Y EL CORONAVIRUS, NOS HIZO LA PASCUA

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La mayoría nos las prometíamos muy felices hace tan solo unos meses. De hecho, soñábamos y planificábamos en las vacaciones o, cuanto menos descanso, en las fiestas de Pascua.

Pero nadie calculaba que su descanso tuviese que ser de obligado encierro a causa de un visitante tan inesperado como indeseable, que se encargó de que nuestros sueños se quedasen en tan solo un sueño, cuando no en una pesadilla.

Los valencianos nos quedamos sin fallas, los castellonenses sin las fiestas de la Magdalena, muchos pueblos españoles sin Semana Santa, los sevillanos sin su Feria de Abril, los adictos al fútbol sin gol, los deportistas sin gimnasios, los artistas sin teatros, los cantantes sin escenarios, los comerciantes sin clientes, los clientes sin comercios, los maestros sin aulas, las universidades sin estudiantes, los cines sin espectadores, los parques sin niños, los jardines sin jardineros, los payasos sin risas, los circos sin payasos, los novios sin parejas, las parejas sin soledad, congresos sin congresistas, las calles sin viandantes, los bares sin tapas, los restaurantes sin menús… todo en un ambiente de sobriedad, silencio y soledad como en una Semana Santa eterna, al gusto de algunos nostálgicos de antaño.

Incluso hay quienes pensarán que se trata de un tiempo de penitencia, resignación y aceptación por los pecados cometidos. Tenemos ejemplos recientes como el SIDA.

Pero nada de eso es así. Ni se trata de una plaga como castigo divino a nuestras miserias humanas, ni estamos de penitencia, ni tenemos por qué resignarnos. Todo lo contrario, resistir sí, resignarse no.

Sin embargo, los centros de salud, las residencias de personas mayores, los hospitales… se llenaron de personas contagiadas. Pero en este caso estaban las/os profesionales para atenderles, cuidarles y curarles. Las farmacias facilitando el acceso a medicamentos. Los supermercados y tiendas de alimentación, llenos de dependientas/es que garantizaban el alimento. Los transportistas que aseguraban los suministros, los cuerpos de seguridad y el ejército velando por nuestra seguridad… y todas/os ellas/os en riesgo de ser contagiadas/os por no disponer siempre de las medidas de protección adecuadas para su seguridad y las de sus familias.

El panorama es extraño, triste, incierto, incluso desolador y, a pesar de ello o precisamente por ello, el comportamiento de la ciudadanía en general está siendo ejemplar.

En un país que ama tanto la libertad, el aire libre, el contacto físico, las reuniones sociales… tener que renunciar a todo ello para confinarse en sus casas sin posibilidad de salir, ya es meritorio.

Pero es que, además, se esté utilizando este aislamiento para encontrar nuevas e imaginativas formas de socializar e incluso de recuperar contactos perdidos u olvidados. De trabajar con dinámicas diferentes en un contexto que gusta tanto de la presencialidad en el puesto de trabajo. De agradecer los esfuerzos de tantas y tantas personas que no pueden hacer el aislamiento porque necesitamos de su aportación para superar esta situación. De aprender nuevas formas de aprender. De estudiar maneras distintas de enseñar. De experimentar nuevas formas de ocio. De ejercitar la mente y el cuerpo innovando. De descubrir y disfrutar de forma diferente de nuestras parejas e hijos. De resistir sin necesidad de desesperar…

Nada de esto puede, nunca, ser posible como respuesta a la resignación, sino a la solidaridad y la unidad en contra de un virus tan desconocido como temido.

Y todo a pesar de políticos que utilizan la situación de manera partidista e interesada, o que se esconden para eludir responsabilidades; de consejeras/os que dictan normas, órdenes o decretos que van contra el más elemental de los sentidos, el sentido común; de gerentes que racionan recursos en lugar de racionalizarlos; de irresponsables que tratan de saltarse las normas con el único objetivo de satisfacer su bienestar personal… mientras el número de profesionales contagiados y muertos no cesa de crecer.

Mientras todo esto sucede y mantenemos las dudas de cuándo podremos recuperar, no ya la normalidad, que tardará, sino cierta libertad, aunque sea contenida, sería importante que reflexionásemos sobre cómo podemos sacar provecho de lo vivido, por duro que haya sido, para responder a lo que tiene que venir tras la pandemia. Porque es importante que sepamos entender que ya no serán válidos muchos de los comportamientos, actitudes, posicionamientos… que antes de la pandemia manteníamos como lógicos, aceptados e inclusive exigibles. La ciudadanía en su conjunto tenemos que aceptar que vamos a tener que convivir con otros parámetros, con otros criterios, con otras reglas, con otros estándares… que nos acerquen a una convivencia mucho más colaborativa y solidaria como hemos podido comprobar que sabemos hacer cuando nos hemos tenido que adaptar a la adversidad. Ya no será suficiente con aplaudir. Esos aplausos se tienen que transformar en implicación para, entre todos, construir un sistema de salud público de todos y para todos. Porque mientras todo esto sucedía la sanidad privada no ha estado inmóvil o expectante, sino que ha crecido un 35% los seguros suscritos. Y esto tendrá sus consecuencias en el equilibrio entre sanidad pública y privada. Por eso resulta imprescindible que identifiquemos que el sistema de salud es algo que no nos es ajeno.

