ENFERMERÍA. Formación Profesional y Universidad. Realidad disociada.

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Hallarás la distancia que te separa de ellos, uniéndote a ellos.

Antonio Porchia[1]

 

Dedicado a Joan Manuel Pérez Vicens

 

En la estela de mi anterior entrada sobre ser y sentirse enfermeras, me parece importante y, además, así me lo trasladó Joan Manuel, no dejar fuera de foco, como habitualmente solemos hacer, la formación de Auxiliares de Enfermería (AE) o Técnicos en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE), que se lleva a cabo en el ámbito de la Formación Profesional (FP), en la que participan enfermeras como docentes.

En este sentido cabe destacar el “clasismo” generado con relación a la FP, pero también a la Educación Primaria y Secundaria en comparación a la Educación Superior o Universitaria.

Con la Educación Primaria, pasa como con la Atención Primaria en Sanidad. El hecho de llevar el apellido de “Primaria” en ambos casos, lejos de ser interpretado y valorado en base al impacto que, tanto esa primera educación como esa primera atención, tienen en una adecuada y eficaz formación y salud posteriores, lo es desde una perspectiva de descrédito y de minusvaloración por parte tanto de las/os docentes de otros niveles como de la propia sociedad. Como si lo que en dichos ámbitos se hace no tuviese mayor importancia o dificultad y no requiriese de una formación específica ni mucho menos especial. Cualquiera, parece que pueda ser maestra/o de primaria o enfermera de primaria.

La Educación Secundaria y la mal denominada Asistencia Especializada, por su parte, adquieren un mayor reconocimiento y valoración al tratarse de aspectos formativos y de asistencia específicos que requieren de una supuesta y más especializada preparación. Teniendo en cuenta que la especialización hace referencia a limitar una cosa a un uso o un fin determinados o a dar unos conocimientos especiales en una rama de la ciencia, arte, técnica o actividad, no tiene sentido que se limite dicha especialización al ámbito de la Formación Secundaria o de la Asistencia Hospitalaria, cuando, además, los hospitales no se crean para especializar a los profesionales ni los Institutos para hacer lo propio con las/os docentes, a pesar de lo que en apariencia pueda parecer, dado que son los profesionales los que crean la especialidad y con ella la fragmentación y no a la inversa. Pero estos ámbitos de formación y de atención tienen ya un reconocimiento mayor por parte de profesionales y sociedad. De partida, el hecho de considerar los diferentes ámbitos como niveles, ya les otorga una altura o un grado de desarrollo o de progreso que son identificados como diferentes desde una perspectiva de dificultad o especialidad, cuando realmente de lo que se trata es de enfoques, planteamientos, abordajes, análisis… adaptados a necesidades, factores, contextos, personas… que requieren de respuestas específicas y especializadas por igual en cada uno de los ámbitos, en función de la edad fundamentalmente.

Por último, en esa escala evaluativa en la que tanto nos gusta clasificarlo todo y a todos está la que se denomina Educación Superior o Universitaria. El simple hecho de situarla como superior ya le otorga un claro nivel de distinción y diferencia con relación a los otros dos ámbitos y, por tanto, ya de entrada, se le supone un valor mayor, tan solo por su denominación y con independencia de lo que la misma aporte de valor real.

Pero en esta clasificación tan caprichosa como perversa queda fuera la FP, como si de un reservorio para las anteriores se tratase, pero sin lograr incorporarse con un nivel que le otorgue valor y por lo tanto quedando relegada a una posición residual o menor y con un importante componente de estigmatización valorativa tanto por parte de las/os docentes como de la propia sociedad que la identifica como un mal menor en el conjunto del proceso educativo.

Lo dicho, por tanto, tan solo es una parte del grave problema que tiene el sistema educativo en nuestro país, favorecido por la falta, no tan solo de consenso y de voluntad política, sino por el permanente oportunismo político que antepone los intereses particulares al bien general, que impone las ideas en lugar de favorecer el que se puedan construir libremente, pretende maniatar el pensamiento, confunde educación con formación y ambas con aprendizaje, maniata la docencia con ataduras ideológicas e ideologizantes… en definitiva no considera la educación como un valor ajeno a la manipulación interesada y ligada a la hipocresía del bien particular.

Como consecuencia y centrándome en la FP que sistemáticamente queda excluida, o como mal menor, apartada o relegada del sistema educativo, quienes eligen dicho camino formativo son vistos, identificados y señalados como malos estudiantes, torpes o incluso problemáticos que acceden a ciclos formativos como si los mismos fuesen programas de rehabilitación en lugar de programas educativos de gran valor para la sociedad en múltiples sectores productivos y de servicios.

Centrándome en enfermería, en nuestro país, está fragmentada en base a la organización del sistema formativo que, en muchos casos no obedece a una planificación rigurosa sino a una distribución del conocimiento y de las competencias que no guarda la más mínima coherencia y que acaba por generar conflictos donde deberían plantearse planes articulados que promocionasen una formación longitudinal y continua en la que la Universidad no fuese percibida como un objetivo indispensable para el logro de la identidad, el reconocimiento y el valor que a la FP se le niega de manera sistemática y que provoca claras distorsiones, no tan solo en las dinámicas de aprendizaje, sino también en la coordinación entre las/os tituladas/os de ambos niveles de formación que posteriormente se trasladan e incorporan en las dinámicas laborales en las que trabajan unas/os y otras/os, generando situaciones de enfrentamiento y de percepción de intrusismo o bloqueo de competencias según se hagan por parte de unas/os u otras/os.

Otro factor importante es el hecho de la denominación, ya que las palabras no son inocentes y están cargadas de intención dependiendo de quién las utilice o las interprete. Es por ello que auxiliar puede identificarse como negativo, cuando la primera acepción que tiene en el diccionario es la de la persona que auxilia y, por tanto y en el caso que nos ocupa, que cuida. Sin embargo, se tiende a identificarla como la capacidad subalterna o subsidiaria hacia otras/os, incluso por parte de ellas/os mismas/os, lo que les hace buscar denominaciones diferenciadoras aunque estas acaben siendo acrónimos que pocos entienden, TCAE. En otros países no existe tal diferenciación semántica, aunque si exista a nivel de competencias en función del nivel de formación, experiencia, investigación, acreditación que permite tener un nivel u otro de competencia profesional con la denominación única de enfermera, estando perfectamente regulado por los Colegios Profesionales a diferencia de lo que sucede en nuestro país, que se dedican a otras muchas cosas que no les corresponden y lo que debieran hacer no lo asumen.

