PANDEMIA Y ENFERMERAS. ¿CANTIDAD O CALIDAD?

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Cuando un nuevo estado de alarma acaba de ser decretado e inmortalizado en el que se ha convertido en referente bibliográfico de la pandemia, el BOE, me asaltan dudas sobre muchos aspectos, comportamientos, afrontamientos y planteamientos llevados a cabo, individual y colectivamente, como consecuencia de este ataque vírico. Y de cómo las enfermeras estamos afrontándola.

El primer estado de alarma, y el confinamiento que le acompañó, supusieron un antes y un después en la convivencia, no ya de nuestra sociedad como colectividad comunitaria, sino incluso en la convivencia familiar, laboral, política… Inicialmente fue, como una novedad, como una experiencia, como una aventura, que no sabíamos bien ni a qué se debía, ni a dónde nos conducía. Actuamos un poco como autómatas ante una orden. Ni conocíamos el virus, más allá de su nombre, COVID 19, ni cómo se comportaba, ni cómo se combatía, por lo que entendimos que era bueno que le intentásemos dar esquinazo quedándonos en casa, en vista a como se las gastaba.

Ese reagrupamiento familiar obligatorio se entendió incluso como una oportunidad de convivencia que la inercia de la normalidad perdida no nos permitía habitualmente. Otra cosa es si estábamos preparados para ello.

Pero para algunas/os supuso justamente todo lo contrario, una angustia permanente ante la proximidad con el contagio, la enfermedad y la muerte, sin tregua posible y con la presión de ser identificadas/os como heroínas/héroes, cuando se sabían humanas/os y sobre todo mortales. Las/os profesionales de servicios esenciales tuvieron que renunciar, al menos en apariencia, a sus miedos, temores, reservas, dudas… para hacerse fuertes a pesar de perder energía, valor y entereza en una hemorragia constante de emociones y sentimientos no siempre posibles de contener.

Los aplausos diarios desde los balcones pretendieron ser un suero revitalizador del ánimo, aunque más allá de la voluntad popular, realmente servían de bien poco ante una avalancha tan inmensa como mal gestionada en la que las carencias dejaron paso a las deficiencias y las deficiencias a las consecuencias de las mismas que hacían presagiar un naufragio, mientras se trataba de achicar agua con dedales.

El inicial consenso político, por otra parte, pronto se interpretó como flaqueza de quien lo posibilitaba y como fortaleza para quien lo pedía, por lo que pronto se transformó en cólera, envidia, menosprecio, egoísmo… con los que armar el discurso político y convertirlo en exabrupto oral con la que combatir a quien tenía la responsabilidad de contener la pandemia, como si no hubiese un mañana.

La cohesión territorial dio paso a la confrontación disfrazada de rancio y vulgar patriotismo con el que combatir, precisamente a la Patria, que se desangraba en un torrente de muertes que nadie podía, sabía o quería contener, preocupados como estaban en sus cuitas inmaduras, cínicas y criminales, desde las que se pasaban los muertos de un bando a otro, mientras las familias les lloraban desde la soledad de un aislamiento impuesto que cada vez se hacía menos comprensible y más inhumano.

Los científicos trataban de ponerse de acuerdo mientras los pseudocientíficos aprovechaban la confusión para hacer su agosto particular en redes sociales y en los medios de comunicación que daban pábulo a su locuaz verborrea oportunista y acientífica.

Y a pesar de todo, el confinamiento, se demostró eficaz, aunque no eficiente ante las evidentes consecuencias económicas que, finalmente, fueron quienes impulsaron una desescalada deseada pero tan precipitada como mal gestionada con el vano objetivo de revertir al alza la curva económica como se había hecho a la baja con la de la pandemia.

Pero el virus, que no entiende de economía, aunque la ataque directamente, siguió en su proceso de contagio facilitado por unas medidas de recuperación de la normalidad que tan solo obedecían a criterios económicos en un periodo estival que pretendió recuperar el pulso perdido del turismo. Tan solo era cuestión de tiempo que las consecuencias de tales decisiones se hiciesen patentes.

El supuesto control de la pandemia por parte de las autonomías, una vez levantado el estado de alarma, tan solo sirvió para generar diferencias territoriales en el citado control y una actitud contemplativa por parte de la administración central con consecuencias que todas/os conocemos. Las tensiones políticas, derivadas del oportunismo, no hicieron sino empeorar la situación tanto sanitaria como social, económica y política.

Y, el tiempo, efectivamente se encargó de desmontar la falsa normalidad incrementando de nuevo la curva que tanto costó revertir, hasta llegar al punto de pasar de curva a una vertical ascendente que ha obligado a un nuevo y prolongado estado de alarma, en este caso para instaurar un toque de queda que el Presidente del Gobierno prefiere que se denomine “Restricción de movilidad nocturna”, para evitar analogías con el pasado. Lo que no deja de ser curioso cuando se empeñaron, al inicio de la pandemia, en establecer una analogía bélica que ahora se resisten a mantener. Restricción que pretende mantener la actividad económica, al menos de gran parte del tejido productivo, y reducir las actividades lúdicas, tanto las legales como las alegales o ilegales, asociadas fundamental y torpemente a la juventud y al ocio nocturno, sin hacer mayores análisis de por qué sucede. Lo importante es identificar y señalar culpables.

Falta ver si dicha restricción de movilidad nocturna es capaz de que la recta ascendente se torne en curva descendente o si por el contrario se siguen manteniendo cifras preocupantes de contagio y muertes.

Y en medio de este galimatías de gestión política-económica-sanitaria, seguimos asistiendo a esperpentos como, la actividad y organización de la Atención Primaria de Salud; la construcción efectista y descabellada de Hospitales; la renuncia a iniciar reformas inmediatas en el SNS; el abandono de la atención a personas con múltiples problemas de salud por no tener COVID 19; la irritante visión exclusivamente medicalizada de la pandemia; la ceguera ante la vulnerabilidad; la contradicción en las decisiones; la ausencia de planificación en favor de la ocurrencia puntual y oportunista; la negativa a dialogar; la resistencia a la participación comunitaria; la politización de la gestión apoyada, cuando no impulsada, por los medios de comunicación en un antagonismo político tan innecesario como irresponsable; la gestión irracional de las/los profesionales que cada vez son considerados más recursos que personas; la exclusión sistemática e incomprensible de profesionales de otros sectores al margen de la salud; la utilización interesada de las sociedades científicas; las ruedas de prensa mediáticas y estandarizadas para que parezca que se hace algo; la obsolescencia de las decisiones en función de los intereses de cada momento; la mutación política, que es tan letal o más que la vírica, que ofrece muestras de insensatez, hipocresía, cinismo, oportunismo… hacen de la pandemia un caldo de cultivo idóneo para la crispación, el desencuentro, la mediocridad, la conspiración, el efectismo, la inacción… con que aderezar la toma de decisiones sin criterios claros, ni proporciones debidamente ponderadas, que acaban por estropear cualquier resultado esperado y deseado.

Y por si faltaba algo, en este totum revolutum, hay quienes aprovechan para significarse a través de huelgas que, más allá de legítimas reivindicaciones, no tienen cabida, ni ética ni estética, en estos momentos. Haciendo gala de la “médicocracia y mediocricracia”[1] reinante, con planteamientos totalmente manipulados y manipuladores para intentar aparecer ante la ciudadanía como mártires. Actitudes que, sin querer o queriendo, están haciendo crecer la sanidad privada como nunca antes lo había hecho, lo que priva a muchas/os ciudadanas/os de una Sanidad Pública fuerte y de excelencia real y no tan solo de discurso político interesado y oportunista. Así pues, corremos el riesgo de ir hacia una Sanidad Pública para pobres, beneficencia, y otra Privada para ricos.

