
El reciente anuncio del presidente del Gobierno de adelantar las elecciones generales al próximo 29 de noviembre abre un escenario lleno de certezas e incertidumbres sobre las que difícilmente habrá consenso. Nada nuevo en el convulso panorama político español, donde incluso los hechos parecen haber dejado de ser compartidos para convertirse en materiales que cada cual interpreta según sus intereses.
La primera certeza, aunque seguramente será negada, es que las elecciones tantas veces exigidas por una parte importante de la oposición quizá no lleguen en el momento que quienes las reclamaban hubieran deseado. Durante meses, convocarlas se convirtió casi en respuesta y propuesta exclusivas a cualquier iniciativa del Gobierno. Finalmente habrá urnas, pero su convocatoria llega inmediatamente después del rechazo parlamentario de los dos reales decretos sobre vivienda con los votos en contra de PP, Vox, Junts y UPN y de unas movilizaciones sociales que se han incrementado tras la muerte de Maricarmen, situando el problema en el centro del debate público.
De esa certeza surge la primera gran incertidumbre, el resultado. Hasta hace apenas unos días, las encuestas dibujaban un escenario claramente favorable al PP y VOX. Pero las encuestas no votan. Tampoco lo hacen las tertulias, los algoritmos ni quienes convierten una proyección demoscópica en sentencia anticipada. Vota la ciudadanía. Y la vivienda, junto al descontento acumulado por otros muchos problemas, puede alterar comportamientos que algunos consideraban consolidados.
Certeza e incertidumbre quedan así unidas por quienes tienen la capacidad real de decidir. Una ciudadanía que parece haber despertado de una largo y tedioso letargo provocado tanto por decisiones políticas como por su ausencia y que ha vuelto a ocupar pacíficamente las calles para hacerse escuchar, aunque algunos pretendan criminalizarlos con argucias, no por conocidas, menos deplorables. No sabemos qué decidirá el 29 de noviembre. Esa es la incertidumbre. Pero sí sabemos que su decisión deberá ser respetada. Esa debería ser la certeza.
Conviene recordarlo ahora, para evitar después la tentación de deslegitimarlo si no coincide con las expectativas propias. En democracia no solamente son legítimos los resultados que nos gustan ni los gobiernos que se constituyen con las alianzas que preferimos. Las reglas deben respetarse cuando benefician y cuando perjudican, porque de lo contrario dejan de ser reglas para convertirse en instrumentos de conveniencia.
Quedan casi dos meses. Otra certeza poco alentadora es que asistiremos nuevamente a descalificaciones, mentiras, bulos, exageraciones, sospechas y tergiversaciones. De hecho, algunos ya se han dado prisa a generar sospechas infundadas sobre el voto por correo. La incertidumbre consiste en saber cuánto espacio quedará entre tanto ruido y distorsión para conocer propuestas, programas y estrategias de futuro. Votar libremente exige poder comparar alternativas, no simplemente elegir entre miedos. Sería deseable, que la campaña no fuese una competición por ocupar titulares ni por fabricar el miedo más eficaz, sino una confrontación de proyectos comprensibles. La política debería recuperar su capacidad de explicar, escuchar y rendir cuentas, precisamente cuando solicita nuevamente la confianza ciudadana.
Salud, educación, vivienda, migración, pobreza o violencia de género corren el riesgo de convertirse en armas arrojadizas. Problemas que afectan a la vida cotidiana de millones de personas serán utilizados para desacreditar al adversario en vez de explicar cómo se pretende fortalecer los servicios públicos, garantizar derechos, reducir desigualdades o proteger a quienes más lo necesitan. Incluso la ética política puede quedar reducida a un intercambio de acusaciones sobre corrupciones propias y ajenas, mientras apenas se debate qué controles, transparencias y responsabilidades permitirían impedirlas.
Quizá ahí resida una de las mayores responsabilidades de todos los partidos, sin excepción. Si realmente pretenden que la ciudadanía vote responsablemente y no como reacción de hartazgo, miedo o enfado, deberían hacer un esfuerzo por convencer en lugar de asustar; proponer en lugar de imponer; argumentar en lugar de tergiversar; dialogar en lugar de insultar; respetar en lugar de desacreditar. Al menos por parte de quienes se espera. Ya sabemos que hay quienes están instalados permanentemente en todo lo contrario.
Por otra parte, recuperar la calle no debe significar renunciar a la reflexión. Protestar, exigir, fiscalizar y reclamar son expresiones democráticas imprescindibles, pero también lo son contrastar información, rechazar los bulos, escuchar propuestas diferentes y decidir sin aceptar que nadie sustituya nuestro criterio por consignas. La soberanía popular no consiste únicamente en introducir una papeleta en una urna, sino en llegar a ella con libertad y capacidad crítica.
Quienes tenemos el derecho, la capacidad y la voluntad de votar agradeceríamos una campaña que nos tratase como ciudadanía adulta. No necesitamos que nos indiquen constantemente a quién debemos temer, sino que nos expliquen qué país pretenden construir, con qué prioridades, mediante qué políticas y con qué recursos, más allá de conceptos y simbologías sobre la patria. No necesitamos profecías apocalípticas, ni patrias hechas a la medida de nadie, sino compromisos evaluables. No necesitamos salvadores, sino representantes responsables.
El 29 de noviembre no es el final de este proceso, sino el comienzo de una responsabilidad que las urnas no agotan. Votar no concede un cheque en blanco ni convierte las promesas electorales en palabras prescindibles una vez alcanzado el poder. No se trata de realidades paralelas, ni de inteligencia artificial.
Sería una magnífica certeza frente a tanta incertidumbre. La salud política de este país lo agradecería. Y nuestra salud colectiva, también.








