A PROPÓSITO DE LA ATENCIÓN PRIMARIA DE SALUD Y COMUNITARIA ¿NOS SENTAMOS Y HABLAMOS?

            Últimamente se estaban haciendo esfuerzos por avanzar en el necesario cambio del caduco modelo de Atención Primaria de Salud (APS). Y se estaban haciendo por parte de todos los agentes que intervienen, tanto profesionales como no profesionales e inclusive por parte de políticos y administraciones.

            Esto, en sí mismo, ya es un avance. Poder hablar abiertamente de desmedicalización, participación comunitaria, trabajo transdisciplinar, intersectorialidad… es algo que tan solo hace unos años hubiera parecido imposible de lograr dadas las resistencias que genera cualquier cambio que se identifique como pérdida o cambio. Y hacerlo de manera compartida y en igualdad de condiciones con trabajadoras sociales, enfermeras, médicos, fisioterapeutas, matronas, ciudadanía… es aún más satisfactorio por la riqueza de la que se impregna el discurso y del análisis y el debate desde el que se construye.

Hasta aquí nada que objetar, aunque se identifican elementos preocupantes que deben de hacernos estar alerta y no creer que el cambio, por muchos deseado, va a ser fácil de lograr ante las aparentes muestras de ilusión que se han generado en diferentes círculos político-profesionales y comunitarios.

Y justo en este punto en el que se empezaba a trabajar de manera compartida a través de debates abiertos, análisis rigurosos y objetivos comunes, aparece el fatídico COVID-19 y como con el resto de actividades, detiene el proceso.

Aunque siempre abogo por ver el vaso medio lleno, antes que medio vacío, no puedo por menos que identificar ciertas amenazas ante esta parálisis que deben ser tenidas en cuenta para que finalmente no nos encontremos con el vaso vacío antes de empezar y tengamos que pasar sed. Pues la situación generada ha sido aprovechada para situar a la APS en una posición subsidiaria, cuando no prescindible como recurso ante la pandemia, volviendo de nuevo al punto de partida que puede resultar determinante en el corto/medio plazo.

Sería un error tremendo que esta parálisis circunstancial derivada del Estado de Alerta, supusiese un retroceso en el camino iniciado. Pero, repito, las decisiones adoptadas por algunas comunidades autónomas con relación a la APS, han sido tan irracionales como exentas de fundamento científico, lo que ha provocado eliminar una barrera de contención fundamental que hubiese impedido muchos contagios y, por otra parte, una descongestión importante de los hospitales en pleno riesgo de colapso, como ya he comentado en anteriores entradas.

Al menos este proceso debería servirnos a todas/os para reflexionar y darnos cuenta de la trascendencia de tener una APS fuerte y adaptada a las necesidades que demanda una sociedad que ha sufrido importantes cambios y que tras la pandemia presentará una nueva realidad que deberá ser convenientemente analizada para adaptar las respuestas a la misma y no pretender, como tantas, veces, que sea la realidad, por cambiante que sea, la que se adapte al modelo caduco y desfasado en el que se encontraba.

Pero para lograr este cambio se debe contar con la participación activa de todos los implicados. Está claro que existen muchos y diversos puntos de vista, confluyen paradigmas diferentes e incluso son evidentes los intereses corporativos. Pero nada de ello debería ser inconveniente si se plantea un diálogo abierto, riguroso, respetuoso, reflexivo y crítico de todas las partes, sin premisas, límites o vetos previos que intoxiquen de inicio el debate.

Tampoco se debería incorporar como elemento de reserva a los cambios la crisis económica que se prevé tras la pandemia. Porque la APS debe de dejar de ser la hermana pobre del sistema de salud en favor del todo poderoso hospital. Por tanto, ya no será suficiente con abordar la reforma de la APS, sino que habrá que acometer una reforma integral del sistema de salud que, como se ha demostrado durante esta pandemia hace aguas por muchos sitios a pesar de resaltar permanentemente su excelencia. No se puede hablar más de un sistema de salud de excelencia sin una APS valorada, reconocida y justamente dotada, además de adaptada a las necesidades y demandas de la comunidad. Y tampoco se puede hacer manteniendo una estructura jerarquizada, quasi castrense y dominante y una organización adaptada a las necesidades que, en su momento identificó la medicina para su crecimiento científico profesional pero que hoy no responde a la dinámica que la atención sanitaria precisa en un sistema que requiere recursos más flexibles, eficaces y eficientes que, además, se articulen con el resto de recursos de la comunidad y no actúen desde la consideración de especializada en detrimento del resto.

Sin embargo, existen planteamientos de base que dificultan el necesario diálogo transdisciplinar. Porque difícilmente podremos hablar de trabajo transdisciplinar si previamente no se lleva a cabo un diálogo en idénticos términos. Pero si el diálogo empieza por estar deteriorado o roto entre quienes, al menos en principio, pudiera parecer tienen intereses profesionales compartidos las posibilidades de un planteamiento sólido se reducen significativamente.

Las diferencias pueden y de hecho existen, pero si no somos capaces de anteponer aquello que nos une o que nos es común a lo que nos separa o diferencia, nunca lograremos un cambio real. En este sentido es necesario armar una acción conjunta de todos los implicados que permita aumentar la fortaleza de sus planteamientos comunes y minimice las diferencias que, aun existiendo, no deben trascender al ámbito público, incorporándolas, más como elementos de riqueza y diversidad que de confrontación.

Entender estas disputas y sus resultados como derrotas o victorias es contribuir a la parálisis que hace que la APS no sea capaz de dar respuesta a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad y que el hospital salga reforzado desde una posición de partida que le resulta favorable. Plantear, por otra parte, el cambio como una guerra entre APS y Hospital, entre David y Goliat, sería un error del que no podemos esperar que se repita la hazaña bíblica, dadas las circunstancias. El cambio de ambos ámbitos de atención se debe fundamentar igualmente en el diálogo y en el abandono de intereses particulares, corporativos y políticos. Tan solo con estas premisas seremos capaces de avanzar. Lo contrario acabará en brindis al sol que no conducen a ninguna parte. O si, a la de siempre, que es la que queremos y necesitamos cambiar.

La APS, por tanto, no puede ni debe convertirse por parte de nadie en un territorio a conquistar para poder izar la bandera corporativa del supuesto ganador. En la APS no puede haber vencedores ni vencidos. Porque la APS es tan solo un espacio, un ámbito, una filosofía… sobre la que construir una realidad compartida, diversa, ecléctica y participativa. Lo mismo que no se puede pretender ocupar el espacio que le corresponde al Hospital porque no es el de la APS. No es, por tanto, cuestión de conquistas, sino de regeneración compartida.

Pero tampoco puede ni debe ser identificado como un refugio, un destino idílico, una zona de confort… en el que ir, supuestamente, a descansar o a preparar la jubilación. Las personas, las familias y la comunidad merecen una atención de calidad por parte de las/os mejores profesionales y no deben pagar las consecuencias de una nefasta gestión que favorece ciertas dinámicas de personal que tratan de ocultar la incapacidad por resolver problemas de conciliación, estrés, burn-out… del hospital y que acaban repercutiendo en la composición de los equipos, sobre todo de enfermeras, al huir de una malas condiciones de trabajo en el hospital para ir a un escenario, como el de la APS, en el que supuestamente dicen ir a descansar, lo que ya de entrada demuestra el supino desconocimiento que de la APS se tiene y se traslada de manera interesada por determinados sectores, lo que acaba repercutiendo en la calidad de la atención y en la frustración de profesionales que teniendo la experiencia, la formación y las competencias para trabajar en APS, son desplazadas/os a otros centros sanitarios para los que no están preparadas/os.

Ahora bien, dicho esto, que considero debe marcar cualquier hoja de ruta que se quiera seguir para sacar del ostracismo, la decadencia, la ineficacia y la ineficiencia en que se ha sumido la APS, también es cierto que se deberán definir claramente cuáles son las competencias de las enfermeras comunitarias y, lo que es más importante, las enfermeras deberán identificar esas competencias como propias para poder trasladar a las personas, las familias y la comunidad a las que atienden que aquello que ellas ofrecen tan solo ellas lo pueden ofrecer con la calidad y especificidad máximas. Seguir amparándonos en la prestación de cuidados de manera genérica como forma de identificar nuestra aportación profesional, no tan solo no logra separarnos del ámbito doméstico en el que habitualmente se integra, sino que hay que tener en cuenta que los cuidados no son exclusivos de las enfermeras y, por tanto, no puede considerarse un activo en exclusividad. Lo serán, por supuesto, los cuidados enfermeros, siempre y cuando les demos el valor que tienen y sepamos trasladarlo a la sociedad.

No hacerlo supone que nuestra aportación, y nosotras mismas como enfermeras, no podamos visibilizarnos, provocando situaciones irresponsables, arriesgadas y peligrosas tanto para la enfermería como profesión y disciplina como para las enfermeras como profesionales

Si permanecemos en la incertidumbre, en el mejor de los casos, o en el inmovilismo, el conformismo y la inacción, seguirán aflorando situaciones que, no nos equivoquemos, se producen por no haber definido esa especificidad que haría imposible que otros actores ocupasen el espacio que hemos dejado, sin que ello dificulte el necesario trabajo transdisciplinar. Las pretensiones de las denominadas farmacias comunitarias, la prescripción de la actividad física, la falta de respuesta enfermera de cuidados a necesidades básicas, el afrontamiento a problemas de salud en la cronicidad, la atención integral a las personas en todos sus ciclos vitales, la falta de profesoras/es universitarias/os enfermeras, la falta de motivación e implicación por llevar a cabo una gestión eficaz que se aleje del clientelismo político… son tan solo algunos ejemplos de espacios por los que actualmente tenemos que luchar, al haber dejado que sean colonizados, en parte, por nuestra pasividad o confusión.

Seguimos deslumbrándonos con la técnica y la tecnología y en la ceguera que provocan dejamos de ver y valorar nuestro campo de acción y nuestras aportaciones propias y exclusivas, quedando situadas en un “punto muerto” en el que nadie, ni nosotras mismas, nos ve ni nos reconoce.

Si además tenemos en cuenta que fagocitamos con inusitada frecuencia ideas, proyectos, programas, iniciativas, propuestas… enfermeras y, lo que es más grave, a quienes las proponen, plantean, planifican e intentan liderarlas, todavía quedamos más invisibles[1].

Siempre queda la esperanza de pensar que las generaciones más jóvenes serán capaces de ocupar estos espacios e identificar de manera clara la aportación enfermera que nos haga visibles, reconocibles y reconocidas. Sin embargo, esta es una esperanza que lleva largo tiempo de espera y que lejos de aportar soluciones se incorpora como un elemento más de nuestra indefinición, provocada en muchas ocasiones porque esas generaciones lo pueden hacer, sin duda, pero para ello necesitan del apoyo, el impulso y la implicación de enfermeras referentes y con experiencia. Esperar que lo hagan por generación espontánea es esperar milagros que hace muchos siglos que no se producen.

