CUIDADO. MUCHO MÁS QUE UNA PALABRA Significatividad y valor

                                                   A quienes, con sus palabras, su conocimiento y su convicción, dan valor al cuidado y lo incorporan como un derecho fundamental de la humanidad.

 

“Lo que no se nombra no existe»

George Steiner[1]

Cuidado, enfermería, enfermera, salud, comunicación… son palabras que todas/os conocemos e identificamos. Palabras que de manera aislada como conceptos, definiciones, descripciones… tan solo nos aproximan a su significado, pero no logran por sí mismas darles significatividad, como condición de significativo (que tiene importancia por representar o significar algo). Es por ello que las palabras, por sí solas, están sujetas a interpretaciones muy variadas, diversas y en ocasiones dispersas que lejos de permitirnos entender, comprender, reconocer o valorar su justa dimensión, las pueden situar en el plano de la indiferencia, la intrascendencia, la contradicción o incluso la manipulación interesada.

Así pues, cada palabra, debe ser construida con más palabras que la identifiquen y, sobre todo, le den sentido y sentimiento. No se trata tan solo de entender qué es aquello que quiere transmitir. Se trata, sobre todo, de que traslade el sentimiento que la palabra genera con independencia del contexto en que se utilice. Lo contrario nos sitúa en el recurrente uso de las palabras con fines no siempre adecuados a lo que es su verdadera significatividad, o pasar a formar parte de eufemismos y demagogias que las desvirtúan o estereotipan.

Con el cuidado, los cuidados, ha pasado esto de manera sistemática a lo largo de la historia. Nadie cuestiona su existencia, incluso su importancia, pero no se ha logrado construir una significatividad que le de valor. El valor que realmente tiene y le otorga el efecto que genera, pero que, lamentablemente, no se ha asimilado al valor de quién o quiénes los prestan, o bien ha sido intoxicado dicho valor precisamente por asociarlo a quienes lo prestan, las mujeres, como derivación del valor que a las mismas se les ha otorgado a lo largo de la historia en la sociedad. En definitiva, el cuidado, los cuidados, quedan circunscritos a un valor residual o menor, que ha sido efecto o ha contribuido negativamente a construir su significatividad.

La palabra valor deriva del latín valere que significa «ser fuerte» “tener salud”. Por lo tanto, valor es aquello que nos permite sentirnos bien, fuertes. Lo que viene a confirmar que el cuidado es en sí mismo un valor ya que los cuidados dan fortaleza, no tan solo física, a las personas que los reciben y por tanto contribuyen a mejorar o fomentar su salud.

Pero más allá de la etimología de la palabra y tal como nos describe Victoria Camps[2] el valor es la atribución que cada cual otorga a las cosas o a la realidad en la que se sitúa en la medida en que le interpela o le afecta para bien o para mal. El valor, por tanto, provoca atracción o repulsión. Y, creo no equivocarme si afirmo que el cuidado siempre genera atracción en quien lo precisa. Entendiendo dicho cuidado como aquel que se presta con calidad y calidez por parte de la persona que lo procura y que lo será en dicho sentido en la medida en la que dicha persona, sea profesional o no, tenga idéntica percepción de valor hacia el cuidado dado, algo que no siempre se produce. Y no se produce, en el caso de las/os cuidadoras/es familiares, por ejemplo, cuando se hace por imposición o cuando se alcanza un grado de estrés muy importante en su prestación. En el caso de las enfermeras, cuando el concepto de cuidado no adquiere ni traslada valor hacia ella, es decir, cuando el cuidado es tan solo un concepto que, no por repetido, ha sido capaz de construir y dar significatividad al mismo, convirtiéndolo bien en una etiqueta o en algo mecánico y sin sentido o bien renunciando a él al rechazarlo por identificar, siguiendo el argumento de Camps, que les provoca repulsión.

Para que las enfermeras podamos dotar de valor al cuidado desde la perspectiva científico-profesional, este debe estar marcado por el pensamiento como criterio previo para determinar, que es bueno actuar como se piensa. Esto implica tener un código previamente estructurado del cuidado con criterios propios y alimentado de conocimiento, experiencia y convicción. Y es en base a ese criterio estructurado sobre el que se decide ser coherente con el código de cuidado que se genera. Porque es desde esa coherencia desde la que se refuerza el código generado, pasando, de esta manera, del pensamiento más o menos abstracto a la acción cuidadora profesional concreta.

