CÁTEDRA DE ENFERMERÍA FAMILIAR Y COMUNITARIA DE SHAKESPEARE y OSCAR WILDE a CERVANTES

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            Las enfermeras en general y las enfermeras comunitarias en particular, somos conscientes de lo mucho que cuesta ganar visibilidad y conseguir que se valore nuestra aportación cuidadora.

            Cualquier paso que se da en este sentido supone un esfuerzo enorme. A pesar de ello muchas enfermeras están dispuestas a llevarlo a cabo con dedicación, motivación e implicación. Sin embargo, no siempre los resultados de dicho esfuerzo se ven recompensados con resultados que permitan mantener el grado de ilusión necesario para continuar avanzando.

            Son muchos los ejemplos que nos vienen a la memoria y que identificamos día a día en este sentido. Ante esto nos preguntamos ¿qué es lo que hacemos mal para que no se crea en nosotras? ¿qué es lo que no logramos trasladar a los políticos, gestores y sociedad en general para que se sigan perpetuando actitudes que no tan solo no nos dejan avanzar, sino que en ocasiones suponen retrocesos? ¿qué es lo que no entienden los políticos, gestores sanitarios, empresas privadas… del papel que desempeñamos las enfermeras? ¿qué es lo qué no alcanzan a entender del valor aportado por las enfermeras a pesar de que los principales organismos internacionales insisten en ello? ¿qué obsesión existe en impedir a toda costa que las enfermeras ocupen puestos de responsabilidad en los organigramas de las administraciones sanitarias? ¿qué les impide tener al menos la decencia de conocer qué somos y qué aportamos más allá de considerarnos un recurso humano con el que actuar en sus juegos rentistas?

            Estas y otras muchas interrogantes se plantean repetidamente día a día sin que nadie sepa o quiera dar respuestas mínimamente argumentadas, serias y ajustadas a una realidad que ni entienden ni quieren entender más allá de los parámetros políticos o economicistas en los que se mueven. Con tal de no salir en los papeles u obtener el máximo beneficio económico, todo vale.

            En este vodevil en el que se ha convertido la política sanitaria y quien ella actúa en nuestro país, los ambientes de enredo se repiten, generando situaciones ridículas, engaño, conspiración y asentadas en el absurdo. Situaciones que si no fuera por el contexto donde se producen y por las consecuencias que las mismas conllevan darían lugar a pensar que son argumentos de comedias aptas como guiones de cine de barrio.

            Pero la salud es algo con lo que no se puede ni debe jugar. En política, en su más amplia acepción, debe dejar de valer cualquier actitud, respuesta o decisión irresponsable tomada o hecha desde la ignorancia o el desprecio. La salud cuesta mucho de mantener y mucho más de recuperar para que a cualquiera se le dé la oportunidad de gestionarla desde la mediocridad que no es capaz de ocultar ningún cargo, por importante que este sea o el respaldo político o económico que el mismo tenga.

            Y ante tanta incompetencia y mediocridad, de vez en cuando, surge algún hecho, decisión o resultado que, cuanto menos animan a la esperanza.

            Hace dos años, sin ir más lejos, se constituyó la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria de la Universidad de Alicante con el patrocinio del Grupo Ribera Salud y el aval científico de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC). Se trataba de la primera Cátedra de Enfermería Comunitaria en España.

            Durante los dos años en los que ha estado activa la citada Cátedra, han sido muchas las actividades que se han llevado a cabo y que han permitido visibilizar y poner en valor a las enfermeras comunitarias.

            Como en el sueño de una noche de verano, del dramaturgo británico William Shakespeare (1564 – 1616), se pensó que “El amor puede transformar las cosas bajas y viles en dignas y excelsas” entendiendo en este caso el amor como la relación que propiciaba que la Cátedra fuese una realidad y que quien la sustentaba económicamente lo hacía por convicción y no por interés exclusivamente. Así pues, se estableció una especie de fábula en la que la luz de la Cátedra da la impresión de vencer las tinieblas en que muchas ocasiones parece estar sumido el desarrollo de las enfermeras y su relación con las entidades provadas, para convertirse en una poderosa fuente de imaginería como la que traslada Shakespeare en su obra. Así mismo como sucede en la comedia con los cuatro mundos renacentistas, la Cátedra logra que convivan en armonía los diferentes escenarios en los que las enfermeras comunitarias desarrollan su actividad (docencia, asistencia y gestión) y el contexto público-privado en donde se ubican, a través de una gran cantidad de acciones que articulan la trama para concluir con el final feliz, en este caso, de la entrega de premios anual, que ejemplifica el final del dramaturgo en su obra con la boda de los protagonistas.

            Sin embargo, como en toda fábula que se precie, se trata de una breve historia o anécdota que alberga una consecuencia aleccionadora que casi siempre aparece al final en forma de moraleja o adfabulación. Y eso es precisamente lo que ocurrió con la cátedra, que se convirtió en una fábula o en una semejanza a otra de las obras de Shakespeare como es “Mucho ruido y pocas nueces”, al poder asimilar en ambas la conclusión o moraleja de que “Jamás estimamos en su precio el bien que gozamos; pero si lo perdemos, es cuando exageramos su valía”.

            La cátedra, entendieron las enfermeras, que era ya un bien que había llegado para quedarse, sin percatarse que los intereses profesionales siempre son menores y más prescindibles que los económicos. Y eso es lo que sucedió, que finalmente quien aportaba sustento de supervivencia económica imprescindible para la continuidad de la Cátedra, decidió que ya no le interesaba y retiró su apuesta inicial dejando en la cuneta un proyecto exitoso. Es lo que tiene el interés rentista de quienes disponen del capital para sostener lo que ni el conocimiento ni la voluntad pueden hacer. Poderoso caballero es don dinero. Y lo que parecía una historia de idilio eterno acabó en una trágica y prematura muerte, en este caso, no anunciada, aunque todo hay que decirlo, tampoco insospechada.

            En la obra de otro importante autor, en este caso el irlandés, Oscar Wilde (1864 – 1900), “La importancia de llamarse Ernesto”, en la que la dualidad entre la palabra earnest, que significa serio en inglés, y el mismo nombre de Ernesto, la palabra enfermera y lo que la misma significa, genera atracción a la vez que confusión.

            En el caso de la Cátedra, se finge tener interés por las enfermeras y se seduce con financiación y apoyo incondicional. Esto dura hasta que identifica la importancia de llamarse y ser enfermera y lo que ello supone al ego rentista del supuesto cortesano, que abandona el idilio a pesar de descubrir, o precisamente por hacerlo, lo bueno e importante que es llamarse enfermera.

