PANDEMIA Y COMUNIDAD Participación comunitaria y entornos saludables

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Nunca pensé que una pandemia como la que estamos viviendo y sufriendo diera para escribir diariamente reflexiones sobre lo que provoca, evoca y trastoca en nuestras vidas y, sobre todo, en nuestra percepción de las enfermeras ante una situación tan excepcional como compleja.

A lo largo de estas dos semanas de confinamiento he ido reflexionado sobre diferentes aspectos relacionados, directa o indirectamente, con la pandemia. Las/os periodistas, las/os estudiantes, las personas contagiadas, las familias, los decisores políticos, las enfermeras y resto de personal sanitario, la atención primaria, los hospitales… han sido protagonistas a lo largo de estas semanas de pandemia por unas circunstancias u otras. Sin embargo, no lo he hecho, al igual que tampoco se hace prácticamente desde ningún ámbito, sobre la Comunidad.

Las enfermeras comunitarias basamos nuestra atención en las personas, en las familias y en la comunidad. Las personas centran nuestra atención en función de necesidades o demandas de salud que precisan de cuidados individualizados. Las familias, por su parte, suponen el núcleo básico en el que se integran las personas y, por tanto, tienen vínculos a través de los cuales interaccionan los diferentes problemas de salud de sus miembros que afectan, en mayor o en menor medida, a toda la familia y que precisa de intervenciones en la misma para atenderlos desde esa perspectiva familiar. Finalmente, la Comunidad es el contexto en el que conviven y se interrelacionan las personas y las familias y que reúne una serie de características, recursos y activos de salud que influyen de manera muy particular en la salud de dichas personas y familias. De esta manera podemos decir que el equilibrio en salud se produce cuando personas, familias y comunidad son capaces de establecer una relación generadora de salud.

Así pues, queda clara la interacción que entre las personas y las familias se ha venido produciendo a lo largo de esta pandemia en función de contagios, posibles contagios y en todos los casos por efecto del confinamiento que nos hemos visto obligados a seguir.

La Comunidad, sin embargo, parece que haya quedado al margen del COVID-19, como aletargada, a la espera de que todo esto pase para recuperar su protagonismo. Como si ella no tuviese riesgo de contagio o no le afectasen las medidas del estado de alerta y, por tanto, nadie repare en ella, dado que la comunidad se ha visto prácticamente reducida al ámbito doméstico de cada uno de los hogares que hace, de los mismos, su propia y particular comunidad al no interaccionar con el exterior. Son como microcomunidades activas en una comunidad inerte.

Sin embargo, no es cierto que la pandemia no afecte a la comunidad, que no tenga efectos sobre ella y que, por lo tanto, una vez superada la crisis la comunidad se vaya a comportar como lo hacia antes de la misma. Porque el COVID-19 también ha contagiado a la Comunidad. Lo ha hecho, evidentemente, de manera diferente a como lo hace con las personas y a como influye en las familias, pero, sin duda, le afecta. Además, como sucede con las personas y las familias, la comunidad no es una, sino que hay muchas comunidades, en función de características comunes, normas establecidas, delimitaciones geográficas… que determinan contextos diferenciados en los que se establecen relaciones, necesidades, comportamientos también diferenciados. Y en base a todo ello podemos identificar también comunidades más o menos inmunodeprimidas que hemos venido en definir como vulnerabilidad, de tal manera que hablaremos de comunidades vulneradas en mayor o menor medida y, por tanto, con necesidades y demandas de salud diferentes.

En cualquier caso, la comunidad no es ajena a las personas y las familias que en ella se integran y que son quienes, en mayor o menor medida, le otorgaran la singularidad o idiosincrasia particular a la misma.

Así pues, en este tiempo de aislamiento, que también lo ha sido para la comunidad, no tan solo ha cambiado la imagen de la comunidad con sus parques vacíos, los bancos de los mismos desocupados, los colegios silenciosos del bullicio infantil, las pistas deportivas sin actividad, los bares y demás comercios cerrados, los centros culturales y de ocio sin posibilidad de ofertar nada, los transportes públicos bajo mínimos, las calles casi desiertas, las librerías como si de cementerios de libros se tratasen, las bibliotecas sin préstamos ni lectores, los gimnasios con sus aparatos en reposo, incluso en algunas ciudades y pueblos los centros de salud cerrados como si la salud ya no tuviese sentido por decisión de algunos iluminados, y tantos otros recursos comunitarios que como si de un encantamiento se tratase quedaron dormidos, inertes, casi muertos, a la espera de una recuperación de la actividad que nadie sabe a ciencia cierta ni cuándo ni cómo se producirá. Tan solo farmacias, supermercados, kioscos y estancos, permanecen de guardia para abastecer de medicamentos, alimentos y artículos de primera necesidad, prensa y tabaco a la ciudadanía confinada.

