MEMORIA HISTÓRICA Negacionismo e Identidad

A quienes, contribuyeron a escribir la historia de la Enfermería y con ella, nuestra identidad profesional.

 

“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.

Aldous Leonard Huxley [1]

 

Últimamente se están planteando diferentes modificaciones legales en torno a la Ley de Memoria Histórica[2] en diferentes gobiernos autonómicos de España. No es mi intención entrar a valorar, analizar o reflexionar sobre el alcance político de tales decisiones y lo que las mismas suponen en el imaginario común y la construcción de la realidad histórica de España, sin que ello quiera decir que no tenga una posición clara al respecto.

¿Por qué entonces traigo a colación este tema? ¿Qué relación puede tener con la Enfermería, las enfermeras, la salud…? Trataré de responder a estas lógicas interrogantes.

En primer lugar, lo traigo a colación por su similitud con la aparente apatía que parece haberse instalado en el conocimiento de lo que ha sido, es y significa la Enfermería y su relación, precisamente, con los lamentables hechos acaecidos tras la guerra civil en nuestro país y que, por tanto, los intentos de borrarlos, manipularlos, desdibujarlos, diluirlos, generalizarlos… conducen a una pérdida irreparable de la memoria que conduce a una clara y triste desconexión con la realidad y a una pérdida de la identidad enfermera.

Sin entrar en cuestiones de índole político, aunque posiblemente haya quien lo quiera relacionar adjudicándole la etiqueta que tanto les gusta a algunos de “ideologizante” a lo que tan solo es una constatación de la historia, como único argumento para tratar de desacreditar o arremeter contra las evidencias. Hechas, precisamente, desde una ideología excluyente. Lo que quiero constatar es el inicio de profesionalización de la Enfermería que se produjo durante la 2ª República y que se concretó en diferentes decisiones dirigidas a dotar de competencias específicas y autonomía a las enfermeras de la época, es decir a su profesionalización, y que estuvieron apoyadas por instituciones tan poco sospechosas como la Fundación Rockefeller de EEUU a través de becas de formación de enfermeras en salud pública en dicho país que posteriormente estaba previsto se incorporaran a gestionar la futura Escuela Nacional de Enfermeras Visitadoras Sanitarias (1932) desde la que poder formar a las/os profesionales que el desarrollo de la salud pública española demandaba Al mismo tiempo cabe destacar otro hecho importante de dicha profesionalización como fue la creación de la Asociación Profesional de Visitadoras Sanitarias en mayo de 1934, cuya presidenta fue Mercedes Milá Nolla, lo que constituía una clara muestra de la citada profesionalización[3].

Todo este proceso venía precedido de un análisis de la situación en países como Reino Unido y EEUU. En el caso británico, ya en 1859, Mr. Rathbone, con la ayuda de Florence Nightingale, fundaba, en Liverpool, la «District Nursing Association», organización que tenía por objeto establecer un servicio permanente de enfermeras a domicilio. En 1887, con el objeto de formar enfermeras visitadoras para los pobres, se fundaba en Londres el «Queen Victorias Jubilee Institute for Nurses»; en 1892 se creaba la figura de la visitadora escolar; y en 1908 aparecían las «Health Visitors» (visitadoras de salud), con el objetivo de mejorar el estado de la salud pública. En Norteamérica, por su parte, iban institucionalizando la actividad de las visitadoras. En 1877 se emplearon las primeras enfermeras visitadoras en Boston; en 1880, veintiún servicios de esta clase funcionaban en los Estados Unidos; y en 1902 se inauguraba en Nueva York la primera escuela de visitadoras escolares.

Todo parece indicar, con independencia del sistema de Gobierno y al margen de epítetos descalificadores con los que nos tienen acostumbrados los poco imaginativos políticos actuales, que la estrategia que se estaba siguiendo obedecía a cuestiones meramente sanitarias o de salud pública y no como se quiso hacer creer a una ideologización tendente a pervertir no se sabe bien qué o a quién.

Pero lo lamentablemente, una vez terminada la guerra civil se inauguró en 1941, en los mismos locales destinados a la Escuela de Enfermeras Visitadoras, una “Escuela Nacional de Instructoras Sanitarias”, lo que ya tan solo con el cambio de denominación quedaba clara la tendenciosa decisión, que se traducía en una clarísima diferencia de objetivos institucionales y en el manifiesto interés por llevar al olvido histórico los antecedentes por el simple hecho de haber sido desarrollados por quienes fueron derrotados, marcando claramente, su carácter rupturista.

La clara feminidad de la Enfermería estuvo desde entonces determinada por el papel que se le asignaba a la mujer en la sociedad impuesta por la dictadura franquista con el apoyo manifiesto e incondicional de la Iglesia Católica. Como afirmaba la responsable de la Sección Femenina de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., Pilar Primo de Rivera:

“La única misión que tienen asignadas las mujeres en las tareas de la Patria, es el hogar. Les enseñaremos el cuidado de sus hijos, porque no tiene perdón el que mueran por ignorancia tantos niños, que son siervos de Dios y futuros soldados de España. Cumpliendo con este programa la consigna del Caudillo de ‘Salvar la vida de los hijos, por la educación de las madres’, certeramente señalada en el programa sanitario contenido en el discurso de Franco, en 31 de diciembre de 1939, Año de la Victoria”[4]

Así pues, durante el franquismo supuso un claro retroceso en el proceso de institucionalización y profesionalización, iniciado durante la 2ª República, de la enfermería de salud pública en particular y de la enfermería en general. Proceso que tuvo continuidad posteriormente con la aparición de la figura de Ayudante Técnico Sanitario (ATS) como apuesta definitiva por un modelo profesional de enfermería centrado en tareas asistenciales relacionadas con la enfermedad y subsidiaria al médico.

Pues bien, estos hechos que forman parte de nuestra historia, de la trágica y lamentable época de la dictadura franquista que tanto dolor, sufrimiento y muerte causaron en la población española, al menos en una buena parte de ella, hay quienes quieren que se olvide, borrando para ello todo aquello que consideran son tan solo interpretaciones maliciosas y malintencionadas de los herederos derrotados que tan solo quieren romper nuevamente la Patria.

Puede pensarse que esto realmente no nos afecta como profesión, como enfermeras, puesto que ya hemos superado todo aquello que limitaba nuestro desarrollo. Tratándose tan solo de la confrontación política existente, que queda al margen de nuestra evolución.

Pero desde mi punto de vista esta interpretación de la realidad política actual en nuestro país no tan solo nos debe preocupar, sino que también nos debe ocupar. Más allá de planteamientos ideológicos, de creencias, de posicionamientos, de pensamientos… lo que trasciende de todo esto es un claro intento por manipular el conocimiento de la realidad. No la percepción de la misma, sino la esencia de aquello que la configura como parte intrínseca de la historia que fue y sigue siendo y que nada ni nadie tiene derecho a modificar para adaptarla a sus intereses con fines claramente perversos.

Las generaciones actuales y las venideras tan solo van a tener ocasión de conocer la historia a través de los legados que les dejemos. Tienen el derecho, pero también la obligación, de conocer qué, cómo, cuándo pasó y quiénes intervinieron en el devenir de nuestra historia. No hacerlo supone no tan solo una pérdida irreparable para comprender la importancia de lo que somos y de cómo hemos logrado serlo, sino un riego evidente de que se puedan repetir situaciones similares que nos conduzcan a tiempos pretéritos tan lamentables como indeseables.

Pero es que además nuestra historia está íntimamente ligada a una perspectiva de género que también se está manipulando y que nos conduce a posicionamientos sociales, profesionales, familiares, de convivencia… en los que el género determina decisiones, relaciones, reacciones, acciones… que no tan solo afectan a las mujeres por su condición como tales, sino que afectan a profesiones y a profesionales que como enfermería y las enfermeras, estamos íntimamente ligadas al género con independencia de que sus componentes sean mujeres u hombres. Esa, precisamente, fue una de las razones, como ya hemos visto, de que la enfermería fuese denigrada al ostracismo, pero, sobre todo, a la dependencia subsidiaria y denigrante de la medicina y sus profesionales y que algunos nostálgicos añoran y quieren recuperar.

Y esto debe ser conocido y reconocido no tan solo por parte de las enfermeras sino de toda la sociedad y de toda la comunidad científica para evitar que nunca más se repitan actuaciones que conduzcan al sometimiento, la insidia, la invisibilidad… de las enfermeras, ni al secuestro, el abuso, la clandestinidad… de su identidad profesional.

Debemos asumir la historia con todo el dolor que la misma supone, pero con toda la dignidad que representa el haber podido vencer las dificultades, las injusticias, los ataques… que constantemente se nos impusieron para mantener una situación que interesaba y se propiciaba. Pero, sobre todo, debemos conocer cómo y quiénes, nos liberaron de esa mordaza científico-profesional y permitieron con ello que hoy estemos donde estamos.

Porque es imprescindible que sepamos que nada ha sido gratuito, que nada nos ha sido otorgado de manera graciable. Lograrlo supuso esfuerzos, sacrificio, trabajo, convicción, compromiso, implicación, resistencia… de un buen número de enfermeras que supieron y quisieron rescatar a la enfermería del zulo social, científico y profesional en el que nos metieron y en el que nos sometieron al silencio y la invisibilidad desde la fuerza del autoritarismo político y social de la dictadura y del corporativismo autocrático de la medicina aliada con los planteamientos derivados de la dictadura.

No se trata de buscar culpables, entre otras cosas porque están claramente identificados, sino de que nunca más vuelva a suceder nada parecido.

Argumentar que es necesario pasar página para lograr la reconciliación pretendiendo para ello reescribir la historia o borrar parte de ella es, precisamente, retomar actitudes de esa época que lo único que intentan es hacer creer que nada de lo que se dice que pasó realmente sucedió y que la nostalgia del tiempo pasado debe conducirnos a aceptar esa realidad artificial y falseada que presentan. Debemos resistirnos a ser rehenes de una historia que pierde parte de los sucesos que la configuran para transformarse en una historieta que dibuja un cuento narrativo interesado y con rancia moraleja.

Esta situación que se presenta y que para nada es una sospecha sino una triste, dolorosa y temible realidad nos lleva a lo que Immanuel Kant[5] sostuvo cuando planteaba que si la razón rebasa la experiencia posible a menudo cae en varias antinomias[6]; es decir, perspectivas igualmente racionales pero contradictorias. Y eso precisamente es lo que se pretende. Generar contradicciones que hagan dudar de la realidad y nos planteen aceptar como cierto lo que realmente no lo es. Desde esta óptica, la responsabilidad se convierte en el intento a veces desesperado por darles un sentido a los acontecimientos y a las reacciones humanas que se nos presentan como alternativa a la realidad.

Todas las enfermeras tenemos la responsabilidad profesional, ética, científica, social… de resistirnos a que se manipule nuestra historia y con ello nuestra identidad. Lamentablemente quienes dicen ser nuestros máximos representantes parece que no entiendan la trascendencia de lo que sucede y se dedican bien a mirar hacia otro lado, o, lo que es peor, a alinearse y alienarse con quienes quieren que nuestra historia sea la que ellos plantean desde la nostalgia y el autoritarismo y no la que realmente sucedió. Aunque para ello dediquen todos sus esfuerzos a arremeter, insultar, menospreciar… contra quienes fueron artífices de un cambio que nos ha permitido ser y sentirnos enfermeras, con el único argumento de la descalificación. Se puede estar en disconformidad con la realidad actual y plantear, con argumentos y no con insultos, otra realidad posible, pero NUNCA, manipulando la historia y lo que la misma representa. Porque la Historia, que es responsabilidad de los historiadores y no de los políticos, pese a quien pese, no es interpretable, es, en todo caso, discutible.

[1] Aldous Leonard Huxley (1894- 1963), escritor y filósofo británico.

[2] LEY 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. https://www.mpr.gob.es/memoriademocratica/normativa-y-otros-recusos/Paginas/ley-memoria-historica.aspx

[3] Bernabeu-Mestre J, Carrillo-García C, Galiana-Sánchez ME, García-Paramio P, Trescastro-López EM. Género y profesión en la evolución histórica de la Enfermería Comunitaria en España. Enferm Clin [internet] 2013 [citado 27 marzo 2024]; 23(6):284-9. Disponible en: http://cuiden.fundacionindex.com/cuiden/extendida.php?cdid=686617_1.

[4] ESCUELA NACIONAL DE PUERICULTURA en el curso 1941-42 (1942), Op. cit. p. 34

[5] Filósofo prusiano de la Ilustración (172-1802).

[6] Es un término empleado en la lógica y la epistemología que, en sentido laxo, significa paradoja o contradicción irresoluble.

CUIDADO. MUCHO MÁS QUE UNA PALABRA Significatividad y valor

                                                   A quienes, con sus palabras, su conocimiento y su convicción, dan valor al cuidado y lo incorporan como un derecho fundamental de la humanidad.

 

“Lo que no se nombra no existe»

George Steiner[1]

Cuidado, enfermería, enfermera, salud, comunicación… son palabras que todas/os conocemos e identificamos. Palabras que de manera aislada como conceptos, definiciones, descripciones… tan solo nos aproximan a su significado, pero no logran por sí mismas darles significatividad, como condición de significativo (que tiene importancia por representar o significar algo). Es por ello que las palabras, por sí solas, están sujetas a interpretaciones muy variadas, diversas y en ocasiones dispersas que lejos de permitirnos entender, comprender, reconocer o valorar su justa dimensión, las pueden situar en el plano de la indiferencia, la intrascendencia, la contradicción o incluso la manipulación interesada.

Así pues, cada palabra, debe ser construida con más palabras que la identifiquen y, sobre todo, le den sentido y sentimiento. No se trata tan solo de entender qué es aquello que quiere transmitir. Se trata, sobre todo, de que traslade el sentimiento que la palabra genera con independencia del contexto en que se utilice. Lo contrario nos sitúa en el recurrente uso de las palabras con fines no siempre adecuados a lo que es su verdadera significatividad, o pasar a formar parte de eufemismos y demagogias que las desvirtúan o estereotipan.

Con el cuidado, los cuidados, ha pasado esto de manera sistemática a lo largo de la historia. Nadie cuestiona su existencia, incluso su importancia, pero no se ha logrado construir una significatividad que le de valor. El valor que realmente tiene y le otorga el efecto que genera, pero que, lamentablemente, no se ha asimilado al valor de quién o quiénes los prestan, o bien ha sido intoxicado dicho valor precisamente por asociarlo a quienes lo prestan, las mujeres, como derivación del valor que a las mismas se les ha otorgado a lo largo de la historia en la sociedad. En definitiva, el cuidado, los cuidados, quedan circunscritos a un valor residual o menor, que ha sido efecto o ha contribuido negativamente a construir su significatividad.

La palabra valor deriva del latín valere que significa «ser fuerte» “tener salud”. Por lo tanto, valor es aquello que nos permite sentirnos bien, fuertes. Lo que viene a confirmar que el cuidado es en sí mismo un valor ya que los cuidados dan fortaleza, no tan solo física, a las personas que los reciben y por tanto contribuyen a mejorar o fomentar su salud.

Pero más allá de la etimología de la palabra y tal como nos describe Victoria Camps[2] el valor es la atribución que cada cual otorga a las cosas o a la realidad en la que se sitúa en la medida en que le interpela o le afecta para bien o para mal. El valor, por tanto, provoca atracción o repulsión. Y, creo no equivocarme si afirmo que el cuidado siempre genera atracción en quien lo precisa. Entendiendo dicho cuidado como aquel que se presta con calidad y calidez por parte de la persona que lo procura y que lo será en dicho sentido en la medida en la que dicha persona, sea profesional o no, tenga idéntica percepción de valor hacia el cuidado dado, algo que no siempre se produce. Y no se produce, en el caso de las/os cuidadoras/es familiares, por ejemplo, cuando se hace por imposición o cuando se alcanza un grado de estrés muy importante en su prestación. En el caso de las enfermeras, cuando el concepto de cuidado no adquiere ni traslada valor hacia ella, es decir, cuando el cuidado es tan solo un concepto que, no por repetido, ha sido capaz de construir y dar significatividad al mismo, convirtiéndolo bien en una etiqueta o en algo mecánico y sin sentido o bien renunciando a él al rechazarlo por identificar, siguiendo el argumento de Camps, que les provoca repulsión.