            Y en este recorrido literario en el que los enredos acaban por dejar compuesta y sin novio a la Cátedra, la conclusión que podemos sacar es la de casi siempre, es decir, que las enfermeras somos capaces de grandes cosas cuando nos dejan y nos dan oportunidad de demostrarlo, pero que cuando lo hacemos se disparan las alarmas de un pánico tan irracional como sistemático, que provocan reacciones de contención o demolición para que no se identifique, visibilice y valore lo conseguido. Aunque para ello se tengan que inventar justificaciones sin fundamento que traten de sostener las decisiones adoptadas.

            Si Shakespeare y Wilde fueran contemporáneos nuestros tendrían un filón para escribir obras con las aventuras y desventuras de las enfermeras.

            Pero más allá de los símiles literarios, lo que verdaderamente trasciende es la dificultad que las enfermeras tenemos para lograr iniciar, desarrollar y mantener proyectos innovadores, creativos y eficaces que visibilicen y pongan en valor a las enfermeras, dadas las trabas financieras, políticas, administrativas, legislativas… con las que de manera sistemática tenemos que luchar para que, al menos, no se diluya totalmente nuestra aportación.

            Nada es lo que parece, ni nadie es lo que trata de aparentar, sino lo que finalmente es y se es. Caer en la trampa del engaño y la apariencia con el único objetivo de beneficiarse lleva al desengaño, pero nunca al abandono.

            Como expresara nuestro más universal escritor, Cervantes (1547-1616), en su no menos universal obra El Quijote, “Cambiar el mundo amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Y ahí estamos las enfermeras, aunque muchos quieran tildarnos de locas.

            Por eso seguiremos en el empeño de mantener un proyecto como la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria.

“Los desafíos son lo que hacen la vida interesante
y superarlos es lo que hace que la vida tenga sentido.”
Joshua J. Marine

NEGACIONISMO, POSITIVISMO Y MUJERES CIENTÍFICAS

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            Últimamente se ha instalado, fundamentalmente entre los políticos y quienes tienen poder de decisión, el discurso de la negación.

            La negación al cambio climático, a la violencia de género, a la pobreza, a la inequidad… se han convertido en la respuesta inmediata a cualquier planteamiento que sugiera la existencia de problemas derivados de estas realidades.

El negacionismo es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda o perjudicial a sus ideas o intereses. De acuerdo al autor Paul O’Shea, “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable”. Es, en esencia, un acto irracional que retiene la validación de una experiencia o evidencia históricas.

Así pues y tal como describe Didier Fassin[1], el negacionismo es un posicionamiento ideológico de quien reacciona sistemáticamente contra la realidad y la verdad. Por su parte Mark Hoofnagle[2], sostiene que el negacionismo es el empleo de tácticas retóricas para dar la apariencia de argumento o debate legítimo, cuando en realidad no lo hay.

El problema, con serlo y muy importante, se magnifica cuando los discursos de estos individuos logran que una gran parte de la sociedad haga suyo su discurso. Tal como afirma el autor Michael Specter[3] el negacionismo grupal sucede cuando “todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”.

El discurso negacionista llega a calar tanto en el pensamiento y actitud de quienes lo aceptan como válido que incluso logra que el discurso que se niega, a pesar de las evidencias, sea sospechoso de poseer motivaciones ocultas.

Sería pretencioso por mi parte tratar de incluir en el ámbito del negacionismo ciertos discursos, en contra de las enfermeras, que se mantienen más allá de las evidencias científicas existentes. Pero no me resisto a hacer un ejercicio de aproximación a tan nefasta estrategia por entender que el discurso que se utiliza y se mantiene como cierto va en contra, no tan solo de la evidencia, sino de la propia enfermería como ciencia, disciplina y profesión, con el ánimo de generar duda, rechazo y sospechas entre la comunidad científica y la propia sociedad, con el único objetivo de mantener los privilegios de quienes se siguen considerando protagonistas exclusivos del sector sanitario, al entender que el reconocimiento a “otros”, las enfermeras, es una amenaza a su hegemonía científica, disciplinar y profesional.

Durante mucho tiempo la clase médica, masculina y machista en su concepción y actitudes, identificó a la enfermería, femenina y sometida, como una ayuda a su saber y acción desde un planteamiento exclusivamente técnico, sanitario y alejado de cualquier planteamiento científico o crítico. Esto fue, sin ir más lejos, lo que condujo a transformar la profesión y disciplina enfermera, que empezaba a despuntar como profesión durante la 2ª República, en un oficio a la sombra de la medicina y a las órdenes de los médicos, con la implantación de los estudios de Ayudante Técnico Sanitario (ATS), que suponían un primer y determinante paso en el negacionismo de la enfermería al eliminar cualquier vestigio de la misma en un plan de estudios hecho a imagen, semejanza y utilidad de quienes lo idearon e implantaron.

Con dicha estrategia lograron, por una parte, tener fieles, dóciles y eficaces ayudantes a sus órdenes que contribuyesen a su desarrollo y reconocimiento, impidiendo que existiese ninguna posibilidad de pensamiento crítico, autonomía o capacidad de decisión en relación a su actividad, ya que la misma era totalmente subsidiaria a la médica.

Pero con ser grave este control en beneficio propio y mayor “gloria” de quien actuaba como exclusivo protagonista, no fue lo peor de tan estudiada estrategia. Porque lo realmente grave fue, sin duda, borrar del imaginario colectivo cualquier vestigio que pudiese conducir a identificar la enfermería como profesión o disciplina, convirtiendo una realidad como la enfermería, que tenía referentes científicos y profesionales indiscutibles en otros países, en una mentira denominada ATS, que aún perdura en nuestros días.

Se trató, por tanto, de un claro ejercicio de negacionismo. Porque lo que se negaba no era una nueva realidad sin fundamento, era una realidad fundamentada que resultaba incómoda para los intereses de quienes dominaban en exclusividad la actividad sanitaria, adaptando todo aquello que les rodeaba para el desarrollo de su saber y su hacer. Los hospitales se organizaron, en contra del sentido común, la eficacia y la eficiencia, en la fragmentación médica de órganos, aparatos y sistemas y los cuidados quedaron relegados a acciones llevadas a cabo por sus ayudantes técnicos sanitarios.

