CUENTO DE NAVIDAD, CUENTO DE ATENCIÓN PRIMARIA

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 “La mayoría de las cosas importantes en el mundo han sido logradas por personas que han seguido intentándolo cuando parecía no haber ninguna esperanza”.

Dale Carnegie[1]

 

Ana es enfermera comunitaria y desde hace más de 35 años trabaja en un centro de salud. El mismo que ayudó a montar al inicio de la Atención Primaria en España. Cuando la Atención Primaria era una gran desconocida que se miraba con recelo y se evaluaba con cierto desprecio por entender que era un entorno de atención menor y sin proyección profesional.

Ana se incorporó, tras aprobar las primeras oposiciones que se convocaron en España para puestos de enfermeras de atención primaria en base al Real Decreto 137/1984, de 11 de enero, sobre estructuras básicas de salud que establecía los principios normativos generales conforme a los cuales sea posible la creación y puesta en funcionamiento de Zonas de Salud, a las que se atribuyen funciones integradas de promoción, prevención, asistencia y rehabilitación dirigidas tanto al individuo, aisladamente considerado, como a los grupos sociales y a las Comunidades en que se insertan quienes por otro lado participan activamente a lo largo de todo el proceso sanitario[2]. Lo hizo con ilusión, al tiempo que, con incertidumbre, dado que se trataba de un nuevo modelo del que poco o nada se sabía, pero para el que se formó y trabajó desde la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria a la que se asoció cuando se creó y a la que sigue perteneciendo.

El transcurrir de los años hicieron que Ana pasara por diferentes fases de ánimo, esperanza, ilusión, pero también de desánimo, frustración e incluso de ganas de abandonarlo todo y emprender un nuevo proyecto. Pero finalmente le pudieron más las ganas por recuperar aquello en lo que creía, que tirar la toalla.

Próximas las vacaciones de una nueva navidad atípica, por obra y gracia de la pandemia, Ana se encuentra a la espera de conocer el resultado del examen que realizó el pasado día 11 y que durante tanto tiempo estuvo esperando para lograr ser, bueno no, para logar obtener el título de especialista en enfermería familiar y comunitaria, porque serlo ya lo es. No es que le haga falta para hacer lo que está haciendo desde hace tantos años y para lo que es sobradamente competente. Pero es como un reto personal que quiere logar y porque considera que es algo que merecen las residentes a las que tutoriza, aunque a ellas lo que verdaderamente les ha aportado Ana es su conocimiento, fuerza, valor, convicción, orgullo de ser y sentirse enfermera comunitaria al margen de poseer un título por muy oficial e importante que pueda ser o parecer.

Como tantos otros días Ana inicia una jornada más en el Centro de Salud, ahora que ha retomado cierta normalidad que la pandemia y quienes gestionan la sanidad cortaron de raíz, en un caso por los contagios que provocaba y en otro por la ignorancia y la torpeza de quienes tomaron decisiones en contra de la Atención Primaria y su actividad. Pero ella siempre dice que no hay días iguales, que todos ofrecen nuevas experiencias y realidades que afrontar con las personas y las familias a las que atiende. Personas y familias que son parte de su vida porque las ha visto nacer, crecer, evolucionar, luchar, sufrir, alegrarse… a lo largo de sus diferentes ciclos vitales, con sus anhelos y sus sueños, sus logros y sus fracasos, sus alegrías y sus tristezas, sus certezas y sus dudas, sus amores y desamores, sus victorias y sus derrotas, sus pérdidas y sus duelos… como parte de sus procesos de salud en los que ha intervenido, tanto individualmente como en el entorno familiar, tratando de dar respuesta puntual a las necesidades que le planteaban o que requería identificar. Respuestas desde los cuidados profesionales que aprendió a consensuar con ellas huyendo de la estandarización formal y normotípica recogida en los manuales que sirven como referencia pero no como dogma de fe, pues aprendió que los cuidados son una realidad compleja, no lineal y en constante evolución que requieren ser adaptados a la realidad individual y exclusiva de cada persona atendida, por mucho que en el problema de salud por el que les atiende confluyan patologías que responden a indicaciones en este caso si estandarizadas, como la diabetes, la hipertensión o la obesidad. Pero es que ella atiende personas que sufren, viven, trabajan, conviven… con esas patologías y que por tanto afrontan de desigual manera en base a las expectativas, valores, vivencias, debilidades, fortalezas, recursos… que cada persona tiene o es capaz de lograr. Por eso ha aprendido también que necesita tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis, para prestar los cuidados profesionales, a pesar de que la institución para la que trabaja siga invisibilizando su aportación singular al dar más importancia a la técnica que al cuidado. A pesar de que algunas/os compañeras/os consideren que no vale la pena ese esfuerzo y prefieran instalarse en la ética de mínimos en contraposición al valor ético que aporta Ana para poner su competencia al servicio de todos y de todo, a pesar, precisamente, de todos y de todo.

Y con ese compromiso, con esa actitud, afronta Ana esta nueva jornada. Y lo hace, como siempre, con alegría, con una sonrisa permanente, con disposición y disponibilidad, pues como ella dice, nadie merece ser receptora de sus preocupaciones, su rabia contenida o su angustia acumulada, que ha aprendido a gestionar como ha hecho también con el tiempo del que dispone y que es el mismo para todo el mundo. Finalmente planifica sus emociones y su tiempo para dar la mejor respuesta posible a las emociones y el tiempo requerido por las personas a las que atiende.

Empieza por repasar su agenda y sus compromisos adquiridos. Los que tiene en su consulta y los que debe atender en los hogares de las familias o en algunos espacios comunitarios. Además, claro está, de las ineludibles obligaciones cotidianas de técnicas que, como tantas otras cosas, se disfrazan eufemísticamente con denominaciones tan singulares como la de actividades comunes.

En primer lugar, atiende la Consulta, su consulta, que es espacio de escucha activa y de complicidad con la salud, entre ella y las personas que acuden a ella. De complicidad que no de dependencia. Porque Ana se ha esforzado desde el principio en trasladar la importancia del autocuidado, de la autonomía, de la autogestión y la autodeterminación de las personas, respetando y atendiendo a su cultura, su educación, sus valores y sus creencias, adaptándose a ellas para tratar en todo momento que el afrontamiento que la persona deba hacer a su problema de salud sea el más efectivo en base a sus recursos personales, familiares, sociales y comunitarios. Abordando los problemas no desde la enfermedad sino desde la recuperación de la salud y el bienestar a través de una atención integral, integrada e integradora que al principio les cuesta entender al seguir creyendo que la enfermedad es lo más importante. Sin embargo, Ana, la sitúa en un segundo plano y hace énfasis en saber cómo se sienten y conocer cuál es su entorno, en lugar de hacerlo en los síntomas y la medicación que, sin dejar de atender a ellos, los integra en todo el proceso. Identificando fortalezas para sacar el mayor provecho de ellas y tratando de minimizar o superar las debilidades. Haciendo seguimiento de sus logros y ayudando a superar los “fracasos” para que aprendan de ellos y logren la capacidad de controlarlos. Sin generar falsas expectativas, pero animándolos en todo momento a superarse día a día. Finalmente, la satisfacción compartida de alcanzar los objetivos que les permite ser responsables de sus procesos no supone, en ningún caso, la pérdida de contacto cuando este es demandado por ellas. Pero dejan de acudir de manera sistemática a su consulta y tanto Ana como las personas que lo logran lo celebran como merece y corresponde. Como dice Ana, quiere estar pendiente de todas las personas que acuden a su consulta, pero no quiere que sean dependientes de ella.

