SENTIMIENTOS, POLÍTICA Y SALUD

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 Pero los sentimientos no pueden ser ignorados, no importa cuán                                                                                    injustos o ingratos nos parezcan.

Diario de Ana Frank[1]

Tengo la impresión de que ya no se pueden alcanzar cotas mayores de despropósito, descrédito, descalificación y desprecio en el discurso político. Pero como sucede con los récords en el deporte, siempre hay alguien que logra superarlos a pesar del último alcanzado. Para lograrlo es necesario tener condiciones físicas y mentales excelentes y una enorme preparación y entrenamiento. No sé si en política se sigue idéntica dinámica en la dialéctica política con la que superar la última barbaridad pronunciada. Pero lo bien cierto es que siempre hay alguien que sorprende y alcanza la dudosa honra de destrozar el récord anteriormente alcanzado por el/ella mismo/a o por algún enemigo político como se gustan llamar, lo que ciertamente ya les separa de una competición basada en eso que ahora se ha venido en llamar el fair play y que en castellano llamamos juego limpio.

En este frenético intento por superarse últimamente hemos asistido atónitos, al menos algunos, a un nuevo y sorprendente récord.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, la Señora Ayuso, en un pleno de la Asamblea y en contestación a una intervención previa de una parlamentaria en la que le trasladaba los sentimientos de una niña residente en la Cañada Real, se superó nuevamente a sí misma y contestó que ella no gestionaba sentimientos y que desde su más tierna infancia su máximo deseo fue que la izquierda nunca llegase al poder.

Ese mismo día, pero en este caso en el Congreso de los Diputados, una Diputada socialista, Laura Berja, estaba defendiendo una proposición de ley para penalizar la intimidación a las mujeres que acuden a abortar, cuando una señoría del grupo parlamentario de VOX, José María Sánchez García, vociferó refiriéndose a la diputada, el epíteto de “Bruja”, logrando un nuevo y patético récord en la cámara de representantes que, en teoría al menos, están para defender los derechos y oportunidades de toda la ciudadanía. Todo un alarde en la dialéctica política en clara contraposición a la oratoria parlamentaria utilizada en tiempos no tan lejanos, en los que el debate político se basaba en el respeto sin que ello supusiese una ausencia del necesario y rico debate político entre adversarios que no enemigos.

Este relato puede parecer que se aleje del contenido que en mis reflexiones semanales realizo semanalmente sobre salud o enfermeras. Como si lo expresado no tuviese relación alguna con la salud comunitaria o si lo que trasladan dichos discursos no influyesen en la salud comunitaria.

Para mí, dichas manifestaciones van mucho más allá de la aparente confrontación política y suponen ataques directos a la convivencia, el respeto, la solidaridad, la equidad y en general a los derechos humanos y a la dignidad humana.

Que una política con las altas responsabilidades que ostenta la Señora Ayuso, diga que no está para gestionar sentimientos es una clara y meridiana declaración de intenciones sobre lo que para ella es la ciudadanía, es decir, un mero instrumento para sus intereses y cómo gestionarlos. Como si sus decisiones pudiesen separarse, como si de una disección se tratase, de la influencia que los mismos ejercen en los sentimientos de las personas. Automáticamente se convierten, desde la asunción de ese planteamiento, en decisiones deshumanizadas, pues los sentimientos, al igual que las emociones, forman parte, le guste o no a la Señora Ayuso, de las personas. De todas las personas, sean estas afines a sus ideas o pertenezcan o no a su partido, a su clase social, a su religión, a su raza, a su misma condición sexual o hablen otra lengua que no sea la suya. Todas ellas tienen sentimientos que influyen y les hacen alegrarse o sufrir, reír o llorar, ser optimistas o pesimistas, motivarse o frustrarse… según influyan en ellas las decisiones que políticas/os como la Señora Ayuso toman y que supondrán que esas personas, a las que parece querer anular sus sentimientos, tengan capacidad de trabajar, ser libres, tener una vivienda digna, poder comer saludablemente, tener acceso a servicios públicos esenciales … entre otros muchos derechos a los que tantas personas no pueden acceder como consecuencia de decisiones tomadas al margen de los sentimientos. Posiblemente porque consideran que dichos sentimientos influyen negativamente en el balance de beneficios, en intereses comerciales o empresariales, en la cuenta de resultados o en la imagen del maquillaje urbano que utilizan para su beneficio. Sentimientos que no se pueden anular, ocultar ni ignorar. Empezando por los de la propia Señora Ayuso que, si no es capaz de gestionarlos adecuadamente, porque los inhibe, se convierte en una política deshumanizada y, por tanto, peligrosa para la salud de la ciudadanía y de la comunidad en su conjunto. Como expresara Friedrich Nietzsche[2] “Los pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos; siempre más oscuros, más vacíos y más simples”.

Dicha actitud al margen de los sentimientos, posiblemente, sea la razón por la cual tomó la decisión de cerrar centros de salud durante la pandemia que posteriormente no reabrió o que mantenga condiciones precarias para quienes trabajan en dichos centros. Centros en los que, por otra parte, se atienden, y abordan sentimientos muchos de los cuales están alterados precisamente como consecuencia de las decisiones de quien paradójicamente es su presidenta. Sentimientos a los que no pueden ni deben ser ajenos/as los/las profesionales y de manera muy singular, las enfermeras. Enfermeras que hablan, escuchan, comprenden, dialogan, oyen…para tratar de comprender, empatizar, acompañar… los sentimientos de las personas con el fin de contribuir a mejorar sus condiciones de vida favoreciendo el desarrollo de salud con vistas a proteger, promover, prevenir y limitar los problemas de salud y reforzar la conciencia, el autoconcepto, el modo de vida y el bienestar. Todo lo cual puede que sea visto por parte de la Señora Ayuso como un problema para su gestión, porque en definitiva lo que pretenda sea convertir a los centros de salud en espacios deshumanizados en los que el asistencialismo, la medicalización, la tecnología, la farmaindustria… sean los ejes de un modelo que encaja con los intereses de empresas privadas al acecho de poder gestionarlos al margen de esos sentimientos de los que tanto quiere alejarse. O bien porque considere, como ella misma expresó, que dichos sentimientos forman parte del ideario de izquierdas que con tanto empeño se propone alejar del poder desde su más tierna infancia o que se trata de cursilerías que nada tienen que ver con la gestión política a la que sitúa en una clara dicotomía con los sentimientos, como si fueran excluyentes entre sí.

