CUIDADO. MUCHO MÁS QUE UNA PALABRA Significatividad y valor

                                                   A quienes, con sus palabras, su conocimiento y su convicción, dan valor al cuidado y lo incorporan como un derecho fundamental de la humanidad.

 

“Lo que no se nombra no existe»

George Steiner[1]

Cuidado, enfermería, enfermera, salud, comunicación… son palabras que todas/os conocemos e identificamos. Palabras que de manera aislada como conceptos, definiciones, descripciones… tan solo nos aproximan a su significado, pero no logran por sí mismas darles significatividad, como condición de significativo (que tiene importancia por representar o significar algo). Es por ello que las palabras, por sí solas, están sujetas a interpretaciones muy variadas, diversas y en ocasiones dispersas que lejos de permitirnos entender, comprender, reconocer o valorar su justa dimensión, las pueden situar en el plano de la indiferencia, la intrascendencia, la contradicción o incluso la manipulación interesada.

Así pues, cada palabra, debe ser construida con más palabras que la identifiquen y, sobre todo, le den sentido y sentimiento. No se trata tan solo de entender qué es aquello que quiere transmitir. Se trata, sobre todo, de que traslade el sentimiento que la palabra genera con independencia del contexto en que se utilice. Lo contrario nos sitúa en el recurrente uso de las palabras con fines no siempre adecuados a lo que es su verdadera significatividad, o pasar a formar parte de eufemismos y demagogias que las desvirtúan o estereotipan.

Con el cuidado, los cuidados, ha pasado esto de manera sistemática a lo largo de la historia. Nadie cuestiona su existencia, incluso su importancia, pero no se ha logrado construir una significatividad que le de valor. El valor que realmente tiene y le otorga el efecto que genera, pero que, lamentablemente, no se ha asimilado al valor de quién o quiénes los prestan, o bien ha sido intoxicado dicho valor precisamente por asociarlo a quienes lo prestan, las mujeres, como derivación del valor que a las mismas se les ha otorgado a lo largo de la historia en la sociedad. En definitiva, el cuidado, los cuidados, quedan circunscritos a un valor residual o menor, que ha sido efecto o ha contribuido negativamente a construir su significatividad.

La palabra valor deriva del latín valere que significa «ser fuerte» “tener salud”. Por lo tanto, valor es aquello que nos permite sentirnos bien, fuertes. Lo que viene a confirmar que el cuidado es en sí mismo un valor ya que los cuidados dan fortaleza, no tan solo física, a las personas que los reciben y por tanto contribuyen a mejorar o fomentar su salud.

Pero más allá de la etimología de la palabra y tal como nos describe Victoria Camps[2] el valor es la atribución que cada cual otorga a las cosas o a la realidad en la que se sitúa en la medida en que le interpela o le afecta para bien o para mal. El valor, por tanto, provoca atracción o repulsión. Y, creo no equivocarme si afirmo que el cuidado siempre genera atracción en quien lo precisa. Entendiendo dicho cuidado como aquel que se presta con calidad y calidez por parte de la persona que lo procura y que lo será en dicho sentido en la medida en la que dicha persona, sea profesional o no, tenga idéntica percepción de valor hacia el cuidado dado, algo que no siempre se produce. Y no se produce, en el caso de las/os cuidadoras/es familiares, por ejemplo, cuando se hace por imposición o cuando se alcanza un grado de estrés muy importante en su prestación. En el caso de las enfermeras, cuando el concepto de cuidado no adquiere ni traslada valor hacia ella, es decir, cuando el cuidado es tan solo un concepto que, no por repetido, ha sido capaz de construir y dar significatividad al mismo, convirtiéndolo bien en una etiqueta o en algo mecánico y sin sentido o bien renunciando a él al rechazarlo por identificar, siguiendo el argumento de Camps, que les provoca repulsión.

Para que las enfermeras podamos dotar de valor al cuidado desde la perspectiva científico-profesional, este debe estar marcado por el pensamiento como criterio previo para determinar, que es bueno actuar como se piensa. Esto implica tener un código previamente estructurado del cuidado con criterios propios y alimentado de conocimiento, experiencia y convicción. Y es en base a ese criterio estructurado sobre el que se decide ser coherente con el código de cuidado que se genera. Porque es desde esa coherencia desde la que se refuerza el código generado, pasando, de esta manera, del pensamiento más o menos abstracto a la acción cuidadora profesional concreta.

Pero en la construcción de ese pensamiento y del código profesional que del mismo trasciende hay que distinguir, tal como nos planteara el filósofo Brentano[3] con relación al valor que otorgamos a las cosas, acciones, pensamientos… entre el juicio, que permite diferenciar lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo… y los sentimientos, que otorgan la capacidad de identificar el valor y los valores que se sienten y conmueven. Por tanto y siguiendo este planteamiento, no tan solo es preciso identificar el cuidado como bueno, como se hace desde la moral y la ética, sino que se precisa que dicho valor del cuidado profesional sea sentido como propio por las enfermeras y les conmueva profesional y científicamente prestarlo y estudiarlo, desde la perspectiva de la estética.

Abundando en este planteamiento el filósofo austríaco Christian von Ehrenfels[4] decía que el valor reside en el deseo que se despierta en cada persona. Si genera deseo se valora, de lo contrario no se valora e incluso se desprecia. De ahí que si el cuidado no es capaz de generar deseo en las enfermeras difícilmente se valorará y, por lo tanto, difícilmente podrá ser valorado por parte de quien lo recibe.

Estamos pues ante un constructo complejo que va mucho más allá del término que lo identifica, el cuidado, y que incluso trasciende al valor que se le otorga o se le presume, dado que va más allá de dicho valor tal y como lo he referido, incorporándose como parte de los valores que dan sentido a la acción profesional cuidadora. En este sentido, la educadora y escritora Carmen Guaita[5] dice que los valores son el modo de empleo de la vida. Hay que distinguirlos, saber lo que ayuda a vivir o lo que hace daño. De tal manera que los valores nos ayudan a llevar una vida de relación con los demás. Porque los cuidados siempre han sido relacionados con dicha convivencia, como parte consustancial de la misma. Desde la perspectiva humana, ética, moral o psíquica, los valores son esenciales no sólo para la solidez personal o profesional, sino también social. No se pueden separar porque todo ser humano es social y se relaciona. Lo que adquiere sentido común, que, en definitiva, es el sentido de la comunidad. Por eso, si se trabajase, comunicase, escuchase, actuase en y con la comunidad, muchos de los problemas actuales de la propia comunidad tendrían una respuesta mucho más eficaz y eficiente y los cuidados alcanzarían el grado de referencia, respeto, visibilidad… que harían mucho más razonabley comprensible la axiología.

