
La autonomía nunca ha consistido en no necesitar a nadie, sino en poder decidir sobre la propia vida gracias a quienes hicieron posible que aprendiéramos a hacerlo.
Martínez-Riera, JR
Hay palabras cuyo significado creemos conocer porque las utilizamos con frecuencia. Una de ellas es autonomía.
La invocamos constantemente. Aspiramos a que nuestros hijos sean personas autónomas. Deseamos mantener nuestra autonomía el mayor tiempo posible. Diseñamos políticas públicas para favorecerla. Las enfermeras la consideramos uno de los principales objetivos de nuestra actividad profesional. Incluso solemos medir el éxito del envejecimiento por la capacidad para conservarla.
Pocas palabras gozan de tanto prestigio social. Y, sin embargo, pocas han sido tan profundamente malinterpretadas.
Con demasiada frecuencia hemos confundido autonomía con autosuficiencia. Hemos llegado a pensar que una persona autónoma es aquella que no necesita de nadie, que resuelve sola sus problemas, que mantiene el control absoluto sobre su vida y que depende lo menos posible de quienes la rodean. Como si la plenitud consistiera en reducir progresivamente cualquier vínculo de necesidad con los demás.
Quizá por eso la dependencia se ha convertido en una de las realidades más temidas de nuestro tiempo. No tanto porque limite determinadas capacidades, sino porque parece cuestionar ese ideal de independencia que durante décadas hemos presentado como sinónimo de libertad, éxito o realización personal.
Pero ¿y si el problema no estuviera en la dependencia? ¿Y si el verdadero error residiera en la idea que hemos construido sobre la propia autonomía?
Porque existe una evidencia tan sencilla que, precisamente por parecer obvia, apenas merece nuestra atención. Ningún ser humano ha sido nunca completamente autosuficiente. Nadie llega al mundo pudiendo sobrevivir por sí mismo. Nadie aprende a hablar, caminar, pensar, decidir o amar sin la presencia de otras personas. Nadie construye su identidad al margen de las relaciones que le sostienen desde el comienzo mismo de la vida[1],[2],[3].
Basta observar cualquier jornada para descubrir hasta qué punto nuestra existencia descansa sobre una inmensa red de relaciones. Dependemos de quienes producen los alimentos que consumimos, de quienes garantizan el agua que bebemos, de quienes investigan nuevos tratamientos, enseñan, transportan, construyen, protegen o mantienen los servicios que hacen posible nuestra vida cotidiana. La aparente independencia con la que vivimos se sostiene sobre innumerables conocimientos, trabajos y cuidados que permanecen pasan desapercibidos.
Sin embargo, seguimos hablando de independencia como si realmente existiera. Quizá porque hemos confundido dos realidades profundamente distintas.
Una persona puede necesitar ayuda para vestirse, desplazarse o alimentarse y, sin embargo, conservar plenamente la capacidad de decidir cómo quiere vivir. Del mismo modo, alguien físicamente independiente puede ver gravemente limitada su autonomía por la pobreza, la violencia, la manipulación, la exclusión o cualquier otra circunstancia que condicione su capacidad de decidir.
La autonomía nunca ha consistido en hacerlo todo solo. Consiste en gobernar la propia vida de acuerdo con los propios valores, preferencias y proyectos, contando con los apoyos que cada persona pueda necesitar para hacerlo posible[4],[5],[6].
Esta diferencia transforma completamente nuestra manera de comprender la condición humana. Si la autonomía no equivale a la autosuficiencia, la dependencia deja de ser su antagonista. Ambas pueden coexistir durante toda la vida. Una persona puede necesitar múltiples apoyos y seguir siendo plenamente autónoma. Otra puede realizar por sí misma todas las actividades cotidianas sin ejercer realmente su libertad.
Es necesario abandonar esa falsa dicotomía entre autonomía y dependencia para sustituirla por un concepto mucho más fiel a la experiencia humana, como la interdependencia.