En cualquier caso, la ausencia de sentimientos que la Señora Ayuso utiliza como eficacia y eficiencia de su gestión política puede estar claramente influenciada por la obstinación en apartar de su infancia pensamientos, juegos, sentimientos infantiles para dejar hueco a lo que considera su máximo interés, es decir, alejar o impedir que la izquierda, cual el lobo feroz de caperucita, le inquietase en el pasado, presente y futuro. Cualquier psicoanalista seguro que vería en dicho comportamiento perfiles alejados cuanto menos de una adecuada y equilibrada salud mental tratándose de pensamientos en una etapa vital tan importante para el desarrollo como la niñez. No sé si se podría hablar de traumas infantiles. Pero que ella asuma y presuma como mérito personal el tener en mente dicha aversión a la izquierda cuando por otra parte acusa a esa misma izquierda de que la homofobia no existe y tan solo está en su mente, no deja de ser preocupante. Dejémoslo ahí.

Por su parte el Señor José María Sánchez García, en su incontinencia verbal, producto de una vehemencia incontrolada o calculada, que todo puede ser, se alineaba con las manifestaciones de la Señora Ayuso, al desterrar los sentimientos como parte indisoluble de la condición humana y entender que tan solo aquello que coincida con sus creencias y convicciones es justo, deseable e imponible para el conjunto de la ciudadanía al margen, claro está, de los sentimientos que en una decisión individual y libre como la de abortar tanta importancia tienen. Sin tener en cuenta la lucha que supone para la mujer dicha decisión, con pensamientos encontrados, sufrimientos derivados y miedos no calculados, en una sociedad en la que algunas/os rechazan, critican y desprecian dichos sentimientos, asimilándolos con el asesinato y el pecado y criminalizando, increpando y acusando desde sus creencias y convicciones.

Un representante público que en el ejercicio de su cometido político utiliza como único argumento de la propuesta presentada por una adversaria política, el insulto y la descalificación, tildándola de bruja, tal como se acusaba durante la santa inquisición a las mujeres que leían, pensaban u opinaban y que acababan en la hoguera como único y santificador remedio para la amenaza que supuestamente representaban.

La inquisición desapareció y con ella el sacrificio del fuego purificador, pero parece que permanece viva en la memoria de determinadas personas que, si bien no prenden hogueras de leña, siguen estigmatizando y sacrificando a las mujeres en nuevas y terribles hogueras ideológicas, que se alimentan del machismo que niegan quienes lo ejercen pero que mata a quienes lo padecen.

De nuevo, en este caso, resulta imprescindible que las enfermeras, más allá de creencias, ideologías, dogmas o religiones, valoremos la importancia de identificar, priorizar y atender los problemas de salud que muchas mujeres padecen y que suponen un clarísimo desequilibrio de sus sentimientos. No se trata de una opción, si no de una obligación que debe ser asumida con la responsabilidad profesional que tenemos y a la que nos debemos. Ayudar, apoyar, facilitar a una mujer en momentos tan duros como puede ser el de tomar la decisión de abortar es cuidarla de manera integral, integrada e integradora teniendo en cuenta y respetando sus sentimientos, aunque puedan estar en contra de los nuestros. No se trata de aceptar su decisión si no de respetarla para que la misma no suponga un riesgo añadido a su salud ni como persona, ni como mujer.

En este mismo sentido, la utilización que se está haciendo por parte de muchos profesionales médicos de la objeción de conciencia en los servicios públicos para negarse a practicar abortos es una forma más de estigmatización, criminalización y vulneración de derechos amparándose en una más que sospechosa y dudosa objeción de conciencia, que en muchos casos realmente es una pseudoobjeción en la que ocultarse. Resulta muy llamativo que la inmensa mayoría de médicos/as la utilicen, ya que ello presupone la existencia del pensamiento único. Todo ello sin entrar en un análisis tan necesario como es el de la posible vulneración de los principios éticos de justicia y no maleficencia. En cualquier caso, no puede ni debe permitirse que a un derecho amparado por la ley se tenga que acceder mayoritariamente fuera de los servicios públicos por una cuestión que evidentemente es utilizada de manera totalmente arbitraria por quienes son servidores públicos.

Abanderar la defensa de la vida como estandarte de su pensamiento, mientras se ataca la vida de una mujer es, no tan solo una enorme contradicción, si no una gravísima vulneración de la libertad y la dignidad humanas. Nada puede justificar un comportamiento en el que son despreciados, ridiculizados y repudiados los sentimientos de las mujeres, que alimentan el odio y el machismo que tanto dolor, sufrimiento y muerte ocasionan y que sitúan a la sociedad que lo tolera, lo ignora o lo asume en una sociedad enferma que requiere de una intervención en la que las enfermeras tenemos mucho que aportar.

Ahora han sido la Señora Ayuso y el Señor Sánchez, mañana serán otras/os y con ellas/os, y sus discursos al margen de sentimientos individuales y colectivos, se vulneran las libertades y los derechos de quienes no piensan y actúan como ellas/os, aunque desde la demagogia y el populismo se traslade que son quienes más luchan por una libertad y democracia que confeccionan a la medida de sus pensamientos aunque no de sus sentimientos, que claramente dejan al margen en su gestión política.

La competencia política, trasciende a la vida política y partidista y se sitúa en el necesario e imprescindible compromiso de las enfermeras con las personas, las familias y la comunidad, para incorporar la salud en todas las políticas desde cualquier ámbito en el que desarrolle su actividad profesional, tal como plantea Rosamaría Alberdi[3]. Cuidar va mucho más allá de la asistencia sanitaria que, al igual que la política ejercida por estos personajes, se aleja de los sentimientos y de su correspondiente humanización al situarla en la teleopatía entendida esta como la obtención acrítica de resultados, al margen de los sentimientos, derivando en una clara instrumentalización de los cuidados. Tal como dice Victoria Camps[4] “la libertad no es contraria a la seguridad si es una libertad responsable”.