Todo lo cual conduce a que la mayoría de las/os profesionales sanitarios en general y las enfermeras en particular observen con perplejidad como todo su esfuerzo acaba perdiéndose en un cesto cuyos mimbres no están preparados para ello, lo que contribuye al hundimiento de nuestro Sistema Sanitario.

Pero tampoco podemos, ni debemos, quedar al margen del desastre. Las/os profesionales sanitarias/os en su totalidad y en concreto las enfermeras, han sido fundamentales en diferentes fases de la pandemia y muy especialmente en los inicios de la misma, cuando incluso se les llegó a otorgar poderes sobrenaturales que les convertían en falsas/os heroínas/héroes. Pero, bien por cansancio, bien por hartazgo a tanta irresponsabilidad, bien por cierta relajación, bien por saturación, lo cierto es que la respuesta que se está dando a esta segunda fase es, cuanto menos, mejorable y no tan solo imputable a gestores o políticos.

Pretender que las respuestas profesionales y con ellas las soluciones a los problemas de salud y las situaciones que los mismos generan en las personas, las familias y la comunidad, tengan que venir siempre desde el “exterior” en base a órdenes, disposiciones, circulares, recomendaciones… es tanto como asumir la incapacidad absoluta en la toma de decisiones y, por tanto, la ausencia de competencia, autonomía y responsabilidad.

Ampararse permanentemente en que “no me dejan hacer”, “no tengo tiempo”, “esto no me toca”, “eso no me lo han dicho”…es incorporar nuestra competencia profesional a la ética de mínimos, reducir la responsabilidad a la ejecución de tareas, simplificar el conocimiento a un protocolo o guía en el que ni tan siquiera se ha participado, llevar las evidencias científicas al ámbito de la inercia sistemática de la repetición, sustituir el pensamiento crítico por la obediencia debida. En definitiva, incorporarse en la corriente de la mediocridad, la inacción, el conformismo y la apatía crónica, o lo que es lo mismo, en un claro retroceso en el camino del desarrollo académico-profesional que nos lleva a una posición tecnológica alejada, no tan solo de la ciencia, sino de la humanización.

Pero, la pandemia, ha dejado al descubierto deficiencias no tan solo en el Sistema Nacional de Salud, muy graves, por cierto, sino también en el Sistema educativo y muy particularmente en la urgente necesidad de revisar los actuales planes de estudio de Enfermería con contenidos obsoletos y que no responden a la realidad social y profesional actual, las metodologías utilizadas, el sistema de prácticums, las figuras docentes e investigadoras, la relación con la actividad asistencial… que son el germen de lo que posteriormente acaban siendo las enfermeras cuando son absorbidas por un sistema caduco, medicalizado, paternalista, asistencialista y muchos “istas” más en el que nos incorporamos con esa absurda inercia de la negación y el mal entendido estado de confort de una plaza en propiedad.

Todo ello en una sociedad inerte, irreflexiva, pasiva, individualista e insolidaria, que aplaude con vehemencia la mediocridad de quien se enriquece con la corrupción, la corruptela o el simple populismo televisivo o social, mientras las/os científicas/os, profesionales competentes y comprometidas/os, investigadoras/es de primer nivel… malviven o tienen que emigrar para poder desarrollar sus capacidades y competencias ante la falta de reconocimiento.

Una sociedad que sitúa a los mediocres en puestos de responsabilidad política por el simple hecho de estar tras unas siglas políticas o de utilizar un discurso populista y mesiánico repleto de mentiras, engaños y despropósitos, que provocan la anestesia social e impide la reacción y la acción necesarias para movilizar conciencias, pensamientos e ideas, que previamente se han encargado de secuestrar haciéndoles creer que la democracia se reduce a votar cada 4 años.

Realmente la COVID 19, es mucho más que el contagio y lo que el mismo supone físicamente. Sería conveniente que pensásemos que estamos haciendo individual y colectivamente para tratar de recuperar una normalidad que sin ser ideal al menos nos permitía vivir y convivir, y no tan solo subsistir.

Como enfermeras, podríamos y deberíamos recuperar el espíritu de los años previos a la entrada en la Universidad si no queremos que pronto se pueda plantear nuestra salida de la misma. Recuperar lo que significa ser y sentirse enfermera y hacerlo patente con nuestra actitud, nuestro posicionamiento y, sobre todo, nuestros cuidados profesionales.

Porque, si las enfermeras no trabajamos por nuestros sueños, alguien nos mandará para que trabajemos por los suyos[2].

Finalmente y posiblemente, la cuestión no sea cuántas enfermeras faltan, sino qué enfermeras son las que hacen falta.

¿O es que estamos esperando también una vacuna para esto?

[1] Médicocracia: Puestos de responsabilidad en el Sistema Sanitario adjudicados exclusivamente en función de la pertenencia a la disciplina médica.

Mediocricracia: Puestos de responsabilidad adjudicados en función al nivel de mediocridad de quienes los ocupan.

[2] Adaptación de una frase de Steve Jobs: “Si tú no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos”

ROL DE ENFERMERÍA: HISTORIA DE LA HISTORIA

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Editorial en la Revista ROL de Enfermería del mes de octubre de 2020

EDITORIAL_OCT_2020

SEXENIO DOCENTE Docencia y decencia, pese a quien pese

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            La ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación) se ha reunido recientemente con el Ministerio de Universidades y la CRUE (Conferencia de Rectores de Universidades de España), para desarrollar e implantar un sexenio docente.

Dicen que nunca es tarde si la dicha llega. Y digo esto porque ha sido la docencia la que ha tenido que esperar hasta ahora para que se reconozca su excelencia. Previamente lo habían hecho la investigación y la transferencia, con lo que con la docencia se cierra el círculo.

            La docencia que, pese a quien pese, porque parece que le pese a más de una/o, es la principal razón de ser de la Universidad, ha tenido que esperar hasta ahora para que se incorporara en el circuito de la Calidad y la Acreditación.

            La investigación y la transferencia, por este orden, ya tenían sus “sexenios” y con ellos, paradójicamente, se permite reducir la carga docente de quienes los alcanzan. Es decir, acreditar investigación y transferencia permite liberarse de docencia. Falta por ver si conseguir un sexenio docente liberará también de carga docente, lo que sería el colmo de la contradicción. Difícilmente lo podrá hacer de investigación y menos aún de transferencia, ya que no existe asignación concreta como sucede con la docencia. Y lo es por múltiples razones. Para empezar, se habla de carga docente, que según la RAE es la “Obligación aneja a un estado, empleo u oficio”, pero también “aflicciones del ánimo”, es decir, que la docencia se convierte en una obligación que puede generar aflicción de ánimo, lo que tal vez sea la principal razón por la que la investigación y la transferencia pueden liberar de dicha carga a los docentes, algunos de los cuales, cada vez lo son menos, dada su poca carga y posiblemente su menor aflicción. Y es que, por ejemplo, no se habla en ningún momento de carga de Investigación o Transferencia, lo que hace presuponer que no generan aflicción y que tampoco son una obligación.

            Así pues, resulta paradójica e incluso contradictoria esta evaluación de la calidad y la acreditación, pues las ponderaciones realizadas no son proporcionales ni proporcionadas a lo que es o debería ser la actividad Universitaria de los denominados con el acrónimo de PDI (Personal Docente e Investigador), que cada vez parece que tengan que ser más investigador y menos docente.