Los cambios en los planes de estudio y la incorporación de los mismos en la Universidad, supusieron un cambio sustancial, aunque no definitivo, para rescatar la imagen y el sentir de la enfermería y de las enfermeras, aunque fuese bajo unas siglas que seguían ocultando la enfermería, DUE (Diplomados Universitarios de Enfermería) y limitando el desarrollo académico al no permitir el acceso a estudios de 2º ciclo (licenciatura y doctorado). Por lo tanto, persistía, en cierta medida, el negacionismo de la enfermería y de las enfermeras que pasaron de ser reconocidas como ATS a serlo como DUE, en cuanto a denominación, pero manteniendo oculta la ciencia enfermera en la que se fundamentaba su acción, lo que mantenía el ideario común de subsidiaridad médica.

Europa, que ahora genera tantas dudas e incertidumbres, auspició el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), en el que Enfermería logró que, finalmente, se rompiera el techo de cristal que le impedía el máximo desarrollo académico y la recuperación de nuestra identidad enfermera, al menos teóricamente.

Quedaba, eso sí, que lo logrado en el ámbito académico tuviese traslado en el ámbito asistencial. Y de nuevo resurgió el negacionismo al impedir que las enfermeras tuviésemos las mismas oportunidades de acceso a todos los puestos de responsabilidad al situarnos de manera totalmente arbitraria, interesada y caprichosa en un subnivel con relación a quienes siguen negándonos valor, reconocimiento e igualdad de oportunidades, con argumentos que no se sostienen pero se mantienen por quienes tienen capacidad y voluntad política para modificarlo, lo que les convierte en claros cómplices del negacionismo enfermero.

Si a todo esto añadimos que el “virus” del negacionismo tan bien diseñado ha sido capaz de inocular su dañino efecto en las propias enfermeras, negándose a sí mismas, la cuadratura del círculo es perfecta. Porque a pesar de que existen muchas enfermeras que han logrado generar resistencia a tan nefasto virus, las devastadoras consecuencias que el mismo ha generado son difíciles de vencer, aparte que los “virólogos” ya se encargan de mutar el virus de tal manera que sea capaz de atacar cualquier resistencia que aparezca.

Pero con ser grave esta epidemia creada, mantenida y apoyada durante tanto tiempo, no lo es menos el hecho de que se manipule un discurso supuestamente liberador, emancipador e igualitario para tratar de trasladar una imagen mucho más amable de lo que realmente sigue sucediendo en nuestra sociedad.

Porque claro, se habla de la importancia de las mujeres en la ciencia, que no la voy a discutir ni poner en duda, pero sin embargo se hace olvidando a aquellas mujeres que mayoritariamente han contribuido con su trabajo, su implicación y su resistencia a que la ciencia enfermera aporte importantísimos beneficios a la salud de las personas, las familias y la comunidad, pero excluyéndolas como científicas, lo que es tanto como continuar con el negacionismo.

Negacionismo, en este caso que se apoya en el positivismo. Positivismo que afirma que todo conocimiento deriva del método científico, desde una perspectiva de monismo metodológico que determina que hay un solo método aplicable en todas las ciencias. Es decir, la explicación científica ha de tener la misma forma en cualquier ciencia si aspira a ser ciencia y por tanto la Enfermería, entre otras, se niega y se excluye. Sin tener en cuenta la incapacidad del considerado exclusivo método científico por conocer otras realidades como la creación de significado, al hacerlo desde las leyes universales impuestas que ignoran aquellos elementos, factores o determinantes que no pueden ser generalizados en base a dichas leyes, lo que genera el interesado debate en contra de la investigación cualitativa frente al positivismo de la cuantitativa, considerada menor o no científica por quienes quieren seguir manteniendo el negacionismo de parte de la ciencia y quienes la componen.

Así pues, nos encontramos ante un claro dilema que trasciende a la ciencia y se sitúa en la hegemonía machista. No se trata tanto de que las mujeres sean o no científicas, que lo son, sino de las posibilidades que a las mismas se les deja para que logren situarse como tales, más allá de la ciencia desde la que lo hagan. El problema está también en que, como ya he repetido en diferentes ocasiones, las disciplinas también tienen género y en función del mismo su visibilidad, reconocimiento e importancia es graduado social y científicamente por quienes establecen los criterios para que sean tenidos en cuenta y, desde los mismos, darles un valor u otro.

Todo ello sin minusvalorar, sino todo lo contrario, la aportación masculina que los hombres hacen a las disciplinas femeninas en general y a la enfermera en particular, que resulta fundamental para el desarrollo de las mismas.

Es importante que fijemos el foco en aquellas disciplinas en las que el número de mujeres es muy bajo. Pero no lo es menos el que demos valor a aquellas disciplinas en las que siendo las mujeres mayoritarias no reciben la misma atención ni reconocimiento al incorporar un negacionoismo tan irracional, incomprensible y acientífico como el que se lleva a cabo sin que se haga nada, o muy poco, por eliminarlo.

Si no se combinan ambos discursos, estaremos ante una nueva puesta en escena efectista, oportunista e ineficaz, que lejos de favorecer a las mujeres contribuirá a perpetuar las desigualdades y el negacionismo existentes.

Las mujeres son científicas, por tanto, más allá de la disciplina en la que estudien, investiguen y aporten evidencias. Se trata, sobre todo, de lograr lo que no existe sin olvidar aquello que ya existe.

[1] Didier Fassin (1955), Antropólogo, sociólogo y médico francés.

[2] Médico estadounidense

[3] Michael Specter (1955), Periodista estadounidense

CAPERUCITA Y LAS ENFERMERAS COMUNITARIAS

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La utilización del famoso cuento de Caperucita Roja, sirve a Ángela Rodríguez Espinosa, Gema Salas Galán, Laura Mª Sánchez Andrés, Vicent Serra Labrador y Belén Zubía Mora, estudiantes de 4º grado de Enfermería 2018-2019 de la Universidad de Alicante, de base para trasladar el papel tan importante que tienen las enfermeras comunitarias.

TESTOSTERONA CORPORATIVA Y SOCIAL

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            Hace tan solo unos días se publicaba el estudio “Gender and Nursing as a Profession. Valuing nurses and paying them their worth” estudio del Royal College of Nursing (RCN) y de la Universidad de Oxford Brookes en el que se argumenta que los salarios de las enfermeras se han rebajado debido a la “visión anticuada de que cuidar a los demás es una característica femenina” a pesar de que las enfermeras cada vez más asumen un trabajo más avanzado. La investigación, llevada a cabo en el Reino Unido, apunta que la destacada y preocupante escasez de enfermeras, tendría que haber producido un aumento importante de los salarios que tratara de compensar la evidente demanda. Sin embargo, sugiere también el estudio, las enfermeras siguen estando infravaloradas por el hecho de ser mayoritariamente mujeres.

