ABSTENCIÓN

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            Día de elecciones, de dudas, de ilusiones, de decepciones, de esperanza, de pesimismo, de emociones, de sentimientos encontrados, de pasión, de conformismo… pero, ante todo, de realismo y de sentirse partícipe de la democracia.

            Realismo entendido como la conducta o forma de ver los hechos o las cosas tal como son en realidad, sin ningún idealismo. Porque lo que finalmente suceda será eso. Otra cosa, bien diferente es como del realismo de los resultados que se obtengan de las urnas se conforma la realidad. Esta realidad sí que estará impregnada de idealismo, entendido como la tendencia a considerar el mundo y la vida de acuerdo con unos modelos de armonía y perfección ideal que no se corresponden con la realidad.

            Nuevamente nos tratarán de vender, sean quienes sean los que finalmente ganen o pierdan menos, una realidad que difícilmente encajará con la que cada cual, individual pero también colectivamente, cree, sueña o espera. Será una realidad influenciada por muchos factores, presiones, condicionantes, resistencias… contra los que no siempre se puede, en el mejor de los casos, o no se hacen los esfuerzos necesarios para eliminarlos o vencerlos la mayoría de las veces. Y como resultado nos encontraremos de bruces con una realidad que apasiona a muy pocos, ilusiona a una minoría y resulta decepcionante a la mayoría. Y lo peor de todo es que esa realidad se configura como resultado de la inacción, de la falta de diálogo, de la ausencia de debate, del reproche permanente, de la sospecha constante, del egoísmo, de la envidia… que se genera en contraposición a lo que debiera ser la búsqueda del bien común más allá de ideas, posiciones, actitudes o discursos de quienes han sido elegidas/os como actrices/actores de la acción política. De una acción que se encalla en el partidismo desde el que resulta imposible ver cuáles son las necesidades y demandas reales de la sociedad a la que dicen servir y que es quien les ha elegido para hacerlo. Servicio entendido como el beneficio que se le hace a dicha sociedad y no como el desempeño de un cargo o una función durante un turno de trabajo determinado, haciendo de la política una funcionarización mal entendida y peor interpretada.

            Y ante este panorama muchas/os ciudadanas/os deciden abstenerse, no votar, al entenderlo como parte del derecho a decidir que todas/os tenemos. Pero la abstención es una forma cobarde de entender dicho derecho. Ni tan siquiera puede ser entendida como una forma de ejercer su derecho porque realmente no lo ejercen. Ni una rebeldía o protesta porque no representa nada ni a nadie y beneficia, posiblemente, a quien menos lo merece. La abstención se ampara en la comodidad, el conformismo, la alienación, la ausencia de reflexión y de pensamiento crítico, para convertirse en una forma abstracta, incoherente y pasiva de comportamiento. Y como casi siempre sucede con los análisis positivistas pasarán a ser tan solo un porcentaje de silenciosos que nadie sabe interpretar más allá del manido inconformismo ante lo que sucede, cuando realmente de lo que se trata es de una muestra más de la alienación cautiva de nuestra sociedad. No piensan y por tanto no participan. Y al no participar contribuyen de manera clara al deterioro de la democracia que, es cierto, les da esa opción de abstención, pero que debiera posibilitar que fuese residual y no mayoritaria. Algo pues está fallando.

            Pero, este discurso ¿a qué viene y qué relación tiene con la enfermería y las enfermeras? Pues nada y todo. Trataré de explicarme.

            Las enfermeras solemos ampararnos en una abstención permanente en todos aquellos foros en los que podemos elegir a nuestros representantes. Entendemos que ya está todo el pescado vendido, qué total a “mi no me representan” o que da igual quien entre porque todos son iguales. Hacemos pues de la abstención la elección mayoritaria cuando se nos ofrece la posibilidad de elegir entre diferentes opciones.

            Sería deseable, es cierto, que fuesen más los ámbitos en los que se pudiera elegir a quienes nos representan o dirigen, pero teniendo en cuenta lo que participamos en los ámbitos en que podemos hacerlo es poco probable que pueda cambiar nada.