De tal manera que la docencia seguirá siendo el patito feo de la Universidad, aunque se quiera reconocer ahora con la creación del sexenio.

En cualquier caso y a la espera de que los expertos concluyan el diseño del denominado sexenio docente, que se incorporará al laberinto acreditativo en el que están inmersos todos los PDI, difícilmente su incorporación al mismo contribuirá a una mejora de la docencia, dado que existirá un claro desequilibrio entre lo que, la acreditación a la investigación y la transferencia “roban” de docencia y lo que la docencia puede aportar de calidad a la misma, que seguirá siendo una carga.

La acreditación investigadora y de transferencia ya eran claros distractores de la actividad académica, al exigir una intensa atención del PDI para lograr el producto exigido para su acreditación, en la que se incorporan claros y dudosos, éticamente hablando, intereses mercantilistas a los que alimenta la Universidad con dichas exigencias. Esperemos que el nuevo sexenio docente no se incorpore como coadyuvante de los anteriores y con ello al empobrecimiento de la docencia que es lo que se quiere acreditar. Por otra parte, falta saber si el sexenio docente requerirá, como sucede con el de transferencia, la exigencia de contar con un sexenio previo de investigación, como si fuesen incompatibles. O que incluso puede que se exija tener sexenios previos de investigación y transferencia para poder optar a uno de docencia, aunque se cuente con los méritos necesarios para ello. Todo puede pasar, aunque no existan argumentos de peso que sustenten la decisión. Pero las barreras, siguen poniéndolas los mismos de siempre para proteger su hegemonía, pese a quien pese.

            Centrándome en la realidad universitaria de enfermería, las enfermeras llevamos integradas en la Universidad casi 45 años. En este recorrido en el que hemos tenido barreras incomprensibles que nos impedían avanzar en el desarrollo académico e investigador, nuestra principal dedicación se centraba en una docencia de excelencia que no era ni reconocida ni reconocible para los estamentos académicos. Barreras que idearon, levantaron y mantuvieron los mismos que tras su eliminación planificaron e implementaron los criterios exclusivos y excluyentes, biomédicos, positivistas y racionalistas que rigen la acreditación investigadora en la Universidad, huyendo de un modelo inclusivo, integral y transversal en el marco de las ciencias de la salud de las que, no tan solo, no se sienten parte, sino que rechazan frontalmente, pese a quien pese.

Finalmente, el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) nos liberó de las barreras que nos impedían acceder a estudios de máster y de doctorado, que son los que habilitan para la investigación. Estamos hablando del año 2010, es decir hace 10 años.

Coincidiendo con este nuevo EEES, y con el fin de cumplir con el objetivo de garantía de verificación de la calidad del sistema universitario, la Ley Orgánica de Universidades crea la ANECA, que implementa los sexenios de investigación. Las enfermeras docentes, a partir de ese momento, se rigen por idénticos criterios de evaluación investigadora que cualquier otro docente en la Universidad. A pesar de que tuviesen limitado su pleno acceso a la investigación hasta ese momento, situándolas, de nuevo, en una complicadísima situación para asimilarse a docentes/investigadores con un recorrido muchísimo mayor y, por tanto, con una clara desventaja a la hora de cumplir con los criterios de una supuesta igualdad de oportunidades que, si bien es cierto, es lo que corresponde, no es menos cierto que dicha igualdad tan solo se obtiene, para las enfermeras, a partir de ese momento. Ni la preparación, ni las condiciones, ni los accesos, ni las oportunidades, fueron las mismas para todos y, a pesar de ello, las enfermeras tuvimos que asumir los criterios y adaptarnos a su exigencia para lograr unos sexenios que se convirtieron en santo y seña de la excelencia universitaria en detrimento, se quiera admitir o no, de la excelencia docente.

La ANECA, nunca consintió establecer criterios diferenciados, aunque fuese de manera temporal, para lograr superar los claros desequilibrios entre quienes llevaban decenas de años con plena capacidad investigadora y quienes, como las enfermeras, tan solo pudimos incorporarnos a ella decenas de años después. No se trataba de un trato de favor, sino tan solo de una discriminación positiva ante la clara desventaja y desigualdad con la que partíamos.

Por lo tanto, nuestros sexenios, los de las enfermeras, pese a quien pese de nuevo, tienen un valor añadido que, aunque nunca va a ser reconocido es patente y debe ser, cuanto menos, identificado y reconocible.

Retrocediendo a la implementación del EEES y lo que el mismo suponía de cambio en la metodología y el paradigma docente existente hasta entonces en la Universidad, supuso un reto para todo el PDI. Pero, sin duda, las enfermeras docentes universitarias se adaptaron de manera mucho más eficaz al mismo que la mayoría de las/os docentes de otras disciplinas. Entre otras cosas, porque las enfermeras llevábamos aplicando dicha metodología desde que nos incorporamos a la Universidad ya que trasladábamos nuestro paradigma enfermero integral, integrador y participativo en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, dicha adaptación y excelencia nunca ha sido reconocida al no existir, hasta la fecha, ningún criterio que permitiese hacerlo, como parece que ahora, diez años después de implementado el EEES, se quiere hacer. Falta saber si esos criterios formarán parte del sexenio para que pueda ser además de docente, decente.

Mientras nosotras nos dedicábamos a dar sentido al EEES otros se empleaban a fondo por reunir méritos de investigación que les descargaban de una carga, la docencia, en la que, en muchas ocasiones, ni creían ni aceptaban, lo que nos separaba claramente de las oportunidades de una carrera académica en la que, lamentablemente, no hemos podido llevar la misma velocidad que otras disciplinas.

Llegados a este punto, nos encontramos con una situación verdaderamente compleja para las enfermeras en la universidad. Por una parte, porque el acceso a la Universidad, a parte de complicado, no ofrece unas condiciones retributivas que permitan competir con las que ofrece, por ejemplo, el sistema sanitario. Por otra porque la carrera académica sigue manteniendo importantes desigualdades de oportunidad lo que limita las posibilidades de acceso a determinados puestos, provocando que profesionales de otras disciplinas se incorporen como docentes, aunque no tengan las competencias profesionales exigibles, y, sin embargo, no exigidas para ello.

El resultado es, por tanto, muy desalentador, al difuminarse hasta prácticamente la invisibilidad la aportación enfermera en los estudios de Enfermería, lo que provoca un clarísimo deterioro de la docencia y de la decencia y por tanto de la formación de enfermeras.

Desconozco si estas circunstancias van a ser, no ya valoradas sino tan siquiera identificadas, por las/os expertas/os que van a establecer los criterios de este nuevo sexenio docente. No hacerlo supondrá un grave riesgo para los estudios de Enfermería que acabarán siendo impartidos por profesionales, seguro que muy válidos en sus disciplinas, pero absolutamente inhabilitados para formar a las enfermeras que la sociedad necesita.

Sería un error pensar que este es un problema de las enfermeras. Porque este es un problema social, sanitario, académico, político y de salud que debe ser analizado, evaluado y tratado para evitar que las enfermeras dejen de ser profesionales de los cuidados y se conviertan en enfermeras tecnológicas que, pese a quien pese de nuevo, no es lo que necesita la sociedad actual y mucho menos la que nos va a dejar la COVID 19.