Rachael McIlroy, jefa de investigación senior de RCN, destaca que este informe es “un paso importante para desafiar y cambiar las percepciones sobre las enfermeras”. Así mismo añade que las enfermeras tienen altas competencias y una gran preparación a pesar de lo cual, las enfermeras, no se sienten ni escuchas ni reconocidas.

            Estos resultados podrían ser asumidos casi íntegramente en nuestro país, que por otra parte es “exportador” de enfermeras al Reino Unido para suplir la carencia de enfermeras británicas.

            Posiblemente este estudio, como tantos otros relacionados con el género y las enfermeras, haya pasado desapercibido entre las propias enfermeras, a pesar de la gravedad de los resultados, como si estuviesen naturalizados y ya no ejerciesen reacción alguna o esta fuese prácticamente una mueca de disgusto en el rostro, pero sin mayores consecuencias. Como si estuviésemos anestesiadas.

            Esta misma semana, concretamente hoy mismo, hemos conocido que el Tribunal Superior de Justicia de Navarra, volvía a anular los artículos que regulan jefaturas de libre designación en el Servicio Navarro de Salud, que afectan a la capacidad de que las enfermeras sean nombradas directoras de Equipos de Atención Primaria, como estaba sucediendo con magníficos resultados tanto de gestión como económicos.

            Esta misma semana, vaya semanita, los farmacéuticos – a pesar de ser mayoritariamente mujeres- hacían gala también de su poder anunciando una nueva acometida de “abordaje comunitario” en esta ocasión queriendo prescribir y promocionar vacunas. Posiblemente porque quieran recordarnos, como hacen machaconamente en la Televisión, que se trata de un medicamento y que hay que consultar con el farmacéutico. Algo que lograron colar, con el beneplácito político, y que apartaba de un plumazo, en este caso, tanto a los médicos como a las enfermeras. En lugar de decir consulte a su profesional de la salud, dicen tan solo a su Farmacéutico. Será porque para eso lo venden ellos y lo cobran ellos también, claro. Todo sea por el negocio.

            Las enfermeras deberíamos plantearnos si cada vez que en la Televisión de dice algo sobre el cuidado, aparezca una pantalla en gris perla (por lo del color que nos identifica académicamente) que dijera este anuncio es sobre el CUIDADO, lea detenidamente las indicaciones y consulte a la ENFERMERA. El problema está en quien apoya al medicamento y a quien apoya al cuidado… blanco y en botella.

            Dudo, ojalá me equivoque, que el estudio la sentencia o la noticia, generen una respuesta unánime y masiva de las enfermeras en nuestro país. A lo sumo algunas referentes, alguna organización o sociedad científica alcen la voz sin que, lamentablemente, tenga excesivo eco. La naturalización, posiblemente por la reiteración, siga provocando la anestesia colectiva.

            En cualquier los tres casos, tienen algo en común. La testosterona social y corporativa.

            Seguimos viviendo en una sociedad eminentemente machista, patriarcal y dominante que se resiste a perder el poder otorgado por el hecho de secretar dicha hormona que fisiológicamente sabemos que se produce en los testículos, pero que socialmente lo hace en mucha mayor medida en el cerebro, en este caso tanto de hombres –mucho más- como de mujeres. Porque el problema viene determinado cuando los comportamientos, los tópicos, los estereotipos, la dominación… forma parte no tan solo de que sean más los hombres que integran una sociedad o una profesión, sino en que dicha sociedad o profesión esté impregnada de ese comportamiento como algo consustancial a las mismas.

            Si a esto añadimos las decimonónicas estructuras judiciales con las que aún contamos en nuestro país y una legislación escrita también con testosterona los resultados son los que son. Los jueces, con mucha testosterona, también contribuyen, pero básicamente se trata de las normas que van en contra sistemáticamente contra las posibilidades de desarrollo e igualdad de las enfermeras, las que hacen que se dicten sentencias tan incomprensibles, como dolorosas e indignantes.

            Resulta que un Filósofo puede ser Ministro, una abogada Consejera, un economista Director General, un biólogo gerente… pero una enfermera no puede ser nada de eso por el simple hecho de ser enfermera y tener la fatalidad de que nuestros principales compañeros de viaje sean quienes más testosterona corporativa secretan, lo que provoca una permanente y sistemática exhibición de fuerza y demarcación de territorio, utilizando para ello las leyes y el sistema judicial que les protege y ampara. Y claro, a la vista de esto pues acuden nuevos actores que actúan con idéntica mecánica fagocitadora. A lo que hay que añadir a una clase política dominada por la apariencia y el dominio de los lobby, para que tengamos muy poco margen de mejora.

            Ha sido en Navarra donde se ha dictado esta sentencia que vuelve a marginar a las enfermeras. Y a pesar de que todas las comparaciones son odiosas y posiblemente esta mucho más, fue en Navarra también, donde se dictó la tristemente famosa sentencia de la manada contra una mujer. Nuevamente la testosterona, en cualquiera de sus formas, apariencias o actitudes, hace acto de presencia.

            Las enfermeras deberíamos despertar de una vez y exigir que se acabe ya con el acoso, la discriminación, la desigualdad, la violencia corporativa y profesional a la que somos sometidas de manera reiterada sin que los políticos, que se apresuran a decir que somos imprescindibles cuando les interesa, hagan nada por remediarlo. Porque al fin de cuentas también ellos secretan mucha testosterona.

            Y, paradójicamente, todo esto sucede en el celebérrimo año del Nursing Now. Espero que los acontecimientos no sigan en esta misma línea y que podamos celebrar algo. Aunque sea los 200 años de Florence Nightingale.

            Pero no creamos que la testosterona tiene la culpa de todo. Porque nosotras como enfermeras también deberíamos hacer un ejercicio de reflexión y autocrítica para darnos cuenta del conformismo, el buenismo, el pasotismo… y otros muchos “ismos” de los que hacemos gala desde ese adormecimiento permanente, en el que la anestesia de la normalización, nos tiene sumidas. Ojo, no apunto a que tengamos que secretar también nosotras testosterona, sino a que digamos ¡¡¡basta ya!!! Pero también a que de una vez por todas sepamos identificar, difundir y defender nuestros activos intangibles y bienes intrínsecos.

De una vez por todas deberemos darnos cuenta que hace falta que las enfermeras asumamos la competencia política que influya en la política y favorezca políticas de salud, también para nosotras.

Como dijera la poeta polaca Wislawa Szymborska:

Somos hijos de nuestra época

y nuestra época es política.

 

Todos tus, mis, nuestros, vuestros

problemas diurnos y los nocturnos,

son problemas políticos.

Quieras o no tus genes tienen un pasado político, tu piel un matiz político

y tus ojos una visión política.

