCDE en este sentido. Y finalmente se tiene que entender que la Atención Primaria, como ámbito de atención y de trabajo, no puede ni debe permitirse que siga siendo considerado ni identificado como un contexto de “retiro” o “descanso”, sino con la especificidad y complejidad que tan solo las enfermeras comunitarias expertas o especializadas pueden ofrecer para prestar la atención que merecen las personas, las familias y la comunidad

            Ningún Marco Estratégico será capaz de cambiar nada en la Atención Primaria sin la participación real de las enfermeras comunitarias. Pensar lo contrario, o lo que es peor, engañar en este sentido a las enfermeras comunitarias con falsas promesas o halagos interesados, tan solo contribuirá a que el citado Marco quede a expensas de manidos intereses corporativistas que no tan solo no lograrán el cambio planteado, sino que supondrán una nuevo y dramático fracaso.

            No se trata de que las enfermeras comunitarias seamos salvadoras de nada, sino tan solo que somos las profesionales que, en base a su paradigma, pueden y deben propiciar el cambio de la Atención Primaria. Quienes tienen la capacidad de tomar decisiones políticas deben ser capaces de ver esta realidad y aprovechar el impulso internacional que les ofrece la campaña de Nursing Now para propiciar que las enfermeras asuman este liderazgo, más allá de cualquier otro interés o presión que se genere. No hacerlo les situará de nuevo en la evidencia de asumir como propios lo que no dejan de ser intereses de unos cuantos.

            Así pues, ni el Año que termina se lleva consigo los males, ni el que se inicia viene, per se, cargado de bonanza y buenas intenciones.

            Del año que finaliza debemos ser capaces de aprender todo aquello que no hemos logrado o que no nos ha sido propicio. Del Año que se inicia, tan solo debemos esperar que nos dé la oportunidad de avanzar con determinación en el liderazgo necesario. En ambos casos depende básicamente de nosotras, como enfermeras comunitarias, el que logremos alcanzar dicho liderazgo. Si tan solo nos quedamos en la contemplación de lo que debe de venir, ni Nursing Now, ni nada será capaz de vencer la poderosa inercia que sigue influyendo en la toma de decisiones en salud.

            Yo quiero y necesito seguir creyendo en las enfermeras comunitarias y en su fuerza de cambio. Por eso quiero trasladar mis mejores deseos para este Nuevo Año, porque sé que los mismos dependen de nosotras, que es la única manera que tendremos de lograr que sean una realidad.

NAVIDAD ENFERMERA

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            La publicidad facilita que determinadas frases o imágenes queden grabadas en nuestra memoria como si de mantras se tratasen.

            Estando tan próximas las Fiestas de Navidad, no me resisto a rescatar algunas de estas frases e imágenes que forman parte de las mismas como lo son las luces, los villancicos, los adornos, los árboles de navidad, los regalos… que acaban configurando un escenario tan llamativo como ciertamente artificial.

            Vuelve a casa, vuelve, por Navidad…

            Es nombrarla y venir a nuestra memoria la música que le acompaña y el mensaje que traslada de reencuentro familiar por estas fechas.

            Estaría bien que la frase, y la música si se quiere también, sirviesen para que tantas y tantas enfermeras que, en gran parte, tuvieron que irse sin quererlo al extranjero para poder trabajar, pudiesen volver a nuestro país. No deja de ser paradójico que España siga invirtiendo en formar enfermeras para exportarlas a coste cero a terceros países que se frotan las manos ante la oportunidad que se les brinda de contratar profesionales tan bien formadas sin que hayan tenido que invertir un euro, una libra, una corona sueca o noruega… Y esta paradoja se torna en incoherencia si el país que las exporta, España, es uno de los que menos enfermeras por habitante tiene y, por tanto, uno de los que más enfermeras necesita.

            El regreso, no será fácil que se produzca dada la situación de incertidumbre política que se ha instalado de manera permanente en nuestro país, incluso a pesar del cacareado Brexit que no impedirá que se sigan contratando enfermeras españolas en Gran Bretaña, que si ha hecho una apuesta clara en la contratación de miles de enfermeras para fortalecer el Servicio Nacional de Salud (NHS).

            Así pues, su regreso será tan solo como en el anuncio, por sorpresa y breve, mientras nuestro Sistema Nacional de Salud sigue debilitándose por la falta de inversión económica, pero también por la falta de inversión en innovación y estrategias de cambio real de un modelo caduco, asistencialista, medicalizado, curativo, paternalista… que lucha paradójicamente también por humanizarse. Se trata de un neonegacionismo más a sumar a los ya conocidos como el machismo, el cambio climático…

            En algún momento alguien podría regalarnos a todas/os un poco de sentido común para tratar de cambiar algunas cosas que tan solo, o, sobre todo, necesitan planificación y decisión política para desprenderse de los lastres jerárquicos, corporativistas, egocéntricos… que mantienen estructuras y organizaciones totalmente irracionales para las necesidades y demandas que presenta nuestra sociedad. Tan solo entonces, posiblemente, dejen de volver tan solo por Navidad.

Las muñecas de Famosa se dirigen al portal…

            Las muñecas, como si de robots se tratasen, acuden a adorar al “niño” año tras año por estas fechas. Un estribillo y una música que se hizo viral a pesar de que aún no se conociese el término ni existiesen las redes sociales. Transcurridos casi 40 años desde que empezaran la peregrinación siguen sin saber el motivo por el que sistemáticamente les ponen en marcha para hacer el recorrido navideño de manera autómata y con una sonrisa permanente en sus rostros de caucho modelado.

            Lamentablemente, en más ocasiones de las deseadas, seguimos idéntico patrón de comportamiento, aunque prolongando el período a la totalidad del año, en múltiples acciones o intervenciones que repetimos sin ni tan siquiera plantearnos el porqué de las mismas. Tan solo las ejecutamos, replicamos y transmitimos, perpetuándolas en el tiempo. Eso sí, con una sonrisa en nuestros rostros como seña de identidad que se sigue asociando a nuestra actividad como requisito con idéntica incongruencia a la actividad que acompaña.

            Nosotras, sin embargo y a diferencia de las muñecas de Famosa, tenemos capacidad de análisis, reflexión y pensamiento crítico, lo que hace más incomprensible aún nuestra actitud de réplica. No usar dicha capacidad es una decisión tan reprobable como poco justificada y tan solo puede entenderse, que no justificarse, desde el conformismo y la ética de mínimos.

            A alguien, en algún momento, se le podría ocurrir que existen estrategias de motivación para cambiar los comportamientos inmovilistas e irracionales que incorporan la estandarización de la mediocridad y la ausencia de criterio propio. A diferencia de las muñecas, tan solo parece que seamos Famosas por nuestra sonrisa.

