CUANDO LA POLÍTICA LIMITA LAS POLÍTICAS Enfermeras y acción política

“He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos”.

Charles de Gaulle [1]

 

El político propone y la ciudadanía dispone. Esta podría ser la conclusión ante los resultados electorales del pasado día 23 de julio. Más allá de cualquier valoración partidista, lo que ha quedado claro es que en democracia las pretensiones de poder deben ser avaladas por quienes tienen la última palabra a la hora de hacerlas realidad y que, por tanto, las previsiones triunfalistas acaban, la mayoría de las veces, como las encuestas, por sucumbir a las decisiones soberanas, por mucho que posteriormente se intenten hacer cábalas y juegos malabares tratando de justificar lo que no han sido capaces de lograr con propuestas razonables y razonadas o lo que han presentado como propuestas rechazables y rechazadas, cuando no con mentiras que, curiosamente, son más aceptadas que el rechazo y la ofensa que genera la verdad.

En cualquier caso, lo que ha quedado claro es que minusvalorar la capacidad de análisis, reflexión y decisión de la ciudadanía conlleva expectativas frustradas, sueños imposibles o fracasos sonados, como consecuencia de apuestas fallidas que no son admitidas por considerarlas un claro retroceso para la democracia y la libertad por mucho que se intenten disfrazar con demagogias imposibles.

No es mi intención hacer una lectura política de los resultados obtenidos ni de las posiciones de las candidaturas que han podido influir en los mismos. Pero si que considero importante reflexionar sobre lo que puede suponer para la ciudadanía la constitución de un nuevo gobierno de España que nos afectará a todas/os en muchos sentidos, pero muy especialmente en lo que se refiere a la sanidad y a la educación.

Dos sectores de enorme trascendencia y sensibilidad que tienen una clara influencia en el bienestar y la salud de toda la ciudadanía con independencia de su ciclo vital, de que esté sana o enferma o de la tendencia política, ideológica o de partido que cada cual tenga, porque lo que trasciende finalmente, más allá del cómo es el qué. Porque, sino hay un planteamiento serio y riguroso, decidido y planificado, reflexivo y equitativo, objetivo y realista, que permita sentar las bases sobre las que plantear una sanidad y educación que responda a las necesidades sentidas de la población y no a los intereses partidistas de unos u otros, no importará el cómo llevarlo a cabo, porque el qué, es decir la sanidad y la educación, partirán de un planteamiento falaz, fallido, interesado, secuestrado o limitado a cuestiones que escapan no tan solo al interés de la ciudadanía, sino a la esencia misma de lo que representan, o sea, la salud y el saber de todas/os con independencia de sus ideas, gustos, tendencias o elecciones.

La sanidad y la educación, no tienen tendencia política, pero necesitan de decisión política y de políticas que las impulsen y fortalezcan para lograr los objetivos de bienestar y mejora de vida de la ciudadanía.

Seguir haciendo un uso interesado, por interesante que resulte, de cualquiera de las dos tan solo obedece a planteamientos de egoísmo partidista que demuestran una absoluta falta de intención real por alcanzar un consenso que no tan solo es posible, sino que resulta imprescindible para poder avanzar y consolidar acciones eficaces, efectivas y eficientes, que en ningún caso se logrará mediante figuras marcianas rescatadas del pasado con historiales privatizadores o personajes que pasen el capote para después apuntillar, por poner solo algunos ejemplos recientes .

No es cierto que las ideas impidan el acuerdo y el consenso. Quien lo impide, en cualquier caso, son quienes hacen un uso partidista de las ideas para transformarlas en postulados efectistas que atraigan el voto y con él la posibilidad de alcanzar el poder, pero sin que los mismos tengan un contenido realista y un planteamiento riguroso. De hecho, si analizamos las grandes propuestas que en materia de sanidad y educación plantean los diferentes partidos políticos en sus programas, sin conocer previamente quién las realiza, podríamos comprobar que, en lo esencial, no difieren mucho unas de otras, lo que es un claro indicador de la posibilidad real para un consenso que permita desarrollar un ordenamiento legal generador de estabilidad y resultados positivos en salud y educación.

Continuar utilizando la sanidad y la educación como armas arrojadizas con las que lograr poder, tan solo nos lleva a perpetuar la precariedad de los sistemas sanitario y educativo y utilizar sus fracasos como argumento con los que atacar en uno u otro sentido sin que exista una voluntad política real por alcanzar el consenso y con él la solución a muchos de los problemas que actualmente persisten como nicho de oportunidad electoralista permanente.

La salud, como la educación, no son de derechas o izquierdas, no son rojas o azules. Las sitúan, encasillan tiñen o dirigen en uno u otro sentido quienes quieren hacer de ellas un uso que se aleja de los verdaderos objetivos de ambas.

Identificar, etiquetar, encasillar… a la promoción de la salud, la participación comunitaria, la Atención Primaria, la humanización o la alfabetización en salud como de izquierdas y la cirugía, el diagnóstico médico, la alta tecnología, la Asistencia Hospitalaria o la farmacología como de derechas es, no tan solo un disparate, tanto desde el punto de vista científico, como de coherencia y de sentido común, sino que supone un claro ejemplo de la utilización que de determinados conceptos se hace para apropiarlos y relacionarlos con determinadas posiciones ideológicas de partido que nada tienen que ver con lo que son o significan etimológicamente, en la teoría o en la práctica de las ciencias de la salud. De igual forma asociar la educación en valores democráticos o la educación afectiva-sexual con un adoctrinamiento de izquierdas o la educación en ética o cívica como un adoctrinamiento de derechas, es igualmente una burda manera de parcelar la educación en compartimentos estanco en función de la ideología partidista que en cada momento tenga la capacidad de decisión política y con ella la de utilizar a la educación como instrumento electoral. Establecer, por otra parte, limitadores de la libertad desde una retórica interesada y perversa como la de los pins parentales o la objeción de conciencia como instrumentos contra determinados derechos de educación (educación afectiva-sexual) o salud (aborto o eutanasia), tan solo obedece al interés partidista de utilizar la educación o la sanidad con intereses que se alejan de una educación en libertad o de una sanidad como derecho fundamental en la que la población tenga capacidad de decisión a través de su participación activa y real.