Ante estos planteamientos en torno al cuidado y su valor humano, profesional, científico… cabe plantearse si el cuidado profesional tiene valor y es un valor. Si realmente hay valores o si lo que existe es una crisis de valores en torno al cuidado enfermero. Este es el cuodlibeto[6] que planteo y del que no tengo seguridad se pueda lograr una respuesta concluyente. Pero si cuanto menos sirve para generar un clima de análisis, reflexión y debate, posiblemente haya valido la pena.

Es cierto que los valores han existido siempre. Pero jerarquizados o en escala, como se plantea, por ejemplo, en el desarrollo teórico de Maslow[7] con la pirámide de las necesidades humanas de las que emana la necesidad/demanda de cuidados tanto profesionales como no. Sin embargo, en nuestra sociedad, ese orden, esa jerarquía de valores parece haberse desmoronado o cuanto menos es cuestionada. No tienen consistencia, ni orden, ni tan siquiera muchas veces valor, al perder precisamente su categoría de valor. Ante esta nueva realidad, influida por el individualismo, la competitividad, el aislamiento, el hedonismo… y reforzado por la débil acción de quienes son nuestros representantes políticos, pero también profesionales, surgen los antivalores que se sustentan no en el conocimiento o en la búsqueda de la verdad, sino justamente en todo lo contrario, en la mentira, la calumnia, el perjurio, la media verdad o la posverdad, perversión… que son moneda corriente de nuestra convivencia social, política, profesional, científica. A todo lo cual hay que añadir las fake news (falsas noticias), que no son casuales y que nos invaden en una nueva relación humana con la tecnología que, como muy bien planteara Zigmunt Bauman[8], genera una contracción del presente y una sociedad del riesgo, a través del término que acuñó de Modernidad líquida, que se produce como consecuencia, entre otras causas, de la desaparición de las barreras entre expertos y legos que choca frontalmente contra el arraigado protagonismo y paternalismo profesional imperante en los sistemas sanitarios. A ello, hay que añadir los importantes e inquietantes cambios en los medios de comunicación de masas y en la organización social, en medio de la gran cantidad de información y el poco conocimiento existente, que invocan la perentoria necesidad de crear nuevas redes de confianza. Por último, el valor económico de la salud, que desvaloriza el cuidado profesional en favor de la técnica y la tecnología a través de la teleopatía u obtención acrítica de resultados que instrumentaliza los cuidados e inserta el miedo como forma de dominar a la población. Una realidad que estamos viviendo y con la que hay que tomar distancia emocional, pero también profesional, sino queremos dejarnos arrastrar por ella con la consiguiente pérdida de valores que supone.

Así pues, no es que haya desaparecido el valor del cuidado, sino que se ha modificado la escala de valores en la que ha quedado incorporado, lo que nos obliga a trabajar para construir una nueva axiología del cuidado enfermero. Una construcción al nivel de la dignidad humana que demanda empatía, compromiso, implicación, confianza y esperanza para poder humanizar el cuidado y devolverle su valor, situándolo en lo más alto de la escala de valores de una sociedad y unos sistemas de salud humanizados. Un cambio en el que las enfermeras debemos asumir el liderazgo que nos corresponde para generar una transformación social y humanizadora que, lo primero que requiere es una mirada introspectiva de nuestra relación con el cuidado y la significatividad que le otorgamos como enfermeras líderes del cuidado profesional.

El cuidado tiene valor y es o debe ser algo vital e irrenunciable para las enfermeras y para su traslado a las personas, las familias y la comunidad a las que debemos prestárselo. Se debe sentir. El cuidado ayuda a vivir, crecer, madurar, progresar, desarrollar, expandirse… Se trata de un proceso de crecimiento o individuación[9] total, tal como postuló Carl Jung[10] que encaja perfectamente con el concepto, objetivo y fin de los cuidados. No identificarlo y asumirlo como tal es un autoengaño que nos lleva irremediablemente al fracaso profesional o lo que, aún es peor, a la más absoluta pérdida de significatividad y por derivación de reconocimiento.

Pero además de todo lo dicho, el cuidado tiene también un valor simbólico, que es trascendental. De igual manera que el tótem, tiene o ha tenido valor simbólico en las relaciones tribales o el sol en determinadas culturas… el cuidado tiene un valor simbólico absolutamente inseparable de la enfermería como ciencia y de las enfermeras como profesionales, al conformar las relaciones humanas que se producen, en unos casos, en torno a determinados símbolos y las que se generan alrededor del cuidado, teniendo su reflejo en las relaciones profesionales. Valor simbólico que adquiere mayor relevancia en contextos con culturas, tradiciones, modelos, idiomas… comunes o similares, como el Iberoamericano, en el que resulta más fácil dotar de significatividad al cuidado, que en aquellos que el mismo está impregnado de otro tipo de normas, conductas o comportamientos.

Cuidado y cuidar, por tanto, tiene valor y aporta valor a lo largo de todo el ciclo vital de las personas. Y lo tiene y es inherente a él. Algo que no sucede con curar. Porque para curar resulta imprescindible el cuidado, mientras que el cuidado no exige curar. Incluso quien renuncia a ser curado o no tiene posibilidades de curación, requiere y demanda cuidado. Incluso quien quiere y demanda su muerte, la quiere y demanda con la presencia del cuidado. Curar, por su parte, puede actuar negativamente anulando o subestimando el cuidado por entenderlo un obstáculo para su fin de curación, que no siempre es posible ni tan siquiera deseada.

La salud es un derecho fundamental y el cuidado debiera serlo de igual forma porque resulta fundamental no tan solo para la salud, sino para la vida. Sin cuidado no es posible la salud ni la vida. Sin salud, sin embargo, es necesario el cuidado.

Por todo ello queda claro que las palabras están llenas de significado y que nunca son inocentes. Pero también queda claro que se precisa darles significatividad si realmente queremos que las mismas adquieran valor y se identifiquen como un valor que es preciso mantener, proteger y reconocer. Como es el caso del CUIDADO.

