
El profesor de la UA José Ramón Martínez-Riera publica una historia para normalizar el uso de «enfermera» como genérico https://www.diarioinformacion.com/universidad/2020/01/21/cuento-explicar-enfermera/2226240.html
Isabel Bonet Santos, Elena Borja Garrigues, Eduardo Carratalá Lázaro y Alberto Díaz Gallardo, estudiantes de 4º de Enfermería de la Universidad de Alicante, 2018-2019, realizaron este vídeo apoyándose en el cine para reflejar la importancia de las enfermeras comunitarias en el mantenimiento de la salud.
Tras el desastre de la 2ª guerra mundial se inició la reconstrucción de la Europa arrasada, empobrecida y vulnerable. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que fue un verdadero ejemplo de resiliencia de las poblaciones de los países afectados. España, en plena posguerra civil no pudo contagiarse de esa resiliencia por razonas obvias, aunque se trate de borrar de la memoria colectiva. Se iniciaba, por tanto, la construcción de lo que vino en llamarse el Estado de Bienestar en respuesta a las políticas keynesianas de la Alemania nazi.
Se trataba básicamente de que los estados proveyeran servicios en cumplimiento de los derechos sociales a la totalidad de los habitantes de un país, es decir, universalizando los mismos.
España, aunque con bastante retraso, también acabó desarrollando el Estado de Bienestar.
Sin embargo, las crisis económicas, las políticas neoliberales y los cambios en la sociedad actual con una clara tendencia al individualismo, la inmediatez y a la pérdida de solidaridad han hecho que progresivamente se fuesen debilitando los pilares fundamentales en los que se asentaba el Estado de Bienestar, lo que, además, ha sido aprovechado por la resurgida ultraderecha con discursos populistas, demagógicos y cargados de prejuicios, tópicos y estereotipos contra todo aquello que da valor y consistencia al Estado de Bienestar y a todo lo que consideran “malo” por el simpe hecho de ser diferente a sus planteamientos dogmáticos y autoritarios.
Esta tendencia, o tendencias, por tanto, han ido calando en la comunidad provocando relajación, confusión, conformismo… unidos a posicionamientos racistas, xenófobos, homófobos, sexistas, machistas, egoístas, excluyentes… que se han ido naturalizando e interiorizando de manera alarmante entre la población más joven acompañando a mensajes nacionalistas radicales que recuerdan etapas históricas terribles que no han sido adecuadamente transmitidas e incorporadas en su joven y fértil mente, demasiado ocupada con el bombardeo de información líquida circulante en las redes sociales, es decir, aquella información no verificada, sustentada o confirmada; a diferencia de la información sólida, entendida como información documentada, razonada y enriquecida que comprueba su veracidad.
Cada vez más las noticias son captadas e interiorizadas a través de las opiniones de terceros en redes sociales. Los influencers adquieren credibilidad, per se, o como consecuencia del número de visitas, descargas o “like” que reciben.
La imagen y el culto al cuerpo se incorporan como las nuevas tendencias a seguir y conseguir, generando el rechazo a todos aquellos que se alejan de los patrones que se establecen como óptimos para ser aceptado.
El consumismo líquido, es decir, el que se realiza compulsivamente a través de redes o internet sin criterios de calidad contrastada, contribuye además a la precariedad laboral de quienes se incorporan como mediadores necesarios, pero explotados, en la cadena de producción y distribución de los productos adquiridos por impulso más que por necesidad.
El conocimiento pierde crédito en favor del postureo artificial, la astucia y la superficialidad, aderezadas con el discurso zafio, descalificador, ofensivo y sin fundamento, que supera a quienes optan por el estudio, la reflexión, el análisis, el pensamiento crítico y el respeto.
Todo ello supone una adición de factores que favorecen la individualización de todo. La modernidad cambió las reglas. La teoría crítica que defendía el individualismo ante el Estado que en esa época oprimía todo, ahora lo impregna todo.
Hemos pasado de hablar de personas a hacerlo de individuos porque todo se ha individualizado y cada individuo debe asumir, como consecuencia, el destino de lo que le pase o no.
Desde esta perspectiva individualista y de inmediatez la mayor preocupación de los individuos que componen la sociedad actual es cómo prevenir que haya una solidez en los planteamientos que lleguen a ser tan sólidos que impidan cambiar el futuro y en base a ello luchan para que no suceda, favoreciendo posturas radicales de quienes se configuran como salvadores del destino, aunque ello conlleve rupturas radicales con las relaciones sociales, familiares, con nosotros mismos o con lo que tanto esfuerzo logró establecerse, como por ejemplo el Estado de Bienestar, como si el mismo tuviese o padeciese del mismo mal al que se ha sometido aquello que consumimos, es decir, la obsolescencia programada o la fecha de caducidad
La inmediatez hace que nada sea contemplado con perspectiva de futuro, con sosiego, con análisis… porque se entiende que nada es duradero y en nada podemos influir para cambiarlo, esperando que todo cambie con la aparición de nuevas oportunidades que sustituyan a las existentes, pero sin que nuestra intervención se considere ni necesaria ni posible al creer que todo es casual y no causal.
En base a este planteamiento social se reclama flexibilidad para no comprometerse con nada para siempre y estar preparado a cambiar en cualquier momento de actitud, de comportamiento e incluso de ideas para adaptarse al cambio que se presenta como inevitable pero sin que podamos participar en el mismo, tan solo adaptarnos a él, aunque ello conlleve renunciar a derechos que hasta ahora se habían considerado irrenunciables, constituyéndonos nosotros mismos, como personas, bueno no, como individuos, intercambiables.
Se produce, por tanto, un efecto líquido, en el que el más ligero movimiento cambia la forma que dicho líquido tenía en reposo.
