ESTUDIANTES DE ENFERMERÍA, CORONAVIRUS Y ÁNGELES DE LA GUARDA

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La pandemia del coronavirus parece ya una realidad cotidiana. Se está empezando a naturalizar y esto siempre es un riesgo. Por una parte, por la relajación que puede provocar con la consiguiente bajada de brazos y la consecuente mayor exposición al contagio. Por otra, por la sensación de “normalidad” que se instala en muchas/os de nosotras/os ante el constante aumento de contagiados y muertos por el virus. A ello hay que añadir la incesante labor de muchas/os profesionales que pasa a considerarse parte de la rutina diaria del estado de alarma, a la que se incorpora, incluso, la salida sistemática para aplaudirles.

No se trata de que estemos mortificándonos diariamente con las consecuencias que, para nuestras vidas, como sociedad y como personas individuales, tiene. De eso ya se encargan, con mayor o menor fortuna, los medios de comunicación con sus magazines diarios sobre el coronavirus. Se trata, básicamente de dar el justo valor a lo que se está viviendo y cómo se está viviendo. Ni con la alarma ni el sensacionalismo inicial, ni con la relajación y la naturalización que poco a poco va instalándose en la mayoría de nosotros.

La falta de personal sanitario, por ejemplo, es una de las preocupaciones que está provocando esta crisis que, sin estar resuelta, ha pasado a no ser identificada como una preocupación por quienes desde el confinamiento forzoso acaban aislándose de una realidad que, en la mayoría de los casos, tan solo conocen a través de los medios o, lo que es peor, a través de las redes con la hemorragia permanente de las conocidas “fake news” a las que con tanta normalidad como preocupación, no tan solo se les da crédito sino que se colabora en su difusión, contribuyendo a la confusión y la generación de falsas creencias que incluso se posicionan en contra de las recomendaciones científicas

Así pues, para tratar de paliar la falta de personal sanitario en general y de enfermeras en particular se han regulado una serie de acuerdos o normas que posibilitan la contratación de estudiantes de 4º curso de enfermería como personal auxiliar.

Más allá de la oportunidad de la medida y de su aportación real a los problemas generados en los centros sanitarios, considero que la misma no ha sido convenientemente analizada y consensuada con las partes para llevarla a cabo, empezando por los representantes de las/os propias/os estudiantes que asisten con perplejidad a la subasta que de ellos se está realizando para su contratación.

Esa falta de análisis, desde mi punto de vista, es fundamental y su ausencia genera una serie de interrogantes que van más allá de la llamativa respuesta que su participación puede aportar, sin reparar en las consecuencias que la misma pueda generar en ellas/os mismas/os y en la atención que vayan a prestar.

Son muchas las voces que apoyan la medida por entender que como estudiantes de 4º a punto de ser graduadas/os están suficientemente preparadas/os para incorporarse de inmediato a esta contingencia como, de no existir, hubiesen hecho unos meses más tarde para suplir las vacaciones estivales. Esto en si mismo es una falacia por varias razones. Por una parte, no se puede comparar la incorporación a un escenario tan complejo como este al que harían cuando estuviesen graduadas/os. Es cierto que no se incorporarán como enfermeras, sino como personal auxiliar (al menos en teoría y contractualmente), lo que obliga, por una parte, a su supervisión por parte de las enfermeras con las que trabajarían, como si estudiantes en sus practicums se tratasen, y por otra a las dudas que plantea el que no vayan a paliar la verdadera falta de atención que genera la ausencia de enfermeras. Ello, además, puede generar un efecto búmeran, ya que superada la crisis puede identificarse por parte de algunos sectores interesados como que no es tanta la falta de enfermeras lo que hace falta sino de personal auxiliar, lo que repercutiría negativamente en la racionalización de las plantillas mediante el ajuste de ratios que tanto hace falta. Y de todo ello se desprende, además, que finalmente lo que se hace es contratar mano de obra barata para responder a una contingencia especial que, indudablemente, requiere de otras propuestas.

