COMUNA 13 Comunidad y Memoria. Sentimientos encontrados.

                                  A las mujeres que siguen caminando por la verdad y la memoria en la Comuna 13                                   y a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia por ofrecerme participar de una experiencia única.

 

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado»

Gabriel García Márquez[1]

 

Durante mi estancia en Colombia he tenido oportunidad de participar en actividades académicas, docentes y de investigación de gran interés y muy productivas.

Sin embrago, en esta ocasión, me llevo una experiencia que ha generado en mi un cúmulo de sentimientos y emociones muy diversas que me han hecho reflexionar tanto a nivel personal como profesional sobre nuestro comportamiento como personas y como enfermeras.

La realidad de Colombia es compleja y diversa, intensa e inquietante, dolorosa y sanadora, rica y pobre a la vez. Es una realidad tejida con recuerdos que muchas veces se quieren olvidar y otras se exige recordar. Una realidad que ha generado heridas no siempre curadas. Una realidad que sacude la memoria y adormece el perdón. Una realidad cargada de nostalgia y de necesidad de futuro. Una realidad obstinada y frágil. Una realidad latente y lacerante. Una realidad presente pero llena de ausencias. Una realidad tan lejana como próxima. Una realidad que endurece, pero genera debilidad. Una realidad tan permanente como perdurable. Una realidad que cuesta entender y comprender, pero que es necesario conocer.

Y esa realidad, tan habitualmente manoseada, distorsionada, manipulada, disfrazada, hace que sea vista por quienes no la hemos vivido en primera persona como una realidad artificial, artificiosa, novelesca, cinematográfica… que juega con los tópicos y estereotipos creados a su alrededor como fetiches con los que disfrutar de ella sin tener en cuenta lo triste, sangrante o lacerante, que puede ser para quienes la han padecido o la padecen aún, desde la perplejidad, la rabia y la incomprensión de tanto juicio de valor y tanta interpretación interesada.

Como decía, en mi visita a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia me ofrecieron visitar un fenómeno social que se ha producido en una de las comunas más castigadas por esa realidad. La comuna 13.

El hecho de que la visita se iniciase en la Asociación de Mujeres Caminando por la Verdad, supuso un punto de partida que sin duda modificó la mirada posterior al fenómeno generado en dicha población.

La citada asociación lleva más de 20 años tratando de mantener la memoria de unos hechos que se inician con la irrupción violenta del ejército colombiano por mandato del entonces presidente de Colombia, el autoproclamado salvador de la patria, Álvaro Uribe, y de los paramilitares con el pretexto de expulsar a la guerrilla de la citada Comuna. Aunque el verdadero objetivo era ocupar dicho territorio por se estratégico por su acceso al mar. La incursión se lleva a cabo con la famosa y tristemente conocida operación Orión el 16 de mayo de 2002 con presencia de helicópteros de asalto, tanquetas y un gran número de efectivos del ejército y los paramilitares como si fueran un mismo cuerpo. Durante los tres días que dura la “invasión” además de las muertes provocadas en los enfrentamientos con la guerrilla, desaparecen más de 400 personas de las que, a día de hoy, aún no se sabe nada. A pesar de que existen indicios, testigos y testimonios de que se hallan enterrados en una escombrera anexa a la Comuna, pero que hasta la fecha no se ha podido comprobar por la negativa de las autoridades a autorizar la excavación de la citada escombrera en busca de los cuerpos de todas estas personas en su gran mayoría jóvenes sin otra culpa que ser residentes de la Comuna, lo que por sí solo, les convertía en sospechosos, cuando no en criminales.

El dolor de la pérdida unido al intento permanente de sepultar, junto a los cuerpos de estas personas, la memoria de lo acontecido, han sido una constante que ha permanecido en la vida de las/os habitantes de la Comuna en general y en la de los familiares de las/os desaparecidos en particular, junto a la constancia, el compromiso, la fortaleza, el recuerdo, la añoranza y la esperanza por encontrar a sus seres queridos para restablecer su recuerdo y mantener la memoria de unos hechos, con el principal objetivo de que nunca más se produzcan hechos similares.