Para que las enfermeras podamos dotar de valor al cuidado desde la perspectiva científico-profesional, este debe estar marcado por el pensamiento como criterio previo para determinar, que es bueno actuar como se piensa. Esto implica tener un código previamente estructurado del cuidado con criterios propios y alimentado de conocimiento, experiencia y convicción. Y es en base a ese criterio estructurado sobre el que se decide ser coherente con el código de cuidado que se genera. Porque es desde esa coherencia desde la que se refuerza el código generado, pasando, de esta manera, del pensamiento más o menos abstracto a la acción cuidadora profesional concreta.

Pero en la construcción de ese pensamiento y del código profesional que del mismo trasciende hay que distinguir, tal como nos planteara el filósofo Brentano[3] con relación al valor que otorgamos a las cosas, acciones, pensamientos… entre el juicio, que permite diferenciar lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo… y los sentimientos, que otorgan la capacidad de identificar el valor y los valores que se sienten y conmueven. Por tanto y siguiendo este planteamiento, no tan solo es preciso identificar el cuidado como bueno, como se hace desde la moral y la ética, sino que se precisa que dicho valor del cuidado profesional sea sentido como propio por las enfermeras y les conmueva profesional y científicamente prestarlo y estudiarlo, desde la perspectiva de la estética.

Abundando en este planteamiento el filósofo austríaco Christian von Ehrenfels[4] decía que el valor reside en el deseo que se despierta en cada persona. Si genera deseo se valora, de lo contrario no se valora e incluso se desprecia. De ahí que si el cuidado no es capaz de generar deseo en las enfermeras difícilmente se valorará y, por lo tanto, difícilmente podrá ser valorado por parte de quien lo recibe.

Estamos pues ante un constructo complejo que va mucho más allá del término que lo identifica, el cuidado, y que incluso trasciende al valor que se le otorga o se le presume, dado que va más allá de dicho valor tal y como lo he referido, incorporándose como parte de los valores que dan sentido a la acción profesional cuidadora. En este sentido, la educadora y escritora Carmen Guaita[5] dice que los valores son el modo de empleo de la vida. Hay que distinguirlos, saber lo que ayuda a vivir o lo que hace daño. De tal manera que los valores nos ayudan a llevar una vida de relación con los demás. Porque los cuidados siempre han sido relacionados con dicha convivencia, como parte consustancial de la misma. Desde la perspectiva humana, ética, moral o psíquica, los valores son esenciales no sólo para la solidez personal o profesional, sino también social. No se pueden separar porque todo ser humano es social y se relaciona. Lo que adquiere sentido común, que, en definitiva, es el sentido de la comunidad. Por eso, si se trabajase, comunicase, escuchase, actuase en y con la comunidad, muchos de los problemas actuales de la propia comunidad tendrían una respuesta mucho más eficaz y eficiente y los cuidados alcanzarían el grado de referencia, respeto, visibilidad… que harían mucho más razonabley comprensible la axiología.

Ante estos planteamientos en torno al cuidado y su valor humano, profesional, científico… cabe plantearse si el cuidado profesional tiene valor y es un valor. Si realmente hay valores o si lo que existe es una crisis de valores en torno al cuidado enfermero. Este es el cuodlibeto[6] que planteo y del que no tengo seguridad se pueda lograr una respuesta concluyente. Pero si cuanto menos sirve para generar un clima de análisis, reflexión y debate, posiblemente haya valido la pena.

Es cierto que los valores han existido siempre. Pero jerarquizados o en escala, como se plantea, por ejemplo, en el desarrollo teórico de Maslow[7] con la pirámide de las necesidades humanas de las que emana la necesidad/demanda de cuidados tanto profesionales como no. Sin embargo, en nuestra sociedad, ese orden, esa jerarquía de valores parece haberse desmoronado o cuanto menos es cuestionada. No tienen consistencia, ni orden, ni tan siquiera muchas veces valor, al perder precisamente su categoría de valor. Ante esta nueva realidad, influida por el individualismo, la competitividad, el aislamiento, el hedonismo… y reforzado por la débil acción de quienes son nuestros representantes políticos, pero también profesionales, surgen los antivalores que se sustentan no en el conocimiento o en la búsqueda de la verdad, sino justamente en todo lo contrario, en la mentira, la calumnia, el perjurio, la media verdad o la posverdad, perversión… que son moneda corriente de nuestra convivencia social, política, profesional, científica. A todo lo cual hay que añadir las fake news (falsas noticias), que no son casuales y que nos invaden en una nueva relación humana con la tecnología que, como muy bien planteara Zigmunt Bauman[8], genera una contracción del presente y una sociedad del riesgo, a través del término que acuñó de Modernidad líquida, que se produce como consecuencia, entre otras causas, de la desaparición de las barreras entre expertos y legos que choca frontalmente contra el arraigado protagonismo y paternalismo profesional imperante en los sistemas sanitarios. A ello, hay que añadir los importantes e inquietantes cambios en los medios de comunicación de masas y en la organización social, en medio de la gran cantidad de información y el poco conocimiento existente, que invocan la perentoria necesidad de crear nuevas redes de confianza. Por último, el valor económico de la salud, que desvaloriza el cuidado profesional en favor de la técnica y la tecnología a través de la teleopatía u obtención acrítica de resultados que instrumentaliza los cuidados e inserta el miedo como forma de dominar a la población. Una realidad que estamos viviendo y con la que hay que tomar distancia emocional, pero también profesional, sino queremos dejarnos arrastrar por ella con la consiguiente pérdida de valores que supone.

Así pues, no es que haya desaparecido el valor del cuidado, sino que se ha modificado la escala de valores en la que ha quedado incorporado, lo que nos obliga a trabajar para construir una nueva axiología del cuidado enfermero. Una construcción al nivel de la dignidad humana que demanda empatía, compromiso, implicación, confianza y esperanza para poder humanizar el cuidado y devolverle su valor, situándolo en lo más alto de la escala de valores de una sociedad y unos sistemas de salud humanizados. Un cambio en el que las enfermeras debemos asumir el liderazgo que nos corresponde para generar una transformación social y humanizadora que, lo primero que requiere es una mirada introspectiva de nuestra relación con el cuidado y la significatividad que le otorgamos como enfermeras líderes del cuidado profesional.

El cuidado tiene valor y es o debe ser algo vital e irrenunciable para las enfermeras y para su traslado a las personas, las familias y la comunidad a las que debemos prestárselo. Se debe sentir. El cuidado ayuda a vivir, crecer, madurar, progresar, desarrollar, expandirse… Se trata de un proceso de crecimiento o individuación[9] total, tal como postuló Carl Jung[10] que encaja perfectamente con el concepto, objetivo y fin de los cuidados. No identificarlo y asumirlo como tal es un autoengaño que nos lleva irremediablemente al fracaso profesional o lo que, aún es peor, a la más absoluta pérdida de significatividad y por derivación de reconocimiento.

Pero además de todo lo dicho, el cuidado tiene también un valor simbólico, que es trascendental. De igual manera que el tótem, tiene o ha tenido valor simbólico en las relaciones tribales o el sol en determinadas culturas… el cuidado tiene un valor simbólico absolutamente inseparable de la enfermería como ciencia y de las enfermeras como profesionales, al conformar las relaciones humanas que se producen, en unos casos, en torno a determinados símbolos y las que se generan alrededor del cuidado, teniendo su reflejo en las relaciones profesionales. Valor simbólico que adquiere mayor relevancia en contextos con culturas, tradiciones, modelos, idiomas… comunes o similares, como el Iberoamericano, en el que resulta más fácil dotar de significatividad al cuidado, que en aquellos que el mismo está impregnado de otro tipo de normas, conductas o comportamientos.

Cuidado y cuidar, por tanto, tiene valor y aporta valor a lo largo de todo el ciclo vital de las personas. Y lo tiene y es inherente a él. Algo que no sucede con curar. Porque para curar resulta imprescindible el cuidado, mientras que el cuidado no exige curar. Incluso quien renuncia a ser curado o no tiene posibilidades de curación, requiere y demanda cuidado. Incluso quien quiere y demanda su muerte, la quiere y demanda con la presencia del cuidado. Curar, por su parte, puede actuar negativamente anulando o subestimando el cuidado por entenderlo un obstáculo para su fin de curación, que no siempre es posible ni tan siquiera deseada.

La salud es un derecho fundamental y el cuidado debiera serlo de igual forma porque resulta fundamental no tan solo para la salud, sino para la vida. Sin cuidado no es posible la salud ni la vida. Sin salud, sin embargo, es necesario el cuidado.

Por todo ello queda claro que las palabras están llenas de significado y que nunca son inocentes. Pero también queda claro que se precisa darles significatividad si realmente queremos que las mismas adquieran valor y se identifiquen como un valor que es preciso mantener, proteger y reconocer. Como es el caso del CUIDADO.

 

[1] Francis George Steiner (1929- 2020), profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura franco-anglo-estadounidense, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción.

[2] Victoria Camps Cervera (1941), filósofa española, catedrática emérita de la Universidad de Barcelona.

[3] Franz Clemens Honoratus Hermann Brentano (1838 – 1917) filósofo, psicólogo y sacerdote secularizado alemán.

[4] Christian von Ehrenfels (1859 – 1932) filósofo y psicólogo austriaco.

[5] Carmen Guaita Fernández (1960) escritora y profesora española.

[6] Discusión sobre un punto científico elegido al arbitrio del autor

[7] Abraham Maslow (1908 –1970), psicólogo estadounidense conocido como uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista

[8] Zygmunt Bauman (1925 –2017), sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío.

[9] Proceso mediante el cual una persona se convierte en un individuo integrado, llegando a ser uno mismo y alcanzando la capacidad de ser totalmente autónomo e independiente

[10] Carl Gustav Jung (1875-1961) médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis.

GLOBALIZACIÓN, SALUD Y CUIDADOS Mucho más allá de la enfermedad

                                                                             A todas aquellas personas que son víctimas de la pobreza, la violencia, la vulnerabilidad… que impactan en su salud.

 

                                                      “La política está sujeta a volar como las perdices, cortito y rápido. Y se está necesitando política de largo aliento en un mundo que se globaliza.»

José Mujica[1]

 

Últimamente, estamos asistiendo, en muchas ocasiones como meros espectadores, a escenarios de guerra, violación de derechos fundamentales, inequidad, vulnerabilidad, violencia, cuestionamiento de determinados derechos alcanzados relacionados con la migración, género, condición sexual… que dado su impacto y trascendencia en la salud de las personas que las padecen y en el deterioro social que generan, deberían ser motivo de reflexión por parte de la población en general y muy específicamente de las enfermeras como profesionales que somos del cuidado de la salud.

Pensar o plantear que dichas situaciones escapan a nuestra capacidad de acción es no tan solo una mala escusa sino una clara dejación de nuestra obligación como enfermeras en, cuanto menos, el posicionamiento a tener sobre las mismas, cuando no, en una acción mucho más clara y concreta.

En ningún caso estoy planteando que debamos convertirnos en activistas directas de contiendas bélicas, conflictos sociales o injusticias, que evidentemente escapan a nuestra capacidad.

Pero entiendo que entre la inacción absoluta y la implicación plena existe un amplio espacio de intervención que sin duda deberíamos contemplar con el fin de establecer estrategias que contribuyan a paliar los efectos devastadores que dichos problemas están provocando no tan solo en la población que directamente las padece sino en aquella que las contempla con cierta indiferencia dada la naturalización que las mismas llegan a provocar, lo que las convierte en un claro riesgo de salud pública y comunitaria que, entiendo, debería ser abordado de forma más determinante por parte de las enfermeras.

Como enfermeras comunitarias tenemos la obligación moral, pero también la responsabilidad competencial de actuar sobre cualquier causa, efecto o circunstancia que suponga un potencial riesgo en la salud física, mental, social o espiritual de las personas a las que tenemos obligación de prestar cuidados profesionales.

Nuestra posición no es exclusivamente la de ciudadanas/os. Nuestra condición de enfermeras en general y de enfermeras comunitarias en particular, nos otorga una responsabilidad sobreañadida a la de nuestra ciudadanía que no podemos obviar ya que hacerlo, supone una grave irresponsabilidad y una manifiesta falta de ética profesional.

Es evidente que nuestra capacidad de acción será distinta en base a los diferentes escenarios. Pero argumentar nuestra pasividad en base a la distancia geográfica en que se producen o en la magnitud de los acontecimientos que en los mismos se generan, es contribuir a ignorar, ocultar u olvidar, bien el impacto que provocan dichos acontecimientos o todas aquellas consecuencias que como derivación de estos hechos se generan en nuestra comunidad en forma de los mal llamados micro efectos, dado el gran impacto que los mismos provocan en las personas, las familias o la propia comunidad.

No entiendo cómo se pueden denominar micromachismos a las actitudes que por acción u omisión se adoptan con relación a cuestiones de género, lo que parece convertirlas en inocuas o incluso naturales. No comprendo cómo se asumen como permisibles o se justifican actitudes de abuso en ámbitos laborales o de convivencia. No concibo cómo se pueden naturalizar comportamientos de rechazo a la diversidad. No comparto que se utilicen determinados aspectos de la convivencia humana como armas políticas. No encuentro justificación a la tolerancia de la corrupción, en cualquiera de sus formas o por parte de cualquiera que la ejerza, dado el impacto negativo que en la prestación de servicios a la población que los necesita tiene. No soy capaz de justificar violencia alguna, contra personas o comunidades, por cuestiones políticas, religiosas o culturales, en base a la defensa de relaciones comerciales o de cualquier otro interés estratégico entre países, que provoque el odio a determinadas maneras de pensar, creer o actuar. No puedo asumir que todo lo que sucede sea consecuencia de la casualidad o de circunstancias accidentales y que en base a ello pensemos y digamos que no podemos hacer nada.

En definitiva, todo está interconectado y relacionado. Todo es parte de una acción global y globalizadora que trasciende a las fronteras geográficas, ideológicas, religiosas, étnicas… provocando respuestas igualmente globales en la salud de las personas, las familias y las comunidades a las que no somos ni podemos ser ajenas las enfermeras. Una globalización que, si bien facilita la interdependencia, también supone la presencia de amenazas muy importantes que contribuyen al deterioro de las condiciones de salud, tales como el cambio climático, los conflictos armados, la pobreza, la enfermedad, las inequidades…

Cuando hablamos de empoderamiento, educación para la salud, promoción de la salud, autocuidado… no podemos pretender que quede circunscrito a aquellos aspectos de la salud que nos resulten más cómodos o menos incómodos. La salud no es algo que podamos modelar a nuestros deseos, nuestra zona de confort o nuestro interés, sea este el que sea. Empoderar a la población supone adquirir un compromiso comunitario de acción participativa que va mucho más allá de trasladar información sanitaria que facilite un mejor uso de los recursos disponibles o un uso racional de los tratamientos o indicaciones terapéuticas, o un conocimiento sobre su problema de salud para su mejor manejo. Se trata de comprometerse en la construcción de un sistema global de salud desde un abordaje integral, integrado, integrador, transdisciplinar y transectorial a través de movimientos ciudadanos de participación activa y real que propicie una ciudadanía global que trascienda a las relaciones de poder y gobernanza y teniendo en cuenta causas estructurales, relaciones internacionales, determinantes sociales de salud o cambios institucionales en una dimensión trasnacional que contribuya a enfrentar la desigualdad social para logar justicia global y equidad.

