Sara Pacheco Riquelme, Jesús Parra Berna, Teresa Pina Estañ, Mª Carmen Sánchez Vidal y Miriam Varela Fuentes, estudiantes de 4º de Enfermería de la Universidad de Alicante nos hacen reflexionar sobre la importancia de las vacunas y del acto de vacunarse ante los movimientos emergentes antivacunas.
Ayer se anunciaba la concesión del Premio Princesa de Asturias a la Concordia a las / os Profesionales Sanitarias / os que se encuentran en primera línea en la lucha contra la covid-19, por su entrega, dedicación e implicación profesional durante la pandemia. Pues bien, hoy nos despertamos con la noticia de que un grupo de sanitarios que han decidido erigirse en representantes y portavoces de todas / os las / os profesionales sanitarios / os, que son quienes han sido receptores / es del Premio, rechazan el premio. ..
ENTREVISTA EN RADIO VILLENA, con motivo de las jornadas organizadas por la Sede de la Universidad de Alicante en Villena y por la Asociación de Mujeres y Salud, también de Villena. Un placer compartir estos momentos a través de las ondas.
Tengo la permanente sensación de llegar a determinados puntos en los que parece que no haya posibilidad de retorno. Pero en los que tampoco haya posibilidad de mayor avance.
Sin embargo y, aunque la sensación se repite como en un déjà vu, nunca me ha paralizado, ni me ha echado para atrás, aunque tampoco me he lanzado al vacío sin más.
Esta sensación la tengo sobre todo o casi en exclusiva con relación al desarrollo vital que he compartido con la enfermería y que me ha hecho valorar la importancia de ser y sentirme enfermera.
No ha sido, sigue sin ser, fácil el avance de la enfermería en un contexto dominado por la medicina y por los médicos. No se trata de un reproche, ni tan siquiera de un lamento. Es únicamente la constatación de una realidad que nos ha marcado como disciplina y como profesión.
Cada vez tengo más claro que ni la medicina ni los médicos pueden ni deben ser señalados como responsables de nuestra evolución. Al menos no de manera directa. Al menos no como únicos responsables como se ha querido señalar durante tanto tiempo, resistiéndonos a abandonar la idea. Y es que no por mucho repetirla se va a convertir en realidad.
Tanto la medicina, como los médicos, han sido y han estado presentes en la sociedad a lo largo de la historia. Y lo han estado, siendo dueños de su destino y de su desarrollo. Más allá de cómo lo hicieran o de las condiciones en que lo hicieran, lo bien cierto es que lograron situarse como referentes sociales, profesionales y científicos, utilizando para ello todo aquello que tenían a su alcance y que identificaban como recurso o medio idóneo para lograrlo. Alcanzaron notoriedad y prestigio en base a sus aportaciones a la salud de la población en un escenario totalmente aséptico de cualquier otro profesional que pudiese ser identificado como un obstáculo o aparente competidor a sus competencias.
Su evolución, como la de cualquier disciplina, tampoco fue sencilla y las rencillas, enfrentamientos, disputas y diferencias entre sus miembros fueron y me atrevo a decir que siguen siendo permanentes, lejos de esa unidad férrea que en muchas ocasiones quiere trasladarse. Pero también esto forma parte de su propia evolución y crecimiento.
No es mi intención convertirme en relator de la historia médica, ni mucho menos en defensor de su causa, entre otras cosas, porque no les hace falta alguna.
La Enfermería y las enfermeras como profesión y profesionales respectivamente no se incorporaron en el escenario sanitario, creado a imagen y semejanza de quienes lo habían construido, hasta bien avanzado el siglo XX en nuestro país. Aunque los historiadores de Enfermería identifiquen la figura de la enfermera mucho antes. Pero en ningún caso como profesionales. Por lo tanto, la relación médico-enfermera a nivel profesional no se produciría hasta los movimientos, propiciados por los propios médicos, mediante los cuales se creaban las primeras escuelas de Enfermería o incluso las primeras especializaciones a través de becas para estudiarlas en países que, como EEUU, llevaban un claro recorrido previo en este sentido. Aspecto poco conocido o cuanto menos reconocido.
Dichos avances de profesionalización iniciaron una relación que, es cierto, estuvo marcada por una clara subsidiaridad hacia la clase médica que identificaba a las enfermeras como medios útiles para su desarrollo profesional y no, en principio, como obstáculo al mismo.