            Pongámonos “las pilas” del conocimiento enfermero y dejemos de actuar como autómatas. Las cosas se pueden y deben cambiar, pero para ello se necesita asumir ese compromiso desde el convencimiento de lo que se es, enfermera, y no desde la obediencia sistemática de lo que quieren que seamos. De lo contrario seguiremos dirigiéndonos a los portales que nos indiquen y de la manera que nos digan, tras más de 40 años en la Universidad.

 La Lotería de Navidad

            Se suele decir que, si no te toca la Loteria, al menos, que tengas salud. Es curiosa, cuanto menos, la correlación que se establece entre salud y suerte. Pareciera como si tener salud fuese también cuestión de suerte, es decir, de que te toque un Gordo que genera menos algarabía, pero sin la que no es posible disfrutar prácticamente de nada.

            Pero la Lotería también se asocia a prosperidad, cambio, oportunidad, mejora… asociada, eso sí, al dinero que te permita lograr alcanzarlo, como si no hubiera otras maneras de ser feliz o cuanto menos de sentirse feliz y, por tanto, saludable.

            Las enfermeras sabemos bien de estas paradojas de la suerte. Y es que llevamos mucho tiempo esperando a que la suerte nos sonría y a que el “calvo” que reparte la misma con su soplido nos identifique en algún momento para hacernos merecedoras de su dadivosa fortuna. Y no será porque las enfermeras no tenemos participaciones para que nos toque, pero salvo alguna que otra pedrea, nunca llegamos a ser receptoras de premios importantes que nos permitan salir de nuestra permanente invisibilidad.

            Los responsables de esta otra Lotería, siempre dicen, que el azar es quien determina finalmente quienes son los ganadores, con independencia de las participaciones que cada cual tenga. Parece como si la ley de probabilidades no se cumpliese nunca con las enfermeras y siempre acabase agraciando a los mismos, aunque tengan pocas o nulas participaciones. Esto me recuerda a un famoso político, presidente de una Diputación, al que siempre le tocaba la Lotería cuyas participaciones, además, le regalaban. Será pues eso, que a nosotras nunca nos regalan participaciones de las que tocan.

            Que la visibilidad, el valor de lo aportado, el reconocimiento, el desarrollo, la mejora… dependan de contar con alguien que meta en el bombo de la sanidad a todos cuantos aportamos algo para mejorar la salud de las personas, las familias y la comunidad, provoca que los premios siempre acaben por tocarle a los mismos, sin que, además, sean necesariamente quienes más aportan o mejor lo hacen.

            La venta de quienes promueven los premios siempre es la misma, es decir, alabar, halagar y empalagar a los supuestos beneficiarios para que participen mucho, aún a sabiendas que llegado el momento el “calvo” siempre soplará en una misma dirección para que la eufemística suerte recaiga en quienes son de los suyos. Así todo queda en casa. Al resto, mientras tanto, siempre nos queda el “consuelo” de decir que al menos contribuimos a promover y mantener la salud, aunque sea a costa de nuestra imagen y reconocimiento.

Y un año más nos tocará esperar a que llegue el Niño… para volver a comprobar que nada cambia.

Las burbujas Freixenet

            Llegadas las fechas de la Navidad siempre estábamos pendientes de cómo sería el anuncio de las burbujas de Freixenet y en torno a quién bailarían alegremente para desearnos a todos Paz y Felicidad que, por otra parte, es lo que toca decir en estos casos.

            Nadie se imagina un cava sin burbujas. Su efervescencia, movimiento ascendente, sincronía, la sensación que provocan en el paladar… le confieren al cava toda su esencia y alegría. Es más, se espera que ellas logren la enérgica salida del tapón que las retiene en la botella, provocando la espuma previa a su degustación y a las sensaciones que generan. Nada sería igual sin las burbujas por bueno que fuese el cava.

            Lamentablemente las enfermeras venimos a ser las burbujas de ese cava que se ha venido en denominar Atención Primaria de Salud y que ahora se ha rebautizado como Atención Primaria y Comunitaria (APC) en envases cada vez más lujosos, al menos externamente, denominados centros de salud. Es decir, no se entiende la APC sin las enfermeras, pero tan solo se les menciona cuando se quiere quedar bien con ellas o se recurre a ellas cuando las cosas pintan mal para que ayuden y apoyen su solución, para posteriormente olvidar su efervescencia.

            De hecho, cuando se pierde la efervescencia de las burbujas el cava, por bueno que sea, acaba siendo rechazado, lo que vine a demostrar la importancia de las burbujas para mantener la calidad del cava y su utilización para festejar o simplemente degustar. Y esto mismo es lo que sucede con las enfermeras comunitarias, que cuando pierden la ilusión, la motivación o no pueden dedicarse a lo que de ellas se espera, la APC se vuelve ineficaz e ineficiente, al verse reducida a un recurso asistencialista que no favorece la necesaria participación de la comunidad, ni la atención a sus necesidades reales, en las que criterios como la libertad, la equidad, la democracia, la solidaridad, el desarrollo humano, el progreso, la descentralización, la coordinación, la competencia política… dejen de ser una opción para convertirse en una obligación en el quehacer de las enfermeras comunitarias.

De Papá Noel a los christmas carols

            La tradición navideña se ha ido contagiando de la corriente anglosajona, desplazando en muchas ocasiones las que siempre habían sido señas de identidad cultural propias, dándoles más valor, en muchas ocasiones, simplemente por ser foráneas, aunque ni se entiendan ni tan siquiera se sepa su sentido.

            Así nos encontramos con la progresiva influencia de un señor con una manifiesta obesidad y una risa, que da más miedo que alegría, vestido con un traje que no por aceptado deja de parecer un pijama con gorro incluido, que ha acabado desplazando en gran medida a los tres reyes magos, que no dejan de ser también exóticos, pero que al menos siempre nos han resultado cercanos y queridos con independencia de ser monárquicos o republicanos.

            Campana sobre campana, el tamborilero, los peces en el río… tan reconocibles y repetidos, han sido sustituidos por los jingle bells, o jolly night, All I Want for Christmas is You… tan poco entendibles como descontextualizados, pero que al estar cantados en inglés parece como que tienen más caché.

            Curiosamente es lo que está pasando con las referentes enfermeras. Parece que por ser extranjeras y hablar en inglés ya aportan mucho más que cualquier otra enfermera española y se convierten en referentes reconocibles, al contrario de lo que sucede con la mayoría de grandes enfermeras españolas que no tan solo no se identifican como referentes, sino que en cuanto se identifica que lo son, se busca cualquier excusa para atacarlas.

            En cuanto a la producción científica enfermera al estar escrita en castellano parece que no sea de calidad y que las revistas españolas que las admiten no tengan entidad para estar en los puestos de cabeza del gran mercado científico editorial, manejado y controlado por el ámbito anglosajón, hacia donde se ha determinado que se deben dirigir las investigaciones enfermeras escritas, claro está, en inglés. Lo de menos es que los resultados no sean accesibles para la gran mayoría de las enfermeras españolas, porque lo que cuenta es estar en el JCR y a ser posible en el cuartil 1.

