MASCULINIDAD ENFERMERA. LA IMPORTANCIA DE LA DIVERSIDAD

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Nadie, salvo quien quiera obviar la realidad, puede negar la feminidad de la enfermería como profesión/disciplina. Es decir, podemos decir, yo así lo sostengo desde hace mucho tiempo que Enfermería es femenina, lo mismo que sostengo que la Medicina es masculina.

Esta aseveración considero, sin embargo, que no viene determinada tanto por el mayor o menor número de los miembros de uno u otro sexo que componen a las citadas profesiones sino a las construcciones sociales que de masculinidad o feminidad se realizan y que se interiorizan y naturalizan de tal manera que acaban por generar unos ideales de lo que deben de ser. De tal manera que se identifica a la enfermería como femenina y con las características femeninas propias de una sociedad patriarcal. Mientras que, de manera antagónica, se identifica a la medicina como masculina.

La influencia del medio que nos rodea, ya sea la iglesia, la política, la familia, la escuela y los medios de comunicación, entre otros, ha inculcado diversas ideas que estereotipan la diferenciación de los sexos. Por tanto, han designado roles en los cuales se subestima el género y se otorga un trato desigual con respecto a la masculinidad y a la feminidad que determina, en gran medida, la elección de lo que quieren ser y cómo ejercerlo, lo que finalmente acaba por estereotipar también las propias profesiones/disciplinas desde esa perspectiva de masculinidad/feminidad mal entendida y peor asumida por las partes.

Esta dicotomía conduce a posicionamientos que, tanto desde la masculinidad como de la feminidad, contribuyen a perpetuar los tópicos y estereotipos de ambas profesiones. Pero la citada dicotomía tiene una especial significación en la masculinidad por cuanto su principal característica es posicionarse en contra a lo femenino reprimiendo cualquier provocación que se haga a la masculinidad.

Teniendo en cuenta que la masculinidad se construye a través de los procesos de socialización, podemos entender como el resultado es la generación de una diversidad de masculinidades que van a estar influenciadas por la profesión que se elija estudiar y ejercer, el lugar de trabajo o el puesto que se desempeñe en el mismo.

Esto daría respuesta a lo que sucede habitualmente en el desempeño de la enfermería y que tiene que ver con esa masculinidad impregnada de los procesos de socialización mediante los cuales los hombres que deciden estudiar y ejercer la enfermería tienden a acoplar su masculinidad en una profesión, cuya feminidad está claramente determinada también por la construcción social que de la misma se hace, designando roles en los cuales se subestima el género y se otorga un trato desigual con respecto a la masculinidad y a la feminidad. Lo que determina que la mujer esté visibilizada desde la pasividad y la afectividad debiendo ser dependiente, es decir, que se sientan, se piensen y se representen en relación con las demás personas, y no en relación a sí mismas, asignándoles las tareas de nutrir, comprender, proteger y sostener a otros. Mientras que a los hombres se les da la oportunidad de decidir sobre las demás personas, exigir y equivocarse de tal manera que asuman un estatus que los identifique como un ser único, fuerte, admirable y correcto.

Así pues, algunas enfermeras hombres tienen la necesidad de demostrar que son hombres a pesar de ser enfermeras, como los sujetos activos y racionales que de ellos espera la sociedad. Dando respuesta a esta sociedad patriarcal que le otorga la dirección y el mandato como algo propio de su vida cotidiana, y por lo tanto le lleva a ocupar, de manera sistemática, los puestos de responsabilidad, representación, mando o poder para que así se les reconozca.

De lo dicho anteriormente se desprende que, algunas de las enfermeras hombres, pretenden reafirmar su virilidad, en ese entorno de feminidad que es la Enfermería, a través de actos que se alejan de lo femenino y que se repiten a lo largo de su desarrollo profesional mediante la contención emocional, la necesidad de estar siempre en lo cierto y un sentido demasiado desarrollado de privilegio, lo que sin duda es un desastre para las enfermeras y para la enfermería. Es decir, se perpetúan una serie de actitudes que tienen como resultado la construcción de lo masculino como diferente de lo femenino y no a partir de atributos propios, sin que les lleve obligatoriamente a tener que renunciar o escenificar que están alejados de aquellos que se identifican como claramente femeninos y que pueden estar ligados, por ejemplo, al cuidado, a pesar de ser, paradójicamente, profesionales del mismo.

Sería injusto, sin embargo, generalizar. Son muchos los hombres enfermeras que asumen con absoluta naturalidad la feminidad de la enfermería sin renunciar a su masculinidad, y sin que esta última sea utilizada como elemento de poder, presión o incluso acoso, sino como aportación positiva al desarrollo de la enfermería.

Es por ello que no se puede encasillar la masculinidad o la feminidad en un estándar o una clasificación universal como tan acostumbrados estamos a hacer y que acaba por ocultar aspectos fundamentales y de extraordinaria riqueza en el necesario análisis que de la masculinidad/feminidad debe llevarse a cabo.

Resulta necesario buscar modelos alternativos en los cuales el valor de las personas, y en el caso que nos ocupa de las profesiones, esté por encima de cualquier otro aspecto que vaya a menoscabar las relaciones entre hombre-mujer, mujer-mujer y hombre-hombre. Un modelo donde prevalezca el respeto de las diversidades y la aceptación de las mismas como manera para maximizar y valorar en su justa medida las relaciones de igualdad entre los géneros.

La masculinidad en enfermería es imprescindible si se quiere lograr un equilibrio que permita a las enfermeras y a enfermería despojarse de los tópicos y estereotipos que sufren y que están ligados a la construcción que la sociedad patriarcal ha hecho de los mismos, contribuyendo con ello a la desigualdad y a la inequidad entre unas y otros. Esta desigualdad e inequidad se expresan en diferencias marcadas como el puesto de trabajo, el desempeño profesional, la responsabilidad asumida… determinadas casi exclusivamente por el hecho de ser mujeres u hombres.

La masculinidad y la feminidad, en enfermería, deben ser planteadas como un continuo de formas simbólicas y prácticas sociales a través de las cuales las enfermeras construyan su forma de ver la enfermería, de cómo ejercerla, y de resituarse con relación a sí mismas, a otros profesionales y a la sociedad.

Se trata de lograr la “androginia” de tal manera que se presenten y representen en igual medida habilidades conductuales y competencias masculinas y femeninas con independencia del sexo.

Sería un error pensar que la presencia de los hombres en la enfermería, y la aportación que desde su masculinidad pueden hacer, es una amenaza para las mujeres o para las enfermeras. Lo que realmente es una amenaza es que dicha masculinidad se ejerza pensando que el hombre, por el hecho de serlo, es superior a la mujer, lo que se sitúa de manera inmediata en el ámbito del machismo con todo lo que ello supone.

Por lo tanto es preciso llevar a cabo un análisis serio, sereno y profundo que evite el planteamiento de una masculinidad y feminidad hegemónica, no negando su existencia, sino más bien, replanteando su necesaria y deseada relación en equilibrio y desprendiéndose de todos los prejuicios que construyen una realidad que está muy mediatizada por la sociedad patriarcal a la que pertenece y que impide, en gran medida, que la Enfermería se desarrolle en igualdad de condiciones en un entorno como es el de las ciencias de la salud, ampliamente colonizado y contaminado por el sexismo que ejerce la medicina.

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