Por lo tanto, se avanzó en la profesionalización y se llegó a un punto que permitía identificar muestras de desarrollo propio. Sin embargo, la guerra civil supuso, no tan solo la parálisis del proceso iniciado, sino incluso un claro retroceso que sumió a las enfermeras en una clara invisibilidad y una absoluta sumisión a la clase médica. Pero dichas circunstancias estaban más ligadas a cuestiones de género que de desarrollo y competencia profesional.
Lo bien cierto es que se inició una travesía por el desierto de la sanidad médica que nos impidió avanzar profesionalmente durante casi todo el periodo de la dictadura.
Pero en ese recorrido del que hablaba, hubo una serie de enfermeras que no se paralizaron ante la dominación médica, que actuaba replicando el comportamiento autocrático, paternalista y machista que imponía el régimen político. Lograron aglutinar el sentimiento de muchas enfermeras para conseguir finalmente que las enfermeras pudiesen formarse en la Universidad.
Una vez más, lo que parecía una vía muerta o un camino sin posibilidad de avance, fue modificado por la voluntad férrea de quienes creyeron en la enfermería como profesión y en las enfermeras como profesionales, aunque se presentase un camino complejo a partir de ese momento.
La entrada en la universidad, sin duda, supuso un punto de inflexión trascendental para el futuro científico profesional de las enfermeras. Pero también se iniciaba un proceso de reconstrucción en el que los conflictos internos y los recelos, ahora sí, de una clase médica acostumbrada a caminar bajo palio y sin absolutamente ninguna resistencia, generaron importantes desencuentros que actuaron como barreras en el iniciado avance.
Ese periodo fue determinante para el desarrollo profesional enfermero, a pesar de la barrera que suponía no poder acceder al máximo nivel académico, doctorado, por estar encorsetada la titulación en una Diplomatura sin posibilidad de desarrollo en un 2º ciclo. Esta circunstancia unida a las disputas entre ATS, DUE y quienes a través de otras titulaciones alcanzaban el grado de Doctor/a, supusieron el principal caldo de cultivo para el crecimiento de gérmenes que ocasionaron graves “infecciones” que eran aprovechadas por quienes, como los médicos, nos veían como una amenaza, cuando realmente la amenaza la teníamos nosotras mismas en nuestra falta de visión, misión y conciencia enfermera. Estábamos situados en un camino intermedio entre la técnica y el cuidado y no éramos capaces de unirlos a la ciencia incipiente enfermera.
Nuevamente estábamos en ese que parecía final de término sin capacidad de avanzar porque aparecía el vacío de lo desconocido y lo temido y con riesgo de retroceder y perder lo logrado, aunque no fuese lo esperado o lo deseado.
Pero siempre hay quienes han creído de manera tozuda, al tiempo que rigurosa, en el crecimiento de la Enfermería y la dignificación de las enfermeras. El Espacio Europeo de Educación Superior supuso una oportunidad para dar el salto y romper el techo de cristal que nos impedía acceder en igualdad de condiciones al máximo nivel académico.
Logrado este avance quedaba por resolver la adaptación de tan importante desarrollo a los ámbitos de la atención y de la gestión. La investigación, a través del doctorado, ya se constituyó en un hecho y la docencia ya estaba lograda, aunque cada vez más devaluada, en un escenario universitario claramente mercantilista y en clara desventaja ante la investigación que ha sido elegida “la niña bonita” para lograr el, cada vez más complicado y desigual, desarrollo académico.
Pero es en esos ámbitos en los que más resistencias se iban a generar tanto por parte de las enfermeras, que no siempre estaban dispuestas a asumir la responsabilidad que suponía dar ese paso, como de una parte de los médicos que veían peligrar competencias propias, más desde una posición infantil de posesión exclusiva que desde una posición racional y de necesaria interrelación.
Los avances fueron lentos y las paradas prolongadas, aunque no existieron importantes retrocesos.
