DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS Carta abierta a la sociedad.

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Todos los años cada primer domingo de mayo se celebra el día de la madre. Más allá de connotaciones mercantilistas, la conmemoración sirve para agradecer y reconocer los cuidados que prestan en el entorno familia, al margen de la estructura o composición que esta tenga. Así mismo, y aunque no esté tan presente, se hace patente el trabajo que como mujeres desarrollan más allá de los cuidados familiares o mejor dicho, a parte de los cuidados familiares.

Nadie cuestiona esta celebración ni su significación, aunque, lamentablemente, muchas veces tan solo se visibilice durante este día.

Hoy, día 12 de mayo, coincidiendo con el nacimiento de Florence Nightingale, enfermera que es considerada la impulsora de la Enfermería moderna, se celebra en todo el mundo el día internacional de las enfermeras.

No es mi intención establecer un paralelismo con las madres, en tanto en cuanto, desvirtuaría tanto a unas como a otras. Simplemente quisiera llamar la atención sobre la importancia de los cuidados profesionales que las enfermeras prestan a las personas, las familias y la comunidad. Son cuidados que requieren de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis, pero también de valores humanísticos que les confieren su rasgo cuidador, para situarlos a nivel de la dignidad humana.

No se trata, tampoco, de establecer diferencias para intentar valorar qué cuidados son los más importantes. Porque los cuidados tienen razón de ser por la fragilidad humana, sino fuese así no tendrían mayor sentido. Así pues, da lo mismo que la fragilidad sea como consecuencia del ciclo vital en que se encuentre la persona, recién nacido, escolar, anciano… o por la necesidad de obtener, mantener o recuperar la salud. En cualquier caso, se requerirán cuidados, maternales, familiares o profesionales.

El problema viene determinado por el escaso valor que la sociedad en general ha dado y sigue dando a los cuidados. Sean estos del ámbito doméstico, familiar o profesional. Entre otras cosas por asignarlos de manera estereotipada a las mujeres y desligarlos de la fuerza del trabajo y de la ciencia.

Dignificar los cuidados es un objetivo que tiene que ir más allá de la celebración del día de la madre o de las enfermeras. Supone reconocer su fuerza humana, profesional o científica y darle el verdadero valor que tienen.

Visibilizar y dignificar la aportación específica de los cuidados enfermeros, reconociéndolos y demandándolos, es algo que como sociedad debemos identificar y llevar a cabo. En la medida que lo hagamos contribuiremos a que pasen de ser, algo en lo que no se repara, a un valor añadido para la salud.

De igual manera que nadie entendería una maternidad sin cuidados no es posible entender una sanidad sin cuidados. La diferencia está en que en la primera es un valor reconocido y en la segunda es un valor oculto.

Tras una crisis sanitaria y de salud como la que hemos y seguimos viviendo con la pandemia, ha quedado de manifiesto la importancia de los cuidados ante tanto dolor, sufrimiento y muerte. Ahora que empezamos a desprendernos de las mascarillas y a recuperar una normalidad tan deseada, deberíamos tener presente que en la misma no se puede, no se debe, incorporar el volver a olvidar ni a desprendernos también de la importancia de los cuidados profesionales enfermeros y de quienes los prestan desde la profesionalidad, la ciencia y la humanidad, como son las enfermeras. Porque sin duda sería una normalidad adulterada y alejada de las necesidades reales de la sociedad que, por supuesto, van mucho más allá de la técnica o la curación. Porque tanto la técnica como la curación no siempre son posibles, ni accesibles ni logran lo que de ellas se espera. Pero, sin embargo, los cuidados siempre son posibles, accesibles y capaces de lograr efectos terapéuticos desde la atención integral, integrada e integradora a la que toda persona tiene derecho y que toda enfermera tiene la obligación y la responsabilidad de prestar.

Las enfermeras tenemos valor intrínseco, entendido el mismo como aquel que como enfermeras aportamos y tan solo nosotras estamos en condiciones de hacer a través de nuestros cuidados. El valor, como activo intangible de la aportación enfermera, es la mejor forma de hacer oír nuestra voz y de hacer visible nuestra identidad y liderazgo de los cuidados. Y es también la mejor manera de celebrar nuestro día internacional. Pero queremos y deseamos que nuestra celebración sea colectiva y participativa. Precisamente con quienes son nuestra razón de ser y sentirnos enfermeras, las personas, las familias y la comunidad.