Así pues, la educación y la sanidad deben ser excluidas como elemento de confrontación política, que no de la política. Porque esta es otra de las grandes falacias con las que se construyen los mensajes demagógicos de confusión, alarmismo y sensacionalismo. La política forma parte indiscutible e inseparable del comportamiento humano y, por tanto, de sus decisiones para plantear y desarrollar cualquier tipo de acción. Pero una cosa es la política y otra bien diferente el uso que de la misma se haga por parte de quienes la utilizan para alcanzar los objetivos partidistas de sus formaciones. De igual forma la ideología impregna la política y esto en sí mismo no es negativo pues forma parte de la esencia política. El problema viene determinado cuando no la impregna, sino que la contamina lo que acaba provocando efectos tóxicos y nocivos en la vida y la convivencia públicas de la ciudadanía.

Quienes se autodenominan como servidores/as públicos/as deberían modificar su actitud a fin de que dicho servicio sea o tenga repercusión en el bien público de la sociedad en su conjunto al margen de sus tendencias y, sobre todo, de sus cuitas partidistas, y no que lo conviertan en un público servicio hacia sus intereses con los que jugar a una permanente batalla política en la que, además, se incorporan las mentiras, las ocurrencias, las imprecisiones, las descalificaciones y los reproches en sustitución de los argumentos, las evidencias, el diálogo, la negociación y el respeto.

Además, la educación y la sanidad deberían formar parte de esos referentes patrióticos o de identidad que algunas/os se apropian en exclusiva generando una utilización maliciosa de los mismos, provocando el enfrentamiento visceral en contraposición al debate racional y los consensos derivados del mismo. Finalmente, no se trata de que no se puedan alcanzar consensos como reiterada y engañosamente se traslada, sino de la resistencia que se establece para evitarlos, identificándolos como una debilidad política en lugar de una fortaleza institucional, intelectual y racional que facilite el desarrollo de políticas que permitan dar respuesta a las necesidades y demandas de la sociedad y no a la ideologización de la política pública.

Se presenta un panorama políticamente incierto que debería ser aprovechado para reflexionar sobre la necesidad de establecer puntos de interés común en lugar de generar bloqueos que impiden la imprescindible reforma de los sistemas sanitario y educativo que siguen adoleciendo tanto de la adecuada y justa inversión económica, como de la indispensable consideración y puesta en valor de las/os profesionales que en ambos sistemas sostienen y posibilitan la atención educativa y sanitaria, aunque lo tengan que hacer en condiciones de precariedad laboral y de recursos, así como de la falta de incentivos adecuados, no exclusivamente económicos, que permitan un desarrollo ordenado y regulado de las carreras profesionales en base a capacidad y mérito y no por condicionantes relacionados con intereses de poder corporativo que actúan como limitadores de los cambios necesarios, y que son incorporados como parte de los intereses políticos que los interiorizan como propios.

Las enfermeras, ante esta situación, debemos dejar de actuar como invitadas de piedra o simples espectadoras de un panorama político viciado y vicioso en el que es necesario que intervengamos de manera directa a través de la incorporación en la política parlamentaria, autonómica o municipal, o a través del posicionamiento decidido y decisivo para diseñar las mejores políticas de salud e impedir que la política de partido y partidista se adueñe de las mismas para amoldarlas a los intereses ideológicos y no a la ideología de interés público y social.

Seguir pensando y, lo que es peor, actuando como si nada de esto fuese con nosotras es participar en la perpetuación de los males con el consiguiente y progresivo deterioro del sistema sanitario y también del educativo, en tanto y cuanto formamos parte del mismo en el ámbito universitario.

Debemos abandonar la idea equivocada de que somos tan solo un recurso humano que desarrolla competencias y presta cuidados, por importantes que sean, para interiorizar y poner en valor el hecho de que somos y tenemos capacidad de influencia y decisión más allá de la oportunidad que nos den o faciliten para tenerla. Creer que tan solo cuando alguien lo decida podremos actuar en tal sentido es tanto como contribuir a que la situación, no tan solo no cambie sino que se mantenga en el tiempo con todo lo que ello supone de cara a contribuir decidida y decisivamente a que la sanidad y la educación dejen de ser utilizadas como moneda de cambio político-electoral.

Ni la sanidad puede reducirse a un mero acto asistencialista, puntual y fragmentado de la enfermedad, lo que acota, y devalúa la salud, ni la universidad lo puede hacer como si de una factoría de títulos se tratase, para abastecer las demandas asistencialistas de los sistemas sanitarios en contraposición a la formación de enfermeras que puedan y sepan responder a las demandas reales de la comunidad.

Nuestra acción puede y debe ser determinante en las políticas sanitarias y educativas y puede y debe ser referente en la acción política de quienes tienen la capacidad de tomar decisiones como mandato de la voluntad popular, no lo olvidemos.

Seamos capaces de identificar y valorar muchas más diferencias de lo expresado por Bukowsky[2] cuando decía que “la diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes”.

Si realmente no queremos acabar siendo dóciles cumplidoras de las órdenes que nos trasladen, deberemos abandonar la inacción y el inmovilismo para trabajar por aquello que es nuestro, es decir, aquello que es de todas/os la salud y la educación. Cuando caigamos en la tentación de plantear esa manida interrogante de “¿y de lo nuestro qué? Recordemos que nada hay tan nuestro que prestar cuidados profesionales de calidad y calidez a quienes lo necesitan o demandan. El “otro” nuestro vendrá por añadidura o deberá reclamarse cuando hayamos cumplido con lo que es compartido.

