UN MARCO PARA 17 FOTOS CON MÚSICA DE MECANO

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El pasado día 11 de septiembre se presentó en el Ministerio de Sanidad la Oficina Ejecutiva del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria. Un paso más en el camino que, el actual equipo ministerial en funciones, ha decidido llevar a cabo a pesar de todos los inconvenientes, barreras, incertidumbres, dudas, impedimentos… que ha generado en algunos colectivos profesionales, por razones corporativistas, y en algunas Comunidades Autónomas, por simple revanchismo político. Pero a pesar de todo el proceso sigue su curso y ahora de lo que se trata es de que todas las partes miren por el bien de las personas, las familias y la comunidad y no tan solo por el bien particular, corporativo, partidista o interesado. No se trata de quién se pone la medalla, sino de quienes logramos que la Atención Primaria y Comunitaria sea, realmente el ámbito de atención, el contexto de participación, el espacio de transdisciplinariedad… que se necesita para lograr la adecuada intersectorialidad y equidad que se requiere.

Sea como sea, el caso es que el Marco está y la Oficina para desarrollarlo también. Ahora toca que no quede tan solo en gestos, fotos, intenciones y expectativas. Pero para ello hace falta que todos los implicados asumamos que no podemos ni debemos esperar a que sean otros los que hagan los deberes. Todos tenemos deberes y todos debemos de hacerlos de la mejor manera posible para lograr un resultado óptimo que permita configurar una Atención Primaria y Comunitaria amplia, abierta, participativa, eficaz, eficiente, accesible, resolutiva, cercana y saludable.

Está claro que en este cometido todos debemos arrimar el hombro y hacerlo de manera generosa y humilde, tanto en el trabajo aportado como en la disposición para con todos. Remar todos en una misma dirección y hacerlo sin protagonismos tan innecesarios como perjudiciales. Y todo ello sin que signifique que no podamos discrepar, todo lo contrario. Discrepar es bueno, siempre que se haga desde el análisis, la reflexión, el pensamiento crítico y la disposición al diálogo y al consenso.

Pero el Marco Estratégico debe recoger las “fotografías” de los 17 servicios de salud existentes en España para que queden expuestas y a la vista de todos en la Oficina donde se quiere impulsar y también en cualquier rincón donde pueda ser visible. Para ello es necesario que las correspondientes administraciones dejen de utilizar la salud y la sanidad como arma arrojadiza contra el contrincante político y se dediquen a adaptar su particular foto autonómica a la realidad de su contexto sin que desentone con el conjunto. La diversidad y especificidad de cada una de ellas tiene que configurar finalmente una imagen de conjunto en el que no haya distorsiones, ni retoques artificiales que traten de enmascarar la realidad. Para ello será preciso acordar el enfoque, la luminosidad, el brillo, los detalles, la profundidad… que permitan resaltar lo mejor de cada una de las fotografías y configurar un conjunto armónico, atractivo y real que se recoja en el Marco elegido. Las/os fotógrafas/os (consejeras y consejeros de salud), por lo tanto, deben tener claros los parámetros a emplear en sus respectivas fotografías y no querer convertir las mismas en carteles publicitarios engañosos e interesados. Al fin y al cabo, se les han encargado las fotografías para que recojan la realidad, por compleja que esta sea, no para que se luzcan con filtros, retoques o trasformaciones. De ellas/os se espera, por tanto, que sepan captar y aportar esas imágenes.

Pero, sin duda, en la realización de esas fotografías no tan solo intervienen las/os fotógrafas/os, sino que existen una gran cantidad de personas que participan activamente para lograr la fotografía deseada.  Y sin duda las enfermeras tenemos un papel muy importante en la realización de las fotografías. Bien sea acompañando al/la fotógrafo/a en puestos relevantes o bien sea como parte indispensable del escenario a fotografiar.

En el primero de los casos, si lo son como enfermeras que ocupan puestos relevantes, tienen la responsabilidad de que todos los aspectos relacionados con los cuidados y la salud comunitaria queden adecuadamente combinados, resaltados, compuestos, iluminados… para que puedan ser identificados, valorados y registrados en la foto final junto al resto de aspectos, componentes y participantes del escenario a fotografiar.

En el segundo de los casos, las enfermeras comunitarias, deben posicionarse para no quedar ocultas, voluntaria o involuntariamente, en el escenario o tras otros protagonistas de la foto. Deben hacerlo además sin que su imagen acabe por ocultar lo verdaderamente importante, el contexto que se pretende recoger en la fotografía. No se trata de figurar, sino de ser visibles sin que dicha visibilidad suponga, en ningún caso, eclipsar la realidad. Finalmente, la imagen captada tiene que aportar la suficiente credibilidad a quien la visione y el necesario equilibrio con el resto de fotografías.

Las personas, las familias y la comunidad deben formar parte imprescindible de dichas fotografías y poder identificar claramente en las mismas los detalles que les trasladen, seguridad, confort, empatía, humanidad, tranquilidad, calidad y, sobre todo, la necesidad sentida de formar parte de dicho escenario, es decir, que no se sientan como figurantes, sino implicados e imbricados en el mismo, junto a todos los participantes.

Serán muchos los disparos que deberán hacerse para poder obtener la fotografía deseada. Pero eso no debe ser un inconveniente sino una constante en la búsqueda de la fotografía que mejor refleje la realidad de cada uno de los contextos, para que puedan situarse de manera ordenada y estable en el Marco elegido.

En cualquier caso, sabemos que las fotografías recogen un momento, una instantánea, una composición que responde al momento en el que se hace, pero que en ningún caso puede pretenderse que la misma vaya a responder a una realidad tan dinámica como cambiante. Es por ello que la alternancia de fotografías en el Marco debe ser una constante, lo que supone tener que estar permanentemente alertas para recoger, en cada momento, lo más importante. De ahí que no se trate de un posado tan poco natural como irreal, sino de captar aquello que de sentido al Marco en el que van a ir situándose. Por lo tanto, no se trata tanto de que cada cual genere su propio Marco, que finalmente tratará de destacar del resto, sino de situarse todos en el mismo, el de todos.

            Al margen de la metáfora fotográfica y volviendo a la realidad que tanto nos preocupa y a veces asusta, debemos tener clara nuestra responsabilidad como enfermeras. No descubro nada si digo que las enfermeras estamos en disposición de dar las mejores respuestas a lo que la sociedad necesita en general y en la Atención Primaria y Comunitaria en particular. No de forma exclusiva e independiente, pero si desde la especificidad de nuestras competencias y la autonomía de nuestra ciencia. Para ello tenemos de tener claro que nuestra aportación debe llevarse a cabo allá en donde mejor podamos hacerlo y no en donde consideremos que vamos a estar, aparentemente, más cómodas. Porque si finalmente de lo que se trata es de encontrar nuestra zona de confort en lugar de aportar la mayor calidad de cuidados en base a nuestra capacidad y capacitación, estaremos fracasando y decepcionando como enfermeras. Este comportamiento nos conducirá indefectiblemente a la pérdida de valor, a la ausencia de reconocimiento y a la mediocridad profesional. La Atención Primaria y Comunitaria que pretende recoger el Marco Estratégico necesita de enfermeras comunitarias competentes, capaces, motivadas, implicadas y comprometidas en el desarrollo de un nuevo paradigma.

            Pero el análisis no quedaría completo si no se identificasen las dificultades, barreras e inconvenientes que el sistema en general y los diferentes servicios de salud en particular, propician con unas decisiones que no responden a las necesidades de la sociedad sino a las de determinados colectivos u organizaciones con intereses exclusivamente personales u organizacionales. No es lícito que para tratar de responder a la precariedad de determinados puestos de trabajo en el hospital se recurra a una fuga en estampida hacía la Atención Primaria con el objetivo exclusivo, en la mayoría de las ocasiones, de incorporarse en un escenario de aparente tranquilidad y confort que no obedece en ningún caso a la realidad.

Por otra parte, como ya he comentado en más ocasiones los responsables de los servicios de salud, pero también de las enfermeras, deben plantearse, de una vez por todas, la necesidad de definir perfiles específicos de puestos de trabajo enfermeros que respondan a las necesidades de los mismos y que requieran, por lo tanto, de competencias especiales y específicas para poder ocuparlos y no tan solo de antigüedad en la organización como si la misma fuese garante suficiente de competencia profesional. Las enfermeras deben dejar de ser el peón que cantaba Mecano y que decía “Negro, bajito y cabezón Sólo pude ser peón de negras Lo más chungo en ajedrez” Ya no somos lo más chungo en el servicio sanitario. Ya hemos dejado de ser aprendices de todo y maestros de nada. Ya no servimos para un roto y un descosido. Pueden y debe haber enfermeras generalistas que trabajen en equipo con enfermeras especialistas, pero en ambos casos deben hacerlo en aquellos puestos para los que estén más preparadas y sean más competentes. No hacerlo es una clara irresponsabilidad de las administraciones y sus representantes. Consentirlo es una clara irresponsabilidad de las enfermeras y sus representantes. Y para ello no creo que sea necesario seguir la letra de Mecano “Pero, de peón La única salida es la revolución”. Creo que el sentido común, la planificación, la responsabilidad, la competencia, la ética… deben imponerse para facilitar que el tablero en el que se sitúen las fichas deje de ser un juego de buenos y malos, de importantes y secundarios, de clases y clasismos, de ataques y muertes, vencedores y vencidos, de conspiraciones y jaque mate, para pasar a ser un espacio de colaboración, trabajo en equipo, responsabilidad… porque la salud no es en ningún caso ni un juego ni un trofeo y todos aquellos que intervienen en su promoción, mantenimiento o recuperación deben abandonar la revolución y dedicarse a la evolución.

Pretender que el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria sea un éxito sin abordar estos planteamientos con el rigor y la seriedad que precisan es tanto como tratar de construir un edificio en un terreno de arenas movedizas. Se puede iniciar la construcción, pero, más pronto que tarde, los cimientos cederán y se caerán, y con ellos las ilusiones y expectativas de todos cuantos habían creído, una vez más, que el cambio era posible. Y ya no estamos para vivir en cabañas, con el cambio climático que nos acecha.

Volviendo al mítico Mecano no hagamos como cantaban “porque a ninguno le interesa escuchar. Aunque en foto aparentemos más somos sólo tres polillas” Porque a todos nos interesa escuchar y porque no somos solo tres polillas sino todo un colectivo, el de las enfermeras, que debemos sentirnos orgullosas de serlo y de hacer lo que hacemos, pero en donde verdaderamente y no por egoísmo podamos hacerlo con plenas garantías. Solo así lograremos salir en la foto con la claridad y la posición que nos corresponde.

A ver, ¿preparados?… vamos a disparar!!!!

LA SELVA DE LA MEDIOCRIDAD Y SUS “ESPECIES”

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Nos encontramos ante un panorama ciertamente incierto, valga la paradoja.

Un país en funciones que habla más que actúa, que discute más que debate, que se enfrenta más que consensua, que se descalifica más que se respeta… porque al fin y al cabo el país no es más que la suma de sus ciudadanas/os y, por tanto, acaba siendo reflejo de ellas/os a través de representantes, líderes o simplemente voceros.

            Y nadie, ni nada, somos ajenos, ni mucho menos inocentes, a esta situación por mucho que intentemos convencernos de lo contrario diciendo que estamos hartos, que esto no va con nosotros, que nos han engañado o que nos están tomando el pelo. Porque todo puede ser verdad, pero también todo es responsabilidad de todos. De quienes provocan la parálisis y de quienes contribuyen a que la provoquen. Nadie queda indemne y todas/os somos víctimas y verdugos. La mediocridad, por tanto, pasa a ser un estilo de vida o una zona de confort en el que muchas/os se sienten cómodas/os. Se ha interiorizado colectivamente el comportamiento de dirigentes, profesionales, gestores, políticos… hasta naturalizarlo y convertirlo en algo cotidiano. Algo similar a lo que sucedió con la corrupción, por ejemplo.

