ESTABILIDAD LABORAL vs ESTABILIDAD PROFESIONAL

A Amparo Benavent Garcés. Maestra y referente de enfermeras y del cuidado profesional enfermero.

 

 “Recuerda siempre que lo más importante de un buen matrimonio no es la felicidad sino la estabilidad.»

El amor en los tiempos del cólera» (1985)

Gabriel García Márquez”[1]

 

Esta semana pasada el presidente del Gobierno anunciaba un plan de estabilización de 67.000 profesionales sanitarios. Las reacciones, la mía propia, no se hicieron esperar. Como suele suceder las hubo para todos los gustos y en todos los sentidos. Desde las más entusiastas a las más críticas e incluso despectivas. Obedeciendo las mismas lamentablemente, más, a una cuestión de filias y fobias políticas que a una posición fundamentada en datos objetivos o planteamientos razonados.

Desde mi punto de vista, personal, aunque transferible, el anuncio obedecía más a una estrategia política que a un plan voluntariamente elaborado y, lo que es más importante, planificado. Porque siendo cierto, y nadie puede negar, que el anuncio supone una necesidad larga e incomprensiblemente demorada, no es menos cierto que este se ha producido como consecuencia del toque de atención dado por la Comunidad Europea sobre el alto porcentaje de inestabilidad que obliga a reducir al 8% la temporalidad en 3 años, como condición para recibir los fondos del plan de recuperación. Algo que no se dice pero que es lo que se exige.

Dicho lo cual no se sostienen, más allá de una expresión emocional y por tanto irracional, ni las alaracas ni los desprecios. Porque siendo una necesidad y una oportunidad para restituir una injusticia, no podemos creer, ni mucho menos entender, que esta medida servirá para solucionar las graves deficiencias del Sistema Nacional de Salud (SNS). Por tanto, no justifico mi escepticismo en el rechazo a la medida que, repito, considero fundamental, sino en la posible intención de querer trasladar que esta decisión, impuesta al menos en el tiempo, sea entendida como el remedio a los males que aquejan y paralizan al SNS. Sería muy deseable que el anuncio de tan importante reversión de la temporalidad laboral y por tanto de la precariedad que la misma supone hubiese ido acompañada del anuncio de un análisis en profundidad del actual modelo del SNS para proceder a su remodelación y adaptación a las necesidades de salud de las personas, las familias y la comunidad, que permitan, entre otras muchas cosas, dar cabida, encaje y, por tanto, respuesta adecuada, eficaz y eficiente a la Estrategia de Atención Primaria y Comunitaria. No hacerlo supondrá que la citada Estrategia se convierta en un intento voluntarista que acabe en fracaso y con ello en una nueva oportunidad de ataque por parte de quienes nunca han creído en la Atención Primaria desde posicionamientos de rigidez dogmática y corporativa que tratan de mantener por todos los medios el modelo caduco de hospitalcentrismo, asistencialismo paternalista, fragmentación, medicalización… en el que se sienten cómodos y desde el que se desprecia a la salud en favor de la enfermedad. Posiblemente en esa creada y figurada zona de confort o bienestar de la que no quieren salir y de la que si saliesen posiblemente se dieran cuenta de que no genera ni tanto confort ni mucho menos bienestar.

Por otra parte, la estabilización no palia en nada la deficiente dotación de profesionales, ya que se estabiliza la deficiencia. Así mismo, hay quienes se precipitan a pescar en aguas revueltas para obtener beneficios apuntándose al carro de una deficiencia que en absoluto es igual para todos los colectivos. Mucho menos aún, mejorará la irracionalidad de una distribución realizada en base a criterios de mera adscripción especulativa de la población para todas/os las/os profesionales por igual, sin tener en cuenta las necesidades de salud y cuidados derivadas de factores como la vulnerabilidad, morbilidad, accesibilidad, migración, inequidad… ligados a determinantes sociales o los objetivos para el desarrollo sostenible (ODS).

