LA PALABRA: SU USO Y ABUSO

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“Hay quienes sólo utilizan las palabras para disfrazar sus pensamientos.”

Voltaire[1]

 

La palabra y su difusión por los diferentes medios, formales o informales que de todo hay, se ha convertido en un arma poderosa de seducción, intimidación, manipulación, distorsión de la realidad e incluso en ocasiones, aunque debiera ser en la mayoría de ellas, de información veraz, objetiva y real.

En ese proceso de emisión y recepción de la palabra intervienen tanto quienes la pronuncian como quienes la procesan, pues no tan solo se limitan a transmitirla, como quienes la reciben y sucede que lo que inicialmente se pronuncia, no siempre es lo que finalmente se transmite, entiende y/o interpreta.

Es por ello que tal como decía Von Schiller[2] “Las palabras son siempre más audaces que los hechos”, pero no es menos cierto que la palabra es mitad de quien la pronuncia y/o escribe, mitad de quien la lee y/o escucha, por lo que está sujeta a interpretación y, por tanto, nada de lo que se diga, por audaz, novedoso, importante, riguroso… que pueda ser, tendrá valor sino es compartido, analizado y traducido en hechos que sean capaces de modificar unos escenarios en los que necesariamente se pueden y deben decir y hacer muchas cosas. No hacerlo supone dar por válido lo emitido, concediendo credibilidad gratuita a quien lo emite y anulando, por tanto, la capacidad de reflexión de quien lo recibe al aceptarlo como verdad sin ni tan siquiera cuestionarlo, lo que genera posicionamientos falaces o cuanto menos de débil o nulo contraste y dudosa justificación que favorecen la anestesia de pensamiento.

El problema real, suele estar en que tenemos miedo a escuchar y que lo que escuchamos, si lo hiciésemos en lugar de tan solo oír, nos haga sentirnos amenazados o culpabilizados por lo que el mensaje pueda interpelar. Pero, lo que realmente pasa es que, como decía Goethe[3], “Los sentidos no engañan, engaña el juicio.” Porque con el oído, percibimos los sonidos. Pero sin duda esto no es suficiente para entender, analizar y posicionarse sobre algo o alguien. Necesitamos prestar atención a lo que oímos para extraer su significado. Es un proceso mental y un proceso de extracción. Por lo tanto, escuchar no es lo mismo que oír, pues esto último se refiere sólo a notar los sonidos que percibimos. Escuchar requiere decodificarlos para comprenderlos, por lo que, si no hay escucha, no puede haber comunicación. Oír es involuntario, llegando incluso a naturalizar y no sentir determinados sonidos e incluso hechos o acontecimientos por repetitivos o como mecanismo de defensa para evitar involucrarnos o sentirnos instados a posicionarnos. Escuchar, sin embargo, requiere de voluntad y de conocimientos para hacerlo eficazmente. De igual manera la lectura supone un proceso similar. No se trata de unir palabras de manera mecánica, sino de analizarlas y extraer su sentido desde la reflexión y el pensamiento crítico.

Los sentimientos son muy variables a la vez que pasajeros y surgen en nosotros con una espontaneidad extraordinaria. Los sentimientos, por su parte, no son ni buenos ni malos. Lo malo o lo negativo es el comportamiento que podemos tener como consecuencia de ciertos sentimientos, como culpabilidad, vergüenza, ansiedad, resignación…

La escucha, por tanto, pasa por identificar, pues tal como decía Juan Donoso Cortés[4], “Lo importante no es escuchar o leer lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa”, para luego poder hablar y que seamos entendidos porque según Plutarco[5], “para saber hablar, es preciso saber escuchar”.

Lo comentado es y forma parte de la comunicación a muy diferentes niveles y desde muy diferentes medios o canales, lo que nos lleva a identificar que en el proceso de comunicación debamos tener una comprensión profunda de nosotras/os mismas/os, para, de esta manera, comprender mejor a quien nos traslada información, cómo lo hace y con qué intención u objetivo lo hace, de forma que la gama de sentimientos que en nosotras/os se producen en todo momento, cualesquiera que sean, los sepamos analizar para desde dichos sentimientos, así como emociones o valores podamos construir una idea, pensamiento o actitud sobre aquello que se nos traslada y de quienes lo traslada/n con independencia de su cargo, responsabilidad o posición.

