INMUNIDAD DE REBAÑO

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A todas las enfermeras que crean

conciencia y ciencia enfermera

 

La pandemia del coronavirus, entre otras muchas cosas, nos ha aportado términos o palabras que hasta ahora no conocíamos o, cuanto menos, no utilizábamos habitualmente.

Pródromo, distanciamiento social, SARS-CoV-2, rastreador, crecimiento exponencial o inmunidad de rebaño, entre otros.

No es que no existiesen. Simplemente es que formaban parte del lenguaje científico de la epidemiología. Pero la globalización de la COVID-19, no se ha limitado al contagio masivo y extensivo, sino que nos ha familiarizado también con dichos términos, aunque muchos de ellos, la población en general, continúe sin conocer su verdadero significado o alcance.

De entre todos ellos elijo la inmunidad de rebaño para hacer mi reflexión.

La inmunidad de rebaño, también conocida como inmunidad colectiva o de grupo, se da cuando un número suficiente de personas están protegidas frente a una determinada infección y actúan como cortafuegos impidiendo que el agente alcance a los que no están protegidos.

Esta deseada inmunidad colectiva está muy lejos todavía de alcanzarse como medida contra la COVID-19 a pesar de los torpes intentos que para ello se han hecho en Gran Bretaña y que, finalmente, quedaron descartados por las clamorosas evidencias en contra de las medidas propuestas para lograrla.

Sin embargo, esta inmunidad colectiva, o también conocida como de rebaño, parece que si funciona en otro tipo de infecciones alejadas del ámbito epidemiológico y más ligadas a aspectos sociológicos o incluso profesionales que son en los que me voy a detener para reflexionar estableciendo cierta analogía.

Para ello me centraré en la capacidad de respuesta que las enfermeras tenemos ante evidentes y lacerantes casos de olvido, ignorancia, manipulación, agravio, ataque… de nuestra imagen, identidad, competencias, visibilidad, reconocimiento, autonomía…

Permanentemente, las enfermeras, sufrimos ataques, más o menos selectivos, de “virus” científicos, académicos, profesionales, asistenciales… que tienen diversos orígenes y que mutan permanentemente, lo que provoca reacciones inmunológicas individuales muy diversas que sin embargo no logran alcanzar la deseada inmunidad colectiva.

Erróneamente, pienso, las enfermeras entendimos que con la “inoculación universitaria” lograda hace ya más de 40 años alcanzaríamos progresivamente esa deseada inmunidad grupal contra los múltiples virus que amenazaban nuestra salud disciplinar y profesional. Sin embargo, si bien es cierto que la carga vacunal aportada por la Universidad fue determinante para, cuanto menos, iniciar un proceso de cierta protección a los ataques periódicos y sistemáticos, esta no fue suficiente, por lo que las consecuencias de la desprotección han estado provocando constantes rebrotes que hacen peligrar de manera muy significativa la salud colectiva. Posiblemente hicieran falta dosis de recuerdo que olvidamos administrar.

Más recientemente la inmunidad se vio reforzada con la “nueva vacuna europea” que nos permitió a las enfermeras acceder al máximo nivel académico. Pero dicha inmunización, aun siendo efectiva, no se logró en la mayoría de la población enfermera que es testigo de los efectos desastrosos que tiene su escasa cobertura vacunal, lo que impide alcanzar la inmunidad de rebaño, que nos proteja contra ataques que creíamos controlados por habernos situado al mismo nivel académico que cualquier otra disciplina. Lamentablemente la inmunidad no se logró más allá del ámbito universitario, en donde incluso aparecen brotes de contagio, cada vez más frecuentes y peligrosos, a pesar de la supuesta inmunidad lograda. Es más, se dan cada vez con mayor frecuencia brotes de exacerbada infección entre las enfermeras, como consecuencia, posiblemente, de la inmunodepresión de sentimiento enfermero, provocada por movimientos de parálisis y desmotivación que, de alguna manera, afectan a estas enfermeras haciéndoles más vulnerables a los ataques y provocando un efecto de contagio colectivo que impide contrarrestar la infección generalizada que afecta al desarrollo enfermero y a su fortaleza como cuerpo profesional y disciplinar.

Ante este panorama de incertidumbre inmunológica, similar al que se produce en la actual pandemia de la COVID-19, lo que cabe preguntarse es si las enfermeras no estaremos sufriendo una inmunidad de rebaño inversa. Es decir, que al contrario de lo que sería deseable, es decir, contrarrestar, los ataques “víricos” comentados, con reacciones potentes que anulasen o destruyesen el virus, lo que estuviésemos logrando fuese una situación de “ingravidez reactiva” que provoca inmovilidad y conformismo, que suele acompañarse de brotes de llanto inactivo, que nos sitúan en ese estado de aparente ingravidez en el que la Enfermería, como colectivo que tiene un cierto peso, queda contrarrestado con la fuerza de los ataques o en caída libre sin que logre sentir los efectos de la fuerza agresora que equivaldría a la gravitatoria. En definitiva, supone que se mantenga una actitud neutra como la sensación de peso 0 que se tiene ante la falta de gravedad.

