UNIDAD ENFERMERA ¿Necesidad o estrategia?

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“El que obtiene la unidad, lo obtiene todo”

María Zambrano[1]

 

El diccionario de la RAE define UNIDAD como “la propiedad que tienen las cosas de no poder dividirse ni fragmentarse sin alterarse o destruirse”.

Son muchos los casos, circunstancias o acontecimientos de la reciente historia enfermera en los que dicha unidad hubiese sido deseable, pero que finalmente se quedó en eso, en un deseo, una quimera o una ilusión. Los egos, las vanidades, los recelos, las sospechas, las reservas, los miedos, las envidias, los intereses personales, los caprichos… son tan solo algunas de las causas que, en mayor o en menor medida, impidieron que se alcanzase dicha unidad. Por tanto, tal como la propia definición recoge, la división condujo a la fragmentación y con ella se alteró el resultado de aquello que se pretendía, incluso con riesgo de destrucción, con evidentes consecuencias en contra de la enfermería y de las enfermeras.

Hay que retrotraerse a la década de los años 70 para encontrar una verdadera UNIDAD de acción que logró el objetivo que se planteó de inicio. Objetivo, por otra parte, que nos permite estar hoy donde estamos con todos los pros y los contras que queramos, pero que no sería posible sino se hubiese llevado a cabo el proceso de incorporación de la enfermería a la Universidad.

Eran momentos difíciles, en los que confluían diferentes figuras de una misma profesión que se habían encargado de generar quienes precisamente más interés tenían en lograr una división que se ajustase a los intereses de quienes monopolizaban y manipulaban su formación, los médicos, para dar respuesta a sus necesidades y no a las de la población a la que supuestamente debían cuidar. Y digo supuestamente porque lo que se encargaron de crear fue ayudantes, sus ayudantes, para su servicio y demanda. Técnicos, es decir alejados de los cuidados y centrados en las técnicas. Sanitarios como única referencia al ámbito de actuación, el sanitarista asistencial. En resumen, ATS[2], que invisibilizaban a las enfermeras y a la Enfermería con programas hechos a su imagen y semejanza, con el único objetivo de servirles.

Es fácil, o al menos debería serlo, hacerse una idea de lo complejo que debió resultar el hecho de plantear una ruptura de la subsidiariedad que condujese, además, a que esta se canalizase y configurase en la Universidad a través de un plan de estudios propio y diferenciado de Enfermería, para Enfermería y gestionado por enfermeras. Con independencia de la poca acertada denominación con la que se sustituyeron unas siglas, ATS, por otras, DUE[3], lo que es incontestable e incuestionable, es que dicho logro se alcanzó gracias a la UNIDAD que un grupo de líderes enfermeras a las que aún no se ha dado el merecido reconocimiento hasta ahora, supieron generar para que lo que estaba dividido y fragmentado, se uniese y cohesionase.

UNIDAD, también es cierto, que lamentablemente se fue debilitando y diluyendo progresivamente hasta atomizar nuevamente la profesión con intereses encontrados. La UNIDAD que propició el ser universitarias, no logró sin embargo eliminar la brecha entre docencia y asistencia que a día de hoy permanece unida con puentes frágiles e incluso inexistentes en muchos casos, entre ambas partes, docente y asistencial.

Los 45 años que separan ese logro de la realidad actual, han sido testigo de las múltiples situaciones en las que la UNIDAD no tan solo no ha sido posible, sino que ha sido dinamitada tanto interna como externamente, provocando evidentes daños en la profesión enfermera y en su desarrollo.

En cualquier caso, no se trata de identificar y relatar los casos en los que la UNIDAD no fue precisamente el denominador común de los mismos. Pero me parece necesario reflexionar sobre por qué dicha UNIDAD en Enfermería y con las enfermeras resulta tan difícil.

