ALZHEIMER SOCIAL y SALUD COMUNITARIA

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Estamos inmersos de lleno en el día a día de este estado de alerta y letargo en el que nos ha sumido la pandemia del coronavirus. Y en ese letargo nuestra vidas adquieren nuevas velocidades, generan sentimientos y emociones diferentes, la realidad se observa de manera diferente o distante, las pequeñas cosas adquieren nuevas dimensiones, lo imprescindible se relativiza, el tiempo, siempre escaso y excusa para no hacer algo, de repente se alarga y parece que tenga más segundos, más minutos, más horas… que no siempre aprovechamos, la información queda reducida a la pandemia como si ya nada más sucediese o tuviese importancia, la enfermedad y la muerte adquieren una presencia que antes ignorábamos o cuanto menos ocultábamos, se descubren nuevas/os héroes antes oscurecidos por el destello fulgurante de las estrellas deportivas, artísticas o simplemente mediáticas, el individualismo deja paso a una solidaridad de balcón, los activos de salud que tanto nos cuesta identificar en nuestros entornos de repente son deseados y añorados, las rutinas tan denostadas durante la vida “en libertad” adquieren la condición de deseo, la sensación de aislamiento y de crisis nos lleva a recuperar amistades perdidas o familiares olvidados aunque sea a través de las redes … en definitiva nuestras vidas se sitúan en una dimensión, no deseada pero aceptada y que nos hace disfrutar de sensaciones que, aun existiendo, no éramos capaces de identificar.

No deja de ser paradójico que en un estado de crisis y enfermedad como el que estamos viviendo, la salud adquiera una mayor trascendencia. Pero, sobre todo, que la salud se perciba desde otra perspectiva diferente a la dicotómica salud – enfermedad con la que tan familiarizados nos han hecho estar al entender que era la única o casi exclusiva realidad posible. Y adquiere una dimensión diferente porque de manera casi automática, aunque forzada por la situación de aislamiento, hemos podido identificar nuevas formas de salud que se adaptan a la, reconocida pero poco aplicada, definición de salud que Jordi Gol hiciese en 1976 en la que decía que “La salud del hombre es aquella forma de vida que es autónoma, solidaria y satisfactoria”.

Sin duda el coronavirus nos está permitiendo valorar de manera muy clara la importancia de la autonomía como expresión de libertad y de capacidad de decisión individual y colectiva.

Pero también nos permite reflexionar sobre el egoísmo social que hemos ido alimentando y que nos ha llevado a un individualismo feroz tan solo sostenido por unas redes sociales que deforman y transforman la realidad para adaptarla de manera artificial a normas de marketing comercial en todos los ámbitos de la vida (belleza, moda, alimentación, ocio…), uniformando el concepto de normalidad y excluyendo a todo/a aquel/la que se aleje de dicho patrón de normalidad impuesto. De tal manera que descubrimos nuevas y estimulantes emociones al reconocer a las/os otras/os y valorar sus aportaciones, más allá de su aspecto físico, sus creencias, comportamientos, género… porque lo que realmente se valora es el trabajo compartido y el bien común que genera.

Por último y aunque pueda parecer contraproducente todas estas sensaciones y descubrimientos nos hacen percibir una satisfacción que va más allá de lo material o secundario, al darle valor a los detalles, a los gestos, a las vivencias, a las palabras… aunque hayamos tenido que dejar de abrazarnos o besarnos de manera casi automática y artificial más como norma social que como sentimiento de afecto. Así pues, los besos y abrazos adquieren de nuevo el sentido que nunca debieron perder y la reserva que los mismos deben tener para momentos y personas especiales.

El ser humano es, en sí mismo, resiliente y sabe sacar lo mejor de situaciones de crisis como la que estamos viviendo. Esta resiliencia, por tanto, debe ser el impulso vital que nos permita como sociedad recuperar la autonomía perdida, la solidaridad olvidada y la satisfacción deseada, porque será la mejor manera de generar salud y entornos saludables.

