OBSOLESCENCIA DEL SISTEMA vs OBSOLESCENCIA ENFERMERA

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A todas/os las enfermeras jóvenes que creen que el cambio es posible y a todas las enfermeras que en su momento contribuyeron al cambio que nos permite estar donde estamos.

 

“La fragilidad del cristal no indica debilidad sino calidad.”

Jena Malone[1]

 

Pareciera que los paréntesis vacacionales como el que acabamos de pasar sirviesen, además de para descansar y desconectar de la rutina habitual, para depurar, limpiar y renovar situaciones previas contaminadas o nocivas que generan malestar.

Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. La desconexión, o cuanto menos su intento, no logra desactivar la acción nociva de los acontecimientos, hechos o situaciones, que suponen un claro desequilibrio en la salud profesional que, en muchas ocasiones, puede derivar también en la personal y colectiva.

La pandemia, además de otras muchas valoraciones y consecuencias, se identificó por muchos, como un punto de inflexión importante en la oportunidad de valoración, reconocimiento, visibilización e impulso de la acción específica enfermera. Las no siempre sinceras muestras de apoyo e incluso alabanza, sobre todo por parte de políticas/os y responsables sanitarias/os, contrastaba con los mensajes trasladados por quienes habían tenido oportunidad de ser atendidas/os y cuidadas/os por las enfermeras que identificaban de manera clara y nada artificial y artificiosa el valor de los cuidados en sus procesos de sufrimiento, dolor e incluso muerte. Los cuidados profesionales adquirieron una dimensión hasta entonces poco habitual. Y todo ello hacía pensar, o soñar, que el momento de las enfermeras había llegado.

Pero como la misma pandemia, los momentos de intensa alegría por lo que se oía y decía iban acompañados de otros en los que el olvido e incluso el desprecio hacia las enfermeras eran evidentes, lo que provocaba picos de contagio de esperanza o frustración que impedían claramente estabilizar esa hipotética situación de equilibrio sobre la que construir el desarrollo disciplinar/profesional.

Son muchos los ejemplos que podemos enumerar y que son patentes, pero no es mi intención incidir en ellos por cuanto, por una parte, ya lo he hecho en otras reflexiones anteriores o porque sería entrar en ese bucle perverso de reproches por el que se nos acusa de victimismo, precisamente por parte de quienes son claros artífices de los ataques más o menos sibilinos, más o menos alevosos, pero sin duda, ataques. No quiero, por tanto, darles la oportunidad de que utilicen de manera interesada y oportunista dicho argumento, por mucho que sea real. Ese, precisamente, es su juego de intrigas y mentiras.

Sin embargo, sí que considero que es imprescindible reflexionar sobre lo que está pasando en la profesión enfermera y por qué no somos capaces de afrontar con la suficiente energía y determinación las situaciones que se plantean y provocan una clara debilidad en la Enfermería en la que, sus profesionales, las enfermeras, parecen sumidas en un letargo del que da la impresión, no saben o no quieren despertar. No sé bien si por miedo, por pereza, o por desinterés a tener que enfrentarse a una realidad que ignoran o, cuanto menos, asumen como inevitable. En cualquiera de los supuestos es terriblemente preocupante.

Lo bien cierto es que desde ese aturdimiento en el que nos encontramos actuamos mecánicamente y contribuimos con ello a perpetuar los males que el actual modelo del Sistema Nacional de Salud (SNS), en el que mayoritariamente trabajamos, se resiste a abandonar y desterrar para dejar paso a unos cambios tan profundos como necesarios. Resistencia que está alimentada, muy bien alimentada, por parte de quienes tienen la responsabilidad de actuar para que esos cambios se produzcan.

Cambios en los que, a nadie se le escapa, las enfermeras tenemos mucho que decir y que aportar. Precisamente por eso, la resistencia sea mayor y las presiones corporativistas para que no se produzcan aumenten significativamente.

Y en este punto quisiera detenerme para compartir lo que considero es la generación de un campo de realidad virtual o de realidad líquida, tal como apuntaba magníficamente el filósofo Bauman, en la que nada es lo que parece, o nada parece lo que es.

Me explico. Desde antes de la pandemia se está construyendo un mensaje lastimero, pero muy efectivo, todo hay que decirlo y reconocerlo, por el que se traslada una falta de médicos en el SNS, acompañado de un no menos efectista componente de sobrecarga que deriva en una saturación de los servicios. Por su parte las enfermeras que vienen reclamando una adecuación de las ratios que nos aproxime a los indicadores de la mayoría de los países de la OCDE donde ocupamos los últimos puestos, no hemos sido capaces de que nuestro discurso sea, no tan solo tenido en consideración, sino ni tan siquiera identificado como valorable. Pero la realidad, la sólida la actual, es tozuda y no deja resquicios ni para la duda ni para la manipulación burda desde las que se pretende crear un escenario que no tan solo beneficie a los de siempre, sino que perjudique también a los de siempre, es decir, a las personas, las familias y la comunidad, no nos engañemos, más allá de agravios comparativos en los que no tengo intención de entrar, pero que inevitablemente se tiende a rescatar con objeto, precisamente, de desmontar la realidad e incorporar su realidad virtual.

En cualquier caso, como sucede con los encausados en los juicios, estos tienen el derecho a mentir para defenderse, por lo tanto, el problema no está tanto en quien construye el mensaje, aunque sea en base a la mentira o el engaño, sino en quien lo acepta como válido y en base al mismo toma una decisión que favorece la petición. Es decir, la culpa no es tanto de quien miente como de quien se deja engañar.

Todos los indicadores determinan claramente que el problema del SNS no es de falta de médicos, sino de obsolescencia del modelo. Obsolescencia que no es programada, pero no por ello deja de ser evidente. Lo que sucede es que los cambios a los que apunta la realidad social, económica, demográfica, cultural… tienden a una demanda de atención que no tanto de asistencia muy diferente a la que ha venido siendo la característica principal del actual modelo, es decir, asistencialista, medicalizado, fragmentado, paternalista… que no por mucho repetirlo y reconocerlo acaba de ser interiorizado como un mal que hay que cambiar. Modelo, todo hay que decirlo, creado, mantenido y apoyado por quienes ahora dicen necesitar de muchos más profesionales para seguir manteniéndolo sin asumir la necesidad de cambios más allá de algunos retoques de maquillaje que enmascaren su decrepitud.

El modelo, que muchos, al menos quienes asumen las evidencias científicas como elemento imprescindible en las que sustentar y argumentar los cambios, es contrapesado por otros que como argumento usan el mensaje victimista y falso de la falta de profesionales.

Según el principio de Arquímides, un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado.

En base a dicho principio físico, si incorporamos más profesionales, de una masa importante, de los que el recipiente que los aloja permite contener, el fluido rebosará y se perderá. Sin embargo, si equilibramos los profesionales que deben incorporarse al fluido, en base a su masa y peso que no hay que confundir con falta de valor o reconocimiento, el fluido, es decir el modelo, sufrirá un empuje hacia arriba sin que se provoquen rebosamientos innecesarios, manteniendo un equilibrio y una mejor distribución del espacio en el que se hayan.

Incorporar más profesionales, sin más , por tanto, no es la solución a los males que aquejan al SNS. Se trata de analizar, medir, ponderar, valorar y evaluar, cuáles son las necesidades, qué es lo que hay que hacer, quién lo tiene que hacer, cómo lo tienen que hacer y cuándo lo tienen que hacer. Que es el resultado de planificar adecuadamente para tomar decisiones responsables, eficaces, efectivas y eficientes y no aquellas que están determinadas por los intereses de unos u otros.

Lo fácil, lo aparente, lo rentable políticamente, es aumentar recursos, como respuesta a las presiones de quienes construyen el discurso de carencia y de quienes se lo creen y con ello engañan a la sociedad.

Lo que hay que hacer es aquello que una dirección general como la de ordenación profesional no hace, es decir, ordenar. Saber qué profesionales son más necesarios y quienes menos en unos ámbitos, escenarios o contextos que en otros, que necesidades serán capaces de atender unos u otros, que respuestas se necesitarán para equilibrar los déficits y limitar los excesos que eviten que se produzca la pérdida de fluido u obligue a tener que cambiar el continente que lo alberga con el consiguiente gasto que dicho cambio generaría sin que el mismo garantizase la normal distribución de pesos en el mismo.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que estamos ante un sistema de vasos comunicantes que obliga a una distribución de los pesos en su interior que permita el flujo sin que haya excesos o carencias en unos u otros, lo que permitirá la continuidad de la atención en general y de los cuidados en particular.

No se puede ser ajeno a realidades que por repetidas deben obligar a detenerse para analizarlas y corregir aquellos aspectos que indudablemente están generando déficits importantes que, paradójicamente, son utilizados por quienes con su actitud los provocan y mantienen más allá del sentido común.

Es una evidencia la reducción progresiva de médicos que acceden a la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria, que ni consideran atractiva profesional ni económicamente, por razones que no vienen al caso, aunque las sospechemos. Por su parte es una realidad clamorosa el desinterés de los médicos especialistas en pediatría para ocupar plazas de atención primaria, que es el pago a una mala decisión cuando se puso en marcha la AP en España. Por tanto, no cuadra este hecho con la insistente demanda de aumento de plazas de médicos y pediatras en atención primaria y mucho menos con la resistencia a aumentar el número de plazas de enfermeras en dicho ámbito. Lo que provoca un evidente desequilibrio en la respuesta a las necesidades de salud de la población y un evidente descontento de las/os profesionales que trabajan en AP. Situación por otra parte que se resisten a reconocer y a admitir que su postura ni les beneficia a ellos ni permite que otras opciones den respuesta a su falta de cobertura o a una realizada sin interés ni convicción, lo que claramente repercutirá en la calidad de la asistencia que presten. Es decir, hacen como el perro del hortelano, que ni comen ni dejan comer. Pero ahí están y ahí les dejan estar. 

En Atención Hospitalaria, por su parte, se suman aspectos sangrantes como la turnicidad, la falta de conciliación familiar, la ausencia de estrategia de cuidaos… que obligan a un replanteamiento del modelo organizativo tanto para paliar estos disruptores laborales como para permitir la prestación de unos cuidados de calidad no tanto en función de la enfermedad como de la complejidad de los mismos.

Por otra parte, seguir, a estas alturas, insistiendo en la dotación de profesionales en base a una supuesta y absolutamente fallida e irreal “paridad disciplinar”, según la cual se establecen relaciones de 1:1 o 2:1… (Médico-enfermera) tan solo obedece bien a una absoluta falta de conocimiento o a una torpe gestión que, en ambos casos, no responde adecuadamente a las necesidades reales de la población a la que se debe atender y que debería ser el único y exclusivo criterio utilizado para asignar profesionales, tal como indican tanto las evidencias científicas como recomiendan organismos internacionales tan poco sospechosos de tener intereses concretos en este tema como la OMS. A pesar de lo cual la reticencia en este tipo de decisiones viene a incorporar un nuevo elemento de falta de coherencia y mediocridad, posiblemente en un intento salomónico de satisfacer a todas las partes, aunque para ello sea preciso matar a quien menos culpa tiene, en este caso, a las personas a las que se atiende.

Ante este delirio, nos encontramos con planteamientos discursivos de quienes, en una aparente diligencia en su gestión, determinan que la necesidad de plazas de especialistas de medicina requiere de estudios previos que permitan identificar las necesidades de plazas de Médicos Internos Residentes (MIR) a convocar, pero que no se haga lo mismo para las plazas de Enfermeras Internas Residentes (EIR), lo que conduce a que estas últimas se determinen en base a criterios políticos, de conveniencia o interés y no de necesidades reales. Más aún cuando posteriormente las enfermeras que realizan la formación especializada no son contratadas/os como tales especialistas. Lo que supone un claro fraude de ley, al estar gastando dinero público para cuestiones que posteriormente no suponen una recuperación de la inversión realizada y privar de unos cuidados de calidad a la población al no contratar a dichas/os especialistas.

Por otra parte, y continuando con las ocurrencias que se plantean como soluciones mágicas, se aumenta el número de estudiantes en las universidades como si con ello se fuesen a resolver los problemas del SNS, cuando lo que realmente provocará será una nueva y dramática confusión al no haberse realizado dicho aumento en base a análisis rigurosos sobre las necesidades y la definición de los puestos a cubrir y quién debe y cómo acceder a ellos, en base a su formación de grado o especializada. Al tiempo que se habla de Enfermería de Práctica Avanzada, en un SNS que no tan solo no avanza, sino que nos sitúa en tiempos que ya entendíamos superados. Tiempos y escenarios en los que la humanización tan solo se queda en una etiqueta, un eslogan o una anécdota que nos mecaniza y nos distancia del cuidado para aproximarnos a la técnica descarnada y aséptica.

A todo ello se añaden esperpénticas concesiones políticas para crear nuevas e innecesarias titulaciones que en apariencia vengan a cubrir las graves deficiencias de atención que la pandemia tan solo puso en evidencia generalizada, pero que ya existían previamente, aunque nadie se preocupó ni interesó en paliar o mejorar. Así pues, se trata de nuevos parches con los que maquillar la ineficaz e ineficiente planificación y gestión, en este caso, de las residencias de personas adultas mayores. Todo ello teniendo en cuenta que existen profesionales altamente cualificadas/os y competentes que podrían y deberían dar cobertura de calidad a las necesidades de estas instituciones. Pero, una vez más, el discurso engañoso y mentiroso de quienes hacen de la salud un negocio, arrastran a las/os decisoras/es políticas/os a plantear soluciones adaptadas a sus necesidades empresariales en lugar de a las de las personas a las que debe atenderse. Un nuevo ejemplo de engaño para beneficiar a los mentirosos y perjudicar a los receptores de la atención.

Mientras todo esto sucede se sigue actuando desde la contemplación que, aunque pueda conllevar indignación, no es suficiente para hacer cambiar las decisiones de quienes tienen la responsabilidad del servicio público, haciendo un público servicio de sus puestos para responder a presiones y mentiras.

No tardará mucho la respuesta unánime de determinados profesionales en forma de airada, aunque sea legal y respetada protesta para defender sus planteamientos engañosos que terminen de decidir a quienes suelen caer rendidos ante tales manifestaciones de poder exclusivo y excluyente.

No me extrañaría nada que se intentase arrastrar a las enfermeras hacia este movimiento de protesta en un intento por aumentar su dimensión. Pero sumarse supondría un claro error al caer en la trampa del engaño que acabaría fagocitando la demanda enfermera, cuando no siendo señaladas como oportunistas.

Por otra parte, se sigue aludiendo a la necesaria unidad de la profesión, pero al mismo tiempo se siguen llevando a cabo acciones unilaterales sin compartir con todas las partes o bien se cae en la inhibición o el silencio ante situaciones que ponen en cuestión, cuando no en riesgo, a la profesión, lo que provoca en las enfermeras una postura de indiferencia que supone una gran amenaza para el desarrollo enfermero.

En una reciente actividad científica sobre el liderazgo enfermero junior, se puso de manifiesto la necesidad de aprovechar el gran potencial de la juventud y la imprescindible articulación con la experiencia de las enfermeras senior y sobre todo con las líderes y referentes antes de que el desánimo y el abandono de unos u otros nos lleven a una situación de difícil retorno, ante la identificación de las graves amenazas que están poniendo en cuestionamiento a la enfermería como profesión y como disciplina.

Volviendo al inicio de mi planteamiento, cuando hacía referencia a la pandemia, ésta, lejos de haberse comportado como una oportunidad para nuestro posicionamiento se ha convertido en una excusa para nuestro cuestionamiento por parte de muchos ámbitos de decisión política y sanitaria.

Posiblemente haga falta una gran llamada para que toda la profesión enfermera, sea del ámbito que sea y sea junior o senior, genere un debate que derive del pensamiento crítico y conduzca a planteamientos positivos que, desde la diversidad e incluso la diferencia, nos permitan identificar nuestras oportunidades y fortalezas, que sin duda las tenemos, para hacer frente a las amenazas y debilidades que evidentemente existen y nos están llevando a un estado de desánimo que favorece precisamente los planteamientos y los intereses de quienes las provocan, mantienen y alimentan.

Considero que aún estamos a tiempo, pero también creo que cada vez tenemos menos tiempo para reaccionar y actuar. De nosotras y solamente de nosotras depende contribuir al cambio del modelo que nos atrapa y constriñe, para vencer su obsolescencia antes que el sistema nos conduzca a nuestra propia obsolescencia.

[1]   Actriz, música y fotógrafa estadounidense (1984)

PASIÓN De la religiosa a la profesional

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A todas/os quienes viven con pasión ser y sentirse enfermeras.

 

“Todas las pasiones son buenas mientras uno es dueño de ellas, y todas son malas cuando nos esclavizan.”

Jean Jacques Rousseau[1]

 

En un país como España que a pesar de ser aconfesional, que no laico, como se recoge en la Constitución de 1978, su sociedad, su cultura, su educación, sus tradiciones, están totalmente influenciadas, cuando no mediatizadas, por la religión católica.

La Semana de Pasión o Semana Santa ocupa un espacio de gran tradición e incluso fervor, entre religioso y festivo, en muchas localidades a lo largo y ancho de todo el país.

Pero yo no voy a hablar, lógicamente, de procesiones, saetas o pasos religiosos. Aunque posiblemente ello me permitiría establecer una distancia con la pasión, en la más amplia extensión de la palabra, hacía, por, para, desde y con la enfermería.

Por una parte, la pasión entendida como la inclinación o preferencia muy vivas de alguien hacia algo. Por otra como la acción de padecer, tal como se recoge en el diccionario de la RAE.

Y es que creo que una es consecuencia de la otra. Es decir, mi debilidad por la enfermería y todo lo que la misma significa y me aporta hace que, en muchas ocasiones, la misma, que me suscita tantas emociones, sentimientos, alegrías y satisfacciones, también sea

 

 capaz de provocarme mucho dolor e incomprensión. Porque como dijera Stendha[2]l “la vocación es la felicidad de tener como profesión la propia pasión”, pero no es menos cierto que “la manera más profunda de sentir una cosa es sufrir por ella” según Gustave Flaubert[3].

Así pues, mi pasión, al menos una de ellas y posiblemente la más fuerte y prologada en el tiempo, es la enfermería, en tanto en cuanto he tratado de conocerla y entenderla a través de la pasión por su aprendizaje. He entendido que esa era la mejor manera de poder crecer como enfermera, tratando de averiguar qué es lo que sabía hacer para así poderlo hacer lo mejor posible contribuyendo, en la medida de mis posibilidades, a que lo haga la enfermería. En cualquier caso he intentado hacerlo siempre desde la razón, sin descartar la pasión como motor que me permitiese transformar dicha pasión en carácter, como expresaba Franz Kafka[4], pues para mí la enfermería no ha sido un propósito o un fin en si mismo, sino una pasión que me ha empujado a que la razón, el respeto y la coherencia, me guiasen para transformar mi pasión en convicción y no a la inversa, ya que tan solo sintiendo que amo lo que hago puedo actuar con tanta convicción como para ir tras mi pasión y no tan solo tras una pensión.

Pero posiblemente por ese mismo impulso de la pasión que me hace ser vehemente, que no exaltado, en aquello que creo y por lo que trabajo y me comprometo es por lo que en muchas ocasiones dicha pasión como acción dinámica y movilizadora, se transforme en una pasión de sufrimiento e incluso de dolor por las actitudes inmovilistas, irracionales y conformistas que actúan en contra de la enfermería, su valor, reconocimiento, visibilidad y desarrollo. Una pasión que, en ningún caso, al contrario de lo que marcan los valores del catolicismo derivados de la pasión de Cristo celebrada anualmente, sufro con resignación. Todo lo contrario, la pasión que provoca el ataque, la negación o el descrédito de la enfermería genera en mi una reacción aún mayor de convicción e inconformismo por defender y argumentar la importancia de la enfermería y la inutilidad que supone su sacrificio, provocado por el temor que genera en quienes, desde el poder de la irracionalidad y el autoritarismo, atacan a enfermería y la acusan de aquello que, precisamente, mejor sabe hacer, cuidar, y del seguidismo, claro está, inconsciente y cómodo de quienes se dejan arrastrar por las acusaciones que la conducen a una agonía segura, por mucho que haya quienes se laven las manos, y las conciencias, tratando de quedar al margen de su contribución, por acción u omisión, a sacrificio, tan inútil como evitable. Hay muchas/os seguidoras/es de Poncio Pilatos.

Por lo expuesto hasta ahora es por lo que no quisiera que la pasión que sufre últimamente enfermería y a la que hacía referencia, se convierta en un ritual de pasos de dolor que sean exhibidos, en una procesión de acontecimientos, penurias, pérdidas y ofensas sufridas, a modo de recuerdo de lo que fue y dejó de ser o de lo que pudo ser y no se le dejó ser. Ni las saetas en forma de discursos vacíos y sin capacidad real de solucionar los problemas, ni los llantos lastimeros por estar en una situación que es producto de la propia indecisión o incapacidad, ni las pesadas cruces para penar por los pecados cometidos en un intento por lograr un perdón que, por no ser divino, no tiene razón solicitar ni menos aún esperar, pueden ser la escenografía que oculte y evite una necesaria resurrección de las enfermeras que les haga abandonar flagelaciones propias y ajenas innecesarias, adoptando una actitud de entrega, compromiso e implicación que se resista a ocultar su imagen propia y la de la enfermería a la que pertenecen con indumentarias reales o ficticias o bajo andas de imaginería profesional estética pero estática que tan solo confunden y facilitan la pérdida de identidad y de respeto.