Hoy acabo con esta reflexión y me despido hasta septiembre con el deseo de que mi primera nueva reflexión sea para celebrar un panorama de optimismo en el que trabajar por la sanidad y la educación, por la salud y el saber.

Felices y saludables vacaciones a todas/os.

[1] General y estadista francés que dirigió la resistencia francesa contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y presidió el Gobierno Provisional de la República Francesa de 1944 a 1946 (1890-1970).

[2] Escritor de relatos, novelista y poeta estadounidense nacido en Alemania. (1920-1994)

CARONTE: ÓBOLO Y VOTO Una travesía necesariamente reflexiva

Incluso el viaje tiene un final»

Séneca [1]

 

En este periodo de batalla política en el que han querido, unos más que otros, convertir lo que debiera ser un proceso electoral en el que poder tener acceso a información fiable, rigurosa, cercana, pero sobre todo, sincera sobre aquellos aspectos que afectan e interesan, o debieran interesar, al conjunto de la ciudadanía, en una dialéctica mentirosa, gamberra, sucia, zafia y mezquina que trata de confundir en lugar de clarificar, de alarmar en lugar de tranquilizar, de desviar en lugar de centrar la atención, de esquivar en lugar de asumir las responsabilidades, de atacar en lugar de confrontar, de manipular en lugar de negociar… todo con el objetivo de lograr un poder político que cada vez está más alejado de la ciudadanía a la que se insulta a su inteligencia, en la torpe creencia de que tan solo ellos/as la poseen, cuando, en realidad, son quienes más carencias tienen.

A escasos días para ejercer uno de los mayores exponentes de la libertad y la democracia, a través del voto, este se convierte, gracias a la influencia de quienes deben ser elegidos para guiar nuestras vidas, en el óbolo que se nos exige para subir a la barca y cruzar el río de la incertidumbre política en la que nos han instalado entre unos/as y otros/as, como sucediera a las sombras errantes de los difuntos recientes que querían ser conducidos por Caronte para pasar de un lado al otro del río Aqueronte. De tal manera que el voto, como expresión máxima de la participación ciudadana democrática, ha sido convertido tan solo en una moneda de cambio con la que pagar a alguno de los que representan al mitológico Caronte. Quienes no lo hacen, es decir quienes no pagan con su voto, el antiguo óbolo, y por tanto se abstienen en una decisión/elección lícita, pero de dudosa participación en la vida política, que no en la política, que nos afecta a todas/os, quedan vagando, asumiendo algunas/os, pero protestando la mayoría, lo que finalmente sale de las urnas, pasándoles en cierto modo lo que les sucedía a quienes no teniendo el óbolo para la travesía del río Aqueronte, quedaban vagando cien años por sus riberas esperando a que finalmente Caronte accediera a llevarlos sin cobrar.

La mitología, que sirve como referencia de muchas acciones reales y actuales, nos sitúa en este caso ante una situación en la que no tan solo existe un personaje que encarne a Caronte, sino que son muchos los que asumen su mito adornándolo con los discursos a los que me refería al inicio de mi reflexión, en base a los cuales tratan de atraer a quienes quieren subir a sus barcas, previo pago del consiguiente voto (óbolo), para atravesar el río electoral (Aqueronte) y conducirlos a su territorio.

En cualquier caso, este paralelismo con la mitología lo planteo ante las propuestas, sospechas, indicios y evidencias, que de todo hay, que se están produciendo en el panorama electoral, que estamos sufriendo y del que resulta difícil escapar sin provocar mucha incertidumbre y grandes dosis de temor en general y muy particularmente en lo que se refiere a la sanidad, la salud, los cuidados y las enfermeras. Es por ello que sería deseable que antes de entregar nuestro particular óbolo en forma de voto identifiquemos claramente al o la Caronte a quien lo hagamos. Porque la travesía que realicemos y el destino final al que se nos encamine van a depender de esta elección. Por tanto, no se trata de pasar el río, sino de cómo hacerlo, con quién y a dónde nos quiere conducir. Más aun teniendo en cuenta que finalmente y en función de cuantas/os entreguen sus óbolos/votos a unas/os u otras/os, el Caronte que logre mayor número de pasajeros en sus particulares barcas nos conducirá irremediablemente a todas/os a su destino, aunque no sea el que teníamos previsto o elegido, con las consecuencias que comporta.

Si como relatara, situándonos de nuevo en la mitología, Homero en la Odisea, sucumbimos hechizados por los sonoros cantos de sirena, la travesía aún será más incierta y podemos caer en la trampa de quienes actualmente, como ya sucediera en el siglo XIX, quieren sacar beneficio con las sirenas, disfrazándose como tales y solicitando el pago, en forma de voto, para poder ser vistas, atrayendo la atención y curiosidad de quienes creen los mensajes extraordinarios que sobre ellas se cuentan y que lamentablemente no son más que trucos destinados a lograr unos beneficios que nunca serán compartidos por quienes pagaron por verlas.

Estamos pues ante una trascendente decisión que forma parte de la libertad y contribuye a reforzar o debilitar la democracia sobre la que se respeta y defiende. No se trata de un simple pago. Se trata de una acción que comporta responsabilidad y compromiso con la sociedad en la que vivimos y convivimos y de los derechos que se han alcanzado para que sea una sociedad más justa, equitativa y respetuosa, con independencia de posicionamientos partidistas que tienen que ver más con cuotas de poder e ideologías que con cuotas de participación e ideas. Porque los derechos y la libertad para disfrutarlos, debieran ser patrimonio de todas/os y no ser utilizados como armas arrojadizas en función de unas supuestas y tramposas ideologías que lo que verdaderamente esconden son intereses partidistas en los que no se tienen en cuenta las necesidades de la población que, por otra parte, se manipulan intencionadamente para conformar su particular discurso con el fin de fascinar, hechizar y atraer a quienes necesitan para lograr su objetivo que no el de quienes son capaces de que lo consigan. Triste paradoja que, sin embargo, se repite de manera sistemática haciéndonos esclavos de sus decisiones y alejándonos de la posibilidad de actuar con libertad y respeto, aunque no siempre compartamos lo que facilitan dichos derechos. Porque nadie obliga a nadie a divorciarse, abortar, morir dignamente, elegir y vivir plenamente su identidad sexual, sin que nadie decida por nosotros lo que podemos ver, oír, leer o disfrutar, educar para que las personas puedan elegir lo que quieran y no tengan que asumir lo que se les dice que es bueno y rechazar lo que dicen es malo… y a partir de ahí que cada cual determine lo que quiera hacer en función de sus valores, creencias, sentimientos, emociones… que en ningún caso deben ser secuestrados en defensa de una supuesta, artificial y tramposa moral o normalidad impuesta.