De una vez por todas hace falta generar un análisis crítico, riguroso, sincero y en profundidad de nuestra realidad y de cómo abordarla. Para ello se precisa que, en primer lugar, la formación enfermera huya de la fragmentación, los espacios de indefinición, los recelos, las reservas y los reinos de Taifas en los que se han convertido las asignaturas, los departamentos, los conocimientos… para situarse en un plano de formación integral, integrada e integradora en la que las fronteras de conocimiento desaparezcan y se aborde la formación con criterios que permitan identificar los activos intangibles y bienes intrínsecos de las enfermeras. Que el paradigma enfermero sea la base de los planes de estudio y que conocimientos sobre filosofía de la ciencia, por ejemplo, vertebren la ética y la estética de los cuidados para lograr que la humanización que se preconiza se materialice más allá de los deseos y las declaraciones de intenciones y que de manera tan patente han quedado al descubierto con la atención a las personas contagiadas por el COVID-19 durante esta pandemia, agravada de manera significativa por el aislamiento al que eran sometidos y les alejaban de sus familias y seres queridos incluso en el momento de su muerte. Que la formación trascienda del hospital y del Centro de Salud, para situarse en la Comunidad como escenario en el que las enfermeras deben reconocer su espacio de actuación y en el que tanto el hospital como el centro de salud son recursos comunitarios como otros muchos en los que poder desarrollar las competencias las enfermeras. Que desaparezca la idea de que una enfermera por el hecho de estar graduada ya puede incorporarse en cualquier centro, servicio o unidad, resultando imprescindible establecer criterios que determinen claramente dicha incorporación en función de competencias, experiencia, formación y actitudes y no tan solo por criterios de unas bolsas de trabajo que funcionan con intereses espurios y sin que realmente sean capaces de responder a las necesidades del puesto a cubrir. Se podría establecer, como idea, una escala de complejidad en función de la cual se valoraría la contratación. Hacerlo únicamente con el criterio de antigüedad o de cursos que se compran para obtener puntos sin más es algo que se debe modificar si queremos obtener un reconocimiento real y no tan solo oportunista de cobertura puntual.

Otra cuestión que debemos tener presente para que la APSyC y las enfermeras comunitarias adquieran el prestigio y la valoración que merecen es potenciar la investigación que aporte evidencias sobre aquello que hacemos e incorporar las que se van generando como única manera de adaptarnos a los cambios desde el rigor científico que corresponde. Las sociedades científicas son el otro elemento que hay que tener en consideración si realmente queremos madurar como profesión. Seguir dándoles la espalda es renegar de dicho avance y lo que el mismo supone tanto a nivel individual como colectivo.

Finalmente alguien, en algún momento, deberá poner freno al mercantilismo editorial de las publicaciones científicas, que como sucede con los cursos para la bolsa se han convertido en un nicho de negocio que ni tan siquiera aporta las mejores evidencias y que tan solo se fundamenta en criterios mercantilistas de unas cuantas empresas del sector enmascarándolo con epítetos como factor de impacto, citaciones… que son regulados, manejados y manipulados de manera interesada y oportunista para lograr los mayores beneficios.

Un ejemplo claro lo tenemos en los llamamientos que ahora mismo están haciendo las editoras para acaparar artículos sobre la pandemia y el COVID-19, no porque sea de interés sino porque, como en los medios de comunicación, ahora es lo que vende y da audiencia.

En un momento en el que nuestro desarrollo académico ha alcanzado los máximos niveles no podemos conformarnos y pensar que ya todo está hecho. Porque tan solo hemos iniciado el camino de lo que debe ser nuestro posicionamiento y reconocimiento científico, profesional y social. En nuestra mano está revertir una situación que nos sitúe donde merecemos.

Cuando acabe el confinamiento será el momento de retomar la dinámica de cambio. Pero ya no servirá lo que había antes de la pandemia, serán necesarios nuevos planteamientos, nuevas propuestas, nuevas actitudes, nuevas voluntades… por parte de todas/os.

¿Nos sentamos y hablamos o dejamos que otros lo hagan por nosotras?

[1] Martínez-Riera JR. Enfermería, sencillamente complicado. Rev ROL Enf 2005; 28(4):255-264

DIFERENCIAS QUE MARCAN LA DIFERENCIA Enfermeras referentes y cuidados

Diariamente, desde que comenzó esta pandemia, responsables de diferentes ministerios informan puntualmente de la evolución de la misma en comparecencias que son transmitidas en directo a través de los medios de comunicación.

Sus caras, sus voces, sus cargos ya nos resultan familiares y aguardamos con interés los datos que aportan con la esperanza de que nos informen de una recuperación que a todos se nos antoja demasiado larga por mucho que entendamos que es necesaria.

Fuerzas armadas, cuerpos y seguridad del estado, ministras y ministros de diferentes carteras, el ministro de sanidad, al que atropelló esta crisis nada más tomar posesión, teniendo que hacer un curso acelerado desde su posición de partida como filósofo, y el popular Dr. Simón, imagen icónica ya de la crisis, hasta que también a él le afectase el COVID-19 y tuviese que quedarse en casa como tantas veces solicitaba para la ciudadanía desde el atril del Ministerio de Sanidad.

Por su parte las/os profesionales de la salud, comparecen desde el principio al frente de los diferentes centros sanitarios para luchar en primera línea contra el virus y sus consecuencias.

Es importante destacar que, en ese afrontamiento profesional, el aspecto clínico tiene una trascendencia que no es objeto de duda. Nos lo recuerdan permanentemente, tanto a través de los mensajes en los que nos detallan las intervenciones que se llevan a cabo, fundamentalmente en los hospitales, como por la reiterada información sobre la importancia de respiradores y otro tipo de tecnologías aplicadas a la curación de las/os contagiadas/os, sin olvidar las famosas EPI tan necesarias como escasas. Sin embargo, parece como que el cuidado no tuviese, como tantas otras veces, importancia en este proceso de atención y recuperación. Como si fuese el tanto por ciento de regalo que se anuncia en determinados productos (champús, detergentes, caldos, cafés…) pero que no tiene valor por sí mismo ya que lo que realmente vende es la marca y no tanto lo que se regala, ya que eso está de más, va en el lote.

Esta, entre otras muchas que desde luego escapan al espacio y oportunidad de esta reflexión, puede ser la causa principal de que no comparezca nunca ninguna enfermera como referente profesional de los cuidados en esta lucha por vencer la pandemia.

Ahora que el Reino Unido, finalmente y a pesar de su primer ministro Boris Johnson, ha sido consciente del riesgo de la pandemia, se han iniciado las comparecencias públicas de referentes de la salud del National Health Service (NHS) para informar a la población sobre la pandemia. Entre dichas comparecencias, realizadas desde Downing Street (residencia del primer ministro británico), destaco la realizada por la Enfermera en Jefe del Reino Unido, como referente de los cuidados enfermeros en el abordaje del COVID-19. Parece que en el país del brexit el cuidado no es un porcentaje de regalo de la atención que se presta a la población, sino que tiene importancia y valor por sí mismo.

Ya he comentado en varias entradas de días anteriores en este mismo blog, el hecho de que nuestro sistema de salud es asistencialista, medicalizado y hospitalcentrista. Pero lo que todavía no había apuntado es que, además, tiene un desprecio absoluto hacia los cuidados y quienes los prestan, es decir, las enfermeras.

Los cuidados, en el cacareado como uno de los mejores servicios de salud del mundo, no están institucionalizados. Es decir, no son relevantes, ni se identifican con un valor propio del sistema. Forman parte del porcentaje de regalo que ofrece la asistencia médica, como si fuese un producto intermedio del mismo. Ni que decir tiene, que las enfermeras arrastran idéntica valoración, lo que acaba por influir tanto en la importancia que les otorga el sistema como la que se transmite fuera de él. Aunque en este sentido hay que decir que la población si que reconoce dichos cuidados y a las enfermeras que los prestan dada la valoración que de ellos hacen en las encuestas y cuyos resultados normalmente quedan ocultos en esa asistencia médica o en el propio sistema que son quienes, finalmente, se asignan el éxito.

Y, claro está, la situación derivada del contagio masivo por parte del COVID-19 no ha modificado ni un ápice esa imagen y ese reconocimiento como referentes de los cuidados.

Que a nadie le quepa duda que los cuidados enfermeros, que diariamente, minuto a minuto, están prestando las enfermeras en centros de salud, en hospitales, en residencias de mayores… contribuyen tanto o más que lo que hace un respirador, una canalización venosa, una intubación o cualquier otra técnica. La falta de aire que provoca el virus es proporcional al miedo, la incertidumbre, la ansiedad, el temor, el aislamiento, la soledad que se genera ante la sospecha de contagio, ante el aislamiento en una residencia o en el domicilio, ante la hospitalización o durante la misma, ante la ausencia de los familiares… necesitando, en cualquiera de los casos, de los cuidados que faciliten un afrontamiento efectivo que repercuta de manera directa en la recuperación que le proporciona el aire que le suministra un respirador, o en la posibilidad de morir con dignidad. Sin embargo, esos cuidados, se desvanecen, desaparecen sin dejar rastro de su aportación y sin tener la posibilidad de incorporarse como parte de los datos que aportan esas figuras referentes a las que me refería al principio y que todo lo más nos nombrarán como personal sanitario o personal médico.

Empezamos porque en nuestro país, con ese sistema sanitario excelente, no cuenta con una figura referente, líder, de los cuidados, no ya en el gobierno de la nación, sino ni tan siquiera en el afamado sistema de salud que, además, pone barreras al acceso de enfermeras en puestos de responsabilidad y toma de decisiones, lo que viene a demostrar el valor que a los cuidados dan nuestros gestores y dirigentes políticos, influenciados por las presiones de determinados poderes corporativistas, en lugar de hacerlo por razones de eficacia y eficiencia.

Y claro esto hace que a la hora de confeccionar la comisión de crisis no se pueda contar con referentes de esa entidad. Se incorpora por compromiso a una enfermera que queda oculta en la trastienda de la citada comisión. Sin voz, sin imagen, sin reconocimiento, tan solo como un compromiso que hay que cubrir, a pesar de la segura y magnífica aportación que llevará a cabo.

Así las cosas, resulta muy difícil que las enfermeras podamos tener visibilidad y ser reconocidas por nuestra aportación autónoma y lo seamos, tan solo, como personal auxiliar o subsidiario que es como se nos identifica también por parte de muchos medios de comunicación.

Recientemente, el actor Tristán Ulloa, tras superar lo más duro de su contagio expresaba el reconocimiento hacia todas/os las/os profesionales que le habían atendido durante la hospitalización y decía “a la enfermera Lydia que me vio en lo más profundo del pozo y de la que nunca me faltaron palabras amables y reconfortantes”, es decir esos cuidados a los que antes me refería y sin los que difícilmente el respirador hubiese podido sacar del pozo a Tristán Ulloa. Pero este reconocimiento personal se traduce posteriormente por parte de los medios de comunicación con el siguiente titular «El actor ha publicado un vídeo en su cuenta de Instagram en el que se emociona al explicar que vuelve a casa y agradece al equipo médico…”. Una vez más, los cuidados y quien los presta ocultos y fagocitados.