No se trata, por tanto, de que las enfermeras hagamos política, que también, si no de que las enfermeras actuemos desde la competencia política que tenemos y debemos ejercer y que está al margen o mejor dicho es compatible con las ideas y planteamientos que cada cual tenga, con el fin de dar la mejor respuesta a las necesidades y demandas que se nos trasladen y a los sentimientos que las mismas provoquen, aunque otros rechazan.

No permanezcamos impasibles a los discursos ausentes de sentimientos, vengan estos de donde vengan y de quien vengan. Es muy peligroso para la salud.

[1] Niña alemana con ascendencia judía mundialmente conocida gracias al Diario de Ana Frank, la edición de su diario íntimo en donde dejó constancia de los casi dos años y medio que pasó ocultándose con su familia y cuatro personas más de los nazis en Ámsterdam durante la Segunda Guerra Mundial.

[2] Filósofo, poeta, músico y filólogo alemán del siglo XIX

[3] http://www.tolito.es/2021/09/16/pictonurse-la-competencia-politica-enfermera/

[4] Filósofa española. Desde octubre de 2018 es Consejera Permanente del Consejo de Estado, y Presidenta de su Sección Séptima.​ En la actualidad es catedrática emérita de Universidad de Barcelona

APOFENIA Y PAREIDOLIA ENFERMERAS

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Llámale al vino, vino y al pan, pan, y todos te entenderán.

La apofenia es un fenómeno por el cual se tiene una visión sin motivos de conexiones acompañada de experiencias concretas de dar sentido anormalmente a lo que no lo tiene, tendiendo a ver patrones donde no los hay. Básicamente, nos fijamos más en ciertos sucesos si estamos predispuestos a ellos. Por ejemplo, si estamos pensando en una persona y da la casualidad de que nos llama por teléfono, pensaremos que ambas cuestiones pueden estar relacionadas. Nos fijaremos de un modo que no lo habríamos hecho si esa misma persona nos hubiese llamado en cualquier otro momento.

Querer ver en la falta de especialidades enfermeras una conexión de agravio comparativo con la disciplina médica por cuanto esta última tiene reguladas más de 50 especialidades y enfermería 7 es sin duda un claro ejemplo de apofenia o un desconocimiento supino de lo que es la disciplina enfermera y en base a qué paradigma se sustenta.

La medicina como disciplina parte de la fragmentación en órganos, aparatos y sistemas y su consecuente trastorno en síntomas, signos y síndromes, lo que conlleva a necesitar un conocimiento muy específico de cada una de estas partes en las que divide al cuerpo humano que no a las personas. Se trata de un planteamiento absolutamente biologicista y patogénico, en los que la salud no es objeto de análisis, estudio y ni tan siquiera de atención, por cuanto lo que importa es cómo se comporta un determinado órgano y cómo influye una alteración del mismo o la actuación de algún agente patógeno o fuerza externa. El interés, por tanto, es la enfermedad y ello conlleva a que se focalice el estudio especializado de cada una de las enfermedades o de los órganos alterados, con independencia de cuál sea la situación de la persona o de su entorno y cómo influyen, o pueden hacerlo, con relación, no tan solo a la enfermedad en cuestión, sino a dimensiones sociales psicológicas o espirituales, desde una perspectiva integral, integrada e integradora que no forma parte del paradigma médico y mucho menos de la especialización tal como está organizada.

Este planteamiento, por tanto, puede servir de argumento, aunque difícilmente como justificación, al hecho de que, en algunas universidades, medicina se excluya de las facultades de ciencias de la salud, constituyéndose como centro independiente -facultad de medicina- de dichas ciencias de la salud, al entender, posiblemente, que su estatus, ciencia y paradigma es el de la enfermedad y no el de la salud, desde una perspectiva que trata de ser generosa en el análisis.

Ahondando en el mismo argumento de la hiperespecialización médica nos encontramos con que no han logrado, a pesar de los intentos de algunos sectores o corporaciones médicas, que se cree la especialidad de Salud Pública. Por una parte, porque se aleja del paradigma de enfermedad desde el que se desarrollan disciplinar y profesionalmente y por otra, porque no es posible dar respuesta a la salud desde una perspectiva exclusivamente médica. De ahí que exista el debate sobre si debe desarrollarse una especialidad de Salud Pública a la que puedan acceder muy diferentes disciplinas de las ciencias de la salud, o si como existe en algunos países, que sea una disciplina propia de Salud Pública con una perspectiva no tan solo multidisciplinar sino también intersectorial, en la que lo importante es el qué y no tanto el quién la conforma.

Tanto es así que el modelo fragmentado y especializado médico se traslada a la organización de los hospitales, fundamental pero no exclusivamente, dentro de los sistemas de salud, que se compartimentan con idéntica fragmentación y especialización, constituyendo los servicios tales como nefrología, respiratorio, cardiología, traumatología… en una clara concordancia con la dominación y colonización que de los citados hospitales hicieron en su momento los médicos como centros fundamentales de su desarrollo científico-profesional y que supuso la eliminación de la organización en base a la complejidad de cuidados que existía y gestionaban las enfermeras hasta entonces, lo que provocó igualmente la pérdida de identidad de dichos cuidados y la subsidiariedad de las enfermeras a la clase médica hasta entonces inexistente. Razón por la cual la Salud Pública, como parte de la estructura de las organizaciones sanitarias, ha tenido y sigue teniendo una importancia marginal con una perspectiva totalmente administrativa de manejo de datos desde la epidemiología de la enfermedad.

La disciplina enfermera, logró desprenderse del dominio médico ejercido por imposición, con su entrada en la universidad y el consiguiente dominio de su desarrollo desde un paradigma que trataba de alejarse de aquel en el que había estado instalado y retenido durante tanto tiempo, siendo considerada la enfermería, inclusive, como una rama de la medicina desde la que ejercía un papel absolutamente subsidiario, ausente de autonomía y pensamiento propio.

