CÁTEDRA DE ENFERMERÍA FAMILIAR Y COMUNITARIA DE SHAKESPEARE y OSCAR WILDE a CERVANTES

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            Las enfermeras en general y las enfermeras comunitarias en particular, somos conscientes de lo mucho que cuesta ganar visibilidad y conseguir que se valore nuestra aportación cuidadora.

            Cualquier paso que se da en este sentido supone un esfuerzo enorme. A pesar de ello muchas enfermeras están dispuestas a llevarlo a cabo con dedicación, motivación e implicación. Sin embargo, no siempre los resultados de dicho esfuerzo se ven recompensados con resultados que permitan mantener el grado de ilusión necesario para continuar avanzando.

            Son muchos los ejemplos que nos vienen a la memoria y que identificamos día a día en este sentido. Ante esto nos preguntamos ¿qué es lo que hacemos mal para que no se crea en nosotras? ¿qué es lo que no logramos trasladar a los políticos, gestores y sociedad en general para que se sigan perpetuando actitudes que no tan solo no nos dejan avanzar, sino que en ocasiones suponen retrocesos? ¿qué es lo que no entienden los políticos, gestores sanitarios, empresas privadas… del papel que desempeñamos las enfermeras? ¿qué es lo qué no alcanzan a entender del valor aportado por las enfermeras a pesar de que los principales organismos internacionales insisten en ello? ¿qué obsesión existe en impedir a toda costa que las enfermeras ocupen puestos de responsabilidad en los organigramas de las administraciones sanitarias? ¿qué les impide tener al menos la decencia de conocer qué somos y qué aportamos más allá de considerarnos un recurso humano con el que actuar en sus juegos rentistas?

            Estas y otras muchas interrogantes se plantean repetidamente día a día sin que nadie sepa o quiera dar respuestas mínimamente argumentadas, serias y ajustadas a una realidad que ni entienden ni quieren entender más allá de los parámetros políticos o economicistas en los que se mueven. Con tal de no salir en los papeles u obtener el máximo beneficio económico, todo vale.

            En este vodevil en el que se ha convertido la política sanitaria y quien ella actúa en nuestro país, los ambientes de enredo se repiten, generando situaciones ridículas, engaño, conspiración y asentadas en el absurdo. Situaciones que si no fuera por el contexto donde se producen y por las consecuencias que las mismas conllevan darían lugar a pensar que son argumentos de comedias aptas como guiones de cine de barrio.

            Pero la salud es algo con lo que no se puede ni debe jugar. En política, en su más amplia acepción, debe dejar de valer cualquier actitud, respuesta o decisión irresponsable tomada o hecha desde la ignorancia o el desprecio. La salud cuesta mucho de mantener y mucho más de recuperar para que a cualquiera se le dé la oportunidad de gestionarla desde la mediocridad que no es capaz de ocultar ningún cargo, por importante que este sea o el respaldo político o económico que el mismo tenga.

            Y ante tanta incompetencia y mediocridad, de vez en cuando, surge algún hecho, decisión o resultado que, cuanto menos animan a la esperanza.

            Hace dos años, sin ir más lejos, se constituyó la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria de la Universidad de Alicante con el patrocinio del Grupo Ribera Salud y el aval científico de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC). Se trataba de la primera Cátedra de Enfermería Comunitaria en España.

            Durante los dos años en los que ha estado activa la citada Cátedra, han sido muchas las actividades que se han llevado a cabo y que han permitido visibilizar y poner en valor a las enfermeras comunitarias.

            Como en el sueño de una noche de verano, del dramaturgo británico William Shakespeare (1564 – 1616), se pensó que “El amor puede transformar las cosas bajas y viles en dignas y excelsas” entendiendo en este caso el amor como la relación que propiciaba que la Cátedra fuese una realidad y que quien la sustentaba económicamente lo hacía por convicción y no por interés exclusivamente. Así pues, se estableció una especie de fábula en la que la luz de la Cátedra da la impresión de vencer las tinieblas en que muchas ocasiones parece estar sumido el desarrollo de las enfermeras y su relación con las entidades provadas, para convertirse en una poderosa fuente de imaginería como la que traslada Shakespeare en su obra. Así mismo como sucede en la comedia con los cuatro mundos renacentistas, la Cátedra logra que convivan en armonía los diferentes escenarios en los que las enfermeras comunitarias desarrollan su actividad (docencia, asistencia y gestión) y el contexto público-privado en donde se ubican, a través de una gran cantidad de acciones que articulan la trama para concluir con el final feliz, en este caso, de la entrega de premios anual, que ejemplifica el final del dramaturgo en su obra con la boda de los protagonistas.

            Sin embargo, como en toda fábula que se precie, se trata de una breve historia o anécdota que alberga una consecuencia aleccionadora que casi siempre aparece al final en forma de moraleja o adfabulación. Y eso es precisamente lo que ocurrió con la cátedra, que se convirtió en una fábula o en una semejanza a otra de las obras de Shakespeare como es “Mucho ruido y pocas nueces”, al poder asimilar en ambas la conclusión o moraleja de que “Jamás estimamos en su precio el bien que gozamos; pero si lo perdemos, es cuando exageramos su valía”.

            La cátedra, entendieron las enfermeras, que era ya un bien que había llegado para quedarse, sin percatarse que los intereses profesionales siempre son menores y más prescindibles que los económicos. Y eso es lo que sucedió, que finalmente quien aportaba sustento de supervivencia económica imprescindible para la continuidad de la Cátedra, decidió que ya no le interesaba y retiró su apuesta inicial dejando en la cuneta un proyecto exitoso. Es lo que tiene el interés rentista de quienes disponen del capital para sostener lo que ni el conocimiento ni la voluntad pueden hacer. Poderoso caballero es don dinero. Y lo que parecía una historia de idilio eterno acabó en una trágica y prematura muerte, en este caso, no anunciada, aunque todo hay que decirlo, tampoco insospechada.

            En la obra de otro importante autor, en este caso el irlandés, Oscar Wilde (1864 – 1900), “La importancia de llamarse Ernesto”, en la que la dualidad entre la palabra earnest, que significa serio en inglés, y el mismo nombre de Ernesto, la palabra enfermera y lo que la misma significa, genera atracción a la vez que confusión.

            En el caso de la Cátedra, se finge tener interés por las enfermeras y se seduce con financiación y apoyo incondicional. Esto dura hasta que identifica la importancia de llamarse y ser enfermera y lo que ello supone al ego rentista del supuesto cortesano, que abandona el idilio a pesar de descubrir, o precisamente por hacerlo, lo bueno e importante que es llamarse enfermera.

            Y en este recorrido literario en el que los enredos acaban por dejar compuesta y sin novio a la Cátedra, la conclusión que podemos sacar es la de casi siempre, es decir, que las enfermeras somos capaces de grandes cosas cuando nos dejan y nos dan oportunidad de demostrarlo, pero que cuando lo hacemos se disparan las alarmas de un pánico tan irracional como sistemático, que provocan reacciones de contención o demolición para que no se identifique, visibilice y valore lo conseguido. Aunque para ello se tengan que inventar justificaciones sin fundamento que traten de sostener las decisiones adoptadas.

            Si Shakespeare y Wilde fueran contemporáneos nuestros tendrían un filón para escribir obras con las aventuras y desventuras de las enfermeras.

            Pero más allá de los símiles literarios, lo que verdaderamente trasciende es la dificultad que las enfermeras tenemos para lograr iniciar, desarrollar y mantener proyectos innovadores, creativos y eficaces que visibilicen y pongan en valor a las enfermeras, dadas las trabas financieras, políticas, administrativas, legislativas… con las que de manera sistemática tenemos que luchar para que, al menos, no se diluya totalmente nuestra aportación.

            Nada es lo que parece, ni nadie es lo que trata de aparentar, sino lo que finalmente es y se es. Caer en la trampa del engaño y la apariencia con el único objetivo de beneficiarse lleva al desengaño, pero nunca al abandono.

            Como expresara nuestro más universal escritor, Cervantes (1547-1616), en su no menos universal obra El Quijote, “Cambiar el mundo amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Y ahí estamos las enfermeras, aunque muchos quieran tildarnos de locas.

            Por eso seguiremos en el empeño de mantener un proyecto como la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria.

“Los desafíos son lo que hacen la vida interesante
y superarlos es lo que hace que la vida tenga sentido.”
Joshua J. Marine

NEGACIONISMO, POSITIVISMO Y MUJERES CIENTÍFICAS

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            Últimamente se ha instalado, fundamentalmente entre los políticos y quienes tienen poder de decisión, el discurso de la negación.

            La negación al cambio climático, a la violencia de género, a la pobreza, a la inequidad… se han convertido en la respuesta inmediata a cualquier planteamiento que sugiera la existencia de problemas derivados de estas realidades.

El negacionismo es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda o perjudicial a sus ideas o intereses. De acuerdo al autor Paul O’Shea, “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable”. Es, en esencia, un acto irracional que retiene la validación de una experiencia o evidencia históricas.

Así pues y tal como describe Didier Fassin[1], el negacionismo es un posicionamiento ideológico de quien reacciona sistemáticamente contra la realidad y la verdad. Por su parte Mark Hoofnagle[2], sostiene que el negacionismo es el empleo de tácticas retóricas para dar la apariencia de argumento o debate legítimo, cuando en realidad no lo hay.

El problema, con serlo y muy importante, se magnifica cuando los discursos de estos individuos logran que una gran parte de la sociedad haga suyo su discurso. Tal como afirma el autor Michael Specter[3] el negacionismo grupal sucede cuando “todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”.

El discurso negacionista llega a calar tanto en el pensamiento y actitud de quienes lo aceptan como válido que incluso logra que el discurso que se niega, a pesar de las evidencias, sea sospechoso de poseer motivaciones ocultas.

Sería pretencioso por mi parte tratar de incluir en el ámbito del negacionismo ciertos discursos, en contra de las enfermeras, que se mantienen más allá de las evidencias científicas existentes. Pero no me resisto a hacer un ejercicio de aproximación a tan nefasta estrategia por entender que el discurso que se utiliza y se mantiene como cierto va en contra, no tan solo de la evidencia, sino de la propia enfermería como ciencia, disciplina y profesión, con el ánimo de generar duda, rechazo y sospechas entre la comunidad científica y la propia sociedad, con el único objetivo de mantener los privilegios de quienes se siguen considerando protagonistas exclusivos del sector sanitario, al entender que el reconocimiento a “otros”, las enfermeras, es una amenaza a su hegemonía científica, disciplinar y profesional.

Durante mucho tiempo la clase médica, masculina y machista en su concepción y actitudes, identificó a la enfermería, femenina y sometida, como una ayuda a su saber y acción desde un planteamiento exclusivamente técnico, sanitario y alejado de cualquier planteamiento científico o crítico. Esto fue, sin ir más lejos, lo que condujo a transformar la profesión y disciplina enfermera, que empezaba a despuntar como profesión durante la 2ª República, en un oficio a la sombra de la medicina y a las órdenes de los médicos, con la implantación de los estudios de Ayudante Técnico Sanitario (ATS), que suponían un primer y determinante paso en el negacionismo de la enfermería al eliminar cualquier vestigio de la misma en un plan de estudios hecho a imagen, semejanza y utilidad de quienes lo idearon e implantaron.

Con dicha estrategia lograron, por una parte, tener fieles, dóciles y eficaces ayudantes a sus órdenes que contribuyesen a su desarrollo y reconocimiento, impidiendo que existiese ninguna posibilidad de pensamiento crítico, autonomía o capacidad de decisión en relación a su actividad, ya que la misma era totalmente subsidiaria a la médica.