Sin duda no se trata de un logro sencillo ni mucho menos que pueda lograrse a corto plazo. Pero, está claro, que, desde la inacción, la pasividad o la falsa creencia de que no está en nuestras manos cambiar nada, será imposible lograr un objetivo que siendo colectivo no deja de ser individual y necesariamente identificado y asumido por todas/os aquellas/os que en mayor o menor medida tenemos responsabilidad sobre la salud. Y en el caso de las enfermeras, no es discutible, que nuestro compromiso e implicación deben ser plenos.

La salud, identificada y utilizada en muchas ocasiones como una acción política, no se limita a la intervención de las/os políticas/os. Porque la salud, que debe estar presente en todas las políticas en contraposición a postulados anteriores de políticas de salud que contribuían a que la salud fuese un instrumento de la política y de sus actrices/actores en lugar de un fin de sus acciones, tiene que abordarse por parte de las enfermeras desde la competencia política que no desde la política de sus competencias. Resulta por tanto imprescindible que las enfermeras identifiquemos dicha competencia como ineludible a la hora de planificar e implementar nuestras intervenciones en y con la comunidad. Ello no significa, en ningún caso, que las enfermeras actuemos en política, aunque también, sino que contribuyamos a que la salud está presente en la política y en las políticas que se desarrollen. Por su parte desde las universidades, pero también desde las sociedades científicas, los colegios profesionales o cualquier otro órgano de representación científico, profesional o disciplinar se debe identificar e incorporar la competencia política para lograr que la salud global trascienda a los sistemas sanitarios y se sitúe en la comunidad desde la que y con la que identificar, abordar e intervenir en todos aquellos aspectos que tengan impacto en la salud de manera directa o indirecta.

La alfabetización en salud consiste en una necesaria educación global que contrarreste el actual paternalismo y protagonismo profesional que lastra y reduce la salud comunitaria de las personas, las familias y la comunidad.

Una vez más, por tanto, nuestra posición no puede ni debe ser de contemplación o de verlas venir, sino una acción directa y decidida que nos sitúe como referentes indiscutibles de la salud comunitaria y como actoras indispensables en la toma de decisiones en cualquier ámbito donde la salud pueda estar amenazada, cuestionada o vulnerada.

Es por tanto necesario que nuestro firme y decidido liderazgo se traduzca en exigir nuestra incorporación en cualquier órgano, estamento, nivel, departamento… en los que se tengan que desarrollar acciones que impacten en la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Tan solo desde esta necesaria perspectiva se logrará posicionar a los cuidados como elemento imprescindible de acción para la salud y no tan solo, como lamentablemente sucede, como una acción secundaria y de cuestionable repercusión en la salud global.

De todo ello se desprende que, por una parte, las enfermeras comunitarias tenemos la obligación de asumir nuestra responsabilidad profesional y social con la comunidad a la que atendemos y debemos prestar cuidados a través de un liderazgo claro, decidido y transformador. Y, por otra parte, las administraciones, instituciones, organismos responsables de la política y las políticas, tienen que identificar de una vez por todas la imprescindibilidad de situar en todos los ámbitos de toma de decisiones a enfermeras que aporten su visión cuidadora como elemento fundamental de las acciones de salud.

No hacerlo, tanto por parte de las enfermeras como por parte de las administraciones, supone una dejación imperdonable de sus responsabilidades que impacta de manera clara en la salud pública y comunitaria y contribuye a que la salud siga siendo tan solo un concepto que se utiliza o bien de manera ineficaz e ineficiente en los actuales y caducos, sistemas sanitarios centrados en la enfermedad y la asistencia, o bien como un elemento de negocio con el que lucrarse unos pocos a costa de la salud de muchos.

En definitiva, dichos planteamientos, contribuyen a que sigamos valorando efectos globales como las guerras, la pobreza, la vulnerabilidad, la inequidad… como hechos al margen de la salud, centrando las acciones políticas, profesionales o sociales exclusivamente en la enfermedad, sin darnos cuenta u obviando de manera consciente, lo que resulta más doloroso, que se contribuye a generar comunidades enfermas más allá de la enfermedad a la que dicen prestar asistencia, pero a la que lamentablemente no prestan atención.

Cuidar es demasiado importante como para que se siga manoseando, interpretando, utilizando, reduciendo… como lamentablemente se hace en la actualidad desde una perspectiva sanadora que impide que los cuidados adquieran el protagonismo que la salud requiere y reclama. No se trata tan solo de cuidar a quien cuida, sino de cuidar al cuidado. Porque sino corremos el riesgo de que se intente curar al cuidado. Y, entonces, sí que estamos perdidos.

La estrategia de cuidados se conforma, por tanto, como una necesidad que debe desarrollarse sin más dilaciones ni escusas por parte del ministerio de sanidad. Los cuidados, por su parte, deben ser una estrategia ineludible de las enfermeras en su desarrollo profesional desde un paradigma enfermero que los sitúe como eje indispensable de su acción y no como un elemento secundario como sucede cuando se actúa desde el paradigma médico en el que nos situamos con inusitada e incomprensible frecuencia y desde el que nunca seremos capaces de identificar las necesidades de una población que reclama una acción cuidadora global.

[1] Exguerrillero y político uruguayo. Fue el 40.º presidente de Uruguay entre 2010 hasta 2015. (1935).

COMUNA 13 Comunidad y Memoria. Sentimientos encontrados.

                                  A las mujeres que siguen caminando por la verdad y la memoria en la Comuna 13                                   y a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia por ofrecerme participar de una experiencia única.

 

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado»

Gabriel García Márquez[1]

 

Durante mi estancia en Colombia he tenido oportunidad de participar en actividades académicas, docentes y de investigación de gran interés y muy productivas.

Sin embrago, en esta ocasión, me llevo una experiencia que ha generado en mi un cúmulo de sentimientos y emociones muy diversas que me han hecho reflexionar tanto a nivel personal como profesional sobre nuestro comportamiento como personas y como enfermeras.

La realidad de Colombia es compleja y diversa, intensa e inquietante, dolorosa y sanadora, rica y pobre a la vez. Es una realidad tejida con recuerdos que muchas veces se quieren olvidar y otras se exige recordar. Una realidad que ha generado heridas no siempre curadas. Una realidad que sacude la memoria y adormece el perdón. Una realidad cargada de nostalgia y de necesidad de futuro. Una realidad obstinada y frágil. Una realidad latente y lacerante. Una realidad presente pero llena de ausencias. Una realidad tan lejana como próxima. Una realidad que endurece, pero genera debilidad. Una realidad tan permanente como perdurable. Una realidad que cuesta entender y comprender, pero que es necesario conocer.

Y esa realidad, tan habitualmente manoseada, distorsionada, manipulada, disfrazada, hace que sea vista por quienes no la hemos vivido en primera persona como una realidad artificial, artificiosa, novelesca, cinematográfica… que juega con los tópicos y estereotipos creados a su alrededor como fetiches con los que disfrutar de ella sin tener en cuenta lo triste, sangrante o lacerante, que puede ser para quienes la han padecido o la padecen aún, desde la perplejidad, la rabia y la incomprensión de tanto juicio de valor y tanta interpretación interesada.

Como decía, en mi visita a la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia me ofrecieron visitar un fenómeno social que se ha producido en una de las comunas más castigadas por esa realidad. La comuna 13.

El hecho de que la visita se iniciase en la Asociación de Mujeres Caminando por la Verdad, supuso un punto de partida que sin duda modificó la mirada posterior al fenómeno generado en dicha población.

La citada asociación lleva más de 20 años tratando de mantener la memoria de unos hechos que se inician con la irrupción violenta del ejército colombiano por mandato del entonces presidente de Colombia, el autoproclamado salvador de la patria, Álvaro Uribe, y de los paramilitares con el pretexto de expulsar a la guerrilla de la citada Comuna. Aunque el verdadero objetivo era ocupar dicho territorio por se estratégico por su acceso al mar. La incursión se lleva a cabo con la famosa y tristemente conocida operación Orión el 16 de mayo de 2002 con presencia de helicópteros de asalto, tanquetas y un gran número de efectivos del ejército y los paramilitares como si fueran un mismo cuerpo. Durante los tres días que dura la “invasión” además de las muertes provocadas en los enfrentamientos con la guerrilla, desaparecen más de 400 personas de las que, a día de hoy, aún no se sabe nada. A pesar de que existen indicios, testigos y testimonios de que se hallan enterrados en una escombrera anexa a la Comuna, pero que hasta la fecha no se ha podido comprobar por la negativa de las autoridades a autorizar la excavación de la citada escombrera en busca de los cuerpos de todas estas personas en su gran mayoría jóvenes sin otra culpa que ser residentes de la Comuna, lo que por sí solo, les convertía en sospechosos, cuando no en criminales.

El dolor de la pérdida unido al intento permanente de sepultar, junto a los cuerpos de estas personas, la memoria de lo acontecido, han sido una constante que ha permanecido en la vida de las/os habitantes de la Comuna en general y en la de los familiares de las/os desaparecidos en particular, junto a la constancia, el compromiso, la fortaleza, el recuerdo, la añoranza y la esperanza por encontrar a sus seres queridos para restablecer su recuerdo y mantener la memoria de unos hechos, con el principal objetivo de que nunca más se produzcan hechos similares.

En ese caminar por la verdad durante más de 20 años, los resultados han sido escasos, aunque las alianzas, los vínculos, las relaciones generadas entre estas personas, producto del dolor compartido, han propiciado apoyos invaluables, afrontamientos terapéuticos, resiliencia sanadora… que han permitido que se mantenga viva su esperanza por lograr su objetivo. Un objetivo tan humano como el reencuentro con sus familiares y tan incomprensible como persistentemente negado desde la mezquindad más absoluta por quienes aún hoy siguen actuando como actores de dichas desapariciones.

Asentada en esta cruda y desgarradora realidad, está la transformación que ha sufrido la comuna 13, convirtiéndola en un centro de atracción turística. Los grafitis de recuerdo a lo acontecido pintados en las fachadas de las precarias viviendas de la Comuna, fueron el inicio de una atracción curiosa por contemplar estas obras de arte callejero. Se fueron complementando con la habilitación de las viviendas en lugares de consumo de comidas y bebidas, de venta de recuerdos entre los que se mezcla la ficción con la realidad, la verdad con la mentira, el dolor con la diversión… logrando que el negocio se apodere del recuerdo, la memoria e incluso el dolor, para dejar paso a una atracción turística que desvirtúa una realidad como la descrita al principio. La descripción de los grafitis en inglés se convierte en un relato anecdótico sin nexo de unión con la cruda realidad y diluido en la fiesta que lo rodea todo.

Se impone la dinámica del negocio a la vivencia y la memoria. Cada nuevo local de ocio entierra una parte de la memoria que se ha intentado recuperar durante todo ese tiempo. Cada nuevo letrero de neón ciega la verdad de lo ocurrido. Cada nueva escultura disfraza la miseria aún presente. El dinero consumido hace, si cabe, más patente la pobreza existente. La contaminación acústica de la música y las voces de las/os turistas hace más ensordecedor el silencio de la historia pasada. Y todo esto con la escombrera que contiene los cuerpos de los desaparecidos como terrible testigo de toda esta cruel transformación mercantilista.

La perspectiva de negocio está provocando la compra de viviendas para convertirlas en nuevos locales de diversión, lo que provoca un desplazamiento y un desarraigo de quienes llevan desde siempre viviendo en la Comuna. Es decir, no es una transformación en la que las/os habitantes sean sujetos activos de la misma y por tanto se beneficien de ella con un cambio en sus actividades y en sus vidas. No, se trata de una colonización del espacio con todo lo que la misma supone.

A todo esto, contribuye la administración pública con la instalación de escaleras mecánicas que faciliten el acceso sin esfuerzo de las avalanchas de turistas, cuando hasta hace poco las/os habitantes de la Comuna tenían serias dificultades para acceder a los lugares de abastecimiento de alimentos o a servicios esenciales. Las líneas de autobuses ahora llegan donde antes nadie quería hacerlo. Todos, en mayor o en menor medida, contribuyen a esta surrealista realidad que se quiere vender como una oportunidad de cambio favorable para la Comuna. Comuna que no tiene otra que contemplar como lo que nunca se le concedió a ella, cuando no había negocio, ahora se ofrece con tanta facilidad como generosidad con tal de incrementar las ganancias.

Uno se asoma a una de las tantas terrazas de los establecimientos de restauración y contempla con perplejidad el mar de techos de uralita sujetos, tan solo por el peso de unos viejos ladrillos o de piedras, a la precaria estructura de lo que es una vivienda igualmente precaria, cuyos moradores además ahora, deben soportar los inconvenientes del ruido, el tráfico, y la presencia escandalosa de las/os turistas ajenos a cuanto sucedió allí y al sufrimiento que causó y permanece tan vivo como escondido por esta nueva y consentida realidad.

La mirada enfermera de cuanto contemplé me llevó a reflexionar sobre la condición humana y también sobre la condición enfermera. Cuanto veía y escuchaba generó en mí, sentimientos encontrados y confrontados que no me permitían disfrutar al mismo nivel del que se identificaba en el ambiente.

La condición humana por lo que supone que lo que antes era un espacio de violencia, terror, miedo, inseguridad… se convierta, en aras del mercantilismo más exacerbado en un foco de atracción y diversión sin importar lo más mínimo lo que ese cambio supone y representa para quienes antes eran considerados casi como delincuentes en potencia y ahora simplemente son ignorados.

La condición enfermera por lo que representa que una comunidad pierda su condición de comunidad para transformarse en un sumatorio de individuos que simplemente habitan en un contexto que pierde su identidad, sus tradiciones, su historia, su cultura e incluso su memoria, por tristes y dolorosas que fueran, en favor de un negocio del que, en la gran mayoría de las ocasiones, no son partícipes ni mucho menos beneficiarios.

Una comunidad que fue objeto permanente de olvido por parte de las instituciones públicas a la hora de ofrecer servicios que permitiesen llevar una vida digna a las/os habitantes de una comuna que se agarra como puede a las laderas de una montaña que circunda la opulencia de un ciudad a la que ven desde la distancia. Una comunidad que no ha sido identificada como un contexto vulnerado sino vulnerable, entendiendo que son vulnerables en función de su voluntad y no como consecuencia del olvido, la dejadez, la insidia y la desidia de quienes teniendo la obligación moral y ética de actuar no lo han hecho argumentando para ello razones tan falsas como torpes.

Las administraciones públicas tienen la obligación de velar por la seguridad, libertad, equidad, acceso a bienes esenciales, el respeto a los derechos humanos… de cualquier comunidad y no tan solo de aquellas que tienen los recursos y las facilidades para lograrlo, haciendo un uso racional de los recursos y una distribución equitativa de los mismos. Favoreciendo la prestación de cuidados, de asistencia sanitaria, de acceso a la educación, de saneamiento, de limpieza… aunque no sean objeto de atracción turística. Facilitando la accesibilidad y disminuyendo la pobreza, la desnutrición y la pérdida de autonomía de sus habitantes. Y estas obligaciones no se pueden limitar a enterrar la identidad comunitaria para construir sobre ella una nueva realidad al margen de la memoria, el recuerdo, el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte generada y enterrada de manera cobarde y mezquina.

Las enfermeras, por su parte, tienen igualmente la obligación de atender las necesidades de las personas, trabajando por generar entornos saludables allá donde sea necesario y confluyan determinantes sociales que impactan muy negativamente en la salud de las personas, donde el acceso a los recursos es difícil o improbable, donde los niveles de educación son bajos o inexistentes, donde la pobreza es alta o sistemática… porque esos son los contextos prioritarios de atención. Porque esas son las personas vulneradas que precisan de nuestros cuidados. Porque esos son los entornos susceptibles de discriminación. Porque esas son las familias con necesidad de intervención. Porque esa es nuestra responsabilidad y nuestro ámbito de actuación prioritaria. Porque esas son las comunidades que más precisan de ser empoderadas para lograr la autodeterminación, la autogestión y la autonomía que les permita y faculte para su autocuidado.