 

Cuanto dices produce una resonancia,

cuando callas implica una elocuencia

inevitablemente política.

 

Incluso al caminar por bosques y praderas

das pasos políticos

en terreno político.

 

Adquirir significado político

ni siquiera requiere ser humano.

Basta ser petróleo,

pienso compuesto o materia reciclada.

 

Los poemas apolíticos son también políticos,

y en lo alto resplandece la luna,

un cuerpo ya no lunar.

Ser o no ser, esta es la cuestión.

¿Qué cuestión? Adivina corazón:

una cuestión política

           

A lo que añado:

Ser o no ser, esta es la cuestión

¿Qué cuestión? Adivina corazón:

una cuestión enfermera, que requiere nuestra implicación política, profesional, académica, gestora y femenina, como nuestra Enfermería.

 

            No nos equivoquemos más. Está en nuestra mano el darle solución. El tema es el cómo no el qué.

¿Nos ponemos a ello, es decir actuamos, o seguimos esperando acontecimientos y lloramos?

ALREDEDOR DE LA ENFERMERA COMUNITARIA

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Las/os estudiantes de 4º de Enfermería de la Universidad de Alicante trasladan la importancia de contar con enfermeras comunitarias.

ESCOTOMA

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Ayer tuve la oportunidad de asistir en el Ministerio de Sanidad a una Jornada sobre el desarrollo de la atención comunitaria que forma parte del Marco Estratégico para la Atención Primaria y Comunitaria que se aprobó el pasado año por consenso de las administraciones públicas, los profesionales (sociedades científicas, organizaciones colegiales, sindicatos…) y la ciudadanía (organizaciones y sociedades ciudadanas y de pacientes…).

          Esta actividad no tendría mayor relevancia que la influencia que la misma pueda tener en el desarrollo del cambio de la Atención Primaria que se propugna, sino fuese por lo que sucedió en su organización y lo que aconteció durante su celebración.

          En plenas vacaciones de navidad salió a la luz información, desde el Ministerio de Sanidad, en la que se anunciaba la celebración de la Jornada “Orientando la Atención Primaria hacia la Comunidad”, organizada por el PACAP, grupo dependiente de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC) y el propio Ministerio. En la citada jornada, estructurada en mesas de debate, ni una sola enfermera para hablar de Atención Comunitaria.

          Bueno, pues esta es la realidad entendida como la conducta o forma de ver los hechos o las cosas tal como son en realidad, sin ningún idealismo en ese momento en el que llega la información. Nada que cuestionar a los hechos que así lo atestiguaban.

          Ante esto, que por otra parte es o viene siendo lo habitual, cabían varias opciones. Refugiarse en las fiestas navideñas y esperar a que Papa Noel, para los menos tradicionales, o los Reyes Magos, para los nostálgicos, fuesen capaces de edulcorar esa realidad con algún regalo en forma del discurso frecuente en el que se alaba a las enfermeras con el único propósito de que sigan manteniendo su fe en que algo cambiará en algún momento, o en hablar por ellas de manera subsidiaria y a través de voces que ni nos son propias ni se ha solicitado que lo hagan, usurpando, no tan solo la voz sino las ideas. Llorar y quejarse cuando los hechos consumados dejasen a la luz la invisibilidad, una vez más, de las enfermeras al hablar de algo que hacen mayoritariamente ellas. O bien, actuar y tratar de revertir una situación en base a argumentos sólidos.

          La primera opción, aunque navideña y entrañable a nadie, o muy pocos, les cabe duda de que es tan solo una ilusión que no tiene posibilidades de cumplirse, ya sabemos quiénes son Papa Noel y los Reyes Magos y la poca capacidad de magia real que tienen, aunque mantengan la ilusión en quienes esperan de ellos siempre sus regalos.

          La segunda opción es, lamentablemente, muy habitual y supone la asunción de la figura de plañideras permanentes, ante lo que las enfermeras consideran injusto, sin que sus lágrimas ni su pesar sirva para poco más que generar compasión, lástima o indiferencia ante la reiterada escena de aflicción.

          La última opción, es la menos corriente por cuanto supone tener que implicarse, estar convencidas de lo que se denuncia y propone como alternativa, mantener una firmeza abalada por pruebas contrastadas, trasladar una realidad diferente a la que se quiere hacer ver como única e insustituible con el fin de modificarla y adaptarla a la que corresponde realmente.

          Y, quien les escribe, optó por la tercera a pesar de que creo firmemente en los Reyes Magos, pero claro está, para otros menesteres y deseos. Y, porque rechazo de plano la segunda ya que vengo repitiendo de manera insistente en que llorar, si se quiere o hay que hacerlo, se hace en casa. En donde importa, es decir donde debemos actuar las enfermeras, sea en el ámbito de la atención, de la gestión de la docencia, de la investigación o de la política, hay que ir lloradas para poder actuar y cambiar aquello que ni nos gusta ni es justo, ni se ajusta a la realidad.

El inmovilismo e incluso el propio llanto de las enfermeras viene determinado muchas veces porque tratamos constantemente de darle sentido al bombardeo de información inconexa que encaramos diariamente y llegamos a ser tan buenas llenando y haciendo un escenario razonable de datos inarticulados que algunas veces damos sentido a lo absurdo. Solemos, por tanto, crear un retrato coherente de lo que escuchamos y vemos aun a sabiendas de que un examen cuidadoso de la evidencia nos revelaría que la información es vaga, confusa, obscura, inconsistente e ininteligible y por tanto que la realidad que emana y es vista por nuestra mente es susceptible de ser cambiada.

          Así pues, como enfermera que soy, hice un diagnóstico de la situación, identifiqué los ámbitos en los que actuar, prioricé las intervenciones, movilicé los recursos necesarios y actué.

          No es mi intención en ningún momento, presentarme como un héroe o un Robin Hood enfermero para llevar a cabo una redistribución de ideas, planteamientos o posicionamientos, ni Maquiavelo conspirando permanentemente, ni el Quijote que ve gigantes donde realmente hay molinos de viento. No lo soy ni lo pretendo serlo. No hice más que aquello que entendí que debía hacer como enfermera comunitaria que soy y me siento, como Presidente de la Sociedad Científica a la que represento (AEC) y como persona con capacidad de análisis, reflexión y pensamiento crítico, que entiende que no se puede asumir cualquier realidad, la diga quien la diga, por el mero hecho de llevar el sello de una institución o de una profesión determinada. Y porque entiendo y creo que la realidad es diversa, ecléctica y participativa o no es realidad, sino imposición e impostura.