Conforme enfermería fue construyendo su paradigma, quedó configurada la identidad propia y autónoma enfermera, alejándose, por tanto, de la influencia y sumisión médica. Para ello fue necesario fundamentar cuáles eran los principios, bases, teorías, evidencias… sobre las que sustentar y fortalecer el paradigma enfermero e ir desprendiéndose, al mismo tiempo, de la influencia del paradigma médico en el que durante tanto tiempo estuvimos instalados.

Este es un claro ejemplo de la apofenia que se generaba al tener una visión cada vez más alejada de conexiones inexistente pero que, sin embargo, se trataba de justificar desde experiencias concretas, interesadas y subjetivas que perseguían dar sentido a una subsidiariedad y dependencia como patrones de un comportamiento del que tratábamos de huir.

El paso del tiempo, acompañado del trabajo, estudio, investigación… de muchas enfermeras logró configurar un paradigma en el que la persona es el centro de la atención desde una perspectiva integral, integrada e integradora y en el que la salud es el objetivo fundamental de actuación para que desde la máxima autonomía la persona sea capaz de tomar sus propias decisiones de manera responsable en equilibrio con su entorno tanto familiar como comunitario.

Esta perspectiva, por tanto, configura la identidad propia enfermera que algunos se resisten, no tan solo a identificar sino incluso a aceptar, por lo que continúan forzando situaciones que tratan de recuperar patrones que ni existen ni se corresponden con lo que la enfermería es, ni el sistema de salud ni la sociedad necesitan, forzando una apofenia desde la que justificar su anormal visión.

Apofenia desde la que se planteó y se concretó una especialización enfermera que nos situaba de nuevo en el paradigma médico de la fragmentación y la enfermedad, al mimetizar el modelo formativo de MIR que incluso replicó la denominación médica de las especialidades alejándolas de una nomenclatura y taxonomías propias. Pediatría, Geriatría, Trabajo, Ginecología… en lugar de salud del niño, salud de las personas adultas mayores, salud laboral o salud de la mujer, aunque en este último caso al menos, logró mantener su denominación propia como matronas. Salud Mental si logró coherencia y Enfermería Familiar y Comunitaria adquirió la denominación de la especialidad médica en lugar de Salud Comunitaria.

Apofenia que se intentó utilizar en su momento por parte de algunas organizaciones de las que dicen representar y/o defender a las enfermeras, creando falsas sociedades científicas, en un intento por acaparar las plazas que conformaban las comisiones nacionales del Ministerio de Sanidad de las respectivas especialidades reguladas por el Real Decreto de especialidades[1] y que tuvo que ser desmontado por las auténticas sociedades científicas a las que se pretendía suplantar desde el engaño y la creación de dicha apofenia.

Apofenia que se utilizó para diluir a las especialidades enfermeras en unidades multiprofesionales en las que nuevamente quedamos a merced de la imagen real que no es otra que la especialidad médica, mientras la de las enfermeras pasa a ser identificada como una copia que ni tan si quiera es aceptada y utilizada por quienes, paradójicamente, pagan por ella, las administraciones sanitarias de las respectivas comunidades autónomas con el respaldo y beneplácito del Ministerio de Sanidad a través de una Dirección General de auténtico desorden profesional, por mucho que se empeñen en denominarle de ordenación profesional.

Apofenia que, tras más de diez años de recorrido desde la aprobación de los correspondientes programas formativos y sin que en algunos casos hayan concluido los procesos reguladores (caso de la prueba extraordinaria de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria) ha dado paso a una pareidoia.

Pareidolia entendida como un fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible.

Y eso es exactamente lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo con las especialidades de Enfermería, que la imagen que se proyecta desde las citadas especialidades enfermeras es realmente un conjunto de estímulos vagos, impreciso e incluso en muchas ocasiones aleatorio, en base a los cuales se cree percibir una forma reconocible de las mismas, cuando realmente se trata de aspectos muy difusos, heterogéneos, cambiantes, reduccionistas que, además, suelen llevar aparejadas sensaciones de frustración, desánimo, rabia, impotencia… al comprobar que lo que parecía una forma concreta y real no deja de ser una apariencia, un espejismo, una ilusión óptica que se desvanece en cuanto se trata de darle consistencia tanto en el espacio, que conforman las organizaciones de salud en el que no se definen plazas específicas, como en el tiempo en el que permanecen reconocibles tales imágenes al no concretarse la incorporación de especialistas. Como si de la forma que creemos reconocer en una nube se tratase, que es cambiante en función de quien la observe y que su perdurabilidad es tan efímera como la realidad que proyecta.

Aprovechando estas apofenia y pareidolia, hay quienes tratan de generar nuevas y confusas realidades e imágenes con las que convencer de la necesidad de crear nuevas especialidades a imagen y semejanza, claro está, de las médicas, o con propuestas artificiales y artificiosas que además cuestionan la aportación específica de una especialidad vigente, por mucho que se anuncien en los medios de comunicación como una solución a problemas ficticios, que nos conduce irremediablemente a crear una nueva apofenia y con ella una pérdida de identidad manifiesta y una dependencia cada vez mayor de las especialidades en las que se empecinan vernos reflejadas a las enfermeras y que son tan solo percepciones ilusorias como las que se identifican en la superficie del agua, que tan solo son reales las que proyectan pero no así las que se reflejan, que al mínimo movimiento o contacto se deforman en ondas haciéndolas inmediatamente irreconocibles.

Tratemos pues de no caer en la trampa de sensaciones falsas, ni de imágenes irreales que nos separan de nuestra verdadera y auténtica realidad profesional, disciplinar y científica.

Construyamos realidades centradas en nuestro paradigma y nuestra aportación específica enfermera concretada en los cuidados profesionales y alejada de ópticas engañosas que persiguen únicamente obtener unos beneficios oportunistas alejados de los que verdaderamente corresponden a las enfermeras y merecen las personas las familias y la comunidad, en el marco de un contexto concreto que más que nunca lo que precisa es una adecuada planificación que permita prestar cuidados profesionales de calidad, enmarcados en una especialidad o no, pues todos ellos son necesarios y requieren de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis.

 

[1] https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2005-7354

Conformismo u oportunidad pospandemia.

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“Cuanto más defensiva es una sociedad, tanto más conformista.”

