CUIDADOS que no CUDADA2. Ese obscuro objeto de deseo.

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“El cuidado es la ciencia de la enfermería”

Jean Watson[1]

 

El cuidado tiene razón de ser por la existencia de fragilidad. Si no fuésemos débiles y no tuviésemos posibilidad de “rompernos”, el cuidado no tendría sentido.

Es por ello que el cuidado es universal. Todas/os tenemos la posibilidad de cuidar y al mismo tiempo de ser cuidadas/os.

Sin embargo, el cuidado se ha asociado social y culturalmente a la mujer y al hacerlo se ha limitado al círculo de lo afectivo, doméstico y privado… haciéndolo subsidiario, intrascendente e invisible.

En nuestra cultura, a la mujer, por el hecho de serlo, se le asigna desde el mismo momento de su nacimiento la etiqueta de cuidadora. Cuántas veces no se les ha dicho a los padres de una recién nacida, “qué suerte, ya tenéis quien os cuide”. Deseo, que, sin embargo, no se realiza si el recién nacido es varón dado que socialmente la “etiqueta” que para él se tiene reservada es otra.

Pero además de implantarles metafóricamente a las niñas ese imaginario chip de cuidadora, por influencia de la educación judeo-cristiana que recibimos, se les incorporan dos chips más. Por una parte, el chip de la culpabilidad, de tal manera que si, por la razón que sea, fallase el de cuidadora, se active el de la culpabilidad y así reactive de nuevo el de cuidadora. Por otra parte, se implanta el chip de la resignación que logra que la mujer asuma con total aceptación, paciencia y conformidad su rol de cuidadora, aunque el mismo signifique la renuncia a dar respuesta a sus propias necesidades, resultando perjudicial para ella, su crecimiento personal o de cualquier otro tipo.

Por lo tanto, el cuidado, se asigna a las mujeres como parte de la desigualdad normativa de género que socialmente se ha naturalizado. Usurpando al cuidado la capacidad de ser prestado desde la voluntad, el cariño, la entrega, la solidaridad, para convertirse en una obligación impuesta socialmente que no tan solo lo desvirtúa, sino que lo convierte en un claro problema de salud para quien lo presta desde esa imposición culturalmente establecida.

Pero el cuidado, más allá de la prestación doméstico-familiar, tiene un componente profesional que, siguiendo el mismo patrón de comportamiento social descrito, es asimilado a la Enfermería y a quien mayoritariamente la ejerce, las mujeres.

Esta simbiosis entre el cuidado profesional y la mujer tiene consecuencias muy negativas, dada la percepción que se ha tenido tanto del cuidado como de la mujer. De tal manera que el paso del cuidado natural, el que denominaba como universal al inicio, al profesional, cuando este se nutre del conocimiento de una ciencia como Enfermería, ha estado mediatizado por el desarrollo científico racional-positivista, que propició una fundamentación de la división sexual del trabajo, extrapolada del núcleo familiar.

Esto justifica el retraso en la profesionalización de la Enfermería y con ella la identificación de los cuidados profesionales científicamente fundamentados. Dado que se continuaba pensando que los cuidados enfermeros, tal como he comentado, tenían poco valor más allá de los aspectos afectivos. Lo que, sin dejar de ser satisfacciones muy dignas, no pueden y no deben quedar relacionadas tan sólo a ellos. De tal manera que si exclusivamente se identifica como éxito o aportación las satisfacciones subjetivas, limitando al círculo de lo afectivo, doméstico y privado, el espectro de posibilidades de realización con que cuenta todo ser humano y, por tanto, reduciéndose las posibilidades de realización con que cuenta la Enfermería y las enfermeras.

La cultura profesional finalmente se manifiesta en los significados que la gente atribuye a diversos aspectos de la profesión; su manera de concebir la profesión y su rol en ella, sus valores, sus creencias e incluso su imagen, lo que contribuye a perpetuar los estereotipos y tópicos que arrastra la Enfermería, las enfermeras y los cuidados enfermeros.

Es por ello que definir lo que entendemos por Enfermería, debería permitir delimitar con precisión el marco en el que las acciones enfermeras van a tener lugar, así como las relaciones teóricas entre los elementos implicados que pueden establecerse no sólo para explicarla, sino para entenderla, comprenderla y practicarla.

Y esto es lo que, al menos en parte, se logró con la incorporación de los estudios de Enfermería a la Universidad y con ello la posibilidad de definir claramente el paradigma enfermero en el que se sustenta como ciencia y disciplina autónoma, alejándose de la subsidiariedad al paradigma médico al que, hasta ese momento, había estado ligada, tanto en la teoría como en la práctica.