No sirve que luego nos quieran recompensar con epítetos, como expresiones en las que se emiten juicios con los que calificar aquello que no identifican, que no es otra cosa que los cuidados. Heroínas, supermujeres, ángeles… todos ellos tan alejados de la realidad como rechazados por quienes son receptoras de los mismos. Es, permítaseme la comparación, como el piropo que trata de ser una gracia o reconocimiento hacia la mujer, cuando realmente es un ataque a su dignidad.

Menos cómics, personajes de cine, analogías religiosas y poderes y más, enfermeras y cuidados, que es realmente lo que somos y lo que aportamos, que finalmente, cierto, puede considerarse como nuestro verdadero poder. Pero se trata de un poder alejado de la fantasía y próximo a una realidad que lo necesita y demanda.

No me cabe duda alguna que, si hubiese existido una enfermera líder y referente en esta situación de crisis, algunos de los problemas que se han presentado y que siguen presentes hubiesen sido afrontados y, posiblemente resueltos, de forma muy diferente y casi con absoluta seguridad más eficaz y eficiente. Pero esto, lamentablemente, ya no lo podremos saber para esta contingencia. Cabe la posibilidad y la necesidad que a corto plazo se rectifique el error que se ha perpetuado a lo largo del tiempo y que se identifique la importancia de tener líderes enfermeras en los máximos puestos de responsabilidad y toma de decisiones, tanto a nivel nacional como autonómico, tal como recomiendan constantemente las principales organizaciones internacionales y que con idéntica reiteración son ignoradas por nuestros decisores.

Es triste, pero si comparamos las comparecencias de España y Reino Unido podremos identificar bastantes diferencias. Esas diferencias son, finalmente, las que determinan resultados de mayor calidad, eficacia y eficiencia.

Mientras nuestros gobernantes continúen pensando que contratar más enfermeras y dotarles de capacidad de decisión y liderazgo, es un coste en lugar de una inversión que disminuye la morbi-mortalidad, incrementa la satisfacción de la población, aumenta la calidad de la atención y contribuye a la mejora del sistema de salud en su conjunto, los problemas persistirán más allá de los discursos autocomplacientes sobre las bondades de nuestro sistema.

Seguir ignorando y ocultando a las enfermeras y a los cuidados es, realmente, una nefasta decisión. Tomen nota y aprecien las diferencias.

CIFRAS Y LETRAS DEL COVID-19

Si algo está aportando esta pandemia son datos, curvas, gráficos, predicciones, cifras, aproximaciones, porcentajes, comparaciones, gastos, inversiones, pérdidas, ganancias, especulaciones… en una lucha incruenta por tratar de obtener la información más llamativa o que capte a atención de mayor cantidad de audiencia.

Pero no dejan de ser, eso, números que tratan de aproximarnos a la dimensión de una crisis sanitaria sin precedentes contemporáneos. Números que reflejan o dibujan tablas o gráficos que nos traduzcan de alguna manera lo que las cifras por si solas no pueden hacer. Nos hablan de curvas y de picos que no conocíamos que tuviesen las curvas. De puntos de inflexión, de límites, de acumulados, de decrecientes, de valores… que queremos entender pero que la mayoría de las veces nos confunden.

            Sin duda todo esto es necesario para analizar y estudiar el alcance y la progresión de la pandemia. Permite calcular las tendencias y su evolución. Avisa de posibles efectos indeseados. Compara comportamientos y ayuda a tomar decisiones.

            Sin embargo, detrás de todo ese arsenal de datos no es posible identificar las historias vitales de tantas personas y familias que están sufriendo. No dejan ver las realidades de diferentes escenarios o contextos en los que la pandemia se ceba de manera cruel. Anulan la capacidad de empatía. Esconden una dimensión que no siempre se corresponde con la realidad. Enmascaran la singularidad del sufrimiento. Estandarizan soluciones. Pero no pueden poner cara, ni voz, ni mirada, ni gestos, ni sentimientos ni emociones a las personas de las que teóricamente se está hablando. Son objetivos pero neutros, valiosos pero pobres, necesarios pero insuficientes, precisos pero oscuros.

            Y a estas cifras tan necesarias como insensibles, se añaden las palabras que en lugar de clarificar tienden a enmascarar, maquillar, reformular, esconder, falsear, disfrazar… el discurso que trata de traducirlas y que lo que consigue realmente es confundir y simular eufemística o demagógicamente el mismo, como si de un juego se tratase.

            Hablamos de poblaciones o personas vulnerables, etiquetándolas como se hace con las personas discapacitadas o las diabéticas. De esta manera ponemos el acento, el énfasis, la mirada en lo qué, enfermedad, deficiencia, carencia, vulnerabilidad, discapacidad, diabetes y no en quién, las personas con nombres y apellidos, necesidades específicas, sentimientos, emociones, sufrimientos, familias… nos cuesta hablar de personas vulneradas, con discapacidad, con diabetes… porque a partir de ese momento las personalizamos y podemos sentir y sufrir y eso nos da miedo y tratamos de evitarlo porque nos incomoda, nos cuestiona y nos interpela ante la fragilidad que exige a menudo, muy a menudo, una respuesta ética de cuidado por nuestra parte. Cuidado que se concreta en la responsabilidad u obligación de cuidar de otro ser humano ante la vulnerabilidad, por tanto, ante la persona vulnerada. Al transformarla en población vulnerable limitamos la responsabilidad o asumimos la irresponsabilidad de olvidar al otro, de despreciar su persona, que maquillamos desde el paraguas de vulnerable, como si dicha condición ya nos protegiese de tener que asumir dicha responsabilidad, al ser algo de dicha población o comunidad, como una característica propia.

            Así pues, ya tenemos completado el juego de cifras y letras con el que construir la información.

            Y en este juego, por ejemplo, tenemos una población vulnerada que ha surgido de repente. No porque no existiera, sino porque no era noticia, ni era objeto de atención. Se trata de las personas mayores institucionalizadas en Residencias. Residencias que por mor del COVID-19, en muchos casos, se han convertido en Resistencias en las que las personas mayores y sus trabajadoras/es se han visto sorprendidas/os por el ataque despiadado del virus y deben resistir como pueden ante condiciones muy desfavorables de habitabilidad, higiene, falta de personal… Las cifras de contagiados y muertes, lograron poner el foco informativo en ellas y empezaron a visibilizarse irregularidades de todo tipo que condujeron a que se catalogara a estas poblaciones como vulnerables. Cuando, como ya hemos visto antes, realmente son poblaciones vulneradas como efecto de la falta de inversión en algunos casos, la despiadada mercantilización de la vejez por otra, o de ambas a la vez. Problemas que han permanecido latentes porque la muerte no actuaba a destajo como ahora y porque los vulnerados tienen poca capacidad de hacerse oír. Mientras tanto las/os trabajadoras/es asumían sus condiciones en un mercado laboral precario que no favorece las reivindicaciones.

            En un país envejecido, con cambios importantes en la estructura familiar que reducen la asunción de cuidados en el hogar, con un rol social de la mujer que ya no le liga inexorablemente al cuidado… surge la necesidad de cómo atender a las personas mayores con pérdida de autonomía o que se han quedado solas. Y aparece un mercado fabuloso para dar respuesta a las crecientes necesidades y demandas que no son capaces de cubrir, en su totalidad las instituciones públicas. Y en ese crecimiento surgen desmanes en forma de restricciones, falta de inversión y baja calidad de atención, que se corresponden, además, con una dotación de personal insuficiente, en muchos casos sin cualificación y con unas retribuciones y condiciones de trabajo precarias, lo que provoca mucha inestabilidad y movilidad que incide directamente en la atención a las/os residentes.

            Si a esto unimos la falta de control por parte de las administraciones públicas, nos encontramos ante un caldo de cultivo idóneo, que el COVID-19 utilizó para sus siniestros objetivos y que se tradujeron en cifras que dada su dimensión no se pudieron maquillar, dejando al descubierto un escenario dantesco y deplorable que pone en el punto de mira tanto a quienes gestionan las citadas Residencias como a quienes las debieran controlar.

            A todo ello hay que sumar el contagio de las/os profesionales y la falta de reemplazo por lo que en muchas de ellas permanecen a pesar de los riesgos que supone o se asumen posturas voluntaristas de encierro para evitar dicho contagio, mientras el goteo de muertes se convierte en un verdadero torrente que esquilma a las personas vulneradas.

            Para terminar de redondear el desastre, en determinados territorios se decide echar el cierre a los centros de salud con lo que la atención que desde los mismos se podía dar desaparece y desde el hospital bastante tienen con tratar de atender la avalancha de contagiados que entra en los mismos. Se rompe así el espacio sociosanitario y quedan las residencias convertidas en resistencias aisladas en el mar embravecido de la pandemia.

            A las promesas de investigación ante lo sucedido hay quienes miran hacia otro lado y ni tan siquiera facilita los datos de muertes de las residencias a su cargo, sembrando el descontrol, la desconfianza y la incertidumbre entre residentes, trabajadores y familias que no logran obtener respuestas ante la magnitud de la pandemia.

            En resumen, nos encontramos ante una situación indigna, inmoral y con ausencia de ética y estética que debiera avergonzarnos a todas/os mucho más allá de las cifras y letras que se utilicen para tratar de enmascarar tan dramático como inadmisible escenario. Una situación en la que la responsabilidad ante la fragilidad y la vulnerabilidad convierten a las personas mayores institucionalizadas en vulneradas por la propia sociedad que debiera velar y garantizar no tan solo su seguridad sino los cuidados que precisan y que les corresponde recibir.

            Mientras tanto, enfermeras especialistas en geriatría, geriatras y gerontólogos tienen que vagar por servicios que no precisan de sus competencias ante la falta de oferta por considerarlos prescindibles para atender a dicha población.

            Un sistema asistencialista, medicalizado y que pone su casi exclusiva atención en la enfermedad aguda y en el hospital deja al descubierto las necesidades que la tozuda realidad demográfica, social y epidemiológica instaura en la comunidad y a las que se trata de dar respuestas desde ofertas interesadas y mercantilistas que reducen drásticamente la calidad de los cuidados en favor de la obtención de pingües beneficios.

            Ese mismo sistema reduce a anecdótica la inversión en una atención primaria que pueda articular y facilitar la atención sociosanitaria mediante la intersectorialidad y el trabajo trasndisciplinar que mejoraría significativamente la racionalización de los recursos y obtendría respuestas más eficaces y eficientes para el sistema de salud y más satisfactorias para las personas atendidas y sus familias.

            Y en un ámbito de cuidados, su gestión debiera ser llevada a cabo por quienes son especialistas en ellos, es decir, enfermeras capaces de liderarlos y lograr las mejores respuestas.

            Sin duda sería injusto que se incluyeran a todas las instituciones de personas mayores en este análisis, pero lamentablemente ni son las más numerosas ni son las más accesibles. Como casi siempre, los determinantes sociales contribuyen de manera significativa a la vulnerabilidad y fragilidad de las personas, pudiendo pasar de ser personas vulneradas a serlo protegidas.

            He querido centrar mi atención en las personas mayores vulneradas, pero existen otras personas como los migrantes, los menores extranjeros no acompañados (MENAS), presas/os, personas sin techo… que sufren el terrible desprecio de las cifras y letras, sin que logremos componer un discurso que permita protegerlas de las condiciones que las hacen vulneradas.

