GUERRA Y PAZ Enfermeras en la guerra y por la paz

A Albert Llorens García y Andrés Climent Rubio

Por su compromiso e implicación con la salud global desde una mirada enfermera, equitativa, igualitaria y en libertad.

 

“De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”

León Tolstói[1]

 

Poco imaginaba León Tolstói que su obra culmen, Guerra y Paz, adquiriese una trascendencia, más allá de la literaria, dado el conflicto que el máximo dirigente de su país natal ha decidido emprender contra Ucrania y contra el mundo. Lamentablemente, al menos a corto plazo, tan solo la Guerra es patente y demoledora. Deberemos esperar a que lo antes y al menor coste posibles llegue la Paz.

Tolstói utilizó la conjunción copulativa “y” para unir ambas palabras como concepto afirmativo y no la conjunción coordinante “o” como valor disyuntivo para expresar alternativa entre ambas opciones, dando a entender que la una es inseparable de la otra y que no hay opción de elegir entre una u otra como, desgraciadamente, ha demostrado Putin con su decisión imperialista y autocrática.

Pero más allá de estas disquisiciones semánticas que, como todas, no están exentas de intencionalidad y sentido y nunca son inocentes, sobre lo que hoy quiero reflexionar es sobre las enfermeras en la Guerra y/o en la Paz. Pero lo quiero hacer desde una perspectiva que se aleja de la más recurrente narrativa de la atención a los heridos en el campo de batalla o en la retaguardia del mismo.

Porque la guerra, en su expresión más gráfica y limitada es mayoritariamente entendida e incluso visualizada y expresada por la contienda o batalla en las que se hace uso de las armas y la fuerza para vencer al enemigo que, paradójicamente, cada bando identifica en su contrincante no siendo, por tanto, un único el enemigo, ni mucho menos siendo identificado como tal por quienes finalmente tienen que arriesgar sus vidas matando para no ser matado sin saber muy bien por qué o dando por bueno lo que les trasladan quienes realmente deciden la guerra sin exponerse ni a ella, ni al dolor, sufrimiento y muerte que la misma provoca y que de manera cínica e hipócrita dicen provocar para lograr la paz.

Así pues, podemos decir que en muchas ocasiones no sabemos bien determinar dónde termina la paz y empieza la guerra o dónde acaba esta y se retoma la paz, o si bien guerra y paz forman un continuo vital en nuestras sociedades.

En cualquier caso, lo que es indiscutible es que, tanto en la guerra como en la paz, las enfermeras han jugado, juegan y continuarán jugando un papel fundamental que no siempre ha sido, ni es identificado, abordado y tratado con la suficiente sensibilidad, ni con el adecuado y necesario rigor, y mucho menos con el valor que su participación tiene con relación a la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Es innegable la relación de la profesionalización de la enfermería con la guerra a través de Florence Nightingale durante su participación en la guerra de Crimea de 1853 a 1856. Guerra que se libró entre el Imperio ruso y el Reino de Grecia contra una liga formada por el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña. En la misma Florence Nightingale actualizó los hospitales de campaña y la atención a los soldados heridos en este conflicto absurdo y mitificado como pocos por la literatura y el cine. Ella, que sabía de qué hablaba, resumió así las batallas: “Sangre, dolor, gritos, llantos y muerte”, en una guerra que finalmente perdió Rusia, pero en la que la desnutrición y las enfermedades causaron más muertes que las balas. Fueron centenares de miles, un adelanto de lo que estaba por venir en la Primera y la Segunda Guerras Mundiales y que parece querer replicar Putin con la invasión y asentamiento en Crimea primero y con la invasión en curso de Ucrania después, sin saber a ciencia cierta qué es lo que se le puede ocurrir después.

Florence Nightingale, mujer en una Inglaterra victoriana y conservadora, renunció a su condición social y económica para acudir, con otras 40 enfermeras a las que reclutó, a Crimea en donde a diferencia de lo que sucede en la novela Guerra y Paz de Tolstói en la que la condición social otorgaba privilegios de atención a los heridos, para ella todos los militares, con independencia de su rango, eran iguales en trato y cuidados.

Sin embargo, también hay que destacar que la posición económica y social de Florence contribuyó a su reconocimiento al contrario de lo que le sucedió a la mestiza jamaicana Mary Seacole, que viajó con sus propios medios, trabajó sin apoyo oficial y tuvo que vencer los prejuicios por el color de su piel, sin que su aportación fuera menor a la que hiciera Nightingale[2].

En cualquier caso, la guerra de Crimea y la participación en ella de las enfermeras supuso el punto de inflexión indiscutible para la enfermería moderna y su profesionalización.