Pero es que además este argumento de, si pueden incorporarse en unos meses por qué no van a poderlo hacer ahora, es también, en sí mismo, una trampa. Considerar que una enfermera recién graduada está capacitada para pasar del aula a una unidad especial o un consultorio rural en el que está ella sola, es realmente una temeridad por mucho que se esté haciendo habitualmente. Y es una temeridad por tres razones fundamentales. La primera por la propia enfermera a la que se le somete a un riesgo tan innecesario como peligroso para su desarrollo profesional y que puede conllevar a graves consecuencias como ya ha sucedido en más de una ocasión sin que después nadie responda por ello, salvo, claro está, la propia enfermera. La segunda por la seguridad de las personas a las que se va a atender, por lo que se debe asegurar que quien lo vaya a hacer tenga las competencias y la experiencia suficiente para poder responder como se espera ante situaciones complejas, lo que debiera exigir que, al menos en diferentes puestos, enfermeras recién graduadas no ocuparan estos puestos. Finalmente, por la propia organización como garante de la calidad que deben prestar sus profesionales y que difícilmente puede asegurar con contrataciones de esta índole. Pero en un país en el que, por una parte, muchas de las denominadas carreras profesionales implantadas se basan en criterios exclusivamente de antigüedad y en el que la catalogación y definición de los diferentes puestos de trabajo no existen, da como resultado el que las enfermeras sigan siendo identificadas como profesionales todo terreno que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, lo que finalmente acaba por ser un grave problema para el necesario y reclamado reconocimiento profesional. Por lo tanto, y en coherencia con lo dicho, considero que, si una enfermera recién titulada no debiera poder ser contratada para cualquier puesto, menos aún y aunque sea como personal auxiliar lo deben ser estudiantes por mucho que se entienda que su incorporación podría ser una experiencia única. Inventos con la gaseosa únicamente, por favor.

Argumentar que las/os directoras/es enfermeras/os tienen competencias de gestión suficientes para saber manejar esta situación y, por tanto, racionalizar este personal y cómo articularlo en los equipos, en teoría está muy bien, pero todas/os sabemos que esto, finalmente, no solo no es así sino que además escapa a su gestión dado que lo urgente impide dar respuesta a lo verdaderamente importante, y más aún en un escenario como en el que nos encontramos, sin entrar en otra serie de consideraciones que merecerían un comentario específico.

Pero, sin duda, esta es otra de esas situaciones que hemos acabado por naturalizar e incorporar a la normalidad de una rutina tan inconsistente como peligrosa.

Esta contratación, que ya se está llevando a cabo en algunas comunidades autónomas, además, se realiza cuando existen alternativas que aún no se han consumido o ni tan siquiera contemplado.

No deja de ser curioso que se autorice dicha contratación y que por otra parte se plantee la prolongación de la residencia de especialistas enfermeras en formación por un año más. Enfermeras tituladas y a falta de dos meses de ser especialistas, para las que no se contempla contratarlas como enfermeras sino que sigan como profesionales en formación, lo que obliga por una parte a que tengan que seguir tutorizadas con lo que ello reporta en estos momentos y que se pierda la posibilidad de contar con enfermeras de primer nivel, para ahorrarse un 35% de sueldo que es la diferencia entre su salario como residentes al de una enfermera titulada.

Resulta poco comprensible también el que se obvie literalmente la oferta realizada por muchas enfermeras tituladas en otros países con la excusa de que no tienen homologados sus títulos, cuando además su oferta es altruista y voluntaria.

Que, en estas circunstancias, además, se siga gestionando la contratación de enfermeras con los criterios de bolsas que no obedecen para nada a una situación como la que estamos atravesando y que conducen a situaciones tan surrealistas como sancionar a enfermeras por no aceptar un contrato por estar trabajando en residencias de la 3ª edad, también públicas, aunque dependientes de otra consejería, es otra de las razones de la sinrazón a la que estamos asistiendo.

A todo lo apuntado y sin entrar en cuestiones contractuales o de cobertura legal, hay que añadir el riesgo potencial de contagio al que se les somete a las/os estudiantes y a sus familiares y las consecuencias que podrían derivarse de ello.

Este planteamiento es, repito, muy personal y por tanto sujeto a un debate que más allá de círculos concretos informales no se ha llevado a cabo y por tanto entiendo que es totalmente cuestionable, pero no por ello menos necesario. Por tanto, es otro de los muchos temas que quedará en el debe que tendrá que saldarse una vez superada la crisis y, contando con que todo evolucione como suele hacerlo, es decir, sin sobresaltos excesivos a pesar de los riesgos que se asumen. Eso que el saber popular traduce como que todos tenemos un Ángel de la Guarda a nuestro lado. Porque de no haberlos, debiéramos ponernos a rezar para que apareciesen.

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