Debemos exigir nuestra libertad de elección sin que ello suponga la alienación impuesta por una determinada corriente ideológica o la penalización de unas ideas por ser contrarias o diferentes a otras.

Antes de esta trascendente decisión que supone el dar nuestro particular y valioso óbolo, deberíamos reflexionar sobre lo que supone qué Caronte queremos que nos traslade en la travesía que vamos a iniciar. Y es preciso que seamos capaces de identificar y diferenciar los cantos de sirena que nos fascinan de las verdaderas intenciones de quienes los interpretan, sino queremos arrepentirnos cuando encallemos, enroquemos o nos hundamos, sin poder alcanzar aquellos logros que nos trasladaban en los cantos que nos atrajeron y atraparon.

Recientemente hemos podido comprobar como se están concretando decisiones en contra de determinados derechos y libertades que se creían consolidados y que han sido utilizados como moneda de cambio entre quienes recaudaron los óbolos para alcanzar el poder deseado, aunque ello suponga tener que renunciar a principios propios y libertades ajenas.

La libertad, la sanidad y educación públicas, la democracia, la capacidad de decisión… van a ser utilizados como mantras perversos que realmente enmascaran las verdaderas intenciones de control, vigilancia, restricción, prohibición… desde las que construir un mercantilismo salvaje, una sumisión a los lobbies de poder, una reducción de la capacidad de pensamiento reflexivo ante un utópico e idealista pensamiento único de liberalismo radical… que conducirá a un sistemático y progresivo proceso de desequilibrios y brechas sociales en los que la salud se verá comprometida como consecuencia de la falta de inversiones, la derivación a las empresas privadas, la perpetuación de modelos caducos y centrados en la enfermedad entre otras muchas consecuencias derivadas de las decisiones que priman los intereses económicos a las necesidades reales de la población con el falaz argumento de una necesaria eficiencia que lo único que persigue es saciar la voracidad de las empresas de la salud para hacer negocio con la salud, porque es una consecuencia de lógica económica y empresarial y no como pretenden hacernos creer de una lógica de atención eficaz.

Las enfermeras, nuevamente, seremos sistemáticamente cuestionadas como profesionales competentes, autónomas y capaces. Los cuidados profesionales serán invisibilizados y transportados al ámbito de la intrascendencia y la asignación social a la mujer como un elemento más de la negación de la perspectiva de género y sus desigualdades.

La Atención Primaria, a pesar de los cantos de sirena, será reconvertida en Atención Médica Primaria con idéntica propuesta privatizadora y una deficiencia en promoción de la salud, participación comunitaria, empoderamiento social… en favor del modelo asistencialista, medicalizado, paternalista, dependiente y tecnológico que interesa perpetuar.

Puede pensarse o plantearse, y se está en el derecho a hacerlo, que mi reflexión está contaminada, es parcial, maliciosa o revanchista, pero la realidad es tozuda y la historia esclarecedora.

Cuando ni tan siquiera han transcurrido dos meses desde las elecciones autonómicas y municipales y mucho menos tiempo desde que los gobiernos surgidos del viaje de una orilla a otra se concretasen, ya tenemos ejemplos claros y palmarios de lo que estoy planteando. Por ejemplo, el que hayan desaparecido de un plumazo las enfermeras que ocupaban puestos de responsabilidad en cargos de toma de decisión política, no porque hayan sido sustituidas por otras de su posición ideológica o partidista, sino simplemente porque han sido eliminadas como opción a acceder a los mismos. Por ejemplo, rescatar en el túnel del tiempo a quien fue artífice de una de las mayores privatizaciones de la sanidad pública conocidas en nuestro país para situarlo como consejero de sanidad, modificando de paso el nombre de salud universal y salud pública, que parece ser les parece demasiado peligroso y sospechoso de cierta tendencia ideológica izquierdosa. Y podríamos seguir exponiendo ejemplos que, de momento, tan solo son la carta de presentación de lo que posteriormente será el desarrollo de sus ansias derogatorias para allanar el camino de sus verdaderas intenciones mercantilistas y privatizadoras.

El 23 de julio tenemos una responsabilidad ciudadana, pero las enfermeras, además, tenemos una responsabilidad de identidad profesional, de compromiso social, de defensa de los derechos fundamentales, de implicación con la salud pública, de reivindicación de los cuidados profesionales, de identificación con las poblaciones vulneradas, de rechazo al negacionismo científico… por lo tanto debemos pensar de manera clara y reflexiva a quién damos nuestro óbolo para cruzar el río. No da lo mismo hacerlo a unos/as que a otros/as. No se trata tan solo de ideología. No depende solo de quien ejerce de Caronte. No vale tampoco inhibirse y dejarse llevar. Se trata de decidir con coherencia desde lo que somos y nos sentimos como enfermeras. Porque nuestra decisión no tan solo es consecuencia de un derecho como ciudadanas/os, sino que es una obligación como enfermeras que tenemos el compromiso de acción y defensa de la salud comunitaria y pública.

