ABSTENCIÓN

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            Día de elecciones, de dudas, de ilusiones, de decepciones, de esperanza, de pesimismo, de emociones, de sentimientos encontrados, de pasión, de conformismo… pero, ante todo, de realismo y de sentirse partícipe de la democracia.

            Realismo entendido como la conducta o forma de ver los hechos o las cosas tal como son en realidad, sin ningún idealismo. Porque lo que finalmente suceda será eso. Otra cosa, bien diferente es como del realismo de los resultados que se obtengan de las urnas se conforma la realidad. Esta realidad sí que estará impregnada de idealismo, entendido como la tendencia a considerar el mundo y la vida de acuerdo con unos modelos de armonía y perfección ideal que no se corresponden con la realidad.

            Nuevamente nos tratarán de vender, sean quienes sean los que finalmente ganen o pierdan menos, una realidad que difícilmente encajará con la que cada cual, individual pero también colectivamente, cree, sueña o espera. Será una realidad influenciada por muchos factores, presiones, condicionantes, resistencias… contra los que no siempre se puede, en el mejor de los casos, o no se hacen los esfuerzos necesarios para eliminarlos o vencerlos la mayoría de las veces. Y como resultado nos encontraremos de bruces con una realidad que apasiona a muy pocos, ilusiona a una minoría y resulta decepcionante a la mayoría. Y lo peor de todo es que esa realidad se configura como resultado de la inacción, de la falta de diálogo, de la ausencia de debate, del reproche permanente, de la sospecha constante, del egoísmo, de la envidia… que se genera en contraposición a lo que debiera ser la búsqueda del bien común más allá de ideas, posiciones, actitudes o discursos de quienes han sido elegidas/os como actrices/actores de la acción política. De una acción que se encalla en el partidismo desde el que resulta imposible ver cuáles son las necesidades y demandas reales de la sociedad a la que dicen servir y que es quien les ha elegido para hacerlo. Servicio entendido como el beneficio que se le hace a dicha sociedad y no como el desempeño de un cargo o una función durante un turno de trabajo determinado, haciendo de la política una funcionarización mal entendida y peor interpretada.

            Y ante este panorama muchas/os ciudadanas/os deciden abstenerse, no votar, al entenderlo como parte del derecho a decidir que todas/os tenemos. Pero la abstención es una forma cobarde de entender dicho derecho. Ni tan siquiera puede ser entendida como una forma de ejercer su derecho porque realmente no lo ejercen. Ni una rebeldía o protesta porque no representa nada ni a nadie y beneficia, posiblemente, a quien menos lo merece. La abstención se ampara en la comodidad, el conformismo, la alienación, la ausencia de reflexión y de pensamiento crítico, para convertirse en una forma abstracta, incoherente y pasiva de comportamiento. Y como casi siempre sucede con los análisis positivistas pasarán a ser tan solo un porcentaje de silenciosos que nadie sabe interpretar más allá del manido inconformismo ante lo que sucede, cuando realmente de lo que se trata es de una muestra más de la alienación cautiva de nuestra sociedad. No piensan y por tanto no participan. Y al no participar contribuyen de manera clara al deterioro de la democracia que, es cierto, les da esa opción de abstención, pero que debiera posibilitar que fuese residual y no mayoritaria. Algo pues está fallando.

            Pero, este discurso ¿a qué viene y qué relación tiene con la enfermería y las enfermeras? Pues nada y todo. Trataré de explicarme.

            Las enfermeras solemos ampararnos en una abstención permanente en todos aquellos foros en los que podemos elegir a nuestros representantes. Entendemos que ya está todo el pescado vendido, qué total a “mi no me representan” o que da igual quien entre porque todos son iguales. Hacemos pues de la abstención la elección mayoritaria cuando se nos ofrece la posibilidad de elegir entre diferentes opciones.

            Sería deseable, es cierto, que fuesen más los ámbitos en los que se pudiera elegir a quienes nos representan o dirigen, pero teniendo en cuenta lo que participamos en los ámbitos en que podemos hacerlo es poco probable que pueda cambiar nada.

            Ahora bien, luego nos sumaremos a las voces mayoritarias de la protesta, la crítica, cuando no el llanto fáciles, por lo mal que lo hacen quienes están. Atacaremos, reprocharemos, criticaremos a quienes han accedido a los cargos de representación, desde nuestra cómoda, cobarde, irreflexiva e irresponsable posición abstencionista. Y llegará el momento de un posible cambio y seguiremos esperando a que sean otras/os quienes den un paso al frente y decidan presentarse a unas elecciones para que tan solo una minoría les vote y salgan ganadoras/es, repitiéndose la misma historia una y otra vez.

            Los colegios profesionales, las sociedades científicas, los sindicatos… son un claro ejemplo de lo dicho. Es cierto que existen diferencias significativas en los intereses, posicionamientos, acciones que unos y otros llevan a cabo y en la forma de hacerlo. No es menos cierto que no todos juegan con idénticas reglas de juego reguladas por las leyes o normas, lo que hace que la visión que de las mismas se tiene sea muy desigual y la implicación en ellas esté sujeta, en gran medida, a la obligatoriedad o no de pertenecer a las mismas.

            Pero de lo que no cabe la menor duda es que quienes se sitúan al frente de dichas organizaciones representan a las enfermeras y, en muchas ocasiones, deciden por ellas o en nombre de ellas, gracias a sus votos o por la ausencia de los mismos, lo que supone un grave riesgo para el desarrollo, visibilidad o respeto de la propia profesión y de quienes la constituimos, es decir, las enfermeras. Porque en este caso no podemos argumentar, como hacemos en ocasiones, a que lo que nos pasa o deja de pasar es consecuencia de lo que otros deciden por nosotras. Lo que sea que pase, será única y exclusiva responsabilidad de quienes como enfermeras hagamos o dejemos de hacer.

            Pero es que más allá de la abstención como “opción” de elección de representantes, son innumerables las ocasiones, momentos, circunstancias, situaciones… en las que actuamos de idéntica forma abstencionista. Cada vez que una enfermera no reacciona con su voz ante una injusticia, una actuación basada en la ausencia de evidencia, una asunción conformista de la costumbre hecha norma, un silencio cómplice de invisibilidad enfermera, una postura de camuflaje de la imagen enfermera, un servilismo complaciente como respuesta a la falta de responsabilidad… está ejerciendo el abstencionismo que impide que la opción del cambio, del desarrollo, de la elección libre y razonada de la enfermería.

            Por lo tanto, la abstención no tan solo se ejerce decidiendo no depositar una papeleta en una urna o no eligiendo una opción on line. La abstención se ejerce de manera consciente, por acción u omisión, al abstraernos de nuestra responsabilidad como enfermeras en cualquiera de aquellas situaciones en las que nuestra postura puede ser determinante para decidir qué opción es la que merece prevalecer en base a planteamientos objetivos que nos permitan construir una realidad en la que sentirnos realizadas y reconocidas, en lugar de situarnos en una realidad artificial inducida por el conformismo, la desidia o la decisión de quienes no queremos reconocer como referentes sin haber hecho absolutamente nada para evitarlo.

            Hoy tenemos una oportunidad de ejercer nuestro derecho al voto. Mañana quienes lo hayamos hecho, más allá de que nos guste la realidad que salga de las urnas, nos sentiremos orgullosos de haber contribuido a que la democracia siga siendo una realidad imperfecta, pero capaz de permitirnos la convivencia. Quienes hayan preferido delegar su responsabilidad a través de su abstención tan solo tendrán la opción de la protesta inútil y, sobre todo, gratuita. Nada debiera darles el derecho de otra cosa que asumir la realidad que se conforme como consecuencia de su abstencionismo vacío e inútil, democráticamente hablando.

            Hoy tenemos también la oportunidad de interiorizar las enfermeras la necesidad de reaccionar ante el abstencionismo profesional en el que tan fácil como reiteradamente caemos. Sería positivo el que identificásemos la importancia de posicionarnos siempre para poder decidir cuál es el camino que deseamos para la enfermería y las enfermeras. No hacerlo, no tan solo supone contribuir al riesgo de que quienes nos representen no sean las mejores enfermeras, sino de que ni tan siquiera sean enfermeras.

            Si decidiste ser enfermera, no dejes que nadie decida por ti, implícate y participa activamente en la toma de decisiones para que nuestra profesión sea cada vez más digna, respetada y visible.

¡¡¡Vacúnate contra la abstención!!!!

