CÁTEDRA DE ENFERMERÍA FAMILIAR Y COMUNITARIA DE SHAKESPEARE y OSCAR WILDE a CERVANTES

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            Las enfermeras en general y las enfermeras comunitarias en particular, somos conscientes de lo mucho que cuesta ganar visibilidad y conseguir que se valore nuestra aportación cuidadora.

            Cualquier paso que se da en este sentido supone un esfuerzo enorme. A pesar de ello muchas enfermeras están dispuestas a llevarlo a cabo con dedicación, motivación e implicación. Sin embargo, no siempre los resultados de dicho esfuerzo se ven recompensados con resultados que permitan mantener el grado de ilusión necesario para continuar avanzando.

            Son muchos los ejemplos que nos vienen a la memoria y que identificamos día a día en este sentido. Ante esto nos preguntamos ¿qué es lo que hacemos mal para que no se crea en nosotras? ¿qué es lo que no logramos trasladar a los políticos, gestores y sociedad en general para que se sigan perpetuando actitudes que no tan solo no nos dejan avanzar, sino que en ocasiones suponen retrocesos? ¿qué es lo que no entienden los políticos, gestores sanitarios, empresas privadas… del papel que desempeñamos las enfermeras? ¿qué es lo qué no alcanzan a entender del valor aportado por las enfermeras a pesar de que los principales organismos internacionales insisten en ello? ¿qué obsesión existe en impedir a toda costa que las enfermeras ocupen puestos de responsabilidad en los organigramas de las administraciones sanitarias? ¿qué les impide tener al menos la decencia de conocer qué somos y qué aportamos más allá de considerarnos un recurso humano con el que actuar en sus juegos rentistas?

            Estas y otras muchas interrogantes se plantean repetidamente día a día sin que nadie sepa o quiera dar respuestas mínimamente argumentadas, serias y ajustadas a una realidad que ni entienden ni quieren entender más allá de los parámetros políticos o economicistas en los que se mueven. Con tal de no salir en los papeles u obtener el máximo beneficio económico, todo vale.

            En este vodevil en el que se ha convertido la política sanitaria y quien ella actúa en nuestro país, los ambientes de enredo se repiten, generando situaciones ridículas, engaño, conspiración y asentadas en el absurdo. Situaciones que si no fuera por el contexto donde se producen y por las consecuencias que las mismas conllevan darían lugar a pensar que son argumentos de comedias aptas como guiones de cine de barrio.

            Pero la salud es algo con lo que no se puede ni debe jugar. En política, en su más amplia acepción, debe dejar de valer cualquier actitud, respuesta o decisión irresponsable tomada o hecha desde la ignorancia o el desprecio. La salud cuesta mucho de mantener y mucho más de recuperar para que a cualquiera se le dé la oportunidad de gestionarla desde la mediocridad que no es capaz de ocultar ningún cargo, por importante que este sea o el respaldo político o económico que el mismo tenga.

            Y ante tanta incompetencia y mediocridad, de vez en cuando, surge algún hecho, decisión o resultado que, cuanto menos animan a la esperanza.

            Hace dos años, sin ir más lejos, se constituyó la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria de la Universidad de Alicante con el patrocinio del Grupo Ribera Salud y el aval científico de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC). Se trataba de la primera Cátedra de Enfermería Comunitaria en España.

            Durante los dos años en los que ha estado activa la citada Cátedra, han sido muchas las actividades que se han llevado a cabo y que han permitido visibilizar y poner en valor a las enfermeras comunitarias.

            Como en el sueño de una noche de verano, del dramaturgo británico William Shakespeare (1564 – 1616), se pensó que “El amor puede transformar las cosas bajas y viles en dignas y excelsas” entendiendo en este caso el amor como la relación que propiciaba que la Cátedra fuese una realidad y que quien la sustentaba económicamente lo hacía por convicción y no por interés exclusivamente. Así pues, se estableció una especie de fábula en la que la luz de la Cátedra da la impresión de vencer las tinieblas en que muchas ocasiones parece estar sumido el desarrollo de las enfermeras y su relación con las entidades provadas, para convertirse en una poderosa fuente de imaginería como la que traslada Shakespeare en su obra. Así mismo como sucede en la comedia con los cuatro mundos renacentistas, la Cátedra logra que convivan en armonía los diferentes escenarios en los que las enfermeras comunitarias desarrollan su actividad (docencia, asistencia y gestión) y el contexto público-privado en donde se ubican, a través de una gran cantidad de acciones que articulan la trama para concluir con el final feliz, en este caso, de la entrega de premios anual, que ejemplifica el final del dramaturgo en su obra con la boda de los protagonistas.

