
Hoy tenemos la suerte de contar con la aportación de un gran profesional enfermero como Ginés Mateo Martínez.
Ginés Mateo Martínez es enfermero, especialista en Salud Mental, máster en investigación y doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es profesor en áreas de salud mental y sociología del cuidado. Sus principales intereses se centran en la identidad profesional y en las dimensiones psicosociológicas del cuidado.
Y su entrada en esta sección de Otras Miradas nos aporta una refelexión sobre algo de lo que tanto se habla, pero que, como suele suceder, se hace de manera tan sesgada y alejada de la verdad de la realidad social.
Gracias Ginés por asomarte a este Blog y ofrecernos tu mirada.
VIVIR SIN NADIE
La epidemia silenciosa de la soledad no elegida
Hay una forma de soledad que no tiene que ver con elegir estar a solas, con el retiro voluntario o con la necesidad legítima de silencio. Es otra cosa. Es la soledad que irrumpe cuando los vínculos se debilitan, cuando los apoyos se rompen o cuando, aun estando rodeados de gente, uno se siente profundamente solo. Es la soledad no elegida: una experiencia cada vez más frecuente y, sin embargo, todavía poco pensada desde una perspectiva integral de salud.
Durante mucho tiempo, la soledad se ha asociado casi exclusivamente a la vejez. Hoy sabemos que eso es una simplificación peligrosa. La soledad no elegida atraviesa todas las edades: infancia, adolescencia, adultez y vejez. Puede aparecer en grandes ciudades hiperconectadas o en pequeños entornos rurales aparentemente cohesionados. Puede darse en personas con pareja, con familia, con trabajo, con redes sociales activas. Porque no depende tanto del número de contactos como de la calidad del vínculo.
Desde una mirada enfermera, la soledad no elegida no es solo un estado emocional: es un determinante de salud. Afecta al bienestar psicológico, a la salud física, a la adherencia a los cuidados, a la capacidad de afrontar la enfermedad, al sentido de continuidad vital. La evidencia es cada vez más clara: la soledad sostenida en el tiempo se asocia a mayor riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares e incluso mayor mortalidad.
Pero ¿cómo se llega a esa soledad?
No hay una sola vía. Hay trayectorias. A veces empieza con una pérdida: una muerte, una ruptura, una migración, un cambio de etapa vital. Otras veces se va gestando en procesos más silenciosos: precariedad laboral, sobrecarga de cuidados, enfermedad crónica, estigmatización, aislamiento social progresivo. En niños y adolescentes puede aparecer ligada al acoso, a la dificultad para encajar, a contextos familiares frágiles o a entornos comunitarios empobrecidos. En personas adultas, a ritmos de vida que erosionan el tiempo compartido, a trabajos que desconectan, a ciudades que fragmentan. En mayores, a la jubilación, a la viudez, a la pérdida de roles y de espacios de pertenencia.
Lo común en todas estas situaciones no es la ausencia de gente, sino la ausencia de reconocimiento, de sostén, de reciprocidad.
Aquí es donde la familia —en sentido amplio, no idealizado— vuelve a ocupar un lugar central. No como institución perfecta, sino como primer espacio de socialización, de cuidado y de sentido. Cuando funciona como red de apoyo, la familia puede ser un potente factor protector frente a la soledad. Cuando está ausente, fragmentada o desbordada, la vulnerabilidad se multiplica.
Desde la práctica enfermera, esto se ve todos los días. Personas que acuden a consulta no solo con síntomas, sino con historias de desvinculación. Personas cuya principal herida no es solo clínica, sino relacional. Familias agotadas, cuidadoras solas, adolescentes sin espacios de escucha, mayores que “no quieren molestar”. En muchos casos, la intervención sanitaria clásica se queda corta si no se acompaña de una lectura relacional y comunitaria de lo que está pasando.
Por eso, hablar de soledad no elegida es también hablar de responsabilidad colectiva. No basta con individualizar el problema en la persona que “se siente sola”. Hay que mirar los contextos: ¿qué tipo de barrios construimos? ¿Qué tiempos de vida sostenemos? ¿Qué políticas de conciliación existen? ¿Qué espacios comunitarios cuidamos o dejamos morir? ¿Qué lugar damos a la dependencia, a la fragilidad, al cuidado?
Las enfermeras tienen aquí un papel privilegiado. No solo por su cercanía a las personas y a los territorios, sino porque trabajan precisamente en ese “entre” o en esa intemperie: entre lo clínico y lo social, entre lo individual y lo familiar, entre el síntoma y la historia de vida. Detectar soledad no elegida no es solo pasar un cuestionario: es escuchar, es leer silencios, es comprender trayectorias, es ver quién acompaña y quién ya no está. Y también es activar redes: apoyar a las familias, fortalecer recursos comunitarios, coordinar con lo social, promover espacios de encuentro, legitimar el cuidado como valor central y no como residuo invisible.
Quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea esta: volver a pensar el cuidado como vínculo. No solo como técnica, no solo como procedimiento, sino como tejido que sostiene vidas. En un mundo cada vez más rápido, más fragmentado y exigente, la soledad no elegida es una señal de alarma. Y también una invitación: a reconstruir comunidad, a cuidar a quienes cuidan, a no dejar a nadie solo con su fragilidad.
Porque la salud no se juega solo en los cuerpos. Se juega, sobre todo, en los lazos.