Sin embargo, se incrementó la percepción de una resistencia, cuando no ataque, permanente por parte de la clase médica. Lo que falta por determinar es, hasta qué punto, el ataque o la resistencia médicas son reales o si son el resultado de la propia debilidad enfermera. Debilidad que se identifica en el lento desarrollo y capacidad de influencia de las Sociedad Científicas Enfermeras, en las posiciones de conformismo e inmovilidad de muchas enfermeras, en la ausencia del ámbito político, en la exclusividad de actuación en el sistema sanitario, en la aclimatación a zonas de confort, en asumir como logros la esclavitud de horarios imposibles, en aceptar la imposibilidad de la conciliación familiar, en la comodidad de la subsidiariedad, en el reduccionismo laboral, en la distancia con la investigación… que actuaban y actúan de manera significativa en contra de las propias enfermeras, asumiendo el victimismo como manera más sencilla, dramática y efectista, que no efectiva, de contrarrestar dicha debilidad. Y, para ello, nada mejor que utilizar al enemigo perfecto, el médico, que, dicho sea de paso, asumía encantado el papel que se le asignaba y lo llevaba a cabo de manera, en este caso, efectista pero también efectiva. De tal manera, que ya teníamos el escenario perfecto para representar el drama sanitario en el que unas, las enfermeras, eran el blanco de todos los ataques, mientras otros, los médicos, eran los ejecutores de los mismos. Aclarando, que ni unas ni otros, en su totalidad, eran conscientes del papel que estaban representando, pero lo asumían como parte del desarrollo establecido y guiados por las consignas de quienes verdaderamente les estaban utilizando. Todo ello en ese punto del camino que parece no tenga posibilidad de avance, pero, en el que el retroceso, aunque posible, no se contempla.
Pero como suele suceder en todas las contiendas, batallas, enfrentamientos… siempre hay personas de uno y otro bando que no se acoplan al plan establecido y se posicionan claramente en contra del mismo. Siendo llamados traidores a la causa, renegados o desertores. Fundamentalmente se trata de pensar por si mismos, tener y aplicar el pensamiento crítico y ser lo más pragmáticos posibles en beneficio propio y colectivo. Porque, no nos equivoquemos, el conflicto médicos-enfermeras, no beneficia a ninguna de las partes y, por el contrario, lo hace a quien alimenta, mantiene y potencia el mismo.
Quienes realmente manejan, de manera interesada, los resortes de esta representación, que sirve a sus intereses particulares, logran desviar la atención de los contendientes, de lo verdaderamente importante para situarlo en ficticios problemas en los que distraerlos. Consultas enfermeras, puestos de gestión, prescripción enfermera… son tan solo algunos de los ejemplos de los muchos que se han venido creando y que mantienen una disputa sin solución de continuidad, pues conforme se resuelve, bien por lisis, cansancio o, las menos de las veces, consenso, uno de los problemas, emerge inmediatamente otro que permita seguir manteniendo la distracción y la confrontación.
Mientras tanto, los “disidentes” acaban por darse cuenta que es mejor unir las fuerzas y desde el respeto mutuo tratar de avanzar y desenmascarar a los manipuladores, aunque ello suponga que además de disidentes sean identificados, señalados y acusados como traidores por cada uno de los “bandos” en contienda.
De repente ese vacío que se presentaba en el desarrollo académico, profesional y disciplinar, se torna en un espacio de posibilidades en el que, si bien, siguen existiendo los manipuladores, al menos, ya se ha sido capaz de entender que el avance depende de las propias enfermeras y no está en peligro por la existencia de los médicos. Por su parte los médicos identifican claramente que existe espacio para todos/as y que las enfermeras no suponen un peligro, ni una amenaza para mantener su largamente logrado reconocimiento y posición, pues el liderazgo y empoderamiento de las enfermeras está totalmente alejado del que ya hace mucho tiempo colonizaron los médicos.
Si finalmente las enfermeras somos capaces de identificar ese lugar de liderazgo y desarrollarlo en armonía, no exento de dificultades, con médicos y otros profesionales como farmacéuticos, psicólogos, fisioterapeutas… podremos centrarnos en lo verdaderamente importante, nuestro espacio y paradigma propio, y huir de inútiles, estériles y artificiales conflictos con quienes deben ser identificados como aliados y no como enemigos.
Tan solo si avanzamos de manera conjunta, sin posesiones irreales, subsidiariedades caducas, recelos infundados, competencias exclusivas… lograremos desenmascarar finalmente a quienes tienen intereses muy concretos de mantener estos conflictos, como, por ejemplo, la precariedad del Sistema de Salud, las ratios irracionales, los modelos caducos, las dependencias mercantilistas, la esclavitud del paternalismo, el secuestro de la ciudadanía, la supremacía de la enfermedad, la indiferencia ante la salud, la postergación de la salud pública, la primacía hospitalaria… que configuran el escenario en el que mueven a su antojo, a unos y otras, como soldaditos de plomo o de plástico, depende si son del hospital o de Atención Primaria de Salud.