No somos ni queremos ser héroes ni heroínas. No queremos ser más que otros, pero tampoco menos. No queremos que se nos regale nada, pero si que se nos reconozca y visibilice. No queremos asumir más protagonismo que el de los cuidados profesionales que prestamos para contribuir a lograr la autodeterminación, autogestión, autonomía y autocuidado de las personas en la toma de decisiones.

Somos profesionales y desde la responsabilidad que como tales tenemos queremos aportar y que se nos exija, desde el respeto, el valor de nuestra aportación. Queremos ser visibles y hacer oír el liderazgo de los cuidados para así contribuir a mantener el derecho a los mismos y a la salud global.

Hagamos nuestra, como sociedad, la celebración del día de las enfermeras, como hacemos con el día de la madre, contribuyendo a dignificar los cuidados para disfrutar así de los beneficios de prestarlos o recibirlos.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS El valor de hacer oír nuestra voz

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Dedicado a todas las enfermeras

 

El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.

Winston Churchill.[1]

 

Un año más nos disponemos a celebrar el día internacional de las Enfermeras. Debería, y debe, ser motivo de alegría y satisfacción por todo lo que es y significa el hecho de ser y sentirnos enfermeras. Ese sentimiento de orgullo y pertenencia que supone la esencia de una profesión con identidad propia y definida.

Pero más allá de lo que supone la celebración, más o menos festiva, considero que debe ser motivo también de reflexión y análisis sobre nuestra realidad presente y futura. Realidad que no puede desprenderse del pasado que nos ha situado donde estamos y que siempre debe ser referencia de tributo y agradecimiento a quienes lo hicieron posible con su esfuerzo, compromiso e implicación y de mejora permanente en el necesario e imprescindible desarrollo de nuestra disciplina/profesión.

El presente, más allá de lo que cada cual pueda sentir, expresar o interpretar, en función de sus experiencias, vivencias, realidades o expectativas, debe ser valorado de manera colectiva para que pueda tener la dimensión que, desde mi punto de vista, requiere dicho análisis.

No se trata de edulcorar la realidad con motivo de la celebración, lo que sin duda enmascararía al menos parte de dicha realidad, ni de fustigarse indolentemente pensando que todo es malo y requiere de un castigo purificador que lejos de mejorar nada, posiblemente contribuiría a enmascarar igualmente la realidad.

Así pues, ni todo es bueno ni todo malo. Ni blanco ni negro. No se trata de establecer dicotomías que distorsionen los múltiples matices que existen entre cada una de las opciones extremas y que contribuirán a dar una dimensión mucho más ajustada de nuestra realidad. De la de todas/os y no tan solo la de unas/os pocas/os ni tan siquiera de un contexto determinado, porque ya se sabe que la música va por barrios.

Tampoco se trata de hacer ahora una relación, a modo de listado, de las cosas buenas y malas que permita identificar, desde una perspectiva meramente cuantitativa, el valor de las enfermeras.

Entre otras cosas porque el valor de las enfermeras va mucho más allá del lugar que puede ocupar en una supuesta escala que sin duda obviará múltiples aspectos que impedirán tener una visión de conjunto ajustada a la realidad y no al orden de uno más de los innumerables rankings que tanto gustan en la sociedad actual.

Si hablamos del valor de las enfermeras y recurriendo al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), podemos identificar diferentes entradas para este término que nos pueden ayudar a determinar el mismo.

Así tenemos como primera acepción “Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite”, que considero puede ajustarse en gran medida a lo que, de las enfermeras se puede y se debe esperar, en tanto en cuanto las competencias enfermeras desarrolladas con la capacidad de prestar cuidados tienen el claro objetivo de responder a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad y a proporcionar el bienestar necesario para vivir en salud, entendida esta, tal como expresara Jordi Gol[2], como “aquella manera de vivir que es autónoma, que es solidaria y que es feliz”.