Ahora toca movilizarse para que no nos pase como con los sexenios de investigación. Porque si nos descuidamos de nuevo las/os expertas/os, entre las que difícilmente habrá enfermeras, amoldarán los criterios del sexenio docente sin tener en cuenta, de nuevo, la singularidad enfermera que, pese a quien pese, existe.

Pero no dudemos de que habrá quienes digan que este planteamiento es una prueba más de que no sabemos adaptarnos a la dinámica de la Academia y que tan solo sabemos llorar.

Pues no. Me niego a que identifiquen la justa y necesaria reivindicación que supone el reconocimiento de la docencia enfermera, como una simple pataleta. Hace tiempo que las enfermeras hemos demostrado, en condiciones muy desiguales, que somos capaces de situarnos en idéntico o superior nivel que el de cualquier otra disciplina, pero no es de ley que tengamos que seguir haciéndolo a expensas de un claro y excesivo sacrificio personal. Nos han situado en una falsa igualdad que ha limitado hasta su desaparición la equidad.

A lo mejor hace falta crear un sexenio de equidad universitaria, aunque ello acabase con una de sus principales señas de identidad, la endogamia.

ENFERMERAS COMUNITARIAS Y PANDEMIA

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MONEY, MONEY

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Tal como cantaran Liza Minnelli y Joel Grey en la fantástica Cabaret, el dinero hace girar el mundo… Money, money.

Aunque cualquier historia, por triste, desgarradora o patética que pueda ser, resulta susceptible de ser musicada, como por ejemplo sucede con la comentada Cabaret, lo que estamos viviendo con la pandemia no creo que nunca pueda llegar a ser ni musicado ni cantado. Bastante haremos si somos capaces de que sea contado con la objetividad que merece y no con la crispación con que se está afrontando por parte de unos y otros.

Como ya todos sabemos, porque lo sufrimos, lo vivimos, lo escuchamos y lo vemos, la pandemia va mucho más allá del contagio, la enfermedad y la muerte que el virus coronado genera. La pandemia en su voraz apetito destructor está ensañándose, además de en la salud, en la economía.

Es evidente el impacto que la pandemia está ocasionando en amplios sectores sociales y que, como suele suceder siempre, afecta de manera totalmente desigual a los diferentes estratos que configuran dicha sociedad. Sociedad que, por mucho que nos empeñemos o se empeñen en hacernos creer, no es ni igualitaria, ni equitativa. Por tanto, los efectos de la pandemia, tanto en salud como en economía, afectan de manera totalmente desigual a pobres o a ricos, o como eufemísticamente se traslada a clases altas, medias o bajas, como si de una clasificación deportiva se tratase.

Y es que, la vulnerabilidad social es un concepto ampliamente aceptado para valorar las situaciones de injusticia social y de desigualdad, en oposición a la noción de integridad. Sin embargo, empieza a consolidarse en el panorama científico y político actual, un debate acerca del uso de los términos “vulnerado” y “vulnerable”, siendo difícil identificar los argumentos a favor y en contra de cada uno de ellos. Schramm y Kottow diferencian estos conceptos considerando que “vulnerado” hace referencia a una situación de daño que requiere de acciones afirmativas y reparadoras hacia su integridad, mientras que “vulnerable” evoca una fragilidad potencial de cualquier persona o colectivo que requiere de una protección equitativa contra daños para impedir una lesión a su integridad [1], [2]

Así pues, desde este planteamiento, la pandemia está generando daños individuales y colectivos que necesitan de medidas que solucionen o, al menos, palien sus necesidades y que lamentablemente no se prestan de la misma manera a aquellas personas, familias o comunidades que previamente a la pandemia tenían evidentes diferencias en la promoción y protección de su salud.

Por lo tanto, los efectos de la pandemia y los problemas colaterales o secundarios que genera no son para todos los mismos y provocan un aumento considerable de la desigualdad en función del grado de vulnerabilidad.

Como ya ha quedado claro y se ha comentado en anteriores entradas en este mismo Blog, la pandemia ha dejado al descubierto las importantes carencias de las que adolece nuestro SNS a pesar de ser considerado excelente. Un Sistema que presume de equitativo y universal, pero que las sucesivas crisis y las políticas restrictivas que le han acompañado han mermado tales virtudes, para quedar finalmente más en un deseo que en una realidad que, se empeña en demostrar, la existencia de claras diferencias tanto en el acceso como en la atención prestada, a las que acompañan, por ejemplo, una inexistente perspectiva de género, que también la pandemia se ha encargado de poner en clara evidencia.

Ante esta situación, nos encontramos con dos claros posicionamientos. Por una parte la urgente necesidad de adoptar medidas que modifiquen esta tendencia mediante un cambio de modelo del SNS y muy especialmente de la Atención Primaria de Salud, ya iniciada con la publicación del Marco Estratégico de Atención Primaria Comunitaria, pero abruptamente interrumpida, por efecto de la pandemia y del abordaje medicalizado que de la misma se ha hecho situándola, en el nivel de subsidiariedad y dependencia hospitalaria que venía desempeñando antes de la pandemia, sino la ha potenciado mucho más.

Por otra parte, un incremento exponencial de la sanidad privada que ha identificado la situación pandémica como un nicho de oportunidades de crecimiento y enriquecimiento, tal como se identifica de manera muy sencilla a través de los espacios publicitarios tanto en medios de comunicación como en espacios públicos, en los que se traslada una atención de calidad que, sin decirlo expresamente, se contrapone a las deficiencias del Sistema Público.

En cuanto a la primera de las consecuencias y a pesar de las cacareadas pero ineficaces comisiones de reconstrucción y de alguna otra iniciativa perdida en el sueño de los dioses o en los cajones sin fondo de las administraciones, las respuestas reales de intervención para iniciar el cambio de modelo que precisa el SNS han sido inexistentes. Esta pasividad e inacción, en ningún caso debería ser justificada por la presencia de la pandemia, que se ha convertido en la excusa perfecta para, precisamente, no hacer nada o hacer justamente lo contrario a lo que se debería. La pandemia, por el contrario, debería ser el acicate o la justificación más potente para que la voluntad política despertara de su eterno sueño e iniciara acciones tendentes al cambio del SNS que pasa ineludiblemente por el cambio de paradigma y con él el cambio de modelo actual que se ha mostrado no tan solo claramente ineficaz e ineficiente, sino con una evidente inequidad. Las respuestas urgentes e inmediatas que precisa la población ante los ataques de la pandemia, pueden y deben compatibilizarse con las acciones y estrategias que permitan iniciar ese necesario cambio.

Por lo que respecta a la segunda y sin dejar de reconocer el derecho lícito a la expansión de la empresa privada, no se pueden obviar factores coadyuvantes a la pandemia que están beneficiando claramente dicho crecimiento en detrimento del sector público. Por una parte, destacar la desigualdad e inequidad apuntadas anteriormente, como elementos claramente diferenciadores que provocan una clara tendencia a la contratación de servicios privados por parte de aquellos que pueden permitírselo, lo que aún empobrece mucho más a quienes no tan solo no lo pueden hacer, sino que además tienen serias dificultades para ser atendidos por el sistema público. Por otra parte, la pandemia, básicamente genera enfermedad, que es la base del crecimiento de la sanidad privada desde el paradigma de medicalización, asistencialismo y tecnología en el que se basa el SNS actual, pero que difícilmente puede competir con este por razones de economía de mercado que determinan finalmente la oferta y la demanda y con ellas las desigualdades de atención a la población en base a su clase social y a la oportunidad de acceso a dichos seguros privados.