La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto bélico en el que las enfermeras realizaron un trabajo organizado como profesionales. A pesar de ello, el reconocimiento a su participación no llegó hasta bastante tiempo después de finalizada la guerra.

Además, hay que destacar que su aportación estuvo muy mitificada y alejada de la realidad, trasladándose una imagen romántica, gentil y angelical que perduró durante generaciones. Imagen que, en gran medida se mantuvo al no dejar las enfermeras registros escritos de su actividad, lo que era aprovechado por escritores o historiadores que poco o nada conocían sobre su importantísimo y necesario trabajo, así como de las durísimas condiciones en las que lograron salvar miles de vidas.

Otro hecho destacado en esta contienda fue, sin duda, la participación de enfermeras voluntarias sin formación alguna que provocó el enfrentamiento con las enfermeras profesionales que habían logrado un reconocimiento que acababan de obtener y no querían perder por con la incorporación de estas inexpertas mujeres. Es por ello que, a gran parte de ellas tan solo les dejaba realizar tareas que no requerían de formación alguna, como la limpieza de los hospitales de campaña, el aseo rutinario de los enfermos, el vaciado de bacinillas, el cambio de la ropa de cama…Tan solo si demostraban alguna habilidad se les permitía realizar otra actividad, siempre bajo la escrupulosa vigilancia de una enfermera profesional.

A pesar de ello, las enfermeras profesionales no obtuvieron ningún tipo de reconocimiento legal ni de registro hasta mucho después. Al finalizar la Primera Guerra Mundial el olvido fue el pago recibido a su trabajo, volviendo a ser considerada su aportación una tarea femenina y ausente de valor y, por tanto, sin el reconocimiento social que merecían tras haber demostrado su valía en la retaguardia de media Europa.

Con relación a la Guerra Civil española, el papel que durante la misma desempeñaron las enfermeras también estuvo relegado al olvido y al absoluto ostracismo a pesar de ser el colectivo de profesionales femeninas que tuvo una participación más directa en el conflicto bélico.

La aportación de las enfermeras en el campo de batalla, en los hospitales de campaña y hospitales de sangre resultó completamente imprescindible y heroico, sobre todo si se tienen en cuenta las durísimas condiciones en las que tuvieron que desarrollar su trabajo cuidando y velando por el bienestar de los enfermos y heridos en combate, ayudándoles y acompañándoles en sus últimos momentos.

Más allá de los indudables avances que en el abordaje de heridas e infecciones se lograron durante la guerra, atendidas en gran medida eran por las enfermeras, el conflicto bélico supuso un cambio muy significativo tanto para las enfermeras como para las mujeres en general, al encontrar en el ejercicio de esta profesión un salvoconducto para traspasar las barreras de sus hogares y de los trabajos (habitualmente muy mal remunerados) que se les tenían asignados por cuestión de sexo. Sin embargo, la victoria del bando nacional y la instauración de la dictadura franquista supuso la paralización brusca de la profesionalización y desarrollo de la enfermería en España y la subsidiariedad a la profesión médica.

La participación de las enfermeras durante la segunda guerra mundial, supuso un cambio cualitativo en cuanto a que las mismas contaban con una formación castrense añadida a su formación como enfermeras, lo que les proporcionaba una mayor capacidad de movimientos en pleno campo de batalla. Su aportación, como en anteriores contiendas, fue imprescindible y como dato cabe destacar la baja tasa de muertes por infección, menos de un 4%, de los militares heridos que eran trasladados a hospitales de campaña para ser atendidos de sus heridas por parte de las enfermeras.

Como ya sucediese con anterioridad la imagen de las enfermeras se revistió de misticismo, estereotipos y tópicos que trascendieron a la sociedad en general a través del cine y la literatura, distorsionando su verdadera aportación profesional y el valor real de sus cuidados, lo que sin duda contribuyó a que el avance profesional y el reconocimiento social sufriese un indudable retraso[3].

Pero más allá de los campos de batalla, las guerras provocan graves consecuencias en la salud de las personas, las familias y la comunidad que, lamentablemente, quedan alejadas de los focos y la atención mediática y de la propia consideración colectiva, que tan solo identifica lo que acontece entre bombardeos y tiroteos.

No pretendo hacer una valoración de dicha perspectiva en anteriores guerras, de las que ya he descrito lo sustancial en cuanto a la participación de las enfermeras, pero en medio de un nuevo, inexplicable, tremendo, reprobable y doloroso conflicto bélico como el provocado por parte del totalitarismo de Putin, como ya sucediese con el provocado por Hitler, no lo olvidemos, considero que es importante reflexionar sobre qué hacemos y aportamos, o deberíamos hacer y aportar, las enfermeras durante la guerra más allá del escenario donde se desarrollan las batallas.