CUANDO DIGO ENFERMERÍA

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Cuando digo enfermería, digo sentimiento. No el sentimiento de sufrir, o disfrutar, sino el sentimiento de ser, entender, vivir, pensar, analizar, reflexionar… como enfermera sin que ello suponga sentirme inferior a nada ni a nadie, sin que mi opinión, mi planteamiento, mi posicionamiento sean cuestionados, relegados o ignorados, sin que valgan menos que las opiniones, planteamientos o posicionamientos de cualquier otro profesional. Sin que nadie hable por mí, sin que nadie elija por mí, sin que nadie decida por mí.

Hemos estado demasiado tiempo expuestas a que otros pensasen, hablasen y decidiesen por nosotras. Quiero tener la libertad de hacerlo por mí misma. Quiero asumir el reto de equivocarme, pero también de acertar. Quiero la responsabilidad de tomar decisiones. Quiero ser conocida y reconocida por lo que hago y aporto y no tan solo por lo que obedezco. Quiero ser evaluada y no tan solo juzgada. Quiero disentir, debatir, razonar y no tan solo asentir.

Por eso, cuando digo que me siento enfermera, va mucho más allá de ser enfermera.

Soy y me siento enfermera por condición y convicción. Sin que ello quiera decir que soy mejor que nadie. Pero, desde luego, sabiendo que por el hecho de serlo no soy peor. Soy tan solo o sobre todo enfermera. Y al serlo asumirlo y sentirlo me transforma la visión, la escucha, la percepción, el sabor e incluso el olor de todo cuanto me rodea. No porque se transforme la realidad que me rodea, no porque mis sentimientos tengan más valor, ni más sensibilidad. Tan solo es que son diferentes. Diferentes miradas para una misma realidad. Distintas formas de entender las mismas palabras. Diversas formas de percibir idénticas emociones. Y desde esa diversidad y diferencia poder sumar en lugar de restar. Poder aunar en lugar de confrontar. Poder crear en lugar de destruir.

Entiendo y participo de esa gran pluralidad de miradas, pensamientos, razonamientos, posiciones…que integran, participan, facilitan, articulan… y permiten contrarrestar posicionamientos paternalistas, egocentristas, de poder y, sobre todo, dominación.

            Y todo esto lo digo porque he visto, oído, sentido, olido y paladeado la indiferencia, el desprecio, la desigualdad, la falta de libertad, la ausencia de respeto, la docilidad, la obediencia, la culpabilidad, la ignorancia, la sumisión… como elementos de convivencia profesional en ambientes hostiles, de presión, acoso y desigualdad.

Pero además vengo de un entorno machista en el que mi masculinidad me protegía del hostigamiento y el maltrato, pero sin que me dejase crecer. Desde mi condición masculina observaba la diferencia y la indolencia de quienes se sentían dueños y señores de todo y de todos por tener un título, de quienes presumían de un grado del que no disponían en la mayoría de las ocasiones, de quienes eran hombres o pertenecían a un entorno de hombres, de quienes despreciaban todo aquello que no entendiesen, de quienes ahogaban cualquier intento de respirar otro aire que no fuese el que ellos generaban, de quienes castigaban a quien pensase de forma diferente a ellos.

Pero desde esa misma condición masculina también observaba a unas mujeres enfermeras que se revelaban ante la injusticia, la desigualdad, el desprecio, la ignominia, la dominación… y lo hacían como mujeres y como enfermeras.

Y fue desde esa visión de resurgimiento, de defender su realidad ante la que les era impuesta, de luchar por un espacio propio y autónomo, de plantear vías de desarrollo y crecimiento… desde la que descubrí lo que era enfermería y lo que significaba ser enfermera. No sin resistencia, en esa lucha entre mi masculinidad y la feminidad de la realidad que asumía, y de dolor al interiorizar una feminidad, la de la enfermería, que, de algún modo, hería mi masculinidad y me desproveía de mi principal defensa, la masculinidad de lo que me enseñaron a ser, Ayudante, Técnico y Sanitario.

Fue, posiblemente mi primera toma de conciencia feminista. Pero también fue mi primer contacto con la enfermería y todo lo que ello supuso para mi personal y profesionalmente.

Y resulta que, pasado el tiempo, en el que tantas enfermeras y tantas mujeres han padecido discriminación pura y dura, se empiezan a escuchar ciertos discursos, a nivel profesional y público en general, que sitúan esa dolorosa y traumática transición hacia nuestra identificación como profesionales en la que se ha tenido que luchar muchísimo y en la que tantas renuncias ha provocado, en “un no es tanto ni para tanto”, “ni fue tanta la discriminación como la que se dice”. Y lo peor de todo es que el discurso acaba calando incluso en quienes conforman las nuevas generaciones de enfermeras.

Hace poco en un país latinoamericano alguien me preguntó porque habíamos dejado de usar cofia, porque renunciábamos a ella y porque la rechazábamos con tanta vehemencia. Tras un momento, en el que no sabía si lo que iba a decir se entendería en un contexto en el que se sigue utilizando, finalmente le dije que creía que los defensores de la cofia han aprendido a darle un barniz cautivador a su uso que, sin embargo, representa la misma estructura de siempre la que impide la igualdad y limita nuestros pasos, conquistas e ideas, porque la cofia, finalmente, forma parte de la identidad de todo aquello que nos sometió y paralizó. Y es que la cofia no nos da identidad, sino que enmascara y oculta nuestra verdadera imagen. Como símbolo que es de todo aquello que nos ha sometido como profesionales y como mujeres también.

Quitarse la cofia fue un símbolo de cambio, de rebeldía y de decir basta a todo aquello que se nos imponía y nos impedía crecer. Pero hay muchos tipos de cofia, no todas son visibles. No dejemos que nos la vuelvan a imponer.

Porque hay muchas formas de diferenciar e identificar sin necesidad de humillar o discriminar como lo hacía la cofia. Yo quiero que se me identifique como enfermera por mis cuidados y porque me sienta orgullosa de presentarme como tal, y no por un trozo de tela ridículo y almidonado con claras connotaciones de discriminación.

Y son precisamente esas sensaciones de olvido, de silencio, de exageración, de recelo, de desconfianza… las que me hacen escribir estas líneas.

Estoy convencido de que habrá quien diga que se trata de un ejercicio de dogmatismo, de no asumir el paso del tiempo, de no valorar lo que tenemos, de buscar fantasmas… como hacen también con otros recuerdos que se quiere permanezcan enterrados, silenciados y silenciosos en aras de una supuesta, malversa y malsana convivencia, que nunca será posible desde ese planteamiento tan mezquino y perverso.

Para nada busco revancha, ni reproche, ni culpa… tan solo busco y persigo una realidad sin la que no es posible avanzar y sin la que es muy fácil retroceder y perder lo logrado.

Nada, absolutamente nada de lo logrado nos ha sido regalado, ni tan siquiera prestado. Todo, absolutamente todo lo alcanzado ha sido gracias al esfuerzo, el trabajo, la perseverancia, el razonamiento, el rigor, la implicación de muchas enfermeras lamentablemente anónimas. Anonimato al que hemos contribuido con nuestra conformidad y la pasividad de quienes no han querido visibilizar su aportación y poner en valor sus nombres.

Ahora resulta imposible, en la mayoría de los casos, recuperar sus nombres. Pasarán a formar parte de las “tumbas en las que descansan las enfermeras desconocidas”, aunque, al contrario de lo que pasa con los soldados desconocidos, nadie se acuerda de ellas ni les pone flores o una corona de laurel una vez al año.

Escribo esto porque quiero y necesito poner nombre, cara, vivencias, sentimientos… a las enfermeras que siguen construyendo la identidad enfermera, quienes permiten que podamos sentirnos orgullosas de ser y sentirnos enfermeras, sabiendo lo que han tenido que trabajar y luchar, sin esperar a que se lo tengamos que hacer a título póstumo y sin que sean olvidadas en la fosa común de las enfermeras desconocidas.

Por eso creo firmemente que hay que romper con todo aquello que pone en peligro lo logrado y paraliza lo que nos falta por conseguir.

Sé que puede parecer perverso, pero tengo la sensación de que hay quienes se alegrarían de que las enfermeras volviésemos a serlo de los médicos en lugar de serlo de las personas, las familias y la comunidad.

Nada es casual y nuestra sociedad, lamentablemente, tiene síntomas de retroceso que lo impregnan todo y que cuando menos nos demos cuenta, quienes han estado agazapados, a la espera, reaparecerán y tratarán de recuperar sus posicionamientos de poder para situarnos a sus órdenes y su servicio.

Y no podemos caer en la trampa de la alienación, del pensamiento único, de la ausencia de pensamiento crítico. Porque hacerlo supondrá empezar a perder nuestra identidad como enfermeras, de no saber de dónde venimos y lo que nos ha costado llegar.