Con el máximo respeto a las creencias, sus valores y sus tradiciones, lo que debemos tener claro es que estas no pueden ni deben suponer una influencia ni tan siquiera una referencia para aspectos que, como la enfermería, las enfermeras y su desarrollo, tienen otras pasiones y otra forma muy diferente de vivirlas.

Por lo tanto, la pasión por la enfermería nunca debe confundirse como una advocación religiosa hacia ella en la que la fe suponga la renuncia a las evidencias, los argumentos y las razones que la sustentan, precisamente, como ciencia. Es algo que, lamentablemente, seguimos arrastrando como consecuencia de la manipulación que durante tanto tiempo y de forma tan torpe como interesada llevó a cabo la religión católica en España al relacionar de manera casi indivisible la vocación religiosa con la vocación profesional, de tal manera que ambas tenían un carácter de llamada divina a la fe religiosa y de esta a la prestación de cuidados caritativos y acientíficos, así como de sumisión y obediencia.

Posiblemente por ello y dado que las tradiciones y las imposiciones sectarias dejan secuelas muy difíciles de eliminar, aunque sean imperceptibles, las enfermeras podamos tener esa tendencia a la pasión del sufrimiento y el llanto muy por encima de la pasión de pertenencia, de desarrollo y de autoestima que debiera caracterizarnos y suponer una fortaleza contra los ataques a los que somos sometidas y que no tenemos por qué soportar y asumir con resignación. Más bien al contrario, debemos aprender a vivir con la pasión de la satisfacción y el placer de defender lo que es nuestro y sabemos hacer mejor que nadie, sin que ello nos produzca ningún tipo de remordimientos por pensar que hacerlo es poco menos que pecado mortal, como muchas veces se nos sigue queriendo trasladar desde los sectores más reaccionarios e inmovilistas del ámbito sanitario y quienes lo quieren seguir controlando y manipulando para su interés.

Desprendámonos de los hábitos, ataduras y miedos atávicos que hacen cuestionarnos, nos paralizan y nos condicionan a la hora de tomar decisiones libres, y autónomas que permitan avanzar sin temer la represalia y el castigo de quienes se erigieron en fuerza divina que condiciona, recrimina y culpa a quienes, como las enfermeras, osen pensar por sí mismas y actuar en consecuencia.

Asumamos la condición de protagonistas de nuestro destino con todo lo que ello supone de riesgo, pero también de satisfacción por el logro propio, no impuesto, dirigido y sujeto a la obediencia y la sumisión.

Rechacemos, sin temor al pecado ni al castigo, cualquier intento de imposición o de manipulación que nos impida asumir nuestro rol autónomo de manera totalmente libre y responsable sin tener que hacer penitencia alguna por ello.

Seamos líderes de opinión y de acción de nuestras propuestas, planteamientos, estrategias e intervenciones, propiciando el trabajo transdisciplinar, pero sin perder la condición de liderazgo de su planificación, coordinación articulación, implementación y evaluación.

No ignoremos las posibles barreras, dificultades o amenazas con los que podamos encontrarnos o lo errores que podamos cometer, sin miedo y con la valentía y el coraje para afrontarlo y superarlo. Nadie, ni nada puede ser el causante de una renuncia y mucho menos de una culpabilidad que ni es razonable ni asumible como elemento de reflexión y de crítica. Tan solo desde el análisis, la reflexión y el pensamiento crítico podremos y deberemos superar nuestras adversidades e incluso debilidades, pero siempre con la capacidad de superación y mejora que nos otorga la disciplina enfermera.

Pero tampoco caigamos en el error de pensar que rechazar una pasión de sufrimiento, resignación y renuncia, supone relajarse y pensar que puede sustituirse con una situación de despreocupación en la que todo consiste en jugar con las cometas de nuestras competencias a la espera del viento más favorable sin que tengamos que hacer esfuerzo alguno en el manejo y dirección idónea para que se mantenga no tan solo el vuelo, sino también la estabilidad y la seguridad de las mismas.

Porque las competencias, como las cometas, hay que saber manejarlas, cuidarlas y defenderlas para que puedan dar lo mejor de si en su vuelo acrobático unas y en la prestación de los cuidados las otras. Si nos descuidamos, sino nos actualizamos, si dejamos que otras manejen las cometas o las competencias, las primeras pueden perder altura, enredarse en cualquier tendido eléctrico o estrellarse contra el suelo perdiéndolas para siempre, las segundas pueden quedar desvirtuadas, no actualizadas, inadecuadamente prestadas o incluso perderlas irremediablemente al ser abandonada la responsabilidad sobre ellas.

Tanto las cometas en pascua como las competencias en cualquier periodo, contexto o situación, deben ser motivo de alegría, satisfacción y superación, pero también deben ser manejadas con el rigor, la habilidad y la destreza de la experiencia y el conocimiento para que tanto las cometas en el cielo como las competencias de cuidados en salud luzcan con autoridad, haciendo visible su importancia y evitando los riesgos de colisionar con otras cometas o competencias con el consiguiente riesgo de perderlas.

Semana Santa y Pascua, representan el recuerdo de un martirio, pasión y muerte voluntariamente aceptados para, según la fe que lo avalan y difunden, salvar a la humanidad del pecado, tras la alegría de la resurrección de entre los muertos.

            No es mi intención en ningún caso plantear la pasión por y de los cuidados tal y como he relatado al principio, como un símil que pretenda situarlos como salvadores de la humanidad, sería pretencioso y alejado de toda lógica y sentido por mi parte. Pero si que he querido utilizar la retórica del momento de celebración cristiana de la pascua como elemento de referencia de lo que supone el sentimiento de dolor y alegría, reconocidos como pasión en uno u otro sentido, en aquello en lo que se cree y por lo que se trabaja para mejorarlo y difundirlo. En este sentido y no en otro, no está tan lejos la fe religiosa de la fe disciplinar o profesional. La diferencia, la gran diferencia, es que la fe de la primera es dogmática y no se basa en argumentos científicos lo que hace que sus fieles lo sean por creer sin conocer, por el simple hecho de transmisión, porque siempre se ha dicho así, de tal manera que resulta inalterable a lo largo de la historia, sin que permita cuestionamientos que son entendidos como pérdida de fe y por lo tanto pecaminosos, entendiendo lo espiritual desde la perspectiva religiosa exclusivamente. La fe de la segunda, sin embargo, es por razonamiento científico, por refutación y pensamiento crítico, evolucionando e incorporando nuevos conocimientos y desechando otros por caducos, con el fin de ofrecer la máxima calidad de cuidados tanto para el cuerpo, la mente como para el espíritu, entendido este último, como la forma en que se vive, se siente o se sufre desde la cultura, las normas, los valores de cada persona, de cada familia o de cada comunidad. En una hay pecado y en la otra tan solo error. En una hay castigo y en la otra reflexión. En una hay renuncia y en la otra búsqueda. En una hay creencia en lo que ni se ve ni se conoce y en la otra tan solo en lo que se contrasta y evidencia. En una hay escrituras inalterables y en la otra, escrituras dinámicas que presentan evidencias. En la una hay resignación y en la otra inconformismo y resistencia. En una hay penitencia y en la otra, propósito de mejora continua. En una se cree en una vida después de la muerte y en la otra en la vida y en la muerte como un continuo de atención. En una se ora y en la otra se estudia. En una hay milagros y en la otra, hechos constatables. En una hay santos y en la otra líderes y referentes. Finalmente, la fe mueve montañas y la ciencia las pone en su sitio.

No se trata de comparar una religión con una profesión, aunque durante mucho tiempo la primera fagocitó a la segunda imponiendo su dogma y anulando la ciencia. Pero si de establecer puntos de referencia sobre lo que son y significan conceptos que son vividos, sentidos y expresados de muy diferente manera según se haga desde una fe u otra. Ni mejor, ni peor. Tan cerca y tan lejos. Pero ni la fe de una puede contravenir las evidencias de la otra, ni las evidencias de esta pueden ni deben anular las creencias hacia la otra. Se trata de diferentes formas de querer ver y vivir la realidad.

Ambas despiertan pasión y en ambas se siente pasión, pero es evidente que no es la misma pasión, ni tienen la misma misión.

Con mi máximo respeto hacia cualquier fe o creencia, en el caso que nos ocupa, deseo a las/os creyentes de la semana de pasión la disfruten desde el recogimiento, la emoción o la oración.

A quienes su pasión la tienen enfocada a la enfermería como forma de vida, trabajo, sentimiento y convicción, que la misma siempre sea capaz de estar guiada por la razón, la ciencia y la conciencia científicas para seguir avanzando y evitar, en la medida de lo posible, que dicha pasión lo sea de sufrimiento o dolor por no lograr hacerlo, o que otras/os traten de impedirlo desde la descalificación, el ataque o la resistencia, acientíficas que tienen como objetivo exclusivo seguir manteniendo posiciones de privilegio o poder desde el autoritarismo y la prepotencia, o bien de aquellas/os que con sus actitudes de renuncia, conformismo y pasividad causan un daño tanto a la profesión/disciplina a la que pertenecen como a las personas a las que se deben como enfermeras. A todas/os ellas/os pedirles idénticos procesos de reflexión y respeto para con la enfermería, las enfermeras y los cuidados profesionales, como los que se exigen para cualquier posición, pensamiento, idea o creencia.

A todas/os mis mejores deseos en estas fiestas, se vivan desde el fervor religioso o profesional, pero que en cualquiera de los casos se vivan con pasión y sin desatar pasiones.

[1]   Polímata suizo francófono. Fue a la vez escritor, pedagogo, filósofo, músico, botánico y naturalista.

[2] Henri Beyle (Grenoble; 23 de enero de 1783 – París; 23 de marzo de 1842), más conocido por su seudónimo Stendhal, fue un escritor francés.

[3] Escritor francés. Considerado uno de los mejores novelistas occidentales, es conocido principalmente por su novela Madame Bovary

[4] Escritor bohemio en lengua alemana. Su obra, una de las más influyentes de la literatura universal

OCULTISMO Y CONFUSIONISMO

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“Con un gran poder a menudo llega una gran confusión”

Dan Allen[1]

 

La palabra “ocultismo” deriva de la voz latina occultus, que significa ‘oculto, clandestino, escondido, secreto’, y que proviene de occulere (‘ocultar’). Por su parte por confusionismo se entiende la falta de claridad en una idea o en un discurso, en especial si se produce intencionadamente.

            Parece como si ambas palabras, más concretamente ambas acciones, fuesen utilizadas de forma muy particular por determinados sectores de la profesión enfermera, con el objetivo de esconder secretos o mantener en la clandestinidad determinadas acciones, lo que sin duda genera una gran confusión dada la falta de claridad y transparencia que de manera intencionada se genera.

            Es cierto que el modo de actuar de nuestros representantes, o de quienes están ocupando los puestos de representación, que es cosa diferente, no siempre se han caracterizado por su ética ni tan siquiera por su estética. Pero últimamente la falta de pudor a la hora de tomar decisiones en beneficio propio, o de no tomarlas para beneficio de la profesión ha alcanzado tal grado de desfachatez que resulta incluso indecente.

            Siendo grave esto que comento, aún me preocupa más la anestesia colectiva que padece la profesión enfermera. Parece como si hubiese alcanzado el umbral de la tolerancia a la corrupción, la mentira y el engaño y prefiriese naturalizar las situaciones pensando que forman parte de la normalidad y que nada ni nadie puede cambiarlo.

            Porque llegados a este punto la capacidad de respuesta se reduce y se favorece la perpetuidad de los comportamientos ocultistas y de confusión que anulan la reacción al ser controlada, manipulada y distorsionada por quienes ejercen un poder absolutista y despótico que tratan de maquillar desde sus puestos de poder con recursos que paradójicamente aportamos todas/os, de manera cautiva, lo que provoca otra efecto colateral aún mucho más grave como es el desprecio hacia las instituciones u organismos desde los que los profesionales del ocultismo y la confusión ejercen como okupas. Porque en su maquiavélico proceder logran que el rechazo, la rabia y el descontento se focalice en las instituciones y no en quienes las representan, lo que supone un daño que ni tan siquiera el cambio de protagonistas, muchas veces, consigue repararlo y revertir las sensaciones y sentimientos hacia las mismas.

            No son las instituciones quienes ocultan o confunden. No son las responsables de la inacción irresponsable o de la acción mediocre. Porque las instituciones, como tales, no tan solo son necesarias, sino que resultan fundamentales para el desarrollo, consolidación y valoración de las enfermeras. Las instituciones tienen un valor que trasciende al egocentrismo, populismo, autoritarismo, protagonismo y muchos más “ismos” de quienes acceden a ellas con engaños y trampas que pertrechan desde el manoseo indecente que hacen de la libertad y la democracia que desprecian y vulneran con sus actuaciones, de tal manera que como dijera Harry Truman “si no les puedes convencer, confúndelos”[2].

            Dicho lo cual tampoco podemos creer que toda la culpa es exclusivamente de quienes actúan con tanta desfachatez. Porque la actitud de indolencia que asumimos creyendo que no se puede hacer nada o que son otros quienes lo tienen que hacer, unido a la falta de reconocimiento, respeto y apoyo hacia quienes siendo referentes y líderes se desprecian o incluso atacan, favorecen no tan solo tales actitudes sino su naturalización.

            Son muchos los casos y demasiadas las personas que los protagonizan, pero recientemente se están acumulando los ejemplos de este tipo de actuaciones más propias de sectas que de instituciones de representación profesional.

            Ante los ataques permanentes de los que estamos siendo objeto las enfermeras quienes debieran responder con contundencia se refugian en sus palacios, pagados por todas/os, para maquinar desde el ocultismo respuestas absolutamente ineficaces y ausentes de argumentación o permanecer en el anonimato de la displicencia, el inmovilismo y la conformidad, como si no fuese con ellas/os, mientras el deterioro de la profesión es cada vez mayor.

            Aislamiento de sectores profesionales, científicos o de influencia, que consideran peligrosos para sus intereses y que son prácticamente los únicos que alzan la voz y cuestionan con argumentos las decisiones que se toman en despachos ministeriales, parlamentarios, del senado, de consejerías o gerencias y que ante la perspectiva cada vez mayor de falta de resistencia por parte de las enfermeras, son cada vez más agresivas contra las competencias enfermeras en general y contra los cuidados profesionales enfermeros en particular.

            Estrategias orquestadas en la oscuridad del secretismo para lograr mantenerse en el poder, mediante procesos electorales totalmente manipulados en los que se recaban votos ya cumplimentados de manera personalizada utilizando las siglas de una organización de representación y supuesta defensa profesional, como votos teóricamente por correo no desde la voluntad individual de quienes los emiten sino desde la captación fraudulenta de quienes los buscan y consiguen desde el ocultismo y la confusión. Haciendo que quienes masivamente decidieron cambiar con su voto una realidad corrupta tuvieran que aguantar una falta de respeto más al tener que esperar durante horas para depositar su voto en una única urna dispuesta para un colegio con más de 50.000 potenciales votantes. Todo lo cual arroja unos resultados totalmente controlados que ponen de manifiesto de manera tan clara como burda la manipulación del voto al obtener la candidatura continuista la absoluta mayoría del voto por correo, es decir el captado por los interesados, mientras la candidatura alternativa obtenía la mayoría del voto presencial que en ningún caso y mucho menos dadas las condiciones que se establecieron, lograron acercarse al número de votos supuestamente emitidos por correo, que ni tan siquiera se permitieron cotejar, en un nuevo y patético ejemplo de ocultismo y de absurda e increíble disociación entre un tipo de voto y otro.

            Pero nuevamente surge la duda. ¿Es responsabilidad, este engaño, tan solo de quien lo comete? ¿Ninguna/o de las/os miles de enfermeras a las que se solicitó el voto tuvo dudas en cuanto a la legalidad del proceso? ¿Tan perfecta es la estrategia de engaño que nadie se dio cuenta, ni denunció el proceso de recogida de votos? ¿Una carpeta y un bolígrafo son suficiente prebenda para regalar un voto que debe decidir quien le represente? ¿Tan poco importa el destino de la institución que representa a la profesión?

            Porque sería una irresponsabilidad pensar que tan solo son culpables quienes actúan fraudulentamente para lograr su objetivo, en la creencia de que la inacción, la indiferencia y el conformismo que contribuye desde la omisión a que lo logren no es también un ejercicio de complicidad tan necesaria como evitable. Quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra.

            Si cuanto menos reflexionásemos sobre lo que pasa y sobre cuál podría ser la aportación responsable que, desde la libertad absoluta de elección, adoptásemos en base al conocimiento y el pensamiento crítico de lo que supone tomar una u otra decisión, posiblemente el resultado sería bien diferente en todos estos órganos de representación.

            El argumento de que se pertenece por obligación a hacerlo es tan manido como inconsistente. Pues si bien se puede debatir la obligatoriedad o no de pertenencia, lo que no se puede obviar es lo que supone individual y colectivamente dicha pertenencia para el desarrollo, la identidad, el valor y la referencia, tanto a nivel profesional como institucional o social.

            Porque el ocultismo y la confusión también es ejercida por parte de las enfermeras cuando renuncian a defender su identidad y su orgullo de pertenencia a la profesión que, no lo olvidemos, eligieron bien por vocación, convicción o elección simple. Elección que, desde el momento de tomarla, suponía un compromiso con la profesión, su imagen y su proyección. Una elección que no puede quedar circunscrita a una simple relación laboral por la que se obtiene un salario. Porque esa actitud supone una negación y una renuncia a ser y sentirse enfermera, convirtiéndolo en un mero acto mercantil acientífico y ausente de ética que significa dejar en manos de quienes tienen otros intereses el decidir por nosotras.

            No se trata de que todas las enfermeras seamos activistas. Pero si, al menos, que seamos coherentes con lo que somos y a quienes nos debemos, las personas, las familias y la comunidad, para desde esa coherencia apoyar a quienes defienden la profesión para evitar que quienes quieren lucrarse a costa de las enfermeras no lo logren tan impunemente como lo hacen.

            Ocultar y confundir nuestra aportación específica, los cuidados profesionales enfermeros, enmascarándolos o no reconociéndolos como propios supone que los mismos sean reclamados por quienes están al acecho para asumirlos y hacerlos suyos. Porque negar los cuidados enfermeros, desde los más básicos a los más complejos, no va a representar en ningún caso que los mismos desaparezcan. Los cuidados siempre van a ser necesarios. Lo que debemos tener en cuenta es que abandonar su responsabilidad es poner en peligro la necesidad de las enfermeras. Porque las enfermeras les damos sentido, conocimiento y humanismo a los cuidados, pero si no cuidamos esa identidad propia, los cuidados pueden llegar a ser prestados por otros profesionales. Finalmente, la sociedad lo que requiere y demanda son cuidados, si nosotras como enfermeras no somos capaces de que dicha sociedad los relacione con nosotras como las únicas capaces de prestarlos con calidad, calidez y humanismo, la sociedad acabará por identificarlos con quienes los hayan asumido tras nuestra renuncia. Y las enfermeras sin cuidados no aportaremos valor y sin valor no seremos conocidas ni reconocidas. No confundamos pues a la población con nuestras derivas y nuestras debilidades y seamos capaces de liderar con claridad y transparencia los cuidados que nos identifican.

            Pero además debemos de ser conscientes de que nuestra responsabilidad con los cuidados no se limita exclusivamente a su prestación. Dicha responsabilidad está ligada a la necesidad de alimentarlos con evidencias científicas que sean capaces de aportarles calidad y capacidad de respuesta a las necesidades de salud de la población. Pensar que cuidar en un acto mecánico, rutinario y pasivo es la mejor manera de ocultarlo y restarle el valor científico que le corresponde y se debe exigir.

            Si además no somos capaces de transmitir a las futuras enfermeras el valor de los cuidados desde esa perspectiva científica a la vez que humanista, tampoco ellas tendrán la competencia, al menos inicial, de identificarla, valorarla, cuidarla y desarrollarla, entrando en un proceso de deterioro progresivo de los cuidados que difícilmente soportarán la exigencia de responder con calidad a las necesidades de salud.

Por tanto, se trata de todo un proceso dinámico, activo, continuo y continuado de mejora sin el que perderemos la capacidad de ser referentes y por tanto deberemos asumir el riesgo o la consecuencia de quedar ocultas en la indiferencia de nuestra aportación. Y desde dicha indiferencia no tendremos capacidad de exigir, ni de reclamar ser reconocidas y valoradas. Es decir, todo conduce a una triste realidad de confusión y ocultismo del que será muy difícil salir si no remediamos ser absorbidas por ese torbellino de mediocridad y lo que es peor de mediocres interesados en obtener beneficios a costa de las enfermeras.

Ni las/os políticas/os, ni las/os gerentes, ni los medios de comunicación, ni la comunidad, van a hacer esfuerzos por visibilizarnos. Unos porque ocultándonos logran dar respuestas más eficientes, aunque estas sean menos eficaces y efectivas. Otros porque sus intereses pasan por responder a necesidades al margen de la calidad. Están quienes ni saben ni muestran interés por lo que somos o aportamos más allá de la noticia que pueda darles notoriedad en base a número de consumidores, Por último están quienes tan solo quieren ver respondidas sus demandas con satisfacción y siendo respetados, con independencia de que se llamen enfermeras, técnicos o coordinadores de cuidados.

Lo que no hagamos nosotras como enfermeras para salir a la luz y evitar la confusión, no lo va a hacer nadie. Es más, tratarán por todos lo medios que quedemos ocultas como ya se ha hecho tras denominaciones tan confusas como rastreadoras, vacunadoras, operadoras, según las cuales trasciende a título de importancia la tarea realizada sobre quien es responsable de llevarla a cabo desde el rigor científico y la calidad de la atención.

