
No hay tregua en los acontecimientos que diariamente llenan las páginas de los diarios, los programas de radio y televisión y las redes sociales. La mayoría de ellos, últimamente, están relacionados directa o indirectamente con Donald Trump y con su torrente de decisiones, amenazas, insultos y descalificaciones hacia todo y hacia todos aquellos que considera enemigos o simples obstáculos para sus intereses, ya sean personales o los de un país que concibe más como propiedad que como comunidad política. Este despliegue permanente de gestos y anuncios se produce, por una parte, ante la estupefacción de buena parte de la humanidad; por otra, ante la rabia e impotencia de quienes ven en ello una demolición sistemática de consensos básicos; pero también ante el beneplácito y los aplausos de quienes creen que es lo que hay que hacer, y, por último, ante la pasividad —o, en el mejor de los casos, la ambigüedad— de muchos líderes políticos que, con su silencio o tibieza, parecen aceptar implícitamente los ataques a la libertad, al derecho internacional, al respeto institucional, a la diplomacia y a la soberanía de las naciones.
En vista de todo ello, no resulta descabellado afirmar que estamos ante una versión global del llamado “efecto espectador” o bystander effect. Se trata de un fenómeno psicológico bien estudiado según el cual, la probabilidad de que alguien ayude en una situación de emergencia disminuye a medida que aumenta el número de testigos, porque la responsabilidad se diluye y cada persona asume que será otro quien actúe. Se explica por dos mecanismos sencillos y devastadores: la difusión de la responsabilidad —“no es cosa mía, hay otros”— y la influencia social —“si nadie reacciona, por algo será”—. Y exactamente eso parece estar ocurriendo en el escenario internacional.
La escena es especialmente visible en la Unión Europea, que en demasiadas ocasiones se comporta como si estuviera frente a un escaparate. Observa, comenta, frunce el ceño, emite algún comunicado de preocupación y, acto seguido, actúa como si lo que ocurre al otro lado del cristal no tuviera nada que ver con ella. A lo sumo, separa la vista un instante para formular una tibia e intrascendente manifestación de descontento que no supone, en ningún caso, un elemento de alerta ni de incomodidad real para quien encadena una barbaridad tras otra, ya sea cometida o prometida.
Mientras tanto, una parte muy significativa de la población norteamericana —que no conviene olvidar tiene una larga tradición de excepcionalismo e imperialismo— no solo asume, sino que apoya con entusiasmo el afán conquistador de quien ya consideran su mesías particular. Para ellos, Trump no es el síntoma de una enfermedad política y cultural profunda, sino el remedio milagroso que devolverá un supuesto orgullo perdido y reinstalará a Estados Unidos en el papel de gendarme del mundo, aunque ese papel se ejerza cada vez más como si fuera la dirección de una empresa privada con intereses propios.
Ante este panorama, cabe preguntarse hasta qué punto no estamos siendo todos víctimas, más o menos propiciatorias o voluntarias, de ese efecto escaparate. Y, sobre todo, hasta qué punto estamos dispuestos a mantener esa actitud de espectadores abstraídos e incluso hipnotizados, mientras alguien se dedica a sabotear el ya frágil orden mundial para convertirlo en su parque de atracciones y su espacio de negocios. Porque conviene no engañarse, la normalización del disparate es siempre el primer paso hacia su consolidación.
No se trata, por supuesto, de llamar a gestas heroicas ni de “alzarse contra el pirata” en un sentido literal o épico. La historia demuestra que ese tipo de impulsos suele acabar mal y ser aprovechado por los mismos a quienes pretende combatir. Pero sí se trata, al menos, de exigir que quienes tienen la responsabilidad de defender principios, instituciones y equilibrios dejen de comportarse como comentaristas de una obra ajena y asuman su papel de actores políticos. Dejen de ver al personaje como una mezcla pintoresca de bufón, loco peligroso o aliado incómodo, que no es, y empiecen a tratarlo como lo que realmente es, un factor de desestabilización consciente y persistente.
La contundencia necesaria no es violencia, ni insulto, ni sobreactuación. Es coherencia, coordinación, firmeza y claridad. Es establecer límites creíbles y hacerlos respetar. Es comprender que cada concesión hecha por cansancio, por cálculo electoral o por simple miedo a destacar, refuerza la idea de que todo es negociable, incluso aquello que debería ser innegociable. Y cuando eso ocurre, el deterioro no es inmediato, pero sí constante y acumulativo.
El mayor peligro del efecto espectador no es que nadie haga nada en un momento puntual, sino que todos acaben acostumbrándose a que no pase nada. Que la excepcionalidad se vuelva rutina, que el abuso se vuelva natural, que el disparate se vuelva norma. Y entonces, cuando por fin se quiera reaccionar, quizá ya no quede mucho que defender, porque tras el escaparate solo se verá una imagen desoladora y el culpable de la misma quedará impune.