Y me pregunto, ¿por qué somos solo las enfermeras las que tenemos que resistir en esa defensa de la identidad? ¿por qué otros profesionales nunca se la plantean? ¿por qué debemos llevar cofia solo las enfermeras y solo las mujeres enfermeras? Finalmente, las respuestas, todas las respuestas, conducen a un mismo lugar. Al lugar de la intransigencia, el machismo y la prepotencia de los nostálgicos, mayores, pero también jóvenes, ante una supremacía que anhelan y ven posible recuperar de nuevo.

No queremos volver a un espacio de invisibilidad. No, una vez que hemos tenido acceso al conocimiento. No nos conformamos con un crecimiento y una autonomía acotados y que se nos otorgue una herencia de falta de libertad e igualdad. Queremos la libertad absoluta de nuestro futuro y nuestro destino.

Cuando digo enfermería, digo sentimiento, libertad y feminismo. Porque hoy más que nunca sentimiento, libertad y feminismo están amenazados de ser ocultados con la cofia.

CÓMO ADQUIRIR EL CUENTO “DE MAYOR QUIERO SER ENFERMERA COMUNITARIA”

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Quienes quieran adquirir este cuento pueden hacerlo enviando al siguiente correo electrónico: josera.ferranna@gmail.com el comprobante de transferencia bancaria por un importe de 15 € a la siguiente cuenta bancaria ES76 1465 01 00931735412857, poniendo en el motivo: Petición Cuento “De mayor quiero ser Enfermera Comunitaria” e indicando nombre y dirección de envío. En el precio están incluidos los gastos de envío, salvo para envíos fuera de España, que serán de 15€ más del precio del cuento.

SE PRESENTA EL CUENTO “DE MAYOR QUIERO SER ENFERMERA COMUNITARIA”

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En el marco de las X Jornadas Nacionales de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) se presentó el cuento “De mayor quiero ser Enfermera Comunitaria” de José Ramón Martínez Riera e Ilustraciones de Isabel Moreno Galindo, estando patrocinado y avalado por Ribera Salud, Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria y Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC).

Poco a poco las/os niñas/os van dándose cuenta de las diferencias entre las personas. Normalmente lo toman como algo natural. Somos los adultos quienes no lo hacemos.
Este cuento, con unas ilustraciones preciosas, ayuda a desmontar tópicos y estereotipos. Pretende ayudar a normalizar el lenguaje y a entender su significado, al tiempo que clarifica de manera concreta, sencilla y cercana lo que es ser enfermera comunitaria, ayudando a aceptar
realidades poco conocidas o diferentes.
 Se trata de una historia que gira en torno a la realidad. No está basada en mundos fantasiosos o inexistentes.
 Sus imágenes son reales y sencillas, le permite crear seguridad en él/ella.
 Aborda una historia sencilla y concreta, adaptada a la edad del/la niño/a, fomentando valores como el diálogo, la libertad, la igualdad, la empatía y el respeto.
 Ayuda al/la niño/a a construir orden mental y a comprenderse y entender el mundo que le rodea.

CÓMO ADQUIRIR EL LIBRO ENFERMERAS COMUNITARIAS

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Quienes quieran adquirir este libro pueden hacerlo enviando al siguiente correo electrónico: josera.ferranna@gmail.com el comprobante de transferencia bancaria por un importe de 12 € a la siguiente cuenta bancaria ES76 1465 01 00931735412857, poniendo en el motivo: Petición Libro “Enfermeras Comunitarias” e indicando nombre y dirección de envío. En el precio están incluidos los gastos de envío, salvo para envíos fuera de España, que serán de 15€ más del precio del libro.

Lo recogido en este libro es la recopilación del blog “Enfermeras Comunitarias”, que pretende ser un lugar en el que reflexionar y compartir ideas, pensamientos, vivencias y experiencias sobre las enfermeras comunitarias y la Enfermería Comunitaria. Mis años como enfermero comunitario en la atención, la gestión, la docencia y la investigación, me permiten tener una visión amplia de la enfermería comunitaria y de su evolución, desde su incorporación en el denominado nuevo modelo de Atención Primaria allá por el año 1985, con la puesta en marcha de los primeros centros de salud. El ser testigo, por tanto, de ese recorrido me ha permitido acumular una gran cantidad de vivencias que, en muchos casos, fui plasmando en diferentes reflexiones, unas publicadas y otras no, que fui compartiendo en el blog y que ahora traslado en este libro. Siempre he pensado que lo que seamos y queramos ser como enfermeras depende de nosotros y para ello debemos construirlo en base al análisis la reflexión y el debate.

LAS ENFERMERAS Y LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN

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El libro de Darwin, El origen de las especies, en el que designa el principio de la selección natural como el principal motor del proceso evolutivo, supuso el inicio del Darwinismo y la etapa del pensamiento evolutivo.

            Este trabajo planteó por primera vez la hipótesis de la selección natural mediante cinco afirmaciones fundamentales que pueden explicar, de alguna manera, lo que está sucediendo con las enfermeras en nuestro país, sin que con ello quiera equiparar a las enfermeras a una especie animal o vegetal, vaya por delante, ante posibles y malintencionadas o casuales interpretaciones en este sentido. Tan solo se trata de un juego comparativo sin mayores pretensiones científicas ni literarias.

Las cinco afirmaciones referidas sobre las que voy a tratar de fundamentar mi analogía son:

1.- Todos los organismos producen más descendencia de la que el ambiente puede sostener.

Aunque es cierto que los principales organismos internacionales insisten en la necesidad de que los sistemas sanitarios aumenten significativamente el número de enfermeras y de que España siga siendo uno de los países de la CEOE con menor número de enfermeras por habitante, no es menos cierto que la formación de enfermeras por parte de universidades públicas y privadas está muy por encima de lo que pueden absorber las instituciones sanitarias o de la capacidad innovadora de las enfermeras para generar autoempleo. Esta situación genera, por una parte, el masivo exilio profesional a otros países con gran demanda de enfermeras, que se benefician de la situación al contratar enfermeras muy bien formadas y a coste cero para dichos países, lo que podría denominarse como “enfermeras low cost”. Por otra parte favorece la precariedad del empleo tanto en instituciones públicas (contratos por días o incluso horas sin estabilidad alguna) o privadas (contratos precarios y abusivos en residencias de la 3ª edad, por ejemplo).

            La falta de planificación y el aumento descontrolado de escuelas o facultades de enfermería son las principales causas de este fenómeno de falta de “sostenimiento de la descendencia enfermera”.

2.-  Existe una abundante variabilidad intraespecífica para la mayoría de los caracteres.

Nuestra reciente historia ha propiciado que en los últimos 50 años hayan coincidido hasta 5 tipos diferentes de enfermeras. Practicantes, enfermeras, Ayudantes Técnicos Sanitarios (ATS), Diplomados Universitarios de Enfermería (DUE) y Graduados de Enfermería (Enfermeras). Esta variabilidad sin duda ha generado enfrentamientos, dudas, pérdida de identidad, invisibilización, falta de reconocimiento profesional y social, ausencia de autoestima profesional, incertidumbre disciplinar, estancamiento en el desarrollo académico y científico… entre otras consecuencias. Todo ello ha supuesto evidentes barreras para la enfermería y las enfermeras a pesar de las cuales, en los últimos años ha dado un salto cualitativo importante en el ámbito disciplinar que sin embargo no ha ido en paralelo al desarrollo profesional, lo que sigue generando variabilidad intraespecífica enfermera que podríamos resumir en la tan manida, pero cierta, brecha entre docencia y asistencia.

3.- La competencia por los recursos limitados lleva a la lucha «por la vida» (según Darwin) o «por la existencia» (según Wallace).

La precariedad de los empleos por una parte o la ausencia de oferta por otra conducen a que la lucha por conseguir trabajo se convierta, en muchos casos, en una razón de supervivencia o de frustración ante las permanentes dudas que genera en las enfermeras el hecho de serlo y no poder ejercer como tales, es decir, el de la existencia.

A esto hay que añadir la cada vez más creciente confrontación con otros profesionales como médicos, farmacéuticos, psicólogos, técnicos, auxiliares… que intentan copar ámbitos competenciales compartidos de manera exclusiva y no desde la transdisciplinariedad. Todo ello como consecuencia, por una parte de una alarmante falta de definición de puestos de trabajo y competencias y, por otra, de la ausncia de planificación en la organización de los servicios que obedecen más a presiones corporativas que a criterios de calidad, oportunidad y racionalización en lugar de racionamiento.

La competencia generada, que en otros casos puede ser positiva para el desarrollo profesional, en este caso se convierte en una verdadera lucha de supervivencia de “especies”.

4.- Se produce descendencia con modificaciones heredables.