De igual forma en otros países no se establece un “foso” o una brecha formativa en Enfermería entre diferentes niveles de formación, al estar toda la formación en el ámbito de la Universidad o regulada de tal manera que no se identifican como barreras para el desarrollo profesional posterior en base al lugar dónde se hayan formado. Son posteriormente los Servicios de Salud y los Colegios Profesionales quienes establecen los criterios que permiten ir avanzado en una planificada y coherente carrera profesional y acreditaciones que facilitan una convivencia sin recelos y sospechas constantes entre unas/os y otras/os desde la percepción permanente de sometimiento o subsidiariedad, de unas/os, o bien por el constante posicionamiento de vigilancia ante lo que se identifica como invasión de competencias, de otras/os.

Por su parte las enfermeras que desarrollan docencia en FP son sistemáticamente olvidadas o valoradas de manera discriminatoria y negativa con relación a las que ejercen competencias docentes en la Universidad, lo que no deja de ser un fiel reflejo del “clasismo” existente en los diferentes ámbitos educativos en general y los de FP, en particular, por parte tanto de estudiantes, docentes, políticos y sociedad en general, que ven en los segundos un ámbito residual. Generando una clasificación que en el imaginario común establece como docentes de primera o de segunda en función del ámbito en que desarrollen su actividad.

Se ha generalizado e interiorizado en la población la cultura de la universidad como éxito u objetivo principal en el desarrollo educativo, interpretando como fracaso cualquier opción que no llegue a alcanzar dicha meta. La consecuencia es la desvalorización de la FP y la identificación de la misma como parte del fracaso comentado. Ambos factores conducen a que las opciones, a la hora de elegir la FP, se reduzcan significativamente o que se haga como mal menor y a que aumente la demanda de plazas en la Universidad, aunque la elección sea consecuencia más de un intento de adaptación a la expectativa social que al deseo real por acceder a la misma.

            El resultado de este escenario educativo supone una clara estigmatización de los estudios de FP que son identificados como menores, fáciles y secundarios, lo que automáticamente representa una clara y manifiesta asociación con las profesiones a las que dan acceso, que a pesar de la gran importancia que las mismas tienen no son valoradas al no haber sido desarrolladas en la Universidad, considerado el templo de la excelencia.

Esta situación provoca una importante disociación entre las titulaciones afines entre FP y Universidad, como es el caso de Enfermería, que se traduce en una clara insatisfacción entre quienes estudian FP, que finalmente deriva en reivindicaciones para que los estudios pasen a integrarse en la Universidad dado que es el ámbito educativo que entienden les proporcionará el valor que no encuentran en FP.

Por otra parte, no deja de ser una permanente contradicción el hecho de que, en Enfermería, por ejemplo, pero no solo en Enfermería, se hable de transdisciplinariedad, intersectorialidad, continuidad, trabajo en equipo… mientras FP y Universidad viven completamente de espaldas a dicha realidad, acabando por ser identificadas dichas características tan solo como un mantra teórico que no tiene reflejo en la realidad y que bien al contrario supone el germen de una confrontación que actúa de manera totalmente negativa en el desarrollo de la Enfermería, de los cuidados y de las/os propias/os AE, TCAE y enfermeras.

No existe comunicación alguna entre docentes de ambos ámbitos, no se plantean estrategias conjuntas que permitan abordar objetivos comunes para las/os estudiantes, no se diseñan actividades prácticas en las que abordar intereses compartidos, no se planifican contenidos docentes que complementen y eviten el solapamiento, la omisión o la repetición innecesaria de los mismos y que, al contrario, permitan una clara identificación de competencias y de trabajo colaborativo.

Tanto en FP como en la Universidad se desarrollan planes de estudio de Enfermería. En ambos ámbitos trabajan enfermeras que desarrollan, imparten y evalúan los planes de estudio. Las/os AE, TCAE y enfermeras acabarán coincidiendo en múltiples lugares de trabajo en los que van a necesitar entenderse y respetarse para poder prestar cuidados de calidad. Los cuidados que precisa la sociedad van a necesitar tanto de unas/os como de otras/os. No existe una Enfermería de AE y TACE y otra de enfermeras. Es exactamente la misma Enfermería, de igual modo que no hay diferencia entre la Enfermería de especialistas, generalistas, la de Práctica Avanzada o la de quien tiene doctorado. No hay, por tanto, Enfermería de 1ª o de 2ª, ni Enfermería de FP y de Universidad. Existe una única Enfermería que, en todo caso, se estudia en diferentes ámbitos educativos que van a permitir adquirir competencias diferentes pero complementarias a quienes estudian en uno u otro ámbito.

Seguir planteando una disociación entre estudios de FP y Universidad como la que actualmente existe tan solo perpetuará los conflictos existentes y conducirá a que los mismos provoquen serios problemas en el desarrollo de la Enfermería que compartimos unas/os y otras/os. Mientras nosotras/os nos dediquemos a pelearnos por lo que justamente debiera unirnos, el vacío que dejemos será ocupado por alguien que después demandará como propio lo que hemos abandonado, logrando las competencias por las que nos enfrentamos.

Resulta imprescindible un análisis en profundidad del actual planteamiento educativo de la Enfermería tanto en FP y Universidad, al que tampoco es ajeno el Sistema de Salud.

Las enfermeras no debemos seguir dando la espalda a una realidad que nos desangra y nos enfrenta. Docentes de FP y Universidad, pero también enfermeras, AE y TCAE del ámbito de la atención debemos aparcar diferencias que tan solo nos dividen, para aunar esfuerzos que permitan poner en valor el trabajo de todas/os con independencia de que seamos AE, TCAE o enfermeras. La Enfermería a la que todas/os pertenecemos lo merece y la población a la que atendemos lo necesita.

Las/os docentes de Enfermería, en FP o en Universidad, necesitamos encontrarnos, hablar, analizar, reflexionar, debatir, consensuar… pero necesitamos también respetarnos y valorarnos como principio fundamental de entendimiento y unidad de acción. Lo contrario supondrá que otros decidan por nosotras/os.

No se trata de mimetizar modelos de otros países, pero tampoco podemos ser ajenos a realidades que funcionan y de las que podemos aprender para adaptarlas a nuestro contexto. Pero, sobre todo, se trata de que como profesionales que somos de Enfermería la dignifiquemos y la pongamos en valor. Ser y sentir la Enfermería también pasa por esto.

[1] Poeta italo-argentino (1885-1968)

SER Y SENTIRSE ENFERMERAS. Mucho más que un título

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Sentir es lo más valiente que hay. Requiere agallas.

Sergi Rufi[1]

Muchas veces cuando hablo de la importancia de ser y sentirse enfermera, de que ser enfermera es algo más que tener un título, que sentirse enfermera va más allá de lo que erróneamente se confunde con vocación y que durante tanto tiempo se asimiló a advocación, que actuar como enfermera no se limita a la aplicación de una técnica, que la mirada enfermera trasciende a la visión ocular, que hablar como enfermera no es utilizar únicamente la taxonomía o el lenguaje profesional propio… hay quienes creen y dicen que estoy obsesionado, que tengo fijación, que no tengo los pies en el suelo, que exagero… que a fin de cuentas, ser enfermera no deja de ser una profesión, una manera de ganarse la vida, nada más.