Otra de las definiciones hace referencia a la “cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente”. Y siendo evidente que las enfermeras no somos cosas materiales no es menos cierto que prestamos un servicio profesional que es remunerado y que determina la diferencia con una prestación voluntario vocacional que durante tanto tiempo ha estado asimilada la prestación enfermera y que, en cierto modo, ha supuesto una clara merma en cuanto a la valoración que de nuestros servicios se hace y de la traducción en un salario justo y ajustado a la preparación y competencia que nos aleje de la aún presente interpretación del cuidado como aquel que queda circunscrito al ámbito doméstico.

El “alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase”, es otra de las acepciones de la palabra valor y debemos tener en cuenta la importancia que tiene la identidad enfermera y su proyección no tan solo profesional sino también social, dado que tanto el cuidado profesional como quienes lo prestan, las enfermeras, tienen una clara y significativa importancia en la salud de las personas, las familias y la comunidad que va mucho más allá de una simple relación sanitaria, para situarse en un ámbito de atención integral, integrado e integrador.

La “fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos” nuevamente nos permite modificar la inanimada virtud de las cosas por la vital de las enfermeras y sus cuidados profesionales, dada la indudable fuerza que tanto como profesionales tienen las enfermeras como la que se deriva de la prestación de sus cuidados profesionales para generar cambios positivos en la vida de las personas atendidas que se traducen en claros efectos de salud y saludables.

Por último, pero no por ello menos importante, se define valor como aquella “persona que posee o a la que se le atribuyen cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad”. Las enfermeras poseen, en tanto adquieren, cualidades en forma de competencias específicas, generales y transversales que les permiten adquirirlas a través de los conocimientos científicos que posteriormente se traducen en habilidades y destrezas para desarrollar su actividad profesional autónoma en muy diferentes ámbitos y contextos.

De todo lo dicho se desprende, considero sin miedo a equivocarme, que las enfermeras tenemos valor intrínseco, entendido el mismo como aquel que como enfermeras aportamos y tan solo nosotras estamos en condiciones de hacer.

Otra cosa es que este valor sepamos, por una parte, identificarlo y asumirlo como propio ya que resulta necesario e imprescindible que esto suceda para lograr el valor reconocido por parte, tanto de las organizaciones, instituciones, empresas… donde desarrollamos nuestra actividad, como por parte de la sociedad a la que atendemos. Tan solo desde esa autovaloración o autoestima, seremos capaces de dar valor, proyectarlo y que sea visible y reconocido.

Esperar a que el valor nos sea dado sin que al mismo seamos capaces de otorgarle la dimensión científica, profesional, disciplinar, investigadora, docente y humanística que tiene, nos llevará a una permanente insatisfacción y a su consecuente discurso lastimero que impide poner en acción el valor real como enfermeras.

En este día de conmemoración es importante que festejemos y compartamos la alegría de ser enfermeras. Pero no es menos importante que reflexionemos sobre qué es lo que estamos haciendo como tales y cómo lo estamos haciendo. Caer en la rutina de la inercia generada en algún momento nos conduce a una ralentización progresiva que acaba en parálisis. Necesitamos impulsar permanentemente nuestra energía para, desde la misma, ser capaces de dar respuestas cargadas de valor y que nos reporten valor.

No es cierto que no tengamos posibilidades. Las tenemos, pero debemos movilizarlas, activarlas, asumirlas, potenciarlas y desarrollarlas para lograr tener una voz para liderar que consiga que las/os decisoras/es políticas/os crean y se convenzan de la necesidad de invertir en enfermeras con el objetivo de lograr respetar los derechos que garanticen una salud global que se aleje del asistencialismo, de las respuestas localistas, de la fragmentación, de la enfermedad, de la inequidad… y se aproxime a una atención integral, una focalización en salud, una participación activa de la comunidad que permita su empoderamiento a través de su autodeterminación, autogestión, autonomía y autocuidado. En la medida en que seamos capaces de lograrlo, a través del liderazgo del cuidado, alcanzaremos el empoderamiento profesional que nos otorga valor propio, claro y diferenciado para contribuir, junto a otros profesionales y agentes de salud comunitarios, a dar respuestas eficaces, eficientes y saludables.