Cuando seamos capaces de abandonar nuestro egocentrismo; de levantar la mirada de nuestro ombligo; de darnos cuenta de a quien tenemos al lado, enfrente o tras nosotras; de valorar nuestro potencial cuidador propio; de asumir responsabilidades con todas las consecuencias; de rechazar imposiciones; de identificar a los verdaderos enemigos, internos o externos; de asumir retos; de innovar; de empoderarnos en cualquier escenario; de ejercer un liderazgo real y propio; de aportar evidencia sobre nuestra aportación, de identificar y reconocer a nuestras líderes y referentes… estaremos en disposición de dar ese paso que nos permita dejar de ver un vacío peligroso, para avanzar y volar hacia una realidad tan posible como necesaria.
Tan solo entonces podremos despejar nuestros miedos atávicos contra los médicos y estos, a su vez, podrán entender que lejos de ser un peligro suponemos el mejor aval para lograr alcanzar objetivos comunes. Y desde esa reforzada alianza dejar sin argumentos disuasorios a quienes tan solo han tenido y tienen interés porque nada avance más allá de lo que pueda aportarles beneficio a ellos.
Y esta realidad muy centrada en nuestro contexto como país, es perfectamente trasladable y adaptable a cualquier otro contexto, fundamentalmente del ámbito latinoamericano. Si fuésemos capaces de salvar la distancia geográfica de un océano que nos separa para identificar la oportunidad que supone unir nuestras fuerzas, el avance hacia ese espacio enfermero común sería mucho más eficaz y menos prolongado en el tiempo.
No hay, por tanto, fin de recorrido. Los límites tan solo existen en nuestra mente y disposición por vencerlos y avanzar.
Dejemos de ver fantasmas y veamos al Gigante que, como profesión y disciplina, somos.
Carolina Riquelme Marco, Alejandra Vicenti Calderón, Yaiza Yáñez Martínez y Cateria Zehnpfund García, abordan la dificultad que tienen las mujeres en el ámbito familiar para conciliar su vida personal y laboral. Un tema que puede parecer alejado de las competencias de intervención enfermera, pero en el que sin duda tienen mucho que aportar desde una intervención familiar efectiva.
Se habla mucho de los lobbies y de su capacidad de influencia en los ámbitos sociales, económicos, políticos, empresariales… Hay profesiones que son verdaderos lobbies de influencia. Pero las enfermeras…
El pasado 18 de mayo en la inauguración de la septuagésima tercera Asamblea Mundial de la Salud, el Director General de la OMS, el Dr. Tedros Adhanom, inició la misma con un mensaje dirigido a los estados miembros en el que trasladaba el papel fundamental de en enfermeras y matronas para la salud mundial y la necesidad de que se invierta en su contratación y acceso a los puestos de responsabilidad de todas las organizaciones e instituciones.
Tras estas palabras todos los miembros puestos en pie, es decir todo el mundo, rindieron merecido tributo de agradecimiento y reconocimiento, con un caluroso y prolongado aplauso, como si estuviesen emulando a la población desde sus balcones o ventanas.
La política de gestos siempre es importante. Pero lo es, siempre que la misma vaya acompañada de gestos en políticas que se concreten en hechos. Lo contrario tan solo es una mera escenificación en la que se distrae la atención con el objetivo final de engañar.
En nuestro país, por ejemplo, estamos muy acostumbrados a estas políticas de gestos baldíos, vacíos y vanos, por parte de las/os políticas/os en su enfermizo postureo.
La pandemia como dijo el propio Dr. Tedros Adhanom en su discurso, se llevó por delante la celebración del año de las enfermeras y matronas que se celebraba este año. Como a tantas personas y tantos otros acontecimientos, el contagio del COVID-19 acabó por ahogar su presencia. Siempre nos quedará la duda de saber si no hubiese sufrido idéntico final de no haber hecho acto de presencia el COVID-19. Porque los hechos lamentablemente demuestran de manera terca y permanente que tan solo se está por la labor de una política de gestos.
Y esta política, además, impregna las dinámicas de otros ámbitos como el del periodismo, que se contagia reproduciendo idéntica sintomatología al abordar las noticias en las que aparecen o se habla de las enfermeras.