Y aquí me permito hacer un paréntesis para mostrar mi sorpresa por la decisión de mantener los estancos como un servicio esencial que lo que expende es tabaco, es decir, la droga legal causante de la muerte y enfermedad de miles de personas. Quiero entender que se quiere evitar un síndrome de abstinencia colectivo entre las/os fumadores, pero no deja de ser paradójico que se establezcan medidas de protección a la salud, promocionando o cuanto menos preservando el abastecimiento de aquello que se sabe positivamente va contra la propia salud individual, familiar y comunitaria. Menos mal que, al menos, las casas de apuestas no han tenido el mismo privilegio de apertura.

            Todos estos recursos comunitarios, salvo la excepción apuntada, actúan, por lo tanto, como potenciales activos generadores de salud y, por tanto, con poder para configurar, entornos saludables.

            Llegados a este punto es cuando cabe preguntarse si cuando las personas podamos salir del confinamiento y ocupar de nuevo los espacios comunitarios, los recursos que permanecieron inactivos serán capaces de recuperar su valor como activos de salud o la identificación de los mismos habrá sido modificada por efecto del aislamiento.

            Porque no se trata tan solo de la oferta que los recursos sean capaces de ofrecer, sino de la demanda que las personas hagamos, a partir de la nueva situación tras el estado de alarma, de ellos. Porque nada será como antes como tanto se está repitiendo, pero no lo será prácticamente para nada ni para nadie. El cambio de actividad laboral, la adaptación a otras formas de ocio, los cambios en los ciclos de sueño/actividad, la variación en nuestra alimentación, la falta de comunicación social o cuanto menos la diferente forma de llevarla a cabo, la pérdida de contacto físico y visual fuera de nuestras casas y familia, la modificación o pérdida de actividad física… son tan solo algunas de las consecuencias derivadas del aislamiento que tendrán consecuencias directas o indirectas y con mayor o menor incidencia en los recursos comunitarios y su potencialidad para ser identificados, o no, como activos de salud y por lo tanto de cómo podrán actuar de nuevo en la comunidad para favorecer un entorno saludable. Entorno saludable que, por otra parte, el letargo ha favorecido mediante el descenso de los niveles de contaminación tanto atmosférica, como sonora o lumínica, lo que viene a demostrar la influencia del COVID-19 en la comunidad y de la comunidad en el entorno.

            Pero, además, para que esta potencialidad de los activos de salud sea de nuevo una realidad se deberá recuperar la imprescindible participación comunitaria como elemento de dinamización de dichos activos de salud.

            Los centros de salud como recurso comunitario y potencial activo de salud, deben hacer un esfuerzo, a través de sus profesionales pero o sobre todo, a través de quienes tienen capacidad de decisión, por recuperar su condición comunitaria y alejarse del paradigma de enfermedad en el que ha permanecido durante más tiempo del deseado y que se ha visto fortalecido por efecto de la pandemia.

Así pues, las enfermeras comunitarias cuando recuperemos cierta normalidad en cuanto a nuestras competencias en el ámbito comunitario fundamentalmente, aunque no exclusivamente, desde los centros de salud, deberemos esforzarnos por fomentar, en primer lugar, la participación comunitaria que deberá ser analizada y debatida conjuntamente con las personas y familias que constituyen la comunidad con el fin de identificar que aspectos de la misma requieren atención para que sea realmente un proceso favorecedor del cambio y recupere, potencie o identifique los activos de salud que propicien un entrono saludable. Además, se deberán establecer los códigos de comunicación y trabajo compartido entre profesionales y ciudadanía que permitan llevar a cabo una participación comunitaria real, activa y comprometida, dado que la percepción recíproca entre ambas partes, posiblemente, se haya modificado tras la pandemia.

            Las enfermeras, como el resto de profesionales sanitarios, a pesar de abandonar su condición de héroes y recuperar su condición mortal de normalidad ya no serán vistas de igual manera por la población, lo que obligará a un ejercicio compartido que permita una relación alejada de la ficción de los héroes de Marvel y cercana a los mortales de la Salud. Por su parte, las enfermeras, deberán recuperar la visión autónoma de las personas y las familias, rota por efecto de la pandemia, con el fin de contribuir a restablecer en el mejor de los casos, o a instaurar en el peor de ellos, una ciudadanía autónoma, activa y participativa que sea capaz de generar un entorno saludable mediante la revitalización de la comunidad tras su proceso de aislamiento.

            Si nada será igual en nuestro regreso a la comunidad, al menos que la nueva realidad nos permita construir unos espacios más saludables que los que abandonamos cuando nos aislamos.