En este último sentido, hay que destacar que la empresa privada siempre va a centrar su atención en la enfermedad. Aunque trate de disfrazar su oferta de salud y de cuidados, lo que realmente les interesa y les da beneficios es la enfermedad. Por eso la pandemia se presenta como una excelente oportunidad de negocio en la que incorporan los cebos de teleasistencia, inmediatez, coberturas… Y en este negocio, claro está, quienes se enriquecen, a parte de las multinacionales que las sustentan, son los médicos con “su” modelo biologicista, fragmentado y tecnológico en el que la empatía es sustituida por simpatía y la humanización por hostelería. Las enfermeras, en este modelo, se incorporan como meros recursos subsidiarios y sin capacidad de autonomía profesional, al servicio de la técnica aislada de los cuidados y de quien la domina y mercantiliza. Eso, sin entrar a valorar otros aspectos no por ello menos importantes como las condiciones de precariedad tanto económica como laboral. Tan solo hay que oír, ver o leer, lo que dichas empresas ofrecen como servicios, en los que, en ningún caso se habla de cuidados profesionales enfermeros de excelencia o de estrategias de cuidado enfermero o de especialistas en algún ámbito. Todo lo más sirven como elemento de marketing a través de una sonrisa o una cara bonita para los reclamos publicitarios.

Ante este panorama se corre el riesgo de generar una sanidad para pobres, el SNS, y una sanidad para ricos, la sanidad privada, que además se lucra a costa de las carencias de la primera al subcontratar servicios que no quiere o no puede prestar. Si a ello añadimos la falta de inversión en sanidad que nos sitúan más de dos puntos por debajo de la media de los países de la OCDE con un escandaloso desequilibrio en las inversiones entre hospitalaria y Atención Primaria y las nefastas políticas de personal del SNS que, por ejemplo, sitúan a España en el puesto 28 de los 36 países de la OCDE en número de enfermeras por 1000 habitantes (más de 3 puntos por debajo de la media y a 12 puntos de Finlandia que ocupa el primer puesto), podemos darnos cuenta de la precariedad con que funciona el denominado excelente SNS español. Pero, además, hay que destacar la falta de motivación y desincentivación que genera en sus profesionales, poniéndolos en la línea de salida para pasarse a la segunda, en el caso de muchos médicos, o bien la migración forzosa al extranjero, en el caso de las enfermeras. Si a dichas políticas añadimos los criterios para establecer las ratios profesionales, sobre todo en el caso de las enfermeras, que generan una clarísima suboptimización, nos encontramos ante un panorama que difícilmente va a poder competir con la oferta de lujo de la sanidad privada. Por último, cabe destacar la subsidiariedad a la que el modelo medicalizado y asistencialista de la sanidad privada somete a la salud en favor de la enfermedad y la curación y la nula importancia que concede a los cuidados profesionales enfermeros en favor de cuidados centrados casi exclusivamente en el ámbito doméstico.

En este panorama, en el que los modelos del SNS y de la sanidad privada, son idénticos, la competencia es claramente desigual y descaradamente favorable a la segunda, lo que aún genera mayor diferencia en la atención percibida por parte de la ciudadanía, aunque esta se valore, en muchas ocasiones, tan solo en base a criterios de hostelería, y todo ello contribuye tanto a que persistan las personas, familias y comunidades vulneradas y vulnerables.

Es por todo lo dicho que las enfermeras nos tenemos que posicionar claramente por un modelo equitativo, igualitario, universal, con perspectiva de género y en el que la empatía, la accesibilidad, la atención integral, integrada e integradora, la intersectorialidad, la transdisciplinariedad, los cuidados de calidad y el respeto a las/os profesionales, desde una perspectiva salutogénica y con participación ciudadana permitan generar espacios saludables en los que promover la salud, prevenir la enfermedad y atender con calidad los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad, sean la seña de identidad del SNS como modelo diferenciador con la sanidad privada, mercantilista e interesada en el lucro que genera la enfermedad en contraposición a la salud, en la que se deberá trabajar para que los cuidados profesionales enfermeros se incorporen también como referente de dicho modelo, permitiendo romper la subsidiariedad y la precariedad que actualmente sufren las enfermeras.

Finalmente, no se trata de ir en contra de la sanidad privada, sino de impedir que esta crezca en detrimento del SNS y que la ciudadanía elija uno u otro modelo en base a criterios que no se basen en la vulnerabilidad.

 

Money money

Money money

It makes the world go round!

Dinero, dinero

Dinero, dinero

¡Hace que el mundo siga girando

 

[1] Schramm Fermin Roland, Kottow Miguel. Principios bioéticos en salud pública: limitaciones y propuestas. Canalla. Saúde Pública [Internet]. Agosto de 2001 [consultado el 13 de octubre de 2020]; 17 (4): 949-956. Disponible en: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0102-311X2001000400029&lng=en.https://doi.org/10.1590/S0102-311X2001000400029 .

[2] Morais TCA de, Monteiro PS. Conceitos de vulnerabilidade humana e integridade individual para a bioética. Rev Bioét. agosto de 2017;25(2):311-9.

PANDEMIAS Y VACUNAS

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Llevamos siete meses de pandemia oficial en nuestro país y casi un año desde que se iniciase en Wuhan (China). La sorpresa y la incertidumbre han sido las compañeras de viaje del virus COVID 19. Nadie le eligió, ni le votó, ni le llamó… se presentó sin más y logró hacerse hueco, poco a poco, de manera silenciosa, aunque implacable, en la mayoría de países de nuestro planeta.

Los profesionales sanitarios, los de servicios esenciales, los científicos, los políticos y la propia ciudadanía fueron sistemáticamente burlados, atacados y desbordados por el virus que nadie conocía y que ya nadie desconoce.

Los contagios, la enfermedad, el confinamiento, la alarma, la incredulidad, la muerte… se mezclaban en un cúmulo de cifras, datos, estadísticas, muchas especulaciones y escasas certezas, que poco a poco fueron generando una red de desconfianza que ni los aplausos, ni las evidencias, ni las medidas sugeridas o impuestas, eran capaces de salvar para lograr la tan necesaria unidad de acción.

El tiempo, inexorable y relativo al mismo tiempo, corría demasiado para algunas cuestiones o se detenía de manera exasperante para otras, uniéndose al ataque vírico y marcando cronológicamente su aparente avance o parálisis.

La ciencia, por otra parte, trataba de encontrar respuestas al enigma que portaba el virus, mientras las interpretaciones, las conjeturas y los planteamientos iniciales se adelantaban a la falta de evidencias que permitiesen concretar las acciones adecuadas, tanto sanitarias como sociales.

La paciencia, procuraba contener la alarma, la inseguridad y la desconfianza, en un intento permanente por dar respuesta a los envites constantes de un virus que modificaba su comportamiento de manera continua.

Los medios de comunicación, intentaban contribuir a la información serena y veraz, pero sucumbían con frecuencia al espectáculo de la farándula pseudocientífica, dando rango de verisimilitud a bulos y mentiras interesadas.

La ciudadanía, diversa y expectante, obedecía las indicaciones de aislamiento y seguridad esperando la anunciada nueva normalidad, entre aplausos o caceroladas.

La política, convulsa e inestable, trataba de serenarse y asentarse para dar respuesta unitaria a la magnitud del ataque con medidas excepcionales y mensajes sin fisuras.