¿Hasta cuándo vamos a mantener nuestra indiferencia? ¿Cuánto tiempo vamos a tardar en ser invisibles con nuestra actitud de ocultismo y confusión? ¿Seguiremos pensando que la culpa siempre es de los demás sin asumir nuestra cuota de responsabilidad profesional? ¿Dejaremos que la mediocridad, la corrupción y la hipocresía sigan identificando a quienes se mantienen y perpetúan como referentes de muchas instituciones enfermeras? ¿El ocultismo y la confusión van a seguir siendo el refugio de nuestra propia incapacidad de respuesta?

Son interrogantes duras, que requieren respuestas valientes. No es un relato pesimista. Creo firmemente en la capacidad de las enfermeras. Pero dudo de la voluntad para activarla, en parte como consecuencia del hartazgo y la pérdida de fe en quienes dicen ser nuestros referentes, pero en parte también, por la pasividad con la que actuamos pensando que no hay manera de solucionarlo.

Tan solo recuperemos nuestra identidad y con ella nuestra fortaleza para afrontar los cambios que necesitamos para salir de este ocultismo y confusión que nos limita y nos cuestiona. Confiemos en nuestras/os líderes y apoyemos sus acciones para hacer frente a quienes se creen inmunes a cualquier fracaso por entender que lo controlan todo desde la manipulación y el engaño.

Es posible y deseable. Creámoslo y lo lograremos.

[1] Director de cine

[2]Trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos desde 1945 hasta 1953

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD

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“No es una buena medida de la salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma

Jiddu Krishnamurti[1]

 

 

Dr. José Ramón Martínez-Riera

Académico y Vicepresidente II

Academia de Enfermería de la Comunitat Valenciana

 

            En unos momentos en los que la pandemia de la COVID 19 sigue presente, en los que la guerra contra Ucrania, que no de Ucrania como erróneamente se dice, azota a toda una nación y provoca efectos colaterales en prácticamente todo el mundo, en los que la amenaza de regímenes totalitarios ponen en peligro valores y derechos fundamentales, en los que las desigualdades y la falta de equidad son consecuencia de poblaciones vulneradas…parece que no invite demasiado hablar de Salud y mucho menos a hacerlo desde una perspectiva de celebración mundial.

            Sin embrago, precisamente por eso y por otros muchos factores, situaciones y acontecimientos que suceden diariamente a nivel mundial, pero también local, resulta más necesario que nunca el hablar, analizar, reflexionar, debatir, sobre salud.

            Sin duda los efectos que sobre la salud global están generando la pandemia, la guerra o las desigualdades, son razones suficientes, aunque no únicas para detenernos, aunque tan solo sea por un día, a valorar qué es lo que significa una palabra que todos reconocemos y que tan poco conocemos y valoramos. Tan solo, como dice el refrán, nos acoramos de Santa Bárbara cuando truena, y por analogía podemos decir que nos acordamos de la salud cuando no la tenemos o vemos el peligro de perderla.

            En cualquier caso, tanto la pandemia, la guerra como las desigualdades, como ejemplos paradigmáticos contra la salud, lo que vienen a poner en evidencia es la fragilidad de la salud y la preocupante falta de atención que sobre ella se tiene por parte tanto de políticas/os, gobernantes, gestoras/es, profesionales de la salud y población en general.

            Algo como la salud que concita tanto consenso, en cuanto a la importancia que a la misma se le da, cuanto menos en apariencia y en el discurso que se genera a su alrededor, y que sin embargo tanto se descuida e incluso tanto se maltrata en cuanto a hechos o acciones tendentes a promocionarla, conservarla o reponerla.

            Queda claro, por tanto, que no se trata tan solo de identificar la salud como un valor, un derecho o una oportunidad que son utilizados de manera oportunista y puntual en el planteamiento de discursos, posicionamientos o argumentos con los que trasladar un mensaje en el que quede patente su importancia, pero en los que no se concreta nunca, o casi nunca, cómo la salud pasa a formar parte de las políticas que sostienen o cuanto menos fundamentan la acción política, gubernamental, gestora, profesional o social.

            Así pues, la salud es utilizada, manoseada, manipulada y distorsionada en función del interés que en cada caso se requiera, como si de un comodín se tratase para tratar de completar la jugada que permita ganar la partida que en ese momento se esté jugando. Bien sea esta, la pandemia, la guerra o las desigualdades, incorporándola en el lugar que más convenga con tal de completar la combinación ganadora. Siempre acaba siendo una opción segura.

            Pero claro está, lo que se utiliza realmente no es la salud, sino la palabra con la que identificamos a la misma, que en ningún caso supone que todos entendamos lo mismo sobre lo que significa, ni lo que aporta, ni lo que determina. Porque la salud es en sí misma una opción, una responsabilidad, una oportunidad, una ilusión, una condición, una solución, una demanda, una necesidad… según quién o quiénes la utilicen, la busquen, la interpreten, la analicen, la verbalicen, la incorporen, la trasladen, la coordinen, la gestionen o incluso la compren o vendan.

            En una sociedad altamente competitiva en la que la inmediatez, el individualismo y la mercantilización lo impregnan todo, la salud se convierte en un bien de consumo más con el que jugar en bolsa, hacer negocio, asustar, engañar, especular, chantajear, pero muy poco con el que generar igualdad, tranquilidad, bienestar, equilibrio y solidaridad.

            Nos hemos convertido todos, en mayor o en menor medida, en traficantes de salud.

            Desde la política, al hacer de un tema tan sensible, trascendente y necesario un uso partidista con el que sacar rédito, sin que ello signifique que se haga en base a las respuestas o apuestas que en torno o a favor de la salud pública y comunitaria se requieren, sino tan solo como elemento de marketing y propaganda con el que llamar la atención u obtener un beneficio, sea político, social, corporativo o personal, pero muy alejado de la capacidad real de lo que significa tener y estar en salud.

            Desde la gestión al identificar la salud como un bien con el que obtener beneficios desde una perspectiva rentista alejada, en muchos casos, de los resultados en salud de y para las personas, las familias y la comunidad, confundiendo de manera sistemática sanidad con salud como si fuesen sinónimos cuando realmente son antónimos o cuanto menos diferentes conceptos que incluso se gestionan de diferente manera y con diferentes objetivos.

            Desde los profesionales porque algunos ni tan siquiera se sienten e incluso renuncian a serlo de la salud, por entender que su acción está por encima de ella al centrarse exclusivamente en la enfermedad y su posible curación. Otros porque aun asumiendo, o cuanto menos no renunciando, a su pertenencia a la salud, su actividad queda circunscrita a la enfermedad o la técnica, haciéndolo desde un paradigma que no les es propio y desde el que, además, pierden autonomía y generan dependencia y subsidiariedad de otros profesionales. Todo lo cual conduce al reduccionismo profesional que les sitúa como sanitarios al haber renunciado a la salud que tan solo ocupa un espacio anecdótico o testimonial. Los cuidados por su parte quedan relegados a una valoración residual y acientífica que no es ni identificada ni reconocida por las instituciones, aunque sea valorada de manera muy positiva por la población, pero que sin embargo les cuesta asimilarlos a una aportación específica enfermera generadora de salud, autogestión, autodeterminación y autonomía del cuidado.

            Por último, desde la ciudadanía porque identifican que la salud es algo en lo que no tienen ni pueden aportar nada, que para eso están ya los profesionales sanitarios que son los únicos que tienen la competencia de actuar cuando se identifica o percibe alguna necesidad de salud, que realmente no es tal pues se asimila a una demanda por enfermedad, como consecuencia de la cultura sanitarista que en este sentido se ha trasladado por parte de los profesionales a la población, usurpándoles todo su saber popular y la capacidad de tomar decisiones en sus procesos de salud-enfermedad, generando una población dependiente y altamente demandante de asistencia que no de salud ni de atención.

            Así pues, la salud, como sucede con otros derechos fundamentales como la justicia o la equidad quedan reducidos a meros conceptos idealizados y deseados, pero a los que resulta complicado acceder en igualdad de condiciones como consecuencia del contexto y los determinantes que en el mismo se presenten, lo que determinará claras diferencias tanto en el acceso como en la percepción que de la propia salud tengan las personas.

            La salud pues debería ser identificada, además de como un derecho indiscutible, como un bien al que poder acceder con independencia de todos aquellos factores que de manera directa o indirecta inciden claramente en las posibilidades de las personas a hacerlo en igualdad de condiciones y de resultados.

            Para ello resulta imprescindible que la salud desplace de manera clara a la enfermedad como centro de la atención de políticas, gestión, atención profesional o responsabilidad individual y colectiva de la población. Tan solo situando a la salud como objetivo y no como resultado esperable o deseable con el que hacer negocio o especular, y desde un abordaje de participación directa, seremos capaces de generar entornos, poblaciones y contextos saludables donde la salud forme parte de la convivencia y no sea tan solo una vivencia puntual, anecdótica o casual ligada a supuestos y estereotipados estados de bienestar.

            La Salud Pública y Comunitaria deben adquirir el protagonismo que lamentablemente no tienen en la actualidad al estar subyugadas al racionalismo y paternalismo sanitarista de los modelos medicalizados en los que profesionales como las enfermeras son invisibilizadas o reducidas a realizar tareas delegadas de asistencia a la enfermedad y con ello anuladas como agentes de salud fundamentales de promoción de la Salud desde la que empoderar a las personas, las familias y la comunidad en salud.

            Seguir celebrando el día mundial de la salud como una fecha en la que acordarse de que existe, pero sin que realmente haya un compromiso firme por parte de todos de situarla como referencia indiscutible de todas las políticas, lo que supone un cambio radical en cuanto a su identificación, abordaje, tratamiento, planificación, accesibilidad, desarrollo y evaluación, quedará reducido a una fecha más en el calendario de celebraciones mundiales que nos recuerde anualmente que existe aunque cada vez tenga menos sentido y se utilice, una vez más, como escaparate de propaganda en el que escenificar reconocimientos cuyo único objetivo es el de maquillar las carencias derivadas de la falta de decisiones necesarias, deseadas y valientes que sitúen a la salud como objetivo a alcanzar y no como medio para lograr fines que nada tienen que ver con la salud de las personas, las familias y la comunidad.

            Los aplausos, como los reconocimientos, pierden todo su valor sino van acompañados de acciones que den verdadero sentido a la salud, que es lo que realmente necesita la ciudadanía, las/os profesionales y el propio sistema nacional de salud.

            Discutir con la realidad es doloroso, tal como dice Byron Katie[2], admitirla sin hacerlo es renunciar a mejorarla.

            Desde la Academia de Enfermería de la Comunitat Valenciana hacemos un llamamiento serio, riguroso y científico por la salud global como única forma de lograr el necesario equilibrio que facilite acceder a ella desde la igualdad, la equidad y la libertad, en un esfuerzo común por respetarla y no por hacer un uso interesado de la misma.

            Ahora más que nunca la SALUD adquiere una dimensión más allá de la sanidad y la asistencia. Una dimensión integral que, de sentido a la vida en cualquier ciclo vital, entorno o contexto, al margen de diferencias sociales, culturales, religiosas o sexuales, disfrutándola en equilibrio y convivencia como un bien común que determine responsabilidad individual y colectiva y no como una obligación impuesta en oposición a la enfermedad exclusivamente. Como un valor que hay que defender y compartir, promocionar y respetar, generar y mantener, desear y lograr desde la participación y la solidaridad, la ética y la estética, la técnica y el cuidado, la tecnología y el humanismo. Tan solo desde esta perspectiva, este planteamiento, este compromiso merece la pena reconocer y celebrar este día mundial de la SALUD como un bien y un derecho universal y accesible.

[1] Escritor, orador, indio-estadounidense (1895-1986)

[2] Escritora y conferenciante estadounidense.

¡¡¡BASTA YA!!!! Movilizados por los cuidados

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“No sé si es cansancio, madurez o resignación, pero hay cosas que ya no quiero discutir más.”

Jorge Schubert [1]

 Desde el año 1977, con motivo de la demanda de las enfermeras para incorporar sus estudios a la universidad, ya no ha vuelto a existir un movimiento de protesta y movilización como aquel. Ni en cuanto a número de enfermeras movilizadas, sensibilizadas, comprometidas, implicadas y concienciadas, como de unidad por el objetivo que generó tal movimiento, el desarrollo disciplinar de la enfermería que, sin duda, supondría un punto de inflexión sin precedentes en España y para nuestra disciplina/profesión.

Las calles se llenaron de enfermeras uniformadas, muchos espacios en hospitales o escuelas acogían asambleas multitudinarias, los servicios de salud sufrieron el impacto por los paros registrados, lo que permitió ponderar en su justa medida la importancia y el impacto que los cuidados profesionales enfermeros tenían y que no había sido en ningún momento valorado ni reconocido, tanto para el funcionamiento de los servicios como para la salud de las personas atendidas, lo que permitió situar en su justa medida la dimensión de la aportación enfermera.

Logrado el objetivo de la incorporación en la Universidad, las enfermeras asumieron su rol de cuidadoras profesionales y de profesionales responsables con su nuevo nivel académico en cualquiera de los ámbitos en los que trabajan.

Dicha asunción, en ningún caso, significaba que no existiesen más problemas o que no se tuviesen mayores aspiraciones, pero la responsabilidad contraída con la sociedad tras su incorporación en la universidad con el objetivo de ser mejores profesionales y ofrecer cuidados de mayor calidad, se anteponía a cualquier otra reivindicación corporativa que supusiese nuevamente la parálisis del sistema. La ética del cuidado prevaleció a cualquier intento de desestabilización o protesta masiva.

En todo momento se trabajó de manera ordenada, serena, respetuosa, rigurosa, incluso silenciosa aunque no por ello vacía de contenido, en cuantos conflictos, agravios, ataques, despropósitos, barreras, mentiras, promesas incumplidas, mensajes vacíos, oportunismos tramposos, brindis al sol, limitaciones, sospechas, silencios escandalosos, escándalos silenciados, desprecios, aislamientos, recortes, irracionalidades, presiones… a los que hemos estado sometidas de manera casi permanente y sistemática durante más de 40 años desde que lográsemos entrar en la Universidad. Como si con dicho logro se hubiese entendido que las enfermeras ya no tuviésemos mayores necesidades, reivindicaciones, deseos, oportunidades, anhelos, objetivos, fines o metas que alcanzar. Como si se nos hubiese dado un billete de fin de trayecto que impidiera cualquier otra posibilidad de destino.

Paradójicamente, además, ha sido durante estos últimos dos años, coincidiendo con el movimiento Nursing Now, cuando han arreciado, si cabe aún más, los despropósitos contra las enfermeras, que se intentaron enmascarar con aplausos y palabras vacías y sin sentimiento alguno por parte justamente de quienes permitían o decidían en contra de las enfermeras. Debieron entender que lo de Enfermería Ahora (Nursing Now) era el aviso para atacar ya sin remilgo alguno a las enfermeras.

Sin embargo, en ningún caso debe entenderse esta postura de contención de las enfermeras, que no de resignación, con falta de interés, ambición, necesidad, ni mucho menos de sumisión, ante el sistema o cualquier otra circunstancia o factor. Aunque pueda o quiera interpretarse como una justificación interesada y oportunista, nada más alejado de la realidad. Las enfermeras siempre han antepuesto a sus intereses individuales y colectivos los de las personas, las familias y la comunidad a las que atienden. Siempre han considerado, como hacen con la atención integral que prestan, que el consenso, la escucha activa, el diálogo, el respeto, junto a los argumentos rigurosos y razonados eran las vías que debían utilizarse para la negociación, de aquellas demandas legítimas que como profesionales tienen para garantizar la calidad de sus cuidados. Nunca se utilizó la fuerza de la presión, el poder, la exigencia o la amenaza para lograr imponer su criterio como otros han venido utilizando sistemáticamente para lograr unas demandas que no siempre tienen ni la trascendencia ni el impacto con las que se han trasladado a través de mensajes engañosos, manipulaciones interesadas o argumentos falsos, con los que lograr el respaldo social que tan solo les interesa realmente para alcanzar sus objetivos laborales o económicos y no así la mejora de la calidad asistencial que prestan y que manejan e inducen a su capricho en base a sus necesidades puntuales y/o a sus autoritarias imposiciones organizativas tendentes a satisfacer su particular estado de bienestar o zonas de confort. Para ello no han dudado nunca en utilizar las demandas judiciales, las movilizaciones o los paros con el manejo de unos medios de comunicación fascinados por el sanitarismo medicalizado que hacen de altavoz a sus reivindicaciones. Incluso, no han tenido pudor alguno en utilizar a otros profesionales en general y a las enfermeras en particular como muleta con la que reforzar la estabilidad de sus protestas, pero sin que ninguno de dichos colectivos les diera permiso para ello ni participasen de su argumentario. Tan solo se trataba de una utilización interesada en la que nunca se tuvieron en cuenta los intereses o necesidades de los mismos sino tan solo sus crematísticos deseos enmascarados de una preocupación por el tiempo dedicado o la demanda que es, casi única y exclusivamente, consecuencia de su propia ineficacia o su manejo interesado como estrategias de logro.

Pero allá cada cual con sus planteamientos. Cada quien debe ser coherente con su línea de actuación y de acción y no tan solo pretender que la imagen idealizada de su aportación sea la moneda con que poder comprar voluntades y vencer resistencias.

Por eso las enfermeras siempre han mantenido esa especie de reserva, de contención, de espera, porque siempre han considerado que las necesidades de la sociedad debían estar permanentemente garantizadas.

Pero esa actitud, ese posicionamiento, que algunas/os quieren asociar a inmovilismo e inacción, para nada tiene que ver con ellos. Porque la inacción y el inmovilismo, que lamentablemente existen, obedecen a otros criterios relacionados a una ética de mínimos en la que la falta por asumir responsabilidades prevalece a la carencia de estímulos para la movilización y la protesta.

La información y con ella los datos, se han utilizado y se siguen utilizando en contra de las propias enfermeras en un diabólico juego en el que se trata en todo momento de hacer responsables de los males de la enfermería a las propias enfermeras a las que se acusa de estar desunidas, fragmentadas y no saber quiénes son sus referentes, cuando realmente se trabaja de manera soterrada y totalmente orquestada para hacer que eso suceda o lo parezca. Todo lo cual es aprovechado por determinados grupos que tratan de sacar rédito de esta situación planeando propuestas de fragmentación como las que realizan algunas matronas exigiendo una titulación independiente de enfermería o la realizada por residentes de especialidades enfermeras constituyendo asociaciones al margen de las Sociedades Científicas de sus especialidades. Una verdadera locura que obedece claramente a la degradación a la que estamos siendo sometidas desde hace tanto tiempo y que ya tiene antecedentes claros cuando Fisioterapia o Podología dejaron de ser especialidades enfermeras para pasar a ser titulaciones independientes.

Pero este mal no es exclusivo de las enfermeras, porque las guerras de guerrillas son no tan solo habituales sino mucho más cruentas entre profesionales de otras disciplinas, que cuentan con el apoyo mediático y de la industria, como la farmacológica o la técnica, que les otorgan el papel de lobby que achanta y doblega a las administraciones y a quienes las gestionan, que en ocasiones incluso son los mismos.

Desde 1977 hasta hora han sido muchos los acontecimientos, las acciones, las omisiones, las decisiones, las ausencias, los olvidos, las intenciones, las sinrazones… que han acompañado la evolución y el desarrollo, tanto disciplinar como profesional de las enfermeras. Pero además, lo han hecho, en compañía y comparación permanente a otras disciplinas/profesiones en desigualdad de condiciones en unas ocasiones o en clara desventaja en otras como consecuencia de las diferencias de criterio; las normas diseñadas a medida de una determinada disciplina/profesión; la asimilación de paradigmas de manera totalmente incoherente; el punto de partida claramente diferente; la exigencia homogénea ante oportunidades absolutamente desiguales; la negación a determinados objetivos por razones exclusivamente de autoritarismo corporativista; la utilización interesada de la actividad enfermera como demanda de otras profesiones en detrimento de las necesidades de la población; la desvalorización de las aportaciones específicas enfermeras como los cuidados; la ausencia de indicadores de resultado enfermeros; la mimetización sistemática del modelo médico para imponerlo al de las enfermeras; la fagocitación en órganos, comisiones o puestos de responsabilidad en donde les dejan estar pero no les dejan ser; el racionamiento permanente de las plantillas enfermeras en beneficio del crecimiento del de otros profesionales sin criterios que lo justifiquen y tan solo como respuesta a las presiones de poder y al modelo diseñado a imagen y semejanza de un colectivo profesional y no de las necesidades de cuidados de las personas a las que debe dar respuesta; los incentivos diseñados a medida de unos pocos en detrimento de las enfermeras; la desigual oportunidad de acceso a investigación y docencia; el nulo interés por la generación de evidencias enfermeras o la ignorancia absoluta a las que se obtienen; la incapacidad de respuesta a las deficiencias del sistema generadas por la ineficaz gestión centrada en la enfermedad; la negativa a modificar normas y leyes que impiden el normal desarrollo competencial enfermero; la eliminación sin sentido ni argumento de acciones enfermeras fundamentales para la salud comunitaria; la incomprensible, o no, incapacidad para ordenar las competencias profesionales en los servicios, unidades o centros; la resistencia numantina a situar a enfermeras en puestos de responsabilidad; el ninguneo permanente del protagonismo enfermero para trasvasarlo de manera totalmente vergonzosa a añadir como méritos de otros profesionales; la exigencia desmesurada para demostrar lo que a otros se les da por supuesto; el cuestionamiento permanente a propuestas enfermeras en contraste con la aceptación sin reparos ni valoraciones a las realizadas por otros profesionales; la falta de consideración y valor a las aportaciones de las sociedades científicas enfermeras por el hecho de ser enfermeras; la absoluta falta de interés y atención a los planteamientos de las enfermeras en cualquier ámbito, contexto o situación; la insolente beneficencia política con la que se identifica y trata a las enfermeras; el radicalismo médico-político con el que se toman decisiones; la inequidad en el acceso a recursos; la negación irracional del impacto del trabajo enfermero en la conciliación familiar… son tan solo algunos de los hechos que a lo largo de estos años han ido pasando de manera inexorable como granos de arena por la estrechez administrativo-política y corporativista del reloj de arena que se puso en marcha para las enfermeras en 1977.