Pero con ser grave este control en beneficio propio y mayor “gloria” de quien actuaba como exclusivo protagonista, no fue lo peor de tan estudiada estrategia. Porque lo realmente grave fue, sin duda, borrar del imaginario colectivo cualquier vestigio que pudiese conducir a identificar la enfermería como profesión o disciplina, convirtiendo una realidad como la enfermería, que tenía referentes científicos y profesionales indiscutibles en otros países, en una mentira denominada ATS, que aún perdura en nuestros días.

Se trató, por tanto, de un claro ejercicio de negacionismo. Porque lo que se negaba no era una nueva realidad sin fundamento, era una realidad fundamentada que resultaba incómoda para los intereses de quienes dominaban en exclusividad la actividad sanitaria, adaptando todo aquello que les rodeaba para el desarrollo de su saber y su hacer. Los hospitales se organizaron, en contra del sentido común, la eficacia y la eficiencia, en la fragmentación médica de órganos, aparatos y sistemas y los cuidados quedaron relegados a acciones llevadas a cabo por sus ayudantes técnicos sanitarios.

Los cambios en los planes de estudio y la incorporación de los mismos en la Universidad, supusieron un cambio sustancial, aunque no definitivo, para rescatar la imagen y el sentir de la enfermería y de las enfermeras, aunque fuese bajo unas siglas que seguían ocultando la enfermería, DUE (Diplomados Universitarios de Enfermería) y limitando el desarrollo académico al no permitir el acceso a estudios de 2º ciclo (licenciatura y doctorado). Por lo tanto, persistía, en cierta medida, el negacionismo de la enfermería y de las enfermeras que pasaron de ser reconocidas como ATS a serlo como DUE, en cuanto a denominación, pero manteniendo oculta la ciencia enfermera en la que se fundamentaba su acción, lo que mantenía el ideario común de subsidiaridad médica.

Europa, que ahora genera tantas dudas e incertidumbres, auspició el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), en el que Enfermería logró que, finalmente, se rompiera el techo de cristal que le impedía el máximo desarrollo académico y la recuperación de nuestra identidad enfermera, al menos teóricamente.

Quedaba, eso sí, que lo logrado en el ámbito académico tuviese traslado en el ámbito asistencial. Y de nuevo resurgió el negacionismo al impedir que las enfermeras tuviésemos las mismas oportunidades de acceso a todos los puestos de responsabilidad al situarnos de manera totalmente arbitraria, interesada y caprichosa en un subnivel con relación a quienes siguen negándonos valor, reconocimiento e igualdad de oportunidades, con argumentos que no se sostienen pero se mantienen por quienes tienen capacidad y voluntad política para modificarlo, lo que les convierte en claros cómplices del negacionismo enfermero.

Si a todo esto añadimos que el “virus” del negacionismo tan bien diseñado ha sido capaz de inocular su dañino efecto en las propias enfermeras, negándose a sí mismas, la cuadratura del círculo es perfecta. Porque a pesar de que existen muchas enfermeras que han logrado generar resistencia a tan nefasto virus, las devastadoras consecuencias que el mismo ha generado son difíciles de vencer, aparte que los “virólogos” ya se encargan de mutar el virus de tal manera que sea capaz de atacar cualquier resistencia que aparezca.

Pero con ser grave esta epidemia creada, mantenida y apoyada durante tanto tiempo, no lo es menos el hecho de que se manipule un discurso supuestamente liberador, emancipador e igualitario para tratar de trasladar una imagen mucho más amable de lo que realmente sigue sucediendo en nuestra sociedad.

Porque claro, se habla de la importancia de las mujeres en la ciencia, que no la voy a discutir ni poner en duda, pero sin embargo se hace olvidando a aquellas mujeres que mayoritariamente han contribuido con su trabajo, su implicación y su resistencia a que la ciencia enfermera aporte importantísimos beneficios a la salud de las personas, las familias y la comunidad, pero excluyéndolas como científicas, lo que es tanto como continuar con el negacionismo.

Negacionismo, en este caso que se apoya en el positivismo. Positivismo que afirma que todo conocimiento deriva del método científico, desde una perspectiva de monismo metodológico que determina que hay un solo método aplicable en todas las ciencias. Es decir, la explicación científica ha de tener la misma forma en cualquier ciencia si aspira a ser ciencia y por tanto la Enfermería, entre otras, se niega y se excluye. Sin tener en cuenta la incapacidad del considerado exclusivo método científico por conocer otras realidades como la creación de significado, al hacerlo desde las leyes universales impuestas que ignoran aquellos elementos, factores o determinantes que no pueden ser generalizados en base a dichas leyes, lo que genera el interesado debate en contra de la investigación cualitativa frente al positivismo de la cuantitativa, considerada menor o no científica por quienes quieren seguir manteniendo el negacionismo de parte de la ciencia y quienes la componen.

Así pues, nos encontramos ante un claro dilema que trasciende a la ciencia y se sitúa en la hegemonía machista. No se trata tanto de que las mujeres sean o no científicas, que lo son, sino de las posibilidades que a las mismas se les deja para que logren situarse como tales, más allá de la ciencia desde la que lo hagan. El problema está también en que, como ya he repetido en diferentes ocasiones, las disciplinas también tienen género y en función del mismo su visibilidad, reconocimiento e importancia es graduado social y científicamente por quienes establecen los criterios para que sean tenidos en cuenta y, desde los mismos, darles un valor u otro.

Todo ello sin minusvalorar, sino todo lo contrario, la aportación masculina que los hombres hacen a las disciplinas femeninas en general y a la enfermera en particular, que resulta fundamental para el desarrollo de las mismas.

Es importante que fijemos el foco en aquellas disciplinas en las que el número de mujeres es muy bajo. Pero no lo es menos el que demos valor a aquellas disciplinas en las que siendo las mujeres mayoritarias no reciben la misma atención ni reconocimiento al incorporar un negacionoismo tan irracional, incomprensible y acientífico como el que se lleva a cabo sin que se haga nada, o muy poco, por eliminarlo.

Si no se combinan ambos discursos, estaremos ante una nueva puesta en escena efectista, oportunista e ineficaz, que lejos de favorecer a las mujeres contribuirá a perpetuar las desigualdades y el negacionismo existentes.

Las mujeres son científicas, por tanto, más allá de la disciplina en la que estudien, investiguen y aporten evidencias. Se trata, sobre todo, de lograr lo que no existe sin olvidar aquello que ya existe.

[1] Didier Fassin (1955), Antropólogo, sociólogo y médico francés.

[2] Médico estadounidense

[3] Michael Specter (1955), Periodista estadounidense

TESTOSTERONA CORPORATIVA Y SOCIAL

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            Hace tan solo unos días se publicaba el estudio “Gender and Nursing as a Profession. Valuing nurses and paying them their worth” estudio del Royal College of Nursing (RCN) y de la Universidad de Oxford Brookes en el que se argumenta que los salarios de las enfermeras se han rebajado debido a la “visión anticuada de que cuidar a los demás es una característica femenina” a pesar de que las enfermeras cada vez más asumen un trabajo más avanzado. La investigación, llevada a cabo en el Reino Unido, apunta que la destacada y preocupante escasez de enfermeras, tendría que haber producido un aumento importante de los salarios que tratara de compensar la evidente demanda. Sin embargo, sugiere también el estudio, las enfermeras siguen estando infravaloradas por el hecho de ser mayoritariamente mujeres.

Rachael McIlroy, jefa de investigación senior de RCN, destaca que este informe es “un paso importante para desafiar y cambiar las percepciones sobre las enfermeras”. Así mismo añade que las enfermeras tienen altas competencias y una gran preparación a pesar de lo cual, las enfermeras, no se sienten ni escuchas ni reconocidas.

            Estos resultados podrían ser asumidos casi íntegramente en nuestro país, que por otra parte es “exportador” de enfermeras al Reino Unido para suplir la carencia de enfermeras británicas.

            Posiblemente este estudio, como tantos otros relacionados con el género y las enfermeras, haya pasado desapercibido entre las propias enfermeras, a pesar de la gravedad de los resultados, como si estuviesen naturalizados y ya no ejerciesen reacción alguna o esta fuese prácticamente una mueca de disgusto en el rostro, pero sin mayores consecuencias. Como si estuviésemos anestesiadas.

            Esta misma semana, concretamente hoy mismo, hemos conocido que el Tribunal Superior de Justicia de Navarra, volvía a anular los artículos que regulan jefaturas de libre designación en el Servicio Navarro de Salud, que afectan a la capacidad de que las enfermeras sean nombradas directoras de Equipos de Atención Primaria, como estaba sucediendo con magníficos resultados tanto de gestión como económicos.

            Esta misma semana, vaya semanita, los farmacéuticos – a pesar de ser mayoritariamente mujeres- hacían gala también de su poder anunciando una nueva acometida de “abordaje comunitario” en esta ocasión queriendo prescribir y promocionar vacunas. Posiblemente porque quieran recordarnos, como hacen machaconamente en la Televisión, que se trata de un medicamento y que hay que consultar con el farmacéutico. Algo que lograron colar, con el beneplácito político, y que apartaba de un plumazo, en este caso, tanto a los médicos como a las enfermeras. En lugar de decir consulte a su profesional de la salud, dicen tan solo a su Farmacéutico. Será porque para eso lo venden ellos y lo cobran ellos también, claro. Todo sea por el negocio.

            Las enfermeras deberíamos plantearnos si cada vez que en la Televisión de dice algo sobre el cuidado, aparezca una pantalla en gris perla (por lo del color que nos identifica académicamente) que dijera este anuncio es sobre el CUIDADO, lea detenidamente las indicaciones y consulte a la ENFERMERA. El problema está en quien apoya al medicamento y a quien apoya al cuidado… blanco y en botella.

            Dudo, ojalá me equivoque, que el estudio la sentencia o la noticia, generen una respuesta unánime y masiva de las enfermeras en nuestro país. A lo sumo algunas referentes, alguna organización o sociedad científica alcen la voz sin que, lamentablemente, tenga excesivo eco. La naturalización, posiblemente por la reiteración, siga provocando la anestesia colectiva.

            En cualquier los tres casos, tienen algo en común. La testosterona social y corporativa.

            Seguimos viviendo en una sociedad eminentemente machista, patriarcal y dominante que se resiste a perder el poder otorgado por el hecho de secretar dicha hormona que fisiológicamente sabemos que se produce en los testículos, pero que socialmente lo hace en mucha mayor medida en el cerebro, en este caso tanto de hombres –mucho más- como de mujeres. Porque el problema viene determinado cuando los comportamientos, los tópicos, los estereotipos, la dominación… forma parte no tan solo de que sean más los hombres que integran una sociedad o una profesión, sino en que dicha sociedad o profesión esté impregnada de ese comportamiento como algo consustancial a las mismas.

            Si a esto añadimos las decimonónicas estructuras judiciales con las que aún contamos en nuestro país y una legislación escrita también con testosterona los resultados son los que son. Los jueces, con mucha testosterona, también contribuyen, pero básicamente se trata de las normas que van en contra sistemáticamente contra las posibilidades de desarrollo e igualdad de las enfermeras, las que hacen que se dicten sentencias tan incomprensibles, como dolorosas e indignantes.