En primer lugar, me niego a identificar y asumir como únicas responsables a las enfermeras. No solucionamos nada con la flagelación permanente como método de redención de la culpa, perdón de los pecados y supuesta liberación del daño. Algo que lamentablemente las enfermeras hemos venido realizando de manera sistemática, no obedeciendo a una casualidad o a una cualidad identitaria sino a las consecuencias de la evidente influencia de la educación nacional católica bajo la que durante tanto tiempo estuvo sometida la docencia y asistencia de las enfermeras tanto en órdenes religiosas como en aquellas que, sin serlo, estaban claramente impregnadas de la misma en un régimen político dictatorial que lo hacía suyo y lo imponía, sobre todo, a las mujeres para que permanentemente recordasen su subsidiariedad hacia los médicos y su misión, por mandato divino, como procreadoras y cuidadoras. Todo lo cual era aplicable a las enfermeras como mujeres, pero también como fieles acompañantes, que no compañeras, de los médicos para su servicio y obediencia debida. No en vano en algunas escuelas de entonces se les recordaba a las futuras enfermeras lo que debían ser a través de una regla nemotécnica tan perversa como efectiva, DIOS, en referencia a sus cualidades como enfermeras y mujeres, Dócil, Imperfecta, Obediente y Sumisa. Esta herencia, sin duda, marcó y aún sigue presente, en parte, en algunas enfermeras, lo que provoca esa permanente culpabilidad y resignación por lo que sucede que, a su vez, alimenta la falta de cohesión en planteamientos fundamentales que afectan al desarrollo disciplinar y profesional. La indiferencia del carácter profesional transmitido de generación en generación a las enfermeras, ha contribuido a que, aunque aparentemente creciésemos y nos situásemos a un nivel similar al de cualquier otra disciplina, lo que sucedía fuese justamente lo contrario. Siempre ha habido y sigue habiendo factores que continúan sometiendo a las enfermeras al poder médico. No tan solo por la presión de una parte de los médicos, que también, sino por parte de la sociedad en su conjunto y de la clase política en particular que limitan la capacidad de crecimiento real, aunque pueda parecer que disponemos de ella.

Otro aspecto externo que influye en la falta de UNIDAD, es la división a la que durante tantas décadas nos han sometido, intentando hacernos creer que es una característica propia de las enfermeras como hacen con la simpatía. Es decir, las enfermeras no solo somos simpáticas, sino que somos también insolidarias e individualistas. Pero claro, cuando en un periodo de tiempo, que en la evolución de una disciplina es insignificante, hemos pasado de enfermeras a ATS, de ATS a DUE, de DUE a Grados de Enfermería, de Grados a Doctoras, la recuperación de una denominación, y lo que es más importante, la identificación como enfermeras, teniendo que convivir en dicho espacio temporal profesionales con muy diferentes planteamientos y formas de entender, vivir, sentir y practicar la enfermería y ser enfermeras, la cosa resulta, cuanto menos, compleja. Las divisiones, por tanto, han estado y siguen estando presentes en el conjunto del colectivo enfermero que difiere sobre temas que no siendo determinantes acaban contribuyendo a que los verdaderamente importantes queden diluidos u ocultos. Es decir, lo intrascendente no permite dar respuesta a lo fundamental y con ello se alimenta también la división y la falta de UNIDAD. Lo cual tampoco es problema exclusivamente de las enfermeras, sino de quienes sabiéndolo lo utilizan para debilitar e impedir la necesaria UNIDAD ENFERMERA.

El ejemplo más claro de lo comentado es la incapacidad o falta de voluntad, de quienes gobiernan las principales y reconocidas legalmente como organizaciones de representación enfermera. Por una parte, la mayoría de Colegios Profesionales y las organizaciones en que se agrupan, autonómicas o nacional, manteniendo una denominación que ni corresponde con sus competencias ni representa a quienes las integran. Denominarse Colegios o Consejos de Enfermería es otorgarse una representación que no les corresponde, porque representan y, al menos en teoría, defienden a las enfermeras y no a la Enfermería como ciencia, disciplina o profesión. Su denominación correcta, como ocurre con otras disciplinas/profesiones[4], es la de Colegios o Consejos de Enfermeras o de Enfermeras/os, dado que luchar contra quienes siguen rasgándose las vestiduras por asumir el género que identifica sustancialmente a Enfermería no debería constituir la excusa para cambiar la denominación como algunas, pero sobre todo algunos, argumentan refugiándose en los caducos planteamientos academicistas de la RAE. Pues bien, este es otro elemento de clara división que impide en muchos casos aunar fuerzas en torno a temas importantes para nuestro avance como los de la acreditación profesional que es lo que legalmente les corresponde y que sin embargo tan poco ejercen.

