DE LA GUERRA DE CRIMEA A LA GUERRA DEL CORONAVIRUS

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         Hace más de 150 años en la guerra de Crimea (1853-1856), una enfermera, Florence Nightingale, se atrevió a contradecir las normas médicas castrenses al poner en marcha medidas que lograron salvar la vida de muchos soldados que de otra manera hubieran muerto no ya por las heridas de guerra sino por las condiciones higiénicas en las que estaban hacinados en los hospitales de campaña de la época.

Tan solo su empeño y los firmes argumentos científicos que sustentaban sus propuestas lograron vencer la resistencia de un sistema médico y castrense que se negaba a dejar que una enfermera cambiase lo que venía siendo costumbre y norma. El resto ya se conoce y reconoce mundialmente y de hecho en este año que se cumplen los 200 años de su nacimiento se conmemora con la campaña Nursing Now como año de las enfermeras y las matronas.

No deja de resultar, ciertamente paradójico, que esta conmemoración haya coincidido con un hecho que está convulsionando al mundo entero como es la pandemia del COVID-19. Lo que si que es cierto es que las enfermeras, como el resto de profesionales de la salud, están dando lo mejor de sí, lo que viene a demostrar la importancia de contar con enfermeras altamente cualificadas como las que tenemos en España.

Esta crisis sobrevenida y sorpresiva ha descolocado a muchos políticos, gestores, profesionales y ciudadanía en general, por desconocida y por estar firmemente convencidos de que a nosotros no nos tocaría con la virulencia con la que estaba actuando en otros países, inicialmente lejanos, pero posteriormente muy próximos.

Cuando el virus traspasó las imaginarias fronteras, que posteriormente obligó a restaurar para cerrarlas, la reacción fue la de argumentar que teníamos uno de los mejores sistemas de salud del mundo y que eso nos iba a posibilitar hacer frente con garantías y menos riesgos a tan temible virus.

Pero la realidad es tozuda y la réplica de lo sucedido en otros países no se hizo esperar, con la consiguiente incertidumbre y la puesta en marcha de un estado de alarma que nunca antes se había instaurado en la forma que se ha hecho esta (nada comparable a la que se estableció como consecuencia de la huelga de controladores en diciembre de 2010, por razones obvias).

No seré yo quien utilice esta entrada para criticar un Sistema de Salud como el nuestro valorado como excelente a nivel internacional. Sin embargo, esta valoración no impide ver una realidad como que el Sistema de Salud español, como el de la inmensa mayoría de los países, es un sistema altamente medicalizado, biologicista, tecnológico, asistencialista y hospitalcentrista, que permite dar respuestas óptimas en situaciones de “normalidad” pero que queda en evidencia cuando esa “normalidad” se rompe. Sin llegar al extremo de la pandemia actual, tenemos ejemplos palmarios como los de la cronicidad a la que nuestro magnífico sistema de salud no ha sabido dar respuesta por razones íntimamente ligadas a las características del mismo ya comentadas, con lo que el problema lejos de resolverse cada vez se hace más evidente y genera efectos colaterales muy graves que no tan solo afectan a la salud sino a la economía, las estructuras familiares, el empleo, la convivencia. Y, no es que no existan alternativas al afrontamiento de estos problemas, es que no se quieren contemplar por intereses que escapan al sentido común y que están directamente relacionados con el poder corporativo y económico de determinados lobbies que tienen una clara influencia en las decisiones que determinan finalmente las políticas de salud.

La estructura hospitalaria actual, por ejemplo, se estableció como consecuencia de la colonización médica de los hospitales como centro de conocimiento e investigación, a finales del siglo XVIII, principios del XIV, cuando se departamentalizaron en aparatos, órganos y sistemas o patologías (digestivo, traumatología, oftalmología, respiratoria, cardiología…) en lugar de por complejidad de cuidados como estaban organizados hasta entonces, siguiendo un planteamiento lógico como instituciones de cuidados, en las que su presencia era puntual y no permanente.