Ursula K. Le Guin [1]

 A principios de marzo del pasado año saltaron todas las alarmas. Nos obligaron a confinarnos, aislarnos, separarnos, taparnos… y con ello a modificar costumbres, inercias, métodos, conductas, con la consiguiente resistencia, equilibrada por una obligada y asumida resignación, que tratábamos de contrarrestar con una firme esperanza en lograr eso que vino a acuñarse como nueva normalidad. Como si la normalidad siguiese los mismos patrones de comportamiento que la moda, según la cual en función de la temporada pudiésemos mudar de normalidad como quien cambia de chaqueta, falda o pantalón.

El tiempo fue transcurriendo y como si de expertos surfistas se tratase tuvimos que ir salvando las cretas de las olas que se fueron sucediendo con inusitada intensidad, aunque lamentablemente no todos pudieron superarlas siendo engullidos por la fuerza de las mismas. En ocasiones por la propia fuerza de la ola y en otras por la imprudencia de quienes se aventuraban a surfear en aguas que ni conocían ni mucho menos eran capaces de dominar a pesar de la aparente y soberbia seguridad que trataban de demostrar con su irresponsable comportamiento.

Transcurrido más de año y medio de pandemia, nos encontramos ante una nueva y aparente recuperación de la normalidad que se percibe más real por efecto de las tasas de vacunación alcanzadas, lo que puede provocar una falsa seguridad, que valga la expresión, estamos todavía lejos de asegurar, pero que conlleva la retirada de determinadas medidas restrictivas en un intento por retomar la dinámica prepandémica.

Llegados a este punto de aparente satisfacción, sin embargo, nos encontramos ante resistencias importantes, similares o mayores a las que se produjeron cuando se retiraron las que ahora se pretenden recuperar, como la actividad laboral, de estudio, ocio… que complican aún más si cabe ese denominado retorno a la normalidad.

Durante todo este tiempo hemos venido escuchando que si tal o cual cosa, actividad, acción… habían venido para quedarse. Parece que no tan solo se percibe, e incluso se asegura, que han venido para ello, sino que hay quienes, y no son pocos, los que están convencidos que han venido para desplazar o eliminar las que realizábamos antes de que nos engullese la pandemia. Es decir, que no las consideran complementarias si no excluyentes.

Son muchos los ámbitos en los que esta actitud está generando posicionamientos que chocan frontalmente con la recuperación de la normalidad. Entendida esta como la cualidad de aquello que se ajusta a cierta norma o a características habituales o corrientes, sin exceder ni adolecer. ¿Quiere decir esto que ya no se quieren recuperar las características habituales de hace año y medio? o ¿quiere decir que se entiende dicha recuperación como una carencia o defecto que hay que corregir? o ¿puede ser que se haya identificado que lo excepcional no es tan malo y se prefiere a lo considerado como normal? Interrogantes que cada cual, según el color del cristal con que se mire, aceptará o rechazará.

Pero con independencia de este análisis, que no es menor, me gustaría centrarme en algunos aspectos de esa perdida normalidad y de esta supuesta y, ya no sé, si deseada recuperación de la normalidad.

En el ámbito de la universidad, por ejemplo, la pandemia obligó a hacer un esfuerzo para adaptarse al escenario que tan sorpresiva como drásticamente impuso la pandemia. La virtualidad tuvo que incorporarse a pasos acelerados en contextos de presencialidad absoluta que ni estaban preparados ni adaptados para ello y en los que tanto docentes como discentes lo contemplaron como una amenaza y como una barrera para la docencia que estaban acostumbrados a impartir y recibir respectivamente. A ello hay que añadir el hecho de que en ningún caso se pasó de una docencia presencial a una docencia virtual, sino que se adaptó la presencialidad para ofrecerla online, lo que claramente provocó un resultado deficiente que generaba mucha insatisfacción en todos los agentes implicados, pero que poco a poco fue aletargando a los mismos acostumbrándose a una situación aparente e inicialmente rechazada.

Es como lo que le sucedió a una rana que metieron en una olla de agua hirviendo. Inmediatamente, saltó para salir y escapar de ella. Su instinto fue salvarse y no aguantó ni un segundo en la olla. A esa misma rana la metieron en otra ocasión en una olla llena de agua fría. Se dio cuenta, a pesar de la inicial resistencia, que estaba a gusto y permaneció en la olla. Lo que la rana no sabía, es que el agua se iba calentando poco a poco. Así que, al poco tiempo, el agua fría se transformó en agua templada, acostumbrándose a ella. Sin embargo, poco a poco, el agua subió de temperatura. Tanto, que llegó a estar tan caliente, que la rana murió cocida en el agua.

De alguna manera es lo que sucedió con los cambios incorporados en la docencia. Inicialmente abandonamos “el agua hirviendo” que suponía la situación de pandemia para tratar de no morir en ella, pero sin darnos cuenta que nos metíamos en un escenario de “agua fría” a la que fuimos acostumbrándonos, adaptándonos, sin percibir que con ello estábamos perdiendo identidad, calidad, participación, seguridad, comunicación…

No fuimos capaces de salir de dicho escenario para dotar a esa virtualidad de sentido y oportunidad, aceptando la solución inmediata de la “retransmisión” que, además, se hacía sin ver ni oír a nuestros interlocutores, que permanecían voluntariamente ocultos y silenciados tras las pantallas.

A punto de iniciarse el nuevo curso académico se plantea la recuperación de la presencialidad en las universidades que la perdieron o limitaron, en un intento por volver a la normalidad aparentemente deseada. Y en este punto nos encontramos con una parte nada despreciable de profesorado y estudiantado que prefieren permanecer en esa agua que ya está muy próxima al punto de ebullición. Se resisten a volver a las aulas con argumentos peregrinos, infantiles y ausentes de la más mínima evidencia científica, es decir, excusas. El mantra de “ha venido para quedarse” es esgrimido de manera tan reiterada como torpe al hablar de la docencia virtual, que ni han aplicado ni entendido, pero a la que se han acomodado, como si de tanto repetirlo pudiese convertirse en una realidad.

Finalmente usar como pretexto una crisis para no hacer algo es tanto como poner los cimientos de una nueva desde el conformismo que se adopta. Tal como dijo Albert Einstein[2] “Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.”

