APRENDER DE LO DESAPRENDIDO

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Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender.

Alvin Toffler.

La verdad es que se ha hablado mucho sobre qué, cómo, cuándo, dónde, debe hacerse y menos sobre quiénes deben hacer, en este año de pandemia que llevamos. Pero se ha centrado todo en cómo controlar los contagios, qué medidas aplicar, qué actividades poder realizar, qué situaciones evitar… pero poco, muy poco, a mi entender, sobre los efectos de todo ello, fundamentalmente sobre determinados contextos que resultan vitales para la sociedad, aunque en apariencia no sean identificados o considerados como tales.

De entre esos contextos me gustaría hoy detenerme en el de la docencia universitaria en general y el de la docencia de enfermería en particular.

Tras el confinamiento, hubo consenso generalizado sobre la importancia de mantener la docencia en las aulas de colegios e institutos. Se establecieron criterios sobre flujos de entradas y salidas, de circulación, de ubicación y de comportamiento y se trasladó el mensaje de que las aulas eran entornos seguros que protegían a niñas/os, jóvenes y profesorado.

La Universidad, sin embargo, que también se apresuró a hacer los deberes llevando a cabo adaptaciones curriculares, incorporación de tecnologías para la docencia online, elaboración de protocolos de actuación… siempre ha estado en el ojo del huracán.

Pareciera como si las aulas de la Universidad fueran entornos completamente diferentes a los de colegios e institutos y por ello no pudieran tener la consideración de seguros y saludables.

Llegados a este punto cabe preguntarse si, en el “manejo” de escolares y jóvenes de institutos es mayor el grado de obediencia y menores los peligros derivados de su permanencia en las aulas, que la que pueden tener las/os estudiantes universitarias/os que, recordemos, son mayores de edad. Es decir, ¿acatan unos, por ser menores de edad y por obediencia debida y los otros, por la libertad derivada de su mayoría de edad, no son controlables? ¿Se trata del número de estudiantes que acude a los recintos? ¿Son diferentes las medidas de protección, higiene y prevención aplicadas en unos u otros contextos? ¿Son más eficaces dichas medidas en colegios e institutos que en las universidades? ¿Se entiende que existe menor implicación del profesorado en uno u otro contexto? ¿Se trata tan solo de una cuestión de no poder mantener a las/os niñas/os en casa en contra de lo que sucede con el estudiantado universitario? ¿No tienen que desplazarse escolares y jóvenes de instituto desde sus casas como lo hacen las/os universitarios? ¿No es posible hacer adaptaciones seguras para la presencialidad en lugar de hacerlas exclusivamente para la docencia online? ¿Solo existen dificultades de acceso a las tecnologías por parte de escolares y estudiantes de institutos? ¿Es más seguro un centro comercial que un campus universitario? ¿Qué centros escolares o institutos disponen de servicios de prevención y de comités de seguridad y salud como disponen por ley las universidades? ¿Se ha contado durante todo el proceso de la pandemia con la opinión, cuanto menos, de dichos centros de prevención? ¿Se han intentado coordinar con los servicios de salud pública y de atención primaria de salud? ¿Se han identificado como recursos comunitarios que apoyen a los saturados servicios del Sistema Nacional de Salud (SNS)? Y, sobre todo, ¿se ha pensado en algún momento en hacer partícipes a las/os estudiantes de las estrategias de prevención y seguridad en lugar de trasladar únicamente “órdenes y prohibiciones” y la idea de que son los principales culpables de tantas cosas en la pandemia por el hecho de que existan acciones aisladas que se magnifican? ¿Son mayores de edad para asumir la responsabilidad de “su culpa” pero no para que se les implique en la toma de decisiones que les afectan?

La presencialidad, por tanto, se ha cuestionado y restringido drásticamente en la Universidad española sin que existan evidencias claras de que la misma, debidamente planificada y controlada, pueda tener idénticos resultados a los que están teniendo las escuelas y los institutos.

A ello hay que añadir la estéril, artificial e interesada polémica sobre los exámenes presenciales vs online que, desde mi punto de vista, merecen un análisis más preciso que su mera identificación.