Identificar nuestras debilidades no es un signo de debilidad, al contrario, es un primer paso para activar nuestras fortalezas. Obviarlas o ignorarlas es tanto como alimentar las primeras y sumir en la inanición a las segundas. El equilibrio entre lo bueno y lo malo, o lo menos bueno, nos tiene que llevar a superar unas y potenciar otras. Las amenazas, por su parte, estando presentes no pueden suponer tampoco una excusa para la inacción o el lamento permanente. Existen oportunidades y debemos no tan solo aprovecharlas sino incluso generarlas para revertir y contener las amenazas.

No se trata, muchas veces, de crear nuevos recursos, nuevas opciones, nuevos espacios, sino de aprovechar la potencialidad de los que existen. Aunque puedan estar mal utilizados, no quiere decir que no se pueda revertir tal situación y hacerlos eficaces y útiles para que aporten valor. Pero para ello hay que implicarse y no tan solo quejarse y reclamar. Es una labor y responsabilidad de construcción colectiva.

Creer que todo debe ser fácil es como fiarlo todo en exclusiva a la fe o a la suerte. Hacerlo desde la fe, las creencias o la confianza en que algo sucederá para cambiar no es suficiente. Como dice el refrán, a Dios rogando, pero con el mazo dando, es decir, acción para hacer que las creencias se transformen en concreciones de desarrollo, avance y consolidación que den valor.

La suerte, por su parte, como única alternativa de logro, es una apuesta perdedora y es, además, la excusa perfecta de los mediocres. La suerte, en todo caso, hay que buscarla, facilitarla, promoverla a través del trabajo, el compromiso y la implicación constantes que finalmente permitirán alcanzar fines, metas u objetivos. Si a esto queremos llamarle suerte, vale, pero el valor lo alcanzaremos, más allá de la suerte, lo haremos por nuestro esfuerzo, empeño y dedicación.

Felicidades a todas las enfermeras que dan valor a la Enfermería para, a través de ella, dar valor a los cuidados y que estos den valor a la salud.

El valor como activo intangible de la aportación enfermera es la mejor forma de hacer oír nuestra voz y de hacer visible nuestra identidad y liderazgo. Y es también la mejor manera de celebrar nuestro día internacional.

Disfrutemos de lo que somos y lo que aportamos y trabajemos por mejorarlo y darle cada vez mayor VALOR.

[1]  Político británico (1874-1965)

[2] Jordi Gol i Gurina, médico catalán (1924-1985)

IDENTIDAD Y ALIENACIÓN ENFERMERA

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“Ésa es la condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad.”

Philip Dick [1]

 

Hemos estado largos periodos de tiempo invisibilizadas/os tras denominaciones artificiales, engañosas y claramente intencionales, desde las que ocultar nuestra verdadera identidad para, desde esa manipulada imagen, poder ser utilizadas/os como mano de obra barata y soporte, ayuda u obediencia de otras profesiones. Circunstancia que siempre ha estado avalada legalmente por las/os políticas/os del momento como consecuencia de las presiones del poder sanitarista y medicalizado.

La realidad y la verdad, sin embargo, suelen imponerse a la manipulación y el engaño, aunque ello cueste, además de mucho esfuerzo, un tiempo que ya nadie es capaz de devolver y en el que se pierden realidades, sentimientos, emociones, posibilidades, crecimiento… profesionales que dan sentido e identidad propia a aquello que se ha ocultado y manipulado, precisamente, con esa intención. Se trata realmente de un secuestro con intenciones muy claras de obtener un beneficio por parte de quienes quitan la libertad de las/os secuestradas/os, las enfermeras, y generar un evidente prejuicio a quienes se beneficiaban de su libertad profesional, la sociedad. En secuestros tan prolongados, además, se genera el conocido Síndrome de Estocolmo por el cual las/os secuestradas/os en contra de su voluntad desarrollan una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con sus secuestradores/as o retenedores/as, al malinterpretar la ausencia de violencia y la amabilidad y condescendencia como un acto de humanidad por parte del agresor, lo que conduce a que hagan suyos los motivos de su secuestro aceptando y defendiendo su nuevo estatus y renunciando al que en realidad le corresponde.