Y todo esto, sin duda, influye en las actuaciones que, como enfermeras, tenemos con las personas a las que atendemos. La modernidad líquida de la que hablamos hace que los comportamientos, las relaciones, los consensos, la propia comunicación, adquieran una velocidad que impide, en muchas ocasiones, que se establezcan relaciones con continuidad en el tiempo y sustentadas en valores tales como la solidaridad, la equidad, la libertad, la democracia… que deberían estar presentes de manera inalterable, sólida, en nuestras actuaciones enfermeras, a través de la promoción de la salud o la prevención de la enfermedad. Pero al no poder dar respuestas inmediatas a las exigencias que plantea la sociedad, la situación nos arrastra cada vez más a planteamientos asistencialistas, medicalizados y altamente tecnificados en los que las relaciones humanas y los comportamientos saludables son contemplados como rígidos, inalterables y poco adaptativos a una sociedad cambiante y con fechas de caducidad en muchos de sus componentes.
Esta liquidez influye de manera determinante en el abordaje de los múltiples problemas de salud que la propia modernidad líquida genera y paradójicamente perpetua.
Se pasa del Estado de Bienestar a un nuevo Estado más adaptativo, inmediato y aparentemente ideal como es el Estado de Bien Estar. Lo importante no es el conjunto sino lo que a cada cual como individuo le permita estar bien, aunque ello no suponga sentirse bien y mucho menos saludable y con indiferencia hacia lo que le sucede “al otro”.
Los abordajes puntuales, esporádicos, finalistas y deterministas que, sobre problemas como la violencia de género, la soledad, la cronicidad, la obesidad, el acoso laboral, la pobreza, la migración, la vulnerabilidad… se llevan a cabo desde una absoluta falta de planificación que requiere, claro está, de cierta solidez, haciendo que los mismos sean fallidos, ineficaces e ineficientes en un sistema de salud que se ha contagiado de la modernidad líquida y por tanto de la inmediatez de resultados que del mismo se reclama. Se actúa sobre la herida, el síntoma, la agresión, la enfermedad… pero no sobre los factores, condicionantes, determinantes… que las generan o provocan. Focalizando en lugar de ampliando, simplificando en lugar de generalizando, disgregando en lugar de integrando, individualizando en lugar de colectivizando.
El Estado de Bien Estar, finalmente, acaba por incorporarse en todos los ámbitos de nuestra sociedad y ello conduce inexorablemente a la generación de zonas de confort. Pero no zonas de confort asimilables a contextos saludables donde desarrollar nuestra actividad en condiciones óptimas, que son muy deseables, sino a zonas en las que impera el conformismo, la desmotivación, la inacción, la falta de compromiso… de profesionales que se instalan en estas zonas desde las que dar respuestas inmediatas, aunque las mismas no tan solo no solucionen los problemas sino que los aumentan o cronifican, favoreciendo la individualización a sus actuaciones lo que incide de manera muy significativa en el precario trabajo en equipo. La ética de mínimos, por tanto, sustituye a la ética de los cuidados, para parecer que se hace lo que, en realidad, se deja de hacer. Todo ello conduce a una ausencia de intervenciones en la comunidad que favorezca la participación activa en la toma de decisiones, aunque se generen figuras artificiosas, como las del paciente experto, que no dejan de ser un ejemplo más de individualismo enmarcados en procesos pseudoparticipativos.
Las enfermeras tenemos pues un reto importante en esta modernidad líquida en la que nos movemos y en la que debemos tratar de evitar ahogarnos. Nuestro paradigma, desde el que no debemos renunciar a actuar, contempla abordajes integrales, integrados e integradores que precisan de cierta solidez para lograr los resultados esperados a través del consenso necesario con las personas, que no individuos, las familias y la comunidad con quienes interactuamos. Ello no nos sitúa en la rigidez ni en el inmovilismo, sino en la templanza necesaria para adaptarse a los cambios que en toda sociedad se producen, y para los que se requiere de unos tiempos y unas políticas que no se conceden desde la política que se practica y favorece la modernidad líquida en la que tratan de diluir los problemas para enmascararlos y que no sean percibidos en su verdadera dimensión.
No nos damos cuenta, o si, del riesgo que asumimos al no dar valor a nuestros cuidados, dejando que la inteligencia artificial, la robótica, la tecnología… sustituyan el pensamiento crítico por el pensamiento único, la reflexión por la asunción, el análisis por la regla, la diversidad por la estandarización, el debate por la confrontación, el rigor por la simpleza, el respeto por el desprecio, la empatía por la simpatía… y, en definitiva, el cuidado humano por la respuesta mecánica. No se trata de impedir el progreso y el desarrollo, sino que el mismo no acabe por superarnos como enfermeras y como personas, con todo lo que ello puede significar. Humanizar la atención, que parece acaba de descubrirse como algo nuevo, pasa por tener en cuenta también todo esto. Lo contrario nos sitúa donde George Orwell o Aldous Huxley, nos situaron hace muchas décadas con sus obras, 1984 y un mundo feliz, respectivamente.
Las enfermeras comunitarias debemos constituirnos en verdaderas artífices de las respuestas que se requieren, aunque para ello debamos nadar contracorriente en la liquidez social imperante. Quien no sepa o no quiera hacerlo corre el riego de perecer ahogada o lo que es peor arrastrada a la orilla equivocada donde perderá toda su identidad y valor.
Editorial Rev. Bras. Enferm. vol.72 no.5 Brasília Sept./Oct. 2019 Epub Sep 16, 2019
Las enfermeras hemos sufrido, y en gran medida seguimos sufriendo, la influencia de la medicina en el desarrollo tanto de nuestra disciplina como del desarrollo científico profesional.
En los Sistemas Sanitarios en los que habitualmente ejercemos como enfermeras, claramente fagocitados por la ciencia médica, que centra su atención en la enfermedad, la biología, la tecnología, la asistencia… y en los que el hospital es el centro de saber y desarrollo científico exclusivo de la medicina, resulta muy difícil desarrollar el paradigma enfermero que tanto se aleja de estos planteamientos.