Nuestro óbolo (voto), por tanto, tiene un valor democrático y de libertad, pero también lo tiene de valor ético y estético con las personas, las familias y la comunidad. No lo regalemos y seamos capaces de exigir que el mismo sirva para lo que, como enfermeras, asumimos siéndolo, con independencia de nuestras ideas y nuestras preferencias políticas. Finalmente, como dijera C.S. Lewis[2] “No puedes volver atrás y cambiar el principio, pero puedes empezar donde estás y cambiar el final”.

[1]Filósofo, político, orador y escritor romano conocido por sus obras de carácter moral. (4 ac-65 ac).

[2] Apologista cristiano anglicano, medievalista, y escritor británico, reconocido por sus obras de ficción (1898-1963)

CIE 2023: LAS ENFERMERAS UNIDAS. UNA FUERZA PARA LA SALUD GLOBAL Del lema a la realidad. De la realidad a la posibilidad.

El que obtiene la unidad, lo obtiene todo”

María Zambrano [1]

 

El Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) y la Asociación de Enfermeras de Canadá (CNA) han organizado el 29º Congreso del CIE, celebrado del 1 al 5 de julio de 2023 en Montreal -Canadá-, con el tema: Las enfermeras unidas: una fuerza para la salud global.

Sin duda un lema que representa un gran deseo y una imprescindible necesidad, pero que lamentablemente no deja de ser un sueño del que despertamos diariamente con la sensación de que nunca lograremos alcanzarlo y que, en ocasiones incluso, se torna en pesadilla por cuanto supone una fuerte respuesta emocional, derivada de la ansiedad que genera y que desemboca en una profunda tristeza.

Puede parecer extraño, cuando no contradictorio, que el deseo de unidad derive en ansiedad. Pero, al menos en nuestro país, hablar de unidad es algo que algunas/os deseamos, otros/as rechazan y otros/as temen.

El deseo de quienes han/hemos trabajado y siguen/seguimos trabajando por dicha unidad lamentablemente y a pesar del trabajo, esfuerzo y dedicación para lograrlo se ha topado siempre con las trabas y trampas de quienes identifican en dicha unidad una pérdida de poder y una oportunidad para medrar a costa de la Enfermería y las enfermeras, aunque su discurso pretenda trasladar entrega y dedicación de manera tan falsa como interesada. Rechazo y temor, por tanto, que justifica la permanente parálisis a la que someten, con su falta de acción y decisión, a la Enfermería y con ello a la debilidad de la misma ante la administración política y sanitaria y la propia sociedad.

La presencia en Montreal no es suficiente para lograr la unidad. Las fotos protocolarias no contribuyen al consenso necesario. Las buenas intenciones, trasladadas a través de mensajes tan artificiales como falsos, no permiten modificar la sensación de aislamiento y falta de representación. Montreal queda demasiado lejos para la gran mayoría de las enfermeras. Cuando la realidad más cercana, más íntima, más identificable de nuestro entorno, no se vive con la ilusión de unidad sino con la permanente sensación de distancia, aislamiento y ruptura entre quienes debieran conformar la representación de los diferentes ámbitos científico-profesionales de gestión, atención, docencia e investigación, impide que identifiquemos como propio el lema elegido y que cueste creernos y apoyar la esencia del mismo que, por sí solo, no es capaz de lograr la unidad que propone.

Sin duda, la unidad es tan deseable como necesaria, pero para lograrla se requiere voluntad real y no tan solo manifestaciones a las que tan acostumbradas/os estamos, pero que no debemos naturalizar ni entender, en ningún caso, como normales. Porque no se trata de tender hacia el pensamiento único, sino de huir de él para construir desde el pensamiento crítico una realidad de unidad en la que como dijo Stephen Covey[2], “las fortalezas están en nuestras diferencias, no en nuestras similitudes”.

Quienes ahora se apresuran a aplaudir el lema, son exactamente los mismos que han evitado, por acción u omisión, que sea cuanto menos una posibilidad con sus estrategias de confusión, sus dinámicas de exclusión, sus posicionamientos de fuerza, sus eufemismos y sus falacias. No se logra la unidad, en la que ahora parecen creer, ya que la identifican como una amenaza a sus intereses particulares, en lugar de como una oportunidad a los intereses generales de las enfermeras. Pretender que creamos en sus buenas intenciones es tanto como querer que continuemos creyendo en las hadas madrinas y los milagros, más aún cuando hablamos de profesionales de una ciencia que requieren y exigen evidencias y no tan solo ocurrencias por fantásticas que puedan ser y que, además, no lo olvidemos, se pagan con el dinero de todas las enfermeras.

La unidad precisa de generosidad, de voluntad, de compromiso, de humildad, de libertad, de sinceridad, de ética y estética… para lograr que sea una realidad que trascienda a la simple verbalización vacía y sin sentido que actualmente se le da.

Asistir a la conferencia del CIE debería ser una forma de concretar acciones, de aportar convicciones, de generar evidencias, de compartir experiencias, de establecer estrategias, de limar diferencias, de facilitar consensos, de plantear objetivos, de valorar resultados… y no tan solo un escaparate de sonrisas más o menos sinceras, más o menos protocolarias, más o menos necesarias, ni una reunión en la que aparentar lo que en muchas ocasiones no se es ni se desea ser.

Canadá queda lejos, pero aún queda mucho más lejos la actitud de quienes dicen representarnos.

Canadá no la podemos acercar, es evidente, pero la actitud si podemos y debemos aproximarla a las necesidades reales de la profesión/disciplina enfermera y de las enfermeras que son las que pueden y deben cambiarla para que la unidad sea una realidad asumible y asumida por todas ellas.

