HUMILLACIÓN Y MÁRTIRES

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A Fernando Riera Giner

Por creer en la gestión y en las enfermeras

 

Ayer me llegó la amarga queja de una enfermera que me trasladaba lo humillada que se sentía. Y se sentía así porque había sido desplazada desde el centro de salud, donde trabajaba como enfermera comunitaria, al servicio de respiratorio de un hospital, donde no había trabajado nunca.

La situación, parece ser que así lo exigía ante la falta de personal y el peligro de colapso del hospital en cuestión, en detrimento de la Atención Primaria en donde estaba atendiendo a la población en una importante fase de contención que evitase, precisamente, el colapso que sirvió de excusa para su traslado.

Pero, asumiendo que dicho traslado pudiese conllevar una ayuda para la atención a las personas afectadas por el COVID-19 y a la descongestión del hospital, se daba por bueno.

El problema, en el que centra la humillación quien me trasladaba la misma, son las actividades que no competencias, que le tocó realizar y para las que fue trasladada. En concreto limpiar material tras las exploraciones realizadas por el médico y tomar tensión y temperatura, según orden médica.

La cuestión no es ya que la enfermera no pueda limpiar material, que lo puede hacer y lo hace. El tema es por qué no lo puede hacer el médico de igual manera, ya que es material por él utilizado y que al igual que no es competencia suya tampoco lo es de la enfermera.

Si no hay posibilidad de personal auxiliar que pueda realizar estas actividades, utilizar a una enfermera para ello es un despilfarro y una muestra de tremenda ineficacia e ineficiencia en la gestión de quien lo haya hecho que, en principio, imagino, sería la directora enfermera. Me da igual si es por iniciativa propia o por indicación de algún/a otro/a directivo/a. Si lo es por iniciativa propia demuestra muy poca o nula capacidad de gestión y una elevada falta de respeto hacia las enfermeras. Si lo es por obediencia debida, demuestra una total falta de personalidad y posicionamiento como enfermera y como gestora. En cualquiera de los casos reprobable, por mucho que sean casos aislados, que lo son.

Esto, es una muestra de lo que lamentablemente aún sucede en nuestro excelente sistema de salud. Actitudes se sumisión, subsidiaridad, incompetencia, autoritarismo… que finalmente se resumen en mediocridad.

Dicho lo cual también es de recibo que se ponga énfasis en la actitud de la enfermera que lo que hace es protestar, es decir, llorar, pero poco más. Porque para que haya humillación tiene que existir una parte que la intente o lo lleve a cabo y otra parte que la asuma para que la misma se consuma. He dicho en muchas ocasiones que debemos ir “lloradas” de casa. Que no se soluciona nada llorando, que hay que actuar, posicionarse, rebelarse… desde el conocimiento, el saber y la dignidad. Lo contrario nos lleva a perpetuar situaciones por muy lamentables que estas sean, al esperar que sean otras/os las/os que den las soluciones o respuestas. Sin darse cuenta que al hacerlo otras/os, casi seguro que lo harán en base a premisas falsas o, lo que es peor, a indicaciones interesadas.

Resulta imprescindible que se diga NO a determinadas acciones, órdenes, indicaciones… que van no tan solo contra el sentido común, sino contra la ciencia, el conocimiento y el saber en general y enfermero en particular. Porque tal como dijera George Orwell[1] “El poder radica en infligir dolor y humillación”.

Pero claro, en un excelente Sistema de Salud que cuenta con uno de los menores porcentajes de enfermeras por habitante de todos los países de CEOE, que inciden de manera muy significativa en el funcionamiento de las organizaciones y en la salud de la población, cuando sobreviene una situación de crisis sanitaria como la de la pandemia del COVID-19, las consecuencias ya son de escándalo y se tiene que recurrir a contratar a estudiantes mientras se ha dejado escapar a miles de enfermeras que huían del excelente Sistema Sanitario español, para poder trabajar en el extranjero donde las recibían con los brazos abiertos, Lo que no deja de ser una forma también de humillación profesional. O se comete un fraude de ley al malgastar fondos públicos en una formación especializada de la que luego no se obtiene beneficio al no contratar a las especialistas formadas por no crear plazas específicas. Siendo esta otra clara humillación.

Es decir, se mire por donde se mire, se está cometiendo una humillación permanente y sistemática con las enfermeras, a pesar de los elogios interesados, cínicos y oportunistas que se manifiestan siempre que se considera oportuno y beneficioso para el/la político/a de turno o por sus fieles vasallos gestores.

Centrándonos en la pandemia que todo lo ocupa hemos asistido como, con impávida actitud, como por parte de algunos/as políticas/os y gestores/as se dejaba que profesionales sanitarios/as actuasen con alto riesgo sin que los/as mismos/as contasen con los medios de protección adecuados, lo que ha provocado un alto número de contagios y muertes, muchas de las cuales se hubieran podido evitar.

Sin embargo, en este sentido, como en casi todos, no es razonable ni éticamente asumible el pretender que toda la culpa o responsabilidad de lo sucedido sea tan solo imputable a una de las partes, aunque ya se sabe que cada una de ellas expresará, convencida, que la culpa siempre es de la otra parte.

Pero, más allá de culpas, lo bien cierto es que, en este baile de cifras, datos y estadísticas, las muertes forman parte importante del mismo. Un baile macabro, pero morboso por lo que en sí mismo significa y lo que algunos interpretan.