En ese caminar por la verdad durante más de 20 años, los resultados han sido escasos, aunque las alianzas, los vínculos, las relaciones generadas entre estas personas, producto del dolor compartido, han propiciado apoyos invaluables, afrontamientos terapéuticos, resiliencia sanadora… que han permitido que se mantenga viva su esperanza por lograr su objetivo. Un objetivo tan humano como el reencuentro con sus familiares y tan incomprensible como persistentemente negado desde la mezquindad más absoluta por quienes aún hoy siguen actuando como actores de dichas desapariciones.

Asentada en esta cruda y desgarradora realidad, está la transformación que ha sufrido la comuna 13, convirtiéndola en un centro de atracción turística. Los grafitis de recuerdo a lo acontecido pintados en las fachadas de las precarias viviendas de la Comuna, fueron el inicio de una atracción curiosa por contemplar estas obras de arte callejero. Se fueron complementando con la habilitación de las viviendas en lugares de consumo de comidas y bebidas, de venta de recuerdos entre los que se mezcla la ficción con la realidad, la verdad con la mentira, el dolor con la diversión… logrando que el negocio se apodere del recuerdo, la memoria e incluso el dolor, para dejar paso a una atracción turística que desvirtúa una realidad como la descrita al principio. La descripción de los grafitis en inglés se convierte en un relato anecdótico sin nexo de unión con la cruda realidad y diluido en la fiesta que lo rodea todo.

Se impone la dinámica del negocio a la vivencia y la memoria. Cada nuevo local de ocio entierra una parte de la memoria que se ha intentado recuperar durante todo ese tiempo. Cada nuevo letrero de neón ciega la verdad de lo ocurrido. Cada nueva escultura disfraza la miseria aún presente. El dinero consumido hace, si cabe, más patente la pobreza existente. La contaminación acústica de la música y las voces de las/os turistas hace más ensordecedor el silencio de la historia pasada. Y todo esto con la escombrera que contiene los cuerpos de los desaparecidos como terrible testigo de toda esta cruel transformación mercantilista.

La perspectiva de negocio está provocando la compra de viviendas para convertirlas en nuevos locales de diversión, lo que provoca un desplazamiento y un desarraigo de quienes llevan desde siempre viviendo en la Comuna. Es decir, no es una transformación en la que las/os habitantes sean sujetos activos de la misma y por tanto se beneficien de ella con un cambio en sus actividades y en sus vidas. No, se trata de una colonización del espacio con todo lo que la misma supone.

A todo esto, contribuye la administración pública con la instalación de escaleras mecánicas que faciliten el acceso sin esfuerzo de las avalanchas de turistas, cuando hasta hace poco las/os habitantes de la Comuna tenían serias dificultades para acceder a los lugares de abastecimiento de alimentos o a servicios esenciales. Las líneas de autobuses ahora llegan donde antes nadie quería hacerlo. Todos, en mayor o en menor medida, contribuyen a esta surrealista realidad que se quiere vender como una oportunidad de cambio favorable para la Comuna. Comuna que no tiene otra que contemplar como lo que nunca se le concedió a ella, cuando no había negocio, ahora se ofrece con tanta facilidad como generosidad con tal de incrementar las ganancias.

Uno se asoma a una de las tantas terrazas de los establecimientos de restauración y contempla con perplejidad el mar de techos de uralita sujetos, tan solo por el peso de unos viejos ladrillos o de piedras, a la precaria estructura de lo que es una vivienda igualmente precaria, cuyos moradores además ahora, deben soportar los inconvenientes del ruido, el tráfico, y la presencia escandalosa de las/os turistas ajenos a cuanto sucedió allí y al sufrimiento que causó y permanece tan vivo como escondido por esta nueva y consentida realidad.

La mirada enfermera de cuanto contemplé me llevó a reflexionar sobre la condición humana y también sobre la condición enfermera. Cuanto veía y escuchaba generó en mí, sentimientos encontrados y confrontados que no me permitían disfrutar al mismo nivel del que se identificaba en el ambiente.

La condición humana por lo que supone que lo que antes era un espacio de violencia, terror, miedo, inseguridad… se convierta, en aras del mercantilismo más exacerbado en un foco de atracción y diversión sin importar lo más mínimo lo que ese cambio supone y representa para quienes antes eran considerados casi como delincuentes en potencia y ahora simplemente son ignorados.