En muchos países la modalidad de exámenes online no ofrece la más mínima duda ni sospecha sobre su legitimidad y seguridad. Entre otras cosas porque culturalmente está muy interiorizado que copiar es algo totalmente rechazable y ni tan siquiera se contempla como posibilidad por parte del estudiantado al entenderlo como un fraude. Pero en España esta cultura aún no ha sido capaz de desplazar a la de la picaresca y el engaño en cualquier momento o situación que se precie, sin que suponga ningún tipo de sentimiento de culpa o de remordimiento. Más bien al contrario, el salir victorioso de la estratagema supone un trofeo que incluso es admirado y aplaudido por el colectivo.

Ante esta tesitura plantear exámenes online con importantísimas dificultades técnicas de seguridad y que se complementen con la debida y exigida protección de datos, supone un gravísimo inconveniente que es aprovechado por unos cuantos como elemento de falsa reivindicación de protección a la salud y de prevención del contagio, llegando incluso a los tribunales y sin descartar el insulto y la descalificación como argumentos para sus peticiones o exigencias.

Se trata de unos pocos, que, sin embargo, no suelen esgrimir idéntica resistencia y protesta ante las concentraciones descontroladas y sin medidas de seguridad que se llevan a cabo y entre quienes a veces están los mismos que reclaman los exámenes online. ¿Son más seguros los botellones que los exámenes presenciales?

Nuevamente cuestionar la seguridad de los escenarios universitarios es demagógico y oportunista, aunque lo diga el propio ministro de universidades en contra incluso de sus rectoras/es.

Estas son tan solo algunas de las múltiples interrogantes que me planteo desde que se iniciara la desescalada y se reanudara la docencia con desigual planteamiento en función del contexto.

En cualquier caso, no es mi intención obtener respuestas a las mismas en estos momentos. Pero sí, cuanto menos, plantearlas como elemento de análisis y reflexión.

Pero más allá de estas dudas razonables y razonadas, aunque no contestadas, existe un aspecto mucho más específico en este tema que me preocupa y ocupa como enfermera, como docente y como ciudadano susceptible de tener que ser cuidado profesionalmente en algún momento.

Me refiero a la docencia de enfermería.

El grado de enfermería, ha sido objeto de idénticas medidas al de cualquier otro grado en la universidad española, sin reparar en la especificidad, no tan solo de sus estudios, sino de su incorporación futura en el ámbito laboral.

Hay que recordar que en España la mayoría de la Universidades, sobre todo las públicas, son de modalidad casi exclusivamente presencial. Esta circunstancia hace que la adaptación tanto metodológica como instrumental resulte muy compleja y más aún si se tiene que llevar a cabo en un tiempo récord marcado por la irrupción de la pandemia.

Los estudios de Enfermería, como los de otros grados, están sujetos a una serie de requisitos por parte de la Comunidad Europea que obligan a su estricto cumplimiento para que las Universidades puedan expedir los títulos que dan licencia para el ejercicio laboral, es decir, para poder trabajar como enfermeras.

Entre estos requisitos está el de la obligatoriedad de las/os estudiantes de realizar una parte muy importante de créditos del plan de estudios, a través de los prácticums, en servicios, centros o unidades de atención sanitaria, sin los que no es posible obtener la titulación. Para ello resulta imprescindible la presencialidad en dichos servicios de salud. No es posible adaptar dicho aprendizaje a la modalidad online.

Imponer unas medidas estándar en una titulación que no se ajusta al esquema o pauta de la mayoría de las titulaciones es atacar directamente a la línea de flotación de la calidad de la enseñanza y de los resultados esperados y esperables en unas/os profesionales, como las enfermeras, que deben responder ante situaciones de crisis, riesgo, urgencia, incertidumbre, alarma… en las que está en juego la vida de muchas personas, su futuro profesional y el prestigio y crédito de las instituciones sanitarias.

Pero, además, se han venido planteando permanentes contradicciones en las decisiones adoptadas. Así, mientras se impide que las/os estudiantes acudan a los centros sanitarios a realizar sus prácticums argumentando una hipotética garantía para su seguridad y la de las personas con las que deben interrelacionarse, se plantean contrataciones de estas/os mismas/os estudiantes para servir como auxilio o apoyo a las/os profesionales superadas/os por la situación de la pandemia. Como si el contrato laboral fuese la más poderosa EPI contra la COVID 19 o la realización del prácticum la actividad de mayor riesgo existente.