            Centrándonos en salud y en sanidad, conceptos diferentes aunque permanentemente se confundan y se mal utilicen como sinónimos entre sí, estamos asistiendo a un estéril, demagógico y permanente enfrentamiento entre quienes, en teoría y solo en teoría visto lo visto, son sus máximos representantes, los profesionales de la salud, que, entre otros muchos errores, se creen dueños y protagonistas exclusivos de la salud, su gestión y su “prescripción”, y que en la mayoría de las ocasiones lo que realmente persiguen es conquistar espacios de poder que les permitan seguir manteniendo sus privilegios y su influencia sobre la población, a través de órganos de representación que precisan de una profunda regeneración. Regeneración que tan solo se producirá si existe un verdadero compromiso de las propias enfermeras para que se produzca y no, como sucede hasta ahora que, en la mayoría de las ocasiones, tan solo nos limitamos a protestar por lo que hacen o no hacen, por lo que piensan o no piensan, por lo que dicen o no dicen, pero llegado el momento de poder cambiar nos quedamos en la zona de confort desde la que seguimos protestando, criticando o llorando. Y, claro está, lo que deberíamos sentir, percibir y defender como órganos de representación acaban siendo vistos como representantes inorgánicos, incapaces y mediocres para la profesión en su conjunto. Pero ojo, unos y otros, representantes y representados, tenemos idéntica culpa. No nos equivoquemos. A lo mejor tenemos que hablar, analizar, reflexionar, pensar, debatir, negociar y, sobre todo, ser respetuosos, generosos y humildes, para consensuar lo que deben ser y defender los verdaderos órganos de representación en el que todas nos sintamos incluidas, aunque existan sanas discrepancias.

            Y en esta situación solemos caer en la tentación de pensar que son “los otros” siempre los culpables, según desde la orilla desde la que se observe. Siempre tienen la culpa los de la orilla contraria. Pero lejos de tender puentes que permitan pasar de una a otra orilla para hablar, compartir, reflexionar, analizar… preferimos seguir en nuestro “territorio”, desde el que increpamos, descalificamos o agredimos verbalmente, de momento, a quienes consideramos como contrarios, enemigos o potencialmente peligrosos, aunque sean de nuestra propia “especie”. Realmente es un escenario selvático en el que la lucha por la supervivencia se convierte en algo habitual ante los permanentes ataques tanto de otras “especies” como de los de la propia “especie”.

            Entretanto, desde ambas orillas las personas observan con incredulidad e impotencia, lo que sucede mientras dejan de ser atendidas sus necesidades y demandas, aunque oigan repetidamente que todo cuanto hacen unos u otros es siempre en beneficio de ellos, a quienes llaman pacientes, denominación que adquiere todo el sentido ante la situación generada.

            A pesar de la lamentable situación política y social en la que nos encontramos, como resultado de la incapacidad absoluta de quienes debieran encontrar fórmulas de entendimiento y consenso para lograr avanzar y dar respuesta a las múltiples necesidades económicas, sociales, laborales, profesionales… de manera puntual se produce algún intento de mejora a través de propuestas que tratan de lograr el consenso de las partes. En el caso que nos ocupa de la salud y la sanidad. Y cuando se produce, en lugar de aprovechar la ocasión para mejorar, las partes se enfrascan en un permanente enfrentamiento en el que, lo que prima, es lo que cada cual puede sacar de beneficio. Pero no un beneficio colectivo, sino individual y de exclusividad que blinde la imagen de grandeza que se han encargado de crear o que quieren lograr y tratan de mantener o visibilizar a toda costa. De tal manera que, como dice el sabio refranero popular, entre todas la mataron y ella sola se murió, la salud comunitaria y la sanidad. O bien el uno por el otro, la casa sin barrer, con lo que ello significa para la salud pública.

Pero a pesar de todo o, a lo mejor, gracias a todo lo sucedido, las enfermeras supimos encontrar finalmente nuestro espacio, nuestras referencias y nuestra identidad como “especie” en esa metafórica selva de la que hablo. Pero al mismo tiempo empezamos a recelar entre nosotras y a mimetizar comportamientos de otras “especies” que nos llevaron a generar “subespecies” que entraron en permanente disputa entre ellas, lo que ocasionó un grave problema de convivencia. Y ocupadas como estábamos en defendernos de ataques propios y ajenos, nos olvidamos de lo importante y nos acomodamos en zonas que identificábamos como más seguras o cómodas, aunque realmente no lo fuesen, porque lo que estábamos haciendo, consciente o inconscientemente, es volver a ser una “especie” en peligro de extinción o con muy poca relevancia en el hábitat que compartíamos.

Pero pasando de la metáfora a la realidad, aunque a veces cueste diferenciarlas, podemos identificar que a pesar de los indudables e importantes logros alcanzados, volvemos a tener graves problemas de convivencia profesional entre nosotras mismas y con otros profesionales.

Esta situación no es que sea exclusiva de las enfermeras. Tampoco hace falta que estemos fustigándonos de manera permanente con el látigo de la culpabilidad. Pero, en nuestro caso tiene una importante carga de falta de madurez profesional que viene determinada por múltiples factores y que provoca una permanente rebeldía propia de la adolescencia profesional que se traduce en falta de identidad, inconformismo con nuestra imagen, responsabilidad, competencia… incapacidad para identificar nuestras fortalezas, pensamientos recurrentes de persecución propia y ajena, llanto permanente, pesimismo enfermizo, quejas sistemáticas… que provocan una inmovilidad de acción y una parálisis en el desarrollo que, como profesión, debemos lograr para alcanzar la madurez.

Es cierto, sin embargo, que dicha adolescencia es desigual en función del ámbito en el que las enfermeras se encuentren.

De esta manera podemos observar que las enfermeras en el ámbito universitario, el disciplinar, han madurado y logrado alcanzar unos niveles de convivencia mayores que les han permitido eliminar muchos de los efectos de la adolescencia descritos, aunque se encuentren con otros propios de la citada madurez que deberán afrontar para seguir su desarrollo. Sin embargo, dicha madurez no se ha alcanzado de igual manera en las enfermeras asistenciales que no se han visto contagiadas por ese desarrollo y padecen aún graves problemas entre ellas mismas y con quienes lograron madurar. Como lo que sucede entre hermanas con diferentes edades y estados de madurez. Celos, rebeldía, desconfianza…

Pero con preocuparme esta situación, lo que verdaderamente me genera inquietud e incertidumbre es que la adolescencia aludida se prolongue en el tiempo más allá de lo que debería considerarse como “fisiológicamente” entendible y “psicológicamente” deseable y se convierta en una adolescencia crónica que incluso alcance grados de infantilismo.

Cuando empiezan a existir indicios de cambio importante en algunas administraciones que incorporan en sus organigramas puestos de responsabilidad y capacidad de toma de decisión para que sean ocupados por enfermeras, nos encontramos con algunos casos en los que “asusta” la responsabilidad, en el mejor de los casos, o se rechaza sin más, dejando que dichos puestos sean ocupados por otros profesionales.

Pero no se limita el problema de la madurez a la asunción de responsabilidades de gestión o política. Porque, como ejemplo muy clarificador, ahora que se ha iniciado un cambio con el marco estratégico de la Atención Primaria y Comunitaria, las enfermeras no podemos ni debemos quedarnos al margen, ni en segundo plano en su desarrollo. Las enfermeras debemos demostrar que ya hemos superado nuestros miedos, nuestras desconfianzas, nuestra falta de identidad, nuestros lamentos… y desde la determinación de nuestra profesión y nuestra aportación científico-profesional intervenir de manera decidida para que el cambio que se propone en el citado marco sea real y responda a lo que la sociedad espera y necesita. Es evidente que el asistencialismo, la medicalización, el paternalismo, la tecnología… no lo ha logrado. Los cuidados, la participación comunitaria, la promoción de la salud… deben incorporarse como elementos fundamentales del cambio de paradigma liderado por enfermeras.

No es una cuestión de querer arrimar las ascuas a nuestra sardina exclusivamente, sino de tratar de distribuir dichas ascuas de tal manera que todas las sardinas queden bien asadas y permitan satisfacer “el hambre” de la población.

Ha llegado el tiempo de la madurez de razón, conocimiento, criterio, de la decisión meditada, de la valentía que no la temeridad, del rigor científico, de la determinación que no de la tozudez, del orgullo que no la altivez, de la ilusión que no de la utopía, del respeto que no la docilidad, de la generosidad que no la sumisión, de debatir que no obedecer… de ser y sentirse enfermera para ofrecer lo mejor a la comunidad, las familias y las personas desde cualquier ámbito o puesto en el que nos incorporemos. Pero también para el compromiso que no la conformidad, la implicación que no la indiferencia, la motivación que no desánimo, el crecimiento que no la parálisis, el pensamiento crítico que no el pensamiento único, la discrepancia que no alienación, del liderazgo que no de la tiranía… para convivir, trabajar, construir… entre nosotras con el fin de ofrecer lo mejor para la disciplina/profesión y alejándonos de personalismos, protagonismos y enfrentamientos tan estériles como tóxicos para todos.

Tanto que hablamos de generar espacios saludables, resulta difícil de entender que puedan lograrse si nuestra propia relación, nuestro propio espacio, nuestra propia convivencia, nuestra propia imagen no tan solo no lo son, sino que puede, incluso, llegar a ser altamente tóxico. Si pretendemos generar salud las primeras que debemos comportarnos como verdaderos activos de salud debemos ser las enfermeras.

Los escenarios en los que nos movemos seguirán siendo inciertos y peligrosos, como la selva, pero en la medida que seamos capaces de madurar y ser identificadas como una “especie” fuerte, que no agresiva ni peligrosa, y con identidad, seremos respetadas. Para ello, sin embargo, lo primero que debemos lograr es respetarnos a nosotras mismas. Es decir, madurez y respeto van indefectiblemente unidos.

De nosotras depende que sigamos siendo una “especie” débil e insegura en la selva de la mediocridad en la que, lamentablemente, convivimos en la actualidad.

ESTRÉS POSTVACACIONAL Y GESTIÓN ENFERMERA

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Hablaba antes de vacaciones del imperativo estival de parar toda actividad en el mes de agosto.

Asumida dicha imposición y disfrutado, en la medida de las posibilidades, del descanso que dicho parón puede y debiera proporcionar y una vez concluido nos vamos a encontrar con una nueva “imposición” informativa que al igual que las olas de calor nos repetirán de manera tan machacona mañana, tarde y noche en los informativos de radio, televisión e internet amén de los cada vez más escasos medios en papel que aún circulan. Se trata de la “depresión postvacacional o estrés postvacacional”. Lo más triste y lamentable no es ya la pertinaz campaña que hace que finalmente te plantees si realmente eso que llaman “depresión postvacacional o estrés postvacacional” o “síndrome postvacacional” para rizar el rizo y ayudar a lograr lo que se quiere, es una realidad, te puede afectar y en qué medida lo puede llegar a hacer, si no el hecho de que se instaure como algo irremediable que hay que pasar. Como si nunca antes la gente hubiese tenido que reincorporarse tras las vacaciones a sus trabajos o a sus rutinas diarias.

Pero para que las dudas de esa repentina y maliciosa depresión se instale finalmente en todas/os nos aderezarán los argumentos con la presencia de psicólogos (ahora está de moda sacar psicólogos para todo) que, claro está, desplegarán un sinfín de argumentarios, que no de evidencias o pruebas, entre las que nos castigarán con una retahíla de recomendaciones como si fuésemos niños de 3 años que deben entrar en la guardería de manera progresiva para adaptarse al medio escolar. Cuando nos descuidemos será medicalizado y la industria farmacéutica se encargará de comercializar su remedio y los de siempre en prescribirlo. Y ya tenemos el círculo cerrado gracias a los actores de siempre o casi siempre con la inestimable ayuda de los medios de comunicación.

Todo este cúmulo de alarmas, al igual que las que nos deleitan con las olas de calor, dudo mucho que respondan a un verdadero interés por lograr un mayor bienestar de la población, sino a la cada vez mayor frecuencia por intentar rellenar unos noticiarios que se han convertido en misceláneas informativas en las que se ponen a igual altura el cambio climático, un asesinato masivo, las negociaciones por formar gobierno, el bodorrio de algún famosillo o el fichaje escandaloso de algún jugador, como si de un magazine se tratase. De tal manera que uno no sabe si es más importante el gol marcado por un equipo, las declaraciones de algún mandatario internacional o el peligroso retorno al trabajo.

Nada de esto pasaría de ser una anécdota sino fuese por la gravedad del contexto en que se produce. Porque hablar de estrés o depresión postvacacional cuando existen muchas enfermeras (me voy a ceñir al ámbito enfermero aunque es trasladable a cualquier otro), que son contratadas por horas o días, que finalizan sus contratos en viernes para iniciar otro nuevo en lunes, que cobran sueldos indignos en muchas instituciones privadas, que sufren turnos que difícilmente permiten conciliar la vida personal y familiar, que tienen que trabajar cada día en una unidad o servicio, que no le son reconocidos sus méritos (especialidades, experiencia…), que tienen que enfrentarse ante situaciones estresantes para las que no están preparadas, que lo que realmente se valora no es lo bien que desempeñan sus competencias o la calidad de sus cuidados sino que pueda cubrir un hueco para salvar al directivo de turno de las críticas por su nefasta gestión… Y estas enfermeras no pueden permitirse el lujo de tener estrés o depresión postvacacional, entre otras muchas cosas, porque no tienen vacaciones, en todo caso tienen paro. Pero claro esto no es noticia, esto no vende ni genera cuotas de audiencia, esto forma parte del panorama laboral en nuestro país y lo triste y peligroso es que estamos interiorizándolo como algo normal, habitual y cotidiano que ya no provoca sorpresa y mucho menos rechazo social. Forma parte de esa hambrienta y devoradora globalización que nos uniformiza para lo malo y nos excluye de lo bueno, generando cada vez mayores brechas sociales. Estamos pues, ante un verdadero problema de salud que como tantos otros no son identificados, ni atendidos ni valorados.