            Sin embargo, como en toda fábula que se precie, se trata de una breve historia o anécdota que alberga una consecuencia aleccionadora que casi siempre aparece al final en forma de moraleja o adfabulación. Y eso es precisamente lo que ocurrió con la cátedra, que se convirtió en una fábula o en una semejanza a otra de las obras de Shakespeare como es “Mucho ruido y pocas nueces”, al poder asimilar en ambas la conclusión o moraleja de que “Jamás estimamos en su precio el bien que gozamos; pero si lo perdemos, es cuando exageramos su valía”.

            La cátedra, entendieron las enfermeras, que era ya un bien que había llegado para quedarse, sin percatarse que los intereses profesionales siempre son menores y más prescindibles que los económicos. Y eso es lo que sucedió, que finalmente quien aportaba sustento de supervivencia económica imprescindible para la continuidad de la Cátedra, decidió que ya no le interesaba y retiró su apuesta inicial dejando en la cuneta un proyecto exitoso. Es lo que tiene el interés rentista de quienes disponen del capital para sostener lo que ni el conocimiento ni la voluntad pueden hacer. Poderoso caballero es don dinero. Y lo que parecía una historia de idilio eterno acabó en una trágica y prematura muerte, en este caso, no anunciada, aunque todo hay que decirlo, tampoco insospechada.

            En la obra de otro importante autor, en este caso el irlandés, Oscar Wilde (1864 – 1900), “La importancia de llamarse Ernesto”, en la que la dualidad entre la palabra earnest, que significa serio en inglés, y el mismo nombre de Ernesto, la palabra enfermera y lo que la misma significa, genera atracción a la vez que confusión.

            En el caso de la Cátedra, se finge tener interés por las enfermeras y se seduce con financiación y apoyo incondicional. Esto dura hasta que identifica la importancia de llamarse y ser enfermera y lo que ello supone al ego rentista del supuesto cortesano, que abandona el idilio a pesar de descubrir, o precisamente por hacerlo, lo bueno e importante que es llamarse enfermera.

            Y en este recorrido literario en el que los enredos acaban por dejar compuesta y sin novio a la Cátedra, la conclusión que podemos sacar es la de casi siempre, es decir, que las enfermeras somos capaces de grandes cosas cuando nos dejan y nos dan oportunidad de demostrarlo, pero que cuando lo hacemos se disparan las alarmas de un pánico tan irracional como sistemático, que provocan reacciones de contención o demolición para que no se identifique, visibilice y valore lo conseguido. Aunque para ello se tengan que inventar justificaciones sin fundamento que traten de sostener las decisiones adoptadas.

            Si Shakespeare y Wilde fueran contemporáneos nuestros tendrían un filón para escribir obras con las aventuras y desventuras de las enfermeras.

            Pero más allá de los símiles literarios, lo que verdaderamente trasciende es la dificultad que las enfermeras tenemos para lograr iniciar, desarrollar y mantener proyectos innovadores, creativos y eficaces que visibilicen y pongan en valor a las enfermeras, dadas las trabas financieras, políticas, administrativas, legislativas… con las que de manera sistemática tenemos que luchar para que, al menos, no se diluya totalmente nuestra aportación.

            Nada es lo que parece, ni nadie es lo que trata de aparentar, sino lo que finalmente es y se es. Caer en la trampa del engaño y la apariencia con el único objetivo de beneficiarse lleva al desengaño, pero nunca al abandono.

            Como expresara nuestro más universal escritor, Cervantes (1547-1616), en su no menos universal obra El Quijote, “Cambiar el mundo amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Y ahí estamos las enfermeras, aunque muchos quieran tildarnos de locas.

            Por eso seguiremos en el empeño de mantener un proyecto como la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria.

“Los desafíos son lo que hacen la vida interesante
y superarlos es lo que hace que la vida tenga sentido.”
Joshua J. Marine