Esa estructura no tan solo ha permanecido hasta nuestros días, sino que se ha visto claramente fortalecida generando reinos de taifas dentro de los propios hospitales altamente jerarquizados y con normas castrenses sin fundamento alguno, más allá del control que sobre la institución se quiere ejercer por una parte de los profesionales.

Mientras la situación de salud comunitaria se entiende controlada bajo estos parámetros, el sistema responde con eficacia, aunque no siempre con la eficiencia deseada, a los procesos controlables y que se clasifican igualmente por patologías, lo que nos conduce a tener diabéticos, hipertensos, obesos, discapacitados, crónicos… que incorporar a la estructura establecida.

La irrupción del coronavirus, además de un contratiempo sin precedentes en la vida de todo un país, está suponiendo un claro examen a la excelencia del Sistema de Salud del que se quiere dejar permanente constancia en todas y cada una de las comparecencias de los responsables políticos.

Otra cuestión bien diferente son las/os profesionales que trabajan en este Sistema. Ellas/os están por encima de la estructura y del propio sistema porque su preparación y su actitud son una garantía de atención y cuidados. Pero dicha garantía se circunscribe a una estructura que se está demostrando claramente mejorable o, cuanto menos, necesariamente mejor gestionada.

La pandemia está dejando al descubierto otra de las carencias que el Sistema de Salud viene soportando como es la debilidad de una Atención Primaria contagiada de la medicalización, biologicismo, asistencialismo, tecnología y hospitalcentrismo comentados anteriormente y que la han convertido en una estructura subsidiaria de los hospitales, anulando o debilitando claramente aspectos fundamentales de la misma como la promoción de la salud, la prevención, la participación comunitaria…

Es por ello que la Atención Primaria está totalmente infrautilizada e ineficaz e ineficientemente gestionada como ámbito de atención al haberse convertido en un reducto de enfermedad en lugar de un recurso de salud.

Pero más allá de este precipitado análisis quisiera destacar la importancia que la Atención Primaria podría tener en el afrontamiento de una crisis que ha sido medicalizada y que también requiere intervenciones comunitarias que están siendo obviadas a pesar de que haya profesionales y sociedades científicas como la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) que vienen insistiendo en la necesidad de aplicarlas.

Una vez más, el sistema de salud, ha dado la espalda a la ciudadanía excluyéndola sistemáticamente de la posibilidad de participar en el abordaje de esta crisis a través de su aportación coordinada con la de las/os profesionales con el fin de articular las mejores respuestas y acceder de manera eficaz a los recursos disponibles. Recursos, por otra parte, que se siguen focalizando casi exclusivamente en los del sector salud, lo que elimina, de entrada, a múltiples infraestructuras y recursos que podrían dar respuestas más rápidas y económicamente sostenibles que, por ejemplo, construir hospitales de campaña cuando se dispone de hoteles vacíos.

No creo que sea el momento, de todas maneras, de detallar las propuestas o las carencias dado que se han trasladado a los organismos pertinentes y responsables en repetidas ocasiones y no se pretende, por otra parte, confrontar y criticar lo que se está haciendo, seguro, con la mejor de las voluntades. Pero sin duda, una vez se supere esta crisis deberíamos todas/os reflexionar sobre el Sistema de Salud del que presumimos, porque estoy convencido de que podríamos presumir mucho más si somos capaces de romper las estructuras actuales como en su día hizo Florence Nightingale en la guerra de Crimea. En la actual guerra del Coronavirus debemos ser valientes y pensar que otras respuestas son posibles, aunque vayan en contra de las estructuras y normas preestablecidas y aparentemente inalterables.

No es fácil que surja una nueva Florence Nightingale, pero si que es posible y deseable que podamos aprender de una situación tan compleja y difícil para mejorar y hacerlo, además, sin recurrir a la acusación por lo realizado, sino a través del análisis reflexivo, el pensamiento crítico, la serenidad y las evidencias que nos permitan llegar a consensos de manera colectiva y no por imperativa de nada ni de nadie.

Como ya dijera Florence Nightingale “Lo importante no es lo que nos hace el destino, si no lo que nosotros hacemos con él.