Pero el tiempo, como los granos de arena, están muy próximos a acabarse y con ello de detenerse el tiempo de paciencia, de aguante, de resistencia, de capacidad, de fortaleza… que las enfermeras han tenido para lograr que no se precipitase ni el tiempo ni la arena que lo medía.

Las enfermeras, y solo las enfermeras, debemos decidir si queremos que se posibilite el que se le dé la vuelta al reloj de arena y con ello se inicie un nuevo, incierto, lento y triste espacio en el que las enfermeras nuevamente asumamos el papel de resistencia y silencio, o si, por el contrario, determinamos que el tiempo se detenga para plantear soluciones reales que garanticen la calidad de los cuidados que prestamos y las condiciones en las que se nos pide que lo hagamos.

Se trata de seguir anteponiendo los intereses de la población a los del sistema, otros profesionales y los nuestros propios, pero exigiendo cambios reales que limiten la incertidumbre, eliminen las desigualdades, minimicen los impactos negativos, favorezcan las oportunidades, centren la atención en los cuidados… desde una perspectiva de firmeza, determinación, rigor y tolerancia cero al maltrato institucional al que estamos siendo sometidas y que incide de manera clara y objetiva en la calidad de atención a la salud.

Tenemos que ser capaces de explicar, informar y convencer a la sociedad de lo que queremos y exigimos para que no tan solo se solidaricen, sino que hagan suya la reivindicación por la que decidimos parar y actuar de una vez por todas.

El tiempo de las peticiones sin respuesta, los silencios como argumentos, los rechazos como soluciones, se ha agotado y con él la parálisis de acción.

Es hora de moverse, de actuar, de dejar de llorar, de hablar, de razonar para que se oiga nuestra voz y se escuche nuestro clamor que es el de una sociedad que necesita ser cuidada para saber cuidarse.

Que nadie intente manipular este grito de acción con una reivindicación económico – laboral o corporativista exclusivamente. Se trata de una apuesta razonada, científica y alejada de cualquier protagonismo, pero al mismo tiempo de un posicionamiento firme que no debe ceder ni al chantaje, ni las presiones de poder, ni las amenazas de quienes durante tanto tiempo nos han estado ignorando.

No es cuestión de hacerlo de manera precipitada y sin sentido, pero tampoco de contemplarlo desde una perspectiva de utopía que nos devuelva a la estrechez temporal de la evolución, el desarrollo y la valoración enfermeras.

No es cuestión de siglas, ni de ideas, ni de partidos, ni de personas, ni de consejerías o ministerios, es cuestión de voluntad. Y no ha habido ni hay voluntad de querer tan siquiera entender lo que son y significan los cuidados enfermeros y quienes los prestamos, las enfermeras.

No nos queda resquicio alguno de esperanza en lo que se nos pueda, quiera o pretenda decir. Ya hemos sido engañadas, ninguneadas, ignoradas, utilizadas, manipuladas, durante demasiado tiempo. Mucho más allá del que cualquier cuidado puede soportar. Estamos en fase terminal por culpa de la mala praxis de tantas y tantos oportunistas mediocres que han creído, torpemente como casi todo lo que hacen, que podían continuar e incrementar su actitud de hostigamiento y ataque a los cuidados.

Para hablar de cuidados hay que saber lo que significa cuidar y para cuidar profesionalmente hay que respetar a quienes lo hacen desde el conocimiento y el convencimiento de ser enfermeras. No hacerlo conduce irremediablemente a denigrar el cuidado y con ello a despreciar la salud y la dignidad humana. Pero estamos cansadas de hablar a los sordos y esperar a que los mudos nos hablasen

Las enfermeras no podemos, ni debemos seguir siendo cómplices activas ni pasivas de quienes actúan con tanto desprecio contribuyendo, por tanto, al deterioro progresivo de la salud y a la mercantilización de la misma para dejarla en manos de depredadores carroñeros que actúan desde los lobbies de poder financiero a quienes dan respuesta con la degradación de los cuidados para abaratar costes y hacer negocio.

Creer es querer y querer es poder, por lo que se cree y se quiere, pero como dijese Dostoyevski[2] “acaba uno por agotarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla”. Por eso, antes de caer en el agotamiento al que nos arrastran, hay que tomar fuerza y defender nuestra imagen, nuestro valor, nuestra posición, nuestra aportación, nuestra voz… que hemos ganado con trabajo, compromiso, implicación, estudio, investigación, evidencias y vivencias.

Siempre he sido y sigo siendo un firme defensor del diálogo y la negociación, pero para que pueda ser eficaz y equitativo se requiere de la voluntad firme de las partes y no tan solo de la transigencia, la paciencia y la pasividad de una de ellas ante la imposición autoritaria y la prepotencia de la otra.

¡¡¡BASTA YA!!!! No queda otra. No entienden el lenguaje de los cuidados ni cuidan el lenguaje de sus decisiones. No es enfado, es decepción, y eso es peor, porque la decepción, al menos en este caso, no es como dijera Sir Bayle Roche[1] la enfermera de la sabiduría” sino la enfermedad de la sabiduría.

[1] Político irlandés (octubre de 1736 – 5 de junio de 1807)

“No sé si es cansancio, madurez o resignación, pero hay cosas que ya no quiero discutir más.”

Jorge Schubert [1]

 

Desde el año 1977, con motivo de la demanda de las enfermeras para incorporar sus estudios a la universidad, ya no ha vuelto a existir un movimiento de protesta y movilización como aquel. Ni en cuanto a número de enfermeras movilizadas, sensibilizadas, comprometidas, implicadas y concienciadas, como de unidad por el objetivo que generó tal movimiento, el desarrollo disciplinar de la enfermería que, sin duda, supondría un punto de inflexión sin precedentes en España y para nuestra disciplina/profesión.

Las calles se llenaron de enfermeras uniformadas, muchos espacios en hospitales o escuelas acogían asambleas multitudinarias, los servicios de salud sufrieron el impacto por los paros registrados, lo que permitió ponderar en su justa medida la importancia y el impacto que los cuidados profesionales enfermeros tenían y que no había sido en ningún momento valorado ni reconocido, tanto para el funcionamiento de los servicios como para la salud de las personas atendidas, lo que permitió situar en su justa medida la dimensión de la aportación enfermera.

Logrado el objetivo de la incorporación en la Universidad, las enfermeras asumieron su rol de cuidadoras profesionales y de profesionales responsables con su nuevo nivel académico en cualquiera de los ámbitos en los que trabajan.

Dicha asunción, en ningún caso, significaba que no existiesen más problemas o que no se tuviesen mayores aspiraciones, pero la responsabilidad contraída con la sociedad tras su incorporación en la universidad con el objetivo de ser mejores profesionales y ofrecer cuidados de mayor calidad, se anteponía a cualquier otra reivindicación corporativa que supusiese nuevamente la parálisis del sistema. La ética del cuidado prevaleció a cualquier intento de desestabilización o protesta masiva.

En todo momento se trabajó de manera ordenada, serena, respetuosa, rigurosa, incluso silenciosa aunque no por ello vacía de contenido, en cuantos conflictos, agravios, ataques, despropósitos, barreras, mentiras, promesas incumplidas, mensajes vacíos, oportunismos tramposos, brindis al sol, limitaciones, sospechas, silencios escandalosos, escándalos silenciados, desprecios, aislamientos, recortes, irracionalidades, presiones… a los que hemos estado sometidas de manera casi permanente y sistemática durante más de 40 años desde que lográsemos entrar en la Universidad. Como si con dicho logro se hubiese entendido que las enfermeras ya no tuviésemos mayores necesidades, reivindicaciones, deseos, oportunidades, anhelos, objetivos, fines o metas que alcanzar. Como si se nos hubiese dado un billete de fin de trayecto que impidiera cualquier otra posibilidad de destino.

Paradójicamente, además, ha sido durante estos últimos dos años, coincidiendo con el movimiento Nursing Now, cuando han arreciado, si cabe aún más, los despropósitos contra las enfermeras, que se intentaron enmascarar con aplausos y palabras vacías y sin sentimiento alguno por parte justamente de quienes permitían o decidían en contra de las enfermeras. Debieron entender que lo de Enfermería Ahora (Nursing Now) era el aviso para atacar ya sin remilgo alguno a las enfermeras.

Sin embargo, en ningún caso debe entenderse esta postura de contención de las enfermeras, que no de resignación, con falta de interés, ambición, necesidad, ni mucho menos de sumisión, ante el sistema o cualquier otra circunstancia o factor. Aunque pueda o quiera interpretarse como una justificación interesada y oportunista, nada más alejado de la realidad. Las enfermeras siempre han antepuesto a sus intereses individuales y colectivos los de las personas, las familias y la comunidad a las que atienden. Siempre han considerado, como hacen con la atención integral que prestan, que el consenso, la escucha activa, el diálogo, el respeto, junto a los argumentos rigurosos y razonados eran las vías que debían utilizarse para la negociación, de aquellas demandas legítimas que como profesionales tienen para garantizar la calidad de sus cuidados. Nunca se utilizó la fuerza de la presión, el poder, la exigencia o la amenaza para lograr imponer su criterio como otros han venido utilizando sistemáticamente para lograr unas demandas que no siempre tienen ni la trascendencia ni el impacto con las que se han trasladado a través de mensajes engañosos, manipulaciones interesadas o argumentos falsos, con los que lograr el respaldo social que tan solo les interesa realmente para alcanzar sus objetivos laborales o económicos y no así la mejora de la calidad asistencial que prestan y que manejan e inducen a su capricho en base a sus necesidades puntuales y/o a sus autoritarias imposiciones organizativas tendentes a satisfacer su particular estado de bienestar o zonas de confort. Para ello no han dudado nunca en utilizar las demandas judiciales, las movilizaciones o los paros con el manejo de unos medios de comunicación fascinados por el sanitarismo medicalizado que hacen de altavoz a sus reivindicaciones. Incluso, no han tenido pudor alguno en utilizar a otros profesionales en general y a las enfermeras en particular como muleta con la que reforzar la estabilidad de sus protestas, pero sin que ninguno de dichos colectivos les diera permiso para ello ni participasen de su argumentario. Tan solo se trataba de una utilización interesada en la que nunca se tuvieron en cuenta los intereses o necesidades de los mismos sino tan solo sus crematísticos deseos enmascarados de una preocupación por el tiempo dedicado o la demanda que es, casi única y exclusivamente, consecuencia de su propia ineficacia o su manejo interesado como estrategias de logro.

Pero allá cada cual con sus planteamientos. Cada quien debe ser coherente con su línea de actuación y de acción y no tan solo pretender que la imagen idealizada de su aportación sea la moneda con que poder comprar voluntades y vencer resistencias.

Por eso las enfermeras siempre han mantenido esa especie de reserva, de contención, de espera, porque siempre han considerado que las necesidades de la sociedad debían estar permanentemente garantizadas.

Pero esa actitud, ese posicionamiento, que algunas/os quieren asociar a inmovilismo e inacción, para nada tiene que ver con ellos. Porque la inacción y el inmovilismo, que lamentablemente existen, obedecen a otros criterios relacionados a una ética de mínimos en la que la falta por asumir responsabilidades prevalece a la carencia de estímulos para la movilización y la protesta.

La información y con ella los datos, se han utilizado y se siguen utilizando en contra de las propias enfermeras en un diabólico juego en el que se trata en todo momento de hacer responsables de los males de la enfermería a las propias enfermeras a las que se acusa de estar desunidas, fragmentadas y no saber quiénes son sus referentes, cuando realmente se trabaja de manera soterrada y totalmente orquestada para hacer que eso suceda o lo parezca. Todo lo cual es aprovechado por determinados grupos que tratan de sacar rédito de esta situación planeando propuestas de fragmentación como las que realizan algunas matronas exigiendo una titulación independiente de enfermería o la realizada por residentes de especialidades enfermeras constituyendo asociaciones al margen de las Sociedades Científicas de sus especialidades. Una verdadera locura que obedece claramente a la degradación a la que estamos siendo sometidas desde hace tanto tiempo y que ya tiene antecedentes claros cuando Fisioterapia o Podología dejaron de ser especialidades enfermeras para pasar a ser titulaciones independientes.

Pero este mal no es exclusivo de las enfermeras, porque las guerras de guerrillas son no tan solo habituales sino mucho más cruentas entre profesionales de otras disciplinas, que cuentan con el apoyo mediático y de la industria, como la farmacológica o la técnica, que les otorgan el papel de lobby que achanta y doblega a las administraciones y a quienes las gestionan, que en ocasiones incluso son los mismos.

Desde 1977 hasta hora han sido muchos los acontecimientos, las acciones, las omisiones, las decisiones, las ausencias, los olvidos, las intenciones, las sinrazones… que han acompañado la evolución y el desarrollo, tanto disciplinar como profesional de las enfermeras. Pero además, lo han hecho, en compañía y comparación permanente a otras disciplinas/profesiones en desigualdad de condiciones en unas ocasiones o en clara desventaja en otras como consecuencia de las diferencias de criterio; las normas diseñadas a medida de una determinada disciplina/profesión; la asimilación de paradigmas de manera totalmente incoherente; el punto de partida claramente diferente; la exigencia homogénea ante oportunidades absolutamente desiguales; la negación a determinados objetivos por razones exclusivamente de autoritarismo corporativista; la utilización interesada de la actividad enfermera como demanda de otras profesiones en detrimento de las necesidades de la población; la desvalorización de las aportaciones específicas enfermeras como los cuidados; la ausencia de indicadores de resultado enfermeros; la mimetización sistemática del modelo médico para imponerlo al de las enfermeras; la fagocitación en órganos, comisiones o puestos de responsabilidad en donde les dejan estar pero no les dejan ser; el racionamiento permanente de las plantillas enfermeras en beneficio del crecimiento del de otros profesionales sin criterios que lo justifiquen y tan solo como respuesta a las presiones de poder y al modelo diseñado a imagen y semejanza de un colectivo profesional y no de las necesidades de cuidados de las personas a las que debe dar respuesta; los incentivos diseñados a medida de unos pocos en detrimento de las enfermeras; la desigual oportunidad de acceso a investigación y docencia; el nulo interés por la generación de evidencias enfermeras o la ignorancia absoluta a las que se obtienen; la incapacidad de respuesta a las deficiencias del sistema generadas por la ineficaz gestión centrada en la enfermedad; la negativa a modificar normas y leyes que impiden el normal desarrollo competencial enfermero; la eliminación sin sentido ni argumento de acciones enfermeras fundamentales para la salud comunitaria; la incomprensible, o no, incapacidad para ordenar las competencias profesionales en los servicios, unidades o centros; la resistencia numantina a situar a enfermeras en puestos de responsabilidad; el ninguneo permanente del protagonismo enfermero para trasvasarlo de manera totalmente vergonzosa a añadir como méritos de otros profesionales; la exigencia desmesurada para demostrar lo que a otros se les da por supuesto; el cuestionamiento permanente a propuestas enfermeras en contraste con la aceptación sin reparos ni valoraciones a las realizadas por otros profesionales; la falta de consideración y valor a las aportaciones de las sociedades científicas enfermeras por el hecho de ser enfermeras; la absoluta falta de interés y atención a los planteamientos de las enfermeras en cualquier ámbito, contexto o situación; la insolente beneficencia política con la que se identifica y trata a las enfermeras; el radicalismo médico-político con el que se toman decisiones; la inequidad en el acceso a recursos; la negación irracional del impacto del trabajo enfermero en la conciliación familiar… son tan solo algunos de los hechos que a lo largo de estos años han ido pasando de manera inexorable como granos de arena por la estrechez administrativo-política y corporativista del reloj de arena que se puso en marcha para las enfermeras en 1977.

Pero el tiempo, como los granos de arena, están muy próximos a acabarse y con ello de detenerse el tiempo de paciencia, de aguante, de resistencia, de capacidad, de fortaleza… que las enfermeras han tenido para lograr que no se precipitase ni el tiempo ni la arena que lo medía.

Las enfermeras, y solo las enfermeras, debemos decidir si queremos que se posibilite el que se le dé la vuelta al reloj de arena y con ello se inicie un nuevo, incierto, lento y triste espacio en el que las enfermeras nuevamente asumamos el papel de resistencia y silencio, o si, por el contrario, determinamos que el tiempo se detenga para plantear soluciones reales que garanticen la calidad de los cuidados que prestamos y las condiciones en las que se nos pide que lo hagamos.

Se trata de seguir anteponiendo los intereses de la población a los del sistema, otros profesionales y los nuestros propios, pero exigiendo cambios reales que limiten la incertidumbre, eliminen las desigualdades, minimicen los impactos negativos, favorezcan las oportunidades, centren la atención en los cuidados… desde una perspectiva de firmeza, determinación, rigor y tolerancia cero al maltrato institucional al que estamos siendo sometidas y que incide de manera clara y objetiva en la calidad de atención a la salud.

Tenemos que ser capaces de explicar, informar y convencer a la sociedad de lo que queremos y exigimos para que no tan solo se solidaricen, sino que hagan suya la reivindicación por la que decidimos parar y actuar de una vez por todas.

El tiempo de las peticiones sin respuesta, los silencios como argumentos, los rechazos como soluciones, se ha agotado y con él la parálisis de acción.

Es hora de moverse, de actuar, de dejar de llorar, de hablar, de razonar para que se oiga nuestra voz y se escuche nuestro clamor que es el de una sociedad que necesita ser cuidada para saber cuidarse.

Que nadie intente manipular este grito de acción con una reivindicación económico – laboral o corporativista exclusivamente. Se trata de una apuesta razonada, científica y alejada de cualquier protagonismo, pero al mismo tiempo de un posicionamiento firme que no debe ceder ni al chantaje, ni las presiones de poder, ni las amenazas de quienes durante tanto tiempo nos han estado ignorando.

No es cuestión de hacerlo de manera precipitada y sin sentido, pero tampoco de contemplarlo desde una perspectiva de utopía que nos devuelva a la estrechez temporal de la evolución, el desarrollo y la valoración enfermeras.

No es cuestión de siglas, ni de ideas, ni de partidos, ni de personas, ni de consejerías o ministerios, es cuestión de voluntad. Y no ha habido ni hay voluntad de querer tan siquiera entender lo que son y significan los cuidados enfermeros y quienes los prestamos, las enfermeras.

No nos queda resquicio alguno de esperanza en lo que se nos pueda, quiera o pretenda decir. Ya hemos sido engañadas, ninguneadas, ignoradas, utilizadas, manipuladas, durante demasiado tiempo. Mucho más allá del que cualquier cuidado puede soportar. Estamos en fase terminal por culpa de la mala praxis de tantas y tantos oportunistas mediocres que han creído, torpemente como casi todo lo que hacen, que podían continuar e incrementar su actitud de hostigamiento y ataque a los cuidados.

Para hablar de cuidados hay que saber lo que significa cuidar y para cuidar profesionalmente hay que respetar a quienes lo hacen desde el conocimiento y el convencimiento de ser enfermeras. No hacerlo conduce irremediablemente a denigrar el cuidado y con ello a despreciar la salud y la dignidad humana. Pero estamos cansadas de hablar a los sordos y esperar a que los mudos nos hablasen

Las enfermeras no podemos, ni debemos seguir siendo cómplices activas ni pasivas de quienes actúan con tanto desprecio contribuyendo, por tanto, al deterioro progresivo de la salud y a la mercantilización de la misma para dejarla en manos de depredadores carroñeros que actúan desde los lobbies de poder financiero a quienes dan respuesta con la degradación de los cuidados para abaratar costes y hacer negocio.

Creer es querer y querer es poder, por lo que se cree y se quiere, pero como dijese Dostoyevski[2] “acaba uno por agotarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla”. Por eso, antes de caer en el agotamiento al que nos arrastran, hay que tomar fuerza y defender nuestra imagen, nuestro valor, nuestra posición, nuestra aportación, nuestra voz… que hemos ganado con trabajo, compromiso, implicación, estudio, investigación, evidencias y vivencias.

Siempre he sido y sigo siendo un firme defensor del diálogo y la negociación, pero para que pueda ser eficaz y equitativo se requiere de la voluntad firme de las partes y no tan solo de la transigencia, la paciencia y la pasividad de una de ellas ante la imposición autoritaria y la prepotencia de la otra.

¡¡¡BASTA YA!!!! No queda otra. No entienden el lenguaje de los cuidados ni cuidan el lenguaje de sus decisiones. No es enfado, es decepción, y eso es peor, porque la decepción, al menos en este caso, no es como dijera Sir Bayle Roche[3] la enfermera de la sabiduría” sino la enfermedad de la sabiduría.