 

[1] Francis George Steiner (1929- 2020), profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura franco-anglo-estadounidense, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción.

[2] Victoria Camps Cervera (1941), filósofa española, catedrática emérita de la Universidad de Barcelona.

[3] Franz Clemens Honoratus Hermann Brentano (1838 – 1917) filósofo, psicólogo y sacerdote secularizado alemán.

[4] Christian von Ehrenfels (1859 – 1932) filósofo y psicólogo austriaco.

[5] Carmen Guaita Fernández (1960) escritora y profesora española.

[6] Discusión sobre un punto científico elegido al arbitrio del autor

[7] Abraham Maslow (1908 –1970), psicólogo estadounidense conocido como uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista

[8] Zygmunt Bauman (1925 –2017), sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío.

[9] Proceso mediante el cual una persona se convierte en un individuo integrado, llegando a ser uno mismo y alcanzando la capacidad de ser totalmente autónomo e independiente

[10] Carl Gustav Jung (1875-1961) médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis.

GLOBALIZACIÓN, SALUD Y CUIDADOS Mucho más allá de la enfermedad

                                                                             A todas aquellas personas que son víctimas de la pobreza, la violencia, la vulnerabilidad… que impactan en su salud.

 

                                                      “La política está sujeta a volar como las perdices, cortito y rápido. Y se está necesitando política de largo aliento en un mundo que se globaliza.»

José Mujica[1]

 

Últimamente, estamos asistiendo, en muchas ocasiones como meros espectadores, a escenarios de guerra, violación de derechos fundamentales, inequidad, vulnerabilidad, violencia, cuestionamiento de determinados derechos alcanzados relacionados con la migración, género, condición sexual… que dado su impacto y trascendencia en la salud de las personas que las padecen y en el deterioro social que generan, deberían ser motivo de reflexión por parte de la población en general y muy específicamente de las enfermeras como profesionales que somos del cuidado de la salud.

Pensar o plantear que dichas situaciones escapan a nuestra capacidad de acción es no tan solo una mala escusa sino una clara dejación de nuestra obligación como enfermeras en, cuanto menos, el posicionamiento a tener sobre las mismas, cuando no, en una acción mucho más clara y concreta.

En ningún caso estoy planteando que debamos convertirnos en activistas directas de contiendas bélicas, conflictos sociales o injusticias, que evidentemente escapan a nuestra capacidad.

Pero entiendo que entre la inacción absoluta y la implicación plena existe un amplio espacio de intervención que sin duda deberíamos contemplar con el fin de establecer estrategias que contribuyan a paliar los efectos devastadores que dichos problemas están provocando no tan solo en la población que directamente las padece sino en aquella que las contempla con cierta indiferencia dada la naturalización que las mismas llegan a provocar, lo que las convierte en un claro riesgo de salud pública y comunitaria que, entiendo, debería ser abordado de forma más determinante por parte de las enfermeras.

Como enfermeras comunitarias tenemos la obligación moral, pero también la responsabilidad competencial de actuar sobre cualquier causa, efecto o circunstancia que suponga un potencial riesgo en la salud física, mental, social o espiritual de las personas a las que tenemos obligación de prestar cuidados profesionales.

Nuestra posición no es exclusivamente la de ciudadanas/os. Nuestra condición de enfermeras en general y de enfermeras comunitarias en particular, nos otorga una responsabilidad sobreañadida a la de nuestra ciudadanía que no podemos obviar ya que hacerlo, supone una grave irresponsabilidad y una manifiesta falta de ética profesional.

Es evidente que nuestra capacidad de acción será distinta en base a los diferentes escenarios. Pero argumentar nuestra pasividad en base a la distancia geográfica en que se producen o en la magnitud de los acontecimientos que en los mismos se generan, es contribuir a ignorar, ocultar u olvidar, bien el impacto que provocan dichos acontecimientos o todas aquellas consecuencias que como derivación de estos hechos se generan en nuestra comunidad en forma de los mal llamados micro efectos, dado el gran impacto que los mismos provocan en las personas, las familias o la propia comunidad.

No entiendo cómo se pueden denominar micromachismos a las actitudes que por acción u omisión se adoptan con relación a cuestiones de género, lo que parece convertirlas en inocuas o incluso naturales. No comprendo cómo se asumen como permisibles o se justifican actitudes de abuso en ámbitos laborales o de convivencia. No concibo cómo se pueden naturalizar comportamientos de rechazo a la diversidad. No comparto que se utilicen determinados aspectos de la convivencia humana como armas políticas. No encuentro justificación a la tolerancia de la corrupción, en cualquiera de sus formas o por parte de cualquiera que la ejerza, dado el impacto negativo que en la prestación de servicios a la población que los necesita tiene. No soy capaz de justificar violencia alguna, contra personas o comunidades, por cuestiones políticas, religiosas o culturales, en base a la defensa de relaciones comerciales o de cualquier otro interés estratégico entre países, que provoque el odio a determinadas maneras de pensar, creer o actuar. No puedo asumir que todo lo que sucede sea consecuencia de la casualidad o de circunstancias accidentales y que en base a ello pensemos y digamos que no podemos hacer nada.

En definitiva, todo está interconectado y relacionado. Todo es parte de una acción global y globalizadora que trasciende a las fronteras geográficas, ideológicas, religiosas, étnicas… provocando respuestas igualmente globales en la salud de las personas, las familias y las comunidades a las que no somos ni podemos ser ajenas las enfermeras. Una globalización que, si bien facilita la interdependencia, también supone la presencia de amenazas muy importantes que contribuyen al deterioro de las condiciones de salud, tales como el cambio climático, los conflictos armados, la pobreza, la enfermedad, las inequidades…

Cuando hablamos de empoderamiento, educación para la salud, promoción de la salud, autocuidado… no podemos pretender que quede circunscrito a aquellos aspectos de la salud que nos resulten más cómodos o menos incómodos. La salud no es algo que podamos modelar a nuestros deseos, nuestra zona de confort o nuestro interés, sea este el que sea. Empoderar a la población supone adquirir un compromiso comunitario de acción participativa que va mucho más allá de trasladar información sanitaria que facilite un mejor uso de los recursos disponibles o un uso racional de los tratamientos o indicaciones terapéuticas, o un conocimiento sobre su problema de salud para su mejor manejo. Se trata de comprometerse en la construcción de un sistema global de salud desde un abordaje integral, integrado, integrador, transdisciplinar y transectorial a través de movimientos ciudadanos de participación activa y real que propicie una ciudadanía global que trascienda a las relaciones de poder y gobernanza y teniendo en cuenta causas estructurales, relaciones internacionales, determinantes sociales de salud o cambios institucionales en una dimensión trasnacional que contribuya a enfrentar la desigualdad social para logar justicia global y equidad.