Pero Canadá propició otros hechos como que el primer ministro del país, asistiese a la Conferencia. Si bien es cierto que su presencia puede enmarcarse en una muestra de respeto protocolario, no es menos cierto que ya nos gustaría a las enfermeras españolas que nuestro presidente o jefe de estado, se implicasen de igual forma, aunque tan solo fuese por protocolo, con nosotras, en lugar de mantener su permanente distancia y por tanto compromiso que no se minimiza con declaraciones más de apoyo a las mismas tras la pandemia, faltaría más por otra parte. Aspecto que con otras disciplinas tratan con mayor mimo, asistiendo a los llamamientos que les realizan, lo que, cuanto menos, induce a interpretar que se establecen prioridades a la hora de responder con una presencia real y no tan solo epistolar de disculpa por las inefables y recurribles “cuestiones de agenda”, lo que pone de manifiesto que en las agendas no parece haber nunca espacio para las enfermeras.

Pero es que, además, el primer ministro de Canadá, el Sr. Justin Trudeau, en su discurso dijo algo que, aunque puede ser identificado también como un guiño interesado para la ocasión, no es menos cierto que no deja de ser una declaración que aporta algo más que buenas palabras al manifestar una realidad que interpela a terminar con intenciones de cara a elecciones para pasar a llevar a cabo elecciones de intenciones reales que mejoren la situación de las enfermeras por cuanto hacerlo supone mejorar la situación de salud de las personas, las familias y la comunidad.

Decir que “Las enfermeras son héroes, pero los elogios no pagan el alquiler”[3], tal como hizo el Sr. Trudeau, supone asumir personalmente que su discurso se distancia del elogio fácil, oportunista y puntual, para situarse en la identificación de una realidad que resulta cruel y de la que lamentablemente participan de manera generalizada las/os responsables políticas/os a nivel global, lo que paradójicamente contradice el lema del CIE de “una fuerza para la salud global”, porque ni nos facilitan la fortaleza del liderazgo indiscutible e indispensable de los cuidados profesionales, ni permiten que realmente se convierta en una acción real de salud global como sería deseable y es planteado reiteradamente por parte no tan solo del CIE sino de la propia OMS en innumerables posicionamientos, sin que los mismos sean asumidos por parte de quienes tienen la capacidad política de hacerlo pero adolecen de la voluntad política de concretarlo con acciones firmes, coherentes y determinantes para acabar con una manifiesta e incomprensible falta de apoyo político e institucional.

Repito, se pueden entender las palaras del Sr. Trudeau, como oportunistas, pero nadie puede cuestionar su oportunidad y acierto, aunque dudo que alguien de nuestro país sea capaz no ya de asumirlas sino tan siquiera de entenderlas y con ello tratar de emularlas. A buen seguro, si las han llegado a oír, que no escuchar, estarán pensando, en estos momentos, la manera de utilizarlas para adaptarlas a su discurso electoralista.

Por tanto, la unidad de las enfermeras es un concepto, un deseo, una necesidad, una oportunidad de salud global que escapa a los intereses de unos u otros y se debe concretar y focalizar en las enfermeras. No por cuestiones laborales o corporativas, en absoluto, por muy lícitas que puedan llegar a ser, sino por cuestiones de salud comunitaria, de coherencia política, de apoyo a la salud pública, de evidencia científica, de sentido común, de justicia, de equidad y libertad. No hacerlo nos seguirá situando en un plano de claro deterioro de la atención a la salud desde los sistemas sanitarios que siguen anclados en organizaciones caducas que responden de manera eficaz tan solo a una reducida parte de la población, sin que siempre sea quien más necesidades tiene. Siendo generadoras de dependencia, de demanda insatisfecha, de vulnerabilidad, de falta de equidad, de limitación de la accesibilidad, de favorecer la medicalización, de anular la participación… y, en definitiva, de una atención fragmentada, discontinua, despersonalizada y deshumanizada.

La unidad de todas las enfermeras pasa pues por la necesidad de analizar quienes están actuando como ficticios referentes y cuáles deben ser nuestras/os verdaderas/es líderes, es decir, aquellas/os capaces de catalizar, coordinar, articular y no disgregar, desordenar y confundir, teniendo en cuenta, además, que la unidad no significa que necesariamente debamos pensar todas/os lo mismo, ni estar todas/os de acuerdo, porque precisamente, en la diferencia está la riqueza que puede fortalecer la unidad, porque como expresara Isaac Newton[4] “la unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo”. Pero también pasa por exigir que nuestras/os representantes políticas/os en todos los niveles sean capaces de identificar, valorar y reconocer la aportación real y valiosa de las enfermeras de tal manera que el cambio en su discurso sea consecuencia de ello y no tan solo un postureo falso intentando agradar para obtener un apoyo interesado a sus intereses.

Canadá ha sido un ejemplo de lo que puede ser y no es. Pero también debiera ser un punto de inflexión para que realmente sea lo que debe ser si queremos contribuir de manera decidida a la salud global desde la unidad enfermera. Unidad enfermera que, sigo insistiendo, debemos propiciar en el marco de un contexto iberoamericano que nos permita liderar autónoma y libremente nuestro presente y construir el futuro de una realidad propia, sin despreciar las aportaciones externas como referencia, pero no como influencia contaminadora y colonizadora que logra a través de la fascinación, la exclusión de lo que nos es propio, cercano y compartido, empezando en el ámbito académico e invadiendo todo el ser y sentimiento enfermero[5].

[1]Intelectual, filósofa y ensayista española (1904-1991).

[2] Licenciado en administración de empresas, escritor, hacedor de frases, conferenciante, religioso y profesor estadounidense (1932-2012).

[3] https://www.linkedin.com/posts/jesus-morente-lopez-b31a3843_trudeau-las-enfermeras-son-h%C3%A9roes-pero-los-activity-7082972732304351232-AQBg/?utm_source=share&utm_medium=member_ios

[4] Físico, teólogo, inventor, alquimista y matemático inglés (1642-1727)

[5]https://www.researchgate.net/publication/372062294_Hegemonia_del_conocimiento_academico_entre_silenciamientos_y_borramientos

OFENDE QUE ALGO QUEDA De la descalificación a la invisibilización

“Yo no insulto. Yo demuestro

El rinoceronte (1959) Eugene Ionesco[1]

            Se ha instaurado en el debate público el lenguaje de la descalificación, el insulto, la ofensa… como método para construir una realidad ficticia que sea asumida, creída y defendida por parte de quienes la reciben.

