DE HÉROES Y VILLANOS

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           Para Encarni

Nadie imaginaba que la situación que estamos viviendo se fuese a producir. Ni los más pesimistas o catastrofistas pensaron nunca un escenario como el que se ha configurado en tan poco tiempo. Casi no nos ha dado tiempo ni a reaccionar.

La mayor parte de la ciudadanía ha tenido que quedarse en sus casas por imperativo legal. Confinados, recluidos, resguardados, para tratar de esquivar al virus del que todos hablan y del que tan pocos saben.

Y en esa recuperación del espacio familiar que tan poco disfrutamos habitualmente nos damos cuenta de que hay otras muchas cosas que se pueden hacer. Leer, escuchar música, dialogar, explorar nuevas experiencias de ocio, estudiar, aprender e incluso pensar. Sin embargo, las redes acaparan la mayor parte de la atención con sus noticias, sus bulos, sus mentiras, sus verdades a medias, sus chistes no siempre de buen gusto, sus peticiones, sus fraudes y sus engaños y, una vez más, nos dejamos arrastrar o absorber por esa realidad líquida de la que hablaba Bauman, desaprovechando una ocasión más para salir de la alienación en la que estamos incorporados.

Siempre nos quejamos de que no tenemos tiempo, y resulta que cuando nos dan tiempo por decreto no sabemos qué hacer con él, hasta el punto que nos quejamos por aburrirnos. Lo que demuestra que la falta de tiempo, la mayor parte del tiempo, es tan solo una mala gestión del tiempo o, en su defecto, una muy mala escusa para no hacer aquello que no nos apetece hacer y que muchas veces es lo que tendríamos que hacer. Una nueva consecuencia del maldito virus, dejarnos en evidencia.

Pero al margen del aislamiento y sus consecuencias, en ese exterior que nos han obligado a abandonar, se vive una realidad que difiere mucho de la que dejamos cuando entramos a nuestras casas para no salir.

Más allá del silencio de unas calles semi desiertas, comercios cerrados, semáforos inútiles, aulas vacías, parques inertes, juzgados paralizados, paseos vigilados, supermercados que parecen hospitales y un silencio que duele por extraño y por conocer su razón, existe un hervor de actividad concentrada en los centros sanitarios que genera un torbellino de sentimientos y emociones que nos atrae en idéntica medida que nos repele.

Porque es precisamente en esos centros donde se concentran los que ahora denominamos héroes, combatiendo contra un gigante de 200 nm (nanómetros) que no se ve, ni se huele, ni se oye, ni se toca, ni tan siquiera sabe a nada, pero que ha logrado atemorizarnos y cambiar nuestras vidas.

Centros que se han convertido en castillos desde los que las/os profesionales sanitarios tratan de defender a la población de los ataques masivos del coronavirus exponiéndose ellas/os mismas/os a ser atacados y contagiados.

Sin embargo, parece, como sucede casi siempre, que sean tan solo los hospitales los que se colapsen, los que se identifiquen como receptores de pacientes y por tanto de peligro, los que necesiten y carezcan de materiales de protección, los que concentren a los héroes. Los centros de salud, que lamentablemente han tenido que renunciar a su denominación para aceptar tan solo enfermedad, pareciera como si no existieran, como si a ellos no acudiese la población atemorizada, inquieta, nerviosa ante lo desconocido, como si en ellos no hubiera héroes, como si no se precisase de medidas protectoras. Una vez más la Atención Primaria es la gran olvidada del sistema, de la población y de los medios de comunicación que los ignoran, como si no existiesen. Mientras tanto las/os profesionales que trabajan en ellos permanecen ocultos, invisibles, como héroes menores o incluso como mortales sin capa ni poderes especiales como los de los hospitales.

Efectivamente los centros de salud no disponen de camas, ni de respiradores, ni de ucis, pero están expuestos al ir y venir de personas que acuden a preguntar, a consultar, a averiguar, a comunicar su angustia y su sospecha. Y el centro de salud se convierte en un flujo permanente de virus que acompañan a sus angustiados portadores. Y es en los centros de salud donde se debe determinar si un paciente es aislado, hospitalizado o tan solo observado, sin que existan pruebas, ni certezas para ello, tan solo la sospecha. Sin que existan tampoco las protecciones necesarias porque existe lógica prioridad de los hospitales, pero que, sin embargo, resulta muy poco lógica su ausencia. Centros en los que existen domicilios a los que hay que acudir a controlar, a atender demandas y necesidades, a tranquilizar, a educar… en espacios desconocidos, desprotegidos y ajenos que resultan peligrosos para estas/os héroes invisibles.