Salgamos a la calle con quienes son y deben ser siempre nuestra verdadera valedora y nuestra única e indiscutible aliada por y para la salud, la comunidad, para con ella recuperar y garantizar los cuidados.

De manera sistemática la ciudadanía destaca por encima de cualquier otra, la satisfacción por los cuidados enfermeros recibidos. Sin embargo, las/os políticas/os lo utilizan para imputarse el éxito en un claro y repetido oportunismo político con el que anulan la aportación específica enfermera al SNS para hacerla suya o enmascararla en un análisis global en el que finalmente queda invisibilizada. La ciudadanía identifica claramente quienes somos y lo que les aportamos y, estoy convencido, no van a querer renunciar a ello. Por eso necesitamos que la ciudadanía sepa lo que se está haciendo con engaños y mensajes distorsionados y manipulados, para sustituir cuidados profesionales por asistencia de muy baja calidad.

Ahora se trata de saber cómo y cuándo hacerlo sin protagonismos, utilizando el diálogo en aras del objetivo común. Para el resto de intereses se deberán buscar otros espacios y momentos. Ahora es el momento y el espacio de los cuidados y de quienes los prestan de manera profesional y exclusiva, las enfermeras.

Quienes ostentan por ley la representación de las enfermeras deben dar un paso al frente para ordenar este movimiento de dignidad profesional y en defensa de la ciudadanía. El resto de organizaciones, instituciones o asociaciones profesionales deberán sumarse al mismo desde la coherencia de sus diferentes planteamientos profesionales, científicos, investigadores, docentes… Tan solo desde la identificación unitaria de Enfermería, sin más siglas ni logos, lograremos que la arena del reloj no nos entierre en el anonimato y seamos dueñas de nuestro destino y nuestro tiempo.

[1] Actor y escritor argentino (1966).

[2] Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, fue un famoso escritor, periodista y filósofo ruso (1821-1881)

[3] Político irlandés (octubre de 1736 – 5 de junio de 1807)

Salgamos a la calle con quienes son y deben ser siempre nuestra verdadera valedora y nuestra única e indiscutible aliada por y para la salud, la comunidad, para con ella recuperar y garantizar los cuidados.

De manera sistemática la ciudadanía destaca por encima de cualquier otra, la satisfacción por los cuidados enfermeros recibidos. Sin embargo las/os políticas/os lo utilizan para imputarse el éxito en un claro y repetido oportunismo político con el que anulan la aportación específica enfermera al SNS para hacerla suya o enmascararla en un análisis global en el que finalmente queda invisibilizada. La ciudadanía identifica claramente quienes somos y lo que les aportamos y, estoy convencido, no van a querer renunciar a ello. Por eso necesitamos que la ciudadanía sepa lo que se está haciendo con engaños y mensajes distorsionados y manipulados, para sustituir cuidados profesionales por asistencia de muy baja calidad.

Ahora se trata de saber cómo y cuándo hacerlo sin protagonismos, utilizando el diálogo en aras del objetivo común. Para el resto de intereses se deberán buscar otros espacios y momentos. Ahora es el momento y el espacio de los cuidados y de quienes los prestan de manera profesional y exclusiva, las enfermeras.

Quienes ostentan por ley la representación de las enfermeras deben dar un paso al frente para ordenar este movimiento de dignidad profesional y en defensa de la ciudadanía. El resto de organizaciones, instituciones o asociaciones profesionales deberán sumarse al mismo desde la coherencia de sus diferentes planteamientos profesionales, científicos, investigadores, docentes… Tan solo desde la identificación unitaria de Enfermería, sin más siglas ni logos, lograremos que la arena del reloj no nos entierre en el anonimato y seamos dueñas de nuestro destino y nuestro tiempo.

[1] Actor y escritor argentino (1966).

[2] Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, fue un famoso escritor, periodista y filósofo ruso (1821-1881)

[3] Político irlandés (octubre de 1736 – 5 de junio de 1807)

LA VIDA ES SUEÑO El sueño de ser enfermera

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                                                                                                    Dedicado a las/os estudiantes de Enfermería de la AEEE ([1]), en su XXXV Congreso Estatal, celebrado en Cádiz del 30 de marzo al 1 de abril de 2022.

 

                                                                                                              A Sofía Lerma que durante tanto tiempo trabajó para que el sueño de ser enfermera fuese una realidad.

 

                                                                                                  “¿Quién dice que los sueños y las pesadillas no son tan reales como el aquí y ahora”?

John Lennon[2]

 

Anna era una niña de 9 años a la que su madre, Laia, le había inculcado el placer por la lectura a pesar de la clara decadencia en que dicho placer había caído, como decía su madre, en una sociedad irreflexiva, alienada y sometida a la mediocridad intelectual, cultural e informativa impuesta por los valores mercantilistas y tecnológicos.

En casa de Anna, al contrario de lo que sucedía en la mayoría de los hogares, había muchos libros. Muchos de ellos su madre se los había leído cuando era muy pequeña y otros los iba devorando ahora que ella ya leía con soltura. Cualquier momento era bueno para atrapar un libro y sumergirse en las historias que en él se narraban y de las que se sentía protagonista o parte activa. A veces, con ilusión, otras con expectación y otras con asombro, pero siempre con satisfacción. Historias que muchas veces le descubrían realidades que, tan solo en parte, su madre le contaba y que ya no conformaban la realidad cotidiana que conocía y vivía.

Pero su casa, un reducido piso en las afueras de una gran ciudad, no tenía espacio para la gran cantidad de libros que tanto su madre como ella, eran capaces y tenían interés de leer.

Por eso su madre, cuando el trabajo que ocupaba gran parte de su tiempo se lo permitía, le llevaba a un gran edificio llamado Biblioteca que era como un gran Banco que guardaba, en lugar de oro y dinero, libros que, para ellas, tenían un valor mucho mayor con el que alimentar su curiosidad y sus ganas de aprender. También habían desaparecido las tiendas de libros, las librerías, de las que le hablaba su madre con nostalgia y mucho cariño, comparándolas con una tienda de golosinas para el conocimiento.

La Biblioteca era un edificio tan impersonal y uniforme como el de la mayoría de edificios de su ciudad. Anna, no acababa de entender cómo era posible que tan solo existiese una biblioteca en toda la ciudad. Pero la verdad es que siempre que su madre y ella iban a la Biblioteca nunca, o casi nunca, había nadie.

Todo estaba mecanizado y había que hacer las búsquedas a través de monitores que daban acceso a los listados de ejemplares que se guardaban en grandes estanterías que ella imaginaba, ya que no estaban a la vista ni se podía acceder a ellas.

Esta era la parte que menos le gustaba a Anna, tener que elegir un libro sin poder sacarlo de una estantería y ojearlo, como hacía en su casa antes de decidirse a leerlo. Aunque la información sobre el mismo la pudiese leer en el monitor, no era lo mismo. El tacto, el olor, el rumor de sus páginas al pasarlas… no se percibían a través de esas pantallas frías e impersonales por muchos colores que les pusiesen.

Pero no quedaba otra. O se hacía así o no era posible acceder a los libros. Su madre siempre le aconsejaba algunos títulos que, bien porque ella ya los había leído o porque sabía de su existencia, creía podían ser del interés de Anna. Y la verdad es que casi nunca se equivocaba. Siempre acertaba en todos los libros que le recomendaba. Pero su madre no podía conocer todos los libros publicados hasta que se prohibió hacerlo por falta de espacio para guardarlos y de papel para imprimirlos. Ya tan solo se permitía la edición electrónica. Tan fría, distante, impersonal y ausente de estímulos para los sentidos por mucho que se empeñasen en hacernos creer que era lo mejor para leer. Ya no había dedicatorias con la firma de autoras o autores, ni mucho menos ferias del libro.

Cuando finalmente elegía el o los libros que quería, cumplimentaba un formulario electrónico y tenía que desplazarse a la zona de entrega en donde, tras esperar unos minutos, se abría una portezuela mecánica que dejaba a la vista los libros elegidos.

Hoy Laia le ha dado una sorpresa a Anna. Han tenido un corte de suministro eléctrico en la empresa donde trabaja y al no poder hacer nada, le han dicho que podía irse a su casa, aunque tendría que devolver las horas no trabajadas. Algo que Anna no entendía pues no era culpa de su madre que no hubiese electricidad para alimentar a esas máquinas que todo lo controlaban y sin las que no se podía hacer nada.

Ella estaba en casa ya que era día de descanso en su colegio. Un colegio, el de Anna, como el del resto de niños, sin libros. Con pantallas táctiles por todas partes, pero sin libros. Ni un solo libro.

Así pues, ambas, Laia y Anna, decidieron ir a la Biblioteca a por libros. Tan solo lo podían hacer un par de veces al mes, pues el horario de trabajo de Laia era incompatible con el reducido horario de apertura de la Biblioteca, además de la distancia que había desde su casa que demoraba en más de hora y media el desplazamiento en transporte público que utilizaban hasta la misma, dada su precariedad y baja calidad, en comparación con lo caro y rápido que era el transporte privado que no se podían permitir.

A su llegada accedieron a la Biblioteca a través del identificador de iris que accionaba la apertura automática de las puertas de entrada al edificio, dándoles acceso directamente a la sección de “búsqueda”. Como casi siempre, estaba vacía. Anna siempre imaginaba cómo serían las estanterías en donde se almacenaban los libros y el placer de poder tocarlos, olerlos… y elegir directamente sin tener que teclear títulos o hacer búsquedas tan aburridas. Pero sabía que eso no lograría hacerlo nunca.

Anna tuvo necesidad de ir al baño y se dirigió hacia donde estaba. Para acceder también se precisaba el reconocimiento del iris. Todo estaba controlado y mecanizado. Hasta para eso.

Cuando se dirigía hacia el baño observó algo en lo que nunca antes había reparado. Se acercó y vio como en la pared laminada y fría, ausente de cualquier motivo de decoración, había una especie de apertura o desnivel. Con curiosidad y cierto temor, empujó en la zona de pared que parecía una puerta y esta cedió dejando acceso a lo que había tras la misma. Dudó qué hacer, pero tras girar la vista atrás y ver a su madre absorta tras la pantalla, decidió avanzar y entrar en la estancia que se iluminó cuando traspasó la puerta. De repente delante de ella aparecieron, a modo de enormes edificios de papel, estanterías repletas de libros. ¿Era un sueño o una pesadilla?, eso pronto lo descubriría, pero su curiosidad y una gran emoción ante lo que estaba ante ella le impulsaron a avanzar por los pasillos interminables de estanterías. De vez en cuando se detenía ante alguna de ellas y con cierto temor acercaba sus manos para tocar primero y sacar después alguno de los libros, siempre con el miedo a que saltase alguna alarma que aviase de la intrusión que estaba cometiendo. Pero afortunadamente no pasaba nada. Nada al menos que ella fuese capaz de percibir. El paso del tiempo le hacía estar cada vez más relajada, pero también con una creciente emoción. Era como tener acceso ilimitado a los dulces de una pastelería sin tener que pagarlos.

Mientras caminaba por uno de los pasillos tropezó con algo. Se asustó y bajando la vista se dio cuenta de que había un libro en el suelo. Se trataba de un pequeño libro con un dibujo en su cubierta. Miró en todas direcciones antes de agacharse para tomarlo entre sus manos. Lo levantó con precaución, como si tuviese miedo de estar siendo vigilada. Parecía un cuento infantil. Leyó el título: “De mayor quiero ser Enfermera Comunitaria”[3], impreso sobre el dibujo de un niño que, sentado, parecía meditar con una sonrisa dibujada en su cara. Enfermera Comunitaria, leyó despacio y silabeando. No sabía que era aquello.

Se sentó en el suelo, tal como estaba el niño del dibujo, y abrió con cuidado la tapa como si tuviese miedo a que se rompiese. Las páginas llenas de dibujos de muchos colores contaban la historia de un niño que descubría lo que era una enfermera comunitaria, aunque quien lo contaba era un hombre que se denominaba como tal. Parecía una especie de héroe o heroína, no sabía que género utilizar. Alguien que atendía a la abuela del niño y le trasmitía paz y cuidados antes de morir.

De repente oyó un ruido y se asustó mucho. Cerrando de golpe el libro y apretándolo contra su pecho se levantó y arrancó a correr por los pasillos en busca de la puerta por donde había accedido. Temió no encontrarla y quedarse encerrada allí sin que nadie lo supiese, ni tan siquiera su madre. Al girar la esquina de una de esas aparentes calles, vio la puerta entreabierta por la que había accedido. Llegó corriendo, con el corazón saliéndosele por la boca y vio a su madre. Ambas no pudieron reprimir un grito al encontrase la una frente a la otra sin esperarlo. Aunque nadie pudiera oírlas, las dos, en una especie de coreografía ensayada, se taparon la boca con sus manos como si quisieran acallar su grito y recuperar el silencio roto como efecto de la sorpresa. Instintivamente Anna, apretando con fuerza una de sus manos en el libro lo escondió tras su espalda. Laia le preguntó a Anna que cómo había abierto esa puerta y cómo se había atrevido a entrar. Anna le contó lo sucedido y lo que había descubierto tras la puerta, a excepción del hallazgo y sustracción del libro que mantenía oculto tras de sí. Su madre le dijo que no podía entrar sin más a cualquier parte por mucho que hubiese una puerta abierta, al tiempo que cogía la mano libre de Anna y le arrastraba hacía la salida. Nos tenemos que ir ya, le dijo Laia, no tenemos tiempo para más. Anna no respondió, tan solo estaba preocupada porque su madre no descubriese su secreto. La siguió y se puso la cazadora con precaución para esconder el libro y subirse la cremallera mientras ella estaba de espaldas recogiendo sus cosas.

Se dirigieron a la salida y de repente Anna temió que saltasen las alarmas cuando pasase por la puerta tras su apertura automática. Pero no pasó nada, salieron de la Biblioteca y dieron inicio a su viaje de regreso a casa con las manos vacías, según dijo su madre. Algo que Anna sabía que no era del todo cierto.

Cuando llegaron a casa Laia le dijo a Anna que qué quería cenar. Anna se excusó diciendo que no tenía hambre y que estaba muy cansada, que prefería irse a dormir.

Realmente lo que pasaba es que tenía muchísima curiosidad por leer “su libro”.

Durante el resto de la semana Anna leyó el libro una y otra vez.

El domingo, cuando las dos estaban sentadas en el sofá leyendo, Anna le dijo a su madre si le podía preguntar una cosa. Laia miró con curiosidad al tiempo que con gran ternura a su hija y le dijo que por supuesto, que qué pregunta era aquella.

Anna acercándose a su madre y mirándola a la cara le preguntó si ella sabía lo que era una enfermera comunitaria.

Laia abrió unos ojos como platos y abrazando a su hija le preguntó qué de donde había sacado esa información. Entonces Anna, con cierta vergüenza, le contó a su madre lo que había pasado en la Biblioteca unos días antes, con el temor de que se enfadase y le hiciese devolver aquel libro.

Laia se quedó mirando fijamente a su hija y, mesándole el cabello, le pidió que se lo enseñase. Anna dio un bote del sofá y salió corriendo en busca de su libro. Ambas lo leyeron despacio disfrutando de la historia y de los dibujos que lo ilustraban.

Al acabar, Laia le contó a Anna que tras una terrible pandemia que hubo hacía muchos años se generó un debate sobre la necesidad de dar importancia a los cuidados profesionales que la población necesitaba. Le dijo que esos cuidados los prestaban con calidad y calidez unos profesionales, que eran las enfermeras. Enfermeras que como en el cuento se denominaban así con independencia del género de quienes lo eran.

Pero tanto políticos, gestores, profesionales de otras disciplinas, empresarios e incluso las propias enfermeras y la sociedad, no lograron ponerse de acuerdo para que esos cuidados los prestasen las enfermeras.

Unos, los políticos y gestores nombrados por los propios políticos, por las presiones que recibían para que las enfermeras no lograsen ser referentes de la sociedad ni tan siquiera de los cuidados que prestaban. Cuidados profesionales que, por otra parte, nunca ocuparon la importancia real que tenían, quedando arrinconados a pesar de las promesas oportunistas y sistemáticamente incumplidas de desarrollar una estrategia de cuidados que nunca vio la luz, dedicándose desde sus puestos de responsabilidad a tomar decisiones que se alejaban tanto de las necesidades sociales como se acercaban a las de sus intereses partidistas.

Otros, los profesionales de otras disciplinas, porque llevaban ya mucho tiempo queriendo ser los únicos e indiscutibles referentes para la población a la que decían curar y tan solo admitían la presencia de enfermeras si era para servirles de ayuda a sus necesidades corporativas que alimentasen su narcisismo profesional.

A las empresas, por otro lado, se les dio absoluta libertad para que acaparasen el negocio de la salud en detrimento del ya maltrecho sistema de salud público que no supieron, no pudieron o no quisieron adaptar a las nuevas necesidades de cuidados que requerían de muchas más enfermeras, cada vez mejor formadas y competentes, pero que ellos no estaban en disposición de incorporar a sus negocios por los altos costes económicos que, argumentaban, suponía su contratación. Por tanto, presionaron para que se crearan titulaciones de muy baja preparación académica, pero con una gran e incomprensible capacidad competencial para ocupar los puestos que correspondían a las enfermeras a un coste muy inferior. Esto se inició en unos establecimientos en los que se atendía a las personas mayores que se llamaban Residencias, pero se fue generalizando en todos los servicios tanto de hospitales como de lo que entonces se llamaban centros de salud, en donde se daba atención directa a las personas, así como  en sus casas o en cualquier lugar como colegios, empresas, instalaciones deportivas… y en los que trabajaban las enfermeras comunitarias Pero finalmente se cerraron para ser reemplazados por los cajeros de asistencia telemática actuales.

Por su parte, las enfermeras no tuvieron ni la capacidad, ni la voluntad para defender su posición, su aportación específica y su valor como profesionales imprescindibles para prestar unos cuidados tan necesarios. La falta de unidad entre ellas, por un lado, así como la ausencia de un sentimiento de pertenencia fuerte y arraigado que les permitiese convencer de lo que eran y aportaban como valor insustituible unido a los discursos de falsa alabanza y promesas permanentemente incumplidas de políticos y gestores hacia las enfermeras que eran asumidos por estas como reales mientras se deterioraba y diluía su capacidad profesional, las presiones de quienes veían en ellas una amenaza constante para sus intereses corporativistas o el deterioro de la docencia en las universidades donde se formaban, al permitir que la misma cayese en manos de profesionales no enfermeros con la consiguiente pérdida de identidad propia de los contenidos que se daban y que progresivamente fueron sustituyéndose por más técnicas y manejo de tecnologías en detrimento de los cuidados

A ello hay que añadir, la pasividad de la sociedad ante la pérdida de los cuidados, al dejarse engañar por unos manipuladores mensajes de lo que vendían como mejor y más eficaz y eficiente asistencia mecanizada, que condujeron, finalmente, a la desaparición de la titulación de enfermería en las universidades para ser sustituidas por facultadas de tecnología de la asistencia sanitaria, como ya había sucedido con las facultades de medicina que murieron en su propio orgullo y egocentrismo para acabar siendo facultades tecnológicas de curación, cirugía y farmacología. Así mismo desapareció cualquier indicio de cuidados directos prestados por enfermeras, que fueron reconvertidas a burócratas de las organizaciones para el control de los gastos de suministros y de asistencia y a lo sumo como gobernantas del personal sociocultural como se denominó a quienes trabajaban en las cada vez menores organizaciones de sanidad.

Al mismo tiempo, desapareció del lenguaje de las instituciones sanitarias cualquier referencia tanto a la salud como a los cuidados para ser sustituidos por eufemismos como Asistencia para el Bienestar (AB) o Asistencia Telemática Integral de la Enfermedad (ATIE), entre otros.

Los robots, los programas informáticos, la telemedicina… desplazaron a los profesionales de la salud hasta hacerlos desaparecer e incluso hacer que se perdiese absolutamente la memoria histórica de su existencia y aportación.

Algunas de las últimas enfermeras que se resistieron a que esto sucediera fueron acusadas de enemigas del Estado y se les castigaba con multas muy elevadas por el simple hecho de narrar lo que era y suponía contar con una enfermera que cuidase de la salud de las personas, las familias y la comunidad.

El paso del tiempo hizo el resto. Ya nadie recuerda ni echa de menos, lo que aportaban y significaban las enfermeras. Tan solo puntualmente se hace referencia a ellas como un vestigio histórico, caduco e inútil que fue sustituido con gran éxito por la tecnología. Ni tan siquiera a Florence Nightingale, que se consideraba la fundadora de la enfermería profesional, la recuerda ya nadie.

Lo cierto es que ni tan siquiera se reconoce el término enfermera y lo que significa. Más aún desde que la Real Academia de la Tecnología de la Lengua (RATE) decidiera eliminar las entradas tanto de enfermería como de enfermero, porque nunca aceptó el de enfermera, de su diccionario al considerar dichas palabras tendenciosas y en absoluto desuso.

Laia no daba crédito a lo que su madre le estaba contando y escuchaba con mucha atención a la vez que con mucha rabia. No entendía cómo podía haber desaparecido una figura como la enfermera que, sin conocerla realmente, tanto por lo que había podido leer en el cuento como por lo que su madre le estaba trasladando, consideraba que debían ser importantísimas. Casi como lo era su madre para ella, pensó.

La individualización, la inmediatez, el egoísmo, la envidia, la competitividad, la ausencia de reconocimiento… como valores cada vez más arraigados de una sociedad tecnológica y deshumanizada que no supo establecer el necesario equilibrio entre la técnica y la dignidad humana condujeron a esta sociedad tecnológica en la que más que vivir, subsistimos de manera virtual creyendo, porque así nos quieren convencer, que somos felices.