Una consulta de puertas abiertas, tanto para entrar como para salir de ella, sin que suponga un reducto asistencial, sino un recurso de atención personal e individualizada.

Cuando acaba de atender a las personas que tiene programadas y aquellas que por muy diferentes motivos han acudido a hablar con ella, se prepara para ir a diferentes domicilios que tenía programados. Se trata de intervenciones familiares en el domicilio, alejándose de la habitual visita domiciliaria para atender la úlcera, la diabetes o a hipertensión. Ana tiene claro que es necesario hacer intervenciones integrales en y con la familia que permitan abordar las muy diversas situaciones de salud que se generan en dichos entornos privados a los que acude y a los que le invitan a entrar y compartir la intimidad de ese espacio tan exclusivo. Sabe que ella es la invitada que ese no es su espacio natural, como el de la consulta, y que por tanto debe reconocer y respetar sus dinámicas, observando y no interpretando, valorando y no criticando, escuchando y no tan solo oyendo… identificando cada mínimo detalle que pueda significar una oportunidad de mejora, de ayuda, de apoyo en los procesos vitales de cada miembro de la familia a nivel individual, pero también de la familia como grupo que vive, convive y es receptor de los problemas que cada uno de sus miembros pueda tener y se comparten o rechazan en base a los vínculos, relaciones o roles existentes y de los valores, normas o creencias que conforman ese microespacio comunitario de cuidados en el que resulta complejo, pero necesario intervenir para tratar de establecer equilibrios que permitan afrontar las diferentes situaciones de salud que se comparten, articulando los cuidados familiares con los profesionales. Pero Ana sabe que debe hacerlo sin que su intervención sea identificada como una intromisión. Son procesos largos, continuados en el tiempo, en los que no caben recetas magistrales ni planes estandarizados, sino respuestas que obedezcan a cada momento, demanda o necesidad puntual. De la capacidad de generar un clima de confianza dependerá que las puertas de ese hogar sigan abiertas para Ana o que se cierren, aunque pueda seguir entrando físicamente. No se trata de visitar si no de intervenir e interrelacionar.

Cuando Ana sale del último domicilio, se dirige a uno de los Colegios de Educación Infantil y Primaria existentes en la Zona Básica de Salud, para reunirse con el claustro de docentes y la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (AMPA) con el fin de planificar las próximas actividades a desarrollar tras las vacaciones de navidad, en el centro educativo en base a las necesidades identificadas por ellos como principales agentes de salud. Ana conoce la importancia de coordinación y articulación que ella, como referente del Centro de Salud en el Colegio, tiene. Se trata, como en anteriores ocasiones, de consensuar y definir los objetivos, priorizarlos, marcar los tiempos para desarrollarlos, identificar las/os responsables para cada fase del proceso, diseñar los indicadores de evaluación e implementar la actividad. Ana participará en algunos momentos del proceso junto a otras/os compañeras/os del Centro, cuando su intervención sea necesaria, pero huyendo del protagonismo y dejando que el mismo recaiga tanto en las madres y los padres, como en el equipo docente, el de apoyo del colegio y en el propio alumnado. Esta participación colectiva y planificada, permite no tan solo favorecer hábitos y conductas saludables de quienes conforman esa pequeña comunidad escolar, sino también que el Colegio como entorno comunitario sea también, en su conjunto, saludable.

El Ayuntamiento es su próximo destino antes de regresar al Centro de Salud. Ha concertado una reunión con la concejala de Sanidad y la alcaldesa a fin de abordar diferentes temas relacionados con el servicio de atención domiciliaria que oferta el Ayuntamiento. Ana considera imprescindible establecer una adecuada coordinación entre tan importante servicio municipal y la atención que desde el Centro de Salud prestan las enfermeras comunitarias, con el fin de evitar duplicidades, eliminar contradicciones e impedir olvidos, que influyen muy negativamente tanto en la continuidad de cuidados como en la calidad percibida de los servicios prestados desde el Ayuntamiento y el Centro de Salud. Servicios compatibles que no excluyentes, pero que precisan de una coordinación que respete los espacios y favorezca el entendimiento, potenciando positivamente los resultados obtenidos de dicha colaboración.

Ya en el Centro de Salud, Ana se dispone a participar en la reunión de equipo en la que compartirá algunas de las gestiones que ha realizado durante su jornada y que requieren de la participación de otras/os compañeras/os. Así mismo deberá estar atenta a lo que se plantee en otros aspectos a fin de saber si tiene que incorporarse en alguna actividad planteada por otras/os profesionales.

Se trata del último día de trabajo antes de las vacaciones de navidad que Ana va a lograr disfrutar después de muchos años en los que no había podido hacerlo. Resulta, por tanto, importante dejar todo registrado para que quien vaya a sustituirle no tenga problemas a la hora de realizar su trabajo. Por respeto a quien se incorpore y a la población que de ella depende, es importante que todo quede debidamente reflejado.

Ana se despide de todas/os sus compañeras/os hasta el próximo año. El día 2 de enero regresará de nuevo, con renovadas energías y con la ilusión de que la Atención Primaria en la que ella cree no siga siendo una cuestión de voluntarismo, sino una organización adecuadamente planificada y bien dotada para ofrecer la mejor atención de salud a la comunidad. Es un deseo que se repite desde ya hace demasiado tiempo, tras la deriva que ha tomado en las últimas décadas la Atención Primaria. Ana sigue creyendo en los Reyes Magos y sigue escribiéndoles año tras año en idéntico sentido con la esperanza viva de que puedan finalmente hacer realidad su deseo que, por otra parte, es compartido por otras muchas enfermeras y profesionales de Atención Primaria.

Cuando se dispone finalmente a abandonar el Centro de Salud, la administrativa le llama para decirle que debe ir urgente a un domicilio. Ana no se lo puede creer, justo en el momento en que iba a iniciar sus vacaciones le surge una urgencia. Pero se trata de una de las personas a las que está cuidando en su domicilio y no puede poner escusas ni derivarlo a otra/o compañera/o. Le extraña porque estaba muy bien la última vez que fue a su casa y la administrativa no ha sabido decirle el motivo de la urgencia, pues le comenta que su hija estaba muy nerviosa.