No porque todos dependamos de la misma manera ni con la misma intensidad, sino porque nadie vive al margen de los demás. La vida no se construye desde el aislamiento, sino desde una compleja red de relaciones y vínculos que nos sostienen, nos limitan, nos enriquecen y nos hacen posibles. Desde que nacemos hasta que morimos alternamos continuamente momentos en los que recibimos cuidados, otros en los que los ofrecemos y muchos más en los que ambas realidades conviven sin apenas ser conscientes de ello[7],[8],[9].
Así pues, la gran mentira de la autonomía posiblemente nunca haya sido defender la libertad individual. La gran mentira ha consistido en hacernos creer que esa libertad podía existir al margen de los demás. Si la autonomía no equivale a autosuficiencia, conviene preguntarse de dónde nace realmente. La respuesta resulta tan evidente como reveladora, nace del cuidado.
La autonomía no aparece espontáneamente ni constituye un atributo innato. Es una conquista progresiva que solo puede construirse gracias a una larga historia de cuidados recibidos[10],[11],[12].
La biología evolutiva, la psicología del desarrollo y las neurociencias coinciden en señalar que el ser humano nace en una situación de extraordinaria inmadurez y que su desarrollo depende de la interacción continuada con quienes le cuidan. No aprendemos únicamente a caminar o a hablar. Aprendemos a confiar, a interpretar el mundo, a convivir, a reconocer nuestras emociones y las de quienes nos rodean. En definitiva, aprendemos a ser personas11,[13].
Por eso resulta profundamente paradójico que una de las mayores aspiraciones de nuestra cultura sea precisamente prescindir de aquello que hizo posible llegar hasta ella. El cuidado no desaparece cuando alcanzamos la vida adulta. Simplemente cambia de expresión.
El objetivo no consiste en sustituir la autonomía de quien recibe el cuidado. Sucede exactamente lo contrario. El cuidado crea las condiciones necesarias para que esa autonomía pueda desarrollarse y mantenerse.
La paradoja, por tanto, resulta evidente. Cuanto más proclamamos la autonomía como uno de nuestros principales valores, más relegamos los cuidados que la hacen posible. Olvidamos que la autonomía no comienza cuando el cuidado termina, sino precisamente porque alguien cuidó de nosotros el tiempo suficiente para que aprendiéramos a decidir sobre nuestra propia vida[14],[15].
Aceptar que la autonomía nace del cuidado conduce inevitablemente a una segunda reflexión. El cuidado no desaparece cuando la autonomía se alcanza. Permanece presente durante toda la existencia porque la vida humana nunca deja de desarrollarse en relación con otras personas.
El mayor error de nuestra cultura ha sido imaginar la vida como un recorrido lineal que comienza con la dependencia, alcanza un largo periodo de independencia y concluye regresando nuevamente a la dependencia. Esa imagen resulta tranquilizadora porque sitúa la necesidad de los demás únicamente en los extremos de la vida. Sin embargo, basta observar con atención nuestra experiencia cotidiana para comprobar que esa representación apenas se sostiene.
La infancia constituye el periodo de mayor dependencia. La vejez puede incrementar nuevamente la necesidad de determinados apoyos. Pero entre ambos momentos no existe un largo paréntesis de autosuficiencia. Lo que existe es una forma distinta de relacionarnos con quienes nos rodean.
Durante la vida adulta seguimos necesitando continuamente de los demás, aunque esa necesidad se haga menos evidente. Dependemos de relaciones afectivas que nos proporcionan estabilidad, de vínculos familiares y sociales que nos sostienen en los momentos difíciles, de instituciones que garantizan derechos, de profesionales que cuidan de nuestra salud, de nuestra educación o de nuestra seguridad y de comunidades que hacen posible convivir en condiciones de confianza y cooperación.
La diferencia no reside entre quienes dependen y quienes no. La diferencia está en la manera en que esa interdependencia se manifiesta.
A lo largo de la vida alternamos continuamente momentos en los que recibimos más cuidados y otros en los que somos nosotros quienes asumimos una mayor responsabilidad hacia los demás. Esta reciprocidad constituye uno de los rasgos más característicos de la condición humana y, sin embargo, apenas ocupa espacio en los discursos públicos. Hablamos de economía, productividad o innovación, pero rara vez reconocemos que ninguno de esos logros sería posible sin una inmensa trama de cuidados cotidianos que mantiene cohesionada la vida social.
