DICOTOMÍAS Y FALACIAS La normalidad de Gauss

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“Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes

A quienes se empeñan en ver el vaso siempre medio vacío.

En la lógica tradicional, dicotomía es el desglose o fraccionamiento de un concepto genérico en uno de sus conceptos específicos y su negación. El concepto se refiere asimismo a la ley que establece que ninguna proposición puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo.

El uso efectista de las dicotomías conduce a una reducción. Así, las subdivisiones entre viejos y jóvenes, ciudad y campo, negros y blancos (en el sentido del color de la piel), salud y enfermedad, se realizan para obviar o para no reconocer los posibles elementos comunes en favor de las diferencias.

Por su parte, una falsa dicotomía es una conclusión falsa a la que se llega intencionalmente o sin intención y que presenta una decisión entre dos únicas posibilidades como una necesidad, a pesar de que existen otras posibles alternativas de decisión.

Como consecuencia, el uso de dicotomías tan extendido como incorrecto, nos conduce a generar falacias como argumentos que pareciendo válidos, no lo son. Como consecuencia algunas de las falacias que se cometen lo son de manera intencionada, sutil y persuasiva, en un intento por manipular a los demás, mientras que otras son producto de descuidos o ignorancia y se hacen sin intención de engañar. En cualquiera de los casos, sin embargo, el resultado es una información o un planteamiento falso o equivocado que induce a la confusión e incluso al enfrentamiento.

En este sentido, podemos identificar la falacia lógica del falso dilema que implica una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. Las dos alternativas son, con frecuencia, aunque no siempre, los puntos de vista más extremos dentro de un espectro de posibilidades. En vez de tales simplificaciones extremistas suele ser más apropiado considerar el rango completo de opciones, como en la lógica difusa.

Pero que un argumento sea falaz no implica que sus premisas o su conclusión sean falsas ni que sean verdaderas. Un argumento puede tener premisas y conclusión verdaderas y aun así ser falaz. Lo que hace falaz a un argumento es la invalidez del argumento en sí. De hecho, inferir que una proposición es falsa porque el argumento que la contiene por conclusión es falaz es en sí una falacia.

            En base a lo expuesto establecer una relación de extremos entre enfermeras e invisibilidad, entre enfermeras y ausencia de logros, entre enfermeras y falta de respeto social… es una clara falacia que omite intencionada o involuntariamente opciones que conducen a una simplificación y desde la misma a una conclusión fallida que acaba convirtiéndose en un sofisma al plantear razonamientos que aparentan ser correctos pero que no lo son con la finalidad de defender algo y confundir al interlocutor. De tal manera, por ejemplo, que se plantee el argumento de que las sociedades científicas enfermeras no aportan nada a la investigación y al desarrollo enfermero.

            Si además tal argumento se convierte en sofisma, o como ahora se dice, en mantra, se transforma en un silogismo viciado en base a premisas falsas o verdaderas pero cuya conclusión final no es ni adecuada ni cierta y que acaba por interiorizarse como norma, certeza o incluso como realidad inamovible que configura un rasgo propio, en este caso de las enfermeras. Por ejemplo: Enfermería está conformado mayoritariamente por mujeres, las mujeres son débiles, luego las enfermeras son débiles.

            Desde este planteamiento somos las propias enfermeras quienes construimos, alimentamos y mantenemos estas dicotomías, falacias o silogismos, generando dudas, en el mejor de los casos, o cimentamos una visión distorsionada y distante de la realidad al hacer afirmaciones que, a pesar de estar alejadas de argumentos sólidos, se identifican como realidades que contribuyen a reforzar tópicos y estereotipos existentes o a crear nuevos.

            Establecer, por ejemplo, una dicotomía poco menos que dudosa, en la que se contrapone, por una parte, la supuesta defensa de las enfermeras como profesionales excelentes y capaces, con la nulidad manifiesta por aportar datos sobre dicha excelencia y capacidad, es un ejercicio muy peligroso que ni tan siquiera la hipotética intención de lograr con ella una respuesta reactiva para corregir el supuesto déficit la justifica. Y no lo hace porque, al establecer esta dicotomía que finalmente, como ya hemos visto, se convierte en falacia, se corre el riesgo de que acabe formando parte de un peligroso e indeseable sofisma que genere el efecto contrario al inicial y supuestamente deseado. La exclusión, ignorancia, evitación u ocultamiento de acontecimientos, hechos, realidades, datos, aportaciones existentes entre los dos extremos planteados de manera tan artificial como innecesaria convierten la dicotomía en una peligrosa propuesta de descrédito que, aunque artificial en su planteamiento acaba siendo muy real en sus consecuencias. Las enfermeras ante estas premisas acaban por interiorizar como realidad su incapacidad para demostrar que sus aportaciones son valiosas, reconocibles y evaluables para la salud de la población y la eficacia y eficiencia de los servicios u organizaciones en las que trabajan.