Mientras esto sucede, sin embargo, y ahora que están conformándose tantos nuevos gobiernos autonómicos, el nacional ni se sabe ni se le espera ya, se siguen nombrando muchos directivos cuyo máximo mérito es tener un carnet, ser afín a unas siglas, amigo/familiar de algún político, ser políticamente correcto, es decir, tener unas tragaderas como la ballena que engulló a Jonás, o simplemente actuar como florero decorativo o jarrón chino como dijese un ilustre expresidente de gobierno.

Sin duda, existen directivos que son coherentes y están magníficamente preparados, pero no suele ser, lamentablemente, el criterio principal para que sean nombrados.

En el caso de las enfermeras no existen diferencias muy significativas salvo que son sistemáticamente excluidas a la hora de ocupar puestos de responsabilidad con capacidad real en la toma de decisiones en los organigramas de las organizaciones y/o instituciones públicas, por el mero hecho de ser enfermeras. No se valora si es capaz, eficaz, eficiente… sino simplemente se descarta cualquier posibilidad de que ocupe estos puestos por el mero hecho de ser enfermera, excluyéndole de optar como cualquier otro profesional (biólogo, farmacéuticos, médico, economista…) con idéntica titulación de Grado (en ocasiones con másteres y doctorado) por capacidad y mérito a dichos puestos. Todo ello con la argucia dialéctico legal del nivel A1 o A2, que se mantiene por falta de voluntad política y de presiones corporativistas sin ningún tipo de justificación real.

Así pues, tan solo quedan las Direcciones Enfermeras, que incluso son cuestionadas muchas veces, en las que no existe una verdadera capacidad de toma de decisiones y que están supeditadas a lo que se marque políticamente o por el superior de turno del que depende.

Confundir la razonable sintonía a la hora de constituir equipos con la pleitesía y seguidismo es no tan solo un error sino un fraude hacia las instituciones y la ciudadanía que las sostiene con sus impuestos. Nadie vota a nadie para que convierta las instituciones en cortijos ni en espacios de poder particular, sino para que se gestionen adecuadamente los recursos y se elijan a las/os mejores profesionales a la hora de llevar a cabo dicha gestión.

Lo contrario es caer en el amiguismo y clientelismo sea del color político que sea. Perpetuar estas dinámicas es tanto como contribuir a que nada avance y a que tan solo se haga aquello que responda a los intereses particulares o partidistas de algunas/os.

Pero con estos mimbres son con los que lamentablemente se construyen las cestas sanitarias que no resisten de ninguna de las maneras los contenidos que en ellas hay que situar haciendo que se dañen irremediablemente los contenidos que en el caso que nos ocupa son enfermeras, cuidados, personas, familias, comunidad…

Cuando la mayor preocupación de una dirección enfermera es que cuadre la planilla, se dé respuesta a las exigencias de otros colectivos, se mantenga el orden dentro de unas mínimas condiciones que eviten noticias no deseadas… la respuesta que se obtiene es un estrés laboral, un hartazgo profesional, una desmotivación progresiva, una pérdida de ilusión sistemática, una ausencia de implicación cada vez mayor, una falta de identidad corporativa y profesional, una falta de referencia de liderazgo… que nada tienen que ver con las vacaciones, sino con la mediocridad de muchas actuaciones de quienes, en teoría, debieran trabajar por mejorar las condiciones para lograr unas/os profesionales altamente satisfechas/os, implicadas/os, motivadas/os e ilusionadas/os con los cuidados que prestan.

Ocupar un puesto de responsabilidad enfermera supone velar para que la prestación de cuidados sea de la máxima calidad (incluyendo la humanización que no debiera nunca deslindarse de dicha calidad), pero también velar para que la eficacia y eficiencia de las enfermeras que los prestan venga determinada por una adecuada gestión de sus condiciones de trabajo. Para ello debería pasarse de considerar a las enfermeras como recursos humanos a hacerlo como personas y profesionales (no pueden separarse ambos conceptos) que trabajan, sienten, sufren, se ilusionan, crecen… a través de interesarse por ellas y generar estímulos positivos, cercanía, que no amistad, respeto y liderazgo.

Lo que pasa es que cumplir esos requisitos supone, en muchas ocasiones, ir contra corriente, argumentar, justificar y defender determinados posicionamientos, renunciar al halago propio para trasladarlo al equipo, agradecer lo logrado, pedir perdón por lo errado, planificar, analizar y evaluar para poder mejorar y saber transmitir lo que se quiere conseguir sin que parezca una imposición… y todo ello sin caer en el falso corporativismo ni en el paternalismo, sino siendo coherente con lo que se quiere, se puede y se debe hacer como enfermera y, en este caso, como directivo enfermero.

Es evidente que no depende de estas direcciones exclusivamente el que se den las condiciones laborales que provocan el estrés laboral, pero no es menos evidente que, en muchas ocasiones, con sus acciones u omisiones contribuyen a que se generen, mantengan o incluso perpetúen.

Dejemos pues de hablar de depresión postvacacional y situémonos en tratar de gestionar, liderar y lograr unos cuidados de excelencia tanto para las personas, familias y comunidad como para quienes tienen que prestarlos, es decir, las enfermeras. Generemos entornos laborales saludables a través de acciones compartidas y participativas. Huyamos de la complacencia y el dejar hacer para situarnos en la implicación real y comprometida.

Mi máximo reconocimiento a muchas enfermeras gestoras que diariamente se esfuerzan, trabajan e implican para que todo lo dicho pueda ser realidad. Pero también mi máximo rechazo para quienes ni saben, ni pueden, ni quieren gestionar cuidados y enfermeras y tan solo obedecen a estímulos de un poder efímero y ficticio que mantienen calentando el sillón de la mediocridad.

Preparémonos para la nueva ola. ¡Ahora no será de calor, sino de estrés postvacacional… con la que está cayendo y la que tiene que caer y tener que aguantar tanta memez!!!!

Seguro que esto lo podríamos arreglar las enfermeras si quisiéramos y nos dejasen, pero para ello hay que meter las manos en la masa. No es cuestión de suerte, que es la guardiana de los necios, ni de la fortuna que es la madre de los pesares.

“HACE UN DÍA PRECIOSO. VERÁS COMO VIENE ALGUNO Y LO JODE”

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Me había propuesto no escribir ninguna entrada más por descanso estival.

Pero como dice la frase que decora azulejos o carteles colgados en bares, cafeterías y comercios varios “Hace un día precioso. Verás como viene alguno y lo jode”. Y dicho y hecho.

Recién empezadas mis vacaciones, en este tórrido mes de agosto, en el que alguien decidió que debíamos descansar la mayoría de los españoles, con claras intenciones de desconectar y aislarme del mundo para dedicarme a leer algo que escapase a mis habituales lecturas profesionales, a ocuparme de quien merece mi atención, a relajarme y no ocupar mi mente con nada más que pensar dónde ir a refrescarme o a disfrutar haciendo cualquier cosa que no requiera planificación previa (que es lo que hacen de manera permanente los políticos a quienes elegimos para que hagan justamente lo contrario)… justo en ese intervalo de adaptación y desintoxicación estaba, cuando muy a mi pesar llega a mis oídos y ojos una lectura y su correspondiente relato, que no tan solo no tenía intención de leer ni escuchar sino que pensaba que se trataba de una broma de muy mal gusto.

Resulta que la inefable y oportuna Organización Médica Colegial (OMC), muy dada a emitir comunicados, realizar documentos, publicar posicionamientos, presentar denuncias, construir noticias… contra las enfermeras, lanza un documento titulado “La Atención Primaria de Salud (AP) en España en 2025”.

Para empezar, resulta cuanto menos curioso que en el título ya incorporen una clara muestra de lo que pretenden. Es decir, la Atención Primaria de Salud la conviertes en AP eliminando la Salud del acrónimo que van a utilizar en todo el texto. Posiblemente sea por eso que muchas Facultades de Medicina no quieren formar parte de las Facultades de Ciencias de la Salud. Ya digo muy significativo. Para rematar nos dicen en el título que lo que presentan es la AP en 2025. No en la actualidad, no, en 2025, como si fuesen poseedores de una bola de cristal mágica que el resto de los mortales, no médicos, no tuviésemos y pudiesen aventurarnos lo que va a suceder en los próximos 6 años, como si de un capítulo nuevo de la afamada serie de TVE “la máquina del tiempo” se tratase. No se refieren a un deseo, un planteamiento o una proyección, no, nos hablan en su título de una constatación.

Uno pues, se adentra en las páginas de tan enigmático y visionario documento y lo primero que se encuentra es la relación de autores de los temas que posteriormente se van sucediendo. Todos ellos, al menos sobre el papel, doctores. Nada que objetar a lo que entiendo es una realidad y no tan solo la utilización interesada que en este país se hace del más alto grado académico por parte de la clase médica por la torticera traducción del inglés en donde el grado de doctor se identifica con las siglas PhD. Dejemos sin embargo las dudas y centrémonos en lo que es una clara realidad.

Como digo en la relación de autores y temas figuran todas (38%) y todos (62%) de las/os autoras/es del documento, salvo la única autora que no figurando como Doctora es además quien escribe el exiguo capítulo sobre “Competencias de Enfermería en AP”. No entraré en valoraciones académicas ni tan siquiera científicas sobre lo que en el citado capítulo realiza Dña. Julia Nicolás Poza, vocal de Médicos Rurales del Colegio de Médicos de Bizkaia. Pero sí que al menos haré una reflexión sobre la desfachatez que supone el que se atrevan no ya a escribir sobre lo que nos compete a las enfermeras, que no a la enfermería como ellos dicen, sino que además lo hagan de manera tan sesgada, interesada, inoportuna y con ese paternalismo que les caracteriza. Pero que además quien lo haga sea mujer es todavía mucho más significativo y doloroso al hacerlo en relación a una profesión femenina y cuyas profesionales son mayoritariamente mujeres. Patético.

Incorporar un capítulo sobre los aspectos sociales de la feminización de la profesión no es suficiente para ocultar la masculinización de la profesión médica. Es decir, no se trata del número de mujeres que integren la profesión médica, ya muy cercana al 50%, sino del comportamiento que dichas mujeres tienen como médicos (como ellas mismas se denominan) al mimetizar el comportamiento masculino de la profesión. Para muestra un botón. Este documento que aboga por esta feminización lo hace con una proporción de autores masculinos del 62% frente al 38% de mujeres. Un buen intento de feminización, sí señor.

No voy a entrar tampoco en valoraciones profundas en cuanto a los planteamientos que, al menos inicialmente, parecen fundamentados con evidencias científicas, aunque todos sabemos que la pseudobibliografía es un recurso muy utilizado para enmascarar determinados argumentos interesados, tendenciosos, sensacionalistas, corporativistas, falaces y demagógicos a los que tan acostumbrados nos tienen desde la OMC, más todavía si de lo que se trata es de atacar a las enfermeras.

Tiempo habrá para un análisis en profundidad que desenmascare determinadas afirmaciones que no tan solo no son ciertas, sino que son un claro ejemplo de manipulación y engaño que, además, estoy convencido que no comparten muchas/os médicas/os que trabajan diariamente en Atención Primaria de Salud y que se sentirán avergonzadas/os e indignadas/os por lo que se dice en su nombre y a través del, en principio, su máximo órgano de representación profesional. Aunque para tratar de convencer a todas/os convierten a las/os médicas/os de familia y comunitaria en una especie de superhéroes capaces de trabajar en cualquier ámbito profesional. Faltará saber qué opinan sobre esto cirujanos, médicos de medicina del trabajo, cuidados paliativos, geriatras… a los que cuando se descuiden les quitan sus plazas.

No sé si con este catálogo de puestos de trabajo que según la OMC pueden ocupar las Médicas/os de Familia (lo de comunitaria lo obvian sistemáticamente) tratan de reflotar una especialidad como la de Medicina familiar y comunitaria que no olvidemos es la especialidad médica que menos aceptación tiene entre los que aprueban el examen MIR al ser las últimas plazas en cubrirse de toda la oferta de especialidades. Si lo que pasa es que no les gusta trabajar como médicos de Familia a lo mejor lo que deberían hacer es replantearse su especialidad y no tratar de que el modelo arregle sus frustraciones profesionales.