Así pues, Ana, se dirige al domicilio indicado. Cuando llega se sorprende al ver a la hija esperándole en la calle. Le pregunta por lo que pasa y Puri, que así se llama, le dice que no es nada urgente pero que antes de que se vaya de vacaciones quiere que vea a su madre para quedarse tranquila y que había bajado a recoger una cosa del supermercado y por eso la ha encontrado en la calle. A Ana, este tipo de conductas no le gusta y así se lo dice a Puri, quien ni tan siquiera se da la vuelta mientras abre la puerta que da acceso al recinto de la urbanización donde vive. Ana está extrañada por la actitud de Puri, pero ya no insiste. Finalmente, Puri abre y accede al gran patio central y entonces girándose le dice a Ana, esto es algo que queríamos que te llevaras de vacaciones y al traspasar la puerta, se encontró con una gran cantidad de gente conocida que aplaudiendo recibió a Ana con una copa en la mano y en torno a una pancarta que ponía “Ana, haces que lo difícil sea alcanzable y que la salud sea posible. Gracias por cuidarnos y enseñarnos a cuidar. No eres nuestra heroína, eres nuestra enfermera”.

Ana no se lo podía creer, no daba crédito. No sabía por qué esa muestra de agradecimiento por hacer lo que ella quería y debía hacer como enfermera.

Pero Puri, acercándose le dijo: Perdona por engañarte y robarte el inicio de tus vacaciones, pero queríamos compartir contigo nuestro agradecimiento de idéntica manera que tu compartes tu trabajo con nosotras/os, con alegría y celebrándolo. Llévate contigo esta muestra de cariño y de respeto. Sabemos lo que es y supone ser enfermera gracias a ti. Feliz Año Nuevo.

Así acabó su jornada y así inició las vacaciones Ana, que recordó una frase del libro “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez[3]

“La ilusión no se come -dijo ella. No se come, pero alimenta -replicó el coronel”

 

Esta es una historia que me gustaría que fuese real y que considero estamos en disposición de que lo sea si realmente seguimos creyendo en los Reyes Magos y en la Enfermería.

Hasta aquí esta nueva entrega de reflexiones del Blog “Enfermeras Comunitarias”. Espero que el Nuevo Año y la pandemia nos permitan seguir compartiendo reflexiones desde las que construir la enfermería que merecemos pero que, sobre todo, merecen las personas, las familias y la comunidad.

Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo

 

[1] Empresario y escritor estadounidense de libros que tratan sobre relaciones humanas y comunicación eficaz..

[2] https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-1984-2574

[3] Escritor y periodista colombiano.

ATAQUE A LA DIGNIDAD ENFERMERA. Prueba extraordinaria de acceso al título de especialista de enfermería familiar y comunitaria

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Prueba extraordinaria de acceso al título de especialista de enfermería familiar y comunitaria

Cualquier hombre o institución que trate de despojarme de mi dignidad, fracasará.

Nelson Mandela[1].

Durante más de diez años hemos estado trabajando intensamente tratando, con diferentes equipos ministeriales, de desbloquear una situación que resultaba totalmente injustificada, injusta y humillante para las enfermeras comunitarias. La inmensa mayoría de ellos demostraron una total falta de empatía disfrazada de buenas palabras, excusas imposibles y una ausencia de voluntad política insultante. Tan solo el equipo de la Ministra Carcedo, con el Secretario General de Sanidad, Faustino Blanco y el Director General de Ordenación Profesional, Rodrigo Gutiérrez, mostraron sensibilidad e interés en desbloquear una situación tan inaudita como lamentablemente real. Fue con ellos con quienes las dos sociedades científicas, Asociación de enfermería Comunitaria (AEC) y la Federación de Asociaciones de Enfermería Comunitaria y Atención Primara (FAECAP), se logró desatascar el colapso de expedientes acumulados durante años en el Ministerio de Educación pendientes de evaluación. La aportación totalmente desinteresada pero comprometida e implicada de profesionales de ambas Sociedades Científicas, permitió evaluar en pocos meses lo que llevaba 10 años bloqueado en el Ministerio.

Salvado el principal escollo para convocar el examen, tan solo quedaba la voluntad real de hacerlo. En esos momentos se nos trasladó a ambos presidentes de AEC y FAECAP la posibilidad de un aprobado general, al que nos negamos ambos por coherencia, ética y sentido de la responsabilidad. No queríamos que se vendiese que se regalaba el título de especialista y no podíamos permitir que se devaluase la especialidad y que se crease un agravio comparativo con el resto de enfermeras que optaron al título en otras especialidades. Pero sí que trasladamos que se debían tener en cuenta las especiales circunstancias que afectaban a la citada prueba y a las que indudablemente eran ajenas las enfermeras comunitarias, por lo que solicitamos la realización de una prueba objetiva, justa y ajustada a la realidad, por no tratarse de un examen eliminatorio ni que diese acceso a ninguna plaza o complemento económico.

El abandono del citado equipo del Ministerio de Sanidad por razones que sin duda no se correspondían con las personales esgrimidas por los cesantes, provocó un nuevo y desquiciante paréntesis en el que la ausencia de comunicación e interés fueron las constantes que volvieron a distinguir a las/os nuevas/os inquilinas/os ministeriales.

Por su parte en el Ministerio de Educación miraban para otro lado y utilizaban el manido mantra de la falta de decisión del Ministerio de Sanidad que era idéntico al que este utilizaba en referencia al Ministerio de Educación. Es decir, marear la perdiz y no tomar decisión alguna.

Tras mucho insistir las dos Sociedades Científicas lograron arrancar del Director General de Universidades y de la Subdirectora General de Títulos, el compromiso de convocar la prueba. Prueba que propusieron convocar, ahora creo que, con absoluta intencionalidad, coincidiendo con el inicio de las campañas de vacunación COVID que recaían precisamente en las enfermeras comunitarias que mayoritariamente tenían que presentarse a la prueba. El tema de hacerlo online no hubo manera de negociarlo al haberlo decidido unilateralmente. Aunque solicitamos se extremasen las garantías de imparcialidad, confidencialidad y accesibilidad. Pedimos se retrasase la prueba para que no coincidiese con la citada campaña y para que las enfermeras tuviesen un mayor tiempo de preparación. Aceptaron hacerlo y se quedó en convocarla para antes de las vacaciones de verano, al tiempo que nos aseguraron una comunicación permanente sobre la gestión del proceso.

Huelga decir que la comunicación prometida, como todo aquello que prometen, quedó en un mero formulismo de consuelo que nunca se concretó en información alguna por su parte. Tan solo la insistencia reclamando noticias logró conocer lo que realizaban sin consenso alguno con las sociedades científicas.

Trasladamos la posibilidad de participar, con las máximas garantías de confidencialidad e imparcialidad, en la elaboración del examen, aportando socias/os de nuestras respectivas Sociedades Científicas. Nuevamente las buenas palabras quedaron en nuevas mentiras que nunca se concretaron.

A estas alturas desconocemos quienes han participado en la elaboración de la prueba, pero han logrado justamente lo que estamos tratando de evitar las Sociedades Científicas desde hace años, es decir, evitar la confrontación entre especialistas y no especialistas, al dejar en el aire la sospecha de una “vendeta” de las actuales especialistas EIR por entender que a estas enfermeras no se les puede “regalar” el título. Una gran aportación por parte de las/os máximas/os responsables de los ministerios a la disciplina enfermera.