            En fin, que en tras estos símiles navideños deseo que cuanto antes puedan volver a casa todas aquellas enfermeras que lo quieran hacer y que no tan solo lo hagan por Navidad, sino para contribuir con su aportación a la calidad de los cuidados enfermeros en nuestro país. Que por otra parte no tengan que emigrar, forzosamente, más enfermeras para poder trabajar y que puedan hacerlo en España, donde tantas enfermeras faltan.

            Espero que las enfermeras dejemos de repetir determinadas acciones de manera mimética y rutinaria por el simple hecho de haberse hecho siempre así y que nuestra dirección no sea mecánica y en una sola dirección, sino que adoptemos direcciones diferentes en base a la innovación, las propuestas razonadas y los planteamientos críticos para dar respuesta a problemas tan graves como la violencia de género, la migración, la pobreza, la inequidad en los que tanto tenemos que aportar. Que la sonrisa, además, no sea nuestra seña exclusiva de identidad, aunque siempre es agradable que se tenga, pero no en mayor medida de lo que se puede y debe exigir a cualquiera.

            No deseo, sin embargo, suerte a las enfermeras, por entender que la suerte es la excusa de los mediocres y la guardiana de los necios, ni fortuna porque es la madre de los pesares. Lo que deseo y espero es que nuestra aportación única e intransferible sea el aval de nuestro respeto, visibilidad y reconocimiento tanto de la sociedad, que cada vez lo hace en mayor medida, como de la administración que tan frecuentemente nos lo niega.

            Que la alegría y la motivación de nuestra efervescente ilusión no acaben siendo burbujas efímeras que pierden su fuerza y con ella la alegría de creer en lo que somos y de lo que somos capaces como enfermeras. Que continuemos siendo referencia y esencia de la salud para las personas, las familias y la comunidad, con las que poder brindar por el bienestar alcanzado de manera conjunta en entornos saludables.

            Que nuestras enfermeras referentes sean reconocibles, reconocidas, y respetadas para avanzar en el desarrollo de la enfermería. No es necesario desplazar ni sustituir a nuestras enfermeras para reconocer a enfermeras foráneas. El reconocimiento mutuo es compatible, necesario y muy recomendable.

            Que las enfermeras españolas puedan publicar los resultados de sus investigaciones allá donde consideren que pueden tener mayor difusión y utilidad y que no sean tan solo criterios mercantilistas del conocimiento los que marquen la dirección y el idioma utilizado.

            Y todo ello lo pido en casa por Navidad, dirigiéndome al portal enfermero con la alegría efervescente de ser y sentirme enfermera, sin creer en la suerte, pero deseando que se logre la riqueza de nuestro desarrollo respetando y reconociendo a nuestras referentes enfermeras y trasladándolo en nuestra lengua que es vehículo de conocimiento, pero también de amistad.

            Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo 2020.

DOCENCIA EN ENFERMERÍA Y FUTURO DE LAS ENFERMERAS Universidad, inmovilismo y mercantilismo.

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A mis estudiantes, que tanto me aportan y de los que tanto aprendo y espero.

         He de confesar que todos los años, cuando llega el momento de empezar las clases de mi asignatura, me entra cierta ansiedad. No se trata tanto del hecho de impartir las clases como de la curiosidad por conocer a las/os nuevas/os estudiantes.

          Mi asignatura la imparto en 4º del grado de Enfermería. A esas alturas las/os estudiantes ya se deberían haber hecho una idea de lo que es y lo que no es, ser y sentirse enfermera. Sin embargo, muchas veces, más de las que me gustaría, me encuentro con una perspectiva totalmente diferente. Los trabajos, los exámenes, los practicum, las simulaciones, los seminarios… ocupan todo su tiempo, pero lo que es peor, ocupan toda su mente. No dejan, o no les dejamos, espacio para la reflexión, para el análisis, para el debate, para las dudas, para los sentimientos… y eso les lleva a relativizarlo todo en torno al examen, a la evaluación, a la nota, a acabar cuanto antes para poder trabajar, lo que les deja poco margen para aprender.

          Ese planteamiento me genera muchas dudas en cuanto a lo que estamos y no estamos haciendo como docentes en la universidad. En cuanto a lo que estamos y no estamos transmitiendo en las aulas. En cuanto a lo que esperan y no reciben las/os estudiantes. En cuanto a expectativas cubiertas y no cubiertas. En cuanto a imagen, valor, referentes, ética, compromiso, implicación, conformismo, autonomía, posicionamiento… que o bien damos por sentado que ya poseen o bien pensamos que no corresponde abordar.

          En un contexto en el que, quienes como enfermeras nos dedicamos a la docencia universitaria, estamos muy mediatizados por la presión del sexenio, de las publicaciones y de la investigación, que ocupan un espacio cada vez mayor del tiempo. La docencia se convierte en una “obligación”, en un POI que hay que rellenar y que hay que cumplir. Y esa “obligación” repercute en la calidad, y ese “rellenar” en una rutina que deseamos se cumpla cuanto antes para volver a lo que realmente importa, el sexenio, la investigación, la publicación en el primer quartil…

          Las aulas cada vez están más vacías en las horas de docencia en las que no es obligatoria la asistencia. Y no se trata de que la docencia que se imparte sea de mayor o menor calidad, que también. Se trata, básicamente de buscar espacios de tiempo en los que hacer los trabajos, estudiar o simplemente dar respuesta a necesidades personales, que también las tienen.

