DE CUIDADORA A CUIDADORA

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Querida cuidadora, seas mujer u hombre, permíteme que me dirija a ti de esta manera. Soy enfermera, con independencia de que sea igualmente hombre o mujer y quería, desde hace mucho tiempo, escribirte estas palabras.

Ahora que el cuidado se ha puesto de moda. Cuando todos parecen querer y saber cuidar, creo que es más necesario que nunca compartir contigo lo que pienso y siento sobre el cuidado. Pero el CUIDADO con mayúsculas, es decir, el que tú prestas, y no al que se han apuntado, entre otros muchos, los yogures, los jabones, los pañales, el agua mineral… y algunos profesionales advenedizos que, hasta hace muy poco, lo menospreciaban por considerarlo doméstico y femenino.

Tú decidiste en algún momento que querías cuidar y pusiste en ello todo tu empeño, tu cariño, tu tiempo y tu vida. Lo hiciste en un acto de entrega, voluntad e incluso renuncia que permitían dar valor al cuidado prestado y armarte a ti de valor para poderlo hacer.

Se trata de un cuidado personal, íntimo, emocional, vivencial, sentido, querido, consentido, cercano… que traspasa cualquier otra valoración técnica, profesional, o como muchos se han atrevido en denominar formal, para de esta manera y en contraposición pasar a denominaros cuidadoras informales. Qué atrevimiento, qué desfachatez, qué incoherencia y, sobre todo, que ignorancia supone el denominaros y trataros como informales. Porque el diccionario define informal como la persona “que no cumple con los compromisos que ha establecido con alguien o algo” y precisamente sois todo lo contrario, comprometidas, implicadas, puntuales, eficaces, eficientes… con el cuidado y con la persona cuidada.

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