            No sé si la pandemia y sus devastadores resultados, una vez remitan, serán capaces de plantear otras cifras y letras diferentes que permitan situar a todas estas personas como dignas receptoras de cuidados y no como seres sin identificación ocultadas bajo la denominación, neutra y aséptica a la responsabilidad, de poblaciones vulnerables.

MALTRATO EN PERSONAS MAYORES

Felipe Díaz Maciá, Guillermo García García, Adrián Gutiérrez Ruiz, Angelsie Henriquez Freites y Clara López Gisbert, estudiantes de 4º de Enfermería en la Universidad de Alicante, nos presentan en este vídeo la realidad del maltrato en las personas mayores. Una realidad oculta y silenciosa.

 

NURSING NOW, RESILIENCIA TRAS LA PANDEMIA

A Hugo Maia Torquato

Por su segura aportación a esta nueva realidad

          

  La pandemia del COVID-19 ha incidido con tal fuerza en la sociedad que está cambiando la percepción de muchas cosas que antes de ella o no reparábamos o las teníamos tan naturalizadas que no le dábamos la importancia real que tienen.

            No se trata de hacer un listado de todas ellas, ni tan siquiera merece la pena parase ahora mismo a identificarlas. Seguro que todas/os tenemos en nuestra imaginación un buen número de ellas. Pero cuando esta situación de crisis se calme y poco a poco vayamos avanzando hacía lo que todavía tenemos en mente que es la normalidad, nos daremos cuenta de que esa normalidad ya no encaja en la nueva realidad. Estoy seguro de que habrá un antes y un después del COVID-19, que deberemos construir entre todas/os y que, desde luego, no podemos esperar que se produzca de manera automática, rápida y sin esfuerzo.

            En cualquier caso, sí que me gustaría incidir en lo que ese cambio supondrá o debiera suponer para las enfermeras. No es que tenga una bola de cristal que me permita predecirlo o adivinarlo, simplemente voy a tratar de utilizar el análisis, la reflexión y el pensamiento crítico, para, a través, de lo que hasta ahora ha sucedido plantear posibles alternativas, propuestas o posicionamientos que traten de modelar, a corto o medio plazo, los escenarios en los que nos situaremos las enfermeras. Sin duda son subjetivos y están sujetos al debate y al contraste con otras alternativas, pero considero que es bueno que las enfermeras empecemos a pensar en lo que, esa nueva realidad de la que hablaba y quienes la intenten configurar, nos puede presentar como alternativa o propuesta, porque si no lo hacemos, otros lo harán por nosotras y a la mejor, casi seguro, lo que nos presenten no nos gustará y puede que para entonces ya sea demasiado tarde.

            Cabría recordar que estamos en el año de las enfermeras y las matronas en el marco de la campaña de Nursing Now que precisamente concluye este año en el que se celebra el 200 aniversario del nacimiento de Florence Nightingale. El COVID-19 también se ha encargado de ocultar, o cuanto menos desdibujar, este acontecimiento en el que tantas esperanzas e ilusiones habíamos depositado las enfermeras de todo el mundo y particularmente las españolas.

            Hay quienes pueden identificar este hecho como una maldición, al entender que para una vez que se centra la atención en las enfermeras y las matonas se genera la mayor pandemia conocida desde hace muchos años que se encarga de acallar, por razones obvias, las propuestas que desde Nursing Now se habían pensado, planificado y calendarizado. Al igual que ha sucedido con tantos otros acontecimientos culturales, deportivos, científicos, de ocio… que han tenido que suspenderse y reprogramarse, las enfermeras deberemos pensar en nuevas propuestas que surjan de la citada campaña, porque nada de lo que estaba pensado encajará ya en la nueva realidad que debemos construir o cuanto menos lo hará con nuevas perspectivas.

            Evidentemente no me voy a detener a repasar algunas de las propuestas que ya se habían anunciado desde diferentes instituciones u organizaciones, pero estoy seguro de que ellas serán las primeras que identifiquen la importancia y oportunidad de analizarlas, adaptarlas, modificarlas o sustituirlas.

            Uno de los mensajes que desde la OMS más se ha repetido ha sido la necesidad de situar a enfermeras referentes en puestos de responsabilidad y toma de decisiones en ámbitos gubernamentales de salud/sanidad tanto a nivel nacional, autonómico, como local, para liderar, planificar y desarrollar las políticas de cuidados, entre otros cometidos. Pues bien, si ya antes de la pandemia existían argumentos de peso que justificaban esta propuesta, tras la pandemia, nadie que tenga la mínima coherencia y sentido de responsabilidad, será capaz de oponerse a esta petición que sin duda ha quedado patente que hubiese sido fundamental para el abordaje de esta situación de crisis en la que los cuidados han adquirido una especial significación no siempre adecuadamente gestionada.

Pero esta propuesta iba acompañada siempre de otra que se centraba en la necesidad de aumentar el número de enfermeras en las organizaciones sanitarias para adaptarse a las necesidades que la sociedad plantea y a las demandas de salud que la población traslada. De igual manera que en el planteamiento anterior, la situación que la pandemia ha generado y la nueva realidad que será preciso construir tras la misma requerirán de una decisión sin dilación para que ese aumento de enfermeras sea una realidad y no tan solo una permanente reivindicación incluso antes de la campaña de Nursing Now. Por tanto, la citada campaña adquirirá una nueva y determinante dimensión al servir como plataforma de referencia en el planteamiento que se haga en este sentido y que, desde luego, deberán ir mucho más allá de las actividades de carácter festivo o divulgativo que se tenían previstas. En este sentido será fundamental que se produzca una unidad de todos los ámbitos profesionales, académicos, científicos, sociales y colegiales enfermeros si se quiere tener la suficiente fuerza para que la propuesta sea tenida, no tan solo en consideración, sino como una decisión política real.

            La pandemia también va a dejar un claro y determinante mensaje sobre la necesidad urgente de regular, de una vez por todas, las especialidades de enfermería en general y de manera muy especial la o las que tengan que ver con los servicios especiales como UCI, Urgencias, Reanimación… que como se ha demostrado claramente hubiesen aportado, de existir, una respuesta mucho más eficaz e inmediata de la que lamentablemente se ha generado y que ha llevado a situaciones límite en las que incluso se han incorporado estudiantes de último curso a servicios de tanta especificidad y especialización con el riesgo que dicha medida tiene tanto para los propios estudiantes como para las personas atendidas. Esto sin olvidar la regulación de las ya existentes que, como ha quedado de manifiesto, su olvido ha dejado en evidencia las carencias existentes en escenarios como la atención primaria y comunitaria o la atención geriátrica. Sin olvidar la trascendencia que las enfermeras de salud mental tendrán una vez comience a perfilarse una realidad en la que resultará imprescindible abordar las situaciones derivadas de la situación vivida. Resulta pues imprescindible que se lleve a cabo un análisis en profundidad de las necesidades que en este sentido tiene tanto el Sistema Sanitario como la sociedad y que no puede demorarse por más tiempo si se quiere dar la respuesta de calidad que corresponde al que se viene en alardear de unos de los mejores sistemas de salud del mundo. De nuevo Nursing Now debe configurarse como la plataforma desde la que hacer este planteamiento que va mucho más allá de una reivindicación profesional y que se corresponde con una necesidad social que no puede dejarse de atender.

            Desde el inicio del Estado de Alarma la sociedad ha reconocido a las/os profesionales sanitarios hasta el punto de otorgarles la categoría de héroes y heroínas y establecer una puntual, sistemática y generalizada acción en forma de aplausos para agradecer el esfuerzo y la implicación a lo largo de todo el proceso. Esta circunstancia debe ser aprovechada, desde Nursing Now, para poner en valor y visibilizar ante la sociedad la aportación específica y especial de las enfermeras, que permita acabar con los tópicos y estereotipos que actualmente aún siguen presentes. Si no lo hacemos, el tiempo y las dinámicas de adaptación de la comunidad inducirán al olvido que tan frecuentemente se instaura ante cualquier acontecimiento, por grave o fatal que este llegue a ser, bien como mecanismo de defensa o bien por inercia social, con lo que perderíamos una oportunidad sin precedentes difícil de recuperar.

            Por último, no quisiera dejar pasar la necesidad de acabar con una situación que no por reincidente deja de ser preocupante. Se trata de que los medios de comunicación sigan siendo el principal escollo para que las enfermeras tengamos un reflejo real de lo que somos y aportamos, como consecuencia de una información tergiversada, confusa e incorrecta que trasladan a la población sobre lo que somos y representamos en el sistema sanitario o la anulación por omisión de nuestra presencia o existencia en el mismo. Como en los casos anteriores Nursing Now debe servir para que los medios de comunicación identifiquen y conozcan a las/os profesionales que trabajan en el Sistema de Salud, que van más allá de los médicos, y los sepan diferenciar y valorar por lo que son y aportan, así como a distinguir que el sistema de sanidad no es tan solo el hospital y que no sirve únicamente para atender la enfermedad, o que salud y sanidad no son sinónimos. Deberán diseñarse y llevarse a cabo, por tanto, actividades y acciones que permitan esta interacción, tendente a facilitar una información veraz, real y ajustada a la situación social y sanitaria de nuestra sociedad, en la que de una vez por todas las enfermeras no estemos permanentemente desdibujadas, ocultas o distorsionadas.

            En resumen, me gustaría destacar que la crisis generada por el COVID-19 debe suponer un efecto de resiliencia y de sentido de la coherencia, con nombre propio, Nursig Now, a partir del cual las enfermeras sepamos empoderarnos y liderar un proceso de cambio tan necesario como oportuno en esa nueva realidad que debemos construir cuando hayamos sido capaces de vencer a la pandemia con el esfuerzo de todas/os.

            La oportunidad se presenta con idéntica sorpresa a la que produjo la irrupción del coronavirus, por lo que resulta imprescindible que estemos preparadas para dar las respuestas que permitan afrontar los retos que se nos presentarán.

            De todas las enfermeras depende que Nursing Now recupere la fortaleza y la ilusión que generó inicialmente, pero adaptando las propuestas a la nueva y desconocida realidad que se nos presentará próximamente.

            Florence Nightingale, tuvo claro que los cambios que precisaba la atención sanitaria de su época debían ser incorporados para mejorar la salud y a pesar de las resistencias, las barreras y la incredulidad de los políticos y de la poderosa clase médica logró que sus propuestas fuesen aceptadas y aplicadas.

            Aunque tan solo sea en memoria de Florence Nightingale, por quien celebramos este año de las enfermeras y matronas, deberíamos hacer un esfuerzo para lograr, como hizo ella, que los cambios descritos, entre otros, configuren parte de esa nueva realidad que se avecina.

            ¿Estamos dispuestas a ello o dejaremos que el año de las enfermeras y las matronas sea tan solo una anécdota?

CARENCIAS, OLVIDOS Y MONOPOLIO INFORMATIVO

La pandemia COVID-19 ha provocado cambios en nuestras vidas que tan solo hace unas semanas hubiésemos pensado imposibles. Pero más allá de dichos cambios, la fuerza con la que ha irrumpido y los estragos que está causando, directa e indirectamente, hacen que la actualidad informativa se centre casi de manera exclusiva en ella. Da igual si se trata de información nacional, internacional, económica, social, deportiva… todo, absolutamente todo, gira en torno al COVID-19 y sus consecuencias.