Pero el COVID 19, logró algo mucho más mortífero, si cabe, que su propia carga vírica. Logró que los profesionales se agotasen, que el tiempo luchase contra la paciencia, que la ciencia dudase de la evidencia, que los medios de comunicación se dejasen arrastrar por las audiencias, que la ciudadanía desconfiase de lo que se le indicaba y, sobre todo, que la política se dejase mancillar por aquellos políticos interesados en provocar un espectáculo de confrontación y de pulso permanente centrado en el oportunismo interesado, partidista y personal, que se aleja del interés común de la ciudadanía que asiste atónita al espectáculo y debilita su responsabilidad individual y colectiva ante los mensajes contradictorios, incoherentes y alejados de la evidencia científica de los políticos.

Así pues, a la pandemia de la COVID 19 se une otra pandemia que actúa como potenciadora de los efectos colaterales de la primera y que es mucho más nociva que la propia pandemia vírica.

La ignorancia, la mediocridad, la arrogancia, la incapacidad, la altanería, la soberbia, la intransigencia, el egocentrismo, la hipocresía y el cinismo, configuran una carga mortífera de irracionalidad, incoherencia, absurdidad, inconsistencia y patetismo que acompañan a los posicionamientos políticos desde los que, con total despropósito, quieren convencer a la ciudadanía de que pretenden tomar decisiones que les protejan de la pandemia. Lo que, por una parte, supone demostrar un desprecio absoluto por la inteligencia de la ciudadanía y, por otra, una total indiferencia por el bien común en favor del bien personal, aunque ello suponga poner en riesgo la salud comunitaria.

La reacción que esta situación genera, aunque ilógica e injustificable, es la del inconformismo reaccionario de la población que no tan solo cuestiona las medidas de protección, sino que incluso, las rechaza desde un posicionamiento negacionista a la lógica y la ciencia. Por su parte hay quienes aprovechando el desconcierto tratan de obtener el mayor rédito posible con peticiones que escapan a lo lícitamente exigible y entendible, pero que son acompañadas de manera interesada y oportunista por los mismos políticos reaccionarios que hacen uso de la justicia incorporándola como arma arrojadiza, no contra el virus, sino contra el que consideran enemigo político.

Esta especie política tan peligrosa y dañina no es exclusiva de nuestro país y, como el propio COVID 19, se extiende de manera muy preocupante por muchos otros estados que sufren similares posicionamientos políticos que se incorporan como verdaderas pandemias.

Ante la pandemia de la COVID 19, siempre vamos a tener la esperanza de que la ciencia logre hacerle frente y neutralizarla mediante la generación de vacunas o de otras acciones científicas.

Ante las pandemias coadyuvantes de esta y de otros posibles problemas de salud o sociales, tan solo nos queda la esperanza de que la democracia y la libertad puedan neutralizar, con la fuerza de los votos de la ciudadanía y el inconformismo basado en el pensamiento crítico y la coherencia social, a sus principales agentes nocivos, sustituyéndolos por políticos que centren sus esfuerzos en el bien común y no en el interés personal, mercantil o mediático.

Son vacunas diferentes, sin duda. Pero ambas son imprescindibles si realmente queremos vencer la intransigencia, el totalitarismo y el negacionismo de la libertad de quienes amparándose en la democracia la fagocitan y la destruyen para ejercer e imponer el poder exclusivo y excluyente y poner en riesgo la salud colectiva.

Es preciso identificar y asumir la importancia de vacunarse de ambas pandemias si queremos recuperar algún tipo de normalidad.

ENTREVISTA EN DIARIO INFORMACIÓN

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INFORMACIÓN_10_10_2020

VODEVIL 2020

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Estamos asistiendo a un verdadero espectáculo de vodevil.

El vodevil es un subgénero dramático que consiste en una comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

Creo que la definición, lamentablemente, encaja a la perfección en la escenificación que actualmente están haciendo, en general y con honrosas excepciones, nuestros políticos en un escenario, además, tan preocupante como el de la pandemia. La única diferencia estaría en que, en la escenificada por los políticos no existen números musicales que, al menos, pudieran hacerlos más llevaderos o entretenidos. Pero posiblemente el argumento de los mismos resulta complicado de musicar.

Otra gran diferencia está en que las/os artistas que se dedican al digno y complicado mundo de la farándula, desde quienes escriben los libretos hasta quienes los escenifican, están sujetos a la crítica de un público exigente que en un momento dado puede expresar su descontento por la calidad, o bien del contenido, o bien de los actores o actrices que lo interpretan. Y la crítica del público es aceptada, por dolorosa que sea. A ninguno de ellos, ni autores ni actores, se les ocurre enfrentarse en una discusión dialéctica con las/os espectadores/as denunciando su falta de tacto o su inoportuna crítica. Simplemente la asumen y tratan de mejorar.

Quienes escenifican el vodevil político, sin embargo, cuando alguien, por prestigioso que sea, en lugar de aplaudir vehementemente y sin criterio, lo que hace, es argumentar su descontento con una crítica razonada, se revuelven y les atacan con intrigas y equívocos propios de la comedia que lamentablemente escenifican.

Así pues asistimos, atónitos, a una representación burlesca, zafia, ligera y frívola en la que las/os políticas/os no tan solo no manejan el arte escénico sino que ni tan siquiera conocen en profundidad y con la exigencia debida el papel que interpretan, lo que les lleva a permanentes cambios en el registro y argumento de sus interpretaciones, provocando tanto el desconcierto de las/os espectadoras/es como el enfrentamiento, fuera de guion, entre las actrices y actores que intervienen en estas obras corales en las que, además, existe una permanente lucha por lograr un protagonismo personal que trasciende al que debiera ser colectivo. De tal manera que las divas y divos, que de todo hay, utilizan cualquier medio para significarse y atacar a quienes interpretan les eclipsa. Porque realmente lo que les interesa es el fin, su fin, y para ello justifican los medios que utilizan, sean los que sean.

Sin embargo, hay algo que merece la pena destacar. Son capaces de adaptar sus interpretaciones, por nefastas que estas sean, a muy diferentes escenarios. Desde los más prestigiosos, como las cámaras de diputados o senadores, tanto sean nacionales o autonómicas, como en interpretaciones callejeras totalmente improvisadas, pero con una escenificación propia del musical “West side history”, en la que no rehúsan a la lucha cuerpo a cuerpo y al navajazo traicionero, vengativo y mortal, aunque sin coreografía.

Centrándonos en la actual situación de pandemia, que tanta incertidumbre, sorpresa como dolor y sufrimiento está causando, nuestras/os intérpretes políticas/os han decidido que no era momento para la reflexión y el cambio hacia una interpretación coral en la que, alejados de egos y divismos innecesarios, se tratase de escenificar un guion coherente, razonado y razonable, entendible y capaz de hacer frente al único y verdadero enemigo de toda esta situación que, no es otro, que el coronavirus COVID 19.

Y en una nueva y frívola decisión, ahora si colectiva, prefieren convertir su interpretación en un lamentable combate pugilístico de todos contra todos, pero con apariencia de vodevil para hacerlo más atractivo.

Y en ese ambiente en el que se mezclan las interpretaciones con la perplejidad de las/os espectadoras/es y la incertidumbre ante lo que puede pasar con la certidumbre de lo que está pasando, puede dar la impresión de que somos un país a la deriva en el que no se están tomando las mejores decisiones y en el que las medidas que se adoptan están muy alejadas de lo que la ciencia dicta.