Como consecuencia de esta colonización médica, las enfermeras solemos mimetizar un modelo que no nos es propio y en el que la enfermedad como alteración leve o grave del funcionamiento normal de un organismo o de alguna de sus partes debida a una causa interna o externa, nos aparta de nuestro verdadero objetivo que debe ser la atención a los problemas de salud, entendidos estos, como los problemas relacionados con un estado o proceso relativo a la salud y manifestado por una persona, una familia o una comunidad. O lo que viene a ser lo mismo, la atención centrada en la enfermedad y alejada de la persona, la familia y su entorno, versus una atención integral, integrada e integradora, desde una perspectiva física, psíquica, social y espiritual, en la que se incorpora a la familia y a su entorno.
Las enfermeras, ahora y en el futuro, necesitan evidencias científicas en las que se construir y fortalecer la ciencia enfermera y en las que basar su práctica autónoma. No se pretende generar confrontación con los médicos, sino articular una actuación conjunta en la que el verdadero interés se centre en las personas, las familias y la comunidad y no en los ámbitos de poder corporativo de ninguna disciplina concreta. Se trata, por lo tanto, de trabajar de manera transdisciplinar(1), abandonando la rigidez de los marcos competenciales para adaptarlos a la realidad que en cada momento requiera la atención de los equipos de salud, más allá de a quién corresponden los mismos.
La ciencia está, por definición interesada, sobre todo, por parte de los médicos, en generalizaciones y predicciones. Las enfermeras, conscientes o no, tenemos unos valores, hacemos unas elecciones y es importante tener claros estas elecciones y estos valores. Porque cuidar siempre está relacionado con ayudar a una persona o a un grupo de personas para satisfacer sus necesidades sentidas. Es cierto que las enfermeras aprenden de la experiencia. Pero, resulta imprescindible que aprendan y crezcan profesionalmente familiarizándose con el paradigma enfermero y trasladando la teoría a la práctica. La imagen enfermera es, pues, inseparable de su evolución como disciplina y ésta ha evolucionado extraordinariamente desde la perspectiva de sus propias orientaciones y conceptos centrados en el cuidado, la persona, la salud, el entorno, la práctica, la formación, la investigación y la gestión.
En la actualidad las enfermeras tienen que responder a múltiples problemas de salud muchos de ellos complejos y, sobre todo, individuales (pobreza, migración, medio ambiente, violencia de género…). Sin embargo, habitualmente, la relación enfermera-persona es superficial, centrada en la enfermedad y no en el problema de salud con un necesario abordaje integral. Resulta fundamental la humanización de la atención para no abandonar el rasgo cuidador(2). Sin embargo, se da la paradoja que, en muchas ocasiones, lo que se está exigiendo por parte de las organizaciones sanitarias, colonizadas como ya hemos dicho por la medicina, es contar con enfermeras tecnológicas. Como consecuencia la enfermera difumina o pierde su aportación autónoma centrada en el cuidar que permita lograr bienestar, confort, seguridad, asesoría humanista, además de los cuidados específicos adecuados y consensuados. Si se tiene en cuenta, por tanto, la trascendencia de los cuidados, la vinculación con la persona y la familia y se asume la responsabilidad de que sean autónomos, las enfermeras son, y serán absolutamente imprescindibles en la comunidad.
Se tiene que tener presente, además, que la sociedad, es dinámica, cambia y plantea nuevos escenarios y nuevas realidades demográficas, epidemiológicas, sociales, políticas… que predicen un futuro reservado a los cuidados enfermeros. La persona es, o al menos debe ser, considerada en su globalidad y la enfermera debe centrar su atención de manera integral, integrada e integradora. Dicho de otra manera, la espiritualidad, la conciencia, el autoconcepto, el modo de vida, el bienestar, los sentimientos, las emociones, los vínculos, las relaciones… son dimensiones que la práctica enfermera debe tener en cuenta. Los cuidados enfermeros son una realidad compleja, no lineal, en evolución, que precisan ser identificados para trasladarlos a la disciplina y a la profesión y desde ellas a la sociedad.
Por otra parte, es necesario destacar que estamos inmersos en la sociedad del racionalismo, desde el que se traslada que la tecnología puede responder a cualquier problema. Pero si bien es cierto que la técnica forma parte de nuestra existencia, la cuestión es saber qué hacer con ella para evitar que acabe con nuestra identidad. Aunque parezca una obviedad, que se da por superada en enfermería; cada vez es más evidente la falta de ética, y de deshumanización. Resulta, por tanto, necesario vertebrar nuestra actuación autónoma para evitar que la evolución de la Enfermería como ciencia ligada a la medicina vaya dejando escapar su esencia fundamental, la de los valores y los cuidados que le son propios y le confieren singularidad. Es preciso identificar que el valor añadido que ofrecemos las enfermeras, se centra en la respuesta humana a la necesidad de cuidados de la persona, bien en salud o en enfermedad y ofrecido con calidad.
Derivado de todo lo cual el reconocimiento que la sociedad tenga de las enfermeras oscilará permanentemente en base a ese equilibrio entre la técnica y los cuidados enfermeros, que por otra parte nos permitirá identificarnos y valorarnos a nosotras mismas como profesionales con un paradigma propio y reconocible que nos identifica, visibiliza y valoriza tanto en el ámbito de la comunidad científica como en el de la sociedad en general(3).