Que ahora quieran aparecer como adalides de la pureza profesional detestando la homeopatía cuando hasta hace muy pocas fechas, no tan solo formaba parte de algunas vocalías de colegios profesionales pertenecientes a dicha OMC, sino que algunos de sus colegiados eran eminentes defensores y partícipes de la citada industria. Paradojas de la vida o hipocresía del mensaje.

Pero el colmo es cuando a las enfermeras nos sitúan en el mismo nivel de riesgo, peligro y toxicidad que a la propia homeopatía. Posiblemente en un intento desesperado para que el Ministerio de Sanidad también emprenda idénticas medidas de control e incluso prohibición que ha realizado con el citado método curativo. Además, nos tildan de intrusas, de ser la causa del aumento de costes, de ser un peligro para la salud de la población y si nos descuidados del fracaso para formar gobierno… entre otras lindezas. En fin, considero que ellas/os mismas/os se retratan.

Pero todo esto no es más que volver a rememorar la cruzada del que se vino en denominar nuevo modelo de AP allá por los años 80 cuando desde la misma OMC lanzaron una ofensiva sin precedentes contra las enfermeras y en concreto contra las consultas enfermeras como medida distractora de las luchas internas que en aquellos años tenían entre ellos a propósito de la especialidad de medicina familiar y comunitaria. Por lo que se ve no han resuelto sus problemas iniciáticos y siguen añorando la batalla contra las enfermeras, que recuerdo, suelen perder sistemáticamente en los juzgados y cada vez más en la calle. No sé realmente que puede ser más doloroso y humillante.

Por último me llama poderosamente la atención que hayan sacado este documento tras la aprobación y publicación del marco estratégico de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria por parte del Ministerio de Sanidad, Consumo y Políticas Sociales en el BOE , como resultado de los grupos de trabajo en los que, curiosamente, también participaron. Y es que resulta que en esos grupos de trabajo tuvieron oportunidad de trasladar algunas de las propuestas que ahora nos presentan como si de recetas mágicas y médicas, claro está, se tratasen para curar a la AP. Pero se limitaron a hacer de esos grupos de trabajo una plataforma de reivindicaciones corporativas y corporativistas del tipo de “¿y de lo mío qué?” que no ayudaba precisamente a construir sino a generar confusión cuando no confrontación. Y ahora vienen como si de salvadores del mundo fuesen a decirnos a todas/os lo que debe ser la AP según su particular mirada futurista en 2025. Pero en ese intento no se dan cuenta que vuelven a caer en el mismo error que ha conducido a la AP a estar donde está. Es decir, convertida en un modelo medicalizado, asistencialista, hospitalcentrista, tecnológico, biologicista, egocéntrico, fragmentado, paternalista en el que está claro que no han sido los únicos causantes, pero si uno de los principales al querer eigirse, como casi siempre, en protagonistas únicos de cualquier escenario que acaban por colonizar.

No se trata de adaptar un ámbito de atención a las pretensiones de un colectivo para que sirva a sus necesidades profesionales y corporativas. Se trata justamente de todo lo contrario, es decir, de que las/os médicas/os se adapten con el resto de profesionales que intervienen en los equipos para, entre todas/os, dar la mejor respuesta posible a las necesidades y demandas de la población a la que atienden.

En fin, que no les perdono que hayan roto mi descanso y mi silencio. Pero aún les perdono menos que se arroguen en exclusiva un ámbito como el de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria en el que tantos médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, administrativos…hemos trabajado y seguimos trabajando, para que realmente se convierta en el modelo de atención integral, integrado, integrador, intersectorial, accesible, universal, equitativo, participativo y transdisciplinar que la sociedad necesita y reclama y no el escenario propicio para seguir imponiendo un modelo exclusivo, excluyente, paternalista, personalista, corporativista y egocéntrico que plantean con estratagemas salvadoras que ya muy pocos nos creemos y que lejos de generar admiración y respeto lo que hacen es provocar rechazo y escepticismo.

Estaría bien que como máximos representantes de las/os médicas/os de España tuviesen una mirada menos sesgada y subjetiva y se situasen en el papel que de ellos se espera, es decir, el de reguladores de una profesión que lejos de defender la ponen como diana de todos los reproches. Flaco favor hacen a las/os médicas/os. Pero con importarme esto, es algo que las propias/os médicas/os deben resolver a la hora de elegir a las/os representantes que les ponen en tela de juicio desde una hipotética y numantina defensa, como si de cruzadas se tratase, sin argumentos reales y, lo que es peor, con argumentos manipulados y manipuladores. Lo que verdaderamente me importa y preocupa es que la OMC siga actuando desde la inquina, la rabia, la envidia, la sospecha, la conspiración, la mentira, la manipulación, la falacia… para maquillar su inoperancia y presentando una realidad que está trasnochada y es injusta en gran medida con quienes, precisamente, dicen defender. Mala cosa es que identifiquen a las enfermeras como el motivo de todos sus males, cuando fíjense somos precisamente todo lo contrario el mejor remedio para ellos. Se trata exclusivamente de hacer un análisis riguroso y una profunda reflexión que les conduzca al pensamiento crítico que les aparte de lo que Markus Gabrile (2019) dice: “Ahora asistimos a un nuevo tipo de propaganda que trata de decirnos que no sabemos lo que sabemos. Son intentos de manipular a la gente para que crean que no saben lo que saben”

No estaría de más que se diesen una vuelta por muchos sistemas de salud avanzados e incluso próximos en los que hace tiempo que el modelo que plantean quedó desterrado y las/os médicas/os se adaptaron a los cambios sociales y organizativos que se requieren mediante respuestas distintas a las que proponen y dadas en su mayoría por profesionales diferentes que, curiosamente, son a las que ustedes convierten en el blanco de todas sus irracionales iras.

No sé si todo esto será un golpe de calor o simplemente es lo que habitualmente tienen, un ataque de narcisismo profesional que les impide ver que no son tan perfectos como se creen. En cualquier caso, háganselo mirar por su salud y la de todas/os las/os ciudadanas/os.

El cambio de la Atención Primaria de Salud y Comunitaria pasa por el descubrimiento de la verdad compartida y no con la imposición de una verdad oficial como la que tratan de imponer desde la OMC, porque esta última opción nunca conduce al pensamiento crítico e independiente, como nos recuerda Noam Chomsky (2019).

CERRADO POR VACACIONES Y EL COMPLEJO DE PENÉLOPE

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            No sé en qué momento alguien decidió que este país, en el que estudiamos y tratamos de trabajar y vivir con dignidad, tenía que cerrar el mes de agosto.

            Pero esta incógnita no es mayor ni tan siquiera más importante que cualquier otra de las que se me plantean, con muy pocas opciones de obtener alguna respuesta mínimamente coherente, razonable y/o entendible.

            No voy a esgrimir un listado de interrogantes como parte de mi última entrada en este blog antes de las vacaciones de verano que alguien, como decía, decidió que tenía que disfrutar si o si en este tedioso, caluroso, escandaloso, pegajoso y todos los “osos” imaginables, mes de agosto. Es decir por imperativo estival que no legal.

            Pero sí que me voy a permitir la libertad de hablar sobre algunos aspectos relacionados con el periodo estival y las enfermeras que considero merecen cuanto menos una cierta reflexión y un mínimo análisis. Otra cosa bien diferente será si conducen a alguna parte o si, como suele suceder, se quedan en el limbo de los dioses esperando a que Ulises, cual marido salvador de nuestros males, llegue con la solución a los mismos mientras las enfermeras, presas del complejo de Penélope, nos dedicamos a tejer y destejer nuestras dudas esperando su llegada en un peligroso trance de crear un mundo interior mitológico, fantasioso, un círculo vicioso o sistema delirante en el que las enfermeras nos refugiamos a lo Penélope en una perpetua espera, sin tomar resolución alguna como estrategia de procrastinación, reprimiendo así la necesidad o deseo de ser infiel a nuestra condición enfermera y al dios que se espera solucione nuestros problemas.

            Pero volviendo al verano, en él confluyen dos hechos muy significativos y de gran trascendencia para las enfermeras, siempre desde mi punto de vista. Por una parte en la Universidad las/os estudiantes de enfermería de 4º curso tratan de superar el que identifican como último escollo, obstáculo, dificultad, trámite… de sus estudios, es decir, el Trabajo Fin de Grado (TFG), en lugar de hacerlo como la mejor oportunidad para aproximarse a la investigación, el pensamiento crítico, el conocimiento enfermero y el debate científico. Una lástima que esto se haya convertido simplemente en eso, un trámite, que hay que superar para obtener el ansiado título.

Pasa como el que sabe que tiene que superar el examen práctico para lograr el carnet de conducir que le de licencia a eso, a conducir, lo que en ningún caso significa que lo haga con la competencia y pericia que precisa para ello. Sin embargo le habilita a manejar un arma mortal, como es un coche o una moto, y quienes deciden habilitarlo consideran que con poner la L es suficiente para determinar una mínima seguridad de supervivencia tanto para quien conduce como para quien le acompañe o se cruce con él/ella mientras lo hace.

Con las futuras enfermeras pasa algo similar, superado el TFG se les habilita para ejercer la enfermería y se considera que con que se colegien es suficiente garantía, junto al título que acaban de obtener, para poder trabajar en cualquier centro, servicio, unidad, contexto… que se presente o se encuentre con la ineludible necesidad de cubrir unas vacaciones de las enfermeras que tienen la suerte o, cuanto menos la oportunidad, de disfrutarlas.

Nos encontramos pues ante dos interrogantes a las que hasta la fecha, al menos a mí, nadie ha sabido responderme.

¿Por qué el TFG se ha convertido en un puro trámite? Primera interrogante.

¿Por qué a una enfermera recién titulada se le considera apta para trabajar en cualquier lugar por el mero hecho de tener el título en regla y el alta de colegiada? Teniendo en cuenta que en este caso ni tan siquiera se les identifica con la L como a las/os conductoras/es.

La primera interrogante me genera nuevas e irresolubles interrogantes que impiden, posiblemente, que se dé una respuesta satisfactoria para todas las partes. Porque no acabo de entender el porqué de una oportunidad tan importante, perdida en el torbellino académico-administrativo en el que lamentablemente se ha convertido la universidad española en términos generales y a pesar de los loables esfuerzos de muchas/os docentes por salvarse de la atracción de esa fuerza centrífuga generada por el citado torbellino. No se ha sabido, o lo que es peor, no se ha querido dotar al TFG de la importancia y valor que el mismo debería tener. Pero no tan solo en cuanto al valor numérico de la evaluación que tanto se ha sublimado, sino en cuanto al valor real, como herramienta de enseñanza-aprendizaje y de aproximación a la búsqueda de conocimiento y de evidencia científica, que el mismo debía poder proporcionar en las/os estudiantes desde una perspectiva de ilusión, motivación e incluso entusiasmo ofrecido y aportado por las/los docentes en lugar del rechazo, temor e indiferencia que el mismo genera y que desemboca, en la mayoría de las ocasiones, en una reacción en contra de la investigación, provocando que muchas enfermeras no quieran saber ya nunca más nada sobre investigación tras obtener su título. Ahora, eso sí, en paralelo muchas/os de esas/os docentes estarán intentando publicar sus artículos científicos en las revistas de impacto que negocian con el conocimiento. Realmente una interrogante que en sí misma encierra una tremenda paradoja.

La segunda interrogante es aún más difícil, si cabe, de responder y genera nuevas y complejas interrogantes, por la incoherencia que no por la imposibilidad de sus posibles respuestas. ¿Qué impide evitar contratar a enfermeras que acaban de obtener su título para que trabajen en determinados servicios, unidades o condiciones? ¿Es razón suficiente ocupar las vacantes producidas por vacaciones? ¿Alguien valora alguna vez los riesgos que estas decisiones tienen para las nuevas enfermeras, las personas a las que deben atender o las propias organizaciones?

A pesar de parecer simples las respuestas que deberían obtenerse, nada es como parece. Para empezar, lo único que se me ocurre que impide la citada contratación es la presión sobre las direcciones enfermeras para que se cubran las vacantes producidas por vacaciones sin importar quien las realice y donde las lleve a cabo. La falta de planificación y la concentración de las vacaciones en prácticamente tres meses lleva a que se generen graves problemas que se “parchean” con las enfermeras recién tituladas. Por último, pero para mí lo más importante, es el riesgo al que se somete, en primer lugar, a las enfermeras que se contrata sin experiencia alguna para ocupar plazas de gran complejidad y responsabilidad en condiciones, además, de reducción de plantillas al no cubrirse todas las vacantes generadas en dicho periodo estival. Eso sin contar con que en ocasiones ni tan siquiera cuentan con la compañía de una enfermera experta, lo que supone un problema añadido y deja, muchas veces, al capricho del destino lo que pueda suceder, con lo que ello puede significar para el futuro profesional de esas enfermeras en caso de un incidente imprevisto con consecuencias impredecibles. Consecuencias que pueden ser muy graves, sino fatales, para las personas atendidas. Por último la repercusión que para la propia organización sanitaria puede tener.