Y, sin embargo, esto no es así. No hay que engañarse ni engañar. La situación de España en cuanto al afrontamiento de la pandemia y en cuanto a resultados es muy similar e incluso mejor, en algunos aspectos y en algunos territorios, a lo que acontece en otros países de nuestro entorno y de fuera del mismo.

Por lo tanto, el problema no está en el qué y cómo sino en quiénes están escenificando y proyectando una imagen, tanto interna como externa, tan patética y de vodevil como la que se está proyectando.

Países como Bélgica, Holanda, Reino Unido, Francia o la propia Italia… tienen situaciones similares o peores que las de España y, sin embargo, las noticias que llegan, sobre cómo se está abordando, qué medidas se están adoptando ante la pandemia y cuáles son las reacciones internas de sus políticas/os, están muy alejadas de las escenificaciones que aquí se hacen.

Todo lo cual, provoca una imagen, tanto interna como externa, muy deteriorada y altamente negativa que, sin duda, repercute en el clima de crispación generado y en la imagen que se proyecta en torno al abordaje de la pandemia. Se ha logrado que el campo de batalla en el que quisieron situar a la pandemia se haya trasladado al ámbito político, lo que provoca una nueva y triste combinación de vodevil bélico en el que parece que todo vale con tal de ridiculizar, atacar, menospreciar, vejar, ultrajar, denunciar, ensuciar… al supuesto enemigo e intérprete, desviando la atención y los esfuerzos, de lo que es verdaderamente importante, como es vencer a la COVID 19. Recuperando una guerra civil que nunca se ha logrado concluir y en la que los rojos y los fachas, los monárquicos y los republicanos, los vencedores y vencidos… son rescatados por algunos para continuar esa eterna batalla fratricida que nos impide avanzar, mediante usos y abusos de los símbolos y orgullos patrios exclusivos y excluyentes.

Y en medio de toda esta locura bélica-interpretativa se encuentran, como si de tramoyistas, figurinistas, técnicos de sonido e imagen… y espectadoras/es, se tratasen, científicos, medios de comunicación, profesionales de la salud y de otros servicios esenciales y la propia comunidad, que desde la perplejidad del ridículo espectáculo al que asisten, tratan de aportar algo de calma y consenso con tal de que el espectáculo sea lo menos lamentable posible y permita modificar el guion y las interpretaciones para que no tan solo tenga la coherencia necesaria y deseada, sino también el rigor y la calidad que la población merece y espera.

Sin embargo, no siempre lo consiguen ya que en muchas ocasiones se instrumentalizan las citadas acciones para ser utilizadas como armas arrojadizas en forma de nuevos diálogos frívolos y delirantes hacia quienes los proponen y contra quienes son vistos únicamente como enemigos y no como oponentes políticos que es lo que son. La oratoria serena, crítica pero razonada y respetuosa, la presentación de alternativas… son sistemáticamente reemplazadas por el lenguaje descalificador, vengativo, rencoroso, culpabilizante y vacío de contenido, utilizado tanto en tribunas políticas como en platós televisivos, estudios radiofónicos, redes sociales o páginas de prensa. Todo vale con tal de tapar vergüenzas propias y tratar de exteriorizar y magnificar las ajenas, dejando al margen el verdadero y único problema real que está sufriendo la ciudadanía tanto a nivel de la salud individual, familiar y colectiva como en la economía, la convivencia, el acceso al trabajo…

La COVID 19 no se combate con querellas ante los tribunales, ni con mociones de censura, ni con posicionamientos intransigentes y paralizantes, ni con descalificaciones gratuitas, caprichosas e interesadas, ni con escenificaciones victimistas y populistas… la COVID 19 se combate con evidencias científicas, con consenso, unidad, apoyo, crítica constructiva, reflexión serena, análisis rigurosos y objetivos, con respeto no exento de contraste de ideas, con diálogo, con debate alejado de la estridencia y del espectáculo de vodevil.

La imagen que como país se está trasladando es patética. La ciudadanía quiere que se den respuestas a sus problemas, sus necesidades o sus demandas y que no tenga que asistir al patético espectáculo de vodevil con el que persisten en ofrecernos quienes tienen la obligación, no de entretener, sino de favorecer la vida de aquellas/os que les han situado donde están para que, precisamente, hagan eso que se resisten a hacer.

La pandemia pasará, a pesar de tan nefastos actores, e incluso los citados actores desaparecerán de escena para dejar paso a otros con la esperanza de que sean capaces de cambiar de género, de registro y de interpretación. Pero los efectos colaterales que, tanto la pandemia como las/os intérpretes, dejarán tras de sí, serán tan graves que si no se genera ese cambio de manera urgente las consecuencias son imprevisibles.

Es momento de cambio, a pesar o precisamente por, la presencia de esta pandemia. Cambio en el Sistema Nacional de Salud, en las estructuras políticas, en la forma de gobernar y de presentar oposición, en los posicionamientos de cuantos agentes (políticos, de salud, ciudadanos, sociales, judiciales…) deben de intervenir para transformar una sociedad que necesita de una nueva normalidad alejada de los espectáculos frívolos e intrascendentes que se nos ofrecen actualmente. Normalidad en la que las normas de convivencia, transparencia, honestidad, ética y estética… destierren de una vez la confrontación civil que se resisten a abandonar algunos por sentirse cómodos en la trinchera infinita desde la que llevan a cabo el fuego cruzado que finalmente acaba matando o hiriendo a quienes dicen estar defendiendo desde el cinismo, la hipocresía, la demagogia y el populismo, sean del color que sean o defiendan la bandera que defiendan.

La única bandera que ahora mismo todas/os deseamos defender es la de la salud y la convivencia que nos permita recuperar una normalidad que no tan solo nos ha sido arrebata por la pandemia sino por quienes han contribuido a ello con la escenificación de un vodevil que ha logrado empobrecer, entristecer y envilecer la vida de cuantos sufrimos esta situación sobrevenida, sorpresiva e incierta que no necesitaba de su ayuda para hacer daño.

Ojalá en algún momento seamos capaces, todas/os de utilizar la palabra para solucionar en lugar de estropear, de debatir en lugar de pelear, de analizar en lugar de limitar, de reflexionar en lugar de atropellar, de proponer en lugar de imponer, de escuchar en lugar de tan solo oír, de cuidar en lugar de herir. Hacerlo no supone renunciar, en ningún caso, a las ideas propias, ni rebajarse, ni considerarse vencido, ni ser víctima, ni anular su identidad. Supone un ejercicio de humildad, respeto, grandeza, honestidad, coherencia y, sobre todo, de integridad moral y responsabilidad. Pero, claro, esto no encaja en la necesidad patológica que algunas/os mantienen de querer ser la/el diva/o del espectáculo, aunque se haga desde el esperpento.

Que pare el vodevil!!!!!. Es tiempo de algo menos frívolo, aunque el humor nunca esté reñido con el rigor.

SE VA QUINO, PERO NOS DEJA A MAFALDA. ¿Mafalda enfermera?

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A Quino por permitirme reír, pensar, soñar, rebelarme, querer…  vivir, con Mafalda.

 

            Hay personas que no quisiéramos que se fueran nunca o que pensamos que nunca se pueden ir. Pero la vida, como la muerte, son implacables y tienen sus ciclos en el caso de la primera y su llegada impredecible, aunque cierta en el caso de la segunda.

            Joaquín Salvador Lavado Tejón, al que muy pocos conocían como tal, pero si es reconocido y conocido como Quino, nos hizo disfrutar en sus sucesivos ciclos vitales con sus viñetas, sus tiras, sus dibujos, sus ideas… psicoanalizándonos, como buen argentino, en muchas ocasiones.