En la docencia, en general, pero muy particularmente en la docencia de enfermería tratar de convencer o convencerse de que la docencia presencial tiene que ser desplazada por la impuesta docencia online que tanto hemos tenido que sufrir, es un signo evidente de que la docencia, para ellas/os, o bien es algo que tienen que hacer porque no les queda más remedio o bien no saben o no quieren saber lo que es y significa la docencia enfermera o lo que es aún más grave lo que es y supone la misma para que se puedan formar excelentes enfermeras. Este riesgo se ve incrementado cuando, quienes se resisten no son enfermeras, aunque no exclusivamente. Por tanto, utilizan la docencia como un modo, como otro cualquiera, para que todos los meses se les ingrese la nómina. Pero desde luego no como una actividad que suponga la motivación, implicación, ilusión, iniciativa, innovación… necesarias para formar enfermeras, con todo lo que ello significa, y no tan solo como una transmisión mecánica de conceptos e ideas, no siempre acertados ni actualizados ni tan siquiera científicos, desde una ética de mínimos que consiste exclusivamente, en dictar clases y hacer exámenes para producir, que no formar, enfermeras.

En el ámbito asistencial, por su parte, también encontramos incomprensibles resistencias a retornar a la normalidad.

En muchas ocasiones, antes de la pandemia, se había identificado a la Consulta Enfermera como el nicho ecológico, la atalaya, el reducto de muchas enfermeras, desde la que se resistían a salir a la comunidad para llevar a cabo atención familiar domiciliaria o intervenciones comunitarias. Por su parte la utilización de las tecnologías de información y comunicación (TIC), para el registro de la actividad, ya antes de la pandemia, supuso una excusa excelente para limitar, cuando no anular, la comunicación con las personas al centrar la atención casi exclusivamente en la pantalla de un ordenador o una tablet, ignorando a la persona con la que, al menos en apariencia, estaban atendiendo.

La pandemia supuso una “reclusión” forzada de las enfermeras en los centros salud y estos se convirtieron en fortalezas inexpugnables a los que no podía acceder la población. La comunicación telemática fue el sucedáneo elegido para mantener un supuesto y fallido contacto entre las personas que lo requerían y las enfermeras que permanecían encerradas en sus consultas a la espera de alguna llamada desesperada. La utilización, sobre todo durante las primeras fases de la pandemia, de la Atención Primaria como recurso subsidiario de los hospitales o absolutamente infrautilizado por parte de los decisores con lo que ello suponía de ruptura de la atención y relación con la comunidad, supuso, como se ha podido demostrar, un grave perjuicio para la población que se vio relegada y recluida en sus domicilios sin contacto alguno con sus referentes profesionales.

Esta situación que se intentó revertir al comprobar el error cometido, no logró recuperar la actividad comunitaria y la misma fue nuevamente excluida por la actividad rastreadora que se incorporó casi como la única a desarrollar por parte de las enfermeras hasta el punto que incluso perdieron su identidad para pasar a ser identificadas como rastreadoras.

Esta pérdida progresiva de la comunicación y el contacto directo, ha sido ampliamente rechazada por la mayoría de las enfermeras comunitarias, pero hay quienes han utilizado esta situación para atrincherarse aún más en sus cubículos y evitar así el contacto con la comunidad, que si ya era deficiente antes de la pandemia, ahora tratan que sea tan solo un referente histórico o un recuerdo lejano y borroso. Se amparan en que la telesalud y otras estrategias virtuales han venido no tan solo para quedarse sino para desplazar y eliminar cualquier otra actividad, como si de acciones excluyentes se tratase en lugar de identificarlas como adicionales.

La incertidumbre, la ansiedad, la alarma, la vulnerabilidad, la soledad, la pobreza, la violencia… requieren de gestos, miradas, contactos, palabras… que conformen unos cuidados profesionales que las TIC pueden facilitar, pero en ningún caso sustituir y mucho menos excluir. La proximidad, la cercanía, la presencia, son la esencia de los cuidados profesionales, que aúnan conocimiento científico, técnica y humanismo y que precisan de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis, como realidad compleja, en evolución, no lineal y mucho menos binaria, que son. Tal como dice Montserrat Busquets Surribas[3] “Presencia cuidadora a través de la cual las personas saben y sienten que están en buenas manos”.

Las enfermeras, en cualquier ámbito de actuación en que intervengamos, debemos ser conscientes de la importancia que tiene ser, sentirse y actuar como enfermeras. Dejarse arrastrar por la teleopatía que persigue la obtención acrítica de resultados, es contribuir a la devaluación de la aportación específica enfermera prestada a través de los cuidados profesionales.

Ante estos ejemplos, que tan solo son eso, ejemplos, lo que significa que hay muchas otras acciones u omisiones que deberían revertirse para alcanzar la normalidad, se corre el riesgo de reclamar y reivindicar como válido aquello a lo que nos hemos acostumbrado y que, en algunos casos, incluso, se defiende vehementemente como derechos adquiridos cuando tan solo han sido respuestas precipitadas, excepcionales y temporales ante una situación tan sorpresiva, excepcional y temporal como la pandemia. Por mucho que dicha temporalidad se antoje, para algunas/os, como algo permanente y capaz de modular con excesos la normalidad que anhelamos recuperar. Eso sí, para mejorarla, que no sustituirla.

No nos comportemos como ranas y renunciemos al acomodo, el conformismo y la muerte a la que nos conducen, contradiciendo así a Dostoyevski[4], cuando decía: “un ser que se acostumbra a todo; tal parece la mejor definición que puedo hacer del hombre.” Seamos y actuemos como enfermeras, aprovechando y generando oportunidades.

[1] Autora estadounidense conocida sobre todo por sus obras de ficción especulativa y, en especial, por las obras de literatura fantástica

[2] Físico alemán de origen judío, nacionalizado después suizo, austriaco y estadounidense. Se le considera el científico más importante, conocido y popular del siglo XX

[3] Enfermera, licenciada en Antropología Social y Cultural y máster en Bioética y Derecho

[4] Uno de los principales escritores de la Rusia zarista, cuya literatura explora la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del siglo XIX.

