
“No quiero la belleza, quiero la identidad.”
Clarice Lispector[1]
El pasado día 1 de abril se presentó, en la Universidad de Alcalá de Henares, el libro «Propuestas para la normalización de las palabras enfermería, enfermera y enfermero» auspiciado por la Conferencia Nacional de Decanas/os de Enfermería (CNDE)[2].
Mentiría si dijera que he leído el libro. Entre otras cosas porque aún no dispongo del mismo. Mentiría, o faltaría a la verdad, igualmente, si dijera que el mismo no me interesa. Porque, lo hace y mucho, tanto por su contenido como por lo que el mismo representa de identidad y sentimiento de pertenencia. O, cuanto menos, yo así lo veo. Sus autoras me merecen todo el respeto y consideración. Las conozco, las reconozco y las admiro, por muchos motivos, sentimientos y aportaciones. Por todo lo cual no me cabe duda que su aportación será relevante, cuanto menos, a nivel científico y académico, no tengo tan claro, sin embargo, que lo haga a efectos de impacto sobre nuestra verdadera identidad, como trataré de exponer a continuacion.
Porque, precisamente ahí es donde me surgen las dudas y las inquietudes. Más allá de las, no me cabe duda, evidencias científicas que el concienzudo estudio llevado a cabo generarán en torno a nuestra denominación como profesión, ciencia, disciplina y profesionales. Denominación tan manipulada, distorsionada, ocultada, olvidada y maltratada a lo largo de nuestra historia y sin embargo tan identificativa de lo que somos, nos creemos, vemos y valoramos. Ahora bien, otra cosa bien diferente, es si lo es también de lo que nos sentimos o como nos identificamos con la misma.
Desde que en 1977 se acabase, al menos oficialmente, con un acrónimo (ATS) que aniquiló nuestra identidad, hasta la publicación del estudio referido, es decir, casi 50 años después, aún seguimos soportando los efectos del exterminio de identidad que en toda regla hemos padecido todas las enfermeras y muy en particular quienes no tan solo lo son, sino que, como yo, se sienten enfermeras.
Muchas veces y durante mucho tiempo, hemos enmascarado, disfrazado, rechazado, escondido… nuestra denominación, es decir, aquello que nos identifica y dignifica, por vergüenza, temor, indiferencia, ignorancia, a lo que representa ser ENFERMERA.
Se nos impusieron aranceles, ahora que tan de moda están, a la identidad enfermera. Porque penalizaba serlo o cuanto menos decirlo. Por eso adoptamos, aceptamos, asumimos términos tan abstractos, aunque tan concretos, vacíos, aunque tan llenos, falsos, aunque tan ciertos, tan inocentes, aunque tan culpables, tan luminosos, aunque tan oscuros… como profesionales sanitarios o simplemente sanitarios, o en el mejor de los casos profesionales de la salud, o profesionales de Enfermería, o en el colmo del despropósito Enfermería. Cualquiera que nos permitiese evitar denominarnos enfermeras. Como si reconocer lo que somos nos penalizase, nos desvalorizase, nos avergonzase. Y esos aranceles en forma de desinformación, descrédito, desvalorización… nos apartó de la dignidad profesional para situarnos en la mediocridad sanitarista a la que se nos empujaba o arrastraba. Mediocridad que no tan solo era el resultado de nuestra carencia identitaria. Sino el resultado, precisamente de la carencia. Porque quien oculta su verdadera identidad, oculta igualmente su verdadera aportación. Por eso cuidar acompañó durante tanto tiempo a la denominación enfermera en su triste travesía por el desierto científico-profesional. Preferimos refugiarnos en la técnica y en la subsidiariedad, antes de nombrarnos y sentirnos como ENFERMERAS CUIDADORAS.
Creímos que, quitándonos la cofia y el delantal, ya teníamos suficiente. Es curioso, nos desprendimos de señas de identidad, por mucho simbolismo negativo que tuviesen, para abrazar el anonimato más absoluto y denigrante. Adoptamos el uniforme de camuflaje de las batas y pijamas blancos para pasar desapercibidas/os mezcladas/os entre el resto de profesionales que, sin embargo, se preocupaban y ocupaban, ellos sí, de distinguirse con sus bordados en los bolsillos con unas siglas que ni tan siquiera siempre les corresponden, pero de las que se apropiaron en exclusividad.