La mayor parte de esos cuidados pasan inadvertidos porque no producen titulares, no generan beneficios económicos inmediatos y rara vez se consideran indicadores de progreso. Sin embargo, constituyen el tejido imprescindible que sostiene cualquier sociedad. Detrás de cada logro existen personas que enseñaron, acompañaron, protegieron, cuidaron y ofrecieron oportunidades para que otros pudieran desarrollar sus capacidades. La autonomía que admiramos siempre tiene una historia compartida.
Esta manera de comprender la autonomía posee una enorme trascendencia para la práctica enfermera. No en vano, favorecer la autonomía de las personas constituye uno de los objetivos esenciales del cuidado profesional.
Con demasiada frecuencia identificamos la autonomía con la capacidad de las personas para realizar determinadas actividades por sí mismas o asumir responsabilidades que antes recaían sobre los profesionales. Aprender una técnica, administrar un tratamiento o controlar determinados parámetros son logros importantes, pero por sí solos no garantizan una verdadera autonomía.
Porque la autonomía no consiste en hacer sin ayuda aquello que otros han decidido previamente que debemos hacer. Consiste en comprender la propia realidad, interpretarla, deliberar, decidir y asumir responsablemente las consecuencias de esas decisiones.
La diferencia es profunda. Una persona puede ejecutar perfectamente una técnica aprendida y continuar siendo dependiente si necesita permanentemente la validación del profesional para actuar, si desconoce el significado de lo que hace o si ha interiorizado que únicamente puede tomar decisiones cuando alguien con autoridad las autoriza.
En ese caso no habremos construido autonomía. Habremos construido obediencia. Y la obediencia nunca puede confundirse con la autonomía.
El objetivo del cuidado enfermero no consiste en formar personas que reproduzcan correctamente las instrucciones recibidas, sino personas capaces de comprender su proceso de salud, desarrollar conocimientos, habilidades y confianza suficientes para afrontar las situaciones habituales que puedan presentarse y decidir, con criterio, cuándo pueden actuar por sí mismas, cuándo precisan apoyo de su entorno y cuándo resulta necesario recurrir nuevamente a su enfermera.
Ese proceso exige mucho más que transmitir información o entrenar habilidades técnicas. Requiere acompañar, escuchar, favorecer el pensamiento crítico, respetar los valores de cada persona y comprender que la autonomía no se impone, no se delega y, mucho menos, se prescribe. Se construye conjuntamente desde una relación de confianza en la que el conocimiento profesional deja de utilizarse como un instrumento de control para convertirse en una herramienta de emancipación. Se logra, respetando las decisiones de las personas aunque no coincidan con nuestro criterio profesional.
Sin embargo, no siempre sucede así. En ocasiones, bajo el discurso de la autonomía, lo que realmente hacemos es desplazar responsabilidades sin incrementar la capacidad de decisión de las personas. Otras veces mantenemos una dependencia permanente disfrazada de participación, exigiendo que cualquier actuación continúe necesitando nuestro beneplácito o nuestra validación. La persona realiza determinadas tareas, pero sigue sin sentirse legitimada para gobernar su propio proceso de salud.
Nos encontramos entonces ante una pseudautonomía que, lejos de favorecer la libertad, perpetúa nuevas formas de dependencia. Sustituimos la dependencia de la acción por la dependencia de la autorización. Cambia la forma, pero permanece intacta la asimetría de poder.
Desde la perspectiva enfermera, esta diferencia resulta decisiva. Cuidar no significa lograr que las personas hagan aquello que les indicamos. Significa contribuir a que lleguen a necesitar cada vez menos nuestras indicaciones para afrontar, con seguridad y confianza, las situaciones habituales relacionadas con su salud. El éxito no consiste en mantenerlas vinculadas indefinidamente al profesional, sino en que hayan adquirido la capacidad suficiente para convertirse en las auténticas protagonistas de sus vidas.