La incorporación de los cuidados profesionales como elemento definitorio, específico y diferenciador, al tiempo que científico, de manera transversal en todo el plan de estudios, significó un punto de inflexión fundamental para rescatar a los cuidados del ámbito doméstico al que aludía.

Los cuidados profesionales enfermeros, por tanto, empiezan a adquirir la trascendencia que hasta entonces se les había negado. Aunque la visibilización y reconocimiento de los mismo aún tuvo que esperar algún tiempo para lograrlo, como consecuencia de la gran influencia que el biologicismo del modelo médico ejerce sobre ellos, haciendo que sean infravalorados e identificados como acciones secundarias del citado modelo patriarcal asistencialista.

Así pues, hay que destacar dos elementos fundamentales en lo dicho hasta ahora, que servirán de base para desenmascarar el oportunismo demagógico con el que se está actuando últimamente desde diferentes organizaciones.

En primer lugar, hay que recordar que hasta que los estudios de Enfermería lo fueron como tales y no como Ayudantes Tecnológicos del Sanitarismo imperante, en las escuelas de ATS, colonizadas y dirigidas por médicos que formaban a quienes estaban llamadas/os a ser sus fieles ayudantes, no existía absolutamente ninguna referencia a los cuidados ni profesionales ni familiares. Los cuidados, simplemente, no existían. Lo mismo que no existía referencia alguna a la Enfermería como ciencia y, por tanto, con conocimientos propios derivados entre otras fuentes de las teorías enfermeras existentes. Lo que, por otra parte, tiene su lógica pues nadie puede enseñar y mucho menos formar sobre aquello que ni le es propio, ni conoce, ni domina, ni mucho menos reconoce y respeta. Sus enseñanzas se basaban en lo que les identifica y les reconoce como profesionales de la medicina, la biología, la patología, la enfermedad, la curación… que eran “adaptadas” para que las/os ATS les sirviesen en su cometido asistencial.

En segundo lugar, los cuidados no han estado institucionalizados en las organizaciones sanitarias dominadas por los médicos. Se han prestado cuidados, claro está, porque las enfermeras es lo que hacen, pero en ningún momento se han identificado, reconocido y valorado como parte fundamental del proceso de atención. Han sido considerados como secundarios, como parte residual de la acción curativa, como prestación necesaria, pero en ningún caso valorada. De tal manera que los cuidados profesionales se han ignorado sistemáticamente.

Pero el conocimiento, la ciencia enfermera, la investigación y las evidencias que de la misma se derivan … fortalecieron, fundamentaron, valorizaron los cuidados y progresivamente, a pesar de las grandes dificultades y barreras existentes y de quienes las propiciaban y continúan propiciando, los cuidados adquirieron la significación científica que requerían para que nadie pudiese cuestionarlos y seguir justificando su exclusiva existencia en el ámbito doméstico-familiar.

Quedaba, tan solo o, mejor dicho, sobre todo, que los cuidados profesionales enfermeros fuesen identificados, reconocibles y reconocidos por parte de la población a la que se les prestaban. Pues tal como expresara Argyle[2] “El principal origen de la autoimagen y la autoestima probablemente sean las reacciones de los demás, llegando a vernos a nosotros mismos como los otros nos categorizan”.

Y esto, progresivamente se fue logrando. Hasta que la pandemia dejó al descubierto las graves carencias que el sistema sanitario medicalizado tenía a la hora de dar respuesta a problemas de salud que trascienden a lo puramente biológico. Los cuidados adquirieron categoría de fundamentales, pero lo que es más importante, adquirieron la importancia de ser identificados como el bien intrínseco de las enfermeras, es decir, como aquello que las enfermeras prestan de forma única a la comunidad y que constituye un servicio indispensable para su mantenimiento.

Así pues, las invisibles, ocultadas e ignoradas aportaciones enfermeras, empezaron a hacerse visibles de una manera que nadie ha sido capaz de contener y con ellas los cuidados han aflorado como parte necesaria y demandada de la atención a la salud y la enfermedad. Las enfermeras, por tanto, adquieren valor a través de lo que mejor saben hacer. Porque tal como dice Rawsi Williams[3] “ser enfermera es hacer lo que nadie más quiere hacer, de una manera que nadie más lo puede hacer y en cualquier circunstancia”, es decir CUIDAR.