Fiar, por lo tanto, la salud, no solo física, de estas enfermeras, personas atendidas y organizaciones, al destino es, no tan solo una temeridad sino una clara irresponsabilidad que se perpetua en el tiempo y mantiene en una peligrosa posición de indefensión a muchas enfermeras a las que un seguro de responsabilidad civil no les va a poder restablecer moral, psicológica o mentalmente ante una adversidad producto de su inexperiencia y de la que, además, se inhibirán cuantos hayan participado en su contratación, como ya se ha podido comprobar en algunas lamentables situaciones. Pero al menos con eso se lavan las conciencias de algunas/os decisoras/es.

Pero la cuestión no acaba ahí. Situar al mismo nivel de responsabilidad, representatividad, referencia, importancia e incluso retribución a una enfermera recién graduada que a una enfermera con 10, 20 30 o más años de experiencia y formación es de una incoherencia supina. Desde luego contradice claramente los planteamientos de Patricia Benner[1] [2].

Para acabar de aderezar tan lamentable panorama se incorpora un nuevo escenario de colocación inmediata aprovechando las circunstancias. Las Residencias de personas mayores y/o con discapacidad y ciertas empresas de la salud privadas (parece que no tiene mucho sentido que se utilice la denominación de salud, que es un derecho universal, por parte de empresas con ánimo de lucro, como si de un producto se tratase) se convierten en refugio laboral deplorable, precario y peligroso para muchas enfermeras que son contratadas en condiciones abusivas e intolerables ante la pasividad y permisividad con la que se mantienen tanto administraciones públicas como organizaciones profesionales y sindicales.

Si a todo lo dicho añadimos que se sigue manteniendo el sempiterno, inexacto, irracional, engañoso y malicioso halago de que las enfermeras tenemos una gran adaptabilidad, es decir que igual servimos para un roto que para un descosido, nada cambiará y seguiremos tapando miserias, mediocridades, ineficacias, irresponsabilidades… del sistema y de quienes lo gestionan y, lo que es peor, asumiendo las enfermeras exclusivamente las consecuencias de contrariedad, inseguridad, ansiedad, riesgo… que las mismas generan. Amén de seguir manteniendo figuras tan arcaicas, irracionales, absurdas y lamentables como las de enfermeras de correturnos, de apoyo o como se les quiera disfrazar eufemísticamente.

Mientras tanto el sistema universitario español sigue graduando enfermeras con un mensaje casi exclusivo de trabajo en hospitales y centros de salud, convirtiéndose en una parte más de esa gran cadena de montaje en la que parece haberse convertido la formación y colocación de enfermeras en nuestro país.

Pero mientras siga existiendo verano que permita absorber a las enfermeras que año tras año se gradúan, seguiremos manteniendo estos mismos planteamientos, porque al fin y al cabo lo importante es disfrutar de las vacaciones.

Y es que el verano no trae solamente olas de calor. ¿O me habrá dado a mí una insolación?

¿Sea lo que sea, alguien se planteará alguna vez la necesidad de planificar en este país?

Agosto y cierra España!!!!

Y para no desentonar esta será la última entrada hasta septiembre. Es lo que tiene…

[1] Benner P. Benner’s stages of clinical competence. En: From Novice to Expert. 1982.

[2]  Benner P. From Novice to Expert. Am J Nurs. 2006.

DESEAR LO AJENO Y VALORAR LO PROPIO. VENENO O MIEL.

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Tómese estas pastillas para el dolor de cabeza.

Tenga unas cápsulas para la depresión.

Dele este jarabe para la tos.

Que le pongan estas inyecciones para la lumbalgia.

Frótese con esta pomada en la zona del dolor.

Estas son “órdenes” habituales y cotidianas en cualquier centro de salud cuando un médico prescribe un medicamento. Está naturalizado y nadie lo cuestiona.

            Las enfermeras en el mismo ámbito, sin embargo, no prescriben medicamentos pero sí que los administran. Muchos de ellos, además sin que exista una prescripción médica previa. Lo hacen desde el conocimiento, la experiencia e incluso la competencia profesional, pero lo hacen de manera alegal. Es decir, está consentido, aceptado, asumido, pero no tiene el respaldo de una norma legal que ampare, proteja y respalde tales decisiones.

            Quienes consienten, aceptan y asumen esta práctica son los mismos que cuando se intenta normalizar, regularizar y normativizar, se alzan indignados por el intrusismo que según ellos se está llevando a cabo, a lo que añaden mensajes de alarma por la inseguridad que tal práctica supone para las personas a las que las enfermeras les están indicando medicamentos o productos sanitarios y que, hasta ese momento, no representaba, parece ser, inseguridad alguna.

            Es decir, mientras la práctica se realice sin que su absolutismo profesional, que no su competencia profesional, se vea alterado se puede mantener. Ahora bien, si esa práctica se intenta pasar de la alegalidad a la legalidad, ya existe un conflicto de intereses que elimina cualquier posibilidad de asumir tal práctica por parte de quien se cree en posesión del poder absoluto.

            Las enfermeras atienden a personas con problemas de salud que, en ocasiones, requieren de ciertos productos sanitarios o medicamentos que son manejados, entendidos y resueltos por ellas sin necesidad de que exista intervención médica alguna. Pero la actividad prescriptora es imputada, asignada, reconocida y valorada tan solo hacia quien tiene la capacidad legal de hacerlo, los médicos. Por lo tanto, la resolución más rápida y eficiente de los procesos, la reducción de la demanda médica, la mayor satisfacción de las personas atendidas y sus familias no suponen indicadores de actividad asistencial para las enfermeras sino para quien tiene la competencia legal aunque no la ejerza. Salvando todas las diferencias es como la cesión de terrenos de cultivo que los terratenientes hacían con los campesinos para que estos los trabajasen y los frutos obtenidos en los mismos revertiesen en los terratenientes que decidían que parte de los mismos les concedían a los campesinos, pero siempre teniendo en cuenta que los campos eran de su absoluta y exclusiva propiedad y que, en todo caso, además, les estaban haciendo un favor.

            Imaginémonos, por un momento, esta situación.

            ¿Por favor puede darme un frasco de cuidados para el afrontamiento de la diabetes?

            ¿Puede prescribirme una caja de cuidados para atender la falta de autoestima que tengo como cuidadora familiar?

            ¿Me puede poner una pomada de cuidados para aliviar el duelo?

            ¿A que no es posible? Ni alegal ni legalmente. Y no lo es porque los cuidados enfermeros son complejos, individualizados, personalizados, integrales… y tan solo tienen capacidad y competencia de prescribirlos, administrarlos, seguirlos y evaluarlos las enfermeras. Otros cuidados pueden ser competencia de otros profesionales, pero los cuidados enfermeros lo son en exclusiva de las enfermeras.

            No es posible acudir a ningún vademécum, ni guía clínica, ni protocolo… que nos permita encontrar cuál es la dosis, aplicación, efectos secundarios, incompatibilidades… que tienen o producen los cuidados que, como enfermera, debo prestar a una persona y a su familia para dar respuesta al problema de salud que plantea una persona. Porque ese problema de salud es único para esa persona en cuanto a cómo lo afronta y qué respuestas es capaz de dar ante el mismo. Dependerá de sus propios recursos personales, del contexto en que se produzca, de los recursos familiares, de las dinámicas que en la familia se generen, de los recursos sociales y cómo interactúan con la persona y la familia o de los recursos comunitarios y qué conocimiento y acceso a los mismos tienen. Es decir requiere de un conocimiento individualizado a la vez que integral, integrado e integrador que permita identificar, plantear y consensuar un plan de cuidados adecuado a dicha persona y su entorno familiar y comunitario. Además, claro está, de un seguimiento para su evaluación. Es decir, un plan de cuidados para cada persona atendida. No existe la estandarización de los cuidados, eso es una falacia. Pueden existir aproximaciones, recomendaciones, indicaciones genéricas a partir de las cuales poder trabajar, pero nunca podrán existir cuidados estándar, porque no hay personas estándar.

            Por lo tanto prescribir, indicar o usar medicamentos es complejo y requiere de conocimientos muy precisos para hacerlo con las garantías exigibles para cualquiera que lo haga y esté capacitado para ello. Pero existen vademécums, guías clínicas, protocolos… que permiten identificar para cada diagnóstico, síntoma, síndrome, dolencia, disfunción orgánica… el medicamento que mejor respuesta estudiada, comprobada y contrastada existe, sin que con ello se eliminen los riesgos derivados de su aplicación o administración. Y es por eso que se le da el valor, el reconocimiento y la visibilización que la citada competencia tiene. Y la competencia no está ligada a que se trate de un grado de 4 o 6 años que al final otorga idéntico nivel académico, sino a los conocimientos que en esos años haya adquirido el futuro profesional para alcanzar la competencia. La mayor cantidad de años de estudio obedece a criterios que escapan a esta reflexión pero que en ningún caso justifican la exclusividad a uno u otro profesional.

            Sin embargo, el tener que identificar, diseñar, planificar, consensuar, aplicar, desarrollar, evaluar, cuidados enfermeros para los que no se puede recurrir, por no existir, a herramientas de estandarización, obligando a un ejercicio profesional intenso, riguroso y científico, no es valorado, ni reconocido, ni visibilizado.

            Y no lo es, posiblemente y entre otras razones, a que los cuidados enfermeros, no precisan de intervención de empresas o industrias. No suponen un indicador de costes directos. No cotizan en bolsa. No suponen transacciones económicas. No sirven para generar negocio por su prestación. No se puede mercantilizar con ellos. No favorece la generación o sustento de lobbies. No determinan decisiones políticas. No se pueden poner, en una ampolla, una cápsula o en un tubo, ni presentar en un blíster, una caja o un frasco. Y todo ello a pesar de los indudables beneficios que su aplicación tienen en las personas, las familias y la comunidad.

            Sin duda es lícita la reivindicación de las enfermeras para que se les reconozca y legitime la competencia de indicar medicamentos o productos sanitarios, que no para prescribir que es un término con copyright médico y avalado por la siempre clasista y arcaica academia de la lengua española que la define como Mandar u ordenar [el médico] que un paciente se tome un medicamento o siga un determinado tratamiento, con lo que ello supone de absoluto desconocimiento de la realidad y de lo que significa prescribir en el ámbito de las ciencias de la salud. Y es lícita, porque tienen la competencia y los conocimientos que la sustentan a pesar de la resistencia ejercida desde el poder que como lobby llevan a cabo la clase médica y farmacéutica.

            Pero esa legítima reivindicación en ningún caso debería impedir que las enfermeras valorásemos en su justa medida la importancia, valor y resultados que la prestación de cuidados enfermeros tiene. Porque no hacerlo, no valorarlo, es tanto como menospreciar lo que en verdad nos identifica y nos define como enfermeras, los cuidados.

            Y es curioso, porque la prescripción médica, ciertamente se diferencia de manera clara y meridiana de la que debería recogerse como definición por parte de la academia con relación a la prescripción enfermera, cuya redacción quedaría así: Consensuar con una persona y/o su familia un plan de cuidados, en el que pueden incluirse medicamentos o productos sanitarios, para afrontar problemas de salud en el ámbito individual, familiar y/o comunitario. Es decir, en la prescripción médica se manda u ordena para que el paciente obedezca, mientras que en la prescripción enfermera se consensua y se respeta la decisión adoptada.

            Existen diferencias claras y diferenciadas entre ambos tipos de prescripción sin que tengan que ser incompatibles entre sí, sino al contrario, complementarias y necesarias.

            Insistir en un discurso de exclusividad y exclusión, de enfrentamiento y lucha de poder, de descalificación y minusvaloración, de demagogia y manipulación, no conduce más que a la parálisis y a la sinrazón que, por otra parte, a quienes más perjudica es a las personas, las familias y la comunidad a las que, tanto unos como otros, debemos atender, cuidar y prescribir.

            Sería necesario que las enfermeras nos prescribiésemos unos cuidados que nos permitan valorar nuestra identidad profesional y el valor de nuestra aportación específica y autónoma.

            En definitiva, aunque lo ajeno, más que lo propio, parezca bueno, no nos deslumbremos. Es deseable amar lo nuestro respetando lo ajeno, porque lo primero es miel y lo segundo, puede ser veneno.

Lograr que algo nos sea propio no significa obtener lo ajeno, sino hacer propio lo que se nos presenta como ajeno. Y eso, no es veneno pero posiblemente tampoco miel.