          Por eso entendí que se debía y se podía revertir la situación. Y actué. Y en la actuación me acompañaron otras enfermeras.

          Y de esa actuación se produjo lo que muchos no quieren ver, entender o admitir, que no es otra cosa que lo que finalmente sucedió. Y lo que sucedió, es que la Jornada pasó a estar organizada también por enfermeras y no tan solo eso, sino que además se incorporaron enfermeras en las mesas de debate y en la inauguración estábamos dos enfermeras y un médico junto al Ministro y el Secretario General de sanidad, poniendo voz a nuestra realidad y no dejando que otras personas la pusieran por nosotras. De tal manera, que el discurso que se generó en la Jornada fue construido en igualdad y sin protagonismos, con voces e ideas que tenían validez por lo que significaban y no por quien las decía.

Otra cosa, bien diferente es como del realismo de los resultados que se obtengan de la nueva situación generada se conforme la realidad. Esta realidad sí que estará impregnada de idealismo, entendido como la tendencia a considerar la enfermería comunitaria y la Atención Primaria y Comunitaria, de acuerdo con unos modelos de armonía y perfección ideal que no se corresponden con la realidad actual. Pero, también es cierto que quienes allí estábamos, podemos decir que éramos las/os convencidas/os y que aún hay mucha gente escéptica, conformista, inmovilista… que no cree ni quiere creer que otra realidad existe. Posiblemente porque, en esa realidad, o bien entienda que pierde protagonismo o bien que tiene que ganar conocimiento e implicación y ni unas/os ni otras/os estén en disposición ni tan siquiera de intentarlo. Pero finalmente, lo importante es que haya una idea generadora de ilusión que permita cambiar la realidad actual que tiene de realidad de momento, tan solo, la ilusión.

La mente ve lo que quiere ver, aquello que quiere ver y lo hace basándose en prejuicios, programaciones o condicionamientos previos.

          Podríamos decir que padecemos, en cierta manera, de un estocoma[1] colectivo que hace que saquemos conclusiones de los actos y palabras de los demás, al interpretar cosas, que en verdad no han hecho, dicho, ni siquiera pensado, pero tomamos esa “verdad” alternativa y nos la creemos hasta las últimas consecuencias.

          Y no resulta terrible o irremediable, pero el escotoma actúa como el prejuicio: juzgamos, sentenciamos y hacemos efectiva la condena sin pararnos a pensar si ni siquiera estaremos, efectivamente, en lo cierto; y lo peor es que a veces lo hacemos de forma cobarde. Pero sin ser terrible impide que en muchos casos avancemos.

          Así pues, tal como dijo David Bohm[2] “Muchos creen estar pensando cuando están meramente reordenando sus prejuicios”. Sin darse cuenta que no somos espectadores de lo que “nos rodea”; sino que somos parte de ello y por eso si queremos cambiar la realidad debemos actuar y no tan solo admitir como inevitable lo que sucede, resignándonos a las consecuencias o como máximo llorando cuando nos afectan.

          William James[3] decía: “Cuando algo es nuevo, la gente dice: «No es cierto” Luego, cuando su verdad es aparente, dicen: “No es importante”. Finalmente, cuando no puede negarse su importancia, dicen: “De todos modos, no es nada nuevo”. Y ese discurso, consecuencia del estocoma nos limita, como enfermeras, y nos impide hacernos visibles, ya que ni damos valor, ni aportamos nada para que se logre o asumimos que la realidad que tratan de imponer es en la que nos corresponde creer al entender que no es nada nuevo y que nada podemos cambiar.

          Pues bien, ayer, se demostró que la mente ve aquello que quiere ver y que lo que quiso ver y dejó ver, no es otra cosa que las enfermeras estamos en disposición de cambiar una realidad que durante mucho tiempo se nos ha querido imponer como inalterable.

          De nosotras depende que el estocoma nos siga cegando o, que, al contrario, la luz de nuestro planteamiento, nuestra ciencia, nuestros argumentos, nuestro paradigma… contribuya a modelar una realidad diversa en la que tenemos tanto que aportar.

          A pesar de todo, siempre deberemos contar con el escepticismo y la visión permanente del vaso medio vacío de quienes prefieren mantener la ceguera de esa otra realidad posible.

[1] (del griego skótos, «tinieblas, obscuridad») es una zona de ceguera parcial, temporal o permanente. Puede ser un escotoma normal en gente sana como lo es el del punto ciego ocular o puede ser patológico, debido a una lesión de la retina o del nervio óptico. Sin embargo, en el lenguaje coloquial y como significado alternativo es la aclaración de que: “la mente ve, lo que quiere ver”.

[2] David Joseph Bohm (Wilkes-Barre, Pensilvania; 20 de diciembre de 1917-Londres, Inglaterra; 27 de octubre de 1992) físico estadounidense.

[3] William James (Nueva York, 11 de enero de 1842-Nueva Hampshire, 26 de agosto de 1910) Filósofo y psicólogo estadounidense.

ENTREVISTA ONDA CERO ALICANTE

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Con Gloria Martins de la Universidad de Franca en Sao Paulo (Brasil)

Entrevista realizada por Luz Sigüenza en Onda Cero Alicante el 27/01/2020 sobre el proyecto de investigación “Percepción de las/os estudiantes de la Universidad de Alicante sobre maternidad/paternidad”, llevada a cabo durante la estancia académica de Gloria Martins de la Universidad de Franca en Sao Paulo (Brasil) y en la que colaboró la Profesora Alba Navalón de la Universidad de Alicante y la Profesora Helena Leal David de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ).

PIN CONTRA LA SALUD COMUNITARIA

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Viñeta de Forges publicada en 1984, en Diario 16

A tenor de lo que está sucediendo, cada vez parece más claro que se considere como normal el que se digan, hagan o piensen determinadas cosas.

Más allá de la deseada y necesaria libertad de expresión, hay cuestiones que escapan a tan importante derecho. Ampararse en la libertad de expresión para, desde la misma, lanzar ataques a otras libertades fundamentales como el derecho a la educación en libertad, al pensamiento crítico, al respeto a la diferencia… es tanto como ampararse en órganos judiciales para protegerse o ir en contra de ellos cuando interesa. En definitiva, es utilizar la democracia para actuar con la libertad que la misma ofrece con el fin de atacar los pilares en los que sustenta.

Esta actitud no es nueva. Pero no por ello debe naturalizarse o entenderla como normal, porque hacerlo es tanto como contribuir, de alguna manera, al logro de quien está ejerciéndola con la impunidad que le dan las mismas leyes que está intentando eliminar y siendo, por lo tanto, cómplices de un evidente deterioro democrático.