Pero en la construcción de ese pensamiento y del código profesional que del mismo trasciende hay que distinguir, tal como nos planteara el filósofo Brentano[3] con relación al valor que otorgamos a las cosas, acciones, pensamientos… entre el juicio, que permite diferenciar lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo… y los sentimientos, que otorgan la capacidad de identificar el valor y los valores que se sienten y conmueven. Por tanto y siguiendo este planteamiento, no tan solo es preciso identificar el cuidado como bueno, como se hace desde la moral y la ética, sino que se precisa que dicho valor del cuidado profesional sea sentido como propio por las enfermeras y les conmueva profesional y científicamente prestarlo y estudiarlo, desde la perspectiva de la estética.

Abundando en este planteamiento el filósofo austríaco Christian von Ehrenfels[4] decía que el valor reside en el deseo que se despierta en cada persona. Si genera deseo se valora, de lo contrario no se valora e incluso se desprecia. De ahí que si el cuidado no es capaz de generar deseo en las enfermeras difícilmente se valorará y, por lo tanto, difícilmente podrá ser valorado por parte de quien lo recibe.

Estamos pues ante un constructo complejo que va mucho más allá del término que lo identifica, el cuidado, y que incluso trasciende al valor que se le otorga o se le presume, dado que va más allá de dicho valor tal y como lo he referido, incorporándose como parte de los valores que dan sentido a la acción profesional cuidadora. En este sentido, la educadora y escritora Carmen Guaita[5] dice que los valores son el modo de empleo de la vida. Hay que distinguirlos, saber lo que ayuda a vivir o lo que hace daño. De tal manera que los valores nos ayudan a llevar una vida de relación con los demás. Porque los cuidados siempre han sido relacionados con dicha convivencia, como parte consustancial de la misma. Desde la perspectiva humana, ética, moral o psíquica, los valores son esenciales no sólo para la solidez personal o profesional, sino también social. No se pueden separar porque todo ser humano es social y se relaciona. Lo que adquiere sentido común, que, en definitiva, es el sentido de la comunidad. Por eso, si se trabajase, comunicase, escuchase, actuase en y con la comunidad, muchos de los problemas actuales de la propia comunidad tendrían una respuesta mucho más eficaz y eficiente y los cuidados alcanzarían el grado de referencia, respeto, visibilidad… que harían mucho más razonabley comprensible la axiología.

Ante estos planteamientos en torno al cuidado y su valor humano, profesional, científico… cabe plantearse si el cuidado profesional tiene valor y es un valor. Si realmente hay valores o si lo que existe es una crisis de valores en torno al cuidado enfermero. Este es el cuodlibeto[6] que planteo y del que no tengo seguridad se pueda lograr una respuesta concluyente. Pero si cuanto menos sirve para generar un clima de análisis, reflexión y debate, posiblemente haya valido la pena.

Es cierto que los valores han existido siempre. Pero jerarquizados o en escala, como se plantea, por ejemplo, en el desarrollo teórico de Maslow[7] con la pirámide de las necesidades humanas de las que emana la necesidad/demanda de cuidados tanto profesionales como no. Sin embargo, en nuestra sociedad, ese orden, esa jerarquía de valores parece haberse desmoronado o cuanto menos es cuestionada. No tienen consistencia, ni orden, ni tan siquiera muchas veces valor, al perder precisamente su categoría de valor. Ante esta nueva realidad, influida por el individualismo, la competitividad, el aislamiento, el hedonismo… y reforzado por la débil acción de quienes son nuestros representantes políticos, pero también profesionales, surgen los antivalores que se sustentan no en el conocimiento o en la búsqueda de la verdad, sino justamente en todo lo contrario, en la mentira, la calumnia, el perjurio, la media verdad o la posverdad, perversión… que son moneda corriente de nuestra convivencia social, política, profesional, científica. A todo lo cual hay que añadir las fake news (falsas noticias), que no son casuales y que nos invaden en una nueva relación humana con la tecnología que, como muy bien planteara Zigmunt Bauman[8], genera una contracción del presente y una sociedad del riesgo, a través del término que acuñó de Modernidad líquida, que se produce como consecuencia, entre otras causas, de la desaparición de las barreras entre expertos y legos que choca frontalmente contra el arraigado protagonismo y paternalismo profesional imperante en los sistemas sanitarios. A ello, hay que añadir los importantes e inquietantes cambios en los medios de comunicación de masas y en la organización social, en medio de la gran cantidad de información y el poco conocimiento existente, que invocan la perentoria necesidad de crear nuevas redes de confianza. Por último, el valor económico de la salud, que desvaloriza el cuidado profesional en favor de la técnica y la tecnología a través de la teleopatía u obtención acrítica de resultados que instrumentaliza los cuidados e inserta el miedo como forma de dominar a la población. Una realidad que estamos viviendo y con la que hay que tomar distancia emocional, pero también profesional, sino queremos dejarnos arrastrar por ella con la consiguiente pérdida de valores que supone.