Parece como si ya nada más sucediese a nuestro alrededor. Como si pretéritos problemas muy cercanos en el tiempo hubiesen desaparecido. Como si el confinamiento y la solidaridad con las víctimas y quienes les atienden hubiesen modificado ciertos comportamientos y olvidado a otras víctimas. Porque nada, absolutamente nada más, parece suceder.

Las pateras y la llegada de migrantes han dejado de ser motivo de preocupación e interés. Los campos de refugiados en los que el hacinamiento, hambre, suciedad, penuria y sufrimiento eran sus principales compañeros, es como si hubiesen desaparecido. Los índices de pobreza en España de los que nos alertaban y avergonzaban, hace tan solo un mes, ya son un mal sueño o una pesadilla de la que hubiésemos despertado. Los ERTES han venido a ocultar el trabajo precario. Los megahospitales construidos en pocos días junto a los ya existentes acallan y cierran los centros de salud en un nuevo gesto de supremacía y fuerza del sistema hospitalcentrista. Las medidas económicas impulsadas por el gobierno para paliar los efectos de la pandemia invisibilizan a quienes no cumplen ninguno de los requisitos para acogerse a ellas. Los efectos del confinamiento disimulan las carencias y penurias de las poblaciones vulneradas. Los cuidados prestados en hospitales a quienes se contagian hacen olvidar los cuidados que día a día prestan miles de cuidadoras en sus casas de manera silenciosa sin que nadie les aplauda diariamente, posiblemente porque eso se entienda que es lo que les toca hacer, que eso ya estaba, que no forma parte del espectáculo del COVID-19. Y tantas otras situaciones que son fagocitadas por la voracidad pandémica.

Sin embargo, también hay que reconocer que el COVID-19 ha logrado poner al descubierto determinadas carencias que al estar tan íntimamente ligadas a su voracidad sí que salen a la luz y tienen la oportunidad, antes difícil, de convertirse en noticia o, mejor, de compartir noticia, porque realmente “el protagonista” es el COVID-19. De tal manera que junto al COVID-19 y actuando como “actor/actriz secundario/a” aparece en escena el deplorable estado de muchas residencias de la 3ª edad que hasta la fecha, salvo por escándalos puntuales, nunca eran motivo de interés informativo. Las malas condiciones higiénicas, el hacinamiento, la falta de recursos, el trabajo precario de muchas/os de las/os profesionales que en las mismas trabajan, la ausencia o mínima presencia de personal sanitario cualificado y las condiciones precarias en las que trabajan… son tan solo algunas de las carencias que, estando presentes desde hace mucho tiempo, tan solo las muertes y contagios provocados por el COVID-19 han sido capaces de sacar a la luz una situación tan lamentable, triste, como vergonzosa de como se cuida a nuestros mayores en muchas residencias tanto públicas como privadas. Esperemos que al menos esta tragedia sirva para llevar a cabo investigaciones e intervenciones en profundidad que vayan más allá de depurar responsabilidades y sirvan realmente para poner orden en dichas instituciones.

Nuestro Sistema de Salud, también ha quedado retratado en esta pandemia. Nadie duda de la excelencia del mismo, basado fundamentalmente en los principios que lo sustentan, es decir, universal, accesible y gratuito, pero que se basa en un paradigma asistencialista y medicalizado que no responde ni soporta la realidad actual de nuestra sociedad y que se ha visto desbordado, básicamente, por problemas de personal derivados de las pírricas ratios existentes en algunos colectivos profesionales como las enfermeras. Todo ello a pesar de las reiteradas recomendaciones y advertencias de las principales organizaciones internacionales. Pero, ante todo, se ha demostrado claramente cuáles son las consecuencias de las políticas privatizadoras en contra de un Sistema Público, que han conducido a un claro debilitamiento de este último y de su capacidad de respuesta. Finalmente se ha demostrado que no es tanto el Sistema, como tal sistema, el que es excelente sino quienes, a pesar de los políticos y gestores, es decir las/os profesionales, logran que funcione. Superada la crisis será necesario también hacer un profundo replanteamiento de este Sistema que, ante todo, requiere de inversión, reorganización y de políticas públicas potentes.

Y llegados a este punto del análisis que, evidentemente, tan solo ha servido para valorar superficialmente aspectos de esta crisis que merecen un profundo debate e intervención, quería detenerme en un aspecto que me preocupa especialmente y que como los anteriormente mencionados al principio quedan ocultos por efecto del mediático y popular COVID-19.

Desde que se implantara el Estado de Alerta pareciera como si la violencia de género hubiese desaparecido. Como si de un plumazo las víctimas hubieran dejado de sumarse a la vergonzosa lista que se inicia cada año, como consecuencia de una parálisis en seco de las agresiones.

No dejaba de sorprender, al menos para mí, el hecho de que el aislamiento en los hogares no se pudiera convertir en un importantísimo factor de riesgo para esta lacra de la violencia de género que supusiese un aumento de las agresiones y las muertes. Pero el silencio informativo al respecto, tanto de las autoridades como de los medios de comunicación, contribuyeron a que se adormeciese la memoria colectiva y dejase de ser un tema prioritario de interés y preocupación. Bastante tenemos con el maldito COVID-19, parece que pensemos todos en uno u otro sentido, como para preocuparnos de otras cosas.

Es algo a lo que venía dándole vueltas desde que se inició la locura de la pandemia, pero no quise decir nada al respecto hasta la fecha por la falta de datos que sobre el tema existían. Hasta que ayer en la comparecencia pública diaria que sobre, como no, el COVID-19, se lleva a cabo, se informó de lo que parecía una consecuencia macabramente lógica, que no es otra que, la violencia de género, al menos en cuanto a agresiones se refiere, habían aumentado. Y se hacía un llamamiento a que se denunciasen todas aquellas situaciones que pudieran hacer sospechar que se estaba produciendo una agresión.

Pero más allá de esta información y recomendación puntual no se dieron más datos, ni la noticia tuvo más eco mediático, porque inmediatamente, como si de una ola se tratase, la alarma sobre la violencia de género quedó borrada de la arena informativa.

Posiblemente las denuncias hayan descendido, que no las agresiones, por la situación de confinamiento y el miedo a ir a los hospitales o a los centros de salud que aún queden abiertos. Una consecuencia más de la terrible equivocación de cerrar los centros de salud o convertirlos exclusivamente en pequeños hospitales de campaña. Se pierden las referencias a donde acudir.

No voy a restar importancia a lo que está sucediendo a causa de la pandemia, es un hecho y una situación sin precedentes próximos y de consecuencias insospechadas, pero no me resisto a llamar la atención sobre este tema, porque los árboles de primera línea de la pandemia, no nos están dejando ver el bosque repleto de situaciones que no pueden quedar ocultas y olvidadas. Porque el olvido es el primer paso para la relajación y con ella para el retroceso en el camino, hasta ahora recorrido, para luchar contra la violencia de género, así como contra otros problemas que no han desaparecido de nuestra sociedad por mucho que estén callados informativamente.

El aislamiento, el aburrimiento, las plataformas de cine on line, las redes sociales, la lectura, la música, los momentos programados de aplausos… no pueden ni deben desplazar de nuestra memoria aquellos problemas que siguen existiendo y que aflorarán con fuerza cuando salgamos de nuestras zonas de confort.

La violencia de género supone una terrible amenaza para las mujeres, pero es también una lacra social porque retrata el sustrato de nuestra cultura y educación. Es por ello que nada, absolutamente nada, ni tan siquiera esta pandemia, debiera ocultar, disimular, maquillar… las heridas, hematomas, dolor, sufrimiento, rabia contenida, humillación, miedo… que las agresiones continúan generando en las mujeres y también en la sociedad en su conjunto. Porque los maltratadores no han cesado en su actividad esencial y continúan practicándola.

Es por ello que yo solicitaría que separáramos la mirada, detuviéramos la escucha y desviásemos la atención un momento sobre el monopolio informativo del COVID-19 y pensásemos en que hay problemas previos que no tan solo no han desaparecido, sino que están aprovechando, la actual distracción colectiva, para seguir con su imparable y violento proceso. Estaría bien que lo recordásemos.

A lo mejor esto es algo sobre lo que también habrá que reflexionar una vez superada la crisis y el hartazgo informativo del COVID-19.

Se ve que las audiencias son más importantes que las incidencias.

HEROÍNAS, HÉROES y ENFERMERAS

Como suele suceder en esta sociedad patriarcal y machista en la que las mujeres continúan teniendo que hacer grandes esfuerzos, no tan solo para lograr visibilidad, sino para alcanzar los derechos que, como personas, al margen de su género, les corresponden, las heroínas en el mundo del cómic, por ejemplo, cuestan de identificar. Rogue, Storm, Jean Grey, Black Widow… difícilmente pueden competir contra Spiderman, Superman, Batman, Capitán América… y tantos otros. A no ser que asuman la versión femenina de estos, como Spider-Woman, Super-Women, She-Hulk… en un intento burdo y fallido por otorgar rango de heroína a través de un héroe previo ya consolidado.

La pandemia del COVID-19 y sus efectos, ha llevado a que la sociedad identificase a los profesionales sanitarios como héroes. Categoría que posteriormente se ha ido adjudicando a nuevos profesionales e incluso a personas que asumen el confinamiento de muy diferentes maneras (niñas/os, ancianas/os, cuidadoras/es…), de tal manera que prácticamente toda la sociedad asume rango de heroicidad ante este enemigo común denominado COVID-19.

Pero ciñéndome al personal sanitario y más concretamente a las enfermeras, veremos que la analogía que al respecto se puede hacer es la misma.

Realmente esta historia de héroes se inició con la denominación masculina porque iba dirigida al personal médico que fue como se difundió al principio. Como quiera que la asignación de heroicidad selectiva generó cierto malestar en diferentes sectores, se optó por la denominación neutra de personal sanitario que, en ocasiones, se alterna con la de personal médico y sanitario en un ejercicio de ignorancia mezclada con clasismo que no tiene nombre, pero que reiteran los periodistas con inusitada e irritante frecuencia.

Con independencia de tener capas y poderes, la sociedad también se unió a la identificación de héroes y la acompañó con sesiones vespertinas de aplausos de agradecimiento.

Las heroínas, quedaban una vez más, fagocitadas por los héroes y al nombrar en masculino automáticamente la imagen que se proyecta es la de la profesión dominante y, por tanto, la que finalmente se interioriza es esa y no otra, que además las/os periodistas ya se encargan de apuntalar con su vulgar y torpe identificación de los profesionales.

La pandemia acabará, o cuanto menos reducirá significativamente su poder y alcance, lo que permitirá reiniciar una vida menos claustrofóbica, aunque dudo que normal, desde los parámetros de normalidad que mantenemos presentes de antes de la pandemia. En ese reinicio las enfermeras debemos aprovechar la condición de heroínas antes de que se desvanezcan “los poderes” de tal condición y la sociedad, con la ayuda inestimable de las/os periodistas, nos vuelvan a olvidar, invisibilizar o estereotipar. No se trata de hacer nada especial, tan solo reforzar nuestra condición, no de heroínas, sino de enfermeras y de lo que como tales podemos ofrecer en una situación en la que se van a necesitar mucho los poderes reales de los cuidados enfermeros.