REFERENCIAS
1 Pérez Matos NE, Setién Quesada E. La interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad en las ciencias: una mirada a la teoría bibliológico-informativa. ACIMED [Internet]. 2008[cited 2019 Apr 29];18(4). Available from: http://scielo.sld.cu/pdf/aci/v18n4/aci31008.pdf [ Links ]
2 Correa Zambrano ML. La humanización de la atención en los servicios de salud: un asunto de cuidado. Rev Cuid [Internet]. 2016[cited 2019 Apr 29];7(1):1210-8. Available from: http://dx.doi.org/10.15649/cuidarte.v7i1.300 [ Links ]
3 Albar MJ, Sivianes-Fernández M. Percepción de la identidad profesional de la enfermería en el alumnado del grado. Enferm Clínica. 2016;26(3):194-8. doi: 10.1016/j.enfcli.2015.10.006 [ Links ]
Estimado Sr. Ministro:
Cuando tan solo se conoce su nombramiento, pues aún no ha tomado posesión, me he decidido a dirigirme a usted desde este blog.
Lo primero que quisiera trasladarle es, como no puede ser de otra manera, mi más cordial enhorabuena. Pero también mi expectativa por lo que pueda aportar a este nuevo y reducido Ministerio tras perder las competencias de consumo y asuntos sociales.
Así pues, pasará a ser Ministro de Sanidad. Y ciertamente serlo es muy importante, a pesar de lo que algunos hayan dicho en algún momento tildándolo de un Ministerio secundario. Se trata del Ministerio con competencias en Salud, aunque esta quede oculta en ese concepto menos comprometedor, más organizacional e incluso económico, cuando no mercantil, como la Sanidad. Su cometido, como político, será tratar de gestionar, articular, modular, integrar… la sanidad de los 17 Servicios de, ahora sí, Salud de las Comunidades Autónomas, para que sea lo equitativa, igualitaria, universal y accesible, que marca nuestro Sistema Nacional de Salud, a través de la Ley General de Sanidad de 1986.
Pero más allá de su cometido, responsabilidad y eficacia política, que no pongo en duda y que ha demostrado en puestos bien diferentes al que ahora le ha sido encomendado, no puede obviarse su condición de filósofo.
Y no es que tenga nada que objetar por ello, todo lo contrario. Considero que, si es capaz de equilibrar su conocida competencia y eficacia política con su esperado conocimiento filosófico, se puede esperar un resultado que, cuanto menos, genere ilusión.
Son muchos los autores, entre los que cabe destacar a Clifton Meador[1], que se refieren a “la última persona sana”, como aquella figura ideal que consideran poco probable que surja de un sistema de salud economicista, centrado en la enfermedad, que crea la enfermedad en personas sanas, que considera y aborda el envejecimiento, el climaterio, el embarazo… como enfermedades y que centra su esfuerzo, su discurso y sus recursos en la prevención persecutoria y culpabilizadora, como promesa permanente de una ilusión tan cruel como innecesaria.
Y resulta que en ese sistema medicalizado, asistencialista, biologicista… cada vez más sujeto a los algoritmos, las estadísticas, la alta tecnología, la inteligencia artificial, las guías clínicas de prevención, diagnóstico y tratamiento… en que se ha convertido nuestro sistema nacional de salud, hasta el punto que ahora se cree necesario humanizarlo, ese concepto de “la última persona sana” deja de ser una metáfora para convertirse en una llamada de atención que está pasando inadvertida o desoída, para muchos, con consecuencias tan terribles como que la salud se venda como un producto más de esta mercadotecnia sanitaria tan apetecible, por otra parte, para el mercado.
Nada más alejado de mi intención el tratar de dibujarle un panorama tremendista, pero la salud parece, a pesar de lo que muchos se resisten a aceptar, muy cercana a una adaptación cambiante, variable y subjetiva que hace cada vez más difícil hablar de una ciencia de la salud. Puede que, por eso a mí, me resulte mucho más próxima, entendible e incluso filosófica la definición de la salud de Jordi Gol como aquella manera de vivir que es autónoma, solidaria y feliz. Definición de salud que no se reduce al bienestar, de la definición idealista y aún vigente de la OMS, sino que se entiende de manera dinámica.
Pero claro, señor ministro, para eso hace falta que el Sistema de Salud que promocione dicho estado sea capaz de lograrlo cambiando su actual paradigma y situándose en otro que logre un equilibrio constante entre la persona y su contexto que permita lograr resultados que, en ocasiones, les sitúen dentro de la normalidad y en otras en la enfermedad, lo que nos lleva a poder pensar que la salud es, en muchas ocasiones, una cuestión más filosófica que científica.
Pero lamentablemente, más veces de las deseadas, cuando se habla de salud se confunde con sanidad y, además, se asocia de inmediato a la medicina y a la asistencia médico-clínica, tanto por parte de profesionales, como de medios de comunicación, políticos y población en general, lo que es, no tan solo un lamentable error, sino un clarísimo reduccionismo que nos acerca a los planteamientos a los que aludía al inicio de mi escrito. Sin embargo, no voy a entrar a debatir esta, en ocasiones confusión, en ocasiones clara intencionalidad, que es sistemática y obedece a posiciones hegemónicas y paternalistas reforzadas por la dicotomía entre salud enfermedad. Dicotomía que nos lleva a lo que Edmundo Granda[2] vino en denominar “enfermología pública” como aquella caracterizada por “el presupuesto filosófico-teórico de la enfermedad y la muerte como punto de partida para la explicación de la salud” y por “el método positivista para explicar el riesgo de enfermar en la población y el estructural-funcionalismo para comprender la realidad social”. En base a lo cual nos situamos en un terrible y permanente planteamiento de enfermedad, medicina, curación y positivismo que arrincona y/o fagocita a la salud y su promoción, a otras profesiones/profesionales de la salud, a los cuidados y a todo aquello que se aleje de la estadística y lo numéricamente medible, con el consiguiente abandono de emociones, sentimientos, cultura, espiritualidad… que son entendidos, en más ocasiones de lo deseable, como adornos superfluos, incómodos o inútiles para la ciencia médica, que no de la salud, como dejan patente siempre que pueden, quieren o se les deja.