Sin duda no se trata de un logro sencillo ni mucho menos que pueda lograrse a corto plazo. Pero, está claro, que, desde la inacción, la pasividad o la falsa creencia de que no está en nuestras manos cambiar nada, será imposible lograr un objetivo que siendo colectivo no deja de ser individual y necesariamente identificado y asumido por todas/os aquellas/os que en mayor o menor medida tenemos responsabilidad sobre la salud. Y en el caso de las enfermeras, no es discutible, que nuestro compromiso e implicación deben ser plenos.

La salud, identificada y utilizada en muchas ocasiones como una acción política, no se limita a la intervención de las/os políticas/os. Porque la salud, que debe estar presente en todas las políticas en contraposición a postulados anteriores de políticas de salud que contribuían a que la salud fuese un instrumento de la política y de sus actrices/actores en lugar de un fin de sus acciones, tiene que abordarse por parte de las enfermeras desde la competencia política que no desde la política de sus competencias. Resulta por tanto imprescindible que las enfermeras identifiquemos dicha competencia como ineludible a la hora de planificar e implementar nuestras intervenciones en y con la comunidad. Ello no significa, en ningún caso, que las enfermeras actuemos en política, aunque también, sino que contribuyamos a que la salud está presente en la política y en las políticas que se desarrollen. Por su parte desde las universidades, pero también desde las sociedades científicas, los colegios profesionales o cualquier otro órgano de representación científico, profesional o disciplinar se debe identificar e incorporar la competencia política para lograr que la salud global trascienda a los sistemas sanitarios y se sitúe en la comunidad desde la que y con la que identificar, abordar e intervenir en todos aquellos aspectos que tengan impacto en la salud de manera directa o indirecta.

La alfabetización en salud consiste en una necesaria educación global que contrarreste el actual paternalismo y protagonismo profesional que lastra y reduce la salud comunitaria de las personas, las familias y la comunidad.

Una vez más, por tanto, nuestra posición no puede ni debe ser de contemplación o de verlas venir, sino una acción directa y decidida que nos sitúe como referentes indiscutibles de la salud comunitaria y como actoras indispensables en la toma de decisiones en cualquier ámbito donde la salud pueda estar amenazada, cuestionada o vulnerada.

Es por tanto necesario que nuestro firme y decidido liderazgo se traduzca en exigir nuestra incorporación en cualquier órgano, estamento, nivel, departamento… en los que se tengan que desarrollar acciones que impacten en la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Tan solo desde esta necesaria perspectiva se logrará posicionar a los cuidados como elemento imprescindible de acción para la salud y no tan solo, como lamentablemente sucede, como una acción secundaria y de cuestionable repercusión en la salud global.

De todo ello se desprende que, por una parte, las enfermeras comunitarias tenemos la obligación de asumir nuestra responsabilidad profesional y social con la comunidad a la que atendemos y debemos prestar cuidados a través de un liderazgo claro, decidido y transformador. Y, por otra parte, las administraciones, instituciones, organismos responsables de la política y las políticas, tienen que identificar de una vez por todas la imprescindibilidad de situar en todos los ámbitos de toma de decisiones a enfermeras que aporten su visión cuidadora como elemento fundamental de las acciones de salud.

No hacerlo, tanto por parte de las enfermeras como por parte de las administraciones, supone una dejación imperdonable de sus responsabilidades que impacta de manera clara en la salud pública y comunitaria y contribuye a que la salud siga siendo tan solo un concepto que se utiliza o bien de manera ineficaz e ineficiente en los actuales y caducos, sistemas sanitarios centrados en la enfermedad y la asistencia, o bien como un elemento de negocio con el que lucrarse unos pocos a costa de la salud de muchos.

En definitiva, dichos planteamientos, contribuyen a que sigamos valorando efectos globales como las guerras, la pobreza, la vulnerabilidad, la inequidad… como hechos al margen de la salud, centrando las acciones políticas, profesionales o sociales exclusivamente en la enfermedad, sin darnos cuenta u obviando de manera consciente, lo que resulta más doloroso, que se contribuye a generar comunidades enfermas más allá de la enfermedad a la que dicen prestar asistencia, pero a la que lamentablemente no prestan atención.

Cuidar es demasiado importante como para que se siga manoseando, interpretando, utilizando, reduciendo… como lamentablemente se hace en la actualidad desde una perspectiva sanadora que impide que los cuidados adquieran el protagonismo que la salud requiere y reclama. No se trata tan solo de cuidar a quien cuida, sino de cuidar al cuidado. Porque sino corremos el riesgo de que se intente curar al cuidado. Y, entonces, sí que estamos perdidos.

La estrategia de cuidados se conforma, por tanto, como una necesidad que debe desarrollarse sin más dilaciones ni escusas por parte del ministerio de sanidad. Los cuidados, por su parte, deben ser una estrategia ineludible de las enfermeras en su desarrollo profesional desde un paradigma enfermero que los sitúe como eje indispensable de su acción y no como un elemento secundario como sucede cuando se actúa desde el paradigma médico en el que nos situamos con inusitada e incomprensible frecuencia y desde el que nunca seremos capaces de identificar las necesidades de una población que reclama una acción cuidadora global.

[1] Exguerrillero y político uruguayo. Fue el 40.º presidente de Uruguay entre 2010 hasta 2015. (1935).

COMUNA 13 Comunidad y Memoria. Sentimientos encontrados.

                                  A las mujeres que siguen caminando por la verdad y la memoria en la Comuna 13                                   y a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia por ofrecerme participar de una experiencia única.

 

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado»

Gabriel García Márquez[1]

 

Durante mi estancia en Colombia he tenido oportunidad de participar en actividades académicas, docentes y de investigación de gran interés y muy productivas.

