GESTIÓN ENFERMERA Y GÉNERO

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En un momento en el que el debate sobre la violencia de género y, por tanto, de la necesaria y deseada igualdad, está presente en nuestra sociedad, aunque tan solo sea como postura, creo interesante e incluso oportuno reflexionar sobre la gestión enfermera.

La verdad es que el tema lleva tiempo rondándome por la cabeza y aunque creo tener claras las ideas no acaban de encajarme nunca del todo como para tener un discurso firme, aunque si convencido.

No se trata de analizar las competencias en gestión de las enfermeras, ni tan siquiera de la eficacia o eficiencia de su gestión, que considero está sobradamente demostrada. Es algo mucho menos específico, en cuanto a la propia gestión, pero no por ello menos importante.

En una profesión, como la de enfermería, en la que alrededor del 80% de sus profesionales son mujeres, resulta, cuanto menos, curioso el que la mayoría de los puestos de responsabilidad/gestión y representatividad enfermeras estén ocupados por hombres.

No se trata de hacer un estudio científico sobre las causas que conducen a ello, lo cual debería contemplarse como una seria opción de trabajo, sino más bien de una reflexión en voz alta del por qué se da esta curiosa concentración de poder masculino. Tampoco es mi intención abogar por una apuesta de cuotas al respecto.

Desde luego, no es la primera vez que este debate se suscita. Pero no por ello la situación ha cambiado sustancialmente en los últimos años en los que, tanto la evolución de la sociedad como de la propia enfermería, no han logrado corregir este panorama de clara desigualdad.

Es cierto que las realidades de la mujer y de la enfermería han ido de la mano. Mientras que la mujer ha permanecido invisible, recluida, sumisa y sin ningún prestigio social, la enfermería no ha existido como profesión. Podemos decir que la influencia del género en la profesión enfermera, ha provocado una falta de reconocimiento social de la misma, al estar asociados de forma simbólica los cuidados enfermeros a las cualidades intrínsicamente femeninas. Pero siendo esto cierto, tan solo lo es parcialmente. Porque se corre el riesgo de incorporar el mensaje de que, gracias al aumento de los hombres en enfermería se ha logrado visibilizarla y dignificarla. Y nada más lejos de la realidad. Si la enfermería es lo que es hoy en día es gracias a grandes mujeres enfermeras, no siempre reconocidas y valoradas. Los hombres han contribuido, sin duda, pero no han sido determinantes, aunque si importantes.

Son muchos los argumentos, generalmente utilizados por los enfermeros, que tratan de situar en la propia decisión de las enfermeras su renuncia a los puestos de gestión por razones tan variopintas y ausentes de fundamento como el que “ellas quieren tan solo trabajar para ganar un sueldo”, “priorizan otras cosas antes que el acceder a estos puestos”, “no quieren asumir esa responsabilidad”… y otras muchas que tan solo vienen a replicar los tópicos y estereotipos de una sociedad machista y claramente discriminatoria en relación al género. Pero sin que esto constituya tampoco un mensaje exclusivo de los hombres, pues también las mujeres los utilizan.

Ya en las aulas se perciben estos planteamientos cuando sorpresivamente la mayoría de las delegaciones de curso son asumidas por estudiantes masculinos, en una clara desproporción entre representados y representantes.

Posteriormente en la vida laboral son los enfermeros los que acaban por ocupar los puestos de gestión, desde los intermedios hasta los de más alta responsabilidad o representatividad en cualquier ámbito (colegios, sindicatos, organizaciones sanitarias…). No dudo de su capacidad, ni considero que lo hagan de manera ventajista. Tan solo refiero un hecho.

A todo ello contribuye además el lenguaje utilizado que en muchas ocasiones sirve para enmascarar la verdadera identidad profesional. Así se utiliza la nomenclatura de Dirección de Enfermería, coordinación de Enfermería… en lugar de la de Director/a – Coordinador/a  /Enfermero/a… parapetándonos en la profesión/disciplina, Enfermería, en lugar de visibilizar nuestra condición como enfermeras. Lo que alimenta la invisibilidad y confusión que contribuye, entre otras cosas, a este proceso de acceso a la gestión.

Me van a permitir que me niegue a admitir que sean razones de elección individual, ni de inhibición natural de las mujeres, las que inciden de manera exclusiva en tal situación.

En una profesión que claramente es de género femenino como la de enfermería, con independencia del sexo de sus componentes, se reproducen con gran frecuencia comportamientos masculinos que reducen significativamente la presencia de las mujeres en los puestos de máxima visibilidad. Sin duda, la necesidad de situarse y visibilizarse en un escenario claramente machista y en el que nuestros compañeros más cercanos de viaje pertenecen a una profesión masculina y de comportamiento machista, con independencia del sexo de sus componentes, como es la medicina, ha conducido a que se hayan adquirido comportamientos masculinos que nos permitieran liberarnos de la innegable presión a la que nos sometían. Y en ese proceso siempre han tenido ventaja los hombres a la hora de situarse en los puestos de gestión porque se han dado las condiciones por parte de las propias organizaciones para facilitarlo.

Por lo tanto parece que se trate más de un comportamiento sociológico que de una verdadera elección individual por parte de sus miembros, es decir, de las enfermeras, sean mujeres u hombres.

Así pues las cosas, lo que viene a derivarse de todo este panorama es la innegable influencia que la sociedad en su conjunto tiene en los comportamientos de sus integrantes con independencia, una vez más, de su sexo. Es tal la carga educacional, de costumbres, valores, normas… que nos acompañan que hacen que resulte tan complicada la igualdad por mucho que se trate de maquillar con discursos superficiales y ausentes de toda intencionalidad real de cambio.

Tan solo con políticas de igualdad reales y efectivas en las que lamentablemente todavía se hace precisa la discriminación positiva, seremos capaces de eliminar unas diferencias que lejos de ser naturales se antojan totalmente condicionadas por la atmósfera machista que nos contamina.

Las enfermeras no somos ajenas a todo ello y no podemos permanecer impasibles ante lo que acontece, porque nos afecta y afecta a nuestro comportamiento profesional.

Ya en el año 1986 leyendo un artículo publicado en la Revista ROL de Enfermería, una autora decía “no entiendo por qué los hombres tienen que acceder mayoritariamente a los puestos de gestión cuando además ni tan siquiera son guapos” en un claro discurso irónico.

Nada me daría mayor satisfacción que tener que eliminar este tipo de reflexiones por resultar totalmente innecesarias y caducas, mientras tanto al menos, nos puede hacer pensar sobre qué estamos haciendo mal.

2 thoughts on “GESTIÓN ENFERMERA Y GÉNERO

  1. No perteneciendo al mundo de la enfermería, ni siquiera de la sanidad, encuentro la reflexión honesta y profunda. Entiendo que no o se trata tampoco de que haya más hombres en enfermería (lo que tampoco haría daño a nadie), sino de que desaparezcan sesgos espurios en los ámbitos de gestión. Una situación similar ocurre en el ámbito de la investigación y la docencia, por ejemplo, por lo que la reflexión tiene un valor más universal de lo que pudiera parecer a primera vista.
    Los motivos sociológicos sobre los individuales como motor de los sesgos me parece un buen enfoque, pero no olvidemos que aquéllos son el resultado de la suma de estos y que la interacción entre comportmientos sistémicos e individuales es compleja y no lineal.
    El hecho de alimentar el debate sobre una base tan limpia y honedta es en sí ya un gran avance.

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