Pero más allá de esto quisiera retomar lo que decía en mi anterior entrada[2] al referirme al argumentum ad nauseam, o argumento hasta la náusea, como la falacia dirigida a las emociones en el que las personas creen que una afirmación es más probable de ser cierta o más probable de ser aceptada como verdad cuantas más veces la hayan oído. Como prejuicio cognitivo ante el pensamiento crítico.

Y lo hago porque me sirve como punto de partida para iniciar mi reflexión que está íntimamente relacionada con lo que ya he dicho.

Es decir, se repite hasta la saciedad la importancia, eficacia, aportación, actitud, aptitud, relevancia… de los profesionales de la salud tanto en relación al sistema como en su relación con la población a la que atienden. Es más, incluso se ha llegado a asimilarlos con héroes y heroínas.

No seré yo quien cuestione las cualidades que se les atribuyen, aunque se utilizan más como un argumento de defensa por parte de quienes, de manera reiterada la utilizan en defensa de sus propios intereses, que como convicción real de aquello que trasladan tanto para “regalar” los oídos de las/os profesionales como para “contentar” las demandas de la comunidad haciendo ver que están en las mejores manos.

Pero más allá de generalidades quisiera concretar en las deidades que en sus discursos trasladan las políticas/os y gestoras/es sanitarias/os con relación a las enfermeras, al referirse a ellas como una divinidad, cuando realmente son identificadas y valoradas por esas/os mismas/os oradoras/es interesadas/os con veleidades, es decir, con inconsistencia y ligereza. Se trata, por tanto, de un juego de engaño que tiene como objetivo hacer creer una cosa repitiéndola muchas veces para que las enfermeras se crean finalmente, de tanto oírlo, que es cierto y en consecuencia mantengan su creencia de valoración positiva de lo que son y lo que aportan, cuando en realidad dicha falacia lo único que persigue es evitar, precisamente, el pensamiento crítico al anularlo con adulaciones artificiales y artificiosas que, lamentablemente, acaban repercutiendo en la calidad de los cuidados que prestan y lo que es peor aún en la capacidad de análisis de lo que realmente son como enfermeras y cuál es su aportación real a la salud de la población a la que atienden, no la que se les hace creer. De tal manera que la diferencia entre el autoconcepto ideal, es decir aquello que le gustaría ser a la enfermera y lo que se transmite como forma de adulación sobre ellas acaba provocando una clara distorsión en la imagen que se proyecta de la enfermera y en como las propias enfermeras acaban por configurar y proyectar su propia imagen. Además, claro está, de que, quienes esto hacen, mantienen la absoluta e inamovible falta de voluntad política a la hora de cambiar la percepción y reconocimiento de lo que son y representan las enfermeras y de lo que son y aportan los cuidados profesionales que siguen relegándose a un ámbito residual y sin más valor que el de su denominación genérica lo que los hace intrascendentes y ausentes de reconocimiento institucional.

Así pues, considero que la estabilización laboral de las enfermeras (como también del resto de profesionales) siendo una reivindicación justa y que debe ser atendida, supondrá también una estabilización y perpetuación de la ausencia de reconocimiento profesional de las enfermeras a las que además se tratará de convencer nuevamente con mensajes machacones y ausentes de sentimiento y convicción de que son importantes sin darles importancia, que son imprescindibles aunque se prescinda sistemáticamente de ellas, que son el pilar del sistema aunque se trate de un sistema diáfano y vacío de contenido, que son referentes aunque permanecen invisibles, que son heroínas aunque se les trate como villanas, en definitiva el juego de la confusión, los eufemismos, las verdades a medias, las mentiras completas, la magia del engaño, la declaración de intenciones, las promesas incumplidas, el silencio delator, la palabra tramposa, la ignorancia intencionada, el rechazo disimulado, la desigualdad consentida, la realidad deformada, el agravio comparativo, la intención maliciosa… al que juegan sin importar lo que realmente suponga mantener esa actitud de manera permanente y aunque para ello tengan que hacer trampas, siempre que el beneficio se consiga con independencia de los medios que para ello se tengan que emplear.