Solo entonces la autonomía deja de ser un discurso bienintencionado para convertirse en una verdadera expresión de dignidad.
Llegados a este punto, la pregunta ya no es qué significa la autonomía, sino qué lugar ocupa el cuidado en una sociedad que afirma valorarla.
La contradicción resulta evidente. Admiramos la autonomía, pero apenas reconocemos aquello que la hace posible. Celebramos los resultados mientras invisibilizamos los procesos que los sostienen. Valoramos el éxito individual, pero olvidamos la inmensa red de relaciones y cuidados sin la cual ningún proyecto humano podría desarrollarse.
Durante siglos, el cuidado ha permanecido asociado al ámbito doméstico, considerado una responsabilidad privada y atribuido casi exclusivamente a las mujeres. Esa herencia continúa condicionando nuestra escala de valores. Seguimos otorgando mayor reconocimiento a aquello que produce resultados visibles que a aquello que sostiene silenciosamente la vida cotidiana. Sin embargo, basta imaginar por un instante una sociedad sin cuidados para comprender hasta qué punto esa jerarquía resulta ficticia.
Sin cuidados no existiría la infancia tal y como la conocemos. No habría educación, convivencia, salud ni comunidad. Ni siquiera podríamos hablar de autonomía, porque toda autonomía necesita previamente alguien que cuide y alguien que, a su vez, haya sido cuidado.
Cada generación recibe un patrimonio de cuidados construido por quienes la precedieron y tiene la responsabilidad de enriquecerlo para quienes vendrán después. No heredamos únicamente conocimientos científicos, avances tecnológicos o instituciones democráticas. Heredamos también maneras de convivir, de proteger, de acompañar y de asumir responsabilidades compartidas. Pero esa herencia no permanece inalterable. La experiencia acumulada del cuidado se observa, se analiza, se cuestiona, se comparte y se investiga de manera permanente para transformarla en conocimiento científico, en teorías, modelos y evidencias que orientan una práctica cada vez más rigurosa, más segura y más capaz de responder a las necesidades cambiantes de las personas, las familias y las comunidades. Es precisamente de ese diálogo permanente entre la herencia del cuidado y la ciencia que la estudia de donde surge también la autonomía profesional enfermera, entendida como la capacidad y la legitimidad para valorar, decidir y actuar desde un cuerpo propio de conocimientos, competencias y responsabilidades. En esa interacción continua entre experiencia, ciencia y práctica reside una de las expresiones más valiosas del progreso humano y una de las mayores aportaciones de la enfermería al desarrollo de la ciencia del cuidado. Esto justifica que el desarrollo de una sociedad no debe medirse únicamente por su crecimiento económico, su capacidad tecnológica o sus indicadores de productividad. También hay que valorar su capacidad para reconocer, fortalecer y proteger los cuidados que hacen posible la vida de las personas y la cohesión de las comunidades.
Porque cuidar nunca ha sido lo contrario de progresar. Cuidar es una condición del progreso.
Cuando una sociedad considera el cuidado un gasto y no una inversión, termina debilitando precisamente aquello que permite construir personas más libres, comunidades más cohesionadas y ciudadanos capaces de participar responsablemente en las decisiones que afectan a sus vidas.
Conviene, por ello, abandonar definitivamente la expresión que utilizamos con demasiada ligereza de «ser una carga». Las personas nunca constituyen una carga por necesitar cuidados. Las sociedades fracasan cuando son incapaces de organizarse para cuidar dignamente de quienes los necesitan -algo que quedó patente en decisiones tomadas por algunos servicios de salud durante la pandemia de COVID-19 que produjeron muertes evitables-. La carga nunca reside en la fragilidad humana. Reside en un modelo social que continúa interpretando el cuidado como una actividad secundaria y prescindible cuando, en realidad, constituye el principal soporte sobre el que descansa toda convivencia.
La dignidad nunca ha dependido de la fuerza, de la productividad ni de la autonomía funcional. Tampoco aumenta cuando una persona necesita menos cuidados ni disminuye cuando necesita más. La dignidad pertenece a la persona por el mero hecho de serlo. Lo único que cambia a lo largo de la vida es la responsabilidad que los demás asumimos para reconocerla, respetarla y protegerla mediante el cuidado.