Pero tampoco olvidemos las Residencias de la 3ª edad en las que el personal sanitario, básicamente enfermeras y auxiliares de enfermería, se enfrentan a una situación de aislamiento y atención caótica, en condiciones de trabajo deplorables que se ven aumentadas con esta crisis, sin que nadie se acuerde de que también ellas son héroes.

Hasta en la peor de las situaciones existen o se mantienen las diferencias, se acentúan las desigualdades, se hacen patentes las distancias entre los denominados niveles de atención. Y ese es el problema, que ya en su propia definición se establecen diferencias de atura, categoría o rango que es como define la RAE nivel. Y esta desigualdad, sin pretenderlo, deja patente también héroes de diferente nivel.

No se trata de un ranking de heroicidad, ni tan siquiera de peligrosidad, pero no deja de ser evidente la diferencia y lo que la misma conlleva. Porque, además, se perpetúa o incluso acentúa, la descoordinación entre los referidos niveles.

Y si bien es cierto que la crisis es capaz de aflorar lo mejor de cada cual, no es menos cierto que también se deja acompañar de lo peor. Del egoísmo, el individualismo, el personalismo… reivindicando cuando lo que hay que hacer aportar desde la humildad y la generosidad. No establezcamos, como en los cómics, una lucha entre héroes y villanos. Porque pasada la pandemia y tan solo entonces, será el momento del análisis, la reflexión, la evaluación y, por tanto, de la corrección de errores e incluso, si hace falta, de la reivindicación que permita dar a cada cual lo que merecidamente le corresponda.

La sociedad, mientras tanto, ha despertado de su letargo de reconocimiento colectivo y se ha dado cuenta de la fortuna que atesora en forma de profesionales de la salud y de un sistema público envidiable a pesar de los ataques sistemáticos de privatización que algunas/os villanas/os han venido realizando.

Para reconocerlo ha salido espontáneamente a los balcones de sus casas con el ánimo de expresar su agradecimiento por la labor que están realizando desde el minuto uno y de manera ininterrumpida a pesar del cansancio, las adversidades, las incertidumbres e incluso, muchas veces, de la descoordinación, el descontrol y la falta de toma de decisiones de las/os gestoras/es, más preocupadas/os de que nada trascienda a los medios que de lo verdaderamente importante, la salud de sus héroes, como si estuviesen convencidos de sus poderes y su falta de vulnerabilidad.

Son loables y agradables al mismo tiempo estas muestras de cariño y admiración hacia el trabajo realizado por las/os profesionales sanitarios, pero no pueden acabar rutinizándose de tal manera que pierdan finalmente su verdadero sentido para convertirse en una especie de emoticón social en forma de aplauso sistemático. Porque entonces dejará de ser un reconocimiento para pasar a ser tan solo un postureo con el que aliviar el tedio del encierro.

Y mientras tanto, entre aplausos, EPI, demandas, comparecencias, exigencias, trabajo, cansancio, temor, incertidumbre… la muerte quiso cobrarse su primera víctima entre las/os profesionales de la salud y eligió a una enfermera: Una enfermera que, como en tantas otras ocasiones, hubiera permanecido en el anonimato de su extraordinario trabajo, de no ser por esa marcha anticipada acompañada de ese monstruo invisible que hemos venido en bautizar como COVID-19.

Ella, Encarni, ha dejado de cuidar cuidando. Ningún aplauso logrará paliar el dolor de su familia, sus amigas/os y sus compañeras/os, pero es una muestra más de lo inútil que resulta denominar héroes a quienes somos enfermeras. Porque los héroes, al menos los de las películas, nunca mueren. Por lo tanto, no se trata de heroicidades sino de riesgos que se asumen por ser enfermera y que nadie o muy pocos identifican. Nadie es culpable de su muerte, pero todos somos responsables de no olvidar nunca lo que significa ser enfermera, más allá de los aplausos espontáneos y sinceros.

Cuando todo esto acabe, que acabará, no puede desvanecerse el recuerdo de tanto esfuerzo, de tanta implicación, de tanto sacrificio y de tanta renuncia. El recuerdo de todo ello debe permitir el permanente y necesario reconocimiento y visibilización de quienes fueron identificadas/os, sin quererlo, como héroes. Porque para las enfermeras su principal hazaña siempre es cuidar.