Se realizó la convocatoria y en la misma se configuró una Comisión Evaluadora titular y suplente en las que la presencia de enfermeras ha sido meramente testimonial, con repetición de personas como miembros de la Comisión Titular y la Suplente, que se solicitó corregir y que, por supuesto, no consideraron en ningún momento aduciendo que era legal su composición. Sin pensar que no tan solo la legalidad es necesaria, que hace falta ética y estética a la hora de tomar decisiones.

Con estos mimbres, evidentemente, la cesta nunca podía salir bien. Y eso es lo que sucedió el sábado día 11 de diciembre con importantes deficiencias tanto en las conexiones como en la comunicación con el soporte técnico. Con filtraciones del examen realizado a primera hora que circuló por mensajes de telegram entre examinandos, o vídeos con el examen… todo un alarde de seguridad, imparcialidad y buen hacer!!! Y sin que ello sea en ningún caso una excusa para exculpar a quienes actuaron con tan denunciable y deplorable actitud que para nada representa a la mayoría de las enfermeras que se presentaron.

¿Tan difícil resulta tener un poco de empatía? ¿Tanto les costaba tener un poco de sensibilidad, de sentido común, de coherencia? Porque escudarse ahora con que el examen lo pusieron enfermeras y que son ellas las que decidieron cómo hacerlo, es además de una manifiesta cobardía, una clara demostración de que nunca les importó lo que se hiciera o sucediera. Para ellos era un trámite, una patata caliente que no sabían cómo sacarse de las manos sin quemarse, sin darse cuenta que se han abrasado en su intento de inhibirse.

Enfermeras a las que no tan solo han ignorado, si no a las que han atacado en su dignidad personal y profesional con su actitud zafia y su desprecio, al tratarlas como una mera instancia administrativa sin tener en cuenta lo que durante casi dos años vienen soportando en sus lugares de trabajo. Queda claro que su falsa y mediática identificación de las mismas como heroínas era una pose más para su estabilidad en los puestos. El movimiento se demuestra andando y ustedes no tan solo no avanzan si no que retroceden y en su retroceso arrastran lo que después tratan de enmendar con buenas palabras como las que trasladan en el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria, al hacer un nuevo brindis al sol cuando hablan de dar valor a las enfermeras comunitarias. ¿Esta es su manera de hacerlo?

Si tuviesen, o les quedase un mínimo de vergüenza dimitirían. Pero mucho me temo que al igual que el verbo planificar el dimitir no saben conjugarlo y por ello no son capaces ni de planificar ni de dimitir.

No se han parado tampoco a pensar que las enfermeras que querían acceder a la especialidad lo hacían por ilusión y orgullo de tener el título, pues el mismo no les otorga ningún privilegio ni laboral ni económico. Pero ni tan siquiera esto son ustedes capaces de identificar en su soberbia político administrativa. Van a pasar a la memoria colectiva como los causantes de una afrenta sin precedentes que estoy convencido no hubieran sido ni tan siquiera capaces de pensar hacer para con otros profesionales. ¿Qué les hemos hecho las enfermeras para que se ceben de esta manera con nosotras? ¿Tanto les molestamos?

Por lo que respecta a las enfermeras, aprovechar esta ocasión para desenterrar el hacha de guerra e iniciar un nuevo proceso de caínismo, sería un gravísimo error que no podemos ni permitirnos ni tolerar. Por una parte, lo que haya sucedido no puede ni debe imputarse a las enfermeras que han asistido con paciencia infinita a que llegase esta prueba. La forma en que se ha desarrollado es única y exclusivamente responsabilidad de quienes tenían la competencia y la capacidad, al menos en apariencia, de hacerlo, es decir, los responsables de los ministerios de sanidad y universidades. Por otra parte, atacar a las Sociedades Científicas o pretender que sean las únicas que solucionen este desastre es una irresponsabilidad que tampoco debemos consentir que suceda. La madurez de una disciplina está directamente relacionada con la fortaleza de sus sociedades científicas y dicha fortaleza se obtiene con la incorporación, en este caso de enfermeras comunitarias a dichas sociedades científicas. Exigir, reclamar, reivindicar desde fuera que actúen, tan solo obedece a una absoluta y reprochable falta de implicación y compromiso que tiene una sencilla y necesaria solución. De las enfermeras depende.

Esta es una opinión personal y no representa, ni hagan intención de relacionar, con la Sociedad Científica a la que me honro en presidir y a la que también han ninguneado y atacado con su mísera actitud, sea esta por acción u omisión, pues en ambos casos es imperdonable, criticable y merecedora de consecuencias que vayan más allá de nuevas, pero falsas palabras con las que tan solo pretendan ocultar sus miserias.

Hoy que aventuraba podía ser un día alegre y de celebración, lo han convertido en un mísero recuerdo que perdurará durante mucho tiempo en nuestra memoria y del que nos costará desprendernos gracias a su patética y mediocre gestión de algo que llevaba pendiente más de 10 años. Este es su legado político. Como para sentirse orgullosos.

Para rematar tan lamentable actuación, el próximo día 20 se ha montado un acto en el Ministerio de Sanidad, me temo que más por el interés y la presión de quienes han sido portavoces del movimiento Nursing Now que por interés e iniciativa del propio Ministerio y sus máximos representantes, en el que nuevamente oiremos cantos de sirena, elogios, alabanzas, halagos, dichos con palabras tan grandilocuentes como huecas de sentimiento y emoción. Se apresurarán a ponerse medallas por lo mucho que están trabajando por la enfermería y las enfermeras. Nos deleitarán con un rosario de propuestas y de acciones que tan solo serán reconocidas por quien las traslada. Nos prometerán el cielo si hace falta.  Y todo ello mientras la Atención Primaria languidece o se lleva una muerte segura, se ataca a la enfermería y a las enfermeras con permanentes olvidos o directamente con decisiones que limitan o anulan su desarrollo. Ignorando los cuidados profesionales que han hecho posible que la pandemia que estamos pasando se haya afrontado con un éxito que está muy lejos de lo que su gestión ha permitido. Nos volverán a aplaudir sin convicción pero con oportunismo. Un Nursig Now que la pandemia ha permitido al Ministerio y a otros muchos responsables sanitarios y políticos, ocultar sus miserias y su falta de voluntad para visibilizar a las enfermeras. Para ellos Enfermería Ahora sigue siendo Enfermería Nunca.

¿Irán al Ministerio a congratularse por haber celebrado la prueba extraordinaria?

¡¡¡Son capaces!!!! Por qué no, ¿verdad?

[1] Abogado, activista contra el apartheid, político y filántropo sudafricano que presidió el país de 1994 a 1999.

¿LAS TIC HAN VENIDO PARA QUEDARSE?

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                                                       “La tecnología no es nada. Lo importante es que tengas fe en la gente, que sean básicamente buenas e inteligentes, y si les das herramientas, harán cosas maravillosas con ellas”.

Steve Jobs[1]

 “La tecnología ha venido para quedarse” se oye de manera repetida como un mantra desde que la pandemia irrumpiera en nuestras vidas acompañada de las tecnologías de la información.