Sin olvidar que, aunque hemos “disfrutado” de una paz duradera en nuestro contexto tras la 2ª Guerra Mundial, este no ha estado exento de conflictos a los que, lamentablemente, dada su distancia geográfica y emocional, en la mayoría de las ocasiones hemos prestado poca o nula atención más allá de la generada por las noticias de alcance que nos llegaban a través de agencias. Pero sin que las citadas guerras comportasen alteración en nuestras placenteras vidas en paz. Sin que ello, además, significase la ausencia de muerte, sufrimiento, desplazamientos, desarraigo… que tan solo vivíamos o vivimos a través de imágenes o declaraciones que acaban siendo anecdóticas y fugaces. Categorizando y valorando las guerras, al igual que otros muchos aspectos de nuestras vidas, en función a cómo nos afectan no tanto emocionalmente como económica y socialmente hablando. De ahí que haya visiones, valoraciones, sentimientos, emociones, realidades… diferentes en función de dónde se desarrolle la guerra y quiénes sean los contendientes y afectados de las mismas. Hasta el dolor y el sufrimiento están sujetos a una escala de valor en función de quiénes los provoquen o los sufran.

Estamos asistiendo a un nuevo drama social de consecuencias incalculables que afecta a millones de personas que tienen que abandonar sus hogares; romper sus familias; interrumpir su actividad laboral, docente o de ocio y relaciones; huir de su tierra e incluso de su país; empuñar un arma para enfrentarse a un enemigo que hasta hace pocos días no tenían o reconocían como tal; asentarse en otros países con lenguas, normas, valores, tradiciones, diferentes; enfrentarse a los miedos, la incertidumbre, la soledad… Mientras tanto, en actos de indudable solidaridad, pero en muchas ocasiones también de inciertas consecuencias, muchas personas tratan de responder, con la mejor de las voluntades, a todas esas pérdidas y carencias sin tener en cuenta cómo y de qué manera afrontarlo, vivirlo, comprenderlo, asumirlo, conducirlo… sin que genere desequilibrios, confusiones o reacciones indeseables, pero muchas veces inevitables.

Solidaridad que no debería ser selectiva, en función de quiénes son las víctimas o de cuál es su procedencia. Los desplazamientos forzados, el hambre, el dolor, el cansancio, la desesperación… afectan a las personas como seres humanos y no como sirios, palestinos, afganos o ucranianos, que requieren respuestas equitativas a sus necesidades sentidas.

Pero todas estas valoraciones, al fin y al cabo, son subjetivas y, sobre todo, obedecen a culturas, valores, normas, nacionalidades, intereses… individuales y colectivas que generan posicionamientos diversos e incluso contrapuestos. Todos ellos lícitos y respetables, aunque no necesariamente tengan que ser compartidos ni asumidos por todos. Pero sobre los que, desde luego, no se puede, en ningún caso, fundamentar la actuación, intervención o abordaje, de las enfermeras.

Las enfermeras nos debemos a las necesidades que derivan de los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad a las que atendemos con independencia del escenario, procedencia, ideología, creencia, raza, orientación sexual o cualquier otro factor o característica. Nuestra responsabilidad es la de prestar cuidados profesionales que faciliten, desde la empatía, la escucha activa y la asertividad, el consenso de aquellas respuestas que permitan identificar, movilizar y articular los posibles recursos personales, familiares, sociales y comunitarios disponibles y accesibles en cada momento para, en base a los mismos, establecer las acciones o actividades que den respuesta a las necesidades identificadas. Todo ello al margen de interpretaciones o juicios de valor que dificulten o impidan la interacción entre las enfermeras y las personas a las que se atienden. Obedeciendo a un código ético y deontológico que deben marcar nuestra actuación más allá de nuestra conciencia.

La guerra, no tan solo mata con proyectiles, obuses, minas o bayonetas. La guerra causa heridas invisibles pero indelebles que socaban la integridad física, psíquica, social y espiritual de las personas que se ven involucradas en conflictos que les afectan como lo hace la metralla de una explosión, llenando sus mentes y sus vidas de múltiples fragmentos de desarraigo, pérdida, dolor, sufrimiento, carencia, recuerdos, vivencias, experiencias… que son muy difíciles de extirpar y que, en muchas ocasiones, permanecerán en sus vidas de manera permanente. Se trata, por tanto, de identificar, ayudar, acompañar, enseñar… a que puedan afrontarlas desde la autoestima que no de la resignación, desde el empoderamiento que no de la culpabilidad, desde la valentía que no de la temeridad, desde el autocuidado que no de la dependencia.