Laia no pudo reprimir su inmensa tristeza, ni tan siquiera que una lágrima acabase resbalando por su cara, al recordar todo lo que le estaba contando a Anna. Pero sobre todo al recordar lo que su madre le contaba a ella sobre su abuelo que era quien había escrito ese cuento hacía ya muchos años con tanta ilusión como orgullo y convencimiento de lo que era y significaba ser enfermera.

En ese momento sonó una alarma y una voz mecánica anunció que era hora de comer y de salir a caminar 10 minutos por la ruta que se indicaba en la pantalla.

Laia, secó las lágrimas de su cara y se disponía a levantarse cuando Anna, cogiéndole la mano y mirándole con tristeza le preguntó a su madre: pero entonces ¿yo no podré ser enfermera comunitaria cuando sea mayor?

¡¡¡Anna!!!, se oyó chillar a Laia, levántate, ¿Qué no has oído la alarma? Vas a llegar tarde a tu primera clase de Enfermería en la Universidad.

Anna, pegó un salto de la cama y con una sonrisa de inmenso alivio se levantó, al tiempo que selló un firme compromiso con ella misma para lograr ser enfermera comunitaria como lo fue su abuelo, mientras miraba el cuento que este le regaló y que tenía sobre la mesita de noche.

Como expresara Antonio Machado[4], “si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”.

No dejemos que nuestra profesión, nuestra aportación, nuestros cuidados, nuestra imagen, nuestro valor… acaben siendo un sueño perdido. Despertemos y hagamos realidad lo que en realidad somos, aunque haya quienes quieran convertir este sueño en una pesadilla.

[1] Asociación Estatal de Estudiantes de Enfermería. http://aeee.org.es/

[2]  Artista, músico, multiinstrumentista, cantautor, compositor, productor, escritor y pacifista inglés, conocido por ser uno de los miembros fundadores de la banda de rock The Beatles (1940 – 1980)

[3] “De mayor quiero ser Enfermera Comunitaria” Idea original y textos de José Ramón Martínez-Riera, 2019, ISBN 978-84-09-14290-3. Depósito legal A 397-2019. https://tienda.enfermeriacomunitaria.org/producto/de-mayor-quiero-ser-enfermera-comunitaria/

[4] Poeta español, el más joven representante de la generación del 98 (1875 – 1939)

FELICIDAD Y SALUD Las enfermeras y los cuidados

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A Ángela Sanjuán Quiles

Por ponerle corazón a su felicidad y salud y compartirlas con los demás

 

                                                                                 “Escuché una vez una definición: La felicidad es salud y mala memoria ¡Ojalá lo hubiera oído antes!, porque es muy cierto.”

Audrey Hepburn [1]

 

La felicidad es un concepto, valor, sentimiento, estado de ánimo… que como la salud no pueden ser identificados, definidos, ni mucho menos valorados de manera unívoca. Son tantos los factores de índole social, económica, personal, cultural, educacional… que influyen en la construcción de la felicidad y la salud y en cómo se manifiestan, viven o influyen en la vida de las personas que tratar de aunarlos en una sola visión o planteamiento los desvirtuaría.

La felicidad, además, se asocia de manera muy íntima a la salud, al entender que no es posible ser feliz sin tener salud o que el hecho de tener salud es fundamental para ser feliz. De ahí, posiblemente, que se mente a la salud como la mejor respuesta a no tener suerte en la lotería, por ejemplo, o que siempre se diga que lo verdaderamente importante para ser feliz es tener salud. Sin embrago el hecho de que exista una relación tan estrecha entre estos dos conceptos, tan diversos como interpretables, hace muy complejo el influir, actuar o intervenir en una atención que promocione, mantenga o restablezca cualquiera de las dos.

Sería pretencioso por mi parte, y está fuera de mi intención, plantear si quiera cómo influir sobre la felicidad, que ha sido objeto permanente de análisis por parte de filósofos a lo largo de la historia. Pero sí que pretendo reflexionar sobre si los cuidados enfermeros pueden o deben contribuir tanto a la salud de las personas como a la forma en que esta puede influir en que sientan o perciban su propia felicidad, más allá de la retórica popular a la que aludía antes.

A partir de aquí, me planteo si realmente identificamos, conocemos, nos creemos, lo que son los cuidados profesionales y si estos tienen entidad propia enfermera para aportar un valor intrínseco a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad a las que atendemos en cualquier ámbito que vaya más allá de la asistencia sanitarista.

Porque si los cuidados tan solo son una etiqueta más con la que catalogar nuestra actuación profesional; sin que aporten una identidad definida propia; sin que supongan un valor en el que creer y por el que estudiar, investigar, trabajar e incluso luchar; sin que seamos capaces de que los mismos se relacionen de manera inseparable y exclusiva al hecho de ser enfermeras; sin que supongan algo que ocultar por considerarlo menor, los cuidados pierden sentido y con ello pierde sentido la propia enfermería y por derivación, ser enfermera. Y al perder sentido aquello que nos debiera hacer sentir orgullosos, resulta muy difícil, por no decir imposible, que seamos capaces de cuidar profesionalmente las necesidades sentidas de las personas.

Porque una cosa es prestar asistencia, creyendo o queriendo convencernos y convencer, que se prestan cuidados desde la misma y otra bien diferente que eso realmente sean cuidados profesionales. Realizar la cura de una úlcera sin tener en cuenta la persona que la padece, la familia en la que se integra y la comunidad a la que pertenece, sin preocuparse por cómo se siente ella o su familia, sin identificar las posibles barreras de su hogar, sin valorar los recursos personales, familiares, sociales o comunitarios que pueden ayudarle a afrontar autónomamente su problema, sin conocer en qué medida está influyendo en el desarrollo de su vida personal, familiar, laboral o comunitaria, sin preocuparse por sus necesidades o demandas… tan solo centrando el interés en qué apósito, pomada, vendaje… se van a utilizar con el objetivo exclusivo de que la úlcera cicatrice cuanto antes e incluso que dicho resultado pueda ser de interés para incorporarlo a un estudio sobre la eficacia de tal o cual producto, en ningún caso puede ser considerado como cuidado profesional enfermero, por excelente que sea el resultado obtenido en la resolución de la úlcera. Hacerlo es engañarnos a nosotros mismos, o lo que es peor, creer que eso es y significa cuidar y engañar a quienes asistimos, aunque pretendamos hacerles creer que les atendemos. Aportar exclusivamente soluciones técnicas a los problemas de las personas es despreciar las necesidades que se derivan de los mismos situando su abordaje tan solo desde el enfoque racionalista y, por tanto, no sabiendo qué hacer realmente con la técnica. Técnica que, formando parte de nuestra existencia, al aplicarla tan solo con pericia y de manera rutinaria y mecánica, deriva en una falta de ética de los cuidados y de deshumanización que aleja nuestra atención de la imprescindible dignidad humana al no aportar los valores que generan el rasgo cuidador que nos tiene que identificar y diferenciar claramente como enfermeras.

Creer que la población a la que atendemos no sabe realmente distinguir estas diferencias es tanto como considerarla tonta. Atentar de manera tan simplista como cruel a la inteligencia colectiva, nos sitúa en una posición de absoluto desprecio no tan solo hacia ella sino hacia la profesión a la que, cuanto menos pertenecemos, aunque dudo que desde esa posición podamos decir que representamos. La ciudadanía ya sabe que somos expertos en el tratamiento de las heridas o en la aplicación de técnicas. Dan por supuesto que por eso nos han contratado en la organización en la que estamos. Pero esto nos sitúa como tecnólogos y no como enfermeras. Y como tecnólogos nuestra aportación a la salud es nula o muy limitada. Podemos mejorar la recuperación de una dolencia o lesión físicas, pero sino atendemos de manera integral a las personas que las padecen, su salud, más allá del restablecimiento de la dolencia, no la lograremos y, por tanto, no seremos ni identificados ni valorados como profesionales insustituibles de los cuidados de salud, ni tan siquiera lo seamos, posiblemente como enfermeras, sino como sanitarios.

Por lo tanto, sino somos capaces de atender a la salud de las personas, si tan solo las vemos como meros sujetos sobre los que realizar o aplicar tareas y técnicas, generalmente de manera subsidiaria o delegada, tampoco contribuiremos a que puedan ser felices.

Responder ante una duda, un temor, una incertidumbre que cualquier persona nos traslada desde la cama de un hospital o desde la consulta enfermera de un centro de salud, con un “eso ya se lo dirá el médico” es realmente demoledor, pero lamentablemente muy frecuente. La persona que recibe dicha respuesta no obtiene siquiera una mínima muestra de interés sobre cuál es su preocupación, que está ligada, seguro, a una valoración muy débil de su salud con claras repercusiones en su estado de felicidad. Nos quitarnos “el muerto de encima” derivando nuestra responsabilidad a otro profesional con la simplista y falsa justificación de plantear una competencia que no nos corresponde y, por tanto, eludiendo la responsabilidad de nuestra propia competencia. ¿No nos corresponde tratar de averiguar por qué tiene dudas, temor o incertidumbre? ¿Son dichos sentimientos competencia médica? ¿En qué se fundamenta esta creencia? ¿Realmente es lo que se les ha trasladado en las aulas? ¿Se trata de una distorsión progresiva de la realidad enfermera creada y alimentada en las instituciones sanitarias? O, ¿se trata triste y únicamente de no implicarse, de poner distancia, de huir de las emociones que afectan directamente al afrontamiento de cualquier problema de salud, de no comprometerse, de eludir responsabilidades confundiéndolas o disfrazándolas de competencias ajenas y convirtiéndonos con ello en meras ejecutoras de órdenes o indicaciones que nos eviten problemas? ¿Este es el grado de autonomía profesional que luego protestamos que no se nos reconoce? ¿Dónde situamos el sentido de los cuidados? ¿Por qué confundimos cuidados con técnicas? ¿Por qué no cuidamos al tiempo que realizamos técnicas? ¿Qué nos da miedo? ¿Qué desconocemos? O ¿Qué nos da vergüenza? La verdad es que se me plantean muchas interrogantes a las que no logro dar respuestas coherentes y razonadas, posiblemente, porque no existan y tan solo se trate de excusas para eludir la responsabilidad que emana y exigen los cuidados. Porque cuidar es complejo y difícil. ¿Quién dijo que ser enfermera es fácil? Ese es el error. Creer que ser enfermera consiste en obtener un título, confundiendo el fin con los medios y haciendo que los medios para alcanzar dicho fin dejen de tener el sentido que le otorgan los cuidados.

Por lo dicho, considero que tenemos la responsabilidad colectiva de hacer un análisis en profundidad sobre qué estamos haciendo mal en la Universidad y posteriormente en las organizaciones sanitarias. Seguir pensando que toda la culpa es de “otros” sin saber muy bien quienes son los otros o identificando a estos con el imaginario enemigo en que hemos convertido a los médicos, en gran medida, como la diana hacia la que lanzar todos los dardos de nuestra propia indefinición e inacción, tan solo nos conducirá a una irremediable y destructora indiferencia. Indiferencia de nosotras mismas con relación a lo que somos y podemos aportar e indiferencia de otros profesionales, de las/os políticas/os, de las/os gestoras/es y de la población que, es lo más triste, hacia nosotras como enfermeras.

En la Universidad, hemos caído en una especie de letargo provocado por la inercia mercantilista de la investigación que se exige como elemento imprescindible de la carrera académica, que impacta de manera clara y determinante en el alejamiento de la docencia y de lo que la misma significa en la formación de las futuras enfermeras. El sexenio se ha sacralizado como el dios al que adorar y rendir pleitesía a través de los sacrificios, en forma de publicaciones en las llamadas revistas de alto impacto, que se le ofrecen como tributo para lograr su benefactora respuesta en rituales perfectamente programados en el altar de la ANECA. Sacrificios que tienen claras consecuencias en la atención que hacia la docencia se presta por parte de las enfermeras docentes o lo que es más grave, de quienes sin ser enfermeras imparten docencia enfermera y que conduce a una, cada vez, más tecnológica aportación de los conocimientos y un abandono evidente de aquello que acaba considerándose como secundario o trivial, los cuidados, como si estos no precisasen de atención específica, especialista, especial y científica.

He querido analizar un plan de estudios para, tan solo en lo que son los títulos de las asignaturas que lo componen, identificar en cuántas de ellas aparece la palabra CUIDADOS y en cuántas la palabra SALUD.

De las 26 asignaturas obligatorias (excluidos los Prácticum), en 6 aparece la palabra CUIDAOS (23%) y tan solo en 2 la palabra SALUD (7,6%). Lógicamente esto no significa que no se pueda hacer un abordaje en profundidad de los cuidados o de la salud en el contenido de dichas asignaturas, pero no deja de ser cuanto menos preocupante su ausencia en el enunciado, como si no fuese necesario incidir en ello Desde esta interpretación queda al criterio de cada docente el incorporar y dar trascendencia a los cuidados o la salud sobre las técnicas o la enfermedad.

Es destacable, por otra parte, que el estudiantado mantenga un nivel altísimo de fascinación hacia las técnicas y la tecnología y que, sin embargo, la atención e interés que hacia los cuidados y la salud manifiestan sea poca o nula, lo que lejos de modificarse cuando llegan a los servicios en los que realizan sus prácticums, se ve reforzado cuando no aumentado, provocando una clara devaluación de los cuidados que quedan más como una pose, una etiqueta o algo totalmente secundario, sin que se sepa dar sentido prioritario, científico y riguroso a lo que significan y aportan desde la perspectiva y el paradigma enfermero, por muchos planes de cuidados que se les soliciten elaborar sin que realmente encuentren sentido a los mismos más allá de la obligación académica de hacerlos, paradójicamente además, al margen de los cuidados directos con las personas atendidas.

Pero es que, la mayoría de las especialidades enfermeras, por otra parte, tienen denominaciones que se alejan de la identidad profesional enfermera, mimetizando las de las especialidades médicas al igual que se hace con la formación de las mismas sin tener en cuenta las necesidades diferenciadas y diferenciadoras entre una disciplina y otra y, por tanto, en la forma en cómo debe ser abordada, planificada y desarrollada. Así nos encontramos con la especialidad de Pediatría en lugar de cuidados especializados del niño y el adolescente, la especialidad de enfermería en geriatría y gerontología en lugar de cuidados especializados de personas adultas mayores, o la especialidad no desarrollada de Enfermería Médico-Quirúrgica en lugar de cuidados especializados en áreas críticas, por poner algunos ejemplos, lo que sin duda invisibiliza de entrada la aportación específica enfermera, los cuidados, asimilándola a la actividad médica, reproduciendo un modelo de dependencia y subsidiariedad en lugar de complementariedad y autonomía que, lamentablemente y por mucho que se quiera negar, impregna los procesos de formación en unas unidades multiprofesionales en las que priman los criterios médicos.

Todo lo cual incide de manera directa en la salud y felicidad de nuestra profesión y disciplina y de quienes a ellas pertenecemos. Estamos faltas de salud y somos infelices, lo cual se traduce en una deficiente calidad de nuestros cuidados que sin duda impide o dificulta generar salud y contribuir a la felicidad de las personas a las que atendemos. Pero además provoca la falta de compromiso, implicación e ilusión por y para la enfermería, generando una devaluación progresiva que la sitúa en el inmovilismo y la pasividad.

Si identificamos, desde una perspectiva muy amplia, la felicidad como el hecho de tener una vida digna y buena, creo poder asegurar que los cuidados contribuyen a ella al situarse en el ámbito de la dignidad humana. Por otra parte, desde la definición de salud formulada por Jordi Gol[2] que decía que es “aquella manera de vivir que es autónoma, solidaria y gozosa”, que considero puede asimilarse a lo que es una vida buena, los cuidados, a través de la educación para la salud que empodera a las personas para lograr la autodeterminación, autogestión, autonomía y autocuidado, pueden y deben contribuir también a facilitar la felicidad de las personas. Una felicidad que como dijo Frederick Keonig[3] “Tendemos a olvidar que no viene como resultado de obtener algo que no tenemos, sino más bien de reconocer y apreciar lo que tenemos”.

Por eso, para contribuir a que las personas que atendemos se sientan sanas y felices, previamente debemos ser nosotras, las enfermeras, las que nos sintamos sanas y felices.

Para ello resulta imprescindible que las enfermeras en primer lugar nos sintamos identificadas con lo que son, representan y aportan nuestros cuidados profesionales más allá de los planteamientos teóricos, necesarios, pero no exclusivos. Los cuidados como esencia de nuestra aportación singular, exclusiva e insustituible. Abandonando la idea de que son algo menor o secundario para dejar paso al tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis que requieren. Exigiendo que impregnen todos y cada uno de los conocimientos, competencias, aptitudes y actitudes que posibilitan la construcción de la identidad enfermera desde la Universidad hasta cualquier ámbito de actuación en el que nos integremos.

Tan solo cuando seamos capaces de interiorizar esto y sentirnos orgullosas de ello, seremos capaces de convencer a las/os políticas/os para que dejen de legislar y decidir contra las enfermeras bien por ignorancia o bien por presiones externas con intereses corporativistas, partidistas y/o mercantilistas, como recientemente se ha hecho al crear una titulación de Formación Profesional (FP) vía exprés que denigra, ante todo, al cuidado profesional y priva a las personas de unos cuidados de calidad que, paradójicamente, están regulados por ley, obedeciendo a criterios exclusivamente mercantilistas, de oportunismo político y al margen del más mínimo conocimiento sobre aquello que se legisla y de quienes siendo especialistas son ignorados[4].

De convencer a la judicatura de que nuestra aportación no es una amenaza contra otras profesiones sino una necesidad para lograr una sociedad sana y feliz y que sus sentencias, en muchas ocasiones, impiden que se logre desde una interpretación que centra su atención más en el poder corporativista que en la necesidad social.

De que la sociedad nos reconozca por aquello que les aportamos como valor propio y exclusivo, de tal manera que demande y exija que lo hagamos las enfermeras para poder sentirse sana y feliz y con ello se cambie la percepción e identificación que sobre las enfermeras sigue existiendo y que tiene su traslado, por ejemplo, en cómo nos definen en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), con unos criterios que escapan de la lógica por mucho que se enrede con planteamientos semánticos y lingüísticos tan trasnochados como quienes los defienden.

Una felicidad que trascienda la idealización consumista y competitiva con la que se le asimila, para situarse en la posibilidad de disfrutar del día a día desde la autoestima y la solidaridad, desde la autonomía y la libertad, desde la participación y el respeto, desde la salud y su promoción.

Una salud que abandone la dicotomía con la enfermedad, que se diferencie de la sanidad, que se aleje de la imposición profesional, que no se fragmente para poder ser integral, que incorpore los cuidados como parte esencial para promocionarla o mantenerla, que facilite el sentimiento de la felicidad por estar o sentirse sano.

En momentos en que parece derrumbarse todo cuanto nos rodea como consecuencia de la pandemia, las crisis económicas o la guerra, parece difícil hablar de alcanzar la salud y la felicidad. Pero debemos tener en cuenta que la salud, como la felicidad no son valores absolutos. Desde la enfermedad se puede sentir la salud y desde la tristeza la felicidad. No son excluyentes y pueden y deben ser complementarias. Y en esa complementariedad, en esa búsqueda, en ese equilibrio, es donde las enfermeras, a través de los cuidados, debemos dar respuestas de salud y felicidad reales, alejadas de utopías y cercanas a las esperanzas de quienes las necesitan.

La pobreza, el sufrimiento, la violencia, la exclusión, la vulnerabilidad, la inequidad… se configuran como factores determinantes de la salud y la felicidad de las personas a pesar de los discursos populistas, mentirosos y manipuladores de políticas/os que quieren enmascarar la verdad para adaptarla a sus intereses oportunistas que ocultan una realidad de necesidades, construyendo una falsa salud y felicidad de acceso tan solo a unos pocos. Confundiendo de manera totalmente consciente y manipuladora pobreza con mendicidad, sufrimiento con dolor, violencia con lesión, exclusión con delincuencia, inequidad con oportunidad.

Las enfermeras tenemos la obligación de contribuir con nuestros cuidados a que la salud y la felicidad sean posibles con la participación activa de las personas en su logro y, sobre todo, en su capacidad de vivirlo. Pero sabiendo que “el éxito es conseguir lo que se quiere… La felicidad es querer lo que obtienes”[5].

Necesitamos convencernos para convencer. Necesitamos sentirnos sanas y felices como enfermeras, aunque tengamos motivos de preocupación y factores de dificultad que debemos superar desde la acción y no desde el lamento. Tenemos el conocimiento, las evidencias, la ética y la estética de los cuidados y debemos asumir la responsabilidad de, en base a ello, generar las mejores respuestas. Las más eficaces y efectivas, pero también las más eficientes.

Siendo enfermera se puede ser feliz, pero ejerciendo como enfermera podemos, además, hacer felices a muchas personas, lo que supone una mayor felicidad, porque la felicidad como dijera Aristóteles[6] “depende de nosotros mismos”

[1]  Audrey Kathleen Ruston, más conocida artísticamente como Audrey Hepburn, fue una actriz, modelo, bailarina y activista británica de la época dorada de Hollywood (Bruselas, 4 de mayo de 1929-Tolochenaz, 20 de enero de 1993),

[2] Borrell-Carrió, F. Médico de personas. Jordi Gol i Gurina, 1924-1985, in memoriam. Aten Primaria. 2005;35(7):339-41

[3] Fue un inventor alemán famoso por haber construido, junto con el mecánico y matemático Andreas Friedrich Bauer, la imprenta de alta velocidad (17 de abril de 1774 – 17 de enero de 1833).