          Resulta triste identificar que, a punto de acabar el grado, muchas/os de esas/os estudiantes identifiquen su futuro exclusivamente en una unidad hospitalaria o en un centro de salud, y a ser posible cerca de su casa. Que la enfermedad siga siendo el foco principal con el que analizan cualquier intervención, abordaje, observación… Que la técnica siga siendo lo que acapara su mayor interés. Que sigan creyendo que no van a poder cambiar nada. Que la innovación sea una cuestión que no tiene cabida para ellas/os como enfermeras. Que la competencia política la entiendan como algo totalmente ajeno. Que la atención a problemas como el paro, la pobreza, la migración, la violencia de género, el aborto, la eutanasia… consideren que no va con las enfermeras porque nada pueden hacer para “solucionarlo”. Que la participación/intervención comunitarias es algo para lo que no van a tener tiempo. Que la docencia universitaria ni tan siquiera se la planteen. Que la investigación sea algo que les aburre y les de miedo. Que la educación para la salud la limiten a dar charlas. Que la promoción de la salud la confundan con la prevención de riesgos o la limiten a la nutrición y a la actividad física. Que la salud pública la reduzcan a vacunar. Que las intervenciones comunitarias las limiten a la educación sexual o las caminatas con personas con hipertensión o diabetes (para ellas/os hipertensos y diabéticos). Que su mayor referente, y casi único, sea Florence Nightingale. Que sigan verbalizando que quienes hacen o dejan de hacer es la enfermería en lugar de las enfermeras. Que crean que no pueden tomar decisiones sino se les autoriza a hacerlo. Que Alma Ata crean que es un señor o una señora que les suena de algo. Que la Atención Primaria la limiten al centro de salud. Que la autonomía no la relacionen con la responsabilidad. Que leyes como las de Sanidad, Autonomía Personal, Ordenación de las Profesiones Sanitarias, Salud Sexual y Reproductiva… para ellas/os sean tan solo textos legales que no les aportan nada. Que las familias sean identificadas únicamente como soporte del cuidado. Que no sepan diferenciar entre visita y atención domiciliaria. Que la intersectorialidad sea algo desconocido. Que el trabajo en equipo se reduzca únicamente a trabajar juntos en un mismo espacio. Que la gestión enfermera piensen que no va con ellas/os como enfermeras. Que la evaluación sea algo que hacen exclusivamente las/os gestoras/es. Que sigan reclamando una ley de funciones enfermeras. Que no entiendan que no se pueden dar respuestas enfermeras desde el paradigma médico. Que reduzcan la consulta enfermera a un espacio de toma de constantes exclusivamente. Que las úlceras, las heridas, la diabetes… forman parte de personas y que a quien hay que atender es estas. Que las necesidades deben ser identificadas y no tan solo percibidas. Que la observación es una herramienta fundamental de la atención enfermera para sustituir la interpretación. Que únicamente la atención individual no puede solucionar los problemas de salud. Que la atención enfermera no se limita a la estandarización de los cuidados. Que el sindicato y el colegio profesional no son los únicos referentes profesionales que identifiquen, no sabiendo qué son y qué valor tienen las sociedades científicas. Que se sientan incómodos, pero sorpresivamente más incómodas, denominándose o siendo denominados/as como enfermeras…

          Todas estas limitaciones, confusiones, incertidumbres, dudas, simplificaciones… además, se reducen a preguntas como ¿qué va para el examen?, ¿Cuándo vas a colgar los apuntes? Que suponen un reduccionismo absoluto del proceso de enseñanza aprendizaje a la realización de una prueba, en la mayoría de las ocasiones, tipo test que determinará finalmente quien tiene competencias o no para ser enfermera, en base a una escala numérica que determinará el éxito de su currículum.

          Ante este desolador panorama, al menos para mí, que quiero pensar que no es exclusivo del grado de enfermería, muchas veces nos limitamos a decir que la culpa es de las/os estudiantes que no muestran interés, que no tienen comprensión lectora, que no valoran el esfuerzo, que tan solo piensan en fiesta, que son millennials, que son un eslabón perdido, que no tienen valores… Incorporando un nuevo y demoledor reduccionismo en el análisis de una situación tan compleja como preocupante y etiquetándoles como se hace con tantas otras personas.

          En un país en el que no contamos con un modelo educativo consolidado ni consensuado, en el que la educación es un arma electoralista y política de adoctrinamiento; en el que el pensamiento crítico pasa a ser una anécdota; en el que la participación de las/os estudiantes se reduce a que pregunten en clase; en el que la disconformidad se identifica como una falta de respeto; en el que las notas están por encima de la creatividad; en el que la doctrina académica está por encima de la construcción compartida de conocimiento; en el que la dictadura del power point no deja paso a la innovación pedagógica; en el que el título otorga competencia y el crédito tan solo es un valor económico más en el mercantilismo universitario actual; en el que el talento es más un problema que la solución; en el que el apoyo al estudiante se reduce a una tutoría on line; en el que el entorno saludable no se contempla como una activo pedagógico y de salud; en el que el trabajo fin de grado se convierte en un requisito en lugar de en una herramienta de crecimiento; en el que la lectura, el cine, la prensa, la publicidad, las redes sociales… son identificados como distorsionadores en lugar de como facilitadores; en el que la intersectorialidad académica no tan solo no se practica sino que se limita; en el que los practicum pasan a ser compromisos ineludibles aislados del proceso de enseñanza-aprendizaje, con idénticos criterios evaluativos a los aplicados en las aulas en lugar de ser espacios de crecimiento personal y profesional; en el que las aulas se convierten en espacios de confinamiento que limitan o coartan otros espacios de aprendizaje; en el que salirse de esos parámetros supone ser identificado como raro, diferente, antisistema.

          Pero, año tras año, logro superar la ansiedad inicial y disfruto con la interrelación con las/os estudiantes. Es cierto que, inicialmente, cuesta que nos adaptemos las/os unas/os con el otro, porque las inercias son poderosas, los tópicos potentes y los estereotipos resistentes. Pero finalmente, quienes logran entender y compartir el espacio de crecimiento y construcción que tratamos de crear en conjunto acaban por disfrutar del “invento” de la “rareza”, de la “diferencia”. El examen les sigue preocupando, es un estigma muy interiorizado, pero les genera cada vez menos preocupación; los seminarios se transforman en experiencias novedosas a través de la hemeroteca o del vídeo que les permiten liberar su ingenio, su creatividad, su libertad, sus preocupaciones, sus miedos, sus esperanzas, sus sentimientos, sus emociones y sus fortalezas para convertirlas en expresiones didácticas cargadas de fuerza y testimonio con mirada enfermera sobre migración, pobreza, violencia de género, malos tratos en la infancia, aborto, eutanasia, movimientos antivacunas, vulnerabilidad, dependencia a redes sociales… que nunca me dejan de sorprender por su realidad, proximidad, crudeza, sinceridad, rebeldía, inconformismo, determinación, valentía, coraje…  Y es en ese momento en el que venzo la ansiedad y me invade una gran satisfacción al comprobar que existe una gran esperanza en el futuro de las enfermeras.

Por contra, muchas/os culpabilizan y amedrentan a las/os estudiantes de dicha situación, a través de su conformismo, inmovilidad y mediocridad. Identificando a la/os estudiantes tan solo como números o consumidores de créditos, como parte necesaria del capitalismo rentista que tan solo mira por el beneficio último, que no es otro, que el de la titulación que les permitirá ser incorporadas/os a la cadena de producción de una sociedad a la que tanto cuesta valorar la aportación real de las enfermeras como consecuencia de ese proceso estandarizado al que se aferra.

          Pero estoy convencido de que las enfermeras jóvenes serán capaces, finalmente, de posicionarse y vencer la parálisis que impide eliminar estándares, normas y costumbres que tan solo cuentan con el argumento de su perdurabilidad en el tiempo.

          El problema de las enfermeras, por tanto, no es de juventud, es de quienes con sus actitudes, comportamientos y planes inmovilistas y caducos no dejan que otra realidad sea posible sin que obligatoriamente pase por el tamiz de lo establecido.