            Resulta que un Filósofo puede ser Ministro, una abogada Consejera, un economista Director General, un biólogo gerente… pero una enfermera no puede ser nada de eso por el simple hecho de ser enfermera y tener la fatalidad de que nuestros principales compañeros de viaje sean quienes más testosterona corporativa secretan, lo que provoca una permanente y sistemática exhibición de fuerza y demarcación de territorio, utilizando para ello las leyes y el sistema judicial que les protege y ampara. Y claro, a la vista de esto pues acuden nuevos actores que actúan con idéntica mecánica fagocitadora. A lo que hay que añadir a una clase política dominada por la apariencia y el dominio de los lobby, para que tengamos muy poco margen de mejora.

            Ha sido en Navarra donde se ha dictado esta sentencia que vuelve a marginar a las enfermeras. Y a pesar de que todas las comparaciones son odiosas y posiblemente esta mucho más, fue en Navarra también, donde se dictó la tristemente famosa sentencia de la manada contra una mujer. Nuevamente la testosterona, en cualquiera de sus formas, apariencias o actitudes, hace acto de presencia.

            Las enfermeras deberíamos despertar de una vez y exigir que se acabe ya con el acoso, la discriminación, la desigualdad, la violencia corporativa y profesional a la que somos sometidas de manera reiterada sin que los políticos, que se apresuran a decir que somos imprescindibles cuando les interesa, hagan nada por remediarlo. Porque al fin de cuentas también ellos secretan mucha testosterona.

            Y, paradójicamente, todo esto sucede en el celebérrimo año del Nursing Now. Espero que los acontecimientos no sigan en esta misma línea y que podamos celebrar algo. Aunque sea los 200 años de Florence Nightingale.

            Pero no creamos que la testosterona tiene la culpa de todo. Porque nosotras como enfermeras también deberíamos hacer un ejercicio de reflexión y autocrítica para darnos cuenta del conformismo, el buenismo, el pasotismo… y otros muchos “ismos” de los que hacemos gala desde ese adormecimiento permanente, en el que la anestesia de la normalización, nos tiene sumidas. Ojo, no apunto a que tengamos que secretar también nosotras testosterona, sino a que digamos ¡¡¡basta ya!!! Pero también a que de una vez por todas sepamos identificar, difundir y defender nuestros activos intangibles y bienes intrínsecos.

De una vez por todas deberemos darnos cuenta que hace falta que las enfermeras asumamos la competencia política que influya en la política y favorezca políticas de salud, también para nosotras.

Como dijera la poeta polaca Wislawa Szymborska:

Somos hijos de nuestra época

y nuestra época es política.

 

Todos tus, mis, nuestros, vuestros

problemas diurnos y los nocturnos,

son problemas políticos.

Quieras o no tus genes tienen un pasado político, tu piel un matiz político

y tus ojos una visión política.

 

Cuanto dices produce una resonancia,

cuando callas implica una elocuencia

inevitablemente política.

 

Incluso al caminar por bosques y praderas

das pasos políticos

en terreno político.

 

Adquirir significado político

ni siquiera requiere ser humano.

Basta ser petróleo,

pienso compuesto o materia reciclada.

 

Los poemas apolíticos son también políticos,

y en lo alto resplandece la luna,

un cuerpo ya no lunar.

Ser o no ser, esta es la cuestión.

¿Qué cuestión? Adivina corazón:

una cuestión política

           

A lo que añado:

Ser o no ser, esta es la cuestión

¿Qué cuestión? Adivina corazón:

una cuestión enfermera, que requiere nuestra implicación política, profesional, académica, gestora y femenina, como nuestra Enfermería.

 

            No nos equivoquemos más. Está en nuestra mano el darle solución. El tema es el cómo no el qué.

¿Nos ponemos a ello, es decir actuamos, o seguimos esperando acontecimientos y lloramos?

ESCOTOMA

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Ayer tuve la oportunidad de asistir en el Ministerio de Sanidad a una Jornada sobre el desarrollo de la atención comunitaria que forma parte del Marco Estratégico para la Atención Primaria y Comunitaria que se aprobó el pasado año por consenso de las administraciones públicas, los profesionales (sociedades científicas, organizaciones colegiales, sindicatos…) y la ciudadanía (organizaciones y sociedades ciudadanas y de pacientes…).

          Esta actividad no tendría mayor relevancia que la influencia que la misma pueda tener en el desarrollo del cambio de la Atención Primaria que se propugna, sino fuese por lo que sucedió en su organización y lo que aconteció durante su celebración.

          En plenas vacaciones de navidad salió a la luz información, desde el Ministerio de Sanidad, en la que se anunciaba la celebración de la Jornada “Orientando la Atención Primaria hacia la Comunidad”, organizada por el PACAP, grupo dependiente de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC) y el propio Ministerio. En la citada jornada, estructurada en mesas de debate, ni una sola enfermera para hablar de Atención Comunitaria.

          Bueno, pues esta es la realidad entendida como la conducta o forma de ver los hechos o las cosas tal como son en realidad, sin ningún idealismo en ese momento en el que llega la información. Nada que cuestionar a los hechos que así lo atestiguaban.

          Ante esto, que por otra parte es o viene siendo lo habitual, cabían varias opciones. Refugiarse en las fiestas navideñas y esperar a que Papa Noel, para los menos tradicionales, o los Reyes Magos, para los nostálgicos, fuesen capaces de edulcorar esa realidad con algún regalo en forma del discurso frecuente en el que se alaba a las enfermeras con el único propósito de que sigan manteniendo su fe en que algo cambiará en algún momento, o en hablar por ellas de manera subsidiaria y a través de voces que ni nos son propias ni se ha solicitado que lo hagan, usurpando, no tan solo la voz sino las ideas. Llorar y quejarse cuando los hechos consumados dejasen a la luz la invisibilidad, una vez más, de las enfermeras al hablar de algo que hacen mayoritariamente ellas. O bien, actuar y tratar de revertir una situación en base a argumentos sólidos.

          La primera opción, aunque navideña y entrañable a nadie, o muy pocos, les cabe duda de que es tan solo una ilusión que no tiene posibilidades de cumplirse, ya sabemos quiénes son Papa Noel y los Reyes Magos y la poca capacidad de magia real que tienen, aunque mantengan la ilusión en quienes esperan de ellos siempre sus regalos.

          La segunda opción es, lamentablemente, muy habitual y supone la asunción de la figura de plañideras permanentes, ante lo que las enfermeras consideran injusto, sin que sus lágrimas ni su pesar sirva para poco más que generar compasión, lástima o indiferencia ante la reiterada escena de aflicción.

          La última opción, es la menos corriente por cuanto supone tener que implicarse, estar convencidas de lo que se denuncia y propone como alternativa, mantener una firmeza abalada por pruebas contrastadas, trasladar una realidad diferente a la que se quiere hacer ver como única e insustituible con el fin de modificarla y adaptarla a la que corresponde realmente.

          Y, quien les escribe, optó por la tercera a pesar de que creo firmemente en los Reyes Magos, pero claro está, para otros menesteres y deseos. Y, porque rechazo de plano la segunda ya que vengo repitiendo de manera insistente en que llorar, si se quiere o hay que hacerlo, se hace en casa. En donde importa, es decir donde debemos actuar las enfermeras, sea en el ámbito de la atención, de la gestión de la docencia, de la investigación o de la política, hay que ir lloradas para poder actuar y cambiar aquello que ni nos gusta ni es justo, ni se ajusta a la realidad.

El inmovilismo e incluso el propio llanto de las enfermeras viene determinado muchas veces porque tratamos constantemente de darle sentido al bombardeo de información inconexa que encaramos diariamente y llegamos a ser tan buenas llenando y haciendo un escenario razonable de datos inarticulados que algunas veces damos sentido a lo absurdo. Solemos, por tanto, crear un retrato coherente de lo que escuchamos y vemos aun a sabiendas de que un examen cuidadoso de la evidencia nos revelaría que la información es vaga, confusa, obscura, inconsistente e ininteligible y por tanto que la realidad que emana y es vista por nuestra mente es susceptible de ser cambiada.

          Así pues, como enfermera que soy, hice un diagnóstico de la situación, identifiqué los ámbitos en los que actuar, prioricé las intervenciones, movilicé los recursos necesarios y actué.

          No es mi intención en ningún momento, presentarme como un héroe o un Robin Hood enfermero para llevar a cabo una redistribución de ideas, planteamientos o posicionamientos, ni Maquiavelo conspirando permanentemente, ni el Quijote que ve gigantes donde realmente hay molinos de viento. No lo soy ni lo pretendo serlo. No hice más que aquello que entendí que debía hacer como enfermera comunitaria que soy y me siento, como Presidente de la Sociedad Científica a la que represento (AEC) y como persona con capacidad de análisis, reflexión y pensamiento crítico, que entiende que no se puede asumir cualquier realidad, la diga quien la diga, por el mero hecho de llevar el sello de una institución o de una profesión determinada. Y porque entiendo y creo que la realidad es diversa, ecléctica y participativa o no es realidad, sino imposición e impostura.

          Por eso entendí que se debía y se podía revertir la situación. Y actué. Y en la actuación me acompañaron otras enfermeras.

          Y de esa actuación se produjo lo que muchos no quieren ver, entender o admitir, que no es otra cosa que lo que finalmente sucedió. Y lo que sucedió, es que la Jornada pasó a estar organizada también por enfermeras y no tan solo eso, sino que además se incorporaron enfermeras en las mesas de debate y en la inauguración estábamos dos enfermeras y un médico junto al Ministro y el Secretario General de sanidad, poniendo voz a nuestra realidad y no dejando que otras personas la pusieran por nosotras. De tal manera, que el discurso que se generó en la Jornada fue construido en igualdad y sin protagonismos, con voces e ideas que tenían validez por lo que significaban y no por quien las decía.

Otra cosa, bien diferente es como del realismo de los resultados que se obtengan de la nueva situación generada se conforme la realidad. Esta realidad sí que estará impregnada de idealismo, entendido como la tendencia a considerar la enfermería comunitaria y la Atención Primaria y Comunitaria, de acuerdo con unos modelos de armonía y perfección ideal que no se corresponden con la realidad actual. Pero, también es cierto que quienes allí estábamos, podemos decir que éramos las/os convencidas/os y que aún hay mucha gente escéptica, conformista, inmovilista… que no cree ni quiere creer que otra realidad existe. Posiblemente porque, en esa realidad, o bien entienda que pierde protagonismo o bien que tiene que ganar conocimiento e implicación y ni unas/os ni otras/os estén en disposición ni tan siquiera de intentarlo. Pero finalmente, lo importante es que haya una idea generadora de ilusión que permita cambiar la realidad actual que tiene de realidad de momento, tan solo, la ilusión.

La mente ve lo que quiere ver, aquello que quiere ver y lo hace basándose en prejuicios, programaciones o condicionamientos previos.

          Podríamos decir que padecemos, en cierta manera, de un estocoma[1] colectivo que hace que saquemos conclusiones de los actos y palabras de los demás, al interpretar cosas, que en verdad no han hecho, dicho, ni siquiera pensado, pero tomamos esa “verdad” alternativa y nos la creemos hasta las últimas consecuencias.

          Y no resulta terrible o irremediable, pero el escotoma actúa como el prejuicio: juzgamos, sentenciamos y hacemos efectiva la condena sin pararnos a pensar si ni siquiera estaremos, efectivamente, en lo cierto; y lo peor es que a veces lo hacemos de forma cobarde. Pero sin ser terrible impide que en muchos casos avancemos.