[4] https://www.publico.es/sociedad/luz-verde-nueva-ley-formacion-profesional-pasa-dual.html

[5] Dale Carnegie (seudónimo de Dale Breckenridge, Carnegie, 24 de noviembre de 1888 – 1 de noviembre de 1955) fue un empresario y escritor estadounidense de libros que tratan sobre relaciones humanas y comunicación eficaz.

[6] Filósofo, lógico y científico de la Antigua Grecia, considerado uno de los fundadores del empirismo (384 a. C.-322 a. C.)

LA FASCINACIÓN DEL PODER La debilidad del Sistema

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La debilidad del Sistema

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton[1]

 

Durante casi dos años de pandemia la urgencia, la atención, el esfuerzo, la competencia… eran determinados claramente por la demanda de salud de la población contagiada o en riesgo de serlo. Una situación en la que lo importante no era quién hacía tal o cual cosa, sino qué se hacía y para qué se hacía con el objetivo común de aliviar, curar o cuidar a las personas que sufrían y a sus familias. Una gestión del tiempo, los recursos, la templanza, las emociones… que trascendía a cualquier ego profesional o disciplinar. Una toma de decisiones que precisaba de la confianza, el apoyo, la participación colectiva y huía de protagonismos inútiles. Faltaban manos, equipos, tiempo, sueño, tranquilidad… pero sobraba coraje, determinación, voluntad, entrega, solidaridad para responder a tanto sufrimiento y dolor como el que se acumulaba sin poder contenerlo apenas. El concepto de trabajo en equipo tomó sentido, cuerpo y coherencia para lograr dar respuestas que permitieran contrarrestar los efectos devastadores del virus y limitasen o anulasen los posicionamientos irracionales de corporativismos estériles y nocivos.

La pandemia puso al descubierto las miserias de un Sistema Sanitario que hacía aguas por todas partes y que tan solo el efecto de la acción profesional comentada lograba mantenerlo a flote.

Las manifestaciones de afecto y reconocimiento populares que obligaron a las/os políticas/os a sumarse a ellas, más por una cuestión de imagen que de convicción, contribuyeron a enmascarar las grandes deficiencias tanto del Sistema como modelo, como de las decisiones que se tomaban y que adolecían, en muchos casos, de la coherencia, la argumentación y el sentido común necesarios, como el hecho de ignorar a la Atención Primaria en los peores momentos del inicio de la pandemia o la carrera sin cuartel por demostrar quién tenía el hospital de campaña más grande, aunque luego no se supiese gestionar o no se contase con profesionales para ponerlo en marcha, teniendo que recurrir a un estudiantado de enfermería y medicina al que, sin embargo, se le impedía desarrollar sus prácticum en esas mismas organizaciones. Útiles para sus intereses exclusivamente. Otra de las paradojas con las que constantemente nos sorprendían.

En esta terrible situación, los cuidados profesionales enfermeros, emergieron como pocas veces antes lo habían hecho. La ausencia de respiradores y de equipos, la distancia obligada, en muchos casos hasta límites difíciles de entender, con las familias a la puerta incluso de la muerte, el sufrimiento, la soledad… tuvieron en los cuidados enfermeros el eficaz consuelo, la deseada compañía, el reparador contacto, la estimulante escucha, el necesario alivio, que nada más les proporcionaba y que les mantenía firmes en su esfuerzo por salir de tan dramático estado.

Cuidados que aunaban conocimiento científico, humanístico y técnico y que requerían de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis, incluso en aquellos lugares que sistemáticamente fueron olvidados o dejados en manos del mercantilismo privado de los cuidados como las residencias de personas adultas mayores en donde la precariedad, la falta de personal cualificado y la desidia actuaban como caldo de cultivo ideal para la COVID 19 y sus devastadoras consecuencias.

Cuidados que trascendieron de las unidades de cuidados intensivos, de los hospitales de campaña o de los teléfonos desde los que las enfermeras comunitarias trataban de responder a la incertidumbre, el dolor y la alarma que el caos pandémico estaba ocasionando, para visibilizarse como la fuerza sanadora, reparadora, consoladora que se precisaba y que nunca hasta ahora se había hecho tan patente como imprescindible.

Cuidados que contribuían a asimilar, afrontar, convivir con sentimientos y emociones encontradas ante tanta incertidumbre y miedo.

Cuidados que empezaron a llamar la atención de quienes sistemáticamente los habían ignorado cuando no estereotipado hasta el ridículo como los medios de comunicación.

Cuidados que tuvieron que ser verbalizados por quienes siempre los habían silenciado, minusvalorado o despreciado como las/os políticas/os y las/os gestoras/es. Incluso por quienes siempre los habían considerado subsidiarios a su actividad profesional como única protagonista de la atención a la salud, como los médicos.

Siempre, salvo honrosas, pero lamentablemente escasísimas excepciones, fue así. Los cuidados se hicieron paso para asomar por las grietas del caduco y agotado modelo sanitario en el que siempre se prestaron adquiriendo valor y siendo referencia de calidad, pero sin que se les otorgase la importancia ni el lugar que les correspondía.

El oleaje provocado por la pandemia fue dejando jirones de realidad que requerían de una clara y decidida intervención para lograr reparar, no ya los efectos de la citada pandemia, sino del maltrecho Sistema Nacional de Salud, que todos coincidían en que necesitaba de una revisión en profundidad, aunque todo hay que decirlo, unos con mayor fervor y convencimiento que otros, que se sumaban, no por convicción sino por evitar quedar en evidencia.

Se empezaron a convocar, con idéntico mimetismo que anteriores decisiones, comisiones de reconstrucción a nivel nacional, autonómico, municipal… con el aparente objetivo de identificar qué medidas debían adoptarse para tratar de corregir las deficiencias y evitar las consecuencias de similares situaciones futuras. En todas ellas quedaron de manifiesto al menos dos cuestiones, la necesidad de cambiar el modelo del actual SNS y la puesta en valor de los cuidados como elemento fundamental en un contexto como el que dejaba la pandemia. Pero con idéntica inercia a como se habían convocado se fueron diluyendo en el olvido, poniendo de manifiesto que tan solo se trataba de una nueva y patética puesta en escena con la que quedar bien pero con muy poca y real voluntad política por intentar solucionar las cosas, mientras las olas se sucedían sin que nada o muy poco cambiase en el panorama sanitario más allá de las campañas de vacunación, planificadas y gestionadas por enfermeras, que servían de bálsamo reparador o de cortina de humo ante tanta falta de acción como de solución.

Pero la falta de respuestas y el deterioro progresivo del Sistema en general y de la Atención Primaria y sociosanitaria en particular, obligó a las/os decisoras/es políticas/os a dar un paso al frente para recuperar el Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria, que se aletargó con el inicio de la pandemia. Así como plantear, al inicio de la pandemia, cambios profundos en el Sistema Nacional de Salud, que fueron abandonados sin justificación alguna. Ocultando las propuestas planteadas para tan necesario como imprescindible cambio por las/os expertas/os en un documento que estará durmiendo el sueño de los dioses en algún cajón, disco duro o papelera ministeriales [2].

Pero lo que nada ni nadie puede ocultar, ni lo que el oportunismo de determinados/as políticos/as pueden impedir, es que la realidad se siga manifestando con toda su crudeza. El SNS está basado en un modelo claramente ineficaz e ineficiente en el que la enfermedad, la tecnología, el hospitalcentrismo, la medicalización, la fragmentación y el asistencialismo, entre otros, son la base sobre la que se sustenta, se organiza y se gestiona. Modelo creado a imagen y semejanza de quienes lo crearon y utilizan como centro de su actividad y desarrollo disciplinar, pero que no es capaz de responder ni a las necesidades de salud ni a las demandas de la población. Modelo en el que la Atención Primaria se incorporó, tras la Ley General de Sanidad, con renovadas propuestas de atención, organización y gestión, que progresivamente fueron siendo neutralizadas o eliminadas por quienes no tan solo nunca creyeron en él, sino que lo veían como una amenaza a su hegemonía médico-sanitarista, hasta convertirlo en un mero instrumento de su voracidad de poder y en una sucursal subsidiaria de los hospitales. Modelo en el que, por descontado, los cuidados no están institucionalizados ni por supuesto, son valorados, reconocidos ni reconocibles, más allá de la mera utilización semántica, lo que les sitúa en la indiferencia institucional y el valor residual de la atención, a pesar de que quienes los prestan son las/os profesionales más valoradas/os del Sistema por la sociedad, precisamente por eso, por prestar cuidados.

Ante tal cúmulo de evidencias los documentos que finalmente han logrado salir a la luz, con serias resistencias, plantean cambios sustanciales en sus estrategias como la identificación de las enfermeras como profesionales clave del cambio y de sus cuidados como acciones imprescindibles ante el contexto que la pandemia ha dejado al descubierto. Se rompe, al menos sobre el papel y a falta que se concrete en la práctica real, el corsé médico-asistencialista. La salud, la participación comunitaria, la promoción y la educación para la salud… recuperan el protagonismo que nunca debieron perder y que fue erradicado y penalizado en favor de la enfermedad y la medicalización. Pero también rompe con la hegemonía corporativista irracional, incoherente y acientífica según la cual los puestos de responsabilidad se reservaban en exclusividad a los médicos por el simple hecho de serlo, más allá de sus capacidades, competencias, actitudes y aptitudes. Estableciéndose que el acceso a los mismos lo será por capacidad y mérito y no por el hecho de ser médico.

Así pues, todo lo vivido, lo perdido, lo sentido, lo llorado…, gracias a todo el trabajo colectivo, tras la pandemia, fue remitiendo, se fue olvidando, perdiendo, desnaturalizando y con ello debilitando las defensas que controlaban el contagio del peor virus profesional, el poder, que adquirió toda su crudeza e irracionalidad ante las propuestas comentadas, por entenderlas como una amenaza a la recuperación del mismo. La pandemia logró que se visibilizase y reconociese lo que desde otras disciplinas se puede aportar en beneficio de la salud, su prestación o su gestión. Pero había quienes permanecían al acecho para atacar cuando pasase lo peor. Y a partir de ahí recuperar el poder autoritario, intolerante, excluyente, posesivo, irracional, abusivo, por el que se pierde la noción del servicio a la salud para dejar paso al servicio de la notoriedad, el narcisismo y el egocentrismo, por parte de sátrapas parapetados tras puestos de supuesta representación profesional o laboral, que esperan el momento propicio para asestar sus golpes de gracia populista con discursos vacíos sin la más mínima evidencia científica pero con una carga letal de rencor, odio y, sobre todo miedo, a que profesionales preparadas/os, capaces, competentes, eficaces y eficientes puedan ocupar los puestos que hasta entonces les habían estado reservados por el simple hecho de tener un título académico determinado que no es superior al de quienes pueden optar a los mismos en base a criterios objetivos de capacidad y mérito.

Quienes, según los documentos consensuados y aprobados, podrán acceder a puestos de responsabilidad, lo harán por el hecho de contar con un Grado Universitario de igual valor que el de cualquier otro de los existentes en el catálogo del Ministerio de Universidades. O por poseer Máster o Doctorado al que tienen acceso desde dichos Grados Universitarios.

El pueril argumento de que ellos la tienen más larga, en referencia a los años que cursan, no es en ningún caso un argumento científico ni por tanto merecedor de tenerse en cuenta. Los créditos que componen los estudios son como el chicle, que se pueden estirar todo lo que se quiera e incluso se pueden hacer con ellos globos que tan solo tienen un poder efectista que acaba cuando explota el mismo, al igual que sucede con el discurso inflado de razones sin fundamento que se diluye con la evidencia. No por más años en la Universidad se alcanzan mejores resultados, ni académicos ni profesionales, aunque aparentemente pueda parecerlo y así se pretenda hacerlo.

Incluso, establecen su propio cortijo, chiringuito o territorio, al tomarse la libertad que por otra parte les es permitida, para separarse de las Ciencias de la Salud, cuando se constituye en alguna Universidad una Facultad con dicha denominación en la que se imparten diversas titulaciones. Deciden, no formar parte de dichas Ciencias de la Salud para mantener su denominación de Medicina. De ahí que existan, con el beneplácito y bendición de las Universidades, Facultades de Ciencias de la Salud y Medicina en una decisión que no tan solo escapa a la lógica sino, a algo mucho más grave, a la ciencia. Lo que se convierte en una nueva muestra de su patética enfermedad de poder, situándoles en el ámbito de la extravagancia. Desde dicho planteamiento se debería cuestionar el que pudiesen trabajar en Centros de Salud dada su renuncia expresa a ser parte de las disciplinas Científicas de la Salud. O rizando el rizo que se constituyeran, en paralelo y de manera independiente a los centros de salud, centros de enfermedad o de medicina. Mejor no dar ideas.

Pero a pesar de ello o precisamente por todo ello, dichos sátrapas, que por lo general nunca han destacado por sus aportaciones científico-profesionales, amenazan permanentemente con demandar tales decisiones ante los tribunales en una nueva y patética demostración de poder de cómic con el que alimentar su ego y conseguir el fervor de unos cuantos acólitos que actúan de palmeros, mientras la gran mayoría del colectivo médico asiste atónito y avergonzado ante tal demostración de ignorancia y supuesta fuerza de liderazgo pandillero.

El problema, sin embargo, no está tanto en la existencia de este tipo de figuras histriónicas, sino en la respuesta que desde los tribunales hagan los jueces a la hora de interpretar las leyes que siguen protegiéndoles gracias a la connivencia de quienes las elaboran para mantener su estatus, es decir, las/os políticas/os que o bien mantienen normas caducas y algunas de ellas predemocráticas o bien legislan bajo la presión del lobby de poder al que se someten. Con ello se cierra el círculo perfecto para el mantenimiento de la hegemonía autocrática disciplinar.

No se trata de supuestos ataques o amenazas infundadas. Recientemente representantes de colegios profesionales y sindicatos médicos en la Comunitat Valenciana[3],[4] y Asturias[5] han dicho pública y reiteradamente que van presentar demandas contra la posibilidad de que las enfermeras puedan acceder a direcciones de centros de salud o contra el nombramiento de direcciones generales ocupadas por enfermeras. Todo un alarde en defensa del clasismo médico, que no profesional. Y es que, a mí, me pasa como a Thomas Jefferson[6] que “nunca he podido concebir cómo un ser racional puede perseguir la felicidad ejerciendo el poder sobre otros”, a partir de aquí cada cual que saque sus propias conclusiones, pero, blanco y en botella.

Ante estas bravuconerías sería deseable que la clase política tomase nota y se mantuviese firme en la necesidad de normalizar una situación que hasta la fecha ha sido claramente antinatural y sobre todo muy injusta. Para ello se debería empezar por regular la pertenencia de las enfermeras como grupo A1 como lo son médicos, biólogos, psicólogos, abogados o economistas, que son contratados con una titulación académica de idéntico nivel, valor y consideración legal que la que poseen las enfermeras. Mantener esta situación de clara inequidad y desigualdad es tan solo una evidencia más de la permisividad ante las presiones de la clase médica y de incoherencia política y legal.

Pero también resulta imprescindible que a quienes les duele la boca de decir que las enfermeras son el pilar fundamental del Sistema, sin creérselo claro está, actúen con un mínimo de ética y respeto dando idénticas oportunidades, por ejemplo, de investigar, a todas/os las/os profesionales y no tan solo a las/os de una disciplina. Es el caso, por poner tan solo un ejemplo, del Servicio de Salud de Castilla y León (Sacyl), donde las enfermeras no pueden acceder en igualdad de condiciones ni de contenidos a la biblioteca virtual para hacer investigación. Una clara muestra de la falta de respeto y de reconocimiento a la aportación científica enfermera. Patético.

Mención especial merecen quienes desde la incompetencia más absoluta o la inquina más irracional de los puestos de responsabilidad que ocupan en ministerios y consejerías autonómicas paralizan, limitan, dificultan, retrasan, bloquean… la evolución e implementación de las especialidades enfermeras. Porque más allá del daño que causan al desarrollo enfermero, está el causado a la población a la que se priva de unos cuidados de mayor calidad. Casualmente quienes ocupan estos puestos son en su mayoría médicos. Lo que no debería suponer ninguna sospecha desde la perspectiva ética y estética que debieran tener y aplicar. Pero lamentablemente la realidad es muy tozuda.

Finalmente, no deja de ser curioso, o más bien deplorable, que no se tenga reparo alguno en que un gerente de Departamento o Área de Salud pueda ser un economista o un abogado, pero que se ponga el grito en el cielo ante la sola posibilidad de que lo sea una enfermera. Lo que nos lleva a una conclusión derivada de la más elemental lógica, que no es otra que el miedo a quedar en evidencia dada la capacidad, competencia, eficacia y eficiencia demostradas por las enfermeras en muchísimos puestos de responsabilidad a los que han podido o les han dejado acceder.

Ante estas demostraciones de fuerza y abuso consentido, hay quienes se animan a reclamar territorios que ni les pertenecen ni están en disposición de ocupar por no disponer de las competencias para ello, pero que suponen un apetecible objetivo comercial para sus negocios privados por mucho que se empeñen en repetir que prestan un servicio público. Nuevamente un lobby, en este caso la farmaindustria, somete a presión a las/os decisoras/es políticas/os aún a costa de la falta de rigor de las propuestas mercantilistas. En paralelo, profesionales con idéntica titulación en el sistema público, al que han accedido por especialidad y méritos, que no por capital, no son ni reconocidos ni valorados en su justa medida y tienen que asistir como espectadores atónitos ante lo que es una clara intromisión que, además, proviene de un ámbito privado y por tanto con claros intereses económicos disfrazados de un falso altruismo.

Si quienes tienen la responsabilidad política de la sanidad no ponen coto a estos desmanes de claro autoritarismo y desprecio a la ciencia y a la coherencia, consintiendo con sus decisiones tales actitudes, serán cómplices directos de la perpetuación del poder clasista y acientífico que lastra y paraliza el Sistema Nacional de Salud. Como dijera Gonzalo Torrente Ballester[7], “el poder más peligroso es el del que manda, pero no gobierna.

Las enfermeras, por su parte, deberíamos evitar la tentación de morir de éxito o de pensar que todo está ganado o, lo que es peor, que ya hay quien se encargará de que se gane. Ni nada está ganado, ni nadie nos regalará nada. Lo que seamos, lo seremos porque lo habremos logrado con trabajo, esfuerzo y convencimiento en lo que hacemos y en lo que somos. No sería bueno que confundiésemos determinados logros, que los son, de reconocimiento y visibilidad hasta ahora vetados, con un posicionamiento de poder, lo que nos situaría en similar posición a la que tanto se critica. Nuestra influencia, que no poder, no está en lograr el poder adquirido por otros. Nuestro objetivo nunca debe ser el de apartar a nadie para ocupar su lugar, porque ese lugar ni nos corresponde ni se ajusta a nuestro paradigma enfermero. Nuestra influencia y liderazgo debe ser el de la comunidad, al lado de las personas y sus familias, que requieren de nuestros cuidados. Tan solo desde esta posición lograremos ser respetados. No nos dejemos deslumbrar por una fascinación tan artificial como traicionera que a lo único que nos llevaría sería a la ceguera. Lo contrario sería un suicidio tan innecesario como estúpido que nos sumiría en el más absoluto anonimato profesional y social.

Nadie es prescindible, pero mucho menos imprescindible. La Salud es demasiado importante para estar en manos exclusivamente de una disciplina. Tan solo desde el trabajo transdisciplinar, pero, sobre todo, desde el respeto se podrá prestar una atención integral, integrada e integradora que promocione la salud desde la participación real de la comunidad y anteponiendo los objetivos comunes a los individuales, corporativos o económicos.

Tras más de dos años de pandemia, estaría bien que hubiésemos aprendido, todas/os, que las personas, las familias y la comunidad a las que nos debemos están muy por encima de las peleas callejeras para marcar territorios de un poder que ni nos pertenece a nadie ni favorece la aportación específica de todos y cada uno de los profesionales que intervienen para mejorar su salud. Mientras sigan existiendo mentes que, en lugar de pensar, analizar y reflexionar, se dediquen a intrigas palaciegas y emboscadas callejeras, y exista quien pudiendo y debiendo, no actúe para impedirlo, seguiremos instalados en las penumbras, cuando no en las tinieblas, de la convivencia científico – profesional y de la connivencia político-profesional.

Hablar de equipos en estas condiciones es no tan solo un eufemismo sino una clara falacia que nos impedirá dar respuestas de calidad a quienes les corresponden, las merecen y las demandan.

La fascinación del poder y por el poder debilita al Sistema y un Sistema debilitado no es capaz de ofrecer lo que de él se espera y desea, provocando claras inequidades dentro y fuera del mismo.

[1]  Historiador inglés (1834-1902).

[2] Plan de acción para la transformación del Sistema Nacional de Salud en la era COVID 19. Ponencia del Ministerio de Sanidad y un Grupo de 20 profesionales expertos.

[3] https://www.cesm-cv.org/por-que-hay-que-rechazar-el-plan-de-atencion-primaria-de-la-comunidad-valenciana/

[4] https://www.informacion.es/alicante/2022/02/17/ley-deja-claro-centro-salud-62710926.html

[5] https://www.lne.es/asturias/2022/03/12/colegio-medicos-lleva-tribunales-principado-63744736.html

[6] Político Estadounidense (1743-1826).

[7]Escritor español (1910-1999).