No podemos ni debemos escudarnos en limitaciones organizacionales, ni en dependencias funcionales, ni en criterios administrativos… que en lo único en que se convierten es en escusas para tranquilizar nuestras conciencias en el mejor de los casos o de distracción para desviar la mirada hacia otro lado con tal de evitar ver la realidad existente.

El liderazgo transformador enfermero va más allá de la normatividad, las intervenciones en comunidades reguladas y regladas, las estrategias con disponibilidad de recursos, las acciones de resultados esperados o el control calculado. El liderazgo transformador enfermero representa asumir responsabilidad, ser creativo, innovador, proactivo, asertivo, arriesgado, optimista y luchador por una sociedad mejor. Para ello debemos trascender a las apariencias, las sospechas, los temores… basados en estereotipos sociales que generan discriminación y limitan nuestra intervención.

Transformar supone hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente todas sus características esenciales, como lamentablemente se está haciendo con la Comuna 13, con todo lo que ello supone para sus gentes y para su comunidad y su sentimiento como tal. Y con lo que ello significa de modelo a replicar en otras comunidades en un intento por salir de la situación que nadie quiere identificar y sobre la que nadie tiene interés en intervenir.

No actuar representa un riesgo para las comunidades y una pérdida de control sobre sus vidas, su convivencia y su salud.

Nadie es ajeno pues a lo que suceda. Actuar como mero turista supone contribuir a perpetuar unas heridas abiertas que antes o después desencadenarán nuevamente violencia como efecto de una memoria ocultada y amordazada.

 

[1]Escritor y periodista colombiano. Reconocido por sus novelas y cuentos (1927-2014).

COMPETENCIAS DE LAS ENFERMERAS COMUNITARIAS Con pasión y con compasión

                          A las/os estudiantes, docentes, líderes y gestoras de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Por ser un ejemplo de superación y de fortalecimiento de la Enfermería Colombiana.

                        Abrazar el sufrimiento culmina en una mayor empatía, la capacidad de sentir lo que es para                                   el otro sufrir, que es la base de la compasión y el amor no sentimentales«

Stephen Batchelor[1]

 

Siempre que hablamos de competencias de las enfermeras comunitarias hacemos énfasis en la salud. Hablamos de salutogénesis en contraposición a la patogénesis. Incidimos en la importancia de la promoción de la salud. Abogamos por la indicación social antes que por la prescripción farmacológica. Creemos en el consenso y la participación activa de las personas y no en la orden o el mandato terapéutico. Preferimos escuchar y actuar a actuar y que nos escuchen solamente. Acompañar a tan solo sustituir. Educar a imponer. Respetar, aunque no compartamos, a amenazar o asustar. Situar a la persona y su identidad por delante de la enfermedad. Identificar las necesidades en lugar de percibirlas. Observar en vez de interpretar. Valorar y movilizar sus recursos antes de imponer los nuestros. Empatizar y no tan solo simpatizar. Ayudar a las personas a lograr la autoestima y autonomía, que les faculte en el autocuidado, en vez de hacerles pasivos, obedientes y sumisos. Pasar el protagonismo a las personas abandonando el nuestro. Ayudarles a comprender, querer, lograr y mantener la salud y no a perseguirles con la salud. Equilibrar en vez de prohibir. Informar y no alarmar. Afrontar en lugar de rechazar. Aprender de la narrativa de las personas en lugar de usar únicamente nuestra narrativa técnico-profesional. Humanizar la ciencia para que aporte cuidados dignos además de evidencias. Abogar por la equidad, libertad, igualdad… y no tan solo por la legalidad vigente. Ayudar a elegir y no escudarnos en una conciencia individual y egoísta…

Pero estas competencias necesarias para prestar una atención de cuidados se interpretan muchas veces como menos importantes, especializadas, necesarias, científicas… por alejarse de la tecnología, el positivismo, la causalidad, la medicalización… que caracterizan a la asistencia creada, modelada, guiada, reglada… por quienes, actuando como exclusivos protagonistas del sistema en que se da, invalida las capacidades de sus receptores y la de cualquier otra posible opción de intervención profesional.

Es como si desde el planteamiento humanista y humanizado del cuidado profesional enfermero no se pudiese contribuir a curar. Como si el hecho, la acción, la competencia o la capacidad del cuidado anulasen, impidiesen o contraviniesen las de curar. Como si cuidar y curar fuesen antagonistas. Como si cuidar no fuese una manera de curar o si curando no se pudiese cuidar. Dicotomía del cuidar – curar que se asimila a la de salud – enfermedad, anulando con ello a una de las partes.

Se establece una confrontación en la que se trata de competir sobre qué es más importante, si cuidar o curar. Quién puede tener más prestigio, si quien cuida o quien cura. Cuál es más imprescindible, más influyente, más reconocido y reconocible. Y en ese torpe juego de vanidades se deshumaniza el curar y el cuidar. Porque se está más pendiente de lo que pueden perder unas/os u otras/os desde sus respectivas competencias que de lo que pueden y deben aportar o de lo que pueden perder las personas.

Se ha impuesto y con ello naturalizado que curar es una acción superior y de prestigio que tiene un único dueño profesional y científico. Que cuidar, sin embargo, es algo consustancial al ser humano y como tal universal y en consecuencia ausente de ciencia o al menos una ciencia menor que se incorpora a las ciencias de la salud, a las que, quienes se consideran dueños exclusivos de la curación no quieren o se resisten a pertenecer por miedo a perder visibilidad, protagonismo y autoridad[2].

Desde esta falsa y manipulada creencia, cuidar se identifica como algo secundario en el proceso de salud enfermedad y muerte. Muerte que, curiosamente, tienden a rechazar o esquivar quienes tan solo tienen como objetivo curar al identificarla como un fracaso a su intervención.

Así pues, ser y actuar como enfermera comunitaria en un contexto tan profesionalmente manipulado resulta no tan solo difícil sino en muchas ocasiones desalentador.

Es necesario destacar y aclarar que las enfermeras comunitarias, desde esa máxima de mantener sanos a los sanos, no renuncian en ningún caso a su necesaria e importante intervención cuidadora de quienes tienen problemas de salud además de enfermedades. Y, precisamente, aquí radica la diferencia. En que, como enfermeras comunitarias, no tan solo nos centramos en las enfermedades, sino que lo hacemos sobre todos aquellos aspectos, determinantes, causas, que impactan en la salud de las personas, las familias y la comunidad. Sobre todas las necesidades que requieren de respuestas humanas y humanizadas que permitan construir afrontamientos eficaces desde los recursos personales, familiares, sociales y comunitarios de los que disponen. Sobre los miedos, los temores, las incertidumbres, que provocan las enfermedades, pero también sobre los que provocan las desigualdades, la vulnerabilidad, la violencia, la discapacidad, la diversidad, las diferencias… que actúan como detonantes de desequilibrios físicos, mentales, sociales y espirituales que requieren de respuestas integrales, integradas e integradoras que impidan fragmentar a las personas en función del órgano, aparato o sistema que tengan afectado.

Porque al cuidar en la comunidad se asume un cuidado continúo y continuado a lo largo de todo el ciclo vital, desde antes del nacimiento hasta después de la muerte, que requiere y exige un conocimiento especializado y un compromiso e implicación con la salud desde una perspectiva de integralidad.

Pero interpretar esa integralidad como generalidad y desde la misma exenta de conocimiento especializado es en sí mismo una torpeza o una clara mezquindad. De igual manera que interpretar el cuidado como algo menor o secundario al curar.

Cuidar en y con la comunidad supone adquirir competencias que hagan del cuidado una respuesta de salud, saludable y sanadora, que se complemente con las competencias profesionales de otras disciplinas y con las competencias individuales y colectivas de las personas y las familias. Requiere de conocimientos científicos, pero también del conocimiento del contexto en el que se actúa Cuidar en y con la comunidad no es un acto puntual, es una actitud permanente de atención y no tan solo de asistencia, hacia quien es cuidada/o respetando su autonomía para evitar su dependencia. Cuidar en y con la comunidad es renunciar a nuestros posicionamientos para tratar de comprender, que no asumir, los de quienes cuidamos. Cuidar en y con la comunidad significa defender la dignidad humana. Cuidar en y con la comunidad exige una empatía que nos sitúe en el lugar de las personas y sus circunstancias. Cuidar en y con la comunidad requiere respuestas firmes y decididas que implican, muchas veces, confrontaciones con el poder establecido, en cualquiera de los ámbitos o maneras en que se ejerce. Cuidar en y con la comunidad demanda una actualización permanente de conocimientos científicos, pero también de información que no nos aísle en nuestro nicho ecológico profesional. Cuidar en y con la comunidad supone identificar y comprender las necesidades más allá de las palabras. Cuidar en y con la comunidad supone salir de nuestras zonas de confort para ir allá donde las personas viven, conviven, trabajas, estudian, se divierten… Cuidar en y con la comunidad es tejer redes de colaboración, apoyo, resistencia y resiliencia desde las que empoderar a las personas para que sean dueñas y responsables de su salud.

Y este cuidado en y con la comunidad, se lleva a cabo con personas sanas y enfermas.

La cronicidad, la salud mental, el cáncer, la discapacidad… precisan de cuidados que vayan más allá de la resignación al dolor, el sufrimiento o la muerte. Se puede y deben ser atendidos desde planeamientos de promoción de la salud, de integración, de experiencia, de autoestima… que permitan a las personas sentirse útiles en una sociedad tan influenciada por una obsolescencia ligada al posicionamiento dicotómico establecido entre un patrón muy determinado de belleza y la edad que nos lleva a una nueva forma de discriminación social como son el edadismo y el utilitarismo. Es por eso que debemos cuidar desde la compasión que no compadecer.

Cuidar desde la compasión entendida esta como “la cualidad humana de entender o ser consciente del sufrimiento de los demás, acompañado del deseo de actuar para remediarlo mediante intervenciones culturalmente apropiadas y aceptables[3]que se aleje del significado secuestrado por la religión como sinónimo de caridad, misericordia o beneficencia que en ningún caso pueden ni deben ser virtudes de una atención de calidad y calidez en un sistema público de salud. Siendo fundamental para llegar a generar una sociedad compasiva en idénticos términos a los expuestos.

Esta atención cuidadora desde la compasión se concreta según diferentes estudios[4] entre otras a la atención integral continuada. A la presencia, referida a dedicar tiempo de calidad a las personas. Al acompañamiento emocional estableciendo una conexión con las personas en términos de igualdad y haciendo uso de la empatía. Identificando las necesidades de las personas y resolviéndolas mediante cuidados óptimos.

Por todo ello son necesarias las referidas competencias de las enfermeras comunitarias, porque limitarse a las responsabilidades técnicas no satisface las acciones compasivas. “Ir más allá” significa abordar, desde la humanización que no del sentimentalismo, los ámbitos emocional, psicológico, cognitivo y espiritual para lograr la satisfacción de las necesidades holísticas, que de manera tan insistente como torpe se resisten a entender e incorporar quienes todavía se sienten dueños y decisores exclusivos de la sanidad, que no de la salud, a pesar de que actúan a espaldas o en contra de la misma en base a muchas decisiones que deshumanizan la atención. Como se demuestra cuando se habla de la necesidad de rehumanizar la atención en clara alusión a la pérdida de la misma.

Desde la atención comunitaria, por otra parte, hay que tener en cuenta que la influencia cultural alimenta y determina el concepto de compasión, así como la manera en la que las enfermeras comunitarias la ponen en práctica. Es importante destacar pues, que la diferencia cultural es la causa de la discordancia en la percepción del concepto entre países y contextos. Dentro de la cultura, la religión tiene una gran influencia, así como la tiene también el nivel económico y educativo, los valores y cultura propios, la edad o el género. Todo lo cual exige una preparación muy especializada y una actitud muy comprometida con el cuidado profesional que prestan las enfermeras comunitarias.

Pero resulta también imprescindible tener en cuenta la influencia del contexto sociopolítico, las situaciones de guerra, crisis económicas o catástrofes naturales, que en ningún caso pueden ser eludidos en el proceso cuidador de las enfermeras comunitarias, como si fuesen sucesos, acontecimientos o hechos ajenos a nuestra atención cuidadora. Hacerlo supone ignorar el sufrimiento que provocan y con ello su trascendente y negativo impacto en la salud.

Seguir creyendo que curar se circunscribe a la asistencia médica, tecnológica o farmacológica es un planeamiento reduccionista que limita o anula la identificación del cuidado profesional como una aportación tan valiosa como imprescindible Además de que el mismo favorece una acción saludable centrada en las personas. Integradora e integral. Contribuyendo a la construcción de entornos más saludables, autónomos, solidarios y felices, en los que poder vivir y convivir.

Por lo tanto la salud y el cuidado tienen cabida en la enfermedad. Y no tan solo como un fin, sino como el medio para responder a las necesidades que se generan y que requieren de cuidados prestados con pasión, no de padecimiento sino de preferencia o devoción y con compasión.

Por eso mismo las enfermeras comunitarias seguiremos trabajando con pasión para defender nuestra aportación fundamental a la deseada compasión que permita ofrecer la mejor atención a las personas, las familias y la comunidad. Pasión que venza una pasividad que supone el peor enemigo ante lo que suponen claros intentos por mantenernos al margen de esta defensa y en beneficio de un sistema claramente alejado de la compasión y más cercano a la beneficencia.

[1]Profesor y escritor budista, que se ha convertido en un referente del movimiento de Budismo Secular.(1953).

[2] Tan dolo hay que ver cómo en muchas Universidades las Facultades de Medicina están separadas de las Facultades de Ciencias de la Salud por decisión propia e incomprensible consentimiento y permisividad de los equipos de gobierno universitario. Significando en sí mismo una incongruencia científica. A nadie se le ocurriría una Facultad de Abogacía al margen de la Facultad de Derecho, por ejemplo.

[3]Papadopoulos I, Ali S. Measuring compassion in nurses and other healthcare professionals: An integrative review. Nurse Educ Pract. enero de 2016;16(1):133-9. Disponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1471595315001298?via%3Dihub [acceso: 05/03/2024]

[4]Papadopoulos I, Taylor G, Ali S, Aagard M, Akman O, Alpers L-M, et al. Exploring Nurses’ Meaning and Experiences of Compassion: An International Online Survey Involving 15 Countries. J Transcult Nurs. mayo de 2017;28(3):286-95. Disponible en: http://journals.sagepub.com/doi/10.1177/1043659615624740[acceso:05/03/2024]

 

AUSENCIA DE REFERENTES Razones y sin razón de una falsa igualdad.

                                                                       Gracias a todas aquellas enfermeras referentes que no han sido ni identificadas ni reconocidas, pero que han actuado como tales.

                                 Al final, no son los años en nuestra vida lo que cuenta, sino la vida en nuestros años»

                               Abraham Lincoln[1]

 

He reflexionado muchas veces sobre la falta de identificación de referentes enfermeros y sus consecuencias en la identidad profesional. No es novedad y no voy a volver a insistir sobre algo que todas/os conocemos, aunque lamentablemente mantenemos prácticamente inalterable.

Sin embargo, dicha carestía identitaria, aunque identificada y reconocida, raramente es analizada en busca de sus causas. Porque sin conocer cuáles son las posibles razones de la incapacidad de reconocimiento, difícilmente seremos capaces de revertirlas y mucho menos de evitar las consecuencias tan negativas que dicha ceguera profesional provoca en nuestro colectivo.

Posible o seguramente, las razones que ahora voy a plantear, no serán las únicas e incluso algunas/os consideren que ni tan siquiera debieran ser consideradas como tales. Puede, incluso, que haya quienes piensen que no es cuestión de buscar causas, al considerar que se trata de una característica propia de nuestra profesión que no es posible cambiar y que no representa un problema.

