NUNCA ES TARDE SI LA DICHA LLEGA

Cuando salga publicado este Editorial ya habrán finalizado su periodo de Residencia las primeras Enfermeras Especialistas de Enfermería Familiar y Comunitaria. Vaya por delante la más sincera ENHORABUENA tanto para ellas/os como para la Enfermería Comunitaria en General. Tras largos años de trabajo y de reivindicación justificada y argumentada la Especialidad ya es una realidad con nombres y apellidos. Con los nombres y apellidos de cada una/o de las/os residentes que habrán acabado su residencia.

Aunque lo comentado es motivo de alegría, la dicha no es plena. Y no lo es porque las nuevas especialistas no podrán incorporarse como tales en el Sistema Nacional de Salud que las contrató, formó y ahora titulará conjuntamente con el Ministerio de Educación.

Son dos años de formación que suponen un importantísimo esfuerzo de inversión del Estado (con impuestos de las/os ciudadanas/os que los pagan) y de trabajo y dedicación de quien se forma. Tras los cuales quienes deberían asumir la responsabilidad de gestionar estas inversiones tomando decisiones eficaces, eficientes y efectivas para la sociedad se limitan a mirar hacia otro lado y a realizar manifestaciones demagógicas, intentando justificar su inacción. Las/os mismas/os que permiten convocar, aprobar, acreditar, formar y titular luego son incapaces de dar respuesta a la situación que plantearon y vendieron como logro personal o colectivo y que ahora convierten en problema por no saber o no querer dar la respuesta que merece. Y es que Dichas y quebrantos nos vienen de lo alto. Aunque en el caso que nos ocupa sean más los quebrantos que las dichas.

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DE PIRATAS Y BOTINES

Los políticos, dedicados temporalmente a gestionar la sanidad y la salud de la comunidad, sin tener en la mayoría de los casos la más mínima preparación para ello, toman decisiones que realmente cuesta mucho entender y mucho menos justificar y que, sin embargo, tienen consecuencias de las que, a pesar de sus nefastas consecuencias, en muy escasas ocasiones serán responsables de las mismas. Lo atribuyen todo a factores contextuales o defectos de sus colaboradores, mayoritariamente funcionarios que tan solo siguieron los dictados de sus superiores. Es una triste cantinela que se repite de manera reincidente y a la que nadie parece saber poner remedio. Lo más triste de todo es que acaba por naturalizarse la mediocridad como algo inevitable.

Si realmente existiese una verdadera reflexión, un acertado análisis, una planificación tan necesaria como repetidamente ausente… no se producirían hechos a los que habitualmente nos tienen acostumbrados. Planteamientos tan irreales, incomprensibles y ausentes de justificación que cuesta entender que finalmente acaben convirtiéndose en realidades que, lejos de producir efectos favorables para la población a las que aparentemente van destinadas, se convierten en respuestas particulares a demandas de colectivos muy específicos.

Se trata fundamentalmente de disfrazar las demandas de dichos colectivos en supuestos beneficios, engañosos servicios, falso altruismo, capciosa generosidad, fingida disponibilidad y, sobre todo, artificiales y artificiosas denominaciones con el único y malicioso interés de lograr mayores beneficios. Todo ello disfrazado del siempre deslumbrante título de servicio público.

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