A PROPÓSITO DE MELENDI

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            Dice el refranero popular, sabio a pesar de ello o precisamente por ello, que no ofende quien quiere sino quien puede.

            A propósito de Melendi y su canción “Síndrome de Estocolmo” parece que el mediático artista no tan solo ha tenido voluntad de ofender, sino que ha utilizado su fama y su difusión para hacer daño.

            La ofensa en sí misma puede ser el resultado de un mal momento, una discusión, un enfado o una borrachera. Sin embargo, utilizar la ofensa y difundirla masivamente de manera premeditada, consciente y alevosa, encierra en sí mismo una clara intención de hacer daño, o una gran ignorancia sobre aquello que se habla. En este sentido y parafraseando al gran Groucho Marx, hubiese valido la pena que permaneciese callado, y que pareciese tonto, que haber escrito esta canción, con la que ha despejado todas las dudas. Y es que el idiota grita, en este caso canta, el inteligente opina y el sabio calla, sin embargo, él ha permitido que su lengua corriese mucho más rápido que su lenta inteligencia.

            Tal como dijo Glenn Doman, la inteligencia es consecuencia del pensamiento, no el pensamiento de la inteligencia. Y eso parece ser que es lo que le pasó a Melendi al escribir esta canción que, con su pensamiento, al realizar las rimas, dejó al descubierto su falta de inteligencia. Ya avisó Sir Francis Bacon de que no hay cosa que cause más daño que pasar por inteligente la gente astuta. Porque la capacidad o astucia de componer canciones, como la de hablar, no hace a nadie inteligente, a pesar de su deseo de parecerlo.  Cuanto menos, ya que no hace algo inteligente, podría hacer lo correcto, es decir, callarse o informarse.

            Posiblemente, al escribir la canción fue víctima de su propia canción. En la misma dice que en él se ve:

Solo un prisionero

De la envidia y de los celos

De los roles, de los miedos

            Y ese prisionero, él mismo, de la envidia, de los celos y de los miedos a no se sabe qué, padece el síndrome con el que titula su canción, el de Estocolmo, al desarrollar una reacción de complicidad y vínculo afectivo consigo mismo que se tiene secuestrado y en ese delirio malinterpreta la ausencia de violencia de su letra con un acto de humanidad de la misma hacia él. Es decir, es víctima y agresor de su propia incoherencia.

            No sé, tampoco me interesa demasiado, lo que a él le habrá costado ser cantante, que no buen cantante. Sin embargo, sé lo que cuesta ser buena enfermera, con independencia de las adicciones que puedan tener sus progenitores.

            Nunca se me ocurriría decir que este señor tan solo es cantante de pop, dando a entender que es algo mucho menor que serlo de jazz o de ópera. Se es lo que se es porque, en la mayoría de las ocasiones, se desea serlo y no porque no haya podido ser otra cosa. A no ser que en su subconsciente lo que esté intentando decir es que a él sí que le hubiese gustado ser otra cosa y no ser tan solo cantante. Es lo que tiene padecer el Síndrome de Estocolmo y cantar sobre él utilizando a las enfermeras para tratar de esconder sus miserias.

            Séneca decía que “Una persona inteligente se repone pronto de un fracaso. Un mediocre jamás se recupera de un éxito.” Y parece que a Melendi el éxito le ha hecho quedar secuestrado y no recuperarse, al no darse cuenta, como dijo Carmen Sylva que “La tontería se coloca siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia detrás, para ver.” Y él, enseguida vio a la tontería y se quedó prendado de ella.

            Esperemos que alguna vez Melendi se acerque a la inteligencia o mire tras de sí para descubrirla y deje de decir tonterías, dándose cuenta que su estupidez la confundía con inteligencia y sin percatarse que la inteligencia conocía bien a su estupidez.

            Si alguna vez logra liberarse del Síndrome de Estocolmo que padece puede que le permita acercarse a la inteligencia y darse cuenta de que no duele, ni provoca reacciones adversas.

            En cualquier caso, señor Melendi, a pesar de su malicioso y torpe intento por hacer daño, las enfermeras, llegado el momento que llegará, no dude que le cuidarán con la inteligencia, calidad y calidez que acostumbran, con independencia de su grado de estupidez o de quienes son y lo que hacen sus padres. Porque las enfermeras son profesionales inteligentes y muy bien preparadas, que eligieron ser eso, enfermeras, y no ninguna otra cosa, a pesar de la dificultad que supone lograrlo y practicarlo.

                 No estaría mal que hablase con James Rhodes, pianista británico, que recientemente ha dicho que las enfermeras españolas son las mejores del mundo. Punto.

                Por último y tal como dijera Oscar Wilde “Elijo a mis amigos por su apostura, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su inteligencia.”, por lo que nunca podrá ser mi amigo, pero tampoco mi enemigo y dudo que, del resto de las enfermeras, tampoco. Tenemos cosas más importantes en que ocupar nuestro tiempo, incluso el libre.