Las enfermeras como profesionales que centramos en la comunicación gran parte del proceso de cuidados profesionales que prestamos a las personas, las familias y la comunidad, estamos obligadas a escuchar y analizar aquello que sobre la realidad social, laboral, profesional, disciplinar o científica se traslada en o a través de la comunicación por parte de representantes o líderes profesionales, políticas/os, gestoras/es, periodistas e incluso de los actuales gurús de la información como son los denominados influencers que tanto predicamento como dudosa credibilidad, en la mayoría de los casos, tienen. Aunque también es cierto que no siempre los que se consideran informantes formales tienen mayor credibilidad.

Todo esto viene a colación de recientes informaciones que, en torno a las enfermeras, están produciéndose por parte de determinados representantes profesionales y de medios de comunicación que las están difundiendo. A pesar de la aparente visibilidad o reconocimiento que en torno a las enfermeras y a simple vista pueda interpretarse que se aporta, considero que adolecen del análisis, la profundidad y el rigor que debiera ser exigible en temas tan trascendentes, sensibles y con consecuencias tan importantes para la población como las que se están produciendo.

En concreto, aunque no exclusivamente, me refiero a las declaraciones que en torno al déficit de enfermeras se están difundiendo.

En ningún caso cuestiono, al menos no de entrada, la carencia de enfermeras existente en España que, además, viene avalada por informes de organismos tan importantes como poco sospechosos como la OCDE o la OMS entre otros.

Lo que sí que me plantea dudas y me hace reflexionar es sobre cómo se traslada dicha información no tan solo al colectivo profesional sino a la opinión pública en general.

Aquí es donde habitualmente radica el problema de la comunicación de determinadas informaciones y el interés, oportunismo o malicia, que de todo hay o puede haber, en darle una determinada visión, un matiz particular, un tono concreto, una posición exclusiva e incluso excluyente… que impregnan a la información de sesgos muy específicos que o bien ocultan detalles trascendentes o bien resaltan otros que interesa destacar sin que necesariamente sean relevantes o concluyentes para la información que se traslada.

En el caso concreto al que me refiero y que tomo como ejemplo sin que con ello pretenda trasladar una excepcionalidad en su abordaje y difusión pues hay muchos otros temas, de la carencia de enfermeras, se basa en unos datos que ya he referido, que no han sido adecuada y deseablemente analizados y contextualizados. Se trata de datos brutos que se basan, normalmente, en proporciones generales para las que no se han tenido en cuenta las características ni los aspectos que influyen de manera muy particular y directa según el contexto en que se produzcan.

No se puede ni se debe hacer creer que el número de enfermeras por cada 100.000, o cualquier otra secuencia numérica de población, es uniforme con independencia, no tan solo de los países que se comparan, sino de los territorios en que se distribuyen dichos profesionales. Se trata por tanto de escalas que tienen por objetivo hacer una foto de conjunto que determine una clasificación que, como cualquier otra, tan solo puede y debe valorarse como una referencia o aproximación a una realidad mucho más compleja que es imposible que se recoja en un contaje bruto, en este caso de enfermeras, con relación a una población, igualmente bruta.

¿Tienen las enfermeras de los países que se comparan idéntica formación, desarrollan las mismas competencias, ocupan puestos laborales similares o comparables, asumen las mismas responsabilidades…? ¿Son los sistemas de salud en cuanto a estructura, acceso, organización… semejantes? ¿Tienen las poblaciones de los diferentes países las mismas necesidades de cuidados? ¿Existe en los países que se comparan las mismas proporciones de vulnerabilidad? ¿Todos los países invierten igual presupuesto en la atención a la salud? ¿Los datos demográficos, sociales, de educación… son análogos? ¿Sus poblaciones son homogéneas en cuanto a cultura, historia, tradiciones…?