Y es entonces cuando quienes habían ignorado, minusvalorado, despreciado, ridiculizado los cuidados, empiezan a ser identificados por ellos como ese oscuro objeto de deseo que despierta un mayor sentimiento de superioridad, si cabe, frente a quienes se atreven a destacar por prestarlos, generando un trato distante o de desprecio hacia ellas. Provocando una reacción de indignación y enojo ante lo que identifican como una amenaza a su supremacía egocéntrica y narcisista. Aflorando el deseo apasionado por aquello que, hasta hace bien poco, no habían ni tan siquiera percibido y que reclaman tan solo por puro egoísmo. Apareciendo la tristeza o pesar que les causa el cuidado enfermero y el deseo enfermizo por poseerlo. Surgiendo el afán o deseo desordenado de contar con el valor de los cuidados y la intención de asimilarlo a ellos mismos, mucho más allá de la necesidad real por poseerlos. Incorporando la negligencia, astenia, tedio o descuido por conocer su significado, su valor y su aportación, que les lleva a reclamarlos por pura incapacidad de controlar la conducta, como una respuesta emocional disfuncional. Así pues, la soberbia, la ira, la envidia, la avaricia, la pereza, la lujuria y la gula, se hacen patentes en un incontrolable impulso por hacer visible lo que siempre se han empeñado en ocultar y, lo que es peor, en menospreciar, los cuidados. Y en ese empeño se alían con quienes dicen representar a las enfermeras madrileñas, como si fuese posible un totum revolutum de los cuidados en el que se diluye la aportación singular enfermera, configurando unos cuida2 de marketing. Como dijera Ralph Waldo Emerson[4] “Lo que llamamos en otros pecado, consideramos en nosotros como experiencia”.

Ahora que los cuidados profesionales son identificados y valorados, incluso por encima de la tecnología, la técnica o la industria farmacéutica que siempre han capitalizado como propias y exclusivas algunas disciplinas, despiertan, en éstas, los peores instintos depredadores para reclamar como propios los cuidados, a través de campañas demagógicas, oportunistas y vacías en las que, además, caen en la trampa de la falsa unidad, algunas organizaciones enfermeras, permitiendo que obtengan el reconocimiento por aquello en lo que nunca han creído y, que además no les es propio, ni son competentes para prestarlos, lo que supone un claro y evidente comportamiento deontológico alejado de la ética y estética exigibles.

Es deseable que se deje prestar los cuidados profesionales a quienes saben y son competentes para hacerlo de manera clara y diferenciada, las enfermeras. Tal como dijo Florence Nightingale “La medicina asiste a la naturaleza al ayudarla a remover la obstrucción a la cura, pero no hace nada más”[5].

No nos engañemos, ni nos dejemos engañar. No son los cuidados lo que les importa a los oportunistas, sino lo que los mismos representan y aportan. Pero en cualquier caso en esta misma línea podríamos plantear campañas como Receta2, Diagnostica2, Trata2… sobre ámbitos en los que no tan solo nos han vetado sistemáticamente sino sobre los que se han querellado judicialmente.

Pero, lo más triste es que este disparate publicitario lo capitalicen quienes, al menos en principio, desde las organizaciones que lideran, debieran velar por el mejor desarrollo de sus profesionales y no dedicarse a derivas imperialistas y conspiranoicas, que lo único que consiguen es poner en evidencia sus vicios, sus pecados y sus carencias, utilizando para ello a los profesionales que les pagan, a quienes dicen representar y que mayoritariamente no participan de la estrategia.

Los cuidados son demasiado importantes como para asimilarlos a un código como si de un producto de supermercado se tratase. Cuiden de lo que les corresponden y a quienes y como les corresponde y no se metan en camisa de once varas.

[1] Enfermera estadounidense que se convirtió en una destacada teórica contemporánea en el ámbito de su profesión. Autora de la Teoría del Cuidado Humano.

[2] Argyle M. Psicología del comportamiento interpersonal. Madrid: Alianza Editorial; 1987.

[3] RN ex enfermera y actual abogada de Estados Unidos

[4] Escritor, filósofo y poeta estadounidense. Líder del movimiento del trascendentalismo a principios del siglo XIX

[5] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional moderna y creadora del primer modelo conceptual de enfermería

4 thoughts on “CUIDADOS que no CUDADA2. Ese obscuro objeto de deseo.

  1. Excelente información basada en evidencias científica que permite nuestro accionar con pensamiento crítico y humanístico para lograr la satisfaccion del usuario.

  2. La atención de enfermería siempre tiene un enfoque humanitario y de servicio donde los profesionales hacen sentir el calor humano que permite generar empatía con el paciente

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