Sin embrago, en esta ocasión, me llevo una experiencia que ha generado en mi un cúmulo de sentimientos y emociones muy diversas que me han hecho reflexionar tanto a nivel personal como profesional sobre nuestro comportamiento como personas y como enfermeras.

La realidad de Colombia es compleja y diversa, intensa e inquietante, dolorosa y sanadora, rica y pobre a la vez. Es una realidad tejida con recuerdos que muchas veces se quieren olvidar y otras se exige recordar. Una realidad que ha generado heridas no siempre curadas. Una realidad que sacude la memoria y adormece el perdón. Una realidad cargada de nostalgia y de necesidad de futuro. Una realidad obstinada y frágil. Una realidad latente y lacerante. Una realidad presente pero llena de ausencias. Una realidad tan lejana como próxima. Una realidad que endurece, pero genera debilidad. Una realidad tan permanente como perdurable. Una realidad que cuesta entender y comprender, pero que es necesario conocer.

Y esa realidad, tan habitualmente manoseada, distorsionada, manipulada, disfrazada, hace que sea vista por quienes no la hemos vivido en primera persona como una realidad artificial, artificiosa, novelesca, cinematográfica… que juega con los tópicos y estereotipos creados a su alrededor como fetiches con los que disfrutar de ella sin tener en cuenta lo triste, sangrante o lacerante, que puede ser para quienes la han padecido o la padecen aún, desde la perplejidad, la rabia y la incomprensión de tanto juicio de valor y tanta interpretación interesada.

Como decía, en mi visita a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia me ofrecieron visitar un fenómeno social que se ha producido en una de las comunas más castigadas por esa realidad. La comuna 13.

El hecho de que la visita se iniciase en la Asociación de Mujeres Caminando por la Verdad, supuso un punto de partida que sin duda modificó la mirada posterior al fenómeno generado en dicha población.

La citada asociación lleva más de 20 años tratando de mantener la memoria de unos hechos que se inician con la irrupción violenta del ejército colombiano por mandato del entonces presidente de Colombia, el autoproclamado salvador de la patria, Álvaro Uribe, y de los paramilitares con el pretexto de expulsar a la guerrilla de la citada Comuna. Aunque el verdadero objetivo era ocupar dicho territorio por se estratégico por su acceso al mar. La incursión se lleva a cabo con la famosa y tristemente conocida operación Orión el 16 de mayo de 2002 con presencia de helicópteros de asalto, tanquetas y un gran número de efectivos del ejército y los paramilitares como si fueran un mismo cuerpo. Durante los tres días que dura la “invasión” además de las muertes provocadas en los enfrentamientos con la guerrilla, desaparecen más de 400 personas de las que, a día de hoy, aún no se sabe nada. A pesar de que existen indicios, testigos y testimonios de que se hallan enterrados en una escombrera anexa a la Comuna, pero que hasta la fecha no se ha podido comprobar por la negativa de las autoridades a autorizar la excavación de la citada escombrera en busca de los cuerpos de todas estas personas en su gran mayoría jóvenes sin otra culpa que ser residentes de la Comuna, lo que por sí solo, les convertía en sospechosos, cuando no en criminales.

El dolor de la pérdida unido al intento permanente de sepultar, junto a los cuerpos de estas personas, la memoria de lo acontecido, han sido una constante que ha permanecido en la vida de las/os habitantes de la Comuna en general y en la de los familiares de las/os desaparecidos en particular, junto a la constancia, el compromiso, la fortaleza, el recuerdo, la añoranza y la esperanza por encontrar a sus seres queridos para restablecer su recuerdo y mantener la memoria de unos hechos, con el principal objetivo de que nunca más se produzcan hechos similares.

En ese caminar por la verdad durante más de 20 años, los resultados han sido escasos, aunque las alianzas, los vínculos, las relaciones generadas entre estas personas, producto del dolor compartido, han propiciado apoyos invaluables, afrontamientos terapéuticos, resiliencia sanadora… que han permitido que se mantenga viva su esperanza por lograr su objetivo. Un objetivo tan humano como el reencuentro con sus familiares y tan incomprensible como persistentemente negado desde la mezquindad más absoluta por quienes aún hoy siguen actuando como actores de dichas desapariciones.

Asentada en esta cruda y desgarradora realidad, está la transformación que ha sufrido la comuna 13, convirtiéndola en un centro de atracción turística. Los grafitis de recuerdo a lo acontecido pintados en las fachadas de las precarias viviendas de la Comuna, fueron el inicio de una atracción curiosa por contemplar estas obras de arte callejero. Se fueron complementando con la habilitación de las viviendas en lugares de consumo de comidas y bebidas, de venta de recuerdos entre los que se mezcla la ficción con la realidad, la verdad con la mentira, el dolor con la diversión… logrando que el negocio se apodere del recuerdo, la memoria e incluso el dolor, para dejar paso a una atracción turística que desvirtúa una realidad como la descrita al principio. La descripción de los grafitis en inglés se convierte en un relato anecdótico sin nexo de unión con la cruda realidad y diluido en la fiesta que lo rodea todo.

Se impone la dinámica del negocio a la vivencia y la memoria. Cada nuevo local de ocio entierra una parte de la memoria que se ha intentado recuperar durante todo ese tiempo. Cada nuevo letrero de neón ciega la verdad de lo ocurrido. Cada nueva escultura disfraza la miseria aún presente. El dinero consumido hace, si cabe, más patente la pobreza existente. La contaminación acústica de la música y las voces de las/os turistas hace más ensordecedor el silencio de la historia pasada. Y todo esto con la escombrera que contiene los cuerpos de los desaparecidos como terrible testigo de toda esta cruel transformación mercantilista.

La perspectiva de negocio está provocando la compra de viviendas para convertirlas en nuevos locales de diversión, lo que provoca un desplazamiento y un desarraigo de quienes llevan desde siempre viviendo en la Comuna. Es decir, no es una transformación en la que las/os habitantes sean sujetos activos de la misma y por tanto se beneficien de ella con un cambio en sus actividades y en sus vidas. No, se trata de una colonización del espacio con todo lo que la misma supone.

