ANTAGONISMOS Y DICOTOMÍAS. METÁFORAS INTERPRETATIVAS

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Sano o enfermo, salud o enfermedad, cuidar o curar, sanidad o salud, enfermera o médico… son tan solo algunos ejemplos muy frecuentes de antagonismos en el ámbito de la sanidad… o de la salud? Este es el dilema sobre en que en múltiples ocasiones se construye la realidad que vivimos, o mejor dicho, la realidad que alguna de las partes antagónicas quieren construir y que nos llevan a establecer criterios, ideas, opiniones, análisis dicotómicos en los que se establece una oposición entre los conceptos que realmente no existe o no debería existir. Y no debería hacerlo porque dichos conceptos, lejos de ser dicotómicos son complementarios, aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario por acción u omisión.

Lo que sucede es que, como suele suceder siempre, la utilización de las palabras, y lo que de las mismas trasciende, no es inocente, ni involuntaria, ni, mucho menos, casual. Como decía Von Schiller «Las palabras son siempre más audaces que los hechos», pero también es cierto que la palabra es mitad de quien la pronuncia y/o escribe, mitad de quien la lee y/o escucha, es decir que están sujetas a interpretación y, por lo tanto, nada de lo que se diga, por audaz que pudiese ser, tendrá valor sino es compartido, analizado y traducido en hechos que sean capaces de modificar unos contextos, los de la salud o la sanidad, en los que aún tenemos, podemos y debemos decir muchas cosas.

El problema, en muchas ocasiones, viene determinado por el sentimiento de propiedad que, sobre lo que las palabras encierran de significado, tienen determinados actores que participan en los citados contextos. Actores que se han venido atribuyendo un protagonismo que finalmente les ha sido reconocido, más por efecto de la insistencia y la puesta en escena que por los méritos de sus actuaciones. En cualquier caso, como suele suceder siempre, hay actores y actores. Los hay que se dedican a hacer bien sus papeles con la naturalidad y la competencia que de ellos se espera y los hay que sobreactúan e incluso resultan histriónicos en un intento por sobresalir y eclipsar cualquier posible “rival” al entender que así tendrán más relevancia y reconocimiento al constituirse como estrellas o divos. Por otra parte están quienes contribuyen a que dichas interpretaciones, no tan solo se produzcan, sino que las alientan, protegen, promocionan… desde sus puestos de dirección o de producción. Por otra parte están los actores y actrices secundarias, que lo son no tanto por el papel que desempeñan, sino por el valor subsidiario que los anteriores les otorgan en un claro, y no siempre ético e incluso lícito, comportamiento de discriminación que no de separación de los papeles y lo que los mismos aportan al resultado final del guión interpretado.

Finalmente están los espectadores. La razón principal de tales actuaciones, sin las que nada tendría sentido, pero que juegan un papel absolutamente residual en el desarrollo de la acción, que tan solo son capaces de visionar y, en todo caso, opinar sin que la citada opinión sea tenida en consideración, más allá del éxito que su asistencia pueda tener en taquilla. Lo que sucede es que cuando los actores siempre son los mismos, hagan lo que hagan y como lo hagan, por razones que van más allá de la objetividad y se instalan en el culto a la fama adquirida, los espectadores acaban por alienarse en una especie de adoración que trasciende al respeto y se instala en la idolatría inconsciente, que alimenta los egos y propicia que se perpetúen las actuaciones de este tipo.

Pero esos contextos que en el cine o el teatro son meros escenarios que se acoplan a una realidad que se modela o adapta al gusto del guión escrito o elegido, En la realidad que nos ocupa, sin embargo, son contextos que no podemos, ni debemos manipular, por tratarse de contextos vitales en los que se desarrollan vivencias, experiencias, emociones, sentimientos, afrontamientos… que forman parte de los supuestos espectadores, denominados pacientes, y en los que los actores deben interactuar y no tan solo actuar.

No puede existir sanidad sin salud, lo mismo que no puede haber salud sin sanidad. Ni cura sin cuidado o cuidado sin cura. Enfermeras sin médicos o médicos sin enfermeras. Nada, ni nadie es único, exclusivo, imprescindible lo mismo que nada ni nadie es secundario, subsidiario o dependiente. No existe, aunque haya quien se empeñe en hacer creer lo contrario, nada absoluto en un extremo u otro y por lo tanto no son reales las dicotomías aunque se quieran establecer en base a conceptos o ideas antagónicos. Nada es blanco o negro solamente, dado que existe una enorme, variada y compleja gama de grises que configuran una realidad repleta de luces y sombras. Realidad en la que lejos de la incompatibilidad lo que se requiere es la complementariedad. En la que se abandone la individualidad disciplinar en el trabajo en favor de la transdisciplinariedad. En la que la salud no sea exclusiva de la sanidad sino que forme parte de la intersectorialidad. En la que no se permitan espectadores pasivos, sujetos a las decisiones de una minoría, los profesionales. En la que las órdenes dejen paso a la participación y el consenso. En la que no haya pacientes buenos o malos en base a que acepten o no lo que se les dicta. En la que no haya profesionales de mayor o menor nivel sino diferentes perspectivas, competencias, abordajes para un mismo problema de salud, que se complementen y no se ordenen jerárquicamente. En la que la planificación deje de ser antagonista de la organización de la atención y de los recursos necesarios para ella. En la que el hospital o el centro de salud sean tan solo un recurso más de la comunidad y no los únicos a tener en cuenta. En la que la familia y la comunidad sean identificadas como recursos de salud y no tan solo como objeto de asistencia. En la que la salud se identifique como un objetivo común entre todos los implicados para hacer frente a la enfermedad, pero, sobre todo, para vivir la salud de manera autónoma, solidaria y gozosa…

Aprendamos, esforcémonos, luchemos, de manera colectiva por lograr que las dicotomías sean tan solo un ejercicio literario más. Que no se incorporen como parte de nuestra realidad contribuyendo, de esta manera, al enfrentamiento, la oposición y la dualidad en un ámbito, el de la salud y la sanidad, que precisan del equilibrio, el esfuerzo, la solidaridad, la comprensión, la diversidad, la equidad, la igualdad… alejados de falsos protagonismos, luchas de poder, egocentrismos, inmovilismo, rechazo, confusión… que provoquen estar más pendiente de la construcción corporativista que de la corporación constructivista de una nueva, colectiva y plural realidad.

Y si alguna vez logramos generar estos escenarios, entonces nos daremos cuenta de la importancia de la interpretación coral en la que nada es posible sin la participación colectiva de todos los actores, directores, productores y guionistas, llámense estos enfermeras, matronas, fisioterapeutas, médicos, pediatras, profesores, abogados, ingenieros, nutricionistas, fontaneros, mecánicos, escolares, estudiantes, gerentes, gestores o políticos. Entonces podremos empezar a entender la importancia de la palabra SALUD, más allá de la utilización interesada que de la misma se quiera hacer por parte de unos u otros situándola como elemento de antagonismo o dicotomía.

Que nadie intente enmascarar la realidad con palabras vacías de contenido, de voluntad y de compromiso. Que las palabras adquieran antes su justa y real dimensión y no queden circunscritas a un eslogan interesado, partidista y partidario de débil consistencia y nula capacidad de acción que favorezcan, como casi siempre, escenarios dicotómicos en los que se cambian las palabras que los intentan definir pero no la realidad que deberían ser capaces de modificar.

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