Pero los cambios o mejor dicho, la evolución de las enfermeras, en todo este tiempo han propiciado que las nuevas generaciones de enfermeras vayan generando modificaciones importantes tanto en lo que significa ser enfermera como en el actuar como tal y con ello cada vez existen enfermeras mejor preparadas y con mayor capacidad de para ser referentes “heredables” que facilitan y favorecen poner en valor la enfermería y a las enfermeras.

5.- Como resultado, se originan nuevas especies.

Finalmente, esta evolución permite identificar nuevas enfermeras con competencias muy definidas y con un valor intrínseco que hace que sean reconocibles y reconocidas.

Pero en la teoría de la evolución, además, hay que destacar la adaptación, que es el proceso mediante el cual una población se adecua mejor a su hábitat y también el cambio en la estructura o en el funcionamiento de un organismo que lo hace más adecuado a su entorno.

Y también en este sentido las enfermeras se comportan siguiendo los principios básicos de esta teoría al adecuarse a los diferentes hábitats sanitarios y comunitarios en los que actúa, bien para sentirse más cómodas o bien para defenderse de los peligros que en dichos hábitats existen. El peligro de esta adaptabilidad está, por una parte, en que se adecúe tanto a él que sea prácticamente imperceptible, por lo que prácticamente es como si no existiese. Y por otra en que dicha adaptabilidad pase a convertirse en conformismo como consecuencia de su acomodación en la zona de confort que elije en el hábitat. En ambos casos los resultados, las consecuencias no les asegura su supervivencia como “especie”.

Este tipo de adaptación, además, puede suponer la pérdida de funciones ancestrales de las especies, que en el caso de las enfermeras se pueden identificar en la pérdida, en muchos casos, de los cuidados básicos o incluso de la humanización. Pero también puede suponer la aparición de rasgos que hasta entonces no le habían sido propios y que, en la mayoría de los casos, suelen aparecer por mimetismo con las especies que conviven, fundamentalmente la especie médica y que lejos de ofrecerle una identidad propia acaban siendo una especie debilitada y con muchas más posibilidades de extinción.

Otra cosa es que, en lugar de adaptación, lo que hagan las enfermeras sea adquirir “adaptabilidad” como describía Theodosius Dobzhansky, es decir el estado de estar adaptado, y por tanto el grado en que las enfermeras no tan solo son capaces de vivir, pasando desapercibidas, en los hábitats en los que se encuentran, sino que además pueden hacerlo desarrollándose y creciendo en los mismos

En los hábitats la interacción entre especies puede producir conflicto o cooperación. Cuando interactúan dos especies diferentes, como un patógeno y un hospedador, o un depredador y su presa, la evolución de una de ellas causa adaptaciones en la otra; estos cambios en la segunda especie causan, a su vez, nuevas adaptaciones en la primera. Este ciclo de selección y respuesta recibe el nombre de coevolución. Y esta coevolución es la que se produce entre las especies médica y enfermera, en la que una, la médica, actúa como depredadora, y la otra, la enfermera lo hace como presa.

Todo este proceso evolutivo puede llevar finalmente a la extinción, que es la desaparición de una especie entera.

Las causas de la extinción determinan su impacto en la evolución. La mayoría de las extinciones, que tienen lugar continuamente, podrían ser el resultado de la competencia entre especies por recursos limitados (exclusión competitiva).

En el caso de las enfermeras con otras especies, la competencia no lo es tanto por los recursos limitados en los hábitats sanitarios y comunitarios, que también, sino por la colonización de territorios y su consecuente lucha de poder, en los mismos. En estos casos juega un papel muy importante el que se haya producido adaptación o adaptabilidad para que el equilibrio entre las especies no conduzca a la extinción sino a la selección de las mismas en función de los diferentes territorios y las acciones que en las mismas lleven a cabo cada una de ellas.

Pero esta evidente evolución histórica de las enfermeras ha sido, en muchas ocasiones, negada o cuestionada de manera dogmática por parte de la comunidad científico – profesional, fundamentalmente de la medicina, al igual que siguen siendo realizando objeciones a la evolución enfermera actual, acercando sus posiciones al negacionismo exhibido por determinadas personas que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda. De acuerdo al autor Paul O’Shea, “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable.

Dicho negacionismo, basado en la mayoría de las ocasiones en la manipulación, el oportunismo y el egocentrismo pueden llevar a que se traslade más allá del grupo que lo propicia para que sea interiorizado por toda la sociedad como una verdad contrastada. Es lo que Michael Specter define como negacionismo grupal, es decir, “cuando todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”.

A pesar de todo o precisamente por todo lo comentado, la evolución de las enfermeras es un hecho incontestable que las sitúa, en los contextos en los que actúa, como “especie” dominante, que no depredadora, ni exclusiva, ni excluyente, en busca del equilibrio que favorezca un ecosistema saludable en el que aportar lo mejor.

HOY QUIERO HABLAR DE LA AEC

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Hoy no voy a abordar ningún tema relacionado con nuestras diferencias, carencias o reivindicaciones. Hoy quiero compartir la alegría de una celebración muy especial que significa mucho para mi tanto a nivel personal como profesional, pero que, además, considero trasciende a estos sentimientos individuales al tener una gran repercusión social, científica y profesional.

          Hoy quiero hablar en positivo, sin reproches, sin lamentos, sin recelos. Quiero hablar con el corazón sin dejar que el cerebro deje de ser su guía. Quiero hacerlo con pasión, con vehemencia, con emoción y con sentimiento. Pero quiero hacerlo sin abandonar el rigor, la coherencia y la razón. Hablar de experiencia y vivencia, que es como hablar desde el recuerdo del pasado, pero sin olvidar el presente ni dejar de mirar al futuro.

          Hoy quiero hablar de quienes están, quienes estuvieron y quienes se fueron. De todas y todos las/os que contribuyeron a que hoy pueda hablar de ello. Y lo quiero hacer desde el cariño, el respeto y el agradecimiento por todo cuanto aportaron y por todo lo que trabajaron. Pero lo quiero hacer sin nombrarlos. No hace falta para identificar su valentía, su valor, su responsabilidad y su entrega como referentes, ponerles apellidos ni nombres. Todas/os las/os identificamos. Hoy la AEC, que existe gracias a ellas/os, es el único nombre que citaré.

          Hoy quiero hablar de lo mucho que significó, significa y seguirá significando para las enfermeras comunitarias. Del orgullo que representa ser parte de esta ilusión, de este compromiso, de este colectivo que, tras un equipo, un logo y unas siglas logran mantenerte vivo, activo, inconformista, despierto, implicado… para seguir creyendo que trabajar y luchar por esta profesión y por lo que representa no tan solo vale la pena, sino que es un orgullo y una enorme satisfacción.

          Hoy quiero hablar con generosidad, con gratitud y con alegría, sin que ello me haga perder la visión de las dificultades, barreras e inconvenientes que aún existen. Pero sabiendo que nada ni nadie será capaz de doblegar la voluntad, el tesón y la energía que otorga pertenecer a la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) para, no tan solo afrontarlos, sino vencerlos, como se ha hecho siempre desde que hace 25 años naciera.

          Hace 25 años, un grupo de enfermeras se reunía bajo unas acacias en los Jardines del Real de la ciudad de Valencia y compartía sus inquietudes, incertidumbres, deseos, ilusiones, para que la Atención Primaria, en su incipiente caminar como nuevo modelo de Atención, no se convirtiese en un nicho profesional de las enfermeras, en vista de ciertos acontecimientos y hechos que se estaban produciendo en su contra, que con tanta motivación se habían incorporado en los Centros de Salud.

          De esa reunión informal, aunque rigurosa, surgió un deseo compartido, crear una Asociación de Enfermería Comunitaria. Y de ese debate nació la AEC, como Asociación científico profesional para el ámbito autonómico de la Comunidad Valenciana.

          La redacción de estatutos, elección de logos, configuración de la primera Junta Directiva, inscripción en el registro de Sociedades Científicas, dieron paso a las primeras acciones y actividades.

          Su irrupción e impacto fue tan importante que su eco traspasó los límites de la Comunidad Valenciana y provocó la incorporación de enfermeras de otras comunidades autónomas como La Rioja o Canarias. La AEC, acababa de nacer, pero no tenía tiempo para jugar ni entretenerse. Maduró rápidamente y empezó a dar pasos con firmeza y determinación.

          Sus Jornadas y Congresos se convirtieron en un referente nacional en los que participaron importantes referentes enfermeros de todo el ámbito nacional e internacional.

Se fue generando un ambiente de crecimiento, de desarrollo, de referencia, de calidad que atraía a nuevas enfermeras de todos los puntos de la geografía española. De esta manera lo que empezó siendo un movimiento muy local se convirtió en la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria en España, con vocalías en todas las Comunidades Autónomas.