          Me consta que son muchas las enfermeras docentes que participan de este planteamiento, aunque también me consta que perduran múltiples barreras que hay que salvar para que nuestra ansiedad desaparezca definitivamente y deje paso a que la docencia enfermera sea un espacio compartido de construcción del conocimiento, la mirada, el posicionamiento, el valor y la conciencia enfermeras. Lo contrario tan solo nos llevará al ostracismo, la regresión y el inmovilismo, que será aprovechado por otros para colonizar el espacio y conocimiento propios.

          La Universidad, que hace más de 40 años convertimos en ámbito de desarrollo y libertad no puede cambiar a un espacio de invisibilización y fagocitación que forme enfermeras como simples instrumentos de la sanidad.

          El recuerdo de quienes, con su energía, conocimiento y esfuerzo, lograron situarnos en la universidad debe servirnos para que ahora trabajemos con renovada energía, conocimiento científico y redoblado esfuerzo, dignificando e innovando la docencia enfermera para formar a las enfermeras que espera y necesita la sociedad.

A PROPÓSITO DE MELENDI

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            Dice el refranero popular, sabio a pesar de ello o precisamente por ello, que no ofende quien quiere sino quien puede.

            A propósito de Melendi y su canción “Síndrome de Estocolmo” parece que el mediático artista no tan solo ha tenido voluntad de ofender, sino que ha utilizado su fama y su difusión para hacer daño.

            La ofensa en sí misma puede ser el resultado de un mal momento, una discusión, un enfado o una borrachera. Sin embargo, utilizar la ofensa y difundirla masivamente de manera premeditada, consciente y alevosa, encierra en sí mismo una clara intención de hacer daño, o una gran ignorancia sobre aquello que se habla. En este sentido y parafraseando al gran Groucho Marx, hubiese valido la pena que permaneciese callado, y que pareciese tonto, que haber escrito esta canción, con la que ha despejado todas las dudas. Y es que el idiota grita, en este caso canta, el inteligente opina y el sabio calla, sin embargo, él ha permitido que su lengua corriese mucho más rápido que su lenta inteligencia.

            Tal como dijo Glenn Doman, la inteligencia es consecuencia del pensamiento, no el pensamiento de la inteligencia. Y eso parece ser que es lo que le pasó a Melendi al escribir esta canción que, con su pensamiento, al realizar las rimas, dejó al descubierto su falta de inteligencia. Ya avisó Sir Francis Bacon de que no hay cosa que cause más daño que pasar por inteligente la gente astuta. Porque la capacidad o astucia de componer canciones, como la de hablar, no hace a nadie inteligente, a pesar de su deseo de parecerlo.  Cuanto menos, ya que no hace algo inteligente, podría hacer lo correcto, es decir, callarse o informarse.

            Posiblemente, al escribir la canción fue víctima de su propia canción. En la misma dice que en él se ve:

Solo un prisionero

De la envidia y de los celos

De los roles, de los miedos

            Y ese prisionero, él mismo, de la envidia, de los celos y de los miedos a no se sabe qué, padece el síndrome con el que titula su canción, el de Estocolmo, al desarrollar una reacción de complicidad y vínculo afectivo consigo mismo que se tiene secuestrado y en ese delirio malinterpreta la ausencia de violencia de su letra con un acto de humanidad de la misma hacia él. Es decir, es víctima y agresor de su propia incoherencia.

            No sé, tampoco me interesa demasiado, lo que a él le habrá costado ser cantante, que no buen cantante. Sin embargo, sé lo que cuesta ser buena enfermera, con independencia de las adicciones que puedan tener sus progenitores.

            Nunca se me ocurriría decir que este señor tan solo es cantante de pop, dando a entender que es algo mucho menor que serlo de jazz o de ópera. Se es lo que se es porque, en la mayoría de las ocasiones, se desea serlo y no porque no haya podido ser otra cosa. A no ser que en su subconsciente lo que esté intentando decir es que a él sí que le hubiese gustado ser otra cosa y no ser tan solo cantante. Es lo que tiene padecer el Síndrome de Estocolmo y cantar sobre él utilizando a las enfermeras para tratar de esconder sus miserias.

            Séneca decía que “Una persona inteligente se repone pronto de un fracaso. Un mediocre jamás se recupera de un éxito.” Y parece que a Melendi el éxito le ha hecho quedar secuestrado y no recuperarse, al no darse cuenta, como dijo Carmen Sylva que “La tontería se coloca siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia detrás, para ver.” Y él, enseguida vio a la tontería y se quedó prendado de ella.

            Esperemos que alguna vez Melendi se acerque a la inteligencia o mire tras de sí para descubrirla y deje de decir tonterías, dándose cuenta que su estupidez la confundía con inteligencia y sin percatarse que la inteligencia conocía bien a su estupidez.

            Si alguna vez logra liberarse del Síndrome de Estocolmo que padece puede que le permita acercarse a la inteligencia y darse cuenta de que no duele, ni provoca reacciones adversas.

            En cualquier caso, señor Melendi, a pesar de su malicioso y torpe intento por hacer daño, las enfermeras, llegado el momento que llegará, no dude que le cuidarán con la inteligencia, calidad y calidez que acostumbran, con independencia de su grado de estupidez o de quienes son y lo que hacen sus padres. Porque las enfermeras son profesionales inteligentes y muy bien preparadas, que eligieron ser eso, enfermeras, y no ninguna otra cosa, a pesar de la dificultad que supone lograrlo y practicarlo.

                 No estaría mal que hablase con James Rhodes, pianista británico, que recientemente ha dicho que las enfermeras españolas son las mejores del mundo. Punto.

                Por último y tal como dijera Oscar Wilde “Elijo a mis amigos por su apostura, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su inteligencia.”, por lo que nunca podrá ser mi amigo, pero tampoco mi enemigo y dudo que, del resto de las enfermeras, tampoco. Tenemos cosas más importantes en que ocupar nuestro tiempo, incluso el libre.

ETIQUETADOS

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            Ahora parece que está “de moda” decir que tenemos que llevar a cabo una atención humanizada. Y, por supuesto, no es que esté en contra de la atención humanizada, sino que desde la perspectiva enfermera no acabo de entender que tengamos que plantearlo como una novedad, una propuesta o una mejora, pues ello supondría tanto como reconocer que hasta ahora no lo estábamos haciendo. No entiendo la prestación de cuidados deshumanizada, no serían cuidados enfermeros. En cualquier caso, considero, que la humanización no depende de las disciplinas o de las profesiones desde las que se presta atención, sino de los profesionales de las mismas.

            Es tanto como decir qué fue antes, si el huevo o la gallina. ¿Estuvo siempre la Enfermería humanizada, o fueron las enfermeras las que la humanizaron? Creo, sinceramente, que entrar en este debate es una manera, como otra cualquiera, de perder el tiempo. Lo verdaderamente cierto es que hacer planteamientos de humanización en la Enfermería es como hacerlos de respeto en el Magisterio o de exactitud en las Matemáticas. Son inherentes a las propias disciplinas y a quienes deciden ejercerlas. No hacerlo iría en contra de los más elementales principios de las mismas.