Para empezar, habrá que puntualizar que las tecnologías, que no las nuevas tecnologías que ya son más bien viejas, ya estaban aquí antes de que la pandemia decidiera instalarse entre nosotros, ella si como nueva, aunque en ningún caso deseada ni esperada. Las tecnologías de la información y la comunicación, las TIC, ocuparon el protagonismo y los espacios que la obligada ausencia de presencialidad incorporó para prevenir el contagio generalizado que nos trajo el coronavirus.

En muchos contextos las TIC supusieron una tabla de salvación ante el aislamiento y lograron mantener una comunicación que la distancia y los confinamientos impedían realizar de manera presencial en el trabajo, el deporte, el ocio, las relaciones familiares… Una comunicación online, virtual, telemática, telefónica… a través de plataformas, programas, apps en dispositivos móviles, pantallas de ordenador, tabletas, que se fue haciendo cada vez más familiar y cotidiana, permitiendo mantener una cierta normalidad en una situación de evidente anormalidad.

El trabajo, la educación, el comercio, incluso las relaciones personales de todo tipo (familiares, de amistad, de contactos…), se adaptaron a las TIC. El teletrabajo, hasta entonces residual, pasó a ser una modalidad muy extendida. La docencia, en centros de educación, infantil, primaria, secundaria o universitaria, tuvo que reconvertirse para poder mantener los programas educativos, aunque a costa de sacrificar la presencialidad que les caracteriza, en un tiempo récord con evidentes deficiencias tanto metodológicas como estructurales y de recursos.

Y mientras todo esto sucedía y acontecía cambiando la rutina de millones de personas, la COVID 19 se dedicaba, ella sí desde la presencialidad más descarada y descarnada, a contagiar a todo aquel que se pusiera en su camino. Y esos contagios que aumentaban de manera descontrolada hacían que los centros de salud, los hospitales, las residencias de personas adultas mayores colapsaran y las/os profesionales que trabajaban en ellos redoblaban esfuerzos con evidentes carencias de protección que les convertían en blancos ideales del virus para su mortífero propósito de infección.

La Atención Primaria de Salud, en un sistema asistencialista y medicalizado como el español, fue apartada, desacreditada y desvalorizada, dejándola vacía de contenido y de respuesta, pensando que los hospitales, mal denominados atención especializada, podrían dar respuesta a la pandemia, desde su organización centrada en la enfermedad. Quienes gestionan la sanidad y quienes toman las decisiones políticas jugaron a la ruleta apostando al todo o nada al color y número equivocados y perdieron. Bueno, ellos no, perdieron las/os profesionales y la población.

Las/os profesionales de Atención Primaria vieron como se les negaba la posibilidad de atender a la población, más allá de los casos residuales que acudían a los centros de salud y eran atendidos con equipos de protección rudimentarios o inexistentes con el consiguiente riesgo de contagio, sin poder hacer atención domiciliaria e impidiendo que llevaran a cabo intervenciones comunitarias, generando un aislamiento tan masivo como absurdo, que alimentaba la incertidumbre, el miedo, la angustia y la alarma ante el silencio y la falta de comunicación que se propició.

Se intentó y pretendió que las TIC, que en otros contextos paliaron en parte la incomunicación, también contribuyeran a mantener la interrelación entre las/os profesionales y la ciudadanía, sin entender o ignorando que los cuidados requieren, exigen, de proximidad y contacto para que realmente sean cuidados profesionales como los prestados por las enfermeras en el ámbito comunitario. Se pensó, posiblemente, que al tratarse de un virus que provocaba enfermedad, la salud ya no tenía sentido y por ello el foco se dirigió en exclusiva al templo de las enfermedades, los hospitales, colapsándolos y dando pie a la competición por hacer hospitales de campaña cuanto más grandes mejor, con los que dar respuesta al oportunismo y rédito políticos.

Pero el dolor, el sufrimiento, la muerte, la ansiedad, el desconocimiento, la angustia, la soledad… son malas conductoras para la comunicación y los cuidados online. Se producen interferencias, malas interpretaciones, incoherencias que limitan la supuesta y en ocasiones sobrevalorada eficacia de las TIC. Todo ello además de las deficientes instalaciones que para tales menesteres existían en la mayoría de los centros de salud y que dificultaban la comunicación pretendida en tiempo y forma, logrando el efecto contrario al que, hipotéticamente, se perseguía. Si a ello añadimos que las personas que habitualmente más necesidades plantean de atención son quienes mayor brecha digital tienen, tanto en conocimientos como en dispositivos adecuados para llevarla a cabo, el resultado fue de rechazo a la atención residual que se daba desde los centros de salud y que la población, confundida ante la falta de información o el exceso de esta distorsionada, que proporcionaban los medios de comunicación, culpabilizase a las/os profesionales de las carencias y sus consecuencias, focalizando igualmente en los hospitales toda la esperanza a una mal entendida atención salvadora para la que tampoco tenían capacidad de ofrecer las/os profesionales que se veían desbordados ante la avalancha de contagios acompañados de miedo, angustia e incertidumbre que redoblaban los efectos de la ya de por si peligrosa, cuando no mortal, infección vírica, lo que condujo a que se les identificase como heroínas/héroes, más como forma de desviar la atención que de otorgar un valor que ni era nuevo ni mejor que antes de la pandemia. Simplemente era el valor profesional que ahora interesaba visibilizar para ocultar con ello las debilidades del sistema y de quienes lo gestionaban.

Enfermeras y médicos obligados a desplazarse a hospitales sin tener las competencias adecuadas para ello, mientras quedaban sin cubrir demandas y necesidades en el ámbito para el que estaban capacitados. Médicos que trataban de responder telefónicamente a lo que difícilmente tenía respuestas por este medio que además estaba saturado y colapsado. Enfermeras actuando de vigilantes para regular el flujo de entrada en los centros sin ofrecer una información que paliase la confusión de quienes acudían ante la falta de comunicación telefónica, provocando una paradoja constante entre la tecnología fracasada y el aislamiento impuesto. Centros de salud cerrados o con los recursos mínimos para contener que no para atender.

Las TIC, que supuestamente habían llegado para ayudar, fracasaron estrepitosamente en un ámbito como el de la Atención Primaria de Salud, que requiere presencia y no ausencia. Presencia que hubiera podido planificarse, organizarse y articularse con los recursos comunitarios que quedaron igualmente aislados y vacíos de contenido, como juguetes rotos que ya no son capaces de entretener a las/os niñas/os. Agentes de salud, líderes comunitarios, redes sociales vecinales… que fueron ignorados, aislados y silenciados sin posibilidad de actuar allá donde mejor saben hacerlo, la comunidad, mientras veían con asombro no exento de rabia contenida, como las familias padecían, además del aislamiento impuesto, el derivado de la falta de coordinación con los centros de salud. Los barrios se convirtieron en patéticos escenarios que remedaban los desiertos poblados de las películas del viejo oeste americano, en los que ni el sheriff tenía capacidad de intervención para restablecer un orden que no había sido capaz de mantener antes del caos. Una nefasta organización en la que los sheriff sanitarios y políticos se dedicaron a pegar tiros sin saber a qué o a quienes iban dirigidos, pensando que por el simple hecho de disparar ya serviría para algo, sin darse cuenta que no tan solo no resolvía nada si no que provocaba víctimas inocentes como consecuencia de los tiros descontrolados y sin sentido. Las residencias de personas adultas mayores, por su parte, se medicalizaron o simplemente se abandonaron a su suerte convirtiéndose en reservorios de enfermedad y muerte de sus residentes y de miedo, desesperanza y frustración de sus trabajadores que veían como se les ignoraba o menospreciaba.