Sin ir más lejos, ayer mismo en la principal emisora de radio de este país y en uno de sus programas estrella, el periodista entrevistaba a una enfermera sobre el tema de la trazabilidad del virus que ha venido en denominarse rastreo y rastreadoras/es a quienes lo realizan. Nuevamente la denominación no ha sido la más acertada como viene sucediendo con otras acciones, actividades o identificaciones. En este caso, por ejemplo, la elección hace que se establezca una relación inmediata con un conocido anuncio de buscadores de seguros. Pero al margen de esta anécdota, el periodista en cuestión, tras las acertadas y rigurosas respuestas de la enfermera sobre la importancia del trazado epidemiológico y del papel que las enfermeras comunitarias vienen desarrollando desde Atención Primaria, interpeló a la enfermera preguntando si realmente era necesario que esta actividad la realizasen enfermeras y no podría ser llevada a cabo por profesionales o personas no cualificados. Es como si se le preguntase al periodista si para hacer las entrevistas no daría lo mismo que las hiciese cualquiera, ya que al fin y al cabo para hacer preguntas tampoco hace falta ser periodista.
Finalmente se trata de un gran desconocimiento sobre lo que somos y hacemos las enfermeras. La cuestión está en que, por su condición de periodista, debería informarse y contrastar dicha información, en lugar de trasladar su ignorancia en forma de pregunta. Pero esta falta de profesionalidad acaba por influir en la imagen que sobre las enfermeras se traslada y que contribuye a perpetuar ciertos tópicos y estereotipos.
Así pues, tenemos a dos poderes fácticos, el político y el periodístico, que participan en la política de gestos, pero no son capaces de transformar dichos gestos en hechos que valoricen y visibilicen la verdadera aportación enfermera.
Como consecuencia de la acción improcedente o de la omisión imprudente, los/as políticos/as y periodistas acaban generando una imagen distorsionada que ahora se traduce en la encarnación de héroes o heroínas, pero que en otras ocasiones se ha hecho en ángeles o en figuras menos icónicas y más maternales. En cualquier caso, nada que tenga que ver con la imagen real que tenemos las enfermeras, que es la de profesionales competentes, cualificadas, científicas, investigadoras, académicas o gestoras.
El modelo sanitarista, asistencialista, paternalista y medicalizado de nuestro Sistema de Salud, la verdad sea dicha, es que tampoco favorece mucho la visibilidad de unos cuidados enfermeros y quienes los prestan, las enfermeras, desde otra perspectiva que la del cuadro haciendo el gesto de silencio por parte de una enfermera con cofia que, hasta no hace mucho, aún colgaba de las paredes de centros sanitarios. Pero, una vez más los políticos con su inmovilismo, conformismo, cuando no mediocridad, continúan con su política de gestos tratando de convencer a todo el mundo de la excelencia del Sistema Sanitario, cuando claramente se ha demostrado su debilidad y la necesidad de pasar de los gestos a los hechos en inversión, innovación y reconocimiento de las/os profesionales de la salud en general y de las enfermeras en particular, tal como trasladan de manera constante los principales organismos internacionales como la OMS, incluso poniéndose en pie como si con ello quisieran vencer la ceguera política e institucional que les permitiese percibir el gesto de reconocimiento, pero también de exigencia. Lo triste es que la OMS, como la ONU, no dejan de ser organismos consultivos que no tienen capacidad de decisión y, por tanto, sus gestos difícilmente logran modificar o vencer a los que permanentemente realizan los países miembros en general y el nuestro en particular con relación a las enfermeras.
Por su parte el periodismo mimetiza el modelo sanitario descrito y lo transmite en toda su dimensión mediante dicotomías como las de salud vs enfermedad, salud vs sanidad, curar vs cuidar… y con idéntico lenguaje medicalizado y centrado en la única figura que reconocen y con la que singularizan y relacionan a la citada sanidad, es decir al médico. Todo lo demás es algo que ni conocen, ni investigan, ni interesa, ni tan siquiera admiten como posibilidad. Su terquedad y torpeza informativa logra transmitir la imagen caduca de un Sistema que requiere de tratamiento urgente, dada la fatiga que padece. Su comportamiento es un claro ejemplo, por tanto, de su incumplimiento moral, ético y estético con la veracidad, el rigor y la objetividad de una realidad que trasciende al hospital, la enfermedad, los médicos, la técnica o la farmacología. Una realidad que es preciso descubrir y contribuir con hechos a que se instale en la sociedad.