Se entendió o se quiso entender, que lo del “nombre” era lo de menos, que lo mejor era no entrar en polémicas semánticas que, además, conllevaban un discurso feminista en el que los hombres se sentían incómodos, pero en el que un sector del feminismo rechazaba y rechaza la denominación genérica de enfermeras. Y la rechaza porque no quiere que nadie que no sea mujer use “su” género. Mientras que el sector masculino más reaccionario, impone la denominación genérica y normativa masculina. Todo lo cual genera un grave problema de respeto, por una parte, pero también de identidad hacía nuestra denominación, porque parece ser que nadie se siente cómoda/o con un término genérico de consenso, como si ocurre con otras profesiones que han adoptado el masculino con absoluta naturalidad, sin entrar en más detalles. Es el caso de médicos, psicólogos, farmacéuticos… a pesar de que sus profesionales sean mayoritariamente mujeres. Lo que demuestra que las enfermeras, nuevamente, marcamos la diferencia, situándonos en un permanente conflicto que nos limita. Y es que como dijera Alejandra Pizarnik[3] “Nada más intenso que el terror de perder la identidad”
He de reconocer que me costó asumir mi condición de enfermera. Tanto en lo referente a lo que significaba profesionalmente, dada mi formación de base como ATS, como de denominación por lo que suponía vencer un conflicto interno y externo de identidad de género dada mi masculinidad que, inicialmente al menos, se veía herida o cuestionada. Pero también he de dejar claro que, una vez asumida, la he defendido siempre con firmeza e incluso, lo reconozco, con cierta vehemencia. Haciéndolo por convicción y por compromiso. Por convicción, una vez interiorizado lo que significaba y suponía asumirlo sin que ello lastimase, cuestionase o limitase mi masculinidad. Por compromiso, con las mujeres que habían logrado situar a la enfermería y a las enfermeras en el lugar que correspondía a pesar de todas las presiones, acosos y maltratos que, como mujeres, habían tenido que sufrir para mantener la dignidad personal y profesional sin renunciar a lo que eran y se sentían, enfermeras. Compromiso, también, con la condición femenina de la profesión de Enfermería, que hice mía, sin renunciar a la que como persona tenía y con la que igualmente me sentía identificado. Me negué a renunciar o renegar de ninguna de las dos. Supe y quise mantener esa dualidad con la que no tan solo me sentía identificado, sino que me generaba seguridad y orgullo.
Así lo he venido manteniendo y defendiendo siempre a pesar de los ataques de unas y otros, de las risas de algunos y algunas o de los ataques furibundos, los menos también es cierto, de algún/a nostálgico/a trasnochado/a.
Tanto es así que desde la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC)[4] que, junto a un grupo de enfermeras igualmente comprometidas/os, fundamos en 1994 iniciamos un proceso de análisis, reflexión y debate, en el que participó alguna de las autoras del libro al que hacía referencia al inicio, para cambiar la denominación de Enfermería y Enfermera que se recogía en el Diccionario de la RAE. Y, de hecho, se modificó, aunque la citada modificación no recogía, ni mucho menos, ni en forma ni en fondo lo que se trasladó como resultado del trabajo desarrollado por nosotras/os.
Transcurridas varias décadas desde ese cambio, tal como comentaba, el pasado día 1 de abril de 2025 en la Capilla de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá. Se presentó el libro “Propuestas para la normalización de las palabras enfermería, enfermera y enfermero”. y de las modificaciones de los términos enfermería, enfermera y enfermero en la edición 23.8 del Diccionario de la lengua española (DLE)”. Lugar en el que se hace entrega de los premios Cervantes de la Lengua Española o Castellana, para ser más exactos.
Nada que objetar a tan emblemático lugar. Pero resulta paradójico, al menos para mí, que una institución como la Real Academia de la Lengua (RAE), tan íntimamente ligada al recinto de celebración, haya sido durante tanto tiempo quien ha alimentado, mantenido y defendido la invisibilidad de las enfermeras y de la Enfermería en “su” diccionario de la Lengua Española que pretende sea el de todas/os desde su lema de “Limpia, fija y da esplendor”. Es cierto que fija, pero no tengo tan claro que limpie y de esplendor visto lo visto no tan solo con el tema que nos ocupa, sino con tantos otros que han venido generando cierta polémica, cuando no incomodidad.
No es mi intención cuestionar la capacidad de quienes configuran la academia a la hora de determinar cuál debe ser el significado que se le da a las palabras que configuran el diccionario de la lengua de tantos países de Iberoamérica. Pero si la de plantear mis dudas, inquietudes y temores sobre cómo y por qué se decide someter a la estereotipación y la invisibilidad a una profesión como la Enfermería y a sus profesionales, las enfermeras.
Porque la argumentación utilizada de que el diccionario recoge aquello que “el pueblo” entiende, identifica o reconoce sobre los términos o palabras que en el diccionario se recoge, no se sostiene. De ser así, no creo que la definición de palabras como exósmosis[5], linyera[6], metagoge[7] o nefelismo[8], por poner tan solo algunos ejemplos elegidos al azar, recogidos en el diccionario se correspondan con lo que “el pueblo” entiende a nivel popular o general como se argumenta.