Deberíamos dejar de hablar de personas independientes y personas dependientes como si pertenecieran a categorías distintas. Solo existen personas. Personas que en determinados momentos reciben más cuidados. Personas que en otros momentos ofrecen más cuidados. Y personas que, la mayor parte de su vida, hacen ambas cosas al mismo tiempo.
Esta es una de las mayores aportaciones del pensamiento enfermero, haber comprendido que cuidar nunca ha consistido únicamente en atender la enfermedad o compensar limitaciones. Cuidar significa ayudar a que cada persona pueda seguir siendo protagonista de su propia vida, cualquiera que sea la circunstancia en la que se encuentre. Significa acompañar sin sustituir, fortalecer sin imponer y favorecer decisiones, no obediencias.
Necesitamos, por tanto, recuperar el verdadero significado de la autonomía. No para restarle importancia, sino para devolverle toda su profundidad. La autonomía no representa la ausencia de vínculos, ni la negación de la dependencia, ni la ficción de la autosuficiencia. Representa la capacidad de gobernar la propia vida dentro de una comunidad que reconoce, sostiene y fortalece esa capacidad cuando aparecen las dificultades.
Solo desde esa mirada podremos comprender que el cuidado no constituye un coste inevitable, sino uno de los mayores logros de la humanidad. Porque ninguna civilización se ha construido gracias a individuos completamente autosuficientes.
La verdadera autonomía no consiste en vivir sin necesitar a nadie. Consiste en poder decidir sobre la propia vida gracias a una comunidad que nunca deja de cuidar.
[1] Beauchamp TL, Childress JF. Principles of Biomedical Ethics. 8th ed. New York: Oxford University Press; 2019.
[2] Mackenzie C, Stoljar N, editors. Relational Autonomy: Feminist Perspectives on Autonomy, Agency, and the Social Self. New York: Oxford University Press; 2000.
[3] Deci EL, Ryan RM. Self-Determination Theory: Basic Psychological Needs in Motivation, Development, and Wellness. New York: Guilford Press; 2017.
[4] World Health Organization. WHO guideline on self-care interventions for health and well-being. Geneva: WHO; 2022.
[5] International Council of Nurses. The ICN Code of Ethics for Nurses. Geneva: ICN; 2021.
[6] Tronto JC. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. New York: New York University Press; 2013.
[7] Morin E. El método 6. Ética. Madrid: Cátedra; 2006.
[8] Boff L. El cuidado esencial: ética de lo humano, compasión por la Tierra. Madrid: Trotta; 2002.
[9] Camps V. Tiempo de cuidados: otra forma de estar en el mundo. Barcelona: Arpa; 2021.
[10] Bowlby J. Attachment and Loss. Vol. 1: Attachment. 2nd ed. New York: Basic Books; 1982.
[11] Siegel DJ. The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are. 3rd ed. New York: Guilford Press; 2020.
[12] National Scientific Council on the Developing Child. Connecting the Brain to the Rest of the Body: Early Childhood Development and Lifelong Health Are Deeply Intertwined. Working Paper No. 15. Cambridge (MA): Harvard University; 2020.
[13] World Health Organization. Integrated care for older people: guidance for person-centred assessment and pathways in primary care. Geneva: WHO; 2019.
[14] Cortina A. Ética cosmopolita: una apuesta por la cordura en tiempos de pandemia. Barcelona: Paidós; 2021.
[15] Martínez-Riera JR. Del Pino Casado, R. El Cuidado como pilar del Sistema Nacional de Salud: Enfoque desde la Atención Primaria y Comunitaria. En: Martínez-Riera JR, Calderón-Larrañaga A, Cubillo-Llanes J, del Pino-Casado R, Oltra-Rodríguez E, Paredes-Carbonell JJ, editores. Manual práctico de Atención Primaria y Comunitaria. Barcelona: Elsevier; 2026. p. 49-55.