Reconozco la vehemencia en mis planteamientos, la convicción en mis creencias, la firmeza en mis posicionamientos, la constancia en mis mensajes, la motivación en mis ideas, la implicación en mis conocimientos… pero para nada los identifico como obsesión ni mucho menos como dogma de fe, que impidan la capacidad de pensamiento crítico, de análisis y de reflexión para admitir mis errores y cambiar el rumbo de mis planteamientos si me demuestran que estos son equivocados.

Sin embargo y lamentablemente, desde mi punto de vista, estamos inmersos en una visión de la enfermería que se aleja de la que a mí me trasladaron mis referentes y maestras cuando lograron que descubriese lo que era y significaba ser y sentirse enfermera, desde mi posición de ATS. Pero a lo peor es que ahora no se tienen, no se identifican o incluso se rechazan las/os referentes.

Dicen que las personas que se “reconvierten”, como las fumadoras o las alcohólicas, son las más firmes defensoras de su nueva condición y las que menos toleran las conductas que abandonan.

Yo, la verdad, no lo comparto. Soy exfumador y aunque me molesta el tabaco no tengo establecida ninguna cruzada contra quienes fuman. Pero ello no me impide que siga trabajando para que dicho hábito desaparezca o se reduzca de manera significativa. Son planteamientos diferentes.

Del mismo modo y aunque las comparaciones en sí mismas son odiosas y esta posiblemente lo sea aún mucho más, el hecho de abandonar mi condición de ATS, con todo lo que la misma significaba, para abrazar y hacer propia la condición de enfermera, con todo lo que la misma significa, en ningún caso supuso, ni supone un posicionamiento de intransigencia ni intolerancia hacia quienes piensan de manera diferente, lo que en ningún caso impide que mi posicionamiento sea vehemente, firme, constante, motivado, implicado… y siempre desde el máximo respeto.

Pero considero que no hay que confundir el debido respeto con tener que aceptar una realidad que claramente está alejada de lo que es ser y sentirse enfermera.

Confundir esta visión de la realidad que nos rodea es lo que nos está llevando, en muchas ocasiones, a perder la noción de lo que somos, enfermeras.

Como enfermera comunitaria que soy considero que, para poder hacer cualquier tipo de intervención, aunque la misma tan solo sea analítica o reflexiva como la que trato de elaborar, resulta imprescindible conocer el contexto y, por lo tanto, contextualizar. Y voy a centrarme en el contexto universitario por entender que el mismo es fundamental en el comportamiento y desarrollo de las futuras enfermeras.

Todas/os sabemos que la decisión para elegir estudiar enfermería está sujeta a múltiples factores e influenciada por importantes clichés sociales que son el inicio, muchas veces, de la falta de identidad con lo que se pretende ser.

Que la nota no alcance para estudiar medicina, ser el paso previo o pasarela para estudiar medicina, ser la tradición familiar, tener una idea equívoca de lo que es ser enfermera, confundir vocación con admiración, ser una forma fácil de tener un puesto fijo, confundir cuidar con curar… son tan solo algunos de esos factores que, ligados en muchas ocasiones a tópicos y estereotipos sociales que se reproducen y difunden, determinan una decisión que finalmente no cumple con lo que de la misma se esperaba o que acaban por “hacer” enfermera a alguien que ni quería se siente como tal.

Es cierto que resulta difícil eliminar estos factores que influyen en la decisión de quienes eligen estudiar enfermería, al menos a corto plazo, pero no es menos cierto que una vez están incorporados en el proceso de enseñanza – aprendizaje son otras/os quienes debemos trabajar para que sean capaces de identificar a tiempo, si existe, el error de su decisión. No caigamos en la trampa de pensar que es algo que no va con nosotras/os como docentes, pero, sobre todo, como enfermeras.

La docencia, como ámbito de actuación enfermera, es una posibilidad que las enfermeras tenemos la oportunidad de escoger. Es decir, como enfermera, ser docente universitaria/o es posible por el hecho de ser enfermera. Nadie tiene la opción de estudiar “profesor/a en enfermería” para serlo. Y esto, que puede parecer tan simple, es lo que conduce a algunas/os docentes a olvidar su condición de enfermeras para definirse como profesoras/es exclusivamente, olvidando u ocultando lo que son realmente, enfermeras.

Si quienes tienen que transmitir lo que significa ser y sentirse enfermeras, no lo son ni lo sienten, difícilmente se logrará, no tan solo sacar del error a quien ha hecho una equivocada elección, sino formar a enfermeras que adquieran competencias enfermeras y las sientan como tales. Por eso es tan importante que la docencia enfermera esté en manos de enfermeras que además de serlo se sientan como tales. Que sean otros quienes lo hagan o que lo hagamos nosotras sin transmitir ese sentimiento, abocará a las futuras enfermeras a la indefinición y con ella a ser prescindibles y subsidiarias.

Otro de los problemas que dificultan e impiden transmitir lo que es y significa ser enfermera radica en los planes de estudio. Planes de estudio que están claramente influenciados por un modelo patriarcal asistencialista, medicalizado, hospitalcentrista, paternalista, biologicista, tecnológico… como el del Sistema Nacional de Salud (SNS) y por derivación de los servicios sanitarios, que en nuestro país suman la cifra de diecisiete. Esta influencia determina no tan solo los contenidos de los planes de estudio y sus pesos en el conjunto de los mismos, sino también el mensaje, lenguaje y modelo que se transmite y que se aleja del paradigma enfermero, aunque se le añada la etiqueta enfermera.

La patogenia, la enfermedad, los signos, los síntomas, los órganos, los aparatos, los sistemas, la tecnología, la farmacología, la curación… tienen mayor peso que los sentimientos, las emociones, la comunicación, la salud, la promoción, la salutogénesis, los cuidados… Si a ello añadimos la fascinación que los primeros ejercen sobre los segundos en las/os estudiantes y la poca energía, convicción, fuerza, innovación… que sobre los segundos se ejerce por parte de muchas/os docentes para transmitirlos y que sean capaces de desviar la atención, o cuanto menos de equilibrarla, con la de los primeros, tenemos el escenario perfecto para deformar en lugar de formar en enfermería.

Por otra parte, la influencia del SNS y su modelo caduco induce a las universidades a formar profesionales tecnológicos que se adapten a las condiciones institucionales del mismo, pero que lamentablemente se separan cada vez más del paradigma enfermero y del cuidado profesional enfermero.

El cuidado enfermero requiere de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis. Sin embargo, cada vez tiene menos cabida en los planes de estudio. Como si el cuidado ya estuviese implícito en todo y no requiriese mayor atención ni dedicación. El hecho de que el cuidado, aparentemente al menos, forme parte inseparable de los estudios de enfermería no es suficiente para que sea transmitido como aspecto definitorio de la identidad enfermera. Pero es que, además, el cuidado es una realidad compleja, no lineal y en evolución constante que de no ser abordado, analizado, reflexionado, aprendido y aprehendido… acaba por ser identificado como secundario, subsidiario y prescindible, cuando no ligado al ámbito doméstico exclusivamente.