A todo esto, contribuye la administración pública con la instalación de escaleras mecánicas que faciliten el acceso sin esfuerzo de las avalanchas de turistas, cuando hasta hace poco las/os habitantes de la Comuna tenían serias dificultades para acceder a los lugares de abastecimiento de alimentos o a servicios esenciales. Las líneas de autobuses ahora llegan donde antes nadie quería hacerlo. Todos, en mayor o en menor medida, contribuyen a esta surrealista realidad que se quiere vender como una oportunidad de cambio favorable para la Comuna. Comuna que no tiene otra que contemplar como lo que nunca se le concedió a ella, cuando no había negocio, ahora se ofrece con tanta facilidad como generosidad con tal de incrementar las ganancias.

Uno se asoma a una de las tantas terrazas de los establecimientos de restauración y contempla con perplejidad el mar de techos de uralita sujetos, tan solo por el peso de unos viejos ladrillos o de piedras, a la precaria estructura de lo que es una vivienda igualmente precaria, cuyos moradores además ahora, deben soportar los inconvenientes del ruido, el tráfico, y la presencia escandalosa de las/os turistas ajenos a cuanto sucedió allí y al sufrimiento que causó y permanece tan vivo como escondido por esta nueva y consentida realidad.

La mirada enfermera de cuanto contemplé me llevó a reflexionar sobre la condición humana y también sobre la condición enfermera. Cuanto veía y escuchaba generó en mí, sentimientos encontrados y confrontados que no me permitían disfrutar al mismo nivel del que se identificaba en el ambiente.

La condición humana por lo que supone que lo que antes era un espacio de violencia, terror, miedo, inseguridad… se convierta, en aras del mercantilismo más exacerbado en un foco de atracción y diversión sin importar lo más mínimo lo que ese cambio supone y representa para quienes antes eran considerados casi como delincuentes en potencia y ahora simplemente son ignorados.

La condición enfermera por lo que representa que una comunidad pierda su condición de comunidad para transformarse en un sumatorio de individuos que simplemente habitan en un contexto que pierde su identidad, sus tradiciones, su historia, su cultura e incluso su memoria, por tristes y dolorosas que fueran, en favor de un negocio del que, en la gran mayoría de las ocasiones, no son partícipes ni mucho menos beneficiarios.

Una comunidad que fue objeto permanente de olvido por parte de las instituciones públicas a la hora de ofrecer servicios que permitiesen llevar una vida digna a las/os habitantes de una comuna que se agarra como puede a las laderas de una montaña que circunda la opulencia de un ciudad a la que ven desde la distancia. Una comunidad que no ha sido identificada como un contexto vulnerado sino vulnerable, entendiendo que son vulnerables en función de su voluntad y no como consecuencia del olvido, la dejadez, la insidia y la desidia de quienes teniendo la obligación moral y ética de actuar no lo han hecho argumentando para ello razones tan falsas como torpes.

Las administraciones públicas tienen la obligación de velar por la seguridad, libertad, equidad, acceso a bienes esenciales, el respeto a los derechos humanos… de cualquier comunidad y no tan solo de aquellas que tienen los recursos y las facilidades para lograrlo, haciendo un uso racional de los recursos y una distribución equitativa de los mismos. Favoreciendo la prestación de cuidados, de asistencia sanitaria, de acceso a la educación, de saneamiento, de limpieza… aunque no sean objeto de atracción turística. Facilitando la accesibilidad y disminuyendo la pobreza, la desnutrición y la pérdida de autonomía de sus habitantes. Y estas obligaciones no se pueden limitar a enterrar la identidad comunitaria para construir sobre ella una nueva realidad al margen de la memoria, el recuerdo, el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte generada y enterrada de manera cobarde y mezquina.

Las enfermeras, por su parte, tienen igualmente la obligación de atender las necesidades de las personas, trabajando por generar entornos saludables allá donde sea necesario y confluyan determinantes sociales que impactan muy negativamente en la salud de las personas, donde el acceso a los recursos es difícil o improbable, donde los niveles de educación son bajos o inexistentes, donde la pobreza es alta o sistemática… porque esos son los contextos prioritarios de atención. Porque esas son las personas vulneradas que precisan de nuestros cuidados. Porque esos son los entornos susceptibles de discriminación. Porque esas son las familias con necesidad de intervención. Porque esa es nuestra responsabilidad y nuestro ámbito de actuación prioritaria. Porque esas son las comunidades que más precisan de ser empoderadas para lograr la autodeterminación, la autogestión y la autonomía que les permita y faculte para su autocuidado.

No podemos ni debemos escudarnos en limitaciones organizacionales, ni en dependencias funcionales, ni en criterios administrativos… que en lo único en que se convierten es en escusas para tranquilizar nuestras conciencias en el mejor de los casos o de distracción para desviar la mirada hacia otro lado con tal de evitar ver la realidad existente.

El liderazgo transformador enfermero va más allá de la normatividad, las intervenciones en comunidades reguladas y regladas, las estrategias con disponibilidad de recursos, las acciones de resultados esperados o el control calculado. El liderazgo transformador enfermero representa asumir responsabilidad, ser creativo, innovador, proactivo, asertivo, arriesgado, optimista y luchador por una sociedad mejor. Para ello debemos trascender a las apariencias, las sospechas, los temores… basados en estereotipos sociales que generan discriminación y limitan nuestra intervención.

Transformar supone hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente todas sus características esenciales, como lamentablemente se está haciendo con la Comuna 13, con todo lo que ello supone para sus gentes y para su comunidad y su sentimiento como tal. Y con lo que ello significa de modelo a replicar en otras comunidades en un intento por salir de la situación que nadie quiere identificar y sobre la que nadie tiene interés en intervenir.

No actuar representa un riesgo para las comunidades y una pérdida de control sobre sus vidas, su convivencia y su salud.

Nadie es ajeno pues a lo que suceda. Actuar como mero turista supone contribuir a perpetuar unas heridas abiertas que antes o después desencadenarán nuevamente violencia como efecto de una memoria ocultada y amordazada.

 

[1]Escritor y periodista colombiano. Reconocido por sus novelas y cuentos (1927-2014).

COMPETENCIAS DE LAS ENFERMERAS COMUNITARIAS Con pasión y con compasión

                          A las/os estudiantes, docentes, líderes y gestoras de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Por ser un ejemplo de superación y de fortalecimiento de la Enfermería Colombiana.