Recuperar todo eso, darle nuevamente sentido, interiorizarlo para hacerlo propio y poder exteriorizarlo con orgullo, es una tarea no tan solo larga, complicada y en muchas ocasiones incomprendida, sino que supone la lucha contra resistencias tanto externas como internas, mientras la sociedad es incapaz de identificar y mucho menos reconocer la aportación específica de quienes son vistas/os como un apéndice, sin capacidad de nada más que obedecer.

Recuperar esa identidad enfermera, que no crearla como algunas/os malintencionadas/os tratan de hacer ver, además de costoso ha tenido también un componente de gran satisfacción y orgullo. A nadie le gusta que se le ignore, ningunee, manipule o distorsione, con la intención de eliminar su verdadera identidad y capacidad profesional, y por ello lograr emerger como lo que se es y se siente, eliminando esa empatía forzada con las/os secuestradoras/es y su objetivo, permite recuperar igualmente el sentimiento de pertenencia y de identidad propia.

Pero quienes delinquen, aunque pueda enmascararse el delito con otras formas más amables e incluso libres de pena judicial, suelen tener a la reincidencia. Haciéndolo, además, de manera más sofisticada que no por ello menos agresiva o dolosa. Sofisticación que pasa por actuar con sigilo e incluso una impostada amabilidad con el ánimo de engañar y hacer caer de nuevo a quienes son objeto de secuestro en las redes de las/os ideólogas de la acción y de sus necesarias/os cómplices para darle a todo, una apariencia de legalidad que no levante sospechas, aunque pueda generar ciertas protestas a las que se ignora sistemáticamente.

Últimamente estamos asistiendo precisamente, a esos movimientos sibilinos, alevosos, siniestros, que ocultos tras discursos engañosos de alabanza tienen intenciones claras de invisibilización.

La pandemia ha sido un ejemplo claro de lo que digo. Como ya he comentado en otras ocasiones, los aplausos, utilizados de manera oportunista para ocultar las deficiencias del Sistema Nacional de Salud (SNS), haciéndolos suyos a través de postureos a los que tanto nos tienen acostumbradas/os las/os políticas/os, fueron un ejemplo claro de las intrigas palaciegas que posteriormente se fueron traduciendo en actitudes, acciones y decisiones que contradecían permanentemente la supuesta y falsa adulación con la que trataban de aparecer como benefactores y defensores, cuando realmente les importábamos no poco sino nada.

Así nos encontramos con esa denominación de rastreadoras con la que nos ocultaron y con la que enmascararon la vigilancia epidemiológica que realmente realizamos. Se cumplía un doble objetivo. Por una parte, dábamos respuesta con nuestra actuación a una demanda no siempre justificada pero impulsada por las/os políticas/os como forma de maquillar una gestión ausente de planificación, errática y basada en ocurrencias. Por otra se aprovechaba la ocasión para empezar a utilizar términos que lejos de poner en valor la actividad realizada desde una perspectiva profesional y científica enfermeras, lo que conseguía era ocultar la identidad enfermera y su competencia tras el término cuidadosamente elegido de rastreadoras. Empezaba la estrategia de camuflaje para que nadie fuese capaz de identificar a las enfermeras como las/os profesionales que se encargaban de un proceso complejo al que se le restaba importancia tras dicha denominación tan simplista como claramente intencionada.

Superada la fase del “rastreo” se pasó a la fase de la vacunación en la que pasamos a ser ejecutoras de una técnica y nuevamente perdíamos, mejor nos usurpaban, nuestra identidad enfermera. De nada sirvió que fuesen las enfermeras quienes planificásemos, desarrollásemos y ejecutásemos todo el proceso de vacunación. Se llevó a cabo un reduccionismo que nuevamente perseguía eliminar cualquier posible relación con las enfermeras. De tal manera que pasamos a ser vacunadoras como si de una cadena de producción se tratase en el que todo el trabajo se reducía a la administración de la vacuna.