Pero, siempre hay algún, pero, ya que corremos el riesgo, una vez superada la crisis, de entrar en estado de Alzheimer social y olvidar los recuerdos inmediatos comentados, para recurrir a la memoria remota que nos haga recuperar las actitudes de dependencia, insolidaridad y confusión que durante tanto tiempo llevan marcando la vida de las personas y las comunidades.

Es por ello que resulta muy importante el hacer ejercicios diarios que nos permitan mantener la concentración y valorar tanto lo que hemos recuperado como lo que hemos perdido como efecto del aislamiento y que nos permita fijar la memoria episódica, que nos sirve para recordar los hechos que hemos vivido, tanto si son recientes como lejanos en el tiempo, con el fin de adaptarlos a una nueva realidad que surgirá, sin duda, tras esta pandemia.

Si realmente fuésemos capaces de hacer esto, nada volvería a ser como antes, porque no tan solo nuestra experiencia vital individual y colectiva nos permitiría reordenar nuestras prioridades, sino que muchas de las relaciones que hasta antes de la crisis identificábamos como normales, pasarían a ser cuestionadas, redefinidas y adaptadas a la nueva situación postpandemia. Y una de esas relaciones sería deseable que fuese la que se mantiene con el Sistema de Salud y sus profesionales.

Con relación al Sistema de Salud por la necesidad de valorar la importancia de contar con un Sistema de Salud Público fuerte y potente, aunque requiera de cambios sustanciales que le permitan centrar su atención en la salud comunitaria más que en la enfermedad como foco casi exclusivo de asistencia. Que el paternalismo que le ha caracterizado deje paso a la participación directa de la comunidad para entre todos contribuir a generar nuevos espacios salutogénicos y saludables.

Con los profesionales de la salud porque su condición de héroes finalizará posiblemente con la solución del problema y volverán de nuevo a ocupar su condición de mortales que, por otra parte, nunca perdieron. Y si bien es cierto que resulta lógica la pérdida de dicha condición, no es menos cierto que en más ocasiones de las deseadas dicha condición la han tenido que asumir ante los problemas estructurales, económicos o de pérdida de credibilidad que, bien las crisis o los cuestionamientos de eficiencia ante la voracidad de la sanidad privada, se han ido sucediendo, lo que ha provocado que tuviesen que trabajar en condiciones desfavorables y ante una creciente demanda insatisfecha, producto de la mala organización y no de su capacidad y responsabilidad profesional, sin que se les identificase entonces como héroes sino, lamentablemente, se hiciese como villanos.

Sería por tanto deseable que todas/os reconociésemos y valorásemos en su justa medida a las/s profesionales una vez abandonen las capas y trajes de héroes y se revistan con sus habituales uniformes que les confieren normalidad sin que les reste ni uno solo de sus poderes. Que quienes permanecían invisibles a los ojos de la sociedad se hagan visibles y se reconozca su aportación singular y a quienes estando siempre visibles se les valore también en su justa medida alejando falsos mitos y recuperando la necesaria valoración de todas/os ellas/os como equipos de salud que es desde donde, realmente, tienen fuerza y sentido.

De igual manera la recuperación de la libertad nos tiene que facilitar el reconocimiento a tantas y tantas personas que desde su condición de “simples obreras/os” del transporte, la limpieza, el abastecimiento, la seguridad… han aportado tanto y sin las/os cuales no hubiese sido posible la recuperación de dicha libertad.

Por último, hay que evitar las tentaciones de querer utilizar, una vez más, a todos estos profesionales, como elemento de recuperación de los gastos ocasionados a través de reducciones o congelaciones salariales que no tan solo no reconocerían el valor aportado, sino que sería un duro golpe a la credibilidad política de quienes han manejado esta crisis con la mejor voluntad y la total implicación, más allá de fallos que nunca pueden eliminarse en su totalidad. Es más, lo que se debe hacer, tal como se ha anunciado, es analizar el actual Sistema de Salud y plantearse una seria, rigurosa pero profunda transformación que le haga aún más fuerte, eficaz y eficiente. Y eso, nunca pasa por el racionamiento sino por la racionalización y la correcta y necesaria dimensión de los recursos y los profesionales que le dan sentido y valor.

Son muchas más las cuestiones que pueden analizarse, pero de momento valgan estas como ejercicio para no perder la memoria.