DE MAYOR QUIERO SER ENFERMERA.

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A veces pienso que las enfermeras no somos conscientes de la importancia, el valor y el prestigio de nuestras aportaciones como profesionales de la salud de primer nivel. Y digo que no somos conscientes porque realmente nos cuesta mucho generar un discurso positivo y de autoestima que refuerce y fortalezca nuestra profesión y disciplina.

Es habitual oír, sin embargo, el discurso lastimero de nuestras carencias (http://efyc.jrmartinezriera.com/2018/07/29/calimero-y-el-cainismo/) como argumento casi exclusivo del mismo.

No seré yo quien niegue que existen factores externos que influyen de manera negativa en nuestro progreso científico-técnico, profesional y de reconocimiento social, pero me planteo si los mismos no los estaremos alimentando nosotros mismos con esa permanente y estéril postura victimista. Cada vez tengo más claro que para avanzar hay que dejar de llorar y ponerse seriamente a construir nuestro presente y nuestro futuro sin desdeñar ni renegar de nuestro pasado que, como todos los pasados, tienen cosas buenas y malas, pero que sin duda es el que nos ha colocado donde actualmente estamos, no lo olvidemos. Pero tampoco caigamos en el error de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque es una falacia que paraliza y no permite avanzar.

Así pues, nuestra realidad es la que es, asumámosla y sintámonos orgullosos de la misma sin que ello signifique, ni mucho menos, que ya está todo logrado. Pero asumirla significa también ser críticos para tratar de mejorar lo logrado y, sobre todo, para sacarnos del letargo de complacencia, persecución, acoso y manía en el que estamos instalados y que nos aboca a un permanente llanto lastimero que lejos de lograr algo positivo nos sume en el pozo de la indiferencia propia y ajena.

Las profesiones/disciplinas, tienen diferentes fases de desarrollo hasta alcanzar su madurez que es cuando empiezan las fases de evolución a través de los cambios de paradigma (o ciencia revolucionaria) que, según Thomas Kuhn en su influyente libro “La estructura de las revoluciones científicas (1962)”, suponen un cambio en los supuestos básicos, o paradigmas, dentro de la teoría dominante de la ciencia. Enfermería no es ajena, por lo tanto, a dicha evolución como ciencia que es. Otra cosa es que Enfermería y quien la conforma, es decir las enfermeras, seamos conscientes de que somos ciencia y científicas respectivamente y que, por lo tanto, debemos empezar a plantearnos una revolución que pasa, en primer lugar, por la identificación clara de que aquello que hacemos, nos identifica y nos visibiliza y de cuál es su verdadera aportación científica a la salud de las personas, las familias y la comunidad a las que atendemos.

Y este es, a mi modesto entender, el verdadero problema que tenemos las enfermeras, que no es otro que nuestra falta de madurez profesional y científica. Hay quienes se apresurarán a rebatir mi posicionamiento con el argumento, válido en cierta medida, pero no concluyente ni exclusivo, de que hemos avanzado mucho en los últimos 40 años, desde que nos incorporamos con pleno derecho a la Universidad. Nada que objetar a tan plausible como evidente planteamiento, pero evitando que su validez nos deslumbre e impida ver que a donde hemos llegado es un paso más tan solo en nuestra evolución. Hemos pasado la fase de pubertad disciplinar, profesional y científica que se ha manifestado por cambios evidentes y progresivos en cuanto a nuestros planes de estudio, nuestro acceso al máximo desarrollo disciplinar (doctorado), nuestro posicionamiento profesional… que han estado marcados, nos guste más o menos, por aspectos de influencia de otras disciplinas, nuestra “alimentación” científica o la carga “genética”, que nos han marcado de manera muy significativa y que, en muchas ocasiones, hemos sido y seguimos siendo esclavos de los mismos.

Superada con evidente éxito esa pubertad con cambios que ya marcan la tendencia, aunque sea de momento tan solo en los aspectos más externos o visibles, hacía la madurez, actualmente estamos instalados en la adolescencia que se caracteriza por cambios en muy poco tiempo, de carácter menos visibles que los de la pubertad pero que están íntimamente ligados al crecimiento social, profesional, científico e incluso emocional que surge en la Enfermería.