Es curioso como, ni en un caso ni en el otro, a los médicos les enmascararon con otro término o denominación que no fuese el de su propia disciplina o especialidad. Ellos mantenían su identidad y desde la misma acaparaban el éxito de los procesos, aunque su intervención en los mismos fuese testimonial o residual. Ellos eran quienes aparecían como los verdaderos y únicos protagonistas. El proceso es tan simple como demoledor. Las enfermeras actúan, pero son las rastreadoras y vacunadoras, quienes realmente aparecen como figuras que nadie relaciona con ellas y que por tanto su valor queda reducido a la mera anécdota o al descubrimiento fortuito de su verdadera identidad, pero sin que ello deje de ser una anécdota sin impacto alguno.

Como si de un truco del mejor mago se tratase, a los ideólogos de la política tramposa, todo lo que no es interesa lo ocultan, hacen que nada sea lo que es, la realidad se transforma en ilusionismo y con él el mago logra que el público, la sociedad, vea lo que realmente él quiere que vea, una realidad manipulada tras denominaciones tan engañosas y desacertadas como hábilmente elegidas y utilizadas para el fin perseguido.

Que nadie pretenda engañar aún más diciendo que todo es objeto de la imaginación. Porque las casualidades no existen y lo que realmente sucede es que las enfermeras, siendo y actuando como enfermeras, no encajan en los planes, las estrategias y los modelos de quienes quieren ser exclusivos y excluyentes y de quienes con sus decisiones dan respuesta a sus pretensiones. La historia se repite y la realidad es tozuda.

Cuando la pandemia remite y los calificativos tramposos ya no tienen encaje se idean nuevas figuras que no tan solo sean capaces de ocupar espacios enfermeros y abaratar costes, sino que logren también desdibujar la imagen enfermera.

Mientras tanto y en paralelo sus políticas de oscurantismo, silencio y hermetismo siguen ideando estratagemas que aíslen a las enfermeras e impidan que sus voces no tengan la posibilidad, no tan solo de ser oídas sino incluso de ser pronunciadas. Se secuestra la voluntad de las enfermeras, pero igualmente se secuestra la capacidad de crecimiento, de proyección y con ello de visibilidad y de identidad enfermera. Se trata de ir reduciendo los espacios en los que podamos ser visibles, desde los que podamos dejar patente nuestra aportación específica de cuidados profesionales.

Nada de lo que parecía que pudiese ser tras la pandemia se va a traducir en cambio de modelo del SNS. Porque los cambios pasan, precisamente, por una focalización en la salud y en los cuidados. Y ni una ni otra beneficia los intereses de quienes monopolizan el SNS haciendo de él un reducto de poder exclusivo en el que no quieren que haya el más mínimo espacio para nadie más que no sucumba a sus planteamientos de supremacía profesional desde la subsidiariedad y el sometimiento a su particular visión de la asistencia, que no de la atención. Reducto en el que la enfermedad es lo que importa y lo que impregna tanto la forma como el fondo del modelo asistencialista, patrialcal, medicalizado y fragmentado del mismo.

La creación de respuestas virtuales de atención para el seguimiento de cuidados en el que la única presencia enfermera es la que da nombre al sistema, Lola, enfermera virtual, creado por ingenieros biomédicos y respaldado por un equipo médico sin presencia enfermera es otro claro ejemplo de lo que estoy exponiendo. Suplantación de identidad con claros intereses de eliminar competencias de atención directa enfermera, pero sin que suponga realmente una asunción de las mismas por parte de quienes lo respaldan, tan solo se trata de sustituir una acción de cuidado humanizado por otra de acción mecánica y virtual que obedece a patrones medicalizados[2].

En una reciente visita a Italia en donde la enfermería todavía tiene un débil desarrollo y una menor presencia y esencia, se están creando figuras universitarias como las de los denominados asistentes sanitarios que en teoría deben de dar respuesta a la prevención y la promoción en la comunidad, desplazando claramente a las enfermeras de dicho ámbito de actuación. Un claro ejemplo de pérdida no tan solo de identidad sino de competencias propias.