En cualquier caso me voy a aventurar a compartir mis planteamientos al respecto por varias razones. En primer lugar porque me resisto a pensar que las cosas son lo que son porque siempre han sido así y no se pueden ni deben modificar. Algo tan irracional y poco científico que, en sí mismo, ya es una poderosa razón para tratar de identificarlas. No hacerlo es un primer paso para la renuncia científica de nuestra profesión o para la ausencia de pensamiento crítico.

En segundo lugar, porque estoy plenamente convencido de que ser enfermera, aunque sea algo más que una profesión y pase a convertirse en una forma de vivir, no puede ser nunca una manera de anular su identidad y la de sus referentes, porque ello supondría una manera negativa de vivir que impediría una proyección positiva en los cuidados que prestamos.

Y en tercer lugar y no por ello en último, porque posiblemente haya más argumentos que en estos momentos no logro tipificar y que requieren de mayor reflexión.

Por otra parte, desde la identificación propia que hago de referentes en mi vida enfermera, me niego a aceptar que estos puedan ser una rareza, excepción, distorsión, anomalía… de la realidad enfermera y de distancia con otras disciplinas, profesiones o ciencias.

Así pues me voy a permitir empezar por una razón que considero muy poderosa, pero que ha venido determinada por la acción que sobre nuestra evolución han tenido las decisiones tomadas por personajes ajenos a nuestra profesión.

Aunque pueda parecer reiterativa su mención, no deja de ser una realidad que debe ser recordada, aunque tan solo sea para evitar que nunca más se vuelva a repetir. La decisión injusta, irracional, reaccionaria, autócrata, represora… tomada tras la finalización de la guerra civil y la instauración de la dictadura franquista, de paralizar el desarrollo profesional de las enfermeras iniciado durante la segunda república, supuso a mi modo de ver, entre otras consecuencias, cercenar cualquier posibilidad de referencia enfermera derivada de su trabajo específico, excelente y autónomo. Limitar la capacidad de referencia a las “virtudes” de obediencia, lealtad, docilidad, sumisión, que entre otras, se asociaron a una impuesta vocación divina de servicio, no son la mejor manera desde la que hacer aportaciones profesionales destacadas que pudiesen ser identificadas como ejemplo a seguir, ni como identidad de quienes las realizaban, a no ser las ya descritas que siempre se relacionaron a los comportamientos considerados adecuados para las mujeres por imperativo social y militar. Por lo tanto, esta es una realidad que no puede ser esgrimida nunca como algo consustancial con la enfermería y mucho menos con las mujeres. Se trató de una acción premeditada de invisibilización y sometimiento que actuó de manera intensa e intensiva tanto sobre la imagen que se proyectaba a la sociedad como sobre la que se identificaba de ellas mismas por parte de las propias enfermeras.

En idéntico periodo convivían con las enfermeras los practicantes que eran reconocidos como ayudantes de medicina y cirugía y que en la mayoría de los casos eran o médicos frustrados o que no habían tenido las posibilidades de estudiar medicina, pero que en ningún caso eran referencia de una enfermería que no practicaban a pesar de su denominación de practicantes.

Por ambas razones las sombras proyectadas por unas y otros nunca permitieron proyectar la luz que podrían haber iluminado acciones específicas de referencia enfermera.

Tras algunos años de posguerra se determinó, por quienes siempre quisieron hacer un uso y abuso de las enfermeras, que era momento de aunar las profesiones de enfermeras, matronas y practicantes en una sola que determinaron con absoluta premeditación e intención que se denominase Ayudante Técnico Sanitario (ATS). Ni la acción de supuesta y benéfica unidad, ni la denominación que anulaba la identidad enfermera, ni los contenidos de los estudios para poder acatar actividades y tareas exclusivamente delegadas, fueron casuales, ni obedecieron a una sana intención. Todo fue una maliciosa estrategia de negacionismo profesional que, además, se pensó sería más eficaz reagrupando a todas/os en un único y perverso proyecto de subsidiariedad hacia la poderosa medicina y quienes desde la misma urdieron el plan. No dejaron nada al albor de la casualidad o de la capacidad de reacción de quienes fueron conducidas/os a dicha aniquilación profesional. Así pues, desde esa trampa profesional, pero ausente de profesionalidad, resultaba muy difícil, por no decir imposible, identificar referencias propias que permitiesen asimilarlas a liderazgos profesionales. Fundamentalmente porque nos habían dejado sin profesión, nos habían inmovilizado con los grilletes de ATS y nos vigilaban y controlaban para que cumpliésemos con el cometido que habían dispuesto e impuesto.

El tiempo de la condena en los “campos de concentración sanitarista” no permitió ningún avance significativo y tan solo desde la resistencia y coincidiendo con la agonía del dictador y su tiránica acción se logró, por parte de un destacado y convencido grupo de enfermeras, eliminar los grilletes de ATS e iniciar una nueva etapa de desarrollo profesional propio bajo un nuevo acrónimo como el de Diplomado Universitario de Enfermería (DUE). Si bien es cierto que fue un punto de inflexión fundamental, no es menos cierto que continuábamos ligadas a unas siglas que nos diferenciaban claramente, diplomadas que no licenciadas, aunque nos identificaban como universitarias y ligadas a la Enfermería. Unas siglas las de DUE, que nos enfrentaban a las/os ATS y seguían ocultando nuestra verdadera identidad como enfermeras. Habíamos pasado de ATS a DUE. Desde esta nueva realidad, aunque indudablemente positiva, tampoco resultaba fácil identificar referentes y además resultaba complejo desprenderse de la influencia de las/os ATS y de sus “guardianes” para un desarrollo que nos permitiese proyectar la luz propia de la Enfermería.

Seguíamos pues ausentes de referentes. Bueno no, ausentes no, porque haberlos, como las meigas, los había, pero o nos daba miedo reconocerlos o nos negábamos a ello por miedo, envidia, ignorancia o desidia, que de todo había como en la viña del Señor.

El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), junto a las acciones de algunas sociedades científicas y la aparición de las primeras revistas científicas de Enfermería, contribuyeron a que la Enfermería y las enfermeras empezasen a ser visibles y audibles, aunque fuese en baja resolución de imagen y a un nivel muy bajo de voz, pero cuanto menos lo éramos como enfermeras. Esta nueva situación nos situaba en idéntica posición académica en la Universidad a la del resto de ciencias y disciplinas, pero no así en el ámbito profesional de las organizaciones sanitarias, dado que seguían existiendo clarísimas diferencias de actitud y reconocibles coincidencias de resistencia al desarrollo profesional. Tanto internas o propias de las enfermeras, como externas o ajenas por parte de los médicos. Todo ello seguía propiciando una espesa niebla profesional que impedía reconocer a las referentes enfermeras y que su luz se proyectase con claridad, en su intento fallido por superar la bruma que las ocultaba.

Si bien es cierto que el paso del tiempo fue reduciendo significativamente las diferencias con ATS y DUE, lo que permitió recuperar y asumir, nuestra identidad propia como enfermeras, no es menos cierto que las instituciones no contribuyeron a que, este deambular entre tinieblas, resultase fácil a la hora de reconocer dicha identidad y con ella interiorizarla con la naturalidad que correspondía y hubiese permitido un recorrido menos penoso y complicado a la vez que deseado y necesario. Pero nuevamente nada era casual.

La última de las razones que voy a plantear no deja de ser una consecuencia de las anteriores, aunque considero que esta tiene una implicación directa de las enfermeras que escapa, sino totalmente casi, a la influencia ejercida por terceros como sucedía con las razones previas.

Lo que considero reminiscencia de lo vivido, es la influencia que se ejerció en nuestro imaginario profesional y que condujo a que las enfermeras nos identificásemos como profesionales aptas para cualquier actividad, función o competencia, es decir, servíamos igual para un roto que para un descosido. Esta uniformidad artificialmente impuesta supuso un claro obstáculo a la identificación de referencias destacables por parte de las enfermeras, al asumir como natural lo que era una forma clara de limitar nuestra diferencia. Utilizarnos como comodín era muy eficiente para el sistema, pero al mismo tiempo actuaba como barrera para nuestra proyección profesional.

Con relación a dicha uniformidad es preciso destacar también la falsa creencia, incorporada como parte de nuestra forma de ser y comportarnos, de que todas somos iguales. Y todas ni somos iguales ni nos comportamos igual. La igualdad no es incompatible con la diferencia, es más, la diferencia contribuye a la verdadera igualdad y no su ausencia que la enmascara y distorsiona.

La experiencia es fundamental en el desarrollo profesional de cualquier disciplina tal como refleja de manera precisa la Dra. Patricia Benner en su obra “De enfermera novicia a enfermera experta”[2], que a pesar de los años transcurridos sigue estando vigente y de actualidad. Pero para lograr experiencia, no tan solo se requiere el transcurso del tiempo. Esto no es experiencia es antigüedad y es importante distinguir la diferencia si queremos lograr resultados de excelencia. Resulta imprescindible el compromiso e implicación de las nuevas enfermeras en su formación y desarrollo, pero también el respeto hacia quienes ya han alcanzado una experticia por la que necesariamente deben ser identificadas como referentes con las que aprender a avanzar y a adquirir dicha experiencia. Se trata pues de un camino compartido de respeto mutuo y de reconocimiento diferenciado que cimente el necesario desarrollo profesional que contribuirá a mejorar la atención prestada por unas y otras. Por su parte las enfermeras expertas no deben actuar desde la indolencia y la insolencia con las nuevas generaciones de enfermeras. Asumiendo su deber, como enfermeras expertas, de formadoras, tutoras, facilitadoras, articuladoras, del desarrollo profesional de las nuevas enfermeras para que puedan ser identificadas por estas como referentes. Ser compañeras no debe suponer en ningún caso que se pierdan las imprescindibles y necesarias referencias de relación profesional que van mucho más allá de una cuestión de galones o de antigüedad. Existe la obligación de actuar científicamente abandonando la tentación de la pasividad que conduce a mantener como válido aquello que se repite por inercia y rutina asimilándolo a una falsa evidencia. Pero esto, lamentablemente, ni lo tenemos identificado, ni asimilado, ni superado, ni a sumido. Cualquier enfermera recién graduada pasa a tener exactamente la misma consideración que aquella que lleva 30 años de ejercicio y de formación. Es más, sigue siendo igual de válida para incorporarse a cualquier servicio por complejo que este sea en base a su consideración como enfermera. Consideración realizada tanto por parte de la institución que las contrata, como por parte de las enfermeras que lo aceptan como natural. Se sienten en igualdad de condiciones por el hecho de ser enfermeras, aunque realmente debiéramos decir que lo es por el hecho de tener el título que les habilita como enfermeras. Porque SER enfermeras es algo mucho más complicado que tener un título por el que te contraten. Y esta falsa igualdad se traduce inmediatamente en una dificultad para lograr identificar y respetar a las referentes enfermeras y aún mucho más para proyectarlas y hacerlas visibles como líderes.

No se trata, al menos no es esa mi intención, establecer la jerarquía castrense que tienen impuesta los médicos, fundamentalmente en el ámbito hospitalario. Pero sí de diferenciar, en base a capacidad, méritos y actitud, la acción profesional y en base a ello poder identificar y respetar a quienes deben de ser nuestras referentes profesionales.

La sólida preparación de las enfermeras jóvenes, o noveles como las identifica Benner, no debe impedir, sino justamente todo lo contrario, seguir aprendiendo de la experiencia de sus compañeras desde la humildad, generosidad, el respeto y la admiración, que no la sumisión, tratando de identificar e incorporar referentes a su desarrollo profesional. Solamente desde esa actitud serán capaces de desarrollar un trabajo que se traduzca en excelentes aportaciones como enfermeras y en la consecuente adquisición de una experiencia tan necesaria como habitualmente poco reconocida.

Así pues, los determinantes históricos y la evolución y actitud de nuestra propia profesión nos han conducido a asumir como naturales la ceguera y sordera identitarias que nos impiden conocer y reconocer a nuestras/os referentes. Debemos empezar a abrir los ojos y destapar los oídos si queremos realmente avanzar como ciencia, profesión y disciplina, y no seguir tropezando permanentemente en la misma piedra y permaneciendo al margen de lo que es necesario oír.

Conocidas o reconocidas las razones, no podemos ni debemos caer en la sin razón de mantener la ausencia de identificación y reconocimiento de referentes. Finalmente no es tanto lo que nos ocurre, sino cómo reaccionamos a lo que nos importa o nos debiera importar.

[1] Político y abogado estadounidense que ejerció como decimosexto presidente de los Estados Unidos de América desde el 4 de marzo de 1861 hasta su asesinato en 1865 (1809 – 1865).

[2] Benner P. From novice to expert: Excellence and power in clinical nursing practice. Menlo-Park, CA: Addison-Wesley; 1984.

SIN ROL Y SIN METAS Pérdidas sin duelo

                                                                         A quienes construyeron espacios donde albergar el conocimiento del cuidado y ahora son desahuciados.

 

«Cuando no se teme a la muerte, se la hace penetrar en las filas enemigas»

Napoleón[1]

 

Dicen que una estudiante le preguntó una vez a la antropóloga y poetisa Margaret Mead (1901 – 1978), cuál consideraba ella que era la primera señal de civilización en una cultura.

La estudiante esperaba que la antropóloga le hablara de anzuelos, cuencos de arcilla o piedras para afilar, pero su respuesta fue “El cuidado recibido a una niña con un fémur fracturado”.

Al ver la cara de sorpresa de la alumna ante su respuesta, Mead le explicó que, en la naturaleza salvaje, cuando un animal sufre un accidente y se enferma, al romperse una pata, por ejemplo, muere sin remedio al no poder sobrevivir por sí solo ya que, en tales circunstancias, no puede huir del peligro ni ir al río a beber agua ni cazar para alimentarse. De esta manera, se convierte en una presa fácil para sus depredadores.

Ningún animal sobrevive con una pata rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.

Por eso, los restos arqueológicos hallados de un fémur roto procedente de un homínido con signos de haberse recuperado por el cuidado prestado por otro homínido es el primer signo claro de civilización.

Es la prueba de que alguien se tomó el tiempo para cuidar a otro ser herido y se quedó con él hasta que estuvo curado

“Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización”, explicó Mead.

La colaboración y el cuidado mutuo están en el ADN de la civilización.

Con este ejemplo, queda claro que antes de que nadie tuviese ni los conocimientos ni la capacidad para curar a otra persona de sus dolencias, el cuidado ya era una actividad que tenía efectos muy positivos en las personas que los recibían, hasta el punto que les permitía curarse o restablecerse gracias a dichos cuidados y no a otro tipo de acciones.

A lo largo de los siglos, el cuidado ha estado presente en todas las épocas y etapas de la humanidad, sin excepción. La curación, se incorporó con posterioridad contribuyendo sin duda a la mejora de vida de las personas gracias a las intervenciones realizadas para su logro. Pero nunca, la curación, ha sido posible sin la acción cuidadora. Han sido siempre acciones complementarias y necesarias.

Otra cosa es que los cuidados, por razones de atención y de intención que escapan al planteamiento de mi reflexión, no se sustentasen en el conocimiento científico al mismo tiempo que lo hizo la curación. Esta es la razón, entre otras muchas, de que los cuidados hayan estado durante mucho más tiempo del deseado fagocitados y supeditados a la supremacía de la curación y, sobre todo, de quienes asumieron como propia la propiedad exclusiva y excluyente de la misma.

La Enfermería, asumió la identidad de los cuidados y desde la misma fue capaza de construir una ciencia propia en la que adquiriesen la consistencia científica y el valor humano que lograron alcanzar más allá del cuidado que, como patrimonio de la humanidad, sigue siendo parte indiscutible de nuestra relación y convivencia individual, familiar y comunitaria.