            Por tanto, lejos de contribuir a mejorar determinadas situaciones lo que se hace es, o bien posicionar a una parte de las enfermeras en el conformismo y la inacción al identificar que esa realidad es inamovible o a provocar un enfrentamiento entre quienes postulan el extremo comentado con quienes identifican realidades que han quedado manifiestamente ocultas en el mismo y en las que, posiblemente, han participado apoyado o creído firmemente, de tal manera que se genera una contraposición de extremos, también, entre enfermeras y no tan solo de ideas o posicionamientos, a pesar de que, posiblemente, las enfermeras situadas en ambos extremos tengan idénticas o muy parecidas intenciones de trabajar por un mismo objetivo, pero con pobres o nulos resultados.

A la hora de representar aspectos de comportamiento profesional/disciplinar como los que analizamos, estamos casi castigados a toparnos con el hastío estadístico. Lo normal, lo cotidiano y lo anodino, marca la norma y posiblemente por eso quienes se encuentran en los extremos la rechazan o la obvian por interés o por considerar que la misma anula la posibilidad de situarse en uno u otro de los extremos de esa campana de Gauss. La normalidad, por otra parte, no aporta exclusividad, sino monotonía grupal, algo de lo que también intentan huir quienes propician las dicotomías. Los vínculos profesionales se forman en torno a intereses comunes. Y mientras más conciso, claro y específico sea este acervo, mucho mejor. La divergencia, lo diferente, será más escasa en este orden de cosas, a pesar de que un mundo cada vez más globalizado teje a diario realidades profesionales más heterogéneas, de las que no escapan las enfermeras ni la enfermería.

Pero si planteamos el debate sobre la enfermería y su proyección ya sea social, institucional o incluso corporativa como un combate o como una trinchera siempre cabe la posibilidad de hacer análisis de lo extraordinario o microanálisis que tienen poca capacidad de extrapolación a la realidad cotidiana o del comportamiento habitual de las enfermeras y su evolución.

Los extremos, por tanto, tienden a querer marcar o enfatizar las tendencias más atractivas o deseables, aunque las mismas sean alternativas o marginales y se separen de la, en apariencia indeseable y tediosa normalidad. Estas son las reglas del juego. No podemos cambiar la estructura y el comportamiento de una disciplina situándonos en expectativas extremas y dicotómicas. Pero sí debemos conocer como está conformada para decidir dónde queremos estar y donde preferimos actuar.

Es por ello que estamos condenados por pura probabilidad a la normalidad. De esta manera, aunque todas las enfermeras formamos parte de una misma y única disciplina/ciencia/profesión, y teniendo en cuenta que la mayoría asumimos dicha perspectiva, no hay que desdeñar que hay una parte que la asume como parte de una realidad pero que no reconoce ni acepta como propia y que les sitúa como disidentes a la norma identitaria. A pesar de los intentos por eliminar dicha disidencia y por tanto la brecha que la misma genera entre los extremos, por pura estadística, estamos condenados a la distribución normal, a la supuesta tiranía de Gauss.

Siempre habrá elementos de la distribución (ATS, DUE e incluso quienes se denominan como Enfermería en lugar de como enfermeras) que destaquen por exceso o por defecto frente a la mayoría estandarizada. Evidentemente, en el tema que nos ocupa la tendencia cambiará en función de que organizaciones como los Colegios profesionales, Instituciones Sanitarias, Medios de Comunicación y nosotras mismas, contribuyamos a la normalización mediante la utilización y puesta en valor de la identidad propia, enfermeras, y de las competencias que nos identifican y corresponden, los cuidados profesionales, o nos situemos en cualquiera de los extremos de la disidencia. Así es la realidad de nuestra disciplina, y así somos las enfermeras, no muy diferentes al resto de disciplinas y profesionales. Lo bien cierto es que así es la realidad social y su forma de comportarse[1].