APS HERIDA DE MUERTE

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            La Atención Primaria está herida de muerte.

            Tras más de 30 años de andadura desde que allá por el año 1984 se pusieran en marcha los primeros Centros de Salud en España, organizados por el que vino a denominarse nuevo modelo de Atención Primaria de Salud (APS), surgido de la declaración de Alma Ata de 1978, hoy podemos decir sin ningún miedo a equivocarnos que los ataques a los que de manera sistemática ha sido sometida le han causado lesiones de extrema gravedad que pueden conducir a que finalmente perezca a pesar de los esfuerzos que algunas/os hacen por mantenerla en vida e incluso por rehabilitarla.

            La verdad es que ya desde sus inicios la APS fue identificada por diferentes sectores profesionales como una gran intrusa cuando no como una amenaza para sus intereses particulares.

            Tal como en su momento dijera en Dr. Vuori, la APS tuvo en sus inicios graves problemas de tipo conceptual, político, de actitud, organizativos, administrativos y de formación, que supusieron serias dificultades para su desarrollo. Estos problemas, entre otros factores, venían provocados por la diferente mirada de los profesionales que se integraron en los primeros equipos de APS. Muchos de ellos provenían de los extintos ambulatorios en los que los médicos de cupo y los enfermeros de APD pasaron a ser profesionales de APS sin solución de continuidad, con un gran rechazo por su parte a este denominado nuevo modelo que ni entendían ni compartían. Por otra parte se encontraban los profesionales que, a través de oposiciones convocadas ad hoc, identificaron la APS como un ámbito de desarrollo profesional que ofrecía nuevas ilusiones, retos y objetivos centrados en la salud en lugar de la enfermedad. Y estas diferentes actitudes generaron los primeros choques y, por tanto, las primeras barreras de desarrollo de la APS. Pero no fueron las únicas.

            Ante esta situación inicial los profesionales que creyeron en el nuevo modelo adoptaron ciertos posicionamientos que no siempre fueron asumidos de manera correcta. Por ejemplo, el idealismo con el que se afrontaba el reto de la APS hacia que, en ocasiones, se pasase a ser quijotes idealistas. El pragmatismo necesario para llevar a cabo la reforma se confundía con la estrategia política descrita por Maquiavelo en su obra el Príncipe. Por último, el sentido de la justicia que lleva implícita la APS para lograr la equidad, universalidad y accesibilidad, hacia parecer a los profesionales como una suerte de Robin Hood redestribuidores de riqueza. Modelos que no tan solo no contribuían al avance de la APS sino que, en muchas ocasiones, eran identificados desde fuera de manera despectiva y peyorativa.

            Las enfermeras que se incorporaron en los nuevos centros de salud lo hicieron con una perspectiva de su actuación profesional completamente diferente a la que se tenía hasta entonces en el sistema sanitario español. Las consultas enfermeras, la atención domiciliaria, los programas de salud, la autonomía, la participación comunitaria… fueron identificados y asumidos con ilusión por muchas de estas enfermeras para asumir un nuevo rol, pero chocaron frontalmente con la actitud de la clase médica a través, fundamentalmente, de su principal órgano de representación, la Organización Médica Colegial (OMC), que interpuso recursos contra estas nuevas estructuras y las competencias que en las mismas se debían desarrollar, aunque hay que decir que muchos médicos no compartían esta actitud de enfrentamiento. Y a pesar de que uno tras otro los fueron perdiendo, la confrontación generaba las primeras heridas en la APS, en uno de sus principales principios como era el del trabajo en equipo, que pasó a convertirse prácticamente desde sus inicios en una quimera que difícilmente se logró hacer realidad, bien por falta de formación, de cultura o de voluntad de las partes.

            Sin embargo, no se trataba de un enfrentamiento interdisciplinar exclusivamente. Las batallas entre profesionales de una misma disciplina, sobre todo entre médicos especialistas de Medicina Familiar y Comunitaria y los médicos rurales, de medicina general, de cabecera… provocaban nuevas y profundas heridas que a día de hoy aún permanecen abiertas y que supusieron la división de los médicos en hasta tres sociedades científicas con visiones muy diferentes de la APS, lo que, lógicamente no facilitaba para nada no tan solo la cura de las heridas ya existentes sino que se producía otras nuevas que se sumaban a las ya existentes agravando de manera progresiva el estado de salud de la APS.

Por su parte las enfermeras continuaban identificando una oportunidad de desarrollo en la APS que defendía, ante los ataques que seguían produciéndose por parte del colectivo médico, por una parte, y de la resistencia de algunas enfermeras que no participaban de esta visión de desarrollo, por otra. Como consecuencia de todo lo expuesto y ante la necesidad de aportar consistencia al desarrollo científico de las enfermeras comunitarias, surgió la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria, la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que pronto se constituyó en referente nacional indiscutible.

            Durante este período de adaptación y crecimiento la APS era vista por los profesionales en general como un ámbito menor en el que difícilmente se podía tener un desarrollo profesional y científico, lo que provocaba cierto grado de desprecio y minusvaloración, con relación a la que se vino en denominar como “asistencia especializada” con todo lo que ello conllevaba y que producía nuevas heridas que se sumaban a las ya producidas y nunca debidamente curadas.

            Pero con ser importantes las heridas como consecuencia de los enfrentamientos entre profesionales, no lo son menos las provocadas por la actitud y en ocasiones inacción de la administración sanitaria y sus decisores en la gestión de la APS, con una deficiente dotación de recursos tanto económicos como de profesionales que provocan serias dificultades en su desarrollo y consolidación.

            La indefinición, por una parte, y las contradicciones por otra en cuanto a la APS, fueron empeorando la evolución de las heridas al tiempo que se producían otras nuevas.

            Los principios fundamentales de la APS, que muchos consideraban como filosóficos y poco realistas, fueron desplazados por el modelo medicalizado, biologicista y fragmentado imperante y en el que tan bien se sentían los que continuaban siendo principales, cuando no exclusivos, protagonistas del sistema, los médicos, incluidos los de Medicina Familiar y Comunitaria que cada vez más asumían el paradigma médico asistencialista. En el mismo las enfermeras fueron perdiendo protagonismo, visibilidad y reconocimiento en los centros de salud y generando trabas permanentes para apartarlas de los puestos de decisión tanto a nivel de los centros de salud, como de las direcciones o los organigramas de las consejerías de salud.

            La APS presentaba ya un estado lamentable de salud con profundas heridas por las que se desangraba y perdía la fuerza. Pero aún tenía que llegar una nueva herida provocada por el mortal ataque que de manera conjunta asestaron los decisores de las administraciones sanitarias en connivencia con los sindicatos.

            Todo empezó con la orquestada maniobra de presentar la APS como un paraíso para el trabajo de las enfermeras, en donde según muchos sectores profesionales, sindicales y administrativos, se trabajaba menos y se cobraba más. Lo que unido a las precarias condiciones en que, en muchas ocasiones, tenían que trabajar las enfermeras hospitalarias alimentaba la oferta de traslados a APS ofreciendo una oportunidad ideal para la jubilación como era la de retirarse a la APS. Este fue el inicio del trasvase generalizado, incoherente, irracional, interesado, demoledor… de enfermeras que no tenían ningún interés en su desarrollo profesional ni en la adaptación a un nuevo modelo de atención y cuyo único anhelo consistía en retirarse en ese paraíso que les habían vendido y que tan pronto como conocían descubrían el engaño al que habían sido sometidas.

            Miles de enfermeras que se había comprometido, implicado e ilusionado en construir la APS fueron desplazadas por quienes, mayoritariamente, tan solo querían ocupar sus puestos para descansar y esperar su jubilación. Los enfrentamientos entre las que se incorporaron y las que aún quedaban en los centros de salud, las actitudes de conformismo, mediocridad e inacción de muchas de las que llegaron desde los hospitales, la asunción de competencias ligadas al ámbito hospitalario a través de la realización de técnicas y tareas que desplazaban a las competencias comunitarias como la educación para la salud, la promoción de la salud, la participación comunitaria…fueron provocando un agravamiento progresivo en la salud de la APS.

            La puesta en marcha de la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria (EFyC) abrió un resquicio de esperanza que pronto, casi de inmediato, se cerró para dejar paso a un nuevo conflicto y con ello a una nueva y mortífera herida en la APS. La progresiva convocatoria de plazas de formación de la especialidad no se acompañó en ningún caso de la definición y creación de plazas específicas de especialistas en los centros de salud, lo que unido a la parálisis en el acceso a la especialidad de las enfermeras por la vía extraordinaria recogido en el Real Decreto de especialidades de enfermería de 2005 empezó a provocar desigualdades y enfrentamientos entre enfermeras especialistas y enfermeras comunitarias que sin ser especialistas ejercían de tutoras de las residentes en formación.

En esta espiral destructora se incorpora como nuevo elemento de discrepancia, la denominada prescripción enfermera que actúa como estilete hiriente a utilizar por quienes ya se habían quedado sin armas con las que atacar y lo utilizan con saña aún a sabiendas de que el ataque es gratuito y sin argumento alguno que lo avale, pero que sirve como elemento de distracción hacia sus propias carencias e incomprensibles demandas.

            Ante este panorama de agonía evidente de la APS se plantea una estrategia de reforma de la APS por parte del ministerio de sanidad que concluye, tras meses de debate en los que se hacen patentes las discrepancias entre los diferentes actores, con la Resolución de 26 de abril de 2019 publicada en el BOE en la que se plantean determinadas medidas que podrían suponer la cura de las heridas provocadas durante todos estos años, pero que sobre todo requerirán de cuidados si se quiere recuperar una APS que dé respuesta a las necesidades reales de la comunidad desde la salud y no tan solo desde la enfermedad, desde la atención y no desde la asistencia, desde la participación de la comunidad y no desde la imposición profesional, desde la intersectorialidad y no desde el centro de salud en exclusiva, desde el trabajo en equipo y no desde el individualismo, desde la coordinación y no desde la confrontación, desde el respeto y no desde la arrogancia…

            Pero cuando ni tan siquiera se ha empezado a trabajar por hacer realidad las estrategias que se recogen en el documento, desde el Instituto Catalán de la Salud (ICS) se anuncia la firma del denominado Concurso de movilidad permanente sanitario por el que las enfermeras hospitalarias podrán, en cualquier momento y de manera continuada en el tiempo, pasar a APS. Y esto, sin lugar a dudas, supondrá el estoque final, en primer lugar, a la especialidad de EFyC y en segundo lugar a la regeneración de la APS.

            Los sindicatos han primado sus intereses corporativos, dando respuesta a la mayor masa de afiliadas, como son las enfermeras de los hospitales, antes que valorar las consecuencias que tal planteamiento tendrá para la APS. Por su parte la administración sanitaria, una vez más, ha preferido mantener una mal entendida “paz social” con los sindicatos dando luz verde y asumiendo con pasividad inadmisible tan lamentable como mortífera medida. La connivencia de ambas partes no puede en ningún caso disfrazarse de medida favorecedora para los trabajadores, sino que debe ser identificada como lo que es, un verdadero fracaso en su capacidad de gestión y en el mediocre acuerdo alcanzado mediante una absoluta y absurda indiferencia hacia la calidad de la atención y la mejora de la APS. Desvestir un santo, el ya casi desnudo de la APS, para vestir otro, siempre mejor abrigado y con más lujo como la hospitalaria, es un ataque en toda regla a la supervivencia de la APS. Pronto los Centros de Salud recuperarán su antigua denominación, y lo que es peor su antiguo modelo asistencial, como Ambulatorios.

            Y es que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en casa ajena. La APS no debe ni puede ser un retiro laboral ni un escenario de descanso, porque su complejidad no lo permite y porque las personas, las familias y la comunidad no lo merecen. La APS es activa, dinámica, compleja, participativa, integradora… y requiere de profesionales muy implicados, motivados y preparados para asumir el reto de mantener sanos a los sanos. El hospital, por su parte, merece enfermeras que tengan condiciones de trabajo dignas y respetuosas. Las/os ciudadanas/os merecen unos cuidados de calidad con independencia de donde se presten.

La ruina y la muerte de la APS no deja ver ya la que en sus inicios se vislumbraba como la prosperidad y la vida en un sistema de salud que iniciaba su andadura con una Ley General de Sanidad que como suele suceder con todas las leyes su espíritu permite aventurar grandes cosas que la realidad se encarga de evaporar.

Y todo ello mientras se vocifera sobre Nursing Now. Cuanta hipocresía y cinismo.

Pasen y vean. ¿Quién es el siguiente?

Descanse en Paz la Atención Primaria de Salud.