La carrera académica en la universidad, por su parte, es dura y está mal pagada, lo que provoca una clara resistencia de las enfermeras a incorporarse a la misma. Más teniendo en cuenta que en el ámbito asistencial se cobra más y la carrera profesional se limita a la antigüedad. Finalmente, como mal menor siempre está la opción de ser profesor asociado sin renunciar a la asistencia, lo que aporta poco a la academia para mantener una presencia enfermera real tan necesaria como cada vez más escasa. Se prefiere el SNS al esfuerzo que exige la universidad. Se prefiere la inmediatez del logro del SNS a la carrera de fondo, que supone una intensa preparación, para lograr los objetivos que marca la universidad. Posiblemente, ni lo uno, ni lo otro. Pero la realidad es la que es y, esta, sitúa a la docencia enfermera, para las enfermeras, en una encrucijada con riesgos que la convierten en incierta, difícil y peligrosa. Posiblemente las plazas vinculadas que los sistemas de salud se resisten a crear para las enfermeras, podrían contribuir a paliar un déficit cada vez más creciente y preocupante de enfermeras en la universidad, lo que dificulta y pone en peligro la transmisión del ser y sentir enfermeros, para dar paso a la fascinación de la técnica y la tecnología.

No hace mucho una estudiante me interpelaba a la hora de hacer una simulación sobre un afrontamiento de cuidados, diciéndome que a ella eso no le aportaba nada y que lo que realmente necesitaba era saber hacer una reanimación cardiopulmonar avanzada. Respondí a la estudiante diciéndole que tenía razón, pero que dado que en ese momento no podía cambiar la dinámica de mi docencia, la tendría en cuenta para siguientes cursos, y le pedí si podía participar en la simulación. Satisfecha con mi respuesta aceptó mi propuesta. La situación de cuidados era la de una cuidadora familiar que tenía una situación muy compleja que le desbordaba emocional y psicológicamente al no saber afrontarla. Acudía a la consulta enfermera con la excusa de recoger pañales para la incontinencia de su hijo con tetraplejia, con el deseo de que la enfermera, su enfermera de referencia, fuese capaz de identificar su estado, aunque no lo verbalizase directamente, sino a través de diferentes señales de alarma. A la estudiante le di la información sobre la situación que vivía la cuidadora, teniendo en cuenta que ella era su enfermera de referencia y por tanto ya conocía todo el proceso, aunque desconocía para qué había solicitado cita (como, por otra parte, sucede en realidad en la actividad diaria). Tras la simulación, la estudiante, que asumió el rol de enfermera, no supo identificar su estado y tras entregarle los pañales y entre risas y latiguillos verbales (no pasa nada, tranquila, todo se pasa, eso es normal…), despidió a la cuidadora, eso sí, diciéndole que estaba allí para lo que necesitase. Yo le pregunté si consideraba que su atención había sido la correcta, a lo que me respondió de manera inmediata y firme que sí. Tras analizar el caso, compartí con ella qué había pasado tras salir de su consulta (se trataba de un caso que había sucedido realmente). La cuidadora tras comprobar que nadie era capaz de identificar su situación (pues no era la primera vez que había acudido a su enfermera y a otros profesionales), fue a su casa, le dejó los pañales a su hijo a quien dio un beso, dejó una carta sobre la mesa y se tiró por el balcón del 7º piso donde vivía. Dirigiéndome a la estudiante le dije que ahora fuese y le hiciese la reanimación cardiopulmonar avanzada, cuando como enfermera no había sido capaz de identificar, entender y atender sus necesidades y prestarle los cuidados que requería. Concluimos que se pueden salvar vidas incluso sin hacer uso de la técnica.

En ningún momento pretendo trasladar que las técnicas no son importantes, lo son. La técnica forma parte de nuestra existencia, la cuestión es saber qué hacer con ella y como hacerla complementaria y compatible, que no excluyente, del cuidado, con el fin de situar finalmente la atención al nivel de la dignidad humana.

Por último, quisiera incidir en la sensación que tengo sobre el papel que las Facultades y Escuelas de Enfermería tienen con relación a la sociedad de la que forman parte. Cada vez se asimilan más a cadenas de producción de enfermeras para satisfacer la importante demanda de los servicios de salud, tanto propios como extranjeros, como si no hubiese ninguna otra opción de desarrollo profesional, como si no existiese vida más allá del hospital o del centro de salud. Esto provoca lo que algunos autores denominan como Teleopatía, es decir, la obtención acrítica de resultados, que acaban por instrumentalizar los cuidados en beneficio de la demanda.

Ante esto las/os estudiantes que, como decía anteriormente, tuvieron dudas a la hora de tomar su decisión de estudios, acaban por no entender realmente qué es ser enfermera y mucho menos que es sentirse enfermera. Por tanto, genera insatisfacción en las/os estudiantes que se traducirá en que terminen siendo, posiblemente, enfermeras tecnológicas o con una clara indefinición sobre lo que son o pueden aportar como enfermeras, con un importante déficit sobre lo que significa y supone la atención enfermera y la consiguiente prestación de cuidados que deberían, no tan solo conocer sino sentir.

Así pues, las/os estudiantes que logran el título que les habilita para ejercer como enfermeras no necesariamente son enfermeras, al no sentirse como tales. Son graduadas en Enfermería, que no es exactamente lo mismo, aunque lo parezca. Esto explica, en gran medida, la actitud de conformismo, inacción, inmovilismo o falta de ilusión de algunas enfermeras ante hechos que les afectan directa o indirectamente como tales. Esto explica que se olvide la condición de enfermera cuando se actúa desde posiciones que no requieren necesariamente ser enfermeras (docencia, política, empresa…), pero que aportarían un valor añadido fundamental a sus acciones. Esto explica que no identifiquen referentes. Esto explica tantas y tantas actitudes que impiden el desarrollo enfermero pero que impiden también una aportación específica tan necesaria como la que está en disposición de ofrecer la mirada, la escucha, la acción, la atención… de quien además de ser, es capaz de sentirse enfermera.

El contexto universitario es tan solo parte del problema, pero es el inicio posiblemente del mismo. Posteriormente el escenario incierto en el que se incorporan esas enfermeras, que no son capaces de serlo y de sentirlo como tales, actúa de manera agresiva, desafiante, incluso acosadora, provocando parálisis, miedo, incertidumbre… a manifestarse como enfermeras y aceptando lo establecido, hacer las cosas porque siempre se han hecho así, resistiéndose a ser críticas e incluso científicas, prefiriendo abrazar la técnica y abandonando el cuidado como refugio que les protege pero que, lamentablemente, les despersonaliza y finalmente les deshumaniza… cuando debieran ser quienes realmente humanizaran la atención con los cuidados profesionales con su claro sentimiento enfermero.