                        Abrazar el sufrimiento culmina en una mayor empatía, la capacidad de sentir lo que es para                                   el otro sufrir, que es la base de la compasión y el amor no sentimentales«

Stephen Batchelor[1]

 

Siempre que hablamos de competencias de las enfermeras comunitarias hacemos énfasis en la salud. Hablamos de salutogénesis en contraposición a la patogénesis. Incidimos en la importancia de la promoción de la salud. Abogamos por la indicación social antes que por la prescripción farmacológica. Creemos en el consenso y la participación activa de las personas y no en la orden o el mandato terapéutico. Preferimos escuchar y actuar a actuar y que nos escuchen solamente. Acompañar a tan solo sustituir. Educar a imponer. Respetar, aunque no compartamos, a amenazar o asustar. Situar a la persona y su identidad por delante de la enfermedad. Identificar las necesidades en lugar de percibirlas. Observar en vez de interpretar. Valorar y movilizar sus recursos antes de imponer los nuestros. Empatizar y no tan solo simpatizar. Ayudar a las personas a lograr la autoestima y autonomía, que les faculte en el autocuidado, en vez de hacerles pasivos, obedientes y sumisos. Pasar el protagonismo a las personas abandonando el nuestro. Ayudarles a comprender, querer, lograr y mantener la salud y no a perseguirles con la salud. Equilibrar en vez de prohibir. Informar y no alarmar. Afrontar en lugar de rechazar. Aprender de la narrativa de las personas en lugar de usar únicamente nuestra narrativa técnico-profesional. Humanizar la ciencia para que aporte cuidados dignos además de evidencias. Abogar por la equidad, libertad, igualdad… y no tan solo por la legalidad vigente. Ayudar a elegir y no escudarnos en una conciencia individual y egoísta…

Pero estas competencias necesarias para prestar una atención de cuidados se interpretan muchas veces como menos importantes, especializadas, necesarias, científicas… por alejarse de la tecnología, el positivismo, la causalidad, la medicalización… que caracterizan a la asistencia creada, modelada, guiada, reglada… por quienes, actuando como exclusivos protagonistas del sistema en que se da, invalida las capacidades de sus receptores y la de cualquier otra posible opción de intervención profesional.

Es como si desde el planteamiento humanista y humanizado del cuidado profesional enfermero no se pudiese contribuir a curar. Como si el hecho, la acción, la competencia o la capacidad del cuidado anulasen, impidiesen o contraviniesen las de curar. Como si cuidar y curar fuesen antagonistas. Como si cuidar no fuese una manera de curar o si curando no se pudiese cuidar. Dicotomía del cuidar – curar que se asimila a la de salud – enfermedad, anulando con ello a una de las partes.

Se establece una confrontación en la que se trata de competir sobre qué es más importante, si cuidar o curar. Quién puede tener más prestigio, si quien cuida o quien cura. Cuál es más imprescindible, más influyente, más reconocido y reconocible. Y en ese torpe juego de vanidades se deshumaniza el curar y el cuidar. Porque se está más pendiente de lo que pueden perder unas/os u otras/os desde sus respectivas competencias que de lo que pueden y deben aportar o de lo que pueden perder las personas.

Se ha impuesto y con ello naturalizado que curar es una acción superior y de prestigio que tiene un único dueño profesional y científico. Que cuidar, sin embargo, es algo consustancial al ser humano y como tal universal y en consecuencia ausente de ciencia o al menos una ciencia menor que se incorpora a las ciencias de la salud, a las que, quienes se consideran dueños exclusivos de la curación no quieren o se resisten a pertenecer por miedo a perder visibilidad, protagonismo y autoridad[2].

Desde esta falsa y manipulada creencia, cuidar se identifica como algo secundario en el proceso de salud enfermedad y muerte. Muerte que, curiosamente, tienden a rechazar o esquivar quienes tan solo tienen como objetivo curar al identificarla como un fracaso a su intervención.

Así pues, ser y actuar como enfermera comunitaria en un contexto tan profesionalmente manipulado resulta no tan solo difícil sino en muchas ocasiones desalentador.

Es necesario destacar y aclarar que las enfermeras comunitarias, desde esa máxima de mantener sanos a los sanos, no renuncian en ningún caso a su necesaria e importante intervención cuidadora de quienes tienen problemas de salud además de enfermedades. Y, precisamente, aquí radica la diferencia. En que, como enfermeras comunitarias, no tan solo nos centramos en las enfermedades, sino que lo hacemos sobre todos aquellos aspectos, determinantes, causas, que impactan en la salud de las personas, las familias y la comunidad. Sobre todas las necesidades que requieren de respuestas humanas y humanizadas que permitan construir afrontamientos eficaces desde los recursos personales, familiares, sociales y comunitarios de los que disponen. Sobre los miedos, los temores, las incertidumbres, que provocan las enfermedades, pero también sobre los que provocan las desigualdades, la vulnerabilidad, la violencia, la discapacidad, la diversidad, las diferencias… que actúan como detonantes de desequilibrios físicos, mentales, sociales y espirituales que requieren de respuestas integrales, integradas e integradoras que impidan fragmentar a las personas en función del órgano, aparato o sistema que tengan afectado.

Porque al cuidar en la comunidad se asume un cuidado continúo y continuado a lo largo de todo el ciclo vital, desde antes del nacimiento hasta después de la muerte, que requiere y exige un conocimiento especializado y un compromiso e implicación con la salud desde una perspectiva de integralidad.

Pero interpretar esa integralidad como generalidad y desde la misma exenta de conocimiento especializado es en sí mismo una torpeza o una clara mezquindad. De igual manera que interpretar el cuidado como algo menor o secundario al curar.

Cuidar en y con la comunidad supone adquirir competencias que hagan del cuidado una respuesta de salud, saludable y sanadora, que se complemente con las competencias profesionales de otras disciplinas y con las competencias individuales y colectivas de las personas y las familias. Requiere de conocimientos científicos, pero también del conocimiento del contexto en el que se actúa Cuidar en y con la comunidad no es un acto puntual, es una actitud permanente de atención y no tan solo de asistencia, hacia quien es cuidada/o respetando su autonomía para evitar su dependencia. Cuidar en y con la comunidad es renunciar a nuestros posicionamientos para tratar de comprender, que no asumir, los de quienes cuidamos. Cuidar en y con la comunidad significa defender la dignidad humana. Cuidar en y con la comunidad exige una empatía que nos sitúe en el lugar de las personas y sus circunstancias. Cuidar en y con la comunidad requiere respuestas firmes y decididas que implican, muchas veces, confrontaciones con el poder establecido, en cualquiera de los ámbitos o maneras en que se ejerce. Cuidar en y con la comunidad demanda una actualización permanente de conocimientos científicos, pero también de información que no nos aísle en nuestro nicho ecológico profesional. Cuidar en y con la comunidad supone identificar y comprender las necesidades más allá de las palabras. Cuidar en y con la comunidad supone salir de nuestras zonas de confort para ir allá donde las personas viven, conviven, trabajas, estudian, se divierten… Cuidar en y con la comunidad es tejer redes de colaboración, apoyo, resistencia y resiliencia desde las que empoderar a las personas para que sean dueñas y responsables de su salud.