Sin embargo, no debemos ver esto como un fracaso, ni hacer de ello una cruzada tan dañina como inútil. Simplemente aceptar esta tendencia, tan natural como la vida misma y presente en otros muchos contextos, tanto profesionales como de toda índole. Lo que debe hacernos entender que no somos especiales ni nos comportamos de manera tan radicalmente diferente a como algunas/os quieren hacernos ver situando la realidad enfermera en una permanente dicotomía que nos lleva a la autocomplacencia inmovilista, o al rechazo y la flagelación, sin que ninguno de los casos sirva realmente para cambiar una realidad que requiere de la normalidad gaussiana para que sea efectiva y eficaz. El orden lógico no puede escapar al sistema al que pertenece y, por lo tanto, siempre habrá una parte de la enfermería que destaque por defecto y otra por exceso. En medio, entre ambos extremos, se distribuirá el grueso de la muestra, la enfermera media que, por otra parte, no nos equivoquemos, es sobre quien, ambos extremos, ejercen una presión constante tratando de atraerlas a sus respectivos posicionamientos dicotómicos y que es sin duda la que otorga consistencia y valor a la disciplina/profesión.

Ni somos las mejores ni las peores. Ni somos heroínas ni mezquinas. Ni somos imprescindibles ni prescindibles… pero lo que está claro es que, gracias a las aportaciones de muchas enfermeras, sobre todo en las últimas décadas, se ha logrado que la enfermería y las enfermeras sean trascendentes, es decir, que nuestra aportación tenga consecuencias muy importantes, más, incluso, de las que cabría esperar. Y esto no es autocomplacencia, ni nos tiene que hacer morir de éxito, ni creer que está todo hecho. Pero tampoco es admisible que nos culpabilicemos permanentemente negando la realidad y queriendo ver tan solo aspectos negativos que lejos de ser autocríticas constructivas y motivadoras se convierten en palos en las ruedas mediante ataques furibundos sin justificación ni argumento que los sostengan, que provocan parálisis, inmovilismo y frustración. Tampoco es necesario morir de pena y desesperación, ni pensar que no hemos avanzado nada.

Tan solo como muestra de algunas de las muchas cosas que se han conseguido, me gustaría destacar que, por ejemplo, somos la segunda área con mayor incremento del impacto normalizado de citas en revistas científicas. La segunda en crecimiento particularmente elevado en colaboración internacional y la primera en aumento del impacto normalizado de descargas[2]. Todo ello en el marco de las Ciencias de la Salud, del ámbito antinatural de la biomedicina en el que nos sitúan y del perverso contexto editorial en el que se juega la “competición”, con idénticas reglas de juego para todos, aunque las oportunidades se alejen claramente de la equidad. La normalidad, por tanto, al margen de los extremos, está consiguiendo generar estos indicadores de excelencia que, en ningún caso nos han sido regalados ni mucho menos han aflorado por generación espontánea.

Generar un discurso de invisibilidad utilizando la ocultación de datos como los expuestos, además de jugar haciendo trampas no contribuye para nada al desarrollo ni la autoestima de las enfermeras.

Además, agua llevará el río cuando este suena, provocando reacciones tan incomprensibles, o no, tan radicales, tan retrógradas, tan pasionalmente incoherentes… como las que, en algunos casos, se producen por parte de quienes, en su corporativista locura, perciben a las enfermeras como los gigantes amenazantes que veía Don Quijote de la Mancha en los molinos, queriéndolas recluir o destruir[3]. Su propia torpeza o locura, o ambas, son las encargadas, finalmente, de conducirles a la derrota tras enfrentarse a la realidad que deforman.

No podemos evitar los extremos, forman parte de la realidad, pero lo que sí podemos es neutralizar los efectos nocivos que desde ambas partes de esa dicotomía nociva se lanzan a la normalidad de esta curva gaussiana en la que nos situamos la mayoría de las enfermeras.


[1] Vázquez Atochero, A. The tyranny of Gauss. Biases and prejudices of normality in the Social Sciences http://revistacaracteres.net/revista/vol1n2noviembre2012/la-tirania-de-gauss-prejuicios-y-perjuicios-de-la-normalidad-en-las-ciencias-sociales/

[2] Indicadores bibliométricos de la actividad científica española (2005-2014) Edición 2016 FECYT. Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

[3] https://www.instagram.com/p/CNu8Y_7qSkN/?igshid=yflmqw4w1m8e