El problema que esta situación de crisis ha generado en la identificación masculina de héroes está muy influenciada por la patología y el hospital en su relación estrecha con la identificación médica. Para poder ser identificadas de manera diferenciada como heroínas es importante que, en la nueva fase de la crisis, que permanecerá, la identificación se realice fundamentalmente con la salud y los cuidados para promocionarla, mantenerla o recuperarla, al tiempo que contamos con la comunidad para fortalecer la autonomía a través de su participación directa en la toma de decisiones.

Sin duda la unión de todas las heroínas y héroes ha sido fundamental para luchar contra el coronavirus. Pero que a nadie le quepa la menor duda de que cuando se reduzca la necesidad de mantener esa unión, volverán a surgir los “verdaderos” héroes y a desaparecer las heroínas.

Los aplausos cesarán; los recuerdos de desvanecerán; el sufrimiento pasado dará paso a otro, asociado a diferentes carencias; las necesidades y las demandas se modificarán; los escenarios se redefinirán… y entonces hará falta desplegar la capa para permitirnos volar y llegar a todas aquellas personas y familias que van a necesitar atención personalizada. Activar el poder de la observación para identificar todos aquellos aspectos que nos aporten información valiosa para la prestación de cuidados. El poder de la escucha activa será fundamental para no perder detalles de lo que directa o indirectamente nos estén verbalizando. El calor reparador de nuestro tacto en momentos en los que sea necesario y oportuno. La fuerza de nuestra intervención integral, integrada e integradora para abordar cualquier problema o situación de salud en toda su amplitud. La empatía con la que, situándonos en el lugar de la persona atendida, seamos capaces de lograr el consenso de cuidados. La capacidad de personalizar la atención en función de la persona y no de la patología… y tantos otros poderes que debemos poner en valor si realmente queremos que se valoren.

Por lo tanto, antes de nada, lo primero que tenemos que hacer es creernos firmemente y con convencimiento lo que somos, es decir, ENFERMERAS. Lo de heroínas es un detalle, una anécdota, una ocurrencia… que no nos hace ni más valientes, ni más poderosas, ni más importantes, ni más fuertes. Lo que realmente nos otorga poderes, nuestros poderes, es el ser y sentirnos enfermeras, eso es nuestra criptonita, nuestro veneno de arácnido, nuestra radiación… no hay artificios o sustancias mágicas. Y es precisamente esa condición la que nos permitirá ser identificadas, valoradas, reconocidas y visibles.

Sin eso, tan solo seremos un recurso, un puesto, una plaza… con los que jugar en momentos determinados según la ley de la oferta y la demanda.

Aprovechemos la inercia de esta campaña de marketing que ha surgido como impulso, pero nunca como referencia de nuestra capacidad y poder y que no nos lo va a dar una esporádica condición de heroicidad.

Salgamos de nuestras consultas, de nuestros centros y lleguemos allá donde realmente están las necesidades de salud, en los domicilios, en las escuelas, en las asociaciones… dejémonos ver, identifiquémonos… para que nos pongan cara y nombre, los nuestros, no necesitamos ni de máscaras ni de pseudónimos que oculten nuestra identidad, porque precisamente ese es muchas veces el problema, que nos ocultamos tras múltiples antifaces que no dejan ver quienes realmente somos.

Esas/os y no otras/os son y deben ser las heroínas y los héroes, las enfermeras.

En cualquier caso, si tuviese que elegir una heroína que representase a las enfermeras, sin duda, elegiría a Mafalda que seguro que de haber seguido creciendo hubiese sido enfermera.

PANDEMIA Y COMUNIDAD Participación comunitaria y entornos saludables

Nunca pensé que una pandemia como la que estamos viviendo y sufriendo diera para escribir diariamente reflexiones sobre lo que provoca, evoca y trastoca en nuestras vidas y, sobre todo, en nuestra percepción de las enfermeras ante una situación tan excepcional como compleja.

A lo largo de estas dos semanas de confinamiento he ido reflexionado sobre diferentes aspectos relacionados, directa o indirectamente, con la pandemia. Las/os periodistas, las/os estudiantes, las personas contagiadas, las familias, los decisores políticos, las enfermeras y resto de personal sanitario, la atención primaria, los hospitales… han sido protagonistas a lo largo de estas semanas de pandemia por unas circunstancias u otras. Sin embargo, no lo he hecho, al igual que tampoco se hace prácticamente desde ningún ámbito, sobre la Comunidad.

Las enfermeras comunitarias basamos nuestra atención en las personas, en las familias y en la comunidad. Las personas centran nuestra atención en función de necesidades o demandas de salud que precisan de cuidados individualizados. Las familias, por su parte, suponen el núcleo básico en el que se integran las personas y, por tanto, tienen vínculos a través de los cuales interaccionan los diferentes problemas de salud de sus miembros que afectan, en mayor o en menor medida, a toda la familia y que precisa de intervenciones en la misma para atenderlos desde esa perspectiva familiar. Finalmente, la Comunidad es el contexto en el que conviven y se interrelacionan las personas y las familias y que reúne una serie de características, recursos y activos de salud que influyen de manera muy particular en la salud de dichas personas y familias. De esta manera podemos decir que el equilibrio en salud se produce cuando personas, familias y comunidad son capaces de establecer una relación generadora de salud.

Así pues, queda clara la interacción que entre las personas y las familias se ha venido produciendo a lo largo de esta pandemia en función de contagios, posibles contagios y en todos los casos por efecto del confinamiento que nos hemos visto obligados a seguir.

La Comunidad, sin embargo, parece que haya quedado al margen del COVID-19, como aletargada, a la espera de que todo esto pase para recuperar su protagonismo. Como si ella no tuviese riesgo de contagio o no le afectasen las medidas del estado de alerta y, por tanto, nadie repare en ella, dado que la comunidad se ha visto prácticamente reducida al ámbito doméstico de cada uno de los hogares que hace, de los mismos, su propia y particular comunidad al no interaccionar con el exterior. Son como microcomunidades activas en una comunidad inerte.

Sin embargo, no es cierto que la pandemia no afecte a la comunidad, que no tenga efectos sobre ella y que, por lo tanto, una vez superada la crisis la comunidad se vaya a comportar como lo hacia antes de la misma. Porque el COVID-19 también ha contagiado a la Comunidad. Lo ha hecho, evidentemente, de manera diferente a como lo hace con las personas y a como influye en las familias, pero, sin duda, le afecta. Además, como sucede con las personas y las familias, la comunidad no es una, sino que hay muchas comunidades, en función de características comunes, normas establecidas, delimitaciones geográficas… que determinan contextos diferenciados en los que se establecen relaciones, necesidades, comportamientos también diferenciados. Y en base a todo ello podemos identificar también comunidades más o menos inmunodeprimidas que hemos venido en definir como vulnerabilidad, de tal manera que hablaremos de comunidades vulneradas en mayor o menor medida y, por tanto, con necesidades y demandas de salud diferentes.

En cualquier caso, la comunidad no es ajena a las personas y las familias que en ella se integran y que son quienes, en mayor o menor medida, le otorgaran la singularidad o idiosincrasia particular a la misma.

Así pues, en este tiempo de aislamiento, que también lo ha sido para la comunidad, no tan solo ha cambiado la imagen de la comunidad con sus parques vacíos, los bancos de los mismos desocupados, los colegios silenciosos del bullicio infantil, las pistas deportivas sin actividad, los bares y demás comercios cerrados, los centros culturales y de ocio sin posibilidad de ofertar nada, los transportes públicos bajo mínimos, las calles casi desiertas, las librerías como si de cementerios de libros se tratasen, las bibliotecas sin préstamos ni lectores, los gimnasios con sus aparatos en reposo, incluso en algunas ciudades y pueblos los centros de salud cerrados como si la salud ya no tuviese sentido por decisión de algunos iluminados, y tantos otros recursos comunitarios que como si de un encantamiento se tratase quedaron dormidos, inertes, casi muertos, a la espera de una recuperación de la actividad que nadie sabe a ciencia cierta ni cuándo ni cómo se producirá. Tan solo farmacias, supermercados, kioscos y estancos, permanecen de guardia para abastecer de medicamentos, alimentos y artículos de primera necesidad, prensa y tabaco a la ciudadanía confinada.

Y aquí me permito hacer un paréntesis para mostrar mi sorpresa por la decisión de mantener los estancos como un servicio esencial que lo que expende es tabaco, es decir, la droga legal causante de la muerte y enfermedad de miles de personas. Quiero entender que se quiere evitar un síndrome de abstinencia colectivo entre las/os fumadores, pero no deja de ser paradójico que se establezcan medidas de protección a la salud, promocionando o cuanto menos preservando el abastecimiento de aquello que se sabe positivamente va contra la propia salud individual, familiar y comunitaria. Menos mal que, al menos, las casas de apuestas no han tenido el mismo privilegio de apertura.

            Todos estos recursos comunitarios, salvo la excepción apuntada, actúan, por lo tanto, como potenciales activos generadores de salud y, por tanto, con poder para configurar, entornos saludables.

            Llegados a este punto es cuando cabe preguntarse si cuando las personas podamos salir del confinamiento y ocupar de nuevo los espacios comunitarios, los recursos que permanecieron inactivos serán capaces de recuperar su valor como activos de salud o la identificación de los mismos habrá sido modificada por efecto del aislamiento.

            Porque no se trata tan solo de la oferta que los recursos sean capaces de ofrecer, sino de la demanda que las personas hagamos, a partir de la nueva situación tras el estado de alarma, de ellos. Porque nada será como antes como tanto se está repitiendo, pero no lo será prácticamente para nada ni para nadie. El cambio de actividad laboral, la adaptación a otras formas de ocio, los cambios en los ciclos de sueño/actividad, la variación en nuestra alimentación, la falta de comunicación social o cuanto menos la diferente forma de llevarla a cabo, la pérdida de contacto físico y visual fuera de nuestras casas y familia, la modificación o pérdida de actividad física… son tan solo algunas de las consecuencias derivadas del aislamiento que tendrán consecuencias directas o indirectas y con mayor o menor incidencia en los recursos comunitarios y su potencialidad para ser identificados, o no, como activos de salud y por lo tanto de cómo podrán actuar de nuevo en la comunidad para favorecer un entorno saludable. Entorno saludable que, por otra parte, el letargo ha favorecido mediante el descenso de los niveles de contaminación tanto atmosférica, como sonora o lumínica, lo que viene a demostrar la influencia del COVID-19 en la comunidad y de la comunidad en el entorno.

            Pero, además, para que esta potencialidad de los activos de salud sea de nuevo una realidad se deberá recuperar la imprescindible participación comunitaria como elemento de dinamización de dichos activos de salud.

            Los centros de salud como recurso comunitario y potencial activo de salud, deben hacer un esfuerzo, a través de sus profesionales pero o sobre todo, a través de quienes tienen capacidad de decisión, por recuperar su condición comunitaria y alejarse del paradigma de enfermedad en el que ha permanecido durante más tiempo del deseado y que se ha visto fortalecido por efecto de la pandemia.