Fútbol, electricidad y salud.

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Dale valor a las cosas, no por lo que valen,

sino por lo que significan.

Gabriel García Márquez[1]

 

La atención informativa de este país ha estado centrada en el último mes en la batalla psicológica mantenida entre dos clubs de fútbol por la propiedad de un jugador de 22 años. Dos clubs de fútbol que realmente son dos personas con gran poder económico jugando a mantener su ego y su prestigio personal y empresarial tras un falso e interesado amor a los colores que dicen representar, pero que esconden intereses mucho más lucrativos. Una lucha mediática, con una indecente puja multimillonaria, para lograr un “trofeo” con el que obtener mayores beneficios económicos en sus respectivos negocios, aunque se quiera disfrazar de interés deportivo. Una subasta que, salvando todas las distancias, tiene aspectos comunes con las que los terratenientes yanquis compraban esclavos. Todo ello en medio de la denominada 5ª ola de la pandemia que se resiste, o nos resistimos, a que nos abandone. Como si el lugar dónde finalmente juegue o el sueldo que gane dicho jugador fuesen la solución definitiva a la COVID.

Dicho desmán ha ido en paralelo a otro no menos escandaloso, como es el coste de la electricidad que nos está ofreciendo a diario nuevos récords de precio, en una aparente competición con la subasta de jugadores. Mientras tanto, quienes deberían regular estos precios, o bien miran hacia otro lado, o bien esgrimen excusas que nadie logra entender, y quienes deberían contribuir con su apoyo a arreglar semejante atraco se dedican a utilizarlo de manera oportunista y torticera para su interés partidista y alejado del interés de quienes tienen que soportar los sucesivos récords de precios. En un momento, además como el de la pandemia, en el que los recortes, las restricciones, los ERTES… están incidiendo de manera despiadada en la economía de muchos sectores sociales y como consecuencia de ello en la salud de las personas como efecto colateral a las consecuencias del virus.

Por su parte, quienes se esfuerzan en mantener la salud de la población lo hacen igualmente con récords de precios, pero en este caso a la baja, con malas retribuciones, ausencia de incentivos, temporalidad, precariedad laboral… pero con la dudosa honra de ser héroes y heroínas, una vez más, como cortina de humo y elemento de distracción, de lo que verdaderamente importa y se esfuerzan en ocultar.

Dentro de poco más de tres meses volveremos a utilizar esa manida frase de “lo importante es tener salud”, cuando no nos toque la lotería de navidad. Salud que conseguimos mantener o recuperar gracias a profesionales que son ignorados sistemáticamente por parte de la administración que los contrata como “recursos humanos” sin una adecuada planificación en una organización burocratizada, deshumanizada y politizada. Por parte de la población que en muchas ocasiones los identifican como servidores públicos obligados a dar respuesta puntual e inmediata a unas demandas que, en muchos casos, contribuyen al colapso del sistema. Por parte de los políticos que los utilizan como piezas de su particular tablero de juego para desarrollar sus estrategias y sacar con ellos el mayor rédito posible.

Profesionales que acaban siendo un número de puesto que deben responder a una gestión de conveniencia de tantos tontos por cien, para mantener las apariencias sin tener en cuenta sus expectativas, motivaciones, iniciativas… porque lo único que realmente les importa es que estén y hagan lo que mejor convenga a sus intereses y los de quienes les han “fichado”, a imagen de lo que hacen los dueños o presidentes de los equipos de fútbol. Lástima que en lugar de “fichar” estómagos agradecidos, mediocres de conveniencia, obedientes irreflexivos, servidores fieles, tontos útiles… preocupados por indicadores que aporten datos positivos para sus padrinos, aunque ello suponga tener que maquillarlos, no se dediquen a gestionar eficaz y eficientemente la organización ofreciendo entornos de trabajo saludables que potencien la satisfacción de las/os trabajadoras/es y con ello se aumente la calidad de la atención a las personas, familias y comunidad.

Una situación que, como con las empresas eléctricas, sirve de lanzadera de los intereses comerciales de las multinacionales de la salud que obtienen grandes beneficios a costa de la desidia y el abandono que se hace de la Sanidad Pública y de sus trabajadoras/es. Convirtiéndose en nuevas puertas giratorias como lo han venido siendo desde siempre las empresas eléctricas para quienes han ostentado cargos políticos de máximo nivel y que cuando nos descuidemos provocará el mismo efecto especulativo que con los precios de la electricidad, lo que acabará repercutiendo en la salud de la población, al menos en la de quienes no tienen recursos para pagar los precios que ponen a la salud desde un discurso totalmente falso, falaz y demagógico, utilizando para ello, argumentos descalificadores contra la Sanidad Pública, como estrategia de negocio.

La pandemia ha contribuido en gran medida a configurar, un escenario de precariedad del Sistema Nacional de Salud (SNS) y a visibilizar, agravar o incrementar sus debilidades, dejando claro que la supuesta fortaleza del SNS no era tal, sino que se beneficiaba de la aportación de sus profesionales que han sido quienes han hecho y siguen haciendo posible el afrontamiento eficaz de una situación tan compleja e incierta como la pandemia.

Sin embargo y más allá de esa artificial y oportunista heroicidad con la que quisieron revestir a las/os profesionales, ocultando las deficiencias de su gestión, no han existido, ni se han presentado si quiera, estrategias reales que permitan mejorar sus condiciones de trabajo que, como consecuencia de la nefasta gestión desarrollada, lo que provocó fue justamente el efecto contrario.

Ya se ha dicho por activa y por pasiva que los/as profesionales no son ni se sienten héroes o heroínas, que tan solo, o mejor dicho, sobre todo, hacen aquello que saben hacer, cuidar y curar, cada cual, desde sus competencias propias, pero desde un trabajo que requiere trasnsdisciplinariedad y respeto.