Por otra parte, competencias interpersonales como la capacidad para una comunicación efectiva, la capacidad para permitir que los pacientes y sus cuidadores expresen sus preocupaciones e intereses, y que puedan responder adecuadamente, la capacidad para representar adecuadamente la perspectiva del paciente y actuar para evitar abusos, la capacidad para usar adecuadamente las habilidades de consejo, la capacidad para identificar y tratar comportamientos desafiantes, la capacidad para reconocer la ansiedad, el estrés y la depresión o la capacidad para dar apoyo emocional e identificar cuándo son necesarios el consejo de un especialista u otras intervenciones, entre otras, resulta de todo punto imposible adquirirlas a través de la docencia online.

Docencia online, por otra parte, para la que, actualmente, ni está preparada la Universidad Presencial, ni lo están las/os docentes, ni tampoco las/os estudiantes. Lo que no resta el más mínimo valor a la innegable y loable implicación y el indudable esfuerzo de todas/os las/os implicadas/os para tratar de adaptarse a una situación tan atípica como crítica.

Docencia online que, en muchas ocasiones, supone que las/os docentes den clase desde el aula. Clases en aulas vacías, ante una pantalla de ordenador tras la que se intuye puede haber estudiantes, porque mantienen en todo momento sus cámaras apagadas y que raramente interactúan y si lo hacen utilizan el chat como único canal de comunicación. Una situación cuanto menos esperpéntica y que influye de manera significativa en la calidad de la enseñanza. Una enseñanza en la que es primordial la interacción de los sentidos, las emociones y los sentimientos, sin la que la docencia enfermera pasa a ser un aprendizaje “enlatado” de conocimientos que se consume precipitadamente para posteriormente “vomitarlo” en un examen, generalmente tipo test, desde el que es, de todo punto imposible, valorar la adquisición de determinadas competencias y mucho menos a través de una escala numérica que anula cualquier valoración cualitativa.

Estamos ante la realidad de formar a las enfermeras que, de manera inmediata, dada la carencia existente, se incorporarán en los servicios de salud para afrontar situaciones complejas para las que posiblemente no se les haya podido formar adecuadamente. Una responsabilidad que recae tanto en quienes toman decisiones, en aras a una supuesta seguridad, contradiciendo la seguridad futura, como en quienes llevan a cabo una docencia que incumple los principios básicos en los que se sustenta y que resulta imprescindible respetar. Una responsabilidad que nos viene impuesta y que pesa como una losa.

Estamos ante una realidad que pone en riesgo la seguridad de atención enfermera ante una cuestionable formación, por mucho que exista una extraordinaria buena voluntad por parte de quienes participan en la misma.

Estamos ante una exposición innecesaria al miedo y a la incertidumbre de unas futuras enfermeras que no han podido acceder a la formación que les corresponde.

No cabe duda que la tecnología, cierta tecnología, ha venido para quedarse. Pero ello no puede ni debe significar nunca que haya venido para desplazar a aquello que continúa siendo insustituible en la docencia enfermera. No se trata, por tanto, de incompatibilidad sino de complementariedad.

Esta grave situación epidemiológica que estamos sufriendo debe servirnos como punto de inflexión para reflexionar sobre la docencia de Enfermería, sus fortalezas y debilidades. El contexto social, económico, político, sanitario, de salud… que quedará tras la pandemia obliga necesariamente a plantear cambios en profundidad tanto en el fondo como en la forma de la docencia enfermera. Creo que la pandemia nos ha permitido aprender, pero también considero que hemos desaprendido, aunque espero que no hayamos olvidado y sepamos reaprender.

En la medida en que todas/os nos impliquemos en ello lograremos dar respuesta a los retos de presente y de futuro tanto de la comunidad como de la disciplina/profesión. La formación enfermera debe ser algo más que formar enfermeras para el SNS. Debemos comprometernos a formar enfermeras excelentes para la comunidad, teniendo presente que hacerlo supone asumir riesgos.