Así pues, las enfermeras comunitarias cuando recuperemos cierta normalidad en cuanto a nuestras competencias en el ámbito comunitario fundamentalmente, aunque no exclusivamente, desde los centros de salud, deberemos esforzarnos por fomentar, en primer lugar, la participación comunitaria que deberá ser analizada y debatida conjuntamente con las personas y familias que constituyen la comunidad con el fin de identificar que aspectos de la misma requieren atención para que sea realmente un proceso favorecedor del cambio y recupere, potencie o identifique los activos de salud que propicien un entrono saludable. Además, se deberán establecer los códigos de comunicación y trabajo compartido entre profesionales y ciudadanía que permitan llevar a cabo una participación comunitaria real, activa y comprometida, dado que la percepción recíproca entre ambas partes, posiblemente, se haya modificado tras la pandemia.

            Las enfermeras, como el resto de profesionales sanitarios, a pesar de abandonar su condición de héroes y recuperar su condición mortal de normalidad ya no serán vistas de igual manera por la población, lo que obligará a un ejercicio compartido que permita una relación alejada de la ficción de los héroes de Marvel y cercana a los mortales de la Salud. Por su parte, las enfermeras, deberán recuperar la visión autónoma de las personas y las familias, rota por efecto de la pandemia, con el fin de contribuir a restablecer en el mejor de los casos, o a instaurar en el peor de ellos, una ciudadanía autónoma, activa y participativa que sea capaz de generar un entorno saludable mediante la revitalización de la comunidad tras su proceso de aislamiento.

            Si nada será igual en nuestro regreso a la comunidad, al menos que la nueva realidad nos permita construir unos espacios más saludables que los que abandonamos cuando nos aislamos.

 

Y CUANDO ACABE LA CRISIS… De la fase de contagio a la de contingencia

Llevamos más de dos semanas de confinamiento y queda un periodo aún incierto de prolongación. Todas/os tenemos certera esperanza de que esto acabará y podremos volver a retomar nuestras rutinas, costumbres, actividades… aunque posiblemente no serán ya como eran. El tiempo y nuestra actitud lo dirán. Nadie puede afirmar de qué manera lo haremos. Porque el ataque del COVID-19, más allá de los contagios y las pérdidas humanas, va a afectar a nuestras vidas, al menos, durante un periodo de tiempo que tampoco nadie se aventura a determinar a pesar de que estamos en momentos en los que abundan los predictores y videntes.

Pero más allá de esos efectos en nuestras dinámicas vitales, que deberán ser analizadas y estudiadas convenientemente, como enfermeras comunitarias tenemos un reto por delante que debe ser identificado en su justa medida si queremos dar las respuestas que se requerirán y que van a estar muy íntimamente ligadas a la situación de crisis que ahora mismo estamos atravesando.

Por lo tanto, que nadie piense que la crisis acabará con la superación de la curva, de los contagios o de las muertes. Ese será un punto de inflexión importante que dará paso a otra realidad que ahora mismo no identificamos porque estamos demasiado absortos en lo que sucede diariamente para vencer al virus.

Más allá de cualquier valoración que deberá fundamentarse en estudios científicos que lo avalen, lo que ya nadie puede negar, porque es un hecho, es que la Atención Primaria de Salud (APS), durante esta fase de la pandemia, ha jugado un papel secundario, cuando no subsidiario o incluso residual. Este papel no ha sido asumido de manera voluntaria por parte de las/os profesionales de la APS, sino que ha sido impuesto por quienes siguen creyendo y apostando por un sistema de salud medicalizado, biologicista y hospitalcentrista como única respuesta posible para abordar la pandemia del COVID-19.

El cierre de centros de salud de APS o la mínima capacidad de acción que se les deja, conducen a una evidente incapacidad para llevar a cabo acciones eficaces y eficientes de atención directa a la población y de atención domiciliaria y comunitaria. Todo ello a pesar de los firmes posicionamientos de Sociedades Científicas y otras organizaciones que en ningún momento han sido tenidos en cuenta a pesar de las argumentaciones esgrimidas en los mismos, lo que no deja de ser una desconsideración a quienes han mostrado en todo momento una firme colaboración con el Ministerio de Sanidad en todo este proceso.

Los hospitales, los existentes y los que se construyen emulando la hazaña de China, se convierten en el único recurso sanitario para dar respuesta a un problema, que por su complejidad, precisa de respuestas múltiples y escalonadas en función de criterios claramente identificados pero obviados de manera sistemática.

Ni la realidad de España es la de China, porque los contextos, la cultura, la educación, las costumbres… son diferentes y requieren respuestas diferentes, ni las experiencias de países cercanos como Italia con una situación incluso más grave a la nuestra, nos sirve para evitar los errores por ellos cometidos y ya expresados en diferentes artículos científicos[1], [2], [3]. Por lo que se inicia una carrera sin precedentes por ampliar el número de camas hospitalarias y sobre todo de UCI.

Mientras todo esto sucede, no tan solo la APS, sino la Salud Pública y la Salud Comunitaria, actúan como meras espectadoras de una contienda bélica como se han empeñado en definir a esta pandemia con el justificar la respuesta hospitalaria que se está dando. Esta respuesta monopolística hospitalaria, sin duda, tiene que ver con los altos porcentajes de contagio de profesionales sanitarios y una situación límite en las residencias de la 3ª edad, al haber roto, con el cierre de los centros de APS, la imprescindible coordinación entre dispositivos sanitarios que tratase de dar respuestas diferenciadas a escenarios diferentes.

Pero, más allá de estas consideraciones, una vez concluya la fase de contagio, pasaremos a la fase de contingencia.

Y, en esa fase de contingencia, en la que no sabemos a ciencia cierta lo que sucederá o no sucederá, lo que si que podemos afirmar es que se presentarán problemas, demandas, situaciones… que van a requerir de una respuesta que ya no estarán en disposición a dar desde las UCI, ni desde los hospitales, convencionales o de campaña. Por una parte, porque habrá desaparecido “la enfermedad” derivada del contagio que es la que alimenta la primacía de los hospitales y del Sistema que lo sustenta como modelo de asistencia y por otra, porque con ello se querrá dar una imagen de retorno a la normalidad que será tan solo, eso, una imagen, pero muy poco real y creíble. Por lo tanto, a partir de ese momento de supuesta “normalidad” las respuestas deberán ser dadas desde APS, que deberá reabrir las puertas que nunca debieron cerrarse.

Las consecuencias derivadas de una pandemia, a las que, además del confinamiento preventivo, habrá que añadir el aislamiento al que se sometió a la población en general, con relación a sus referentes profesionales en APS que eran responsables de dar respuesta a cualquier aspecto que no tuviese que ver con el COVID-19, aunque “tan solo” fuese escuchando y dando respuesta a sus inquietudes, dudas o miedos, que a pesar de su gran efecto terapéutico, es despreciado por no tratase de una técnica invasiva, una tecnología de última generación o un medicamento. A los efectos individuales y familiares que derivados del contagio haya podido producir, habrá que añadir los derivados del propio confinamiento o del sufrimiento generado por el mismo. La soledad que se ha visto acompañada de un asilamiento que multiplica los efectos de la misma. Los vínculos familiares como consecuencia de una relación forzada por el confinamiento. Los efectos sobre la salud mental de personas frágiles. El aislamiento añadido sufrido por las cuidadoras familiares. El olvido de las personas con discapacidad. Las poblaciones vulneradas. La pérdida o distorsión de comunicación. La modificación de hábitos de alimentación y actividad física. El desempleo. La incertidumbre de una situación inestable y con claras desavenencias entre socios como los de la UE. La desestabilización de algunos problemas de salud que dejaron de atenderse durante el confinamiento. Con problemas comunitarios que deberán ser reconducidos. Una participación comunitaria que requerirá de grandes esfuerzos para hacerla comprensible tras el olvido o ninguneo al que ha sido sometida durante todo el proceso previo… son tan solo algunos ejemplos de las situaciones con las que las/os profesionales de APS se van a tener que enfrentar cuando la famosa curva se haya vencido.

La APS requerirá llevar a cabo una reformulación de su paradigma de atención si quiere ser eficaz y eficiente y no caer de nuevo en el paradigma asistencialista, medicalizado y subsidiario del hospital, porque si no, será incapaz de responder a las demandas que se sumarán a las ya existentes con anterioridad. Para ello, en primer lugar, deberá de dar sentido y coherencia a su nombre, el de Centro de Salud, recuperando precisamente la Salud, como foco fundamental de la atención y desplazando a la enfermedad como centro de atención exclusiva. Las/os profesionales, que estarán exhaustas/os de una actividad al límite de las fuerzas y con evidentes deficiencias de seguridad, deberán cambiar el chip hospitalario con el fin de abordar los problemas de salud de manera individualizada para dar respuestas integrales, en un contexto que todavía sufrirá las consecuencias del carácter bélico que se le imprimió. La atención familiar domiciliaria deberá retomarse con el fin de llevar a cabo intervenciones que traten de normalizar o cuanto menos equilibrar los efectos del aislamiento. La comunidad, requerirá de estrategias de intervención en muy diferentes ámbitos con el objetivo de recuperar entornos, hábitos y conductas, saludables. Todo ello con unas planillas que resultarán totalmente insuficientes fundamentalmente en número de enfermeras que serán las que mayoritariamente deban liderar estos cambios, aunque se precise del indispensable trabajo transdisciplinar de equipo, que, por otra parte, también deberá llevar a cabo un proceso de reflexión para adaptarlo a la nueva realidad.

Estoy convencido de que a pesar de todo esto, no se construirán centros de salud de campaña, ni se aumentarán las plantillas, ni se establecerán medidas especiales para poder responder como corresponde, ni se aumentará su presupuesto. Porque, entre otras cosas, las/os profesionales ya habrán perdido su consideración de héroes, ya no se les aplaudirá desde los balcones, ya no se harán esfuerzos para agradecer en cualquier comparecencia su aportación, se seguirá especulando con la definición y creación de plazas de enfermeras comunitarias especialistas, … y de nuevo la APS volverá a ser considerada eufemísticamente como la puerta de entrada a un Sistema de Salud en el que tan solo se identifica una puerta que, además, es la de la enfermedad y que no es otra que la del Hospital.

Va a hacer falta un gran esfuerzo de las/os profesionales en general y de las enfermeras comunitarias en particular para poder dar la respuesta que de nosotras se espera. Tan solo deseo que las fuerzas, la motivación, la implicación, la ilusión y el compromiso como enfermeras comunitarias no hayan sido arrebatados por el COVID-19 y por las torpes decisiones de cerrar los centros de salud de APS.

[1] Mirco Nacoti, MD, et al At the Epicenter of the Covid-19 Pandemic and Humanitarian Crises in Italy: Changing Perspectives on Preparation and Mitigation. NEJM. 2020. DOI: 10.1056/CAT.20.0080. https://catalyst.nejm.org/doi/pdf/10.1056/CAT.20.0080

[2] Wendy Galuser. Proposed protocol to keep COVID-19 out of hospitals. CMAJ. 2020 Mar 9; 192(10): E264–E265. doi: 10.1503/cmaj.1095852

[3] Greenhalgh T. Covid-19: a remote assessment in primary care BMJ 2020;368 doi: https://doi.org/10.1136/bmj.m1182

EL COVID-19 vs EL CUIFAM-00. Confinamiento y cuidados.