La condición enfermera por lo que representa que una comunidad pierda su condición de comunidad para transformarse en un sumatorio de individuos que simplemente habitan en un contexto que pierde su identidad, sus tradiciones, su historia, su cultura e incluso su memoria, por tristes y dolorosas que fueran, en favor de un negocio del que, en la gran mayoría de las ocasiones, no son partícipes ni mucho menos beneficiarios.

Una comunidad que fue objeto permanente de olvido por parte de las instituciones públicas a la hora de ofrecer servicios que permitiesen llevar una vida digna a las/os habitantes de una comuna que se agarra como puede a las laderas de una montaña que circunda la opulencia de un ciudad a la que ven desde la distancia. Una comunidad que no ha sido identificada como un contexto vulnerado sino vulnerable, entendiendo que son vulnerables en función de su voluntad y no como consecuencia del olvido, la dejadez, la insidia y la desidia de quienes teniendo la obligación moral y ética de actuar no lo han hecho argumentando para ello razones tan falsas como torpes.

Las administraciones públicas tienen la obligación de velar por la seguridad, libertad, equidad, acceso a bienes esenciales, el respeto a los derechos humanos… de cualquier comunidad y no tan solo de aquellas que tienen los recursos y las facilidades para lograrlo, haciendo un uso racional de los recursos y una distribución equitativa de los mismos. Favoreciendo la prestación de cuidados, de asistencia sanitaria, de acceso a la educación, de saneamiento, de limpieza… aunque no sean objeto de atracción turística. Facilitando la accesibilidad y disminuyendo la pobreza, la desnutrición y la pérdida de autonomía de sus habitantes. Y estas obligaciones no se pueden limitar a enterrar la identidad comunitaria para construir sobre ella una nueva realidad al margen de la memoria, el recuerdo, el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte generada y enterrada de manera cobarde y mezquina.

Las enfermeras, por su parte, tienen igualmente la obligación de atender las necesidades de las personas, trabajando por generar entornos saludables allá donde sea necesario y confluyan determinantes sociales que impactan muy negativamente en la salud de las personas, donde el acceso a los recursos es difícil o improbable, donde los niveles de educación son bajos o inexistentes, donde la pobreza es alta o sistemática… porque esos son los contextos prioritarios de atención. Porque esas son las personas vulneradas que precisan de nuestros cuidados. Porque esos son los entornos susceptibles de discriminación. Porque esas son las familias con necesidad de intervención. Porque esa es nuestra responsabilidad y nuestro ámbito de actuación prioritaria. Porque esas son las comunidades que más precisan de ser empoderadas para lograr la autodeterminación, la autogestión y la autonomía que les permita y faculte para su autocuidado.

No podemos ni debemos escudarnos en limitaciones organizacionales, ni en dependencias funcionales, ni en criterios administrativos… que en lo único en que se convierten es en escusas para tranquilizar nuestras conciencias en el mejor de los casos o de distracción para desviar la mirada hacia otro lado con tal de evitar ver la realidad existente.

El liderazgo transformador enfermero va más allá de la normatividad, las intervenciones en comunidades reguladas y regladas, las estrategias con disponibilidad de recursos, las acciones de resultados esperados o el control calculado. El liderazgo transformador enfermero representa asumir responsabilidad, ser creativo, innovador, proactivo, asertivo, arriesgado, optimista y luchador por una sociedad mejor. Para ello debemos trascender a las apariencias, las sospechas, los temores… basados en estereotipos sociales que generan discriminación y limitan nuestra intervención.

Transformar supone hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente todas sus características esenciales, como lamentablemente se está haciendo con la Comuna 13, con todo lo que ello supone para sus gentes y para su comunidad y su sentimiento como tal. Y con lo que ello significa de modelo a replicar en otras comunidades en un intento por salir de la situación que nadie quiere identificar y sobre la que nadie tiene interés en intervenir.

No actuar representa un riesgo para las comunidades y una pérdida de control sobre sus vidas, su convivencia y su salud.

Nadie es ajeno pues a lo que suceda. Actuar como mero turista supone contribuir a perpetuar unas heridas abiertas que antes o después desencadenarán nuevamente violencia como efecto de una memoria ocultada y amordazada.

 

[1]Escritor y periodista colombiano. Reconocido por sus novelas y cuentos (1927-2014).

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