En cualquier caso, de la cifra global se ha hecho mucho hincapié en dos grupos de población. Por una parte, en la población de adultos mayores, a la que ha esquilmado, fundamentalmente, en residencias con unas condiciones, en muchas de ellas, penosas y lamentables y en las que las/os profesionales que les atienden lo hacen, igualmente en condiciones precarias. Por otra parte, en las/os profesionales sanitarias/os, en ocasiones por la indudable importancia que las/os mismas/os están teniendo en todo el proceso y, en otras, por lo que se ha querido trasladar a la opinión pública desde diferentes sectores, en algunos casos por cuestiones meramente informativas y en otros, por la utilización que de dichas muertes se hace como arma arrojadiza contra las/os responsables políticas/os y científicas/os.

Sin embargo, cabe destacar el alto número de médicos entre los profesionales fallecidos. Algo que también se está resaltando, no siempre y tan solo como dato informativo, sino con una intención insana, desde mi punto de vista, al quererlo utilizar para resaltar su entrega profesional, que está fuera de toda duda sin necesidad de hacer esta utilización corporativa y que, en ocasiones, además, parece hasta competitiva con las producidas en otros colectivos profesionales. Si, si, pero yo más…

Teniendo en cuenta, además, que estas incomprensibles y, como siempre, odiosas comparaciones no las llevan a cabo las/os profesionales implicadas/os, que bastante tienen con ocuparse de su seguridad personal, sino por quienes quieren aprovecharse de las mismas.

Me gustaría destacar que ya se han llevado a cabo algunos estudios en este sentido. En ellos, por ejemplo, se demuestra que el menor número de contagios/muertes se produce entre las enfermeras a pesar de que son las/os profesionales que realizan más maniobras de riesgo y las que más en contacto están con las/os personas contagiadas. En los mismos estudios se concluye que son las enfermeras las que hacen un mejor manejo de las EPI y las/os que mantienen unas medidas de higiene mayores, como el manejo de teclados, la eliminación de guantes y mascarillas usados… lo que evita que sean ellas/os mismas/os quienes actúen como vectores de transmisión. Pero además se ha identificado en el estudio que la mayoría de los contagios se produce en el entorno social interno de los hospitales (entre compañeras/os) y los que se han producido por contacto con las personas contagiadas, se ha demostrado que se deben, en muchos casos, a una deficiente retirada de los EPI, a pesar de haber recibido formación para ello.

Que nadie pretenda sacar conclusiones precipitadas, interesadas u oportunistas de mis palabras, o como dicen las/os políticas/os, sacar de contexto las mismas.

Tan solo expongo hechos constatados y hago, eso sí, la reflexión personal de si realmente merece la pena, si es lícito, ético, estético o moral, si tiene algún sentido jugar con los sentimientos, las emociones, el sufrimiento y el dolor que ocasionan la muerte… y tantas otras cuestiones que no acabo de entender ni de obtener respuesta para las mismas.

La muerte de una persona, con independencia de cualquier característica, clase o condición, siempre es lamentable. Nunca la muerte debiera ser utilizada como instrumento, herramienta o arma con los que obtener ningún beneficio, contrapartida o para utilizarlos contra alguien. En si mismo, el solo pensamiento es mezquino y despreciable.

Por eso he querido plasmar estos datos, otros más en este tedioso acúmulo, que contrastasen con algunas declaraciones tendenciosas, alarmistas y con objeto de obtener una torpe renta de no sé qué tipo.

Nunca la muerte debiera ser moneda de cambio, ni exhibirla como trofeo, ni asociarla a una condición de mártir.

Habrá que depurar responsabilidades si las mismas se han producido por una relación directa de causa efecto derivada de la falta de EPI y otros medios de protección. Pero también tendremos que analizar, una vez más serenos los ánimos y tranquilo el espíritu de contradicción que nos invade, las causas que el propio interés por ayudar, socorrer, atender, curar o cuidar hayan podido causar descuidos involuntarios que lamentablemente provocaran el contagio que finalmente les condujo a la muerte.

Pero ni tan siquiera por eso, ni por su entrega, ni por ser de una u otra profesión, debiera ser excusa para utilizarlo de manera totalmente inadecuada y rechazable.

Lo mismo que se debe erradicar el imaginario social construido, con segura buena voluntad, de héroes/heroínas, debe serlo, igualmente, el pensamiento de tratar como mártires a quienes mueren en el ejercicio de su profesión.

Porque la definición de mártir es la de la “persona que sufre o muere por defender su religión o sus ideales”, lo que está fuera de lugar en el caso que nos ocupa. O bien, “persona que padece sufrimientos, injusticias o privaciones por alguien o por algo, especialmente si los padece con resignación”, porque, aunque el sufrimiento pueda estar implícito en la atención que se presta, no así las injusticias o privaciones entendidas en el sentido que encierra la palabra y mucho menos con resignación, ya que no existe una aceptación, sin más, realizada con paciencia y conformidad, por adversa y perjudicial que la pandemia pueda resultar. En todo caso, se asumen riesgos por ética y responsabilidad profesional, lo que forma parte del propio desarrollo y desempeño profesional. Y ello nunca debe ser atribuido a una condición de mártir. Y, yo como Voltaire[2] “soy muy amante de la verdad, pero de ningún modo del martirio.”

Por lo tanto, creo que ni la humillación ni el martirio deben formar parte de este proceso pandémico que, por momentos, nos transforma y sitúa en posiciones que tan solo contribuyen a enrarecer aún más la convivencia en un Sistema Sanitario que más allá de su supuesta excelencia con lo que cuenta es con extraordinarias/os profesionales que no se merecen a algunas/os dirigentes/gestores o defensoras/es de no se sabe bien que planteamientos o actitudes, manejadas para obtener una notoriedad que no merecen.

[1] Escritor y periodista británico (1903 – 1950)

[2] Escritor, historiador, filósofo y abogado francés (1694 – 1778)