Trasladar una información sobre la falta de enfermeras en nuestro país o en cualquier otro sin tener en cuenta todos estos criterios y otros muchos y tratar de establecer una relación causal exclusiva entre la falta de enfermeras, sobre esta base, y la calidad de los cuidados es. no tan solo una simpleza, sino que es una temeridad que se combina con grandes dosis de manipulación de la información que se traslada y que es interpretada por el colectivo enfermero como un agravio y una falta de reconocimiento y valoración de su aportación específica de cuidados y por la población en general con escepticismo, duda, alarma o incredulidad ante las respuestas igualmente interesadas y malintencionadas de quienes se sienten agraviados por la comparación con los datos proporcionales de su colectivo, como es el caso de los médicos, al indicar dichas escalas un exceso de profesionales en comparación con el resto de países que componen la muestra estudiada[6].

No se puede ni se debe establecer una distribución, racionalización u organización de enfermeras o de cualquier otro colectivo profesional al peso. Se necesitan cuarto y mitad de enfermeras o tres cuartos de médicos. Esta distribución uniforme, homogénea y estricta es tan irracional, inexacta, injusta, poco equitativa, acientífica y populista como pueda serlo el intentar establecer las famosas ratios profesionales en base a parejas como si de un juego de naipes se tratase. Una enfermera por cada dos médicos o una enfermera por médico al establecer la contratación de enfermeras según las necesidades de los médicos y no de la población a la que deben prestar cuidados.

Asignar enfermeras sin tener en cuanta todo lo dicho y hacerlo solo por el número total de las que existen y las que deberían existir como resultado de una media de las que tienen el conjunto de países que componen la muestra, nos llevaría a aumentar el problema de atención en lugar de resolverlo, pues la cuestión no es tanto el número final que exista sino la forma en cómo este se distribuya para resolver los problemas.

Pero no es menos cierto que se consigue el efecto esperado por parte de quien transmite tan lamentable información que además los medios se hacen eco inmediato de tales datos para, en base a los mismos, empezar a hacer sus propias interpretaciones y utilizar la información para atacar, en función de la doctrina ideológica de dichos medios, a los adversarios políticos que como suele ser habitual se convierten en enemigos a los que tratar de eliminar en base a informaciones tan sesgadas ideológicamente como faltas de rigor científico, aunque se utilicen escalas como las comentadas para darles una apariencia pseudocientífica.

Las enfermeras somos demasiado importantes para que su distribución y asignación a la comunidad tenga que estar supeditada a datos en los que no se tiene en cuenta a la población receptora de cuidados.

Pero esta es la dinámica que lamentablemente ha incorporado y transmitido el actual y caduco modelo de nuestro sistema sanitario al supeditar la asignación de profesionales en general pero muy particularmente la de enfermeras a las necesidades que marca este modelo como principal demandador de dicha mano de obra, que es como tristemente se identifica a las enfermeras, y que ha sido capaz de convencer a las Universidades para que actúen como proveedoras principales de dicho sistema y de las necesidades que los médicos, como autores y actores de dicho modelo sanitario imponen, es decir, de sus necesidades como colectivo y en ningún caso de las que pudiese plantear la población, dado que ni se identifican ni se hace nada para tratar de averiguarlo. La no institucionalización y valoración d los cuidados contribuye claramente en este sentido.

En este triste panorama, por su parte, las enfermeras asumen un rol subsidiario y admiten como válida dicha distribución, reclamando tan solo un incremento lineal de enfermeras por población atendida que es tanto como seguir dando la razón a quienes plantean su carácter secundario y subsidiario a la clase médica. Todo ello sin que dicha petición de incremento, generalmente, sea exigida para asumir sus verdaderas competencias enfermeras, lo que supondría asumir dicha responsabilidad, sino tan solo por razones numéricas como se traslada por parte de sus representantes.