            Sin embargo, existen comportamientos, normas, costumbres, actitudes… que se incorporan de manera rutinaria en el trabajo de las enfermeras y que hacen que la prestación de sus cuidados quede devaluada no tanto por lo que hacen sino por las etiquetas con las que, lamentablemente y de manera totalmente naturalizada y normalizada etiquetamos a las personas a las que atendemos.

            La RAE define etiqueta como la “pieza de papel, cartón u otro material semejante, generalmente rectangular, que se coloca en un objeto o en una mercancía para identificación, valoración, clasificación, etc. O como una “calificación estereotipada y simplificadora”.

            Cuando sustituimos el valor de la persona a la que atendemos, su identidad, su individualidad, su intimidad por el de la enfermedad o la discapacidad que padece es realmente cuando estamos fallando como enfermeras. La cosificación en forma de etiqueta califica, clasifica y simplifica a la persona y la transforma en un número más que se incorpora a su grupo de mercancía sanitaria. La diabetes le convierte en diabético, la hipertensión en hipertenso o la discapacidad en discapacitado, anulando cualquier otra capacidad o rasgo de identidad que, como persona, pueda tener.

            A partir de ese momento, la persona pasa a ser un objeto de estudio, de análisis, de observación en el mejor de los casos, que se mide, se pesa, se cuantifica y se diagnostica para poder ser tratada de manera estandarizada, con el objetivo de que se ajuste a los patrones establecidos, para lo cual posiblemente se le prohíba, prescriba, ordene… todo aquello que debe hacer para, teóricamente, recuperar la salud perdida.

            Cuando una persona con diabetes pasa a ser diabética, deja de controlar parte de su vida para dejarla en manos de alguien que le dirá en cada momento que es lo que debe o no debe hacer, que puede o no puede comer, que deberá o no deberá hacer para mantenerse en los límites que marca la ciencia.

            Si no somos capaces de anteponer la persona a la enfermedad, las emociones y los sentimientos a los signos y síntomas, las preocupaciones o las dudas a los parámetros de glucosa, tensión o colesterol a, la familia a la dieta o la comunidad a la insulina, el afrontamiento que esta persona tiene que hacer ante este problema de salud influido por la diabetes acabará por superarle a ella a su familia y a su entorno, generando dependencia, inestabilidad, ansiedad y miedo, además de provocar un mayor demanda de atención, un fracaso terapéutico…

            Si, por el contrario, la persona se antepone a la diabetes, y como enfermeras somos capaces de escuchar cómo vive esta nueva situación vital, con qué recursos personales cuenta, qué soporte familiar y social tiene, qué le preocupa… podremos llegar a consensuar con ella los objetivos que le permitan afrontar con éxito y autonomía el proceso de salud-enfermedad de la diabetes de manera individualizada sin que tenga que renunciar a seguir siendo una persona y no una etiqueta. La diabetes, que como enfermeras también controlamos, ya ha sido diagnosticada y tratada por otro profesional que desde el paradigma centrado en la enfermedad habrá intervenido y que domina. Desde el paradigma enfermero, nuestra principal preocupación, por tanto, ya no será la diabetes sino cómo esta influye en la persona, su familia y su entorno y qué cuidados deberemos prestar para que sepa afrontar su situación.

            Situarnos en el paradigma médico que ni dominamos ni nos es propio, para desde el mismo, llevar a cabo intervenciones enfermeras, conducirá irremediablemente a planteamientos fallidos, subsidiarios y delegados que no permitirán identificar el valor de nuestra aportación de cuidados.

            Da igual que ello lo hagamos con la mayor de las sonrisas, siendo simpáticas y cercanas, porque nuestros cuidados no serán enfermeros, sino una prestación enfermera hecha desde un paradigma ajeno.

            Pero el etiquetado no se circunscribe tan solo a las personas con enfermedad. Se generan y aceptan sistemáticamente más etiquetas.

            Así, cada vez es más frecuente la utilización de nuevas etiquetas para ocultar problemas que nos molestan y a los que no queremos prestar atención por creer que los mismos no nos afectan profesionalmente. De esta manera, al etiquetar el problema pasa a ser una nueva clasificación indeterminada y anónima que nos permite ocultar a las personas que situamos tras la misma.

            Últimamente tenemos un caso realmente preocupante. Hemos acuñado la etiqueta de los MENA (Menores Extranjeros No Acompañados). Etiquetados de esta manera ya dejan de ser niños con necesidades que podrían requerir de nuestra atención y nuestros cuidados. Pasan a ser un número, un problema, un dato a ser atendido en centros con condiciones deplorables en donde no reciben, muchas veces, la atención necesaria. Pero, sobre todo, lo que es mucho peor, es la total y naturalizada ignorancia a unas personas que pasan a ser una nuevo acrónimo estandarizado, despersonalizado, deshumanizado y reductor, que oculta un problema del cual no queremos saber nada. Nuestra actuación, en todo caso, se limitará a curar una herida, a poner una vacuna o a administrar una medicación, sin que hagamos nada por colaborar intersectorial y transdisciplinarmente en el abordaje de un problema humanitario a pesar de lo cual seguiremos diciendo que prestamos cuidados humanizados.

            Sin papeles, migrantes, sintecho, acosadas, parados, desalojados… son otras tantas etiquetas de las muchas que utilizamos para ocultar a las personas que padecen paro, hambre, violencia de género, falta de trabajo… y que nos hace mirar para otro lado por entender que no va con nosotras como enfermeras, más preocupadas de la tensión arterial o del peso del hipertenso o diabético sistemáticamente citado que de las necesidades que muchas personas etiquetadas y anónimas sufren en la comunidad de la que como enfermeras somos responsables.

Este es, a mi modo de ver, uno de los principales motivos por los cuales deberíamos preocuparnos para dar sentido a nuestra denominación como enfermeras comunitarias, a nuestra perspectiva holística, a nuestros cuidados integrales, a nuestra atención humanizada. Lo contrario nos tendría que hacer plantearnos el por qué nos denominamos enfermeras y comunitarias.

La humanización, por tanto, pasa por eliminar las etiquetas y recuperar a las personas con sus preocupaciones, sus miedos, sus fortalezas, sus debilidades, sus oportunidades, sus familias, sus entornos… generando espacios de confianza y saliendo de nuestros nichos ecológicos en los mal llamados centros de salud para situarnos en la comunidad para trabajar con y por la comunidad, para ser identificadas como referentes de los cuidados, para articular recursos, para facilitar respuestas, para atender demandas y defender derechos fundamentales sin los que no es posible alcanzar la salud y mucho menos hacerlo con la humanización que tan oportunista como demagógicamente se anuncia. A no ser que se trate de crear una nueva etiqueta con la que ocultar a las personas a las debemos prestar cuidados enfermeros de calidad. No podemos ni debemos seguir pensando que las soluciones dependen de otros. La solución, las soluciones, pasan por actuar y no por ignorar la realidad, por mucho que la misma no nos guste.