          Así pues, tal como dijo David Bohm[2] “Muchos creen estar pensando cuando están meramente reordenando sus prejuicios”. Sin darse cuenta que no somos espectadores de lo que “nos rodea”; sino que somos parte de ello y por eso si queremos cambiar la realidad debemos actuar y no tan solo admitir como inevitable lo que sucede, resignándonos a las consecuencias o como máximo llorando cuando nos afectan.

          William James[3] decía: “Cuando algo es nuevo, la gente dice: «No es cierto” Luego, cuando su verdad es aparente, dicen: “No es importante”. Finalmente, cuando no puede negarse su importancia, dicen: “De todos modos, no es nada nuevo”. Y ese discurso, consecuencia del estocoma nos limita, como enfermeras, y nos impide hacernos visibles, ya que ni damos valor, ni aportamos nada para que se logre o asumimos que la realidad que tratan de imponer es en la que nos corresponde creer al entender que no es nada nuevo y que nada podemos cambiar.

          Pues bien, ayer, se demostró que la mente ve aquello que quiere ver y que lo que quiso ver y dejó ver, no es otra cosa que las enfermeras estamos en disposición de cambiar una realidad que durante mucho tiempo se nos ha querido imponer como inalterable.

          De nosotras depende que el estocoma nos siga cegando o, que, al contrario, la luz de nuestro planteamiento, nuestra ciencia, nuestros argumentos, nuestro paradigma… contribuya a modelar una realidad diversa en la que tenemos tanto que aportar.

          A pesar de todo, siempre deberemos contar con el escepticismo y la visión permanente del vaso medio vacío de quienes prefieren mantener la ceguera de esa otra realidad posible.

[1] (del griego skótos, «tinieblas, obscuridad») es una zona de ceguera parcial, temporal o permanente. Puede ser un escotoma normal en gente sana como lo es el del punto ciego ocular o puede ser patológico, debido a una lesión de la retina o del nervio óptico. Sin embargo, en el lenguaje coloquial y como significado alternativo es la aclaración de que: “la mente ve, lo que quiere ver”.

[2] David Joseph Bohm (Wilkes-Barre, Pensilvania; 20 de diciembre de 1917-Londres, Inglaterra; 27 de octubre de 1992) físico estadounidense.

[3] William James (Nueva York, 11 de enero de 1842-Nueva Hampshire, 26 de agosto de 1910) Filósofo y psicólogo estadounidense.

PIN CONTRA LA SALUD COMUNITARIA

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Viñeta de Forges publicada en 1984, en Diario 16

A tenor de lo que está sucediendo, cada vez parece más claro que se considere como normal el que se digan, hagan o piensen determinadas cosas.

Más allá de la deseada y necesaria libertad de expresión, hay cuestiones que escapan a tan importante derecho. Ampararse en la libertad de expresión para, desde la misma, lanzar ataques a otras libertades fundamentales como el derecho a la educación en libertad, al pensamiento crítico, al respeto a la diferencia… es tanto como ampararse en órganos judiciales para protegerse o ir en contra de ellos cuando interesa. En definitiva, es utilizar la democracia para actuar con la libertad que la misma ofrece con el fin de atacar los pilares en los que sustenta.

Esta actitud no es nueva. Pero no por ello debe naturalizarse o entenderla como normal, porque hacerlo es tanto como contribuir, de alguna manera, al logro de quien está ejerciéndola con la impunidad que le dan las mismas leyes que está intentando eliminar y siendo, por lo tanto, cómplices de un evidente deterioro democrático.

La libertad y las libertades cuestan mucho de lograr y aún más de mantener. Las mismas garantizan la convivencia y el respeto desde la diversidad de pensamiento, religión, raza, sexo, género…para evitar la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia, la violencia… que finalmente acaban por generar odio y enfrentamiento, desde posiciones de autoritarismo, paternalismo, reduccionismo, sometimiento y pérdida de libertad desde la que hipotética e hipócritamente se construye un mundo mejor, pero tan solo para quienes piensan igual, apartando, acosando, victimizando y anulando a quienes se instalan en la diferencia de su particular y exclusivo planteamiento, defendido con el disfraz de demócratas.

Confundir e intentar confundir la libertad con la manipulación, el engaño, la imposición, el desprecio, la intolerancia… desde el populismo, la falsa defensa de valores y el cinismo tan solo conduce al deterioro de la democracia, desde la que hipócritamente se está actuando para destruirla.

Esta reflexión, sin duda, no tendría demasiado sentido en este blog sino fuese porque la misma es necesaria para entender que es lo que está pasando y lo que puede llegar a pasar si no logramos detener a quienes están empeñados en destruir todo aquello que identifican como una lacra social, simplemente por no coincidir con lo que ellos plantean como bueno, normal, decente, moral, estándar…lo que finalmente provoca que existan ciudadanas/os de primera o de segunda en función de que se integren o no en su particular y exclusivo planteamiento de vida o pensamiento.

La irrupción en el panorama político español de grupos políticos que, amparándose en la democracia, la constitución, la libertad… aprovechan para atacarlos y eliminar derechos y libertades es una realidad que está provocando situaciones que nunca hubiésemos pensado que volviesen a producirse tras superar una dictadura que estos mismos políticos niegan y ensalzan.

En una sociedad como la nuestra en la que la violencia de género, el acoso a quien es diferente por razón de sexo, religión o raza… se están convirtiendo en lacras sociales que causan muerte, desigualdad, miedo, opresión, estigma… que influye de manera directa y significativa a la salud individual y colectiva, las enfermeras, no podemos ni debemos permanecer al margen, pensando que es algo que no va con nosotras y que nada podemos hacer para afrontar los problemas que se derivan de esta situación.

El denominado pin parental que se ha aprobado en Murcia con el apoyo, no lo olvidemos, de quienes se dicen llamar partidos constitucionalistas, se suma a los ataques que, en forma de nuevas regulaciones o anulación de aquellas que salvaguardaban su cumplimiento, se están llevando a cabo en contra de la violencia de género, que tratan de negar disfrazándola de violencia doméstica, o poniendo trabas para recuperar una memoria histórica que permita conocer la verdadera barbarie de una dictadura que duró más de 40 años.

            Entender que estas decisiones son tan solo hechos aislados que no van a tener consecuencias en el desarrollo de nuestra democracia es tanto como negar la evidencia de una realidad que se torna en amenaza para la salud comunitaria.

Restringir, negar, manipular, ocultar, mentir, limitar… la educación de las/os niñas/os desde una supuesta libertad de los padres para salvaguardar a sus hijos de las amenazas que supone una educación en libertad, es tanto como contribuir a incrementar las desigualdades, el odio a lo y al diferente, el clasismo, el machismo, el egoísmo y, por tanto, perpetuar comportamientos machistas, racistas, homófobos… que conducen a la violencia contra todo aquello que no se ajuste a su patrón de normalidad moral, religiosa y política. Identificar a los hijos como una mercancía de propiedad exclusiva con la que negociar es, en sí mismo, un claro ejemplo de la manipulación que se lleva a cabo para tratar de imponer un modo de pensamiento único, irreflexivo, lineal, posesivo, obsesivo y represivo. Es como el matrimonio mal avenido que trata de hacer daño al otro utilizando para ello a las/os hijas/os mediante la manipulación interesada de las/os mismas/os. Finalmente siempre acaba teniendo consecuencias negativas para las/os hijas/os a las/os que hipotéticamente se trata de defender con tales actitudes.

Utilizar la educación como arma arrojadiza, ideológica, fundamentalista, o represora, es mezquino e indigno y supone una claro intento de adoctrinamiento en contra de los valores democráticos y de libertad a los que todas/os las/os niñas/os tienen derecho con independencia de sus madres y padres y de la ideología que estas/os tengan. La ideología individual nunca puede ir en contra de los valores de una democracia que, por su parte, no obligan a nadie a pensar de una u otra forma, sino tan solo a respetar a todas/os aunque sean diferentes o, precisamente, por ser diferentes.

Las enfermeras tenemos un compromiso deontológico, científico, profesional y moral con las personas, las familias y la comunidad que nos obliga a trabajar de manera clara, decidida, firme y rigurosa, junto a otros profesionales y agentes de salud comunitarios, en defensa de la equidad, solidaridad, desarrollo humano, progreso, democracia… que dejan de ser una opción para pasar a ser una obligación. Llevando a cabo una apertura a la realidad social, observando, comprendiendo y planteando una comunicación con el entorno a través de la relación de escucha y diálogo que eleve la competencia social y el sentido comunitario de las/os niñas/os. Tratando que nuestras actuaciones en salud comunitaria dejen de depender del voluntarismo profesional, de la formación o la ideología, pasando a formar parte de nuestro trabajo diario. Para ello resulta imprescindible que no identifiquemos a las personas, y muy particularmente a las/os niñas/os, como meras receptoras de actividades diseñadas por las enfermeras, dejando de culpabilizarlas de su estado de salud o de los estilos de vida, ya que desde un enfoque de determinantes sociales de la salud sabemos que la responsabilidad de la salud y de los problemas de salud no depende exclusivamente, ni siquiera principalmente de ellos. Abandonando el paternalismo profesional y respetando la autonomía de las personas, incluidas/os las/os niñas/os a las/os a quienes parece se les quiere eliminar su condición como tales, por entender que son propiedad de las madres y padres. No se trata de imponer ningún criterio, ni pensamiento como acusan quienes, precisamente lo están haciendo, sino de llevar a cabo un proceso que obtenga el resultado en salud del respeto, la igualdad y la equidad. Lo contrario hace aflorar prejuicios, irracionalismo y pasiones, y es fácilmente manipulable por los demagogos.

Nadie nos puede asegurar que sea este el único “pin” que traten de imponer los intransigentes ideológicos. Si consentimos con nuestro conformismo este, es muy probable que se impongan nuevas restricciones de pensamiento y de acceso a la realidad para, de esta manera, modelar la voluntad a través de la alienación de pensamiento y de acción, amparándose en la defensa de la patria, su patria, de Dios, su Dios, de la religión, su religión, de la economía, su economía, de la libertad, su libertad… para lo que hace falta eliminar a todo aquel y todo aquello que identifiquen como una amenaza para su fin. Según ya dictaba magistralmente Maquiavelo en su obra el Príncipe, el fin justifica los medios, aunque estos supongan eliminar la libertad de muchos en beneficio de la de muy pocos.

Nadie queda exento, por tanto, de responsabilidad ante lo que está sucediendo y las enfermeras comunitarias, en particular, tenemos que actuar en defensa de la salud de las personas, lo que pasa por garantizar la educación para la salud de todas/os con criterios científicos al tiempo que participativos.

Situarse en la marginalidad de lo estrictamente profesional, desde una ética de mínimos que obvie la realidad social, nos sitúa en clara posición de complicidad con quienes utilizan argumentos acientíficos, acríticos, eufemísticos, falaces y mentirosos que contribuyen a la confusión de las personas y a la generación de comportamientos que atentan claramente contra la salud de la comunidad en su conjunto.

Y esto, que nadie lo confunda, no es hacer política, sino tener competencia política para promover, desarrollar y defender políticas de salud, como una competencia propia de las enfermeras comunitarias a la que no podemos permanecer ajenas.

Alzar la voz escandalizándose por los movimientos antivacunas al identificarlos como una amenaza para la salud pública que, además, se realizan desde la mentira y el engaño y no hacerlo ante un movimiento como el que promueve la restricción educativa de las/os niños/os es tan incomprensible como rechazable y tan peligroso, sino más, que la no vacunación infantil. La educación es, sin duda, la mejor vacuna contra la ignorancia, la intolerancia y la violencia y, por tanto, debemos llevar a cabo una defensa a ultranza de la misma que evite un verdadero problema de salud pública, pero también de convivencia democrática y de respeto a las libertades individuales.