Fue entonces cuando las TIC, se identificaron como una tabla de salvación a la que agarrarse como forma de corregir la falta de iniciativas que además relacionaban de manera poco argumentada e irreflexiva con el riesgo de contagio como manera de paliar la ignorancia que subyacía a sus decisiones tecnológicas precipitadas y con limitaciones evidentes de recursos que no se paliaban exclusivamente con la compra de material.

En cualquier caso, las TIC se incorporaron y con ellas se limitaron, hasta casi hacer desaparecer, los contactos presenciales en los centros de salud, lo que provocó una distancia cada vez mayor entre las/os profesionales y la población, que se tradujo en muchos casos en respuestas airadas contra quienes tan solo obedecían las indicaciones de gestores y políticos, aunque fuesen en contra de sus planteamientos. Es curioso como la objeción de conciencia tan solo es planteada en aquellos casos en los que puede afectar a determinados grupos o lobbies o utilizada por quienes prefieren situarse en una posición de ambigüedad interesada.

Las TIC, por tanto, emergieron y deterioraron las relaciones allá donde estas son tan importantes como determinantes.

Y como quiera que la ocasión la pintan calva, pues nada mejor que aprovecharla para hacer que las TIC fuesen una alternativa cada vez mayor a la presencialidad en atención primaria, con la excusa de que muchos procesos pueden solucionarse con la eufemística vía de telesalud, como si la salud se pudiese emitir como un telediario, una serie o una telenovela.

No me cabe duda de que las TIC pueden contribuir a mejorar la atención entre profesionales y ciudadanía, pero de igual manera que no tengo duda alguna de que no pueden, en ningún caso, sustituirla. Por tanto, se trata de que sean complementarias y no excluyentes entre sí. Porque si importantes son las Tecnologías de la Información y la Comunicación, no hay que despreciar ni olvidar el necesario Tiempo Intenso de Comunicación directa y presencial. Así pues, tanto las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), como el TIC (Tiempo Intenso de Comunicación), pueden y deben convivir articulando sus ventajas y minimizando sus inconvenientes.

En unos momentos en los que se están reduciendo las plantillas de los centros de salud con la absurda argumentación del control de la pandemia, como si los efectos colaterales provocados por la misma fueran a resolverse espontáneamente y sin atención profesional, las/os sesudas/os gestores sanitarios quieren incorporar las TIC como sustitutas de la atención profesional que no como como ayuda a la misma como demagógicamente se viene trasladando. Con el agravante de que hay profesionales que caen en la trampa tendida creyendo que así mejorarán su actividad.

La introducción de las TIC debe planificarse adecuadamente y siempre con la premisa de que las mismas nunca sustituyan aquello que precisa de una atención directa, integral e integradora que, al menos de momento, las máquinas no son capaces de ofrecer. Los sistemas binarios de la computación no entienden de emociones, sentimientos o valores y, por tanto, sus respuestas tan solo obedecen a complejas y sofisticadas combinaciones matemáticas para crear algoritmos en los que ni la mirada, ni el contacto, ni tan siquiera la calidez de las palabras, pueden ser reproducidas ni transmitidas mecánicamente.

Imaginemos por un momento lo que puede suceder cuando alguien trate de contactar, por ejemplo, con su enfermera:

Buenos días, ha contactado con el Centro de Salud, si el motivo de su llamada es renovar la medicación pulse o diga 1; si quiere pedir cita con su enfermera o médico, pulse o diga 2; si desea solicitar una analítica, pulse o diga 3; si precisa alguna prueba, pulse o diga, 4; si quiere poner un aviso a domicilio, pulse o diga 5; para vacunarse de alguna de las pandemias en vigor pulse o diga 6; para cualquier otra consulta espere y un sanitario le atenderá en cuanto pueda.

En ese momento se activa una música mecánica y repetitiva que o bien acaba con el siguiente mensaje:

  • Lo sentimos, en estos momentos todos nuestros sanitarios se encuentran ocupados, inténtelo de nuevo más tarde. Muchas gracias… bip, bip, bip, bip

O bien el supuesto sanitario, dado que ahora cualquiera que trabaje en un ámbito sanitario parece que pasa a ser considerado como tal, responde:

  • Buenos días, le atiende el sanitario Julián, ¿en qué puedo ayudarle?
  • Buenos días quería hablar con mi enfermera.
  • ¿Me puede decir el número de su tarjeta sanitaria?
  • Si, espere, por favor… mi número es…
  • Perfecto Sra. Martínez, pues su enfermera hoy se encuentra haciendo el control del Sintrom, mañana tiene retinografías, pasado mañana hace electros, al otro está de inyectables y curas… no puede atenderla al menos hasta dentro de 10 días y no sé si para entonces le habrán renovado el contrato y de ser así debería volver a llamar. Le apunto y recibirá un SMS y un email con la cita. ¿Desea alguna otra cosa?
  • Pues es que tenía cierta urgencia en hablar con ella y yo no tengo email de ese ni se lo que son los SMS.
  • Si quiere puede enviarle un mensaje de voz de no más de 45 segundos a su whatsapp de consulta enfermera y en cuanto lo oiga le contestará a la mayor brevedad posible. Es lo único que puedo decirle.
  • Bueno gracias, pero tampoco tengo de eso.
  • Pues hable con alguno de sus hijos o con alguien que sepa decirle cómo funciona, porque es la única forma para poder contactar. Aprovecho para informarle que puede acceder al servicio concertado de atención personalizada por un módico precio y será atendida por su enfermera sin demoras. ¿Le interesa? Además, en deferencia a su antigüedad el primer mes le saldría por el 50% de su precio y se le descontaría automáticamente de su pensión sin necesidad de tener que hacer más trámites Sin duda una gran oportunidad. Es un servicio de nuestro Sistema Nacional de Salud a través de nuestra Consejería de Salud.
  • Bueno, en todo caso me lo pienso.
  • Como quiera Sra. Martínez, pero recuerde que la oferta tan solo es válida durante los próximos 15 días. Gracias por su llamada… bip, bip, bip, bip…

 

Tecnología, si, pero con cuidados profesionales insustituibles y necesarios para los que la Comunicación, el Contacto y la Calidez humanos y humanizados deben ser prestados por profesionales como las enfermeras de manera directa, individual y personalizada.

No convirtamos la Atención Primaria de la Salud y Comunitaria en una Atención Binaria de Servicio Computacional.

[1] Fue cofundador y presidente ejecutivo de Apple y máximo accionista individual de The Walt Disney Company.

LA SALUD PÚBLICA QUE TENEMOS vs LA SALUD PÚBLICA QUE QUEREMOS Y NECESITAMOS

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A Cristina Francisco Rey[1]

Porque lograr una meta por la que te has comprometido por largo tiempo es uno de los grandes placeres de la vida.