Y este cuidado en y con la comunidad, se lleva a cabo con personas sanas y enfermas.

La cronicidad, la salud mental, el cáncer, la discapacidad… precisan de cuidados que vayan más allá de la resignación al dolor, el sufrimiento o la muerte. Se puede y deben ser atendidos desde planeamientos de promoción de la salud, de integración, de experiencia, de autoestima… que permitan a las personas sentirse útiles en una sociedad tan influenciada por una obsolescencia ligada al posicionamiento dicotómico establecido entre un patrón muy determinado de belleza y la edad que nos lleva a una nueva forma de discriminación social como son el edadismo y el utilitarismo. Es por eso que debemos cuidar desde la compasión que no compadecer.

Cuidar desde la compasión entendida esta como “la cualidad humana de entender o ser consciente del sufrimiento de los demás, acompañado del deseo de actuar para remediarlo mediante intervenciones culturalmente apropiadas y aceptables[3]que se aleje del significado secuestrado por la religión como sinónimo de caridad, misericordia o beneficencia que en ningún caso pueden ni deben ser virtudes de una atención de calidad y calidez en un sistema público de salud. Siendo fundamental para llegar a generar una sociedad compasiva en idénticos términos a los expuestos.

Esta atención cuidadora desde la compasión se concreta según diferentes estudios[4] entre otras a la atención integral continuada. A la presencia, referida a dedicar tiempo de calidad a las personas. Al acompañamiento emocional estableciendo una conexión con las personas en términos de igualdad y haciendo uso de la empatía. Identificando las necesidades de las personas y resolviéndolas mediante cuidados óptimos.

Por todo ello son necesarias las referidas competencias de las enfermeras comunitarias, porque limitarse a las responsabilidades técnicas no satisface las acciones compasivas. “Ir más allá” significa abordar, desde la humanización que no del sentimentalismo, los ámbitos emocional, psicológico, cognitivo y espiritual para lograr la satisfacción de las necesidades holísticas, que de manera tan insistente como torpe se resisten a entender e incorporar quienes todavía se sienten dueños y decisores exclusivos de la sanidad, que no de la salud, a pesar de que actúan a espaldas o en contra de la misma en base a muchas decisiones que deshumanizan la atención. Como se demuestra cuando se habla de la necesidad de rehumanizar la atención en clara alusión a la pérdida de la misma.

Desde la atención comunitaria, por otra parte, hay que tener en cuenta que la influencia cultural alimenta y determina el concepto de compasión, así como la manera en la que las enfermeras comunitarias la ponen en práctica. Es importante destacar pues, que la diferencia cultural es la causa de la discordancia en la percepción del concepto entre países y contextos. Dentro de la cultura, la religión tiene una gran influencia, así como la tiene también el nivel económico y educativo, los valores y cultura propios, la edad o el género. Todo lo cual exige una preparación muy especializada y una actitud muy comprometida con el cuidado profesional que prestan las enfermeras comunitarias.

Pero resulta también imprescindible tener en cuenta la influencia del contexto sociopolítico, las situaciones de guerra, crisis económicas o catástrofes naturales, que en ningún caso pueden ser eludidos en el proceso cuidador de las enfermeras comunitarias, como si fuesen sucesos, acontecimientos o hechos ajenos a nuestra atención cuidadora. Hacerlo supone ignorar el sufrimiento que provocan y con ello su trascendente y negativo impacto en la salud.

Seguir creyendo que curar se circunscribe a la asistencia médica, tecnológica o farmacológica es un planeamiento reduccionista que limita o anula la identificación del cuidado profesional como una aportación tan valiosa como imprescindible Además de que el mismo favorece una acción saludable centrada en las personas. Integradora e integral. Contribuyendo a la construcción de entornos más saludables, autónomos, solidarios y felices, en los que poder vivir y convivir.

Por lo tanto la salud y el cuidado tienen cabida en la enfermedad. Y no tan solo como un fin, sino como el medio para responder a las necesidades que se generan y que requieren de cuidados prestados con pasión, no de padecimiento sino de preferencia o devoción y con compasión.

Por eso mismo las enfermeras comunitarias seguiremos trabajando con pasión para defender nuestra aportación fundamental a la deseada compasión que permita ofrecer la mejor atención a las personas, las familias y la comunidad. Pasión que venza una pasividad que supone el peor enemigo ante lo que suponen claros intentos por mantenernos al margen de esta defensa y en beneficio de un sistema claramente alejado de la compasión y más cercano a la beneficencia.

[1]Profesor y escritor budista, que se ha convertido en un referente del movimiento de Budismo Secular.(1953).

[2] Tan dolo hay que ver cómo en muchas Universidades las Facultades de Medicina están separadas de las Facultades de Ciencias de la Salud por decisión propia e incomprensible consentimiento y permisividad de los equipos de gobierno universitario. Significando en sí mismo una incongruencia científica. A nadie se le ocurriría una Facultad de Abogacía al margen de la Facultad de Derecho, por ejemplo.

[3]Papadopoulos I, Ali S. Measuring compassion in nurses and other healthcare professionals: An integrative review. Nurse Educ Pract. enero de 2016;16(1):133-9. Disponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1471595315001298?via%3Dihub [acceso: 05/03/2024]

[4]Papadopoulos I, Taylor G, Ali S, Aagard M, Akman O, Alpers L-M, et al. Exploring Nurses’ Meaning and Experiences of Compassion: An International Online Survey Involving 15 Countries. J Transcult Nurs. mayo de 2017;28(3):286-95. Disponible en: http://journals.sagepub.com/doi/10.1177/1043659615624740[acceso:05/03/2024]