REDUCCIONISMO vs HOLISMO

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El reduccionismo es el enfoque filosófico según el cual la reducción es necesaria y suficiente para resolver diversos problemas de conocimiento   

Se ha intentado en diversas ocasiones reducir la biología a la química o la física. En este caso, el reduccionista afirma que la biología «no es más que» o «es en última instancia» química o física, con lo que niega que la biología se refiera a propiedades que están más allá del alcance de la química o la física o incluya conceptos, explicaciones o métodos propios, que no pertenecen al ámbito de la química o física.

A lo largo de la historia también se han hecho intentos, cuando no acciones concretas que lo lograron en gran medida, por parte de la medicina afirmando que la enfermería no era más que una rama de la medicina y negando que la enfermería tuviese conocimientos propios como ciencia que fuesen más allá de los que le proporcionaba la medicina.

Con lo dicho, queda claro que el problema del reduccionismo o, mejor dicho, el problema de la reducción, es pertinente respecto de otros problemas, entre ellos los de la estructura de las teorías científicas, las relaciones interdisciplinarias, la naturaleza de la explicación, la unidad del método científico y de la ciencia en general.

Este reduccionismo fue disminuyendo en la medida en que la enfermería creó sus teorías propias, configuró un paradigma alejado del de la medicina y se constituyó progresivamente como ciencia en relación con otras disciplinas tanto de las ciencias de la salud como de otras ciencias.

El difícil desarrollo científico de la enfermería, plagado de ataques y mermado por las barreras permanentes para impedir que avanzase, no impidió el que se fuese haciendo un hueco en la comunidad científica y se situase finalmente al mismo nivel que cualquier otra disciplina.

Sin embargo, este nivel de supuesta y aparente igualdad en el ámbito académico-disciplinar no tuvo la misma progresión en el contexto profesional, en donde, además de las evidentes dificultades derivadas de la miscelánea formativa de las enfermeras, se ha tenido que convivir con una vigilancia y un acoso exhaustivos por parte de una parte de los médicos que siempre han identificado como una amenaza para su prestigio, influencia, imagen, poder… el desarrollo de la enfermería. Esta influencia sobre la enfermería les permitió mantenerla controlada con el beneplácito y connivencia de las autoridades sanitarias que han sido siempre casi exclusivamente médicos.

Cuando las evidencias científicas, el fortalecimiento de los conocimientos propios, el pensamiento crítico, la concepción de pertenencia a una disciplina… fueron configurando competencias profesionales definidas, fuertes y autónomas, las alarmas de la clase médica saltaron y los resortes del reduccionismo se volvieron a activar con el fin de que nadie ni nada les hiciese la más mínima sombra.

Lo que sucede es que, en esa preocupación enfermiza por paralizar, eliminar o menospreciar el crecimiento enfermero al tratarlo como secundario o subsidiario a su propio conocimiento, no se percatan que el reduccionismo también lo aplican a su propio conocimiento al reducir los conceptos de su campo de actuación a los de otro campo con un nivel de complejidad inferior; reduciéndolos a una idea mecanicista, equiparando la complejidad orgánica —que aún permanece en las sombras, lejos de la reflexión— con una máquina. Este posicionamiento reduccionista les sitúa en el paradigma conocido como DRSE (Disyunción o aislamiento, Reducción, Simplificación, Exclusión), traspasando los límites de la coherencia científica para situarse en los de la visceralidad enfermiza.

Mientras tanto la enfermería se ha situado precisamente en el lado contrario al reduccionismo, es decir, en las corrientes del pensamiento holístico que reivindicaban la globalidad y afirmaban que “el todo es mayor que la suma de sus partes”.

Y es precisamente en base a ese posicionamiento y mirada holísticos, en clara discrepancia con el reduccionismo, por lo que emergió la presencia del paradigma DRSE en la medicina a manera de lógicas de pensamiento y como premisas ocultas del conocimiento, lo que estableció una clara línea de demarcación entre el pensamiento complejo y el holístico como ya hiciera E. Morin[1].

Desde la perspectiva holística de la ciencia enfermera la propuesta de teorías, conocimientos y conceptos integradores o inclusivos en las ciencias de la salud, son percibidos por los médicos como desviaciones subjetivas, como intromisiones ilegítimas, como motivos de desconfianza y de alerta ante la posible tergiversación de «los hechos evidentes por sí mismos» (la tradición sintética del conocimiento, excluida por el paradigma DRSE). Desde ese reduccionismo, además, únicamente las ideas descriptivas que se pueden poner a prueba directamente en los montajes de observación (las hipótesis) pueden prosperar e influir en la manera mecanicista de entender el proceso vital y sus interacciones. Sin embargo, el planteamiento integral realizado por las enfermeras se entiende que forma parte de las inquietudes cognitivas de estas solamente por excepción, siendo generalmente desestimadas y excluidas del campo de las ciencias. En el mejor de los casos son consideradas aportaciones filosóficas entendidas como “harina de otro costal”. Como consecuencia este posicionamiento el discurso científico se empobrece y desvirtúa por la escasez del pensamiento explicativo integrador.

Por otra parte, el reduccionismo que imponen de manera sistemática los médicos persigue que tan solo sean valorados sus conocimientos como socialmente prioritarios y que el de otras ciencias, como la enfermería, sean tachadas de especulativas, idealistas, poco prácticas o pasadas de moda y, por lo mismo, prescindibles o en todo caso subsidiarias de la medicina.

Últimamente este acoso reduccionista de los médicos está aumentando al identificar que su campo de actuación está siendo invadido por parte de las enfermeras a través de competencias profesionales que ellos consideran exclusivas y excluyentes, como es el caso de la denominada prescripción enfermera que tanta reacción contraria está generando.

En este sentido en la Comunitat Valenciana, tras la firma de la Resolución de la Consellera de Sanitat Universal i Salut Pública de la Generalitat Valenciana, por la que se regula la acreditación de las enfermeras como prescriptoras, determinados partidos políticos (Ciudadanos) y sectores médicos (Colegio de Médicos de Alicante y Sindicato Médico), han hecho interpelaciones parlamentarias, en el primero de los casos, o emitido comunicados, en el segundo, en los que cuestionan, critican, menosprecian y rechazan las medidas dispuestas en la citada resolución para que se haga efectiva la prescripción enfermera como ya sucede en otras comunidades autónomas.

Sus planteamientos, a los que he respondido[2], son reduccionistas a la vez que manipuladores, demagógicos, malintencionados, descalificadores e incluso alarmistas.

Lo que sucede es que los médicos se han acostumbrado a que los decisores políticos en el ámbito de la sanidad han sido casi exclusivamente médicos, que siempre han decidido en favor de sus planteamientos. Cuando aparece alguno que no es médico, como es el caso de la Consellera, que su preocupación no es tanto dar respuesta a las demandas de los médicos como a las de la población, las decisiones que se toman pueden ser entendidas como contrarias a sus intereses y por tanto ataques a su competencia profesional. Claro ejemplo, nuevamente, de reduccionismo. En este caso de pensamiento.

En el caso que nos ocupa, la prescripción enfermera, no se han percatado que nuestro posicionamiento holístico enfermero lo que persigue es dar una atención integral, integrada e integradora de la atención, alejada de cualquier otro interés como los que ellos esgrimen en un posicionamiento victimista, alejado de la realidad y de la evidencia científica. Su prescripción, la médica, obedece a su reduccionismo por órganos, aparatos y sistemas mecanicista, parcial, tecnológico y biologicista. Nuestra prescripción, la enfermera, obedece a un holismo en el que los problemas de salud identificados precisan de respuestas integrales en las que se incorpora dicha prescripción, alejada de la perspectiva mecánica para situarla en la del proceso vital en el que las emociones, los sentimientos, los valores, la cultura… forman parte inseparable de la prescripción que se realice sea esta farmacológica o no y que, entre otras razones, hace que sea más eficaz y eficiente aunque les cueste reconocerlo.

Tal como dice el filósofo Peter Sloterdijk “La vida actual no invita a pensar”, pero esto no puede ser ni excusa ni base para manipular a una sociedad que sigue identificando casi exclusivamente como protagonistas únicos de la salud a los médicos, como producto del reduccionismo social al que la han sometido, logrando, como decía el desaparecido Zygmunt Bauman, que “La verdad que libera a los hombres suela ser la verdad que los hombres prefieren no escuchar”.

La incorporación de profesionales de diferentes disciplinas, enfermeras, trabajadoras sociales, psicólogos…, en puestos con capacidad de decisión en los organigramas de los servicios de salud se antoja no tan solo oportuna sino imprescindible para acabar con el reduccionismo institucional que mantiene modelos caducos, poco resolutivos e ineficientes, además de hacerlo con un claro reduccionismo de las políticas de personal con una manifiesta y evidente desproporción en la dotación de profesionales de una u otras disciplinas por criterios que obedecen exclusivamente a presiones de los lobbies profesionales y en clara contradicción con las indicaciones, recomendaciones y propuestas de los principales organismos de salud internacionales.

Tratar de defender la legítima competencia médica negando la también legítima competencia enfermera es, en sí mismo, otro claro ejemplo de reduccionismo que debería ser controlado con el fin de lograr una adecuada, eficaz, eficiente, a la vez que necesaria interrelación, entre ambas disciplinas para el bien general de las personas, familias y comunidad a las que médicos y enfermeras atendemos. Ambas son necesarias, pero ninguna de ellas es ni puede ser exclusiva ni excluyente.

 

[1] E. Morin El pensamiento subyacente. El método IV. Las ideas. Cátedra, Madrid (1998), pp. 216-244 View Record in Scopus Google Scholar

[2] http://efyc.jrmartinezriera.com/2019/07/04/la-ignorancia/

http://efyc.jrmartinezriera.com/2019/07/05/carta-abierta-a-la-dra-ma-isabel-moya-garcia-presidenta-del-colegio-de-medicos-de-alicante/

LA IGNORANCIA

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Sra. Yaneth Giraldo:

 

            La ignorancia es muy atrevida. El atrevimiento, por su parte, es temerario y peligroso. Y usted, con su petición parlamentaria ha demostrado una clara ignorancia, un irreflexivo atrevimiento y por tanto resulta usted temeraria y peligrosa.

            Si a la ignorancia sumamos los intereses partidistas de aprovechar cualquier ocasión para tratar de sacar rédito político, el resultado es un despropósito en el que no tan solo evidencia una gran ignorancia en el tema sobre el que interpela sino que, además, lanza sospechas sobre la capacidad, competencia, eficacia y eficiencia de las enfermeras, al establecer una torpe y mezquina relación de costes y resultados con la medida adoptada.

            Si antes de una sobreactuación histriónica intentando emular a su jefe autonómico, Sr. Cantó, y una no menos interpretación oportunista y demagógica, siguiendo los pasos de su jefe nacional, Sr. Rivera, se hubiese usted informado adecuadamente, posiblemente se hubiese enterado de que el 23 de octubre de 2018 se publicó en el BOE el Real Decreto 1302/2018 de 22 de octubre por el que se modificaba el Real Decreto 954/2015, de 23 de octubre, por el que se regulaba la indicación, uso y autorización de dispensación de medicamentos y productos sanitarios de uso humano por parte se las enfermeras, en base al cual se ha publicado la Resolución de la Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana para acreditar a las enfermeras como prescriptoras. Por lo tanto la Consellera, en este caso, ha actuado con eficacia, que es lo que se espera de ella, al dar respuesta a una norma de rango superior que debe aplicarse.

            Pero si además hubiese preguntado a alguna enfermera al respecto, se hubiese enterado de que esta resolución y el Real Decreto en el que se ampara tan solo viene a normalizar una actividad que las enfermeras venimos haciendo desde siempre aunque de manera alegal, y que por intereses de determinados lobbies, de los que ustedes son tan amigos, no se había normativizado para que pudiésemos hacerlo de manera legal como siempre hemos reclamado, fundamentalmente, por seguridad de las personas a las que atendemos en primer lugar y por la nuestra como profesionales en segundo lugar.

            Además, si hubiese tenido interés, se habría enterado de que esta medida que ahora se implanta en la Comunitat Valenciana ya está en vigor en otras Comunidades Autónomas con resultados muy favorables y con una gran satisfacción por parte de las/os ciudadanas/os. Todo lo cual, para mayor información, viene avalado por evidencias científicas a nivel internacional.

            Si en lugar de buscar notoriedad efímera y foto oportunista, se dedicase a interpelar al gobierno sobre temas tan trascendentes como la ineficacia e ineficencia del actual modelo de sanidad medicalizado, de la precariedad de los empleos de las enfermeras en muchas instituciones como residencias de la 3ª edad, de la falta de enfermeras para atender con calidad a la población, de la ausencia de criterios que permitan ordenar la profesión enfermera e incorporar a las especialistas en cuya formación se está invirtiendo mucho dinero público sin que después sean contratadas, de la incomprensible situación administrativa de las enfermeras situándolas en nivel A2 en clara discriminación con otros profesionales con idénticos niveles de estudios… posiblemente contribuiría mejor con su cometido como política.