Sistema de Salud, el nuestro, el suyo, que, por otra parte, y a pesar de que los cuidados han sido a, lo largo de la historia de la filosofía, centrales al tener que ver fundamentalmente con reflexiones en torno a la condición humana y la ética, siguen sin estar institucionalizados en las organizaciones sanitarias donde, teóricamente, se promueve la salud a través de los cuidados. Y, claro está, si no lo están los cuidados, las enfermeras que los prestan tampoco.
Teniendo en cuenta, así mismo, lo que afirmó Johannes Hessen (1889-1971), sobre que la filosofía es un intento del espíritu humano para llegar a una concepción del universo mediante la autorreflexión sobre sus funciones valorativas teóricas y prácticas; la filosofía, entendida como una reflexión sobre la conducta teórica, le llamaríamos “Ciencia” y, por tanto, la “Filosofía” es teoría del conocimiento científico o teoría de la ciencia. Aplicando estos preceptos a la enfermería, equivaldría a profundizar en el fundamento humanista sobre el cuidado, lo que debería ser suficiente para darle el valor que sigue sin otorgársele en contraposición al valor absoluto que se le da a la curación, que nos lleva a que, por ejemplo, un proceso natural como la muerte, se identifique como fracaso y contribuya a que continúe siendo un tabú o un estigma social y profesional que impide, incluso, ayudar a alcanzarla en momentos determinados.
Como enfermera comunitaria que soy, señor ministro, siempre que se produce un relevo al frente del Ministerio que está a punto de ocupar, me surge el mismo sentimiento de emoción e ilusión pensando que pueda tratarse del/la responsable que finalmente tenga la valentía, la determinación o el compromiso de tomar decisiones políticas que reviertan una situación que no beneficia ni a profesionales, ni a las organizaciones, ni, por supuesto, a las personas, familias y comunidad, a las que realmente debemos nuestros esfuerzos coordinados por promocionar, mantener o restablecer su salud. Lamentablemente, esa/e responsable no he tenido ocasión de conocerle, aunque su antecesora y el equipo que le ha acompañado, en justicia, hay que reconocer que estaban cerca de conseguirlo. Pero también, le voy a ser sincero, el tedio de tener que volver a explicar desde el principio, qué, cuánto, dónde, cómo… hacemos y queremos hacer para contribuir a la salud comunitaria.
Su llegada ofrece un nuevo paréntesis de oportunidad que espero no se pierda, logrando que la filosofía, la política y la salud hagan del Ministerio de Sanidad un nuevo lugar en el que todas las partes, con usted como “maestro/ministro”, puedan/podamos reflexionar, analizar, debatir… como se hizo en la escuela peripatética fundada por Aristóteles.
En lugar de seguir en las permanentes disputas en las que importa más “lo mío” que lo del conjunto, que hacen que se camine en “líneas paralelas”, donde, una de ellas, corresponde a la ciencia y su filosofía y la otra a la praxis enfocada a la recuperación de la salud a través de la curación, debemos esforzarnos por lograr que este avance se realice en líneas convergentes. Recordemos que en la cultura griega la diosa Némesis castigaba la desmesura para proteger el equilibrio universal; por consiguiente, evitemos la venganza de Némesis ante la negligencia por no aceptar la felicidad en la enfermedad, la infelicidad en la salud y la necesidad de los cuidados y quienes los prestan en el año que la OMS y la ONU han elegido como de las enfermeras y matronas[3].
Bienvenido señor Illa. Espero que, finalmente, podamos celebrar que alguien asume el reto de la salud desde la sanidad del ministerio y la filosofía de su buen hacer político.
[1] Clifton Meador, MD. La última persona sana. N Engl J Med 1994; 330: 440-441 DOI: 10.1056 / NEJM199402103300618
[2] Médico ecuatoriano y reconocido filósofo de la Medicina Social
[3] Enf Neurol (Mex) Rey Arturo Salcedo Álvarez, et al. Vol. 12, No. 2: 98-101, 2013 Enfermería Neurológica 101 www.medigraphic.org.mx
Estrenamos un nuevo espacio en el Blog, Canal You Tube, destinado a compartir vídeos de interés sobre enfermeras comunitarias.
Básicamente se subirán vídeos de estudiantes de 4º de Enfermería de la Universidad de Alicante que han realizado vídeos en la asignatura de Intervención Comunitaria que imparto, en los que abordan diferentes temas relacionados con las enfermeras comunitarias.
Para iniciar esta sección presentamos el vídeo «La enfermera comunitaria puede ir más allá…» https://youtu.be/liXfifUOerk
A todas las enfermeras que aún creen en los Reyes Magos y a quienes siguen creyendo en las enfermeras.
A lo largo de mi vida he creído y descreído sobre bastantes cosas, situaciones, personas o entes. Sin embargo, tan solo unas pocas han permanecido inalterables, cuando no, han ido en aumento. Y de esas pocas, no más de las que se puedan contar con los dedos de las manos, quisiera destacar dos. Los Reyes Magos y la Enfermería.
Si, efectivamente hablo de los Reyes Magos de Oriente. Aunque parezca paradójico que pueda seguir creyendo en algo, más bien en alguien, que está fundamentado en una mentira. Mentira que se mantiene durante la infancia y a la que, la mayoría de los niños, se resisten a creer que lo sea, pero que, una vez asumida, perdura la ilusión, en tan enigmáticos personajes, más allá de su origen bíblico, lo que les hace ser admirados y queridos por creyentes, escépticos, incrédulos, agnósticos o incluso ateos y todo ello, a pesar de la injerencia de Papa Noel, que compite con ellos adelantando su llegada en las fechas navideñas.
Esta creencia que ha evolucionado conmigo y que la he vivido de muy diferentes maneras se ha visto acompañada de otra más tardía pero aún más potente y creciente como es la de la Enfermería.