Todo lo que se aleje de su interés, por tanto, es identificado como una amenaza y supone una inmediata estrategia de ataque para neutralizarlo y aislarlo. Nada ni nadie puede hacer sombra al tótem de la curación y a su ámbito de influencia.

Tan solo aquello que sirva a sus intereses y a los de su reconocimiento y posicionamiento tiene posibilidades de compartir espacio junto a ellos como fieles colaboradores al servicio de su fin.

Mientras tanto quienes, como las enfermeras, no se resistan a que esto suceda, a que su identidad se vea alterada, manipulada y ocultada, a que su campo de competencia cada vez sea más reducido, a que sus competencias sean distribuidas entre otras figuras profesionales debilitando su contribución, a que su voz cada vez sea más débil, a que sus planteamientos sean rebatidos desde el poder de la imposición y no del argumento sólido y riguroso, a que su influencia sea residual e impida el liderazgo de nada que pueda ser un peligro, a que la identidad quede distorsionada para ser una simple mueca de lo que fue y debería ser. Mientras todo esto suceda y no haya una respuesta firme, rigurosa y unitaria, contribuiremos a la insulsez de la superfialidad en la que nos sitúan y nos dejamos situar en todos y cada uno de los ámbitos de actuación, desde la universidad a la atención directa, pasando por la gestión o la investigación.

Las palabras de quienes tienen la capacidad de decisión tan solo son meros mensajes de una falsa esperanza para las enfermeras que acaban diluyéndose en el tiempo. Tiempo que es aprovechado para tejer la red en la que es capturada nuestra voluntad con el fin de que no tengamos capacidad de movimiento y acción.

Puede parecer una reflexión tremendista y apocalíptica. Puede ser tachada de victimista. Puede creerse que es un relato de ciencia ficción y que no obedece a la verdad. Pero esto es lo que se ha dicho tantas veces a lo largo de la historia con relatos que se enmarcaban en la distopía como representaciones ficticias de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana y que el tiempo no tan solo las ratificó como tristes realidades, sino que las mismas lograron superar lo que en ellas se relataba como predicción.

Quisiera equivocarme y que nada de lo que planteo finalmente sea realidad y ni tan siquiera una mínima aproximación a la misma, pero lamentablemente no tengo elementos que me permitan construir y compartir otra reflexión.

Tan solo si el sentimiento de pertenencia y el orgullo de identidad perdidos se recuperan y salimos de la alienación en la que estamos sumidas, podremos concretar, como dijera Arquímedes, un punto de apoyo sobre el que mover este mundo del que estamos siendo excluidas las enfermeras. Porque tal como expresara León Tolstói[3] en Ana Karénina “no es difícil acostumbrarse a todo, particularmente cuando se ve a los demás hacer lo mismo”.

Todo es según el color del cristal con que se mire, pero si el cristal, con independencia del color, no nos deja ver con claridad lo que está pasando y seguimos pensando que nada malo va a pasar, cuando queramos darnos cuenta no habrá camino de retorno, o este será tan penoso y costoso como en otros momentos de nuestra historia lo fue.

Podemos seguir creyendo en los cuentos de hadas que nos trasladan, pero que como en muchos cuentos infantiles, se trata realmente de historias que esconden tragedias, desigualdades, violencia…  o escribir nuestra propia historia, narrándola desde el cuidado profesional y dándole sentido desde la convicción que logre finalmente vencer la convención, entendida esta como la norma o práctica admitida tácitamente y que responde a precedentes o a la costumbre, tal como hace, por ejemplo la Real Academia de la Lengua Española (RAE) con su definición de enfermería en una muestra más de esa clarísima falta de identidad que tantos se esfuerzan en lograr y mantener y otras/os tantas/os en asumir como irremediable. El resultado es el que es y las consecuencias a pesar de estar por venir ya se dejan ver.

[1]   Escritor y novelista estadounidense de ciencia ficción, que influyó notablemente en dicho género (1928-19829.

[2] https://www.lasexta.com/noticias/sociedad/lola-enfermera-virtual-que-conecta-pacientes-cronicos-asistencia-sanitaria_20220430626d623ac22d9900013a8224.html

[3] Novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial.