NORMALIDAD

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Dos recientes decisiones, de las Consejerías de Salud de Andalucía y Castilla La Mancha ponen de manifiesto que la normalidad ya está aquí, al menos para las enfermeras. La realidad nos despoja de las capas de heroínas y nos sitúa, de nuevo, en el blanco de los políticos de turno.

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EL PREFIJO IN EN LA PANDEMIA

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A las inigualables enfermeras del

Grupo 40 + Iniciativa Enfermera

In- es un prefijo negativo que expresa el valor contrario a la palabra que acompaña (inofensivo) o indica la ausencia de una acción (incomprensión). La pandemia que estamos sufriendo se narra, en gran medida, desde la composición verbal de la negación, la contradicción o la contrariedad a las que da significado dicho prefijo, componiendo una inapelable e incesante realidad, aunque deseemos interrumpirla desde la inseguridad, la incertidumbre, cuando no la insensatez, de nuestras acciones o inacciones.

Lo que a continuación comparto es un inarmónico e inconformista intento narrativo de contrarrestar el prefijo negativo que ha instaurado en nuestras vidas el COVID-19. De nada sirve que mantengamos ocultas las palabras, y sus significados polisémicos, para olvidar su intencionalidad. Uniéndolas en una incontrolada concatenación de frases persigo el incierto objetivo de contrarrestar la incomprensibilidad del daño causado.

Imperceptiblemente, o no, nos vimos implicados en una indeseable situación que nos ha inactivado durante un tiempo que ha parecido inmensamente largo.

Nos sentíamos invulnerables a cualquier posible invasión, hasta que de manera insolente apareció el impúdico coronavirus para invadir nuestro espacio, inhabilitar nuestras vidas, inocular incertidumbre, inmovilizar nuestra capacidad de acción y hacernos sentir inseguros.

Nunca intuimos lo que podía llegar a pasarnos desde nuestra actitud individualista, inmadura e indiferente a lo que inadmisiblemente pero implacablemente, pasaba a nuestro alrededor sin que, aparentemente al menos, nos inmutase lo más mínimo.

Nuestra insolencia, no exenta de inmadurez irreflexiva e insensata, nos incorporó de manera ineluctable en un estado de alarma que inhabilitaba nuestras relaciones, nos inadaptaba socialmente y nos sumía en la inacción impuesta.

La inmediatez de la urgencia sanitaria impulsó una respuesta inmediata de las/os profesionales sanitarias/os que incrédulamente observaban la inconmensurabilidad del ataque que de manera impropia e inconsciente alguien quiso calificar de bélica.

La población, por su parte, en una reacción irreconocible obedecía las órdenes de incomunicación y asumía la inmediatez del peligro con inusitada conformidad. En su impropia inclaustración y de manera inalterable e incansable diariamente implosionaban en aplausos de inconfundible reconocimiento hacia las/os incansables profesionales de la salud y a otros de servicios básicos que se fueron incorporando.

A nadie pasó inadvertido el inadecuado olvido y el irracional e insensato rechazo de la Atención Primaria de Salud, que quedó inaprovechada por la incoherencia y la incapacidad de quienes tomaron inconsistentes decisiones desde la indecisión, para situar al hospital como único e indebido centro de atención ante una situación que exigía una incuestionable respuesta de unidad y de indefectible presencia de la que, sin duda, es indispensable recurso de salud.

La calificación de heroicidad resultaba impropia y contradictoria en quienes sufrían la inmisericorde visita de la muerte por una meritoria implicación en el incesante cuidado de los infectados. Y ello a pesar de la inaceptable e incomprensible indefensión que sufrían por la indisculpable ausencia de equipos de protección.

Hasta las enfermeras lograron salir de su habitual invisibilidad para ser incorporadas en el impersonal grupo de profesionales sanitarios. Aunque los inefables medios de comunicación, impúdicamente, continuasen con su inaguantable discurso pseudoinformativo, estereotipado e inapropiado sobre todo lo que hace referencia a la salud y especialmente a las enfermeras.

Los cuidados, imprescindibles pero incomprendidos, pasaron a ser de incalculable valor ante la inconsolable ausencia de su mayor prestador, la familia, que incomprensiblemente aún se denomina como cuidado informal.

Llegó un momento en que no se sabía muy bien si lo importante era intubar o cuidar. La infinita duda entre curar y cuidar, que se instalaba e increpaba a nuestras conciencias en una indeseable indecisión ética y estética que nos increpaba e interpelaba.

El implacable avance de la pandemia acompañaba a la incalmable angustia de muchas personas y familias que asistían al inhumano aislamiento impuesto por el COVID-19. La inaudible queja de quienes sufrían por la incomunicación con sus familias y amigos, se sumaba al insoportable dolor y sufrimiento causado por el incontrolado virus, que convertía en ilógico e incomprensible todo cuanto de manera inverosímil estaba aconteciendo.

Las enfermeras logramos desprendernos de la inconsistente heroicidad impuesta, para pasar a una, no menos, impresentable denominación como rastreadoras. Ni antes teníamos capas o poderes para soportar cualquier contratiempo o vencer a cualquier enemigo, ni ahora tenemos olfato canino para detectar al COVID-19. Lo que viene a demostrar que vivimos en una realidad icónica tan irreal como innecesaria, que lo único que consigue es borrar nuestra incuestionable referencia como enfermeras.

Mientras tanto, la incapacidad de diálogo y consenso políticos conducían a la impajaritable inestabilidad en momentos en los que era incompatible la inconsistencia del discurso con la inaplazable búsqueda de soluciones.

Aprendimos a valorar el incalculable valor del tiempo, entendiendo que no es tanto que el tiempo es oro, sino que lo verdaderamente incalculable es que el tiempo es vida.

Precisamente fueron la inconsistencia y relatividad del tiempo las que nos situaron, casi de manera inadvertida, en unas inconsistentes, cuando no insustanciales fases de incorporación progresiva hacia una incierta e inaplazable normalidad que ya no sabíamos bien si deseábamos o temíamos.

E inmersos como estamos ya en esa irreconocible realidad, empezaron a aparecer imprudentes acciones que se tradujeron en indeseables comportamientos, pero también en injustificadas reacciones de intolerancia y violencia.

La inefable mascarilla se ha convertido en elemento de protección, pero también de incomunicación. Desde la inexpresividad que provoca a la inaccesibilidad que genera, el enmascaramiento preventivo nos sitúa en una inclasificable realidad en la que la palabra queda presa y el gesto invisible. Si antes de la pandemia la individualidad nos aislaba, ahora, la mascarilla enmascara nuestra comunicación para convertirla en una simple, mecánica e inexpresiva forma verbal que hace incapaz la traducción real de aquello que realmente queremos expresar.

Y esta barrera, tan necesaria como incómoda e indeseable, se interpone en la prestación de cuidados en la que tan importantes como deseables son la expresión o el gesto, a la que se une el inadmisible contacto físico, que convierten al cuidado en inseguro, irreconocible e incomprensible. Es por ello que ahora, más que nunca, se hace necesaria la mirada como forma de trasladar nuestra empatía y la consistencia de nuestro mensaje verbal reforzándolo de matices que venzan el inabordable acceso a nuestro gesto, oculto por el intransigente enmascaramiento. Debemos impedir, como parte de esta nueva realidad de cuidado, pasar inadvertidas, ser incomprendidas o irreconocibles, resultar inaccesibles o inasequibles. Como enfermeras tenemos la innegable necesidad de ser inconformistas y transformar la inseguridad en certeza, lo insustancial en trascendental y lo inconciliable en compatible. Porque los cuidados profesionales enfermeros precisan ser inigualables y evitar la inmerecida invisibilidad o el incomprensible olvido que puede provocar una simple pero inescrutable mascarilla.

Seamos infatigables luchadoras ante la negatividad que impone el COVID-19. Porque sin pretenderlo, además de dolor, sufrimiento y muerte, ha generado un nuevo espacio de cuidados al que es inaplazable dar respuesta. Las enfermeras no debemos consentir que el cuidado sea inasequible. Con nuestra rebeldía a la inmovilidad lograremos que dicho espacio sea un inconfundible referente de nuestro indiscutible liderazgo en cuidados.

La incontenible fuerza del cuidado nos rescatará del inmerecido lugar en el que nos situaron la insensatez de un sistema y de quienes incongruentemente lo crearon o lo consintieron.

En esta inconclusa situación generada por la pandemia sería imprudente pensar que todo puede seguir inalterable. Ahora mismo son inabarcables e inaccesibles todas las respuestas, pero la incredulidad no puede ni debe llevarnos al incumplimiento que de nosotras se espera para desenmascarar definitivamente a la sociedad.

La insolidaridad, la inequidad, la inaccesibilidad, la inacción, deben perder el prefijo in en la nueva normalidad para positivizarse y lograr que se conviertan en solidaridad, equidad, accesibilidad y acción como elementos fundamentales de avance, desarrollo, intervención y participación, indispensables para hacer frente a cualquier contingencia de fragilidad que es lo que, finalmente, da sentido a los cuidados.

SE ACABÓ LO QUE SEDABA / SE DABA

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Parecía que finalmente podríamos salir de nuestro permanente lado oscuro del sistema sanitario, acompañando a quienes siempre estuvieron en la luz y otros tantos profesionales también olvidados.

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A RÍO REVUELTO GANANCIA DE PESCADORES

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En tiempos revueltos ya se sabe que siempre hay quienes quieren aprovechar para sacar partido del desconcierto y, por qué no decirlo, de las expectativas de la población para que se les presenten soluciones a sus necesidades. El problema, como casi siempre, está en la veracidad, concreción, o coherencia de las supuestas respuestas, de quienes las presentan y cómo las presentan y su posible trasfondo de negocio.

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SÍNDROME DE ESTOCOLMO

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Diariamente llegan a nuestros correos peticiones para responder o difundir encuestas, para presentar proyectos, para publicar artículos… que hablen, traten o se refieran al invasor. Lo de menos es sobre qué y para qué. Lo importante es que hablen de la influencia del virus en cualquier aspecto de nuestras vidas por peregrinas que estas puedan ser.

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FIN DEL ESTADO DE ALARMA. ¿INICIO O REINICIO?

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Tras más de tres meses de confinamiento y superado lo peor de la pandemia, la misma nos presenta un nuevo reto.

La situación vivida ha sido dramática y dolorosa por la gran cantidad de muertes producidas y los efectos que ha causado en miles de personas que han padecido la enfermedad directamente, pero también en profesionales tanto sanitarios como de otros sectores, en quienes sin padecer la enfermedad han sufrido las consecuencias o secuelas de la pandemia y en quienes han tenido que modificar su estilo de vida con serias repercusiones sociales, familiares o económicas.

Nadie puede ser ajeno a todo ello. Sin embargo, ahora que la pandemia ha podido ser controlada, que no vencida, tenemos ante nosotros el difícil reto de convivir con una pandemia latente que puede despertar en cualquier momento y situarnos, de nuevo, en un estado de alarma al que nadie queremos regresar.

Por lo tanto, se trata de adaptar nuestras vidas a una realidad que ni teníamos prevista ni para la que estábamos preparados. Pero una realidad que demanda un alto grado de responsabilidad por parte de todos. Y cuando digo de todos, no se trata de una simple expresión inclusiva, sino una necesidad que debemos interiorizar y respetar si realmente queremos lograr eso que se ha venido en llamar nueva normalidad.

Nueva normalidad que va mucho más allá del cumplimiento de las normas de seguridad y prevención, ya que la pandemia ha modificado no tan solo la forma en como nos vamos a tener que relacionar, sino aspectos muy variados en cuanto a la comunicación, la educación, el turismo, el ocio, el deporte, la sanidad… que, aunque puedan llegar a restablecerse en algún momento si se consigue la vacuna, ya no serán, posiblemente, como las recordábamos antes de la pandemia.

En este sentido es evidente que la sanidad, y en concreto el sistema sanitario en nuestro país, ha sido uno de los sectores que más ha sufrido el impacto de la pandemia.

Pero más allá de los efectos de colapso que la embestida violenta, sorpresiva y desconocida de la pandemia haya podido provocar en el que venía siendo reconocido como un extraordinario Sistema Nacional de Salud (SNS), lo que la pandemia ha puesto de manifiesto es la caducidad de un modelo que ya había demostrado serias deficiencias antes de que el COVID-19 irrumpiese en nuestras vidas.

Por encima de cualquier otra valoración más profunda que, sin duda, habrá que realizar si verdaderamente se quiere contar con un Sistema de Salud que responda a la sociedad actual y a la realidad de sus necesidades y demandas, considero necesario reflexionar sobre algunos aspectos relacionados con la enfermería y las enfermeras que deben ser, no tan solo analizados, sino abordados de manera seria, decidida e inmediata, si la voluntad política de cambio es real y no se han estado lanzando mensajes que tan solo perseguían mantener la calma y tranquilizar conciencias, sin ningún ánimo real de llevar a cabo lo prometido tanto antes como después de la pandemia.

De inicio cabe resaltar que antes de que se estableciese el Estado de Alarma como consecuencia de la pandemia, existía un compromiso firme, por parte de las/os responsables de los Ministerios de Sanidad y Educación, para celebrar la prueba extraordinaria de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria.

La irrupción de la pandemia, sin duda, ha supuesto una paralización del proceso que es perfectamente entendible, por dolorosa que sea, dado el tiempo de espera que lleva acumulado y que, salvo esta circunstancia sobrevenida, no tiene explicación alguna tras más de 10 años sin que haya existido voluntad política por resolverlo.

Superada la fase de crisis e iniciado el proceso de nueva normalidad, es exigible que se adopten las medidas urgentes que sean necesarias para que esta prueba se lleve a cabo. Utilizar de manera interesada la pandemia como excusa para no resolver el proceso, sería, además, de una grave irresponsabilidad por parte de las/os responsables políticos, una tremenda injusticia para las enfermeras a las que se ha venido engañando de manera sistemática con excusas peregrinas, falsas y manipuladoras durante muchos años.

La nueva normalidad, por tanto, debe comportar también una nueva toma de conciencia de aquellos temas que quedan pendientes por resolver y que son imprescindibles abordar desde el compromiso, la honestidad y el respeto hacia quienes se han estado lanzando loas y alabanzas por su innegable entrega durante la pandemia. Se trata, por tanto, en estos casos, de un reinicio que no de un inicio.

Por lo tanto, resulta fundamental que la nueva normalidad se construya, antes de emprender cualquier nueva aportación, con el cumplimiento urgente de aquellos temas que quedando pendientes no pueden quedar olvidados o relegados sine die. Cualquier reinicio sin este cumplimiento supondría una anormalidad sobre la que no sería posible la normalidad que se anuncia.

Dando por supuesto el cumplimiento de este y otros compromisos, resulta esencial analizar aquellos aspectos, temas o planteamientos que, relacionados con las enfermeras, será necesario tener en cuenta en la reconstrucción que, al menos políticamente, ya se ha iniciado

Inicio que, vaya por delante, no ha tenido muy buen comienzo dadas las dudas trasladadas en la configuración de la que ha venido en denominarse Comisión para la Reconstrucción del SNS, en la que ha habido que pelear mucho para que se incorporasen enfermeras entre sus miembros, dada la inicial ausencia y posterior resistencia a que las mismas formasen parte de su composición.

Vencidas las resistencias y lograda la incorporación a regañadientes de enfermeras, hay que decir que, la misma, obedece más a una concesión por presión que a un convencimiento de su oportunidad real y que, además, no se traduce ni en un equilibrio con relación a su peso cuantitativo, pero también cualitativo, en el SNS, ni en una proporcionalidad en cuanto a representatividad con relación al valor que, por ejemplo, aportan en Atención Primaria de Salud.

Sin embargo, tenemos la esperanza de que las propuestas serias, razonadas, necesarias y eficaces trasladadas por las enfermeras que nos han representado en la Comisión hayan sido entendidas y, en parte al menos asumidas, por las/os interlocutoras/es políticas/os, para que vayan más allá del escenario parlamentario concretándose en hechos que permitan impulsar los cambios estructurales, organizativos y de modelo que precisa el SNS y en los que las enfermeras van a tener que jugar un papel fundamental junto al resto de profesionales de la salud, de otros sectores, así como de la ciudadanía.

Pero resulta básico que esos planteamientos o propuestas que se trasladen no sean identificados o interpretados maliciosamente como reivindicaciones corporativistas, sino como aportaciones imprescindibles para el cambio. Lo contrario sería una nueva estrategia disuasoria para acometer la reforma que, no tan solo se reclama, sino que se debe exigir para garantizar una respuesta de calidad, segura, humanizada, participativa y equitativa.

Entre esos planteamientos o propuestas es fundamental que se visibilicen y pongan en valor los cuidados profesionales enfermeros en cualquier ámbito de atención, rescatándolos del ostracismo al que se han visto sometidos históricamente por parte de las instituciones sanitarias. La reciente pandemia ha permitido identificar, valorar y reconocer dichos cuidados como parte esencial en el proceso de atención de las personas contagiadas y de la población en general.

La puesta en valor de los cuidados, además, debe traducirse en un cambio radical para que los mismos tengan, no tan solo valor en cuanto a su reconocimiento, sino en cuanto a su aportación a la salud de la población, mediante una atención integral, integrada e integradora en la que la persona, que no el paciente, sea tanto, referencia de la misma, como protagonista de su proceso de salud – enfermedad.

Y para que ello sea posible resulta imprescindible acometer cuanto antes una reforma del SNS que genere una dinámica transformadora que, por una parte, se adapte a la sociedad en la que está inmersa para prestar servicio a la población y no ser tan solo referencia y modelo adaptado a las necesidades laborales, científicas e investigadoras de las/os profesionales que en el mismo trabajan y, por otra, que permita responder con eficacia y eficiencia a las necesidades reales de la población que, en esta nueva normalidad, requerirá, además, su participación activa en la toma de decisiones.

La pandemia y sus efectos obligan a todas/os a construir esta nueva normalidad si realmente queremos, que la misma, se desarrolle en espacios saludables, accesibles, solidarios, equitativos y de libertad, en los que la enfermedad deberá ser objeto de atención, pero en los que la salud deberá ocupar la mayor atención por parte de profesionales y ciudadanía. Lo contrario nos llevará, de nuevo, a padecer los mismos problemas que habíamos naturalizado en la anterior normalidad con claras deficiencias estructurales, organizativas y de atención.

Una normalidad, en la que los cuidados deben formar parte fundamental de cualquier proceso, en los que, las personas, las familias y la comunidad, sean identificadas, percibidas e incorporadas como parte de los mismos y no tan solo como sujetos pasivos de la acción fragmentada de las/os profesionales.

Pero en un contexto de cuidados en el que las enfermeras deben liderar su desarrollo y su respuesta transformadora junto a las cuidadoras familiares como verdaderas protagonistas de un cuido, tan importante y necesariamente sostenible, como el familiar. Tal como, al menos en parte, ha trasladado recientemente la Ministra de Igualdad al hablar de un “Estado Nacional de Cuidados”, en el que, como no puede ser de otra manera, las enfermeras coincidimos y apoyamos, pero para el que reclamamos nuestro liderazgo natural, el de los cuidados.

Esperamos que este reto anunciado no quede tan solo en un diálogo político que trascienda de la política para situarse en los ámbitos profesionales y sociales que den sentido a dicho estado en el que tanto tenemos y podemos aportar las enfermeras.

Por lo tanto, tan solo podremos hablar de nueva normalidad si en su configuración incorporamos a todos los agentes y recursos comunitarios de forma natural en un proceso de normalidad transformadora, alejada de protagonismos y personalismos de cualquier tipo.

¿Nos implicamos en construir la nueva normalidad o disfrazamos de novedad aquella de la que partíamos?

VIOLENCIA DE GÉNERO. NO HAY VACUNA

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El último acto de violencia del género cometido en España, que ha provocado el asesinato de una mujer y sus dos hijos, ha sido declarado por parte del actual Presidente de la Junta de Andalucía como crimen familiar, en una nueva muestra de cinismo político.

Al contrario de lo que sucede con la pandemia de la COVID-19, para la violencia del género no existe posibilidad de vacuna, por lo que el riesgo es permanente y continuado. El virus que la provoca tan solo se elimina con la educación, la cultura y la lucha pacífica, pero permanente, contra quienes quieren perpetuarla como forma de hegemonía machista, ante la que las enfermeras tenemos mucho que ayudar.

CUIDADOS PROFESIONALES ENFERMEROS ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

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Para Assis do Carmo

Gran enfermero, mejor persona

 

En 1977 Steven Spielverg, adelantándose a su tiempo filmaba la que para muchos es una de las obras maestras de la ciencia ficción, Encuentros en la 3ª fase.

Muchos no saben de dónde viene el nombre de la película, y de hecho en el filme no se explica, pero está sacado de las investigaciones del doctor Allen Hynek[1] sobre los OVNIS. Según Hynek, que tiene un cameo en el filme, existe una clasificación. La fase 1 significa ver un OVNI en el cielo. La fase 2, tener una evidencia física. La fase 3 es la que supone tener un contacto directo con un extraterrestre. Los que hayan visto el filme ya sabrán por qué.

Tomando como referencia tan mítica película voy a tratar de establecer cierta semblanza con las fases descritas por el Dr. Hynek, en relación a lo que este fenómeno de la pandemia ha supuesto para las enfermeras y los cuidados profesionales enfermeros.

En una primera fase algunas enfermeras, una pocas, vieron en la pandemia una oportunidad para poder demostrar lo que los cuidados profesionales enfermeros podían aportar a una situación tan grave como la que se iniciaba y que iba a suponer una dura prueba para todos/as y muy especialmente para las/os profesionales sanitarias/os.

Sin embargo, como ocurre con el avistamiento de los OVNI (Objetos Voladores No Identificados), dicha percepción no fue creída ni tan siquiera creíble por parte de la mayoría de las enfermeras, más preocupadas por mantener su integridad ante la falta de equipos de protección y la escasez de personal y por atender de la mejor manera posible a las personas infectadas, que por la posibilidad de hacer visible su aportación específica de cuidados. Si a esto añadimos que la identificación como héroes/heroínas supuso, al menos inicialmente, una sorpresa por lo que de reconocimiento y valoración suponía, podemos entender que lejos de identificar la Observación Valorativa Necesariamente Identificable (OVNI) de los cuidados, estos quedaron nuevamente invisibilizados, o cuanto menos, ocultos, entre la maraña de secuencias, experiencias, vivencias… de incertidumbre, dolor y sufrimiento que la COVID-19 dejaba a su paso.

Los respiradores, los hospitales de campaña, los EPI, las medidas de prevención, las muertes y contagios masivos… impedían atender y entender el discurso de esas pocas enfermeras que estaban convencidas de la importancia de los OVNI avistados. Tanto es así que la insistencia en querer convencer a sus compañeras de tan importante descubrimiento hizo que incluso fuesen identificadas como raras o fuera de lugar. La técnica, nuevamente había logrado acaparar la atención en exclusiva y con ello desviar la atención de otras posibles alternativas, lo que prácticamente hacía imposible la identificación de los OVNI.

La pandemia no daba tregua y la cada vez más importante demanda de atención de unas personas que se veían privadas, no tan solo de su salud, sino de su entorno y, lo más importante, de sus seres queridos que, por seguridad, debían permanecer alejados de ellas. De tal manera que a la incertidumbre por lo que le sucedía se añadía la soledad en un entorno hostil y generador de ansiedad, cuando no de miedo. En esos momentos empezaron a tomar clara evidencia física los cuidados. No tanto porque las enfermeras los identificasen, sino porque las personas aisladas los reclamaron y fue en ese momento donde se produjo el encuentro con los OVNI de los cuidados. Por una parte, las personas aisladas de sus familias, lograron paliar sus miedos y ansiedad a través de los cuidados que recibían de las enfermeras que les atendían. Por su parte, las enfermeras identificaron el efecto terapéutico de sus cuidados profesionales al sacarlos del limitado círculo de lo afectivo, doméstico y privado e identificar las posibilidades de realización con que contaban al prestar dichos cuidados. Ese encuentro físico, pero también psicológico, social y espiritual, logrado a través de los cuidados enfermeros mediante la combinación de ciencia, humanización y técnica, permitió la identificación y, lo que es más importante, la valoración por ambas partes de los OVNI que hasta entonces habían permanecido ignorados.

La rebeldía a la consideración de heroínas/héroes, que inicialmente había sido aceptado con cierta satisfacción, al alimentar los egos individuales y colectivos, fue consecuencia también de los encuentros en esta segunda fase de la evidencia del cuidado. No se trataba de poderes sobrenaturales ni extraordinarios, sino de la fuerza del cuidado. Algo que no viene determinado por radiaciones, mutaciones o poderes especiales, sino por la importancia de ser y sentirse enfermera y ser capaz de identificar el valor de su aportación y los efectos que la misma tiene y es sentida por quien la recibe.

Sin embargo, los medios de comunicación, tan proclives al alarmismo y al sensacionalismo fáciles y rentistas, no se hacían eco del avistamiento de los OVNI, inmersos como estaban en el despliegue bélico que habían asumido como escenario contra el virus. Bastante hacían tratando de corregir su exclusiva denominación médica para sustituirla con esfuerzos, no exentos de constantes errores, olvidos o simplemente ignorancia, por la de profesionales sanitarias/os, pero incapaces de identificar la aportación específica de las enfermeras e integrándola como parte de la habitualmente denominada y difundida asistencia médica.

Por su parte, las/os políticas/os bastante tenían con tratar de no cometer errores, en unos casos, o identificar, manipular o inventar errores cometidos por los otros con el fin de lograr beneficio de los mismos, como para fijarse en lo que las/os profesionales sanitarias/os hacían o aportaban. Con sumarse al apoyo social y escenificarlo en los medios ya cubrían el expediente.

Así las cosas, los OVNI, continuaban siendo cosa de visionarios/as sin traslado real al ámbito mediático, político ni tan siquiera institucional. Es decir, los cuidados seguían sin identificarse ni valorarse. Tan solo se reconocía la entrega, no así lo entregado.

Pero la pandemia, a pesar de su aparente remisión, continua entre nosotros como ese gran invasor que no se ve, pero se percibe el peligro que comporta. El descenso de muertes, de contagios, de ingresos hospitalarios e incluso de los aplausos que diariamente jaleaban a las/os profesionales sanitarias/os, no impidieron que los OVNI identificados por muy pocas enfermeras e incluso ciudadanas/os en la primera fase y reconocidos en la segunda de manera mucho más numerosa, trascendiese a los ámbitos en los que debe ser reconocido y valorado sino quiere quedar archivado como algo no comprobable, como sucede habitualmente con los avistamientos de Objetos Volantes No Identificables (OVNI), que acaban en carpetas con el sello cinematográfico y efectista de TOP SECRET, que es tanto como decir que nadie sepa de que se trata.

Pero la tercera fase ya está próxima, y en ella los OVNI de los cuidados necesitan contactar con todos quienes, hasta el momento, no tan solo no los han identificado ni valorado, sino que los han negado sistemáticamente al ignorarlos.

La Pandemia ha dejado tras de si muerte, dolor y sufrimiento. Pero deja un panorama de futuro a corto y medio plazo de una nueva incertidumbre ante las secuelas que provocará en las personas, las familias y la comunidad como efectos colaterales que no sabemos, aunque sospechamos, cómo se comportarán ni en qué medida afectarán a la salud. Pero sin duda, lo que más falta va a hacer en esta tercera fase es acabar con la incredulidad, la ignorancia, la negación, la desvalorización de algo tan evidente ya como la necesidad de los cuidados profesionales enfermeros. Deben, por tanto, pasar de ser Observaciones Valorativas Necesariamente Identificables (OVNI) a ser Obvios Vitales, Necesarios e Imprescindibles en cualquier ámbito profesional, social, mediático o político.

La tercera fase se concreta en un contexto de cuidados en el que las enfermeras y los cuidados profesionales que prestamos, deben lograr conectar de manera definitiva con la sociedad. Resulta imprescindible, no tan solo que sean identificados, sino que sean entendidos, reconocidos y valorados como sucede en la película de Spielverg. Pero a diferencia de los extraterrestres de la película, las enfermeras tenemos un lenguaje mucho más complejo, y a la vez entendible, que la simplona melodía utilizada para comunicarse con la ciudadanía en la película. Nuestro lenguaje es el de la proximidad, el gesto, la mirada, la empatía, la escucha activa…que conecta con los sentimientos y las emociones de las personas en cualquier momento de su ciclo vital con el fin de afrontar las situaciones de salud y enfermedad con responsabilidad, autonomía y libertad. Un lenguaje que puede parecer sencillo, pero que tiene una enorme complejidad que tan solo las enfermeras saben entender y hacer entender.

Si en estos encuentros en la tercera fase somos capaces, finalmente, de conseguir que se deje de negar la evidencia de la importancia de los cuidados profesionales enfermeros. Si se logra entender que técnica y cuidados no tan solo son compatibles, sino que resulta imprescindible su asociación. Si abandonamos la creencia de que los cuidados no aportan valor a la atención. Si erradicamos la dicotomía curar – cuidar, para pasar a hablar de atención en la que tienen cabida ambos conceptos desde la técnica y desde el cuidado. Si conseguimos que se valoren los cuidados profesionales enfermeros por lo que realmente aportan a la salud de las personas y no a lo que social y culturalmente se asocian en forma de tópicos y estereotipos… entonces, posiblemente, logremos que en la nave en la que viajan, el Sistema Nacional de Salud, sean identificados y valorados, al menos, de igual manera a como se hace con una pastilla, una técnica, una vacuna o un diagnóstico médico.

Finalmente, se trata de una convivencia con los cuidados que permita una atención integral, integrada e integradora y no de una asistencia fragmentada, atomizada y despersonalizada, por mucho que se pretenda humanizar.

No estamos solos. Los cuidados profesionales enfermeros han venido para quedarse. No permitamos que vuelvan a irse, ocultarse u olvidarse. Posiblemente no haya 4ª fase.

 

[1] Josef Allen Hynek (1 de mayo de 1910 – 27 de abril de 1986) fue un astrofísico, profesor y ufólogo estadounidense.

SUERTE, SERENDIPIA Y MEDIOCRIDAD

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A quienes crecen gracias a su esfuerzo y convicción

Se entiende por serendipia el hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual, o cuando se está buscando una cosa distinta.

Esto podría hacernos caer en el error de pensar que la serendipia y la suerte son sinónimos. Es decir, que alguien descubre o logra algo simplemente por una cuestión de azar, como quien compra lotería y le toca el gordo.

Louis Pasteur ya destacó que la observación es la mejor compañera del ingenio y de la ciencia, cuando decía: “En el campo de la observación el azar solamente favorece a las mentes preparadas”. Lo que viene a corroborar la diferencia entre serendipia y suerte.

Porque la suerte, es la guadiana de los necios y la fortuna la madre de los pesares. De hecho, la suerte es la mejor excusa de los mediocres o el pretexto de los fracasados.

Resulta por tanto muy irritante y cansino seguir oyendo de manera permanente que las enfermeras hemos tenido mucha suerte de estar donde estamos y haber logrado lo que hemos logrado. Es más, se trata de un mensaje que suele ir acompañado del que traslada una incomprensión por seguir demandando nuevos logros o aspirando a nuevas metas. Es algo así como “no te creas que la lotería te va a tocar dos veces en la vida”. Eso tan solo les sucede a políticos destacados que, ya sabemos, están a otro nivel del que tenemos el resto de los mortales.

Lo triste, es que dicho mensaje acaba calando en muchas enfermeras que llegan a interiorizar que con el hecho de haber llegado a serlo ya no es necesario hacer nada más y esperan tan solo a que la suerte reconduzca sus vidas para situarlas en la mejor zona de confort posible. O cuanto menos, aquella en la que considera podrá adaptarse según su particular visión del ejercicio profesional de la enfermería, lo que acaba por deformar, distorsionar y lesionar la imagen de las enfermeras y del ámbito en el que se instalan colonizándolos desde el conformismo, la inmovilidad, la inacción y la mediocridad. Lo que confirma la perfecta simbiosis existente entre suerte y mediocridad.

Y esa mediocridad, en muchos casos, no es sino la antesala del fracaso ya que tal como decía Pablo Neruda “la suerte es el pretexto de los fracasados”. El pretexto para no reconocer su absoluta negación a contribuir, no tan solo a su desarrollo profesional, sino al de la profesión/disciplina a las que pertenece, proyectando una imagen que tan solo obedece a un estereotipo que lamentablemente es interiorizado y naturalizado por la sociedad y utilizado de manera interesada para fortalecer posicionamientos en contra del desarrollo enfermero por determinados sectores corporativistas y políticos.

Pero la fuerza, o el deseo por mantener una posición cómoda y sin compromisos, hace que se recurra de manera compulsiva a la invocación de la suerte como remedio a los males que según algunas/os les acechan e impiden su particular manera de identificar el éxito, es decir, la mediocridad en la que se quieren instalar o bien lo transforman en fracaso desde un posicionamiento victimista para justificar su falta de suerte.

En este plan vital que trazan, en muchas ocasiones desde antes de lograr el título que les habilitará como enfermeras, se esfuerzan por recopilar, ordenar y argumentar las mejores excusas sobre las que justificar su decisión de fracaso programado y de adopción de la mediocridad.

Para dicho plan escogen entre un amplio abanico de excusas que pueden clasificarse, tal como describe Raimon Samsó[1] en:

Excusas de culpa: se trata de encontrar alguien o algo (eso es fácil) a quien culpar para no esforzarse en el logro de objetivos o metas profesionales que les demande determinado esfuerzo o compromiso. Así, por ejemplo, es muy socorrido acusar a la organización o a sus gestores, a las/os compañeras/os de profesión, a los médicos, a la falta de recursos o de tiempo, o a una supuesta y alimentada manía persecutoria por parte de todas/os que les impide trabajar mejor y justifica su posición inmovilista o incluso opositora.

Excusas de imposibilidad: se consigue elaborando una lista mental de suposiciones no contrastadas acerca de dificultades para adoptar otro posicionamiento más activo o proactivo. La verdad es que, en este sentido, el grado de ingenio e innovación para la elección de las barreras llega a ser de mérito y supone un verdadero reto para su habitual inacción. A pesar de la evidente falta de argumentos para sostener sus propuestas de contención al desarrollo o la implicación, lo que si logran es un grado de desgaste en el equipo, que debe discutir las mismas con el objeto de desmontar el plan, ocasionando malestar e incluso llegando a acaparar adeptas/os que apoyen su causa.

Excusas de invalidación: remover la memoria hasta dar con alguna historia pasada a la que responsabilizar de supuestos límites (también se puede inventar). Y es que, si todo el tiempo que utilizan en construir sus planes los dedicasen a trabajar y cumplir con sus competencias posiblemente saldrían de esa mediocridad que buscan con tanto empeño y en la que quieren instalarse de manera permanente como modelo profesional en el que alcanzar su jubilación. Lo de menos es cómo afecta al equipo, a la organización, a la población que atienden o a la profesión/disciplina a la que pertenecen. Lo importante es cimentar en dichas excusas su plan de vida.

Excusas de no responsabilidad: Son aquellas que se elaboran para hacerlas responsables de su supuesta frustración o fracaso. La mala enseñanza obtenida en la universidad, el/la tutor/a que le marcó negativamente de manera indeleble durante sus prácticas, el entorno poco propicio, la presión familiar… cualquiera que finalmente pueda ser la receptora ideal para eximirse de la responsabilidad personal en cuanto a sus desfasadas aptitudes y su conformista actitud.

A las citadas excusas descritas por Samsó, yo añadiría:

Excusas de comparación o de envidia: son aquellas que se elaboran identificando los éxitos o logros de compañeras/os para transformarlos en golpes de suerte o de oportunismo (designaciones directas, confianza de las/os responsables…) con el fin de contraponerlos a su falta de fortuna o de animadversión hacia ellas/os que les aboca a adoptar irremediablemente su posición como mecanismo de defensa. Y es que la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.

No suele darse tan solo uno de los tipos de excusas descritas, sino que combinan de manera extraordinariamente eficaz los cinco tipos para reforzar su posición y anular cualquier atisbo posible de acusación a una premeditada actitud en la misma.

Estas actitudes de inmovilismo que tanto daño hacen a la Enfermería y al conjunto de las enfermeras, paradójicamente, suponen una relajación, abandono o negación, por parte de quienes las adoptan, de la disciplina hacia la Disciplina.

Entendiendo la disciplina como el conjunto de reglas o normas cuyo cumplimiento de manera constante conducen a cierto resultado y Disciplina entendida desde su significado como ser “discípulo de una idea” que se ama, ya que nadie puede ser discípulo de algo en lo que no cree,en base a lo cual  podemos entender que, quienes actúan como he comentado, la única disciplina que practican consiste en lograr la máxima mediocridad que, lamentablemente, va en contra de aquello en lo que ni creen ni aman que es en la Diciplina Enfermera a la que no tan solo perjudican sino que ponen en evidencia, además de suponer una clara muestra de desprecio hacia ellas mismas ya que, la pertenencia a la Disciplina, debiera suponer la más alta expresión de autoestima.

Si en lugar de persistir en su empeño destructivo, hacia ellas mismas como enfermeras y hacia la Enfermería como Disciplina, afrontasen el problema que supone su incomodidad o rechazo a ser enfermeras atreviéndose a responder a algunas preguntas sencillas que les permitiese superarlo, y que tienen que ver con la formulación de las excusas anteriormente expuestas como mecanismo para atrincherarse en la mediocridad y el fracaso, se podrían revertir las situaciones planteadas.

Para contrarrestar y eliminar las excusas, las preguntas que podrían o deberían formularse son:

 

¿De dónde procede esta excusa?

¿Es verdad o es solo una excusa?

¿Cómo es mi vida profesional con esta excusa?

¿Cómo sería mi vida profesional sin esta excusa?

¿Cuál es la verdad que esconde esta excusa?

 

Formuladas de manera serena, reflexiva y crítica serían capaces de ayudarles a descubrir que la mayoría de las excusas ni son ciertas ni nunca lo fueron. Tan solo se plantearon como hipótesis sin contrastar, en un intento de convencerse y convencer sobre aquello que decidieron emprender. O bien fueron asumidas como propias cuando, realmente, corresponden a opiniones sin fundamento de otras personas, con otras realidades y otros planteamientos, que se asumen sin más como una verdad probada, entrando en una espiral de autoconvencimiento de su posicionamiento y de autodestrucción como enfermeras, que acaba repercutiendo en el resto de profesionales y de la profesión/Disciplina.

Sin embargo, los mediocres también son codiciados por otros mediocres para ayudarles a mantener su alto nivel de mediocridad e ignorancia ocupando puestos de gestión, desde los que amplifican su incompetencia y salvaguardan la de quienes los han elegido. Y es que finalmente, no hay nada más peligroso que un/a mediocre o un/a tonto/a activo/a.

Cosa bien distinta es cuando alguien en el desarrollo de su actividad profesional, sea en el ámbito que sea, lleva a cabo un hallazgo u obtiene un resultado no esperado ni planteado inicialmente, pero que, en ningún caso, puede ni debe identificarse como causa de la suerte, sino como consecuencia del esfuerzo que, en un momento determinado, hizo que estar en el lugar y el momento indicados condujese a dicho hallazgo o logro.

En el caso de la serendipia, la disciplina está más que comprobada en cuanto al seguimiento permanente y ordenado de las normas que permiten alcanzar resultados en forma de motivación, esfuerzo e implicación, aunque puedan ser los no esperados, y en perfecto equilibrio con la Disciplina, desde la que se está haciendo y a la que, no tan solo, respetan, sino a la que se sienten orgullosas de pertenecer.

Tratar de considerar como suerte el descubrimiento de la penicilina por Fleming, de América por Colón, de la molécula del benceno por Kebulé o del principio de Arquímedes por quien le da nombre, entre otros muchos, sería tanto como negar su autoría o trasladarla a la mera fortuna, que como indicaba al principio, es la madre de los pesares.

Y es precisamente en los pesares o los lamentos, en los que muchas veces se refugian quienes no tan solo niegan la capacidad de desarrollo de las enfermeras, sino que intentan impedir que otras lo consigan con su disciplina y por la Disciplina.

Sin embargo, no me gustaría concluir sin constatar que este problema no es exclusivo de la Enfermería y de las enfermeras, sino que forma parte de la propia evolución de las profesiones y sus profesionales. Otra cosa es que, al identificarlo en nuestra Disciplina, podamos creer que nos afecta en mayor medida a nosotras o que lo padecemos de manera crónica.

Lo que debemos llevar a cabo son respuestas, propuestas y acciones que traten de neutralizar a quienes se refugian en la mediocridad y el fracaso que circunscriben al ámbito exclusivo de la suerte sin querer ver que es su actitud consciente, premeditada y permanente la que favorece y alimenta dicho estado de resistencia, inmovilidad y conformismo destructivo.

Sería deseable que quienes no logran encontrar las respuestas esperadas en el desarrollo profesional de la enfermería buscasen otros caminos o refugios en los que sentirse más identificados o en los que su mediocridad afecte menos a la salud de las personas, las familias y la comunidad a las que deben prestar sus cuidados y que, además, persistan en su actitud ligándola incluso a una vocación profesional. En su defecto, sería también deseable que intentásemos, desde quienes gestionan hasta quienes comparten actividad con estas enfermeras, evitar naturalizar sus comportamientos y actitudes considerándolos como inevitables o un mal que hay que asumir. Lo contrario supone un riesgo evidente de contagio que puede arrastrar a otras enfermeras, al identificar que, dichas actitudes, comportan menor responsabilidad, peligro y conflicto, que actuar como enfermeras competentes y comprometidas con la Disciplina y ellas mismas, sin que les sea reconocido ni agradecido, lo que puede acabar provocando el peligroso “Síndrome del imbécil” en el que por menor que sea el esfuerzo e implicación se genera idéntica respuesta de recompensa.

[1] Escritor y Coach especializdo en formar a Expertos con conciencia.

PREMIO A LA CONCORDIA PRINCESA DE ASTURIAS

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Ayer se anunciaba la concesión del Premio Princesa de Asturias a la Concordia a las / os Profesionales Sanitarias / os que se encuentran en primera línea en la lucha contra la covid-19, por su entrega, dedicación e implicación profesional durante la pandemia.
Pues bien, hoy nos despertamos con la noticia de que un grupo de sanitarios que han decidido erigirse en representantes y portavoces de todas / os las / os profesionales sanitarios / os, que son quienes han sido receptores / es del Premio, rechazan el premio. ..