Las enfermeras como profesionales del cuidado que somos estamos obligadas a llevar a cabo una búsqueda activa de todos estos problemas. Nuestra competencia no se circunscribe a la asistencia ante un problema físico o una dolencia. Nuestra atención debe ser integral, integrada e integradora, activa y participativa, humanística y científica, autónoma y respetuosa, equitativa y accesible, cercana y acogedora, planificada y evaluada, resiliente y saludable. Y esto, sin duda, es lo más complejo de ser enfermera. Pero esto, precisamente, es por lo que podemos y debemos ser identificadas como valiosas, importantes, insustituibles y demandadas. Lo contrario nos sitúa en la intrascendencia, la invisibilidad y la permutabilidad.

Las enfermeras siempre hemos tenido un papel relevante y visible en las guerras. Otra cosa bien diferente es que las propias enfermeras seamos capaces de trasladar a la sociedad nuestra aportación significativa, específica y exclusiva de atender todos los efectos que una guerra causa y los afectos que la misma deteriora o elimina. Tanto los producidos directamente por efecto de las armas en los campos de batalla, como los que indirectamente afectan a la población que sufre las consecuencias derivadas de la propia guerra. El proxenetismo, la prostitución, la falta de educación, la ausencia de cuidados… provocados por la guerra conducen a una vida que es mucho más dolorosa que la propia muerte.

Pero es que, además, las enfermeras, tenemos la obligación de ejercer de activistas de la paz en nuestras intervenciones diarias a través de nuestras acciones de promoción de la salud, prevención de la enfermedad o atención a la misma y a la reinserción posterior. No es un activismo político, es un activismo profesional enfermero que, al margen de ideas o posicionamientos personales, debe plantear alternativas de salud que trasciendan las diferencias y busquen el equilibrio. Un activismo pacífico y conciliador que respete y promueva las acciones saludables bien sea a través de los determinantes sociales, de los objetivos y metas de desarrollo sostenible, de los activos de salud o de cualquiera otra política que facilite la equidad en salud. No podemos permanecer impasibles ni mirar hacia otro lado ante la desigualdad, la injusticia, la falta de libertad, la inequidad, la vulnerabilidad… que alimentan y provocan las guerras que permiten que se instalan permanentemente en la sociedad.

Cada vez tengo más claro que quien no esté en disposición de asumir esta responsabilidad como enfermera, debería plantearse seriamente dedicarse a otra cosa. Ser enfermera es y supone asumir este compromiso e implicarse responsablemente para atender a tantas heridas de guerra como las que lamentablemente se provocan y a las que nunca podemos ser ajenas desde una postura de lejanía, indiferencia o tecnicismo que nos desdibuja y nos transforma en profesionales tecnológicas.

Pero para ello, también tengo cada vez más claro que se precisa de un cambio radical en la manera en que formamos a las futuras enfermeras, en cómo gestionamos los cuidados, de qué manera los prestamos y en qué investigamos y cómo lo difundimos para que las evidencias trasciendan al mero y mercantilista impacto de las publicaciones y se sitúen en la realidad que favorezca el cambio preciso para atender con garantías y calidad necesarias y deseables los efectos de todas las guerras, con armas de fuego o sin ellas, con artillería o sin ella, con naves o sin ellas, porque no siempre su presencia es la que más muertes ocasiona. Pero también para ser capaces de identificar las guerras y sus efectos más allá de las consecuencias que provoquen a nuestro bienestar o economía, porque todas, aunque las ignoremos, precisan de nuestra atención y cuidados, por lejanas que nos parezcan.

No hay vida sin cuidados y no hay cuidados profesionales sin enfermeras profesionales. Los cuidados son vida y la vida precisa de enfermeras. El hombre, tristemente, ya se encarga de buscar y provocar la muerte a través de las guerras.

Es momento de hacer un pacto por la paz en el que los cuidados profesionales supongan un derecho fundamental de toda persona, familia y comunidad y que los mismos, además, estén garantizados por enfermeras que son quienes mejor respuesta pueden dar como las mejores estrategas posibles y deseables.

Nada, lamentablemente, nos puede garantizar que no existan sátrapas dictadores que provoquen nuevas guerras, pero sí que podemos asegurar una atención profesional enfermera que contribuya a la salud integral como uno de los mayores antídotos de la guerra o de sus consecuencias.

No dejemos que la literatura, el cine o los medios de comunicación vuelvan a determinar una imagen distorsionada y estereotipada de las enfermeras.

Narremos, proyectemos y definamos nosotras, lo que somos y aportamos las enfermeras en la guerra o en la paz.

Sin duda hemos sido importantísima en la guerra, seámoslo también por la paz.

[1] Novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial (1828-1910)

[2] https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20190726/462672746388/florence-nightingale-carga-de-la-brigada-ligera-guerra-de-crimea-hospitales-de-campana.html

[3] http://enfeps.blogspot.com/2020/12/enfermeras-primera-y-segunda-guerra.html