            Señora Yaneth Giraldo, antes de que la consellera le responda, permítame que le diga que puede tener la absoluta seguridad y garantía de que las enfermeras continuaremos siendo tan eficaces y eficientes, a pesar de las condiciones en que trabajamos, como lo hemos sido hasta ahora. Esta Resolución que tanto le preocupa tan solo regulariza una situación que, gracias a políticas/os como usted y a grupos de presión a los que sus partidos se someten con asombrosa facilidad, se ha mantenido estancada durante muchos años. Por lo tanto sería aconsejable que ocupase su tiempo en menesteres que realmente sean de interés para la ciudadanía.

            Es una lástima que lo que ustedes denominan eufemísticamente como disciplina de partido, les limite la capacidad de pensamiento crítico y con ello la posibilidad de pensar mediante un conjunto de juicios u opiniones que responden o proceden de un análisis, porque si uno no piensa críticamente cuando piensa, uno no está pensando, lo que le impide ver desde la tranquilidad, la serenidad, la imparcialidad y la racionalidad y entonces pasan cosas como las que usted ha protagonizado. Una cosa es que exista la influencia de un determinado planteamiento político y otra bien diferente es que exista la manipulación interesada. Pensar críticamente es pensar en tercera persona, es ser imparcial, que es justamente lo que usted y el partido al que representa no han hecho.

Con su actitud y su discurso tratan de arrastrarnos a lo que el filósofo alemán Markus Gabriel identifica como un nuevo tipo de propaganda que trata de decirnos que no sabemos lo que sabemos. Que no son más que intentos de manipular a la gente para que crean que no saben lo que saben.

La ignorancia, además, suele estar muy relacionada con la arrogancia, por eso se suele cronificar. Pero si tiene algún momento de humildad y quiere combatirla, siempre puede recurrir a una enfermera cuando tenga dudas sobre aspectos relacionados con nuestra profesión o con la salud pública y comunitaria. Le puedo asegurar que le será prescrito el mejor remedio a la ignorancia, que no es otro que el conocimiento y la información veraz y contrastada. Si lo hace, posiblemente, minimice su temeridad y peligrosidad, además de su arrogancia.

LAS ENFERMERAS Y LAS LEYES DE LA FUERZA DE NEWTON

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Suele ser habitual que las enfermeras nos lamentemos de las fuerzas que constantemente nos impiden avanzar o que suponen una permanente barrera para nuestro desarrollo.

Cuando nos preguntamos a qué son debidas esas fuerzas y qué es lo que las mantiene impidiendo nuestro avance o desarrollo, casi siempre se acaba por relacionar las mismas a la intuición, basada en la observación inmediata de lo que ocurre alrededor de las enfermeras. O bien se concluye que esas fuerzas “paralizantes”, se ejercen o se mantienen siempre activas y permanentes.

Establecer una correlación entre la Física, en concreto el movimiento y la relatividad, con la Enfermería y su desarrollo, puede parecer un ejercicio imposible o delirante, pero a pesar de ello, voy a tratar de establecerla con el fin de que podamos, cuanto menos, tratar de modificar nuestro permanente absolutismo al respecto.

Galileo a principios del siglo XVII hizo un avance muy importante al introducir el método científico según el cual no siempre se debe creer en las conclusiones intuitivas basadas en la observación inmediata, pues esto lleva a menudo a equivocaciones. Esto le permitió medir resultados en función de los cambios que iba introduciendo en sus experimentos con el fin de identificar cómo actuaban dichos cambios en cada caso, no dando nunca nada por inmutable. De esta manera pudo extrapolar sus observaciones hasta llegar a entender un experimento ideal.

En concreto, observó cómo un cuerpo que se mueve con velocidad constante sobre una superficie lisa se moverá eternamente si no hay rozamientos ni otras acciones externas sobre él.

Esto, precisamente, es lo que nos puede servir de base para empezar a establecer una relación entre las enfermeras y el movimiento. Es decir, las enfermeras tendrían un desarrollo y con él una influencia – científico, profesional y social- permanente e inalterable si no existiesen influencias o acciones externas que lo modificasen y, por tanto, se mantendría en movimiento constante. Pero justamente esto es lo que, en muchas ocasiones, las enfermeras piensan que sucede y al no aplicar el método científico o su variante de pensamiento crítico, no tan solo no son capaces de mantener el movimiento constante si no que, habitualmente, son detenidas, arrastradas o empujadas en su recorrido.

Pero este planteamiento hecho por Galileo, inmediatamente le presentó otro problema: ¿si la velocidad no releva al cuerpo estudiado, qué parámetro del movimiento indica la acción de fuerzas exteriores?; Galileo respondió también a esta pregunta, pero fue Newton quien, casi acabando el siglo XVII (1690), lo hizo de manera más precisa, al concluir que no es la velocidad sino su variación la consecuencia resultante de la acción de arrastrar o empujar un objeto.

De acuerdo con este planteamiento, Newton establece que los movimientos aparentes son las diferencias de los movimientos verdaderos y que las fuerzas son causas y efectos de estos. Consecuentemente, la fuerza en Newton tiene un carácter absoluto, no relativo.

Pues bien, ese planteamiento de Newton es el que parece que aún no está interiorizado por las enfermeras, al seguir manteniendo el carácter absoluto de las fuerzas que, como decíamos, son identificadas como las causantes permanentes y absolutas de la parálisis en que se mantienen en muchas ocasiones, sin plantearse la relatividad de las mismas y, por tanto, su posible y cierta reversión.

Pero, siguiendo con Newton, y a partir del citado planteamiento, enuncia las tres leyes más importantes de la mecánica clásica, a través de las cuales seguiré tratando de mantener esa estrecha relación de las enfermeras, con ellas.

La primera ley del movimiento rebate la idea aristotélica de que un cuerpo solo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza. Newton expone que:

Todo cuerpo continúa en su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, no muy lejos de las fuerzas impresas a cambiar su posición.

Esta ley determina, por tanto, que un cuerpo no puede cambiar por sí solo su estado inicial, ya sea en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme, a menos que se aplique una fuerza o una serie de fuerzas cuya resultante no sea nula. Newton toma en consideración, así, el que los cuerpos en movimiento están sometidos constantemente a fuerzas de roce o fricción, que los frena de forma progresiva, algo novedoso respecto de concepciones anteriores que entendían que el movimiento o la detención de un cuerpo se debía exclusivamente a si se ejercía sobre ellos una fuerza, pero nunca entendiendo como tal a la fricción.

En consecuencia, un cuerpo que se desplaza con movimiento rectilíneo uniforme implica que no existe ninguna fuerza externa neta o, dicho de otra forma, un objeto en movimiento no se detiene de forma natural si no se aplica una fuerza sobre él. En el caso de los cuerpos en reposo, se entiende que su velocidad es cero, por lo que si esta cambia es porque sobre ese cuerpo se ha ejercido una fuerza neta. Es la conocida como Ley de la inercia, ya descrita por Galileo.

En esta primera ley, podemos establecer varias relaciones. Por una parte, es el reposo o falta de movimiento de las enfermeras, lo que les conduce a una parálisis permanente en su desarrollo o bien el mantenimiento de un recorrido lineal y permanente como consecuencia de las fuerzas externas, y ajenas a las enfermeras, que propician ese movimiento uniforme sin cuestionarse en ningún momento el cambio de dirección o velocidad impuestos por las propias fuerzas enfermeras en dirección a un desarrollo, visibilización y reconocimiento que el movimiento impuesto y asumido, no permite. En cualquiera de los casos se trata, sin duda, de la inercia a la que hacen referencia Galileo y Newton, sin que se haga ningún planteamiento por cambiar dicha inercia.

La primera ley de Newton sirve para definir un tipo especial de sistemas de referencia conocidos como sistemas de referencia inerciales, que son aquellos desde los que se observa que un cuerpo sobre el que no actúa ninguna fuerza neta se mueve con velocidad constante. Y en esa velocidad o parálisis constantes son las que constituyen para muchas enfermeras su particular sistema de referencia inercial, en el que son incapaces de modificar su órbita de desplazamiento en el universo de las ciencias de la salud.

La segunda ley de Newton o ley fundamental de la dinámica, expresa que:

El cambio de movimiento es directamente proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime.

Esta ley se encarga de cuantificar el concepto de fuerza. La aceleración que adquiere un cuerpo es proporcional a la fuerza neta aplicada sobre el mismo. La constante de proporcionalidad es la masa del cuerpo (que puede ser o no ser constante). Entender la fuerza como la causa del cambio de movimiento y la proporcionalidad entre la fuerza impresa y el cambio de la velocidad de un cuerpo es la esencia de esta segunda ley.

De esta segunda ley, se pueden destacar, la caída libre y el movimiento pendular.

Sin entrar en consideraciones de formulación matemática, en este caso podemos identificar claramente algunas de las actitudes que muestran las enfermeras. En el caso de la caída libre sería cuando las enfermeras, alcanzado un determinado nivel o altura en su desarrollo, caen o se dejan caer desde la inacción, el conformismo o la desidia (reposo), al vacío provocando consecuencias de deterioro debidas al impacto, lo que como es evidente provoca una gran dificultad para volver a alcanzar un nivel elevado para su desarrollo.

En el caso del péndulo, el movimiento ejercido por las fuerzas externas que las enfermeras no controlan o por las que se dejan influir determinan que se produzcan situaciones dicotómicas a una parte u otra de la trayectoria, sin que existan posiciones intermedias determinadas por la acción de la propia fuerza enfermera, que impiden planteamientos serenos, razonados y racionales.

La tercera ley de Newton establece que siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, este ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección, pero en sentido opuesto sobre el primero. Con frecuencia se enuncia así: A cada acción siempre se opone una reacción igual, pero de sentido contrario. En cualquier interacción hay un par de fuerzas de acción y reacción situadas en la misma dirección con igual magnitud y sentidos opuestos. La formulación original de Newton es:

Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: quiere decir que las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto

Esta ley frecuentemente provoca algo de confusión en la forma en que se expresa. Por un lado, suena como que una fuerza causa otra. Si se empuja a alguien, ese alguien puede decidir activamente empujar como respuesta. Pero esta no es la acción y la reacción de la que estamos hablando con la tercera ley de Newton.

Al empujar contra una pared, la pared no decide activamente empujar como respuesta. No hay ninguna fuerza de “origen”. El empuje simplemente incluye ambas fuerzas, referidas como un “par de acción/reacción”.

Una mejor manera de expresar la ley puede ser:

Las fuerzas siempre ocurren en pares. Las dos fuerzas son de la misma intensidad, pero en direcciones opuestas.

Ahora, esto todavía causa confusión porque suena a que estas fuerzas siempre se anularían entre sí. No es el caso. Las fuerzas actúan sobre objetos diferentes. Y solo porque las dos fuerzas sean iguales, no significa que los movimientos sean iguales (o que los objetos dejarán de moverse). Esta ley explica las fuerzas ejercidas entre la Luna, el Sol y la Tierra que provocan las mareas.

En esta tercera ley, está posiblemente, la respuesta a la inacción, caída, al vacío o movimiento pendular de las otras dos leyes descritas, con relación a las enfermeras. Es decir, la fuerza o fuerzas ejercidas “contra” las enfermeras, deberían tener una respuesta de éstas mediante otra fuerza que contrarrestara o superara a la fuerza ejercida, provocando mareas, que en el caso de las enfermeras podrían identificarse como los posicionamientos de influencia determinados por las fuerzas ejercidas entre las enfermeras y otros agentes en un equilibrio permanente. Posicionamientos en los que las enfermeras actúan como reguladoras de importantes y necesarios cambios en los escenarios en los que las enfermeras ejercen como tales, sin que exista tan solo una fuerza que regule su comportamiento.

En cualquier caso y como conclusión, lo que pretendo con esta comparación es tan solo hacer reflexionar sobre la importancia de abandonar la inercia, evitar la caída libre, traducida como conformismo o desidia, así como los posicionamientos extremos o pendulares y finalmente, contrarrestar con fuerzas propias las que se ejercen desde el exterior para lograr la presencia e influencia que como enfermeras debemos mantener en cualquier contexto en el que los cuidados enfermeros sean necesarios.

Si la Física es capaz de explicar las mareas, la Enfermería debe ser capaz de explicar los cuidados y su influencia.

Estoy convencido de que Newton y Nightingale se hubiesen entendido perfectamente y que hubieran unido sus fuerzas para entender los movimientos y las fuerzas tanto de la Física como de la Enfermería.