 

“El no querer es la causa, el no poder el pretexto “

Séneca[2]

 

Nunca antes, como en este último año y medio, habíamos oído hablar tanto y a tantos de Salud Pública.

La pandemia provocó un interés inusitado por algo que hasta ese momento era tan solo una referencia administrativa o de utilización rutinaria en informes o discursos, más como recurso para reforzarlos que como convicción en lo que suponía o aportaba su incorporación en los mismos.

Pero antes de seguir considero que es muy importante reflexionar sobre lo qué es, significa o aporta la Salud Pública, más allá de las definiciones oficiales o la idea preconcebida que sobre la misma se ha construido.

Para empezar ni tan solo los términos que la conforman, Salud y Pública, significan para todos lo mismo. Se trata de términos polisémicos que por separado concitan diferencias y cuando se juntan aún lo hacen con mayor intensidad si cabe.

Porque la salud es una dimensión que trasciende a lo que se ha conformado como realidad social por parte tanto de profesionales sanitarios, periodistas, políticos… al asimilarlo y hacer de la salud un sinónimo, tanto léxica como prácticamente, con la sanidad. De igual manera que se asocia la sanidad, casi en exclusiva, con la enfermedad y con los médicos. Lo que sin duda supone una clara distorsión, cuando no manipulación interesada o no, del término y de lo que significa para las personas, las familias y la comunidad que han sido mediatizadas con esa idea sanitarista y medicalizada preconcebida, haciendo pensar, además, que es algo sobre lo que todos estamos de acuerdo, sin tener en cuenta factores tales como la multiculturalidad, los cambios sociales, demográficos o económicos, la espiritualidad que se confunde con la religiosidad… que influyen de manera muy determinante tanto en la concepción que sobre la salud se tiene como en los efectos que su ausencia o acceso a la misma provocan. De tal manera que la salud se convierte en un término que raramente obedece a lo que realmente significa o aporta, más allá de la ausencia de la enfermedad. Por eso en estas cercanas fechas navideñas, incluso nos conformamos con que no nos toque la lotería con tal de tener salud, al identificarla como un fin al contrario de lo expresado en la carta de Otawa cuando habla de salud como “…un recurso para la vida diaria, no el objetivo de la vida. Se trata de un concepto positivo que acentúa los recursos sociales y personales, así como las aptitudes físicas”.

Por su parte Pública, ha sido identificada, tal como recoge el diccionario de la RAE, por su primera acepción, es decir, “conocido o sabido por todos”, aunque paradójicamente nadie, o muy pocos, lo conocen ni saben lo que es ni significa, aunque digan lo contrario. La tercera acepción recogida en el diccionario, “Perteneciente o relativo al Estado o a otra Administración”, es también aceptada, aunque no se sepa tampoco que es lo que ello supone para la salud, más allá de identificarlo con aspectos mercantilistas en cuanto a que algo sea gratuito o haya que pagarlo, en este caso la salud, lo que vuelve a ratificar la confusión entre salud y sanidad existente, al asimilar Sanidad Pública con Salud Pública. Una identificación con el Estado o la Administración que, por otra parte, la hace esclava de las mismas al secuestrarla y utilizarla como un instrumento con el que jugar en sus estrategias políticas y partidistas, sin capacidad de autonomía y mucho menos de planeamientos realizados desde el pensamiento crítico. Una política que no ha sabido o no ha querido incorporar la salud en todas las políticas, pero que ha utilizado la salud en todas sus políticas.

Y si por separado los conceptos que la componen provocan confusión e incluso debate en cuanto a su verdadero sentido, si es que se puede decir que existe un único sentido en torno a ellos, cuando se juntan, la confusión aumenta de manera significativa y las diferencias de interpretación conducen a generar mayor confusión en torno a la Salud Pública.

Pero es que, ni tan siquiera entre las/os profesionales sanitarios existe una idea homogénea, clara y alejada de interpretaciones de la Salud Pública y de quienes pueden, saben o quieren formar parte de la misma.

¿El hecho de ser profesional sanitario ya otorga la competencia suficiente para ser salubrista (aceptando el término como el profesional de Salud Pública)? ¿Tan solo las/os profesionales sanitarios pueden ser salubristas? ¿Quién no sea profesional titulado no puede participar en Salud Pública? ¿Debe ser la Salud Pública una titulación, una especialidad o un posgrado? ¿Es la Salud Pública tan solo una estructura administrativa de la Administración Sanitaria? ¿Es la Salud Pública una parte de la Atención Primaria o a la inversa? ¿La Atención hospitalaria está al margen de la Salud Pública? ¿La Salud Pública tan solo forma parte del Sistema Sanitario? ¿La Salud Pública únicamente da respuesta a problemas derivados de las enfermedades o de lo que las provocan?

Estas son tan solo algunas de las interrogantes que, estando presentes en el ideario común, son obviadas o ignoradas, lo que contribuye a que se siga teniendo una idea sobre la Salud Pública que no tan solo impide identificarla y darle valor, si no que favorece la pérdida de acción eficaz y eficiente desde la misma.

La Salud Pública, por otra parte, es demasiado importante para reducirla a la epidemiología de la enfermedad, al control médico, al paternalismo, a la indolencia política, a la ignorancia ciudadana, al desprecio profesional, a la metodología positivisma… que arrinconan la promoción y la educación para la salud reduciéndolas a la salud persecutoria como efecto secundario de las mismas[3] y provocando el resultado contrario del que se espera y desea de la Salud Pública como es el del empoderamiento a través de una alfabetización en salud capacitadora y participativa que permita mejorar la salud de las poblaciones, en consonancia con la definición que sobre Salud Pública se hizo en la carta de Otawa: “La promoción de la salud es el proceso que permite a las personas incrementar el control sobre su salud para mejorarla”[4].

Estamos pues ante un dilema que trasciende mucho más allá del debate profesional e incluso del político, para instalarse en la necesaria reflexión compartida de qué es y debe aportar la Salud Pública y quienes deben considerarse profesionales de Salud Pública.

Tal como ya he comentado, la pandemia ha identificado claramente las fortalezas de la Salud Pública o, mejor dicho, la de muchos de las/os profesionales que trabajan en Salud Pública. Pero también ha dejado al descubierto las múltiples carencias de una Salud Pública descuidada y abandonada a la intrascendencia de los datos, por muy importantes que estos sean, al excluirlos de una valoración más integral, coordinada y transversal, así como cualitativa, que permita hacer un uso mucho más eficaz y eficiente de los mismos. Por eso es tan importante hacer un ejercicio de resiliencia que permita convertir las vulnerabilidades en fortalezas.