Lo que ahora podemos identificar como una simple distopia como la definía Santo Tomás Moro en su obra Utopía (1516), nos puede llevar a una triste y cruel realidad, como tantas veces ha ocurrido en la historia de la humanidad, de la que cueste mucho salir. No contribuyamos a que sea VOX populi.

 

ESTADO DE BIENESTAR vs ESTADO DE BIEN ESTAR ZONA DE CONFORT vs ZONA DE CONFORMISMO

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Tras el desastre de la 2ª guerra mundial se inició la reconstrucción de la Europa arrasada, empobrecida y vulnerable. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que fue un verdadero ejemplo de resiliencia de las poblaciones de los países afectados. España, en plena posguerra civil no pudo contagiarse de esa resiliencia por razonas obvias, aunque se trate de borrar de la memoria colectiva. Se iniciaba, por tanto, la construcción de lo que vino en llamarse el Estado de Bienestar en respuesta a las políticas keynesianas de la Alemania nazi.

Se trataba básicamente de que los estados proveyeran servicios en cumplimiento de los derechos sociales a la totalidad de los habitantes de un país, es decir, universalizando los mismos.

            España, aunque con bastante retraso, también acabó desarrollando el Estado de Bienestar.

            Sin embargo, las crisis económicas, las políticas neoliberales y los cambios en la sociedad actual con una clara tendencia al individualismo, la inmediatez y a la pérdida de solidaridad han hecho que progresivamente se fuesen debilitando los pilares fundamentales en los que se asentaba el Estado de Bienestar, lo que, además, ha sido aprovechado por la resurgida ultraderecha con discursos populistas, demagógicos y cargados de prejuicios, tópicos y estereotipos contra todo aquello que da valor y consistencia al Estado de Bienestar y a todo lo que consideran “malo” por el simpe hecho de ser diferente a sus planteamientos dogmáticos y autoritarios.

            Esta tendencia, o tendencias, por tanto, han ido calando en la comunidad provocando relajación, confusión, conformismo… unidos a posicionamientos racistas, xenófobos, homófobos, sexistas, machistas, egoístas, excluyentes… que se han ido naturalizando e interiorizando de manera alarmante entre la población más joven acompañando a mensajes nacionalistas radicales que recuerdan etapas históricas terribles que no han sido adecuadamente transmitidas e incorporadas en su joven y fértil mente, demasiado ocupada con el bombardeo de información líquida circulante en las redes sociales, es decir, aquella información no verificada, sustentada o confirmada; a diferencia de la información sólida, entendida como información documentada, razonada y enriquecida que comprueba su veracidad.

            Cada vez más las noticias son captadas e interiorizadas a través de las opiniones de terceros en redes sociales. Los influencers adquieren credibilidad, per se, o como consecuencia del número de visitas, descargas o “like” que reciben.

            La imagen y el culto al cuerpo se incorporan como las nuevas tendencias a seguir y conseguir, generando el rechazo a todos aquellos que se alejan de los patrones que se establecen como óptimos para ser aceptado.

            El consumismo líquido, es decir, el que se realiza compulsivamente a través de redes o internet sin criterios de calidad contrastada, contribuye además a la precariedad laboral de quienes se incorporan como mediadores necesarios, pero explotados, en la cadena de producción y distribución de los productos adquiridos por impulso más que por necesidad.

            El conocimiento pierde crédito en favor del postureo artificial, la astucia y la superficialidad, aderezadas con el discurso zafio, descalificador, ofensivo y sin fundamento, que supera a quienes optan por el estudio, la reflexión, el análisis, el pensamiento crítico y el respeto.

            Todo ello supone una adición de factores que favorecen la individualización de todo. La modernidad cambió las reglas. La teoría crítica que defendía el individualismo ante el Estado que en esa época oprimía todo, ahora lo impregna todo.

            Hemos pasado de hablar de personas a hacerlo de individuos porque todo se ha individualizado y cada individuo debe asumir, como consecuencia, el destino de lo que le pase o no.

            Desde esta perspectiva individualista y de inmediatez la mayor preocupación de los individuos que componen la sociedad actual es cómo prevenir que haya una solidez en los planteamientos que lleguen a ser tan sólidos que impidan cambiar el futuro y en base a ello luchan para que no suceda, favoreciendo posturas radicales de quienes se configuran como salvadores del destino, aunque ello conlleve rupturas radicales con las relaciones sociales, familiares, con nosotros mismos o con lo que tanto esfuerzo logró establecerse, como por ejemplo el Estado de Bienestar, como si el mismo tuviese o padeciese del mismo mal al que se ha sometido aquello que consumimos, es decir, la obsolescencia programada o la fecha de caducidad

            La inmediatez hace que nada sea contemplado con perspectiva de futuro, con sosiego, con análisis… porque se entiende que nada es duradero y en nada podemos influir para cambiarlo, esperando que todo cambie con la aparición de nuevas oportunidades que sustituyan a las existentes, pero sin que nuestra intervención se considere ni necesaria ni posible al creer que todo es casual y no causal.

            En base a este planteamiento social se reclama flexibilidad para no comprometerse con nada para siempre y estar preparado a cambiar en cualquier momento de actitud, de comportamiento e incluso de ideas para adaptarse al cambio que se presenta como inevitable pero sin que podamos participar en el mismo, tan solo adaptarnos a él, aunque ello conlleve renunciar a derechos que hasta ahora se habían considerado irrenunciables, constituyéndonos nosotros mismos, como personas, bueno no, como individuos, intercambiables.

Se produce, por tanto, un efecto líquido, en el que el más ligero movimiento cambia la forma que dicho líquido tenía en reposo.

Y todo esto, sin duda, influye en las actuaciones que, como enfermeras, tenemos con las personas a las que atendemos. La modernidad líquida de la que hablamos hace que los comportamientos, las relaciones, los consensos, la propia comunicación, adquieran una velocidad que impide, en muchas ocasiones, que se establezcan relaciones con continuidad en el tiempo y sustentadas en valores tales como la solidaridad, la equidad, la libertad, la democracia… que deberían estar presentes de manera inalterable, sólida, en nuestras actuaciones enfermeras, a través de la promoción de la salud o la prevención de la enfermedad. Pero al no poder dar respuestas inmediatas a las exigencias que plantea la sociedad, la situación nos arrastra cada vez más a planteamientos asistencialistas, medicalizados y altamente tecnificados en los que las relaciones humanas y los comportamientos saludables son contemplados como rígidos, inalterables y poco adaptativos a una sociedad cambiante y con fechas de caducidad en muchos de sus componentes.

Esta liquidez influye de manera determinante en el abordaje de los múltiples problemas de salud que la propia modernidad líquida genera y paradójicamente perpetua.

Se pasa del Estado de Bienestar a un nuevo Estado más adaptativo, inmediato y aparentemente ideal como es el Estado de Bien Estar. Lo importante no es el conjunto sino lo que a cada cual como individuo le permita estar bien, aunque ello no suponga sentirse bien y mucho menos saludable y con indiferencia hacia lo que le sucede “al otro”.

Los abordajes puntuales, esporádicos, finalistas y deterministas que, sobre problemas como la violencia de género, la soledad, la cronicidad, la obesidad, el acoso laboral, la pobreza, la migración, la vulnerabilidad… se llevan a cabo desde una absoluta falta de planificación que requiere, claro está, de cierta solidez, haciendo que los mismos sean fallidos, ineficaces e ineficientes en un sistema de salud que se ha contagiado de la modernidad líquida y por tanto de la inmediatez de resultados que del mismo se reclama. Se actúa sobre la herida, el síntoma, la agresión, la enfermedad… pero no sobre los factores, condicionantes, determinantes… que las generan o provocan. Focalizando en lugar de ampliando, simplificando en lugar de generalizando, disgregando en lugar de integrando, individualizando en lugar de colectivizando.

El Estado de Bien Estar, finalmente, acaba por incorporarse en todos los ámbitos de nuestra sociedad y ello conduce inexorablemente a la generación de zonas de confort. Pero no zonas de confort asimilables a contextos saludables donde desarrollar nuestra actividad en condiciones óptimas, que son muy deseables, sino a zonas en las que impera el conformismo, la desmotivación, la inacción, la falta de compromiso… de profesionales que se instalan en estas zonas desde las que dar respuestas inmediatas, aunque las mismas no tan solo no solucionen los problemas sino que los aumentan o cronifican, favoreciendo la individualización a sus actuaciones lo que incide de manera muy significativa en el precario trabajo en equipo. La ética de mínimos, por tanto, sustituye a la ética de los cuidados, para parecer que se hace lo que, en realidad, se deja de hacer. Todo ello conduce a una ausencia de intervenciones en la comunidad que favorezca la participación activa en la toma de decisiones, aunque se generen figuras artificiosas, como las del paciente experto, que no dejan de ser un ejemplo más de individualismo enmarcados en procesos pseudoparticipativos.

Las enfermeras tenemos pues un reto importante en esta modernidad líquida en la que nos movemos y en la que debemos tratar de evitar ahogarnos. Nuestro paradigma, desde el que no debemos renunciar a actuar, contempla abordajes integrales, integrados e integradores que precisan de cierta solidez para lograr los resultados esperados a través del consenso necesario con las personas, que no individuos, las familias y la comunidad con quienes interactuamos. Ello no nos sitúa en la rigidez ni en el inmovilismo, sino en la templanza necesaria para adaptarse a los cambios que en toda sociedad se producen, y para los que se requiere de unos tiempos y unas políticas que no se conceden desde la política que se practica y favorece la modernidad líquida en la que tratan de diluir los problemas para enmascararlos y que no sean percibidos en su verdadera dimensión.

No nos damos cuenta, o si, del riesgo que asumimos al no dar valor a nuestros cuidados, dejando que la inteligencia artificial, la robótica, la tecnología… sustituyan el pensamiento crítico por el pensamiento único, la reflexión por la asunción, el análisis por la regla, la diversidad por la estandarización, el debate por la confrontación, el rigor por la simpleza, el respeto por el desprecio, la empatía por la simpatía… y, en definitiva, el cuidado humano por la respuesta mecánica. No se trata de impedir el progreso y el desarrollo, sino que el mismo no acabe por superarnos como enfermeras y como personas, con todo lo que ello puede significar. Humanizar la atención, que parece acaba de descubrirse como algo nuevo, pasa por tener en cuenta también todo esto. Lo contrario nos sitúa donde George Orwell o Aldous Huxley, nos situaron hace muchas décadas con sus obras, 1984 y un mundo feliz, respectivamente.

Las enfermeras comunitarias debemos constituirnos en verdaderas artífices de las respuestas que se requieren, aunque para ello debamos nadar contracorriente en la liquidez social imperante. Quien no sepa o no quiera hacerlo corre el riego de perecer ahogada o lo que es peor arrastrada a la orilla equivocada donde perderá toda su identidad y valor.

 

IDENTIDAD ENFERMERA, EN LA SOCIEDAD DEL RACIONALISMO

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Editorial Rev. Bras. Enferm. vol.72 no.5 Brasília Sept./Oct. 2019  Epub Sep 16, 2019

Las enfermeras hemos sufrido, y en gran medida seguimos sufriendo, la influencia de la medicina en el desarrollo tanto de nuestra disciplina como del desarrollo científico profesional.

En los Sistemas Sanitarios en los que habitualmente ejercemos como enfermeras, claramente fagocitados por la ciencia médica, que centra su atención en la enfermedad, la biología, la tecnología, la asistencia… y en los que el hospital es el centro de saber y desarrollo científico exclusivo de la medicina, resulta muy difícil desarrollar el paradigma enfermero que tanto se aleja de estos planteamientos.