La especialidad de Enfermería Comunitaria (EEC) fue desde el principio un objetivo prioritario para la AEC. De hecho, fue la AEC la que redactó la primera propuesta de programa de formación de la especialidad. Lo que significó un gran paso en el camino que a partir de ese momento se iba a tener que recorrer.

Los vaivenes políticos y con ellos los que se trasladaban a las administraciones, tanto nacional como autonómicas, no contribuyeron a que la especialidad fuese una realidad, lo que en ningún caso significó un abandono en el trabajo permanente de la AEC por lograrlo.

Pero la AEC no tan solo surgió, creció y trabajó para desarrollar la EEC. Para la AEC, la Enfermería Comunitaria y las Enfermeras Comunitarias, eran su principal objetivo de trabajo, con o sin especialidad, y lo que su aportación significaba para las personas, familias y comunidad. Por lo tanto, y al contrario de lo que sucedió con las Sociedades Médicas, la AEC no nació como consecuencia de una especialidad (caso por ejemplo de la Sociedad española de Medicina Familiar y Comunitaria –SEMFyC-), sino que nació desde y para las enfermeras comunitarias y fueron ellas las que trabajaron para que la EEC fuese un hecho, pero nunca exclusiva ni excluyente del desarrollo de la Enfermería Comunitaria, al entender que más allá de la especialidad hay vida, necesidades, demandas, expectativas, ilusiones… a las que se puede y debe y dar respuestas por parte de las enfermeras comunitarias, especialistas o no. Esta es una de las grandezas y fortalezas de la AEC y es desde ese posicionamiento firme, coherente, fundamentado y fundamental desde el que la AEC ha adquirido valor, prestigio y, sobre todo, identidad. No se trata de inmovilidad o conformismo en ese posicionamiento, sino de convicción en los valores de la Enfermería Comunitaria. La AEC siempre ha estado abierta al diálogo, al análisis, la reflexión, el pensamiento crítico, el debate, que permitiesen adaptar su posicionamiento a las realidades sociales, científicas y profesionales, cambiantes. Por lo tanto, la adaptabilidad ha sido una constante para la AEC, de igual modo que ha sido una constante su negativa a modificar sus principios fundacionales, basados en la ética, la transparencia y el servicio a las enfermeras comunitarias y a la sociedad.

El compromiso científico de la AEC le llevó a convertir su boletín de noticias (BEC) en la Revista Iberoamericana de Enfermería Comunitaria (RIdEC) que cumple 10 años de existencia como vehículo de comunicación científica de la AEC al servicio de todas las enfermeras comunitarias de manera abierta y con una progresión de calidad que le ha permitido estar indexada y con expectativas muy importantes de crecimiento.

Los grupos de trabajo, proyectos de éxito indiscutible como AVATAR, la web, los documentos de trabajo… fueron incorporándose en esa construcción sólida y capaz de ser un referente indiscutible no tan solo de la Enfermería Comunitaria, sino de la Salud y la Sanidad en nuestro país y fuera de él a través de su internacionalización, fundamentalmente del ámbito iberoamericano.

Finalmente, la especialidad fue una realidad. Realidad que no coincidía con los planteamientos que siempre defendió la AEC para la misma y por ello se posicionó, nuevamente, para lograr modificar lo que entendió se convertía en una mimetización de la especialidad médica tanto en su modelo formativo como en su denominación que pasó de ser la de Enfermería Comunitaria a Enfermería Familiar y Comunitaria. De poco sirvieron los informes razonados y argumentados emitidos para variar estos y otros aspectos de una especialidad que junto a otras seis configuraban la formación especializada enfermera. Y ante esta tesitura la AEC se planteaba si era mejor retirarse y no participar en el desarrollo de la especialidad, tal como las urgencias y los compromisos políticos habían establecido, o implicarse de manera decidida a que ese planteamiento de especialidad fuese lo mejor posible con la presencia activa y directa de la AEC. Y la AEC, aceptó el reto, a pesar de su disconformidad, de trabajar por la especialidad. Para ello se incorporó, no sin importantes resistencias profesionales y sindicales, en la Comisión Nacional de la Especialidad, desde la que se redactó el Programa Formativo actualmente vigente.

La especialidad arrancó con las primeras plazas convocadas y la AEC se posicionó nuevamente de manera enérgica y decidida para que se dignificase, en contra de otros planteamientos demagógicos y populistas que abogaban por una especialidad “descafeinada”, exclusiva y excluyente. Posicionamiento que mantenía la coherencia de la AEC, en contra de las posiciones interesadas y oportunistas prevaleció, aunque el mismo supusiese cierto desgaste e incomprensión de una parte de las enfermeras comunitarias que creyeron los cantos de sirena que se generaban en torno a la especialidad y que el tiempo demostró que tan solo eran eso, cantos de sirena.

Y todo este recorrido, difícil y con importantes obstáculos que hubo que salvar, ha permitido que actualmente la AEC esté presente en todas las comisiones de trabajo del ministerio y de las consejerías de salud, en los foros científico profesionales nacionales e internacionales más importantes, en actividades científicas, debates… en los que las enfermeras comunitarias tienen mucho que aportar. Todo ello sin dejar de lado la permanente vigilancia para reclamar, denunciar o reivindicar cualquier aspecto que pueda significar un ataque, menosprecio, olvido o manipulación de la realidad enfermera o de la respuesta que damos a las personas, familias y comunidad.

La pertenencia a una Sociedad de referencia en Salud Pública como las Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS), es otra muestra del peso específico alcanzado por las enfermeras comunitarias y su valoración por parte de otras disciplinas.

Cuesta mucho resumir en tan poco espacio 25 años de camino recorrido y mucho más aún de las experiencias, vivencias, sentimientos y emociones, que más allá de los logros alcanzados, se han vivido y compartido.

Pero no podía, ni quería, dejar de hacer una referencia a modo de agradecimiento y gratitud hacia la AEC en el Blog. No tanto por lo que ha significado para mí, que también, como por lo que ha aportado al desarrollo y visibilización de la Enfermería Comunitaria y las Enfermeras Comunitarias.

Sirva pues este pequeño relato como tributo a la AEC y a sus 25 años. Como recuerdo entrañable hacía cuantas enfermeras han participado de manera tan intensa como desinteresada a construir la AEC, sin ninguna de las cuales, hoy sería posible este aniversario. Como homenaje póstumo, pero vivo, permanente y sincero, a quienes ya se fueron, pero dejaron la huella indeleble de su paso y aportación. Y finalmente como llamada a quienes deben continuar con este camino recorrido, las enfermeras jóvenes que, con su dinamismo, innovación, capacidad y competencia, deben impulsar a la AEC para que siga siendo el referente científico profesional de las enfermeras comunitarias, en cualquier ámbito científico, profesional o social.

Hoy quiero trasladarte mi felicitación AEC por tu 25 aniversario. Felicidades también a  RIdEC por tus 10 años de recorrido y gracias por todo lo que habéis logrado, por la gran proyección alcanzada y por el enorme y gratificante futuro que nos dejáis preparado a las enfermeras comunitarias.

En Valencia tendremos ocasión de celebrarlo, pero dicha celebración no debe quedar tan solo en una fiesta, sino que esta debe ser el punto de inflexión, la palanca y el trampolín que nos permita llegar tan lejos como queramos y creamos.

Hoy solo y sobre todo quería hablar de eso.

ESPECIALIDAD DE ENFERMERÍA FAMILIAR Y COMUNITARIA. ¿VINO O VINAGRE?

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Desde que en 2005 se publicase el RD de Especialidades de Enfermería la formación de especialistas y su incorporación como tales a los servicios de salud de nuestro país ha sido ciertamente desigual al tiempo que decepcionante.

Centrándome en la Especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria (EFyC) cabe destacar que, si bien es cierto que, tras la aprobación del Programa Formativo en 2010, se convocaron de inmediato las primeras 132 plazas de Enfermeras Internas Residentes (EIR) de la especialidad de EFyC, que fueron incrementándose de manera progresiva hasta las 521 que se han convocado en este año 2019, no es menos cierto que este aumento tan solo ha servido para incrementar, en idéntica o en mayor proporción si cabe, la desilusión, el desánimo y la frustración de quienes han ido engrosando la lista de especialistas sin plaza específica y, lo que es peor, sin una perspectiva clara que permita ser optimista al respecto.

Al mismo tiempo se ha dilatado hasta límites, tan incomprensibles como inadmisibles, la convocatoria de la prueba excepcional de acceso a la especialidad solicitada por más de 40.000 enfermeras, lo que genera situaciones tan poco deseables como paradójicas como el hecho de que las Residentes sean tutorizadas por enfermeras “no especialistas”. Entendiendo que no lo son por el hecho de no disponer del preceptivo título que las acredita como tales y no porque no tengan la capacidad, las competencias y la experiencia para serlo.