Con la Enfermería, de alguna manera, me pasó como con los Reyes Magos. Inicialmente creí en algo que se vino en denominar ATS, hasta que alguien me abrió los ojos y me ayudó a ver que era una mentira que trataba de esconder algo como la Enfermería. Y fue entonces, cuando descubrí lo que era ser enfermera, cuando me aferré a la creencia de lo que era y significaba la Enfermería en mi vida. A diferencia de los Reyes Magos, que esperamos una vez al año, la Enfermería permanece permanentemente conmigo como parte de mi vida, con idéntica ilusión a la que despiertan los Reyes.
Es más, cada vez estoy más convencido de que existe cierta analogía entre los tres Reyes Magos y la Enfermería.
Trataré de explicarme. Como ya decía la llegada de los monarcas orientales genera una gran ilusión en niños y no tan niños, más allá de los regalos que traigan. Se trata de algo que trasciende al mero efecto de ser obsequiado, siendo tan misterioso y enigmático como claro y manifiesto.
Con la Enfermería sucede algo similar. Más allá de ser la profesión que se ejerce como forma de obtener un sueldo, su ejercicio supera lo meramente laboral para situarse en el ámbito del sentimiento y de la vivencia vital a través de la creencia en lo que se es, enfermera.
Previa a la llegada de los Reyes, nos apresuramos a solicitar todo aquello que deseamos o nos hace ilusión tener, con la esperanza de que los magos sean capaces de satisfacerlo plenamente.
Las enfermeras, por su parte, reciben constantemente mensajes en los que se les solicita den respuesta adecuada, puntual y de la máxima calidad, sin que ello signifique que ellas reciban lo que sería mínimamente deseable para cumplirlo, a pesar de lo cual no suelen defraudar.
Los Reyes de Oriente, están en todas partes y son capaces de satisfacer las necesidades de todos cuantos en ellos creen. No defraudan nunca y siempre llegan a pesar de que existe una gran desproporción ante la demanda que tienen, lo que nunca supone impedimento para lograr responder como de ellos se espera.
A las enfermeras, les pasa algo similar. Están preparadas para estar en cualquier servicio, unidad, ámbito o situación en los que se les reclame o sitúe. Y en todos ellos prestan cuidados de calidad a las personas, familias y comunidad a las que atienden, aunque en muchas ocasiones, casi siempre, sean muchas más de las que debieran corresponderles, a pesar de lo cual, siempre logran responder a sus expectativas.
Son tantos los regalos que deben repartir los Reyes y en lugares tan lejanos y distantes entre sí, que pudiese parecer que disponen de grandes recursos para llevarlo a cabo con la eficacia y eficiencia que lo hacen año tras año, cuando, en realidad, disponen de tres viejos camellos y, eso sí, su magia, de ahí el apelativo de Reyes Magos.
Las enfermeras no reciben el apelativo de magas, aunque ciertamente en muchas ocasiones debieran recibirlo. Son capaces de responder a todas las exigencias con la máxima eficacia y eficiencia a pesar de contar con recursos escasos y, en ocasiones, inexistentes, lo que les obliga a agudizar su ingenio e innovación, con tal de poder responder a las demandas que identifican.
Los Reyes Magos, no discriminan entre pobres o ricos, ni entre razas, creencias o sexos, para ellos todas/os tienen idéntico derecho a ver cumplidos sus sueños, siempre adecuados a sus situaciones concretas.
Para las enfermeras, la equidad, igualdad, solidaridad, desarrollo humano, progreso… no son opciones sino obligaciones, para poder dar respuestas y que todas las personas puedan recibir los cuidados que precisan para lograr su máxima autonomía.
Los Reyes no se quedan en sus palacios esperando a que vayan a visitarlos. Ellos van allá donde las personas residen, viven, juegan, trabajan… para entregarles lo que más desean.
Las enfermeras comunitarias, por su parte, no se recluyen en los centros de salud, sino que van a los domicilios familiares, las escuelas, la comunidad, para trabajar con las personas y participar conjuntamente en alcanzar los mejores niveles de salud.
Los Reyes dicen que son los padres, pero la verdad es que, estos, tan solo son personas con las que participan, convirtiéndose en verdaderos agentes de felicidad e ilusión, que facilitan la gran labor que realizan los Reyes, logrando que todas las personas sigan creyendo, confiando en ellos y queriéndolos.
Las enfermeras trabajan con los agentes de salud comunitarios para lograr, a través de su participación activa, que la salud sea un objetivo prioritario de la comunidad y la toma de decisiones compartida, un objetivo a alcanzar, lo que facilita que sean reconocidas y respetadas.
Los tres magos huyen de los regalos estándar. Por eso leen detenidamente las peticiones y demandas de todas/os quienes, año tras año, les escriben sus cartas, solicitando lo que más desean en cada momento, tratando de responder a cada una/o de ellas/os según sus necesidades.
Para las enfermeras lo importante no es la enfermedad, sino cómo afronta cada persona sus problemas o experiencias de salud, consensuando con ellas las mejores respuestas de manera individualizada, integral, integrada e integradora.
Las familias son fundamentales para los Reyes Magos ya que es en el seno de las mismas donde ellos actúan y con quienes participan activamente en dar felicidad a todos sus miembros.
La intervención familiar es, del mismo modo, importantísima para la prestación de cuidados enfermeros, ya que es la familia el principal recurso de salud de las personas que la componen y la red de apoyo fundamental para su promoción, mantenimiento y recuperación.
A los Reyes Magos les resultaría imposible llevar a cabo su misión anual sino pudiesen contar con los múltiples recursos que existen en cada uno de los lugares donde viajan para adquirir y repartir los regalos solicitados.
Los recursos comunitarios, su uso racional y vertebración, es una de las principales competencias de las enfermeras comunitarias a la hora de articular las respuestas a las demandas y necesidades de las personas y sus familias.