Es cierto que, desde el punto de vista psicológico y social, seguimos madurando de manera continua, mejoramos nuestro conocimiento personal y vamos delimitando nuestros deseos y necesidades individuales como ciencia/disciplina/profesión. En este periodo de cambios, psicológicos, intelectuales y sociales nos situamos ante una nueva forma de vivenciarnos a nosotros mismos y al entorno que nos rodea.

Tenemos una mayor curiosidad por conocer el mundo que nos rodea a través de una nueva forma de pensamiento, que nos permite formular hipótesis, razonar acerca de ellas y extraer nuestras propias conclusiones. Diferenciamos lo real de lo posible, ponemos en tela de juicio todo aquello que hasta ahora era inamovible. Tenemos opiniones propias y críticas sobre casi todo Orientamos determinadas ideas y valores comprometiéndonos en algún modo con ellos. Nos importa pertenecer a un grupo y compartir y debatir ideas, en base a una serie de normas y nuevos valores.

Sin embargo, todo ello no dará paso a la madurez hasta que no seamos reconocidos y admitidos como adultos en nuestra comunidad científico/profesional y, lo que ahora mismo es más importante, hasta que nosotros mismos, como enfermeras, no seamos capaces de reafirmarnos y aceptarnos como lo que somos con plena conciencia y orgullo de serlo, es decir, enfermeras. Mientras sigamos situados en un permanente conflicto de identidad propia y de reconocimiento real de que aquello que hacemos es realmente importante y trascendente, continuaremos anclados en una adolescencia tan rebelde como dolorosa para nosotros mismos y para quienes nos rodean, sean otros profesionales o la población a la que atendemos.

Y prueba evidente de esta adolescencia en la que nos encontramos las enfermeras es, por ejemplo, la incapacidad, resistencia o desvalorización que hacia las sociedades científicas tenemos. Una ciencia/profesión/disciplina alcanza madurez, en gran medida, cuando las sociedades científicas se sitúan como eje vertebrador, núcleo y dinamizadoras de su evolución y no como sucede actualmente que son identificadas, en el mejor de los casos, como grupos organizados que no se sabe, ni se tiene interés en saber lo que aportan, ni el valor que supone pertenecer a los mismos, por considerarlos un gasto, una pérdida de tiempo o una frivolidad. Por su parte las sociedades científicas enfermeras también tienen “que hacérselo mirar” para tratar de llegar de manera más directa, sugerente, motivadora e influyente a las enfermeras, abandonando posicionamientos de rigidez, exclusión y consideración de “clubs privados” de ciencia e intelecto sin que hagan aportaciones reales al crecimiento científico de la enfermería, y definiendo claramente su espacio propio alejado de otras organizaciones como las colegiales o las sindicales.

No hagamos de esto un drama. Es una fase que debemos pasar y superar sin traumas innecesarios y sin prisas que tan solo nos hará tener sensación de fracaso. Pero sí que resulta imprescindible identificar claramente que estamos en esa fase de adolescencia que genera mucha rebeldía y poco avance real. Hagamos un análisis introspectivo de nuestra realidad y sintámonos, antes de nada, satisfechos con nuestra realidad profesional, científica y disciplinar, para posteriormente canalizar nuestra energía a través de nuestros propios recursos y canales de desarrollo, como las sociedades científicas, que nos permitan generar las evidencias científicas de nuestras aportaciones autónomas, para lograr ser visibles, reconocibles y reconocidos por la sociedad científica y la sociedad civil. Por su parte las sociedades científicas deben configurarse y ofrecerse como plataformas de desarrollo y crecimiento, foros de confluencia y reconocimiento, redes para divulgar y compartir conocimiento, referencia científica y social en sus ámbitos de actuación, y en definitiva como núcleos de interés para las enfermeras y de desarrollo para la enfermería. Se trata pues de un esfuerzo y de un beneficio compartido ya que nada serán las sociedades científicas sin la confluencia generalizada de las enfermeras, ni las enfermeras sin la existencia y consistencia de sociedades científicas que permitan abandonar la adolescencia y situarnos en la madurez real desde la que avanzar. Tan solo cuando seamos capaces de lograrlo podremos iniciar el proceso de revolución científica que nos haga modificar los supuestos básicos o paradigmas en los que actualmente estamos instalados y que suponen un lastre para nuestra evolución.

Y es que de mayor quiero ser ENFERMERA.

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