            Lo de menos es si lo que se dice, afirma y sostiene tiene justificación, se sustenta en pruebas o se sabe a ciencia cierta, nunca mejor dicho, si se corresponde con la verdad o es simplemente una estrategia que permita construir un mensaje oportunista del que poder sacar rédito por parte de quien verbaliza el discurso de la ofensa, al pensar que haciéndolo y con independencia del contenido de verisimilitud que tenga, conseguirá que algo quede y, por tanto, se cuestione, acuse, sospeche, rechace… a quien o quienes son depositarios del mensaje acusador, aunque el mismo sea tan solo un artificio verbal que pretende desautorizar, desvalorizar, ridiculizar o simplemente ofender.

            Esta estrategia no tan solo no es nueva, sino que ni tan siquiera tiene capacidad de innovación a pesar de la inteligencia artificial como sustitutiva de la inteligencia natural que se debe entender agotada al tiempo que requiere pensar, analizar, reflexionar y sobre todo respetar. Últimamente, sin embargo, está siendo utilizada de manera muy generalizada en múltiples ámbitos sociales, políticos, económicos… pero también profesionales e incluso científicos, posiblemente por hecho de creer que una ofensa tiene valor exactamente en la medida en que te obliga a reflexionar (Elías Canetti)[2].

            Su uso no tan solo se generaliza, sino que, además, se depura con el fin de que la construcción del discurso que se traslada a la audiencia tenga una apariencia de realidad que permita su utilización como arma de ataque que evite el debate y la reflexión al generar un escenario de confrontación en el que no existen más reglas que las de la mentira de quien ataca, procurando repetirla muchas veces en el convencimiento de que así será capaz de hacer creer que es verdad, y el intento de desmontarla de quien las sufre en su intento por evitar una derrota tramposa. El problema aumenta cuando ambos contendientes asumen el instrumento de la ofensa y, entonces, la cuestión se centra en ver quien tiene mayor habilidad o capacidad de persuasión para convencer a quienes va dirigido el mensaje y de esta manera lograr la aceptación de su mentira como certeza o el rechazo de la del contrario como falsedad

            En cualquier caso, lo realmente importante es sembrar la duda y con ella la confusión, con tal de conseguir aquello que no se es capaz de lograr a través del argumento, la justificación o las pruebas basadas en el rigor informativo o científico. Si a lo dicho, además, contribuyen los medios de comunicación haciéndose eco de los mensajes de descalificación sin contrastar su certeza, el mensaje se ve amplificado en cuanto a su capacidad de provocar daño de manera interesada, aunque pueda entenderse interesante.

            Este juego perverso se traslada al discurso utilizado muchas veces por parte de quienes quieren hacer ver que su posición no tan solo es la única válida, sino que cualquier otra que se presente como alternativa o complementaria sea identificada como un peligro para quienes deben ser depositarios o destinatarios de las acciones propuestas por unos y desacreditadas por otros desde la mentira y la ofensa a quienes las lideran.

            Decir que los médicos son quienes más aportan a la salud de la población, que una atención prestada por enfermeras es un peligro para la salud de las personas, que los cuidados no son lo más importante en las UCI, que la gestión es competencia exclusiva de los médicos, que las enfermeras no pueden tener una nivel A1 por ser una categoría inferior, que los médicos son los mejores interlocutores con la población, que las enfermeras no pueden prescribir por no tener competencias ni preparación para ello, que los médicos son los únicos que pueden salvar el sistema sanitario… son tan solo algunas de las afirmaciones que se trasladan como verdades incontestables a la población desde una posición de poder y a través de órganos de representación científico-profesional como organizaciones colegiales, sindicales e incluso sociedades científicas.

            La construcción de estos mensajes no es casual, ni circunstancial, ni inocente, ni imprevista, ni tan siquiera accidental. Es una construcción metódica, interesada, intencional e intencionada, culpabilizante, descalificadora, alarmista y sensacionalista que trata de generar en la ciudadanía una sensación de indefensión, desprotección, temor, duda, incertidumbre, desconfianza… hacia las enfermeras y su actividad profesional autónoma para reforzar su estatus e influencia que consideran en riego. Se trata de verdades a medias o mentiras completas como argumento tramposo y mezquino ante la total falta de argumentos que permitan razonar su intento permanente de colonización absoluta del sistema sanitario, sin dejar resquicio alguno para la puesta en valor, el reconocimiento o la visibilización de nadie más que no sean ellos, aunque su asistencia no tan solo no responda a las necesidades de salud reales de las personas, las familias y la comunidad, sino que además generen dependencia y demanda insatisfecha con su actitud paternalista centrada en su protagonismo exclusivo y excluyente.

            Quieren ser los valedores exclusivos de la salud, pero se excluyen ellos mismos de las ciencias de la salud por considerarla una ciencia excesivamente compartida por otras disciplinas, refugiándose en la ciencia médica o biomédica como espacio de club privado y con derecho de admisión.

            Sus mensajes del miedo, trasladan una visión subsidiaria, complementaria y secundaria de las enfermeras, ocultando, o lo que es peor, desprestigiando cuando no descalificando su atención autónoma en base a sus competencias específicas y minusvalorando los cuidados, cuando no intentando apropiarse de ellos, aunque tan solo sea como estrategia para que no se identifiquen con las enfermeras.