Por otra parte, quienes dicen defender los intereses laborales de las enfermeras, se denominan SATSE, es decir, Sindicato de ATS de España, aunque luego lo maquillen como Sindicato de Enfermería, que no de Enfermeras o Sindicato Enfermero, como si fuesen los valedores máximos en la defensa laboral de la disciplina, cuando realmente lo son de las enfermeras que deciden confiar en dicha organización que, además, ahora está en expansión acogiendo en su seno a fisioterapeutas. No sé si los podólogos podrán ser los siguientes a querer incluir en su regazo, en un intento por reunir a quienes como hijos pródigos abandonaron Enfermería, lo que, así mismo, es un nuevo ejemplo de la división a la hemos sido sometidas las enfermeras y Enfermería en ese corto periodo de tiempo desde que nos incorporásemos a la Universidad. La falta de voluntad política por regular las especialidades enfermeras hasta 2005 condujo a que las que lo eran, de una manera totalmente irregular normativamente hablando, acabasen por constituirse en profesiones independientes, Fisioterapia y Podología.

Por su parte, la Universidad que, al menos inicialmente, se identificó como el principal y más valioso factor de unión, también ha fracasado en su imprescindible responsabilidad de identidad enfermera. Posiblemente en su intento por reforzar los ámbitos y áreas de conocimiento enfermeros se ha olvidado de lo más importante, la necesidad de que, quienes deciden estudiar Enfermería, se sientan enfermeras. Por otra parte, la deriva de la Universidad poniendo como valor supremo a la investigación frente a la docencia, ha influido de manera muy negativa en la propia docencia enfermera y en la carrera académica de las enfermeras docentes que se han visto arrastradas por la corriente mercantilista de las publicaciones de impacto JCR como único camino para consolidarse y avanzar académicamente en la Universidad. A lo que hay que añadir la precariedad de los puestos que ocupan y en los que deben permanecer durante largos periodos de tiempo antes de lograr una posición digna tanto desde la perspectiva docente, investigadora como económica, como una forma más de precariedad laboral que por el hecho de darse en la universidad aún adquiere, si cabe, mayor gravedad. Esta situación influye de manera determinante en la falta de UNIDAD, dado que, por una parte, quienes deciden incorporarse a tiempo completo en la Universidad renuncian a la práctica asistencial con lo que ello supone de distancia con dicha práctica y quienes en ella trabajan y, por otra, se establece una lucha desigual en el mercado de publicaciones en el que deben competir en un marco que no es propio, biomedicina, con criterios alejados del propio paradigma enfermero, provocando una clara división entre quienes se resisten a entrar en dicho mercado y quienes renuncian a todo, incluida la docencia y me atrevo a decir que la propia enfermería, para centrarse en la carrera de las publicaciones de dicho mercado. Y como último elemento la cada vez menor atracción de las enfermeras a incorporarse en la Universidad, dadas las condiciones ya comentadas, lo que provoca que profesionales de otras disciplinas ocupen las plazas correspondientes a áreas de conocimiento específicas enfermeras. Con lo cual ya está servido un nuevo elemento de división, bueno no, varios elementos. Por una parte, división entre enfermeras docentes y asistenciales que hace cada vez mayor la brecha históricamente existente. Por otra entre enfermeras docentes e investigadoras en el seno de la propia universidad y entre enfermeras docentes e investigadoras con quienes, sin serlo, ocupan plazas de formación específica enfermera (Enfermería Comunitaria, Salud Mental, Ciclo Vital…). Todo lo cual, repercute de manera muy significativa en la formación de las futuras profesionales y en su identidad enfermera y la de las propias enfermeras tituladas, lo que afecta claramente a la UNIDAD.

Las/os estudiantes, por su parte, viven mediatizados por la técnica, las técnicas y la tecnología que les fascinan y cautivan haciéndoles difícil identificar algo más allá de ellas y, por tanto, quedando los cuidados muy desdibujados y desvalorizados cuando no anulados. No se trata de que la técnica no forme parte de la docencia enfermera y de los cuidados, sino de saber en qué lugar situarla para saber qué hacer con ella, sin que esto suponga plantear su exclusión que, por otra parte, es lo que en muchas ocasiones sucede en la relación entre técnica y cuidados con estos últimos. Así, es como se generan los contradictorios mensajes en base a la falsa y manida dicotomía entre técnica vs cuidados o curar vs cuidar, como si se tratase de semillas que hacen brotar la diferencia y la falta de UNIDAD en el alumnado y que son abonadas en los escenarios en los que realizan sus prácticums. Escenarios que en la mayoría de los casos forman parte de organizaciones de salud estructurados en base a un modelo asistencialista, medicalizado, biologicista, fragmentado y focalizado en el fervor a la técnica, lo que acaba por formar y conformar enfermeras tecnológicas que es lo que demandan, por otra parte, los principales contratadores, es decir, el Sistema Nacional de Salud o la Sanidad Privada. Por tanto, las Universidades forman enfermeras para estos “clientes” y no para la comunidad.