Estos ingredientes han ido macerando y fermentando en un clima de absoluta falta de voluntad política, tanto por parte de la administración central, que no ha tomado las medidas necesarias hasta hace aproximadamente año y medio para que la situación de la prueba excepcional se desbloquease, como por parte de las Comunidades Autónomas (CCAA) que no han tomado las decisiones necesarias que permitiesen la incorporación de las especialistas que desde sus respectivas administraciones han formado con dinero público, abocándolas al paro o a la contratación en puestos de trabajo ajenos, en la mayoría de las ocasiones, a su ámbito de especialización y, en cualquier caso, nunca como especialistas. Y la fermentación ha llegado a tal punto que lejos de generar un caldo de excelente calidad y equilibrio entre el tiempo transcurrido en “barricas” (la inacción política en la toma de decisiones) y su “degustación” (la aportación que las especialistas pueden/deben realizar como tales), que se ha picado y convertido en un vinagre de muy mala calidad y de aroma y gusto totalmente rechazables que incluso está provocando que la excelencia de las “añadas” (enfermeras comunitarias expertas) anteriores empiecen también a perder sus cualidades y a producir un rechazo importante a la degustación de dichos caldos (los cuidados tanto especializados como generalistas). Lamentablemente el símil no queda tan solo en eso, sino que es una triste realidad que se mantiene mucho más allá de lo deseable y razonable.

En una profesión como la enfermera tan dada a los procesos de atomización, individualismo y cainismo, esta situación no viene sino a aumentar la confrontación, la confusión, la falta de credibilidad y la desunión.

Sin embargo y como suele suceder en cualquier situación, todo tiene su lado positivo. Y en este caso y aunque cueste identificarlo, también lo tiene.

De todos es sabido que el desarrollo de la enfermería comunitaria primero y de su especialidad después, condujo a una división profunda entre las dos sociedades científicas (SSCC) españolas de Enfermería Comunitaria, la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) y la Federación de Asociaciones de Enfermería Comunitaria y Atención Primaria (FAECAP), como ya sucediera en su momento con las Sociedades Médicas de Atención Primaria a pesar de su supuesta madurez y trayectoria. Pareciera que estuviésemos condenadas a mimetizar los procesos de los médicos, en lugar de aprender de sus errores y no repetirlos.

Esta división provocó una herida tórpida en la Enfermería Comunitaria con efectos colaterales importantes y resistente a los remedios que se intentaban aplicar y que lejos de solucionar el problema lo agravaba mucho más.

Sin embargo, la situación descrita, y el oportunismo que de la misma hacían las Administraciones, condujo a generar un punto de inflexión en el que se aparcaron las diferencias y se buscaron los puntos de encuentro que, todo sea dicho de paso, eran muchos más que los de desencuentro. De tal manera que se inició un proceso de unidad de acción tendente a trasladar una única voz en lo relativo al abordaje y desarrollo de la especialidad.

Los resultados no se hicieron esperar y esta estrategia, fundamentada en el respeto y la confianza mutuos, condujo a que las/os responsables sanitarios cambiasen su actitud y sus respuestas o, cuanto menos, valorasen las propuestas que se les trasladaban de manera conjunta, concretándose finalmente una fecha para el examen de la prueba extraordinaria, anunciada por la propia Ministra para finales de este mismo año.

Además, la acción conjunta de ambas SSCC, con propuestas previamente consensuadas en los grupos de trabajo del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria fue otro de los aspectos a destacar, lo que propició que en el citado documento se recogiesen aspectos importantes por los que siempre hemos trabajado las enfermeras comunitarias y que condujo finalmente a su publicación en el BOE en abril de este mismo año.

Estos signos de madurez en el abordaje de los problemas de la Enfermería Comunitaria y de la Atención Primaria por parte de ambas SSCC hacían presagiar un nuevo tiempo de trabajo, análisis, reflexión, debate y consenso.

Sin embargo, la dicha dura poco en la casa del pobre. Y en este caso el pobre es la Enfermería Comunitaria.

Si no teníamos suficiente con los ataques de farmacéuticos y médicos a través de las farmacias comunitarias de los primeros y el egocentrismo centrípeto de los segundos reclamándolo absolutamente todo en exclusiva (actividad física, prescripción, cuidados, gestión…), surgieron determinados colectivos enfermeros que actuaban de manera atomizada e individualizada, pero disparando directamente a la línea de flotación, quiero entender que sin ánimo de hundir la nave, pero con una gran temeridad en su actuación que provocaba el riego de hacerlo.

Por una parte, los denominados ESTOS (Especialistas sin Título Oficial), en un remake de lo que en su momento, de nuevo, llevaron a cabo los Médicos a través de los MESTOS (Médicos sin Título Oficial), en un alarde de poca imaginación y con argumentos cuanto menos de dudosa validez, reivindicando una prueba extraordinaria por no haber podido presentarse en su momento al acceso a la que está pendiente de realizar. Es decir, cuando todavía estamos a la espera de celebrar la que por imperativo legal corresponde, se reclama otra para quienes, teniendo oportunidad de realizar el EIR y por tanto la especialidad por la vía normativa vigente, solicitan una vía excepcional que no se contempla en ninguna norma. Y todo ello al margen de las Sociedades Científicas a las que consideran enemigas de su “causa”, incorporando un importante y peligroso elemento de discordia en el ya complejo panorama existente.

Por otra parte, aparecen asociaciones, organizaciones o agrupaciones oportunistas de especialistas, al margen de las SSCC por entender que estas no les representan. Lo que conduce a un claro, manifiesto, incomprensible y torpe posicionamiento de radicalidad y confrontación, que es justamente lo que menos falta nos hace en estos momentos.

En uno u otro caso, quienes abanderan una hipotética, aunque muy parcial y dudosa defensa de las enfermeras comunitarias, olvidan, por una parte, que lo que ahora reivindican con tanta vehemencia como falta de argumentación sólida, no lo podrían estar haciendo sino fuese por las SSCC que desde hace 25 años vienen trabajando de manera constante, permanente y continuada por todas las enfermeras comunitarias y por la especialidad. Pero con la diferencia, con respecto al oportunismo empleado por estos, de que las SSCC, han considerado siempre a la especialidad como un elemento de mejora profesional y para la prestación de cuidados de calidad y como nexo de unión y cohesión entre todas las enfermeras comunitarias, entendiendo que todas, especialistas o no, son necesarias, válidas y eficaces y no como un elemento de división y enfrentamiento, como hacen estas enfermeras, posiblemente muy mal asesoradas.

Por último, pero no por ello menos importante, están las negociaciones para regular las bolsas de trabajo de acceso a plazas en los servicios de salud. En dichas negociaciones se utilizan, muchas veces, criterios de supuesta igualdad de oportunidad para acceder a las plazas tanto de interinidad como en propiedad, sin que se contemplen ni las especificidades de las plazas, ni las competencias específicas a desarrollar, ni los requisitos académicos y de formación que sería deseable cumplir, lo que genera, un efecto contrario al supuestamente planteado. Es decir, se anteponen los méritos (meritocracia) y la antigüedad (que no la experiencia con relación a la plaza ofertada), a criterios de idoneidad científico-técnica, con el único fin de beneficiar a los colectivos más numerosos, pero provocando graves perjuicios tanto a los equipos donde se incorporan, como al desarrollo científico-profesional de la especialidad o ámbito de actuación concreto. Y esto contribuye, de manera muy significativa y potencialmente peligrosa, al enfrentamiento entre enfermeras y a la calidad de los cuidados prestados.

Hacer de la especialidad un arma arrojadiza, un elemento de ruptura, una división de clases o un elemento de negociación interesado, es tan mezquino como peligroso y tan solo beneficia a quienes tienen interés en que la especialidad en particular y la enfermería comunitaria en general no avancen.

El análisis, la reflexión, pero sobre todo el consenso, deberían ser los elementos fundamentales del discurso enfermero y de las organizaciones que representan a las enfermeras, a todas las enfermeras, pero teniendo en cuenta su capacitación, formación, especificidad, singularidad y experiencia, más allá de su antigüedad y de mantener el equivocado discurso de que una enfermera sirve para todo. Las diferencias de planteamiento son lógicas y necesarias, pero utilizarlas como barreras en las que parapetarse argumentalmente tan solo conducirán a una guerra fratricida que perjudicará tanto a la profesión como a las personas, familias y comunidad a las que, como enfermeras comunitarias, nos debemos. Seamos especialistas o no.

La especialidad tan solo tendrá capacidad de crecimiento, valorización y visibilidad desde la unidad de acción. Lo contrario conducirá al obscurantismo, la languidez y el total ocultamiento de su aportación.