Mucho antes de que toda esta crisis empezase, bueno, básicamente desde siempre, un grupo de personas, fundamentalmente mujeres, llevaban no algunos días, ni meses confinadas en sus casas, sino años.

Se puede decir que se trata, en su caso, de un confinamiento voluntario, pero nada más alejado de la realidad. Sin embargo, podríamos establecer algún paralelismo entre su confinamiento y el que actualmente estamos obligados a cumplir la mayoría de las/os ciudadanas/os de nuestro país. En el caso del coronavirus, COVID-19, el confinamiento viene determinado por la instauración de un Estado de Alarma decretada por el gobierno. En el caso de este grupo de personas al que me refiero su confinamiento es consecuencia de una norma social determinada por la cultura y educación de nuestro país que identifica y etiqueta como cuidadoras a las mujeres por el simple hecho de serlo y que determina que las mismas tengan que asumir la responsabilidad social de cuidar que les ha sido asignada. Efectivamente me refiero a las cuidadoras familiares.

Las cuidadoras familiares[1] en nuestro país asumen por tradición cultural y por educación dicho rol desde el momento de su nacimiento por haberlo hecho como mujeres. A ello hay que añadir el importante sentimiento de culpabilidad, resignación y renuncia transmitidas fundamentalmente por la influencia de la religión católica que impregna, aún hoy, la cultura y la educación de nuestro país a pesar de los importantes avances en derechos individuales y colectivos de las mujeres desde el final de la dictatura. Esto hace que las mujeres, por una parte, asuman su rol de cuidadoras desde niñas, incluso a través de los juegos y la división de géneros en amplísimas facetas de su desarrollo, y por otra que si tienen la tentación de abandonar o compaginar dicho rol con otro de desarrollo personal, automáticamente se active el sentimiento de culpabilidad como mecanismo de alarma para que se abandone la idea y se incorpore la resignación como otro elemento compensatorio de esa tentación de libertad, lo que provoca, por otra parte, una hiperresponsabilidad en el cuidado asignado socialmente y que les corresponde de manera inequívoca e irrenunciable.

Así pues, podríamos decir que muchas mujeres en nuestro país están contagiadas del virus del cuidado familiar, que vendremos en denominar CUIFAM-00. Se trata de un virus con un alto poder de contagio a través de la educación, la tradición, la cultura y el machismo, como principales vectores de transmisión. Su contagio genera una infección latente y permanente de la que difícilmente se puede liberar al no existir vacuna ni tan siquiera tratamiento sintomático efectivo. Es, además, resistente a muchos tratamientos que incluso generan efectos colaterales como mal humor, ganas de llorar, ansiedad, estrés, aislamiento, soledad… Y, si finalmente se deciden a expresar sus necesidades, estas suelen ser interpretadas o percibidas desde la perspectiva médica que impregna la atención, mejor asistencia, de gran parte de las/os profesionales de nuestro sistema de salud, traduciéndolo en patologías como depresión, lumbalgia, cefalea… o lo que es aún peor, relacionándolas con procesos vitales de la mujer como la menopausia o la menstruación, anulando la capacidad de prestarles cuidados que es lo que realmente necesitan y demandan. Es la falta de respuesta en este sentido lo que, finalmente, acaba provocándoles ciertas patologías y no tanto el cuidado que ellas prestan. Si además las identificamos como colaboradoras de nuestro cuidado profesional en lugar de receptoras de cuidados, el CUIFAM-00 todavía tiene efectos mucho más letales.

Como comentaba al inicio, el aislamiento viene impuesto por la necesidad u obligación identificada, de prestar cuidados permanentes y continuados a otra persona del entorno familiar por su condición de persona con dependencia o necesidades especiales, en el domicilio. En el momento que aparecen los primeros síntomas del contagio, a saber, fundamentalmente dedicación intensiva al cuidado al familiar que debe compaginarse, en la mayoría de las ocasiones, con el cuidado al resto del núcleo familiar, se instaura un confinamiento que tan solo se ve interrumpido por salidas esporádicas relacionadas con aspectos ligados al cuidado (recoger medicamentos, visitas a profesionales de la salud…). Dicho confinamiento, al contrario de lo que sucede con el del COVID-19, no tiene fecha de finalización, ni tan siquiera previsión de la misma, es decir, se trata de un confinamiento, sine die, que determina la atención que requiera el familiar mientras perdure su falta de autonomía.

Por otra parte hay que destacar que el comportamiento del CUIFAM-00, tiene una altísima incidencia en mujeres, alrededor de un 80% con respecto a los hombres, pero además sus efectos son mucho más graves en las mujeres que en los hombres determinados básicamente por razones de cultura y educación, al ser los hombres mayoritariamente inmunes a la culpabilidad y la resignación, lo que genera un proceso menos lesivo para su salud, al lograr compaginar, sin efectos adversos, el cuidado al familiar con la respuesta dada a sus necesidades, al contrario de lo que les sucede a las mujeres.

En el caso del CUIFAM-00, además, los efectos sobre la salud de la cuidadora suelen ser lentos y progresivos, pero de una virulencia extrema sobre su estado general.

La sintomatología al inicio del proceso suele ser difusa, aunque se va incrementando de manera significativa conforme avanza el tiempo. Los signos son tanto físicos como psicológicos y se manifiestan alternando dolores articulares, cefaleas, decaimiento, ansiedad, sentimiento de culpa, irascibilidad, cansancio generalizado, trastornos del sueño, pérdida de apetito… que van incorporándose de manera progresiva y acumulativa, lo que provoca sensación de malestar general que, raramente identifica o relaciona con el cuidado, al tener claramente asumido que lo que hace es lo que le corresponde. Pero con ser importantes dichos signos, los efectos secundarios de los mismos suelen ser todavía peores. Me refiero a la soledad, a pesar de vivir acompañada, como consecuencia de la pérdida de redes sociales, de la comunicación con el resto de miembros de la familia con el consiguiente deterioro de los vínculos familiares y finalmente la pérdida de autoestima que se manifiesta con múltiples signos como la dejadez física, la pérdida de valoración personal, la sensación de inutilidad…

A pesar de toda esta florida manifestación de signos, difícilmente la cuidadora es atendida tanto por parte de sus familiares como por parte de las/os profesionales de la salud. O lo que es peor, ni tan siquiera reparan en ella como receptora de cuidados

La prolongación del proceso de cuidado provocado por el CUIFAM-00, puede desembocar en procesos patológicos graves o incluso en el conocido como síndrome del cuidador quemado, que puede llegar a desembocar, en ocasiones, en suicidio.

Esta grave situación, que padecen miles de cuidadoras en nuestro país, sin embargo, es prácticamente invisible a los ojos, tanto de la sociedad en general, como de los profesionales de la salud y de los decisores políticos en particular.

A diferencia de lo que sucede con el COVID-19, que las personas contagiadas son atendidas de manera muy eficaz y puntual por las/os profesionales de la salud, en el CUIFAM-00, las cuidadoras, suelen pasar desapercibidas y el cuidado que prestan las/os profesionales se centra en las personas a las que ellas cuidan, sin que prácticamente nadie repare en sus necesidades ya que no suelen verbalizarlas nunca. Todo ello a pesar de que asumen el 80% de los cuidados que la sociedad española precisa. Y nadie, sale nunca, ni a las 20:00 horas ni a ninguna otra hora, a los balcones ni a ningún otro lugar a aplaudirles. Su silencio es aterradoramente escandaloso, pero sin embargo casi nadie lo escucha ni se inmuta. Nadie comparece ni diariamente, ni nunca, para contar como evoluciona su contagio, ni sus vidas, ni sus necesidades. Ningún medio de comunicación se hace eco de ellas y de sus problemas. Ningún político y casi ningún gobierno legisla para protegerlas.

En este contagio del CUIFAM-00, influye mucho la sociedad patriarcal y machista en la que vivimos, por lo que las intervenciones que sobre el mismo deben ejercerse van mucho más allá de la adopción de medidas económicas para las cuidadoras como si de un carnet de racionamiento se tratase por los servicios prestados. La atención que se precisa debe ser integral, integrada e integradora, intersectorial y transdisciplinar. Pero en dicha atención son las enfermeras quienes tenemos mayor responsabilidad. Como cuidadoras profesionales que somos, debemos prestar cuidados a las cuidadoras para lograr que el CUIFAM-00 deje de provocar tantas y tantas víctimas entre las mujeres y hombres que actúan como cuidadoras familiares. Con la gran ventaja que, en este caso, no existe riesgo de que nosotras, como enfermeras, nos contagiemos del CUIFAM-00, porque nosotras tenemos en nuestras manos, conocimiento y voluntad, una importante respuesta inmunitaria para estas cuidadoras.

La vacuna, se tiene esperanza que se logre, pero la experimentación de la misma es larga, costosa y tiene potentes detractores, al tener que modificar el genoma patrio de nuestro país que mantiene activo el CUIFAM-00.

Así pues, cuando reconozcamos a tantas/os profesionales que actualmente están dando lo mejor de sí para vencer al COVID-19, cuando salgamos a aplaudirles, cuando les recordemos cada vez que hablamos… acordémonos de tantas cuidadoras familiares que diariamente y durante tanto tiempo llevan padeciendo el contagio del CUIFAM-00, sin que nadie se acuerde de ellas.

Y a ellas no les construyen hospitales de campaña, ni les dan EPI, ni les ofrecen la posibilidad de un hotel para descansar, ni tienen turnos por duros que estos sean, ni tan siquiera pueden trabajar en un equipo con el que sentirse apoyadas o respaldadas. Ellas, básicamente, están solas cuidando al 80% de las personas que precisan cuidados en nuestro país.

¿Nos podemos imaginar qué pasaría si se colapsara su cuidado?

Evidentemente todas las comparaciones son odiosas y esta posiblemente mucho más, pero quería llamar la atención sobre un colectivo tan importante como eternamente olvidado que creo merece, cuanto menos, el reconocimiento de todas/os, en estos momentos en los que el cuidado adquiere una dimensión que nunca antes había tenido, a pesar de estar siempre tan presente y de ser tan necesario en la vida de todas las personas.

Las cuidadoras y sus cuidados siempre serán importantes, pero debemos tener en cuenta a quienes lo prestan para que no queden al margen de nuestros cuidados enfermeros. Su confinamiento también puede acabarse. De todas/os depende en mayor o menor medida. No sigamos alimentando y manteniendo oculta esta realidad.

Es lícito y necesario seguir exigiendo que se reconozca nuestra aportación enfermera, pero que esta digna reivindicación no nos impida identificar la aportación de las cuidadoras. ¿Hablamos de héroes?

Vaya por delante este grandísimo y merecidísimo aplauso desde el balcón de este Blog para todas las cuidadoras familiares.

[1] Usaré el término genérico de cuidadoras por respeto al número de mujeres que lo asumen.

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