Así pues, no es que haya desaparecido el valor del cuidado, sino que se ha modificado la escala de valores en la que ha quedado incorporado, lo que nos obliga a trabajar para construir una nueva axiología del cuidado enfermero. Una construcción al nivel de la dignidad humana que demanda empatía, compromiso, implicación, confianza y esperanza para poder humanizar el cuidado y devolverle su valor, situándolo en lo más alto de la escala de valores de una sociedad y unos sistemas de salud humanizados. Un cambio en el que las enfermeras debemos asumir el liderazgo que nos corresponde para generar una transformación social y humanizadora que, lo primero que requiere es una mirada introspectiva de nuestra relación con el cuidado y la significatividad que le otorgamos como enfermeras líderes del cuidado profesional.

El cuidado tiene valor y es o debe ser algo vital e irrenunciable para las enfermeras y para su traslado a las personas, las familias y la comunidad a las que debemos prestárselo. Se debe sentir. El cuidado ayuda a vivir, crecer, madurar, progresar, desarrollar, expandirse… Se trata de un proceso de crecimiento o individuación[9] total, tal como postuló Carl Jung[10] que encaja perfectamente con el concepto, objetivo y fin de los cuidados. No identificarlo y asumirlo como tal es un autoengaño que nos lleva irremediablemente al fracaso profesional o lo que, aún es peor, a la más absoluta pérdida de significatividad y por derivación de reconocimiento.

Pero además de todo lo dicho, el cuidado tiene también un valor simbólico, que es trascendental. De igual manera que el tótem, tiene o ha tenido valor simbólico en las relaciones tribales o el sol en determinadas culturas… el cuidado tiene un valor simbólico absolutamente inseparable de la enfermería como ciencia y de las enfermeras como profesionales, al conformar las relaciones humanas que se producen, en unos casos, en torno a determinados símbolos y las que se generan alrededor del cuidado, teniendo su reflejo en las relaciones profesionales. Valor simbólico que adquiere mayor relevancia en contextos con culturas, tradiciones, modelos, idiomas… comunes o similares, como el Iberoamericano, en el que resulta más fácil dotar de significatividad al cuidado, que en aquellos que el mismo está impregnado de otro tipo de normas, conductas o comportamientos.

Cuidado y cuidar, por tanto, tiene valor y aporta valor a lo largo de todo el ciclo vital de las personas. Y lo tiene y es inherente a él. Algo que no sucede con curar. Porque para curar resulta imprescindible el cuidado, mientras que el cuidado no exige curar. Incluso quien renuncia a ser curado o no tiene posibilidades de curación, requiere y demanda cuidado. Incluso quien quiere y demanda su muerte, la quiere y demanda con la presencia del cuidado. Curar, por su parte, puede actuar negativamente anulando o subestimando el cuidado por entenderlo un obstáculo para su fin de curación, que no siempre es posible ni tan siquiera deseada.

La salud es un derecho fundamental y el cuidado debiera serlo de igual forma porque resulta fundamental no tan solo para la salud, sino para la vida. Sin cuidado no es posible la salud ni la vida. Sin salud, sin embargo, es necesario el cuidado.

Por todo ello queda claro que las palabras están llenas de significado y que nunca son inocentes. Pero también queda claro que se precisa darles significatividad si realmente queremos que las mismas adquieran valor y se identifiquen como un valor que es preciso mantener, proteger y reconocer. Como es el caso del CUIDADO.

 

[1] Francis George Steiner (1929- 2020), profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura franco-anglo-estadounidense, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción.

[2] Victoria Camps Cervera (1941), filósofa española, catedrática emérita de la Universidad de Barcelona.

[3] Franz Clemens Honoratus Hermann Brentano (1838 – 1917) filósofo, psicólogo y sacerdote secularizado alemán.

[4] Christian von Ehrenfels (1859 – 1932) filósofo y psicólogo austriaco.

[5] Carmen Guaita Fernández (1960) escritora y profesora española.

[6] Discusión sobre un punto científico elegido al arbitrio del autor

[7] Abraham Maslow (1908 –1970), psicólogo estadounidense conocido como uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista

[8] Zygmunt Bauman (1925 –2017), sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío.

[9] Proceso mediante el cual una persona se convierte en un individuo integrado, llegando a ser uno mismo y alcanzando la capacidad de ser totalmente autónomo e independiente

[10] Carl Gustav Jung (1875-1961) médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis.

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