Una Salud Pública aislada, cuando no enfrentada, con la Atención Primaria, desde cuyos ámbitos sus respectivos profesionales se identifican como enemigos que luchan por un espacio que siendo común identifican, desde cada una de las partes, como propio y por tanto exclusivo. Lucha que es propiciada por la torpe, errática y acientífica visión de quienes dicen gestionar la salud, en un nuevo ejemplo de torpeza, dado que la salud no se gestiona, si no que se facilita, se vive, se acompaña, se cuida… pero no se gestiona. Lo que se puede gestionar, y ni tan siquiera eso saben hacer, es la sanidad. Una unidad de acción, articulación y ejecución tan deseada como necesaria para la salud global que es lo que actualmente se precisa tal como nos ha venido a demostrar la pandemia, aunque no se haya tenido en cuenta por parte de quienes la han gestionado. Salud global que precisa de nuevos actores y de una ciudadanía global que trabajen por la justicia global y la equidad con un enfoque holístico que sea capaz de generar una nueva conciencia global que tenga en cuenta, entre otros, las causas estructurales, las relaciones internacionales, la determinación social de la salud y los cambios institucionales[5].

No se trata, sin duda, de un análisis sencillo ni creo que se deba pretender que lo sea. En este sentido hay que destacar el importantísimo papel que la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) está haciendo, en un acto de responsabilidad científica pero también social, al asumir el reto de cuestionarse precisamente sobre aquello que le define como Sociedad Científica, es decir, la Salud Pública. Sociedad Científica que, además, está configurada por 10 sociedades científicas de profesionales tan diversos como médicos, enfermeras, juristas, economistas, ambientalistas… cuyo nexo de unión común es precisamente la Salud Pública, lo que aún le da un mayor significado o valor al intento de clarificar su identidad y la de la propia Salud Pública con la que se identifican

. No se trata, en cualquier caso, de una pérdida de fe en lo que es y se es, si no justamente de todo lo contrario, de un acto de confianza y convencimiento que permita lograr la Salud Pública que desde SESPAS se considera se precisa y se entiende debe ser diversa, como diversas son las miradas que la conforman y pueden dar sentido y respuesta a la salud y a los problemas que en torno a ella se generan. Sumando que, no confrontando, las diversas realidades con que es identificada la salud en general y la Salud Pública en particular, desde la diferencia necesaria y enriquecedora, pero sobre todo desde el respeto y la necesidad de identificar los objetivos comunes que a todas ellas les hacen confluir en SESPAS, a través de un trabajo transdisciplinar.

Una Salud Pública ecléctica, que trate de reunir, procurando conciliarlos, valores, ideas, tendencias… de diversos modelos o realidades que trasciendan al egocentrismo en el que está instalada y que impide tener una visión globalizada que facilite la interdepedencia y desde la que se pueda hacer frente a las amenazas que sobre las condiciones y los condicionantes de salud existen y que, en muchos casos, son producto de esa misma globalización, como son, el calentamiento global y las consecuencias medioambientales, la pobreza, la inequidad o enfermedades como la pandemia que estamos sufriendo.

Una Salud Pública participativa en la que no tan solo las miradas diversas de las diferentes disciplinas y sectores aporten su visión y su acción, si no con la participación activa y decidida de la comunidad a la que, al menos en principio, se dice atender, aunque se haga a sus espaldas y sin su participación real.

Por otra parte, ahora que se está desarrollando un nuevo real decreto de especialidades de ciencias de la salud en el que se debate si incorporar la Salud Pública como tal especialidad frente a quienes abogan por una titulación universitaria independiente como existe ya en algunos países, es necesario hacer planteamientos generosos desde las disciplinas que actualmente en mayor medida conforman la Salud Pública, sobre todo las pertenecientes a las ciencias de la salud, para abandonar el corporativismo egoísta de “y de lo mío qué” o de “eso es mío”, que permitan construir una realidad inclusiva, integral, articuladora, horizontal, en la que cada una de las disciplinas pueda aportar lo mejor de ellas sin exclusiones ni imposiciones reduccionistas.

Desde mi punto de vista la creación de una disciplina universitaria independiente haría perder la visión enriquecedora del conjunto de disciplinas para concretar un espacio, unas competencias, unos objetivos, que si bien pueden tener una buena intención de partida, acabaría sufriendo el mal del egocentrismo, la endogamia y el egoísmo disciplinar y sobre todo corporativista que caracteriza a quienes, de alguna forma y en muchos aspectos impiden actualmente una Salud Pública que facilite a la población ser dueña de su salud.

El medio ambiente, la enfermedad, la economía, la legislación, la educación, el periodismo, los cuidados… tienen tanto que aportar, pero tan poco que acotar que resulta imprescindible ponderar, equilibrar, comunicar, respetar, aunar… para trabajar de manera coordinada por la Salud Pública. Todo es necesario y nada es imprescindible. No existen verdades absolutas que hagan posicionarse en dicotomías exclusivas y excluyentes sin dejar espacio a la diversidad de matices, opiniones o planteamientos. No se sostienen las ortodoxias totalitarias por mucho que se quieran revestir de científicas. No hay espacio para las evidencias, por muy científicas que puedan ser, si no respeten la libertad y la equidad y se imponen desde el hipotético rigor de la ciencia. Todo es relativo y nada es absoluto en salud. Desde ese relativismo es desde el que resulta necesario pensar, planificar, actuar, evaluar, en Salud Pública, ya sea desde el ámbito de atención primaria, del hospital, del sociosanitario, del familiar, del comunitario… porque lo que importa no es el ámbito en si mismo si no que los contextos que se generen sean saludables y contribuyan al bienestar y al buen vivir de quienes en ellos conviven, trabajan, estudian, se divierten, sufren e incluso mueren.

De todas/os quienes creemos que la salud es lo más importante, como derecho público que es, depende que seamos capaces de construir una Salud Pública referente, de la que nos sintamos orgullosas/os y partícipes con independencia de nuestra disciplina o sector social.

La Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) así lo entiende tal como se refleja en su acta constitucional cuando dice “…es la disciplina basada en la aplicación integral de los cuidados, en la salud y en la enfermedad, dirigida a la persona, la familia y la comunidad en su entorno y en el marco de la Salud Pública” y por eso se integró en SESPAS, desde donde trabaja para lograr una Salud Pública que salga del ostracismo y deje de ser utilizada por quienes tan solo la contemplan como un instrumento útil a sus intereses y alejada de su verdadero objetivo se salud colectiva.

No se trata de ser perfecto, pero si bueno, ya que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Pero para lograr una Salud Pública buena necesitamos ser nosotras/os también buenas/os. Tener objetivos y metas y luchar por ellos es lo que nos mantiene vivos y posiblemente también sanos.

[1] Enfermera. Profesora Titular de la Universidad de Alcalá de Henares y referente enfermera.

[2] Filósofo, político, orador y escritor romano conocido por sus obras de carácter moral.

[3] Villalbí Joan R. La salud persecutoria: los límites de la responsabilidad. Gac Sanit  [Internet]. 2011 Ago [citado  2021  Nov  28] ;  25( 4 ): 347-347. Disponible en: http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0213-91112011000400018&lng=es.

[4] Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud, OMS, Ginebra, 1986.

[5] Álvaro Franco-Giraldo. Salud global: una visión latinoamericana. Rev Panam Salud Publica. 2016; 39 (2):128-136 https://www.scielosp.org/article/rpsp/2016.v39n2/128-136/#