Como consecuencia de esta colonización médica, las enfermeras solemos mimetizar un modelo que no nos es propio y en el que la enfermedad como alteración leve o grave del funcionamiento normal de un organismo o de alguna de sus partes debida a una causa interna o externa, nos aparta de nuestro verdadero objetivo que debe ser la atención a los problemas de salud, entendidos estos, como los problemas relacionados con un estado o proceso relativo a la salud y manifestado por una persona, una familia o una comunidad. O lo que viene a ser lo mismo, la atención centrada en la enfermedad y alejada de la persona, la familia y su entorno, versus una atención integral, integrada e integradora, desde una perspectiva física, psíquica, social y espiritual, en la que se incorpora a la familia y a su entorno.

Las enfermeras, ahora y en el futuro, necesitan evidencias científicas en las que se construir y fortalecer la ciencia enfermera y en las que basar su práctica autónoma. No se pretende generar confrontación con los médicos, sino articular una actuación conjunta en la que el verdadero interés se centre en las personas, las familias y la comunidad y no en los ámbitos de poder corporativo de ninguna disciplina concreta. Se trata, por lo tanto, de trabajar de manera transdisciplinar(1), abandonando la rigidez de los marcos competenciales para adaptarlos a la realidad que en cada momento requiera la atención de los equipos de salud, más allá de a quién corresponden los mismos.

La ciencia está, por definición interesada, sobre todo, por parte de los médicos, en generalizaciones y predicciones. Las enfermeras, conscientes o no, tenemos unos valores, hacemos unas elecciones y es importante tener claros estas elecciones y estos valores. Porque cuidar siempre está relacionado con ayudar a una persona o a un grupo de personas para satisfacer sus necesidades sentidas. Es cierto que las enfermeras aprenden de la experiencia. Pero, resulta imprescindible que aprendan y crezcan profesionalmente familiarizándose con el paradigma enfermero y trasladando la teoría a la práctica. La imagen enfermera es, pues, inseparable de su evolución como disciplina y ésta ha evolucionado extraordinariamente desde la perspectiva de sus propias orientaciones y conceptos centrados en el cuidado, la persona, la salud, el entorno, la práctica, la formación, la investigación y la gestión.

En la actualidad las enfermeras tienen que responder a múltiples problemas de salud muchos de ellos complejos y, sobre todo, individuales (pobreza, migración, medio ambiente, violencia de género…). Sin embargo, habitualmente, la relación enfermera-persona es superficial, centrada en la enfermedad y no en el problema de salud con un necesario abordaje integral. Resulta fundamental la humanización de la atención para no abandonar el rasgo cuidador(2). Sin embargo, se da la paradoja que, en muchas ocasiones, lo que se está exigiendo por parte de las organizaciones sanitarias, colonizadas como ya hemos dicho por la medicina, es contar con enfermeras tecnológicas. Como consecuencia la enfermera difumina o pierde su aportación autónoma centrada en el cuidar que permita lograr bienestar, confort, seguridad, asesoría humanista, además de los cuidados específicos adecuados y consensuados. Si se tiene en cuenta, por tanto, la trascendencia de los cuidados, la vinculación con la persona y la familia y se asume la responsabilidad de que sean autónomos, las enfermeras son, y serán absolutamente imprescindibles en la comunidad.

Se tiene que tener presente, además, que la sociedad, es dinámica, cambia y plantea nuevos escenarios y nuevas realidades demográficas, epidemiológicas, sociales, políticas… que predicen un futuro reservado a los cuidados enfermeros. La persona es, o al menos debe ser, considerada en su globalidad y la enfermera debe centrar su atención de manera integral, integrada e integradora. Dicho de otra manera, la espiritualidad, la conciencia, el autoconcepto, el modo de vida, el bienestar, los sentimientos, las emociones, los vínculos, las relaciones… son dimensiones que la práctica enfermera debe tener en cuenta. Los cuidados enfermeros son una realidad compleja, no lineal, en evolución, que precisan ser identificados para trasladarlos a la disciplina y a la profesión y desde ellas a la sociedad.

Por otra parte, es necesario destacar que estamos inmersos en la sociedad del racionalismo, desde el que se traslada que la tecnología puede responder a cualquier problema. Pero si bien es cierto que la técnica forma parte de nuestra existencia, la cuestión es saber qué hacer con ella para evitar que acabe con nuestra identidad. Aunque parezca una obviedad, que se da por superada en enfermería; cada vez es más evidente la falta de ética, y de deshumanización. Resulta, por tanto, necesario vertebrar nuestra actuación autónoma para evitar que la evolución de la Enfermería como ciencia ligada a la medicina vaya dejando escapar su esencia fundamental, la de los valores y los cuidados que le son propios y le confieren singularidad. Es preciso identificar que el valor añadido que ofrecemos las enfermeras, se centra en la respuesta humana a la necesidad de cuidados de la persona, bien en salud o en enfermedad y ofrecido con calidad.

Derivado de todo lo cual el reconocimiento que la sociedad tenga de las enfermeras oscilará permanentemente en base a ese equilibrio entre la técnica y los cuidados enfermeros, que por otra parte nos permitirá identificarnos y valorarnos a nosotras mismas como profesionales con un paradigma propio y reconocible que nos identifica, visibiliza y valoriza tanto en el ámbito de la comunidad científica como en el de la sociedad en general(3).

REFERENCIAS

1 Pérez Matos NE, Setién Quesada E. La interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad en las ciencias: una mirada a la teoría bibliológico-informativa. ACIMED [Internet]. 2008[cited 2019 Apr 29];18(4). Available from: http://scielo.sld.cu/pdf/aci/v18n4/aci31008.pdf [ Links ]

2 Correa Zambrano ML. La humanización de la atención en los servicios de salud: un asunto de cuidado. Rev Cuid [Internet]. 2016[cited 2019 Apr 29];7(1):1210-8. Available from: http://dx.doi.org/10.15649/cuidarte.v7i1.300 [ Links ]

3 Albar MJ, Sivianes-Fernández M. Percepción de la identidad profesional de la enfermería en el alumnado del grado. Enferm Clínica. 2016;26(3):194-8. doi: 10.1016/j.enfcli.2015.10.006 [ Links ]

 

MINISTRO DE SANIDAD. POLÍTICA, FILOSOFÍA Y SALUD

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Estimado Sr. Ministro:

          Cuando tan solo se conoce su nombramiento, pues aún no ha tomado posesión, me he decidido a dirigirme a usted desde este blog.

          Lo primero que quisiera trasladarle es, como no puede ser de otra manera, mi más cordial enhorabuena. Pero también mi expectativa por lo que pueda aportar a este nuevo y reducido Ministerio tras perder las competencias de consumo y asuntos sociales.

          Así pues, pasará a ser Ministro de Sanidad. Y ciertamente serlo es muy importante, a pesar de lo que algunos hayan dicho en algún momento tildándolo de un Ministerio secundario. Se trata del Ministerio con competencias en Salud, aunque esta quede oculta en ese concepto menos comprometedor, más organizacional e incluso económico, cuando no mercantil, como la Sanidad. Su cometido, como político, será tratar de gestionar, articular, modular, integrar… la sanidad de los 17 Servicios de, ahora sí, Salud de las Comunidades Autónomas, para que sea lo equitativa, igualitaria, universal y accesible, que marca nuestro Sistema Nacional de Salud, a través de la Ley General de Sanidad de 1986.

          Pero más allá de su cometido, responsabilidad y eficacia política, que no pongo en duda y que ha demostrado en puestos bien diferentes al que ahora le ha sido encomendado, no puede obviarse su condición de filósofo.

          Y no es que tenga nada que objetar por ello, todo lo contrario. Considero que, si es capaz de equilibrar su conocida competencia y eficacia política con su esperado conocimiento filosófico, se puede esperar un resultado que, cuanto menos, genere ilusión.

          Son muchos los autores, entre los que cabe destacar a Clifton Meador[1], que se refieren a “la última persona sana”, como aquella figura ideal que consideran poco probable que surja de un sistema de salud economicista, centrado en la enfermedad, que crea la enfermedad en personas sanas, que considera y aborda el envejecimiento, el climaterio, el embarazo… como enfermedades y que centra su esfuerzo, su discurso y sus recursos en la prevención persecutoria y culpabilizadora, como promesa permanente de una ilusión  tan cruel como innecesaria.

          Y resulta que en ese sistema medicalizado, asistencialista, biologicista… cada vez más sujeto a los algoritmos, las estadísticas, la alta tecnología, la inteligencia artificial, las guías clínicas de prevención, diagnóstico y tratamiento… en que se ha convertido nuestro sistema nacional de salud, hasta el punto que ahora se cree necesario humanizarlo, ese concepto de “la última persona sana” deja de ser una metáfora para convertirse en una llamada de atención que está pasando inadvertida o desoída, para muchos, con consecuencias tan terribles como que la salud se venda como un producto más de esta mercadotecnia sanitaria tan apetecible, por otra parte, para el mercado.

          Nada más alejado de mi intención el tratar de dibujarle un panorama tremendista, pero la salud parece, a pesar de lo que muchos se resisten a aceptar, muy cercana a una adaptación cambiante, variable y subjetiva que hace cada vez más difícil hablar de una ciencia de la salud. Puede que, por eso a mí, me resulte mucho más próxima, entendible e incluso filosófica la definición de la salud de Jordi Gol como aquella manera de vivir que es autónoma, solidaria y feliz. Definición de salud que no se reduce al bienestar, de la definición idealista y aún vigente de la OMS, sino que se entiende de manera dinámica.

          Pero claro, señor ministro, para eso hace falta que el Sistema de Salud que promocione dicho estado sea capaz de lograrlo cambiando su actual paradigma y situándose en otro que logre un equilibrio constante entre la persona y su contexto que permita lograr resultados que, en ocasiones, les sitúen dentro de la normalidad y en otras en la enfermedad, lo que nos lleva a poder pensar que la salud es, en muchas ocasiones, una cuestión más filosófica que científica.

          Pero lamentablemente, más veces de las deseadas, cuando se habla de salud se confunde con sanidad y, además, se asocia de inmediato a la medicina y a la asistencia médico-clínica, tanto por parte de profesionales, como de medios de comunicación, políticos y población en general, lo que es, no tan solo un lamentable error, sino un clarísimo reduccionismo que nos acerca a los planteamientos a los que aludía al inicio de mi escrito. Sin embargo, no voy a entrar a debatir esta, en ocasiones confusión, en ocasiones clara intencionalidad, que es sistemática y obedece a posiciones hegemónicas y paternalistas reforzadas por la dicotomía entre salud enfermedad. Dicotomía que nos lleva a lo que Edmundo Granda[2] vino en denominar “enfermología pública” como aquella caracterizada por “el presupuesto filosófico-teórico de la enfermedad y la muerte como punto de partida para la explicación de la salud” y por “el método positivista para explicar el riesgo de enfermar en la población y el estructural-funcionalismo para comprender la realidad social”. En base a lo cual nos situamos en un terrible y permanente planteamiento de enfermedad, medicina, curación y positivismo que arrincona y/o fagocita a la salud y su promoción, a otras profesiones/profesionales de la salud, a los cuidados y a todo aquello que se aleje de la estadística y lo numéricamente medible, con el consiguiente abandono de emociones, sentimientos, cultura, espiritualidad… que son entendidos, en más ocasiones de lo deseable, como adornos superfluos, incómodos o inútiles para la ciencia médica, que no de la salud, como dejan patente siempre que pueden, quieren o se les deja.