Precisamente ese compartir los cuidados, como valor universal, tanto con otros profesionales como con la población en general permite lograr un compromiso colectivo, una corresponsabilidad y una participación activa que resultan fundamentales como respuestas de salud, sin que suponga una renuncia competencial, un intrusismo encubierto o una invasión disciplinar, tal como otras/os profesionales lo identifican con la acción curativa que, además, se encargaron de usurpar de la tradición popular de las comunidades para erigirse como exclusivos protagonistas de la misma, aniquilando cualquier forma de participación en la toma de decisiones sobre sus procesos de salud-enfermedad. En su narcisismo y egocentrismo profesional entendieron que los cuidados no formaban parte de su propiedad y dejaron y propiciaron que siguiesen siendo identificados como una actividad doméstica propia de las mujeres.

Sin embargo, las enfermeras logramos asumir el cuidado profesional como referente de nuestro quehacer y de nuestro valor intangible más allá de los tópicos y estereotipos con los que se nos ha etiquetado como forma de desvalorización de nuestra acción cuidadora diferenciada del cuidado que como personas nos es inherente.

Muchas han sido las enfermeras que han contribuido a que la Enfermería sea una Disciplina Científica que alimenta a los cuidados profesionales de conocimiento y de evidencias que demuestran su aportación singular tanto a la curación como a la promoción, protección y mantenimiento de la salud, como derecho fundamental que permite situar nuestros cuidados al nivel de la dignidad humana.

Así pues, la evolución de la ciencia enfermera y de su acción cuidadora es incuestionable y la incorporación de los estudios de Enfermería en la Universidad fue un punto de inflexión fundamental. A este gran hito, le siguieron otros no menos importantes como la aparición de las primeras Sociedades Científicas Enfermeras como La Asociación de Enfermería Docente (AED), la Asociación Española de Enfermería de Salud Mental (AEESME), la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), o de Revistas Científicas de Enfermería, como ROL de Enfermería en 1977, de Enfermería Clínica en 1991, de Cultura de los Cuidados en 1997, de METAS Enfermería en 1998, de Enfermería Global en 2002, entre otras. Un camino complicado pero lleno de proyectos, ilusiones, metas, compromisos… que se fueron plasmando en todos estos logros y en muchos otros que permitieron visibilizar a las enfermeras y sus cuidados.

Pero la sociedad en la que evoluciona la Enfermería es dinámica, cambiante, diversa… y está muy influida y se deja influenciar por determinados factores que impactan de manera muy significativa, al tiempo que desigual, no tanto en su desarrollo, como en la capacidad de reacción, acción, resiliencia, posición, conciencia, confianza, estímulo, autoestima de las enfermeras… para afrontar los cambios y poder adaptarse a ellos sin perder la esencia de ser y sentirse enfermeras. Como si lo alcanzado ya no admitiese mayor recorrido y ahora tocase vivir de las rentas de lo logrado Como si el movimiento generado para lograr una velocidad que nunca antes se había alcanzado y que permitió llegar a lugares que siempre parecieron inalcanzables, provocase una inercia suficiente para seguir avanzando. Como si ya tuviésemos bastante para situarnos plácidamente en zonas de confort en las que “hibernar”. Como si el esfuerzo nos hubiese generado anemia, astenia e hipotonía científico profesional que afecta a nuestra salud mental disciplinar con estados de bipolaridad inicial que derivan en una profunda depresión de la que parece que ni supiéramos ni quisiéramos salir. Y mientras tanto, todo a nuestro alrededor se va desmoronando sin que parezca impresionarnos lo más mínimo. Dando por natural lo que no lo es. Dando por inevitable lo que es producto de nuestra propia pasividad. Creyendo que nada de lo que pasa nos va a afectar. Asumiendo como propio lo que nos es ajeno y abandonando lo propio al considerarlo ajeno, en un ejercicio de irresponsabilidad disfrazada de falsa competencia desde la que reclamar un reconocimiento que no somos capaces de ejercer ni con nosotras/os mismas/os.

Pero, lo cierto es que todo lo que pasa es una concatenación de factores, consecuencias, respuestas, indicadores de nuestro progresivo derrumbe, disolución, descomposición, que ni tan siquiera nos lleva a una deconstrucción o desmontaje del concepto enfermero o de su construcción intelectual, por medio del análisis, para reconstruir una nueva realidad. Simplemente nos comportamos como espectadores pasivos de un espectáculo dantesco del que parece no queramos darnos cuenta que formamos parte y nos lleva irremediablemente a la desaparición o lo que aún es peor a la indiferencia, inconsistencia, insensatez, insipidez de nuestra presencia y esencia.

La disolución de Sociedades Científicas que debilitan el tejido científico que otorga madurez a una disciplina. La falta de interés por un desarrollo científico profesional de los cuidados y la fascinación por la técnica, la tecnología y la enfermedad, que desembocan en una deshumanización de la atención y en una cosificación de las personas al priorizar el “cuidado” de sus enfermedades en lugar de cuidar de sus necesidades. La ausencia de interés, curiosidad o innovación científicos, con un abandono progresivo del análisis y la lectura crítica y científica, junto a la desmedida producción científica con interés exclusivamente curricular, que la convierte en improductiva, contribuyendo a alimentar los fondos buitre que acechan y devoran todo lo que no les interesa o molesta para fortalecer su negocio, abocando, a nuestras publicaciones científicas a su desaparición[2], [3]. La fascinación por un ámbito anglosajón que domina y doma en relación inversa a la desconsideración e indiferencia hacia el contexto ibero-latinoamericano que, sin embrago, está siendo capaz de fortalecer e impulsar revistas científicas cada vez más potentes y apoyadas por sus universidades, al contrario de lo que aquí sucede al dedicarse éstas a apoyar y financiar a las grandes multinacionales del negocio del conocimiento. La indiferencia a los desmanes de quienes teóricamente nos representan, naturalizando sus actitudes o, lo que es peor, dándoles validez[4]. La pérdida progresiva de asistencia a actividades científicas como si ya se tuviese un depósito de conocimiento lleno a perpetuidad o no se tuviese nada importante que compartir o debatir. El continúo y paulatino deterioro de los planes de estudio de grado y posgrado y de los programas de formación especializada producto del abandono del paradigma enfermero para situarse en el más cómodo y subsidiario paradigma médico[5],[6]. La falta de interés por las respuestas humanas que nos aboca a una sistematización, protocolización, estandarización… de unos cuidados que no son capaces de cuidar profesionalmente. La dejación institucional permanente hacia el cuidado que deshumaniza el sistema y la atención prestada, tal como demuestra la parálisis a la que se somete la necesaria estrategia de cuidados[7] (Figura 1). 

 

Un cuidado cada vez más deteriorado, denostado, comercializado, desnaturalizado, producto de la falta de identidad enfermera, de la ausencia de orgullo de pertenencia, de la renuncia a lo que se es sin saber lo que es ni significa. Un cuidado que nunca va dejar de ser necesario, pero que puede y lamentablemente ya está siendo objeto de renuncia, olvido, intrascendencia… por parte de quienes precisamente deberían defenderlos como símbolo de lo que es y significa ser enfermera.

Por lo tanto, sino somos capaces de cuidar de los cuidados profesionales y por derivación de la Enfermería que le tiene que dotar de conocimiento científico, ¿cómo pretendemos cuidar profesionalmente? y lo que aún es más grave, ¿cómo creemos que puede reconocerse nuestra aportación específica enfermera?

A este ritmo no transcurrirán muchos años para que deje de identificarse como referencia de los cuidados a las enfermeras. Porque sino somos capaces de remediarlo, nos veremos abocadas a un oficio de ayuda técnico sanitaria, que con tanto trabajo, esfuerzo y dedicación se logró revocar y abandonar para recuperar una identidad que parecemos empeñadas en que se diluya por lisis de interés.

¿Cuántas referencias más vamos a dejar que desaparezcan sin tan siquiera pestañear? ¿Cuántos agravios vamos a seguir permitiendo con absoluta naturalidad? ¿A cuántos mediocres vamos a dejar que continúen representándonos? ¿Cuántas pérdidas estamos dispuestas/os a soportar como sino fuesen con nosotras/os? Y todo con una insensibilización absoluta de la que está ausente el duelo, como signo de dolor por lo perdido.

Nos hemos quedado sin ROL y sin METAS algo muy significativo que va mucho más allá de la cabecera de las revistas desaparecidas y que parece un aviso claro de hacia dónde nos dirigimos. Con lo mucho, habitual e innecesariamente que lloramos y ahora que llorar haría menos profundo el duelo nos quedamos sin lágrimas.

De nosotras/os y solo de nosotras/os depende que podamos revertir la curva descendente que nos lleva irremediablemente a la más absoluta indiferencia profesional, científica, social…

Nosotras/os y solamente nosotras/os seremos responsables de que el cuidado profesional enfermero siga siendo o no parte de nuestro ADN. Y si lo perdemos ya no podremos ser identificadas, ni reconocidas, acabaremos en la fosa del olvido.

 

[1]Militar y político francés de origen italiano nacido en Córcega que saltó a la fama durante la Revolución francesa (1769 – 1821).

[2] http://efyc.jrmartinezriera.com/2023/12/06/revista-rol-de-enfermeria-principio-y-fin/

[3] https://www.enfermeria21.com/diario-dicen/cierre-revista-metas-de-enfermeria/

[4] https://www.elnortedecastilla.es/valladolid/juzgado-ordena-investigar-finanzas-presidente-nacional-enfermeria-20240215193235-nt.html

[5] https://www.diariomedico.com/enfermeria/enfermero-joven/eir/ccoo-propone-dividir-especialidad-enfermeria-medico-quirurgica-favorecer-desarrollo.html

[6] https://es.linkedin.com/jobs/view/enfermera-tenerife-at-hospitales-parque-3788135325

[7] https://www.instagram.com/reel/C3VFeGmo7QQ/?igsh=MWk0enQ0eGN3b3RpYg==

EL VALOR DE LOS CUIDADOS ¿Vocación o convicción?

                                                                                   A quienes tienen la capacidad y la voluntad de generar y transmitir lo que es y significa ser enfermera.

 

                                                                                             «No puedo hacer todo, pero puedo hacer algo. No debo dejar de hacer el algo que puedo hacer»

Helen Keller[1]

 

Siempre se ha relacionado a Enfermería y al ser enfermera con la vocación. Vocación que según la RAE en su tercera acepción hace referencia a la “inclinación a un estado, una profesión o una carrera”, pero cuya primera entrada es definida como la “inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”.

La vocación, es cierto, no tan solo se relaciona con el hecho de estudiar enfermería y ser enfermera. A otras profesiones también se las asocia con la vocación como principal justificación o inclinación a la elección de las mismas. Incluso ahora hay quienes pretenden normativizar la vocación, como si se tratase de una habilidad más, con la pretensión de generar la adherencia de los médicos a la Atención Primaria y a la gestión sanitaria[2]. Pero el problema no es de vocación, es de identificación. No se identifican, mayoritariamente, con la Atención Primaria, ni con la salud, ni con la atención comunitaria… aunque no lo quieran reconocer con tal de no perder “territorio”.

Enfermería ha estado ligada durante gran parte de su historia a una vocación íntimamente relacionada con la religión. En una relación de advocación y de servicio a la llamada divina. Entre otras cosas porque la formación de Enfermería estuvo durante muchas épocas en el seno de órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas, aunque no siempre coincidiendo temporalmente. Esta circunstancia, sin duda, incorporó una impronta de servicio y docilidad no tanto a Dios, que también, como a quienes decidieron suplantar su figura y con ella establecer la obligación de las enfermeras a serles fieles, dóciles y obedientes servidoras. Y digo servidoras porque la vinculación de la Enfermería al género femenino determinó o aumentó la condición de vocación de servicio y obediencia a través de unos cuidados que, quienes asumieron el protagonismo único de la salud, se encargaron de presentar como una bendición divina desprovista de cualquier contenido o relación científica. Cuidados que debían responder tan solo a la simpatía, la resignación y la compasión, como valores propios de la mujer al servicio de la nueva divinidad. Todo ello como respuesta a la vocación y advocación entendida esta última como la “tutela, protección o patrocinio de la divinidad”. Y para asentar esa visión próxima a la divinidad es por lo que se denomina a las enfermeras como ángeles que, en diversas religiones monoteístas, son espíritus celestes creados por Dios para su ministerio, en un nuevo y nada benéfico ni inocente intento por determinar la imagen estereotipada de las enfermeras y su forzada vocación ligada a esa nueva divinidad sanitaria.

Si bien es cierto que la evolución de Enfermería ligada, no lo olvidemos, a la del rol asignado socialmente a las mujeres, fue desprendiéndose de su relación con la religión y, como consecuencia de ello, de una visión de la vocación menos idílica y divina, no es menos cierto que su mención como respuesta a la elección de ser enfermera sigue siendo el recurso más habitual para salir del paso o como la mejor forma de quedar bien ante la ausencia de otras respuestas menos convencionales y más sinceras.

La verdad es que nunca identifiqué mi elección profesional con una relación vocacional. No tenía referentes en mi entorno próximo que hubiesen podido despertar en mí la citada vocación. No existía tampoco un especial interés por el ambiente sanitario ni por esa inclinación de ayuda a los demás que también suele ser respuesta habitual en quienes son preguntados. Ni conocía realmente, como una gran mayoría de la sociedad de aquellos años, lo que era y hacía una enfermera más allá de ser acompañante fiel del médico. Entre otras cosas porque ya se encargaron de que no se supiese al enmascararlo con el acrónimo de ATS que determinaba de manera mucho más explícita lo que era y se esperaba de dichas/os profesionales, es decir, ayudar y obedecer en tareas técnicas de la sanidad. De tal manera que durante mucho tiempo tuve la sensación de que mi elección había sido producto, bien de la casualidad o de la indecisión o bien la mejor manera para lograr un trabajo fácil en un tiempo relativamente corto o servir como puente para “miras” más elevadas como estudiar Medicina, que esta sí, era una referencia de deseo familiar.

Era una sensación que me hacía sentir raro por cuanto parecía que si no se tenía vocación no se entendía la elección.

Por otra parte, el momento en que estudié ATS no favorecía precisamente ningún tipo de reflexión que me hiciese pensar en una elección por convicción. Estudiaba en un ambiente exclusivamente masculino, como había hecho a lo largo de todos mis estudios previos, y la identificación de Enfermería no existió hasta bastante tiempo después. Teniendo, por otra parte, una percepción del trabajo de ATS muy determinada por cuestión de género. Según la cual, no era lo mismo un ATS masculino que una femenina. Más aun teniendo en cuenta que a estas últimas, se les denominaba enfermeras como si fuesen otra profesión diferente a la que yo elegí y con la que no me sentía identificado.

¿Qué pudo determinar pues mi decisión? Eso me lo pregunté justamente cuando descubrí que la verdadera identidad, aunque grotescamente maquillada, de aquello que había estudiado, ATS, era realmente Enfermería. Una identidad que rechacé inicialmente por mi condición masculina al considerar que aceptarla ponía en cuestión mi masculinidad.

La ausencia de referentes comentada anteriormente, tuvo su fin cuando conocí a la que sería mi primer referente. Una enfermera, Esperanza Delgado Calvo, que me descubrió lo que era y significaba la Enfermería y ser y sentirse enfermera. He de reconocer que al principio me costó entenderlo y más aún asumirlo. Pero su descubrimiento supuso una transformación que se mantuvo durante varios años posteriores hasta que asimilé totalmente mi nueva identidad y sentimiento de pertenencia.

Logrado esto reflexioné sobre la posibilidad de que hubiesen existido otros factores los que determinaran mi elección, al resistirme a creer que tan solo fuese producto de la casualidad o de la oportunidad.

En esa búsqueda retrospectiva descubrí la que entendí y sigo entendiendo como causa de mi elección y convicción, aunque no fuese consciente de ella hasta bastante tiempo después.