Esta analogía entre los Reyes Magos y las enfermeras hace que creencias, inicialmente, tan distintas y distantes confluyan en una semejanza que me hace reflexionar muy seriamente sobre si los Reyes Magos no serán realmente enfermeras que decidieron que la mejor manera de que muchas personas se sintieran sanas fuese el de hacerse pasar por sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. O, a lo mejor, lo que realmente sucede es que las enfermeras hacen de Reyes Magos todo el año, dejando que estos sean protagonistas cada 6 de enero.
Sea como fuese, lo que tengo claro es que mi pasión tanto por los Reyes Magos como por la Enfermería se mantiene viva, latente y presente en cada momento de mi vida y que ambas creencias me permiten seguir creyendo en que la ilusión por lograr aquello en lo que creo y deseo, no tan solo es eso, una ilusión, sino una realidad que se hace patente día a día gracias a las enfermeras y, al menos una vez al año, gracias a los Reyes Magos.
Estando próxima la fecha del 6 de enero, no me queda otra que seguir escribiendo mi particular carta a los Reyes Magos, en la que, como enfermera, les voy a pedir que las enfermeras seamos visibles, como en su momento lo fue para ellos la estrella que les guió, para que así, todas/os aquellas/os que tienen la responsabilidad de tomar decisiones, lo hagan teniendo en cuenta la aportación diferenciada, necesaria e insustituible de las enfermeras en la sociedad.
Estoy convencido que mis peticiones serán tenidas en cuenta por los tres Reyes, aunque reconozco que no depende tan solo de ellos que esto sea posible y por ello también les pido que, a ser posible, regalen cordura, coherencia, y sentido común, como si de oro, incienso y mirra se tratase. Aunque no sé si quienes tienen que ser receptores de tan preciados presentes serán capaces de valorar, en su justa medida, el valor de los mismos. A veces el problema no es el regalo que se hace sino quien lo recibe. Y para esto no hay ni Reyes Magos ni enfermeras que puedan solucionarlo. Se trata de capacidad y actitud, que tanto escasean y tan pocos solicitan, ni están dispuestos a recibir.
Por lo que pueda pasar, seguiré creyendo en las enfermeras que es un valor seguro y en mis Tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar.
A pocos días del final de un nuevo año, siempre toca hacer un balance de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y hubiésemos deseado que fuese, de lo que siendo no hemos sabido o no hemos querido aprovechar, de lo que hemos aprovechado y lo que hemos dejado pasar… en definitiva de un sinfín de recuerdos, anhelos, reproches, pesares, lamentos… que no sé muy bien si sirven para algo más que seguir en la parálisis que muchas veces generan estas reflexiones a “toro pasado” sin un análisis riguroso que permita identificar las causas de todo aquello por lo que nos sumimos en un permanente pesar al percibir la finalización del año.
Y sin posibilidad de duelo por el año perdido y tras una apresurada ingesta de uvas, al ritmo de las campanadas de cualquier reloj, aunque la tradición marque que las de la Puerta del Sol son las auténticas, nos apresuramos a brindar con cava y con rituales de lo más variado, por el Nuevo Año, con la alegría del momento, esperando que el mismo sea capaz de borrar todos los malos momentos y mejorar los buenos del año al que hemos despedido, sumándolo a nuestro particular ciclo vital.
Esta realidad con mayor o menor alegría, con alivio o con pesar, con esperanza o pesimismo, es lo que todos los años repetimos tanto a nivel individual como colectivo. Nos apresuramos a mandar miles de mensajes de prosperidad, buenos deseos, paz, trabajo, salud… con la alegría de la fecha, pero sin la necesaria reflexión que merecería tan impulsiva acción.
No voy a entrar en las razones que a cada cual le puede mover seguir una tradición que tiene una temporalidad tan corta como la que marca la fecha de su celebración y que se desvanece con su finalización, no sin antes estar amenizados por el concierto celebrado en Viena previo a una nueva y excesiva comida para dar la bienvenida al Nuevo Año. Todo tan previsible como la rutina que precederá a la fiesta marcada en el calendario.
Pero colectivamente, como enfermeras comunitarias, sí que me voy a permitir reflexionar sobre lo que significa esta sistemática celebración de la muerte y la vida, a través del final de un año y el principio del siguiente.
Sería pretencioso por mi parte el tratar de enumerar todo aquello por lo que podríamos o deberíamos sentirnos orgullosas y dichosas las enfermeras comunitarias y todas aquellas por las que contrariamente debiéramos estar pesarosas. Pero cuanto menos sí que creo estar en condiciones de poder enumerar algunas cuestiones que considero han sido o siguen siendo importantes en nuestro particular desarrollo profesional.
Sé que puede resultar manido insistir en la parálisis de nuestra especialidad, pero no por ello deja de ser necesario hacerlo. El aumento evidente de plazas de formación convocadas no coincide en absoluto al de plazas específicas de especialistas en las organizaciones de nuestros 17 servicios de salud. A ello hay que añadir el permanente incumplimiento en la celebración de la prueba de acceso extraordinario para las enfermeras comunitarias que así lo solicitaron y que ven como año tras año tienen que seguir aguardando a que alguien tenga la voluntad y la decencia política de tomar la decisión que acabe con este ciclo de incertidumbre y desidia que, además, es utilizado sistemáticamente, como “caramelo”, por parte de los responsables del Ministerio, para engañar a las enfermeras. Enfermeras que, por otra parte, nos dejamos engañar ante la oferta de tan deseado “caramelo” sin que seamos capaces de reaccionar de una vez por todas exigiendo algo que nos corresponde por ley y que, en ningún caso, puede identificarse o plantearse como una concesión tal como en muchas ocasiones pretenden quienes no saben o no quieren, o mejor ni saben ni quieren, aquellos a quienes les corresponde tomar la decisión última.