Hace más de cuarenta años que enfermería entró en la Universidad. Fue un hito logrado con mucho esfuerzo, ilusión, motivación, implicación y decisión por quienes eran y se sentían enfermeras. Nos toca, a quienes tenemos la responsabilidad y la capacidad de hacerlo, que las futuras enfermeras no tan solo las identifiquen, sino que las tengan como referentes y modelos a seguir como paso previo a la formación de enfermeras, para que no tan solo lleguen a serlo sino a sentirlo. Serlo se lo otorga el título obtenido. Sentirlo depende de quienes además de transmitir conocimiento tenemos la obligación, como enfermeras, de compartir su construcción para que se sientan parte del mismo y que, quien no es, o quien siéndolo no se siente enfermera, nunca hará. Porque es precisamente ese sentimiento enfermero el que permitirá transformar la atención prestada en acciones cuidadoras enfermeras y no tan solo en acciones profesionales o sanitarias, como lamentable y habitualmente se identifican, contribuyendo a invisibilizar los cuidados enfermeros.

Finalmente, para SER Enfermera, hay que ESTAR y ACTUAR como tal, con el fin de SENTIRSE Enfermera y no tan solo PARECERLO.

Algo podemos y debemos hacer para que las enfermeras del futuro no tan solo lo sean o lo parezcan, sino que se sientan como tales.

[1] Psicólogo, terapeuta y escritor.

COLEGIOS Y COLEGIADAS. Algo en lo que creer, algo por lo que luchar

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                                 “Puede que los grandes cambios no ocurran de inmediato,                                           pero con esfuerzo incluso lo difícil puede ser sencillo.”

 Bill Blackman

Los medios de comunicación se han hecho eco recientemente de algunas irregularidades en el entorno DE LAS Organizaciones Colegiales de Enfermería y más concretamente en la figura de sus máximos representantes.

Sin restarle la más mínima importancia dada la repercusión mediática, pero, sobre todo, por la que tiene en relación a la imagen que de la profesión se proyecta a la sociedad, no deja de ser algo que, lamentablemente, se ha venido produciendo con cierta frecuencia. Todo ello sin menoscabo de la rechazable, inadmisible y supuesta conducta delictiva que los hechos sacados a la luz suponen y que deberán ser dilucidados por la justicia.

Sin embargo, todo parece formar parte del escenario de corrupción en el que está instalada nuestra sociedad en los últimos años, provocando cierta naturalización e incluso ausencia de asombro por lo que de habitual tienen tales hechos.

Pero más allá del impacto que pueda provocar en la sociedad, de lo que no cabe duda es del que debe generar en la profesión enfermera, tanto de rechazo, como de preocupación y de firme exigencia para que no se vea salpicada la imagen del conjunto de la Enfermería que tanto cuesta poner en valor.

No es razonable, ni admisible, que las enfermeras asumamos como natural lo que, además de ser posibles y graves delitos, es una falta de ética absoluta por parte de quienes son nuestros representantes, nos gusten más o menos. La mujer del César, además de ser honrada, debe de parecerlo.

Y aquí es donde considero que radica el principal problema. La colonización que del Consejo General de Enfermería y de algunos Colegios provinciales han hecho determinadas personas, perpetuándose al frente de las citadas instituciones, ha conducido, en muchas ocasiones, a que se produzcan hechos delictivos, o cuanto menos rechazables, que persiguen el enriquecimiento o el beneficio personal de quienes los realizan con el dinero recaudado a todas las enfermeras.

No seré yo quien justifique conducta alguna que se desvíe del estricto cumplimiento del servicio de representación de la profesión enfermera. Pero dicho esto se precisa hacer una autocrítica colectiva con relación no ya a las conductas delictivas que no pueden ser imputadas en ningún caso más que a quien las realiza, sino con relación a cuál es la actitud de las enfermeras sobre quién y cómo lleva a cabo la gestión de los Colegios.

Empezando por los Colegios más próximos, los provinciales, las Juntas constituidas lo son tras procesos democráticos convocados con la periodicidad que marcan los estatutos y a los que lamentablemente se presentan muy pocas candidaturas. Es cierto que, en algunos Colegios, quienes mantienen un rígido y opaco control de la institución para mantenerse en los cargos, están en permanente equilibrio con la legalidad haciendo, incluso, lecturas y aplicaciones muy interesadas a sus intereses de la misma. Pero no es menos cierto que no existe interés, no tan solo en la presentación de candidaturas o en participar en la elección de las que se presentan sino, tan siquiera,  en mantener cierto control sobre quienes ostentan el poder y sobre las decisiones que toman. De tal manera que se crea un escenario de impunidad en el que no es complicado crear entramados, cuanto menos sospechosos, a través de los cuales generar importantes beneficios económicos que no acaban revirtiendo precisamente en la institución y en quienes la sostienen.

Las Asambleas que por estatutos se convocan reúnen, la mayoría de las ocasiones, a un reducidísimo número de colegiadas/os, lo que facilita que se aprueben sin obstáculos cuantas medidas se plantean en las mismas. Todo aparentemente legal y democrático para hacer y deshacer como si realmente se estuviese trabajando para la profesión y sus profesionales.

Todo parece formar parte de una maniobra que impide o reduce la vigilancia de lo que se hace. Se crea una atmósfera de indiferencia y en base a la misma se logra reducir la participación de las/os colegiados y con ello su capacidad de control. Todo bajo control para ocultar el descontrol.

Los máximos representantes de estos mismos Colegios, por su parte, son quienes componen la Junta del Consejo General y, por tanto, quienes facilitan con su apoyo la gestión que ahora se sospecha fraudulenta. Por tanto, se trata de una perfecta maquinaria de conspiración y falta de transparencia, en la que los pocos Colegios disidentes son aislados o incluso acosados, con el beneplácito general del resto con el fin de seguir beneficiándose de los privilegios alcanzados.

Colegios y Consejo que, para empezar, ni tan siquiera utilizan la denominación correcta, dado que se denominan, la gran mayoría, de Enfermería. Los Colegios profesionales son, eso, de las/os profesionales, es decir de las enfermeras, y no de la Profesión, Enfermería. Son, por tanto, una excepción en el panorama colegial ya que los Colegios lo son de abogados, médicos, odontólogos, arquitectos… y no de Derecho, Medicina, Odontología, Arquitectura…

Todo esto es conocido por la mayoría, por no decir la totalidad de las enfermeras. La respuesta, sin embargo, no se concreta, salvo honrosas y aisladas excepciones, en posicionamientos firmes contra la impunidad y la nefasta gestión, sino en el conformismo y la indiferencia que tan solo se ven alterados por protestas de corrillo que no aportan absolutamente ninguna alternativa ni posibilidad de cambio.