Crecí en un ambiente familiar en el que se reproducían claramente los roles de género que marcaba la sociedad por imperativo de una dictadura política que se transmitían en todas y cada una de las conductas, normas, valores, comportamientos… que imprimían una educación condicionada por mi género y lo que el misma significaba en cuanto a lo que debía asumir y debía rechazar para formarme como hombre.

Pero en este ambiente de réplica social normalizada, había una figura que, si bien no identifiqué como concluyente en mi infancia, más allá de la relación de cariño hacia ella, fue determinante en el futuro a pesar de su prematura muerte. Mi yaya, como llamamos a las abuelas en mi tierra, resultó ser la persona que, estoy convencido, determinó, no sé bien de qué manera, mi elección profesional muchos años después.

¿Y por qué llegué a esa conclusión? Voy a tratar de verbalizar lo que durante tanto tiempo no logré identificar y que sin embargo estoy convencido supuso tan importante cambio en mi desarrollo profesional, pero también personal.

Mi yaya, para empezar, era en aquel entonces una mujer que no encajaba en su tiempo. Y no lo hacía porque, entre otras muchas cosas era dueña de su vida y sus decisiones y no se dejaba intimidar por las circunstancias ni por nadie. Tomaba sus propias decisiones de manera absolutamente autónoma asumiendo las consecuencias de las mismas con absoluta determinación, lo que le dotaba de algo que posteriormente cobró mucho significado para mí, responsabilidad, entendida esta como la capacidad de tomar decisiones y asumir los riesgos derivados de ello.

Entre esas decisiones estuvo la de no aguantar a un hombre que le engañaba y que no le aportaba nada y por tanto lo tiró de casa, literal, a pesar de tener dos hijos de corta edad a los que cuidar. Esa decisión le supuso replantear su vida para poder ganarse la vida. Abandonó su condición de ama de casa para montar negocios o hacer lo que en aquel entonces se conocía como estraperlo. Iba a Andorra a comprar productos que después revendía. Esa condición de “contrabandista” me salvó la vida cuando yo tenía tres años y enfermé de tifus. El antibiótico necesario para mi tratamiento no se vendía en España y ella lo trajo de contrabando, salvándome la vida.

Era una mujer decidida, valiente, innovadora, creadora… que no encajaba en su tiempo ni en su entorno. Mi madre, de hecho, era muchísimo más conservadora y convencional que ella, hasta el punto de no entender a su madre, mi yaya.

Mi relación con ella era muy intensa. Teníamos una complicidad absoluta a pesar de mi corta edad. Y digo que era muy intensa porque aún hoy la recuerdo de manera muy vívida y con mucha emoción. Teníamos un vínculo que nos unía de manera muy estrecha y especial.

Fueron 9 años maravillosos en los que disfrutamos el uno de la otra y viceversa. Pero el cáncer decidió poner fin a nuestra relación de manera absolutamente prematura, violenta y abrupta. Mis recuerdos de ella consumiéndose en la cama no me hacen olvidar su fuerza, energía, coraje, ni su determinación a seguir aferrada a la vida.

No tuve ocasión de despedirme de ella. Mi madre, mis padres, decidieron que me protegían más si estaba ausente durante sus últimos días de vida y me dejaron en casa de una vecina. Cuando regresé a casa, entré corriendo sin saludar a nadie, para ir a la habitación donde estaba mi yaya. La visión de un colchón desnudo y enrollado sobre el somier me golpeó con tanta fuerza como dolor. Supe en ese mismo instante que ella se había ido sin que yo no me pudiese despedir de quien más quería. Nunca entendí que me apartasen de su lado y no me dejasen decirle adiós, por mucho que lo hiciesen con la mejor de las intenciones cumpliendo una nueva convención de la época como era la de ocultar la muerte en una, tan hipotética como evidente, falsa protección.

Evidentemente el tiempo transcurrió y todo volvió a esa anodina normalidad en la que añoraba la espontaneidad, alegría y empatía, de mi yaya, cuyo recuerdo nunca me abandonaría.

Y ese recuerdo precisamente fue el que afloró y me dio explicación tiempo después de por qué había elegido ser lo que inicialmente no supe que sería, enfermera.

Un recuerdo que me permitió identificar la fuerza de una mujer y como el cuidado podía ser prestado desde la determinación y la autonomía y no tan solo por convención social, condición de género o por imperativo laboral.

Un recuerdo que me enseñó cómo se podían tomar decisiones asumiendo la responsabilidad de las mismas a pesar de las normas establecidas.

Un recuerdo que me hizo recuperar la imagen de una mujer valiente y fuerte consumida por la enfermedad sin que la misma y sus consecuencias le hiciesen perder la sonrisa y las ganas de hablar conmigo mientras me acariciaba con sus huesudas manos de las que salían tubos conectados a unas botellas colgadas de un perchero atado a la cabecera de la cama que, en aquellos momentos, no supe, o no quise, identificar con un final cercano.

Un recuerdo que dejó marcado en mí el valor del cuidado, la fuerza de una mujer y la humanidad que desprendía. Al tiempo que me transmitía la necesidad de mantener la firmeza en defensa de tus convicciones y tu identidad.

Mi yaya Ana, fue para mí lo que otros llaman vocación. Ella sin decírmelo expresamente me lo transmitió. El cómo esa señal pudo determinar mi decisión es algo que no soy capaz de explicar, pero conociéndola no tengo dudas de que algo haría para que se concretase. Cuando estoy en el límite de mi vida profesional puedo decir, ahora sí, sin miedo a equivocarme que sé el por qué quise ser, sin saberlo, enfermera. Y ahora sé por qué esa decisión determinó que mi sentimiento fuese cada vez más fuerte y estuviese más firmemente consolidado. Ahora sé y entiendo porque quiero ser conocido y reconocido como ENFERMERA.

La ciencia no siempre tiene respuestas para todo, pero los vínculos del cuidado sin duda sí.

Gracias yaya por hacerme sentir tan orgulloso de ser lo que soy y de poder descubrir y compartir que fue gracias a ti. Fuiste una mujer ejemplar y luchadora, el mejor ejemplo que pude tener. Tú me enseñaste a no rendirme nunca, de igual forma que tú nunca lo hiciste, aunque la muerte que te arrebató de mi lado así lo creyese.

Y por eso, ahora más que nunca, cobra mayor sentido el poema de John Donne[3] “Muerte, no te enorgullezcas”. Porque el recuerdo de mi yaya ha logrado superar con mucho el dolor de su muerte.

Muerte, no te enorgullezcas, aunque algunos te hayan llamado

poderosa y terrible, no lo eres;

porque aquellos a quienes crees poder derribar

no mueren, pobre Muerte; y tampoco puedes matarme a mí.

El reposo y el sueño, que podrían ser casi tu imagen,

brindan placer, y mayor placer debe provenir de ti,

y nuestros mejores hombres se van pronto contigo,

¡descanso de sus huesos y liberación de sus almas!

Eres esclava del destino, del azar, de los reyes y de los desesperados,

y moras con el veneno, la guerra y la enfermedad;

y la amapola o los hechizos pueden adormecernos tan bien

como tu golpe y mejor aún. ¿Por qué te muestras tan engreída, entonces?

Después de un breve sueño, despertaremos eternamente

y la Muerte ya no existirá. ¡Muerte, tú morirás!

[1]Escritora, oradora y activista política sordociega estadounidense (1880 – 1968).

[2] https://www.redaccionmedica.com/secciones/parlamentarios/el-congreso-marcara-el-paso-de-la-prueba-de-vocacion-para-estudiar-medicina-7635

[3] Fue el más importante poeta metafísico inglés de las épocas de la reina Isabel I (1572 – 1631)

ENTROPÍA PROFESIONAL Los dioses sanitaristas

                           “El pueblo, en todas partes, rebaja a sus deidades hasta su propio nivel y las considera meramente como una especie de criaturas humanas, algo más inteligentes».

David Hume[1]

 

Últimamente están produciéndose una serie de declaraciones, aseveraciones e incluso acusaciones, por parte de representantes de determinadas organizaciones médicas o de médicos a título personal, en un claro y nada disimulado intento, por posicionar a los médicos como exclusivos protagonistas, decisores, interlocutores… de la sanidad[2],[3].

La verdad es que los mensajes que se trasladan a la opinión pública, principal destinataria de los mismos aunque se quieran disfrazar de discursos profesionales, tienen la clara intención de recuperar la, según sus autoras/es, posición de poder y representación que consideran han perdido y, lo que es peor, están convencidos les corresponde en exclusividad: El contenido de los mensajes es tan demagógico, falto de rigor, excluyente, autoritario, torpe y mezquino, que por sí mismo queda descalificado y al contrario califica a quienes lo emiten. Por lo tanto, su impacto debiera ser residual y provocar como máximo tristeza por lo que supone de degradante para una profesión como la médica que debiera ocuparse de otros menesteres o defensas más científicos y centrados en su valiosa aportación profesional que, por sí misma, no precisa del victimismo con que se acompañan o de ataques injustificados a fantasmas que tan solo ellos ven y que intentan que el resto, no solo veamos también, sino que además los identifiquemos como una amenaza que va más allá de su pueril ensoñación megalómana. Tristeza que incluso puede llegar a provocar una sonrisa por lo ridículo de su argumento y la teatralidad que le acompaña, que no pasa de ser una dramaturgia simplista.

Estas actitudes, por otra parte, creíamos que ya estaban superadas y formaban parte de un pasado que antojábamos olvidado. Por lo que podrían incorporarse en la categoría de anécdotas sin mayor evidencia que la ocurrencia de quienes las trasladan utilizando los medios de comunicación como forma de amplificación de su falacia.

Sin embrago, surgen al amparo de las nuevas tendencias de confusión, negacionismo, tradicionalismo, histrionismo, adulteración de la verdad… que de manera rancia y reaccionaria están utilizando determinadas fuerzas políticas para captar la atención y, sobre todo, el voto de una parte importante de la población que identifica estos mensajes como una forma válida de contestación a su descontento y de contención hacia quienes consideran, sin mayores argumentos que el seguidismo a tales proclamas, los culpables de cualquier mal, desde la amnistía hasta la sequía. Surgiendo mesiánicos personajes cuyo único mérito es el de ser médicos sin que se les conozca ni reconozca aportación ni méritos relevantes que avalen su verborrea doctrinal. Y aquí es donde, desde mi punto de vista, radica el peligro. No por lo que dicen, sino por el contexto de irracionalidad social en el que lo dicen, facilitando que se asuma como cierto lo que es tan solo una patraña en busca de la notoriedad que son incapaces de lograr como profesionales. Con la particularidad de que dichos mensajes, exclusivamente de conveniencia, son aplaudidos, asumidos y defendidos por quienes precisamente, desde los posicionamientos políticos referidos, han creado el caldo de cultivo propicio para que germinen. De tal manera que se retroalimentan mutuamente.

Por otra parte, y no menos preocupante es la pasividad que en forma de silencio, en el mejor de los casos, asume el colectivo médico en su conjunto. Lo que no deja de ser una forma de apoyo por omisión que contribuye a que los mensajes reaccionarios sean considerados como argumentos ciertos y plausibles.

Confundir la loable defensa de la identidad profesional y su proyección social con la utilización de estrategias más propias del ámbito de defensa territorial callejero, no es precisamente lo más acertado, necesario y conveniente, aunque en primera instancia y a corto plazo pueda parecer e incluso resultar eficaz. Eficacia que es efímera y contraproducente. No tan solo para el colectivo al que, en teoría, parece quieren armar y defender, sino para el Sistema de Salud en el que se integran y para la propia sociedad que más allá de la hipnosis o encantamiento en la que pueden caer con tales hechizos verbales, acaba por reconocer la realidad y poner a cada cual en su sitio. Pero hasta que esto sucede, el daño que se provoca a todas las partes es muy importante.

Finalmente, y tal como dijera Aristóteles[4] “Aquel que no puede vivir en sociedad y que en medio de su independencia no tiene necesidades, no puede ser nunca miembro del Estado; es un bruto o un dios.”

Llegados a este punto quisiera hacer referencia al término entropía, definido como la magnitud física que permite determinar la parte de la energía que no puede utilizarse para producir trabajo y está ligada con el grado de desorden de un sistema. Porque considero que precisamente esto es lo que está sucediendo. Es decir, estamos ante un claro ejemplo de entropía profesional.

Cuando la magnitud de energía de la aportación médica es utilizada, no para producir trabajo y como consecuencia del mismo, resultados que contribuyan a la salud de la población que, por otra parte, es lo que se espera y desea. Sino para generar confusión con el único objetivo de lograr un protagonismo exclusivo y excluyente, que conduce al desorden del sistema del que forman parte de manera conjunta con otros agentes a quienes, precisamente, tratan de anular haciéndolos subsidiarios de su impuesta autoridad y poder, estamos ante un claro y manifiesto ejemplo de entropía profesional.

Pero en la entropía, pasa algo similar a lo planteado por Khun[5] cuando argumentaba que el movimiento de la ciencia es un movimiento basado en rupturas y discontinuidades en donde el concepto de paradigma tiene un valor central[6]. En la entropía por su parte, el desorden no siempre es negativo y puede generar un nuevo equilibrio. Pero para ello hace falta que las partes que componen el sistema, en el caso que nos ocupa el Sistema Sanitario, se encuentren igualadas o equilibradas. Así pues el problema no es que exista un efecto de entropía, sino que del mismo pueda derivarse una nueva situación que realmente mejore la de partida. Pero hay quienes están empeñados en que con el desorden y el caos que provocan prevalezca una única figura profesional como hipotética referencia de culto y obediencia tanto por parte de la población a la que se debe como de quienes, muy a su pesar, son agentes de salud fundamentales de un equilibrio tan necesario como imprescindible en el Sistema Sanitario, a través del trabajo transdisciplinar y no a través de la imposición irracional y trasnochada que quieren aplicar.

El narcisismo, la autocracia, el egocentrismo, la megalomanía, la teocracia, el absolutismo, el negacionismo, el despotismo, el individualismo, el hedonismo… como elementos de caracterización y reconocimiento profesional, no es un buen camino para lograr que la salud de las personas, las familias y la comunidad pueda mejorar. Tan solo desde el respeto, la libertad, la participación, la diversidad, la complementariedad, la igualdad, la idoneidad, la capacidad, el mérito, la competencia… de y entre todas las partes se logrará tanto la identidad de cada una de ellas, como la capacidad de ser reconocidas y respetadas por lo que hacen y aportan y no por la imposición intransigente a hacerlo. Pretender disfrazar la supremacía disciplinar como ciencia es similar al intento de disfrazar las supersticiones de religión. Y tanto el respeto como la fe se logran por otros caminos diferentes a los de la anulación de otras profesiones o la aniquilación de otras creencias.

Mirar hacia otro lado, bien por considerar que no va con ellos o para disimular una conformidad incómoda pero cierta, no puede ser en ningún caso admisible por parte de quienes son miembros del colectivo que pretende la imposición irracional. No basta con no verbalizar lo que otros hacen. Hay que rechazarlo expresamente, con el fin de salvaguardar un equilibrio disciplinar que redunde en beneficio de la comunidad. Lo contrario les sitúa en idéntica posición a la de los charlatanes. Como aliados oportunistas para perpetuar la acción reaccionaria. Seguir en la creencia de la inmortalidad disciplinar por el simple hecho de ser miembro de dicha disciplina es tan simplista como patético. Porque finalmente la mortalidad les alcanza como lo hace con cualquiera por mucho que se empeñen en hacer creer o creerse que cuentan con la piedra filosofal que les protege de la misma. Cuanto antes se den cuenta quienes actúan desde la pasividad de que las posturas de deidad trasladadas por unos pocos no benefician al conjunto del colectivo médico y lo hagan patente descalificando sus discursos propagandísticos, antes se logrará el equilibrio producto de una entropía que deje de utilizar la energía en batallas sin sentido y procure el cambio necesario desde el entendimiento a través de la reflexión y el debate científico, razonado y civilizado.