GRACIAS POR LO APORTADO

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“Se me ha dado tanto que no tengo tiempo para reflexionar sobre lo que se me ha denegado.”

Helen Keller[1]

 

Llevo cumpliendo muchos años como enfermera. Muchos más que sin serlo, lo que evidentemente es una evidencia de mi longevidad, pero también de mi gran fortuna.

Gran fortuna por haber tenido la oportunidad de descubrir, porque la descubrí, la Enfermería. Lo mío no fue un idilio vocacional, lo siento, algo tenía que salirse del guión almibarado.

Gran fortuna por haber disfrutado y también sufrido, que de todo ha habido, de la evolución de la Enfermería, desde la entrada de los estudios en la Universidad, de la que se cumplen 45 años, pasando por la creación y desarrollo de la Atención Primaria de la que participé activamente, por la fundación de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), por mi trabajo como enfermera comunitaria al lado de las personas, las familias y la comunidad en uno de los primeros centro de salud de España, de mi actividad gestora como Director Enfermero, de mi incorporación a la Universidad en donde tuve la oportunidad de ser Doctor como enfermero sin necesidad de atajos, de mi participación en el programa de la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, de fundar la Academia de Enfermería de la Comunitat Valenciana, de crear la Cátedra de Enfermería Familiar y Comunitaria… pero sobre todo y ante todo por haber tenido la inmensa fortuna de tener unas y unos grandísimas/os referentes y compañeras/os de viaje de las/os que tanto he aprendido y que tanto me han enseñado.

Nada de lo vivido hasta ahora tendría sentido sin ese viaje compartido, incluso con quienes mantuve o mantengo diferencias, pues de todo y de todos se enriquece uno.

En este día de celebración, por tanto, he querido escribir estas líneas para agradecer a cuantas/os habéis hecho posible que sea lo que soy y que me sienta tan orgulloso de serlo.

Ser enfermera, a parte de mi familia, es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Ese descubrimiento y enamoramiento progresivo, intenso, apasionado, comprometido, alegre y doloroso a veces, sincero, cercano, compartido, generoso, permanente, leal, ilusionante, vehemente… me ha llevado a vivir experiencias y emociones extraordinarias que permanecen vivas en mi memoria. Memoria que trato siempre de compartir con la ilusión de que otras enfermeras se contagien de mi sentimiento de pertenencia y de permanencia en y con Enfermería.

No me identifico, ni lo quiero ni pretendo, sin ser enfermera, sin sentirme enfermera, por mucho que haya quienes traten de restarle valor o de creer que no merece la pena. Todos y cada uno de los años vividos como enfermera han valido la pena. Nada de lo vivido me sobra ni nadie con quien lo he vivido se me olvida. Todo y todos, en lo bueno y en lo menos bueno, me ha permitido crecer y creer.

Por todo ello en este día de cumpleaños me apetece tanto daros a todas/os las gracias por lo aportado y pediros que, por favor, sigáis aportándome durante muchos más. Porque, que lo sepáis, nunca dejaré de ser y sentirme ENFERMERA y, por tanto, nunca dejaré de pensar, trabajar, amar, disfrutar, crecer, vivir, soñar, como ENFERMERA.

MUCHAS GRACIAS

[1]  Escritora y activista política estadounidense (1880-1968)

GUERRA Y PAZ Enfermeras en la guerra y por la paz

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A Albert Llorens García y Andrés Climent Rubio

Por su compromiso e implicación con la salud global desde una mirada enfermera, equitativa, igualitaria y en libertad.

 

“De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”

León Tolstói[1]

 

Poco imaginaba León Tolstói que su obra culmen, Guerra y Paz, adquiriese una trascendencia, más allá de la literaria, dado el conflicto que el máximo dirigente de su país natal ha decidido emprender contra Ucrania y contra el mundo. Lamentablemente, al menos a corto plazo, tan solo la Guerra es patente y demoledora. Deberemos esperar a que lo antes y al menor coste posibles llegue la Paz.

Tolstói utilizó la conjunción copulativa “y” para unir ambas palabras como concepto afirmativo y no la conjunción coordinante “o” como valor disyuntivo para expresar alternativa entre ambas opciones, dando a entender que la una es inseparable de la otra y que no hay opción de elegir entre una u otra como, desgraciadamente, ha demostrado Putin con su decisión imperialista y autocrática.

Pero más allá de estas disquisiciones semánticas que, como todas, no están exentas de intencionalidad y sentido y nunca son inocentes, sobre lo que hoy quiero reflexionar es sobre las enfermeras en la Guerra y/o en la Paz. Pero lo quiero hacer desde una perspectiva que se aleja de la más recurrente narrativa de la atención a los heridos en el campo de batalla o en la retaguardia del mismo.

Porque la guerra, en su expresión más gráfica y limitada es mayoritariamente entendida e incluso visualizada y expresada por la contienda o batalla en las que se hace uso de las armas y la fuerza para vencer al enemigo que, paradójicamente, cada bando identifica en su contrincante no siendo, por tanto, un único el enemigo, ni mucho menos siendo identificado como tal por quienes finalmente tienen que arriesgar sus vidas matando para no ser matado sin saber muy bien por qué o dando por bueno lo que les trasladan quienes realmente deciden la guerra sin exponerse ni a ella, ni al dolor, sufrimiento y muerte que la misma provoca y que de manera cínica e hipócrita dicen provocar para lograr la paz.

Así pues, podemos decir que en muchas ocasiones no sabemos bien determinar dónde termina la paz y empieza la guerra o dónde acaba esta y se retoma la paz, o si bien guerra y paz forman un continuo vital en nuestras sociedades.

En cualquier caso, lo que es indiscutible es que, tanto en la guerra como en la paz, las enfermeras han jugado, juegan y continuarán jugando un papel fundamental que no siempre ha sido, ni es identificado, abordado y tratado con la suficiente sensibilidad, ni con el adecuado y necesario rigor, y mucho menos con el valor que su participación tiene con relación a la salud de las personas, las familias y la comunidad.

Es innegable la relación de la profesionalización de la enfermería con la guerra a través de Florence Nightingale durante su participación en la guerra de Crimea de 1853 a 1856. Guerra que se libró entre el Imperio ruso y el Reino de Grecia contra una liga formada por el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña. En la misma Florence Nightingale actualizó los hospitales de campaña y la atención a los soldados heridos en este conflicto absurdo y mitificado como pocos por la literatura y el cine. Ella, que sabía de qué hablaba, resumió así las batallas: “Sangre, dolor, gritos, llantos y muerte”, en una guerra que finalmente perdió Rusia, pero en la que la desnutrición y las enfermedades causaron más muertes que las balas. Fueron centenares de miles, un adelanto de lo que estaba por venir en la Primera y la Segunda Guerras Mundiales y que parece querer replicar Putin con la invasión y asentamiento en Crimea primero y con la invasión en curso de Ucrania después, sin saber a ciencia cierta qué es lo que se le puede ocurrir después.

Florence Nightingale, mujer en una Inglaterra victoriana y conservadora, renunció a su condición social y económica para acudir, con otras 40 enfermeras a las que reclutó, a Crimea en donde a diferencia de lo que sucede en la novela Guerra y Paz de Tolstói en la que la condición social otorgaba privilegios de atención a los heridos, para ella todos los militares, con independencia de su rango, eran iguales en trato y cuidados.

Sin embargo, también hay que destacar que la posición económica y social de Florence contribuyó a su reconocimiento al contrario de lo que le sucedió a la mestiza jamaicana Mary Seacole, que viajó con sus propios medios, trabajó sin apoyo oficial y tuvo que vencer los prejuicios por el color de su piel, sin que su aportación fuera menor a la que hiciera Nightingale[2].

En cualquier caso, la guerra de Crimea y la participación en ella de las enfermeras supuso el punto de inflexión indiscutible para la enfermería moderna y su profesionalización.

La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto bélico en el que las enfermeras realizaron un trabajo organizado como profesionales. A pesar de ello, el reconocimiento a su participación no llegó hasta bastante tiempo después de finalizada la guerra.

Además, hay que destacar que su aportación estuvo muy mitificada y alejada de la realidad, trasladándose una imagen romántica, gentil y angelical que perduró durante generaciones. Imagen que, en gran medida se mantuvo al no dejar las enfermeras registros escritos de su actividad, lo que era aprovechado por escritores o historiadores que poco o nada conocían sobre su importantísimo y necesario trabajo, así como de las durísimas condiciones en las que lograron salvar miles de vidas.

Otro hecho destacado en esta contienda fue, sin duda, la participación de enfermeras voluntarias sin formación alguna que provocó el enfrentamiento con las enfermeras profesionales que habían logrado un reconocimiento que acababan de obtener y no querían perder por con la incorporación de estas inexpertas mujeres. Es por ello que, a gran parte de ellas tan solo les dejaba realizar tareas que no requerían de formación alguna, como la limpieza de los hospitales de campaña, el aseo rutinario de los enfermos, el vaciado de bacinillas, el cambio de la ropa de cama…Tan solo si demostraban alguna habilidad se les permitía realizar otra actividad, siempre bajo la escrupulosa vigilancia de una enfermera profesional.

A pesar de ello, las enfermeras profesionales no obtuvieron ningún tipo de reconocimiento legal ni de registro hasta mucho después. Al finalizar la Primera Guerra Mundial el olvido fue el pago recibido a su trabajo, volviendo a ser considerada su aportación una tarea femenina y ausente de valor y, por tanto, sin el reconocimiento social que merecían tras haber demostrado su valía en la retaguardia de media Europa.

Con relación a la Guerra Civil española, el papel que durante la misma desempeñaron las enfermeras también estuvo relegado al olvido y al absoluto ostracismo a pesar de ser el colectivo de profesionales femeninas que tuvo una participación más directa en el conflicto bélico.

La aportación de las enfermeras en el campo de batalla, en los hospitales de campaña y hospitales de sangre resultó completamente imprescindible y heroico, sobre todo si se tienen en cuenta las durísimas condiciones en las que tuvieron que desarrollar su trabajo cuidando y velando por el bienestar de los enfermos y heridos en combate, ayudándoles y acompañándoles en sus últimos momentos.

Más allá de los indudables avances que en el abordaje de heridas e infecciones se lograron durante la guerra, atendidas en gran medida eran por las enfermeras, el conflicto bélico supuso un cambio muy significativo tanto para las enfermeras como para las mujeres en general, al encontrar en el ejercicio de esta profesión un salvoconducto para traspasar las barreras de sus hogares y de los trabajos (habitualmente muy mal remunerados) que se les tenían asignados por cuestión de sexo. Sin embargo, la victoria del bando nacional y la instauración de la dictadura franquista supuso la paralización brusca de la profesionalización y desarrollo de la enfermería en España y la subsidiariedad a la profesión médica.

La participación de las enfermeras durante la segunda guerra mundial, supuso un cambio cualitativo en cuanto a que las mismas contaban con una formación castrense añadida a su formación como enfermeras, lo que les proporcionaba una mayor capacidad de movimientos en pleno campo de batalla. Su aportación, como en anteriores contiendas, fue imprescindible y como dato cabe destacar la baja tasa de muertes por infección, menos de un 4%, de los militares heridos que eran trasladados a hospitales de campaña para ser atendidos de sus heridas por parte de las enfermeras.

Como ya sucediese con anterioridad la imagen de las enfermeras se revistió de misticismo, estereotipos y tópicos que trascendieron a la sociedad en general a través del cine y la literatura, distorsionando su verdadera aportación profesional y el valor real de sus cuidados, lo que sin duda contribuyó a que el avance profesional y el reconocimiento social sufriese un indudable retraso[3].

Pero más allá de los campos de batalla, las guerras provocan graves consecuencias en la salud de las personas, las familias y la comunidad que, lamentablemente, quedan alejadas de los focos y la atención mediática y de la propia consideración colectiva, que tan solo identifica lo que acontece entre bombardeos y tiroteos.

No pretendo hacer una valoración de dicha perspectiva en anteriores guerras, de las que ya he descrito lo sustancial en cuanto a la participación de las enfermeras, pero en medio de un nuevo, inexplicable, tremendo, reprobable y doloroso conflicto bélico como el provocado por parte del totalitarismo de Putin, como ya sucediese con el provocado por Hitler, no lo olvidemos, considero que es importante reflexionar sobre qué hacemos y aportamos, o deberíamos hacer y aportar, las enfermeras durante la guerra más allá del escenario donde se desarrollan las batallas.

Sin olvidar que, aunque hemos “disfrutado” de una paz duradera en nuestro contexto tras la 2ª Guerra Mundial, este no ha estado exento de conflictos a los que, lamentablemente, dada su distancia geográfica y emocional, en la mayoría de las ocasiones hemos prestado poca o nula atención más allá de la generada por las noticias de alcance que nos llegaban a través de agencias. Pero sin que las citadas guerras comportasen alteración en nuestras placenteras vidas en paz. Sin que ello, además, significase la ausencia de muerte, sufrimiento, desplazamientos, desarraigo… que tan solo vivíamos o vivimos a través de imágenes o declaraciones que acaban siendo anecdóticas y fugaces. Categorizando y valorando las guerras, al igual que otros muchos aspectos de nuestras vidas, en función a cómo nos afectan no tanto emocionalmente como económica y socialmente hablando. De ahí que haya visiones, valoraciones, sentimientos, emociones, realidades… diferentes en función de dónde se desarrolle la guerra y quiénes sean los contendientes y afectados de las mismas. Hasta el dolor y el sufrimiento están sujetos a una escala de valor en función de quiénes los provoquen o los sufran.

Estamos asistiendo a un nuevo drama social de consecuencias incalculables que afecta a millones de personas que tienen que abandonar sus hogares; romper sus familias; interrumpir su actividad laboral, docente o de ocio y relaciones; huir de su tierra e incluso de su país; empuñar un arma para enfrentarse a un enemigo que hasta hace pocos días no tenían o reconocían como tal; asentarse en otros países con lenguas, normas, valores, tradiciones, diferentes; enfrentarse a los miedos, la incertidumbre, la soledad… Mientras tanto, en actos de indudable solidaridad, pero en muchas ocasiones también de inciertas consecuencias, muchas personas tratan de responder, con la mejor de las voluntades, a todas esas pérdidas y carencias sin tener en cuenta cómo y de qué manera afrontarlo, vivirlo, comprenderlo, asumirlo, conducirlo… sin que genere desequilibrios, confusiones o reacciones indeseables, pero muchas veces inevitables.

Solidaridad que no debería ser selectiva, en función de quiénes son las víctimas o de cuál es su procedencia. Los desplazamientos forzados, el hambre, el dolor, el cansancio, la desesperación… afectan a las personas como seres humanos y no como sirios, palestinos, afganos o ucranianos, que requieren respuestas equitativas a sus necesidades sentidas.

Pero todas estas valoraciones, al fin y al cabo, son subjetivas y, sobre todo, obedecen a culturas, valores, normas, nacionalidades, intereses… individuales y colectivas que generan posicionamientos diversos e incluso contrapuestos. Todos ellos lícitos y respetables, aunque no necesariamente tengan que ser compartidos ni asumidos por todos. Pero sobre los que, desde luego, no se puede, en ningún caso, fundamentar la actuación, intervención o abordaje, de las enfermeras.

Las enfermeras nos debemos a las necesidades que derivan de los problemas de salud de las personas, las familias y la comunidad a las que atendemos con independencia del escenario, procedencia, ideología, creencia, raza, orientación sexual o cualquier otro factor o característica. Nuestra responsabilidad es la de prestar cuidados profesionales que faciliten, desde la empatía, la escucha activa y la asertividad, el consenso de aquellas respuestas que permitan identificar, movilizar y articular los posibles recursos personales, familiares, sociales y comunitarios disponibles y accesibles en cada momento para, en base a los mismos, establecer las acciones o actividades que den respuesta a las necesidades identificadas. Todo ello al margen de interpretaciones o juicios de valor que dificulten o impidan la interacción entre las enfermeras y las personas a las que se atienden. Obedeciendo a un código ético y deontológico que deben marcar nuestra actuación más allá de nuestra conciencia.

La guerra, no tan solo mata con proyectiles, obuses, minas o bayonetas. La guerra causa heridas invisibles pero indelebles que socaban la integridad física, psíquica, social y espiritual de las personas que se ven involucradas en conflictos que les afectan como lo hace la metralla de una explosión, llenando sus mentes y sus vidas de múltiples fragmentos de desarraigo, pérdida, dolor, sufrimiento, carencia, recuerdos, vivencias, experiencias… que son muy difíciles de extirpar y que, en muchas ocasiones, permanecerán en sus vidas de manera permanente. Se trata, por tanto, de identificar, ayudar, acompañar, enseñar… a que puedan afrontarlas desde la autoestima que no de la resignación, desde el empoderamiento que no de la culpabilidad, desde la valentía que no de la temeridad, desde el autocuidado que no de la dependencia.

Las enfermeras como profesionales del cuidado que somos estamos obligadas a llevar a cabo una búsqueda activa de todos estos problemas. Nuestra competencia no se circunscribe a la asistencia ante un problema físico o una dolencia. Nuestra atención debe ser integral, integrada e integradora, activa y participativa, humanística y científica, autónoma y respetuosa, equitativa y accesible, cercana y acogedora, planificada y evaluada, resiliente y saludable. Y esto, sin duda, es lo más complejo de ser enfermera. Pero esto, precisamente, es por lo que podemos y debemos ser identificadas como valiosas, importantes, insustituibles y demandadas. Lo contrario nos sitúa en la intrascendencia, la invisibilidad y la permutabilidad.

Las enfermeras siempre hemos tenido un papel relevante y visible en las guerras. Otra cosa bien diferente es que las propias enfermeras seamos capaces de trasladar a la sociedad nuestra aportación significativa, específica y exclusiva de atender todos los efectos que una guerra causa y los afectos que la misma deteriora o elimina. Tanto los producidos directamente por efecto de las armas en los campos de batalla, como los que indirectamente afectan a la población que sufre las consecuencias derivadas de la propia guerra. El proxenetismo, la prostitución, la falta de educación, la ausencia de cuidados… provocados por la guerra conducen a una vida que es mucho más dolorosa que la propia muerte.

Pero es que, además, las enfermeras, tenemos la obligación de ejercer de activistas de la paz en nuestras intervenciones diarias a través de nuestras acciones de promoción de la salud, prevención de la enfermedad o atención a la misma y a la reinserción posterior. No es un activismo político, es un activismo profesional enfermero que, al margen de ideas o posicionamientos personales, debe plantear alternativas de salud que trasciendan las diferencias y busquen el equilibrio. Un activismo pacífico y conciliador que respete y promueva las acciones saludables bien sea a través de los determinantes sociales, de los objetivos y metas de desarrollo sostenible, de los activos de salud o de cualquiera otra política que facilite la equidad en salud. No podemos permanecer impasibles ni mirar hacia otro lado ante la desigualdad, la injusticia, la falta de libertad, la inequidad, la vulnerabilidad… que alimentan y provocan las guerras que permiten que se instalan permanentemente en la sociedad.

Cada vez tengo más claro que quien no esté en disposición de asumir esta responsabilidad como enfermera, debería plantearse seriamente dedicarse a otra cosa. Ser enfermera es y supone asumir este compromiso e implicarse responsablemente para atender a tantas heridas de guerra como las que lamentablemente se provocan y a las que nunca podemos ser ajenas desde una postura de lejanía, indiferencia o tecnicismo que nos desdibuja y nos transforma en profesionales tecnológicas.

Pero para ello, también tengo cada vez más claro que se precisa de un cambio radical en la manera en que formamos a las futuras enfermeras, en cómo gestionamos los cuidados, de qué manera los prestamos y en qué investigamos y cómo lo difundimos para que las evidencias trasciendan al mero y mercantilista impacto de las publicaciones y se sitúen en la realidad que favorezca el cambio preciso para atender con garantías y calidad necesarias y deseables los efectos de todas las guerras, con armas de fuego o sin ellas, con artillería o sin ella, con naves o sin ellas, porque no siempre su presencia es la que más muertes ocasiona. Pero también para ser capaces de identificar las guerras y sus efectos más allá de las consecuencias que provoquen a nuestro bienestar o economía, porque todas, aunque las ignoremos, precisan de nuestra atención y cuidados, por lejanas que nos parezcan.

No hay vida sin cuidados y no hay cuidados profesionales sin enfermeras profesionales. Los cuidados son vida y la vida precisa de enfermeras. El hombre, tristemente, ya se encarga de buscar y provocar la muerte a través de las guerras.

Es momento de hacer un pacto por la paz en el que los cuidados profesionales supongan un derecho fundamental de toda persona, familia y comunidad y que los mismos, además, estén garantizados por enfermeras que son quienes mejor respuesta pueden dar como las mejores estrategas posibles y deseables.

Nada, lamentablemente, nos puede garantizar que no existan sátrapas dictadores que provoquen nuevas guerras, pero sí que podemos asegurar una atención profesional enfermera que contribuya a la salud integral como uno de los mayores antídotos de la guerra o de sus consecuencias.

No dejemos que la literatura, el cine o los medios de comunicación vuelvan a determinar una imagen distorsionada y estereotipada de las enfermeras.

Narremos, proyectemos y definamos nosotras, lo que somos y aportamos las enfermeras en la guerra o en la paz.

Sin duda hemos sido importantísima en la guerra, seámoslo también por la paz.

[1] Novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial (1828-1910)

[2] https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20190726/462672746388/florence-nightingale-carga-de-la-brigada-ligera-guerra-de-crimea-hospitales-de-campana.html

[3] http://enfeps.blogspot.com/2020/12/enfermeras-primera-y-segunda-guerra.html