La colegiación obligatoria es, como cualquier otra imposición, identificada como negativa y asumida con claro rechazo por quien debe pagarla, más aún cuando no percibe un beneficio de retorno que le haría identificarlo como inversión en lugar de como gasto. Pero supone una absoluta tranquilidad para los Colegios, que recaudan grandes cantidades de dinero sin el esfuerzo exigido de tener que convencer ni competir para ello. Esta circunstancia provoca una clara desafección de las enfermeras que ni se sienten representadas por “sus” colegios, al no reconocerlos como propios sino como impuestos, ni consideran en ningún momento que puedan hacer nada para revertir la situación perversa que se genera, al percibir que no existen posibilidades de modificar una situación que, incluso legalmente, cuenta con amparo para actuar como lo hacen.

Así pues, nos encontramos con una institución que aparentemente debe velar por las enfermeras pero que, sin embargo, las enfermeras no lo identifican así y lejos de representar un orgullo ser colegiadas/os, es una carga de la que desearían desprenderse.

Un colectivo de 316.094 enfermeras en España debería tener una enorme fuerza de influencia que, lamentablemente, no tiene y que se diluye en una representación, asumida como inevitable por casi todos, pero que no tiene consecuencias favorables para las enfermeras.

Llegados a este punto cabe preguntarse si tal situación es tan solo consecuencia de la codicia y las acciones para alimentarla de quienes sustentan un poder mantenido en el tiempo, o si la misma no es, en cierta manera, consecuencia de la falta de implicación por revertirla más allá de las permanentes, pero inútiles, protestas verbales sin impacto real alguno.

Ahora que afloran escándalos económicos y corruptelas o corrupciones en toda regla en el seno de instituciones colegiales, todas/os nos precipitamos a decir, “eso ya se veía venir”, “eso lo sabía todo el mundo”, “qué se podía esperar” y otros tantos chascarrillos que lo único que tratan es de lograr una cierta exculpación individual y colectiva que tranquilice las conciencias ante la vergüenza y el bochorno que provocan. Pero, sin embargo, lo que realmente encierran es un manifiesto fracaso colectivo por haber dejado que la situación llegase a este punto, ignorando una realidad que no nos gustaba y que identificábamos como, cuanto menos, sospechosa, pero en la que ni nos implicamos ni hicimos grandes esfuerzos por cambiar.

En otros países los Colegios profesionales son instituciones de prestigio y de gran influencia, respetados por todos. La pertenencia a ellos es identificada como un orgullo del que se presume y que dignifica el curriculum profesional de quien a ellos pertenece. En España son identificados como un mal que hay que asumir y del que, ni se presume ni genera identidad profesional. El Consejo General, por su parte, aún provoca menores simpatías y una capacidad de identidad casi residual.

Finalmente se junta el hambre con las ganas de comer.

Si a eso añadimos las disputas entre Colegios Provinciales y Consejos Autonómicos con el Consejo General nos encontramos con un entramado de poder en el que nadie quiere perder capacidad de influencia y mucho menos de representatividad. O bien, nadie quiere moverse para evitar no salir en la foto o que se le arrebate el sillón.

Ante este panorama, pocos o muy pocos, consideran necesarios los Colegios para sus intereses profesionales. No son capaces de identificar el valor añadido que les aportan o que les pueden aportar. Recelan de las acciones que llevan a cabo. Sospechan de la gestión realizada. Sus representantes, presidentes y miembros de Junta, no son valorados ni respetados. La capacidad de influencia en las instituciones es mínima y queda prácticamente reducida a la presencia decorativa que el protocolo determina.

Que los medios de comunicación se ocupen de los Colegios tan solo para informar de las irregularidades que en los mismos se producen y que los juzgados sean destino habitual de sus representantes, no tan solo no ayuda a que sean valorados, sino que contribuyen a generar una gran desconfianza y desafección.

Lo triste es que se ha logrado extender, como si de una mancha de aceite se tratase, esa valoración a todos los Colegios, con lo que ello significa de injusto hacia los que llevan a cabo una labor eficaz, eficiente y transparente.

No se trata de plantear si los Colegios Profesionales deben existir o no. Ese debate no es real ni tan siquiera oportuno. Se trata de analizar y reflexionar sobre qué son los Colegios Profesionales, qué pueden/deben aportar, qué deben cambiar para recuperar crédito y valor, qué esperan las enfermeras de los Colegios, cuál debe ser la implicación de las enfermeras con los Colegios, que mecanismos de control deben regir los Colegios, qué debe hacerse para sentirse parte de los Colegios, qué cambios son necesarios para adaptarlos a la realidad social y profesional… en resumen, se precisa un debate en profundidad que nazca de la propia profesión en un intento y un interés real por recuperar una institución que debe ser referente y capaz de generar sentimiento de pertenencia entre las enfermeras.

Seguir instalados en la bronca, la sospecha, la intriga, el descrédito… permanentes, nos paraliza como profesión y nos limita como referentes ante las instituciones y la sociedad.

Los Colegios deben recuperar su capacidad de influencia y de prestigio, no tanto por lo que son como por a quienes representan.

Los Colegios deben reinterpretarse, modernizarse y sanearse asumiendo las competencias que les corresponden y facilitando la articulación con otras organizaciones que lejos de ser vistas como competidoras deben serlo como aliadas de los intereses profesionales, laborales y científicos de las enfermeras.

Formar parte de los Colegios debe ser identificado como un orgullo y un mérito y no tan solo como una obligación impuesta.

Dirigir los Colegios debe ser una opción de crédito, servicio y capacidad que permita que, quienes lo hagan, sean referentes de las enfermeras, debiendo dar cuenta puntual y transparente de su gestión que, además, debería estar acotada en el tiempo para evitar perpetuarse.

Estamos en un momento de gran incertidumbre, pero también de gran oportunidad para dar un giro indispensable tanto en la imagen de los Colegios como en el servicio que deben prestar a la profesión. Depende básicamente de las enfermeras que lo logremos y por tanto necesitamos creer que los Colegios son activos fundamentales para nuestro desarrollo profesional. Para ello es preciso que todas/os nos impliquemos activamente en el cambio. Porque el compromiso, tal como expresara Jean Paul Sartre, es un acto no una palabra y lograrlo estará asegurado en el momento en que todas/os nos comprometamos con ello.

Permanecer en la abulia, el desánimo el conformismo, la protesta estéril, la inacción… tan solo contribuirá a que nada cambie que, lamentablemente, es lo que algunos quieren para seguir medrando a costa de las instituciones que representan y de las enfermeras que las sostienen, aunque sea por obligación.

No se trata de esconder la basura bajo las alfombras para aparentar que se ha limpiado, sino de retirar las alfombras y hacer una limpieza en profundidad de lo que debería ser identificado y sentido como la casa de todas/os y no tan solo de unos pocos.