Estamos a tiempo de hacer planteamientos serios y rigurosos a la vez que generosos y razonables. Tan solo es cuestión de sentarse y hablar, en lugar de darnos la espalda y atacarnos. El enemigo no podemos ni debemos consentir que sea el mismo al que supuestamente estamos diciendo defender con nuestra posición errática, tozuda e inflexible.

Para hacer un buen caldo se precisa de las mejores uvas, de los mejores vendimiadores, de excelentes enólogos y de un inmejorable reposo en excelentes barricas y bodegas, todo ello en perfecta armonía. Si alguna de estas propiedades falla el resultado será un vino “peleón”, sin aroma, sin sabor y sin prestigio.

Para obtener una especialidad de calidad y con reconocimiento se necesitan profesionales implicados, motivados, inconformistas pero generosos, respeto, diálogo, consenso y unidad. Lo contrario conducirá a una reyerta permanente con el resultado de una división que nos abocará a la parálisis y el descrédito profesional. Pero sobre todo se precisa de una línea común fuerte y rigurosa que se centre, fundamentalmente, en la creación de plazas específicas y con perfiles claramente definidos de especialistas, con el fin de que se establezcan los criterios claros de acceso a las mismas y se articulen y coordinen sin distorsiones en los Equipos. Cualquier otra tentativa aislada tan solo conducirá a alimentar la inacción de los decisores políticos y sanitarios, al darles argumentos para ello.

En nuestras manos está. Es cuestión de pensarlo, decidir y actuar.

MALVERSACIÓN

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Redacción Médica en su edición de hoy día 7 de octubre publica el siguiente artículo: “¿Debe delegar el médico todos los cuidados en enfermeras o auxiliares?”

El Señor Ignacio Poblador, vicepresidente de la Coordinadora de Médicos Internos Residentes (Comir), entre otras lindezas ha manifestado “en muchas ocasiones delegamos esta tarea en otros estamentos profesionales (Enfermería, auxiliares) e incluso en los familiares” y, en su opinión, “esta labor nos correspondería a los médicos, al menos una parte de ella”

Ante esta manifestación cabe aclarar primero y contestar después.

Cuando el Sr. Poblador dice que se delega esa tarea, refiriéndose a los cuidados, demuestra una clara ignorancia de lo que son y significan los cuidados, porque desde luego, no son tareas. No es momento ni lugar para ilustrar al vicepresidente de COMIR sobre Cuidados, pero sí al menos que sepa diferenciar entre funciones, tareas, competencias…

Asimismo afirma en sus declaraciones que “en muchas ocasiones delegamos esta tarea en otros estamentos profesionales (Enfermería, auxiliares) e incluso en los familiares”. De nuevo demuestra este señor su total ignorancia. Enfermería es ciencia, profesión o disciplina y como tales no se les puede delegar nada, porque nada pueden hacer. Quienes prestan cuidados de calidad son las enfermeras a quienes no hace falta que se les delegue nada porque los cuidados son su seña de identidad profesional y disciplinar desde siempre y como tal los planifican y prestan con plena autonomía. Por su parte las auxiliares lo son de Enfermería y junto a las enfermeras gestionan y prestan los cuidados.

Cuando en tan lapidaria como desafortunada frase remata diciendo que esta labor nos correspondería a los médicos, al menos una parte de ella”, está, posiblemente sin pretenderlo, haciendo un intento de reivindicación de los cuidados al decir que les correspondería. Y al hacerlo está cometiendo una malversación sanitaria al intentar apropiarse de algo que estando a su disposición no les corresponde.

La frase la culmina, en un ejercicio de total soberbia, diciendo “…e incluso en los familiares”, lo que denota además de la ignorancia comentada un desprecio absoluto hacia quienes asumen el 80% de los cuidados. Cuidados que además se han intentado usurpar, precisamente por quienes ahora los reclaman con tanta vehemencia como torpeza, durante los últimos 50 años en los que se determinó que “el médico” era el único valedor de la salud y la enfermedad, lo que significó que se diluyesen en el tiempo los saberes populares que a través de los cuidados habían servido durante siglos para atender a los familiares en sus casas.

Pero todo esto se hubiese evitado si, por ejemplo, se hubiese leído la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS) y de manera muy especial el Artículo 7, donde se recoge muy claramente de quien son competencia los cuidados.

No deja de ser curioso la avalancha de despropósitos con los que últimamente se están despachando diferentes sectores del colectivo médico en los que, no sé muy bien por qué, están recuperando el discurso de las décadas de los años 80/90 en las que veían fantasmas donde tan solo existían profesionales comprometidas, motivadas y altamente preparadas.

Coincido, sin embargo tan solo en parte, cuando el Señor Poblador dice falta información formal sobre la importancia de los cuidados dentro de la sanidad”. Es cierto que los cuidados no están institucionalizados y no se les da el valor que los mismos tienen. Dicho lo cual hay que señalar que los primeros que nunca han dado valor, ni visibilización, ni reconocimiento a los cuidados han sido los médicos, que los han situado mayoritariamente en el ámbito de lo doméstico. Tan solo ahora que las enfermeras han logrado que los cuidados sean identificados con el valor científico y social que tienen, es cuando se reclaman de manera peregrina y sin argumentos como acción exclusiva de los mismos, como vienen haciendo con la actividad física, la alimentación, el duelo… en una clara muestra de absolutismo.

Los cuidados trascienden a su intento colonizador y fagocitario. Los cuidados enfermeros son responsabilidad tan solo de las enfermeras y los cuidados familiares lo son de las personas y sus familias a través del autocuidado que es asumido a través de los cuidados que las enfermeras prestan para lograr que sean personas autónomas y responsables de sus propias decisiones, de tal manera que no tan solo puedan recuperar la salud y atender sus procesos de enfermedad sino que logren mantener sanos a los sanos, algo que realmente les cuesta entender dado su reiterado empeño por dominarlo absolutamente todo, sin analizar y reflexionar sobre prácticamente nada. Y es que el fin, Señor Poblador, no justifica los medios.

Lo cierto es que tan solo a través del trabajo transdisciplinar seremos capaces de dar la mejor atención a las personas a las que atendemos. Cada cual aportando lo que sabe y tiene competencia para ofertar y no malversando aquello que alguien considera que le es propio por el mero hecho de tenerlo próximo y creerse con el poder absoluto para hacerlo.

Publicado en Redacción Médica el 07/10/2019 https://www.redaccionmedica.com/opinion/malversacion-6702

ÉRASE UNA VEZ…

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            Muchas veces tengo la impresión que nuestra historia, la de Enfermería, está muy relacionada con la literatura infantil, tan plagada de princesas, amores, desamores, desencantos, tópicos y estereotipos. Y no porque piense que nuestra historia sea un cuento, en absoluto, sino porque creo que los cuentos, algunos cuentos, hacen una utilización de las mujeres semejante a la que la propia historia ha hecho de las enfermeras en nuestro país.

            Resulta difícil elegir entre los muchos cuentos existentes. Los elegidos no son ni mejores ni peores que otros muchos, pero creo que pueden servir de ejemplo de lo que quiero plasmar en esta reflexión.

            No trato, en ningún caso, de ridiculizar, minimizar o caricaturizar nuestra historia. Tan solo hago un análisis a través de una muestra de la literatura infantil clásica y que continua vigente en nuestros días.

            Cenicienta

Cenicienta era una niña feliz que empezaba a alcanzar cierta madurez hasta que se murió su madre y su padre se casó de nuevo con la que vino en denominarse en el cuento la madrastra que, a su vez, tenía dos malvadas y caprichosas hermanas y entre las tres detienen su feliz desarrollo, una vez muerto también el padre, para someterla a la docilidad, la sumisión y la obediencia, denigrándola y reduciendo su existencia a ser su servidora, según nos transmitió Charles Perrault en la versión de la historia transmitida mediante tradición oral.

            La enfermería viene a ser la Cenicienta de Perrault que durante la 2ª República vio con esperanza y alegría como se desarrollaba hacia una incipiente profesionalización, hasta que muere la República y es sustituida por una dictadura que a modo de malvada madrastra paraliza su desarrollo y la somete al ostracismo, la invisibilización y el servilismo hacia la Medicina que actuando como su hermanastra acompaña y refuerza las actitudes impuestas por la tiranía de su madre.

            Cenicienta, tiene que esperar hasta que apare un príncipe que la desposa y rescata de su esclavitud para ser feliz. Enfermería no logra al príncipe soñado ni se tiene que desposar con él, pero al menos, se libera de la madrastra, aunque tenga que seguir luchando con la hermanastra que se resiste a reconocer a su hermana como una mujer libre, capaz e independiente. El final del cuento en el caso de la Enfermería aún no se conoce y sigue generando incertidumbres sobre su evolución.