            Ahora bien, luego nos sumaremos a las voces mayoritarias de la protesta, la crítica, cuando no el llanto fáciles, por lo mal que lo hacen quienes están. Atacaremos, reprocharemos, criticaremos a quienes han accedido a los cargos de representación, desde nuestra cómoda, cobarde, irreflexiva e irresponsable posición abstencionista. Y llegará el momento de un posible cambio y seguiremos esperando a que sean otras/os quienes den un paso al frente y decidan presentarse a unas elecciones para que tan solo una minoría les vote y salgan ganadoras/es, repitiéndose la misma historia una y otra vez.

            Los colegios profesionales, las sociedades científicas, los sindicatos… son un claro ejemplo de lo dicho. Es cierto que existen diferencias significativas en los intereses, posicionamientos, acciones que unos y otros llevan a cabo y en la forma de hacerlo. No es menos cierto que no todos juegan con idénticas reglas de juego reguladas por las leyes o normas, lo que hace que la visión que de las mismas se tiene sea muy desigual y la implicación en ellas esté sujeta, en gran medida, a la obligatoriedad o no de pertenecer a las mismas.

            Pero de lo que no cabe la menor duda es que quienes se sitúan al frente de dichas organizaciones representan a las enfermeras y, en muchas ocasiones, deciden por ellas o en nombre de ellas, gracias a sus votos o por la ausencia de los mismos, lo que supone un grave riesgo para el desarrollo, visibilidad o respeto de la propia profesión y de quienes la constituimos, es decir, las enfermeras. Porque en este caso no podemos argumentar, como hacemos en ocasiones, a que lo que nos pasa o deja de pasar es consecuencia de lo que otros deciden por nosotras. Lo que sea que pase, será única y exclusiva responsabilidad de quienes como enfermeras hagamos o dejemos de hacer.

            Pero es que más allá de la abstención como “opción” de elección de representantes, son innumerables las ocasiones, momentos, circunstancias, situaciones… en las que actuamos de idéntica forma abstencionista. Cada vez que una enfermera no reacciona con su voz ante una injusticia, una actuación basada en la ausencia de evidencia, una asunción conformista de la costumbre hecha norma, un silencio cómplice de invisibilidad enfermera, una postura de camuflaje de la imagen enfermera, un servilismo complaciente como respuesta a la falta de responsabilidad… está ejerciendo el abstencionismo que impide que la opción del cambio, del desarrollo, de la elección libre y razonada de la enfermería.

            Por lo tanto, la abstención no tan solo se ejerce decidiendo no depositar una papeleta en una urna o no eligiendo una opción on line. La abstención se ejerce de manera consciente, por acción u omisión, al abstraernos de nuestra responsabilidad como enfermeras en cualquiera de aquellas situaciones en las que nuestra postura puede ser determinante para decidir qué opción es la que merece prevalecer en base a planteamientos objetivos que nos permitan construir una realidad en la que sentirnos realizadas y reconocidas, en lugar de situarnos en una realidad artificial inducida por el conformismo, la desidia o la decisión de quienes no queremos reconocer como referentes sin haber hecho absolutamente nada para evitarlo.

            Hoy tenemos una oportunidad de ejercer nuestro derecho al voto. Mañana quienes lo hayamos hecho, más allá de que nos guste la realidad que salga de las urnas, nos sentiremos orgullosos de haber contribuido a que la democracia siga siendo una realidad imperfecta, pero capaz de permitirnos la convivencia. Quienes hayan preferido delegar su responsabilidad a través de su abstención tan solo tendrán la opción de la protesta inútil y, sobre todo, gratuita. Nada debiera darles el derecho de otra cosa que asumir la realidad que se conforme como consecuencia de su abstencionismo vacío e inútil, democráticamente hablando.

            Hoy tenemos también la oportunidad de interiorizar las enfermeras la necesidad de reaccionar ante el abstencionismo profesional en el que tan fácil como reiteradamente caemos. Sería positivo el que identificásemos la importancia de posicionarnos siempre para poder decidir cuál es el camino que deseamos para la enfermería y las enfermeras. No hacerlo, no tan solo supone contribuir al riesgo de que quienes nos representen no sean las mejores enfermeras, sino de que ni tan siquiera sean enfermeras.

            Si decidiste ser enfermera, no dejes que nadie decida por ti, implícate y participa activamente en la toma de decisiones para que nuestra profesión sea cada vez más digna, respetada y visible.

¡¡¡Vacúnate contra la abstención!!!!

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