Madurar profesionalmente también pasa por identificar y dar respuesta a esta necesidad enfermera. Apliquemos los cuidados que corresponden para lograr unos Colegios Profesionales sanos, saludables y dignos. Las enfermeras nos lo merecemos y, además, podemos y debemos hacerlo.

IGUALDAD DE LA MUJER. RESPONSABILIDAD Y COMPETENCIAS ENFERMERAS

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                                                  “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que                                                                 puedas imponer a la libertad de mi mente”.

                                                                Virginia Woolf, escritora británica.

Un año más llega el 8 de marzo en el que se celebra el día Internacional de la Mujer. Debería ser un día festivo en el que poder celebrar colectivamente tanto el logro de objetivos sobre igualdad como la eliminación de barreras, dificultades o desigualdades que siguen concretándose en un número totalmente insoportable y denunciable en la violencia que sobre las mujeres sigue ejerciéndose como parte casi natural de la triste actualidad.

Así pues, se mantiene una fecha que sigue teniendo muchas más sombras que luces y en la que los propósitos de conciencia, las manifestaciones, los posicionamientos, los discursos y las promesas son claramente insuficientes, no ya para evitar esta lacra, sino ni tan siquiera para reducirla.

Las mujeres siguen siendo noticia más por las injusticias, las presiones, las desigualdades o los ataques que de toda índole sufren, que por los avances en alcanzar sus derechos o por las aportaciones relevantes que realizan. Derechos que parecen ser más un premio o algo a añadir de manera esporádica e incluso anecdótica, que algo que les corresponde disfrutar como personas y ciudadanas que son de cualquier sociedad. No es tanto lo logrado como lo evitado, lo que sin duda sigue situando a la mujer en una posición de clara y manifiesta desigualdad en el entorno de una sociedad que no suelta lastre del machismo que impregna su cultura y su educación, aunque trate de disimularlo. Teniendo en cuenta que la cultura no hace a las personas, sino que las personas hacen a la cultura y por tanto son las personas las que deben cambiar para que cambie la cultura.

Ante esta tozuda y cruel realidad me pregunto, ¿Por qué no hay días internacionales, o cuanto menos nacionales, contra la hipocresía, el cinismo, la mentira, la indolencia, la inmoralidad, la displicencia, la permisividad, la indiferencia, la incredulidad, la intolerancia, el desprecio, la invisibilidad, la impunidad, la culpabilidad, la resignación, la demagogia… que rodean a la a la mujer?, ¿Cuántos años más vamos a tener que celebrar este día de la vergüenza, el oprobio, la sin razón, el dolor, el sufrimiento, la muerte en femenino?, ¿Cuándo sabremos diferenciar que el género está entre las orejas y no entre las piernas?, ¿Cuándo entenderemos que lo que nos pasa, como país, como cultura, como comunidad, como sociedad, es que carecemos de la más mínima conciencia de cambio, de respeto, de igualdad, de tolerancia, de educación en valores y de respeto, que vayan más allá de identificar las diferencias en función del sexo y de las normas sociales que siguen encorsetando una normalidad que se presenta muy alejada de lo que pretende aparentar pero que resulta evidente no logra?

            Seguimos instalados en la permanente apariencia de los gestos inútiles, aunque puedan ser o parecer muy bien intencionados, en los discursos de denuncia que se diluyen en el estruendo de una realidad escandalosa, en las manifestaciones que tan solo recuerdan muertes, en las discusiones estériles de quienes debieran defender la igualdad, en los enfrentamientos que resucitan desigualdad, en los gestos que enmascaran la realidad, en las promesas que paralizan soluciones, en los hechos insuficientes que perpetúan la violencia, en la privacidad que oculta el acoso, en la indiferencia que apuntala la tragedia, en la excusa que acompaña a la muerte. Todo ello aderezado con negacionismos lacerantes a la vez que irritantes o censura manifiesta disfrazada de veto parental, con el argumento de una libertad y una democracia en la que ni creen ni respetan, quienes las utilizan para lograr sus fines desestabilizadores como si de cargas de profundidad se tratase. Hasta la pandemia se ha contagiado de ese peligroso virus machista atacando con desigualdad a las mujeres. Contribuyendo a que aumentase la violencia, aunque quedase oculta en un cómplice confinamiento o abocándolas al paro en mucha mayor medida que a los hombres. Todo acaba confluyendo en ese acosador machismo.

            Seguimos creyendo que por mucho repetir que no somos machistas, lo mismo que homófobos o xenófobos, se va a convertir en una realidad. Realidad que las víctimas, muertas o vivas, nos recuerdan día a día que estamos muy lejos de que sea una certeza que nos devuelva la dignidad como sociedad.

            No poder manifestarse, concentrarse o reunirse el día 8 por razones obvias, no significa en ningún caso que la fuerza, la razón o el valor de una reivindicación, que debiera ser un derecho ya consolidado, pierda sentido. Al contrario. Hay que trascender a los gestos o las apariencias para situarse en los hechos concretos que dejen en evidencia a quienes están claramente en contra de los avances por la igualdad. Los gestos son importantes, sin duda, pero las acciones son fundamentales. Los lemas llaman la atención, por supuesto, pero las ideas y los argumentos logran vencer las resistencias y cambiar los comportamientos.

            En este triste escenario social las enfermeras, además de ser parte de esa sociedad, muda, sorda y ciega, somos profesionales que tenemos la obligación, que no la opción, de contribuir a que la lacra machista no siga ocasionando dolor, sufrimiento y muerte.

Las enfermeras no podemos ni debemos mirar hacia otro lado. No podemos ni debemos, permanecer impasibles esperando a que otros solucionen el problema. No podemos ni debemos creer que, curando un hematoma, vendando una pierna o un brazo, suturando una herida… estamos cumpliendo con nuestra competencia y responsabilidad profesional. Porque un hematoma, una fractura, una herida, son tan solo signos superficiales de un gran problema de salud al que las enfermeras debemos prestar cuidados profesionales.

            Cualquier indicio, sospecha, signo, alarma, palabra… debemos estar en condiciones de observarlo, captarlo, indagarlo, seguirlo, atenderlo, para acompañar a la mujer en momentos de duda, miedo, incertidumbre, negación… para que sea capaz de identificar que nos importa, que no rehuimos, no rechazamos, no obviamos su situación que oculta por vergüenza, que niega por temor o que rechaza por orgullo. Ninguna herida duele más que la que provoca la sensación de no ser entendida ni atendida, aunque esté siendo asistida. Pensar que lo que le pasa no es problema nuestro, no nos corresponde, no es nuestra competencia, no, no, no… es negar la responsabilidad que tenemos y que queremos eludir amparándonos en las débiles e inadmisibles excusas de respetar la privacidad o el silencio. Porque la privacidad la determina la mujer y no nosotras y porque el silencio puede ser el más desesperado grito de socorro que pueda emitirse.