Yo, ahí lo dejo!!!!

ACTO ENTREGA PREMIOS CÁTEDRA ENFERMERÍA FAMILIAR Y COMUNITARIA

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Es para mí un verdadero honor poder presentar de nuevo estos Premios que vienen a reconocer el trabajo, el esfuerzo, la dedicación, la ilusión y el compromiso por la investigación, la docencia, la calidad de la atención y el compromiso con la enfermería y las enfermeras comunitarias.

La Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria ha venido trabajando, gracias al apoyo de la Universidad de Alicante, Ribera Salud y la Asociación de Enfermería Comunitaria, en este su segundo año de existencia, con decidida y renovada ilusión por visibilizar y poner en valor a las enfermeras comunitarias. Lamentamos que nuestro esfuerzo no siempre se vea acompañado por quienes tienen la capacidad última de tomar decisiones que las sitúen donde les corresponde, es decir, ocupando plazas de enfermeras comunitarias, sean de especialistas o de expertas generalistas. Pero también para que puedan participar, en igualdad de condiciones a otros profesionales con idéntica titulación académica, e incluso en ocasiones superior, a puestos en los que tengan capacidad de toma de decisiones y no únicamente como asesores que pudiendo ser escuchados no pueden decidir. No se trata de conceder tratos de favor, ni privilegios, ni puestos ad hoc, tan solo que se les den idénticas posibilidades en base a su capacidad y mérito. Esto, les recuerdo, es algo que va mucho más allá de lo que yo pueda desear y expresar. Esto, junto al aumento de plazas de enfermeras (sobre todo en Atención Primaria, es decir de enfermeras comunitarias) es lo que está solicitando que se haga alguien tan poco sospechoso como la OMS y la ONU en la campaña por ellas auspiciada, denominada Nursing Now. Campaña, por otra parte, que ha sido reconocida y a la que se han adherido los máximos representantes de las organizaciones gubernamentales nacionales y autonómicas de nuestro país. Por lo tanto, es justo solicitar que la adhesión vaya más allá de una firma y una foto y se traduzca finalmente en hechos constatables que demuestren el compromiso adquirido.

No sería justo, sin embargo, dejar en el olvido algunos esfuerzos realizados, que han dado sus frutos, como por ejemplo la elaboración de un Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que facilite el necesario y deseado cambio de paradigma en el que tanto tienen que aportar las Enfermeras Comunitarias. Pero el Marco, señoras y señores, por bonito que sea, estará vacío sino somos capaces de poner la foto que corresponde para que realmente pueda reflejar lo que se pretende.

La Especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, sigue siendo, la asignatura pendiente de las administraciones sanitarias a la que, más allá de esporádicas y testimoniales decisiones, no son capaces de dar soluciones que permitan articular coordinar y situar en las organizaciones sanitarias con perfiles claramente definidos y con una prueba excepcional, aún pendiente de resolver, que sigue generando retraso tras retraso a pesar de su anunciada resolución.

Me gustaría, en un día de celebración y alegría como hoy, tener otro mensaje que transmitirles. Pero creo que ocultar la realidad es contribuir a la parálisis que padece la Enfermería Comunitaria y, desde la Cátedra, tenemos el compromiso de trabajar, junto a organizaciones, instituciones, sociedades científicas, universidades y ciudadanía, para mejorar la calidad de la atención que permita una de nuestras máximas, que es mantener sanos a los sanos. Y para ello hace falta poner negro sobre blanco para que pueda ser leído y escuchado por todas/os.

No se trata, en cualquier caso, de una simple reivindicación, sino de la manifestación clara y evidente de una necesidad profesional, organizacional y social a la que, entre todos, hay que dar respuesta. Celebremos pues la ocasión que nos ofrece este acto para que las palabras y lo que de deseo expresan, dejen paso a los hechos para darles cumplida respuesta. Estoy convencido de que todo ello es posible y por eso lo expreso y lo traslado.

Los trabajos y aportaciones que hoy se premian, junto a las muchas que lamentablemente no han obtenido dicho reconocimiento a pesar de su calidad, demuestran lo mucho y bueno que aportan y pueden aportar las enfermeras comunitarias. Pero, siendo importante este reconocimiento, lo verdaderamente importante es que las pruebas y experiencias se pudieran trasladar al ámbito de la atención con el fin de lograr una mejora en la prestación de cuidados enfermeros. El merecido aplauso que hoy obtengan de su parte, debería poder tener continuidad con el reconocimiento a su esfuerzo y aportación por parte de las administraciones sanitarias. Dejar escapar esta oportunidad es convertir estos premios en una efímera alegría que debiera tener continuidad.

Gracias de nuevo a todas y todos por su presencia y espero que disfruten del Acto tanto como nosotros lo hemos hecho durante todo este año de trabajo.

DE BACTERIAS, SONRISAS Y CAPITALISMO RENTISTA

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Para Carles Francino con todo mi aprecio y admiración

 

Ayer, con ocasión de la entrega de Premios de la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria, se emitió en directo el programa la Ventana, presentado y dirigido por Carles Francino, desde el Salón de Actos de la Facultad de Educación de la Universidad de Alicante.

Tuve la ocasión de participar en el mismo junto a Francis Mojica, microbiólogo, investigador y profesor español titular del Departamento de Fisiología, Genética y Microbiología de la Universidad de Alicante. Sin duda un profesional relevante en varias ocasiones propuesto al Premio Nobel.

Dicen que las comparaciones son odiosas, sin duda, y posiblemente esta no escape a esta afirmación. Sin embrago no me resisto a reflexionar sobre ella.

Lo primero que diré es que no tan solo no pongo en duda la capacidad, mérito y aportación del Profesor Mojica, al contrario, considero que es muy importante destacar sus contribuciones a la ciencia y a sus posibles aplicaciones a la salud comunitaria con sus investigaciones sobre el CISPR (lustered regularly interspaced short palindromic repeats-Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Interespaciadas).

Dicho lo cual parece que mi presencia en el coloquio quedaba empequeñecida por tan reconocido científico. Carles Francino quiso conectar nuestra concurrencia en la improvisada cabina radiofónica del salón de actos, planteando la interrogante de ¿qué relación podía existir entre una sonrisa y una bacteria? La sonrisa la ponía yo como enfermera y la bacteria el Sr. Mojica como científico.

La cuestión no tendría mayor trascendencia sino fuese porque, una vez más, se trata de establecer una relación tan desigual como fallida, entre los paradigmas, representados por ambos contertulios, tan diferentes como necesarios, entre los que siempre existe una clara sublimación hacia el que se centra en la bilogía, la medicina, las bacterias, la enfermedad… frente al que lo hace en los sentimientos, las emociones, el afrontamiento, las necesidades humanas, la salud… De tal forma que siempre se acaba por sucumbir a su encantamiento.