Por otra parte, tan vetusta institución, la componen 41 miembros, de los que tan solo 8 son mujeres, lo que supone un 19,5% del total. Algo que, al menos a mí, me genera cierta inquietud, cuando no desasosiego. Sin embargo, no parece que ni a la institución en su conjunto ni a sus integrantes en particular les provoque el más mínimo rubor. Más allá de cualquier otra consideración su composición es una clara distorsión de la realidad social actual y traslada una manifiesta desigualdad que por mucho que se quiera maquillar incide de manera determinante en las decisiones que en el seno de la RAE se adoptan, trasladando sesgos importantes que van más allá de la semántica, la etimología o la gramática. Al igual que pasa en otros sectores, como por ejemplo la medicina, la perspectiva de género queda seriamente limitada por la acción de una perspectiva masculinizada cuando no machista que impacta de manera discriminatoria y desigual en las mujeres, sea con relación a la salud o de la identidad, como es el caso que me ocupa.
En esta nueva y loable “intentona”, la RAE nuevamente ha reinterpretado lo que se le trasladaba y, aunque ha corregido la definición de Enfermería, la misma ha quedado claramente sesgada en base a criterios poco claros o, cuanto menos, poco o nada explicados que nos van a someter por un largo periodo, vista la capacidad de reacción y adaptación de la RAE, a una definición “incompleta” y “reduccionista” sobre la que, no me cabe duda, han existido presiones externas e internas alejadas de criterios lingüísticos para que quedase como finalmente ha quedado. Un nuevo y doloroso golpe a nuestra identidad que, aunque aporta cierta mejora, continúa estando en cuestión.
Nada que objetar al trabajo desarrollado por la CNDE y las autoras que han participado en su elaboración. Pero los resultados lejos de normalizar, como tan acertadamente se pretende, van a continuar manteniendo una dinámica de confusión, enfrentamiento y conflicto interno que se concreta en la proyección de una imagen distorsionada y poco reconocible.
Nos sigue faltando sentimiento de orgullo y pertenencia y nos siguen sobrando miedos infundados y reservas ridículas que impiden que nos sintamos identificadas y autovaloradas como lo que somos, enfermeras.
Mientras todo esto sucede, las organizaciones que debieran ser nuestras mayores y mejores referencias, continúan jugando al escondite de la identidad, ocultando de manera sistemática y permanente, en una gran mayoría, a quienes representan, las enfermeras y no a la Enfermería según rezan sus denominaciones (Consejo General de Enfermería, Consejos Autonómicos de Enfermería o Colegios Provinciales de Enfermería). Pero también en el ámbito sanitario seguimos permitiendo, cuando no contribuyendo, a perpetuar nuestra invisibilidad con denominaciones tan poco acertadas como erróneas tales como Directora de Enfermería (¿se puede ser Directora de una profesión, disciplina o ciencia?), Consulta de Enfermería (¿se puede tener una consulta de la profesión, la disciplina o la ciencia?)… y tantos otros desacertados y lamentables ejemplos que nos conducen a tener una imagen absolutamente borrosa e indefinida que hace muy difícil normalizar nuestra identidad.
Creer que hechos tan importantes como el presentado en la Universidad de Alcalá significan que el conflicto no existe o que está solucionado supondría tener una visión muy reducida de la realidad. Creer que una parte, que creemos y trabajamos en este sentido, significa el Todo, es maximizar, de manera artificial, lo que la realidad nos traslada día a día naturalizándolo.
Resulta imprescindible seguir trabajando en este sentido para lograr finalmente la identidad enfermera arrebatada, perdida u oculta que nos corresponde. Porque aceptar nuestra identidad es el primer paso para ser felices con nosotros mismos.
Gracias por el esfuerzo y por el trabajo. Sigamos en este camino de construcción y recuperación de nuestra dignidad enfermera.
[1] Escritora ucraniana-brasileña. (1920-1977)
[2] https://www.rosamariaalberdi.com/propuestas-para-la-normalizacion-de-las-palabras-enfermeria-y-enfermera-o/
[3] Poeta, ensayista y traductora argentina (1936-1972)
[4] https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/
[5] Difusión de dentro a fuera, que se establece al mismo tiempo que su contraria la endósmosis, cuando dos líquidos de distinta densidad están separados por una membrana semipermeable.
[6] Atado en que el vagabundo guarda su ropa y otros efectos personales.
[7] Atribución de cualidades propias de seres animados
[8] Conjunto de caracteres que presentan las nubes.