Políticas/os y periodistas son, no, mejor dicho, deberían ser, verdaderos agentes y activos de salud que participasen junto a las/os profesionales sanitarios y la propia comunidad en la generación de espacios saludables, a través tanto de sus gestos como de sus hechos. En resumen, que se ocuparan también de cuidar a la ciudadanía en lugar de tratar de curarla con remedios que tan solo logran empeorar su estado de bienestar emulando el modelo de nuestro sistema sanitario. Pero para ello, además de la voluntad para hacerlo deberían contar con la convicción de lo que se necesita. Y esa convicción ni la tienen, ni la buscan, ni la aceptan, porque resulta mucho más cómodo permanecer en el inmovilismo, la inacción y el conformismo de lo que existe, aunque se sepa que no es lo que realmente se necesita ni se demanda. Al fin y al cabo, sus excelentes capacidades para producir el lenguaje de los gestos disuasorios de la verdad, les otorga margen para continuar conforme lo vienen haciendo. Para que luego digan que cuidar es algo simple y simplista. ¿Será por eso que no quieren hacerlo?
Así pues, que nadie espere que ni unos ni otros se levanten de sus acomodados sillones políticos y periodísticos para aplaudir y mucho menos para ponerse en acción y cambiar lo que viene siendo una gravísima injusticia política y periodística hacia las enfermeras. Todo lo más lanzarán, de manera puntual y oportunista, algún “piropo” a las enfermeras creyendo que con ello están ensalzándolas o halagándolas, cuando realmente su acto, como sucede con los piropos a las mujeres, se convierte en una práctica comúnmente aceptada que favorece la vulnerabilidad en la que sitúan a las enfermeras, al no ser verdaderamente halagos, sino, más bien, un instrumento usado por quien tiene poder para dejar patente el ejercicio de su dominio.
Sería bueno, por tanto, acabar con ese ritual ensalzador de los piropos en forma de discursos y desnaturalizar su práctica, para pasar a la acción promoviendo la valorización real de las enfermeras. Se convertiría en la mejor manera de ponerlas en valor por lo que son y no por la imagen desfigurada y estereotipada que trasladan. Es dejar de verlas como simples recursos o instrumentos y comenzar a verlas como enfermeras.
Posiblemente el movimiento Nursing Now que ha sufrido en su año de celebración, la asfixia provocada por la pandemia, tenga su réplica o mejor dicho su continuación el próximo año en una nueva realidad con una también nueva normalidad que no sabemos a ciencia cierta que nos deparará, pero en la que tanto políticos como periodistas tendrán la oportunidad de demostrar que son capaces de pasar de la política de gestos a tener gestos en política trasformadora, saludable y de reconocimiento hacia las enfermeras más allá de sus habituales discursos caducos, reconocibles e inútiles.
No sé qué otro gesto deberá llevar a cabo la OMS para lograr llamar la atención de quienes se resisten a identificar, asumir y desarrollar las recomendaciones de un organismo al que sostienen con dinero público. En este caso se demuestra también que tan solo se trata de un gesto, el sostenimiento de un organismo como la OMS al que tan solo se utiliza con fines propagandísticos o de interés puntual.
Mientras esperamos que los gestos se traduzcan en hechos, las enfermeras deberemos seguir prestando cuidados profesionales de calidad como acto responsable alejado de los gestos en los que también se quieren incluir a los cuidados.
Aún hay quienes, no tan solo hacen gestos, sino que los verbalizan. Es el caso de una emisora que se publicita diciendo: “Lo que se dice en la XXX es”, en un intento de transmitir una veracidad que, claramente, queda en entredicho cuando se escucha lo dicho. Como si la ciudadanía no tuviese suficiente criterio para discernir lo que realmente es o no es lo que dicen ser. Parece pues, que sea un intento para evitar que piensen, porque ya ellos lo hacen por todos. Y esa, finalmente, es la dinámica de gestos intervencionista empleada.
Y es que del dicho al hecho hay mucho trecho. Y yo añado que, además, hay mucho gesto inútil.
Nada, hasta ahora, había reportado un torrente de noticias tan trascendentes, actuales y de gran interés, como las generadas por la pandemia. Cualquier famosa/o hubiera querido para si la atención mediática obtenida por el COVID-19
Quiero compartir la ética y estética de la actividad periodística. Concretamente en relación a las relaciones que mantienen las/os periodistas con quienes, finalmente, son necesarios e imprescindibles interlocutores para la construcción de las noticias que posteriormente emiten.
En un momento en el que la Pandemia lo invade todo, las enfermeras debemos alcanzar la oportunidad para avanzar en un lenguaje enfermero común desde una lengua común.