          Sistema de Salud, el nuestro, el suyo, que, por otra parte, y a pesar de que los cuidados han sido a, lo largo de la historia de la filosofía, centrales al tener que ver fundamentalmente con reflexiones en torno a la condición humana y la ética, siguen sin estar institucionalizados en las organizaciones sanitarias donde, teóricamente, se promueve la salud a través de los cuidados. Y, claro está, si no lo están los cuidados, las enfermeras que los prestan tampoco.

          Teniendo en cuenta, así mismo, lo que afirmó Johannes Hessen (1889-1971), sobre que la filosofía es un intento del espíritu humano para llegar a una concepción del universo mediante la autorreflexión sobre sus funciones valorativas teóricas y prácticas; la filosofía, entendida como una reflexión sobre la conducta teórica, le llamaríamos “Ciencia” y, por tanto, la “Filosofía” es teoría del conocimiento científico o teoría de la ciencia. Aplicando estos preceptos a la enfermería, equivaldría a profundizar en el fundamento humanista sobre el cuidado, lo que debería ser suficiente para darle el valor que sigue sin otorgársele en contraposición al valor absoluto que se le da a la curación, que nos lleva a que, por ejemplo, un proceso natural como la muerte, se identifique como fracaso y contribuya a que continúe siendo un tabú o un estigma social y profesional que impide, incluso, ayudar a alcanzarla en momentos determinados.

          Como enfermera comunitaria que soy, señor ministro, siempre que se produce un relevo al frente del Ministerio que está a punto de ocupar, me surge el mismo sentimiento de emoción e ilusión pensando que pueda tratarse del/la responsable que finalmente tenga la valentía, la determinación o el compromiso de tomar decisiones políticas que reviertan una situación que no beneficia ni a profesionales, ni a las organizaciones, ni, por supuesto, a las personas, familias y comunidad, a las que realmente debemos nuestros esfuerzos coordinados por promocionar, mantener o restablecer su salud. Lamentablemente, esa/e responsable no he tenido ocasión de conocerle, aunque su antecesora y el equipo que le ha acompañado, en justicia, hay que reconocer que estaban cerca de conseguirlo. Pero también, le voy a ser sincero, el tedio de tener que volver a explicar desde el principio, qué, cuánto, dónde, cómo… hacemos y queremos hacer para contribuir a la salud comunitaria.

          Su llegada ofrece un nuevo paréntesis de oportunidad que espero no se pierda, logrando que la filosofía, la política y la salud hagan del Ministerio de Sanidad un nuevo lugar en el que todas las partes, con usted como “maestro/ministro”, puedan/podamos reflexionar, analizar, debatir… como se hizo en la escuela peripatética fundada por Aristóteles.

En lugar de seguir en las permanentes disputas en las que importa más “lo mío” que lo del conjunto, que hacen que se camine en “líneas paralelas”, donde, una de ellas, corresponde a la ciencia y su filosofía y la otra a la praxis enfocada a la recuperación de la salud a través de la curación, debemos esforzarnos por lograr que este avance se realice en líneas convergentes. Recordemos que en la cultura griega la diosa Némesis castigaba la desmesura para proteger el equilibrio universal; por consiguiente, evitemos la venganza de Némesis ante la negligencia por no aceptar la felicidad en la enfermedad, la infelicidad en la salud y la necesidad de los cuidados y quienes los prestan en el año que la OMS y la ONU han elegido como de las enfermeras y matronas[3].

Bienvenido señor Illa. Espero que, finalmente, podamos celebrar que alguien asume el reto de la salud desde la sanidad del ministerio y la filosofía de su buen hacer político.

 

[1] Clifton Meador, MD. La última persona sana. N Engl J Med 1994; 330: 440-441 DOI: 10.1056 / NEJM199402103300618

[2] Médico ecuatoriano y reconocido filósofo de la Medicina Social

[3] Enf Neurol (Mex) Rey Arturo Salcedo Álvarez, et al. Vol. 12, No. 2: 98-101, 2013 Enfermería Neurológica 101 www.medigraphic.org.mx

LOS REYES MAGOS DE ORIENTE Y LAS ENFERMERAS

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                       A todas las enfermeras que aún creen en los Reyes Magos y a quienes siguen creyendo en las enfermeras.

 

A lo largo de mi vida he creído y descreído sobre bastantes cosas, situaciones, personas o entes. Sin embargo, tan solo unas pocas han permanecido inalterables, cuando no, han ido en aumento. Y de esas pocas, no más de las que se puedan contar con los dedos de las manos, quisiera destacar dos. Los Reyes Magos y la Enfermería.

Si, efectivamente hablo de los Reyes Magos de Oriente. Aunque parezca paradójico que pueda seguir creyendo en algo, más bien en alguien, que está fundamentado en una mentira. Mentira que se mantiene durante la infancia y a la que, la mayoría de los niños, se resisten a creer que lo sea, pero que, una vez asumida, perdura la ilusión, en tan enigmáticos personajes, más allá de su origen bíblico, lo que les hace ser admirados y queridos por creyentes, escépticos, incrédulos, agnósticos o incluso ateos y todo ello, a pesar de la injerencia de Papa Noel, que compite con ellos adelantando su llegada en las fechas navideñas.

Esta creencia que ha evolucionado conmigo y que la he vivido de muy diferentes maneras se ha visto acompañada de otra más tardía pero aún más potente y creciente como es la de la Enfermería.

Con la Enfermería, de alguna manera, me pasó como con los Reyes Magos. Inicialmente creí en algo que se vino en denominar ATS, hasta que alguien me abrió los ojos y me ayudó a ver que era una mentira que trataba de esconder algo como la Enfermería. Y fue entonces, cuando descubrí lo que era ser enfermera, cuando me aferré a la creencia de lo que era y significaba la Enfermería en mi vida. A diferencia de los Reyes Magos, que esperamos una vez al año, la Enfermería permanece permanentemente conmigo como parte de mi vida, con idéntica ilusión a la que despiertan los Reyes.

Es más, cada vez estoy más convencido de que existe cierta analogía entre los tres Reyes Magos y la Enfermería.

Trataré de explicarme. Como ya decía la llegada de los monarcas orientales genera una gran ilusión en niños y no tan niños, más allá de los regalos que traigan. Se trata de algo que trasciende al mero efecto de ser obsequiado, siendo tan misterioso y enigmático como claro y manifiesto.

Con la Enfermería sucede algo similar. Más allá de ser la profesión que se ejerce como forma de obtener un sueldo, su ejercicio supera lo meramente laboral para situarse en el ámbito del sentimiento y de la vivencia vital a través de la creencia en lo que se es, enfermera.

Previa a la llegada de los Reyes, nos apresuramos a solicitar todo aquello que deseamos o nos hace ilusión tener, con la esperanza de que los magos sean capaces de satisfacerlo plenamente.

Las enfermeras, por su parte, reciben constantemente mensajes en los que se les solicita den respuesta adecuada, puntual y de la máxima calidad, sin que ello signifique que ellas reciban lo que sería mínimamente deseable para cumplirlo, a pesar de lo cual no suelen defraudar.

Los Reyes de Oriente, están en todas partes y son capaces de satisfacer las necesidades de todos cuantos en ellos creen. No defraudan nunca y siempre llegan a pesar de que existe una gran desproporción ante la demanda que tienen, lo que nunca supone impedimento para lograr responder como de ellos se espera.

A las enfermeras, les pasa algo similar. Están preparadas para estar en cualquier servicio, unidad, ámbito o situación en los que se les reclame o sitúe. Y en todos ellos prestan cuidados de calidad a las personas, familias y comunidad a las que atienden, aunque en muchas ocasiones, casi siempre, sean muchas más de las que debieran corresponderles, a pesar de lo cual, siempre logran responder a sus expectativas.

Son tantos los regalos que deben repartir los Reyes y en lugares tan lejanos y distantes entre sí, que pudiese parecer que disponen de grandes recursos para llevarlo a cabo con la eficacia y eficiencia que lo hacen año tras año, cuando, en realidad, disponen de tres viejos camellos y, eso sí, su magia, de ahí el apelativo de Reyes Magos.

Las enfermeras no reciben el apelativo de magas, aunque ciertamente en muchas ocasiones debieran recibirlo. Son capaces de responder a todas las exigencias con la máxima eficacia y eficiencia a pesar de contar con recursos escasos y, en ocasiones, inexistentes, lo que les obliga a agudizar su ingenio e innovación, con tal de poder responder a las demandas que identifican.

Los Reyes Magos, no discriminan entre pobres o ricos, ni entre razas, creencias o sexos, para ellos todas/os tienen idéntico derecho a ver cumplidos sus sueños, siempre adecuados a sus situaciones concretas.

Para las enfermeras, la equidad, igualdad, solidaridad, desarrollo humano, progreso… no son opciones sino obligaciones, para poder dar respuestas y que todas las personas puedan recibir los cuidados que precisan para lograr su máxima autonomía.

Los Reyes no se quedan en sus palacios esperando a que vayan a visitarlos. Ellos van allá donde las personas residen, viven, juegan, trabajan… para entregarles lo que más desean.

Las enfermeras comunitarias, por su parte, no se recluyen en los centros de salud, sino que van a los domicilios familiares, las escuelas, la comunidad, para trabajar con las personas y participar conjuntamente en alcanzar los mejores niveles de salud.

            Los Reyes dicen que son los padres, pero la verdad es que, estos, tan solo son personas con las que participan, convirtiéndose en verdaderos agentes de felicidad e ilusión, que facilitan la gran labor que realizan los Reyes, logrando que todas las personas sigan creyendo, confiando en ellos y queriéndolos.

            Las enfermeras trabajan con los agentes de salud comunitarios para lograr, a través de su participación activa, que la salud sea un objetivo prioritario de la comunidad y la toma de decisiones compartida, un objetivo a alcanzar, lo que facilita que sean reconocidas y respetadas.

            Los tres magos huyen de los regalos estándar. Por eso leen detenidamente las peticiones y demandas de todas/os quienes, año tras año, les escriben sus cartas, solicitando lo que más desean en cada momento, tratando de responder a cada una/o de ellas/os según sus necesidades.

            Para las enfermeras lo importante no es la enfermedad, sino cómo afronta cada persona sus problemas o experiencias de salud, consensuando con ellas las mejores respuestas de manera individualizada, integral, integrada e integradora.

            Las familias son fundamentales para los Reyes Magos ya que es en el seno de las mismas donde ellos actúan y con quienes participan activamente en dar felicidad a todos sus miembros.

            La intervención familiar es, del mismo modo, importantísima para la prestación de cuidados enfermeros, ya que es la familia el principal recurso de salud de las personas que la componen y la red de apoyo fundamental para su promoción, mantenimiento y recuperación.

            A los Reyes Magos les resultaría imposible llevar a cabo su misión anual sino pudiesen contar con los múltiples recursos que existen en cada uno de los lugares donde viajan para adquirir y repartir los regalos solicitados.

            Los recursos comunitarios, su uso racional y vertebración, es una de las principales competencias de las enfermeras comunitarias a la hora de articular las respuestas a las demandas y necesidades de las personas y sus familias.

            Esta analogía entre los Reyes Magos y las enfermeras hace que creencias, inicialmente, tan distintas y distantes confluyan en una semejanza que me hace reflexionar muy seriamente sobre si los Reyes Magos no serán realmente enfermeras que decidieron que la mejor manera de que muchas personas se sintieran sanas fuese el de hacerse pasar por sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. O, a lo mejor, lo que realmente sucede es que las enfermeras hacen de Reyes Magos todo el año, dejando que estos sean protagonistas cada 6 de enero.