La libertad y las libertades cuestan mucho de lograr y aún más de mantener. Las mismas garantizan la convivencia y el respeto desde la diversidad de pensamiento, religión, raza, sexo, género…para evitar la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia, la violencia… que finalmente acaban por generar odio y enfrentamiento, desde posiciones de autoritarismo, paternalismo, reduccionismo, sometimiento y pérdida de libertad desde la que hipotética e hipócritamente se construye un mundo mejor, pero tan solo para quienes piensan igual, apartando, acosando, victimizando y anulando a quienes se instalan en la diferencia de su particular y exclusivo planteamiento, defendido con el disfraz de demócratas.

Confundir e intentar confundir la libertad con la manipulación, el engaño, la imposición, el desprecio, la intolerancia… desde el populismo, la falsa defensa de valores y el cinismo tan solo conduce al deterioro de la democracia, desde la que hipócritamente se está actuando para destruirla.

Esta reflexión, sin duda, no tendría demasiado sentido en este blog sino fuese porque la misma es necesaria para entender que es lo que está pasando y lo que puede llegar a pasar si no logramos detener a quienes están empeñados en destruir todo aquello que identifican como una lacra social, simplemente por no coincidir con lo que ellos plantean como bueno, normal, decente, moral, estándar…lo que finalmente provoca que existan ciudadanas/os de primera o de segunda en función de que se integren o no en su particular y exclusivo planteamiento de vida o pensamiento.

La irrupción en el panorama político español de grupos políticos que, amparándose en la democracia, la constitución, la libertad… aprovechan para atacarlos y eliminar derechos y libertades es una realidad que está provocando situaciones que nunca hubiésemos pensado que volviesen a producirse tras superar una dictadura que estos mismos políticos niegan y ensalzan.

En una sociedad como la nuestra en la que la violencia de género, el acoso a quien es diferente por razón de sexo, religión o raza… se están convirtiendo en lacras sociales que causan muerte, desigualdad, miedo, opresión, estigma… que influye de manera directa y significativa a la salud individual y colectiva, las enfermeras, no podemos ni debemos permanecer al margen, pensando que es algo que no va con nosotras y que nada podemos hacer para afrontar los problemas que se derivan de esta situación.

El denominado pin parental que se ha aprobado en Murcia con el apoyo, no lo olvidemos, de quienes se dicen llamar partidos constitucionalistas, se suma a los ataques que, en forma de nuevas regulaciones o anulación de aquellas que salvaguardaban su cumplimiento, se están llevando a cabo en contra de la violencia de género, que tratan de negar disfrazándola de violencia doméstica, o poniendo trabas para recuperar una memoria histórica que permita conocer la verdadera barbarie de una dictadura que duró más de 40 años.

            Entender que estas decisiones son tan solo hechos aislados que no van a tener consecuencias en el desarrollo de nuestra democracia es tanto como negar la evidencia de una realidad que se torna en amenaza para la salud comunitaria.

Restringir, negar, manipular, ocultar, mentir, limitar… la educación de las/os niñas/os desde una supuesta libertad de los padres para salvaguardar a sus hijos de las amenazas que supone una educación en libertad, es tanto como contribuir a incrementar las desigualdades, el odio a lo y al diferente, el clasismo, el machismo, el egoísmo y, por tanto, perpetuar comportamientos machistas, racistas, homófobos… que conducen a la violencia contra todo aquello que no se ajuste a su patrón de normalidad moral, religiosa y política. Identificar a los hijos como una mercancía de propiedad exclusiva con la que negociar es, en sí mismo, un claro ejemplo de la manipulación que se lleva a cabo para tratar de imponer un modo de pensamiento único, irreflexivo, lineal, posesivo, obsesivo y represivo. Es como el matrimonio mal avenido que trata de hacer daño al otro utilizando para ello a las/os hijas/os mediante la manipulación interesada de las/os mismas/os. Finalmente siempre acaba teniendo consecuencias negativas para las/os hijas/os a las/os que hipotéticamente se trata de defender con tales actitudes.

Utilizar la educación como arma arrojadiza, ideológica, fundamentalista, o represora, es mezquino e indigno y supone una claro intento de adoctrinamiento en contra de los valores democráticos y de libertad a los que todas/os las/os niñas/os tienen derecho con independencia de sus madres y padres y de la ideología que estas/os tengan. La ideología individual nunca puede ir en contra de los valores de una democracia que, por su parte, no obligan a nadie a pensar de una u otra forma, sino tan solo a respetar a todas/os aunque sean diferentes o, precisamente, por ser diferentes.

Las enfermeras tenemos un compromiso deontológico, científico, profesional y moral con las personas, las familias y la comunidad que nos obliga a trabajar de manera clara, decidida, firme y rigurosa, junto a otros profesionales y agentes de salud comunitarios, en defensa de la equidad, solidaridad, desarrollo humano, progreso, democracia… que dejan de ser una opción para pasar a ser una obligación. Llevando a cabo una apertura a la realidad social, observando, comprendiendo y planteando una comunicación con el entorno a través de la relación de escucha y diálogo que eleve la competencia social y el sentido comunitario de las/os niñas/os. Tratando que nuestras actuaciones en salud comunitaria dejen de depender del voluntarismo profesional, de la formación o la ideología, pasando a formar parte de nuestro trabajo diario. Para ello resulta imprescindible que no identifiquemos a las personas, y muy particularmente a las/os niñas/os, como meras receptoras de actividades diseñadas por las enfermeras, dejando de culpabilizarlas de su estado de salud o de los estilos de vida, ya que desde un enfoque de determinantes sociales de la salud sabemos que la responsabilidad de la salud y de los problemas de salud no depende exclusivamente, ni siquiera principalmente de ellos. Abandonando el paternalismo profesional y respetando la autonomía de las personas, incluidas/os las/os niñas/os a las/os a quienes parece se les quiere eliminar su condición como tales, por entender que son propiedad de las madres y padres. No se trata de imponer ningún criterio, ni pensamiento como acusan quienes, precisamente lo están haciendo, sino de llevar a cabo un proceso que obtenga el resultado en salud del respeto, la igualdad y la equidad. Lo contrario hace aflorar prejuicios, irracionalismo y pasiones, y es fácilmente manipulable por los demagogos.