En base a todo ello finalmente tan solo quedan unos cuantos titulares, una notoriedad perseguida por quien traslada dichas informaciones, unos debates totalmente intrascendentes y estériles, una realidad deformada, una perpetuación de la falta absoluta de planificación y, lo que es peor, una población confundida, confusa y difusa que no llega a identificar la importancia que tiene esa falta de enfermeras al no establecer una relación rigurosa y científica al tiempo que justificada, clara y accesible para que todas las personas sepan entender lo que supone realmente la carencia de enfermeras y el impacto en su salud, evitando que sea identificado exclusivamente como una reivindicación laboral.

Por su parte las/os políticas, responsables sanitarias/os o gestoras/es son las/os primeras/os en utilizar la palabra de manera demagógica, eufemística y falaz con el fin de contentar oídos y retrasar sine die decisiones que contribuirían a esa necesaria distribución de enfermeras teniendo en cuenta criterios objetivos, reales y adaptados a las prioridades identificadas de salud pública y comunitaria y no tan solo como herramienta o arma de disuasión, confusión y distracción para el logro de sus intereses particulares o partidistas. En este sentido, una vez más, hago referencia a dicha utilización de la palabra, por parte de la ministra de Sanidad, para establecer una expectativa fallida, ignorada y negada como es la Estrategia de Cuidados que se anunció, tan solo como elemento de propaganda engañosa, cuando realmente podría constituir una clara referencia de asignación de enfermeras en relación a las necesidades reales de cuidados.

Las palabras pues, no es que se las lleve el viento, pues siempre permanecen y se sabe por quién han sido dichas, en qué sentido y para qué objetivo. Tan solo las traslada o las remueve, pero cuando el viento se calma, las devuelve y nos permite recordarlas y reconocer qué uso se hizo de ellas por parte de quien las pronunció, pues como ya dijera Horacio[7] “la palabra dicha no puede volver atrás” y parece, según lo trasladado por Maquiavelo[8] que algunas/os piensen que “…las palabras deban servir para ocultar los hechos”.

Como decía al inicio de mi reflexión la palabra es demasiado importante como para utilizarla en beneficio propio e interesado en lugar de hacerlo para lograr el bien común desde la verdad, la ética y la estética de lo que se dice como anuncio de lo que se está dispuesto a hacer. Lo contrario es utilizar la palabra, precisamente para enmascarar, esconder, ignorar o anular los hechos que se precisan como elementos que trasciendan, no a la audacia de las palabras que siempre es buena, sino a su temeridad y uso interesado, particular o colectivo en contra del bien colectivo.

Como decía Goethe[9], “se tiende a poner palabras allí donde faltan las ideas”, cuando se sabe que no hay nada más peligroso que un mediocre con iniciativa y con un lápiz con el que escribir sus ocurrencias. Si además tiene capacidad de decisión sucede lo que sucede.

[1] Filósofo y escritor francés.

[2] Poeta y dramaturgo alemán

[3] Dramaturgo, novelista, poeta y naturalista alemán, contribuyente fundamental del Romanticismo

[4] Filósofo, parlamentario, político y diplomático español, funcionario de la monarquía española bajo el régimen liberal.

[5] Historiador, biógrafo y filósofo moralista griego.

[6] https://twitter.com/smediconavarra/status/1572257161861799938?s=46&t=RWhjHPC1e8MmQELVmMgVFw

[7] Poeta Latino

[8] Historiador, político y teórico italiano.

[9] Dramaturgo, novelista, poeta y naturalista alemán, contribuyente fundamental del Romanticismo

One thought on “LA PALABRA: SU USO Y ABUSO

  1. Como siempre felicidades por el aporte que haces al colectivo de enfermería.
    Los tonos ,los tiempos de escucha,o los tiempo de contestacion y la fluidez de vocabulario sumamente importantes en el trabajo del colectivo de enfermería
    Y no olvidemos a los enfermeros y enfermeras que estan en cuadros directivos
    De nuevo gracias Jose Ramon

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