            Sea como fuese, lo que tengo claro es que mi pasión tanto por los Reyes Magos como por la Enfermería se mantiene viva, latente y presente en cada momento de mi vida y que ambas creencias me permiten seguir creyendo en que la ilusión por lograr aquello en lo que creo y deseo, no tan solo es eso, una ilusión, sino una realidad que se hace patente día a día gracias a las enfermeras y, al menos una vez al año, gracias a los Reyes Magos.

            Estando próxima la fecha del 6 de enero, no me queda otra que seguir escribiendo mi particular carta a los Reyes Magos, en la que, como enfermera, les voy a pedir que las enfermeras seamos visibles, como en su momento lo fue para ellos la estrella que les guió, para que así, todas/os aquellas/os que tienen la responsabilidad de tomar decisiones, lo hagan teniendo en cuenta la aportación diferenciada, necesaria e insustituible de las enfermeras en la sociedad.

            Estoy convencido que mis peticiones serán tenidas en cuenta por los tres Reyes, aunque reconozco que no depende tan solo de ellos que esto sea posible y por ello también les pido que, a ser posible, regalen cordura, coherencia, y sentido común, como si de oro, incienso y mirra se tratase. Aunque no sé si quienes tienen que ser receptores de tan preciados presentes serán capaces de valorar, en su justa medida, el valor de los mismos. A veces el problema no es el regalo que se hace sino quien lo recibe. Y para esto no hay ni Reyes Magos ni enfermeras que puedan solucionarlo. Se trata de capacidad y actitud, que tanto escasean y tan pocos solicitan, ni están dispuestos a recibir.

            Por lo que pueda pasar, seguiré creyendo en las enfermeras que es un valor seguro y en mis Tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar.

AÑO VIEJO vs AÑO NUEVO

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            A pocos días del final de un nuevo año, siempre toca hacer un balance de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y hubiésemos deseado que fuese, de lo que siendo no hemos sabido o no hemos querido aprovechar, de lo que hemos aprovechado y lo que hemos dejado pasar… en definitiva de un sinfín de recuerdos, anhelos, reproches, pesares, lamentos… que no sé muy bien si sirven para algo más que seguir en la parálisis que muchas veces generan estas reflexiones a “toro pasado” sin un análisis riguroso que permita identificar las causas de todo aquello por lo que nos sumimos en un permanente pesar al percibir la finalización del año.

Y sin posibilidad de duelo por el año perdido y tras una apresurada ingesta de uvas, al ritmo de las campanadas de cualquier reloj, aunque la tradición marque que las de la Puerta del Sol son las auténticas, nos apresuramos a brindar con cava y con rituales de lo más variado, por el Nuevo Año, con la alegría del momento, esperando que el mismo sea capaz de borrar todos los malos momentos y mejorar los buenos del año al que hemos despedido, sumándolo a nuestro particular ciclo vital.

            Esta realidad con mayor o menor alegría, con alivio o con pesar, con esperanza o pesimismo, es lo que todos los años repetimos tanto a nivel individual como colectivo. Nos apresuramos a mandar miles de mensajes de prosperidad, buenos deseos, paz, trabajo, salud… con la alegría de la fecha, pero sin la necesaria reflexión que merecería tan impulsiva acción.

            No voy a entrar en las razones que a cada cual le puede mover seguir una tradición que tiene una temporalidad tan corta como la que marca la fecha de su celebración y que se desvanece con su finalización, no sin antes estar amenizados por el concierto celebrado en Viena previo a una nueva y excesiva comida para dar la bienvenida al Nuevo Año. Todo tan previsible como la rutina que precederá a la fiesta marcada en el calendario.

            Pero colectivamente, como enfermeras comunitarias, sí que me voy a permitir reflexionar sobre lo que significa esta sistemática celebración de la muerte y la vida, a través del final de un año y el principio del siguiente.

            Sería pretencioso por mi parte el tratar de enumerar todo aquello por lo que podríamos o deberíamos sentirnos orgullosas y dichosas las enfermeras comunitarias y todas aquellas por las que contrariamente debiéramos estar pesarosas. Pero cuanto menos sí que creo estar en condiciones de poder enumerar algunas cuestiones que considero han sido o siguen siendo importantes en nuestro particular desarrollo profesional.

            Sé que puede resultar manido insistir en la parálisis de nuestra especialidad, pero no por ello deja de ser necesario hacerlo. El aumento evidente de plazas de formación convocadas no coincide en absoluto al de plazas específicas de especialistas en las organizaciones de nuestros 17 servicios de salud. A ello hay que añadir el permanente incumplimiento en la celebración de la prueba de acceso extraordinario para las enfermeras comunitarias que así lo solicitaron y que ven como año tras año tienen que seguir aguardando a que alguien tenga la voluntad y la decencia política de tomar la decisión que acabe con este ciclo de incertidumbre y desidia que, además, es utilizado sistemáticamente, como “caramelo”, por parte de los responsables del Ministerio, para engañar a las enfermeras. Enfermeras que, por otra parte, nos dejamos engañar ante la oferta de tan deseado “caramelo” sin que seamos capaces de reaccionar de una vez por todas exigiendo algo que nos corresponde por ley y que, en ningún caso, puede identificarse o plantearse como una concesión tal como en muchas ocasiones pretenden quienes no saben o no quieren, o mejor ni saben ni quieren, aquellos a quienes les corresponde tomar la decisión última.

            Este año que acaba nos ha dejado un sabor agridulce. Por una parte, se avanzó en el desbloqueo de los expedientes que quedaban por evaluar para poder convocar la prueba, gracias a la apuesta firme, decidida y concreta de las Sociedades Científicas de Enfermería Comunitaria (AEC y FAECAP), lo que condujo a un anuncio oficial por parte de la Ministra de Sanidad y de los altos cargos del Ministerio, de realización de la prueba en ese mismo año. Las Sociedades Científicas cumplieron con su compromiso y participaron cuando se les requirió para evaluar expedientes, pero finalmente, una vez más, se incumplió el compromiso y se difirió al primer trimestre del aún por estrenar Nuevo Año. Una nueva promesa incumplida y otra que se incorpora con pocas esperanzas de que se cumpla, dados los antecedentes vividos.

            Si difícil resulta que un Ministerio, como el de Sanidad, tome la iniciativa y decida al respecto, que se tenga que poner de acuerdo con otro Ministerio, como el de Educación, ya es rizar el rizo y servir como excusa perfecta ante los ataques entre uno y el otro sobre quien tiene la culpa de que no se concrete la realización de la prueba y que incluso se plantee de forma velada un aprobado general para todas las solicitudes con tal de no realizar la prueba. Para lo cual supondría tener que modificar la norma reguladora de la misma, un gravísimo agravio comparativo con otras especialidades que han pasado por la citada prueba y una clara y evidente desvalorización de la especialidad, que, desde mi punto de vista, no debemos consentir las enfermeras comunitarias.

            En medio de este despropósito aparece el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria que, como ya he comentado en más de una ocasión, considero que es una oportunidad no tan solo para el necesitado cambio de paradigma que sustituya al que se fue instalando de manera progresiva desplazando el espíritu y la esencia del que se vino en conocer como Nuevo Modelo de Atención, hasta desvalorizarlo y dejarlo en una clara caricatura de lo que se planteó inicialmente, sino también para que las enfermeras comunitarias tomemos el relevo del necesario liderazgo en tan importante cambio.

            Y es en este punto en el que se inicia el Nuevo Año. Pero sería un error, desde mi punto de vista, pensar que el simple estreno de año pueda suponer un cambio, mejora o prosperidad en muchos de los logros que las enfermeras comunitarias tenemos pendientes desde hace tanto tiempo. Ni el final de un año ni el principio de otro significan absolutamente nada. Los años, como cualquier otro periodo de tiempo, tan solo enmarcan aquellos logros que, en este caso, las enfermeras comunitarias logremos a través de nuestro trabajo, esfuerzo, motivación e implicación. Nada nos vendrá dado, ni nada será causa de la suerte, que es tan solo una excusa para la inacción y el inmovilismo conformista.

            Las enfermeras comunitarias, en un año en el que se celebra la campaña denominada Nursing Now, debemos aprovechar la inercia de la misma para trabajar por lograr una Atención Primaria y Comunitaria que sea realmente participativa, equitativa, intersectorial, integral, integrada, integradora, promotora de salud, salutogénica… a través del desarrollo real del Marco Estratégico, en el que debemos situarnos de manera clara y decidida como líderes de las estrategias para lograrlo, sin que ello signifique, en ningún caso, renunciar al necesario trabajo en equipo transdisciplinar con otros profesionales. Para que esto sea una realidad es preciso que las enfermeras comunitarias desarrollemos con la dignidad que merecemos nuestras competencias. Pero, para ello resulta imprescindible que el número de enfermeras comunitarias alcance las ratios que los organismos internacionales vienen recomendando desde hace mucho tiempo, para que salgamos del furgón de cola de los países de la OCDE en este sentido. Y finalmente se tiene que entender que la Atención Primaria, como ámbito de atención y de trabajo, no puede ni debe permitirse que siga siendo considerado ni identificado como un contexto de “retiro” o “descanso”, sino con la especificidad y complejidad que tan solo las enfermeras comunitarias expertas o especializadas pueden ofrecer para prestar la atención que merecen las personas, las familias y la comunidad

            Ningún Marco Estratégico será capaz de cambiar nada en la Atención Primaria sin la participación real de las enfermeras comunitarias. Pensar lo contrario, o lo que es peor, engañar en este sentido a las enfermeras comunitarias con falsas promesas o halagos interesados, tan solo contribuirá a que el citado Marco quede a expensas de manidos intereses corporativistas que no tan solo no lograrán el cambio planteado, sino que supondrán una nuevo y dramático fracaso.

            No se trata de que las enfermeras comunitarias seamos salvadoras de nada, sino tan solo que somos las profesionales que, en base a su paradigma, pueden y deben propiciar el cambio de la Atención Primaria. Quienes tienen la capacidad de tomar decisiones políticas deben ser capaces de ver esta realidad y aprovechar el impulso internacional que les ofrece la campaña de Nursing Now para propiciar que las enfermeras asuman este liderazgo, más allá de cualquier otro interés o presión que se genere. No hacerlo les situará de nuevo en la evidencia de asumir como propios lo que no dejan de ser intereses de unos cuantos.

            Así pues, ni el Año que termina se lleva consigo los males, ni el que se inicia viene, per se, cargado de bonanza y buenas intenciones.

            Del año que finaliza debemos ser capaces de aprender todo aquello que no hemos logrado o que no nos ha sido propicio. Del Año que se inicia, tan solo debemos esperar que nos dé la oportunidad de avanzar con determinación en el liderazgo necesario. En ambos casos depende básicamente de nosotras, como enfermeras comunitarias, el que logremos alcanzar dicho liderazgo. Si tan solo nos quedamos en la contemplación de lo que debe de venir, ni Nursing Now, ni nada será capaz de vencer la poderosa inercia que sigue influyendo en la toma de decisiones en salud.

            Yo quiero y necesito seguir creyendo en las enfermeras comunitarias y en su fuerza de cambio. Por eso quiero trasladar mis mejores deseos para este Nuevo Año, porque sé que los mismos dependen de nosotras, que es la única manera que tendremos de lograr que sean una realidad.