Y esto es lo que sucedió ayer. En el reduccionismo a sonrisa y bacteria de dos trabajos, disciplinas, ciencias, profesiones… ganó la bacteria que acaparó mayor atención, generó mayor debate y suscitó mayor admiración que la sonrisa de las enfermeras comunitarias.

El CISPR, acrónimo tan extraño como esperanzador, rastrea bacterias en las salinas de Santa Pola para editar o corregir el genoma de cualquier célula, mientras los cuidados rastrean en las necesidades de las personas para que estas sean capaces de afrontar sus procesos de cuidados y que sean más autónomas, responsables y saludables.

Pareciera que, si no existen bacterias, virus, microorganismos, signos, síntomas, enfermedades… no tuviese importancia lo aportado para lograr promocionar o mantener la salud de las personas. Como si tan solo desde la biología se pudiese investigar o actuar.

En un momento de tan interesante entrevista Carles Francino se interesó por la financiación que tan importante proyecto recibía, a lo que el profesor Mojica respondió que muy poco. No pongo en duda que las aportaciones recibidas serán de todo punto insuficientes, pero en ningún momento se planteó por parte de los contertulios presentes preguntar si nosotras, las enfermeras, sufríamos penurias financieras similares para nuestras investigaciones, ni tan siquiera si investigábamos y sobre qué. Y aquí es donde radica la diferencia entre la bacteria y la sonrisa. Para la bacteria sí que se identifica de inmediato la necesidad, e incluso la urgencia, de investigación y de financiación, pero para la sonrisa, con tenerla y ejercerla ya se da por hecho que no se precisa ninguna investigación y aún menos financiación. Aunque intervine para decir que, si parecía poca la financiación para el CISPR, que se imaginasen la que teníamos las enfermeras para investigar, por ejemplo, sobre las necesidades de las cuidadoras familiares, lo que arrancó un alentador aplauso del público, lo que sigue prevaleciendo en el imaginario popular es que las enfermeras con ser simpáticas ya tenemos suficiente y que para eso no hace falta investigar. Porque sino, no se entiende que siendo representante de una Cátedra Universitaria no se me preguntase por las investigaciones que desde la misma se están apoyando y se centrase el interés en lo que somos las enfermeras comunitarias porque no está claro. Y aquí, es preciso hacer un ejercicio de reflexión y autocrítica. Porque si después de más de 35 años de enfermería comunitaria, que aún a día de hoy se nos siga interpelando por lo que somos y no por lo que aportamos, quiere decirse que algo debemos estar haciendo mal, algo no sabemos transmitir, algo no sabemos visibilizar para que nos sigan identificando con una sonrisa tan solo. Estoy convencido que tras esa importante sonrisa hay mucho más. Y a todo esto, no entiendo por qué solo las enfermeras debamos mantener una sonrisa permanente de simpatía y que no se les exija de igual modo a los investigadores de bacterias, por ejemplo, esa simpatía, mediante una sonrisa. Será que las bacterias no necesitan que les sonrían.

En cualquier caso, lo que queda de manifiesto, una vez más, es el largo recorrido que nos queda por delante si queremos que las aportaciones de las enfermeras no queden permanentemente reducidas a la simpatía y la sonrisa que utilizamos para hacerla patente, sin que ello signifique que debamos renunciar a ella, claro.

Pero la interrelación con Francino dio más de sí. Él comentó que actualmente estábamos instalados en el capitalismo rentista, es decir, en la creencia en prácticas económicas de monopolización de acceso a cualquier clase de propiedad (física, financiera, intelectual, etc.), que permiten obtener cantidades significativas de beneficios sin contribuir a la sociedad[1]. A lo que yo añadiría que no tan solo sin contribuir a la sociedad, sino que sin que a esa misma sociedad se la haga partícipe en ningún momento de esa estrategia, para lograr así mayor beneficio que es a lo único que obedece este capitalismo. Y a esto hay que añadir, según sus palabras, la política de calculadora a la que le cuesta mucho mover un dedo sin hacer suya antes esta relación del coste beneficio.

Y esto lo decía en su agradecimiento por haber recibido el premio de la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria, para destacar que en esa sociedad rentista y con esa política, tenía mucho mérito que profesionales como las enfermeras nos levantásemos todos los días para seguir siendo y sintiéndonos enfermeras.

Y esto que está muy bien, al igual que su compromiso por seguir haciéndolo visible o audible, a través de la radio, no debe quedar nunca, en mi opinión, en un hecho puntual, anecdótico, causal o, en ocasiones oportunista. Esto, al contrario, debe integrarse en el análisis, reflexión, debate… habituales, cuando se hable de salud, de cuidados, de sanidad, de necesidades de salud… en y por los que las enfermeras estamos permanentemente implicadas y por los que nos levantamos cada día para tratar de conseguir una sociedad más saludable. Y para ello debería estar presentes en todos los foros donde se hablase de ello sean de radio, televisión, o cualquier otro medio de comunicación, para opinar y aportar sus conocimientos que permitan que esa misma sociedad nos identifique por algo más que por nuestra sonrisa.

Está muy bien y agradecemos el esfuerzo por alabar y visibilizar nuestra imagen, pero quedarse ahí es una forma más de capitalismo rentista, al dar voz tan solo a quienes se sigue identificando como protagonistas exclusivos de la salud e incluso de la vida. Sin duda, su aportación es fundamental, pero es tan solo una parte, y no siempre la más importante, en todo el proceso de salud enfermedad en el que, repito, las enfermeras seguimos sin contar en la última línea del coste beneficio de ese capitalismo rentista que nos invade y en el que subsistimos y en el que, sin darnos cuenta, quiero pensar y creer, muchas veces participamos perpetuándolo con nuestros posicionamientos, nuestras acciones e incluso nuestras decisiones.

A ello hay que añadir, como dice Carles, la política que no mueve un dedo y se instala también en ese capitalismo rentista. Y desde el mismo, toma decisiones con las que siempre acabamos perjudicadas las enfermeras, aunque luego traten de enmascararlo o maquillarlo con sus eufemísticas declaraciones de alabanza hacia nosotras y nuestras aportaciones. Finalmente, se limitan a situarse en esa última línea del coste beneficio en el que las enfermeras siempre somos identificadas como coste.

Gracias Carles, de todo corazón, por tu aportación a la visibilización enfermera. Ahora tan solo queda que esa visibilización se haga efectiva más allá de la relación diaria que mantenemos con las personas a las que prestamos nuestros cuidados para que nuestra sonrisa tenga, cuanto menos, igual importancia que la bacteria en la promoción y mantenimiento de la salud en este capitalismo rentista y en esa política del conocimiento y la salud en el que también nosotras las enfermeras subsistimos.

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Capitalismo_rentista