Cuando se está a punto de alcanzar una tasa de vacunación del 80% de la población española en poco más de 6 meses, es decir más de 74 millones de dosis administradas, lo que realmente acapara la atención mediática y social es si tal o cual jugador va a ser fichado por tal o cual equipo. No existe la más mínima preocupación, interés o reconocimiento sobre si una enfermera lleva meses sin descanso alguno trabajando para lograr esa tasa de vacunación. Porque finalmente se tiene el sentimiento, la percepción e incluso el convencimiento de que al fin y al cabo dicha enfermera está cumpliendo con su obligación y es lo que le toca hacer. Porque lo único que se identifica es el acto de pinchar una vacuna que se entiende, además, podría ser administrada por cualquier otro profesional sin competencias específicas, al no tener en cuenta que ese “pinchazo” es tan solo una mínima parte de un proceso complejo que requiere de planificación, conocimiento, técnica y humanidad que quedan ocultos sin que se valoren ni se reconozcan. Creer que lograr una tasa de vacunación como la alcanzada tan solo obedece a generar una cadena de vacunadoras que administran vacunas como quien aprieta tornillos en una cadena de montaje es además de una falta de respeto una absoluta falta de conocimiento de lo que es y supone llevar a cabo dicho proceso.

No sé qué podrá aportar un futbolista, por bueno que sea en su trabajo, en el logro de un título, pero sé lo que se le reconoce, aplaude, tolera, admira… además de considerar absolutamente normal que cobre cantidades astronómicas por aquello que se espera de él, que es jugar bien al fútbol y que, por lograrlo, además, se le prima. Que, por otra parte, si no lo hace no va a dejar de cobrar y va a seguir siendo admirado, perdonado y consentido en espera de que recupere “su duende” y vuelva a jugar bien.

Sé, sin embargo, lo que puede aportar una enfermera excelentemente cualificada, preparada, motivada, implicada, con años de estudio y experiencia, con formación permanente… en la planificación de un programa, una acción o una intervención de salud que, además, va repercutir en la salud individual y colectiva, pero que como cometa, como humana que es, el más mínimo error va a ser señalada, recriminada, culpabilizada e incluso agredida por su error, pudiendo ser suspendida de empleo y sueldo y juzgada.

Mientras no se respete el trabajo de una enfermera, al menos, en igual medida al que realiza un futbolista. Mientras se siga creyendo que el trabajo que realiza una enfermera es intrascendente, subsidiario o prescindible. Mientras quienes no pueden hacer frente al pago de la factura de la electricidad admitan como normal lo que se pague por tener a un futbolista o lo que se le pague por hacer aquello que sabe hacer. Mientras se exija a una enfermera una atención de calidad, rigurosa, puntual, integral, individualizada, humanitaria, ética, estética, empática y simpática, sin tener en cuenta que está trabajando con turnos imposibles, sin posibilidad de conciliar su vida personal, con bajos sueldos y condiciones precarias de trabajo. Mientras no se valore la excelencia profesional, la dedicación, la innovación, la motivación, como elementos de incentivación que permitan premiar a las mejores enfermeras y que sea un elemento a tener en cuenta para que los gestores, los buenos gestores, quieran fidelizar su permanencia en su organización en lugar de lo que sucede actualmente que se genera la fuga de talento por la falta de respeto, atención y reconocimiento. Mientras se exija tener en su equipo a tal o cual jugador, pero le sea totalmente indiferente que le atienda una u otra enfermera o que ni tan siquiera le atienda una enfermera como correspondería. Mientras se tiren las manos a la cabeza cuando un futbolista se va a un equipo de otro país y no suscite ninguna preocupación que las enfermeras que se forman con sus impuestos emigren a otros países para tener unas condiciones de trabajo más dignas. Mientras no se valore la especialidad de una enfermera como valor añadido a la atención específica. Mientras se siga creyendo que ser Doctora supone ser médica, sin valorar que una enfermera puede ostentar dicha denominación académica. Mientras el fútbol esté siempre presente y la salud tan solo cuando no nos toca la lotería. Mientras existan periodistas deportivos altamente preparados que se saben de memoria las alineaciones, los nombres, talla, peso, edad, aficiones… de cada jugador y no se considere necesario contar con periodistas de la salud que sepan valorar el trabajo de las enfermeras o no confundan salud con sanidad o sanidad con medicina. Mientras una noticia de fútbol acapare más atención que una intervención en salud. Mientras todo esto suceda seguiremos teniendo un SNS cada vez más tecnificado y menos humanista, cada vez más paternalista y dependiente, cada vez más burocrático y menos equitativo. Un SNS con excelentes profesionales pero que son sistemáticamente ignorados e incluso maltratados. Un SNS infrafinanciado. Un SNS centrado en la enfermedad en lugar de la salud. Un SNS gestionado por burócratas mediocres sujetos al capricho político del partido de turno en el poder. Un SNS cada vez más politizado y menos profesional.

Me gustaría que de igual manera que se piden grandes jugadores en las plantillas de los equipos, se exigiesen grandes profesionales en los equipos de salud. Me gustaría que se respetase, reconociese y apoyase a esos grandes profesionales en el trabajo que desarrollan. Me gustaría que se exigiese a los gestores sanitarios, igual que se hace con los presidentes de los clubs, que existiese una adecuada inversión de los impuestos para mejorar las plantillas de los equipos de trabajo y que no tuviesen la tentación de irse por estar mal pagados o tener malas condiciones de trabajo. Me gustaría que igual que conocen a sus jugadores conociesen a sus profesionales de referencia. Me gustaría que la salud fuese tan importante como lo es para muchos el fútbol. Me gustaría que entendiesen que de igual manera que no pueden afrontar una factura de la electricidad por los precios abusivos de las empresas eléctricas puede suceder que pase lo mismo con la atención sanitaria cada vez más privatizada. Me gustaría que se entendiese que cuando una enfermera reclama mejores condiciones laborales no sea percibida como una pedigüeña en contraposición a cómo es percibido un jugador de fútbol cuando exige tener mejor ficha y además sin impuestos.

Un corte en el suministro eléctrico nos puede dejar sin luz, sin calefacción e incluso sin poder ver el deseado partido de fútbol. Pero un “corte” en la atención sanitaria nos puede dejar sin salud. Finalmente, sin salud, ni el fútbol ni el precio de la electricidad tienen valor, aunque sean muy caros. Elijamos y valoremos en consecuencia.

[1]  Escritor y periodista colombiano (1927-2014).