            Pero no tan solo en los efectos que la violencia provoca en la mujer se concreta nuestra necesaria prestación cuidadora. Es más, me atrevo a decir que esa es tan solo la mínima parte, aunque no por ello menos importante. La identificación, el seguimiento y el acompañamiento en la violencia, sea del tipo que sea, tan solo responde a la los efectos de aquello sobre lo que debemos trabajar para que desaparezca. Trabajar en la raíz del problema supone la verdadera y necesaria apuesta por la que debemos apostar las enfermeras en cualquier ámbito de actuación, pero de manera muy particular en Atención Primaria de Salud.

            Las intervenciones comunitarias, con especial significación en las escuelas e institutos, conjuntamente con los agentes de salud comunitarios que en cada caso correspondan, deben constituir un objetivo prioritario de cara a desarrollar estrategias que modifiquen conductas, hábitos, comportamientos, relacionados con la igualdad de la mujer. Tan solo desde la educación y la alfabetización en salud seremos capaces de erradicar aquello que alimenta la diferencia, la desigualdad, la falta de respeto, el desprecio y la violencia, sobre todo en niñas/os y jóvenes que replican y perpetúan, sino es que refuerzan, idénticos patrones de comportamiento machista para adaptarse a los requerimientos que sigue marcando una sociedad que sitúa en la resignación y la culpabilidad el rol de la mujer. Intervenciones que deben ser mantenidas en el tiempo desde una planificación rigurosa en la que se marquen claramente los objetivos, pero también los indicadores que permitan evaluarlas. Intervenciones participativas, trasndisciplinares e intersectoriales que impliquen a toda la sociedad en el logro común de erradicar tópicos y estereotipos, de vencer a la intransigencia cultural, de asumir responsabilidad individual y colectiva, de vencer tabús que paralizan, de derribar las barreras que impiden ver la realidad, de construir puentes de diálogo, de rechazar la indiferencia, de anular la intransigencia, de denunciar la intolerancia, de acabar con la mentira, de valorar la diferencia, de luchar por la igualdad, de vivir sin miedo. Porque como dijera Michelle Bachelet[1], “la igualdad de género ha de ser una realidad vivida”, porque es más que un objetivo en sí mismo, es una condición previa para lograr una sociedad mejor.

            Las enfermeras en general y las comunitarias en particular debemos liderar estos procesos de intervención y partición comunitarias que se alejen del patriarcado asistencialista como única respuesta a la desigualdad y la violencia.

            No se trata de un discurso más, de una promesa añadida, de un deseo anhelado, de una propuesta puntual, de una anécdota. Se trata de una necesidad que las enfermeras debemos interiorizar y asumir desde la responsabilidad y la competencia cuidadora que tenemos con la sociedad. No es una cuestión de mujeres. Ni tan siquiera un tema de mujeres maltratadas. Se trata de un problema de salud pública y comunitaria que nos afecta a todas/os con independencia del sexo o de cualquier otro factor, que debemos afrontar con urgencia, con determinación y con implicación para cambiar la realidad social que está contagiada de prejuicios y condicionantes que perpetúan las conductas machistas, que impregnan comportamientos y acciones, pensamientos e ideas, acciones y omisiones, que alimentan la ignorancia sobre la que se construye la desigualdad.

            No podemos seguir pensando que todo depende de otros. Que no es posible tener capacidad de iniciativa. Que es algo que no es de nuestra competencia. Que no lo determina el protocolo. Porque pensar de esta manera, actuar desde la omisión, cuidar desde la ignorancia o hacerlo desde la rigidez insalvable de un protocolo, va en contra de la ética profesional, nos devalúa como enfermeras y nos sitúa en el conformismo paralizante que contribuye a alimentar aquello por lo que deberíamos esforzarnos en combatir.

Nosotras que como enfermeras hemos luchado y seguimos luchando por lograr y mantener nuestra autonomía e identidad propias, deberíamos ser conscientes de lo mucho que esto cuesta mantener y lo frágil que resulta sin un compromiso firme y decidido. Por eso, con mayor motivo si cabe, debemos luchar por lograr la libertad que afianza la igualdad. Desde el respeto que no es lo mismo que el miedo. Desde la humildad que no significa pobreza. Desde la solidaridad que no supone pérdida de referencia.

            No eludamos nuestra responsabilidad argumentando que es cuestión de especialistas, de juristas, de políticos, de sociólogos, de psicólogos… es cuestión de todas/os y muy especialmente de nosotras por ser enfermeras. Negar esta evidencia es negar la propia identidad profesional, es renunciar a lo que nos identifica, es rechazar nuestra esencia cuidadora para situarnos en la subsidiariedad asistencialista, técnica y falta de conocimiento propio, que no contribuye a solucionar el problema de salud.

            ¿Cuántos 8 de marzo más vamos a tener que celebrar con la losa de las muertes, las agresiones, los maltratos, los huérfanos… anuales en forma de estadísticas, datos, números, cifras… impersonales y fugaces que no se solucionan con silencios institucionales, ni con manifestaciones ciudadanas, ni con leyes ambiguas?

            Quiero, deseo, anhelo, un 8 de marzo en el que, lo que celebremos sea los logros de las mujeres, sus conquistas, sus metas, sus aspiraciones cumplidas, en igualdad y con respeto. Quiero un 8 de marzo en el que las niñas no sean identificadas ni etiquetadas socialmente como futuras cuidadoras, limpiadoras, madres, esposas, amantes… por el hecho de haber nacido niñas, sino simple y principalmente como futuras mujeres, como personas con identidad propia y con idénticos derechos a los de cualquier otra. Quiero un 8 de marzo en el que los hombres no se sientan superiores por el simple hecho de serlo. Quiero un 8 de marzo en el que la política acabe con las ambigüedades, la hipocresía y el cinismo apoyados en tradiciones, costumbres, creencias o normas dogmáticas que se utilizan contra las mujeres. Quiero un 8 de marzo en el que no se utilice a las mujeres como arma partidista y oportunista. Quiero un 8 de marzo en el que no se identifique la defensa de las mujeres como doctrina sino como derecho. Quiero un 8 de marzo en el que la violencia, la muerte, el maltrato y la desigualdad sean tan solo recuerdos, malos recuerdos, de un pasado que debemos superar cuanto antes, sin que ello signifique que se tenga que olvidar.

            Como ciudadano, como enfermera y como hombre quiero que la desigualdad y la violencia contra las mujeres deje de ser algo naturalizado en nuestra convivencia para convertirse en un hecho aislado que nos inquiete y refuerce nuestra posición contra las mismas de manera decidida y continuada y no tan solo supeditada a la celebración de un día al año.

            Hoy estamos a tiempo. Mañana, a lo peor, ya habrá una nueva víctima que hubiésemos podido evitar con nuestra intervención enfermera. ¿Queremos asumir esa responsabilidad o asumimos la que nos corresponde?

 

[1] Política chilena.