Nadie nos puede asegurar que sea este el único “pin” que traten de imponer los intransigentes ideológicos. Si consentimos con nuestro conformismo este, es muy probable que se impongan nuevas restricciones de pensamiento y de acceso a la realidad para, de esta manera, modelar la voluntad a través de la alienación de pensamiento y de acción, amparándose en la defensa de la patria, su patria, de Dios, su Dios, de la religión, su religión, de la economía, su economía, de la libertad, su libertad… para lo que hace falta eliminar a todo aquel y todo aquello que identifiquen como una amenaza para su fin. Según ya dictaba magistralmente Maquiavelo en su obra el Príncipe, el fin justifica los medios, aunque estos supongan eliminar la libertad de muchos en beneficio de la de muy pocos.

Nadie queda exento, por tanto, de responsabilidad ante lo que está sucediendo y las enfermeras comunitarias, en particular, tenemos que actuar en defensa de la salud de las personas, lo que pasa por garantizar la educación para la salud de todas/os con criterios científicos al tiempo que participativos.

Situarse en la marginalidad de lo estrictamente profesional, desde una ética de mínimos que obvie la realidad social, nos sitúa en clara posición de complicidad con quienes utilizan argumentos acientíficos, acríticos, eufemísticos, falaces y mentirosos que contribuyen a la confusión de las personas y a la generación de comportamientos que atentan claramente contra la salud de la comunidad en su conjunto.

Y esto, que nadie lo confunda, no es hacer política, sino tener competencia política para promover, desarrollar y defender políticas de salud, como una competencia propia de las enfermeras comunitarias a la que no podemos permanecer ajenas.

Alzar la voz escandalizándose por los movimientos antivacunas al identificarlos como una amenaza para la salud pública que, además, se realizan desde la mentira y el engaño y no hacerlo ante un movimiento como el que promueve la restricción educativa de las/os niños/os es tan incomprensible como rechazable y tan peligroso, sino más, que la no vacunación infantil. La educación es, sin duda, la mejor vacuna contra la ignorancia, la intolerancia y la violencia y, por tanto, debemos llevar a cabo una defensa a ultranza de la misma que evite un verdadero problema de salud pública, pero también de convivencia democrática y de respeto a las libertades individuales.

Lo que ahora podemos identificar como una simple distopia como la definía Santo Tomás Moro en su obra Utopía (1516), nos puede llevar a una triste y cruel realidad, como tantas veces ha ocurrido en la historia de la humanidad, de la que cueste mucho salir. No contribuyamos a que sea VOX populi.

 

DETRÁS DE CADA PERSONA UNA ENFERMERA COMUNITARIA

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Alba Vicente Egea, Inés Sánchez Pérez, Edgar Ruiz González, Alejandro Prieto Montoya y Blanca Ramo Alameda, estudiantes de 4º de Grado de Enfermería de la Universidad de Alicante (2018-2019), realizan un vídeo en el que identifican la importancia de las enfermeras comunitarias más allá de las actividades por las que generalmente se les identifica.

Cuidados, palabra del año 2020

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(2020-1-23) La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado al 2020 Año Internacional de la Enfermera y la Matrona. Ha sido en la 72ª Asamblea Mundial de la Salud, celebrada en Ginebra y se ha acordado por unanimidad.

Es de justicia destacar la iniciativa del director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien personalmente defendió esta proclamación, poniendo en valor el trabajo que realizan las enfermeras en todos sus campos profesionales. Una labor, resaltó, imprescindible para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como la cobertura sanitaria universal.

Por otro lado, cerrábamos el año 2019 con la noticia de que Fundéu BBVA, la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia Efe y BBVA, designaba “emoji” como palabra del año. Esta Fundación ha considerado pertinente destacar en 2019 el innegable impacto de estos pequeños símbolos (emoticonos) en nuestra vida cotidiana, cada vez más relacionados con el resto de los elementos que conforman nuestra comunicación diaria. En anteriores ediciones, se había designado palabra del año, “escrache” en 2013, “selfi” en 2014, “refugiado” en 2015, “populismo” en 2016, “aporofobia” en  2017 y “microplástico” en 2018.

Al hilo de ambas proclamas, atendiendo al valor de las palabras y las acciones, viene al caso recapacitar sobre cómo los hechos engendran o popularizan palabras que hacen más amplios, ricos y efectivos los mecanismos de la comunicación humana.

Por ello, al considerar la designación del Año Internacional de la Enfermera y la Matrona, ponderando la difusión de las acciones y eventos que han de tener lugar en todos los países del entorno CIE para su celebración, no es aventurado pensar que en 2020 la palabra “cuidados” ha de ser una de las más pronunciadas en los numerosos idiomas del mundo. No hay lugar a duda, al constituir dicho vocablo la función capital específica de la acción profesional de las enfermeras y las matronas.

Efectivamente, en nuestro país, la profesión enfermera, entendida como el colectivo constituido por enfermeras generalistas y especializadas, entre sus cometidos tiene como misión cuidar al ser humano desde su nacimiento hasta su fallecimiento. Son los “cuidados”, tanto de promoción de la salud y de prevención de la enfermedad, como asistenciales y curativos, el epicentro de su acción profesional y toda su actividad sanitaria los incluye. Razón por la cual esta palabra, “cuidados”, habrá de ser pronunciada y escuchada infinidad de veces este año que comienza, en infinidad de lenguas y dialectos. A buen seguro que ha de ser así.  

Interés, esmero, vigilancia, curiosidad, observación, inclinación, escucha, aplicación, reflexión, meditación, análisis; estos son los sinónimos de la voz “cuidado”, en español. Y la RAE, en su Diccionario, la define en su primera acepción como “Solicitud y atención para hacer bien algo”; especificando en la segunda: “Acción de cuidar (asistir, guardar, conservar) El cuidado de los enfermos,…”. Según esto, en el significado de “cuidados” todo es bueno, positivo, humanitario… ¡Hermosa palabra!

¿Podrá alcanzar el honor de ser la palabra del año 2020? Razones y enjundia hay en abundancia y, de cumplirse las previsiones expresadas, ciertamente no es descabellado imaginar que así suceda.

Entre las características de los emoticonos que destaca la Fundación está el poder de ser entendidos por personas con diferentes culturas y lenguas. El alcance de los cuidados brindados por las enfermeras y enfermeros no solo se sitúa en la misma dimensión de inteligibilidad, sino que la trascendencia, impacto  y consecuencias de su correcta aplicabilidad, dotan a la palabra “cuidados” de un contenido que debiera situarla en una categoría, reconocimiento y prestigio social que permitiese su elección.

Desde la Academia de Enfermería de la Comunitat Valenciana hacemos votos y apoyamos fervientemente su elección para el acreditado título de Palabra del Año 2020 en atención a la exposición de motivos aquí referida.

 

José Antonio Ávila Olivares

Presidente de la Academia de

Enfermería de la Comunitat Valenciana