A esta visión, por otra parte, contribuyen de manera muy significativa los medios de comunicación que, aunque utilicen el genérico de profesionales sanitarios a la hora de referirse a la citada noticia, en el tratamiento que de la misma hacen, en la gran mayoría de las ocasiones, se refieren en exclusiva a los médicos, como si el resto de profesionales no sufriese precariedad o falta de estabilidad o como si la estabilidad importante fuese la de los médicos y la del resto irrelevante. En cualquier caso, aun no siendo irrelevante claro está, con su abordaje sesgado la hacen, contribuyendo con su torpe actitud a que la sociedad tan solo valore y reconozca a una sola profesión, haciendo al resto subsidiaria de esta.

Nada cambia y todo permanece inalterable a pesar de la pandemia y de sus aparentes cambios en el tratamiento que de los profesionales pareció realizarse. La desaparición de la mascarilla ha supuesto también que se olviden de repente tanto la permanencia del virus entre nosotros como la existencia de profesionales que sin ser médicos resultan imprescindibles en el abordaje de la salud comunitaria. Triste realidad de una aún más triste ceguera política, gestora y periodística. Una combinación perfecta para la discapacidad sanitaria, de salud y de cuidados que padecemos y que se sigue alimentando de anuncios tan mediáticos como mediocres en su interpretación, abordaje o desarrollo, como consecuencia, entre otros factores, del hecho apuntado por Medina Moya de que el saber médico se haya convertido a lo largo del tiempo en un régimen autoritario de verdad que al ser prestado a las enfermeras para que desarrollen su función, determina que las relaciones entre ambos estén atravesadas por un poder asimétrico que lo impregna y deforma todo[3]

Finalmente, lo único que parece importar son los números y los intereses que de los mismos se derivan, sin tener en cuenta la salud y sus prioridades, aunque la misma se trate de incorporar con calzador en el mensaje de algún/a político/a con responsabilidades sanitarias que no en salud evidentemente. O que sirva de arma arrojadiza para la particular guerra que ciertas/os políticas/os tienen declarada contra quienes han decido son sus enemigos que no oponentes.

Por su parte las enfermeras participan de esa falacia del engaño al convencerse de lo que oyen sin analizar su contenido y su intencionalidad, lo que supone que acaben por no saber ellas mismas qué es lo que son y pueden aportar, más allá de lo que el Sistema en el que están alienadas y quien torpemente lo gestiona, determinen qué deben hacer, asumir u obedecer, desde el hipnotismo en el que caen sumidas como efecto de la palabrería complaciente pero claramente displicente que las abstrae de su capacidad de pensamiento crítico.

Son muchos los males a los que como enfermeras estamos sometidas desde muy diferentes frentes, pero no podemos obviar ni mucho menos ignorar que nuestra actitud, derivada del conocimiento e interiorización de lo que somos y aportamos, se convierte en el caldo de cultivo adecuado para que proliferen los desmanes y las decisiones contrarias al reconocimiento de nuestro valor intrínseco como enfermeras a través de los cuidados profesionales y que, desde luego, va mucho más allá de la estabilidad de los puestos de trabajo, a los que no se debe renunciar pero que en ningún caso pueden convertirse en la excusa perfecta para que nos hagan creer que es la solución tanto a la precariedad laboral como a la atención que desde el mismo podemos y debemos prestar. No caigamos en la tentación de seguir la zanahoria que nos conduce por el camino que nos quieren hacer recorrer y no del que tenemos capacidad, autoridad, competencia y responsabilidad de seguir para llegar al objetivo que hayamos decidido en base a las necesidades de la comunidad.

No me cansaré de repetirlo a pesar de que pueda resultar pesado, necesitamos reflexionar con seriedad y rigor sobre lo que debemos ser, lo que queremos ser y lo que realmente somos y por lo que tristemente nos valoran o mejor, minusvaloran.