En cuanto a las Sociedades Científicas (SSCC), que determinan la fortaleza de una disciplina/profesión, son otro de los ámbitos de supuesta UNIDAD en donde, sin embargo, lamentablemente se genera división. El evidente retraso en la regulación de las especialidades enfermeras, así como el poco recorrido de todas ellas por razones evidentes relacionadas con el propio desarrollo de la Enfermería como ciencia en nuestro país y la especialización restringida a únicamente 7 especialidades[5], de las que ni tan siquiera se han desarrollado todas, son claros condicionantes de la necesaria madurez de las SSCC en cestrecha relación con idéntica inmadurez de la Enfermería y sus especialidades. Todo ello hace que ni las enfermeras hayan identificado la necesidad y la importancia de formar parte de ellas como primer paso para fortalecerlas mediante una masa importante de asociadas/os, al contrario de lo que sucede, por ejemplo, con la afiliación sindical, ni las organizaciones e instituciones sanitarias y políticas las consideran determinantes en cuanto a lo que puedan aportar. Si a esto añadimos la fortaleza de las SSCC médicas y la importante sombra que sobre las de enfermería proyectan, se puede entender mejor la falta de visibilidad y por ello de influencia de las de Enfermería. La combinación no puede ser más favorable para la división y la consecuente falta de UNIDAD. Además, hay que sumar la evidente mimetización que las enfermeras llevamos a cabo con relación a los comportamientos de las SSCC médicas, incluidas sus carencias más significativas, entre las que cabe destacar la división existente entre SSCC de una misma especialidad con hasta tres o cuatro sociedades por cada una de ellas. La diferencia estriba en que las SSCC no tan solo no se cuestionan por parte de los médicos, sino que no se entiende la no pertenencia, al menos a una de ellas, por parte de cualquier médico nada más acabar sus estudios o al inicio de su especialidad, cuestión que lamentablemente no mimetizamos las enfermeras.

A esta confluencia de hechos, que ni son todos ni en ocasiones tan siquiera los más importantes, contribuyen además los factores externos que vienen a incorporar elementos de duda, incertidumbre, alarma, confusión, manipulación… con claros intereses de favorecer la desigualdad y la falta de UNIDAD entre las enfermeras.

Tan solo por destacar un ejemplo, recientemente se ha publicado, como ya he comentado en anteriores entradas en este mismo blog[6], un Real Decreto[7] que regula la formación de una nueva titulación de Formación Profesional para la Supervisión de la Atención Sociosanitaria. Sin entrar en valoraciones sobre su pertinencia, oportunidad y capacidad de mejora de la atención a las personas adultas mayores, lo que está claro es que supone una clara intromisión en las competencias enfermeras y, por tanto, para su valoración y visibilidad en un entorno de cuidados como el sociosanitario.

El Grupo 40+ Iniciativa Enfermera, ha liderado y difundido un posicionamiento[8] que  compartió, entre otras, con todas las organizaciones e instituciones anteriormente descritas, así como con las enfermeras en general, para que se adhirieran al mismo formando un frente común de UNIDAD contra este peligro. Las envidias, los recelos, las sospechas, los protagonismos… actuaron una vez más como potentes antídotos contra una UNIDAD que era y sigue siendo fundamental. La adhesión al citado posicionamiento ha sido muy desigual, fragmentada e incluso residual, aunque se repitió hasta la saciedad, que no se pretendía asumir ningún protagonismo, sino tan solo canalizar la acción en aras a esa quimérica UNIDAD. Los mensajes dispares, a destiempo, contradictorios… por parte de diferentes organizaciones enfermeras se fueron sucediendo y con ellos alimentando la falta de UNIDAD. Hecho que sin duda estará siendo identificado y celebrado por quienes son las/os únicas/os responsables reales de este despropósito, pero que nosotras mismas contribuimos a que quede desdibujado y falto de la fortaleza que le otorgaría esa necesaria UNIDAD ENFERMERA, que tanto temen desde la propia Enfermería, desde donde han habido intentos muy serios para lograrlo que no han fructificado por la clara resistencia de algunas de las partes más “representativas”, como fuera de ella, desde donde les interesa que no exista para seguir utilizándolo como excusa permanente de su falta de voluntad de acción.