            Caperucita Roja

            El prolífico Perrault adaptaría también una tradición oral europea al famoso cuento de Caperucita Roja, aunque existen otras versiones entre las que la más popular es la de los hermanos Grimm. En el relato se marca un claro contraste entre el poblado seguro, y el bosque peligroso. La historia es por todos conocida, aunque el final es infeliz en la versión de Perraul y feliz en la de los hermanos Grimm.

Enfermería encarna a Caperucita Roja en forma de las enfermeras recién graduadas que tienen que pasar del confort de las aulas a un entorno mucho más incierto y peligroso en el que el lobo pasa a encarnar, en este caso, las “fieras”, de diferentes especies y de la misma especie, que acechan a Enfermería. (Caperucita Roja). Pero este “cuento” que se transforma en realidad plantea algunas interrogantes:

  • ¿Qué tipo de formación se da a las futuras enfermeras (caperucitas rojas) en las facultades/escuelas (madres de las caperucitas) que, conociendo los peligros que acechan en el escenario comunitario/sanitario (bosque), manda a sus hijas (enfermeras recién graduadas) a un escenario que no conocen y ni tan siquiera se les ha explicado convenientemente?
  • ¿Cómo el lobo (fieras de la propia especie –enfermeras- como de otras especies –médicos, gestores…-), que son dueños y señores del bosque, no atacan a las niñas (enfermeras) en sus dominios sino que las esperan en sus consultas, unidades… (centros de salud, hospitales…)?
  • ¿Cómo se explica que la enfermera no sea capaz de reconocer las diferencias, que sí nota, entre un/a compañero/a (abuela) y una bestia disfrazada?
  • Quizá la más sarcástica es la que hace hincapié en las continuas preguntas de la enfermera (Caperucita) al/la compañero/a (lobo) sobre sus actitudes y acciones (el tamaño de su cuerpo o, al menos, el gran tamaño de algunas parte de su cuerpo). Esto se debe a las diferencias entre un/a compañero/a experimentado/a, conformista, defensor/a de su espacio de poder…y una enfermera recién graduada.

Interrogantes que siguen, en muchas ocasiones sin tener respuesta, lo que supone que los finales, como en los cuentos de Perrault y Grimm, sean diferentes en función de cómo finalmente las “Caperucitas Rojas” afrontan situaciones tan peligrosas en el bosque en el que se adentran.

            Blanca Nieves y los siete enanitos

Los hermanos Grimm fueron los encargados de hacer mundialmente popular la historia de Blancanieves. Una guapa adolescente que, tras la muerte de su padre, es condenada por su malvada madrastra a ser sacrificada, aunque finalmente su verdugo arrepentido la deja escapar y es cuidada por 7 enanitos mineros.

            En este caso Blanca Nieves es Enfermería que huye para que su madrastra (Medicina) no la mate al enterarse, por el espejo mágico que posee, de que Blanca Nieves es más bella que ella. Medicina, a través de algunos de sus miembros y organizaciones, temen que la capacidad (belleza) de Enfermería sea mayor que la que ellos creen tener en exclusiva. Ante esta revelación del espejo mágico –la propia realidad social- decide que lo mejor es deshacerse de ella. Por su parte los enanitos representan a la masculinidad de la Enfermería. Los hombres, menos numerosos que las mujeres (de ahí que sean enanitos), están aislados en el mundo de las técnicas (la mina) y recelan muchas veces de la Enfermería (Blanca Nieves) aunque finalmente la acogen e incluso, la mayoría, acaba queriéndola. Sin embargo, la ira de la madrastra (medicina), furiosa por la belleza de Blanca Nieves (Enfermería), le lleva a utilizar engaños para acabar con ella. Pero Enfermería siempre encuentra nuevas oportunidades de recuperarse, aunque no sea con un beso principesco como le sucede a Blanca Nieves, lo que propicia que todos, enanitos incluidos, sean felices y coman perdices.

            También en este caso se plantean interrogantes:

  • ¿Por qué se establecen luchas de poder entre médicos y enfermeras cuando no se trata de competir sino de que cada cual ocupe el lugar que le corresponde?
  • ¿Cómo es posible que ciertos sectores médicos continúen creyendo a su particular espejo mágico haciendo que se mantenga una permanente, estéril e incomprensible batalla contra las enfermeras, al creer que está en peligro la primacía de su “belleza”?
  • ¿Qué sentido tiene la diferente concepción de ser enfermera en función de ser mujer u hombre?
  • ¿Por qué esperamos que siempre tenga que llegar un príncipe a salvarnos?

            La Bella y la Bestia

Aunque son muchas las versiones del cuento “La Bella y la Bestia”, la de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, es la que ha servido de referencia a las versiones más actuales y conocidas en nuestros días.

Bella es una guapa e inteligente adolescente (estudiante) que tiene muchos pretendientes a los que no hace caso por tener otros intereses en su vida. En un momento dado, y sin saber muy bien por qué, queda atrapada en un castillo encantado (Universidad) lleno de enseres animados (técnicas) donde habita una Bestia (Enfermería), de terrorífico aspecto externo, que la corteja y llena de atenciones. Bella, en principio, se siente asustada y reacia a establecer una relación de amistad y cercanía con La Bestia quien, a pesar de ello, sigue cortejándola. Con el paso del tiempo Bella sucumbe a los encantos de la Bestia que transforma su imagen y se convierte en un apuesto príncipe (referente enfermero) de quien ya no se separa, al igual que el resto de enseres del castillo que pasan a adquirir vida y sentido (los cuidados).

  • ¿Por qué sigue existiendo una imagen tan distorsionada de la Enfermería y de los cuidados?
  • ¿Qué hace que se rompa el miedo a ser enfermera y asumir lo que significa?
  • ¿Cuándo se descubre realmente la “belleza” de la Enfermería y se descarta a la “Bestia” que muchas veces se ve en ella
  • ¿Por qué cuesta tanto identificar y valorar referentes enfermeros?

En fin, tan solo son cuentos o son cuentos que nos adentran en la realidad, o es la realidad transformada en cuento, o es una forma, como los propios cuentos, de edulcorar una realidad que no nos gusta y queremos ocultar. En cualquier caso no pasan de ser apuntes de algo que siempre me preocupa como es la imagen que la Enfermería y las enfermeras proyectamos. Las princesas y los príncipes azules, los encantamientos, las hadas, las brujas, las bestias… no representan a la Enfermería ni a las enfermeras, pero pueden servir como ejercicio de reflexión sobre cómo podemos ser identificadas en ocasiones a pesar de nuestros intentos por desprendernos de dichos roles tan ridículos y estereotipados. Tampoco es cuestión de pasar a asumir un rol asimétrico como reacción e intento de contrarrestarlo, sino de asumir el que nos corresponde desde la realidad de nuestra disciplina y profesión y sin renunciar, en ningún caso, a lo que somos y representamos para la ciencia, la disciplina/profesión enfermeras y las personas, las familias y la comunidad a las que prestamos nuestros cuidados.

Ni la vida es un cuento, ni nosotras somos personajes de los mismos. Pero los cuentos reflejan muchas veces aspectos de la vida que, aunque distorsionados y adaptados, pueden reflejar ciertas situaciones en las que fijarnos. No como ejemplo de moralejas, sino como ejercicio de reflexión de lo que los mismos significan. El hecho de que la mayoría de ellos tengan tradición oral y escrita de muchos siglos, nos tiene que hacer pensar en que algo tendrán para que hayan logrado mantenerse a pesar del tiempo transcurrido y los cambios ocurridos.

Precisamente en esa tradición oral y de imaginario popular es en la que se asientan determinadas configuraciones de nuestra disciplina/profesión, arcaicas y estereotipadas, apoyadas y reforzadas por instituciones que, además de recoger lo que el pueblo piensa y verbaliza, deberían velar porque fuese lo más próximo a una realidad que no puede ni debe quedar circunscrita a la verbalización popular. Lo contrario contribuye a mantener y reforzar imágenes distorsionadas de una realidad que no se debería obviar. La riqueza de una lengua, más allá de la transcripción oral popular, debe contribuir a la aproximación real del lenguaje. Mientras esto no suceda las enfermeras, como las mujeres, seguirán ocupando lugares imaginarios que deforman su imagen, valor, aportación y derechos, por mucho que se traten de edulcorar con cuentos de princesas, hadas, magia, encantamientos y príncipes azules.

Ni los hospitales o centros de salud son castillos, ni las enfermeras princesas, ni los médicos madrastras o brujas malvadas, que configuren historias clasistas, machistas, paternalistas o excluyentes, aunque a veces la realidad llegue a superar la perversidad de los cuentos.

Se trata no tanto de buscar cuentos con final feliz, sino ser feliz sin tanto cuento.