            Mientras todo esto sucede las enfermeras permanecen agazapadas en sus nichos ecológicos y refugios asistencialistas en los que, lamentablemente, se han acomodado asumiendo el papel secundario que les asignan y si algunas tratan de desarrollar su actividad autónoma y alejada de los corsés asistencialistas impuestos son rápidamente señaladas y desprestigiadas por sus iguales y por quienes actúan como señoritos del cortijo en que convierten los centros de salud y los hospitales, organizados a su imagen y semejanza para mejor disfrute de su desarrollo profesional, aunque el mismo no siempre conlleve una respuesta de calidad a las necesidades de salud de la población y ni tan siquiera una solución a las enfermedades que padecen y que se convierten en el verdadero objeto de deseo de quienes falsamente reivindican la salud a sabiendas de que es la mejor manera de que la misma no eclipse su verdadero interés, la enfermedad al margen de quienes la padecen.

Por su parte las máximas representantes de las enfermeras mantienen un silencio ensordecedor, en parte producto de la incapacidad por contrarrestar los mensajes trasladados, mas allá de la queja lastimera o el pataleo improductivo, en parte debido a la debilidad de las organizaciones que representan como consecuencia de la falta de adherencia o pertenencia a las mismas, lo que es aprovechado para intensificar los mensajes y hacerlos públicos a través de los medios que ellos mismos controlan, manejan y manipulan en connivencia con la industria farmacéutica.

            Estamos asistiendo a un deterioro progresivo y letal de las instituciones y las organizaciones de la salud como parte de la salud pública que se dice defender pero que en realidad se utiliza como escudo protector para los verdaderos y maléficos intereses de quienes no tienen verdadera intención, ni voluntad, ni compromiso en que mejore.

            La Atención Primaria y Comunitaria como ahora se denomina, aunque sea tan solo una etiqueta que permite maquillar su evidente deterioro, se reclama como territorio propio a pesar de la deseada diáspora de quienes en la misma trabajan o del rechazo a hacerlo de quienes tienen oportunidad de incorporarse al dejar desiertas las plazas de formación de especialistas. Pero como si de una fortaleza numantina se tratase, prefieren morir en su hipotética defensa, antes que dejar que las que consideran una amenaza para su prestigio, poder e influencia puedan ser identificadas y valoradas por su aportación profesional, aunque para ello tengan que utilizar las males artes de las mentiras o las descalificaciones.

            Desde luego la solución no pasa por replicar la estrategia del descrédito y la ofensa como remedio para contrarrestar el negacionismo que en torno al cuidado y la aportación específica enfermera se genera y se acepta como natural. Pero tampoco desde la pasividad y la inacción se conseguirá anular el efecto nocivo de la mentira.

            Recientemente el actual presidente del gobierno, objeto de una campaña de descrédito y descalificación que ha venido a bautizarse como antisanchismo, ha decidido actuar defendiendo su honorabilidad y su acción política, asistiendo a los medios de comunicación, algunos de los cuales han actuado como amplificadores de la citada estrategia, para desenmascarar las mentiras y poner en valor sus decisiones, al darse cuenta que desde el silencio lo único que se consigue es contribuir a reforzar los mensajes contra él y que responder con idéntica estrategia es caer en la trampa de la provocación que sería utilizada como arma contra él mismo.

            No es mi intención replicar o emular la estrategia política del Seños Sánchez, pero cuanto menos debiera servirnos como ejemplo para pensar en qué debemos hacer si queremos, al menos, luchar hasta el final sino queremos que nos identifiquen como tramposas que queremos invadir espacios que no nos corresponden y por tanto se justifique en base a esta premisa falsa nuestra anulación como profesionales autónomas.

            Utilizar la estrategia del avestruz escondiendo la cabeza bajo tierra, desde luego, a lo único que nos puede conducir es a que seamos incapaces de ver la realidad y poder afrontarla. No se trata de ser temerarias, pero si de no ser cobardes y utilizar nuestro conocimiento y competencias como respuesta a las ofensas que tratan de anularnos como enfermeras y rescatarnos como profesionales tecnológicas al servicio de la profesión/ciencia médica y sus propósitos colonizadores.

            Mientras, por una parte, medicina, como disciplina/profesión, no sea capaz de identificarnos desde el respeto científico como profesionales autónomas capaces y competentes para optar, en base a criterios de capacidad y mérito, a cualquier ámbito de toma de decisiones, teniendo que utilizar la mentira y la ofensa como arma defensiva de sus intereses laborales o profesionales aunque estos sean legítimos, y por otra enfermería también como disciplina/profesión no sea capaz de madurar y hacer frente de manera decidida, rigurosa y contundente a los ataques basados en mentiras, la salud continuará siendo una quimera eclipsada por la enfermedad y quien la promueve y defiende como foco de atención, organización, gestión o negocio.

            La salud es el resultado de un compromiso compartido basado en la verdad, el rigor, la participación, la libertad y el derecho a la misma más allá de personalismos autoritarios y excluyentes que impiden la participación, la diversidad, el análisis, el debate, el pensamiento crítico y el consenso.

            Nadie es imprescindible, pero tampoco nadie es prescindible y todos son necesarios e importantes en la construcción de una salud solidaria y participativa.

            No caigamos en la trampa de quienes no tienen mayor interés que el suyo propio o corporativo y utilizan cualquier estratagema para lograrlo.

            Tan solo desde el respeto y el diálogo seremos capaces de minimizar, anular o eliminar las diferencias y reforzar las coincidencias.

            Los extremismos, sean políticos, económicos o corporativos tan solo conducen a la generación del odio, la exclusión y el acoso. La connivencia, alianza o consentimiento con ellos nos esclavizan, anulan e incapacitan para plantear soluciones de equidad e igualdad. Como dijera Jorge Wagensberg[3] “El insulto busca la ofensa y apunta a las personas; la libertad de expresión apunta a las ideas y busca la crítica”.


[1] Dramaturgo y escritor franco-rumano (1909-1994)

[2] Escritor búlgaro de lengua alemana (1905-1994).

[3] Científico y escritor español (1948-2018)

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