No estoy pidiendo una lapidación pública ni una autoinmolación con metafóricos cilicios. Estoy pidiendo, exigiendo si se me permite, que pensemos cuál es nuestra posición y nuestra disposición con relación a la salud, a cuidar de la salud. Qué entendemos y queremos entender sobre los cuidados que lamentablemente están muy manoseados por tantos advenedizos que quieren utilizarlos para su interés personal o colectivo. Qué nos aporta el ser enfermeras. Qué valoramos por el hecho de ser enfermeras más allá de tener la posibilidad de trabajar de enfermera en lugar de como enfermera.

Son interrogantes tan simples como complejas. Tan importantes como necesarias. Tan urgentes como pausadas. Tan coherentes como emocionales. Tan sinceras como crudas. Tan dolorosas como reparadoras. Tan incisivas como conciliadoras. Pero sin intención alguna de buscar culpables. Entre otras cosas porque no se trata de culpables sino de responsables. No se trata de acusaciones sino de razones. No se trata de castigo sino de salvación. No se trata de resignación sino de resiliencia. No se trata de posiciones sino de posición.

Debemos entender que no acometer esta reflexión es permanecer en la inmadurez de la adolescencia profesional en la que estamos sumidas y de la que es necesario salir para identificar y asumir nuestra personalidad profesional propia y sentirnos realizadas con ella. Generar la autoestima, que no el amor propio, que permanentemente cuestionamos cayendo en la amargura de una estima tan deseada como lejana. Como se dice en una canción de Mecano amar es el empiece de la palabra amargura[4]. Pero vivir sin amar, sin sentirnos respetadas por nosotras mismas, es la permanencia perpetua en dicha amargura que, además, nos impide cuidar a los demás. Y nos tenemos que revelar a vivir en la amargura para pasar a vivir aprendiendo a amar, aunque pueda ser doloroso y difícil. Pero más doloroso y triste es que nos neguemos esta posibilidad y nos sometamos al celibato de la sumisión profesional en la que otros deciden cómo, cuándo, dónde, con quién podemos y debemos desarrollarnos, crecer o creer, desde la ocurrencia de propuestas formativas[5] o la indolencia y la insolencia de la parálisis permanente a la que someten nuestro desarrollo autónomo, especializado y avanzado. Sin vigilancias impuestas con el fin de satisfacer necesidades profesionales ajenas y guías que nos inmovilicen e impidan tomar decisiones propias que dignifiquen los cuidados y a las personas que los requieren para lograr su autocuidado y empoderamiento en salud. Teniendo una predisposición favorable de pertenencia e identidad colectiva profesional que genere compromiso y defensa de los valores. Siendo líderes de nuestra propia estrategia de cuidados como bien intrínseco que son de las enfermeras y no de la anunciada y no asumida por parte de quienes se instalan en la adulación permanente que inmoviliza la acción a través del engaño de la ilusión o del ilusionismo del engaño.

Opto por una estabilización emocional-profesional que nos permita afrontar cualquier situación con la madurez que requiere y exige nuestra ciencia, disciplina y profesión. Porque esa estabilización depende de nosotras mismas. La otra, la anunciada, la impuesta, nos viene dada, concedida, pero no nos aportará esa necesaria madurez. Sino identificamos y valoramos nuestra identidad no será posible la estabilidad que nos permita madurar y amar lo que supone ser y sentirse enfermera. Porque es importante la felicidad para ser buenas enfermeras, pero más importante aún es la estabilidad que nos permita mantenerlo más allá de las buenas o hipotéticas buenas intenciones.

[1] Escritor y periodista colombiano (1927-2014)

[2] http://efyc.jrmartinezriera.com/2022/07/01/pensamiento-critico-vs-critica-al-pensamiento/

[3] Medina Moya, JL. La pedagogía del cuidado: saberes y prácticas en la formación universitaria en enfermería. Barcelona: Laertes, 1999.

[4] Una rosa es una rosa compuesta por José María Cano. Mecano https://www.letras.com/mecano/194852/

[5] https://www.redaccionmedica.com/secciones/parlamentarios/el-congreso-debatira-un-diploma-de-acreditacion-en-diabetes-para-enfermeras-5342