Como dijera Vicente Ferrer[9], “la acción une a los hombres. Las ideologías suelen separarlos.” Acción que difícilmente se logra por parte de las enfermeras, más preocupadas por llorar y protestar, sin saber en muchas ocasiones ni por qué, ni contra qué ni quién, que, en actuar. Siendo además manipuladas por los discursos engañosos, demagógicos, populistas y falsamente halagadores de quienes tan solo buscan lo que popularmente se conoce como marear la perdiz para no hacer nada aunque parezca que les importamos, nuestra división o dar respuesta a sus intereses, todo lo cual nos impide avanzar o tener que hacerlo contracorriente con lo que ello supone.

Estar unidos no es sinónimo de ser iguales ni de estar siempre de acuerdo, pero sí de identificar aspectos en los que resulta muy difícil no coincidir. Porque UNIDAD no es UNIFORMIDAD sino UNIVERSALIDAD. Si organizaciones tan complejas y con diferencias tan importantes entre sus miembros como la Unión Europea o la Organización de Naciones Unidas pueden, ¿por qué las enfermeras no podemos?

No sé si alguna vez lograremos vencer los aparentes miedos, debilidades e incertidumbres, que minan nuestra autoestima, distancian nuestros intereses comunes, anulan nuestra fortaleza, alimentan las sospechas entre nosotras, aumentan la fragmentación y favorecen la autodestrucción.

Considero que no hay que tener miedo a la UNIDAD, desde la riqueza de la diferencia. Al contrario, creo con todas mis fuerzas que es más importante que nunca, no tan solo alcanzarla sino trabajar, comprometerse e implicarse para hacerlo con la cohesión, la fortaleza y el rigor que impidan las constantes heridas por las que nos desangramos.

A pesar de todo o precisamente por todo, tengo fe en que, en algún momento, espero que más pronto que tarde, lograremos la madurez para alcanzar la UNIDAD necesaria, contradiciendo a Mark Twain[10] cuando apostillaba que “la fe es creer en aquello que se sabe que no es cierto”. Mientras tanto, deberemos seguir con estrategias que logren, al menos, simular dicha UNIDAD.

[1]  Intelectual, filósofa y ensayista española.

[2] Ayudantes Técnicos Sanitarios

[3] Diplomado Universitario de Enfermería

[4] Colegio de veterinarios, psicólogos, ingenieros…no de Veterinaria, Psicología o Ingeniería.

[5] https://www.boe.es/eli/es/rd/2005/04/22/450

[6] http://efyc.jrmartinezriera.com/2022/01/24/cuidados-low-cost-las-apariencias-enganan/

[7] https://www.boe.es/eli/es/rd/2022/01/18/46

[8] https://www.grupo40enfermeras.es/wp-content/uploads/2022/01/Sobre-la-formacion-en-supervision-de-atencion-sociosanitaria.pdf

[9] Filántropo español, considerado una de las personas más activas en la ayuda, solidaridad y cooperación con los desfavorecidos del tercer mundo.

[10]  Escritor, orador y humorista estadounidense.

3 thoughts on “UNIDAD ENFERMERA ¿Necesidad o estrategia?

  1. Me parece muy pertinente el siguiente concepto: “en la mayoría de los casos forman parte de organizaciones de salud estructurados en base a un modelo asistencialista, medicalizado, biologicista, fragmentado y focalizado en el fervor a la técnica, lo que acaba por formar y conformar enfermeras tecnológicas que es lo que demandan, por otra parte, los principales contratadores, es decir, el Sistema Nacional de Salud o la Sanidad Privada.” Según análisis que vengo realizando la enfermería esta determinada, cuanto menos condicionada por los sistemas de los cuales forma parte, y en cualquiera de los sistemas, la mayoria de las enfermeras/os ( perdon a quienes no adhieren al lenguaje inclusivo) estan en la base de cualquier sistema. En la base en dos sentidos: la base ancha muy numerosa e imprescindible y base justamente por sostener ese sistema,.

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