Este año que acaba nos ha dejado un sabor agridulce. Por una parte, se avanzó en el desbloqueo de los expedientes que quedaban por evaluar para poder convocar la prueba, gracias a la apuesta firme, decidida y concreta de las Sociedades Científicas de Enfermería Comunitaria (AEC y FAECAP), lo que condujo a un anuncio oficial por parte de la Ministra de Sanidad y de los altos cargos del Ministerio, de realización de la prueba en ese mismo año. Las Sociedades Científicas cumplieron con su compromiso y participaron cuando se les requirió para evaluar expedientes, pero finalmente, una vez más, se incumplió el compromiso y se difirió al primer trimestre del aún por estrenar Nuevo Año. Una nueva promesa incumplida y otra que se incorpora con pocas esperanzas de que se cumpla, dados los antecedentes vividos.
Si difícil resulta que un Ministerio, como el de Sanidad, tome la iniciativa y decida al respecto, que se tenga que poner de acuerdo con otro Ministerio, como el de Educación, ya es rizar el rizo y servir como excusa perfecta ante los ataques entre uno y el otro sobre quien tiene la culpa de que no se concrete la realización de la prueba y que incluso se plantee de forma velada un aprobado general para todas las solicitudes con tal de no realizar la prueba. Para lo cual supondría tener que modificar la norma reguladora de la misma, un gravísimo agravio comparativo con otras especialidades que han pasado por la citada prueba y una clara y evidente desvalorización de la especialidad, que, desde mi punto de vista, no debemos consentir las enfermeras comunitarias.
En medio de este despropósito aparece el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que, como ya he comentado en más de una ocasión, considero que es una oportunidad no tan solo para el necesitado cambio de paradigma que sustituya al que se fue instalando de manera progresiva desplazando el espíritu y la esencia del que se vino en conocer como Nuevo Modelo de Atención, hasta desvalorizarlo y dejarlo en una clara caricatura de lo que se planteó inicialmente, sino también para que las enfermeras comunitarias tomemos el relevo del necesario liderazgo en tan importante cambio.
Y es en este punto en el que se inicia el Nuevo Año. Pero sería un error, desde mi punto de vista, pensar que el simple estreno de año pueda suponer un cambio, mejora o prosperidad en muchos de los logros que las enfermeras comunitarias tenemos pendientes desde hace tanto tiempo. Ni el final de un año ni el principio de otro significan absolutamente nada. Los años, como cualquier otro periodo de tiempo, tan solo enmarcan aquellos logros que, en este caso, las enfermeras comunitarias logremos a través de nuestro trabajo, esfuerzo, motivación e implicación. Nada nos vendrá dado, ni nada será causa de la suerte, que es tan solo una excusa para la inacción y el inmovilismo conformista.
Las enfermeras comunitarias, en un año en el que se celebra la campaña denominada Nursing Now, debemos aprovechar la inercia de la misma para trabajar por lograr una Atención Primaria y Comunitaria que sea realmente participativa, equitativa, intersectorial, integral, integrada, integradora, promotora de salud, salutogénica… a través del desarrollo real del Marco Estratégico, en el que debemos situarnos de manera clara y decidida como líderes de las estrategias para lograrlo, sin que ello signifique, en ningún caso, renunciar al necesario trabajo en equipo transdisciplinar con otros profesionales. Para que esto sea una realidad es preciso que las enfermeras comunitarias desarrollemos con la dignidad que merecemos nuestras competencias. Pero, para ello resulta imprescindible que el número de enfermeras comunitarias alcance las ratios que los organismos internacionales vienen recomendando desde hace mucho tiempo, para que salgamos del furgón de cola de los países de la OCDE en este sentido. Y finalmente se tiene que entender que la Atención Primaria, como ámbito de atención y de trabajo, no puede ni debe permitirse que siga siendo considerado ni identificado como un contexto de “retiro” o “descanso”, sino con la especificidad y complejidad que tan solo las enfermeras comunitarias expertas o especializadas pueden ofrecer para prestar la atención que merecen las personas, las familias y la comunidad
Ningún Marco Estratégico será capaz de cambiar nada en la Atención Primaria sin la participación real de las enfermeras comunitarias. Pensar lo contrario, o lo que es peor, engañar en este sentido a las enfermeras comunitarias con falsas promesas o halagos interesados, tan solo contribuirá a que el citado Marco quede a expensas de manidos intereses corporativistas que no tan solo no lograrán el cambio planteado, sino que supondrán una nuevo y dramático fracaso.
No se trata de que las enfermeras comunitarias seamos salvadoras de nada, sino tan solo que somos las profesionales que, en base a su paradigma, pueden y deben propiciar el cambio de la Atención Primaria. Quienes tienen la capacidad de tomar decisiones políticas deben ser capaces de ver esta realidad y aprovechar el impulso internacional que les ofrece la campaña de Nursing Now para propiciar que las enfermeras asuman este liderazgo, más allá de cualquier otro interés o presión que se genere. No hacerlo les situará de nuevo en la evidencia de asumir como propios lo que no dejan de ser intereses de unos cuantos.
Así pues, ni el Año que termina se lleva consigo los males, ni el que se inicia viene, per se, cargado de bonanza y buenas intenciones.
Del año que finaliza debemos ser capaces de aprender todo aquello que no hemos logrado o que no nos ha sido propicio. Del Año que se inicia, tan solo debemos esperar que nos dé la oportunidad de avanzar con determinación en el liderazgo necesario. En ambos casos depende básicamente de nosotras, como enfermeras comunitarias, el que logremos alcanzar dicho liderazgo. Si tan solo nos quedamos en la contemplación de lo que debe de venir, ni Nursing Now, ni nada será capaz de vencer la poderosa inercia que sigue influyendo en la toma de decisiones en salud.
Yo quiero y necesito seguir creyendo en las enfermeras comunitarias y en su fuerza de cambio. Por eso quiero trasladar mis mejores deseos para este Nuevo Año, porque sé que los mismos dependen de nosotras, que es la única manera que tendremos de lograr que sean una realidad.