El tiempo de los dioses del Olimpo que asumieron el poder e impusieron su orden es parte de una mitología que en ningún caso es reproducible por tentador que para algunos resulte, en base, posiblemente, a lo que planteaba Nietzsche[7] cuando hablaba del pueblo griego y decía que “El griego conoció y sintió los horrores y espantos de la existencia: Para poder vivir tuvo que colocar delante de ellos la resplandeciente criatura onírica de los olímpicos.”

La salud es demasiado importante y la ciudadanía que tiene derecho a la misma merece el máximo respeto. Por ello, cuantos de una u otra forma tenemos la capacidad y la competencia para actuar de manera profesional y responsable con el fin de que disfruten de ella en las mejores condiciones posibles, debemos rechazar la tentación de jugar con la salud como arma arrojadiza o como escudo protector para alcanzar un poder que tan solo puede residir en quienes son depositarios de la misma, las personas, las familias y la comunidad.

Desde hipotéticos y falsos altares tan solo se arenga, proclama, amenaza, infunde temor o castiga, al creerse en posesión de una autoridad auto otorgada y proclamada, pero no identificada ni respetada, que no contribuye a la confianza que se precisa para construir contextos de salud desde la participación de todas/os.

Es cierto que no merece la pena perder el tiempo en contestar discursos que no tienen fundamento ninguno, porque es tanto como darle una categoría de importancia que no tienen. Pero tampoco podemos caer en el error de pensar que se trata tan solo de exaltados aislados sin capacidad de proyección e influencia en un momento en el que la sociedad o una parte importante de ella sigue los mensajes mesiánicos de dichos predicadores con resultados muy inciertos o, terriblemente ciertos.

Todas/os tenemos la responsabilidad de contrarrestar estas tendencias desde la racionalidad de la comunicación, el diálogo y el consenso. Profesionales, políticos y ciudadanía debemos generar un frente común de racionalidad que contenga las arengas triunfalistas y/o derrotistas, según los casos, que tan solo buscan la desestabilización que alimenta su supuesta y falsa autoridad para mantener modelos sanitarios como nichos ecológicos de su actividad y proyección.

No deja de ser paradójico que en un país en el que su constitución lo proclama como estado aconfesional surjan personajes tratando de instaurar un nuevo orden de fe que sea asumido por toda la ciudadanía desde su particular Iglesia Sanitarista. Dios nos pille confesados…

[1]  Filósofo, historiador, economista y ensayista escocés (1711 – 1776).

[2] https://www.simpa.es/carta-abierta-a-la-ministra-sobre-el-a1-no-podemos-ni-queremos-ser-arquitectos/ 

[3]  https://www.medicosypacientes.com/articulo/dr-ignacio-guerrero-no-podemos-seguir-sin-un-estatuto-del-medico-que-nos-reconozca-como-unica-autoridad-en-el-sistema-nacional-de-salud/

[4] Filósofo, polímata y científico griego nacido en la ciudad de Estagira, al norte de la Antigua Grecia.

[5]  Físico, filósofo de la ciencia e historiador estadounidense (384 aC – 332 aC)

[6] https://filco.es/paradigma-kuhn-nueva-forma-entender-ciencia/

[7] Filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, cuya obra ha ejercido una profunda influencia en el pensamiento mundial contemporáneo y en la cultura occidental (1844 – 1900)

A PROPÓSITO DEL HONORIS CAUSA Morir de exito

«La vida debe ser comprendida hacia detrás, pero debe ser vivida hacia delante».

Søren Kierkegaard[1]

 

El pasado día 25 de enero tuvo lugar la investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad de Alicante de Mª Paz Mompart García.

Sin duda un hito importante y trascendente por cuanto es la tercera enfermera española que es investida como tal en toda la historia de la Enfermería, tras las de Rosa Mª Alberdi y Mª Teresa Moreno por las Universidades de Murcia y Huelva respectivamente. Previamente, es cierto, habían sido investidas diferentes enfermeras anglosajonas.

La investidura de la ya Doctora Mompart, suscitó un gran interés y logró reunir en el acto de su reconocimiento a un gran número de enfermeras de todo el país. Este hecho, sin duda, puede ser entendido no tan solo como una muestra del cariño que hacia la Dra. Mompart se tiene por parte de quienes acudieron al acto, sino también por la admiración reconocida a su figura y, sobre todo, a su aportación al desarrollo de la Enfermería española e iberoamericana. No cabe duda de que así fue en vista del gran número de enfermeras que asistieron presencialmente y de las que lo hicieron desde la distancia con idéntico cariño e igual admiración. Así pues, podemos determinar sin ningún lugar a dudas que estamos ante una líder y referente indiscutible de la Enfermería Iberoamericana.

Sin embargo y a pesar de estas evidentes muestras existen elementos sobre los que quiero reflexionar por considerar que son importantes y sin que ello reste el más mínimo mérito, brillantez y trascendencia a su investidura.

Como decía, fueron muchas las enfermeras que se unieron a la celebración de su investidura por lo que significa, tanto para Mª Paz Mompart como merecido reconocimiento a su trayectoria profesional, como por lo que la misma representa para la profesión/disciplinba/ciencia enfermera en cuanto a visibilización y valoración en la universidad específicamente. Y también para la sociedad dado que su impacto se traduce en un evidente beneficio en la salud de las personas, las familias y la comunidad como consecuencia directa de lo logrado con su liderazgo. Pero más allá de la importancia de quienes asistieron, sobre lo que quiero centrar mi reflexión es sobre quienes no lo hicieron. No es mi intención distinguir como buenas enfermeras a quienes asistieron o mostraron su apoyo y como malas enfermeras a quienes no lo hicieron. Sería no tan solo muy pueril sino absolutamente absurdo pretenderlo.

Pero hay ausencias, olvidos, indiferencias, que no tan solo son incomprensibles, sino que son totalmente injustificables en unos casos y preocupantes en otros.

La Doctora Mompart en su discurso de investidura agradecía “a quienes, desde la amistad y el entendimiento, me han ayudado a avanzar en los diferentes ámbitos en los que me he movido y trabajado. También aquellos que no me han distinguido con su amistad, sino todo lo contrario, han sido acicates para mi progreso personal y profesional”. Constatando que nadie puede pretender la unanimidad en cuanto a admiración e incluso reconocimiento. Pero coincidiendo en este hecho y más allá de los motivos que cada cual pueda tener para generar filias o fobias, hay personas que, por la condición de máximos representantes, en este caso de la profesión enfermera, no deberían anteponer sus fobias a su responsabilidad como tales. Porque quien asume dicha responsabilidad lo hace para representar a todas las enfermeras y no tan solo a las que identifica como “amigas” generando respuestas diferentes con aquellas a las que cataloga como “enemigas”. Dicha actitud significa una irresponsabilidad y posiciona a quienes la adoptan como hooligans que responden a pasiones viscerales en lugar de hacerlo a hechos racionales y a coherencia institucional.

Las diferencias de pensamiento, criterio o posicionamiento no deberían ser nunca escusa para el rechazo, la censura o la discriminación de quienes tienen la obligación de representar a todas las enfermeras.

Y esto precisamente es lo que hicieron los máximos representantes de las enfermeras, del Consejo General de Enfermería, con su actitud cobarde, incomprensible e inadmisible. No tan solo no se dignaron a asistir al acto al que se les invitó formalmente por parte de la universidad, sino que ni tan siquiera excusaron su ausencia, ni tuvieron la dignidad de remitir una formal y protocolaria, carta de felicitación con la que cumplir con su obligación institucional.

Ante esta actitud, todas las enfermeras, deberíamos plantearnos si son estos representantes los que se merece la profesión. Más allá de la simpatía o animadversión que puedan generar las personas que asumen el cargo tras la elección de las mismas, por lo que deberían ser valoradas es por su acción de representación y reconocimiento hacia todas las enfermeras, con independencia de preferencias que provoquen discriminación.

¿Alguien podría entender que tras la concesión de un Premio Nobel el/la Presidente/a del Gobierno, como representante máximo de todo un país, no se dignase tan siquiera a felicitar a quien lo recibe por el simple hecho de no contar con su simpatía o por ser contrario a su pensamiento político? Porque esto es lo que se ha hecho por parte del Presidente del Consejo General de Enfermería y de todo su equipo. Esta es la persona, la enfermera que, en teoría, representa a todas las enfermeras españolas. Quien se permite el lujo de ignorar un hecho tan relevante como significativo para la Enfermería y todas las enfermeras como es el de que una universidad española incorpore a una enfermera como Doctora Honoris Causa, que es el mayor reconocimiento académico que se realiza en cualquier universidad, tanto a nivel nacional como internacional. Una ignorancia que representa una absoluta falta de respeto hacia quien recibe el reconocimiento y hacia la institución que lo otorga. Una ignorancia que supone una falta de respeto a lo que significa dicho reconocimiento para la Enfermería y las enfermeras. Una ignorancia que ejemplifica el dicho de que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, pero que también se traduce en lo recogido en el evangelio según San Mateo 7:15-20 “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”. Y eso precisamente es lo que las enfermeras deberíamos hacer, guardarnos de quienes no tan solo no nos representan, sino que tampoco nos defienden. Debemos dejar de asumir como natural lo que es antinatural, como normal lo que es inconcebible, como irrelevante lo que es trascendente, como inevitable lo que es reversible, como asumible lo que es rechazable. Las enfermeras no podemos quedarnos impasibles ante este tipo de actitudes. De nosotras, y nuestra implicación, depende que quienes nos representan en las organizaciones enfermeras sean dignos representantes a los que respetar, más allá de asumir su presencia por el exclusivo hecho de ostentar un cargo.

Pero, hay otro hecho que me llamó poderosamente la atención y que también merece mi reflexión. Si bien es cierto que la respuesta de asistencia y adhesión fue muy importante valorada de manera general, no es menos cierto que si la analizamos teniendo en cuenta la edad de quienes asistieron identificamos que la media de la misma, aunque tan solo hecha de manera aproximada, no baja seguro de los 50 años siendo muy generoso. No es que tenga absolutamente nada que reprochar a quienes asistieron o se adhirieron por razón de su edad. Sería absurdo. Pero sí que tengo algo que reprochar a quienes siendo más jóvenes no lo hicieron y a quienes no fuimos capaces de movilizarlos o sensibilizarlos para que lo hiciesen.

Porque, desde mi particular punto de vista, la ausencia en la identificación de referentes en la Enfermería española es preocupante y se traduce o se hace patente en actos como el que estoy comentando.

Es cierto que la figura de Mª Paz Mompart y su aportación al desarrollo de la Enfermería con la incorporación de sus estudios en la universidad en el año 1977, es reconocible y por lo tanto valorado en su justa medida por quienes nos situamos en esa media de edad. Pero no es menos cierto que precisamente quienes lo valoramos deberíamos reflexionar sobre qué estamos haciendo y cómo estamos actuando para que su proyección se limite a ese espacio temporal y no sea conocido y por tanto reconocido por quienes, por ejemplo, ahora mismo están estudiando el Grado de Enfermería en la Universidad. Porque no podemos seguir pensando que es normal que dichas/os estudiantes no sepan que, si hoy tienen la posibilidad de estudiar en la Universidad, de poder acceder a un máster o una especialidad o alcanzar el grado de doctorado, es precisamente gracias al liderazgo que en su día tuvo Mª Paz Mompart y el compromiso, implicación y trabajo de otras muchas enfermeras para lograr que esto sea una realidad. Que las futuras enfermeras crean que lo que hoy es una realidad, su realidad, es algo que responde tan solo a la regulación de los estudios en la Universidad sin tener en cuenta lo que aconteció para conseguirlo, es un hecho que debiera preocuparnos. Porque no dar a conocer y valorar lo que supuso lograrlo y a quiénes lo consiguieron hacer realidad es contribuir a la indiferencia y a la ignorancia de nuestras/os referentes profesionales/disciplinares, como si todo fuese resultado de un proceso mecánico o casual sin la intervención de nadie que lo hiciese posible. No hacerlo supone el que sigamos alimentando una falta permanente de sentimiento de pertenencia y una ausencia de orgullo hacia el mismo. Porque silenciarlo es convertir a la enfermería en un medio en lugar de un fin en sí mismo. Un medio para incorporarse al mercado laboral sin problemas y hacerlo con el principal objetivo de obtener una buena remuneración por ello. Algo que, sin duda, es comprensible pero no suficiente para lograr que Enfermería sea algo más que una forma de lograr trabajo, de ser un oficio en lugar de una ciencia. Y a esto está contribuyendo, mal que nos pese, la universidad actualmente y quienes en la universidad somos responsables de la docencia enfermera. Docencia que pasa o debería pasar, por algo más que la transmisión de unos conocimientos, por importantes que estos sean.

En estos años de recorrido universitario, desde 1977 hasta ahora, hemos pasado de una identificación vocacional que en muchas ocasiones rayaba la espiritualidad a un utilitarismo de la elección profesional determinada, fundamentalmente, por la facilidad laboral, sin que exista un sentimiento de identidad y en muchos casos ni tan siquiera de identificación de lo que es y significa ser y sentirse enfermera. Cuando no se utiliza como puente a otros estudios por no alcanzar la nota necesaria de acceso a los mismos, es decir un nuevo aspecto del utilitarismo comentado. Así pues las cosas, resulta complejo, cuando no doloroso, la ausencia de identificación y reconocimiento de líderes y referentes enfermeros tanto pasados como presentes, lo que contribuye a ese estado de anorexia profesional que provoca una clara astenia identitaria.

Pero este estado de ánimo y actitud de una gran parte del estudiantado actual no es de exclusiva imputación al mismo. El profesorado enfermero y el que sin serlo imparte conocimientos en Enfermería, contribuyen de manera muy significativa a que se haga patente, se mantenga y se potencia esta forma de ser y actuar tan negativa para la identidad enfermera. Lo hagan por acción u omisión. Por todo ello, resulta imprescindible hacer una seria y rigurosa reflexión sobre la actitud del profesorado de Enfermería y cómo la misma influye en la actitud del estudiantado que, por otra parte, se alimenta también de la actitud social de individualismo, inmediatez, competitividad y hedonismo.

En un acto académico en el que se reconocía la aportación de una enfermera a la evolución y desarrollo de la Enfermería, que no hubiera estudiantes de Enfermería en una Universidad como la de Alicante que, además, es reconocida como una titulación de excelencia según los famosos y no siempre comprensibles rankings que lo determinan, más allá de su actitud errática y ausente de compromiso, debe hacernos pensar sobre qué estamos haciendo mal como docentes. Al estar muchas veces más preocupados por las publicaciones de impacto que nos permitan avanzar en la carrera académica que por el impacto que nuestra aportación puede y debe tener en el estudiantado y futuras enfermeras.

Es muy importante la alegría, satisfacción, celebración, orgullo… que un reconocimiento tan importante como un doctorado honoris causa genera. Pero todo ello no puede ni debe cegarnos, pensando que con ello ya hemos alcanzado lo máximo. Porque hacerlo es tanto como morir de éxito sin darnos cuenta de que tan solo es una fase más que debemos, por otra parte, normalizar y no suponer tan solo una anécdota aislada y puntual.

Como conclusión me gustaría que a la satisfacción por lo logrado se una el compromiso y la implicación por lo que queda por lograr que es mucho y complicado. Pero, desde luego, no imposible. De nosotras, como enfermeras, cada cual desde su ámbito de responsabilidad depende. No pretendamos que sean otras/os quienes lo hagan, porque no lo van a hacer. Así pues, a Dios rogando y con el mazo dando. Como dijera Epicuro[2] «Cuanto más grande es la dificultad, más gloria hay en superarla».

[1] Filósofo y teólogo danés, considerado el padre del existencialismo. (1813 – 1855).

[2] Filósofo griego, fundador de la escuela que lleva su nombre (epicureísmo) (341 aC – 271 aC)