Así pues, la inmunización activa individual capaz de generar anticuerpos enfermeros contra los ataques, no logra la inmunidad grupal o colectiva que permita hacer frente de manera realmente efectiva a los mismos. Por el contrario, la inmunidad individual se encuentra reducida o incluso neutralizada por esa otra inmunidad, en este caso sí, de rebaño y que, como ya he descrito, genera una sensación de confort y de total alienación conformista y acrítica del “rebaño”, capaz de contrarrestar cualquier reacción inmunológica minoritaria desarrollada por parte de un reducido número de enfermeras, por potente que inicialmente pueda parecer.

Es un sueño de todas las enfermeras, que se sienten y actúan como tales, que se alcance la reacción inmunitaria activa del grupo en todas las infecciones causadas por los “virus” que nos atacan, evitando, al mismo tiempo, la inmunidad pasiva cuya protección se basa en la anulación de cualquier reacción y la incorporación de la sensación de ingravidez.

Se corre el riesgo, además, de que, si todas las enfermeras se contagiasen a la vez, el tejido asociativo, colegial, sindical… pudiese colapsar por no estar suficientemente preparado para poder absorber tal cantidad de “contagios”.

Es por ello que habrá que dar más tiempo a las estructuras representativas enfermeras para que puedan dar respuestas eficaces y unitarias contra los ataques, al tiempo que protejan a las enfermeras no inmunizadas y que el resto sean capaces de entender la importancia de abandonar el estado de ingravidez en el que se hayan instaladas para favorecer la adquisición de una verdadera y efectiva inmunidad individual que, finalmente, genere la deseada inmunidad colectiva enfermera que se precisa para defender a la profesión y la disciplina de tantos ataques como se producen. En definitiva, se trata de pasar de la actitud de rebaño pasivo a la de grupo activo con identidad propia y capacidad de respuesta permanente y colectiva de autoprotección.

Como en la COVID-19, la generación de una vacuna efectiva lleva su tiempo, pero mientras tanto deben generarse mecanismos de protección que impidan situaciones indeseables que puedan hacernos volver al confinamiento social, en el caso de la COVID-19, o profesional, en el caso de las enfermeras ante los ataques indiscriminados, a los que difícilmente se les puede poner nombres como a los coronavirus.

La madurez de una sociedad, como la de una profesión, va a estar determinada por la capacidad solidaria de autodefensa. En cada caso se requerirán respuestas específicas que permitan atajar el avance de unas infecciones que pueden mermar su desarrollo y debilitar las defensas de sus intereses.

En el caso de las enfermeras la madurez viene determinada por la fortaleza de sus estructuras asociativas científico-profesionales, que actúen como vacunas poderosas ante cualquier ataque.

Si las enfermeras no somos capaces de identificar la importancia de la inmunidad grupal y de quien la genera y seguimos instaladas en la inmunidad de rebaño inversa, quienes actúen como pastores y sus fieles perros nos conducirán al redil que más les interese.

De las enfermeras pues, depende qué grado de inmunidad queremos alcanzar y qué consecuencias queremos asumir si no alcanzamos una eficaz inmunización ante los ataques de tantos virus causales que no casuales.

Como a las/os niñas/os nos puede dar cierto miedo vacunarnos, pero realmente se trata de un miedo que mediante información y educación puede mitigarse para identificar claramente las ventajas de la inmunización, aunque para ello nos tengan que dar un “caramelo” de compensación.

Y, sobre todo, estemos preparadas por si surgen movimientos antivacunas, que lo único que persiguen es notoriedad sin fundamentos y con un ánimo destructivo que tiene consecuencias colectivas muy importantes. No podemos quedar deslumbradas ante visionarios mesiánicos que nos presentan un escenario tan artificial como engañoso, en el que los únicos que logran algún beneficio son ellos, que pretenden cambiar al pastor que guía el rebaño, pero sin que, en ninguno de los casos, represente beneficio alguno para las enfermeras.

El contagio y sus riesgos suelen llevarnos a los lamentos y el llanto que además de no servir absolutamente para nada, nos impiden pensar y actuar.

Abramos nuestras mentes, porque como los paracaídas tan solo abiertos son útiles, y dejemos de actuar como rebaño para hacerlo como un colectivo analítico, reflexivo, crítico, al tiempo que, unido y fuerte, que sea capaz de elegir su camino y su destino y no el que nos marquen aquellos que tan solo tienen interés en trasquilarnos para su propio beneficio, dejándonos expuestas a múltiples riesgos que no sabremos afrontar desde una ingravidez tan aparentemente confortable como peligrosa.

Finalmente, no se trata de ser ateos, beatos o agnósticos ante la realidad enfermera. Entre otras cosas porque ser y sentirse enfermera no es un acto de fe, sino de ciencia, conciencia y humanidad. Que nadie caiga en el engaño, porque la ausencia de evidencias no significa la evidencia de su ausencia.