            Y en el momento de su muerte, Quino, ha sido recordado, llorado y querido, más por su gran creación que por él mismo. Como si en su despedida le acompañase su querida, nuestra querida, Mafalda.

            Mafalda nació casi por casualidad un 29 de septiembre de 1964 en Buenos Aires (Argentina). Un encargo de una tienda de electrodomésticos fue el detonante para que Quino creara a Mafalda y con ella la tira que la hizo mundialmente famosa a ella, a su familia y a su variopinto grupo de inseparables amigos.

            Cada uno de los personajes tenía un rasgo social diferenciado que reflejaba gran parte de una sociedad que tuvo la habilidad de que fuese reconocida y reconocible a pesar del paso del tiempo. Mafalda sus acompañantes y su mundo, su contexto, sus ideas, sus contradicciones, sus ilusiones, sus deseos, sus manías …estuvieron de actualidad cuando fue creada, siguen vigentes en la actualidad y lo serán eternamente, porque Quino, que no Mafalda ni sus acompañantes, les revistió de una inmortalidad social que está al alcance de muy pocos.

Sin embargo, como decía, Mafalda llegó a eclipsar a Quino. Como si Mafalda tuviese vida propia. Como si Quino hubiese sido el carpintero italiano Gepetto que creó a Pinocho y adquirió vida propia. Mafalda trascendió a su creador y se convirtió incluso en un problema para el propio Quino que, sin matarla, la sometió a una permanente hibernación que le permitiera ser reconocido como el extraordinario viñetista que era. Creando nuevos, aunque impersonalizados personajes que transmitían, eso sí, verdades como puños en una sociedad que se resistía a aceptarlas y, ni tan siquiera, conocerlas. Sus dibujos, muchas veces incluso sin palabras, trasladaban una realizad irónica, cruda, incluso punzante, como tratando de pinchar las conciencias de quienes, instalados en la individualidad, la competitividad, el consumismo… daban la espalda a los valores defendidos por Mafalda y ahora trasladados a otros personajes que dejaban que Quino fuese el protagonista.

            Así pues, Mafalda quedó eternamente anclada en su infancia, al igual que a sus amigos, su hermano y a sus padres, aunque a ellos en una permanente adultez que les impide la jubilación.

            Y todos nos acostumbramos a dicha parálisis vital rebobinando constantemente sus historias finitas en el deseo permanente de hacerlas infinitas.

            La madre de Mafalda, que como el del padre nunca conocimos su nombre, creada como la mujer perfecta ama de casa, cuidadora de su marido y sus hijos y esclava de su casa y de las tareas que la misma le generaban y le anulaban como mujer y como persona, ante la atónita mirada y la incomprensión permanente de Mafalda. Prototipo de la mujer normativizada socialmente.

El padre de Mafalda, trabajador y cabeza de familia tradicional, cuyo principal objetivo es el de sustentar a los suyos y procurarles todo aquello que la sociedad de consumo ofrece y que tantos quebraderos de cabeza le ocasionan para lograrlo. Prototipo de una clase social que es un quiero y no puedo, frente a quienes pueden y quieren serlo y mantener al resto en dicha escala subordinada.

El mercantilismo de Manolito, con sus sueños capitalistas y empresariales con tintes corruptos, aunque exento de cultura, inteligencia y de una aparente falta de sensibilidad en ese aspecto de bruto, en el que, sin embargo, la ocultaba. Fiel reflejo de una sociedad consumista y competitiva.

La aparente candidez de Susanita que ocultaba un prototipo de mujer socialmente sumisa, reproductiva, envidiosa y clasista que impregna toda su oratoria y sus pensamientos y que no entiende, ni lo pretende, cualquier otra opción, que es rechazada de pleno.

La eterna indecisión de Felipe que le sitúan ante una permanente diatriba entre lo que desea y lo que es socialmente aceptable y esperable y que le hace sentirse un llanero solitario.

Miguelito, soñador, iluso, tierno, que se intenta rebelar contra la normalidad establecida pero que nunca logra vencerla al estar demasiado pendiente de él mismo.

Guille, el más pequeño, pero el más rebelde, inconformista, narcisista y díscolo de todos. Tiene su propio mundo y quiere que todos giren a su alrededor como parte del mismo. Pasa a ser la incógnita del futuro no elaborado por Quino.

Libertad, la más pequeña en estatura y la amiga que más tarde se incorpora a la pandilla, pero la más perspicaz, aguda, irónica, reivindicativa y políticamente incorrecta de todos.

El mundo de Mafalda, que no Quino, me ha acompañado desde mi adolescencia y sigue haciéndolo cuando me acerco, cada vez a mayor velocidad, a mis últimos ciclos vitales. Pero para mi sigue siendo insustituible, indispensable, incuestionablemente necesaria en mis análisis, reflexiones, indecisiones, contradicciones, en las que siempre encuentro una viñeta, una expresión, un rasgo, una situación que me ayuda a entender, a reír, a pensar, a soñar sobre todo cuanto me rodea, me preocupa, me ocupa, me rebela, me enamora o me entristece. La sopa es lo único que me separa de ella, dado lo mucho que ella la odia y lo mucho que a mi me gusta. Pero siempre tendremos en común a los Beatles.

            Y es tal la empatía que por ella siento y la simpatía por quienes le acompañan que cuando yo ya descubrí lo que era ser y sentirme enfermera, quise, deseé, añoré, soné que Mafalda fuese enfermera. Porque quería que las enfermeras tuviesen mucho de Mafalda y creía que así era.

            Su amor por la justicia, la equidad, la igualdad, el respeto, la verdad… unido a su rebeldía, su impotencia, su pragmatismo, su vehemencia, sus convicciones… le hacían tener rasgos cuidadores alejados del exclusivo ámbito doméstico del que renunciaba y denunciaba al verlo reflejado en su madre, como cuidadora y mujer o en las injusticias que le rodeaban.

            Cuidadora del mundo al que miraba con ternura no exenta de rabia por su pertinaz renuncia al autocuidado. Del que incluso quiso bajarse pidiendo que lo parasen. Igual hoy se bajaría con él en marcha por no aguantar más.

Cuidadora de los derechos humanos que trataba de trasladar a cuantos le rodeaban en un ejercicio permanente de alfabetización, con más entusiasmo que éxito, todo hay que decirlo.

            Cuidadora de la ética y la estética que impregnaban cualquier acción que llevase a cabo, aunque le supusiese la permanente incomprensión de sus amigos, en especial de Susanita.

            Cuidadora de la salud mental, la salud laboral, la salud infantil, la salud de los mayores, la salud de la mujer, la salud comunitaria… a través de sus reflexiones, su pensamiento crítico, su capacidad de análisis… con los que trasladaba mensajes desde los que planteaba hábitos y conductas saludables.

            Cuidadora de la paz como contexto de salud universal.

            Cuidadora de las relaciones, la convivencia, el diálogo, la comunicación, como elementos básicos del respeto a la salud individual y colectiva.

En definitiva, rasgos que identifican a la buena enfermera y por los que, siempre me ha quedado la duda de si cuando creciese Mafalda su decisión hubiese sido enfermera.

Pero como quiera que Quino decidió que Mafalda fuese eternamente una niña, ahora que él se ha ido y Mafalda ha quedado entre nosotros, yo, me tomo la libertad de despertarla de su letargo editorial y situarla como mujer y enfermera.

Gracias Quino.

Sigues presente en tu eterna Mafalda