Por su parte las/os profesionales sanitarios y muy especialmente las enfermeras comunitarias tenemos que cambiar nuestra actitud y adaptar nuestras aptitudes a las necesidades de ese nuevo escenario incierto, pero al mismo tiempo muy prometedor. Incierto porque no sabemos a ciencia cierta qué efectos tendrá la pandemia con relación a muchos ámbitos de nuestra vida diaria y muy especialmente con relación a la salud y prometedor porque nos permite promover nuevas estrategias de mejora en muchos sentidos.

Cómo habrá afectado este periodo al afrontamiento de las personas con relación a problemas de salud relacionados, por ejemplo, con la diabetes, la hipertensión, la obesidad, la ansiedad. Cómo habrán resuelto muchas situaciones sin poder acceder a su enfermera de referencia. Cómo habrán afrontado el proceso de cuidados las cuidadoras familiares teniendo que añadir este aislamiento al que ya ellas padecían. Cómo habrán suplido determinados recursos comunitarios. Cómo habrán respondido a exigencias por parte de otros miembros de la familia. Cómo habrán percibido la actuación de las/os profesionales ante esta situación… Y tantas más interrogantes que necesariamente deberemos ir respondiendo. Pero a las que, además, tendrán que ir incorporándose otras que necesariamente surgirán como consecuencia de esta situación que nos ha afectado a todas/os en mayor o menor medida y de maneras muy diferentes.

Pero lo que ya no va a poderse mantener es una relación de poder entre profesionales y ciudadanía. La participación de esta, tanto a nivel individual como colectivo, va a tenerse que incorporar de manera inmediata, aunque tengamos que desarrollarla de forma gradual.

Las experiencias vitales durante el aislamiento van a tener que ser aprovechadas conjuntamente para modificar hábitos y conductas. Los recursos disponibles no podrán ser utilizados de manera irracional. Las respuestas a los problemas de salud ya no serán posibles en una sola dirección. La alfabetización en salud no será una opción, sino una necesidad. La identificación de activos de salud que permitan generar salud, dejará de ser una experiencia puntual para pasar a ser una apuesta vital. La medicalización deberá abandonarse como respuesta exclusiva a los problemas de salud. El autocuidado dejará de ser identificado como una forma de liberar trabajo a las enfermeras, para pasar a ser una respuesta libre y autónoma de responsabilidad ante la salud. La fragilidad de la sociedad exigirá de un compromiso colectivo de cuidado. Las personas y poblaciones denominadas vulnerables tendrán que ser identificadas como vulneradas para lograr la igualdad y equidad que precisan con intervenciones participativas alejadas del paternalismo y la beneficencia. La responsabilidad con el sistema público de salud corresponderá a todos, ciudadanía y profesionales, además de a las instituciones y gestores o políticos. El protagonismo y el personalismo deberán dejar paso al trabajo transdisciplinar. El centro de salud deberá pasar a ser considerado un recurso comunitario más y no el único recurso de salud.

La enfermedad, lamentablemente, nos ha tenido demasiado ocupadas/os a todas/os en detrimento de la salud. Cuando el maldito virus nos permita desviar la atención a sus efectos, deberemos centrarnos en promover la salud tanto a nivel individual como colectivo, mediante la actuación conjunta que favorezca la generación de entornos saludables pero también actuando sobre determinantes sociales que son los que más enfermedad y problemas de salud provocan, como la pobreza, la migración, el medio ambiente, la violencia de género, las adicciones… porque no hacerlo determinará falta de equidad, igualdad y libertad que no pueden ni deben dejar de ser abordados con determinación y atención integral, integrada e integradora. Pero además deberemos cambiar problemas por fortalezas en la priorización de nuestra atención, es decir, en lugar de actuar en primer lugar sobre los problemas de salud lo deberemos hacer identificando y poniendo en valor las fortalezas individuales, familiares y comunitarias que permitan afrontar dichos problemas desde una perspectiva mucho más positiva.

Así pues, las enfermeras comunitarias tenemos un importantísimo reto que afrontar. Reto al que debemos dar respuesta desde nuestro paradigma propio, pero teniendo en cuanta que la misma tan solo será efectiva si la articulamos con las aportaciones del resto de profesionales de atención primaria y de otros ámbitos de atención y con la ciudadanía mediante su participación directa, bien a través de los órganos de participación ciudadana ya establecidos o por aquellos que en cada momento puedan crearse para dar las mejores respuestas y siempre huyendo de los protagonismos y el paternalismo, para que permita centrar la atención en el objetivo común a lograr por parte de todas/os.

Aunque el COVID-19 ha venido para hacernos la Pascua y dejarnos sin ella, debemos tener esperanza de que no habrá que esperar de Pascuas a Ramos para volver a estar como unas pascuas y decir que ya nada será como antes. Y santas pascuas.

¡¡¡¡Por cierto, Felices Pascuas!!!!